Mostrando entradas con la etiqueta David Paradela López. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta David Paradela López. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de julio de 2025

Un viaje loquísimo de cuando todavía no se hacían viajes loquísimos

El pasado 29 de julio, 
en El Imparcial, de España, Soledad Garaizábal publicó una reseña al libro de Deborah Baker sobre los miembros de la generación beat en la India. La traducción fue realizada por David Paradela López.

La generación beat en la India

Fórcola Ediciones nos propone un destino muy especial para este verano. Nos ofrece muchos viajes dentro de un gran viaje, una auténtica ganga por muy poco dinero, un viaje al cuadrado, un viaje al cubo, un viaje a la enésima potencia. Nos tienta, de la mano de la esmeradísima biógrafa Deborah Baker, a vivir las experiencias que vivieron Allen Ginsberg y sus amigos beats, durante quince meses, recorriendo la India a principios de los 60.

El 23 de marzo de 1961, Allen Ginsberg y Peter Orlovsky zarpaban del puerto de Manhattan rumbo a Oriente. Ya “J. Edgar Hoover había señalado a los beatniks como una de las tres grandes amenazas del país”; Ginsberg había publicado su largo poema-aullido Howl, su gran amigo Jack Kerouac había sacudido el mundo editorial con On the Road. También su compañero de fatigas Bill Burroughs, que les esperaba en Tánger en compañía de Paul Bowles con la idea de unirse al grupo expedicionario, había escrito ya Yonqui y lo había contado todo en Las cartas de la ayahuasca y en El almuerzo desnudo. Parece que las normas socioculturales occidentales se les habían quedado definitivamente estrechas. El discurso transgresor y libertario del movimiento, temas como la libertad sexual y el uso de drogas, chocaban frontalmente con la tradición conservadora norteamericana. Los beats necesitaban aires nuevos y emprendieron ruta. Habían probado todas las drogas a su alcance y seguían sin hallar “la iluminación” definitiva, querían seguir experimentando, buscaban un verdadero gurú que les guiase en una experiencia trascendental. Como Allen confesó al poeta bengalí Buddhadev Bose poco antes del inicio del viaje, “¿Quiere saber qué es lo que busco? ¡Busco inspiración! Quiero que los cielos se abran ante mí. ¡Quiero a Dios!”

Su viaje a la India fue una experiencia transformadora y tuvo además un gran impacto en la contracultura occidental posterior. Lo mejor de todo es que, a través de obras como Indian Journals (1970), un diario poético íntimo que incluye poemas, dibujos, descripciones y reflexiones de los meses pasados en Calcuta, de la existencia de varias biografías sobre su persona, y de la abundantísima y frecuente correspondencia cruzada entre todos los integrantes y algunos simpatizantes de la Generación Beat, poco ha quedado en el tintero y el viaje de quince meses está ampliamente documentado. Además, otros poetas beats publicaron también obras sobre sus experiencias en la India y el trabajo de documentación de Baker es tan meticuloso que cada acontecimiento puede ser narrado desde varias perspectivas.

El índice onomástico al final del libro es abrumador. Las referencias y las notas bibliográficas casi llegan a las quinientas. Con todas estas fragmentarias piezas bien colocadas, Deborah Baker ha hecho el puzle completo de El viaje iniciático de Allen Ginsberg tras la mano azul, (A Blue Hand: The Beats in India, 2008) en una obra fascinante que combina el ensayo cultural, la biografía, el diario personal y la crónica de viaje. Con prólogo de Jordi Doce y traducción de David Paradela, la autora nos hace partícipes de todo lo que Ginsberg sintió en ese viaje y de las experiencias que vivió en esos meses por aquellos lares.

De Europa fueron a Tánger, luego a Tel Aviv, después a Mombasa y de allí a Bombay. Arribaron al continente indio el 15 de febrero de 1962 y al poco tiempo lograron reunirse con sus amigos, la pareja de poetas budistas beats formada por Gary Snyder y Joanne Kyger, que venían de un largo periplo desde Japón. Junto a ellos lograron entrevistarse con el Dalai Lama, al que Ginsberg pudo preguntarle sobre la relación entre los efectos de las drogas y los estados espirituales resultantes de la meditación.

Viajaron los cuatro a Rishikesh, “que era la puerta de entrada al cielo” y desde allí a algunas ciudades sagradas como Benarés (Varanasi) y Calcuta, en las que conocieron a experimentados gurús, shadus, santones, poetas y pensadores. Estaba profundamente interesado por el hinduismo, el budismo tibetano, el canto de mantras, las prácticas de meditación y el yoga, que le parecían daban una respuesta más profunda a sus ansias de conocimiento. Más tarde también se uniría a ellos la americana Hope Savage.

A su arsenal habitual de drogas añadieron otras nuevas, como el bhang, la ganja o las semillas negras de opio, para utilizarlas en prácticas rituales y místicas y no solo con fines recreativos, sino intentando llegar a la iluminación a través de estados alterados de la conciencia. La pobreza extrema, la muerte en cada esquina y la fuerte espiritualidad consiguieron que Allen Ginsberg reflexionase sobre los límites entre lo sagrado y lo profano, la dignidad de las personas y la necesidad de profundizar en su compromiso contra el capitalismo occidental.

lunes, 22 de agosto de 2022

Un espía traductor o un traductor espía

El traductor español David Paradela López publicó el siguiente artículo que, por razones de espacio, dividió en tres partes las cuales se subieron sucesivamente en abril, mayo y julio de este año al sitio de traducción El Trujamán, del Instituto Cervantes. Aquí se reproduce en una única entrada.

El espía, el escritor y 33.761 judíos muertos

El mito del traductor espía es casi un lugar común en el oficio. A él se refiere Mark Polizzotti en su libro Simpatía por el traidor:

“En cierto modo, la traducción y el espionaje son grandes compañeros de cama: ambos exigen una doble lealtad, dominar modos de expresión paralelos, cierta capacidad para observar e interpretar y, cómo no, pasar, como un actor experimentado, de un papel a otro, de una voz a otra, de un personaje a otro.”

El espía es traidor por definición, y el traductor –en cuanto ente ambiguo, habitante perpetuo de los intersticios de la doblez– es blanco fácil para este tipo de acusaciones, de las cuales el famoso dicho italiano es la expresión más depurada.

Las acusaciones de espionaje no siempre se limitan al ámbito de la retórica; también se convierten en realidad: lo hemos visto recientemente con los intérpretes que temían por su vida en Irak y Afganistán. Estas acusaciones, claro está, suelen ser mera excusa para otros fines: a este pretexto se agarraron los soviéticos en 1937 para asesinar a Andreu Nin, traductor de Dostoievski y Tolstói, pero también, y para su desgracia, íntimo de Trotski y azote de Stalin. Y de espías (además de «enemigos solapados del catolicismo») tildaba el muy apostólico Menéndez Pelayo al «morisco granadino llamado Casiodoro de Reina» y a otro morisco, el «intérprete de lengua arábiga» Alonso del Castillo.

Ciertamente, espías ha habido que eran traductores. Polizzotti cita a sir Richard Francis Burton y C. K. Scott Moncrieff. El primero exploró África en busca de las fuentes del Nilo, viajó a La Meca, intrigó al servicio de la Compañía de las Indias Orientales, dominó veintinueve lenguas y tradujo, entre otras obras, Las mil y una noches y el Kama sutra. El segundo se dedicó a trasladar secretos militares a Gran Bretaña mientras se regalaba la buena vida en la Italia de Mussolini y tradujo al inglés a Stendhal y a Proust, aun cuando él mismo admitía, en una carta enviada al autor de la Recherche en 1922, que «mi conocimiento del francés, como usted mismo ha dejado a la vista [...] es demasiado imperfecto». Otros, sin ser traductores, se han hecho pasar por tales: en diciembre de 1989, cuando no era más que un agente destacado en Dresde, Vladímir Putin se encaró con una turba que pretendía asaltar las oficinas del KGB, presentándose como un simple traductor. Seguramente no fue eso, sino la pistola que llevaba al cinto, lo que hizo dar media vuelta a los manifestantes.

Curioso es el caso de David Floyd. Nacido en 1914 en una familia humilde de Swindon, estudió en Oxford hacia los años en que, en Cambridge, trababan amistad los más notorios espías de la historia reciente de Gran Bretaña: Kim Philby, Anthony Blunt, Guy Burgess, Donald Maclean y John Cairncross. El fascismo estaba en su apogeo y, como muchos jóvenes, Floyd gravitó hacia el Partido Comunista, donde llegó a secretario de la sección de Oxford. Su activismo lo llevó a ingresar un par de veces en prisión y, hacia finales de los años treinta, accedió al círculo de espías que Arthur Wynn reclutaba por encargo del Kremlin.

De forma incomprensible, dados sus antecedentes, en 1944 consiguió un puesto, primero, en la embajada británica de Moscú (como traductor de ruso) y luego en las de Belgrado y Praga, desde donde, según confesión propia, facilitaba documentación a Rusia. A principios de 1950 empezaron las sospechas y se inició una investigación. En julio de 1951, Floyd confesó. Curiosamente, no hubo represalias. En mayo de ese mismo año, dos de los Cinco de Cambridge (Blunt y Maclean) se habían fugado a la URSS, el escándalo había sido mayúsculo y es posible que el Gobierno estuviera demasiado avergonzado para admitir públicamente la existencia de otro infiltrado. Sea como fuere, se consideró preferible creer que el arrepentimiento de Floyd era sincero y ofrecerle una salida honrosa como reportero especializado en «asuntos soviéticos» para el Daily Telegraph. El caso no se destapó hasta 2018, con la desclasificación de varios documentos del Ministerio de Exteriores británico. Floyd había fallecido en 1997.

A pesar de toda esta frenética actividad, Floyd también escribió y tradujo. En 1964 publicó Mao Against Khrushev. A Short History of the Sino-Soviet Conflict, donde describe las rencillas existentes entre las que denomina «las Dos Romas»; al año siguiente, Rumania. Russia’s Dissident Ally; y, en 1969, Russia in Revolt. 1905: The First Crack in Tsarist Power. Entre sus traducciones, la más destacada es la de la novela Babi Yar de Anatoli Kuznetsov.

El escritor Anatoli Kuznetsov nació en Kíev en 1929. Desempeñó múltiples oficios hasta que en 1955 se afilió al Partido Comunista de la Unión Soviética. Poco después, decidió convertirse en escritor, ingresó en el Instituto de Literatura Maksim Gorki. Su primer intento de publicar fue en 1957: envió el manuscrito de una novela corta a la revista Yunost, pero los editores alegaron que no podían aceptarlo («la censura no lo permitiría, les cerrarían la revista y a mí me detendrían, o peor, me apartarían de la literatura para siempre»). Finalmente, la obra apareció en una versión censurada sin permiso del autor. En 1960, ya con cierto renombre, Kuznetsov ingresó en el Sindicato de Escritores Soviéticos. En 1966, publicó su obra más importante, Babi Yar.

Escribe Kuznetsov al principio de la novela: «Me crie en las afueras de Kíev, en el distrito de Kurenivka, no muy lejos de un barranco cuyo nombre, Babi Yar, solo conocían las gentes del lugar [...]. Más tarde se haría famoso, de repente, en un solo día» (pp. 14-15). Se refiere al 29 de septiembre de 1941, un día antes de Yom Kipur: ese día los nazis asesinaron en Babi Yar a 33 761 judíos de la zona. Las tropas del Obergruppenführer Friedrich Jeckeln perpetraron la matanza mediante el llamado «método de la sardina»: se disponía a las personas en hileras en una fosa y se las iba ejecutando por grupos; cada grupo debía situarse justo encima del anterior; cuando la fosa estaba llena se remataba a los posibles supervivientes. Se estima que, a lo largo de la guerra, entre 100 000 y 150 000 personas murieron en el barranco de Babi Yar.

Kuznetsov llevaba desde los catorce años tomando notas de lo que se decía en relación con la masacre de Babi Yar. A mediados de los años sesenta, envió el manuscrito a la revista Yunost, que lo rechazó y le aconsejó que no se lo dejara leer a nadie a menos que recortara todos los pasajes «antisoviéticos». La novela se publicó en 1966, después de que el autor amputara algunas partes y la censura soviética expurgara unas cuantas más: por lo visto, comentarios del tipo «había tratado de escribir [sobre Babi Yar] ateniéndome a las reglas del “realismo socialista”, la única guía de escritura que conocía [...], pero la verdad de la vida real [...] perdía al punto toda su vivacidad y se convertía en algo trillado, plano, falso e insincero» (p. 14) no eran aceptables. Hasta una cuarta parte del texto desapareció en el proceso, incluidos capítulos enteros, como el titulado «Caníbales», que empieza: «La peor hambruna de la larga historia de Ucrania ocurrió bajo el dominio soviético, en 1933. Es el primer suceso de mi vida del que guardo un claro recuerdo» (p. 120).

Sin embargo, Kuznetsov se quedó con el manuscrito y siguió trabajando en él. Temeroso de que, durante uno de los registros a los que periódicamente lo sometían las autoridades, el texto fuera descubierto, lo fotografió y lo enterró en un bosque cerca de la ciudad rusa de Tula. En 1969, Kuznetsov viajó a Londres con el pretexto de investigar para un libro sobre Lenin. Una vez allí, logró deshacerse de su mamka (el agente que la policía rusa le había impuesto como acompañante) y se presentó ante las autoridades inglesas. Como ni Kuznetsov hablaba inglés ni los funcionarios, ruso, quiso el azar que lo pusieran en contacto con David Floyd, el exespía reconvertido en reportero del Daily Telegraph. Juntos acudieron al hotel donde se alojaba el escritor para recuperar la máquina de escribir de este y, sobre todo, el abrigo en cuyo forro iba cosida la película de 35 mm con el texto fotografiado de Babi Yar. Después de eso, Floyd consiguió que el Ministerio del Interior se lo llevara a un lugar seguro y le concediera el permiso de residencia. Hasta su muerte, el 14 de junio de 1979, Kuznetsov trabajó para Radio Liberty, escribió poco y, según se dice, leyó mucho, sobre todo a autores prohibidos en la URSS, como Orwell, Kafka y Zamiatin.

En 1970, Kuznetsov publicó en inglés la edición completa de Babi Yar, firmada con pseudónimo «A. Anatoli». Tipográficamente, la edición presentaba ciertas peculiaridades: marcaba en negrita los fragmentos que habían sido censurados en la primera edición rusa de 1966, y añadía entre corchetes mucho material adicional redactado por el autor entre 1967 y 1969. La traducción corrió a cargo de David Floyd. No deja de llamar la atención que el periodista dos veces traidor, por espía y traductor, fuera uno de los artífices de la defección de un autor soviético y que firmase una traducción que, tanto por el contenido como por el continente, pone de manifiesto como ninguna otra la intolerancia, el desprecio a la memoria y el afán totalitario de un régimen con el que él mismo había colaborado, con gran riesgo por su parte, dos décadas antes. A fin de cuentas, es posible que quienes creyeron en la sinceridad de su confesión de 1951 no se equivocaran. La novela no apareció de forma íntegra en ruso hasta 1991. En 2008 se publicó la traducción ucraniana, firmada por Alekséi Kuznetsov, el hijo del autor.

A lo largo de los años, la URSS se aplicó por todos los medios a camuflar la historia de Babi Yar. Como explica Kuznetsov al principio del libro, «tras la guerra, hubo en la Unión Soviética un violento estallido de antisemitismo que incluyó una campaña en contra de lo que se denominaba “cosmopolitismo”, y cualquier mención de Babi Yar estaba poco menos que prohibida» (p. 13). La versión oficial era que allí se había cometido el «asesinato de pacíficos ciudadanos soviéticos». Con el tiempo, se intentó urbanizar el espacio: se decidió rellenar el barranco, se arrasó el antiguo cementerio judío, se edificaron un bloque de viviendas y unos estudios de televisión; incluso se proyectó un estadio que nunca llegó a construirse. El coste fue enorme, no solo en términos económicos, sino en vidas humanas: en 1961, el dique que contenía la tierra lodosa con la que se pretendía rellenar el barranco cedió a causa de la lluvia, y provocó un aluvión de fango y restos humanos que sepultó un barrio entero y mató a varias personas. Según Kuznetsov, se tardó dos años en retirar los escombros: «Parecían las excavaciones de Pompeya» (p. 473). En 1966, el régimen seguía decidido a silenciar la masacre: en conmemoración del 25.º aniversario, se produjo una concentración espontánea en el lugar. Cuando la televisión se enteró, mandó cámaras; poco después, el director del canal fue despedido y la policía secreta confiscó las cintas.

Fueron varios quienes trataron de conservar el recuerdo de aquella atrocidad. Se cree que la primera fue la poeta Liudmila Titova, testigo de los hechos, con un poema que no se descubrió hasta la década de 1990. Otro fue Mikol Bazhan, a quien el PCUS obligaría a rechazar la candidatura al Premio Nobel en 1970. El poeta Yevgueni Yevtushenko (antiguo alumno, como Kuznetsov, del Instituto de Literatura Maksim Gorki) publicó en 1961, en el semanario Literaturnaya Gazeta, un poema sobre Babi Yar que empieza: «No hay monumentos en Babi Yar»; al año siguiente, Shostakóvich «traduciría» el poema de Yevtushenko al lenguaje musical con su Sinfonía n.º 13 en Si bemol menor.

La novela de Kuznetsov concluye con las siguientes palabras: «Me pregunto si algún día comprenderemos que no hay nada más precioso en este mundo que la vida y la libertad humanas. O si todavía han de cometerse más barbaridades» (pp. 477-478). El 1 de marzo de 2022, el ejército ruso bombardeó el memorial de Babi Yar durante la ofensiva contra Ucrania ordenada por Vladímir Putin, el falso traductor de Dresde.1

Nota:

(1) Sobre los espías y la traducción: Mark Polizzotti, Simpatía por el traidor, trad. de Íñigo García Ureta, Madrid, Trama, 2020, pp. 48-49; Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, Librería Católica de San José, 1880, vol. II, pp. 466-467 y 644. | Sobre los Cinco de Cambridge: Ben Macintyre, Un espía entre amigos, trad. de David Paradela, Barcelona, Crítica, 2015. | Sobre David Floyd: Olivia Goldhill, «The UK hid the story of a Soviet spy for 70 years because they felt silly for hiring him», Quartz, 25-2-2018, disponible aquí (consulta: 3-3-2022); Guy Walters, «Named after 67 years, the Oxford traitor whose spying for Russia was hushed up by MI5 became a Daily Telegraph journalist known as “Pink” Floyd», Daily Mail, 26-2-2018, disponible aquí (consulta: 3-3-2022). | Sobre Anatoli Kuznetsov: «A soviet author’s flight to the free world», Time, 8-8-1969, disponible aquí (consulta: 3-3-2022). | Sobre Babi Yar: Tony Judt, Postwar, Londres, Pimlico, 2007, p. 182; Anatoli Kuznetsov, Babi Yar, trad. de David Floyd, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 1970; Timothy Snyder, Tierra negra, trad. de Paula Aguiriano, Inés Clavero, Irene Oliva y David Paradela, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015, pp. 205-207.

jueves, 22 de agosto de 2013

Perplejidades e incoherencias

Que los latinoamericanos nos quejemos de las ínfulas y las burradas de la Real Academia entra en las generales de la ley. Que los españoles, poco a poco, hagan lo mismo, indica a) un muestra de salud y b) un claro síntoma de que la institución está meando largamente fuera del tarro. Con el monumental El dardo en la Academia. Esencia y vigencia de las academias de la lengua española, Silvia Senz Bueno y Monserrat Alberte ya lo pusieron en evidencia. Pero alegra saber que, de tanto en tanto, El Trujamán (vale decir, el Instituto Cervantes) publica columnas tan atinadas como la del traductor español David Paradela López, del 8 de agosto pasado. Ésta ha sido ampliada un día después en el blog Malpartiana, que él mismo administra: 

http://malapartiana.wordpress.com/2013/08/09/r-de-rae



Traducir a la letra: R de RAE

Vaya por delante que quien esto firma se declaró hace años insumiso a la nueva Ortografía de la Real Academia Española, lo cual tiene su gracia cuando se traduce para el mercado libresco, ya que el criterio ortográfico de cada editorial es el que prevalece en última instancia, por encima del de la RAE y, por supuesto, del de uno mismo. Vaya también por delante que no siendo mi terreno el de la norma lingüística, mis observaciones habrán de limitarse a los problemas recurrentes que nos han llevado a muchos profesionales a renunciar a la autoridad académica en general.

Porque la autoridad, en el sentido clásico, deriva no de la norma y la imposición, sino del crédito que quien la ostenta le merece al público general, y, para empezar, uno no puede dar crédito a una institución que aboga por la unidad panhispánica de la lengua pero divide su patrimonio léxico en dos obras muy distintas: el Diccionario de la lengua española y elDiccionario de americanismos (aunque «carente», éste último, «de propósito normativo»). ¿Debemos entender, pues, que los americanismos no son español? La «Guía del consultor» nos tranquiliza: el diccionario es «diferencial [sic] con respecto al español general». Así, debemos entender, por ejemplo, que bicicross es americanismo, mientras que bululú y perol(acepción segunda) son español general… aunque en tal caso ¿por qué elDRAE les añade la marca «Ven.»? Ah, y las definiciones de cantinflas, por si no lo sabían, son distintas en una y otra obra.

Centrándonos en el DRAE, uno no puede dar crédito a un diccionario que (con o sin razones, por descuido o por principio) no admite palabras de uso común, y no, no me refiero al vocabulario de las (ya no tan) nuevas tecnologías: la Academia puede anunciarnos a bombo y platillo que ya «se puede» decir blog, pero uno se pregunta ¿qué hacemos con setter (¿séter?), bóxer (el  perro)  intifada,  yakuza,  moussaka (¿musaca?)  o złoty? Es el mismo diccionario, que con su atávica aversión al extranjerismo parece querer condenarnos a escribir eternamente con cursivas palabras que ya son patrimonio del español y que difícilmente dejarán de serlo, comoapartheid, bungalow, curry o el famoso whisky (batik, en cambio, pueden ustedes escribirlo de redonda con total tranquilidad).

La aversión al extranjerismo léxico tiene su justa correspondencia con la aversión al extranjerismo ortográfico. El castizo criterio académico recomienda, verbigracia, escribir cuark en vez de quark. El razonamiento con que la nueva Ortografía sostiene su decisión es tal vez impecable desde el punto de vista normativo («la letra q solo tiene uso como elemento integrante del dígrafo qu para representar el fonema /k/ ante las vocales e, i»), pero contraviene el uso extendido en la «lengua culta y común de nuestros días», que se supone es su modelo. (El razonamiento, dicho sea de paso, aparece en la Ortografía, pero no se refleja en el diccionario; no, tampoco el de dudas).

Lo de la impecabilidad de los razonamientos depende a veces del punto de vista. El ejemplo de la supresión de la tilde en sólo y los pronombres demostrativos es paradigmático. La Academia cree que estas palabras no cumplen «requisito fundamental que justifica el uso de la tilde diacrítica, que es el de oponer palabras tónicas o acentuadas a palabras átonas o inacentuadas formalmente idénticas», y por eso opta por suprimirla. Los casos de duda «pueden resolverse casi siempre por el propio contexto»; los demás «son raros y rebuscados, y siempre pueden evitarse por otros medios, como el empleo de sinónimos […], una puntuación adecuada, la inclusión de algún elemento […] o un cambio en el orden de palabras». Dicho de otro modo: no dejen que la realidad estropee la perfección de la teoría.

Perplejidades e incoherencias como éstas —espigadas al azar a partir de la práctica diaria de la traducción— dan, creo, una ligera idea de por qué son tantos los profesionales de la lengua que utilizan las obras académicas poco más que para confirmar sus miedos («¡No, eso tampoco “puede” decirse!»), cerrarlas y no hacer mucho caso.

viernes, 22 de junio de 2012

"Una comunicación cultural más ecuánime"

Otra interesante columna –con la que llegado el caso, vale la pena discutir– de David Paradela López, publicada hoy en El Trujamán.

Traducir a la letra: E de español

La Academia y el afán normativo le han hecho más mal que bien al español. La lengua cambia, se corrompe, deriva, y luchar contra eso es querer vaciar el océano a cucharadas. No sé si consciente de ello, o por otros motivos, la Academia lleva años fingiendo desentenderse de la palabra «norma» y apostando por la vía del «panhispanismo». Es cierto que, entretanto, sus arbitrariedades habían provocado una crisis de confianza en sus dictados (o recomendaciones o como quieran llamarlas), pero lo es también que muchos de los temores que nos infundió siguen vivos. Entre ellos el del regionalismo. Un ejemplo: el de la traducción de Il birraio di Preston de Andrea Camilleri al español y al catalán. En ella, Camilleri usa y abusa de las variedades dialectales italianas; la lengua, más que una característica de los personajes, es el personaje. La versión española está traducida casi por entero en lengua estándar, mientras que la catalana despliega un mosaico dialectal equiparable al del original. ¿Por qué damos por hecho que tal estrategia no tiene cabida en una traducción al español? Para quien esto escribe la cuestión es un misterio, aunque tal vez esté en lo cierto Pau Vidal (traductor de la novela de Camilleri al catalán) cuando dice que «las lenguas grandes son grandes justamente por esta razón, porque impiden el proliferar de variedades en el seno de la estándar». Tal vez sí, tal vez ha sido el imperialismo lingüístico lo que ha creado el espejismo de la unidad del castellano escrito. Espejismo porque, en traducción de literatura, esa unidad no puede y seguramente no debe existir: no puede porque nadie puede tener en la cabeza los usos y connotaciones de cuatrocientos millones de hablantes; no debe porque la literatura conoce registros que no deben someterse a la soga de la normalización, la formalidad, y la corrección. De aquí que, lógicamente, existan desajustes en el uso. Por ejemplo en el consabido ámbito de los coloquialismos y los insultos.

Desde hace tiempo asistimos a una vindicación de las variedades americanas y una queja respecto al uso del español peninsular como única «variedad no marcada» (si es que tal cosa puede existir). Si por panhispanismo debemos entender el fin de la subordinación de los usos americanos a los usos de la vieja metrópoli, bienvenido sea. Pero en tal caso, la única solución lógica es una comunicación cultural más ecuánime entre ambos lados del océano que resulte, en un plazo razonable, en una aceptación generalizada de los usos lingüísticos ajenos. No es probable que las dinámicas del mercado editorial lo permitan: el desequilibrio entre las traducciones españolas que llegan a América y las traducciones americanas que llegan a España es evidente. (Curiosa segregación, teniendo en cuenta que la generación de mis padres se formó leyendo traducciones argentinas y mexicanas). Intuyo que si la contaminación fuera en ambas direcciones, los lectores americanos se sulfurarían menos al encontrar coloquialismos (a menudo inevitables) en ciertas novelas traducidas en Madrid o en Barcelona; al mismo tiempo, sería una cura de humildad para los traductores de la madre patria. Esta mutua contaminación no es sino un paso más hacia el inevitable mestizaje de la lengua del traductor que, a otros propósitos y desde distintos puntos de vista, otros han reclamado ya. Para quienes hemos aprendido a leer literatura con Borges y Cortázar, con García Márquez y con Rulfo, no creo que supusiera ningún atentado contra el decoro.

viernes, 8 de junio de 2012

¿Cuáles? ¿Por qué? ¿Bilingüe o monolingüe?

Nuestro ya conocido David Paradela López está publicando en El Trujamán una serie de artículos bajo la denominación común de “Traducir a la letra”, lo cual le permite hablar de diversos temas. En la ocasión, el 4 de junio pasado, habla sobre diccionarios.

Traducir a la letra: D de diccionario.

Se ha hablado ya de los diccionarios y del apego que el traductor les tiene —a veces con independencia de su verdadera utilidad—; aun así, osaremos abundar en el asunto, empezando, además, por los denostados bilingües. Alude Mario Muchnik (en su Léxico editorial, p. 69) a esos traductores que se enorgullecen de no usarlos. Quien esto firma ha conocido también varios de esos traductores y no puede por menos de compartir la perplejidad del editor y, ya de paso, confesar el uso y abuso por su parte del pérfido adminículo en todas sus variantes: convencionales, visuales, en papel, electrónicos… Confesión que hago tranquilamente porque soy consciente de que existen mil rincones de la propia lengua que desconozco y a cuyas palabras difícilmente llegaré mediante esa inspirada deducción, ese descenso del mundo de las ideas que exige la simple consulta del monolingüe. Puedo leer las definiciones que el Webster da para rosette y pensar en medallitas, insignias, distintivos, pero sin el bilingüe nunca habría llegado a «escarapela», que era lo suyo.

Por no hablar de las veces que nos han salvado el pellejo los «nuevos bilingües»: la web Linguee.com y sus equivalencias por segmentos (de la cual podríamos saltar a las colocaciones y al Redes, otro diccionario incomprendido), Wikipedia (con todas las cautelas que se quiera) y sus versiones en varias lenguas de una misma voz. O de los refraneros multilingües, o de los glosarios con equivalencias consolidadas a las que deben ceñirse quienes traducen para organismos internacionales. Confesémoslo: a veces el bilingüe sí trae le mot juste. En el peor de los casos, su uso no difiere tanto del de los diccionarios de sinónimos o de los nunca bien ponderados de Julio Casares y Fernando Corripio, y oponer su uso al del monolingüe nos retrotrae a discusiones tan absurdas como la de la preferencia por la traducción literal o la versión libre.

Al fin y al cabo, el monolingüe no es garantía de nada por el hecho ser tal. Sin ir más lejos, dudo que ningún traductor del español a otras lenguas recurra al DRAE para saber qué significa una palabra cualquiera. El DRAE es más bien esa señora Rotenmeyer a la que acudimos los hispanohablantes para pedir permiso antes de teclear, por ejemplo, country. Como nos dice que no, pero no hay otra manera de nombrar al estilo musical de Dolly Parton, tiramos millas, riéndonos por lo bajini pensando que algún día admitirán contri. (Para la particular visión de la realidad de la Academia, y mucho más, véanse los dos gruesos volúmenes del reciente El dardo en la Academia, coordinados por Silvia Senz y Montserrat Alberte). En el fondo, los traductores de inglés somos los más afortunados, porque podemos pasarnos las horas vagando con la mirada por el desmedido y apabullante Oxford, de cuyas opciones y herramientas —amén de apertura de miras— debiera tomar nota la lexicografía patria.

La cuestión de las nuevas fuentes de autoridad léxica y terminológica tiene para la traducción de libros consecuencias que van más allá de la elección de las palabras. En el citado librito de Muchnik se cuenta el caso del recientemente fallecido Jaime Salinas, que en una de las colecciones que dirigía prohibió que «se pusieran notas a pie de página para explicar términos que figuraran en el Larousse». Criterios como éste parecen liquidados en un tiempo en que la primera fuente de referencia es la Wikipedia. Pero no es este articulito el lugar para hablar de las notas y similares…

jueves, 22 de marzo de 2012

¿Existe una necesidad de retraducir lo ya traducido?

El pasado 6 de marzo, David Paradela López publicó la siguiente columna en El Trujamán. En ella se habla de la necesidad de retraducir lo ya traducido.

Retraducir

Nunca me había planteado el asunto de la retraducción hasta que me encargaron retraducir a Curzio Malaparte. Que yo sepa, retraducimos por los motivos siguientes: por capricho; por rifirrafes de derechos; por haberse realizado por lengua interpuesta la versión anterior; porque la traducción existente ha envejecido. Sobre el primer grupo prefiero correr un estúpido velo —aunque dicho sea que muchos de los ejemplos que me vienen a la cabeza son libros de poesía—. Sobre el segundo callaré también porque son casos que se oyen, pero no conozco ninguno con el suficiente detalle. Uno de los ejemplos más conspicuos del tercer grupo es quizá la reciente aparición en castellano del Doctor Zhivago de Marta Rebón, traducido del ruso y no del italiano como el anterior. Pero el caso típico, más comentado y más proclive a la repetición de lugares comunes es el cuarto, el de las traducciones viejas.

Pero ¿qué es una traducción vieja? Hoy en día, hasta la pescadera repite que las traducciones deben repetirse cada equis años, porque «la lengua de la traducción envejece mientras que la del original no», cosa que, a priori, no acabo de entender (¿la lengua del Guzmán de Alfarache no ha envejecido?). En principio, éste era el motivo para retraducir a Malaparte; después de años escudriñando las primeras versiones de Kaputt y La piel (y de mucho dar la tabarra con ellas en blogs y congresos) puedo decir que se imponía retraducirlos, pero por mil motivos excepto el de la supuesta caducidad de sus traducciones. Ciertamente, el castellano ha cambiado desde los tiempos de R. Coll Robert y Manuel Bosch Barrett, pero en nada afea la obra una lengua que, a fin de cuentas es casi contemporánea del original y puede leerse de corrido sin el menor problema, a menos que uno sea alérgico a los regustos ligeramente añejos, que no me parece el caso de la mayoría de partidarios del «dogma» de la retraducción sistemática.

Retraducir a Malaparte era preciso porque sus traductores de los años cuarenta y cincuenta tienen lagunas de bulto en italiano, porque planchan metáforas decisivas y domestican una sintaxis a veces caprichosa, porque no identifican ciertos referentes (no saben lo que es un basso napolitano) ni algunos deslices ortográficos del autor (el palacio presidencial de Helsinki está edificado a la manera de Engel, no de Engels), porque sufrieron la censura franquista (el capítulo de la virgen de Nápoles en La piel es el más flagrante: podado resulta simple y llanamente incomprensible), porque aplicaron criterios que ya no compartimos (como llamar Santa Teresita de los Españoles a la napolitana vía de Santa Teresella degli Spagnoli), pero no porque su lengua estuviera vieja, enmohecida o dificultara el disfrute del texto.

Considero que la historia de la traducción y la crítica literaria ganarían mucho si se abriera de una vez un debate serio y razonado sobre la necesidad de retraducir y se cuestionaran mitos arraigados como el de la supuesta perfección del original (que desoye las sabias palabras de Borges sobre la religión y el cansancio) y la ramplonería congénita de toda traducción. Por otro lado, en cuanto a la práctica editorial pura y dura, no estaría de más acostumbrarse a incluir una notita, a modo de apólogo, destinada al lector en aquellas obras con tres y cuatro traducciones conviviendo lomo por lomo en las librerías.

jueves, 15 de marzo de 2012

"This is complicated"

Constance Garnett
El traductor español David Paradela López publicó en El Trujamán del 14 de febrero pasado la siguiente reflexión, que vale la pena considerar.

Teorías del estilo

El nombre de Constance Garnett no le dice nada al lector hispano, pero tiene fuertes resonancias para el lector anglosajón, sobre todo el de una cierta edad. Sus traducciones —a veces ayudada en ellas por el anarquista Serguéi Stepniak— introdujeron a los clásicos rusos en la lengua inglesa y dieron mucho que hablar (generalmente mal) a nombres como Joseph Brodsky y Vladimir Nabokov: «un auténtico desastre», dijo el autor de Lolita de su versión de Ana Karénina. Menos severo se muestra Adam Thirlwell, que en 2007 publicó un libro titulado Miss Herbert (o The Delighted States, según el ejemplar sea inglés o estadounidense). El libro es una suerte de relato de viajes con el estilo novelesco por protagonista y los periplos de éste, por distintas lenguas y latitudes, como trama. Una trama que, por fuerza, pasa a través de la traducción. Ahí leemos que, para Garnett, su Ana Karénina era «más clara, sin los flagrantes defectos de estilo del original ruso». Tolstói, por lo visto, gustaba de «prolongar sus largas frases mediante la pura repetición, dejando oscilar la frase en torno a una repetición de bisagras, como en la terza rima», por lo que su estilo puede dar impresión de incuria. Garnett eliminó esa repetitio cum variatio, según parece porque el inglés no la admite del mismo modo que la admite el ruso.

A primera vista (y a falta de saber ruso), se hace difícil compartir el parecer de la traductora, pero ¿hasta qué punto la inercia no nos lleva a muchos a hacer lo propio? Desde la facultad se nos inculca lo del «genio de la lengua», verbigracia: que el inglés prefiere la frase corta en relación coordinada y el castellano el periodo largo y la subordinación. Y cuando empezamos a tratar con editores aprendemos que lo que cuenta es la «fluidez», oscuro dogma sobre el que ya se han escrito unos cuantos trujamanes y que opino merecería un libro entero. Aplicar la regla de tres de la fluidez y la conversión sintáctica a libros «sin estilo» puede ser recomendable, sobre todo porque al traductor se le exige entregar un texto liso y más legible que muchos de los originales absurdos que las grandes editoriales compran a bulto, aunque ése es otro tema. Sin embargo, al abordar una obra con voluntad de estilo, las fórmulas resultan insuficientes y nos enfrentamos a múltiples dilemas: ¿hasta dónde llega el «genio de la lengua» y hasta dónde el estilo de la obra? ¿Hasta qué punto modificar un rasgo sintáctico no altera la imagen que de sí pretende dar el autor? ¿Romperemos —por ignorancia, por ceguera, por prisa— el equilibrio entre la ética y la estética estilísticas de la obra, sea cual sea ese equilibrio?

Toda teoría de la traducción, lo dice Thirlwell y quien esto firma lo comparte, es una teoría del estilo. Del mismo modo que no existe el estilo, así en general, no puede existir la teoría en general. Para nosotros queda el problema, primero, de cómo reconocer el estilo, así, a pelo (a pelo porque a menudo el traductor trabaja sobre una obra nueva, sin aparato crítico ni literatura secundaria. Para los clásicos, a las malas, siempre podremos invocar alguna autoridad), y, segundo, de saber qué hacer con él. La teoría literaria lleva años tratando de hallar respuestas. La solución, si la hay, tiene seguramente poco de ciencia, mucho de lecturas, bastante de gusto y parte de suerte. Thirlwell escribe una frase banal al analizar el problema de las traducciones de Constance Garnett: «This is complicated». Imposible ser más preciso.

lunes, 7 de noviembre de 2011

¿Concepciones particulares universales?

David Paradela López publicó en El Trujamán del 6 de noviembre pasado (bah, ayer) la siguiente reflexión que merece reproducirse en este blog.

Apotegmas y matices

A poco que se les deje, los teóricos gustan de proclamar que la literatura no está para dar respuestas, sino para plantear preguntas, plasmar diversidades, iluminar matices. Sorprende, pues, que muchas veces teóricos, y hasta escritores, sean tan dados al apotegma: la tarea del escritor es «purificar las palabras de la tribu» (Mallarmé), «destronar a las palabras de sus sitiales para entronizarlas con mayor aplomo» (Canetti), «escribir es constituirse en el centro del proceso de la palabra» (Barthes). Pese al diluvio, sigue habiendo quien entiende que algunas parcelas de la literatura todavía pueden contar historias. Y no me refiero a Dan Brown, sino a nombres tan dispares como Mendoza, Auster o el colectivo Wu Ming. A veces se hace tan difícil saber quién es el écrivain y quién el écrivant…

Sentencias como ésas no me parecen muy distintas de las de los críticos de la traducción, e incluso algunos traductores: que el traductor es un ser apocado y mezquino, amén de un escritor frustrado (ahí vamos de la mano con los críticos); que la lengua del original no envejece, pero sí la de la traducción (y los filólogos dale que te pego con tanta nota inútil al pie de nuestros clásicos); que a cada generación su traducción; que la traducción es un don que se tiene y difícilmente se enseña; que para traducir teatro se requiere un no sé qué que qué sé yo del que carecemos los traductores de libros; que la poesía es coto exclusivo de poetas; o que poesía es lo que se pierde en traducción (será que Ungaretti no hacía poesía cuando dijo: M’illumino / d’immenso. O seré yo, que no capto los matices que se pierden en román paladino); es más: que la literatura no es traducible; más aún: ¡que la traducción es imposible! La oferta es amplia, pero mi favorita —como la de tantos reseñistas de prensa—, será siempre el socorrido traduttore traditore. Apuesto un garbanzo a que cada vez que alguien lo pronuncia muere un gatito.

Eppur si traduce. Hastiados de tanta perorata indemostrada y tanto lugar común, cientos de traductores nos sentamos día sí y día también frente al ordenador y al libro (o al PDF, o a la fotocopia…) para ganarnos, con nuestro oficio imposible, el poco pan que renta traducir literatura. Me vienen a la cabeza las palabras de ese otro cultivador de megalitos, Blanchot: «El escritor se halla en la situación cada vez más cómica de no tener nada que escribir, ni medio alguno para escribirlo, y de estar obligado por una necesidad a escribirlo en todo momento». Donde pone escritor, pongan traductor.

En verdad, lo que parece es que mucha teoría, bajo el afeite de la reflexión y la crítica, pretende universalizar a la fuerza concepciones particulares. Lo importante es que la realidad no eche a perder una bonita frase. Por lo que a mí respecta, cada día me parece más difícil establecer certezas válidas para algo más que el caso concreto, pero quizá por eso no soy teórico ni crítico, porque no acierto a convencerme de que el espacio literario, como el espacio traductor, sean uno y que lo que queda fuera no sea nada. Pues serán nivolas, que decía el bilbaíno, pero algo serán. Tanto apotegma por uno y otro lado me parece cosa bien alejada de eso de la exploración de lo diverso y de la iluminación del matiz, que a fin de cuentas, contra viento y marea, es lo que seguimos haciendo tanto autores como traductores. Y ya me perdonarán.

lunes, 22 de agosto de 2011

Más sobre la traducción del Manifiesto Comunista



Segunda parte del artículo que David Paradela López  publicó en El Trujamán, el 28 de julio pasado, aparecido es este blog el 28 de julio pasado.








"Un mundo que ganar":
la traducción del Manifiesto Comunista (II)

En 1866, tras su paso por las barricadas, José Mesa y Leompart (Alhucemas, 1831) consideró conveniente salir de España para París, de donde sólo regresó en 1868 tras el derrocamiento de Isabel II. Fue uno de los introductores de los ideales marxistas en la Península y de él llegó a decir Engels que «es incontestablemente el hombre más considerable de los nuestros en España, tanto por el carácter, cuanto por el talento, y es asimismo, y verdaderamente, uno de los mejores de la Internacional entera». Fue, además, el primer traductor al castellano del Manifiesto Comunista.

Allá por 1872, José Mesa dirigía La Emancipación, publicación oficial de la federación madrileña de la Internacional, donde el 2 de noviembre apareció su versión del manifiesto bajo el título de Manifiesto Comunista de 1848. Precedido de un prólogo de sus autores. Según los datos del historiador Bert Andréas, antes de la Gran Guerra se reeditó en cinco ocasiones (1886, dos veces, 1888, 1904 y 1906). Las tesis del manifiesto, en efecto, se difundían a gran velocidad: entre 1872 y la Revolución de Octubre de 1917, hubo 70 ediciones en ruso, 55 en alemán, 34 en inglés, 26 en francés, 11 en italiano, 11 en polaco, 10 en holandés/flamenco, 9 en húngaro, 8 en checo, 7 en búlgaro, 7 en yidis, 6 en finlandés, 6 en danés, 5 en sueco, 5 en ucraniano, 4 en georgiano, 4 en rumano, 4 en serbio, 3 en croata, 3 en japonés, 2 en armenio, 2 en noruego, 1 en chino, 1 en eslovaco, 1 en esloveno, 1 en esperanto, 1 en portugués, 1 en ladino y 1 en tártaro.

Más allá de «desviaciones» bakuninistas y demás heterodoxias, era imposible que todas las versiones fueran iguales porque no todas partían del mismo original. En el caso de la española, conocemos bastante bien las vías de transmisión y sabemos, sin sombra de duda, que se trató de una traducción de una traducción de una traducción. El original de don José no fue el texto alemán, sino una versión francesa, vertida del inglés y revisada con arreglo a otra traducción francesa: «En 1872 [el Manifiesto] fue traducido al inglés —escriben Marx y Engels en el prólogo a la edición inglesa de 1888—, más exactamente en Nueva York. […]  Basándose en esta versión inglesa, también se confeccionó una versión francesa en Le Socialiste de Nueva York». Puntualicemos: la versión publicada en Nueva York (en 1871, no 1872) no era nueva, sino la de la enigmática Helen Macfarlane. De ella parte la versión francesa aparecida, ahora sí, en 1872, en Le Socialiste. Engels, antes de remitir a don José el original francés, lo retocó cotejándolo con otra versión francesa, de Friedrich Adolph Sorge. (Lo que no sabemos es por qué no se decantó simplemente por la versión de Sorge como original. Otro misterio para la historia de la transmisión textual). Lo dicho hasta aquí augura una buena ensalada, a la que se sumaría la supresión, por parte de Mesa, de las tres páginas sobre «El socialismo alemán o “verdadero”» (debida a su interés «puramente local», según se señala en nota) y algún añadido de carácter menor.

Aunque a don José le ha dado la espalda hasta Wikipedia, sabemos que volvió a traducir a Marx (en 1891 puso en castellano Miseria de la filosofía) y que falleció en Francia el 22 de enero de 1904. En el último siglo, multitud de traductores han repetido su tarea: el polígrafo Juan Bergua, Paula Brines, María Cóndor, Elisa Dapia, Francisco Leiva, León Mames, Pedro Ribas, Wenceslao Roces, más todos los que se deja el ISBN y aquéllos cuyo nombre se oculta bajo lemas colectivos.

jueves, 28 de julio de 2011

Es verdad que Marx y Engels siguieron con atención el rastro de sus traductores y se preocuparon por la calidad de las versiones

El traductor español David Paradela López publicó la siguiente columna en El Trujamán el 11 de julio pasado. De acuerdo con lo que se indica, habrá una segunda parte. Mientras la esperamos, sale la primera.

"Un mundo que ganar":
la traducción del Manifiesto Comunista (I)*

Marx y Engels tenían muy claro que, si los proletarios de todos los países habían de unirse, primero tenían que entenderles. Así, la primera página de «la pieza de literatura política más influyente desde la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano» (Eric Hobsbawm dixit) anuncia ya que el manifiesto «se publica en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés». No obstante, con los datos en la mano, esta afirmación parece más llena de deseo que de verdad.

El Manifest der Kommunistischen Partei fue publicado en alemán en febrero de 1848 por la Workers’ Educational Association de Londres y, a pesar de sus llamativos tipos góticos de importación teutona, pasó sin pena ni gloria. En 1866 —tras algunas correcciones y reediciones menores— el Manifiesto se publicó por vez primera en Alemania, pero su fortuna dio un giro a partir de 1872: ese año, el panfleto volvió a imprimirse, esta vez con éxito, y las traducciones empezaron a sucederse.

La historia de las primeras traducciones del manifiesto sigue envuelta en contradicciones: no está muy claro, por ejemplo, qué versiones aparecieron antes de la edición de 1866; se sabe de una al sueco, de finales de 1848, y otra al inglés, de 1850, que no tardaron en quedar fuera de circulación. George Julian Harney señala, en su introducción a la versión inglesa aparecida en The Red Republican en 1850, que «la confusión que siguió a ese gran acontecimiento [la revolución parisina de 1848] impidió cumplir, en su momento, la intención de traducirlo a todas las lenguas de la Europa civilizada». Sin embargo, en el prólogo a la edición alemana de 1872, escriben Marx y Engels: «La primera versión francesa apareció en París poco antes de la insurrección de junio de 1848 […]. En polaco, fue publicado en Londres poco después de su primera edición alemana. En ruso, en Ginebra, en la década de 1860. También fue traducido al danés poco después de su publicación». Misterios de la transmisión textual.

Si algo es indiscutible, es que Marx y Engels siguieron con atención el rastro de sus traductores y que se preocuparon por la calidad de las versiones: en el prólogo a la edición inglesa de 1888 llaman «heroica» a Vera Sasulich, artífice de la segunda traducción rusa, aparecida en Ginebra en 1882, y autora del atentado contra el coronel Trepov, el brutal gobernador de San Petersburgo; Engels se lamenta, en el prólogo a la edición alemana de 1890, de que «el traductor [danés] hubiese podido realizar una excelente tarea con un poco más de cuidado». En ese mismo prólogo se comparan y critican versiones: Engels asegura que la nueva traducción francesa aparecida en Le Socialiste de París en 1886 «es la mejor aparecida hasta la fecha» y se felicita de que, tras varias «traducciones norteamericanas más o menos inexactas, apareció finalmente una traducción auténtica en 1888. La misma pertenece a mi amigo Samuel Moore y antes de su impresión hemos vuelto a revisarla juntos».

Entretanto se dieron casos curiosos, como el de Helen Macfarlane, la misteriosa traductora del manifiesto al inglés, de la que apenas sabemos que en 1850 publicó unos artículos en The Democratic Review y The Red Republican con el nombre de pluma de Howard Morton (quizá incluso entre los comunistas una mujer era buena para traducir pero no para opinar; recordemos que el prólogo a su traducción lo firma un hombre: George Julian Harney) y que ese mismo año desapareció sin dejar rastro de los archivos del censo. O como la anécdota del traductor al armenio, relatada por Engels en el citado prólogo de 1890: «En 1887 se le ofreció el manuscrito de una traducción armenia a un editor de Constantinopla; pero el buen hombre no tuvo el valor necesario para imprimir algo que llevase el nombre de Marx y consideró que era preferible que el traductor figurase como autor, cosa que éste declinó». No fuera a ocurrirle lo que al malhadado traductor de «El milagro secreto», el cuento de Borges.

Seguirá.

* Ver la segunda parte el día 22 de agosto de 2011.

jueves, 10 de junio de 2010

"Ese arte descuidado"

El traductor español David Paradela López administra –y muy bien– el recomendable blog Malapartiana, el cual, entre muchas otras cosas, se ocupa de cuestiones de traducción. Allí, por ejemplo, hay toda una serie dedicada a "la traducción según...", donde puede leerse lo que Cervantes, Leopoldo Alas (Clarín), Javier Marías o Paul Auster escribieron sobre el tema. También lo que dijo el filólogo escocés Gilbert Highet (foto; 1906-1978), texto que se reproduce a continuación.

Gilbert Highet y la traducción

El erudito Gilbert Highet dedicó una treintena de páginas de La tradición clásica a la traducción. Valgan de soplamocos a todos aquellos intelectuales a la violeta que denuestan o simplemente niegan el segundo oficio más viejo del mundo:

"La traducción, ese arte descuidado, es en la literatura un elemento muchísimo más importante de lo que la mayoría de nosotros cree. Cierto que no suele producir grandes obras; pero a menudo contribuye a la creación de las grandes obras.

[…] Desde entonces [siglo III a. C.] se ha observado esta norma invariable: que los niveles intelectuales de cada nación europea han correspondido muy de cerca a la importancia alcanzada en su educación por el conocimiento y la traducción de alguna lengua cultural extranjera. La literatura y el pensamiento romanos alcanzaron su máximo esplendor en el tiempo en que todos los romanos cultos hablaban y escribían el griego lo mismo que el latín.

[…] Desde entonces, la cultura de todas las naciones civilizadas de Europa se ha fundado en gran medida en la enseñanza de alguna otra lengua en sus escuelas, y en un constante flujo de traducciones, imitaciones y emulaciones en su literatura. Esa otra lengua no necesita forzosamente ser el latín o el griego. Los rusos ganaron mucho con el aprendizaje del alemán. Los alemanes ganaron mucho con el aprendizaje del francés. Los españoles sacaron gran provecho de su familiaridad con el italiano.

[…] La importancia intelectual de la traducción salta de tal modo a la vista, que se la suele pasar por alto. Ninguna lengua, ninguna nación es suficiente dentro de sí misma. Su espíritu necesita ser ensanchado por los pensamientos de otras naciones, pues de lo contrario se torcerá y se secará.

[…] Si a los grandes pensamientos se les da la posibilidad de comunicarse –a través de cualesquiera dificultades y distancias–, producirán siempre grandes pensamientos. Esto justifica todas las traducciones, aun las malas."

Por si alguien sentía flaquear su confianza en el oficio.

(Fuente: Gilbert Highet, La tradición clásica. Influencias griegas y romanas en la literatura occidental. México: FCE, 1996 [1949], trad. Antonio Alatorre, vol. I, págs. 168-182.

Quien desee leer más puede hacerlo en (http://malapartiana.wordpress.com/category/la-traduccion-segun/)