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lunes, 11 de mayo de 2020

Cuestiones sobre derechos de autor (6)

Tercera entrega de las investigaciones de Marietta Gargatagli ligadas a los derechos de autor. En esta oportunidad, se trata del destino de las traducciones de La Peste, de Albert Camus en España y las muchas trampas llevadas a cabo por los editores penínsulares para burlar los derechos de autor de la editorial argentina Sur.  


El caso Camus: La peste (III)

Debo y agradezco la información sobre las cartas
de La peste a Magdalena Cámpora.


Victoria Ocampo y Albert Camus

Victoria Ocampo y Camus se conocieron en 1946, Camus estuvo en Buenos Aires en 1949 y se escribieron a lo largo de años: Victoria Ocampo y Albert Camus: Correspondencia (1946-1959), traducción y notas de Elisa Mayorga y Juan Negri, Sudamericana/Penguin Random House Grupo Editorial, 2019. La presentación de estas cartas y la exhibición del manuscrito de La peste, que no había salido nunca de Francia, fueron un homenaje al autor [Albert Camus: un extranjero en Buenos Aires, 2019] y, al mismo tiempo, un reconocimiento al país que tradujo y publicó toda su obra.

En el espacio de Sur, la revista publicó Calígula (1946) [No consta el traductor o la traductora]; un anticipo de La Peste (“Desterrados en la peste” (1947), LylyCardahi de Ibañez, traductora; “El artista es el testigo de la libertad” (1949), Julio Cortázar, traductor; “Lluvias de Nueva York” (1949), Victoria Ocampo, traductora; “La rebelión antigua” (1951), Carlos Heredia, traductor; “Un hombre de letras: el marqués de Sade” (1951) [No consta el traductor o la traductora); “El minotauro o el alto de Orán” (1952), Aurora Bernárdez, traductora; “La mujer adúltera” (1957), José Bianco, traductor, “Revés y derecho (1958), Graziella Peyrou, traductora. La editorial Sur publicó La peste (1948), traducción de Rosa Chacel; Bodas (1953), traducción de Jorge Zalamea; El verano (1954), traducción de Alberto Bixio; Requiem para una reclusa (1960, adaptación de Albert Camus de la obra de William Faulkner), traducción de Victoria Ocampo. Se publicaron también reseñas de sus obras y notas de diversos autores sobre la ruptura Sartre-Camus.

La peste

La editorial Sur reeditó La peste en 1949, 1951, 1955, 1961, 1975, 1978. Ninguna de estas ediciones se vendió en España. En los archivos de la censura (Alcalá de Henares, Archivo General de la Administración (AGA) no hay ningún expediente relativo a esta novela y la editorial Sur. Ni siquiera formó parte, como revelaba el artículo “Un nuevo coloniaje”, en Sur en 1949, de uno de los: “centenares de paquetes de impreso [que] hacen largas colas mientras dura el cacheo doctrinario a cargo de una legión de aplicados inquisidores. (…) Por eso la pila de volúmenes aguanta sucesivas e indefinidas antesalas donde la postergación kafkiana se cumple a reglamento. Tal carrera de obstáculos implica una irritante desigualdad de tratamiento, puesto que el libro salido de las prensas españolas entra y circula en estas repúblicas sin restricciones.» (…) El resultado es que, al cabo de un decenio, la industria de las artes gráficas se encuentra en la bancarrota [mientras] los editores peninsulares de allende y de aquende festejan a estas horas la recuperación con creces del mercado latinoamericano. No sólo reconstruyeron su industria del libro, maltrecha durante la guerra, sino que consolidaron su expansionismo transatlántico y desalojaron a buena parte de las editoriales del Nuevo Mundo en nuestros propios dominios.” (Sur, 1949: 72-73)

El fragmento menciona a la censura como un obstáculo para la difusión de los libros latinoamericanos. Muchos indicios sugieren ahora que la censura fue, en realidad, un instrumento de una guerra comercial iniciada mucho antes. Consultados los expedientes del AGA/Censura (revisé los de Jorge Luis Borges y otros autores, entre ellos Albert Camus), se observa tan enorme cúmulo de arbitrariedades que es sencillo llegar a la conclusión que la selección no dependía de los autores: dependía de los editores. El franquismo fue un sistema integralmente corrupto (lo que la censura de prensa se encargó de disimular) y existía la práctica habitual de beneficiar a los propios: las editoriales que despegaron fueron fundadas por falangistas (o afines) y, algo después, prosperaron también las que proponían una trama empresarial y financiera que podía convenir a los intereses del régimen.

La peste en Taurus (1957)

A lo largo de 1957, la editorial Taurus inició una serie de gestiones para conseguir el consentimiento de Sur y publicar La peste en España. Quizás hubo contactos formales, sin embargo, lo más elocuente es un papel informal[i], con membrete de Libros Hispano Argentina, la librería en Santander de Francisco Pérez González, el socio fundador de Taurus y en “la que, gracias (…) a formar parte de una familia de derechas de toda la vida, afecta al régimen y, sobre todo, por tener una hermana ejerciendo de jefa en la Falange santanderina”[ii] se vendían “libros españoles editados fuera”, quizás en la Argentina donde Pancho Pérez González había nacido y vivido hasta los seis años.
La editorial Taurus, fundada en 1957 por Pérez González, Rafael Gutiérrez Giradot y Miguel Sánchez, de Editora Nacional, la editorial oficial del régimen, el régimen mismo, tuvo sede en Madrid y contó con un progresivo apoyo económico de la banca española de donde procedían los principales accionistas. Colaboraba también el escritor rumano Vintila Horia, virulento anticomunista (también vivió en la Argentina), muy buen negociante, buen novelista, primer agente literario de España y con quien empezaría a trabajar Carmen Balcells.

En el papel con membrete Libros Hispano Argentina, alguien, quizás el propio Horia le explicaba a alguien llamado Sidelnik (un probable intermediario que no pude localizar) que Camus estaba prohibido en España, “pero, por circunstancias muy especiales, hemos conseguido la autorización para publicar La peste. Esta autorización está condicionada a base de que sea (sic) Taurus Ediciones, quien (sic) lo edite ya que a otra editorial no se lo permiten.”

No era verdad que Camus estuviera prohibido en España —el régimen no reconocía que existiera censura ni, salvo en extravagantes Índices episcopales, se prohibían a los autores; se prohibían los libros, libro a libro— y la edición original de La peste de Gallimard se había vendido sin mayores problemas. Lo que sí sería verdad, rotundísima verdad, fue que la edición de La peste a base de Taurus fue aprobada en pocos días. Se trataba de 3000 ejemplares, de los que Sur recibiría 15.000 pesos, 5 pesos por ejemplar. Negocio interesante porque, 70 pesos por ejemplar, eran 210.000 pesos, unas catorce veces más.
A modo de postdata, la nota sin firma terminaba: “si hacen cálculo estos señores podrán ver que es negocio, máxime teniendo en cuenta que de la edición argentina no conseguirán nunca conseguir este beneficio ni aún cuando autorizaran sus ediciones, cosa imposible.”

En 1958, una carta a la editorial Gallimard comunicaba que “en ningún modo hemos cedido los derechos de edición de La peste en español (…) Se trata de una extensión de la edición de Sur para los lectores españoles”. Y terminaba “en cuanto a los derechos sobre los ejemplares vendidos en España, editorial Taurus se ha comprometido a liquidárselos directamente a Librairie Gallimard.”

La peste en Aguilar

Dos años más tarde, en 1960, la editorial Sur reclamó a la editorial Aguilar de España (con filiales en Argentina—Buenos Aires, Córdoba y Rosario—, México, Colombia, Chile y Venezuela) por un volumen de las obras completas de Albert Camus que ya habían editado. Incluía La Peste, Un verano y Bodas “cuyos derechos exclusivos para el mundo de habla castellana nos pertenecen”. En la carta se recordaba que, al ponerse en contacto con Antonio Sempere (delegado o gerente de Aguilar en Buenos Aires) les leyó “la ley española que los protege (…) pero sólo en España”.
Movidos por la buena voluntad, en una carta posterior, del 8 de agosto de 1960, se refiere que
ambas partes acordaron el pago de 75.000 pesos en concepto de autorización de los derechos de La Peste, Un verano y Bodas, cuyos derechos exclusivos para el mundo de habla castellana (reconoce Aguilar) que pertenecen a Sur.

Como lectores contemporáneos, las conclusiones de las reclamaciones y acuerdos revelan dos cosas: una, los derechos de autor en la Argentina se confunden con los derechos de edición y  pueden transferirse por acuerdos privados. Dos, no salvaguardaban ni salvaguardan a los autores, menos todavía a los traductores.

Epílogo

La diseminación de la traducción de La peste de Camus de Sur fue asombrosa.

1956 Ediciones Azteca. Vendida en España. Traductora: Rosa Chacel
1957 Taurus. Traductora: Rosa Chacel
1958 Ediciones Cid. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1960 Aguilar. Derechos solo para España.Otro traductor[iii]
1960 Ediciones Cid. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1961 Aguilar. Derechos solo para España. Otro traductor
1971 Aguilar. Derechos solo para España.Otro traductor
1973 Sudamericana. Buenos Aires. Traductora: Rosa Chacel
1973 Aguilar. Derechos solo para España. Otro traductor
1974 Sudamericana. Buenos Aires. Traductora: Rosa Chacel
1977 Edhasa. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1979 Aguilar. Derechos sólo para España. Otro traductor
1981 Edhasa. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1981 Printer Internacional de Panamá, S.A. Traductora: Rosa Chacel
1982 Club Círculo de Lectores. España. Traductora: Rosa Chacel
1983 Edhasa: Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1983 Orbis. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1983 Seix Barral. Barcelona. No consta traductor
1984 Seix Barral. Barcelona. No consta traductor
1985 Orbis. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1990 Edhasa. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1991 Edhasa. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1991 Club Círculo de lectores. España. Traductora: Rosa Chacel
1992 Taurus. Madrid.. Traductora: Rosa Chacel
1994 RBA. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1995 RBA. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
1995 Sudamericana. Buenos Aires. Traductora: Rosa Chacel
1995 Altaya. España. Traductora: Rosa Chacel
1996 Alianza: Madrid. Traductora: Rosa Chacel
1999 Diario El Mundo. Madrid. Traductora: Rosa Chacel
1999 Sudamericana. Penguin Random House. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2001 Sudamericana. Penguin Random House. Barcelona.Traductora: Rosa Chacel
2002 Edhasa. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2002 Bibliotex. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2003 Bibliotex. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2003 Planeta DeAgostini. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2003 Ediciones Sol 90. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2003 Diario La Vanguardia. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2004 Editorial Sol 90. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2004 Quinteto. (Anagrama, Edhasa, Salamandra, Tusquets,
Península). Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2005 Edhasa. Barcelona.Traductora: Rosa Chacel
2010 Diario Público. Madrid.Traductora: Rosa Chacel
2010 Edhasa. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel
2019 Alianza. Barcelona. Traductora: Rosa Chacel



[i]Los documentos que se mencionan pertenecen al Centro de documentación Unesco. Villa Ocampo.

[ii]Gregorio Morán: El cura y los mandarines. Historia no oficial del bosque de los letrados. Cultura y política en España. 1962-1996. Akal, Barcelona, 2014, págs. 95 y 96.

[iii] Todas las ediciones de La peste de Aguilar llevan la firma de Federico Carlos Sainz de Robles y Correa, asesor literario de la editorial Aguilar. No figura como traductor de otro autor ni en Aguilar ni en ninguna otra editorial de España.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Victoria Ocampo, Lawrence de Arabia y R.A.


El 11 de agosto pasado, Guillermo Piro, en su columna dominical del diario Perfil, publicó una enigmática reflexión sobre una traducción atribuida a Victoria Ocampo que tal vez no es de ella, aunque todo indicaría que sí. No es un juego de palabras, sino un guante lanzado a los académicos que sólo confían en los documentos sin considerar que, a veces, inducen a error o no son tan importantes.

Problemas con las iniciales

Hay una novela de Friedrich Dürrenmatt, La promesa, fundamental, ante todo, porque demuestra que las novelas policiales son un fraude: en ellas todo encaja y al final, con el único auxilio de la lógica, se descubre al culpable. Por lo general, dice Dürrenmatt, lo que decide la suerte de un caso es el azar, no la lógica. Generalizando un poco y pasando por alto ciertos detalles podría decirse que con la investigación académica ocurre algo parecido: al final todo encaja. ¿Pero qué se hace cuando hay algo que no termina de encajar del todo?

Uno de mis libros preferidos es Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence. No tiene sentido que hable del libro porque a los fines de esta columna carece de importancia: lo que importa es la traducción. El libro, publicado originalmente en 1922, fue traducido por primera vez al español y editado por Sur en 1944 con traducción de un misterioso R.A. No se conocen más datos que esas iniciales, que remiten automáticamente a Ramón Alcalde o a Raúl Alfonsín. En cualquiera de los dos casos –posibles, por otra parte: el primero contaba en 1944 con 22 años; el segundo con 17; de acuerdo, en el caso de Alfonsín se trataría de un joven prodigio, pero son cosas que en la literatura no abundan aunque existen– no se comprendería a fin de cuentas la razón que los habría llevado a ocultarse detrás de las iniciales.


Cuando era librero tuve ocasión, a mediados de los años 90, de preguntarle al corredor de la editorial Sur, que ya no publicaba y se limitaba a distribuir el poco fondo editorial que le quedaba, si no habría por ahí algún ejemplar perdido de Los siete pilares. Para mi sorpresa, el corredor apareció días después con un ejemplar del libro, pero en la traducción al francés de Charles Mauron, de 1941. Lo tomé y revisé un poco, lo suficiente para darme cuenta de que se trataba de un ejemplar de la biblioteca de la propia Ocampo –quien había adoptado como ex libris el ex libris del mismísimo Lawrence: dos sables cruzados. El libro tenía infinidad de anotaciones al margen que planteaban alternativas a la traducción de determinado término francés. Lo que me llevó a pensar que, por alguna razón, la reina Victoria, que hablaba a la perfección tanto el inglés como el francés, había usado como referencia la traducción de Mauron para hacer la suya, y que por pudor no había osado firmarla más que con ese enigmático R.A.

Mi sospecha quedó confirmada cuando hace días, leyendo la correspondencia entre Albert Camus y Victoria Ocampo, editada por Sudamericana, con traducción y notas de Elisa Mayorga y Juan Javier Negri, en una nota al pie, al mencionar las dos obras de Lawrence, Los siete pilares y El troquel, se lee: “Ambas [...] fueron traducidas por Victoria y publicadas por Editorial Sur”. Alegría. Doy a conocer la confirmación de mi intuición y un amigo me retruca con un dato y un libro que desconocía: en la correspondencia Martínez Estrada-Victoria Ocampo publicada por Interzona en 2013 al cuidado de Christian Ferrer, la reina Victoria le comenta a su amigo santafesino que la traducción de Los siete pilares le resulta “execrable”.

Ante la lejana posibilidad de que alguien se refiera con un término tan duro a una traducción propia –no del todo imposible, dado que después de todo los traductores suelen ser despiadados consigo mismos y la traducción execrable fue publicada por Victoria; y tampoco es tan execrable como ella dice–, es innegable que las iniciales R.A. representan un problema al que la investigación académica debería dar algún día respuesta.

miércoles, 7 de octubre de 2015

"Una casa grande y agradable"

Eduardo Paz Leston, escritor y traductor, además de editor de distintos libros que  reúnen textos de Victoria Ocampo, publicó el siguiente artículo sobre las relaciones de la directora de Sur y Albert Camus, en el diario La Gaceta, de Tucumán, el 6 de septiembre de 2010. La bajada de la nota dice: “La creadora de la mítica revista Sur y el autor de La peste, de cuya muerte se cumplió medio siglo este año, forjaron una estrecha relación. El escritor francés colaboró asiduamente en Sur y vino a la Argentina en 1946.

Victoria Ocampo y Albert Camus

EL
Albert Camus fue uno de los más destacados escritores y filósofos de Francia. Nació en Argelia, en una familia de colonos franceses. Dentro de su obra se destacan La peste, El extranjero, El mito de Sísifo y El hombre rebelde. Ganó el premio Nobel de Literatura en 1957, cuando tenía 44 años. Murió tres años más tarde en un accidente de auto.

ELLA
Victoria Ocampo fue escritora y traductora pero fue, sobre todo, una de las mayores promotoras culturales de nuestro país. En la década del 30 fundó y dirigió Sur, la revista cultural más prestigiosa de la Argentina. Entre sus colaboradores figuraban escritores de la talla de Borges, Thomas Mann, Henry Miller y T.S. Eliot.

Así recordaba Victoria Ocampo el verano de 1946: "El corredor que rodea mi casa es como la cubierta de un barco, un barco que navega en todos los verdores de la tierra. Yo iba y venía por esa cubierta dictando. José Bianco escribía a máquina. Era verano. Acababa de leer -de descubrir con entusiasmo- Calígula, obra de un desconocido". 

¿Qué significaba Calígula para Victoria Ocampo? En primer lugar, era una alegoría de la dictadura. (Los argentinos ya tenían experiencia de los gobiernos de facto y de las democracias aparentes.  Ese año comenzaba la más prolongada y más cínica de todas.) En segundo lugar, la creación de un personaje obsesionado por lo absoluto. Ese lado metafísico del personaje era lo que la atraía en T. E. Lawrence, el escritor inglés a cuya compleja personalidad había dedicado un ensayo que sería publicado en Francia al año siguiente.

Cuando Victoria Ocampo pidió los derechos de traducción a Gallimard, Roger Caillois le contestó en nombre de la editorial francesa: "Te envié un cable indicándote el precio de publicación en una revista. Camus está encantado. Te estima mucho. Conoce Sur y ha leído tu Lawrence."

Calígula apareció en la revista Sur, en los números de marzo y abril de 1946. Por entonces Victoria Ocampo se encontraba en Nueva York preparando su largo viaje a Europa -estuvo allí alrededor de diez meses-, para entrevistarse con editores y escritores ingleses y franceses con el fin de obtener colaboraciones para dos números especiales de su revista, dedicados respectivamente a las letras inglesas y francesas. Cuando supo que Camus daba una conferencia, asistió y fue luego a saludarlo: "Soy su traductora -le dijo-. Sur. Buenos Aires"

Victoria Ocampo cuenta que se vieron varias veces durante ese viaje. Salían a caminar, almorzaban juntos, iban al teatro, etcétera. En recuerdo de aquellos días, Camus le dedicó su melancólica evocación de esa ciudad titulada Lluvias de Nueva York. Sin embargo, en su detallado diario de viaje de aquel año, que abarca su gira por los Estados Unidos y Canadá, Camus no la menciona. ¿Habrá pensado Camus -asediado por mujeres de diferentes edades a lo largo de su viaje- que la atracción que sentía por él no era exclusivamente intelectual? Es probable. También es probable que Victoria Ocampo no fuera consciente de lo que sucedía. De todos modos, volvieron a encontrarse en París unos meses más tarde y la amistad entre ellos fue muy fructífera para ambos.

En una carta del 20 de julio escrita desde París, Victoria le cuenta a su hermana Angélica: "Comí con Camus el jueves. Es de verdad una de las mejores veladas, en realidad la mejor que pasé en París. Me  parece inteligente, humano, honesto, encantador." Más adelante agrega: "Camus tiene muchos deseos de publicar libros argentinos y le he prestado varios. Vendrá a Buenos Aires."

El anunciado número de Sur dedicado a las letras francesas apareció finalmente en el verano de 1947. Entre las colaboraciones de ese número memorable había una de Camus titulada Desterrados en la peste. Se trataba de la primera versión de un capítulo de La peste. Por cierto, La peste saldría en Francia en junio de ese año.  

Al año siguiente la editorial Sur publicó La peste y, en  junio de 1949, Camus le anunció su postergado viaje a América del Sur, pero le dijo que estaba signado por la mala suerte. Acaba de enterarse de que El malentendido había sido prohibido por la censura argentina. Por un lado, no estaba convencido de que ese viaje fuera oportuno; por el otro, era atacado en la prensa por su posición antitotalitaria que no se prestaba al juego de los comunistas y necesitaba ausentarse de París por un tiempo. 

En la Argentina
Como evitaba el avión, Camus hizo el viaje en barco hasta Brasil, donde permaneció cerca de un mes. De allí fue hasta Uruguay, donde dio una conferencia en Montevideo. El 12 de agosto desembarcó temprano a la mañana en Buenos Aires. El Quai d'Orsay, que había organizado la gira de Camus, le advirtió que tuviera una actitud distante con Victoria Ocampo y sus amigos. Cuando el agregado cultural de la embajada de Francia le preguntó cual sería el tema de su conferencia. Camus contestó: La libertad de expresión. En ese caso, le advirtió el diplomático, el texto tendría que ser aceptado por la censura. Camus no sólo se negó a dar la conferencia anunciada sino que no quiso que su visita tuviera carácter oficial.

Se solidarizó con Victoria Ocampo y los escritores del grupo Sur, opositores al gobierno peronista. Dice Victoria Ocampo en el artículo ya citado: "Camus sabía perfectamente a quién daba su adhesión y por qué; aquí como en otras partes del mundo. Y su adhesión fue siempre abierta, clara". 

Las dos noches que pasó en Buenos Aires, Camus vivió en Villa Ocampo. El día de su llegada hubo una recepción a la tarde, probablemente en la embajada de Francia. Camus no lo especifica. En su diario de viaje cuenta, en cambio, que "aterrizó" en casa de Victoria Ocampo, "una casa grande y agradable, en el estilo de Lo que el viento se llevó. Gran lujo antiguo. Tengo ganas de acostarme y de dormir hasta el fin del mundo."

Al leer los diarios al día siguiente, Camus advirtió que la prensa peronista omitió o suavizó sus declaraciones del día anterior. Almorzó con el director del diario La Prensa y a la tarde Victoria Ocampo le organizó en su casa una reunión con 40 intelectuales argentinos. Esa última noche comió a solas con Victoria. Conversaron, escucharon una ópera de Britten y algunos poemas de Baudelaire grabados por Victoria y que Camus calificó de "admirables". 

El 14, Camus viajó en avión a Santiago de Chile y de allí regresó muy enfermo a París. Otra vez sufría de tuberculosis. Siguió enviando colaboraciones a Sur, entre otras, capítulos inéditos de L'homme revolté -erróneamente traducido en la Argentina como El hombre rebelde- y El artista preso, su artículo sobre Oscar Wilde. Camus, no está demás recordarlo, era un notable crítico literario. Basta mencionar su "Introducción a las Máximas de Chamfort" y su artículo sobre las novelas de Roger Martín du Gard.    
    
En el mismo número en que salió "El artista preso" -mayo/junio de 1953-, Sur incluyó el artículo de Thierry Maulnier, "El problema moral del comunismo", en solidaridad con Camus. Camus había sido atacado por Sartre y Jeanson a raíz de la publicación de L'homme revolté. En lo que respecta a la supuesta debilidad de sus argumentos, Camus respondió: "La verdad que hay que rescribir y reafirmar frente a su artículo es que mi libro no niega la historia (negación que carecería de sentido) sino que critica solamente la actitud que tiende a hacer de la historia un absoluto".

Cuando Camus se dedicó a hacer adaptaciones teatrales como un medio de salir de su bloqueo, Victoria Ocampo, cuya primera vocación había sido el teatro, tradujo dos de ellas: Los poseídos y Requiem para una reclusa, sobre sendas novelas de Dostoievsky y Faulkner.

Tanto Albert Camus como Victoria Ocampo practicaron la honestidad intelectual sin medir las consecuencias. Se negaron a pactar. Prefirieron la soledad. 





jueves, 12 de septiembre de 2013

Una hipótesis interesante y plausible


Guillermo Piro publicó en el diario Perfil, del 21 de abril de este año, la siguiente columna a propósito de una mítica traducción Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence, y su hipotética traductora para la editorial Sur.


Victoria Ocampo y los árabes

Hace unos días vi Phil Spector, la película que hizo para televisión David Mamet con Al Pacino y Helen Mirren. Pero no es de la película que quiero hablar. O sí, pero no. En un momento, al comienzo, Al Pacino lleva a Helen Mirren por los pasillos de su mansión (se hablaba poco antes del Minotauro y el laberinto, pero el hedor borgeano dura poco y enseguida se ponen a hablar de cosas más interesantes) y pasa al lado de un retrato de Lawrence de Arabia que conozco muy bien. Es el que Augustus John pintó de Thomas Edward Lawrence en 1919. No el retrato hecho con lápiz, sino el otro. Pacino-Spector dedica alguna breve frase a Lawrence, delante de ese retrato, y sigue su camino. Pero poco después el nombre de Lawrence vuelve al centro de la escena: “Como Lawrence, yo sólo quería privacidad”, dice Spector. (Hay otro grande del rock que también admiraba a Lawrence: Joe Strummer, que imitaba la capacidad de Lawrence para soportar el dolor físico).

Es conocida la historia de Lawrence y los árabes, plasmada muchas veces, incluso en vida del propio Lawrence y, hasta donde sé, en dos filmes: Lawrence de Arabia, de David Lean, con Peter O’Toole en el papel principal, y Lawrence después de Arabia, de Christopher Menaul, con Ralph Fiennes en el papel del más grande guerrero, escritor, traductor y homosexual británico de la historia. Esta última me la prestó Rodrigo Fresán, otro de los pocos lawrenceanos que conozco. Victoria Ocampo es otra, que incluso escribió un libro sobre él (338171 T.E.) y tradujo El troquel. Pero tengo una teoría que creo que –como se dice habitualmente–, ahora que los responsables están muertos, puedo darme el lujo de divulgar.

Desde hace años los especialistas se han devanado los sesos tratando de saber quién es el misterioso traductor de Los siete pilares de la sabiduría, el libro de Lawrence editado por primera vez por Sur en 1944. El nombre del traductor no figura; lo que figura son sus iniciales: “R.A.”. No podía ser Ramón Alcalde, y tampoco Raúl Alfonsín.

Un día, mientras trabajaba en la librería Gandhi, se me ocurrió preguntarle al corredor de la editorial Sur si no era posible que encontrara un ejemplar de alguna edición de Los siete pilares. Una semana después, el corredor apareció con un ejemplar del libro pero en francés. Me dijo que lo había encontrado en una biblioteca de la editorial. Al abrirlo, supe por el ex libris que era el ejemplar de Victoria Ocampo. Pero el ejemplar estaba atiborrado de anotaciones en los márgenes que, Dios me perdone, eran las anotaciones que sólo puede hacer un traductor. Le expliqué al corredor que lo mejor era que volviera a poner ese ejemplar donde lo había encontrado, y desde entonces sostengo que el misterioso “R.A.” no es otro que una Victoria Ocampo evitando reconocer que un libro escrito en inglés había sido traducido por ella del francés.

Lawrence dijo una vez que amaba el desierto porque era limpio. Señora Ocampo, esté donde esté, deje de avergonzarse, su traducción de Lawrence es limpia y además huele bien. Deberían reeditarla.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Manualidades


En sintonía con los sesudos debates sobre el castellano neutro, que tuvieron lugar en Buenos Aires durante la semana pasada, este blog vuelve sobre la cuestión, pero desde otra perspectiva. Así, en la entrada número 29 de la parte "Cuadros de una exposición", de su volumen Museo del chisme (Buenos Aires, Emecé, 2005), el escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky refiere la historia de una discusión entre Victoria Ocampo y Ricardo Baeza, cuya fuente proviene de un relato oral del escritor, crítico y traductor José Bianco, en su momento secretario de redacción de la revista Sur

Para acabar con la cuestión

A principios de los años 50, Victoria Ocampo decide publicar en Sur una traducción de The Mint, el relato autobiográfico de su admirado T.E. Lawrence, donde éste describe con crudeza la vida de cuartel de los piloto de la RAF.
Algunas obscenidades del texto la decide a publicar dos ediciones simultáneas del libro, para eludir la censura peronista: una levemente expurgada, de venta pública; otra completa, que se venderá por suscripción. Decide asumir ella misma la traducción, con la complicidad amistosa de Ricardo Baeza.
Una tarde de verano, en el jardín de Villa Ocampo en Mar del Plata, ambos traductores se enfrentan, cada uno ante su máquina de escribir, para resolver una cuestión espinosa.
En el libro se habla mucho de masturbación y Victoria quiere traducir "hacerse la paja". Baeza, siempre castizo, prefiere "hacerse la puñeta". Tras un intercambio de opiniones, Baeza esgrime un argumento que no puede sino ofender a su amiga: "puñeta" es más correcto porque deriva de puño, forma que adopta la mano del hombre en el acto de masturbarse. "Las mujeres también se masturban y al hacerlo su mano no adopta forma de puño", replica, airada, Victoria.
Continúa la discusión cada vez más áspera hasta qque la dueña de casa decide terminarla: "¡Basta! ¡Este libro sale en la Argentina y aquí nadie se haca la puñeta, en la Argentina todos se hacen la paja!".