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miércoles, 25 de marzo de 2026

Una reflexión brillante de un traductor mexicano

En su edición del 1 de marzo pasado, la revista mexicana Letras Libres publicó el siguiente artículo del escritor y traductor Roberto Rueda Monreal. En la bajada se lee: "No es raro que las traducciones sean juzgadas con rapidez, desde un punto ciego donde confluyen industria editorial, prejuicio lector y creación".

La traducción literaria, entre la magia y la crítica

De errores, vicios y prejuicios

En plena pandemia, por parte de las autoridades culturales, surgió la Estrategia Nacional de Lectura, a la que fuimos convocados diversos sectores y gremios de la cadena del libro. En la mesa sobre traducción de literatura, la moderadora afirmó –palabras más, palabras menos– que era muy triste leer ciertas traducciones deficientes, por lo que le encantaría leer directamente en italiano para no tener que aproximarse –supuse– al adefesio traducido al español.

Este tipo de queja es muy común. La mayoría de las traducciones literarias son calificadas como “malas”. A saber, el lector identifica cosas “intraducibles”, descubre “errores básicos” o, si habla alguna lengua extranjera, prefiere acudir al original. Pareciera que, para convertirnos en un “lector crítico”, fuese imperativo señalar la deficiencia de las traducciones que leemos. Lo curioso de este fenómeno es que alumbra lo tajantemente injusta que resulta la cultura lectora no solo en México, sino en el mundo. Si la traducción simplemente se califica como buena, la figura del traductor desaparece por completo. Sin embargo, si se califica como mala, horrenda o desastrosa, los mismos adjetivos se trasladan de forma instantánea a la figura del traductor.

En aquella ocasión, para suavizar un poco la radicalidad de la moderadora, mencioné que muchas de las traducciones “malas”, que lastimosamente tuvo que leer, con certeza pertenecían al esquema más común del mundo editorial: ese en donde el traductor es un mero prestador de servicios y, por ende, la traducción literaria no es la estrella del proceso. Aunque el escrutinio de ojo acusador recae siempre en el traductor y en sus “catastróficas” formas de traducir, lo cierto es que hay otros actores que escapan de él. ¡Cuántas veces no hemos pasado los traductores literarios por esos tragos amargos al descubrir que complejas frases, figuras retóricas, anomalías pertinentes, páginas enteras, minucias clave, fragmentos de juegos de palabras, rarísimas composiciones de oraciones y otras apuestas estilísticas, de pronto, sin más, aparecen borradas de un plumazo una vez publicado el libro!

La traducción, en ese sentido, pareciera ser una cuestión de prestigio y no de especialización. Esta realidad resulta bastante evidente cuando se le permite a la gran escritora, al famoso escritor, traducir como se le dé la gana solo por ser quien es y porque asegura saber hacerlo.Dos titanes en un mismo ejemplar. Al parecer, Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, será por toda la eternidad la traducción exquisita y canónica de Julio Cortázar, lo cual refuerza aquel cuento lapidario de que solo un gigante puede traducir a otro gigante.

Por esta serie de prejuicios lectores y vicios de la industria, la tarea del traductor se ha vuelto una cuestión espinosa en tanto que, como creador, suele ser vapuleado o invisibilizado. Luego entonces, tratar de entender la desaparición del arte de este peculiar creador literario, quizás, va más allá de nuestro presente.

Las bellas infieles
Durante los siglos XVII y XVIII, surgió un fenómeno que se afianzaría como pocos en el mundo literario de Francia, cuyas repercusiones se tornarían mundiales. Las traducciones literarias de los clásicos comenzaron a masificarse, sobre todo aquellas realizadas por escritores o aspirantes a serlo.

Eran versiones libres que, en realidad, no hicieron otra cosa más que adaptarse por completo a los gustos lectores de le bon français (el buen francés) de la época, la misma que imponía no solo el uso correctísimo de la lengua francesa, sino la eliminación de toda aquella palabra vulgar, de todo tema incómodo o de todas las rarezas “incomprensibles”.

A Gilles Ménage le debemos una frase hecha, aún popular, con la que se designa a esa clase de traducción. Molière se burló de él en la comedia Las mujeres sabias, representada por primera vez en 1672. El personaje de Vadius era igual de arrogante y presuntuoso que Ménage, un escritor que terminó por convertirse en un conocidísimo gramático, cuyo amor y defensa de la lengua francesa lo llevaron a escribir obras que no pocos consideran hasta hoy verdaderos diccionarios etimológicos.

Se cuenta que, cierto día, al terminar de leer una larga y matizada obra traducida, con el rostro sonriente Ménage expresó que le había recordado a un viejo amor, una mujer que “era bella, pero infiel”. Sus palabras corrieron como pólvora y, a partir de entonces, por las prolíficas versiones libres plasmadas en le bon français, a aquel periodo se lo tildó como la época de “las bellas infieles”.

Ladmiral contra las bellas
En 1983, luego de aquellos siglos en donde la literalidad (traducir palabra por palabra) y el absoluto respeto a “las bellas infieles” conformaron el tenor predominante de ese arte llamado traducción literaria, Jean-René Ladmiral propondría, igualmente desde Francia, la dicotomía sourcier-cibliste. Ladmiral, un doctor en filosofía interesado en las ciencias del lenguaje, fue un innovador investigador que escribiría por primera vez (desde el extinto Centro de Estudios e Investigaciones en Traducción, el cual dirigió) sobre “las ciencias de la traducción”.

Ladmiral identificó un fuerte componente intercultural en la comunicación humana. Descifrar cómo se daba el intercambio entre culturas diferentes, hasta opuestas, se volvió uno de sus objetivos primordiales. Fue así que descubrió que existe una pluralidad de culturas en oposición a aquello que, desde Francia, se autodenominaba Cultura, en un sentido unívoco. Se interesó en cómo la actividad de la traducción (en el contexto de “las bellas infieles”) podía volverse terreno fértil para construir dicotomías que ayudaran a aquilatarla mucho mejor, propiciando, así, nuevos paradigmas. La realidad cultural dio un impresionante giro: ahora las traducciones y sus autores podían ser calificados como sourciers (que se acercan a la lengua y cultura fuente) o sciblistes (que se acercan a la lengua y cultura meta).

Lo admirable de Ladmiral es que obligó al mundo editorial, al mundo lector y al mundo traductor franceses a cuestionarse con honestidad: ¿a qué lengua o cultura en el fondo atendemos: a la lengua o cultura fuente o a la lengua o cultura de llegada? Para una Francia acostumbrada a privilegiar exclusivamente los usos y costumbres de la influencia mundial de su lengua y de su enorme prestigio cultural, la propuesta de Ladmiral fue sencillamente inaceptable. Pensar en la destrucción de aquellas inacabables y veneradas traducciones, con sus larguísimas y muy lógicas oraciones, colmadas de interminables subordinadas, hermosas y mejor estructuradas, con tal de que se leyeran siempre sin problema ninguno en le bon français, era algo equiparable a un pecado mortal. Afirmar, básicamente, por otro lado, que traducir palabra por palabra, en el fondo, no era traducir, fue un balde de agua helada para quienes pensaban que el uso de equivalencias mecánicas o automáticas no se extinguiría nunca.

La dicotomía de Ladmiral me parece un buen punto de partida para comenzar a comprender y cuestionar tanto el proyecto editorial como el proyecto personal de traducción en todo libro traducido, antes de intentar siquiera ser categóricos en cuanto a la calidad de las traducciones. ¿De verdad hay palabras o conceptos intraducibles? ¿Es imperdonable utilizar el lenguaje incluyente en la traducción de obras canónicas? ¿Todo encargo de traducción carece de calidad? ¿Es éticamente válido que los escritores usen la traducción como mera herramienta de prestigio?

La industria del libro y sus actores seguimos teniendo el reto de construir un andamiaje crítico para poder esbozar respuestas a estas y otras preguntas. No basta con que las editoriales de nuestro país presuman que han puesto el nombre de las y los traductores en las portadas, se necesita propiciar un espacio previo a la obra (prólogo, introducción, prefacio) en donde se comparta qué tipo de texto está a punto de ser leído, cuál es el proyecto de traducción, los retos técnicos involucrados y todo aquello que deba ponerse sobre la mesa para que el arte de la traducción literaria pueda hacernos partícipes, por fin, de su verdadera magia.


viernes, 9 de mayo de 2025

Gracias a un grupo de investigadoras, la traducción en Uruguay tiene historia (y un portal)

La noticia, fechada el 30 de abril, proviene del sitio de la Universidad de la República, de Uruguay. Allí se habla del lanzamiento de un importante portal, motivo de trabajo de 
Leticia Hornos Weisz y Rosario Lázaro Igoa, con un equipo integrado por la  Lucía Campanella y Cecilia Torres Rippa.

Lanzamiento del portal Historia de la traducción literaria en Uruguay

El miércoles 14 de mayo a las 17:30 horas en la Biblioteca Nacional se presentará el portal Historia de la traducción literaria en Uruguay. Este portal es resultado del proyecto «150 años de traducción literaria en Uruguay (1871-2021)», desarrollado por el Centro de Lenguas Extranjeras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República (FHCE-Udelar).

El evento se realizará en el la Sala Varela de la Biblioteca Nacional (Av. 18 de Julio 1790), con entrada libre.

El portal Historia de la traducción literaria en Uruguay ofrece una base de datos abierta para consultar las obras literarias traducidas al español y publicadas en ciudades uruguayas entre 1871 y 2021. Además, brinda visualizaciones de varios fenómenos ligados a la traducción. Es resultado de la investigación CSIC I+D «150 años de traducción literaria en Uruguay (1871-2021)» (Udelar), realizada en acuerdo con la Biblioteca Nacional de Uruguay entre 2023 y 2025.

¿Cuáles son las editoriales que más traducciones han publicado? ¿Qué traductoras y traductores han sido más prolíficos? ¿De qué lenguas se traduce más en cada época? Estas y otras preguntas pueden ser respondidas ahora con este novedoso buscador, que permite indagar un total de 1424 obras de acuerdo con múltiples búsquedas: autores, títulos, lenguas de origen, traductores y otros parámetros.

El portal Historia de la traducción literaria en Uruguay busca visibilizar la traducción literaria en tanto fenómeno central de la cultura y destacar la tarea de coautoría de las y los traductores como agentes específicos del ecosistema editorial. Guiado por el acceso abierto, el portal tiene como destinatario el público en general, los actores del medio editorial y los investigadores de áreas relacionadas a los estudios de traducción, con quienes busca establecer colaboraciones.

Este portal es uno de los resultados del proyecto CSIC I+D «150 años de traducción literaria en Uruguay (1871-2021)». Este proyecto extrajo automáticamente y procesó un gran volumen de datos del catálogo de la Biblioteca Nacional de Uruguay. Por medio de la curaduría manual de los datos, construyó un panorama de larga duración de la traducción literaria en nuestro país.

En una segunda instancia, analizó los cruces entre las obras traducidas y el campo editorial, la literatura vernácula, los sistemas internacionales de intercambio y producción cultural, los programas de enseñanza y las variaciones en las lenguas fuente en diferentes periodos. Se alinea así, desde las humanidades digitales y la promoción del acceso abierto a los datos, con una tendencia de investigación internacional que trabaja a gran escala con datos masivos.

El proyecto CSIC I+D «150 años de traducción literaria en Uruguay (1871-2021)» (Udelar, 2023-2025), fue dirigido por las doctoras Leticia Hornos Weisz y Rosario Lázaro Igoa, e integrado por la Dra. Lucía Campanella y la Mag. Cecilia Torres Rippa. Tuvo la participación de especialistas en diversas áreas, como el Lic. Camilo Freire, la Lic. Ana Gilmet, así como la colaboración de Lucía Bonilla Cal, Mariel Kozynski y María Eugenia Meneses.

Radicado en el Centro de Lenguas Extranjeras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, el proyecto obtuvo la financiación de los fondos I+D de CSIC (Proyecto I+D 22520220100017UD, Universidad de la República), durante el período 2023-2025. A su vez, contó con el apoyo de la Biblioteca Nacional de Uruguay para el acceso al Catálogo de Obras y para el hospedaje de la base de datos y el buscador en su portal web, así como de Data Uruguay para el desarrollo del portal y del buscador de traducciones.

viernes, 19 de abril de 2024

La biografía de los hermanos Canto, disponible

El pasado 14 de abril, Jorge Martínez publicó en el diario La Prensa, de Buenos Aires, una reseña sobre el libro Los Canto, de Daniel Mecca. El volumen recorre la vida y la obra de los hermanos Patricio y Estela Canto, quienes dejaron una importante huella en la historia cultural argentina, en la cual su trabajo como traductores ocupa un lugar destacado.

Hermanos rebeldes en el apogeo literario argentino

Intentar las biografías de personajes secundarios de la literatura comporta el desafío inicial de convencer a editores y lectores de que esos seres marginales, más bien oscuros, merecían un libro. Superado ese primer obstáclo la obra debe justificarse por el valor de sus hallazgos o por el encanto de su forma.

Daniel Mecca (Buenos Aires, 1986) se impuso la casi imposible tarea de reconstruir la vida de Estela y Patricio Canto. Hermanos muy unidos, ambos escritores y traductores, miembros díscolos del universo de la revista Sur, cultos, intrigantes, proclives al escándalo y simpatizantes estalinistas del PC. Ella, además, entró en la historia por haber sido algo así como el amor imposible de Jorge Luis Borges, quien le dedicó, para siempre, “El Aleph”.

En el libro resultante, Los Canto (Emecé, 386 páginas), Mecca combina la biografía de los hermanos con el relato de cómo encaró una investigación a la que dedicó siete años de trabajo. Fue una tarea cargada de dificultades que no vacila en compartir con sus lectores, paso a paso.

“Borges, amor, desolación, gossips, la hipótesis de que crearon un novelista testaferro, papeles inéditos, espías amantes, traducciones de grandes obras maestras de la literatura...¿Cómo se escribe una biografía hecha de fragmentos y mitos y ausencias y tiempo?”, inquiere en la página 27.

LAS SEMBLANZAS
Pese a las quejas, el trabajo termina cobrando forma. La narración más o menos biográfica se alterna con el testimonio en estilo directo y letra cursiva del medio centenar de entrevistados (de Miguel de Torre Borges y Juan José Sebreli a Javier Torre y Jean Pierre Noher) que aceptaron hablar del dúo dinámico, bien porque los conocieron en persona o bien porque manejaron información o anécdotas picantes que los retratan. Sus aportes ayudan a dar cuerpo a las semblanzas desde miradas diferentes y a menudo contrapuestas.

La relación de Estela Canto (1915-1995) con Borges ocupa buena parte del volumen. Mecca la recrea a partir de su propia pesquisa y del análisis minucioso de Borges a contraluz, el discutido libro de 1989 hoy revalorizado en el que Estela estampó su versión personal del mito y lo humanizó de manera impensada hasta entonces.

En Los Canto se mencionan también los otros amores de una mujer “frontal, rebelde, deseante y deseada” que evidentemente no tenía en el plano sentimental las inhibiciones que lastraban el comportamiento de su amigo “Georgie”.

Menos atención recibe Patricio Canto (1918-1989), quien fue agregado por Mecca a lo que en un comienzo había sido un trabajo periodístico centrado en la hermana más famosa. Si en el caso de Estela la información disponible es fragmentaria y contradictoria, en el de Patricio los datos son incluso más modestos, a tono con una personalidad arisca, seria, hermética.

Esto aparece corroborado en las citas de su diario personal e inédito, que revelan a una persona atormentada y herida, con dificultades para concretar sus ambiciones literarias en un ambiente que se jactaba de despreciar.

En conjunto el libro de Mecca se sostiene por el jugoso anecdotario, por la variedad de testimonios y porque traza un panorama informal del mundo literario argentino entre las décadas de 1940 y 1990, con sus luces y sombras, sus rencillas personales y sus disputas ideológicas y estéticas.

Dentro de ese marco no es menor el espacio que asigna al oficio de traductor literario, a sus exigencias y condiciones. Los Canto lo ejercieron con profesionalismo y en un amplio rango de temas y autores (Estela, por caso, llegó a traducir seis de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust).

Refiriéndose a Patricio Canto, Jorge Fondebrider prodiga una valoración más profunda y compasiva. Cree que podría “haber formado parte de ese nutrido pelotón de intelectuales que, en casi todos los países, tanto con artículos como con traducciones actúa de manera casi secreta durante algunas décadas, contribuyendo a la formación y a la polémica de varias generaciones, pero sin dejar una obra propia lo suficientemente contundente como para asegurar su lectura y comentario a través del tiempo. Esa estirpe, no obstante, resulta imprescindible”.

jueves, 20 de julio de 2023

Lucía Campanella y la traducción de los autores anarquistas

La siguiente entrevista con Lucía Campanella, fue realizada por Tania Alonso y publicada el 15 de junio pasado, en la página de la Universitat Oberta de Catalunya, donde la investigadora uruguaya trabaja en el Laboratorio de Estudios Literarios Globales (GlobaLS)

“Es posible que muchas traducciones anarquistas fueran realizadas por mujeres”

Las publicaciones periódicas anarquistas desempeñaron un papel clave en la difusión de este movimiento social, entre los años 1890 y 1920, cuando el anarquismo vivía su momento más álgido. Al tratarse de un movimiento global, los textos originales no siempre estaban escritos en la lengua de la publicación y era preciso traducirlos. Pasados cien años de esos tiempos convulsos, la investigadora uruguaya Lucía Campanella lleva a cabo una revisión de la traducción literaria publicada en la prensa anarquista de la época.

Con el proyecto “The Anarchist Translation Flows and World Literature Project” (ARGOT), Campanella vuelve al Laboratorio de Estudios Literarios Globales (GlobaLS) –adscrito al Internet Interdisciplinary Institute (IN3) y a los Estudios de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)–, en el cual había sido investigadora en 2021, gracias a una beca posdoctoral Marie Skłodowska-Curie.

Lucía Campanella se inició como profesora de Literatura en educación secundaria y continuó sus estudios de Letras en la Universidad de la República, Uruguay. Realizó su doctorado en cotutela entre Francia e Italia, en el marco de una beca Erasmus Mundus. Se especializó en Literatura Comparada, particularmente en la relación Francia – Río de la Plata. Forma parte del grupo Historia de la Traducción en Uruguay, que lleva adelante el proyecto I+D CSIC (Udelar) “150 años de traducción literaria en Uruguay”.

–¿Por qué la anarquía?
–Desde hace diez o quince años se está desarrollando un campo que en inglés se conoce como anarchist studies. En línea con este campo, algunos colegas de mi universidad se han interesado por los periódicos anarquistas y las prácticas educativas anarquistas. Paralelamente, llegué hasta este movimiento a través de un autor que estudié para mi tesis de doctorado, Octave Mirbeau, un escritor francés del siglo xix que fue muy cercano a algunas corrientes del anarquismo. Mirbeau escribió una novela que me gusta mucho y que se llama Diario de una camarera, en la que hay una empleada doméstica que parece compartir ideas anarquistas, muy pertinentes para la situación de dominación en la que ella se encuentra. Resulta que Mirbeau era también uno de los autores favoritos de la prensa anarquista de principios de 1900 y vi que en la prensa anarquista del Río de la Plata había una gran cantidad de traducciones de literatura internacional, no solo de Mirbeau, sino de muchos otros autores y autoras, no solamente anarquistas.

–¿Cuál es el objetivo del proyecto ARGOT?
–Ampliar y darle una vuelta al trabajo que yo ya estaba realizando, de forma muy artesanal, con la prensa anarquista de Montevideo y Buenos Aires. Queremos estudiar otras ciudades de características similares, que tengan también puerto y hayan recibido o enviado migraciones importantes en el periodo que me interesa, que es entre 1890 y 1910. Hemos ampliado la investigación a Río de Janeiro, La Habana, Nueva York, Lisboa y Barcelona. Para poder abarcar todo este periodo de tiempo y todas estas ciudades, vamos a trabajar con herramientas computacionales, que permitirán procesar esta enorme cantidad de datos. El resultado final de la investigación serán dos bases de datos: una sobre mediadores y traductores y traductoras, y otra base de datos de textos traducidos.

–¿Qué autores y qué lenguas destacan en el anarquismo?
–Había una corriente principal, escrita mayoritariamente en francés, pero también otra periférica, en lenguas minoritarias y de difícil traducción, como por ejemplo el neerlandés o el noruego. Este último idioma, por ejemplo, es el de Henrik Ibsen, que era una estrella en la prensa anarquista de la época. Seguramente, las traducciones no eran directas de la lengua original a la lengua final, sino que se pasaba por traducciones intermedias en francés u otras lenguas.

–¿Por qué entre 1890 y 1910?
–Es un periodo importantísimo para la historia del anarquismo. A escala mundial, algunos anarquistas llevan a cabo atentados y magnicidios que tienen una enorme repercusión. Con los atentados, el movimiento pasa a la primera línea mediática, policial y judicial. No había nadie en esa época que no supiera qué era un anarquista. Como consecuencia de la represión contra estos actos, muchos activistas encuentran en la escritura la única forma de expresarse, aunque la prensa anarquista queda prácticamente ilegalizada en muchos países. Se producen también movimientos migratorios, de exiliados o expulsados. Además, es un momento de cambio en la literatura, con el nacimiento de las primeras vanguardias y la puesta en cuestión sobre qué es y qué no es literatura.

–¿Y qué se entiende hoy en día por literatura?
–No sabría decirte qué es lo que se considera ahora literatura, pero está claro que el concepto ha cambiado. Esta evolución empieza en el siglo xix, con la multiplicación de géneros al ampliar el concepto más allá de los géneros clásicos, como la tragedia, la epopeya o la comedia. En ese periodo irrumpe con mucha fuerza la novela o el poema en formas distintas a la del clásico soneto. Hoy en día sigue sin estar claro qué es literatura y qué no, pero ya no importa tanto si se puede o no poner a una publicación la etiqueta de literario.

–¿Qué es la literatura comparada, una de sus especialidades?
–La literatura comparada pone en cuestión que las literaturas sean necesariamente entendidas y estudiadas en el marco nacional y del Estado. Es decir, cuando yo estudié tenía una asignatura que se llamaba literatura uruguaya, otra que era literatura latinoamericana, y luego estaba la literatura española y la literatura universal. No entendía por qué Uruguay y España sí tenían derecho a tener una asignatura propia, pero los otros países no. Esto tiene que ver con la tradición de entender la literatura en el marco de lo que es la nación. Pero los lectores somos transnacionales. No leemos solo publicaciones de nuestro país. La literatura es siempre un fenómeno que posee una dimensión internacional, pero sobre todo transnacional. La literatura comparada entiende la literatura como un fenómeno global, tiene una mirada más amplia y compara distintos sistemas.

–Su otra especialidad es la historia de la traducción en Uruguay. ¿En qué está trabajando en este campo?
–Participo en el proyecto “150 años de traducción literaria en Uruguay”, que ha sido escogido por la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universidad de la República (CSIC-Udelar). En Uruguay no existe una cátedra de estudios de traducción literaria. Se puede estudiar traducción jurídica, por ejemplo, pero no traducción literaria. Tampoco hay una tradición sólida y establecida de trabajos en torno a la traducción. De aquí que mis tres compañeras del proyecto y yo misma hayamos tenido que formarnos, en parte, fuera del país. Con este proyecto queremos llevar a cabo un estudio bibliométrico sobre el catálogo de la Biblioteca Nacional, que es donde se depositan todos los libros que se publican en Uruguay, para saber cuántos y cuáles de los libros publicados en los últimos 150 años son traducciones. Esperamos que la generación y la puesta en común de esta información sea un impulso para los estudios de traducción.

–En todos sus estudios tiene en cuenta la perspectiva de género. ¿Qué papel han desempeñado las mujeres en sus campos de estudio?
–Justo estoy organizando con una compañera un congreso para el próximo año en Madrid sobre traductoras y editoras anarquistas. Hay que decir que durante muchos años la traducción fue considerada una tarea menor, subalterna, secundaria, una práctica escritural de menor categoría. Al ser considerada como tal, muy a menudo fue llevada a cabo por mujeres, tanto en el ámbito anarquista como en otros. Queda mucho por explorar. Personalmente, hasta ahora me he encontrado con muy pocos nombres de traductoras. También es cierto que en prensa, que es en el ámbito en que me muevo, pocas veces se menciona el nombre de la persona que traduce y en ocasiones se utilizan pseudónimos.

–¿Hay buenas y malas traducciones?
–No busco traducciones que sean perfectas, ni tampoco me interesa hacer un trabajo de cotejo de la traducción con el original para ver si el traductor era o no bueno. A veces se tiende a encarnizarse con los traductores y nos olvidamos de que las lecturas más importantes de nuestras vidas las hemos leído a través de traducciones que quizás no eran las mejores. Tan solo en contadas ocasiones las traducciones de obras cruciales son unánimemente reconocidas como excelentes: de hecho, el concepto de lo que es una buena traducción cambia con el tiempo. Pero nada de esto ha impedido que nos enamoráramos de Shakespeare o de Ibsen leyéndolos en lenguas que no eran las originales. Muchas de las traducciones que me encuentro en la prensa anarquista están hechas tan bien como era posible y me interesa reivindicar ese trabajo intelectual realizado en condiciones precarias.

–¿Algún nuevo proyecto en el tintero?
–Llevo un tiempo estudiando al autor francouruguayo Álvaro Armando Vasseur. Realizó una gran cantidad de traducciones y fue el primero en traducir una parte importante de Hojas de hierba de Walt Whitman al español y es también el primero en haber traducido al filósofo danés Søren Kierkegaard al español. Nunca se le hizo mucho caso porque no trascendió como autor. Mi idea es hacer algo así como una biografía intelectual, que dé cuenta de ese personaje y de su trabajo, no siempre logrado, como agente cultural.

jueves, 15 de septiembre de 2022

SPET: Ana Eugenia Vázquez habla de literatura argentina traducida en Francia, en el siglo XIX

En el próximo encuentro, que tendrá lugar el martes 20 de septiembre a las 18:30 en el aula 400 del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”, Carlos Pellegrini 1515 (edificio nuevo), nuestra invitada Ana Eugenia Vázquez expondrá sobre “Civilización y barbarie en francés. Las primeras traducciones de la literatura argentina en el París del siglo XIX”

Ana Eugenia Vázquez es licenciada y profesora en Letras (UBA) y traductora en Francés (IESLV JRF). Es becaria doctoral del CONICET con una tesis sobre la traducción y circulación de literatura francesa durante el romanticismo argentino. Enseña Estudios de Traducción en el Lenguas Vivas y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Lecturas sugeridas

--Batticuore, Graciela. “Intérpretes, traductores y censores. Eduarda y Lucio Mansilla: miradas desde/sobre la pampa”. En: Estudios. Revista de investigaciones literarias y culturales, 24 (2004), pp. 133-155.

--Casanova, Pascale. “Consécration et accumulation de capital littéraire”. En: Actes de la recherche en sciences sociales, 144 (2002), pp. 7-20 [trad. esp.: “Consagración y acumulación de capital literario”, traducción de Rut Spivak, 2006, mimeo].

--Pagni, Andrea. “Llamando a las puertas de Europa: Facundo en la Revue des Deux Mondes, París 1846”. En: Forum for inter-american research, 5.3 (2012). Disponible en: http://www.interamerica.de/volume-5-3/pagni/

Aviso:
La sesión será presencial (les pedimos que confirmen la asistencia).
Quienes quieran asistir virtualmente pueden enviarnos un mail con el asunto SPET 149 hasta el 20/09 a las 13.00. La dirección de mail será utilizada para hacerles llegar el código de acceso.

 

jueves, 18 de agosto de 2022

En agosto, el SPET cruza el charco, vo

En próximo encuentro, que tendrá lugar el miércoles 24 de agosto a las 17 (hora argentina), nuestra invitada Cecilia Torres expondrá sobre “Traducción literaria en editoriales independientes uruguayas (1985-2020): panorama de una investigación en curso”.

Cecilia Torres Rippa
es Magíster en Ciencias Humanas, opción Lenguaje, Cultura y Sociedad y egresada del Diploma de Especialización de Enseñanza de Lenguas, mención ELE, ambos posgrados ofrecidos por la Universidad de la República (Montevideo, Uruguay). Actualmente cursa el Doctorado en Literatura de la Universidad de Buenos Aires. Es docente de los cursos de ELSE y en la TUCE de la Universidad de la República. Ha publicado artículos en revistas y libros en torno a los estudios de traducciones realizadas en Uruguay, así como de la enseñanza de ELSE a migrantes y refugiados. Desde 2021 forma parte del grupo de investigación Historia de la traducción en Uruguay (CSIC).

Lecturas sugeridas
Bein, R. (2017): “Diálogo entre la sociología del lenguaje y la sociología de la traducción”. En Lenguas Vivas. Revista del Instituto de Enseñanza Superior en Lenguas Vivas Juan Ramón Fernández, 13, pp. 52-63. Disponible en https://ieslvf-caba.infd.edu.ar/sitio/revista-lenguas-vvas/#revista13.

Calvet, L.-J. (2016): “Les traductions littéraires à partir des langues romanes”. En Hermès, La Revue, 75, pp. 64-67. Disponible en: https://www.cairn.info/revue-hermes-la-revue-2016-2-page-64.htm.

Ortiz, J. (2013) “Uruguay”. En F. Lafarga y L. Pegenaute (eds.): Diccionario histórico de la traducción en Hispanoamérica. Madrid: Iberoamericana, pp. 440-446.

Venturini, S. (2017): “La invención de un catálogo. Políticas de traducción en editoriales literarias recientes en Argentina”. En Literatura: teoría, historia, crítica, 19, 2, pp. 183-201. Disponible en: https://revistas.unal.edu.co/index.php/lthc/article/view/63372.

Aviso
La sesión se realizará como videoconferencia. Quienes quieran participar pueden enviarnos un mail con el asunto SPET 147 hasta el 24/08 a las 13.00. La dirección de mail será utilizada para hacerles llegar el código que servirá como entrada a la videoconferencia y las lecturas sugeridas. Por favor, revisen el micrófono y la cámara de sus dispositivos antes de la sesión.

viernes, 4 de febrero de 2022

Rodolfo Walsh y Horacio Aníbal Maniglia

El pasado 14 de enero, Lautaro Ortiz publicó la siguiente contratapa en el diario Página |12, de Buenos Aires. En ella se habla de la amistad entre el escritor, periodista y traductor Rodolfo Walsh y Horacio Aníbal Maniglia, creador del equipo de traductores de la editorial Hachette, de Argentina.

Ese amigo de Walsh

Entre las muchas casas en las que durmió Rodolfo Walsh en tiempo de escritura de Operación Masacre, hay una de techos bajos, simple, con una gruesa puerta de madera en el centro y dos largas ventanas que la escoltan. Se construyó en el siglo XIX en la localidad de Pontevedra (Merlo) y a comienzos de los 80 desapareció del paisaje del Gran Buenos Aires. Hoy sólo existe en un dibujo.

Ese dibujo –a lápiz, con suaves sombras de grafito– existe entre los papeles del pintor Horacio Guillermo Maniglia, que con 85 años no deja de dibujar, porque de hacerlo dejaría de recordar. Todo dibujo es un intento por desenmascarar al olvido. Y entre los rostros que el pintor se niega a dejar de ver está el de su padre y el de Walsh, caras sonrientes cada vez que los amigos se encontraban.

La historia de esa amistad esta rubricada con fecha y lugar: 20 de octubre de 1953, Variaciones en Rojo, Biblioteca de Bolsillo Hachette, Serie Naranja número 192. En ése, su primer libro, Walsh dedicó cada uno de los tres relatos a una persona en especial: “Asesinato a distancia” fue para su madre, “Variaciones en Rojo” para su primera mujer, y “Las aventuras de las pruebas de imprenta” para Horacio Aníbal Maniglia. Esta es la historia bocetada de ese hombre que hasta hoy no se había dibujado.

Maniglia padre nació en Boedo en 1906 y murió en Flores en 1979 leyendo a Montaigne. El dato no es menor. Leía francés a la perfección, pero sobre todo, leía cualquier libro que se le cruzara por sus ojos claros. En los años 30 se casó y estudió derecho hasta que los imperativos del cotidiano vivir lo condujeron a la Librería Hachette que entonces funcionaba en el Palacio del Libro, calle Maipú 49. En 1936 ocupó el cargo de vendedor en el salón principal que tenía 10 metros de ancho y 35 metros de fondo, estanterías de 5 metros de alto y escaleras corredizas pocas veces vistas. Maniglia fue el mejor vendedor, le sacaba diferencia al resto porque él lo leía todo.

En tiempos de guerras mundiales, de escasez de papel, de carencia de divisas y otras dificultades para el mercado editorial, se le ofreció el puesto de jefe de ediciones; esto es, hacerse cargo de una tarea ciclópea: gestión y compra de papel, contratación de imprentas, verificación de calidad de las ediciones, trato con diseñadores, correctores, traductores, distribuidores, compra de derechos y, al mismo tiempo, se le encomendó delinear una nueva colección de carácter popular para enfrentar el mercado creciente. Maniglia aceptó el desafío.

“En Hachette hay una situación algo más curiosa: el señor Maniglia, que dirige las colección, ¡no lee inglés! Sin embargo, posee tres condiciones que le permiten moverse con facilidad: la primera debe clasificarse simplemente de “olfato”, la segunda es que tiene muchos amigos que leen inglés –yo entre ellos– y dos o tres empelados en la misma situación, cuyas opiniones recoge y compara, la tercera es que lee incesantemente traducciones en francés”. Eso le dijo Walsh a su otro amigo Donald A. Yates en una carta de septiembre de 1954, que puede leerse en el reciente libro de correspondencias que editó De La Flor.

Al olfato de Maniglia se le debe la creación, en abril de 1941, de la Biblioteca de Bolsillo en sus tres colores: Azul para los clásicos, Verde para las aventuras y Naranja para los policiales. El título inaugural fue, desde luego, de un francés: André Maurois, con Los silencios del Coronel Bramble, novelita que, casualidad o no, gira en torno a un intérprete entre británicos y franceses durante la Guerra del 14. Entre las medidas que tomó Maniglia –aconsejado siempre por amigos como Nalé Roxlo y Horario Estol– fue armar un equipo de traductores de inglés. ¿Eran los mejores? Sólo le importaba que fueran lectores apasionados. Sumó al inmigrante español Vicente Canoura (con quien haría dupla en tres traducciones); a Leonardo Wadel, que años después con Alberto Breccia darían vida eterna a Vito Nervio; a Mario Calés (Mario Kolesnicoff), al que hasta hoy se le agradece la traducción de los 14 tomos del Talmud; y al misterioso Alfredo De León, al cual Walsh dedica su cuento “Nota al pie” y al que tantas veces se lo creyó un personaje de ficción encarnando la triste vida de un traductor argentino. De León fue el mayor traductor de la colección, con 20 títulos entre los años 1941 y 1947, y el primero dentro de la Serie Naranja de prologar y defender la línea del policial como evasión frente a una realidad sin tregua. Maniglia tenía equipo. Así llevó adelante la Biblioteca de Bolsillo que llegó a vender 20 mil ejemplares por título y a tener un ritmo de impresión de dos libros mensuales.

En 1944, Maniglia redactó un aviso de trabajo para pedir traductores de inglés. Llegó Walsh. Tenía 17 años, estaba por hacer la colimba. La amistad nació. Walsh le habló de libros y nuevos autores. Hubo entusiasmo. Maniglia lo escuchó. Es notorio cómo a partir del ingreso de Walsh lo policial gana protagonismo en la colección y ya en 1947 sólo se editaban los libros naranjas. Las buenas ventas obligaron a Maniglia a emprender otra tarea riesgosa: acelerar el ritmo de traducción y para eso ideó un sistema de traducción simultánea. Al mismo tiempo que cada traductor trabajaba en un título asignado, podía incrementar su salario a través del cobro por línea de una novela que se traducía a varias manos. Una vez reunidas las partes, se le asignaba a quien estuviera libre el trabajo de darle carácter a la edición. Novelas de Ellery Queen, William Irish y Carter Dickson corrieron esa suerte. Ese sistema colectivo lo confirmó Delia Cortés en Rodolfo Walsh, aquel muchacho (Hespérides): “Mirabas de frente con tus ojos claros, mientras me contabas que como traductor de inglés te pagaban centavos la línea, que tenías dos hijas, y vivías con tu mujer (que enseñaba a ciegos) en la calle 54 de La Plata. Terminabas de escribir Variaciones en rojo. Eras antiperonista”. Todos en Hachette lo eran. Lo curioso es que la colección terminó el 9 de septiembre de 1955, una semana antes del golpe. Los mejores años editoriales habían sido bajo el gobierno de Perón. En total se editaron 201 títulos, 65 azules, 17 verdes y 119 naranjas. Dos méritos más para sumarle a Maniglia: la incorporación al cuerpo de traductores de varias mujeres y el apoyo para que Walsh dirigiera desde 1949, dentro de Hachette, la colección Evasión.

En el invierno del 57, los amigos vuelven a encontrase. Maniglia ya colaboraba con Gregorio Weinberg en El Pasado Argentino y Walsh, que estaba de salida de la editorial, ya ultimaba páginas para la primera edición de Operación Masacre. Al igual que aquel diciembre de 1956 cuando llegó a la editorial diciendo “Encontré al hombre que mordió al perro” y le pidió a Enriqueta Muñiz que empezara a buscarle un refugio, Walsh le preguntó también a su amigo por un lugar seguro. Maniglia mencionó aquella casa de techos bajos, simple, ubicada en el partido de Merlo. Walsh fue, ya conocía el terreno. La localidad de Pontevedra está 25 kilómetros del Instituto Padre Fahy donde estuvo como interno a comienzos de los 40. “No tenía muchas opciones”, dice Maniglia hijo, el pintor, el dueño del dibujo. Él acompañó a Walsh hasta la casa, le abrió las puertas y le avisó que no había luz eléctrica, sólo faroles de noche. Walsh entró con la portátil. Estuvo una semana, no aguantó el frío. Se fue luego al Tigre. “Cuando mi padre se jubiló en el 66 se llevó la máquina de escribir que usaba Walsh en Hachette. Ahora la tengo yo. ¿Y la casa? No, la casa fue ocupada y años después la demolieron. Solo me queda este recuerdo, es un dibujo, ¿qué te parece?”.

miércoles, 20 de octubre de 2021

"Los rasgos tan peculiares del catolicismo popular mexicano y la existencia de creencias que se inscriben claramente en la tradición prehispánica"

En el número de la revista mexicana Letras Libres correspondiente al mes de octubre de este año, el historiador Juan Pedro Viqueira (Ciudad de México, 1954) reseña Lenguas de fuego en la evangelización de México (siglos XVI-XVIII), una singular obra de la historiadora estadounidense Nancy Farriss (1938), que traducida por María Palomar Zamora, publicaron el Colegio de Michoacán, el Colegio de México y la University of Pennsylvania, en 2020.


Los evangelizadores indios

Todos los historiadores que han abordado el estudio de la evangelización de los indios de la Nueva España han tenido que dedicar muchas páginas al problema de la traducción de los principales dogmas del catolicismo a las lenguas mesoamericanas. Pero, hasta donde sé, Lenguas de fuego en la evangelización de México (siglos XVI-XVIII), de Nancy Farriss, magníficamente traducido al español, es el primer libro que se propone dar cuenta sistemáticamente de todas las formas en que los religiosos intentaron salvar la brecha lingüística que los separaba de los naturales.

El resultado más notable de esta obra es que el centro de atención se desplaza de los frailes evangelizadores hacia sus auxiliares indios, cuya contribución había sido a menudo menospreciada. Este giro recuerda al que se ha producido en los estudios sobre la conquista militar, que recalcan cada vez más el papel fundamental de las tropas indias, al extremo de ver la conquista española como un último episodio de las guerras mesoamericanas. La gran diferencia entre los auxiliares militares y los colaboradores de los frailes radica en que los habitantes de estas tierras sabían combatir desde tiempos muy remotos, mientras que nunca habían hecho proselitismo religioso, lo que les exigió un inmenso esfuerzo creativo.

Estos colaboradores fueron muy diversos. Entre ellos, se cuentan los naturales que aprendieron rápidamente el castellano y pudieron servir de intérpretes a los primeros evangelizadores. Muchos niños educados por los frailes desempeñaron un papel nada desdeñable al enseñarles a estos sus lenguas maternas. Años después, varios de estos alumnos llegaron a dominar no solo el castellano, sino también el latín y se convirtieron en unos ayudantes imprescindibles en la elaboración de diccionarios bilingües (“vocabularios”), gramáticas (“artes de la lengua”), sermonarios y confesionarios. Por lo general, estos eruditos indios eran más cabalmente bilingües que la mayoría de los religiosos, a tal grado que deberíamos considerarlos por lo menos como coautores de dichas obras. De hecho, varios de ellos llegaron a trabajar por cuenta propia e hicieron traducciones de textos devotos, cuyos manuscritos circulaban entre las élites indias. Otros fueron más allá y pusieron sus habilidades al servicio de las tradiciones prehispánicas. Gracias a ellos, podemos disfrutar hoy en día, por ejemplo, del Popol-Vuh o de los Chilam Balam.

Finalmente, a lo largo de tres siglos, los auxiliares indios de los párrocos, en especial los fiscales, desempeñaron un papel crucial no solo en la vida religiosa de los pueblos, sino en las luchas internas por el poder. Además de llevar los libros de bautizo, matrimonio y defunción de la parroquia, enseñaban el catecismo a los niños. Esta última responsabilidad los hizo a menudo difusores de creencias poco ortodoxas.

No por resaltar el papel de estos indios, Nancy Farriss les resta méritos a los frailes evangelizadores, sólo que sus indudables logros lingüísticos dejan de aparecer como milagrosos. Muchos de los diccionarios bilingües de lenguas mesoamericanas se adelantaron a la elaboración de diccionarios en lenguas europeas, con la única excepción del castellano. Aunque al principio los frailes se inspiraron en la gramática latina de Nebrija, no tardaron en darse cuenta de que las lenguas mesoamericanas no cabían en ese molde. Como lo han señalado acertadamente Rosa Lucas y Cristina Monzón para el caso del purépecha, se vieron en la necesidad de forjar conceptos novedosos que los lingüistas europeos descubrirán hasta fines del siglo XIX.

Farriss se detiene también a señalar los casos de religiosos que, fascinados por la cultura de sus nuevos feligreses, elaboraron grandes sumas de sus tradiciones, creencias e historias. A pesar de que justificaron esos trabajos alegando que eran necesarios para erradicar las idolatrías, es obvio que tal propósito no requería de indagaciones tan extensas y profundas.

En la última parte de su obra, Farriss, siguiendo las enseñanzas de Mijaíl Bajtín, nos recuerda que gran parte de la información que se transmite oralmente o por escrito no se encuentra en las palabras que se utilizan, sino en el conocimiento compartido que dota de sentido a los enunciados. Así, el problema de la traducción no se reduce a una cuestión estrictamente lingüística que pueda resolverse con diccionarios bilingües y con gramáticas, sino que supone la transmisión de todo un universo cultural. Ese será el mayor reto de los evangelizadores. ¿Cómo hacer comprensibles a los naturales los conceptos más abstractos del catolicismo, que son el resultado de siglos de arduos debates teológicos? ¿Cómo lograr, por ejemplo, que asimilaran la idea de un único Dios todopoderoso que resultaba totalmente ajena a las creencias prehispánicas, cuando además los frailes se obstinaban en explicar el misterio de la Santa Trinidad y fomentaban el culto a la Virgen y a los santos?

Los religiosos enfrentaron un problema similar al plantear la oposición entre un dios todobondadoso y un demonio causa de todos los males terrenales, cuando los dioses mesoamericanos tenían un doble rostro, protector y maléfico, por lo que había que congraciarse constantemente con ellos llevándoles valiosas ofrendas.

La noción del pecado como algo diferente a una falta hacia nuestros semejantes o, incluso, la idea de que algunos pensamientos podían considerarse pecaminosos no tenía mucho sentido entre los indios para quienes la gravedad de los delitos se medía por el grado en que alteraba el orden social y dañaba a los otros. Así, por ejemplo, a los dominicos en Chiapas no se les ocurrió una mejor traducción al tzeltal de pecado que el término mulil, que significaba originalmente ‘placer carnal’, con lo que solo habrán hecho más deseable el pecar.

Finalmente, la idea de un alma individual e inmortal se oponía a la creencia mesoamericana de que el cuerpo aloja varias entidades anímicas, algunas de las cuales se comparten con otros seres vivos o con fenómenos atmosféricos.

Los rasgos tan peculiares del catolicismo popular mexicano y la existencia de creencias que se inscriben claramente en la tradición prehispánica y que siguen orientando las acciones de las personas, incluso más allá de las regiones indígenas, muestran claramente los límites de la llamada conquista espiritual.

Lenguas de fuego constituye una valiosa síntesis para todo estudioso del pasado virreinal, pero que al mismo tiempo está pensada y escrita para un público mucho más amplio, que podrá descubrir las complejidades del mundo indio a través de una narración clara y muy bien estructurada que desde las primeras páginas cautiva al lector.

miércoles, 14 de abril de 2021

Textos canónicos de la traducción en Chile

La traducción en Chile, durante el siglo XIX e inicios del XX, tuvo entre sus propósitos la difusión cultural por intermedio de libros, folletos y, también, a través de periódicos y revistas, en los que traductoras y traductores hicieron de intermediarios entre las ideas y saberes extranjeros, principalmente europeos, y los diversos grupos de lectores, intelectuales, estudiantes y docentes.” Así se abre el artículo de presentación de los libros que se tradujeron en Chile en los dos últimos siglos del espléndido sitio Memoria Chilena, que alberga el patrimonio virtual de la Biblioteca Nacional de Chile. Para acceder a esos libros, basta con hacer clic en este vínculo:

http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-598669.html#documentos

Traducción en Chile 1812-1924

La traducción en Chile durante el siglo XIX se concretó en un amplio abanico de producciones; versiones más o menos literales de obras principalmente francesas e inglesas; literarias y científicas; adaptaciones de textos de instrucción para el contexto educativo, publicadas en libros o folletos; además de reescrituras e imitaciones, publicadas en revistas y periódicos.

En este panorama, la Universidad de Chile (1842-) jugó un papel fundamental como entidad supervisora de las escuelas primarias, pues se ocupó de encargar y visar las traducciones realizadas con fines educativos. Entre estas, se promovieron obras como las versiones adaptadas para la lectura y aprendizaje gradual de niños de primaria llevadas a cabo por Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) y Fanor Velasco Salamó (1843-1907); o aquellas destinadas a la formación de profesores, como Manual de preceptores (1845), en versión de Rafael Minvielle (1800-1887), o Curso de pedagogía y metodología (1915), traducido por Brígida Walker (1863-).

En cuanto a esa especial forma de traducción conocida como "imitación", que consistía en la versión libre o reescritura del estilo de un autor o de una obra en particular, esta característica se indicaba usualmente en los títulos de los poemas o en el índice del medio en el que aparecían. Entre los intelectuales que llevaron a cabo esta práctica, en periódicos y diarios como El Crepúsculo (1843-1844), Revista de Santiago (1848-1855) y El Progreso (1842-1853), se hallan Jacinto Chacón (1820-1898), Hermógenes de Irisarri (1819-1886) y Andrés Bello López (1781-1865).

Sobre las imitaciones de Andrés Bello se han realizado varios estudios que han puesto el foco en sus reescrituras de Victor Hugo (1802-1885). Llevadas a cabo entre los años 1842 y 1843, estas han sido leídas, por un lado, como creaciones que pueden ser consideradas parte integrante del corpus literario del principal redactor del Código civil chileno y, por otro, como obras que se enmarcaban en las controversias político-estéticas de creación de un lenguaje propio que se fraguaron durante esa década en el Cono Sur.

Derivadas de estas discusiones sobre una literatura y una lengua americanas que se vivieron en Chile en la década de 1840, se propusieron a mediados del siglo XIX, instancias en las que se impulsó la creación de una ortografía nacional, acorde con el uso del español americano, que fueron lideradas inicialmente por el mismo Andrés Bello y que luego continuó Domingo Faustino Sarmiento.

Estas ideas fueron promovidas con mayor fuerza por el grupo de los néografos chilenos, quienes postularon la necesidad de una reforma radical de la ortografía, basada solo en el criterio de pronunciación de las palabras. Esta nueva ortografía, por supuesto, se extendió también a las traducciones y demás publicaciones que realizaron. Un ejemplo de ello es la reproducción de la traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde de "The Raven" de Edgar Allan Poe (1809-1849), la que reescribieron completamente utilizando su propuesta ortográfica bajo el título de "El Kuerbo" (Payàs, Gertrudis. "La Biblioteca chilena de traductores o el sentido de una colección". Medina, Toribio. Biblioteca chilena de traductores: ordenada por José Toribio Medina. Santiago: Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, 2007, p. 53-54).

En el ámbito de los estudios de las lenguas clásicas y la traducción literaria, en el año 1902, el sacerdote chileno de origen alemán, Guillermo Jünemann (1856-1938), publicó en la ciudad de Concepción una versión directa desde el griego de La Ilíada de Homero, traducción que constituye el más temprano antecedente de una versión castellana del clásico homérico en el contexto latinoamericano.

Gran parte de esta producción realizada durante el siglo XIX y comienzos del XX fue catastrada por José Toribio Medina (1852-1930), quien en 1924 publicó Biblioteca chilena de traductores. Este catálogo reunió referencias de las traducciones llevadas a cabo en Chile en formato libro o folleto entre los años 1820 y 1924. La mayoría de estas obras fueron originalmente publicadas en francés, aunque también se registraron otras traducidas del inglés, el italiano, el alemán, el portugués, el catalán, el latín y el griego.

Entre los traductores que registró Toribio Medina se hallan los nombres, principalmente, de intelectuales que ejercieron este rol como un trabajo complementario al resto de sus obras, entre los cuales anotó a Andrés Bello, Diego Barros Arana (1830-1907), Guillermo Matta (1829-1899), Zorobabel Rodríguez (1839-1901), Nicolasa Montt Barros (1857-1924), Eduardo de la Barra (1839-1900), José Antonio Torres (1828-1864), Fanor Velasco, Hermógenes de Irisarri, Valentín Letelier (1852-1919), Ernestina Pérez Barahona (1865-1951), Delfina María Hidalgo (1862-1940) y Brígida Walker.

Este registro, no obstante, no incluyó traducciones publicadas en medios periódicos, por lo que no aparecieron todos los traductores que con su trabajo aportaron a la difusión de ideas. Entre las más notorias elisiones, se encuentra el caso de Martina Barros Borgoño (1850-1944), considerada la primera intelectual chilena y una de las precursoras de los feminismos en Chile, quien, entre 1872 y 1873, publicó por entregas en la Revista de Santiago (1872-1873) su traducción de The Subjection of Women de John Stuart Mill (1806-1873), bajo el título La esclavitud de la mujer. Este texto fue recibido con elogio por parte de los intelectuales de la época, pero también fue leído como una amenaza a la idea de familia y hogar del periodo.

jueves, 4 de marzo de 2021

El destino de algunos traductores de la Biblia

El escritor británico Harry Freedman se especializa en historia de religión y cultura y es autor de The Murderous History of Bible Translations (Bloomsbury, 2016). El 25 de mayo de 2019, en BBC History Magazine publicó el siguiente artículo, que nos fue gentilmente enviado por Jorge Aulicino.

Este último sumó el siguiente texto, de su propia pluma, que resulta pertinente: “La lengua es poder. Roma no perseguía a los traductores porque creyera que la palabra de la Biblia era literalmente la voz de Dios y por lo tanto no se podía decir de otro modo que como fuera escrita. Roma no podía argumentar de esa manera porque la Biblia ya había sido traducida al latín y era esa traducción, la famosa Vulgata, la que usaba y leía Roma. Los papas no daban misa en hebreo antiguo o arameo, ni siquiera en griego. La lengua oficial de la Iglesia era el latín, una lengua heredada, dicho sea de paso, de un imperio, el cual había perseguido a los cristianos y de cuya lengua se había apropiado la Iglesia. Pero ahora, el latín era la lengua de Dios, porque era la de los papas, la que sonaba en los conventos y la que se escribía en los scriptorium. Si cada país iba a decir la palabra de Dios del modo que mejor le pareciese, cada país podía reivindicar su propia iglesia, como en efecto sucedió en el norte de Europa y en Inglaterra, más bien por hartazgo de las persecuciones de la Inquisición que por otra cosa. La Reforma no fue tanto producto de un pensamiento heterodoxo cuanto de la enorme corrupción de Roma, el pago de indulgencias por las grandes fortunas, la exhibición de esa riqueza en el boato de las ceremonias y la violencia salvaje con que la Iglesia respondía al mínimo desvío del dogma. Mientras los traductores de la Biblia morían en la hoguera en los siglos XVI y XVII, exactamente en 1600, Giordano Bruno fue quemado en la plaza Campo dei Fiori por no retractarse acerca de ocho ideas, de las cuales una era que los mundos son infinitos. La intolerancia para nosotros increíble de Roma frente a toda manifestación de pensamiento propio o de interpretación de la Biblia se entiende si se piensa en lo que significaba tener el poder sobre los bienes y las almas, las conductas y cada acto de la vida de millones de personas ya no sólo en Europa, sino en los nuevos territorios de América y en el Asia. Decimos corrupción, pero en realidad era solo poder. Y la salida de madre de la Iglesia la conocía ya Dante Alighieri, para quien la donación de Constantino (los estados pontificios) fue el origen de todo el mal. Entre otras cosas, la Commedia es un panfleto contra la corrupción, es decir, contra el poder monstruoso de la Iglesia. Afortunadamente, para la literatura, no solo fue un panfleto, sino una obra literaria de muchas manos y sentidos.

La sangrienta historia de las primeras traducciones de la Biblia

John Wycliffe
En 1427, el papa Martín V ordenó que los huesos de John Wycliffe fueran exhumados de su tumba, quemados y arrojados a un río. Wycliffe había estado muerto por 40 años, pero la furia que causó su ofensa seguía viva.

John Wycliffe (circa 1330-1384) era un destacado pensador inglés en el siglo XIV.

Teólogo de profesión, fue llamado para asesorar al Parlamento en sus negociaciones con Roma.

En ese tiempo, la iglesia era todopoderosa, y cuanto más contacto tenía Wycliffe con Roma, más indignado se sentía. El papado -pensaba- apestaba a corrupción e interés propio. Y él estaba decidido a hacer algo al respecto.

Wycliffe comenzó a publicar folletos argumentando que, en lugar de buscar riqueza y poder, la iglesia debería preocuparse por los pobres.

En una ocasión, describió al Papa como "el anticristo, el orgulloso sacerdote mundano de Roma y el más maldito de los esquiladores".

En 1377, el obispo de Londres exigió que Wycliffe compareciera ante su corte para explicar las "asombrosas cosas que habían brotado de su boca".

La audiencia fue una farsa.

Comenzó con una pelea violenta sobre si Wycliffe debería sentarse o no. Juan de Gaunt, hijo del rey y aliado de Wycliffe, insistió en que los acusados ​​permanecieran sentados; el obispo le exigió que se pusiera de pie.

Cuando el Papa se enteró del fiasco, emitió una bula papal [una carta o documento papal oficial] en el que acusó a Wycliffe de "vomitar de la mazmorra sucia de su corazón las más perversas y condenables herejías".

Wycliffe fue acusado de herejía y puesto bajo arresto domiciliario y más tarde se vio obligado a retirarse de su puesto como Maestro del Colegio Balliol, Oxford.

La Biblia para la emancipación

Wycliffe creía firmemente que la Biblia debería estar disponible para todos. Veía la alfabetización como la clave para la emancipación de los pobres.

Aunque partes de la Biblia se habían traducido previamente al inglés, todavía no había una traducción completa.

La gente común, que ni hablaba latín ni podía leer, solo podía aprender del clero. Y gran parte de lo que creían saber, ideas como el fuego del infierno y el purgatorio, ni siquiera formaban parte de las Escrituras.

Así que, con la ayuda de sus asistentes, Wycliffe produjo una Biblia en inglés, durante un período de 13 años a partir de 1382.

Era inevitable que esto produjera una reacción violenta: en 1391, antes de que se completara la traducción de la Biblia, se presentó un proyecto de ley ante el Parlamento para prohibir la Biblia en inglés y encarcelar a cualquiera que poseyera una copia.

El proyecto de ley no fue aprobado, John de Gaunt se encargó de eso en el parlamento, pero la iglesia reanudó su persecución contra Wycliffe, a pesar de que había muerto hacía 7 años, en 1384.

Sin otras alternativas, lo mejor que podían hacer era quemar sus huesos [en 1427], así fuera sólo para asegurarse de que su lugar de descanso no fuera venerado.

El Arzobispo de Canterbury explicó que Wycliffe había sido "ese desgraciado pestilente, de condenable memoria, sí, el precursor y discípulo del anticristo que, como complemento de su maldad, inventó una nueva traducción de las Escrituras a su lengua materna".

Jan Hus

Jan Hus
En 1402, el sacerdote checo recién ordenado, Jan Hus, fue designado a un púlpito en Praga para ministrar en la iglesia.

Inspirado por los escritos de Wycliffe, que ahora circulaban en Europa, Hus usó su púlpito para hacer campaña en favor de una reforma administrativa y contra la corrupción de la iglesia.

Al igual que Wycliffe, Hus creía que la reforma social sólo podía lograrse mediante la alfabetización.

Darle a la gente una Biblia escrita en el idioma checo, en lugar del latín, era un imperativo.

Hus reunió a un equipo de eruditos y en 1416 apareció la primera Biblia checa.

Fue un desafío directo para aquellos a quienes llamó "los discípulos del anticristo" y la consecuencia era previsible: Hus fue arrestado por herejía.

El juicio de Jan Hus, que tuvo lugar en la ciudad de Constanza, es uno de los más espectaculares de la historia.

Fue más parecido a un carnaval: casi todos los peces gordos de Europa asistieron.

Llegó un arzobispo con 600 caballos; 700 prostitutas ofrecieron sus servicios; 500 personas se ahogaron en el lago; y el Papa se cayó de su carruaje y aterrizó en un montón de nieve.

El ambiente era tan estimulante que la eventual convicción de Hus y su brutal ejecución debieron parecer un anticlímax.

El condenado fue quemado en la hoguera.

Su muerte galvanizó a sus partidarios en la revuelta. Sacerdotes e iglesias fueron atacados, las autoridades tomaron represalias. En pocos años, Bohemia entró en guerra civil.

Todo porque Jan Hus tuvo el descaro de traducir la Biblia.

William Tyndale

William Tyndale
En lo que respecta a la Biblia en inglés, el traductor de más alto perfil que perdió la vida por ese crimen fue William Tyndale.

Corría el siglo XVI y Enrique VIII estaba en el trono.

La traducción de Wycliffe aún estaba prohibida y, aunque las copias de los manuscritos estaban disponibles en el mercado negro, eran difíciles de encontrar y costosas de adquirir. La mayoría de las personas todavía no tenía ni idea de lo que realmente decía la Biblia.

Pero la impresión en papel se estaba convirtiendo en algo más común, y Tyndale pensó que era el momento adecuado para una traducción accesible y actualizada.

Sabía que podía crear una. Todo lo que necesitaba era la financiación y la bendición de la iglesia.

No obstante, rápidamente se dio cuenta de que nadie en Londres estaba dispuesto ayudarlo. Ni siquiera su amigo, el obispo de Londres, Cuthbert Tunstall. La política de la iglesia se aseguró de eso.

El clima religioso parecía menos opresivo en Alemania.

Lutero ya había traducido la Biblia al alemán; la Reforma protestante se estaba acelerando y Tyndale creyó que tendría más chance de realizar su proyecto allá. Así que viajó a Colonia y comenzó a imprimir.

Esto resultó ser un error. Colonia todavía estaba bajo el control de un arzobispo leal a Roma.

Cuando estaba en medio de la impresión del evangelio de Mateo se enteró que estaban a punto de allanar la imprenta. Agarró sus papeles y huyó.

Esa historia se repetiría varias veces. Tyndale pasó los años siguientes esquivando espías ingleses y agentes romanos.

Pero logró completar su Biblia y las copias pronto inundaron Inglaterra, ilegalmente, por supuesto.

El proyecto estaba completo, pero Tyndale era un hombre marcado... y no era el único.

El cardenal Wolsey estaba realizando una campaña contra la Biblia de Tyndale. Nadie relacionado con Tyndale o su traducción estaba a salvo.

Thomas Hitton, un sacerdote que había conocido a Tyndale en Europa, confesó haber contrabandeado dos copias de la Biblia a Inglaterra. Fue acusado de herejía y quemado vivo.

Thomas Bilney, un abogado cuya conexión con Tyndale era tangencial a lo sumo, también fue arrojado a las llamas en 1531.

Richard Bayfield, un monje que había sido uno de los primeros partidarios de Tyndale, fue torturado incesantemente antes de ser atado a la estaca. Y un grupo de estudiantes en Oxford fueron dejados en un calabozo que se usaba para almacenar pescado salado hasta que se pudrieron.

El final de Tyndale no fue menos trágico.

Fue traicionado en 1535 por Henry Phillips, un joven aristócrata disoluto que había robado el dinero de su padre y lo había perdido en apuestas.

Tyndale estaba escondido en Amberes, bajo la protección casi diplomática de la comunidad mercantil inglesa. Phillips se hizo amigo de Tyndale y lo invitó a cenar. Cuando salieron juntos de la casa del comerciante inglés, Phillips le hizo señas a un par de matones que atraparon de Tyndale.

Fue el último momento libre de su vida.

Tyndale fue acusado de herejía en agosto de 1536 y quemado en la hoguera unas semanas después.

En Amberes, la ciudad donde Tyndale creía que estaba a salvo, Jacob van Liesveldt produjo una Biblia en holandés.

Como tantas traducciones del siglo XVI, su acto fue tanto político como religioso.

Su Biblia fue ilustrada con grabados en madera: en la quinta edición, representó a Satanás con la apariencia de un monje católico, con pies de cabra y un rosario.

Fue un paso demasiado lejos.

Van Liesveldt fue arrestado, acusado de herejía y condenado a muerte.

Una era asesina

El siglo XVI fue, de lejos, la época más sangrienta para los traductores de la Biblia.

Pero las traducciones de la Biblia siempre han generado emociones fuertes y continúan haciéndolo.

En 1960, la Reserva de la Fuerza Aérea de Estados Unidos advirtió a los reclutas contra el uso de la Versión Estándar Revisada recientemente publicada porque, según afirmaron, 30 personas en su comité de traducción habían sido "afiliadas a los frentes comunistas".

En 1961, el estadounidense T.S. Eliot, uno de los principales poetas del siglo XX, se opuso a la Nueva Biblia en inglés y escribió que "asombra en su combinación de lo vulgar, lo trivial y lo pedante".

Y los traductores de la Biblia todavía están siendo asesinados. No necesariamente por el hecho de traducir la Biblia, sino por ser una de las cosas que hacen los misioneros cristianos.

En 1993, Edmund Fabian fue asesinado en Papua Nueva Guinea, por un hombre local que lo había estado ayudando a traducir la Biblia.

En marzo de 2016, cuatro traductores de la Biblia que trabajaban para una organización evangélica estadounidense fueron asesinados por militantes en un lugar no revelado en el Medio Oriente.

Traducir la Biblia puede parecer una actividad inofensiva, pero la historia muestra que es cualquier cosa menos eso.

martes, 13 de agosto de 2019

El SPET importa a Laura Fólica que viene y dice


En el próximo encuentro, que tendrá lugar el jueves 15 de agosto de 2019 a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” (Carlos Pellegrini 1515), nuestra invitada Laura Fólica expondrá sobre el tema “La Historia de la Traducción desde la perspectiva de las Humanidades Digitales: algunas reflexiones metodológicas”.

Laura Fólica es investigadora posdoctoral del proyecto ERC Starting Grant: "Social Networks of the Past. Mapping Hispanic and Lusophone Literary Modernity (1898-1959)", en la Universitat Oberta de Catalunya. Es docente de traducción en la Universitat Pompeu Fabra y traductora literaria. Es egresada del Lenguas Vivas (Traductorado en Francés) y de la Universidad de Buenos Aires (Ciencias de la Comunicación Social) y fue docente en ambas instituciones.

Lecturas sugeridas

-Franco Moretti (2005): "Graphs", en Graphs, Maps, Trees. Abstract Models for a Literary History. Londres: Verso, pp. 3-33.

-Katherine Bode (2017): "The Equivalence of 'Close' and 'Distant' Reading: Or, Toward a New Object for Data-Rich Literary History", en Modern Language Quartely 78.1, preprint.

-Diana Roig-Sanz y Reine Meylaerts (eds.): "General Introduction", en Literary Translation and Cultural Mediators in Peripheral CulturesCustoms Officers or Smugglers? Cham: Palgrave MacMillan, pp. 1-37.

Quienes confirmen su asistencia recibirán por correo electrónico el material de lectura sugerida para este encuentro.

Quienes tengan previsto solicitar un certificado de asistencia (un servicio gratuito del SPET), por favor no olvidarse de firmar después de la reunión en la lista disponible en Cooperadora.