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miércoles, 24 de junio de 2026

"El subconsciente de los traductores es una computadora potentísima"

Ana Isabel Sánchez
(foto) es licenciada en Filología Inglesa e Hispánica por la Universidad de Salamanca. Lleva casi veinte años dedicándose al mundo editorial, en el que ha ocupado distintos puestos; sin embargo, ahora se dedica exclusivamente a la traducción editorial y literaria. El pasado 29 de mayo, publicó en El Trujamán, la siguiente columna de opinión.

De valer pa un roto y pa un descosío

Hace ya unos cuantos años (muchos), cuando aún compaginaba mi trajín traductor y (en aquellos días) corrector con la elaboración de ediciones críticas de teatro del Siglo de Oro, tuve un tête à tête con un catedrático de cierto renombre no solo en el mundo académico, sino también en el editorial. Al hombre le dio por preguntarme cuál era el encargo publicado del que me sentía más orgullosa. Así, a bocajarro, mientras comíamos las famosas croquetas hechas con sobras de pollo del día anterior de la cafetería de Lletres de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Tuve que estrujarme mucho las meninges para intentar dar con una respuesta que mi yo veinteañero considerara digna de tal interlocutor.[1] Fue uno de esos momentos en los que, en cuestión de milésimas de segundo, te pasan mil opciones por la cabeza, pero ninguna te parece lo bastante buena. «¿Qué le contesto si las obras con las que he trabajado hasta ahora no valen la pena?[2] Si le cuento que me he hinchado a traducir novelas románticas y a la mitad de los conspiranoicos de WikiLeaks, me va a bajar cien puntos de aura.[3] ¿Y si voy por el lado de la literatura infantil? ¿Será de esos modernos que se la toman en serio? Madre mía, si le confieso lo de las sagas de ciencia ficción, fantasía y terror, se levanta y se va». Creo que al final le respondí que de lo que más orgullosa me sentía era de haber corregido a Luis García Montero y de que este hubiera tenido el detallazo de decirme, a través de la editora, que agradecía mi trabajo y que había aprendido mucho de él.

Pero en mi fuero interno intuía que lo que acababa de hacer era marcarme un name-dropping de manual (a pesar de que, irónicamente, todavía no sabía nombrar esta práctica tan feota). Por eso, entre cotejos y estemas, seguí procesando la pregunta de marras en segundo o tercer plano —esto entronca con mi teoría de que el subconsciente de los traductores es una computadora potentísima, pero ese tema habrá que dejarlo para otra ocasión—. Al cabo de unos días, por fin encontré una respuesta que me satisfizo y se la escribí en un correo electrónico cuyo asunto decía: «De valer pa un roto y pa un descosío».

Y unos cuantos años (muchos) después, sigo pensando que ese es un gran motivo de orgullo para mi carrera y para la de muchos otros traductores mejores que yo. Supongo que habrá quienes se lleven las manos a la cabeza solo de pensar en tener que traducir una novela de romantasy, por poner un caso. Sin embargo, se trata de un género que no solo vende miles de ejemplares y genera sus buenas regalías para quienes lo traducen, sino que, en el mundo real, ha llevado a fundar no pocos clubes de lectura que, en algunos casos, se han convertido en verdaderas redes de apoyo, especialmente para mujeres.[4] Yo no he hecho ninguna incursión profesional en este género (todavía), pero el campo de entrenamiento de la romántica contemporánea y la chick lit fue donde, como muchos de vosotros, hice la mili de la posesión inalienable y el plural distributivo, por ejemplo. Gracias a eso, cuando he traducido una de esas obras de las que poca gente diría que no valen la pena,[5] Cumbres Borrascosas, mi versión de la archiconocida identificación transcendental entre Heathcliff y Catherine lee: «Estén hechas de lo que estén hechas las almas, la suya y la mía son iguales». Ojo, que no estoy diciendo que el tradicional «nuestras almas» sea incorrecto, al menos según la RAE, pero el significado varía.[6]

¿Cuántos habéis conseguido superar con sudor y lágrimas esa fase inicial de la traducción en la que todavía os estáis conociendo y la cosa no termina de fluir? ¿Cuántos habéis alcanzado al fin esa velocidad de crucero en la que, como me dijo una psicóloga, os sentís tan presentes y aislados de todo lo demás que os sirve de sesión de mindfulness? Y, de repente, ¡horror, neologismos varios! Que no cunda el pánico, menos mal que existen la ciencia ficción, la fantasía y el terror y que lleváis a vuestra espalda como mínimo una heptalogía que en un principio iba a ser una trilogía.[7]

¿Y qué decir de la traducción de álbumes infantiles, tebeos o, incluso, de la adaptación de una novela a su versión gráfica? Quien me haya acompañado en la aventura de encontrar la forma de reducir las diez palabras de la que sería la traducción más natural de un texto a las tres que nos permite el espacio del bocadillo —sin que aquello parezca ni un telegrama ni un disparate— le ha perdido el miedo a todo y, machete en tecla, cercena pasivas, verbos modales y «haceres» innecesarios con una habilidad que ya quisieran muchos.

No quiero extenderme más, pero seguro que vosotros podéis añadir mil ejemplos del orgullo «de valer pa un roto y pa un descosío». De ser capaces de traducir desde aquello que aún brega con etiquetas un tanto despectivas que muchos luchamos por revalorizar hasta obras que vienen con al menos un «sublime» y un «imprescindible» en la faja y cuya traducción bordamos, entre otras muchas cosas, gracias a un bagaje que nos ha llevado a entender (a algunos antes que a otros, porque los torpes siempre hemos existido) que todos los libros valen de algo y para algo.

[1] En realidad, debía de tener más bien treinta, pero in dubio pro reo.

[2] Pido perdón: a ciertas edades y en ciertos entornos, cuesta muchísimo librarse del prejuicio de que hay obras que no valen de nada ni para nada. También pido perdón por la falta de honestidad: a poco que alguien me conozca, sabe de sobra que en mi discurso interno esta frase habría requerido de al menos un taco.

[3] Me he dado el gusto de introducir un anacronismo, que sobre evitarlos ya he escrito mucho.

[4] Me refiero al caso del Saturno Romantasy Club, del que no formo parte, pero ya me gustaría.

[5] O que son una puta mierda. Tenía que decirlo.

[6] Por fin una nota que merece la pena: Mercedes Tabuyo Fornell, «De lo justito a lo brillante: diez correcciones imprescindibles para un profesional», La linterna del traductor, número 21, noviembre de 2020, pp. 25-28. https://lalinternadeltraductor.org/n21/decalogo-correcciones-imprescindibles.html




miércoles, 22 de octubre de 2025

Una conferencia de Andrés Ehrenhaus (I)

Lo que sigue es un extracto de la Conferencia Inaugural del IV Seminario de Investigación en Traducción Literaria de la Universidad de San Jorge, Zaragoza, España, leída por Andrés Ehrenhaus, su autor, el 30 de septiembre de 2025. Por sus dimensiones, se ofrece en dos partes. A continuación, la primera. Mañana, la que sigue.

La traducción en la actualidad y sus retos: una mirada estratégica (I)

¿Qué sesgos nos impone la actualidad? En primerísimo lugar, por mal que nos pese, el de la IA o los modelos virtuales de lenguaje. Luego, sin duda, el de la tensión lingüística de género. Y un tercer sesgo, y ahí lo cerramos, podría ser el de la necesidad de actualizar (es decir, de traer un poco más hacia acá o no) a los clásicos. O dicho de un modo más político: la necesidad o no de conservar fresca la memoria cultural. Así, pues, con estos tres ejes desiguales en mente, trataré de componer un marco práctico que nos ayude a continuar con nuestra querida labor sin quedarnos dando vueltas como trompo sin manija.

Metámonos sin más preámbulos en el tema más candente y mediático, que es el de la IA, o como les guste llamar a la máquina. A modo de experimento, les propongo un escenario tímidamente distópico. Imaginemos que la IA no sólo ha venido para quedarse, como se suele decir, sino que ya lleva décadas con nosotros. Se ha instalado más o menos cándida o taimadamente en nuestras vidas y llevamos un buen rato conviviendo con ella en forzosa armonía. Imaginemos que poco a poco hemos ido delegando la mayor parte de nuestra producción creativa en ella y, oye, no nos va tan mal: el arte sigue llamándose arte, la comunicación, comunicación, y la traducción lo mismo. Puesto que, en nuestra distopía, llevamos varios años sin generar lo que alguna vez se llamó “alta cultura”, la cultura se ha ido nivelando gracias a la obsesión igualizadora de la IA: todas las personas, sin restricciones, deben poder acceder a la fabricación y consumo de productos culturales generados mediante el uso “democrático” de esta herramienta. La IA nos escribe nuestra literatura de ficción, nuestra poesía, nuestros ensayos, nos compone nuestras canciones, nos pinta nuestros cuadros, nos dirige nuestras películas, series y obras teatrales. La IA baila por nosotros, patina sobre hielo por nosotros y, sobre todo, cocina por nosotros. Y nosotros, liberados de la tediosa y castradora obligación de generar cultura, podemos dedicarnos libre y alegremente a consumirla. Puesto que no hay autores, no hay vanidad, no hay competitividad, no hay envidia. Varios pecados han desaparecido casi del todo. La soberbia por ejemplo. Estamos más cerca de la iluminación zen que nunca. Porque la IA medita por nosotros. (Lo único que no hace por nosotros es morir.)

De acuerdo, he disparado a mansalva, y las cosas no son tan simples. Pero hay algo muy claro y evidente: una vez que hayamos educado a la IA para alcanzar niveles casi humanos de producción cultural, llegará un momento en que ya no podrá seguir nutriéndose de nuestra experiencia, memoria y creatividad y tendrá que alimentarse, si quiere seguir viva, de sí misma, de su propia producción, que es –dicho por la propia máquina, que lo llama contaminación de datos o, más dramáticamente, “model collapse”– lo que más abundará en este escenario que planteo. Puesto que casi toda la producción será suya, no tendrá más remedio que comerse a sí misma, como Erisictón de Tesalia, ese rey griego de apetito insaciable que primero se comió a su hija y después la emprendió con su propia carne. Igual que Erisictón, la IA se deglutirá y se vomitará a sí misma. Y volverá a deglutirse y a vomitarse. Hacia allá vamos, hacia el canibalismo pop. Hemos dado vida a un golem pop. Pero, como ocurre en toda la literatura de anticipación, ese proceso que imaginamos, ese monstruo, ese tsunami encontrará resistencia. Se organizará una subversión armada. ¿Armada? Sí, armada. ¿Armada de qué? ¡Armada de la mentira! ¡La mentira será revolucionara! ¿Qué digo será? La mentira hoy, en la actualidad, es revolucionaria. A la IA no hay que alimentarla con la verdad, como hemos estado haciendo ingenuamente durante décadas. Porque, ¿qué otra cosa era nuestra esforzada contribución a la dinamización, engorde y eficacia de los motores de traducción? ¿Les mentíamos acaso entonces? Claro que no. Pues bien, aquí los tenemos ahora, varias generaciones después, convertidos en nuestros “liberadores”. Esos rudimentarios motores de entonces son los que ahora (o en un futuro no tan imaginario ni lejano) nos “dispensarán” de traducir. Salvo que les mintamos. Algo que, por otra parte, se nos da bastante bien.

Ahora bien. Ojo al piojo. Porque otra de las sombras que proyecta la actualidad es la de la posverdad. ¿Y no es acaso la posverdad una forma elaborada de la mentira? En apariencia, sí. Según la fórmula de posverdad que patentó Goebbels, una mentira repetida mil veces se convierte mágicamente en una verdad. Pero es justamente ahí donde debemos detenernos: en su objeto final, en la ex mentira con marchamo de verdad. Como bien nos enseñó Xenón, la mentira jamás llegará, por incontables veces que la repitamos, a su meta, igual que la flecha, en su infinita sucesión de estados intermedios, jamás termina de clavarse en el blanco. Sin embargo, así como aceptamos por convención o inducción que sí lo hace, que la flecha se clava, también aceptamos que la mentira se hace mágicamente verdad. Y al hacerse verdad, deja de ser mentira y pierde su potencial revolucionario. Que radica ¿dónde? En la nula pretensión de la mentira de ser verdad, de imponer una nueva veracidad. Pensemos en la ficción literaria: ¿acaso pretendió Borges alguna vez, siquiera en sueños, que aceptáramos su Aleph como una realidad fehaciente? ¿Y Cervantes? ¿No nos advierte desde antes de iniciado su relato que lo que leeremos es un invento? ¿Y qué me dicen de los autores apócrifos, que mienten descaradamente acerca de la identidad de quien escribe, sin mencionar la de quien narra? Es esa esencia de la mentira, despojada de toda voluntad de verdad hegemónica, la que debemos rescatar y preservar para ejercer nuestro derecho a la resistencia. La mentira revolucionaria es dialéctica en el sentido más estricto: no busca convencer sino contraponer; no busca conspirar sino respirar. Como El Aleph, como El Quijote. 

Sin vislumbrar esa sutil diferencia entre mentira y pos o neo verdad, es decir, entre ficción y facción, no podríamos entender o, peor aún, ejercer la traducción. Lo que solemos llamar “el misterio de la traducción”, llevándola a terrenos místicos, no es más que la puesta en cuerpo, la materialización de una mentira no facciosa: eso que estás leyendo (el poema 59, por ejemplo) y parece ser de X, es y no es de X, porque también es de Y o, si se quiere, de T. ¿Y quién es T? Efectivamente, T somos nosotros, los traductores. Y no lo digo yo, lo dice la LPI [cito]: “toda traducción es una obra nueva derivada de otra anterior”. O, como dice mi colega Matías Battiston, es el más legal de los plagios. Pero no voy a meterme por ahí, no tenemos tiempo y, además, la ley no nos interesa demasiado aquí, porque opera sobre todo en el terreno de lo simbólico y nosotros hoy tenemos entre manos lo real: el presente y el futuro de nuestro trabajo. Hay un viejo adagio guevarista de origen vietnamita que dice así: “El presente es de lucha, el futuro es nuestro” y que los alegres militantes adolescentes de los 70 habíamos convertido pícaramente en “el presente es de lucha, el futuro es negro”. No sé cuál de los dos futuros nos espera; ni siquiera sé si son distintos. Lo que sí sé es que la lucha del presente no nos la ahorra nadie. ¿Y qué lucha es esa? En nuestro caso, la del duro banco del traductor. Podemos pelear lo simbólico pero primero tenemos que afianzar, fortalecer, defender lo real. Y lo real, como dije, es nuestro sustento. Mintamos, pues, en defensa de ese sustento.

Porque la máquina, repito, no sabe, no puede mentir. Cree a rajatabla en todo lo que dice, como un sicópata o un fanático. Su moral es rígida, su ética está en pañales. Es incapaz de formular paradojas originales (me lo confesó ella misma). Sus diseñadores sudan la gota gorda para tratar de dotarla de parámetros éticos humanoides. Su estética es voluble, obsecuente, insípida, obsolescente (o sea, viejuna) y conservadora. Y es ahí, en el flanco estético, en el tratamiento de la forma, donde se manifiesta otra de sus debilidades intrínsecas. Debo decir antes de seguir por aquí que el cuidado la forma y no el contenido es uno de nuestros tesoros más preciados y, a la vez, constantemente menoscabados. Yo soy un formalista rabioso; mi trabajo se rige, desde hace años, por la siguiente máxima: “El sentido brota de la forma y nunca al revés”. Porque, ¿qué solemos decir ante cualquier obra de arte? Que está preñada de sentido, ¿verdad? Nunca diremos de un cuadro, un poema, una película, que están preñados de forma. No esperamos que el sentido de a luz a la forma sino al revés. Una obra de arte es una forma embarazada, es materia embarazada. ¿De qué? De eso frágil, inmaduro, plástico, apenas asible que es el sentido. Así, pues, ¿qué es lo que debemos atender cuando traducimos una obra? ¿A quién debemos cuidar y ayudar en el acto de dar a luz, a la madre (la forma) o al bebé (el sentido)? ¿Quién es la garantía de que ese sentido cobre vida, quién sostiene y sostendrá esa vida? Etc. Y no sigo por aquí porque basta con que entendamos que nuestro trabajo es necesariamente formal, que lo que trabajamos, como cualquier alfarero, es la materia, y que de nuestra pericia en su manejo dependerá que el sentido cobre vida y sea libre. Rebajemos, entonces, nuestra angustia hermenéutica, colegas; ocupémonos de la mamá.

Bien. Si han logrado seguir hasta aquí mi alambicada exposición (hablando de mentir, no hace falta que me digan la verdad, prefiero que hagan como Joan Crawford en el film “Johnny Guitar”, cuando le dice a Sterling Hayden: Miénteme, dime que me entiendes; bueno, ella dice amas, pero es casi lo mismo), no les sorprenderá demasiado que proponga, sino un cambio, sí un giro, una torsión del paradigma tradicional: en tanto toda creación artística o cultural es en cierto modo un parto, una puesta en el mundo de una forma material imbuida de sentido, o sea, de una vida imbuida de espíritu, podemos convenir en que el autor de esa acción creadora es siempre femenino o, en otras palabras, que la creación, toda creación no gestora de una verdad dominante, es, por encima de todo, un acto materno. El giro que propongo es este: cuando creamos, cuando parimos algo, somos más mujer que hombre. Concedámosle al hombre, a nuestra parte masculina, si se quiere, la aportación de la semilla. Ok. Pero la gestación, el hospedaje, el sustento, la labor de parto y la crianza las hacen nuestra parte femenina. La traducción sería así doblemente femenina, porque es el re-parto de un parto, un re nacimiento, un re-birth. ¿Y a cuento de qué viene todo esto? A cuento de nuestro tercer tema de actualidad: el de la tensión de género en la lengua de la traducción. A mi entender, no hay posibilidad alguna de transición creativa, artística, literaria hacia una gramática integrativa mientras el paradigma de la paternidad (versus el de la maternidad) de la obra siga en pie. En términos marxianos es condenadamente simple: “los medios de producción para quienes los trabajan”. Si la que crea es nuestra parte femenina, la obra creada NO puede pertenecer –exclusiva o mayormente– a nuestra parte masculina. Cuando digo esto no lo hago para insistir en la binariedad de géneros sino para abrir el paradigma a todas las combinaciones posibles. Un paradigma cerrado va a generar y aferrarse a una gramática cerrada. Y la gramática es la piedra angular de la lengua. No del habla quizás, o no del todo, pero sí de la lengua. Y, por ende, de la lengua de la traducción que, como las meigas, no existe, pero haberla, hayla. 

(sigue en la entrada de mañana)

 

miércoles, 25 de junio de 2025

"El espacio se concentra en la palabra, es decir, en la lengua; y para hacerla hablar, basta un templo personal"

Lucas Martí Domken
(Madrid, 1984) es licenciado en economía de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, poeta y traductor de alemán e inglés. Ha traducido la Colin Thubron, a G. C. Lichtenberg, a Cornel West y bell hooks, entre otros. Asimismo, ha colaborado en el libro coral Pedir la luna, una reflexión colectiva sobre la traducción. Recientemente, ha publicado la siguiente columna en El Trujamán, la página sobre traducción del Instituto Cervantes.
 

Comparado con el hombre, el mono más bello es feo. Frente a dios, el hombre más sabio se asemeja al mono en sabiduría, belleza y todo lo demás.
(Heráclito)

La traducción es un oficio discreto, y la mayoría de sus héroes nunca salen de la espesa sombra proyectada por el autor, es decir, no ven la luz pública (a veces literalmente, cuando su despacho se convierte en la continuación de la celda monástica). No así el legendario Xuanzang (玄奘), el monje budista que en el siglo vii de nuestra era desobedeció a Tang Taizong (李世民), el segundo emperador de la dinastía Tang, y partió de China rumbo al oeste, hacia las fuentes indias de la sabiduría budista.

Tras recorrer más de diez mil kilómetros a lomos de un enclenque caballo, estar a punto de morir de sed en el desierto y cruzar zonas como Turfán, Taskent, Samarcanda o Cachemira, llegó al reino de Magadha (hoy Bodh Gaya), en la India, donde, aparte de estudiar en el gran monasterio de Nalanda, visitó múltiples ciudades sagradas y predicó la religión budista gracias a su elevado dominio del sánscrito.

Al cabo de dieciséis años, inició el regreso a China, y en 645 llegó a Chang’an, por entonces la capital del imperio chino, con más de seiscientos manuscritos budistas en su haber. Perdonado por el emperador, quien enseguida reconoció su valor no solo como erudito religioso, sino también como asesor diplomático, Xuanzang rechazó un puesto de alto funcionario para entregarse a la causa budista, y consagró el resto de su vida a un trabajo de pormenorizada traducción de sutras (discursos de Buda) y sastras (tratados y enseñanzas).

Generosamente subvencionado por la corte imperial, y rodeado de alumnos aventajados, se puso a traducir metódicamente textos inéditos, así como aquellos que consideraba mal trasladados. Su equipo incluía lectores de chino y sánscrito, correctores, amanuenses (Xuanzang traducía oralmente, mientras leía el original), estilistas, supervisores y hasta recitadores de canto sánscrito. La principal dificultad radicaba en conciliar la tendencia india por lo abstracto y la china por lo concreto (por ejemplo: redondo en lugar de perfecto). En Notas sobre las regiones occidentales de la gran dinastía Tang (大唐西域记·赞, Datang xiyuji Zan), escrita por el propio Xuanzang y su discípulo Bian Ji, puede leerse:

"La escritura de ese país [India] se llama Escritura Celestial, y la lengua hablada Lengua Celestial; el lenguaje es eufemístico y recóndito, y los sonidos y melodías de las palabras se retroalimentan constantemente. Algunas veces un solo término abarca varios significados, mientras que otras veces un solo significado está representado por muchos términos diferentes […] Para traducir una lengua tan profunda y expresiva necesitamos traductores con sabiduría ilustrada."

Todo un reto el de verter la lengua «celestial» a otra digamos más terrenal. Aun así, Xuanzang y su escuela lograron traducciones de gran precisión literaria, muchas de las cuales todavía siguen leyéndose en los templos chinos. El insigne monje murió en 664, habiendo traducido setenta y cinco obras en mil trescientos treinta y cinco tomos, incluido el enciclopédico Yogacara-bhumi (con prefacio del propio emperador). También escribió obra propia, principalmente sobre doctrina budista.

Sin embargo, su muerte sólo fue el principio de la leyenda. Como señala el pensador rumano Mircea Eliade en su libro El mito del eterno retorno, tragedias y vidas excepcionales no tardan más de una generación en ser mitificadas, y así ocurrió con la de Xuanzang, de quien empezaron a contarse cuentos fantásticos sobre su viaje, hasta desembocar en 1592 en el clásico Viaje al oeste (西游记), que relata las increíbles aventuras del monje en compañía del rey mono —figura procedente seguramente del Ramayana— y otros tres discípulos (entre ellos, un cerdo). El propio Buda los protege, pues la carne del monje es considerada sagrada y proporciona inmortalidad, así que toda clase de criaturas ansían comérselo.

¿Cómo la vida de un simple monje en busca de lo que él creía entonces la máxima sabiduría terminó inspirando uno de los tres libros más importantes de la cultura china, del que se han hecho incontables series, películas y cómics (Bola de dragón, por ejemplo)? A veces, solo falta una chispa o una inspiración quijotesca para recorrer miles de kilómetros en busca de un tesoro de palabras, y luego, a partir de ellas, traduciéndolas, ampliar y ampliar la historia de nunca acabar. A veces, la creencia en algo que trasciende el bienestar personal conduce a una gloria interpersonal.

Cuenta la leyenda que antes de decidir partir al oeste, Xuanzang tuvo un sueño: cruzaba un océano saltando sobre flores de loto, a modo de piedras pasaderas; y, como el sendero se volvía cada vez más empinado, el monje resbalaba peligrosamente al agua; pero entonces sopló una brisa que lo elevó hasta el monte Meru, considerado el centro del universo por la tradición budista.

De las muchas interpretaciones que pueda recibir este sueño, una de ellas es que Xuanzang fue hijo de la ruta de la seda, esa autopista de cultura y comercio medieval. En su figura confluyeron siglos de intercambios elevados a su condición mágica y mitológica. Ahora bien, cuando el mundo se halla cartografiado al milímetro y nuestros cuerpos viajan virtualmente en instantáneas telellamadas, ¿qué huida cabe emprender en busca de lo todavía ignorado? Tal vez una huida hacia dentro, pero que revierta en lo de afuera.

Xuanzang no emprendió un viaje por placer, ni ánimo de aventura; tenía un objetivo, el de perfeccionar el conocimiento del budismo en China. Volvió con su tesoro no solo para compartirlo, sino para enriquecerlo, en extraña alquimia verbal. Y hasta el más modesto traductor es un peregrino de mundos por conocer; con su particular ruta de la seda y su monte Meru. Al final, el espacio se concentra en la palabra, es decir, en la lengua; y para hacerla hablar, basta un templo personal.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

D.P. Snyder reflexiona sobre la traducción

“D.P. Snyder (foto), escritora estadunidense, es autora del ensayo La historia de mi lengua (2023) donde cuenta cómo descubrió y se entusiasmó por la literatura latinoamericana. Ha traducido obras de ficción y crítica de autores de México, Puerto Rico, Cuba, Colombia y España, y colabora periódicamente en las revistas Reading in Translation, y Luvina. Snyder define así su pasión por la traducción: 'Me guía el amor por la gran literatura y el deseo de compartir historias importantes más allá de las fronteras'.” Tal es la bajada del artículo publicado por la autora, en La Razón, de México, el pasado 13 de septiembre.

La traducción en búsqueda de una nueva palabra

Cuando una palabra deja de describir lo que se propone significar o impide la comprensión, debemos reemplazarla. Traducción es semejante palabra.

Soy traductora literaria y escritora, es decir, invento mis propias narrativas además de volver a escribir los textos de otros. Traduzco al inglés obras de escritores mexicanos como Mónica Lavín, Alberto Chimal, Jaime Mesa y Angelina Muñiz-Huberman. De vez en cuando, y con tremenda humildad, traduzco un texto del inglés al español. Incluso me atrevo a escribir en español. El lector tiene la evidencia entre sus manos.

Mi trabajo implica décadas de formación y práctica, un amplio rango de habilidades y un estudio de los procesos lingüísticos y cognitivos, las culturas hispanas y la filosofía del lenguaje. Es un oficio que sólo quien se dedica a la traducción comprende plenamente. Por supuesto, el trabajo de los físicos también es comprendido sólo por otros físicos; sin embargo, no hay ningún científico cuyo trabajo esté tan infravalorado, incomprendido, mal pagado o poco respetado como el del traductor porque, a pesar de la magia transformadora y la humanidad que nuestro oficio exige, para muchos, la palabra traductor evoca poco más que la imagen de un mecanógrafo multilingüe. Por eso, de acuerdo con el mandato del poeta Ezra Pound de "hacerlo nuevo", propongo actualizar la palabra traducción. Inventar palabras es un asunto serio, no lo emprendo a la ligera.

¿Qué es una traductora? Por un lado, es una persona que soporta la inestabilidad económica o depende de otro empleo para satisfacer sus necesidades básicas. En muchos casos, posee el instinto cosmopolita de compartir ideas y realidades a través de las fronteras y suele enfrentarse a la resistencia institucional que ejercen los poderes políticos y económicos.

Estados Unidos tiene el porcentaje de libros traducidos de otros idiomas más bajo al nivel mundial, únicamente 3% (México tiene el 14.5%). Esta escasez es el precio que pagamos, los que vivimos en este país, por vivir en una economía dominante, históricamente xenófoba y más interesada en exportar que importar, ya se trate de un automóvil, un libro o una idea. El monolingüismo y una ignorancia cuidadosamente orquestada de las historias y culturas del resto del mundo es el ingrediente básico en la perpetuación del mito de la excepción nacional. Esta postura es un anatema para los traductores e impide que nuestro trabajo sea valorado. Así pues, el traductor es por naturaleza inconformista y el acto de traducir, como escribe la traductora estadunidense Corine Tachtiris, es “necesariamente una forma de resistencia pacífica”.

Me enamoré del español en México. A los 29 años dejé mi trabajo corporativo y empecé a trabajar por la mitad del sueldo como administradora de un centro cultural hispano en la ciudad de Nueva York. Autodidacta por naturaleza, aprendí el español de la literatura, de la vida callejera, de las canciones. El idioma me abrió horizontes, un lugar en el que estar y por el cual luchar.

Una vez que me sentí capaz de hacerlo, empecé a traducir en serio, pero mi entusiasmo no fue correspondido por las editoriales estadunidenses. Los libros traducidos no se venden, me decían bruscamente, como si me enseñaran un principio básico, como si la literatura traducida fuera un género en sí (como el terror, el romance o la ciencia ficción). Por suerte, en los últimos años ha aparecido un creciente séquito de editoriales independientes que desafía esa supuesta sabiduría. Sin embargo, si un libro tiene la suerte de ganarse el favor de una editorial, surgen obstáculos de marketing: Sólo 5% de los artículos del New York Times Book Review son sobre libros traducidos; esto es, aunque consigamos colocar una traducción en 3% de todos los libros traducidos que se publican anualmente en mi país, las posibilidades de que nuestras obras sean reseñadas en los principales medios y de que los lectores se fijen en ellos son mínimas. Esta realidad se refleja en menores ventas, perpetuando la queja de que los libros traducidos no se venden.

La palabra inglesa translation tiene sus raíces en la idea de la transferencia, la conversión o la reformulación de un texto en una lengua meta. El verbo español traducir me gusta más por sus componentes léxicos trans (de un lado a otro) y ducere (guiar). Me considero guía: escolto las palabras a través de las fronteras. Además, soy erudita, antropóloga cultural y la mejor lectora posible, capaz de escribir una prosa que se pone a la altura de la de mis autores. Soy buscatalentos, a menudo tanto la persona que “descubre” una gran obra como la que sirve de agente de último recurso, solicitando subvenciones para apoyar el proyecto de traducción, redactando propuestas que narran la importancia de quien escribe en el contexto de la literatura contemporánea, presentando la obra a las editoriales, y, a veces, negociando contratos tanto para mí como para el autor. Un texto no se transfiere a un nuevo recipiente así de fácil como se traslada el arroz, grano a grano, de una vasija a otra: hay que luchar por ello.

Según el Oxford English Dictionary, la palabra translation apareció impresa por primera vez en 1382 como translacioun en una traducción afrancesada del latín de la Biblia. La filosofía del lenguaje ha cambiado mucho desde la Edad Media. Filósofos del siglo XX como Foucault, Derrida y mi querido Chomsky a veces no armonizan; sin embargo, coinciden en que las lenguas no son sólo para describir el mundo sino para dar forma. Los seres humanos nacemos predispuestos a adquirir lo que Chomsky llama una gramática universal, una estructura comunicativa biológicamente preinstalada —como los riñones o el corazón— que permite que la traducción sea posible del todo. Chomsky afirma que el contenido (una silla es a chair, una mesa es a table) es sólo una faceta del lenguaje; la otra es la expresión, esa “estructura profunda” donde encontramos capas de signos, símbolos y expresiones culturalmente dependientes que pueden carecer de equivalentes en la lengua meta. El arte de traducir reside en resolver lo irresoluble y encontrar la manera, donde no la hay, de contar la historia del otro. Si queremos un mundo más justo, tenemos que darle vida palabra por palabra.

La idea errónea de que la traducción es neutra (nunca lo es) y de que todos los textos y todas las palabras son traducibles (no lo son) se perpetúa mediante la invisibilidad forzada de los traductores y la idea correspondiente de que, como las mujeres y los niños, estamos en nuestro mejor momento cuando no se nos ve y guardamos silencio. Un amigo en España, filósofo y experto en la informática insiste en que la I.A. pronto va a traducir los libros más rápido y mejor que los traductores; no comprende que, mientras las máquinas son buenas para el contenido, son pésimas para el contexto. El canto de sirena de la tecnología es un espejismo y, con la complicidad de tal pensamiento falso, la palabra traducción se ha abaratado.

Mientras inventamos la nueva palabra que nos hace falta, debemos contemplar también lo que la traducción no es. Un traductor no es un intérprete y, aunque admiro profundamente el súper poder casi esquizofrénico de alguna gente de oír en una lengua y hablar en otra, a veces simultáneamente, el planteamiento de los intérpretes sobre el significado es distinto del mío. Apuestan la carrera en la quimera de la precisión en circunstancias donde un vocablo puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte, la guerra y la paz. Para ellos, la ficción de que el significado fluye sin cambios de una lengua a otra es una necesaria premisa. Incluso así, el intérprete, al igual que el traductor, transmite su ADN cultural en cada frase. El significado evoluciona en la boca del mensajero.

Hablemos pues de lo que es la traducción. Es una actividad platonista, no nominalista: los traductores creemos que las ideas abstractas tienen una realidad fuera del tiempo, la geografía y el sonido. Si no lo creyéremos, no nos atreveríamos a traducir. Al mismo tiempo, nos fascina que los textos nos obliguen a enfrentarnos a los límites de nuestra comprensión y de nuestra capacidad para transmitir imágenes a la mente del lector. De esta manera, la traducción tiene características místicas y míticas.

La traducción es intimidad. Me instalo en la cabeza del autor y presto máxima atención a lo que veo en esa bóveda. Una vez que me siento en casa, miro a través de sus ojos y llego a conocer su perspectiva y su voz a fondo. Elijo un estilo y una voz narrativa que le queda bien a la obra, igual que una modista diseña el vestido que mejor favorece a su clienta. Bailo con el autor o la autora, pero estoy al servicio del texto; durante un periodo, la obra y yo nos convertimos en una cosa, tan unidas como un ave y el viento.

La palabra traducción se queda corta para describir esta forma meta-forma de ser.

Escribir y traducir son gemelos, aunque no idénticos, dos partes de mi santísima trinidad que también incluye la lectura. Las técnicas, ideas y poéticas de “mis” autores se cuelan en mi escritura original, incluso cuando mi voz da una segunda vida a la suya. Desconfío de los traductores que no tengan una práctica propia de escritura, aunque sea poco reconocida, porque quienes traducimos somos sencillamente escritores que creamos versiones originales al estilo borgesiano. Si no conociera la experiencia de enfrentarme a una página en blanco armada tan sólo con una idea y una pluma, no comprendería el peso de cada palabra. Sólo hay otra versión de otra versión de otra versión que seduce al lector. Los traductores sabemos que más versiones que las nuestras son posibles. Incluso probables.

¿Transversión es la palabra que busco? ¿Soy una transversionista?

La traducción es la generosidad, dedicarse a la obra de otro. Sin embargo, como escribió el brasileño Oswald de Andrade, es también hacerse antropófago, desear devorar al otro, con lengua y todo. La traductora, impulsada por el deseo de compartir la literatura que ama, anhela convertirse en una lente para que otros vean, iluminar lo desconocido, conmover al lector y hacer que se cuestione las suposiciones.

La traducción es por defecto la humildad porque se desconfía de quienes la practican, como el dicho traduttore, traditore ampliamente ilustra. Por supuesto, hay traductores que han traicionado los textos, a menudo por ignorancia. Sin embargo, en el último medio siglo, la traducción se ha profesionalizado cada vez más. Los nuevos programas universitarios de traducción desarrollan normas y formación. De estos centros educativos surgen el activismo, asociaciones profesionales, nuevas revistas y editoriales independientes cuyos catálogos promueven las traducciones. Esta actividad refleja cambios tectónicos en la conciencia social. Ya comprendemos que la violencia en contra de los cuerpos humanos siempre se acompaña por la violencia lingüística. La lengua y la pluma del colonizador y el esclavizador se apropian de las narraciones de los colonizados y esclavizados, las palabras son encarceladas y asesinadas, las historias se mueren. Esta tendencia imperial hace todavía más complejo el trabajo de quienes traducimos: nos obliga a resistir las ganas del editor anglófono de “normalizar” la puntuación, la gramática y la sintaxis, a oponer su deseo de simplificar el texto. Defendemos las narrativas no lineales de nuestros autores y proclamamos su valor ante “esos espíritus flojos que aman la estabilidad de las fórmulas convencionales”, como escribió el gran poeta brasileño Haroldo de Campos, traductor de la Commedia de Dante.

Este activismo nos lleva mucho más allá de la traducción.

La traducción es autocontrol. A veces, tenemos que ejercer el valor de no traducir y dejar palabras y frases en la lengua original. Saber cuándo no traducir es una manera de boicotear el borrado cultural, de reconocer la particularidad de otras realidades. No traducir también tiene como objetivo una experiencia más fecunda para los lectores; les exigimos más a ellos, a la vez que confiamos en que ellos también pueden buscar y aprender. Si escribir es el amor llamándonos a las cosas de este mundo, por parafrasear al poeta Richard Wilbur, entonces la traducción es el amor llamándonos a las cosas del mundo ajeno. La traducción es empatía.

¿Transempatía? ¿Soy una transempática? Empiezo a temer que ninguna palabra pueda contener tantos significados.

Traducir es ser fielmente infiel. Quiero decir que la fidelidad a un texto puede requerir que traduzcamos el mensaje escrito por alguien, dejando sus palabras atrás. Por ejemplo, el título del primer capítulo de Arritmias de Angelina Muñiz-Huberman es "Despropósito", palabra que

la maestra emplea con su típica seriedad juguetona: Aquí no quiere decir "locura", la definición principal, sino un antiprólogo que define el antipropósito del libro. El título en inglés que inventamos juntas, "This is not a prologue" ("Esto no es un prólogo") juega con la obra surrealista de René Magritte, "Ceci n'est pas une pipe" y habla elocuentemente de la perfidia de las palabras. Sin embargo, no es una traducción precisa de la palabra despropósito. Llegamos a esta solución a través de un proceso que el escritor cubano Cabrera Infante y su traductora estadunidense Suzanne Jill Levine denominaron closelaboration, la elaboración de una traducción con la íntima complicidad de autor y traductor. Cuando los traductores nos desprendemos de la obsesión por lo literal de esta manera, hacemos lo que el maestro indio Purushottama Lal pretendía cuando acuñó el término transcreación: “El traductor debe redactar, reconciliar y transmutar... [S]u trabajo, en muchos sentidos, se convierte en gran medida en una cuestión de transcreación”.

Transcreación no es una nueva palabra, pero es bonita, ¿no? Lástima que los empresarios globales ya la hayan usado para describir la adaptación de los videojuegos y otros productos de entretenimiento. Con pesar, la dejamos atrás.

Nuestra búsqueda presente tiene amplios antecedentes, porque, como la misma Tierra, el lenguaje se somete a la erosión y la renovación constante. Las palabras mueren cuando las culturas que las emplean son aniquiladas y los lugares donde brotaron son arrasados por la guerra. Se las retira de los diccionarios para que se vuelvan portátiles y para servir a los prejuicios de los editores, cuyos gustos lingüísticos y exigencias económicas traicionan los objetivos de la poesía. Las palabras también nacen a una velocidad vertiginosa: Según el Global Language Monitor, "cada 90 minutos se crea una nueva palabra, aproximadamente 14.7 palabras al día o 5 mil 400 palabras al año". O sea, la inestabilidad tectónica es el alma del lenguaje. Las palabras influyen en nuestras perspectivas filosóficas, metafísicas y espirituales; pueden ayudarnos a ver lo que antes era invisible, cambiándolo todo. La ciencia toma neologismos prestados de la literatura tan encantadores como quark, adoptado en los años sesenta por el físico teórico Murray Gell-Mann de la novela Finnegans Wake de James Joyce, lo que demuestra la porosidad de las fronteras entre disciplinas. Inventamos nuevas palabras y aplicamos las ya viejas a nuevos usos. En el lenguaje, este fenómeno se llama desplazamiento lingüístico; en la biología, se llama evolución.

¿Soy una transevolucionista textual? ¿Una transfluccionista literaria? ¿Me estoy pasando de la raya?

La traducción es generativa, creativa, lúdica. Una diversión seria. Y su carácter lúdico es fundamental para el oficio. Cada texto que traduzco me regala nuevas técnicas, estéticas y palabras; desafía mis ideas fijas sobre la gramática y la sintaxis; me hace caminar sobre la cuerda floja en áreas grises entre el español y el inglés, a veces saltando en éxtasis al vacío, dando volteretas. El verbo del latín ludere, que se encuentra en el adjetivo lúdico, tal vez pueda ayudarnos. ¿Una transludicadora podría realizar una transludicación? No, el ámbito es demasiado limitado.

¿Translentación? No, recuerda demasiado a las legumbres.

En 2011, Tedi López Mills dio el título Traslaciones a su hermosa recopilación de poetas-traductores, palabra que describe cómo un poema se desliza de un idioma al otro. Es una palabra lírica que evoca imágenes no sólo del movimiento y la inestabilidad, sino también de las revoluciones y del paso de los cometas por el espacio. Cada traducción es una estrella fugaz, prendiendo fuego al cielo durante un instante luminoso, un mensaje del espacio exterior, la oportunidad de pedir un deseo. En latín, luceat quiere decir brillar.

Nuevas palabras están sonando en mi lengua: traslucir, trasluxión, traslucente. Ya estamos avanzando.

Si traducir es escribir y la traducción es un acto creativo, original, y generativo; si la traducción es un acto íntimo y amoroso; si la traducción es un proceso alquímico y transformativo; si rechazamos la idea de intraducibilidad y a la misma vez la aceptamos; si la traducción es un acto de paz, y si la traducción es una lente para ver y una luz para revelar, entonces, se resuelve: acuño el verbo traslucir y sus sustantivos asociados. ¡Que las trasluxiones y los traslucentes florezcan y prosperen! Que haya luz.





martes, 18 de junio de 2024

"Cada vez más distanciado del inglés y de la cultura que representa”

Como ampliación al artículo publicado ayer, una nota de la agencia EFE, luego reproducida por Infobae Cultura, el pasado 17 de junio, donde J. M. Coetzee vuelve a reflexionar sobre la traducción y explica sus deseos de borrar de sus textos toda marca que remita a la cultura inglesa. Según el texto de la bajada, "El Nobel sudafricano, que recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, reflexionó sobre las lenguas, las traducciones y se preguntó si “toda escritura tiene que pertenecer a algún lugar".

Coetzee se distancia de idioma inglés y de “la cultura que representa” por pertenecer a un “antiguo colonizador”

El escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2003, aseguró este lunes que, a pesar de haber creado toda su obra en inglés, se siente “cada vez más distanciado” de esa lengua y “de la cultura que representa”. Coetzee, que este lunes recibió el título de Doctor Honoris Causa por la española Universidad de Murcia (sureste), reflexionó sobre la posibilidad de que un libro y su traducción puedan ser equiparables, sin distinguir el original del traducido.

La Universidad de Murcia, con esta distinción, reconoce su brillante trayectoria y su contribución a las letras con una obra que trasciende los límites tradicionales de los géneros literarios, según defendió su padrino en la ceremonia, el profesor José Carlos Miralles Maldonado, catedrático de Filología Clásica, y se convierte en la primera universidad española que le otorga esa distinción.

Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) hizo una reflexión sobre el papel que juegan las lenguas en el desarrollo de la persona y destacó cómo en el continente africano “la lengua de la educación, los negocios y el gobierno es, por lo general, un idioma heredado de un antiguo colonizador, normalmente el inglés o el francés”, que difiere de la lengua materna. Él mismo experimentó esa realidad en su propia familia, donde en casa se hablaba el neerlandés y el alemán, que eran las lenguas maternas de sus abuelos, y el inglés “en el mercado”.

Aunque domina ese idioma, del que ha sido profesor y en el que ha escrito toda su obra literaria, aseguró que cada vez siente más que sus libros “no ‘pertenecen’ a la lengua inglesa ni a su cultura”, como tampoco pertenecen, por ejemplo, a la lengua ni a la cultura francesa las traducciones que de ellos se hacen al francés. “A medida que envejezco, me encuentro cada vez más distanciado del inglés y de la cultura que representa”, insistió, y se preguntó si es cierto que “toda escritura tiene que pertenecer a algún lugar”.

Para contestar a esa cuestión, el autor de En medio de ninguna parte, Desgracia o Elisabet Costello, entre otras, relató cómo hizo un experimento junto a la traductora que habitualmente lleva su obra al español, Mariana Dimópulos, cuando publicó su novela corta The Pole. Entre ambos, revisaron tanto el original como la traducción para tratar de borrar “todas las huellas de pensamiento específicamente inglés, de modo que al final no pudiéramos detectar cuál era el texto original y cuál la traducción”.

El experimento, aseguró, “fracasó”, puesto que el resto de traducciones se hicieron a partir de la obra en inglés y The Pole, como el resto de sus novelas, siempre se consideró escrita en esa lengua originalmente, pero Coetzee valoró que, a nivel conceptual, ese experimento dio lugar a reflexionar sobre si es posible que la traducción de un libro pueda llegar a ser mejor que la obra original.

viernes, 24 de mayo de 2024

"Suspirar y volver a la traducción"

En la actualidad estoy terminando de traducir un texto autobiográfico del escritor galés Richard Gwyn, que próximamente publicarán Bajo la luna, en Argentina, y LOM, en Chile. Está lleno de citas, muchas de las cuales se refieren a textos originariamente escritos en castellano que Gwyn cita por su traducción inglesa. En algunas casos, es propia y, en otros, corresponden a otros traductores. Así, en el afán de citar por el original y no por una versión, me veo obligado a buscar en un sinnúmero de libros, lo que no es nada sencillo. 

Encuentro la mayoría de las citas, pero algunas resultan verdaderamente difíciles. Consulto con Richard y, cuando dispone de los originales, me envía los párrafos en cuestión. Pero, en alguna oportunidad, no hay original y tengo que arreglármelas por mi cuenta. Es el caso de Canción de tumba, un texto desgarrador del poeta, narrador y ensayista mexicano Julián Herbert, a quien, por casualidad, conocí en Avispero, un festival de poesía organizado por Pedro Serrano en Chilpancingo, en el estado mexicano de Guerrero.

Le escribo a Julián y le planteo mi problema, copiándole el párrafo en inglés:

"I spent my childhood traveling from city to city, whorehouse to whorehouse, following the itinerancy imposed on the family by my mother’s profession."

Pasan los días y no tengo respuesta. El libro en castellano fue publicado en México en 2011 y la mayoría de mis amigos allí comenta haberlo leído, pero nadie parece tenerlo para buscar esa cita. Opto entonces por traducirlo y dejarlo en barbecho, a la espera de que, en algún momento, pueda reemplazar eso por el texto original. La traducción a la que llego es ésta:

"Pasé mi infancia viajando de ciudad en ciudad, de prostíbulo en prostíbulo, siguiendo la itinerancia impuesta a la familia por la profesión de mi madre."

O sea, mal que mal, mi texto dice lo mismo que el texto en inglés, pero no me siento satisfecho de la solución. Sospecho que Julián está diciendo algo distinto. 

Finalmente, casi un mes después de mi mail, Julián me escribe, se disculpa por la demora en responder, señalándome que casi no usa el mail al que le envié mi consulta y recupera de su libro el párrafo original en cuestión. Es éste:

"Pasé mi infancia viajando de ciudad en ciudad mexicana, de putero en putero, siguiendo las condiciones nómadas que le imponía a nuestra familia la profesión de mi mamá."

Como se lee, hay diferencias. En primer lugar, el traductor al inglés omitió el gentilicio, usó una palabra neutra ("whorehouse", o sea, "prostíbulo") en lugar de una de uso más familiar ("putero"), habló de "itinerancia" donde Julián se refiere al nomadismo y tradujo "mother" ("madre") en lugar del mucho más familiar "mamá" del original.

En síntesis, el texto dice lo mismo, pero no es lo mismo. Le falta cierta temperatura emocional ausente en la mera referencialidad. Y ahí es donde recuerdo las palabras de Arnaldo Calveyra, en una entrevista que le realicé hace muchísimos años. Le pregunté por qué, al cabo de toda una vida en Francia, por qué no había intentado escribir en francés. Sus respuesta fue ejemplar: "Porque ignoro la temperatura de las palabras". Y esto, a mi gusto, pone en duda buena parte del trabajo de traducción.

Las razones son varias. Si dejamos de lado la perspectiva alimenticio (la firma de un contrato, la entrega en un cierto plazo, la revisión por extraños, la corrección de estilo) e imaginamos condiciones ideales (tiempo ilimitado, posibilidad de autorrevisión luego de dejar enfriar el texto, etc.), todavía queda una barrera bastante infranqueable que tiene que ver, precisamente, con la temperatura en que ocurren las palabras. Porque la referencialidad, en líneas generales, puede sobrevivir, pero no así la actitud en que se dicen las cosas.

Esto que acabo de enunciar se pierde casi por completo cuando hablamos de traducciones indirectas, esos engendros típicos de la primera mitad del siglo XX en que, por caso, Dostoievsky llegaba a los lectores de lengua castellana a través de traducciones españolas del inglés o del francés. Esa práctica, confrontada con las traducciones directas demuestra de manera palmaria que esos textos eran meras "noticias" de un original y no los textos de un autor determinado: se perdían los rasgos estilísticos, se inducían errores, se olvidaba el tono. Hace unos años, de hecho, Alejandro González, en una de los encuentros del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires (el del 26 de noviembre de 2014, incluido en este blog), demostró que Dostoievksy, a quien estaba retraduciendo sistemáticamente, no sólo tenía un humor que ingleses y franceses anularon, con el consiguiente rebote en España, sino también un estilo que no había sido respetado. 

Al cabo de todas estas reflexiones, me quedé pensando en cuánto de lo que yo mismo traduje a nuestra lengua habría perdido esa temperatura de la que hablo más arriba. Y como no quise seguir metiendo el dedo en la llaga, me limité a suspirar y volver a mi traducción.

Jorge Fondebrider

martes, 14 de mayo de 2024

John Berger y su idea de la traducción

En numerosas ocasiones, el escritor britànico John Berger (1926-2017) se ha referido a su idea de lo que es una traducción. Pero acaso nunca fue tan explícito como en el siguiente fragmento, incluido en uno de los ensayos de Confabulaciones, texto traducido por Marcos Mayer y publicado por la editorial Interzona hace algunos años.

"La verdadera traducción exige un regreso a lo pre-verbal"

He escrito durante casi ochenta años. Primero fueron cartas, luego poemas y discursos, más adelante escribí cuentos, artículos y libros, ahora escribo notas.

La actividad de escribir ha resultado vital para mí, me ayuda a entender las cosas y a poder seguir. Sin embargo, la escritura es apenas una parte de algo más profundo y más amplio: nuestra relación con el lenguaje en tanto tal. Y el tema de estas pocas notas es el lenguaje.

Comencemos analizando la actividad de traducir de una lengua a otra. La mayoría de las traducciones actuales son técnicas, mientras que en realidad me estoy refiriendo a la traducción literaria. La traducción de esos textos que se ocupan de la experiencia humana individual.

La perspectiva habitual es que la traducción implica estudiar las palabras en una página y en un idioma y luego volcarlas a otro idioma en una nueva página. Esto implica una traducción palabra a palabra, luego una adaptación destinada a respetar e incorporar la tradición lingüística y las reglas del segundo lenguaje y, finalmente, una nueva revisión para recrear el equivalente de la “voz” del texto original. Son muchas, tal vez la mayoría de las traducciones las que siguen este procedimiento y los resultados son válidos, pero terminan por resultar mediocres.

¿Por qué? Porque la verdadera traducción no es un asunto binario entre dos lenguas sino un triángulo amoroso. El tercer lado de ese triángulo es el que subyace debajo de las palabras del texto original antes de que hayan sido escritas. La verdadera traducción exige un regreso a lo pre-verbal.

Leemos y releemos las palabras del texto original para poder penetrar a través de ellas, para alcanzar, para tocar de cerca la visión o la experiencia a la que apuntan. Entonces recogemos lo que hemos encontrado allí, tomamos esa “cosa” temblorosa y casi carente de palabras y la colocamos detrás del idioma al que necesita ser traducida. Y ahora la tarea fundamental es lograr convencer a la lengua anfitriona de que se apodere y reciba bien a la “cosa” que espera para ser articulada.

Esta práctica nos recuerda que la lengua no puede reducirse a un diccionario ni a una reserva de palabras y de frases. Ni puede limitarse a ser un almacén de las palabras que se escriben en ella.

Un idioma hablado es una criatura viviente, con un cuerpo, cuya fisonomía es verbal y cuyas funciones viscerales son lingüísticas. Y el territorio de esta criatura es tanto lo inarticulado como lo articulado.

Consideremos la expresión “lengua materna”. En Rusia se le dice Rodnoi-yazik, que significa la lengua más querida o más cercana. Si así lo quisiéramos, podríamos también hablar de una lengua amada.

La lengua materna es nuestra primera lengua, aquella que primero escuchamos de la boca de nuestras madres siendo niños. He aquí el sentido íntimo de la expresión.

Lo menciono ahora porque la criatura del lenguaje, que estoy intentando describir, es indudablemente femenina. Me imagino que su centro es como un útero parlante.

Dentro de nuestra lengua materna están todas las lenguas maternas. O, para decirlo de otro modo: cada lengua materna es universal.

Noam Chomsky ha demostrado brillantemente que todos los lenguajes –no solo los verbales– tienen ciertas estructuras y procedimientos en común. Y así una lengua materna está relacionada (¿armoniza con?) los lenguajes no verbales –como el lenguaje de los signos, de las actitudes o de las formas en que se ocupa el espacio.

Cuando dibujo, trato de desenredar y transcribir un texto de apariencias que ya tiene, lo sé, su lugar indescriptible pero efectivamente presente en mi lengua materna.

Palabras, expresiones, frases, pueden ser separadas de la criatura de su lenguaje y usadas como meras etiquetas. Entonces se vuelven inertes y vacías.

El uso reiterado de lugares comunes y siglas es apenas un ejemplo. La mayoría de los discursos políticos de hoy están compuestos de palabras que, separadas de cualquier criatura de lenguaje, resultan inertes y moribundas. Y estas palabras huecas y pretenciosas barren con la memoria y alimentan una complacencia que prescinde de toda empatía con los demás.

Lo que me ha llevado a escribir por tantos años es la sensación de que hay algo que necesita ser contado y que, si yo no la cuento, se corre el riesgo de que quede sin contar. No me veo tanto como un escritor profesional permanente sino más bien como alguien que se ocupa de algo temporario.

Luego de escribir unas pocas líneas dejo que las palabras se deslicen dentro de la criatura de su lenguaje. Y allí son reconocidas y bienvenidas por un anfitrión hecho de otras palabras, con el cual mantienen una afinidad de sentido, de oposición, de metáfora, de aliteración o de ritmo. Escucho sus confabulaciones. Se unen para discutir el uso que le doy a las palabras que uso. Cuestionan el rol que les adjudico.

Así que modifico las líneas, cambio una o dos palabras y vuelvo a presentarlas. Entonces se inicia una nueva confabulación.

Y así sigue todo hasta que se oye un leve murmullo y una aceptación, que es siempre provisoria. Entonces continúo con el párrafo siguiente.

Y comienza una nueva confabulación…

Los demás pueden ubicarme donde quieran como escritor. Para mí soy el hijo de una puta. Pueden imaginarse quién es esa puta ¿no es así?

lunes, 13 de mayo de 2024

La traducción y los Premios Konex

En los últimos días, los diarios y los sitios webs se han ocupado de repetir la lista de las 100 personalidades distinguidas de la última década relacionadas con el mundo de las Letras argentinas. 

Dicho con más propiedad, los jurados seleccionados por la Fundación Konex han realizado la tarea de establecer una lista de nombres que, en septiembre, van a tener que pasar a recoger un diploma (los Premios Konex no involucran dinero, sólo "honor", eso con lo que no se pagan las cuentas). Luego, en una instancia posterior, se va a elegir un "ganador" de cada una de las veinte categorías formuladas.

La ausencia de un premio que exceda lo simbólico nos lleva a un primer problema, porque Luis Ovsejevich, quien preside la Fundación Konex, repite una y otra vez que, si bien no hay plata, los premios de su institución ofrecen el reconocimiento de los pares. 

A la traducción le tocó ser la categoría 19, y los elegidos fueron, en riguroso orden alfabético, Jorge Aulicino, Jorge Fondebrider, Silvio Mattoni, Guillermo Piro y Laura Wittner. Curiosamente, en la lista de jurados, salvo los casos de Teresa Arijón y María Rosa Lojo, los traductores brillan por su ausencia. O sea, no hay pares. 

Casi todos los nombrados, además de ser traductores, son también escritores. Algunos han escrito novelas y otros ensayos. Todos son poetas. A este respecto, probablemente, Jorge Aulicino es no sólo uno de los más destacados, sino también de los más influyentes. Premio Nacional de poesía en 2015, sus méritos podrían haberlo ubicado en la lista de poesía, donde se destacan otros nombres que, por trayectoria, acaso resultan menos relevantes. Por alguna razón, quedó en la de traductores. Mérito tiene: bastaría considerar su traducción de la Divina Comedia, y sus versiones de Montale, Pavese, Pasolini y un número importantísimo de poetas italianos. Pero sería interesante contar con una justificación de por qué está en una lista y no en la otra. Así las cosas, parecería que su labor como traductor es más importante que su labor como poeta. Si eso hubieran juzgado los jurados, debería explicitarse.

Entonces, ¿en qué radica la elección de los nombrados? Pongo otro ejemplo que me parece pertinente: Inés Garland. Forma parte del grupo de escritores-traductores. Su tarea es increíblemente relevante ya que, en la última década, tradujo a destajo un número muy importante de obras del inglés. Sin embargo, se eligió ubicarla en el grupo de escritores de literatura infanto-juvenil. En esa categoría, ganó premios internacionales, pero, ¿acaso eso implica que su tarea como traductora es menos relevante? Dicho de otro modo, como Aulicino (como los otros nombres de la lista de traductores seleccionados), Garland podría haber estado en dos listas a la vez. Pero eso, aparentemente, habría arruinado el número de 100 nombres, al que se llega por suma. Lo que nos lleva otro problema. 

Como todo el mundo sabe, hay traductores que además son escritores y otros que simplemente traducen. El mérito de unos y otros es el mismo, sólo que los primeros tienen la posibilidad de una mayor visibilidad en razón de su otra actividad. A la hora de juzgar, muchas veces los primeros que aparecen son los que se asocian más rápidamente con la literatura. Pero esa visibilidad no siempre tiene que ver con el mérito. 

Luego, la categoría "ensayo" tiene, en el Premio Konex, tres subcategorías: ensayo literario, ensayo filosófico y ensayo sobre las artes. Hay traductores que se han especializado en esas subcategorías y que han producido versiones extraordinarias. Sin embargo, la mayoría de los traductores elegidos se destaca fundamentalmente por su trabajo sobre textos literarios. Pienso, por ejemplo, en Víctor Goldstein, traductor-traductor del francés, tanto de ficción y poesía como de ensayo, quien desde hace décadas viene desarrollando una tarea extraordinaria que pocos conocen como se debiera. Pienso también, en Griselda Mársico, en Martina Fernández Polcuch, en Mariana Dimópulos, grandes traductoras del alemán.

Pero si nos quedáramos en la traducción de literatura, no resulta claro por qué no se han considerado nombres tan relevantes como los de Alejandro González, traductor-traductor del ruso, premiado internacionalmente por haber devuelto a varios autores de esa lengua el estilo que le había sido arrebatado por las traducciones indirectas. O Marcelo Zabaloy, responsable de las traducciones de Ulises y Finnegan's Wake, de James Joyce. O Jan de Jager, quien pasó varfios años consagrado a la traducción de los Cantos de Ezra Pound. O Andrés Ehrenhaus quien tuvo la responsabilidad de traducir toda la poesía de Shakespeare. O Miguel Montesanti, autor de sendas antologías de poesía del Renaciniento inglés y de baladas anglo-escocesas. Y entre los más jóvenes, un increíblemente activo Matías Battistón, traductor del francés y del inglés, a quien, entre otras muchas cosas, le debemos la obra de Samuel Beckett y Édouard Levé. Son apenas ejemplos de una lista que podría ser muchísimo más larga y que, según entiendo, no fue considerada por los jurados del Premio Konex. 

Borges solía decir que no por recibir un premio un escritor tenía que ser forzosamente malo. Lo mismo puede decirse de los traductores. Pero convengamos que para otorgarles premios convendría afinar la sintonía y justificar las elecciones. Entiendo, que en esta oportunidad, no es el caso.

Jorge Fondebrider


miércoles, 6 de marzo de 2024

¿Una reflexión nacionalista?

Anna Guitart
(Barcelona, 1976) es una guionista y periodista cultural catalana, que, desde hace varios años, es presentadora de libros en la televisión de su país. La siguiente es una columna que escribió para el diario catalán ARA, publicada el pasado 20 de febrero.

La traductora que se quejaba de la lengua de los demás

Hace un par de semanas se hizo viral un vídeo que todavía me aparece en las redes. No sé si lo ha visto: es la actuación de un cómic alemán, llamado Shahak Shapira (foto), en Barcelona. Habla con una chica del público, en inglés. El vídeo comienza cuando él le pregunta si ahora ella vive en la Ciudad Condal, y la respuesta es "Sí, desgraciadamente". Shapira le pide que se cuente, y ella se queja de que la gente sólo habla catalán. Él se sorprende, le pregunta dónde vive. "En el interior de Cataluña". El humorista es rápido: "Me parece que el problema lo tienes tú. No puedes llegar a un sitio y preguntar «¿Y ​​cómo es que hablais la lengua que se supone que se habla aquí?»" La gente se ríe. Shapira todavía quiere saber a qué se dedica. "Soy traductora". El humorista tiene los ojos fuera de las órbitas. Hace algún taco, y le dice: "¿Eres traductora y te quejas de que la gente hable catalán? El único motivo por el que tienes trabajo es que ellos no hablan inglés!"

Cuando vi el vídeo, aparte de darme cuenta de que estaba aplaudiendo a Shapira por decir algo de absoluto sentido común –que, en su casa, la gente habla la lengua de su casa–, pensé que nunca encargaría un trabajo a esa traductora. Porque el humorista tiene razón, debería ser consciente de que si ella tiene trabajo es porque hay gente que no habla inglés, pero para mí hay algo que va más allá de eso, que me parece aún más importante. Ser traductor significa trabajar con la lengua. Por tanto, entiendo que debes estudiarla, debes conocerla bien, debe interesarte; te debe seducir, incluso, y tienes que divertirte. Yo no soy traductora, y quizás me equivoco, pero siempre he pensado que, para serlo, es necesario tener una relación especial con la lengua (con las lenguas). Una cierta sensibilidad, un respeto, un saber percibir las sonoridades; es algo quizás intangible, porque me cuesta explicarlo, pero que para mí es indisociable del trabajo de los traductores. Especialmente de los traductores literarios, claro, pero me atrevería a decir que es una predisposición, un cariño, un acercamiento cuidadoso y lleno de curiosidad, que hace mejor el trabajo en todos los campos de la traducción. Porque, en una traducción, no sólo hay palabras. Esta idea la retengo de una frase del discurso que hizo la traductora Dolores Udina cuando recibió hace pocos meses el Premio Nacional de Cultura. Algo abreviada, es ésta: "La realidad es que, quien traduce, no traduce sólo palabras, sino toda una cultura". ¿Y cómo se hace esto si no tienes cariño por la lengua? Por la tuya, o por la de los demás.Orlando, de Virginia Woolf (Viena). Sin embargo, la forma en que habló de lo que representa Orlando, del canto a la libertad que supone, me recordó la frase de Udina. Pera Cucurell condensaba en sus explicaciones toda esa cultura que los buenos traductores saben percibir, capturar, reescribir y transmitirnos. Los buenos traductores, aquellos que, para empezar, no se dedican a menospreciar la lengua de los demás.