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lunes, 27 de abril de 2015

El traductor es un autor

Natalia Blanc publicó la siguiente nota en el diario La Nación de Buenos Aires, el 22 de abril pasado. En ella repasa una serie de cuestiones que hacen al oficio y plantea un estado de situación.

El traductor, ese escritor que recrea universos ajenos

Una  forma de escritura. Una interpretación de cierta manera de pensar el mundo. El arte de la "transmigración verbal", según Nabokov. Son definiciones posibles de la traducción, ese ejercicio literario que propicia el acceso a obras escritas en otras lenguas y que, sin embargo, ocupa un lugar poco visible para la mayoría de los lectores. Alrededor de estas cuestiones, y también de la ley de protección de los derechos del traductor como autor, que espera tratamiento en el Congreso, gira la muestra Casi lo Mismo, inaugurada el jueves pasado en el Museo del Libro y de la Lengua. Sobre el proyecto de ley también se hablará en las II Jornadas de Traducción en el ámbito editorial, organizadas por la Asociación Argentina de Traductores e Intérpretes, que se realizan hoy y mañana en la Feria del Libro.

"La traducción no es lo mismo, ni siquiera de otra manera. Es casi lo mismo", sostienen los organizadores de esta exposición, que tiene tres ejes: una exhibición de libros clásicos de géneros variados, textos comparados, videos y juegos interactivos; un archivo digital con testimonios de traductores y escritores; charlas, proyecciones y espectáculos. Abierta hasta el 26 de julio, los jueves, a las 18, tendrá lugar el ciclo "Pequeño escenario de lecturas". El 11 de junio Cristina Banegas interpretará Molly, su versión del monólogo de Molly Bloom del último capítulo de Ulises, de Joyce.

"Soy traductor. Profesional. Esto quiere decir que traduzco varias páginas la mayor parte de los días de mi vida y que, como todo lo que uno hace habitualmente por necesidad o elección, traducir se me ha vuelto un hábito, incluso una dependencia que no se alivia escribiendo, por más que me considere escritor", dice Marcelo Cohen en el inicio de "Música prosaica", uno de los cuatro ensayos sobre la traducción que integran el libro homónimo publicado en 2014 por Entropía. En esos textos, Cohen cuenta las dificultades que tuvo como traductor al español para lectores de España. "Yo era un extranjero en una lengua madre que no era mi lengua materna", recuerda el autor.

Cada lengua tiene sus características y dificultades. Pero el arte de la traducción literaria abarca mucho más que palabras. Para Jorge Fondebrider, "lo que se traduce son también idiosincrasias, maneras de percibir el mundo, de pensarlo. Y, dado que cada texto reclama para sí un determinado modo de escritura, a veces se reescribe, a veces se transcribe, a veces se interpreta. No existe un único modo de encarar el trabajo". Fondebrider tradujo durante un tiempo sólo poesía del francés y del inglés. "Madame Bovary fue una excepción y una de las experiencias más ricas que tuve como traductor. Es un libro en prosa escrito con el mismo rigor que la poesía. Ahora voy a seguir con los Tres cuentos, de Flaubert."

Alberto Silva, traductor de Diarios de viaje, de Matsuo Basho, y director del espacio Zen Buenos Aires, considera que la traducción es una forma de escritura. "Es una reescritura que se beneficia de la riqueza de dos archivos lingüísticos, a los que debe la lealtad de la exactitud. La traducción imagina un tercer término, un puente que une dos orillas incomunicadas. Para conseguirlo, «construye» una lengua capaz de ser aceptada en ambas orillas." Pero más allá de ideogramas o sentidos, para Silva es requisito fundamental conocer a fondo la cultura que se aborda. "El traductor respetuoso y acertado hace suya la consigna del antropólogo: «con un ojo mirar su terreno, con el otro mirarse al espejo». Tan difícil menester lleva tiempo e investigación sobre «el contexto del texto». Así procedí con El libro del Haiku, de Bajo la Luna."

En el marco de las jornadas profesionales de la Feria del Libro, habrá un encuentro con editores, escritores e ilustradores para abordar, entre otros temas, la búsqueda de una mayor visibilidad del traductor en el mundo editorial. Participará, entre otros, Gabriela Stöckli, directora de la Casa de Traductores Looren en Suiza, que tiene un programa especial para América latina. También estará el alemán Kristof Magnusson (traductor del islandés), que presentará el viernes en la Feria Novela médica, en diálogo con Ariel Magnus.

LAS HUELLAS DEL ESTILO
Cortázar, Piglia, Borges, Arlt y Aira son los escritores argentinos más traducidos en los últimos años, según datos del Programa Sur. Este proyecto del Ministerio de Relaciones Exteriores otorga subsidios (de hasta US$ 3200) a editores extranjeros. Desde 2009, fueron seleccionados más de 800 títulos para ser traducidos a 38 idiomas.

"El traductor es un autor. Eso lo reconoce tanto la actual ley 11.723 de propiedad intelectual como el proyecto de ley que está en la Cámara de Diputados desde septiembre de 2013. Si no se trata antes de septiembre, pierde estado parlamentario", explicó Griselda Mársico, integrante del Seminario Permanente de Estudios de Traducción del Instituto de Enseñanza Superior en Lenguas Vivas Juan Ramón Fernández.

Fondebrider, director del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, donde se debaten y comparten cuestiones vinculadas con el oficio, cree que "a pesar de que la Argentina es un país construido sobre traducciones, la sociedad parece no percatarse de nuestra silenciosa labor". Se refiere a, entre otros problemas, que en muchos casos en los libros no se consignan los nombres de los traductores. "Las editoriales, en líneas generales, pagan mal y discuten con los traductores. Los periodistas tampoco ayudan: hablan de una traducción sólo cuando parece francamente mala, sin considerar que a veces el original es malo. Todo esto es posible porque se trata de una profesión solitaria, de gente que, con tal de no perder el trabajo, acepta lo inaceptable."

El Club de Traductores organiza todos los meses encuentros en el Centro Cultural de España en Buenos Aires. Del próximo, que se realizará el martes 21, participan la alemana Kristin Lohman y la italiana Ilide Carmignani, que tradujo a Borges, Cortázar y Fogwill, entre otros autores.

"Si hablamos de traducción literaria, no diría que es una tarea, sino un arte. Nabokov definía poéticamente la traducción como una «transmigración verbal»: es el espíritu del texto lo que debe traducirse, no la forma", asegura Mónica Maffia, especialista en la obra de Shakespeare y Marlowe. "Son autores que me resultan atrapantes y difíciles, claro. Representan un hermoso desafío, no sólo por la riqueza del lenguaje, la profundidad de pensamiento, la estructura de las obras, la construcción de los personajes, sino por esta cuestión casi lúdica de tener que resolver problemas. Hay compuestos adjetivales siempre diferentes que caracterizan el lenguaje shakespeareano. Además, lo que Shakespeare plantea en cuatro o cinco sílabas, en castellano requiere toda una explicación y al hacerlo se pierde el timing del escenario. O sea que presenta un interesante desafío. Hay algo sagrado en este ejercicio que implica una gran cuota de amor por el trabajo que se está encarando."

El lugar del traductor en el texto, si debe aparecer alguna marca de su voz y su estilo, es una cuestión que suelen debatir quienes ejercen el oficio. La figura de Borges aparece una y otra vez alrededor de este asunto. "No siempre es así, pero a veces el traductor deja una impronta muy fuerte (Borges), o alcanza una perfección inusitada (Bianco). Por caso, el Faulkner de Borges –Las palmeras salvajes– rebotó con tanta fuerza que posibilitó a García Márquez, a Vargas Llosa, a Onetti y a Saer, entre otros", opina Fondebrider.

Tiempo atrás, en un seminario que dictó en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, Ricardo Piglia analizó la traducción de Borges de Las palmeras salvajes y remarcó el esfuerzo de Borges por cambiar el estilo barroco de Faulkner. "Borges lo controla cambiándole la puntuación. Ahí se ve algo que en las traducciones habitualmente no se percibe: la tensión entre la escritura del traductor y la escritura del original", dijo Piglia, quien en el libro Respiración artificial se permite bromear con el tema de las influencias cuando define a Juan Carlos Onetti como un "Faulkner traducido por Borges".



martes, 20 de julio de 2010

En la reunión de julio, Ricardo Piglia habla de tradición y traducción en la literatura argentina


Ayer, lunes 19, una nutrida concurrencia desafió la lluvia y el frío para venir a oír al narrador y ensayista argentino Ricardo Piglia (fotos: Guido BonFiglio), quien, en la segunda reunión del mes del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, defendió el papel del traductor y su importancia en el seno de una literatura nacional. Quienes deseen enterarse en tiempo real de lo que se dijo, así como conocer las preguntas del púbico, no tienen más que dirigirse a http://www.ustream.tv/recorded/8385683


Ricardo Piglia (1941) es narrador y crítico literario Ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad de Princeton, en la Universidad de California en Davis. También dirigió la revista Literatura y Sociedad. En 1995 elaboró el texto de una ópera, con música de Gerardo Gandini, basada en su novela La ciudad ausente (1992). En 1997, recibió el Premio Planeta por su novela Plata quemada. Además de ésa, ha publicado las novelas Respiración artificial (1980), Prisión perpetua (nouvelles, 1988) y La ciudad ausente (1992). Como autor de relatos publicó, entre otros, La invasión (1967) y Nombre falso (1975).  Sus ensayos son Crítica y ficción (1986), La Argentina en pedazos (1993) y Formas breves (1999). Realizó los guiones de, entre otros filmes, El astillero, La sonámbula, recuerdos del futuro y Comodines. 

lunes, 3 de mayo de 2010

Piglia y la traducción

Jorge Aulicino, siempre atento a las necesidades de este blog, envía la entrada correspondiente a la presentación del escritor argentino Ricardo Piglia en la presente edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, publicada en la versión digital de El Diario de la Feria (El blog de la revista Ñ para la Feria del Libro) del 2 de mayo de este año, donde el autor de Respiración artificial, entre otros temas, habla de la traducción.

“Los perdedores siempre tienen razón”

Cada vez que Ricardo Piglia decide contrariado acudir a la Feria del Libro de Buenos Aires, logra imprimir su sello y -además de elevar la discusión- propone un debate posible y una vía de escape en medio de la parafernalia publicitaria que adorna por estos días a la Rural. En 2008 fue el encargado de inaugurar la Feria con una reivindicación militante de la poesía. El año pasado evocó a Roberto Arlt durante la presentación de El paisaje en las nubes, una selección de artículos del autor de Los siete locos. Ayer, auspiciado por Ñ y Clarín, Piglia intentó explicar “o empezar a conversar”, tal como dijo, “La tradición de la literatura argentina”. Durante la hora que duró su exposición frente a poco menos de 500 espectadores, se colaron definiciones íntimas del autor de Respiración artificial sobre literatura, política, el futuro del libro e incluso sobre fútbol.

Piglia eligió empezar a reconstruir la tradición literaria argentina a partir de las traducciones. Para eso, en varias oportunidades, recurrió a imágenes cargadas de literatura. Allí aparecieron entonces Mariano Moreno, Lucio V. Mansilla, Rosas. “Un país como el nuestro ha necesitado la traducción. Podríamos discutir a la traducción como un modo de democratizar el acceso a la literatura. Las traducciones fijan el estado de la lengua. Por eso se vuelven a traducir textos clásicos. Las traducciones de Enrique Pezzoni y Wilcock eran en un castellano indeciso, de ninguna parte. Hoy sufrimos las traducciones españolas”, largó Piglia en los primeros minutos de la presentación. Para el autor de El último lector y Crítica y ficción, las traducciones conformaron una estrategia de divulgación de ideas políticas. “Todas las revoluciones las hicieron los hijos de los libros. Las revoluciones las hicieron lectores, que intervinieron en las prácticas políticas. Las relaciones que se pueden establecer entre las traducciones y la función política podríamos imaginar el anunciado declive del libro. No soy futurólogo, pero quizás el declive del libro podría estar ligado a los declives de ciertas prácticas políticas”, señaló -con más sutileza que precisión- antes de recordar que “las revoluciones siempre fracasan” y que el resultado de la revolución francesa fue Napoleón, así como Rosas de la de Mayo y Stalin de la rusa.

Otra imagen de ficción que Piglia barajó en su disertación fue imaginar qué pasaría si se llevaran las discusiones actuales a la víspera de mayo de 1810. “Yo creo no habrían hecho la revolución. Habrían dicho que hay que consensuar. Los que piden conversar son los que tienen el poder, los que pueden manejar el diálogo”, señaló.

El público festejó cada ocurrencia de un Piglia verborrágico que intercalaba opiniones políticas con estéticas, si es que allí habita alguna fractura posible. Luego de leer la proclama de San Martín al Ejército de los Andes recalcó la apropiación del lenguaje popular que el libertador hace para apelar a ese mundo y construir “un nosotros”. “Un escritor escribe por y para los lectores y por y para los analfabetos, por los que no pueden leerlo”, insistió a la hora de recordar la importancia de los libros que acompañan los cambios en los usos del lenguaje, como El Martín Fierro u Operación Masacre. “Ese tipo de libros son acontecimientos más que documentos, porque nos enseñan sobre todas las épocas. Son los que fundan tradiciones, más allá de las discusiones por el canon”, dijo Piglia, quien a través de su obra crítica construyó gran parte del canon de la literatura nacional.

Ese gran corpus que nació con El matadero y en el que “los perdedores siempre tienen razón”, tenía para Piglia una funcionalidad al servicio del Estado, que ya no está vigente. “Nosotros, los escritores de mi generación –Saer, Briante y Di Paola– empezamos a correr a la literatura del discurso estatal. Sería horrible que hoy se eligiera a un escritor para escribir el gran libro del bicentenario. Hoy la literatura tiene que ver más con una construcción alternativa. La literatura ha perdido su vigencia en la construcción de ciertos sentidos, que ahora lo ocupan los medios. Por eso los debates son muy agudos y muy intensos, más allá de los intereses”, señaló a la hora de marcar cómo una nueva lectura de Arlt permitió ese corrimiento.

Para Piglia la tradición finalmente colabora en la discusión sobre la construcción de una memoria colectiva y en la casi siempre arbitraria y aleatoria política de archivo. “Lo que tratado de empezar a conversar es la construcción de tradiciones y el modo en que la literatura argentina es como una especie de río donde los escritores navegamos como podemos. Lo cierto es que ni estamos navegando ni yo me paso leyendo a Cambaceres. Leo a Joyce. Uno lee de otra manera, en un contexto distinto, usa y lee los textos de otra manera. Eso es lo único que tenemos”, terminó para que el público lo despidiera con un aplauso cargado de admiración hasta su próxima intervención.

La imagen y el audio de la charla pueden consultarse en
http://blogs.clarin.com/diariodelaferia/2010/05/02/ricardo-piglia-los-perdedores-siempre-tienen-razon/