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viernes, 6 de diciembre de 2024

El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires celebra el centenario del poeta y traductor José Luis Mangieri


Es el viernes que viene, en la librería El Jaúl, donde varios invitados van a recordar al factotum de La Rosa Blindada, Ediciones Caldén y Libros de Tierra Firme, de manera informal y amena, a partir de las 19 hs. La entrada es libre y gratuita. Los esperamos.

lunes, 2 de noviembre de 2020

En recuerdo del querido José Luis Mangieri


Ricardo Piglia escribió alguna vez que el poeta y editor José Luis Mangieri (de quien ayer se cumplieron doce años de su muerte) fue algo así como el nexo entre generaciones de artistas e intelectuales argentinos, la argamasa que fijó un momento sustantivo de nuestra cultura.

Considerando el cariño y la admiración que concitaron su vida y su trabajo (sin hablar de la envidia malsana de individuos como Daniel Divinsky, que en su momento protagonizó un escándalo por el que fue repudiado*), vale la pena recordarlo en esta entrevista que le hizo la escritora y periodista María Esther Vázquez, en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 17 de marzo de 1996.

Para más datos, en este mismo blog se puede ver la grabación del homenaje que el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, le realizó el 23 de noviembre de 2018, conmemorando los diez años de su fallecimiento, con la presencia de Juan "Tata" Cedrón y Miguel Praino (del Cuarteto Cedrón), Beatriz Sarlo, Diana Maffía, Teresa Anchorena, Jorge Aulicino, Fabián Casas, Washington Cucurto, Ana Mazía, Alberto Díaz, Maco Somigliana y Andrea Mangieri.

(https://www.youtube.com/watch?v=mbDuVIuASEM)


Un héroe cotidiano

José Luis Mangieri es un hombre franco, sencillo, dueño del estilo bondadoso de ciertos porteños no petulantes que lo hace querible; hablar con él es sentirlo un amigo de siempre. Mangieri ha dedicado los últimos treinta y cinco años a editar poesía y este hecho insólito lo convierte casi en un héroe civil.

–Eso de héroecivil es exagerado; la verdad es que me dediqué a publicar poesía de los otros un poco por impotencia creativa personal en el género. En general, los editores de poesía somos poetas frustrados. En 1962 yo formaba parte de un grupo de poetas jóvenes (siempre hay poetas jóvenes) que decidimos editar La rosa blindada, de Raúl González Tuñón, y luego nació la editorial que llevó ese nombre como una forma de homenaje al poeta.

–Empezaste con otras personas, pero después seguiste solo con la editorial.

–Sí, me ayudó un poco Gelman, de quien editamos toda la obra; Javier Villafañe, y un montón de gente pero, la verdad, trabajo solo. Por razones obvias, dejamos de salir en 1976, y después retomé con Libros de Tierra Firme. La Rosa Blindada fue una utopía.

–En los años sesenta estaba de moda.

–Sí. En cambio Libros de Tierra Firme me pareció un título más concreto; se inició con Todos bailan, también un título de Raúl. Ya tenemos más de doscientos libros. 

–¿Y cuántos habías sacado en La Rosa Blindada?

–Más o menos unos trescientos, así que, en total, serán entre quinientos y seiscientos.

–¿Solventás todos los gastos de esos libros?

–Algunos los paga directamente la editorial.

–Me imagino que son los que te gusan mucho, como los de Gelman, de quien publicaste toda la obra. Gelman te ha sido bastante fiel.

–Sí, tan fiel que, cuando Planeta quiso editarlo, me vino a pedir permiso y yo casi lo mato. Le expliqué que él ya necesitaba una editorial más importante.

–No seas tan modesto. Gelman fue conocido gracias a tus publicaciones. ¿Cómo hacen los autores cuando la editorial no les paga los libros?

–Algunos sacan créditos en el Fondo Nacional de las Artes. Y hay que destacar la labor de esta institución; sin ella, muchos jóvenes no habrían podido publicar.

–También editaste casi toda la obra de González Tuñón.

–Sí, rescaté su poesía lírica. Cuando uno habla de Tuñón piensa en los poemas de los cañones.

–Sin embargo, parecería que perdura más la poesía lírica.

–Y sí. Fijate, siempre se menciona la poesía española de 1927, de los poetas que después fueron a la Guerra Civil española y realmente creo que el más grande todos no fue ni Miguel Hernández ni Lorca, sino Cernuda.

–¿Tenés una gran ortuna para solventar la editorial?

–No, para nada. Vivo en la casita de mis viejos, como dice el tango. Quien me ayuda muchyo es mi mujer, Lea Fletcher, que también tiene su editorial...

–Lea es una investigadora norteamericana que ha rescatado mucho material de escritoras argentinas en su libro Mujeres y cultura en la Argentina del siglo XIX.

–Sí, hace muchísimas cosas; es que trabaja mu ybien. Pero volviendo al asunto de la poesía, antes, en la década de los sesenta, a las editoriales pequeñas nos llamaban contestatarias y ahora, en los años noventa, alternativas. Y uno se pregunta: alternativa de qué; contestaria por qué. Hay que diferenciar las grandes editoriales...

–Que son empresas.

–Grandes empresas que producen mercadería y que debe dar rápida ganancia y, en general, se trata de libros descartables, como los envases coyunturales... Pero ahora, creo que hay una vuelta. Siempre se dice que la poesía se lee poco y yo digo que los libros de poesía se prestan, no se compran. De tal manera que si hacés una edición de quinientos ejemplares, no son quinientos lectores sino mil, dos mil, muchos más. Además hay que contar  que las editoriales de poesía nunca tienen el aparato de prensa de las otras, que también cuentan con el apoyo de la publicidad: entonces, las publiaciones de los diarios, suplementos, revistas y demás renquean bastante en el comentario de libros de poesía, incluso de autores de libros importantes; no son noticia. Pero mirá, de los doscientos volúmenes editados por Libros de Tierra Firme, más de la mitad están agotados. Bien, es cierto que se trata de ediciones de quinietos, de mil ejemplares, pero a muchos los he reeditado. Pienso que la poesía es un género resistente. Es más, creo que la poesía es un género que nos ayuda a resistir.

–Bueno, la poesía es, junto con el cuento, un género tan antiguo como los hombres. Los juglares que iban por los caminos improvisaban, recitaban sus poemas. La poesía ha resistido el paso del tiempo y de los malos poetas y ahora, entre nosotros, resiste ayudada por editoriales como la tuya, porque hay varias, pero me parece que la tuya, con treintay  cinco años es la más antigua.

–A veces me parece que le tienen miedo a la poesía porque cuestiona, desde las épocas de Francois Villon, a quien casi ahorcaron por molestar al poder. El poeta no es dócil ni agacha fácilmente la cabeza. Y, sin embargo, a veces me pregunto, ¿qué pasa en este país con los lectores? ¿Por qué se venden miles de ejemplares de Mario Benedetti, y poetas como Juan L. Ortiz, Giannuzzi, o Madariaga, o Bayley, o Armani son conocidos por tan pocos? Pero, en fin, será cuestión de esperar.

–¿Hay algo que te importe tanto como la poesía?

–Sí, el cambio social. Me importa que tengamos un país un poco mejor.


* http://mujerdeolebajoelbrazo.blogspot.com/2009/08/la-memoria-de-jose-luis-mangieri.html

viernes, 23 de noviembre de 2018

Celebración de José Luis Mangieri

El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires concluyó el día de ayer su año de celebración por la primera década de existencia y las reuniones de 2018 con un homenaje al editor y poeta José Luis Mangieri, de cuyo fallecimiento se cumplieron diez años el 1 de noviembre pasado. 

De pie, Juan "Tata" Cedrón
El evento comprendió la proyección fragmentos de entrevistas, compaginados por Ana Fondebrider, y, en lugar de un invitado, la presencia de una serie de amigos de Mangieri, procedentes de los más variados horizontes, que reflexionaron sobre la labor de José Luis y, a la vez, compartieron anécdotas que lo tuvieron como protagonista.

Beatriz Sarlo
Entre los presentes estuvieron Juan "Tata" Cedrón y Miguel Praino, del Cuarteto Cedrón. También Beatriz Sarlo, Diana Maffía, Teresa Anchorena, Jorge Aulicino (quien leyó un fragmento de un texto ad hoc de la poeta Irene Gruss), Fabián Casas, Washington Cucurto, Ana Mazia, el editor Alberto Díaz y su esposa, Maco Somigliana (quien habló en nombre del Equipo Argentino de Antropología Forense) y muchos otros amigos, además de Andrea Mangieri, hija de José Luis.
Washington Cucurto y Fabián Casas

José Luis Mangieri había nacido en 1924 en Parque de los Patricios y era hijo de un obrero municipal anarquista. Publicó centenares de libros con las tres editoriales que fundó: La Rosa Blindada, Ediciones Caldén y Libros de Tierra Firme, desde Juan Gelman y los poetas del grupo del Pan Duro hasta Yves Montand, Eugenio Evtuchenko, Bertolt Brecht, el general Vo Nguyen Giap, Ho Chi Minh y Mao Tse Tung. En su último sello, dedicado a la poesía, comenzó con obras de Joaquín Giannuzzi y Francisco Coco Madariaga y siguió con libros de Juana Bignozzi, Leónidas Lamborghini, Raúl Gustavo Aguirre, Luisa Futoransky, Alberto Szpunberg, Diana Bellessi, Jorge Aulicino, Daniel Freidemberg, Irene Gruss, Jorge Fondebrider, Fabián Casas, Horacio Castillo, Ricardo Zelarayán, Daniel Samoilovich, Daniel Gracía Helder, entre decenas de autores de tres generaciones.

Alberto Díaz

Como destacó Alberto Díaz, ex editor de la legendaria Siglo XXI y alto responsable de Seix Barral, Ariel, Emecé y otros sellos de la editorial Planeta, la de Mangieri era una editorial "sin domicilio fijo". Esta falta de estructura administrativa y empresaria –su oficina era su portafolios trajinado– fue coherente con su pensamiento de que la máquina empresarial es lo que destruye el corazón de los grandes proyectos editoriales, de modo que su portafolios, los paquetes de libros que cargaba hasta las librerías y regalaba entre los amigos, eran algo más que un rasgo pintoresco. "Mangieri creaba redes muchos antes de que existiera este concepto", dijo Díaz. 

Teresa Anchorena
Y Teresa Anchorena reconoció que al conocerlo, además de que la pareció un personaje cálido y divertido, comprendió de pronto que sus ideas marginales eran en realidad ideas centrales. La velada terminó con la evocación de una de las ácidas y a la vez ingenuas humoradas de Mangieri, entre otras que se mencionaron durante la noche: en plena hiperinflación y asunción del gobierno de Carlos Menem llamó a un amigo que la estaba pasando mal y lo invitó a comer un asado de los que hacía en verano en el patio de su vieja casa de Floresta. "Resistiremos hasta el último chorizo", lo animó.

La noche comenzó accidentada, con un problema del proyector y terminó abruptamente con un corte general de luz, como si Mangieri se hubiera propuesto hacer de las suyas.

El video que sobrevivió a todos estos contratiempos pued verse aquí: https://www.youtube.com/watch?v=mbDuVIuASEM

viernes, 9 de noviembre de 2018

A diez años de la muerte de José Luis Mangieri


Publicado en Cultura InfoBAE el pasado 1 de noviembre, el siguiente artículo escrito por el Administrador da cuenta de la vida y la obra del poeta y editor argentino José Luis Mangieri a diez años de su fallecimiento. En los tiempos que corren, su figura luminosa sigue siendo un ejemplo, aun cuando no siempre los jóvenes editores estén atentos a lo que significa la verdadera independencia editorial.

Qué diría Mangieri

“Con José Luis Mangieri se va un pedazo luminoso de la historia y la cultura de este país. Después de 52 años de amistad, ¿quién puede abrir la boca? Solamente el dolor”. Tales fueron las palabras de Juan Gelman, pocos días después de la muerte de su histórico editor, hace exactamente diez años.
                                        
Los testimonios podrían multiplicarse infinitamente. De hecho, Es rigurosamente cierto, de Karina Barrozo y Hernán Casabella –publicado en su momento por Libros del Rojas– es un intento de autobiografía y memoria plural de Mangieri, “un porteño pícaro”, como lo definiera Jorge Aulicino, que en cuarenta años de editor y tres editoriales –La Rosa Blindada, Ediciones Caldén, Libros de Tierra Firme– llegó a publicar a más de mil autores, cruzando a escritores, poetas y pensadores con artistas plásticos y músicos, a gente de izquierda y no tanto, a viejos y a jóvenes, logrando en ese tránsito que unos y otros se conocieran mutuamente y participaran en otros proyectos comunes. Ricardo Piglia, en el libro citado, había escrito: “Creo que, primero que nada, habría que señalar esa capacidad de organizar, italiana digo yo, italiana en el sentido de gramsciana, de lo que Gramsci llamaba la organización material de la cultura, porque la cultura necesita redes y José Luis se ha pasado la vida construyendo esas redes. Me acuerdo muy bien no solamente de la Rosa Blindada, sino de los libros que José Luis publicaba, el tipo de iniciativa, de originalidad que tuvo en el momento de publicar esos libros, que se vendían de a cuatro, en pequeñas ediciones. Entonces conservo esa idea primera de alguien capaz de organizar y de trabajar sobre la construcción de redes y circulaciones múltiples que, desde hace muchos años, ha terminado por constituirse en una referencia central de la poesía en la Argentina. Creo que mucho de lo que se dice de la poesía en la Argentina está ligado al tipo de trabajo que ha hecho José Luis, básicamente con la colección ‘Todos Bailan’”. A este respecto, el poeta D.G. Helder, dijo de Mangieri que su pasión “sutura las heridas de la historia argentina”. Por todas estas razones, siendo consejal metropolitana, Teresa Anchorena consiguió que lo nombraran ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires. En los fundamentos de la designación se lee: “"Tejió una compleja trama de relaciones, que comprende a no menos de cinco generaciones de escritores, artistas y lectores argentinos. Hizo todo eso sin contar con estructura alguna y, en más de una oportunidad, hipotecando su casa”. Así, muchos de sus autores lo recuerdan con su invariable bolsito repleto de originales, atendiendo en su “oficina”, una pizzería en la esquina de Oro y Santa Fe, a la que llegaba invariablemente desde Floresta en el colectivo 34. Solía decir en público que cuando una editorial se convierte en una “empresa editorial”, forzosamente la parte de empresa empieza a pesar más que la meramente editorial y de ese modo desvirtúa su razón de ser. Acaso una idea a la que le deberían prestar más atención muchas editoriales de las llamadas “independientes”. 

Nacido el 14 de diciembre de 1924 en un conventillo de Parque Patricios –que lo haría hincha empedernido de Huracán–, fue hijo de un obrero municipal anarquista y de una profesora de corte y confección. Como eran otras épocas, hizo sus estudios primarios y secundarios, y logró entrar a la Universidad de Buenos Aires, donde hizo tres años de Odontología. Después, interrumpió todo y se fue a vivir por un tiempo a Bariloche. A su vuelta, en 1953, se afilió al Partido Comunista, donde desarrolló una intensa actividad en el ámbito cultural, trabajando como coordinador de la revista del Instituto Argentino-Soviético. Luego, en 1959, fue expulsado del PC con Juan Gelman, Andrés Rivera, Juan Carlos Portantiero, José Aricó y otros jóvenes artistas e intelectuales, que acusaron el impacto de la revolución cubana y que empezaban a resultarles incómodos a los jerarcas pro-soviéticos de entonces.

Con su amigo Carlos Alberto Brocatto, en 1962, Mangieri creó Ediciones Horizonte, que posteriormente, en homenaje al libro del poeta Raúl González Tuñón –una de las pocas voces que dentro del PC se había mostrado solidario con los disidentes–,  tomó el nombre definitivo de La Rosa Blindada. El resto forma parte de la historia mítica: las ediciones de varios miles de libros de poesía –entre ellos los del propio Tuñón, Hugo Acevedo, Juan Gelman, Javier Villafañe, Néstor Mux, Héctor Negro, Laura Devetach, Eduardo Romano, el poeta turco Attila József,  Bertold Brecht–, vendidos en paquetes de a cuatro; la publicación de libros de Antonio Gramsci, Vo Nguyen Giap, Ho Chi Minh, Mao Zedong, Ernesto Guevara, Regis Debray, Roger Gaurady,  y John William Cooke; la revista del mismo nombre de la editorial, donde firman artículos, los pintores Carlos Gorriarena, Enrique Aguirrezabala, Luis Felipe Noé, el psicoanalista Antonio Caparrós (padre de Martín Caparrós, compañero de primaria de los hijos de Mangieri), la escritora y traductora Estela Canto, el historiador León Pomer, el filósofo León Rozitcher, el sociólogo Juan José Sebreli, etc. (hoy existen un volumen que reunía un estudio y antología dedicados tanto a la revista como a la editorial, responsabilidad de Néstor Kohan que se publicó como La Rosa Blindada, una pasión de los una pasión de los '60, y una edición facsimilar publicada por la Biblioteca Nacional, cuando todavía era dirigida por Horacio González); la edición de discos, entre los que alternaban los del Cuarteto Cedrón con los de Vittorio Gassman, Carlos Puebla, Bola de Nieve, canciones de la Guerra Civil española o Yves Montand (Mangieri solía recordar, lleno de pudor, uno en el que sus propios poemas eran recitados por Héctor Alterio); el viaje a China, junto con Andrés Rivera, y luego a París, donde ya se preparaba el Mayo de 1968; la imprenta de una manzana en la calle Ulrico Schmidl en Liniers; los allanamientos policiales; el robo de sus bibliotecas; la actividad en el Sindicato de Prensa; la cercanía con el E.R.P.; la pérdida de la imprenta, de varias bibliotecas, el silencio obligado, el exilio interior en casa de la célebre Tía Raquela, “obrera fosforera”, según la definía el propio Mangieri.

De la época de la dictadura, hay una anécdota que Beatriz Sarlo contó durante el homenaje que en 2004 le realizara el Centro Cultural “Ricardo Rojas”, con la presencia del entonces rector de la Universidad de Buenos Aires, Jaime Jaim Etcheverry. Según ese relato que ya forma parte de la picaresca de Mangieri, estando en la clandestinidad, se arriesgó a visitar a su madre ya mayor, que vivía en el caserón familiar de la calle Mercedes, en Floresta. Lo hizo con tal suerte que llegó en el mismo momento en que el ejército estaba realizando un procedimiento en la casa, con el objeto de apresarlo. Tocó el timbre, vio a su madre que abrió la puerta sin decir palabra, rodeada de militares, y Mangieri dijo: “Señora, soy el electricista. Veo que está ocupada. ¿Le parece que pase en otro momento?”. “Sí, venga más tarde”, fue la respuesta de la madre, que no en vano había criado a ese hijo. Y así Mangieri se salvó de un destino probablemente fatal.

Durante los primeros años de la democracia, Mangieri se acercó a los que por entonces eran los nuevos poetas. Estableció sólidos vínculos con Víctor Redondo y la gente de la revista y editorial Último Reino y también con Javier Cófreces y la Danza del Ratón (que después, ya como editorial sería Ediciones en Danza). Otro tanto sucedería algo después con Diario de Poesía y, posteriormente, con los jóvenes reunidos alrededor de la revista 18 Whiskies. A su vez, fundó Libros de Tierra Firme, su última editorial. Allí publicó, nuevamente a González Tuñón y a Gelman (y hay que decir que éste le debe a Mangieri, varios de sus libros del exilio –para cuya publicación el editor hipotecó su casa en dos ocasiones–, y haber seguido en circulación entre los jóvenes, mucho antes de que la lo considerara para su catálogo la editorial Planeta). Pero la nueva lista de publicados incluía ahora a Raúl Gustavo Aguirre, Leopoldo Marechal, Francisco Madariaga, Joaquín O. Giannuzzi, Leonidas Lamborghini, Juana Bignozzi, Luisa Futoransky, Arnaldo Calveyra, Alberto Szpunberg, Diana Bellessi, Jorge Aulicino, Alberto Laiseca, Daniel Freidemberg, Jorge García Sabal, Mirta Rosenberg, Irene Gruss, Leopoldo Castilla, Víctor Redondo, Javier Cófreces, Jonio González, Daniel Samoilovich, Martín Prieto, D.G. Helder, Osvaldo Aguirre, Pablo Chacón y Fabián Casas, entre muchísimos otros. Y hubo asimismo nuevas colecciones de poesía traducida: antologías de poesía francesa contemporánea, de poesía irlandesa, catalana, colombiana y libros de autores como Henri Deluy e Yves Di Manno. A sus tareas, Mangieri sumaba no sólo los frecuentes envíos de polenta y ginebra al exilio francés de Gelman, sino también acordarse del cumpleaños de la mamá de Szpunberg y llevarle un ramo de flores en nombre del hijo, o inventar unos derechos de autor que casi no existían para ayudar a Laiseca.

Famoso por sus muletillas –“Es rigurosamente cierto”, “Hay que ser modesto por necesidad”, “Hay que leer a los jóvenes que vienen del rock y de la droga”– y por sus increíbles y complicadas bromas (ver video del cumpleaños del poeta jujeño Andrés Fidalgo), iba y venía, incansable, relacionando gente insospechada de toda relación, como, por ejemplo, las veces en que les llevaba los libros de Gelman a Horacio Armani y María Esther Vázquez y estos lo invitaban a tomar el té. O cuando le presentaba a su gran amigo Néstor Groppa, el poeta porteño radicado en Jujuy, a los poetas más jóvenes; o cuando en el bar La Paz o la antigua Liber/Arte –otras de sus “oficinas al paso”– se juntaba a discutir sobre política con su amigo David Viñas o José Aricó, sin olvidar, claro, a algún referente sindical de La Fraternidad y, después de 2001, de las asambleas barriales. Por otra parte, su casa hacía las veces de hotel para más de un amigo. De hecho, en sus primeros viajes a Buenos Aires allí solía recalar el Tata Cedrón, quien termino amigo del peluquero de la mitad de cuadra, otro de los “Pilgrim fathers del barrio”, según la curiosa denominación que Mangieri se aplicaba y le aplicaba a los viejos vecinos. Él, para sus amigos, fue alternativamente “el loco”, “el gringo”, “la bruja”, “Luisito” y, al decir de los más jóvenes, “Cowley”, el jefe en la serie inglesa “Los profesionales”, que se emitía entre 1977 y 1983.

Ya muy enfermo, gracias a los esfuerzos de los Javier Cófreces y Silvia Camerotto, Mangieri, que tantos libros hizo, vio finalmente publicados sus conmovedores poemas completos, con los que tantos años amenazó. Con un hilo de voz, preguntó por la tirada y el precio de tapa. Unos días más tarde, se murió. Entonces Beatriz Sarlo habló con Horacio González, y fue velado en la Biblioteca Nacional. Hubo allí un desfile increíble de intelectuales, artistas, escritores, políticos y politólogos, organizaciones por los derechos humanos –con las cuales Mangieri colaboró de todos los modos posibles– y también gente de a pie, vecinos, curiosos.  Dos días después de su muerte, me tocó escribir una columna sobre él en otro medio. En esa oportunidad dije: “Hablando frente a académicos u obreros ferroviarios; en un comité de escritores o en la asamblea vecinal de Floresta, fue siempre el mismo: su decencia, su don de gente y su sentido del humor resultaban igualmente visibles para todos. Por eso Fabián Casas, uno de los jóvenes poetas a quien José Luis más quiso, ante el espectáculo de su energía decía que Mangieri era ‘Highlander, el inmortal’. Sin embargo, por increíble que parezca, se murió. La pérdida que deja para la cultura argentina es enorme. El cráter en la ciudad, gigantesco.”

Ya pasaron diez años desde esa fecha y todavía José Luis Mangieri sigue siendo una referencia mayúscula para quienes lo conocieron. A tal punto que, frente a determinados escándalos e injusticias que a diario nos propone la realidad argentina, uno tiende a preguntarse qué diría.

martes, 20 de octubre de 2015

Un recuerdo para José Luis

José Luis Mangieri (1924-2008) fue un poeta y editor argentino que publicó más de ochocientos títulos originales en La Rosa Blindada, Ediciones Caldén y Libros de Tierra Firme, las tres principales editoriales que tuvo. Por allí pasaron los mejores poetas argentinos y extranjeros, además de gran número de narradores y ensayistas del mundo entero.

Personaje entrañable de Buenos Aires, nexo entre generaciones y figura absolutamente romántica de la edición, además de uno de los mejores tipos que uno pudiera encontrar, quien no haya tenido la suerte de conocerlo debería leer sobre él y sus interminables pruebas de picardía y buena fe en Es rigurosamente cierto, su autobiografía a muchas voces, publicada por Hernán Casabella y Karina Barrozo en Libros del Rojas

El pasado 10 de octubre, el poeta Fabián Casas le dedicó su columna dominical del diario Perfil.  Allí lo nombra “Cauli”, apodo con que solía llamarlo por su parecido con el personaje del homónimo jefe de la serie televisiva “Los profesionales”.

La leyenda del indomable

Spinoza decía que una potencia le otorgaba intensidad a otra. Pienso en personas que conocí y me pregunto si estaré a la altura de sus enseñanzas.

No pasa un día en que no recuerde a José Luis Mangieri. José Luis fue uno de los grandes editores argentinos. Un hombre que estaba siempre en presente puro. Yo lo conocí cuando pasaba los 60 años y lo pude disfrutar veinte largos más. A los 60 estaba, como a los 70, en su mejor forma. Trabajando como un soldador, uniendo gente dispar, haciendo asados en su casa con maderitas que recogía de la calle y una pava de agua en la mano derecha para sujetar las llamas. Sé que emocionarme pensando en él, hundirme en la nostalgia, es algo antimangiérico. El no hacía eso, siempre vivía con la intensidad del rayo. Pasa que abrí para unas clases El Solicitante descolocado de Leónidas Lamborghini y leí: “un huevo frito para mí/ un huevo frito para vos”. Esos versos tan raros de Leónidas que expanden el arco de la poesía contemporánea. Cuando no había asado, Mangieri hacía arroz y huevos fritos. Aunque él se vestía como un lingera existencial, su cocina y su casa estaban siempre limpias y ordenadas. Rompía cada huevo en un jarro y después los ponía en el aceite. Gracias a la libertad estilística de Leónidas, esos mediodías en la calle Mercedes vuelven hoy a mí. Ahí está Cauli dándome de comer: un huevo frito para mí, un huevo frito para vos.