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viernes, 2 de mayo de 2025

Por si alguien tiene unos 5 millones de dólares


La nota, en la que se anuncia una importante subasta, es, en realidad, un cable de la agencia APF que el 23 de abril pasado publicó el diario La Jornada, de México. 

Subastarán lote de recopilaciones históricas de obras de Shakespeare

Un lote de cuatro ediciones históricas de las obras teatrales completas del escritor británico William Shakespeare, estimado en más de 3,5 millones de libras (unos 4,6 millones de dólares), será subastado en Londres el próximo mes, anunció el miércoles la casa Sotheby's.

Una de estas ediciones, publicada en 1623, fue la primera recopilación de obras teatrales de William Shakespeare y se considera uno de los libros más importantes de la literatura inglesa.

Sin esta recopilación, hasta la mitad de las obras del autor se habrían perdido probablemente, incluidas Macbeth, Noche de reyes y Julio César.

Los expertos estiman que se han conservado unas 235 de las 750 copias que se cree fueron publicadas en esa primera edición.

Una nueva tirada en 1632 dio lugar a la segunda recopilación, que contenía enmiendas respecto a la original, mientras que la tercera, con siete obras adicionales, apareció en 1664.

La tercera es la más rara de los recopilaciones, ya que se cree que muchas copias se perdieron en el gran incendio de Londres en 1666.

La serie se completó con la cuarta recopilación en 1685.

La última vez que las cuatro recopilaciones se ofrecieron como un solo lote fue en Nueva York en 1989.

El lote que Sotheby's subastará el 23 de mayo, con un precio estimado entre 3,5 y 4,5 millones de libras (entre 4,6 y 6 millones de dólares), fue reunido en 2016.

"La gran mayoría de las cuatro recopilaciones se encuentra en instituciones, por lo que esta es una oportunidad única para adquirir un conjunto completo", añadió.

La primera recopilación fue publicada alrededor de siete años después de la muerte de Shakespeare e incluye 36 obras, 18 de ellas impresas por primera vez.

jueves, 27 de junio de 2024

Carlos Gamerro habla de sus traducciones de Shakespeare especialmente hechas para la escena

Foto: Adriano Jerez

El pasado 19 de mayo, Carlos Gamerro estuvo en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires hablando de sus traducciones de William Shakespeare para la escena. Pero también hubo tiempo para charlar sobre su condición de escritor traducido a otras lenguas.

Quien desee ver el video de esa reunión puede hacerlo en este link:

https://www.youtube.com/watch?v=ci--4bTGiUA



martes, 25 de junio de 2024

Los traductores teatrales son los más perjudicados a la hora de cobrar: el caso de Cataluña

En el diario catalán La Vanguardia, Magi Camps planteó, el 22 de junio pasado, un caso piloto sobre cómo un teatro barcelonés se cargó el nombre de los traductores de al menos cuatro obras que en él se representan y cuál fue la reacción de las asociaciones de traductores. Se trata de un caso testigo que debería interesarles a autores, traductores y adaptadores teatrales.

El Teatre Lliure ha programado cuatro obras de otras lenguas en las que no consta el traductor

Cuando Kenneth Branagh se dedicaba a adaptar para el cine obras de Shakespeare, la broma que le hacían los colegas es que se ahorraba mucha pasta de guionista, porque al autor de Mucho ruido y pocas nueces no había que pagarle nada ni pedirle permiso. Pasados setenta años de la muerte de un autor, los derechos sobre sus obras pasan a ser de dominio público. Eso significa que el adaptador puede hacer lo que quiera con las obras de Shakespeare, sin tener que pagar un céntimo. Ahora bien, si Branagh hubiera hecho lo mismo con un autor no anglófono, habría tenido que disponer de una traducción y, por lo tanto, satisfacer los derechos, excepto si ya hiciera más de setenta años que el traductor criaba malvas. ¿Qué derechos? Eso depende de cada caso, desde los derechos de traducción con exclusividad a partir de un porcentaje de taquilla hasta un precio cerrado y listos.

En todo caso, los derechos de traducción cuentan, y entran dentro del paquete del 10% de taquilla convenido (aunque no es un porcentaje cerrado y puede oscilar según el acuerdo), que se reparten los dramaturgos, los adaptadores y los traductores. Fuentes de la SGAE* explican que, cuando la obra es de dominio público, el adaptador que hace la dramaturgia cobra un 7 o un 8 por ciento, y el traductor el 2 o 3 restante.

La polémica sobre los derechos de traducción ha saltado esta semana a raíz de un tuit del profesor del Institut del Teatre Lluís Hansen interpelando al Teatre Lliure: “Veo que en la programación 24-25 no consta de quién es la traducción de La gavina, El misantrop, Hamlet i Electra, pero sí en The employees, L’herència i Una mena d’Alaska. En los primeros solo consta quien hace la adaptación. ¿Podéis precisarlo, por favor?”.

Las reacciones no se hicieron esperar, como la de la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana (AELC), pero el Teatre Lliure también hizo público un comunicado, donde exponía algunas consideraciones al respecto. La Vanguardia ha hablado con el Teatre Lliure y con algunos traductores sobre qué hay que hacer en los diferentes casos de obras de otras lenguas, cuando la adaptación se basa en una traducción o en más de una y de diferentes idiomas, o va más allá y se considera una versión libre. Este caso es el que explicaba la nota del Teatre Lliure con respecto a La gavina, de Chéjov, adaptada por Julio Manrique, Cristina Genebat y Marc Artigau.

Artigau explica cómo trabajaron con Les tres germanes, que es la obra anterior de Chéjov que los tres adaptaron: “No hemos hecho ninguna traducción de traducciones. Esta práctica no nos parece bien. Hacemos público para quien quiera el texto de Les tres germanes para que contraste su originalidad. El de La gavina todavía no porque estamos a punto de empezar ensayos. Son dos reescrituras libres. No sabemos ruso, es cierto, y la manera que tenemos de trabajar es leer traducciones, versiones de todo tipo (literarias, teatrales, cinematográficas...), materiales diversos que nos pueden ayudar y entonces empezamos a escribir nuestra La gavina. Ciertamente, habría que haber citado las fuentes consultadas. Cuando escribimos pensamos en la puesta en escena, en el aquí y ahora, y eso significa, por ejemplo, trabajar con el escenógrafo con el fin de adecuar mejor la pieza al espacio. Un espacio puede condicionarnos el texto. En el caso de Les tres germanes tomamos decisiones dramatúrgicas como reducir personajes, actualizar conflictos y debates (ecologismo, mirada de género, realidad virtual), añadir un prólogo y un epílogo, intentar explicar a los personajes desde el presente. Las tres protagonistas acababan encerradas en un cubículo de cristal apelando a romper los muros invisibles que nos aprisionan”.

Por su parte, el presidente de la AELC, Sebastià Portell, informa de que el Teatre Lliure se ha puesto en contacto con la asociación, aspecto que confirma el director Julio Manrique, “para mantener una reunión en las próximas semanas y tratar de consensuar una manera de actuar”. “Nosotros creemos que aquí hay un conflicto, sobre todo con respecto a la propia concepción de la adaptación, de la práctica de la adaptación, y desde la asociación lo que defendemos es que se haga una lectura legal. Nosotros representamos alrededor de 1.850 autores literarios, 400 de los cuales son traductores, y también representamos a dramaturgos que hacen adaptaciones. Por lo tanto, no estamos de ningún modo en contra de la idea de la adaptación. Lo que exigimos es que cualquier uso de propiedad intelectual sea escrupulosamente respetuoso con los derechos de autor”.

Portell especifica tres puntos: “En primer lugar, transparencia, es decir, explicar el uso que se ha hecho de la obra. En segundo lugar, que haya una autorización expresa de los titulares de los derechos, en caso de que no hayan expirado. Y tercero, tiene que haber una compensación, que se debe negociar proporcionalmente, según el uso que se haya hecho de esta propiedad intelectual. La última directiva europea sobre derechos de autor en el mercado único digital dice que tiene que ser una remuneración adecuada y proporcionada”.

Portell también detalla: “Hemos hecho un llamamiento a los asociados, por si sospechan de que alguna traducción suya ha sido utilizada sin su consentimiento, y ya hemos conocido seis casos potenciales de este tipo de mala praxis. Ahora estamos estudiando qué procedimiento hay que seguir. Porque la ley vigente, que la AELC ayudó a redactar en los años ochenta, es muy clara”. El PEN Català se ha adherido al manifiesto de la AELC y su presidenta, Laura Huerga, declara a La Vanguardia que darán “el apoyo que sea preciso, para que en todos los casos haya, como mínimo, un reconocimiento moral de la traducción” .
Miquel Cabal Guarro, traductor del ruso, es una de las personas que han pedido información sobre las traducciones de Chéjov: “Ya me pasó con el texto de Les tres germanes, que se había llevado a escena en el Lliure (2021) y no se decía en ningún sitio la traducción. En el 2011 hice una, que dirigió Carlota Subirós en el propio Lliure, donde trabajé codo con codo con el equipo y donde estuvo todo perfectamente claro. Hace un par de años, me quedó la espina clavada y con el mensaje de Hansen pensé que quizá era un patrón que se iba repitiendo y valía la pena pedir explicaciones, porque hay un problema de autoría muy claro”.

Joan Sellent opina que “no hacer constar el traductor no es ni legal ni ético”. El reconocido traductor teatral pone un ejemplo del Reino Unido: “Existe una costumbre que es pedir a un traductor una ‘traducción literal’. De hecho, lo que quieren decir es que sea una traducción ajustada. Así consta en todos los programas y es el punto de partida para hacer la adaptación que consideren”.

Sellent explica el caso de un Hamlet en el que se vieron reflejados él y Salvador Oliva, pero no constaban como traductores. Aunque no quiere decir de qué montaje se trataba, sí aclara: “En ningún caso se trata de la compañía Parking Shakespeare, que son muy legales”. Sellent recuerda un caso de 1990, cuando Vázquez Montalbán fue condenado por haber plagiado la traducción de Julio César que había hecho Ángel Luis Pujante.

El director del Teatre Lliure , Julio Manrique, también atiende la llamada de La Vanguardia : “Como director del Lliure , lo que quiero es que encontremos una solución. Más allá del malestar a nivel personal, la polémica tiene que servir para abrir una conversación y estoy convencido de que hallaremos una solución. Lo primero que hice fue llamar a Sebastià Portell a raíz del comunicado de la AELC para mantener un encuentro entre las dos entidades, donde debemos abordar el debate que se ha abierto, que, escuchando voces y opiniones, entiendo que es delicado. Necesitamos escuchar, entender, definir criterios, modificar si hace falta, y después, una vez se llegue a un acuerdo, respetarlo escrupulosamente. Quiero dejar clarísimo que la nueva dirección del Lliure quiere proteger a todos los autores, porque autores, adaptadores y traductores son todos autores. Hay cuestiones jurídicas, terminológicas, qué pasa con una obra de dominio público cuando se adapta y cuando los adaptadores no conocen la lengua en que ha sido escrito el original, que ya es de dominio público, y utilizan a modo de consulta, como defendemos nosotros, varias traducciones en varias lenguas, para acercarse a la obra, y alejarse del material para hacer la propia versión y la firman, defendiendo la originalidad de ese trabajo de versión o adaptación. Nosotros, en todo caso, no hemos tenido nunca la sensación de haber hecho una mala praxis. Necesito tener este debate y estoy convencido de que encontraremos una solución”, concluye.

Nota: La SGAE es la entidad sin ánimo de lucro, que en España se dedica a la defensa y gestión colectiva de los derechos de propiedad intelectual en artes escénicas, audiovisuales y música.

miércoles, 12 de junio de 2024

Carlos Gamerro habla de sus traducciones de Shakespeare para el teatro en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

 

El próximo miércoles 19 de junio, en la librería El Jaúl, tendrá lugar la segunda reunión de este año del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. 

El invitado esta vez es Carlos Gamerro, narrador, ensayista y traductor, quien, desde hace rato, viene desarrollando la traducción de algunas de las más importantes piezas de William Shakespeare específicamente para la escena, con los desafíos que ello implica.

La cita, como siempre, es con entrada gratuita. Los esperamos



lunes, 8 de abril de 2024

Andrés Ehrenhaus "cogió" una sola vez y lo cuenta


La bajada de la nota firmada por Andrés Ehrenhaus para el número de marzo de Latin America Literature Today, dice: "El reconocido traductor argentino (...) rememora sus comienzos en la traducción en Barcelona de la mano de Marcelo Cohen y reflexiona sobre determinadas prácticas editoriales, distintas variedades lingüísticas y una palabrita en particular. "

De cómo Marcelo Cohen me enseñó a nadar la traducción, seguido de una apostilla (Coger o no coger, that is the f-question)

Nunca oculté, en cuanto el tiempo desclasificó mi pasado, que mis muy titubeantes comienzos como traductor estuvieron más del lado de las sombras que del de la luz. Primero porque destrocé, siendo mozo, un Seminario de Lacan en la sombría cocina del consultorio del psicoanalista que me había contratado por cuatro monedas para ello; y después porque fui negro de mi gran amigo Marcelo Cohen (de hecho, y como poniéndole el broche a nuestra relación pedagógica, volví a serlo hace poco, pero no diré cómo ni para quién ni dónde), que cometió la picardía reciente de dejarnos a solas con su ausencia. De la masacre del Seminario (¡ni me acuerdo de cuál de todos era!) extraje experiencia de esa que se considera intangible: cierta osadía, la sospecha de que a veces la máscara traduce más que uno y una vaga conciencia laboral. De la negritud de Marcelo extraje o, más bien, recibí las herramientas del noble trabajo.

Pero eso es fácil de decir. ¿Cómo me fueron dadas esas herramientas? Porque el negreo entre traductores, que es más frecuente y socorrido de lo que se confiesa, suele ser muy instrumental y poco dialéctico. Además, lo hay de dos tipos: mi primera etapa como negro y ese último episodio reciente que mencioné –salvo por un detalle no menor sobre el que volveré más adelante– podrían ser ilustrativos: o el negro es un novicio que acepta gozar de cierto espacio laboral a cambio de una tajada patrimonial despojada de derechos morales o es un colega maduro que no tiene empacho en ayudar al amigo en apuros y acepta, igual que el novicio pero sin la necesidad de éste, las mismas condiciones: un pago justo sin los correspondientes merecimientos simbólicos. ¿Cuáles serían esos merecimientos? Básicamente, el de ser reconocidos como autores de esa obra –derivada, pero obra al fin. En el caso del colega maduro, renunciar a ellos es casi un gesto de nobleza. En el del novicio, una baja colateral, porque no firmar lo trabajado equivale a seguir no siendo visible para los editores contratantes (ni para el público lector o los reseñistas, aunque a esos el nombre del traductor les suele importar algo menos que el color de la tapa del libro).

Entonces, ¿se aprovechó Marcelo de mi bisoñez? Muchas veces me he formulado esta pregunta. Antes de responderla aclaro que, a lo largo de mi carrera, yo también me serví, aunque poco y a disgusto, de ambas modalidades de negreo. Poco y a disgusto no por cuestiones éticas sino porque nunca me quedó claro si me resultaba más un problema que una solución, es decir, traducido en plata, más trabajo a cambio de menos remuneración. De ahí que parte de mi respuesta a la pregunta de arriba se nutra de este hecho: ¿realmente le saqué las papas del fuego a Marcelo (me refiero sobre todo a mi negritud primigenia, porque en esta última estoy seguro de que sí) al poner mi sudor al servicio de su pluma? Tiendo a pensar que no. Tiendo a pensar que, aunque él no lo formulara así conscientemente, me estaba haciendo más favor a mí que a sí mismo. Un favor relativo, claro, porque ayudar a alguien a convertirse en traductor no es solucionarle la vida precisamente. ¿Quién puede vivir, y no digamos ya alimentar a una familia, exclusivamente de la traducción en Argentina o España? Eppur si traduce.

Mi sensación, que ya casi es certeza, es que Marcelo vio en mí a un par. No digo que yo lo fuera o no, digo que él me vio así. Nos conocimos personalmente, como ya es público y notorio, en Barcelona, en el mítico teléfono pinchado de Plaça Universitat, allá por enero o febrero del 77. Marcelo era el que manejaba la lista de turnos en una mesa del bar Estudiantil, que todavía existe. Poco tiempo después ya éramos amigos, sobre todo gracias al fútbol, además de coincidir como profes de inglés en alguna academia. Marcelo venía precedido de una pequeña fama literaria y empezaba a publicar artículos en revistas culturales y hacer sus primeras traducciones de fuste; yo por entonces me había puesto a traducir textos técnicos, eróticos, comerciales, médicos. No teníamos más formación que la de la lectura, la del duro banco y la máquina de escribir portátil. Fue en ese contexto que Marcelo me empujó a las aguas procelosas de la traducción editorial: es fácil, me dijo, vos tenés más de la mitad del camino hecho, yo te voy pasando cosas y cuando estés maduro te presento en la editorial. Y me tiré a las olas; nadar más o menos sabía pero en ninguna parte hacía pie. De ahí a ahogarme había un paso. O una brazada.

Tiempo después, mucho tiempo después, descubrí que Marcelo había practicado conmigo un método súper drástico de iniciación práctica. Lo descubrí porque recordé lo que yo mismo había hecho una tarde de playa con una amiga a la que, con veraniega imprudencia, animé a que me siguiera allende la rompiente, ahí donde a pesar del mar revuelto ya se puede nadar con más soltura. No debí hacerlo. Ella era quizás algo menos ducha y mucho menos temeraria que yo y aunque no estábamos muy lejos del borde del mar, donde la gente chapoteaba ajena y feliz, pronto nos dimos cuenta de que volver era muy difícil y a mi amiga, como es normal, le entró primero la duda y después el pánico. El mar estaba picado, la corriente submarina era fuerte y soplaba un viento cruzado. Encima, en un acto de expresionismo simbólico, el cielo se nubló. Mi percepción del agua cambió: ahora estaba fría. ¿Todo eso en cuánto? Cuestión de minutos. Los dos flotábamos, sí, pero ella ya empezaba a cansarse y yo tampoco era Mark Spitz; no había socorristas o bañistas o vigilantes (¡qué momento inoportuno para barajar sinónimos!) a la vista y llamar a alguien a los gritos parecía totalmente inviable. Así que hice lo que Marcelo había hecho conmigo sin yo saberlo (y capaz que tampoco él).

Mi primera intuición/comprobación pragmática fue asegurarme de que el impulso superficial de las olas era lo bastante firme como para aprovecharlo y no luchar contra la resaca, que era o parecía cada vez más fuerte. Nadando lo más horizontal posible se podían ganar más metros de los que se perdían tras el paso de la ola y así traté de explicárselo a mi amiga, pero ella no estaba en situación de aceptar especulaciones teóricas ni ninguna otra solución que no pasase por aferrarse a mí y rezar por que yo la ayudara a salir. A esas alturas, la situación era la siguiente: ella rogándome, ya bastante exhausta, que yo me acercara a salvarla, y yo un par de metros más cerca de la costa, consciente de que si me acercaba a ella nos hundíamos los dos. Ahí, con el poquito de chispa que me quedaba, se me ocurrió decirle que sí, que yo la sacaba pero si venía ella hacia mí; me ponía a tiro, casi a un brazo de distancia, y cuando ella manoteaba para agarrarme yo aprovechaba la inercia de la ola y me alejaba un poco hacia la costa. Así, muy poco a poco y bailando al ritmo bravo de las olas, fuimos saliendo de la zona de peligro y llegando adonde la resaca no chupaba tanto. Y de pronto hacíamos pie y teníamos a abuelas y niños con flotadores de patito o dinosaurio alrededor. Todo en el mismo plano secuencial. Cuando volvimos a nuestro cuadradito de toallas y miramos jadeantes el infierno acuático que casi nos traga, enfrente teníamos una franja marina totalmente inocua y neutra, el mar de siempre, el de todas las playas.

Y así, gracias a Marcelo y su imprudente insistencia, creo que aprendí a traducir y hacerme cargo de la autoría de mis traducciones. E igual que al principio, sigue costándome un mundo salir del agua.

La apostilla
Una vez curtido en el combate acuático, mi amigo me sugirió que me consiguiera una malla nueva (bañador, traje de baño, ¿eslip?), un par de anteojos de natación (gafas, antiparras, whatever) y unas ojotas (chanclas, o yo qué sé qué más) y me presentara ante un par de editores a los que él ya había apalabrado para que me recibieran como traductor casi senior. En efecto, me cayeron dos sucesivos encargos, quizás porque entonces aún no éramos tantos los nadadores capaces de no hundirnos en mitad del trayecto y la industria empezaba a darse cuenta de que profesionalizar al traductor no implicaba una pérdida como se temían muchos editores sino una ganancia, sobre todo de tiempo pero también de dinero. Hablo de una época en la que en España no existía el menor atisbo de contrato de traducción, algo que se solventaba mediante unos retoques casi ornamentales en la factura; la respuesta invariable cuando uno reclamaba un papelucho un poco más ajustado a la ley era también ornamental: “Es que, verás, no es política de la casa”.

De esos dos, luego tres, luego más editores que confiaron en mi rítmica brazada, uno fue el gran Paco Porrúa, que se había traído el Minotauro a hombros hasta Barcelona y seguía abriéndole camino acá (donde yo estaba entonces y estoy ahora) a la ficción científica de suma calidad. Casi la totalidad de sus libros eran traducciones y Paco tenía un vademécum muy claro, inquebrantable y singular en lo que a modelo de castellano de la traducción se refiere: como publicaba sobre todo en y para España, concedía que la segunda persona del plural se conjugara a la española, aunque recomendaba hurtarle el cuerpo a la eventualidad y buscar recursos y atajos para no abusar de ella, pero en cuanto a la naturalización de lo coloquial era implacable y prohibía tajantemente, por ejemplo, el uso del verbo coger donde cabían sin ningún problema agarrar, tomar o la paráfrasis que fuera. En los libros de Minotauro nunca se cogía. Ni siquiera cuando se hacía el amor. A Paco le disgustaba la procacidad pero sobre todo le interesaba mucho cuidar a sus lectores transatlánticos, que seguían fieles a sus ediciones desde la distancia. Su mercado simbólico era claramente rioplatense.

Debo decir que deshacerme del verbo coger no me costó gran cosa; por un lado, ya venía curtido por la traducción de breves relatos de porno soft en revistas como Penthouse o Playboy; y por otro, por un quiosco que manejaba con esplendidez un gran fogonero cultural, el uruguayo Homero Alsina Thevenet, que mientras pudo repartió generosamente (pagaban bien y rápido) estas traducciones entre los nadadores sudacas. Creo que también fue Marcelo quien me conectó con él, aunque en esa época la bolsa de rebusques estaba muy socializada. A Homero Alsina tampoco le gustaba mucho que usáramos coger por tomar o agarrar, aunque era menos prescriptivo que Paco y, además, no manejaba un material tan, digámosle, delicado. Pero esos rasgos idiosincráticos claros, tal vez generacionales, resonaban con naturalidad en nuestra incipiente poética natatoria. Solventada por obvios motivos crematísticos la cuestión esquizoide –ya planteada a la infancia argentina de varias generaciones escolares– de la convivencia con el fantasma del vosotros, a la mayoría de nosotros nos quedaba la bandera de si se cogía o no (el autobús, el metro, el paraguas). Sin duda sonará filológicamente atrevido (entre otras cosas, porque no es mi campo) pero quizás, gracias a un relevamiento que aún falta, podamos leer la elección y uso o no del verbo coger como uno de los ejes políticos de las traducciones rioplatenses hechas en o para España; para entendernos (o confundirnos todavía más), sería nuestra línea de flotación.

Digo esto sin tener mucha idea de cómo cogieron mis colegas este toro fenomenológico. No sólo no tengo un estudio hecho sino que ni siquiera me he atrevido a preguntárselo demasiado. Marcelo, por ejemplo, supongo que habrá adoptado a rajatabla las precauciones de Paco y Homero, y quizás también de Muchnik, para quien traducía bastante (yo sólo participé en algún diccionario resuelto coralmente), pero no puedo asegurar que en otros casos, con editores peninsulares, coger fuera un no-no. Sí puedo, en cambio, hablar de mí con cierta autoridad. Yo sé que no cogí nunca en mis traducciones salvo en una única ocasión; rectifico o puntualizo: no cogí yo pero no estoy totalmente seguro de que algún corrector (obligado o no por el editor) cogiera por mí a mis espaldas porque, seamos honestos, nadie revisó todas las galeradas o pruebas de impresión de su vida laboral –en el supuesto de que se las hayan enviado– y maldita la gracia que me haría ahora ponerme a desandar (¿o debería decir desnadar?) ese frente marítimo. Tampoco soy garante absoluto contra posibles distracciones. Pero no estamos hablando de casuística precisa sino de fenomenología y lo que importa aquí es la intención que subyace al fenómeno, su voluntariedad política, que no es otra que la de evitar tener que coger mientras nadaba. En todos los casos menos, como dije, en uno.

Cuando me tocó traducir toda la poesía de Shakespeare (otro de los mares en que me metió Cohen) menos un poema (el relativamente breve “Fénix y Tórtolo”, que se reservó para sí Andreu Jaume, brillante editor del tutto chéspir para Penguin), descubrí unas cuantas cosas en las que antes nunca había reparado. Una, que Shakespeare le importa a bastante menos gente de la que proclama lo contrario; otra, que se pueden nadar muchas millas marinas de endecasílabos rimados en pocos días y no sucumbir ni ahogarse en el intento; y otra más, que William era, no diré un feminista avant la lettre, pero sí un finísimo observador crítico de la relación de poder entre los distintos sexos, géneros y líbidos de una época, la isabelina, que no nos es tan ajena, la verdad. Lo descubrí, sobre todo, en La violación de Lucrecia. No voy a hacer un spoiler y contar aquí la historia y el enfoque del poeta (y digo spoiler con todo el derecho: ¿quién de ustedes leyó ese tremendo poema de cabo a rabo, eh?) pero el propio título ya lo hace: sí, hay una Lucrecia y alguien la viola. El trabajo chespiriano de introspección psicológica es brutal; la proximidad a todos los elementos de un acto tan execrable como universal es tal que uno se pregunta si el propio William no habrá sufrido o hecho sufrir algo así en algún momento de su vida. Los vaivenes emocionales y la naturalidad de los detalles no rozan nunca el lugar común y no hay ni un gramo de histrionismo o justificación moral. Hay que leer La violación de Lucrecia, quizás antes que algunas de sus obras de teatro. ¡Sobre todo hoy, ahora! Shakespeare quería ser poeta, no dramaturgo. Ese era el pasaporte a la fama que creía haber comprado. Y es en la poesía donde repasa una vez tras otra la cuestión del poder en las relaciones eróticas. Cierto es que en esos largos poemas seudo-amorosos William ponía sus esperanzas de venta cuando los teatros tenían que cerrar por la peste, pero no lo es menos que la problemática profunda de un género y otro difería y también difería el tratamiento de los universales. En fin, no es mi intención hacer una apología del Bardo como bardo antes que como empleado y empresario de teatro; no obstante, recomiendo hacer una lectura pausada, atenta, desprejuiciada, irreverente incluso, de la poesía chespiriana, que al fin y al cabo no es tanta. Cuestión que mi revancha de nadador de fondo por tener que surcar aguas llenas de medusas lingüísticas fue usar (¡en ambas acepciones y por única vez en mi carrera!) el verbo de marras en el verso 677 de Lucrecia, justo cuando el violador comete el acto: “Entonces puso el pie sobre la luz,/ pues luz y vicio son archienemigos./ Oculto en esa noche de betún,/ es más tirano el crimen sin ser visto./ La oveja llora, el lobo la ha cogido/ y ahoga el lloro con la colcha blanca,/ matándolo en sus labios escarlata”. Shakespeare usa seize, que es tanto agarrar como atrapar o aferrar, y un eufemismo de take en el sentido sexual; yo uso coger, que es ambas cosas pero en distintas orillas. ¿Y ahora qué? ¿Me obligo a no volver a usar el verbo en aras de la simetría? ¿O doy mi revancha por nadada? En cualquier caso, la línea entre coger y no coger en las traducciones sudacas en España ya está trazada, y no por mí, válgame el suelo. Como muestra, un botoncito: no hace mucho, una editorial argenta quiso poner en el mercado hispano un texto trans de alto voltaje erótico, para lo cual se revisó la traducción y, con cierto criterio, se reemplazaron todos los coger por follar. El resultado fue que cada dos por tres los personajes se pasaban a refollar por aquí o allá, se sobrefollaban, enfollaban, esfollaban y yo qué sé cuántas cosas más. O sea, lo dicho: habrá que hacer nomás ese estudio de una vez.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

"Yo traduzco no sólo para Argentina, sino para América; no traduzco para España"

Foto: Raúl Ferrari.

El pasado 27 de noviembre, Carlos Daniel Aletto publicó en el sitio de la agencia TELAM una entrevista con el escritor y traductor Carlos Gamerro, quien acaba de publicar una nueva traducción de Macbeth, de William Shakespeare. En su bajada se lee: "El traductor considera que la singularidad de la pieza radica en su tratamiento del temor y en cómo lo suscita en los espectadores. Ve en ella el anticipo del género de terror gótico".

Shakespeare, el padre del miedo

Una nueva traducción de Macbeth que acaba de llegar a las librerías, realizada por el escritor argentino Carlos Gamerro, se destaca por su enfoque meticuloso y contextualizado que va más allá de la mera transposición lingüística, adentrándose en el cruce de factores históricos y literarios que influyen en la obra de Shakespeare, un proceso creativo en el que las imágenes y metáforas de la nueva edición fueron cuidadosamente seleccionadas por el traductor para resaltar temas como la ambición, la traición y la violencia características de la obra.
La reciente publicación de Macbeth que realizó la editorial Interzona con traducción, prólogo y notas a cargo de Gamerro, ofrece una perspectiva actualizada en español americano sobre la obra maestra de Shakespeare. Esta tragedia, probablemente estrenada en 1606 y posteriormente incluida en el "First Folio" de 1623, examina los efectos devastadores de la ambición política en la psique y la realidad física de quienes buscan el poder. Ubicada en Escocia, la trama sigue a Macbeth, un general escocés que, instigado por una profecía de brujas, comete asesinatos para alcanzar el trono, sumiéndose en un ciclo de culpa, paranoia y tiranía.

Según Gamerro, quien ya ha traducido obras clave de Shakespeare (Hamlet, El mercader de Venecia y Romeo y Julieta), la particularidad de Macbeth radica en su tratamiento del miedo. Para el autor argentino, esta obra no solo presenta personajes atormentados, sino que la propia narrativa evoca miedo en el espectador. El narrador y traductor sugiere que esta característica singular sitúa a la obra como la raíz del género de terror gótico-romántico, influyendo en figuras como los románticos alemanes, Edgar Allan Poe y Lovecraft. Esta conexión entre el terror y lo sobrenatural con el terror político contemporáneo añade una capa de relevancia y originalidad a la interpretación de la obra.

Gamerro, nacido en Buenos Aires en 1962, además de sus logros en la traducción de Shakespeare, ha destacado en diversas disciplinas literarias. Sus novelas Las islas y Cardenio, así como sus incursiones en teatro con obras como Norma y Ester, revelan su versatilidad artística. Además, su incursión en el cine con la película Tres de Corazones, en la que participó como guionista junto a Sergio Renán y Rubén Mira, demuestra la amplitud de su contribución al panorama cultural argentino y más allá.

-¿Cómo se diferencia Macbeth de los villanos de otras obras del autor?
-La diferencia fundamental entre Macbeth y otros villanos de Shakespeare radica en que técnicamente él no es un villano. A diferencia de los característicos avatares maquiavélicos, como Aarón el moro de Tito Andrónico, Ricardo III, Yago y Edmund de Rey, Macbeth no se presenta como un intrigante que declara sus intenciones inmorales. Mientras estos villanos disfrutan haciendo el mal, compartiendo sus maquinaciones con el público, Macbeth experimenta culpa, insomnio y arrepentimiento, incapaz de disfrutar de sus crímenes. Aunque no se redime, al final se reencuentra consigo mismo al perder todo lo ganado con sus acciones y regresar al guerrero que era originalmente. La obra destaca por su atmósfera onírica e irreal, sumergiendo tanto a Macbeth como al público en un trance a lo largo de la trama. Recordemos que Borges siempre insistía que una de las características definitorias del infierno era su irrealidad y esa es la sensación que domina a Macbeth y a nosotros, de alguna manera, que entramos como en una especie de trance a lo largo de la obra.

-¿Lady Macbeth es realmente el personaje dominante de la tragedia?
-Existe una especie de tradición o ideas ya instaladas. Por ejemplo, Otelo no es celoso, es alguien que es minuciosamente psicopateado por Yago, quien sí es celoso. O la idea de que Hamlet es un muchacho sensible y vacilante, un intelectual incapaz de acción, lo cual también es un disparate. La idea que prevalece en Macbeth es que ella es la mala, la que domina, la que impulsa el crimen. Hay algo de verdad en eso, y de hecho también depende de la interpretación en las representaciones teatrales, lo que, en última instancia, es una apuesta determinada. La obra representada es la obra de arte completa. El texto teatral es, como suelo decir, una serie de instrucciones para realizar una obra de arte.
Lo que es indudable es que los Macbeth forman un matrimonio, una pareja que funciona. Cuando él vacila, lo hace porque sabe que ella lo va a apuntalar y para que ella se haga cargo, evitando que él tenga que cargar solo con los crímenes. Por otra parte, él le confiesa a ella todos sus miedos, dudas y vacilaciones, apoyándose en ella. En cambio, ella guarda su vacilación y duda, lo cual la lleva a enloquecer, ya que no puede compartir con nadie todo lo que la atormenta.
Sin duda, se ha vuelto frecuente, y en esto creo que es válido e interesante, comparar a los Macbeth con otras parejas de poder, como los Ceaușescu en Rumania. Se solía hacer la comparación con Néstor y Cristina, lo cual me parece un poco insidioso, pero si dejamos de lado el tema de la maldad o de los fines, el modelo de una pareja que llega al poder y lo comparte de alguna manera es válido. Aunque las analogías a veces funcionan y a veces no, y podría ser complicado aplicarlas al presidente electo en Argentina, especialmente porque sería con la hermana.

-¿Cómo lograste capturar la esencia y el ritmo de los conjuros de las brujas en tu traducción al español?
-Las brujas en Macbeth hablan en octosílabos, que es distinto del pentámetro yámbico, que es la forma del verso de casi toda la obra, salvo cuando hablan en prosa. En español, el octosílabo es un metro muy usado; es el verso de la poesía popular, del romancero español y de la gauchesca. Así que, como también el aquelarre tiene su versión local, lo que se llama la salamanca y que aparece, por ejemplo, en la película de ambientación rural gauchesca de Leonardo Favio, Nazareno Cruz y el lobo, me pareció que tenía que buscar por ahí el lenguaje de las brujas. Fue un poco lo que me motivó a traducir Macbeth, nunca había leído a las brujas en español que me diera esa sensación de miedo y de verdadero lenguaje inhumano de las fuerzas del mal. Así que busqué en Martín Fierro, busqué en Hilario Ascasubi, en el poema "La Refalosa" y en el Santos Vega. Me inspiré en esas formas para hacer hablar a las brujas en español, y bueno, creo que no me salió tan mal.

-¿Cómo elegiste las imágenes y metáforas específicas para resaltar temas como la ambición, la traición y la violencia en Macbeth?
-En las obras maduras de Shakespeare, como Macbeth, las imágenes y metáforas forman redes asociadas, siendo relevantes tanto para la trama argumental como para el entramado poético. Estas imágenes abordan temas como vestimenta, lealtad arraigada, crecimiento ligado a la traición y simbolismos de infanticidio con referencias bíblicas. Por ejemplo, la profecía sobre Macbeth no temiendo a quien sea "nacido de mujer" se revela con su nacimiento por cesárea. La obra se impregna de poderosas imágenes de sangre, representada como algo vivo, oscuro y persistente, similar al alquitrán más que a la tinta china.

-¿Cuál fue tu enfoque al traducir a Hécate, considerando que los expertos señalan que su discurso difiere notablemente del resto?
-La reina de las brujas, Hécate habla en versos octosílabos, pero malísimos. Es verdad, parecen obras de otro autor, y de hecho, casi todos los especialistas coinciden en que lo son, que son interpolaciones de otra mano. Así que hice el esfuerzo de traducirlos, de hacerlos igualmente malos en español. Esto lo hago en mi descargo. Si suenan horribles, fue deliberado. También suenan así, de berretas en el original. Y después, cuando los personajes hablan en pentámetro yámbico con rimas, con rima consonante, traduzco con rima consonante y traduzco en endecasílabos, porque traducir verso libre es rimado, es trucho también. Pero el resto de la obra al pentámetro yámbico lo traduzco en un verso libre que trata de no apartarse demasiado de la medida del endecasílabo, porque hay traducciones muy buenas en verso medido, pero le da cierta rigidez, y sobre todo si pensamos, como yo pienso, que traduzco no solo para la lectura de un libro, sino para la representación en escena. Y lo más importante ahí es que el diálogo suene natural, que las actrices y los actores no tengan que matarse para darle naturalidad a un diálogo en versos medidos.

-¿Pensaste la traducción en términos de un lector y espectador argentino?
-Yo traduzco no sólo para Argentina, sino para América; no traduzco para España. Me parece que las traducciones españolas las hay muy buenas, pero funcionan en cuerpos, en voces españolas; hay una distancia motivada entre el español de España y el de América que hay que tener en cuenta. Una excelente traducción española no funcionaría en un escenario argentino, americano en general. Y los españoles tienen una tradición, una formación de teatro en verso formidable, todo el teatro del Siglo de Oro; en América no. Entonces, también hacerles un regalo, digamos, traduciendo en verso, que probablemente no será muy bienvenido. Así que esas son las consideraciones que me llevan a traducir en verso libre. Sin embargo, es un equilibrio porque, digamos, me parece que ya la prosa se aleja demasiado de la forma que le da Shakespeare. Digo, hay quienes han traducido a Shakespeare, como César Aira, todo a prosa.

jueves, 23 de septiembre de 2021

Carlos Gamerro y su versión de "Romeo y Julieta"

El novelista Carlos Gamerro acaba de publicar su versión de Romeo y Julieta, en la editorial Interzona. Especialista en William Shakespeare, el autor de La jaula de los onas acompaña su traducción de un muy interesante prólogo del que, a continuación, ofrecemos un breve fragmento.

“El amor vencido”

La preeminencia de Romeo y Julieta ha tenido su costo, al convertirla en la madre de todos los folletines, melodramas, novelas rosas, películas románticas, revistas del corazón, teleteatros y canciones melódicas, y hoy resulta difícil acercarse a ella directamente. Este sedimento kitsch que fueron depositando todas estas reelaboraciones, versiones y adaptaciones ha terminado por adherirse a la obra de tal manera que resulta imposible de despegar, por lo quedan dos opciones: ignorarlo, lo que ineludiblemente lleva a terminar encarnándolo, como le sucede a Franco Zeffirelli en su versión de 1968, o asumirlo y celebrarlo, como sucede en la magnífica versión de Baz Luhrmannde 1997. La incomodidad, de todos modos, persiste. En el prólogo a su traducción de la obra, Martín Caparrós y Erna von der Walde dos veces llaman a los protagonistas los “jóvenes nabos,” calificativo que revela más sobre quienes lo endilgan que sobre quienes lo reciben: los intelectuales y los artistas serios se sienten un poco incómodos con la obra, como si por admirarla se les fuera a pegar el aura kitsch que la rodea. Está bien visto hablar de ella con cierta distancia, un poco irónica, no vaya a ser que a uno lo confundan con la mersada. Más que ninguna otra obra de Shakespeare, Romeo y Julieta es la niña mimada de las parodias,  que pueden revestir diversas formas: Julieta es fea –un bicho–, Romeo y Julieta se odian, Romeo y Julieta sobreviven a los planes perfectos de Fray Lorenzo y terminan como una pareja de viejos que no se aguantan y se la pasan peleando, etc. De todas estas opciones, la favorita es quizás la última, ya que responde a cierto rencor envidioso de los espectadores maduros: ‘sí claro, así, muriéndose después de la primera noche, cualquiera puede creer en el amor eterno; pero los quiero ver viviendo toda una vida juntos’. El propio Shakespeare, sin duda hubiera estado de acuerdo: su teatro no se caracteriza precisamente por cantar las delicias de la vida conyugal, y lo que sabemos de la suya puede explicar en parte el por qué – si hubo en su vida un modelo para Julieta, seguramente no se trató de AnneHathaway. Su representación más acabada y convincente de un matrimonio que funciona se da en Macbeth, con lo cual está todo dicho. Para Harold Bloom, la sabiduría pragmática de Shakespeare sobre las relaciones de pareja puede resumirse en una fórmula: o se mueren los amantes, o se muere el amor. Romeo y Julieta deben morir para que su amor sea eterno.

Pero esta eternidad no es la de la perduración en los siglos venideros, ni la de la inmortalidad del arte. La eternidad que se alcanza en el estado de amor es la del puro presente, sustraído al devenir del tiempo. ‘Que este momento dure para siempre’ es un deseo que sólo pueden formular un místico en presencia de Dios o un amante en presencia de su amado. El presente se expande, desplaza al pasado – no importa todo lo que hayamos sido –y al futuro– no importan, no importan para nada, las consecuencias que este momento de amor eterno puedan traer. El presente del amor ocupa entero el espacio del ser, liberándolo, por lo tanto, de la tiranía del tiempo – así como el alma, fundiéndose con otra en el amor, se libera de la tiranía del yo. 

El tiempo, y el yo, tarde o temprano regresan: con el día, con el mundo exterior, con los otros, con la vuelta de los enamorados a sus identidades separadas. La noche, refugio de los amantes, llega a su fin: por más que traten de negarlo, es la alondra y no el ruiseñor quien ha cantado. Por eso el hogar permanente de un amor así solo puede ser esa otra noche sin fin, la muerte – que trae la anulación definitiva del tiempo y el yo. La muerte, en Romeo y Julieta, no es enemiga del amor, sino su garantía, y el final trágico, tan fácilmente evitable a nivel de la acción – bastaba que el mensajero de Fray Lorenzo llegara a tiempo para que todo hubiera terminado bien – resulta ineludible en términos de la metafísica del amor que Shakespeare ensaya. Desde el prólogo se nos habla de un “amor signado por la muerte,” y ya en el primer acto Julieta, acabando de conocer a Romeo, exclama: “Si casado está / la tumba mi lecho nupcial será.” Las imágenes que igualan al amor con la muerte se agolpan en las últimas escenas, culminando en la metáfora de la muerte como amante y esposo, desvirgando a Julieta, poniéndole los cuernos a Romeo. La pasión de ambos se consuma, inevitablemente, en la cripta, y la tumba es su lecho nupcial:

 Ay, querida Julieta, / ¿por qué insistes en ser tan bella? ¿Tendré que creer / que la incorpórea muerte sabe amar, / que el escuálido y odioso monstruo te guarda / acá en la oscuridad, para que seas su amante? / Para prevenirlo me quedaré contigo / y nunca más saldré de este palacio de tenue luz. Acá, acá me voy a quedar / con los gusanos, tus damas de compañía.

La unidad esencial de sexo, amor y muerte (que a veces, para abreviar, llamamos erotismo) nunca había sido –ni sería– tan bien cantada en la literatura.

Por eso la mejor manera de acercarse a la tragedia de los jóvenes amantes sigue siendo con el corazón abierto, en un estado de candor e inocencia. Quienes se burlan, o toman distancia, lo hacen a su propio costo. Nuestro corazón – no importa la edad – siempre está listo para decirnos que ha llegado la hora de dejarlo todo– familia, casa, amistades, posición y posesiones – solo porque quiere pasar de piedra inerte a llama de amor viva, cambiar por un instante de dicha plena la sucesión entera de los días y los años. Shakespeare sabía que esta visión del amor no se limita a la juventud: años más tarde crearía en Antonio y Cleopatra un modelo similar para la edad madura. Sus protagonistas están bastante creciditos y tienen mucha vida encima, pero cuando están juntos se comportan como jóvenes enamorados, y al final, Antonio prefiere perder un imperio antes que perder a su reina, y ambos eligen suicidarse antes que vivir el uno sin el otro. Shakespeare no escribió una versión para la vejez: esa tarea quedaría para Gabriel García Márquez, que en El amor en los tiempos del cólera escribió el Romeo y Julieta de la tercera edad.

Sabemos que la versión de Arthur Brooke ofrecía una enseñanza definida. ¿Cuál es la que ofrece la de Shakespeare? No –de ninguna manera– el remanido clisé de que el amor vence todos los obstáculos. El sentimiento de amor puede ser invencible (aunque Geore Orwell, en 1984, haya hecho mucho por socavar esta convicción: la certeza de no haber traicionado a Julia es la tabla de salvación de Winston, pero al final, frente al terror, en lo más profundo de su corazón, la traiciona), pero su consumación no lo es, y en la tragedia de Shakespeare termina dándose en la muerte, y no en la vida. En su intento por triunfar en la vida, el amor de Romeo y Julieta es vencido por cada uno de los obstáculos con que se topa – desde el odio entre las familias, la autoridad paterna, la moral, la ambición, el egoísmo, el rencor, hasta la mala suerte pura y simple. Pero es justamente en su fragilidad que demuestra su fuerza, es en su derrota que triunfa. Porque todas estas fuerzas que lo destruyen, al hacerlo, se vuelven odiosas y pierden sentido. ¿Qué son el honor de la familia, la autoridad de los padres, la sabiduría de los mayores, el sentido común de los criados, las leyes del estado, si su confluencia destruye la felicidad y las vidas de dos jóvenes que se aman? Todo aquello en lo que creíamos con tanta fuerza deja de importarnos. Brooke quiso enseñarnos a juzgar el amor en nombre de todos esos principios, Shakespeare nos enseña a juzgarlos en nombre del amor.

lunes, 30 de agosto de 2021

Roll over Shakespeare, Ehrenhaus dixit


Andrés Ehrenhaus publicó el siguiente artículo en la revista virtual La Salamandra Ebria, en su número del 23 de agosto pasado. De acuerdo con la presentación, el autor describe “en el presente ensayo su labor de traducción de los Sonetos de Shakespeare. Primero su traducción ortodoxa de los mismos, y posteriormente su 'hipertraducción' jibarizada a la forma del haiku”.

No arrojen sus sonetos a los jíbaros

Qué sorpresas brinda la traducción —como un caleidoscopio, que nunca genera dos imágenes iguales, se lo gire como se lo gire. Traducir es lo más parecido a bañarse en Heráclito. Quizás no para los lectores, que asumen el texto traducido como unidad ontológica, necesitados como están de una ilusión duradera. Pero para el traductor ese texto propio está hecho de la materia de las pompas: lo sabe fragilísimo, improbable, volátil, perecedero. Cuanto más transitable, más próximo a su caducidad. Expuesta a la luz, la traducción se oxida. Y todas estas condiciones se hacen especialmente notorias en la traducción de poesía, pues en un poema el espacio es tan exiguo —tan estrecho— que el traductor apenas tiene sitio donde ocultarse. Todos los procesos (y por procesos no me refiero únicamente a los procedimientos «positivos» o «reproductivos», es decir, comprobables, sino también a los procedimientos mistéricos, a las «imposibilidades físicas») que en la traducción de textos no poéticos pasan ––¡se les pide que pasen!– elegantemente desapercibidos, como si ocurrieran sin ocurrir, en la traducción de poemas ocurren ocurriendo, de modo tal que la configuran como un paradigma de la traducción-ahí. Quien traduzca un poema, por rematadamente «mal» que lo haga, se habrá acercado más (en el sentido de quedar expuesto) al misterio que quien haya traducido kilos y kilos de prosa. Lo cual, obviamente, no lo convierte ipso facto en un «buen» traductor. Ni siquiera en uno pasable. Cada cual hace de su visión del abismo lo que buenamente puede.

Pero démosle la vuelta al pastel. Porque finalmente de eso se trata, ¿no?, de darles la vuelta a las cosas. Y digamos, parafraseando al Tao («se gobierna un imperio con el mismo cuidado con que se fríe un pececillo»), que hay que traducir siempre —cualquier texto, todo texto— como si se tradujera poesía. Con la misma delicadeza, con el mismo cuidado y recato, con la misma apretura, con el mismo respeto. Para que el paradigma no sea solo un adorno, un ornamento, una metáfora más sino un sistema, un propósito, un modelo funcional. Por un lado, hay una cuestión casi deontológica en el hecho de levantar esta divisa: todo texto merece un esfuerzo parejo, por técnico o «neutro» que aparente ser. Es decir, la dignificación de nuestro trabajo empieza por nosotros mismos. Por otro lado, hay una cuestión conceptual, de política de la traducción: ¿qué estoy haciendo exactamente cuando traduzco? En mi caso, esta pregunta, formulada tardíamente, se ha ido respondiendo de modo caleidoscópico hasta llegar a una zona de relativo consenso interno; he llegado a ciertos acuerdos que son, seguramente, tan frágiles, improbables, volátiles como la traducción misma, precisamente porque cada nueva experiencia de traducción los somete a una implacable y constante revisión. Hago, por tanto, y para no marear demasiado a las pobres perdices, un corte en el aquí y ahora y me planto en esto: la traducción de la forma es lo que hace emerger el sentido y no al revés.

En otras palabras: traducir (poesía, sí, pero ya hemos quedado en que todo en traducción es poesía) es traducir la forma.

No llegué a esta toma de posición radical a través del estudio minucioso, la investigación o la especulación teórica; tampoco me iluminé de inmenso o de pequeño. Simplemente me detuve a mirar lo que estaba haciendo con las manos y traté de no interrumpirlas en su labor con mis prejuicios. Todo esto ocurrió muy breve, lenta e intensamente durante los tres años que dediqué a la traducción de los Sonetos de W. Shakespeare (y El lamento de una amante) y se nutrió, por supuesto, de lecturas, comentarios, intervenciones de otros; cuando uno traduce un cacho de idiosincrasia tan vistoso y cacareado como los Sonetos, la exposición al prójimo aumenta, felizmente en mi caso, debo añadir. Es como cuando uno cocina carne a la parrilla para varios comensales, o como cuando uno pesca en un muelle concurrido: los especialistas y comentaristas se multiplican. Uno suda frente a la carne que se asa y trata de aplicar algún consejo más o menos sensato al quehacer que le ha tocado en suertes, sabiendo que la responsabilidad final será exclusivamente propia: si la carne se quema, está cruda, no sabe a nada o es imposible de masticar, nadie más que uno deberá hacerse cargo del fracaso. Y el éxito, por somero que sea, se atribuirá a la materia asada; en este caso, al pobre Shakespeare. Cuando la carne es excelente, no hay parrillero que la arruine. Entonces, si el texto original ya se traduce prácticamente por sí solo, ¿qué hago yo dándole la vuelta sobre las brasas? ¿Qué puedo ofrecer que valga la pena? ¿Qué debo ofrecer?

La práxis, algunos comentarios y lecturas cabales, la onírica lucidez de las innúmeras duermevelas, las prisas (¡los encargos siempre tienen un plazo!) y una desordenada necesidad de orden me fueron convenciendo de que lo que podía —y debía, quizás— ofrecer era una lectura formalmente programática, un pececillo freído como mandaba el Tao: con cuidado. ¿Cuidado de qué? Para empezar, de su condición de pececillo. Y, para continuar, de su dimensión de imperio (Shakespeare es literariamente eso, ¿o no?). Había traducido unos 50 sonetos cuando caí en la cuenta de que debía revisar mis presupuestos formales y apretar más algunas tuercas. Un poeta y traductor amigo y muy respetado (Luis Martínez de Merlo) me sugirió que usara pies iámbicos; inicialmente me reí, deseché la idea, aduje que el iambo sistemático infantilizaba el ritmo complejo del soneto en castellano. Una relectura atenta me demostró que los que mejor funcionaban de los ya traducidos eran, sí, ya lo adivinan, los más (involuntariamente) iámbicos. Seguí por ahí, claro. Luego, la lectura de una estructuralista acérrima (Helen Vendler) me abrió los ojos a un fenómeno que hasta ese momento se había enmascarado tras la transpiración diaria: me pasaba días y noches tratando de mover y encajar piezas en una matriz de dimensiones y mecanismos prestablecidos. Yo era un relojero miniaturista. O, peor aún, un ludópata aficionado al sudoku. Los ciento y pico poemas que me restaban por traducir fueron un juego arriesgado, sí, pero gozoso y practicable. Descubrí entonces que, al menos para mí, cuanto mayor rigor formal me imponía, más feliz y cercano al sentido era el resultado. La pelea rabiosa por cada milímetro de espacio, de aire, de sonoridad, de sutileza, me aliviaba de la angustia hermenéutica, me eximía de la obligación de interpretar. Usaba más las manos que la cabeza. Y me manchaba más las manos que la cabeza.

Tardé tres años en terminar los Sonetos y El lamento (por cierto, a ningún crítico le llamó la atención que ese poema largo y despreciado acompañara a los tan cacareados, tal como había ocurrido en la edición original de 1609; sin duda, no tenían material previo de donde recortar y pegar). La edición apareció junto con unas cuantas más, porque el aniversario sonetero invitaba a la euforia publicatoria. Varias de ellas notables y tanto o más rigurosas en la forma como se pretendía la mía. Era para alegrarse, ciertamente. Menciono dos de las que más me gustaron e influyeron, porque ha habido tantas desde entonces que no cabrían en estas breves páginas: la de Pedro Pérez Prieto (en Nivola) y la segunda de Miguel Ángel Montezanti, en variante rioplatense, titulada Solo vos sos vos (en la editorial universitaria Eudem). De la de Pérez Prieto rescato —y envidio— el valiente erotismo; de la de Montezanti, el valiente criollismo. Esa ojalá sana envidia criolla me llevó, diez años después, a un salto acrobático que, siguiendo la lógica caleidoscópica, me pegó un baño en Heráclito de aquí te espero. Bueno, no a mí. Se lo pegó a los Sonetos. Esa envidia y mi nueva militancia formalista.

Durante la (no recuerdo ya si agitada) primavera de 2018 sometí a mis sufridos alumnos de traducción de poesía a la juguetona tortura de llevar un soneto, de Shakespeare, por ejemplo, a formas poemáticas cada vez más reducidas: llevar los pentámetros iámbicos a octosílabos, a pentasílabos, a hileras de palabras, a una idea básica, a una cifra significativa, con la intención de hacerlos regresar de la concentración máxima a un volumen que no tuviera que ver con el confort y la pereza formales sino con una propuesta más arriesgada de traducción. Uno de los pasos intermedios consistía en convertir el soneto en un haiku, con sus reglas extrapoladas a la métrica castellana. El trayecto hasta el haiku no era caprichoso sino que venía precedido de un adelgazamiento sistemático, una evisceración y desmembramiento metódicos, una rutina de traducción, vamos. De una traducción X se pasaba a una traducción X – n, y así sucesivamente, de tal modo que los haikus y sus pasos precedentes y sucesivos no surgían del poema original sino de sus subtraducciones. Luego, todos (profe incluido) exponíamos los resultados y los sometíamos a ruidosa votación. De esos ejercicios me fueron quedando poemas japoneses sueltos que pedían patente de corso; los acallé y encajoné un tiempo hasta que un día decidí revisarlos al amor de las versiones rioplatenses de Montezanti y advertí que en lunfardo funcionaban mucho mejor. No tenía más de diez pero en pocos días ya eran más del doble. Una selección se publicó virtualmente en México. Y la cosa se disparó. Cuando llevaba haikuzada («jibarizada» fue el término técnico utilizado en el posterior prólogo) bastante más de la mitad, convencí a otro loco, el brillante ilustrador Elenio Pico, de que los fuera dibujando. Y así, a un ritmo febril, fui jibarizando mi propia traducción «ortodoxa» de cada soneto para embutirla en un imposible terceto de 5, 7 y 5 sílabas mientras Elenio dibujaba, con el mismo ímpetu febril, su propia traducción gráfica del poema.

En menos de un mes, Shakespeare había escrito 154 haikus con su ilustración correspondiente. Tres o cuatro meses después, esa hipertraducción ya era un libro, publicado por La Fuga en Barcelona. En las infructuosas giras de promoción a que nos sometió el editor cuando los haikus llegaron a las librerías solíamos presentar un número vivo que consistía en el paso de una sucesión de líquidos y destilados por teteras y recipientes menguantes hasta acabar en un desbordado chupito: el líquido sobrante y derramado era (¡ríete de Frost!) lo que le sobraba al soneto. ¿Cómo si no un post barroco isabelino sin mucho conocimiento del lejano oriente iba a poder componer una colección sostenible de haikus? ¿Cómo, sin darse un tremendo chapuzón en Heráclito?

Pero otra pregunta aún más suspicaz queda botando en el aire: ¿ha sobrevivido algo de aquel pececillo delicado que nos proponíamos freír con programática precaución al principio de este excurso? Que lo diga William. Nosotros ya le habremos dado otra vuelta de tuerca al caleidoscopio. Así, donde decimos que William dice:

VI

No dejes, pues, que el tosco invierno borre,
si no te has destilado, tu verano:
endulza una vasija; busca donde
incrementar tu erario y no enterrarlo.
Ese uso no es usura mal mirada
pues llena de alborozo a quienes paguen
y a ti te beneficia de la crianza
de uno igual a ti; o diez si cabe.
Serás diez veces más feliz que ahora
al verte reflejado en otros diez;
la muerte no podrá con tu persona
pues si ellos viven, vives tú también.
Mas no disfrutes solo tu legado
o heredarán tu encanto los gusanos.

William dice que decimos:

6

tené diez hijos,
dos, uno. no disfrutes
de vos vos solo.

Y donde esto:


LXXV

De ti mi pensamiento se alimenta
igual que la llovizna nutre el suelo;
sentir tu paz me turba y me deleita
así como el dinero al usurero.
Ni bien se enorgullece de su gozo
ya teme que le roben la fortuna,
y duda entre tenerte para él solo
o proclamar al mundo su ventura;
a veces está ahíto de extasiarse
o siente hambre voraz de una mirada,
sin otra posesión más que esa parte
que tú le das o que él a ti te saca.
Y así, hambriento y harto cada día,
o me lo como todo o no hay comida.

Esto otro:

75

mi pensamiento
no sabe si comerte
o pasar hambre.

Y de estos vientos:


CXLVII

Mi amor, como una fiebre, sólo ansía
aquello que prolonga su dolencia
y sacia su hambre absurda y enfermiza
nutriéndose del mal que lo sustenta.
Su médico, que es mi razón, se ha ido
furioso pues no cuido a su paciente,
y ahora, desolado, me repito
lo mismo que el doctor: deseo es muerte.
Quien pierde la Razón, perdió la cura
y, en mi locura, yo perdí el reposo;
mi pensamiento y mi discurso mudan
sin tino ni razón, como los locos:
juré y pensé que eras radiante y clara
mas eres negra noche endemoniada.

Estas tormentitas:

147

de puro loco
te porfié clara, y vos
sos negra, negra.


Desde que estas cabezas reducidas salieron a la luz fueron muy escasas las ocasiones que tuve de devolverlas al sitio de donde venían: la pura y dura traducción. El proceso fue tan paroxístico que apenas se dejaba pensar. Era la hipertraducción como vértigo, pero poco más. El nexo entre los tres estados físicos de los poemas era diáfano en mi mente pero se me desvanecía en la letra, en el papel. Y aún me ocurre. Me faltan herramientas críticas para saber si los haikus son realmente shakespirianos o solo un ejercicio más, y no ha habido lecturas analíticas que los pusieran en su —o en algún— sitio. Siguen, pues, sueltos, inverecundos y silvestres, a la espera de que alguien los quiera meter en un frasco aún más chico. Si ese alguien finalmente se atreviera, esperemos que no se le deshaga el pececillo frito.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Otra forma de la estupidez triunfa en los Estados Unidos: William Shakespeare cancelado

Omar Genovese
, en un artículo que publicó el pasado 13 de marzo en el diario Perfil, añade nuevos datos que ilustran el avance del falso progresismo sobre la cultura. Hoy es el turno de William Shakespeare, “lleno de ideas problemáticas y obsoletas”

Los riesgos de la corrección política

 

La corriente contemporánea de cancelación cultural en habla inglesa mantiene su vigencia por caminos diversos. Hace un año fueron atacadas las esculturas, hace poco aparecieron pedidos de eliminar caricaturas como Pepe Le Pew y Speedy González. Desde enero de este año ocurre otro movimiento, centrado en la reinterpretación de las obras literarias en función a la educación, más precisamente la enseñanza de la lengua inglesa en Estados Unidos. El detonante es el artículo “Enseñar o no enseñar: ¿Shakespeare sigue siendo relevante para los estudiantes de hoy?”, de la profesora Amanda MacGregor, publicado en el School Library Journal. La autora afirma: “Las obras de Shakespeare están llenas de ideas problemáticas y obsoletas, con mucha misoginia, racismo, homofobia, clasismo, antisemitismo…”.

 

MacGregor, para reforzar su crítica, reproduce también opiniones de distintos educadores en literatura y lengua respecto al poeta muerto hace más de 400 años: “Shakespeare fue una herramienta utilizada para ‘civilizar’ a los negros y morenos en el imperio de Inglaterra. Como parte de los esfuerzos colonizadores de los británicos en la India imperial, se construyeron los primeros planes de estudio de literatura inglesa, y las obras de Shakespeare fueron fundamentales para ese nuevo plan de estudios.”

Sobre enseñar con Romeo y Julieta, otro afirma que lo hace “a través de la lente del desarrollo del cerebro adolescente con un lado del análisis de masculinidad tóxica”; con la misma pieza, una docente dice: “Después de leer sobre una mujer llamada Laura Bates que enseñó Shakespeare a los presos, me inspiré para centrarme más en la violencia dentro de Romeo y Julieta”.

Al llegar a Hamlet, Adriana Adame reconoce que trae especialistas a sus clases para hablar sobre “qué hacer con el dolor y las formas de evitar que se vuelvan vertiginosas cuando se enfrentan a situaciones estresantes”.

Y si la respuesta es que se trata de un autor universal, argumentan: “Necesitamos desafiar la blancura de [esa] declaración: la idea de que los valores dominantes son o deberían ser ‘universales’ es dañina”.

Todos estos conceptos retroalimentan y multiplican un movimiento en redes sociales titulado #DisruptTexts (https://disrupttexts.org), en el que participan docentes “despiertos”, que acuerdan con esta forma de limpiar la enseñanza de un canon que consideran obsoleto ante un alumnado sin representación. De hecho, las estadísticas expresan una realidad en este sentido.

En una encuesta del Departamento de Educación (2018), 79,3% de los maestros de escuelas públicas son blancos, 9,3% hispanos, 6,7% son negros o afroamericanos y 2,1% asiáticos. Ya en educación superior, el estudio de Brookings Institution (2017) encontró que el 80% de los profesores de inglés en universidades públicas son blancos, 9% negros, 6% asiáticos y 4% hispanos. Por último, de los 378 doctorados en literatura inglesa otorgados en 2019, 7 fueron afroamericanos, 19 hispanos/latinos, 15 asiáticos y 286 candidatos blancos.

Conservadores y liberales estallaron con distintos niveles de indignación ante la posible cancelación del bardo genial. Y los maestros rebeldes no cesan: “Romeo es más un acosador que un novio perfecto”.

Puede que esta corriente llegue a la Argentina, y que se estudie la obra de Sarmiento desde su negritud negada (bajo el despectivo término mulato) y cómo la misma ofició de motor en sus políticas educativas.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El 18, Montezanti en el SPET e Inés Garland en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires


Justo el mismo día y casi a la misma hora en que Inés Garland va a preentarse en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires (vale decir, el miércoles 18 de septiembre a las 18:30), en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” (Carlos Pellegrini 1515) va a estar en el SPET nuestro viejo conocido  Miguel Ángel Montezanti. El título de su exposición es “¿Eres tú o sos vos? Los Sonetos de Shakespeare en traducción rioplatense”

Miguel Ángel Montezanti, investigador del Conicet, es Doctor en Letras, Profesor en Lengua y Literatura Inglesa y Traductor Público Nacional de Idioma Inglés (UNLP). Es profesor titular de Traducción Literaria y de Literatura Inglesa (UNLP)
  
Traducciones:
–Sonetos completos de William Shakespeare
–El nudo coronado: estudio y traducción de Cuatro Cuartetos, de T.S. Eliot
–Visitas hospitalarias: estudio y traducción de la poesía de Philip Larkin
–Extraño encuentro: estudio y traducción de la poesía de Wilfred Owen
–Sólo vos sos vos. Los sonetos de Shakespeare en traducción rioplatense
–El tórtolo y la fénix: estudio y traducción de The Phoenix and the Turtle, de William Shakespeare
–Venus y Adonis: estudio y traducción de Venus and Adonis, de William Shakespeare
–La violación de Lucrecia: estudio y traducción de The Rape of Lucrece, de William Shakespeare
–Quejas de una enamorada: estudio y traducción de A Lover’s Complaint, de William Shakespeare

El invitado comenta:
“Sería ideal que los concurrentes hubieran visitado los Sonnets de Shakespeare. Se encuentran en muchas partes de la red y hay ediciones bilingües y distintas traducciones, estas en soporte papel. Cuanto más interiorizados estén en los Sonetos, tanto mejor.”

Quienes vayan a solicitar un certificado de asistencia (un servicio gratuito del SPET), por favor no olviden firmar después de la reunión en la lista disponible en Cooperadora.