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lunes, 18 de junio de 2018

"En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, enseguida detectas que es muy arcaico"

En la entrada del viernes 15 de junio pasado, se hablaba del filólogo e investigador español Javier López Facal y se citaba La presunta autoridad de los diccionarios, uno de sus libros más conocidos, justamente para refutar las invocaciones incultas o malintencionadas a la autoridad del DRAE. Tal vez, considerando todo eso, valga la pena volver a leer la entrevista que Alicia Rivera le hizo para el diario madrileño El País, en su edición del 4 de marzo de 2011.

"La Real Academia sigue haciendo un diccionario
arcaico, como del siglo XVIII"
   
En los libros, a menudo, las más gratas sorpresas llegan cuando uno no espera demasiado. ¿Un libro sobre diccionarios? ¿Son interesantes los diccionarios en sí mismos? Pese a las dudas, tres datos inclinan la balanza hacia la curiosidad ante La presunta autoridad de los diccionarios editado recientemente por el CSIC. Uno es el mismo título, con ese apunte de provocación condensada en la "presunta autoridad", como si se pusiera en duda algo que normalmente se acepta sin muchas sospechas; otro punto es que el libro es corto, un centenar de páginas, así que no se pierde nada por probar; el tercer punto a favor de intentarlo es el autor: Javier López Facal, un ameno, agudo e inteligente autor de tantos textos. También en este caso la curiosidad resulta premiada al saborear un libro lleno de conocimiento y sorpresas para los no expertos en diccionarios, y con sentido del humor cuando hace falta. López Facal demuestra ser un auténtico erudito, sin pedantería, y abarcando los diccionarios desde la antigüedad hasta la Wikipedia. Al final resulta que las cien páginas sobre los diccionarios se te quedan cortas.

López Facal, doctor en filología griega, profesor de investigación del CSIC y experto en política científica y gestión de la I+D, trabaja en un pequeño despacho (en la sede central del CSIC en Madrid), cuya única decoración son los libros, incluidos los diccionarios alineados en una estantería dedicada a ellos. Durante 15 años trabajó en la elaboración de un diccionario griego-español.

–¿Le gustan los diccionarios?
–Sí, con locura. Algunas personas tenemos el defecto de ser verbívoros –una palabra que se inventó hace poco, por cierto– y nos divierten las palabras, conocer su origen, sus usos, sus significados... Aquí, en el despacho tengo unos poquitos diccionarios, pero en casa tengo muchos más.

–En su libro incluso recomienda una tienda de diccionarios en Madrid
–Si, la única exclusivamente dedicada a diccionarios que hay en el mundo (que yo conozca), solo hay otra pequeña en París.

–¿Cuántas palabras utiliza normalmente una persona para expresarse?
–Usa tres o cuatro mil, nada más. Puede conocer unas 25.000 si es muy culto, cuando el léxico patrimonial español rondará los pocos cientos de miles de palabras y el número que pueden manejar la suma de los hispanoparlantes será de cuatro o cinco millones.

–¿Cuándo se inventa las palabras? ¿Cuando surgieron los diccionarios?
–Las palabras las inventó el ser humano. Los hombres y mujeres llevaban hablando muchos miles de años antes de que aparecieran los gramáticos y los diccionarios. Los protolexicólogos y protogramáticos son algo reciente. Hace cuatro o cinco mil años aparecen ya una serie de personas que se ocupan de las palabras; por ejemplo en Egipto... hay unas esculturas preciosas de señores escribiendo, los escribas. En cuanto a los diccionarios, como muchas otras cosas (la astronomía, la física, la medicina) fue en Grecia donde se empezó a reflexionar sobre ellos. Los griegos asumieron influencias de países cercanos y crearon los términos lexicografía y gramática. Pero el invento del diccionario es como el del abanico, que tuvo lugar en varios lugares a la vez, sencillamente porque había que abanicarse cuando hacía calor o para apartar las moscas.

–Pero siguen surgiendo palabras constantemente. ¿Quién las inventa?
–Hay de todo. Algunas las crean líderes sociales, puede ser un político, un religioso, un artista... También surgen por la base social. Es un proceso constante. Hace diez años no conocíamos el término wiki y ahora tenemos Wikipedia, Wikileaks, etcétera. Wiki se inventa a partir de un acrónimo del inglés (What I Know Is, o Lo que sé es) y funciona como prefijo con el que podemos componer muchas palabras.

–¿Le gusta la Wikipedia?
–Sí. Es una enciclopedia y hay que tener en cuenta que es muy desigual según lenguas y artículos. La wiki alemana es generalmente impecable, la inglesa también. La tercera que se hizo fue la catalana y se ha quedado un poco corta. La española es muy desigual, con artículos muy buenos y otros que no...

–En su libro, cuando cita la Wikipedia indica la fecha de la entrada.
–Claro, hay que hacerlo porque si lo cambian ya no está la referencia a la que tú aludes. Además hay que indicar el idioma porque no son todas iguales. La wiki en inglés tiene unos siete millones de artículos, que es mucho más que cualquier enciclopedia impresa, incluida la Británica.

–¿Qué recomendaría a la gente que usa la Wikipedia?
–Lo mismo que cuando se usan los diccionarios: fiarse de los expertos y nunca fiarse del todo. La wiki es una primera aproximación que resuelve muchos problemas, pero también hay que tener cuidado porque hay columpiadas... pero también la Enciclopedia Británica las tiene a veces.

–Los diccionarios, las palabras... ¿dicen algo de la gente que las usa o hay que ir al lenguaje, incluso a la literatura para encontrar la personalidad de los parlantes?
–En los diccionarios, si uno está atento, nota bajo todos ellos una ideología y una cultura. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, por ejemplo, enseguida detectas que es muy arcaico, incluso en ese "dícese..." con que empiezan muchas entradas; que ya no se habla así. Otro diccionario, para mi gusto el mejor, que es el de Manuel Seco, es muy diferente. Por ejemplo, la palabra "marrón", el Seco recoge varias acepciones muy habituales en el uso y relacionadas con causa criminal, condena, año de cárcel, culpa... ya desde su primera edición 1999. El diccionario de la RAE incorpora tímidamente la acepción de "marrón" como "contratiempo" solo a partir de sus 22ª edición, de 2001, y con muchos menos sentidos de los que ofrece el de Seco. Es lo que ocurre con los simples imitadores frente a los innovadores, que suelen ir a remolque y siempre llegan tarde.

–No habrá ningún diccionario que recoja todas las palabras y acepciones.
–No, claro. Los diccionarios tienen que ser selectivos. La cuestión está en los criterios de selección. Muchos españoles creen que el diccionario de la RAE es el mejor que hay, pues bien, es exactamente el peor. Es peor comparado con el equivalente francés, italiano, portugués, alemán inglés... no así la gramática ni la base de datos de la RAE, que son probablemente mejores que las equivalentes de otros países, o al menos equiparables.

–¿Es pública la base de datos de la RAE?
– Sí. En ella hay unos 90 millones de registros distintos y se puede consultar por Internet. En realidad son dos bases de datos. CORDE, que es histórica, y Crea (Corpus de referencia del espacial actual). La Academia viene haciendo el Crea desde hace tiempo con financiación pública y un equipo de lexicógrafos e informáticos excelentes, así que con esta base podría hacer un diccionario extraordinario. Sin embargo, sigue rehaciendo continuamente el diccionario del siglo XVIII.

–Si una persona utiliza en un examen la acepción de la palabra marrón que recoge el diccionario de Seco pero no el de la RAE, ¿Cabe considerar que no es castellano correcto?
–Es un vicio contra el que vengo luchando desde hace años. Explico en el libro que si alguien va por el campo, ve una hierba, consulta un libro de botánica y no viene, no se le ocurre decir que esa hierba no existe, sino que esa hierba no está en su libro de botánica. Nadie puede decir a un hispanoparlante "esta palabra no existe". Se puede decir que no está en el diccionario... pero la culpa no la tengo yo por usar la palabra sino el diccionario por no reflejar bien el léxico. Mucha gente cree que el diccionario de la RAE es como los mandamientos de la ley mosaica y que si los incumples vas al infierno.

–¿Plantean un problema especial los términos científicos? La ciencia va muy rápido y además los científicos hablan en inglés como antes se hacía en latín.
–Efectivamente. En las universidades europeas se hablaba antes latín y ahora la lengua de la ciencia es el inglés. La verdad es que se ha creado una versión artificial del inglés que permite a la gente de ciencia entenderse, y de eso se trata. En cuanto a los diccionarios de ciencia, es complicado estar al día y siempre van por detrás, pero hay departamentos de terminología que funcionan muy bien, como los de la UE.

¿Por qué el CSIC publica un libro sobre diccionarios en esta colección, ¿Qué sabemos de?, casi exclusivamente dedicada a temas de ciencia?
–Es una colección de divulgación, inspirada en una que hizo el CNRS francés [el CSIC galo]hace años. Trata diferentes temas: de física, de química, de biología... pero también de ciencias humanas y sociales, y me encargaron a mí el primero que se publica de este ámbito.

viernes, 15 de junio de 2018

La diputada Carrió, ¿es tonta, estúpida o imbécil?


A partir de hoy, y con la frecuencia que sea posible, este blog va a incorporar una nueva sección en la que los traductores puedan reflexionar sobre algún tema referido al oficio, a la lengua y sus usos, y al mundo editorial en general. Esta nueva serie de columnas de opinión se abre con el texto que sigue, firmado por el Administrador del blog. Tiene por objeto señalar el frecuente error de suponer que el Diccionario de la Real Academia es el único que tiene todas las definiciones y respuestas posibles, agotando de ese modo el léxico de la lengua castellana. Apunta igualmente a demostrar el error en el que se cae cuando se lo considera “autoridad” y la gravedad de incurrir en ese error cuando se tienen responsabilidades dentro del Estado.

No lean el diccionario 
de la Real Academia Española

En un artículo de la lingüista española Elena Álvarez Mellado (Madrid, 1987) que, con el título “El mito de las palabras que no están en la RAE”, fue publicado en eldiario.es, se lee: “Nos han educado para creer que la RAE es el tao. De hecho, hablamos de El Diccionario como si solo hubiera uno, cuando existen multitud de ellos, algunos notablemente más explicativos o actualizados que el de la RAE. Pero la RAE es mucha institución y nos parece que de alguna manera el suyo es la fuente oficial, el oráculo de Delfos al que consultar para poner fin a las discusiones de sobremesa. El RAE seal of approval valida o condena definitivamente. Si una palabra no aparece en el diccionario de la RAE, será que está defectuosa por algo. Será que está mal.

Álvarez Mellado continúa: “Pero el caso es que la labor lexicográfica (esto es, el noble arte de hacer diccionarios) no funciona así. Las palabras no pertenecen a la RAE ni a los diccionarios, pertenecen a los hablantes. Los hablantes crean, producen, inventan palabras, y los diccionarios las recogen. Nunca al revés. Todas las palabras que aparecen hoy en el diccionario fueron acuñadas en algún momento y estuvieron fuera. Aun así, tenemos tan interiorizada la idea de que es el diccionario el que crea la lengua que decimos alegremente que una palabra no existe cuando no la encontramos en el diccionario”.

En este punto, Álvarez Mellado cita a Javier López Facal, Doctor en Filología Griega por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, quien es además el autor de La presunta autoridad de los diccionarios (2010). Allí se lee: “Si alguien va por el campo, ve una hierba, consulta un libro de botánica y no viene, no se le ocurre decir que esa hierba no existe, sino que esa hierba no está en su libro de botánica. Nadie puede decir a un hispanoparlante “esta palabra no existe”. Se puede decir que no está en el diccionario… pero la culpa no la tengo yo por usar la palabra sino el diccionario por no reflejar bien el léxico. Mucha gente cree que el diccionario de la RAE es como los mandamientos de la ley mosaica y que si los incumples vas al infierno’.”

 

Tal vez parezca excesivo, pero todo este largo preámbulo sirve para contextualizar la presunta idoneidad intelectual de la diputada Lilita Carrió, líder de la Coalición Cívica,  quien el 8 de noviembre de 2017, trató a los diputados Margarita Stolbizer y Federico Masso, ambos de Libres del Sur y contrarios a su proyecto de donación de alimentos, de estúpidos. Frente a las críticas de las que fue objeto, twiteó lo siguiente: “Estúpido/da es una persona necia o falta de inteligencia. Lean el diccionario de la Real Academia Española. No es un insulto”. Y efectivamente ésa es la definición de ese diccionario al que la diputada Carrió alude como principio de autoridad.

 

El DRAE presenta la siguiente sinonimia para la palabra “estúpido”: “tonto, imbécil”. Ahora bien, cuando se busca la definición de “tonto” en el mismo diccionario uno encuentra diversas acepciones. Importan acá la primera y la tercera: “Dicho de una persona falta o escasa de entendimiento o de razón” y “Dicho de una persona que padece una deficiencia mental”. Y respecto de la palabra “imbécil” se lee claramente: “Tonto o falto de inteligencia”, sólo que acá, se añade que se trata de un insulto. Habría entonces algo así como una gradación que, de menor a mayor, comprendería las palabras “tonto”, “estúpido” e “imbécil” para designar a aquellos que son necios o faltos de inteligencia. Pero como las lenguas son sistemas que no se limitan a los signos ortográficos habría que agregar también otras posibilidades semánticas, así como la entonación que, convengamos, no es la misma cuando se tilda a alguien de “tonto”, de “estúpido” y de “imbécil”.

 

Si ejemplificáramos esto mismo con la mismísima diputada Carrió, bien podríamos decir que cuando supone que el DRAE es el non plus ultra de la lengua castellana es tonta. Pero cuando se plantea a sí misma como la última defensa de la moral republicana es estúpida. Ahora bien, cuando se niega a despenalizar la práctica del aborto y condenar a miles de mujeres a un verdadero calvario por el solo hecho de ser pobres es, cuanto menos, imbécil (y eso, con una calificación benévola). ¿Se ve la gradación que se esconde detrás de la sinonimia? Para ser del todo claro, al entender todos estos adjetivos, por cierto nada simpáticos, de manera uniforme y pasteurizada, la diputada Carrió demuestra ser tonta, si no estúpida o imbécil. Considerando su manejo de la lengua, si alguna vez por una remota casualidad lee estas palabras, no habrá motivo para que se sienta ofendida.