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martes, 12 de septiembre de 2023

A los 87 años, murió la traductora Edith Grossman


"Elevó el perfil de la traducción en grandes obras literarias e insistió para que su nombre apareciera en las portadas de los libros que tradujo, incluido el Quijote." Tal es la bajada que eligió el New York Times, para la nota firmada Rebecca Chace, el pasado 9 de septiembre.

Adiós a Edith Grossman, la voz de García Márquez en inglés

Edith Grossman, que elevó el perfil de los traductores con sus aclamadas traducciones de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, y el Quijote, de Miguel de Cervantes, falleció el lunes en su casa de Manhattan. Tenía 87 años.

La causa fue un cáncer de páncreas, según informó su hijo Kory Grossman.

Neoyorquina directa y dura, Grossman, conocida como “Edie”, se dedicó a traducir autores latinoamericanos y españoles en una época en la que la traducción literaria no se consideraba una disciplina o carrera académica seria.

Durante mucho tiempo, según dijo en una entrevista para esta necrológica en 2021, se consideró a los traductores como la “humilde Cenicienta” del mundo editorial. Pero, como escribió en su innovador libro Por qué la traducción importa (2010), ella veía su papel “no como el fatigoso trabajo del mundo editorial, sino como un puente viviente entre dos reinos de discurso, dos reinos de experiencia y dos grupos de lectores”.

Grossman fue de las primeras en insistir en que, en cualquier libro que tradujera, su nombre apareciera en la portada junto al del autor, una práctica a la que los editores se habían resistido tradicionalmente por razones tanto económicas como de mercadeo. Les gustaba pensar que podían agitar “una varita mágica” y convertir un libro de un idioma a otro, bromeó en la entrevista. “Y no hay ningún humano involucrado. ¿Ningún humano al que se deba pagar?”.

Cuando se publicó su traducción del Quijote en 2003 —con su nombre en la portada junto al de Cervantes— no solo encumbró su propia carrera, sino que también contribuyó a elevar la estatura de la traducción literaria. Su Don Quixote, publicado por un sello de HarperCollins, se convirtió en la versión definitiva en inglés y sirvió de inspiración a una nueva generación de traductores.

“Aunque ha habido muchas traducciones valiosas del Quijote”, escribió el crítico Harold Bloom en una presentación, “recomendaría la versión de Edith Grossman por la extraordinaria calidad de su prosa”.

Que se pusiera su nombre en la portada era solo uno de los problemas que Grossman tenía con los editores. También deseaba que le encargaran traducciones de más libros y les acusaba de “aislacionismo lingüístico” por no hacerlo.

No sólo no querían pagar adecuadamente a los traductores, sino que, en su opinión, estaban ignorando una conversación global que fomenta el entendimiento mutuo a través del intercambio de ideas, cultura y amor por la literatura.

Grossman creía que la traducción era un acto creativo emprendido en armonía con el autor, del mismo modo que un actor pronuncia los parlamentos de un dramaturgo. Esta visión de la traducción reflejaba su propio método, que describía como un proceso auditivo.

“Pienso en la voz del autor y en el sonido del texto, después en mi obligación de oírlos lo más clara y profundamente que sea posible”, escribió en Por qué la traducción importa, “y por último en mi necesidad igualmente imperiosa de pronunciar la obra en el segundo idioma”.

Su técnica la convirtió en una de las traductoras de literatura latinoamericana más cotizadas en las décadas de 1980 y 1990. Fue una de las que permitió a los lectores de lengua inglesa acceder a las obras de Gabriel García Márquez, Isabel Allende, Carlos Fuentes, Laura Esquivel y otros autores de un género totalmente nuevo, el realismo mágico.

Grossman se convirtió en la traductora preferida de García Márquez después de que un agente que vivía en su edificio del Upper West Side de Manhattan le preguntó un día: “¿Te interesaría traducir a García Márquez?”.

“¿Es broma?”, recordó haber respondido.

Envió 20 páginas con una muestra de cómo traduciría El amor en los tiempos del cólera, la obra maestra de García Márquez publicada originalmente en Colombia en 1985. Así comenzó su colaboración de por vida con el Nobel, cuya obra le resultaba fascinante y exigente a la vez. Su versión en inglés fue publicada por Alfred A. Knopf en 1988.

Traducirlo, dijo en la entrevista, “era como resolver un intenso crucigrama”.

Más tarde, él le hizo el máximo elogio, al decirle que era su voz en inglés.

Grossman nació con el nombre de Edith Marion Dorph en Filadelfia, el 22 de marzo de 1936. Su padre, Alexander Dorph, era vendedor de zapatos y organizador sindical, y llegó a tener su propia zapatería. Su madre, Sarah (Stern) Dorph, era secretaria y ama de casa.

Su profesora de español en la secundaria, Naomi Zieber, fue quien la inspiró para especializarse en español en la Universidad de Pensilvania, y empezó a hacer traducciones mientras estudiaba ahí.

En 1957 se licenció en lengua española y en 1959 obtuvo una maestría en literatura española. Pasó un año en España como becaria Fulbright en 1962 y dos años en la Universidad de California, Berkeley, antes de regresar a Nueva York para doctorarse en literatura latinoamericana en la Universidad de Nueva York en 1972.

Al principio de su carrera docente, cuando era estudiante de posgrado, Grossman se topó con prejuicios contra las mujeres en el mundo académico.

“Tuve un profesor que una vez me dijo: ‘Sabes que estás ocupando el espacio de alguien que va a seguir en el campo, y tú solo vas a casarte y tener hijos’”, recordó a la revista en línea Asymptote en 2019. Y añadió: “Le dije: ‘No tienes forma de saber lo que voy a hacer’”.

Pero su teléfono no paraba de sonar con trabajos de traducción, y en la década de 1970 decidió apartarse de la vía académica e intentar traducir a tiempo completo.

“Lo que pierdes en seguridad económica lo ganas en independencia intelectual”, dijo en la entrevista de 2021.

La apuesta le salió bien. A medida que crecía su reputación, Grossman aceptó puestos de profesora a medio tiempo en la Universidad de Nueva York, la Universidad de Columbia y otras universidades de la zona de Nueva York, pero pasó la mayor parte de su carrera trabajando como traductora.

Tardó dos años en su traducción del Quijote, pero le produjo una enorme satisfacción. “Ir al siglo XVII con Cervantes fue como ir con Shakespeare”, dice. “Pura alegría”.

Entre los numerosos honores y premios que Grossman recibió figuran la Medalla PEN/Ralph Manheim a la Traducción; el Premio Artes y Letras de Literatura de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras; y la Cruz de Oficial de la Orden del Mérito Civil concedida por el Rey Felipe VI de España.

Su matrimonio en 1965 con el músico Norman Grossman terminó en divorcio en 1984. Además de su hijo Kory, le sobreviven otro hijo, Matthew, y una hermana, Judith Ahrens.

A pesar de su reputación internacional, Grossman odiaba viajar. Pero mantenía una estrecha relación con los autores a los que traducía y hablaba con ellos regularmente por teléfono. Sus autores sabían que estaba muy dedicada a ellos, como ellos lo estaban a ella.


lunes, 5 de mayo de 2014

Edith Grossman habla sobre García Márquez

En varias ocasiones se ha hablado en este blog de Edith Grossman, por lo que eso nos exime de volverla a presentar. Lo que se transcribe a continuación es una serie de afirmaciones suyas publicadas por el Washington Post, el 20 de abril pasado.

“Todo lo que él escribió fue oro”:
traductora de Gabo al inglés

 Grossman lamenta no haber sido la traductora de Cien años de soledad, pues su labor con la obra de García Márquez comenzó con El amor en los tiempos del cólera, de 1985.

García Márquez "no se involucraba mucho en el trabajo de la traducción", contó Grossman y agregó que ella no consulta con un autor hasta que ha terminado la traducción.

"Habitualmente me lleva unos seis meses la traducción de una novela, dependiendo de su extensión y dificultades", explicó.

Una de las dificultades con los textos de García Márquez es que "no le gustaban los adverbios que terminan en -mente" y recuerda: "A veces me sentía como una contorsionista buscando alternativas".

Para Grossman, "todo lo que él escribió era oro. Todo era maravilloso para trabajar en ello y no puedo decir cuál (de las obras de García Márquez) fue más difícil".

"La traducción es la expresión de una idea o un concepto en una forma totalmente diferente del original, dado que cada lenguaje es un sistema separado", dijo Grossman.

"Por eso, de hecho, cuando traduzco un libro escrito en español en realidad estoy escribiendo otro libro en inglés", afirmó.

"Siempre he sentido que uno se mete en la mente del autor al traducir su obra y empieza a ver el mundo a través de los ojos del escritor. Todo lo que necesitas saber acerca de un autor está en lo que escribe".

miércoles, 30 de mayo de 2012

Una obra importante sobre la traducción, ahora publicada en castellano

 Ha llegado al mail del Administrador del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires la noticia de la publicación de Por qué la traducción importa, de Edith Grossman, por parte de Katz Editores, de Argentina. Celebramos la aparición en castellano de esta obra de la cual ya nos hemos ocupado en las entradas del 17 y 29 de mayo de 2010. Lamentamos, con todo, que en la gacetilla no conste la noticia de quién la tradujo al castellano. A la autora probablemente no le habría parecido bien que así haya sido.

¿Por qué la traducción importa?

En este pequeño e incisivo ensayo, la eminente traductora Edith Grossman reflexiona acerca de la importancia cultural de la traducción, no sólo como el medio que nos permite acceder a la literatura escrita originalmente en uno de los incontables idiomas que no podemos leer, sino como una presencia literaria concreta que nos ayuda a conocer, a percibir desde un ángulo distinto y a atribuir nuevo valor a lo que hasta entonces era desconocido. Grossman explicita asimismo su concepción del trabajo del traductor como un acto de interpretación crítica, un acto creativo, en suma, que requiere "desarrollar un agudo sentido del estilo en ambos idiomas, afilando y ampliando nuestra conciencia crítica del impacto emocional de las palabras, el aura social que las rodea, el escenario y el clima que las informan, la atmósfera que crean". Y lo fundamenta con dos ejemplos bellos y elocuentes presentados en los últimos capítulos: su propia experiencia como traductora del Quijote (que llevó a Harold Bloom a llamarla la "Glenn Gould" de la traducción) y de la poesía del Siglo de Oro español.

Edith Grossman (Filadelfia, Estados Unidos, 1936)
Reconocida traductora de literatura latinoamericana y española, Edith Grossman hizo su carrera de grado en la Universidad de Pennsylvania, realizó estudios de posgrado en la UC Berkeley y se doctoró en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nueva York. También se ha dedicado a la crítica literaria y a la docencia. Tradujo al inglés Don Quijote, poesía del Siglo de Oro español y obras de autores contemporáneos como Gabriel García Márquez, Antonio Muñoz Molina, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, entre otros. Su versión del Quijote, publicada en 2003, ha sido considerada como una obra maestra de la traducción del español al inglés y elogiada por críticos y autores como Carlos Fuentes y Harold Bloom.

sábado, 29 de mayo de 2010

Los traductores piden poco...

Michael Hofmann, traductor del aclamado thriller de la Segunda Guerra nundial Alone in Berlin, de Hans Fallad,  argumenta  en el siguiente artículo –publicado en The Telegraph, de Gran Bretaña, el 15 de mayo pasado (http://www.telegraph.co.uk/culture/books/bookreviews/7719866/Why-Translation-Matters-by-Edith-Grossman-review.html)– a favor de la importancia de un arte que agoniza, en su reseña sobre Why Translation Matters, de Edith Grossman. La versión al castellano de este texto fue realizada por Julia Benseñor.

En este blog puede leerse otra reseña sobre el mismo libro, en la entrada correspondiente al 17 de mayo, con firma de Richard Howard y traducción de Silvia Camerotto (http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/search/label/Edith%20Grossman).

"Tal vez estemos en el ocaso de la traducción"

Los libros escritos por traductores —que nada tienen que ver con las teorías sobre la traducción, verdaderas encarnaciones de la obra del demonio y que deben evitarse a toda costa— son realmente muy pocos.

El libro de Edith Grossman, Why Translation Matters, es el segundo que leí después de If This Be Treason: Translation and Its Dyscontents, de Gregory Rabassa (2005). Rabassa fue el primer gran traductor de Cortázar, Asturias, García Márquez, Vargas Llosa y de muchos de los autores del gran boom internacional de la literatura latinoamericana que comenzó en la década de 1950 (y que simplemente dimos en llamar “el boom”). Por su parte, Grossman es la sucesora de Rabassa en relación con los últimos dos autores mencionados y la principal referente en la lengua, quizás a los efectos de las traducciones al inglés, que ha reemplazado al ruso y al francés (mientras esperamos el turno del chino) en términos de idiomas de referencia: el español.

Se trata, por cierto, de un subgénero harto curioso, como los libros escritos por mimos, bateristas, dobles de escenas de riesgo o de desnudo, personas sobre las que poco o nada se oye decir y cuyos pensamientos o los que pasan por serlo se ejercen a pleno y minuto a minuto en el diario vivir de sus profesiones exigentes y riesgosas. También es un subgénero impuro, una mezcla de autojustificación, grito de guerra ahogado, recuerdos, modestias y modesto filosofar. Personas prácticas con reflejos magistrales que están fuera de su elemento cuando tienen que hablar de ello. Pero, qué duda cabe, su mejor pensamiento se manifiesta a través del papel, las escobillas o los guantes blancos. Los mejores conceptos de Edith Grossman sobre la traducción, y su mejor defensa, serán siempre sus traducciones.

Mientras leo y releo este libro corto —originalmente, una serie de tres conferencias en Yale— me pregunté para quién lo había, si no escrito (ya que la respuesta aquí es para los estudiantes y docentes), al menos publicado.

No lo hizo para sus colegas traductores, que están bien familiarizados con el cuadro de situación y las cifras que presenta (apenas un lastimoso 3 por ciento de los libros publicados en inglés son traducciones literarias cuando en la mayoría de los países europeos el porcentaje se multiplica por diez); sus semblanzas (el traductor como artista); sus lamentos (la complacencia de los editores que sólo publican libros en inglés, los desaires bárbaros de los críticos de libros cuando no parlotean tibios y a menudo ignorantes elogios); sus gustos por la indirecta y accidentada historia de la fertilización cruzada de la literatura a través de las distintas lenguas (para leer un relato más completo y divertido, recomiendo Miss Herbert, de Adam Thirlwell).

Pero tampoco está dirigido adecuada o imperiosamente a los detractores de la traducción (esos editores timoratos y lectores poco intrépidos) ni al público en general, tan cabalmente ajeno a su existencia, problemas y goces.

Trucos sacados de la galera de todo conferencista traicionan al escritor: preguntas retóricas, fragmentos de jerga y cháchara académica, demasiadas citas de demasiadas “voces autorizadas”, listados estériles de atributos léxicos, cualidades estilísticas, glorias de autores.

Edith Grossman se mantiene firme con su puntería de mediano alcance, cuando pienso que habría sido más gratificante para el lector que usara una lente más minuciosa o adoptara un gran angular para ofrecer una perspectiva más amplia. (El libro de Rabassa, por obra y gracia de un milagro menor, maneja ambos). Su defensa apasionada de la literatura me resultó fatigosa, desconcertante e innecesaria: “la carga lingüística, los ritmos estructurales, las implicaciones sutiles, las complejidades semánticas y sugerencias léxicas, las inferencias culturales y ambientales, las conclusiones”, etc., etc. Es como una descripción tan anodina como inútil del arco iris.

Es en las raras ocasiones en que se ocupa de lo esencial que el aire cargado de estudio y sudor impersonal se disipan, como cuando recuerda el momento en que dio con la bella frase inicial que abre su aclamada traducción del Don Quijote: “Somewhere in La Mancha, in a place whose name I do not care to remember…”

Los traductores piden muy poco… sólo ser leídos, incluidos, entendidos… y no lo consiguen. No creo que nadie que lea un libro extranjero en inglés sea capaz de nombrar a la persona que lo tradujo. Y sin embargo todos decimos que ésta es una era global. Los signos son auspiciosos. Comemos en restaurantes etíopes y cocinamos recetas tailandesas, escuchamos música senegalesa, nos vamos de vacaciones a Perú o a la Gran Barrera de Coral de Australia, y sabemos acerca de los haitianos, uigures y kirguistanos. Pero no podemos encontrar la manera de que unos pocos seres inofensivos e infortunados que se desloman como esclavos se sientan valorados (con excepción del Dr. Johnson).

Creo que tal vez estemos en el ocaso de la traducción; cada vez que acepto una, una parte de mí está convencida de que será la última que me ofrezcan. La curiosidad bien informada sobre otras personas tal como lo expresan en su literatura ya casi no existe. Los departamentos de lenguas extranjeras de las universidades se fusionan y acaban cerrando… ¿y de qué otro lugar provienen los traductores (una suerte de azaroso subproducto) o, por caso, los lectores?

Sorprende pensar que la última gran generación de traductores —los Weaver, Manheim y Rabassa— fueron producto de la generación de la Segunda Guerra, la Guerra Fría y el servicio militar obligatorio. Mis hijos adolescentes, como la mayoría de sus pares, no hablan ningún idioma extranjero. En menos de cien años, hemos pasado de Virginia y Leonard Woolf que decidieron no publicar una traducción de Proust porque los lectores interesados habrían optado por leer directamente la obra original a libros estúpidos sobre cómo fingir exitosamente ante tus amigos que leíste a Proust.

La defensa de los traductores es inmensamente obvia y dolorosamente verdadera, lo que no la convierte en absoluto en una tarea más fácil: es el típico y banal “salvo por” o “y si”. Y sin embargo, a nadie le importan demasiado los traductores: ni a los autores, ni a los editores, ni a los críticos, ni a los lectores. No sé qué se puede hacer para remediarlo. Están muy solos frente a su secreta vanidad y su humillación pública, sus mezquinos contratos de trabajo eventual y sus magras regalías que nunca llegan siquiera a ser tales y su perpetua y vana inquietud por las cuentas y monedas.

La traducción, aunque parezca una cuestión técnica, es cualquier cosa menos… (Ningún fragmento puede ser clonado en otro idioma, apenas imitado”, dice Gregory Rabassa). Es un tipo de lectura tan empática y transitiva que el resultado es una obra completamente nueva; es intuición, nervio e impaciencia (en mi caso, mi verdadera musa). Es acercarse a un imposible confeso, un encogerse de hombros y luego, simplemente, seguir adelante.

Quizás habría sido mejor si Grossman se hubiera parado frente a su joven público de Yale más a la manera del decano Swift y modestamente hubiera propuesto eliminar la traducción: ¿quién la extrañaría? ¿Quién necesita de esos traidores (des)escritores del inglés y parásitos sin talento de nuestra literatura vernácula en inglés, esos habilitadores de escritores con nombres impronunciables que terminan en vocales:¡abajo esos traficantes de acentos y tildes y diacríticos y umlauts!; la literatura debe atenerse a lo conocido; queremos autoría única y transparente y no ese pseudo-dúo fantasmagórico que incluye un traductor; queremos un solo nombre en la solapa de nuestro libro y en las páginas de créditos; el Nobel es un territorio extranjero y oscuro que existe para hacernos sentir inferiores al menos una vez al año y por lo tanto debe ser ignorado o, como diría un berlinés: “ni siquiera ignorado”.

lunes, 17 de mayo de 2010

Literatura y traducción son inseparables

El pasado 8 de abril, el prestigioso poeta, crítico literario, ensayista y traductor del francés al inglés Richard Howard (Cleveland, Ohio, 1929) reseñó para el New York Times el volumen Why Translation Matters, último ensayo sobre la traducción, publicado por la traductora estadounidense Edith Grossman (ver la entrada  del 19 de abril en este blog). Silvia Camerotto tuvo la amabilidad de traducir el artículo que se reproduce a continuación.

Allí donde hay literatura, hay traducción

¿Tiene importancia la traducción? Ya desde el título, el nuevo libro de Edith Grossman, sostiene que sí y ella debe saber. Why Translation Matters (Por qué es importante la traducción) –en realidad, un largo ensayo– es uno de los primeros textos de las nuevas y prometedoras series "Por qué es importante X", que publica Yale. Cada volumen presenta «un argumento a favor de la relevancia vigente de una persona o idea importantes». Por cierto, cuando la "X" se refiere a la traducción, no se me ocurre pensar en defensora más calificada –o, como terminó siendo, más quejosa– que Grossman, cuya versión del Quijote, publicada unos años atrás, causara agitación en el difuso reino de los clásicos recientemente traducidos, y cuyo trato posterior del esplendor hispánico, antiguo y moderno, ha provocado que incluso alguien tan amable a la hora de evaluar los logros culturales como Harold Bloom la proclamara, inquietantemente, la Glenn Gould de los traductores.

La coyuntura a la que se refiere Grossman, una vez que deja de lado la banalidades de la cortesía profesional, es la drástica ineptitud del tratamiento generalmente ofrecido a las traducciones literarias en este país. Según los editores, «nuestro mundo como lectores devotos depende de la disponibilidad de obras traducidas, clásicas y contemporáneas, aunque en los países angloparlantes, la mayoría de las grandes editoriales, extrañamente, se resisten a publicarlas».

Según los críticos, «muy pocas de ellas han creado una forma inteligente que permita examinar tanto el original como su traducción, dentro a los límites de espacio impuestos por la edición… Su incapacidad de hacerlo es producto de un diletantismo intransigente y de un amateurismo obstinado, el amenazante monstruo de dos cabezas que avanza rampante por el territorio inhóspito poblado por aquellos que escriben reseñas».

Y según los académicos, «los traductores “parecen ser una parte más del paisaje que, de tan familiares y comunes, corremos el riesgo de volvernos invisibles. Esa puede ser la razón por la que muchos departamentos de lengua universitarios a menudo ejercen el monopolio en la enseñanza de lo que ellos deciden llamar literatura universal o humanidades…

No puedo oponerme a la inclusión de traducciones en cualquier lista de lectura, aunque en el proceso, los departamentos de lenguas extranjeras y los profesores de literatura menosprecian claramente a los únicos con verdadero conocimiento de las obras estudiadas. Nunca pude encontrar coherencia en esto. ¿Acaso hay alguien en el comité curricular que ignora o no puede notar la diferencia entre obras en inglés y obras traducidas? Lo mejor que puedo decir es que la ironía de esa desconexión sea posiblemente un rasgo académico”».

Y también según los lectores, tanto comunes como otro tipo, «resulta fascinante y desconcertante ver que, de todas las artes vinculadas a la interpretación, la traducción es la única que debe defenderse de la insidiosa y dañina pregunta de si es, puede ser, o debería ser o no posible».

Pero una vez que dejamos atrás esos obstáculos, mucho más hondo en el amargo brebaje en el que los traductores están ineludiblemente destinados a impregnarse, se encuentra el conocimiento redentor de que, a pesar de las ofensas e imposiciones a la que es sometida la traducción en nuestra cultura, es crucial para nuestra percepción de nosotros mismos como humanos. Grossman es más elocuente, no cuando reclama quejosa y resentida, que los "presumidos grupos internacionales" dueños de las principales editoriales, estén a la altura de su responsabilidad de fomentar la traducción literaria, sino cuando deja ver el goce que su trabajo le causa y lo que verdaderamente la inspira:

«Allí donde hay literatura, hay traducción. Sustancialmente unidas, son absolutamente inseparables, y a la larga, lo que le ocurre a una le ocurre a la otra. A pesar de todas las dificultades que ambas han padecido, a veces por separado aunque, en general, juntas, se necesitan y se alimentan una a la otra, y su relación a largo plazo, a menudo compleja, pero siempre iluminadora, seguramente continuará así mientras ambas existan».

Creo –como pienso que también cree Grossman, según surge de sus últimos capítulos– que el público apropiado para sus incisivas declaraciones sobre la traducción y sus avatares comerciales es, en realidad, el lector-oyente en ocasiones resistente, en ocasiones cínico, que quizá desea convertirse, tarde o temprano, en la próxima Edith Grossman. El destino de la traducción se decide en esos oídos y en esas mentes, y no en los oficinas de muchas instituciones y editoriales; de ahí su ensayo.

Por lo tanto, es alentador y también reconfortante enterarse de que Grossman, cuando no está traduciendo, pasa su tiempo en arduas, aunque a menudo apasionadas, clases universitarias, en las que puede exponer y aclarar la naturaleza de su arte. Sus claves sobre cómo crear, perfeccionar y corregir una traducción como una obra legítima en otro idioma (ella se crispa ante la metáfora de “lengua blanco”), diseminadas a lo largo de su ensayo, son precisamente lo que el lector, en especial el lector que no es traductor, necesita.

Mientras tanto, a pesar del cruel e inusual castigo que la traducción enfrenta, en términos generales, en la cultura, Grossman y otros como ella, continúan brindando esclarecimiento. Gradual y trabajosamente, en la última década ha florecido, o al menos brotado un genuino logro contemporáneo de la enseñanza y la consiguiente producción de traducciones de literatura europea clásica, particularmente, de poesía. Las traducciones del griego de Guy Davenport y Anne Carson; media docena de versiones de La divina Comedia, incluyendo las traducciones de W.S. Merwin, Robert Pinsky y Mary Jo Bang; las inspiradas versiones de Rika Lesser del los poetas suecos Ekelof y Sonnevi; las traducciones de Richard Pevear y Larissa Volokhonsky de casi todo el corpus de los grandes escritores rusos del siglo XIX, que corrigen con mucho tacto el extraño desbalance del peculiar esfuerzo de Constance Garnett para hacer que todos los autores rusos suenen parecidos; y muy recientemente la sorprendente restauración de Thomas Mann por John Woods (quien capta el humor endémico de Mann, transformando cada tomo en una joya de la ironía). A pesar de todas las dificultades, en estos últimos años hemos recibido todos estos obsequios. También hemos salvaguardado una enorme y desconocida biblioteca de la poesía portuguesa y española ( desde el Pessoa de Richard Zenith hasta el Neruda de John Felstiner), lo que me remite a la poesía del siglo de oro de Edith Grossman, cuyo último capítulo se titula, sin una sombra de disculpa, “Traduciendo poesía”. Allí, Grossman triunfa sobre su resentimiento respecto del escandaloso abuso de la traducción en nuestra cultura. El relato de lo que ella llama “el interminable dilema de escribir y de escribir como traductor” es tratado con pasión y explicado con paciencia.

Sobre el final del ensayo, Grossman, cálidamente (al fin y al cabo) y agradecida, intenta la respuesta doble a la pregunta del título: la traducción es importante porque es una expresión y una extensión de nuestra condición humana, la metáfora secreta de toda comunicación literaria; y porque la creación de cualquier traducción literaria es (o al menos, debe ser) una escritura original, no una patética sombra o vestigio del inaccesible original, sino la creación, sin duda, de una segunda —y según hemos visto una tercera y una novena—, pero siempre una obra nueva, en otro idioma.

lunes, 19 de abril de 2010

"No todos los que saben un idioma pueden hacer una traducción"

Hija de un matrimonio de clase media sin educación universitaria, Edith Grossman (Filadelfia, 1936) se doctoró en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nueva York, donde reside en la actualidad. En 1963 vivió durante un año en España gracias a una beca Fullbright. Dedicada a la docencia y a la crítica literaria, hacia fines de los 80 le encargaron la traducción de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez, y desde entonces ha traducido todos los libros que publicó el Premio Nobel colombiano, así como los de la mayoría de los escritores latinoamericanos contemporáneos. Su consagración llegó con su elogiada traducción al inglés de Don Quijote, publicada en 2003. La siguiente entrevista, realizada por Ezequiel Martínez, fue publicada por la revista Ñ el 25 de octubre de 2008.

Entrevista a Edith Grossman,
la traductora del Quijote

Hacia fines de 2003 Edith Grossman se mandó una verdadera quijotada: ni siquiera le prendió una vela a San Jerónimo –el santo patrono de los traductores– cuando decidió echarse al hombro las casi mil páginas del monstruo sagrado de las letras castellanas para mudarlas a una nueva versión al inglés, corriendo el riesgo de que los lobos de la academia se lanzaran sobre ella. Pero nada de eso ocurrió. Su traducción de Don Quijote consumió cuatro ediciones en un par de meses y escaló en un suspiro hacia el top ten de los libros más vendidos en Amazon.com. En The New York Times, Carlos Fuentes escribía que Grossman había logrado "transformar lo clásico en contemporáneo" y el exigente Harold Bloom apuntaba desde el prólogo del libro: "Aunque ha habido muchas traducciones valiosas de Don Quijote, yo elogiaría la nueva versión de Edith Grossman por la calidad extraordinaria de su prosa".

Hoy, mientras su nombre figura en la portada de la edición de Harper Collins debajo del de Miguel de Cervantes –un triunfo que muy pocos profesionales del oficio consiguen– , los editores anglosajones sacan número para que su apellido escolte cada nueva obra de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes. A través del teléfono, en una entrevista en la que desplegó dosis semejantes de inteligencia y humor, Edith Grossman confesó que su primera traducción al español fue casi un juego: el director de una revista literaria le pidió que tradujera un cuento de Macedonio Fernández. "Lo pasé muy bien con ese cuento, me gustó muchísimo. Y comencé a traducir más y más después de eso... Pero le digo la verdad, lo que más me encantaba era la idea de trabajar en casa". Aquella aventura que empezó con un argentino y con la posibilidad de darle rienda suelta al vicio del cigarrillo a esta altura ya abandonado, se convirtió en la profesión de esta mujer de 72 años que cumplió su deseo: trabajar hamacándose entre dos idiomas en la soledad de su departamento de Upper West Side de Manhattan.

–Usted podría haberse dedicado a la crítica literaria, a la enseñanza, al trabajo académico... sin embargo tomó la decisión de ser traductora en un mercado como el de los Estados Unidos, que no se caracteriza precisamente por su interés en obras en idioma extranjero. Además, el trabajo de traductor siempre estuvo muy mal pago, 'no?
–Malísimo. Pero bueno, yo sabía unas cien mil recetas para preparar frijoles, así que me las iba a arreglar para no pasar hambre –responde rápida de reflejos y con una risa casi ronca, que se repetirá muchas veces durante la charla–. La verdad es que he tenido mucha suerte después mi primera traducción de un libro de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera . A partir de ahí pude dejar el mundo académico –que excepto por los estudiantes, no me gustaba mucho– y vivir de esto. Pero si bien es cierto que en los Estados Unidos, y en Inglaterra también, en general no quieren publicar traducciones –el porcentaje de libros traducidos es muy bajo, como del dos o el tres por ciento–, creo que el interés en la literatura hispanoamericana siempre ha tenido más fuerza aquí que la literatura de otros idiomas.

–¿Cree que el oficio de traductor literario evolucionó con el tiempo? Tengo la impresión de que antes era un trabajo que se le encargaba sólo a otros escritores.
–Déjeme pensar esto... Me parece que en el campo de poesía hay cierta cantidad de poetas que hacen traducciones de poesía, pero en la prosa no puedo pensar en muchas novelistas que traduzcan novelas...

–¿Es más difícil traducir poesía que narrativa?
–Voy a decir que sí y que no. Comenzando con el no: una prosa artística tiene muchas de las características de la poesía. Tiene un ritmo, tiene un juego con sonidos, cada palabra tiene una función muy específica dentro de la frase. Así que la traducción de una prosa elegante, de alto valor artístico, es como traducir un poema. Por otra parte, sobre todo si es un poema tradicional que usa rima, es muy difícil de traducir, por lo menos para mí. Cuando hago traducciones de poesías del renacimiento, por ejemplo, yo busco más duplicar el ritmo del verso que la rima. Siempre me ha parecido que el ritmo es lo más importante de cualquier verso poético.

–¿Hoy está mejor reconocido el trabajo del traductor profesional?
–Sí, porque además es mala idea pensar que cualquier persona que sepa un idioma también pueda hacer una traducción. Hasta hace algunos años, muchas editoriales creían que cualquier latinoamericano andando por la calle o trabajando en una oficina también podía hacer una traducción de un texto en español. Y no es verdad, como tampoco es verdad que cualquier escritor puede hacer una traducción. Hay cierto tipo de experiencia que uno necesita, además de la capacidad de pensar en una misma voz en dos idiomas al mismo tiempo, y no todo el mundo tiene esta capacidad. No sé si es un talento o una enfermedad, pero lo de tener esas dos voces es muy importante.

–¿Se puede enseñar a traducir, o todo depende de esa capacidad?
–Vamos a ver... Hay ciertas universidades que dan clases de traducción; yo misma he dictado un par de clases. Pero lo único que se puede enseñar en esos talleres es cómo se edita un texto –que es algo muy importante–, o algunos trucos como la necesidad de revisar todo en voz alta para saber si suena bien. Porque el ojo puede perdonar todo, pero el oído no perdona nada. Yo tengo que hablar en la traducción, necesito escucharla en voz alta, y eso me ha dado resultados.

–¿Hay diferentes corrientes o tendencias entre los traductores?
–Me parece que sí, pero realmente no estoy muy enterada de eso. Sé que hay una corriente en el mundo de los traductores que dice que un texto extranjero tiene que sonar un poco raro, un poco extranjero también. Y que la idea de domesticar el texto extranjero es mala idea. Yo creo que mi deber es hacer posible que el lector en inglés repita la experiencia del lector en español: si es un texto muy extraño, muy raro, el texto en inglés también tiene que ser muy extraño, muy raro; si es un texto sencillo, directo, también el texto en inglés tiene que ser sencillo, directo. No pienso: "Ah, esta es una metáfora imposible en inglés". Todo es posible, solo se trata de encontrarle la expresión análoga.

–¿Hay algo que sea intraducible?
–Bueno, hay palabras dificilísimas de traducir, pero no hay ideas difíciles de traducir. Yo soy de la opinión de que se puede decir todo en todos los idiomas. A veces hay palabras que están más cómodas en su idioma original, pero todos somos humanos, y no importa el idioma en que hablemos, tenemos las mismas experiencias. Ortega y Gasset, por ejemplo, hablaba una vez de las cinco mil palabras que existen en árabe para camellos y arena, y quizás en inglés o en español se necesite sólo una. Pero la idea siempre se puede transmitir, estoy convencida de eso. Mi propósito es traducir la visión, el tono, la intención del autor.

–¿En qué está trabajando ahora?
–Acabo de entregar la novela de un joven peruano, Abril rojo de Santiago Roncagliolo. Me gustó muchísimo y tengo interés en leer mucho más de él. Tiene la misma edad que mi hijo menor, así que debe ser un sentimiento maternal... (risas). Y ahora voy a comienzar la traducción de lo que seguramente significará mi muerte en el oficio: ¡Las soledades de Góngora!

–Eh... ¿por qué ese certificado de defunción?
–Góngora es un poeta que me ha encantado por muchos años y este es un proyecto personal. Pedí la beca Guggenheim para poder hacer esta traducción, así que por fin yo voy a enfrentarme con Don Luis, a ver qué pasa.

–¿Está trabajando con la nueva novela de Carlos Fuentes también?
–Bueno... yo traduje Todas las familias felices, y ahora estoy leyendo las galeras en español de La voluntad y la fortuna. Recién voy por la mitad, porque es bastante larga, pero es un libro maravilloso, estoy muy entusiasmada... Creo que Carlos (Fuentes) está en el ápice de su talento. Ojalá de la editorial me puedan esperar un ratito para traducirla. Las editoriales siempre están con mucha prisa, pero si tienen mucho interés en usarme como traductora, a veces pueden esperar.

–¿Cuánto la esperaron para que tradujera el Quijote?
–Cuando me llamó el editor presentándome el proyecto , le dije: "No sé cuánto tiempo voy a necesitar, porque no he traducido nada de la literatura clásica como profesional, así que realmente no puedo decirle cuánto tiempo necesito". Y el me dijo: "Bueno, 'por qué no ponemos dos años?, y si necesita más tiempo le aseguro que no hay problema". Y así fue, hice la traducción de Don Quijote en dos años.

–Qué desafío, ¿no? Porque se trató de un salto hacia el español del siglo XVII, y con todo lo que el Quijote representa y significa.
–Es un salto hasta los orígenes, porque no hay nadie que escriba en español que no tenga la voz de Cervantes en la cabeza. Así que el salto no era tan grande en cierto sentido: traduciendo a muy buenos autores contemporáneos ya tenía el lenguaje de Cervantes en mi repertorio.

–¿Dudó en algún momento?
–Hablé con Julián Ríos, y le dije que iba a traducir a Cervantes, que tenía miedo y todo eso. El me dijo: "No tengas miedo, que Cervantes es el autor más moderno que tenemos; no tienes que hacer nada más de lo que siempre haces". Y eso me salvó la vida, realmente, es una frase muy sencilla, parece una tontera, pero me permitió comenzar a pensar no en Cervantes, sino en el texto. Tenía la idea de que si podía traducir la primera frase, el comienzo de la novela, entonces todo saldría bien. Pasé bastante tiempo pensando cómo traducir "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...". Pasé mucho tiempo caminando por mi departamento mientras probaba esa primera frase en voz alta, y cuando encontré una versión en inglés que me gustaba, me dije: "Perfecto, ahora vamos a trabajar...".

–Y después. ¿a quién le tuvo más temor, a los académicos hispánicos o a los anglosajones?
–Bueno, a los hispanohablantes, a los profesores de literatura española, realmente tenía miedo de ellos. Pero los "profesores horrendos", como los llama un amigo, por suerte no aparecieron. Al contrario, me han tratado muy bien.

–A Borges le atribuyen una frase que usted debe conocer: que el Quijote se lee mejor en inglés que en español.
–Bueno, eso es Borges. El también le dijo a un traductor: "No escriba lo que dije, sino lo que quise decir". Eso es muy de Borges.

–¿Y está de acuerdo con esa frase de Borges?
–¡Todavía no he decidido si es una frase seria o es otro chiste de Borges! Porque depende de cómo se traduce "lo que quise decir". Si él se refería a lo que quiso significar, entonces estoy de acuerdo, porque eso es lo que hacemos los traductores, pensar siempre en la intención del autor.

–Como traductor, Borges se tomaba muchísimas licencias. También decía que si era posible, había que mejorar el original.
–¡Si uno se llama Jorge Luis puede hacer eso! Para él todo era lícito, pero para mí no.

–¿Aún así respeta a Borges como traductor?
–Mmm... mejor no voy a contestar a eso.