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lunes, 25 de febrero de 2013

Una encuesta para traductores (19)

En la tercera semana de encuesta,  las respuestas de una traductora española y de otra argentina.

Belén Santana
Nacida en 1975, es Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y Doctora en Traducción por la Universidad Humboldt de Berlín, donde también ejerció como docente. Actualmente es profesora de Traducción en la Universidad de Salamanca. En su faceta académica ha publicado un libro sobre la traducción del humor, en especial el humor literario, y diversos artículos sobre traducción literaria. En su faceta profesional ha traducido, entre otros, a autores como Ingo Schulze, Sebastian Haffner, Thomas Hürlimann, Julia Franck y Alfred Döblin. En la actualidad trabaja en una traducción de Franz Kafka. También es vocal de la junta rectora de ACE traductores.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
No sé a quién le oí decir una vez que los árbitros eran jugadores de fútbol frustrados y los traductores, escritores frustrados. Nada más lejos de la realidad (de los árbitros mejor no hablar). Creo que todo traductor es al menos un poco escritor, y no sólo porque así lo reconozcan las leyes de propiedad intelectual de la mayoría de los países. Una prueba más de ello son los numerosos y variados ejemplos de traductores que han acabado dedicándose a la escritura, en ocasiones compaginándola con la traducción. En el caso del español de este lado del charco, Marías y Mendoza serían los dos ejemplos más conocidos, pero hay otros. Es evidente que traducir no es condición sine qua non para ser escritor, pero volviendo al símil futbolístico, me parece un buen campo de entrenamiento. De hecho, sería interesante analizar si el perfil traductor incide de algún modo en la escritura, y en tal caso, cómo... difícil cuestión. También me gustaría señalar que, desde el punto de vista de la enseñanza, cada vez son más las voces que postulan la introducción de técnicas de escritura creativa en las clases de traducción. El recorrido inverso, de la escritura a la traducción, es menos frecuente como modo de vida y me suscita más dudas.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Como solemos decir los traductores, la respuesta mágica es casi siempre "depende", acompañada del axioma: "Dame un contexto y haré milagros". Depende del texto, del autor, del traductor, de la política editorial, etc. Aun a riesgo de generalizar, creo junto con Berman, el propio Marías y tantos otros teóricos y prácticos que la traducción debe enriquecer la lengua de llegada, y por tanto no debe ocultarse bajo la apariencia de esa falsa fluidez que tantas editoriales y revisores buscan. Como en tantas otras cosas, es una cuestión de medida.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Creo que no. A pesar de que el ego nos traiciona a menudo, considero que el buen traductor es humilde por definición. La cuestión de la visibilidad es un arma de doble filo que a veces resulta cansina. Me permito citar de memoria a mi colega y amiga Isabel García Adánez: la visibilidad del traductor es una cuestión de derechos, no de alfombras rojas. Lo importante es el libro.

Ada Solari
Nació en Mar del Plata, en 1956. Es licenciada en ciencias sociales por la Pontificia Universidad Católica de San Pablo. Vivió en Brasil desde 1977 hasta 1984. Desde su regreso a Buenos Aires, se ha dedicado al trabajo editorial y a la traducción del portugués al español en el campo de las ciencias sociales. Entre otros autores, tradujo a Renato Ortiz, Sergio Miceli, José Murilo de Carvalho, Nicolau Sevcenko, etc. Actualmente trabaja como editora en la editorial Katz y como traductora free lance.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Sin duda traducir es escribir, y por tanto son autores tanto el escritor de una obra original como el traductor. Pero si ambas actividades requieren un trabajo creativo, hay en la traducción una dimensión clave, que es el trabajo interpretativo y de investigación necesario para lograr el objetivo definido por Edith Grossman: que los lectores de una traducción perciban el texto, emocional y artísticamente, de un modo que se corresponda con la experiencia estética que tuvieron los lectores  de la obra original.
Para hablar un poco de mi propia experiencia, existen por cierto diferencias entre la traducción literaria y la traducción de ensayos de ciencias sociales, que es mi especialidad. En este campo sucede a menudo, y sobre todo cuando se trata de un artículo inédito, que el trabajo de traducción corre a la par del de edición o aun de la corrección de estilo; y a veces el propósito pasa a ser que el texto resulte claro, inequívoco, algo que sería impensable en una traducción literaria. Hay otros casos en que el posicionamiento del autor como escritor es más claro, y entonces allí se plantean cuestiones más cercanas a las que plantea la traducción literaria: de ritmo, de vocabulario, de fraseo. (Un poco en broma, a veces pienso que uno debería traducir solo lo que le gusta: la traducción como vocación, no como profesión.)

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
No pienso que la traducción deba ocultarse; en realidad, no creo que sea posible.  Roberto Raschella va más lejos y habla de contaminación, de poder hacer sentir la lengua de partida de una manera muy fuerte, pero (en su caso) “sin cometer italianismos”, lo que por cierto nada tiene que ver con la literalidad.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
No, si por visibilidad se entiende una intervención que de algún modo violente la obra original (como por ejemplo volver claro un texto oscuro o directo uno tortuoso). Ni tampoco cuando el traductor se hace en exceso presente (muchas notas al pie o aclaraciones).
Desde otra perspectiva, me parece un tema complicado. Si se considera al traductor como autor, se supone que tendría que ser reconocible. Pero, ¿cómo podría reconocer el lector de la traducción las marcas estilísticas propias del traductor que no responden a las del escritor del original? Creo que eso sería posible mediante estudios críticos y abarcativos de la obra de un traductor, que incluyan cotejos con el original, comparaciones con versiones de otros traductores, etc.

jueves, 5 de enero de 2012

¿De veras existe un bien común?



El  de 23 de diciembre pasado, Belén Santana publicó en El Trujamán las siguientes reflexiones que deseamos compartir con los lectores de este blog.



El traductor literario como gestor de expectativas

Hay quien opina que se debe traducir sin pensar en un lector ni en un editor concretos, ni mucho menos en el autor (uno de los chascarrillos que más circula entre los traductores es que «El mejor autor es el autor muerto»). Pero como todo en la vida, una cosa es lo que debe(ría) ser y otra, lo que es. Si asumimos la traducción literaria como una actividad inmersa en un contexto de redes de relaciones sociales que se amplían gradualmente,1 como hacen quienes postulan un giro sociológico dentro de los estudios de Traducción, habrá que considerar factores a priori extratextuales que, sin embargo, pueden influir en el traductor a la hora de tomar sus decisiones. Dicho de otro modo: se trata de reflexionar sobre el porqué y el para quién de una traducción literaria y estimar si ello repercute en las decisiones del traductor.

En lo que respecta al porqué de una traducción (que no retraducción) literaria, es sabido que las razones que llevan a una editorial a publicar un libro son de diversa índole. En el caso de obras contemporáneas, la traducción suele estar motivada por el éxito de ventas del original, de sus traducciones a otros idiomas o de otras obras traducidas del mismo autor; en el caso de los clásicos (modernos o no), el nombre del autor puede ser interpretado como una garantía de éxito, entendido éste no necesariamente en términos pecuniarios; también se debe considerar la influencia de lo que podríamos llamar «modas», que harían indispensable, por ejemplo, tener en el catálogo un autor que escriba en esperanto; y, por último, estarían aquellos autores más minoritarios que son vertidos a otra lengua a propuesta de un traductor, que haberlos, haylos.

En lo que concierne a determinados autores clásicos y a ciertos idiomas, es imprescindible mencionar la importancia de la subvención institucional, pues de otro modo no se traducirían. En estos casos podemos afirmar que los editores saltan «con red» para descubrir un tesoro oculto y, si no obtienen grandes beneficios económicos, al menos ponen a disposición de los lectores una obra relevante que revierte en el prestigio de la editorial en cuestión.

Es en este punto donde la figura del traductor cobra especial relevancia, no ya como emisario entre dos mundos, sino como gestor de expectativas: las suyas propias, las de la editorial, las del autor (si estuviese vivo) y las de los lectores. Cabría objetar que el traductor bastante tiene con tomar sus propias decisiones como para pensar qué esperan los demás, pero creo que hay factores como tipo de editorial (grande o pequeña) y de lector (imaginario o real), personalidad del autor (más o menos intervencionista), tipo de edición (comentada, anotada, bilingüe) que pueden influir, de modo consciente o no, a la hora de tomar decisiones de o relacionadas con la traducción.

Basten como ejemplos la necesidad de asumir una terminología heredada para traducir un volumen que forma parte de una serie con la que el lector ya está familiarizado, la conveniencia de asistir a una reunión convocada por el autor o suscribirse a un foro creado por él para resolver las dudas de sus traductores, o la posibilidad de incluir algún tipo de paratexto en la traducción. Sugiero por tanto que traducir significa no sólo tomar decisiones, sino también gestionar las expectativas de quienes intervienen en el proceso de elaboración del libro, empezando por uno mismo. Tiendo a pensar que, en el mejor de los mundos posibles, esto es mucho más fácil de hacer entre varios si se cultiva una buena relación entre todas las partes con un objetivo común: lo mejor para el libro y, por ende, para los lectores.

(1) Jones, Francis R. (2009): «Literary Translation». En: Baker, M. / Saldanha, G. (Eds.): Routledge Encyclopedia of Translation Studies. Londres y Nueva York: Routledge. 152-157. volver

lunes, 6 de junio de 2011

Miel y hojuelas para los traductores del alemán

Nuestra colega y amiga Belén Santana –quien en 2010 participó en el segundo simposio de traducción organizado por el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires– nos hace llegar la siguiente información que seguramente importará a los traductores del alemán.

Taller de traducción alemán-español
20 – 24 de septiembre de 2011 en Salamanca

Patrocinado por la Facultad de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca y el programa ViceVersa del Deutscher Übersetzerfonds y la Robert Bosch Stiftung GmbH, con la colaboración del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Presidenta del patronato: Cornelia Pieper, Viceministra.


Queda abierta la convocatoria del Taller de Traducción alemán-español para traductores literarios de habla española y alemana. El taller contará con seis plazas para traductores del alemán al español y otras seis para traductores del español al alemán (incluidos los coordinadores). Los textos presentados por los doce participantes serán debatidos en grupo a lo largo de cuatro jornadas de trabajo. Cada uno de los participantes recibirá con anterioridad las traducciones presentadas por los demás traductores, deberá analizarlas desde una perspectiva crítica y contribuir al debate. No se trata de una sucesión de exposiciones magistrales, sino de fomentar el debate constructivo, plantear dudas y recibir sugerencias por parte de los compañeros para la traducción en curso. Se espera que la semana de intercambio intensivo favorezca el surgimiento de vínculos estables entre los traductores literarios españoles y sus colegas de países de habla alemana.

Organización y coordinación: Luis Ruby (Múnich) y Belén Santana (Salamanca)

Participantes: Traductores de narrativa, ensayo, teatro y poesía con un mínimo de una traducción publicada. En función de las solicitudes recibidas, se considerará la posibilidad de incluir a traductores noveles que acrediten su interés por la traducción literaria.

Financiación: La participación y el alojamiento en régimen de media pensión son gratuitos. Los gastos de viaje se reembolsarán en la medida de lo posible.

Llegada: lunes, 19 de septiembre de 2011.

Partida: sábado, 24 de septiembre de 2011 (por la tarde).

Fecha límite para presentar solicitudes: 1 de julio de 2011. La solicitud sólo será válida si se presenta todo el material requerido. El texto enviado debe ser un fragmento de una traducción en curso o, al menos, no publicada en el momento de la celebración del taller. La selección de los participantes se dará a conocer el 18 de julio de 2011.

Documentación:

1. Breve CV que incluya una lista de las traducciones/obras publicadas (máx. 1 página)

2. Aproximadamente 5 páginas de la traducción que será debatida en el taller (interlineado doble, líneas numeradas en el margen izquierdo, margen derecho amplio para anotaciones)

3. Las páginas correspondientes del texto original, a ser posible en formato pdf o documento escaneado (líneas numeradas en el margen izquierdo)

4. Breve presentación de la obra y del autor (máx. 1 pág.)
Es importante incluir el nombre del participante en toda la documentación y remitirla por correo electrónico en formato Word- o PDF (o compatibles) a las dos direcciones que figuran a continuación.

Los candidatos seleccionados deberán asistir a la totalidad del taller.

Luis Ruby | E-Mail: luis.ruby.s@googlemail.com

Belén Santana | E-Mail: bsantana@usal.es

domingo, 27 de septiembre de 2009

Un panorama desde Tenerife



El 24 de agosto pasado, La Opinión de Tenerife publicó una entrevista de Antonio G. González con la traductora del alemán Belén Santana (Las Palmas de Gran Canaria, 1975), quien además se desempeña como profesora de Traducción de la Universidad de Salamanca.

"El buen escritor se traduce solo;
traducir a uno malo es horrible"

-Poniendo como referencia al mercado editorial y al mundo literario alemán, que sería el nivel europeo más alto y que usted, además, conoce perfectamente, ¿qué opinión tiene de la presencia de la literatura europea en España?
-El mercado literario está bastante globalizado, pero en Alemania, si usamos esa referencia, se traduce mucha más literatura europea, sobre todo de lenguas minoritarias. Ellos tiene ahora un claro enfoque dirigido a los países del Este, todo lo que son las repúblicas bálticas, Polonia, por relaciones históricas. Por otra parte, en Alemania hay muchas ayudas públicas a la traducción, hay una política de promoción de la traducción de todas las lenguas, incluso exóticas. Y ya de por sí existe una gran tradición de traducción literaria. En España la presencia de las literaturas minoritarias e incluso exóticas es menor, aunque cada vez más editoriales pequeñas españolas se atreven con nuevos autores. Pero, en cualquier caso, en ambos países el mercado sigue estando dominado por la literatura en inglés.

-¿Y eso se corresponde con un criterio literario o el inglés domina solamente porque lo hace en términos de mercado?
-En términos de mercado. Y, además, al revés sucede lo contrario. Por ejemplo, en Estados Unidos el porcentaje de traducciones de otras lenguas es mínimo, es un mercado totalmente anglocéntrico.

-¿Y, por ejemplo, las literaturas hispánicas y, en concreto, la latinoamericana en Estados Unidos cómo van funcionando?
-Funcionan mejor. Ciertamente hablamos de literatura en español cuando hay que distinguir entre muchos españoles. Tanto en el mundo anglosajón como en Europa el acento está en la literatura latinoamericana, en nuevos autores de Argentina, Méjico, Colombia, etcétera... En la próxima feria del libro de Frankfurt el país invitado, de hecho, es Argentina. Eso da una idea del peso. E incluso en el mercado español muchas de las nuevas voces vienen de Latinoamérica, no tanto de España.

-De modo que la literatura europea en España es hoy en día mucho mas estándar, por decirlo así.
-Siendo un fenómeno global, insisto, el mercado español está mucho más estandarizado respecto de la presencia de literaturas extranjeras. Sus editoriales se mueven básicamente por los premios literarios, cifras de ventas (que avalan a los libros en el país de origen) y ya está.

-¿Cómo ve la creación literaria en España?
-En estos momentos, en fin, está el tópico de que en España se publica mucho y se lee poco... En este país casi cualquier puede publicar un libro, pero en cuanto a la calidad de los autores más conocidos, creo que no estamos en un gran momento. Y, por otra parte, el mercado español está muy afectado por la concentración de los grupos editoriales, en manos de los grandes medios de comunicación, lo que hace que se polarice muchísimo el panorama. Hay grandes autores que son completos desconocidos; dentro de la mal o bien llamada literatura de género -policiaca, histórica...- hay grandes nombres que apenas llegan porque no tiene a los grupos mediáticos que los apoyen. Eso hace unas décadas no era tan así. En la época de la Transición, con nuevas editoriales como fueron Tusquets o Seix Barral, eso no pasaba tanto. Ahora son poquitas las que se mantienen realmente independientes. En otros países europeos obviamente también se da esta concentración de grupos editoriales, pero los autores y las editoriales de calidad mantienen su presencia, ahí se está en un nivel superior a España.

-¿Y qué cabría decir de la presencia de escritores españoles en el mercado europeo?
-En Alemania hay autores españoles muy conocidos, y en algunos casos más conocidos que en España. Javier Marías no nos valdría como ejemplo, porque es muy conocido en España también, pero sí serían los casos de Rafael Chirbes o Javier Tomeo, que en Alemania tienen bastante repercusión. No obstante, el foco del mercado editorial alemán -que influye en toda Centro Europa- para los autores extranjeros, más allá de lo anglosajón, está puesto, como le digo, en los países del Este y Latinoamérica. Los editores alemanes son muy listos y, además, siempre ha habido un gran interés por lo ajeno.

-¿Qué le parecen la crítica que se hace en los suplementos literarios españoles?
-Personalmente creo que deja mucho que desear. Es más, a veces ni siquiera se le puede llamar crítica puesto que en la mayoría de los casos se trata de una reseña literaria en la que el crítico se limita a dar cuenta de la publicación de la obra, explica su contenido y está influido por el grupo editorial al que pertenezca el medio. En otros países la aparición de un libro de un clásico contemporáneo genera auténticos debates y polémicas. Sin ir más lejos hace poco en Alemania hubo un amplísimo debate sobre una nueva traducción de Moby Dick.

-No suele haber en la crítica española inserción de la obra reseñada en el movimiento de la literatura, es mera autoreferencia.
-Exacto, es una autoreferencia. Hombre, mejor eso que nada, pero cuando uno busca un poco más en una crítica literaria raras veces lo encuentra. Por no hablar de la traducción, que ya ni se menciona.

-¿Cuál es el estado de la traducción literaria en España?
-Yo pertenezco a una generación intermedia de traductores españoles y, por lo que cuentan los mayores, la situación de la traducción ha mejorado mucho en los últimos diez años. Hasta hace poco el nombre de los traductores ni siquiera aparecía; ahora no sólo está por ley en los crédito sino que hay editoriales que lo colocan incluso en portada, lo que en países como Japón es lo habitual. Una de las razones de la mejora ha sido el movimiento asociativo de los traductores literarios, que ha sido muy activo, aunque queda mucho por hacer respecto de derechos de autor, tarifas, contratos a terceros, en fin...

-¿Y las editoriales saben distinguir al buen traductor, aciertan con sus criterios de valoración?
-Ésa es la pregunta del millón. Como en todo, funcionan mucho los contactos. Es frecuente que si un editor de mesa cambia de editorial se lleve a sus traductores con él. Yo he tenido todo tipo de experiencias. Con el último libro que traduje (La mujer del mediodía, de Julia Franck, gran revelación de la literatura alemana, Tusquets, 2009) tuve la suerte de que el editor sabía alemán, con lo que pudimos conversar sobre todo tipo de matices. No es ésa la norma y, aunque las cosas hayan mejorado, tengo un compañero que dice algo crudo: que si las editoriales pudieran eliminarnos, lo harían.

-Pues sin la traducción no existiría la literatura universal.
-Sin duda. No la habría.

-Bien, sitúenos a Julia Franck, última autora que ha traducido.
-Pues es una autora muy joven, nacida en 1970. Y, a pesar de ello, tiene una trayectoria bastante larga. Empezó con relatos, y fue encuadrada en la mal llamada literatura femenina, con las críticas que eso conlleva. Con el salto a la novela se ha atrevido a abordar grandes temas del pasado y el presente de Alemania. Ha escrito sobre las dos alemanias, las migraciones internas tras la reunificación, cómo sigue habiendo un muro interno entre los alemanes, lo que es desconocido incluso para muchos alemanes; y en su ultimo libro Franck aborda el pasado nazi. Algunos críticos la sitúan como la sucesora de Günter Grass. Quizás sea exagerado pero está claro que es una de las grandes voces actuales, y más a raíz de otorgársele en 2007 el premio de los editores y libreros alemanes, que es un premio reciente pero que tiene gran proyección.

-¿Cuál es el esbozo básico de la literatura alemana actual?
-Bueno, Julia Franck, por ejemplo, forma parte de una nueva generación, con Uwe Tellkamp, Ingo Schulze o Daniel Kehlmann, que convive con clásicos como Grass, Martin Walser o Monica Maron, pero que tratan de desmarcarse un poco de esa imagen de la literatura alemana como algo denso, duro, incluso negro, tanto en el tema como en la forma, aunque tampoco es que sean grandes humoristas (risas) y, desde luego, sin dejar por ello de abordar cuestiones mayores, lo que resulta muy interesante. La literatura alemana está en un gran momento, aunque se insiste en que sigue pendiente la gran obra sobre la reunificación del país... Y, por último, otra dimensión de ésta serían aquellos autores, más bien jóvenes, que son hijos de inmigrantes, sobre todo de países como Turquía, como la escritora Emine Segvi Özdamar, recién traducida por Miguel Sáenz además, pero también hay una autora como Terezia Mora, que es húngara pero escribe en alemán, en fin, es un fenómeno apasionante el de la segunda cultura o la biculturalidad.

-Usted ha traducido ya varios libros de Franck. ¿Qué tal es ella?
-Es encantadora, mucho menos oscura que lo que escribe (risas). No es poco importante la relación entre autor y traductor, es un asunto incluso planteado en teoría de la traducción analizar cómo se traduce, por ejemplo, a un autor al que no se soporta, pero con el que uno debe relacionarse... claro está que yo soy un caso singular en tanto en cuanto, como no me dedico exclusivamente a la traducción literaria, tengo la suerte de que más o menos puedo elegir lo que traduzco, lo que no siempre es el caso. Es una decisión, si se quiere, de corte profesional y existencial, que tomé en su momento: tener mi fuente de ingresos en otra disciplina para que la traducción literaria sea un hobby de lujo, me gusta definirla así. En todo caso, el buen escritor se traduce sólo en el sentido de que fluye, mientras que traducir a un mal escritor es horrible, pues el traductor es el que mira detrás del escenario, accede a la tramoya del libro y ve cómo está. Se trata de un doble movimiento: hay que ver cómo está construida la ficción para luego volver a construirla. En la traducción se pierde un poco la inocencia respecto de cada obra.

-¿Y a qué otros autores ha disfrutado más usted traduciendo?
-Casi diría que a todos a los que he traducido, aunque también he tenido suerte, porque las editoriales me han respetado. Yo citaría, por ejemplo, un libro de no ficción, de un periodista, Sebastian Haffner (Memorias de un alemán, Destino, 2006), que me resultó apasionante. Son sus recuerdos personales entre 1914 y 1933, hasta la llegada de Hitler al poder. Es de los que más orgullosa estoy, sin ser literatura propiamente y sin que el autor sea un gran estilista, aunque a veces se las quiera dar de ello, como imagino que pasa con otros periodistas. Aprendí muchísimo, sobre todo de la lucidez y la clarividencia de Haffner respecto a lo que se avecinaba en Alemania entonces. No los quiso publicar en vida y murió un año antes de que yo lo tradujera. Luego, por ejemplo, La señorita Stark (Tropismos, 2005), del escritor suizo Thomas Hürlimann, fue un ejercicio de barroquismo lingüístico total y absoluto, el autor lo reconoce, un ejercicio de estilo en el que el escritor se recrea en las palabras y en la sintaxis partiendo de una historia pequeña, pero bonita. Me interesó mucho también 33 momentos de felicidad (Destino, 2008), de Ingo Schulze; y, por supuesto, el otro libro de Julia Franck que he traducido, Zona de Tránsito (Tusquets, 2007), que de libro en libro es una escritora totalmente distinta.