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jueves, 14 de agosto de 2025

Anagrama ahora alimenta su propio mito

"Anagrama dedica una nueva colección a rescatar documentos inéditos del archivo de la editorial barcelonesa, con una primera entrega protagonizada por Jorge Herralde y Hans Magnus Enzensberger" Esto dice la bajada de la nota publicada por Cristina Ríos, el pasado 11 de agosto en elDiario.es.


Cuando editar era una profesión de riesgo: la historia de una amistad en la España de la dictadura y la Transición

El pasado 20 de marzo, Jorge Herralde (Barcelona, 1935) cumplió 90 años. De estos, más de la mitad los ha dedicado a su editorial, Anagrama, fundada en 1969 y dirigida por él hasta 2017, cuando delegó en Silvia Sesé, aunque es vox populi que ni siquiera jubilado se desentendió del todo. Volcó su existencia en un proyecto que iba mucho más allá de la publicación de libros: descubrió nuevas voces, trabajó para fortalecerlas y se atrevió a editar títulos que despertaran el apetito intelectual de una población que quería romper con el adormecimiento cultural de la dictadura. Avivó el diálogo, enriqueció la vida de muchos lectores; y estos, a su vez, hicieron de Anagrama la editorial de su vida.

Con el fin de documentar aquella huella inconmensurable, la editorial inauguró a finales de 2024 una colección llamada Fundación Feltrinelli Anagrama Archivo Herralde, que “tiene como propósito hacer públicos documentos y cartas que constituyen la memoria histórica de Anagrama”. El primer libro, Correspondencia 1971-2005, reúne las misivas que el editor intercambió con el pensador alemán Hans Magnus Enzensberger (Baviera, 1929- Múnich, 2022), prolífico y versátil escritor conocido sobre todo por sus agudos ensayos sociopolíticos, con títulos tan importantes como El corto verano de la anarquía (1972), Conversaciones con Marx y Engels (1974), El hundimiento del Titanic (1978), El perdedor radical (2006) o En el laberinto de la inteligencia (2006), entre otros.

Las cartas documentan la relación entre ambos, pero también la evolución (fulgurante, si bien no exenta de obstáculos) de la editorial y del tejido cultural de un país en pleno proceso de transformación. Son, en palabras de Silvia Sesé, “lo que el lector no ve”, es decir, “las negociaciones, los trabajos con el texto o con la promoción”. Se reproducen tal como se escribieron, con las incorrecciones lingüísticas del alemán (un políglota, por lo demás, admirable) e incluyendo breves acuses de recibo e invitaciones. Hay también algunos mensajes de agencias literarias y medios de comunicación con los que trataron en determinados momentos, y que redondean esta radiografía del ecosistema editorial.

Su historia comenzó en 1971, cuando Anagrama compró los derechos de autor de unos libros que en principio iban a ser publicados en castellano por otro sello, pero se estaban retrasando sine die. Por esas fechas, Herralde ya barruntaba la posibilidad de organizar un premio de ensayo, para el que contó con Enzensberger como miembro del jurado en muchas ocasiones (con los trámites analógicos pertinentes: enviarle las copias en papel de los finalistas). Sobre este premio, el primero que puso en marcha –la primera edición recayó en el filósofo Xavier Rubert de Ventós con La estética y sus herejías, en 1973–, es subrayable cómo sirvió para descubrir a numerosos pensadores, por aquel entonces unas jóvenes promesas, muchos de ellos de la llamada Escuela de Barcelona, que con el tiempo se convirtieron en referentes ineludibles, como Eugeni Trias, Jordi Llovet, Fernando Savater o Carme Riera, entre otros.

La importancia dada al ensayo se entiende por el contexto: España en la última etapa de la dictadura y luego en los años convulsos de la Transición, pero también una Europa al borde del colapso del comunismo en el bloque del Este. Había una necesidad colectiva de repensar las viejas creencias y abrir nuevas sendas de pensamiento que respondieran a las revueltas juveniles de mayo de 1968. Esto, sumado a la progresiva reducción del analfabetismo, proporcionó una base de lectores formados, críticos y con inquietudes culturales que respondió a la llamada. A ellos se dirigía Anagrama, para ellos buscaba el editor la excelencia.

Frente a la emoción de descubrir nuevos talentos –y ser testigo de cómo se asentaban–, estaba la otra cara de la moneda: la censura. Algunos libros de Enzensberger también la padecieron, y Herralde se lo cuenta resignado, pero sin hacer un drama; estaba curado de espanto. Lo llamativo de este asunto, no obstante, es que no terminó con el final de la dictadura: en 1976, en el marco de “una crisis económica pavorosa y una agonía política y cultural total”, Anagrama sufrió el secuestro de varios libros (Max Abel, Antonio Gramsci y Aleksandra Kolontái, entre otros), con el consiguiente proceso judicial. Fue una larga agonía que el editor describe como “un atentado contra la libertad de expresión y justamente contra una editorial caracterizada por su independencia política”.

El mito de la Transición
Hoy se empieza a cuestionar el mito de la Transición, y este testimonio muestra cómo, en efecto, fue un periodo de luces y sombras, entre la esperanza de disfrutar de unos renovadores años ochenta y el desconcierto ante los vaivenes políticos, la falta de estabilidad económica y la crisis social, pero también interna, por un cambio de rumbo en las preferencias del lector. Un editor debe estar atento a la actualidad y saber adaptarse a las transformaciones sin perder su marca. En esos años, pese a todo, brilló una suerte de solidaridad entre esta generación de editores que iniciaron su andadura en la Barcelona del tardofranquismo, como Esther Tusquets, la responsable de Lumen, o Beatriz de Moura, de Tusquets, que lo apoyaron en sus cuitas con la justicia.

Enzensberger, fiel a su naturaleza abierta y analítica, se interesa por la situación en todo momento, En una carta de 1980, reflexiona: “No me sorprende lo que me cuentas sobre la situación española general y sobre los problemas para publicar en particular”, que le parecen “un asunto muy triste y potencialmente peligroso. Muchos de nosotros hemos menospreciado las tensiones existentes en el seno de la economía española, en el de la sociedad en conjunto –que la dictadura ha ocultado y que […] se han disimulado con el ‘nuevo comienzo’–. Me temo que al país lo aguarda una larga resaca y, lo que es peor, no hay remedio a la vista”.

El escritor es consciente desde el principio de los esfuerzos de Herralde por publicarlo: “Me desconcierta que puedas y quieras continuar publicando libros que la gente no compra. Lo que he oído sobre la situación en España me produce escalofríos”. El editor sabe bien lo arriesgado de determinadas apuestas, en sus cartas habla sin tapujos de libros que no son “fáciles” y analiza los diferentes mercados, según el país (a este respecto, Enzensberger lamenta que Alemania sea “una nación subdesarrollada con respecto a la traducción”). Pese a las dificultades, Herralde cuida cada edición al milímetro, selecciona al traductor apropiado (en una época en la que no había tantos como ahora, ni para tantos idiomas), encarga prólogos y está pendiente de la prensa.

Entre vocación y negocio: la figura del editor ideal
La labor de Herralde encarna lo que debería ser un editor: alguien con vocación pero con visión de negocio, que desde el compromiso con la sociedad mantiene un catálogo coherente, acompaña a los autores y tiene olfato para cazar oportunidades. Un enamorado de las humanidades dispuesto a asumir, junto a su equipo, una cantidad de funciones que van más allá de leer, como la selección de títulos, la gestión de derechos, la revisión de las traducciones, la ayuda a los escritores para que adquieran presencia (por ejemplo, buscándoles colaboraciones en la prensa, como en el recién nacido El País) o la organización de nuevas iniciativas, como los premios, más el tiempo que se le iba en procesos judiciales. Todo ello, sin olvidarse de mantener las cuentas saneadas.

En el curso de la correspondencia se aprecia el paso de los años; lo más evidente es el cambio del correo postal (y el telegrama) al electrónico. Hay alegrías, como la llegada de Patricia Highsmith al catálogo o los numerosos premios que recibe Enzensberger en la madurez, como el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2002 (el ensayista hasta se queja de las invitaciones a eventos y las peticiones de artículos que recibe, tantas que no le queda tiempo para su obra). Se suceden los encuentros, crece el vínculo entre ambos matrimonios (la esposa de Herralde, Lali Gubern, exlibrera y traductora, era además su mano derecha en la editorial), aunque Herralde no llegó a viajar a Múnich. “Barcelona está muy cambiada después de los Juegos Olímpicos, muy beautiful”, le cuenta el editor en 1993. Por lo demás, Enzensberger sigue atento a la actualidad española, y muestra su preocupación tras los atentados del 11-M.

El libro se cierra con un texto que escribió Herralde tras la muerte de Enzensberger, el 24 de noviembre de 2022. Los editores arrastran la (por lo general inmerecida) fama de ser figuras hostiles al autor, de mirar solo por su propio beneficio, de ser tipos (o tipas) fríos capaces de decir no sin pestañear. La realidad, sin embargo, demuestra que incluso en la distancia puede nacer el afecto, más aún cuando la relación se prolonga durante tantos años. Estas cartas son piezas breves de altura intelectual, en las que comparten sus observaciones sobre el mercado, la política o el estado de la cultura. Bajo el trato formal que se dispensan, se respira esa confianza, esa camaradería entre hombres de la misma generación y de valores afines, que se entendieron desde el principio y tuvieron la suerte, porque aunque se lo trabajaron no deja de ser una suerte, de que les fue bien, muy bien, a uno con su obra y al otro con su editorial, que esEs peligroso idealizar el pasado; las transiciones, por ilusionantes que sean después de un régimen totalitario, nunca son sencillas. Tampoco conviene romantizar la batalla de quienes, como Jorge Herralde y sus coetáneos, plantaron cara al sistema en un contexto adverso porque creían en sus ideales; el espíritu combativo también se paga. Pese a todo, en la sociedad actual, ante tanta incertidumbre, tanto retroceso y tanto ruido, leer las cartas entre estas dos figuras clave del panorama intelectual del pasado reciente resulta estimulante. Para recordar cómo se libraba una lucha contra el poder. Para volver a creer en la existencia de un público de lectores inteligente, ávido de libros que enriquezcan el debate contemporáneo y desafíen lo preestablecido. Y para no olvidar que, hasta en los escenarios más adversos, se puede hacer algo por mejorar el mundo. una obra a su vez.

martes, 1 de octubre de 2019

Jorge Herralde y los 50 años de Anagrama: cuando la crème de la crème es más bien crème brûlée


Cuando se habla de editoriales “independientes”, uno de los mayores problemas es, justamente, entender de qué clase de independencia se habla. Porque no formar parte de ninguno de los dos grupos existentes (Penguin Random House y Planeta) no es necesariamente un pasaporte a la independencia. 

Este último detalle no es obstáculo para que muchos sigan creyendo que la española Anagrama es una editorial independiente (aun cuando haya sido vendida a la italiana Feltrinelli) y que Jorge Herralde es un gran editor (aunque en cincuenta años de trabajo no haya sido capaz de formar a ningún heredero que continúe con su labor ni se haya preocupado por hacer que sus libros, que se venden en toda América, tengan traducciones ecuménicas que respeten al lector latinoamericano). Por eso, cuando lo llaman “el último mohicano” de la edición independiente, uno bien podría pensar que es un insulto a otros editores independientes, igualmente longevos en el negocio del libro, acaso más leídos y arriesgados, con mejores criterios de edición y una idea de sí mismos menos florida que la que suele exhibir Herralde. 

Curiosamente, gracias a la nota firmada por Matías Néspolo –escritor argentino radicado en Barcelona, y publicada por el diario El Mundo de esa ciudad, reproducida luego por el diario La Nación, de Buenos Aires, del 26 de septiembre pasado– nos enteramos de que, de joven, en los años setenta, Herralde hizo dinero copiando al editor francés François Maspero (1932-2015), que en Francia vendía textos de izquierda y libertarios, sin descuidar la mirada de Latinoamérica. Sin embargo, después, cuando cambió el viento, Herralde se dedicó a inventar fenómenos literarios, conjuntamente con Carlo Feltrinelli y Christian Bourgeois, creando la ficción de que ciertos escritores son "realmente" importantes (de hecho, en la nota, el mismo Hanif Kureishi se ríe de la maniobra de marketing empleada para nombrarlo a él y a sus colegas ingleses como dream team, algo que en la propia Gran Bretaña no ocurre). Por eso causa una cierta consternación leer sobre una reunión de hombres de negocios venidos a intelectuales como de una reunión de la crème de la crème de la literatura.  En síntesis, mientras no aparezcan voces que griten públicamente “el emperador va desnudo”, Herralde seguirá siendo el dueño del circo y pasará a la historia como lo que nunca fue: un gran editor. Pero a no desesperar, siempre hay tiempo para cambiar la historia.

La crème de la crème de la literatura
en la fiesta de los 50 años de Anagrama

BARCELONA.– “El es el jefe”, dice Richard Ford, remarcando el mote en español. El escritor americano, que acaba de publicar un nuevo libro de relatos, Lamento lo ocurrido (número 1015 de una célebre colección amarillo limón), ha cruzado el Atlántico sólo para acompañar al agasajado. También lo ha hecho Daniel Divinsky, “mi colega argentino”, como dice el protagonista, “que conocí nada menos que en 1968 y al que me une una gran amistad”. Ambos, Ford y Divinsky, reciben una mención especial de agradecimiento por el viaje. Y esas son sólo dos figuras internacionales de la literatura y el mundo del libro –o quizá sería mejor decir estrellas–, y hubo hoy más de 500 invitados a un céntrico restaurante barcelonés para celebrar el medio siglo de vida de un imperio literario en español llamado Anagrama.

El jefe, también conocido como “el último mohicano” de la edición independiente es, por supuesto, Jorge Herralde. Pese a los premios, homenajes y distinciones recibidos a lo largo de su carrera, no puede ocultar la emoción de los más cercanos, “me alegra ver tantas caras conocidas”, en la gala del 50 aniversario de Anagrama. Esa “editorial de ensueño” o “el mejor club del que uno pueda formar parte”, a decir de Carlo Feltrinelli en su discurso, el hijo del legendario Giangiacomo Feltrinelli y presidente del grupo homónimo italiano al que pertenece la casa desde 2017, que “lanza flores al escenario de las librerías de todo el mundo”, loa el directivo, y cuyo catálogo histórico, editado con lujo y mimo para la fiesta, “es el producto editorial perfecto, y lo digo sin riesgo de que me contradiga Roberto Calasso aquí presente”, completa, con un guiño al viejo amigo y compañero de ruta de Herralde, histórico de Adelphi Edizioni.

Tras los discursos, Richard Ford sigue rememorando cómo conoció al jefe cuando apenas tenía 37 años y estaba “aterrado”, pero con el que acabaría publicando toda su obra. Y el jefe ya es “un gran amigo, generoso y empático, pero también muy serio, un editor con E mayúscula”, dice. “Ser editor es encontrar un equilibrio muy delicado, porque siempre tienes que estar abierto a la posibilidad de decir que no, incluso a un amigo. Yo por eso lo respeto, porque tengo la confianza de que nunca publicaría un libro mío si no creyera que vale la pena”, explica Ford. Mientras que Alesandro Baricco resume las virtudes de Herralde aún más: “Es un editor como los de antes. Si tuviera que encontrar un equivalente, sería como Gaston Gallimard en Francia”, dice el autor de Seda.

Un tanto más indiscreto y puede que divertido se muestra Hanif Kureishi, que no quiere oír ni hablar del Brexit. Kureishi confiesa que el famoso dream team británico, como se popularizó en castellano su generación (Barnes, Amis, McEwan, Ishiguro...) fue una travesura del editor, hincha del Barça y obsesionado entonces por el equipo de los sueños de Johan Cruyff. “El dream team fue una invención de Herralde. Obviamente que en el Reino Unido no nos llaman así, la etiqueta es suya”, explica.

En la misma línea jocosa de la indiscreción se ubica otro portento, Emmanuel Carrère, que define a su editor en castellano como “un hombre apasionado de la literatura, degustador de libros y de placeres literarios”, dice. Con él la relación es extremadamente fácil, pero lo que detesta es que pierda tiempo en el cine”, comenta risueño el realizador que en la actualidad prepara la adaptación de la novela El muelle de Ouistreham de la periodista Florence Aubenas, con un equipo de actores no profesionales, a excepción de la protagonista Juliette Binoche.

Puede que ese joven de la alta burguesía catalana que fundara a los 34 años su propia editorial –tras una estadía en París donde aprendería el oficio de François Maspero por consejo de Esther Tusquets– dedicada a la izquierda heterodoxa, el pensamiento libertario, el feminismo y la contracultura jamás soñara convertirse en el útlimo mohicano de la edición o “el jefe” de una tribu literaria sin fronteras y con tantas estrellas. Pero eso es lo que consiguió Herralde con medio siglo de Anagrama, porque allí estaban para soplar las velas Irvine Welsh, Yasmina Reza, Melania Mazzucco, Jean Echenoz, Jonathan Coe, Catherine Millet y tantos otros. Para no mentar además a los latinoamericanos y españoles como Pedro Juan Gutiérrez, Carlos Fonseca, Luis Goytisolo, Martín Caparrós, Marta Sanz y un largo etcétera. Y el cartel de lujo lo completaron incluso grandes editores y agentes internacionales, muy cercanos a la tribu Anagrama de un modo u otro, como Dominique Bourgois, Heinrich Von Berenberg, Olivier Rubinstein y Teresa Cremisi, entre otros.

martes, 20 de agosto de 2019

Nueva queja, esta vez de un calificado lector de México, sobre las malas traducciones de Anagrama


Juan Carlos Calvillo
(Ciudad de México, 1983) es poeta, traductor y Profesor-Investigador de tiempo completo en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. Sus líneas de trabajo giran en torno a Shakespeare, Emily Dickinson, la traducción de poesía y otros temas de literatura inglesa y norteamericana. Hace poco, más precisamente, el 16 de abril de este año, publicó un artículo en la revista Letras Libres, a propósito de las traducciones del sello español Anagrama. En la bajada se lee: “En medio siglo de existencia, no le ha faltado a la editorial la flexibilidad necesaria para renovarse ante asuntos de urgencia. Pero en lo que incumbe a sus traducciones la política parece ser, simple y llanamente, no dar el brazo a torcer.
” Este blog se ha ocupado de las malas traducciones de Anagrama en numerosas oportunidades. A modo de ejemplo, véanse las entradas correspondientes al 1 de julio de 2009, 23 de agosto de 2012, 23 de noviembre  de 2016, 18, 19 y 20 de  diciembre de 2017,  8 y 9 de agosto de 2019,

Cincuenta años 
de traducciones de Anagrama

Con cerca de cuatro mil títulos en una veintena de colecciones, cien libros nuevos cada año y dos de los premios anuales más importantes para obra inédita en español, Anagrama ha sido, a lo largo ya de cinco décadas, el sueño hecho realidad de innumerables bibliófilos que tuvieron alguna vez la ilusión de fundar una editorial.

El proyecto que inició Jorge Herralde en 1969 ha formado a generaciones de lectores en todo el mundo hispanohablante, no solo dando a conocer a autores extranjeros en ámbitos distintos al de su origen –como es natural para un sello que traduce dos de cada tres títulos que publica– sino también apostando, en sus propias palabras, por los “clásicos del futuro”. Yo no habría conocido a Julian Barnes, a Tabucchi, a Houellebecq, a A. M. Homes, de no haber sido por Anagrama, y creo que lo mismo, más o menos, podría decir cualquier lector en España o Latinoamérica de Richard Ford, Patricia Highsmith o Kenzaburo Oé. A lo largo de estos cincuenta años la editorial ha sido promotora y pionera, y rara vez se ha ido por la segura al implementar su distintiva “política de autor”. Sin duda, ha sido gracias a esa convicción propia del editor de oficio que tenemos literaturas, y sobre todo lectores, que no habrían existido sin Anagrama.

Dicho esto, también es preciso reconocer que otras manifestaciones más porfiadas de esta seguridad han llegado a enfurecer, y no sin motivo, al público lector de todo un continente. En distintos asuntos de urgencia no le ha faltado a la editorial la flexibilidad necesaria para renovarse (como, por ejemplo, en el sonado caso de las sucesivas portadas de Lolita de Vladimir Nabokov), pero en lo que incumbe a sus traducciones la política parece ser, simple y llanamente, no dar el brazo a torcer.

Cualquier cantidad de quejas se ha publicado en la prensa impresa, en medios electrónicos, en revistas y reseñas, por las traducciones castizas de Anagrama, y muchísimas más todavía son las que circulan de boca en boca entre sus lectores devotos e indignados. Es célebre de este lado del Atlántico, por horrenda, la versión de La máquina de follar de Bukowski, viejo indecente; lo son también las críticas de las versiones de Irvine Welsh, que convierten el llamado demótico escocés en la jerga de un español barriobajero, y ya para qué mencionar lo que se ha llegado a decir de las traducciones de Burroughs, Kerouac o Carver, por citar solo casos en los que la lengua de partida es la inglesa. La única ocasión, que yo sepa, en que un representante de Anagrama hizo un pronunciamiento público al respecto, en mayo de 2016, afirmó que a la editorial –como a cualquier otra, al parecer– le resulta imposible comisionar traducciones distintas para cada uno de sus mercados, y que por ello las suyas “se encargan principalmente a traductores españoles”: es cierto, se mantuvo, que en novelas que recurren al registro informal “se hace evidente un argot más marcado”; en otras, sin embargo, “esto apenas sucede”.

En relación con lo anterior creo que hay un par de cosas que conviene tener en mente, dado que las olvidamos con frecuencia. La primera es que la brecha entre las variedades regionales de nuestra lengua no representa, por fortuna, un problema verdadero de inteligibilidad: los hablantes del español nos entendemos mutuamente casi a la perfección, salvo por una u otra palabra local, un giro idiomático aquí y allá. Daño no nos hace familiarizarnos con las maneras en que se habla nuestro idioma en otras partes del mundo, por mucho que creamos, falazmente, que la nuestra es la “correcta”.

La segunda es que el traductor literario –incluyendo al muy vilipendiado “traductor de Anagrama”– tiene todo el derecho de usar en su trabajo la variante lingüística que considera propia, sea su dialecto americano o ibérico, y la defensa vehemente de este derecho no debería ser solo una prerrogativa sino, sostengo, una obligación. Por tanto, me parece que tendemos a caer en el facilismo cuando criticamos una traducción por ser regional, en particular dado que ninguno de nosotros –de este lado del Atlántico o de aquel– podría evitar ese regionalismo, a fin de cuentas. (Valga recordar que el español “neutro” no existe, e incluso si existiera, no serviría para traducir literatura.)

La razón por la que nos fastidian las “menudas pollas” de los “tíos”, los “canutos” que “encienden” cuando “hacen novillos” o poco antes de “echarse un polvo”, los “gilipollas”, las “hostias”, los “coñazos” y demás jerigonzas del español que denominamos “peninsular” no es, en principio, o no debería de ser, el hecho de que nos sean ajenas sino, más bien, el hecho de que se nos impongan en Latinoamérica de un modo, por lo general, hegemónico, desinteresado e irredento. De ello no tienen la culpa los traductores, por supuesto, que hacen su trabajo día a día con la lengua que dominan; la tiene, sin duda, la industria editorial, que no tiene reparo en perpetuar la superioridad de una variante siempre que pueda ahorrarse unos centavos.

Es una profesión de supina credulidad –por no decir ya de complicidad– seguir aceptando de manera tácita que una empresa con presencia internacional, como Anagrama, no tiene los recursos para comisionar traducciones distintas, si no para todos los países en los que se distribuyen sus libros, cuando menos para dos o tres regiones de Latinoamérica, y esto particularmente a la luz de los ingresos que representa para la compañía su clientela ultramarina. Muchas veces, en diálogo exaltado con el gremio editorial, los traductores americanos hemos pedido que ciertas cartas se tomen en el asunto: ¿es de veras mucho pedir que se les pague a dos o tres traductores para comercializar novelas cuya fuerza reside en el uso de un registro coloquial? (No es gran cosa lo que pagan, de cualquier modo.) Si sí, ¿no podrían adaptarse las versiones para los mercados en los que resultan chocantes, suponiendo, desde luego, una colaboración cercana entre traductor y adaptador? (No sé de ningún colega que pudiera ofenderse por ello.) Y si no, ¿resulta en realidad tan impensable ampliar la cartera de traductores de una editorial, a fin de que sea más representativa en términos de variedades regionales? (Tampoco a los lectores españoles les haría daño salir de la comodidad de su jerga de vez en cuando.) Soluciones hay, y viables todas; el asunto es que cada una de ellas implica un posicionamiento frente a las políticas lingüísticas, culturales y financieras que, por lo pronto, no todas las empresas editoriales están dispuestas a tomar.

Ahora bien, como lectores, es comprensible que esporádicamente incurramos en un nacionalismo impensado o en una suerte de dignidad anticolonialista al condenar las traducciones ajenas solo por ser tales, por parecernos extrañas y distantes. Con todo, insisto en que esa es una manera engañosa de ver el problema. Una traducción no es mala por ser española: es mala cuando es inadecuada, cuando fracasa en la consecución de los designios que se propone. Muchas traducciones de Anagrama son fallidas precisamente por esta razón: porque al negarse a considerar los contextos de recepción de sus libros en toda su diversidad quebrantan el pacto de verosimilitud que exige la propia literatura que publican.

Si hemos de criticar las traducciones de Anagrama –y yo pienso que hemos, en beneficio de nuestra literatura y de la práctica de la traducción, tanto como para fomentar un espíritu crítico que pueda llamarse responsable–, que sea, pues, a sabiendas de que, mucho más a menudo que el traductor, la “pasta” es la culpable de que nos sigan resultando penosas, grotescas o inauténticas de este lado del charco.

jueves, 8 de agosto de 2019

Jorge Herralde: una despedida demasiado larga

El pasado 6 de agosto, el escritor, traductor y periodista cultural Matías Serra Bradford, publicó una breve y certera reseña en el diario Clarín, a propósito de Un día en la vida de un editor, un tocho misceláneo de más de 450 páginas, de y sobre Jorge Herralde, el acaso sobrevalorado (fundamentalmente por él mismo) creador y editor del muy independiente sello Anagrama, en la actualidad propiedad de la multinacional italiana Feltrinelli. La reproducimos a continuación.

Jorge Herralde y la demencial
odisea de hacer libros

Cuando se es demasiado fanático de la actualidad todo tiende, inevitablemente, a desaparecer. Los que se dedican a editar e imprimir libros apuestan por una noticia con un horizonte más perdurable: la literatura.

El volumen de memorias, entrevistas y artículos de Jorge Herralde, Un día en la vida de un editor, coincide con los 50 años de Anagrama, la editorial española que fundó. Con la desenvoltura, la vanidad y la autoironía que exige su oficio, repasa admiraciones, amistades, pescas y traiciones, títulos prohibidos durante el franquismo, su deuda hacia editoriales argentinas, su simpatía por San Lorenzo y su desdén por el falso cuco del ebook.

Ha tenido un ojo astuto pero menos oído: en general, su catálogo favoreció más a efectistas que a estilistas, y sus traducciones a veces son imposibles. Hay percepciones redactadas con gracia, pero el lector se cruza con ciertas repeticiones ociosas y algunas erratas infantiles. (Paradójicamente, le faltó un editor). La aventura editorial se parece a la buena literatura: es impredecible.

martes, 19 de diciembre de 2017

Sobre una traducción de Enrique Pezzoni (II)

En octubre 2009, en la revista Vasos Comunicantes (N° 29) el traductor Juan Manuel Ortiz Gozalo (cuyo perfil público en el sitio Infojobs dice: "Soy una persona voluntariosa, proactiva, habituada a trabajar en equipo y con experiencia en los campos de la enseñanza, la edición y la hostelería") publicó “No está escrito en mármol”, un muy interesante artículo sobre la retraducción de literatura contemporánea. En uno de sus apartados recoge, justamente, la cuestión de la traducción realizada por Enrique Pezzoni de Lolita, de Vladimir Nabokov. Allí se refiere, entre otras cosas, al artículo publicado en este blog el día de ayer y a lo que imagina como cuestiones de censura, pero equivoca las fechas ya que Pezzoni tradujo la obra en cuestión en 1959, cuando en la Argentina ya no había una dictadura militar, sino un gobierno democrático (en la medida que puede ser democrático un gobierno cuando hay proscripción de un partido político; en este caso, el peronismo). Jorge Herralde compró la traducción en 1986, cuando tampoco había dictadura, pero no se le ocurrió revisarla. La traducción en cuestión tiene las fallas que tiene, pero la edición española de Anagrama, como la mayoría de los títulos traducidos de esa editorial, carece de verdadera edición. O sea.

No está escrito en mármol
(fragmento)

El segundo caso que expongo es el de la editorial Anagrama, comúnmente reconocida por la calidad de sus traducciones y por los rescates que su editor, Jorge Herralde, lleva a cabo de las obras que en su día publicaron los editores que lo precedieron y de los que aprendió el oficio. Pues bien, una décima parte de su programa editorial son, como en el caso de Siruela, rescates de obras descatalogadas o de su propio fondo editorial, y tanto si han sido publicadas por Anagrama como si no, se revisan y corrigen. En caso de que rechace una, normalmente por su mala calidad o por estar traducidas a un dialecto hispanoamericano que las hace incomprensibles para el lector español, su retraducción se encarga a un traductor de confianza. Esto ocurre en un 10 % de las obras rescatadas y sólo entre las que se han adquirido a los traductores.

Pero entre las retraducciones realizadas por Anagrama, un caso llama particularmente la atención: el de Lolita . Es bien conocido que los Nabokov, a partir del éxito internacional de esta novela, se convirtieron en una empresa dedicada a promover la obra de Vladimir en todo el mundo, por lo que vigilaban de cerca las traducciones a otros idiomas. En Suecia, Véra descubrió que la traducción del libro era claramente defectuosa y los Nabokov no pararon hasta que los ejemplares impresos fueron quemados en un vertedero en los alrededores de Estocolmo.


Sin embargo, la traducción al español de Enrique Tejedor de la misma obra presentaba deficiencias similares, a pesar de lo cual Anagrama la compró a Grijalbo Argentina y la publicó por primera vez en España en 1986. Como todos sabemos, Argentina sufría por aquel entonces una férrea dictadura militar que ejercía una implacable censura sobre las editoriales. No es de extrañar entonces que la traducción de tan polémico texto apareciese mutilada y que su autor no tuviese ninguna opción de controlarla, ya que la inseguridad jurídica y las dificultades de comunicación son dos entre tantas de las consecuencias del totalitarismo. Ahora bien, ¿por qué confió Anagrama en la calidad de la traducción a la hora de adquirirla para publicarla en España? La respuesta a este interrogante la encontramos en una característica ya expuesta de la editorial: su respeto por la impagable labor cultural de algunos editores clásicos de la edición en español. Y es que tras el pseudónimo de Enrique Tejedor se esconde el prestigioso Enrique Pezzoni, editor, y también traductor, de la editorial Sudamericana y, por tanto, gran impulsor de la nueva literatura hispanoamericana en los años sesenta y setenta. Además, el texto venía avalado por la reconocida profesora Nora Catelli, autora asimismo de Anagrama. El caso es que la denuncia pública realizada por la revista Letras Libres terminó haciendo saltar todas las alarmas: no sólo faltaban trozos, sino que además la traducción era francamente mala. Inmediatamente la editorial encargó una nueva traducción a Francesc Roca y se volvió a publicar fielmente en 2003 para nuestro disfrute.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Se supo: a Herralde le gusta el dinero

Roberto Bolaño y Carolina López
El 24 de noviembre pasado, en El País, de Madrid, casi como si fuera el anuncio de un culebrón caribeño, podía leerse la afirmación que da título a la siguiente nota. Y abajo, en el mismo estilo de las revistas del corazón, “Carolina López, viuda del escritor chileno, rompe su silencio”. Mientras uno se pregunta si esta manera cursi de titular y subtitular está en en el libro de estilo del periódico que se proclama “global”, hay otras preguntas que vale la pena hacerse. Entre otras, por el verdadero papel desempeñado por todas las viudas que, más allá de la viuda real, le surgen a un escritor de renombre cuando se muere. Para no hablar del despecho ($), los reproches ($$) y, claro, otra fealdades ($$$). Quien desee conocerlas, puede consultar los artículos mencionados –con vínculo en rojo– por la única viuda real de Roberto Bolaño.
La verdad sobre Roberto Bolaño
Recientemente se ha publicado un artículo de Ignacio Echeverría(El Cultural de El Mundo, 23 de septiembre de 2016) y unas declaraciones del editor Jorge Herralde (La Vanguardia, 30 de octubre de 2016)  que, lejos de referirse a cuestiones literarias de la obra de Roberto Bolaño, tratan sobre asuntos de mi vida privada, la de mis hijos y la del propio Roberto que no son ciertas.

Roberto murió en 2003 tras largos años de enfermedad y su voluntad siempre fue que su esposa y sus hijos gestionaran su obra, como hemos venido haciendo con discreción. Tras su fallecimiento, yo seguí viviendo en Blanes (Girona) junto a mis hijos e intentando llevar una vida anónima ajena a las rencillas editoriales. Siempre he mantenido mi puesto como educadora social en el Ayuntamiento de ese pueblo, donde trabajo desde hace más de 30 años. Ahora me veo, tristemente, en la obligación de romper este silencio de más de 10 años.

Echevarría y Herralde atribuyen que se les haya apartado de la gestión de la obra de Roberto al hecho de que, según ellos, conocían una relación sentimental de este con Carmen Pérez. Lo cual no es cierto en absoluto. Actúan movidos por el despecho, porque, debo decir, que se apartaron ellos mismos.

La reciente publicación de la novela inédita El espíritu de la ciencia-ficción y la cesión de los derechos de la obra de Roberto a Alfaguara y no a Feltrinelli (sucesora de Anagrama) se debe únicamente a razones profesionales. La propuesta que realizó Alfaguara en el marco de las negociaciones en las que intervino mi agente, Andrew Wylie, fue mucho más ventajosa para la obra de Roberto. No solo en lo económico. Alfaguara tiene una mayor presencia en Latinoamérica, donde sus libros cuestan menos, algo fundamental para garantizar el acceso de los lectores a su obra.

Debe destacarse, además, que cuando Roberto murió, sólo hacía siete años que publicaba en Anagrama. De la totalidad de su obra (15 libros), seis los publicó en otras editoriales (Seix Barral, Acantilado, Lumen, Planeta Chile y Mondadori). Como bien sabe el propio Herralde, de los 20 años de vida editorial de Roberto, siete corresponden a Roberto y 13 a la gestión de su familia. Durante estos últimos, su editorial pudo reunificar toda la obra en su sello así como publicar inéditos póstumos muy relevantes. Después de 13 años en Anagrama difícilmente se puede sostener que tomemos decisiones de forma impulsiva o vengativa.

Mi pérdida de confianza en Herralde se inició en 2008, cuando revisé los contratos. Me percaté de que en 2005 Anagrama había formalizado sin mi autorización un pacto por el cual estábamos pagando comisiones mucho más altas de lo habitual. Si las comisiones rondaban de costumbre el 20%, mis hijos y yo pagábamos entre un 35% y 55%. Anagrama prolongó la vigencia de los contratos hasta 2015 y amplió el límite de ejemplares que podía editar hasta la inverosímil cifra de 5.000.000 cuando los topes de los contratos anteriores eran de 20.000 ejemplares. Además, cuando se firmó el referido contrato en 2005, ya había caducado la vigencia de varias obras por haberse superado el límite de edición, todo ello sin abonar el adelanto habitual.

En ese contexto, la agencia literaria Andrew Wylie me ofreció representar la obra de Bolaño a nivel mundial y se produjo la renegociación con Anagrama, que además cesó en la gestión internacional de la obra. Fue en ese momento cuando mi nombre, que apenas había salido en la prensa, pasó a ser el centro de artículos que desacreditaban mi imagen y aludían a hechos de la esfera privada que no son ciertos.

Respecto a Ignacio Echevarría, nuestra relación profesional quedó rota en 2005 porque, igualmente, perdí la confianza en él. En el trabajo de coordinación de la edición del libro El secreto del mal tuve conocimiento de que había difundido por correo electrónico a terceras personas el manuscrito inédito de dicha obra sin pedir mi autorización y antes de haber firmado contrato alguno. Valoré esto como una frivolidad y una falta de responsabilidad. Cuando le pregunté por ello reconoció su error, pidió disculpas y dimitió de su cargo. Miente, pues, cuando afirma que lo despedí. Y miente cuando relata los motivos. En su día, él mismo encontró justificada su dimisión, como se constata en el correo electrónico que me envío el 9 de octubre de 2005: “Lamento muy sinceramente haber decepcionado tu confianza. […] Me hago cargo de lo que puede suponer una pérdida de confianza y asumo enteramente mi responsabilidad”. Además, se ha desdicho de lo que me escribió dos días después, en otro correo: “Por mi parte, no tengo intención de dar más vueltas al asunto, ni mucho menos de divulgarlo en forma alguna”.

Después de este mensaje no podía imaginar que Echevarría continuaría declarándose albacea de la obra de Roberto —mintiendo públicamente— hasta que en 2011, seis años después, declaré a La Vanguardia que nunca lo había sido. Es decir, miente cuando escribe en su reciente artículo de El Mundo que nunca se había definido como tal y que eran los periodistas quienes lo afirmaban. Baste leer la entrevista que concedió en El Telégrafo de Ecuador (2 de diciembre 2009):

—Cambiando de tema, hasta hace poco tiempo estuvo a cargo de la obra de Bolaño
—Estaba, ahora no. Lo que pasa es que él me nombró, frente a su viuda, albacea, pero solo de palabra. Yo no tenía poderes jurídicos en la administración de su legado.

Mis argumentos son profesionales. Por eso es absurdo que Herralde y Echevarría decidan por despecho quién fue, y desde cuándo, su pareja. Con gran dolor, mis hijos y yo estamos pagando, me temo, las consecuencias de nuestra salida de Anagrama.

Sobre mi vida privada, la de Roberto y mis hijos nunca he hablado en los medios y no lo voy a hacer ahora. Sólo me limitaré a decir que Roberto y yo mantuvimos un proyecto de vida en común, de pareja y familiar junto a nuestros hijos, durante 23 años, desde que nos conocimos en Girona en 1981 hasta su fallecimiento. Es falso que Roberto compartiera su vida y los últimos seis años antes de su fallecimiento con Carmen Pérez. En todas sus declaraciones públicas, también en la entrevista que concedió pocos días antes de su fallecimiento, sus temas son la literatura y su familia, a los que profesaba un profundo amor y respeto y junto a los que vivió en Blanes hasta el final.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Sobre una declaración en el Facebook de Anagrama

La Editorial Anagrama tiene un Facebook. En él, sin firma, el 19 de mayo pasado, se subió la siguiente declaración que lleva por título “Sobre las traducciones de Anagrama”. Dice así:  

Hemos leído con detenimiento vuestros comentarios acerca de algunas de nuestras traducciones, y aunque los hemos ido respondiendo de forma individual, nos gustaría daros una respuesta general.

Las traducciones de Anagrama han sido reconocidas internacionalmente por su fidelidad al original. No sólo trabajamos con excelentes traductores, sino que adicionalmente hacemos política de autor. Es decir: el traductor de Baricco es la misma persona que lo ha traducido durante 20 años, y esto mismo ocurre con otros muchos autores de nuestro catálogo.

La realidad es que las traducciones se encargan principalmente a traductores españoles, puesto que ninguna editorial puede permitirse encargar una traducción local para cada uno de los países en los que se distribuyen sus publicaciones. En este sentido, es cierto que hay libros en particular en los que se hace evidente un argot más marcado que en otros, por ejemplo, en novelas cuyo original está escrito haciendo uso de jerga, como en Trainspotting y otras novelas de Irvine Welsh. En el caso de este tipo de novelas, es evidente que desde Anagrama optamos por un argot para tratar de dar a la traducción la mayor similitud respecto al original. Sin embargo, en los ensayos o en las novelas más clásicas, por llamarlas de alguna manera, esto apenas sucede.

Desde Anagrama defendemos la riqueza del español como lengua universal que compartimos tanto en España como en Latinoamérica y estamos orgullosos de poder entendernos desde nuestra diversidad. Por ello, no vemos el problema a la hora de leer una traducción que no utilice exactamente el mismo léxico que empleamos habitualmente. A este respecto, nuestro editor, Jorge Herralde, ha manifestado en alguna ocasión:

«Durante toda mi adolescencia y mi primera juventud me nutrí fundamentalmente en el ámbito de las traducciones, a causa de la censura española, de libros argentinos de Sudamericana, Emecé y Losada. Estaban llenos de palabras muy argentinas, pero sobreviví de forma muy placentera y rápidamente buscaba los equivalentes. No me sentí en absoluto escandalizado, devoré centenares de libros y estuve absolutamente agradecido a las editoriales argentinas».

Es para nosotros un verdadero placer contar con tantos lectores entusiastas de nuestro catálogo y agradecemos que utilicen las redes para hacernos llegar sus comentarios y críticas, a los que intentamos dar respuesta y mejorar en todo cuanto está en nuestras manos.

Hasta aquí, entonces, lo que dice la Editorial Anagrama, sin firma, claro.

Ahora bien, “las traducciones de Anagrama han sido reconocidas internacionalmente por su fidelidad al original”. ¿Quién lo dice? ¿A partir de qué? ¿En qué consistió el reconocimiento internacional? ¿En qué algunos autores sólo pueden leerse en castellano en versiones de Anagrama porque la editorial compró los derechos para toda la lengua, sin dejar espacio para que haya otras traducciones fuera de España? Para más datos, ya fue vista, y discutida largamente, la inexactitud de esa afirmación. De hecho, Mori Ponsowy analizó esas traducciones y llegó a conclusiones opuestas a las del autor anónimo de la nota de Facebook (ver la entrada del 13 de junio de 2012, en este mismo blog). Y ya Jesús Zulaika, uno de los traductores cuestionados en ese momento, se disculpó por los errores de estilo que había introducido en sus traducciones de Raymond Carver publicadas por Anagrama (ver la entrada del 23 de agosto de 2012, en este mismo blog). Pero los casos podrían ser muchos más, como, de hecho, lo denuncian en la misma página de Facebook de Anagrama muchas de los 155 personas que comentaron esa nota que, de hecho, no habría tenido por qué ser escrita si no fuera que muchísima gente se queja progresivamente de lo malas que son muchas de las traducciones de Anagrama.

Luego, el hecho de que Anagrama haga “política de autor”, dándole a un mismo traductor libro tras libro de un mismo novelista no asegura que libro tras libro ese mismo traductor no cometa los mismos errores (volvemos acá al caso de Zulaika ya tratado).

Lo de encargar traducciones exclusivamente a traductores españoles es un derecho inalienable de la editorial. Lo de hacer que esas traducciones suenen a barrio madrileño, en cambio, es un problema. Y no se trata acá de cuestiones exclusivas de argot. Luego, cuando existen tantas editoriales españolas que encargan traducciones a buenos traductores de todo el mundo hispánico, no se entiende claramente por qué Anagrama, que vende libros en toda Latinoamérica, privilegia exclusivamente a los españoles. Y eso nos lleva a no entender para qué se compran derechos para toda la lengua, cuando se terminan imponiendo traducciones que responden a una única variante que ni siquiera es mayoritaria en el mundo del castellano.

Finalmente, el señor Herralde no es la medida de todas las cosas. Que el no haya tenido problemas en leer traducciones argentinas durante la dictadura franquista, no implica automáticamente que los lectores de todo el mundo de la lengua castellana no vayan a tener problemas con las elecciones del señor Herralde. De hecho, ¿qué pasaría con el señor Herralde si los lectores latinoamericanos dejáramos de comprar sus libros por sus traducciones extremadamente castizas? ¿Seguiría pensando lo mismo? Cuestión de probar.


Jorge Fondebrider


Quien desee ver los comentarios a la nota de Facebook puede hacerlo acá:

https://www.facebook.com/notes/editorial-anagrama/sobre-las-traducciones-de-anagrama/1079561965416033/ 

viernes, 24 de diciembre de 2010

Anagrama se vende de a cachos porque Herralde está viejo y no tiene herederos


En España, aparentemente, que una editorial sea independiente es una excepción. Así por lo menos lo dice J. M. Martín Font en el artículo que firma en el diario El País de ayer. Según parece, Jorge Herralde (en la foto, leyendo a Jorge Herralde) está viejo y, como no tiene a quien dejarle la editorial porque en 40 años no tuvo tiempo de formar a nadie ni de transformar lo hecho en legado, se la irá vendiendo de a poco al italiano Carlo Feltrinelli, quien, según sus propias declaraciones, parece ser el alma gemela del editor español. Recordamos una vez más para quien no tenga el dato que Anagrama cumplió en los años ochenta y noventa del siglo XX un papel similar al que en las décadas de 1950, 1960 y 1970 representaron los Muchnik en la Argentina con Fabril Editora o Joaquín Mortiz en México.

Feltrinelli herederá Anagrama

La editorial Anagrama, uno de los referentes básicos de la modernidad cultural en España, dejará de ser la empresa familiar fundada por Jorge Herralde hace más de 40 años y dirigida por él, de forma independiente, sin compromisos y como una extensión de su visión personal como –una insólita excepción siempre asediada por los grandes grupos editoriales–, para situarse en la órbita de la italiana Feltrinelli, que entrará de forma paulatina en el accionariado a lo largo de los próximos cinco años hasta completar el 49%. Durante este periodo Herralde seguirá llevando la dirección personalmente, como siempre ha hecho y luego cederá las riendas a Carlo Feltrinelli.

Herralde insiste en que es sólo una cuestión de edad. "Soy de 1935 y no tengo herederos. La solución para la continuidad era Carlo Feltrinelli, le gusta Anagrama y siempre me dijo que si yo quería el estaba dispuesto", ha dicho en declaraciones a este periódico.

Al compromiso, según se explica en un comunicado firmado a medias por el editor catalán y Carlo Feltrinelli, se llegó "en la Feria de Frankfurt de 2009", justo cuando Anagrama cumplía cuatro décadas. Básicamente consiste en "una progresiva entrada de capital de Giangiacomo Feltrinelli Editore. Tras las negociaciones que se iniciaron la pasada primavera el acuerdo se firmó a principios de este mes de diciembre. En el momento de dicha firma, Feltrinelli adquiere el 10% de Anagrama. A lo largo de los siguientes cinco años irá aumentando su participación hasta llegar al 49%.

"Después de 41 años de satisfactoria navegación independiente, se planteaba, por razones obvias, la búsqueda de la continuidad de Anagrama y, teniendo en cuenta los largos años de amistad, sintonía y complicidad con Feltrinelli y las características de dicha editorial, estoy convencido de que la decisión tomada es la más deseable para el futuro de Anagrama", señalaba Jorge Herralde en el comunicado. Pero el editor de Anagrama insiste en que todavía no se jubila, porque durante el próximo lustro, tal y como establece el acuerdo, el control y la dirección editorial seguirán a cargo de Jorge Herralde y su esposa Eulalia Gubern. Una vez cumplidos los cinco años, Feltrinelli adquirirá el total de las acciones de Anagrama, excepto una participación muy minoritaria de Jorge Herralde.

Por su parte, Carlo Feltrinelli afirma: 'Me siento muy feliz y honrado de poder colaborar con un editor que aprecio mucho y de que el primer paso de la Editorial Feltrinelli fuera de las fronteras de Italia sea con una editorial histórica e independiente como Anagrama". Feltrinelli es el tercer grupo editorial de Italia, tras los dos grandes: Rizzoli y Mondadori. Posee 103 librerías y una larga historia que incluye a un fundador cuya huella en la Europa del siglo XX está fuera de toda duda.

Giangiacomo Feltrinelli (Milán, 1926 - Segarte, 1972), fundó la editorial en 1954, en pleno éxito, su militancia política le llevó a formar parte de un grupo de extrema izquierda autodenominado Gruppi di Azione Partigiana (GAP), activo durante los denominados Años de plomo junto a las Brigadas Rojas. En 1969 pasó a la clandestinidad y en 1974 fue encontrado muerto al pie de una columna de soporte de una línea de alta tensión, en la pequeña localidad de Segrate, cerca de Milán, probablemente a causa de la detonación de los explosivos que intentaba colocar junto a un poste de alta tensión. Su hijo Carlo escribió recientemente Senior Service (Tusquets), sobre su padre.