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martes, 28 de mayo de 2013

Los rusos que nos depara México

El lunes 20 de mayo de este año, Hermann Bellinghausen escribió la siguiente reseña, publicada en La Jornada, de México, sobre La vida entera y otros cuentos raros de escritores rusos, una colección de cuentos rusos, traducida por el mexicano Jorge Bustamante.

Raros rusos

A cuentagotas, como es el destino de las publicaciones independientes, comienza a circular en México un libro de rara belleza, una inusual navegación por la narrativa breve rusa del siglo XX. Por usar la muletilla uno de los secretos mejor guardados, la literatura de estos raros abarca uno de los territorios más apasionantes de la literatura moderna. Muchos de sus creadores son escasamente conocidos y tienen en común diversos grados de destino trágico, similar al de los poetas contemporáneos suyos del melancólicamente llamado Siglo de Plata. Es La vida entera y otros cuentos raros de escritores rusos (Verdehalago, México, 2013), en selección y traducción del poeta colombiano-mexicano Jorge Bustamante García, quien ha convertido en aventura su labor lectora y traductora de poetas, cronistas y ahora narradores rusos.

Sus versiones de Ana Ajmátova y la indispensable antología de poetas El instante maravilloso (UNAM, 2004) acercan a nuestra lengua, con inusual justicia poética, textos de Pasternak, Mandelstam, Blok, Tsietáieva, Esenin y otros. En acompañamiento a sus traslados de creación, Bustamante García se ha ocupado en proporcionar, a manera de contexto, Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yasanaia Poliana (Forcola Ediciones, 2012), reunión de entrevistas con León Tolstoi inéditas en castellano, y su muy original El Perro Vagabundo (Filodecaballos, México, 2008), donde recrea con crónicas y memorias de autores de principios del siglo pasado, la vida en torno a un bar literario, el legendario antro El Perro Vagabundo en San Petersburgo, entre 1911 y 1915. Por allí pasaron y se manifestaron los grandes autores a los que Bustamante, por lo demás, dedicaba ya su envidiable conocimiento del idioma.

La profesión de geólogo lo llevó a estudiar y trabajar ocho años en la ex Unión Soviética y, poeta de por sí, esa incursión le abrió la puerta a una literatura maravillosa, en buena parte clandestina, que precisamente esa Unión Soviética aplastó sin acabar con ella. Bustamante radica en México desde hace 30 años, y tenemos la fortuna de que esta nueva traducción en progreso se publique en nuestro país, si bien fuera del mainstream comercial (que pareciera el único lugar que existe, pero no).

El admirativo “raros” del título, con su clara resonancia dariana, acoge espléndidos retazos de Gógol, Dostoievski y Gorki en textos nuevos, así como la extraordinaria Gramática del amor, de Iván Bunin. Pero la médula de esta colección radica en cinco narradores del periodo soviético, caídos en desgracia y, sin excepción, inmensos autores del siglo XX: Evgueni Zamiatin (1884-1937), Sigizmund Krzhizhanovski (1887-1950), Mijail Bulgákov (1891-1950), Boris Pilniak (1894-1938) y Andrei Platónov (1899-1951). Se echa de menos a Isaak Babel (1894-1940), pero de éste no parecen quedar relatos sin traducir a nuestra lengua (como ocurre con Chéjov).

Pueden parecer una patética galería de víctimas, artistas ninguneados con furia cuyo destino bastaría para condenar al estalinismo, sus inquisiciones y su doctrina del realismo socialista que no sólo mató la creatividad de los escritores sino que, literalmente, los mató: de un tiro, de hambre, exilio, tisis, denigración y abandono. Gente tan estupenda como el osado Pilniak o el buen doctor Bulgákov (teatrero, novelista, poeta de la sátira), o ese novelista ilimitado, Zamiatin. O el erudito y fantasioso filósofo de la literatura Krzhizhanovski, inédito todo su vida, y descubierto 40 años después de su muerte.

“La vida entera”, de Pilniak, relato que da título a la antología de raros, cuenta de manera simple y poderosa la vida de dos grandes pájaros rapaces, un macho y una hembra, con objetividad ornitológica y sobriedad casi lírica. Nos revela una faceta más de estesensacional narrador soviético (descubierto para el lector de nuestra lengua por Sergio Pitol) y prefigura las miradas naturalistas de John Berger y Erri de Luca. Una joya.

Estos cinco autores –soviéticos a pesar suyo– ocupan cerca de la mitad de las 260 páginas de La vida entera;constituyen su columna vertebral. A quien ame la literatura, la exploración humana en condiciones terribles, cómicas o distópicas, ninguno de estos autores debería serle ajeno.

Por citar alguno, estas máximas mínimas de Platonóv: Para convertirse en genio del futuro, hay que ser académico del pasado. El maestro es el instrumento del alumno. La burguesía es el instrumento del aprendizaje del proletariado. El maestro de todos es el pasado. El pasado es el futuro potencial, como el minuto contiene todos los tiempos. El segundo es la causa de la eternidad.

En la galería de “La vida entera” desfilan poetas cortesanos, atormentados o ridículos; masas ávidas de vodka o ahítas de revolución, mendigos, locos, santos, vividores, animales, solterones, bromas literarias a costa de Pushkin y Spinoza. Eso y más hay en este pequeño volumen. Pídalo en su librería, para que ésta se lo consiga.



martes, 5 de marzo de 2013

Un destino posible entre muchos otros

Jorge Bustamante García
Desde México –más precisamente, desde Morelia– el poeta, cuentista y traductor colombiano Jorge Bustamante García nos envía el presente artículo, publicado el 20 de enero pasado, en el periódico Milenio. 


La traducción es una larga convivencia

A finales de 1972, en medio de un rudo invierno moscovita, intenté por primera vez traducir un poema del ruso al español. Estudiaba el primer año de geología y la facultad de Lengua Rusa propuso un concurso a los estudiantes hispanoamericanos para traducir un poema de Pushkin que empieza con los versos “Recuerdo aquel instante maravilloso/ cuando ante mí apareciste…”. No sabía nada de traducción literaria, menos de cómo traducir un poema de Pushkin, pero me lancé. Confiado en mi gusto por la poesía, en mis lecturas de poesía latinoamericana que había emprendido con mis amigos desde la adolescencia en mi pueblo de la sabana de Bogotá, acometí esa desfachatada empresa, sin saber todavía que la poesía de Pushkin era y es imposible de traducir. Quedé segundo en ese concurso de lo imposible, que ganó un físico matemático entusiasta de la literatura y que hoy es un destacado profesor de la Universidad de Bucaramanga. De esa experiencia inicial me quedó claro algo: que no se puede traducir así como así, a la de Dios, a los tropezones e improvisadamente un poema, sino que hay que convivir largamente con él, confrontar todas sus aristas y sugerencias secretas, para alcanzar luego una versión decorosa que no se convierta –si exageramos un poco- en un sacrilegio, una mutilación o un asesinato.

Después, en los intervalos que me dejaban la vida y la geología, me dediqué a convivir con los poemas de los poetas rusos que más me gustaban. En aquellos años, a veces, los jefes de redacción de revistas y suplementos literarios aceptaban con ciertas reticencias publicar poemas traducidos de autores tan lejanos y desconocidos entre nosotros. En agosto de 1979 publicaron mis versiones de tres poemas cortos de Blok en el suplemento cultural del diario colombiano El Tiempo, como si le hicieran un favor a Blok y al incipiente traductor. Cuatro años después el suplemento La Cultura en México se apiadó del mismo incipiente traductor, al publicar una nota y cuatro poemas de Anna Ajmátova. Pero en 1987, el poeta y editor José María Espinasa tomó por primera vez en serio al incipiente traductor y le publicó en la excelente revista La Orquesta una miniantología de poesía rusa, que fue como un detonante para que múltiples indagaciones y exploraciones por el territorio inacabable de la poesía rusa se convirtieran después en algunos libros y antologías.

Supongo que un traductor literario es como un escritor. Al traducir escribe sobre aquello que le ha tocado el alma. Es el polo opuesto del traductor simultáneo. Es decir, no traduce todo lo que le cae en las manos, ni por encargo, sino aquello que de mil maneras se ha vuelto parte de su peculiar visión del mundo. Me parece también que la traducción literaria es una larga convivencia, una extensa caminata, en la que el traductor se va apropiando muy lentamente de cada palabra, de cada línea, de cada paso del original para transmitir sus singularidades fónicas y gráficas, con todas las cargas emocionales y subjetivas en su propia lengua. Es una especie de resurrección, de renacimiento, cuya insólita peculiaridad consiste en no traicionar las virtudes del original. El poeta colombiano Álvaro Rodríguez Torres, traductor de Baudelaire, Derek Walcott y Vinicius de Moraes, cree que “una buena traducción tiene ante todo que ver con la trasmigración de las almas, con una legítima suplantación que para el caso vendría a ser una reencarnación del otro en su texto”. En este sentido el traductor literario sería un legítimo suplantador que transvasa a su propia lengua aquello que ha amado y que lo ha conmovido en la otra lengua, aquello incluso que le parece ser parte de su propia experiencia, lo que lo convierte en coautor de la obra.

La traducción literaria al igual que la escritura, es un proceso creativo. Hay escritores que escriben de una sola sentada, o parados, o hasta los que escriben tan lentamente que necesitan días, o meses, para una página. Hay incluso los que escriben sin escribir: salen a la calle, pasean, se meten a un bar, van al cine, pero a toda hora están construyendo su poema, su ensayo, urdiendo su relato, imaginando su novela. Dicen que Hemingway escribía de pie, a todo galope, y Osip Mandelstam vagabundeaba por las calles moscovitas para escribir poemas en su memoria, que luego decía a su mujer, que también se los aprendía de memoria. Así también habrá traductores que traducen de una sola sentada, o que se la pasan de pie saltando de diccionario en diccionario, o los que se van a pasear por las calles y aparentan olvidarse de todo, pero todo el tiempo están maquinando palabras, equivalencias semánticas, analogías, dedicados al oficio de descubrir correspondencias. El escritor es un ser al que le gusta jugar, inventar, recrear la realidad. No puede no hacerlo, es su destino. Al traductor le pasa lo mismo. Está destinado a jugar, reinventar y recrear el mundo de otro y en ello, también, se le va la vida

jueves, 31 de marzo de 2011

"Está claro que sin esfuerzo y sin traiciones no obtendrás nada"


Este blog no ha publicado hasta la fecha traducciones literarias. Hoy, sin embargo, va a hacer una excepción. Sucede que el poema del ruso Viacheslav Ivanov (en el grabado; 1866-1949), aquí ofrecido en versión del traductor colombiano Jorge Bustamante García, amerita romper la regla hasta ahora observada.



Al traductor

Ya sea que encuentres la alondra de Virgilio
O el albatros de Baudelaire, o el ruiseñor de Verlaine,
Tu conquista en la otra lengua
Es no dejarte seducir por estos pájaros libres,
Es ser dueño de ti mismo sin violencias.

Mi querido pajarero, es claro que sin esfuerzo
Y sin traiciones no obtendrás nada, poeta,
Aunque hayas sido otro botánico del mal,
Otro pastor de idilio entre las piedras sagradas.

Porque el verso ajeno es resbaladizo como el dios Proteo:
Es imposible abarcarlo temerariamente.
Tienes al pez por la cola, pero él se desliza
Húmedo y escapa de la red endeble.
Con Proteo hay que ser Proteo, el equivalente
De una máscara, es una máscara!
Traductor, eres un ocioso que entretiene con su cuento a la gente.


Viacheslav Ivánovich Ivanov (Moscú, 1866 - Roma, 1949): Escritor, filósofo y filólogo ruso. Hijo de un modesto empleado y sujeto ya desde niño a crisis de tipo religioso, ahogó sus tendencias rebeldes sometiéndose a severos estudios que maduraron su acusada capacidad para las disciplinas histórico-filosóficas. Estudió en Berlín junto a Mommsen, y empezó a preparar lo que había de ser su disertación doctoral, De societatibus vectigalium publicorum populi Romani, no publicada, sin embargo, hasta 1911.

La permanencia en el extranjero resultó decisiva para el futuro poeta: llevóle al conocimiento de las ideas de Nietzsche, cuya influencia se dejó sentir en todo el desarrollo de su vida espiritual. Tras una estancia en París marchó en 1892 a Roma, donde prosiguió la preparación de su trabajo en el Instituto Germánico. En esta última ciudad encontró en 1894 a la poetisa Lidja Zinoveva Annibal. La relación con ella le indujo a divorciarse de su esposa, Daria Dmitrievskaia, compañera suya durante varios años y que contribuyó a relacionarle con el filósofo Vladimir Solov'ev, quien alabó sus facultades de poeta-pensador e influyó luego en él junto con Nietzsche. Permaneció hasta 1905 en el extranjero, y estuvo incluso en Jerusalén.

Vuelto a Rusia, publicadas ya la versión inicial de su libro sobre la religión de Dionisos (1903-04) y su primera colección de versos, Los astros pilotos, se estableció con Lidja en San Petersburgo, donde su hogar, instalado en el sexto piso de una especie de torre, convirtióse en el centro más apreciado de la vida intelectual contemporánea. Durante un bienio, hasta 1907, su existencia transcurrió felizmente, dicha que acabó de mejorar el nacimiento de una hija. El citado año, empero, falleció la madre en el curso de una epidemia de escarlatina; ello fue una grave adversidad para el poeta, que, sin embargo, durante varios años siguió manteniendo viva la tradición de los "miércoles de la torre". En 1911 se unió con la hija del primer matrimonio de la difunta, Vera; ésta, empero, murió pronto, en 1920, luego de haberle dado un hijo.

Ivanov resolvió entonces abandonar de nuevo Rusia por espacio de algún tiempo; vuelto a la patria prefirió, para residencia, Moscú a San Petersburgo. Su fama se hallaba ya afianzada. Nuestro autor permanece en la historia de la literatura rusa como principal teórico del simbolismo, e, igualmente, en calidad de poeta, aunque sus tomos de versos (Cor andens, Translucidez, Eros, Dulce misterio), sus tragedias, Tántalo y Prometeo, y sus ensayos de crítica (Vigilia de las estrellas, Surcos y límites, Cosas patrias y universales) sean sólo conocidos de una minoría iniciada.

La revolución de 1917 no entusiasmó a Ivanov como la de 1905, cuyo fracaso le decepcionó. El nuevo ambiente le inspiró una de sus obras poéticas más bellas, Los sonetos invernales, y una de las producciones modernas del pensamiento más originales, Correspondencia de un rincón a otro, esta última escrita en colaboración con un compañero de aposento, el filósofo M. O. Gershenzon. En 1921 fue nombrado profesor de griego de la Universidad de Bakú, donde por espacio de tres años dio a los jóvenes tártaros lecciones sobre Homero y Esquilo.

Obtenido el permiso necesario para trasladarse al extranjero, fijó su residencia en Italia, primeramente en Pavía, donde actuó como profesor en el Colegio Borromeo, y luego en Roma; allí prosiguió su labor de poeta y erudito, colaboró sobre todo en revistas suizas, y dirigió nuevas ediciones de varias obras suyas, entre ellas el ensayo acerca de Dostoievski y el referente a la religión de Dionisos.

viernes, 26 de junio de 2009

La traducción sustentable


El poeta y traductor Jorge Bustamante García (Zipaquirá, Colombia, 1951) reside en México desde 1982. Ha publicado los libros de poemas Invención del viaje (1986), El desorden del viento (1989), El canto del mentiroso (1994) y El caos de las cosas perfectas (1996). Ha traducido a numerosos poetas rusos del siglo XX. Entre estos trabajos se destacan: Poemas de Anna Ajmátova (UNAM, México, 1992), Cinco poetas rusos (Editorial Norma, 1995), Poemas escogidos de Anna Ajmátova (Editorial Norma, 1998), Palabra del solitario (Verdehalago, México, 1999) y el ensayo Literatura rusa de fin de milenio (Ediciones Sin Nombre, 1997). En la actualidad prepara El instante maravilloso: poesía rusa del siglo de plata, una traducción de 16 poetas rusos, debidamente comentados y anotados. Recibió el Premio Estatal de Poesía de Michoacán, México, en 1994 y sus poemas han sido incluidos en varias antologías de poesía colombiana en los últimos diez años.
El texto que se presenta a continuación fue leído en el III Seminario Internacional de Traductores de León Tolstoi y otros Escritores Rusos, realizado entre 27 y 30 de agosto de 2008, en la Finca Museo Yásnaia Polaina, cerca de Moscú, y reproducido posteriormente por La Jornada/Semanal, el 4 de enero de 2009.

La traducción: los quehaceres del amante

Son tantas las cosas que se han dicho acerca de la traducción de poesía, que es casi imposible formarse una apreciación práctica sobre el asunto. Pareciera como si la imposibilidad de la traducción poética comenzara a su vez con la imposibilidad de ponerse de acuerdo acerca de lo que es la traducción de poesía. Es algo inherente a la poesía misma: nadie sabe lo que es, pero no es difícil intuirla y reconocerla cuando se da. Como son esencias siamesas, paralelas, quizás podría decirse lo mismo de la traducción de poesía.

Entre las ideas extremas y contrarias sobre la traducción poética, cabría la noción de la traducción sustentable y necesaria. Poetas como Osip Mandelstam, Joseph Brodsky, Robert Frost y muchos otros fueron partidarios acérrimos de la intraducibilidad de la poesía. Brodsky llegó a afirmar que las traducciones al inglés que conocía de Mandesltam no eran más que, en el mejor de los casos, un sacrilegio y, en el peor, una mutilación o un asesinato. Frost, por su parte, afirmó que la poesía es lo que se pierde en la traducción. En el lado opuesto están poetas como Pound y Robert Lowell, que abogaban por versiones de puertas y ventanas abiertas, no constreñidas, que condujeran a una interpretación libre y viva, y que reconstruyeran el texto original en la lengua a la que se quería traducir. Siempre he pensado que entre estos dos extremos se encuentra la infinita gama de la traducción poética sustentable y necesaria, aquella que en muchos casos llevaron a la práctica con toda la diversidad de matices muchos de los más sobresalientes poetas del Siglo de Plata ruso. Innokienti Annienski, por ejemplo, a dmiraba en especial la poesía de Leconte de Lisle, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Verlaine, a quienes tradujo con talento y pasión. En un memorable ensayo sobre la poesía de Balmont afirmó algo que también tiene que ver, en última instancia, con la traducción sustentable: “El verso no le pertenece al poeta, porque la poesía no es de nadie, no está al servicio de nada ni de nadie, ya que por su misma naturaleza es inmemorial y libre. El verso es la palabra nueva iluminada, que cae en el mar del lenguaje en eterna creación”. La “palabra nueva iluminada” es lo que también se debe transmitir en la traducción poética sustentable y posible, que requiere de la interpretación libre y viva, tan cara para Pound.

Traducir sustentablemente podría ser transplantar semillas en la otra lengua, para que se desarrollen y crezcan en ella y se valgan por sí mismas. El poeta colombiano Álvaro Rodríguez Torres, traductor de Baudelaire, Derek Walcott y Vinicius de Moraes, cree que “una buena traducción tiene ante todo que ver con la trasmigración de las almas, con una legítima suplantación que para el caso vendría a ser una reencarnación del otro en su texto”. Y agrega que tal vez todo esto “suene muy místico, muy Benjamin, que para el caso tiene una teoría de la traducción harto incomprensible, pero es que todas lo son en el sentido en que todas son arbitrarias”. Dentro de este contexto e s célebre el caso de Fedor Sologub. Durante dieciocho años, Sologub leyó y tradujo a Verlaine y, cuando publicó sus versiones, el hecho se convirtió en un verdadero acontecimiento literario. El asunto llegó hasta tal punto que el poeta Maximilian Voloshin, también traductor, llegó a decir que con la aparición de las versiones de Sologub, Verlaine se convertía en un poeta ruso. Es decir, los poemas en ruso de Verlaine, a través de Sologub, más que traducciones eran encarnaciones. Seguramente sucedió una suerte de trasmigración, un proceso de creación, en ese transvase. Sologub tocó la partitura que compuso Verlaine y la convirtió en un encuentro vivificador en la otra lengua. Desafortunadamente, Verlaine no tuvo la oportunidad de conocer las versiones de Sologub al ruso y por lo tanto nunca pudo expresar “me adoro en ruso!”, como sí lo pudo decir Paul Valéry cuando apreció la versión de Jorge Guillén de El cementerio marino: “Me adoro en español!”, dijo.

Otro caso de traducción sustentable es el Shakespeare de Pasternak. Fue un trabajo de traducción eficaz y persistente: g eneraciones enteras de rusos y soviéticos, para bien o para mal, leyeron a Shakespeare a través de Pasternak. Supongo que Shakespeare sonaría incompleto en ruso, sin las versiones de Pasternak. Un poeta de la sensibilidad y destreza como las del autor de “Mi hermana, la vida” no podía menos que transplantar las semillas shakespearianas en la lengua de Pushkin. La traducción de los clásicos en los infortunados tiempos del realismo socialista tuvo un significado muy sutil y particular. Fue una actividad que floreció, ejercida por traductores y escritores de gran talento. Los poetas extranjeros, aunque fueran clásicos –y qué mejor contemporáneos que ellos– no estaban sujetos a las mismas normas, ni a las mismas censuras, y por lo tanto su traducción podía abrir puertas y ventanas al mundo, podía incluso “liberar” el lenguaje al que se traducía. Pero aún así, no faltaron los sucesos chuscos. Mandelstam, que era enemigo obstinado de la traducción de poesía, una vez le dijo a Pasternak, en presencia de Ajmátova, no sin cierta sorna: “Sus obras completas consistirán en doce tomos de traducciones y sólo uno de sus propios poemas.” Pero esto, que pretendió sonar como un insulto, debió llegarle a Pasternak como un halago: ¡al lado del gran poeta inglés, un solo libro de buenos poemas propios basta!

Muchos poetas han dicho que el sonido es el principio del poema; si eso es cierto, entonces la traducción de ese poema debería empezar también por el sonido. Si un poema traducido nos suena bien en español, natural y fresco, empezamos a pensar que podría ser una buena traducción. Si un poema traducido suena bien en nuestro idioma materno, podemos pensar que puede sonar al menos igual de bien en el idioma original. Como bien dijo Tsvietáieva al hablar de Pushkin: “El origen del verso es el sonido.” El origen de un verso traducido debería ser también el sonido. “Un verso es un trabajo de oído” dice el poeta mexicano Rubén Bonifaz Nuño. La traducción de un verso también debería ser un trabajo de oído. Si no se tiene oído, es difícil ser poeta o ser traductor.

Octavio Paz creía que la “traducción es una recreación, un juego en que la invención se alía a la fidelidad: el traductor no tiene más remedio que inventar el poema que imita”. Quizás el ideal de un traductor de poesía no sea trasladar un poema de otra lengua, sino urdir un poema a partir de otro. Como la traducción es una recreación, ha sido frecuente que en las ediciones de poetas rusos en Rusia, se incluyan sus versiones, porque son parte de la obra creativa del autor. Es frecuente encontrar en las ediciones recientes de Annieski, Sologub, Gumiliov, Viacheslav Ivánov, Pasternak y otros, una sección con algunas de sus traducciones. En Occidente las ediciones de este tipo son escasas y podrían ser consideradas, más bien, como una extravagancia. Una excepción que confirma la regla es la del propio Paz, quien en la edición de sus obras completas incluyó un tomo con sus traslaciones, bajo el título de Versiones y diversiones.

De cualquier manera el traductor, con diversos grados de confiabilidad, nos acerca, nos aproxima al espíritu de un poema que, de otra manera, si no lo intentara verter, podría quedarse remoto y ajeno para siempre. Un poema debe ser trasladado, debe tener movimiento, no debe quedarse quieto porque se muere, “debe tener a dónde ir”, como dice el traductor de poesía latinoamericana al inglés, Eliot Weinberger. Son los traductores los que abren ese camino, los que facilitan que el poema “tenga a dónde ir” en otras lenguas, y no de cualquier manera, sino con todo el rigor de fidelidad, tono, espíritu y libertad que debe conservar del original el poema inventado.

Mandelstam decía que “cada poeta es un perturbador de sentido”, alguien que subvierte de manera permanente el encadenamiento conceptual al que está sometido nuestro discurso cotidiano. Si el traductor logra captar ese espíritu en el poeta que traduce, su versión también habrá de cumplir con el postulado de Mandelstam, es decir, el poeta traducido también será un “perturbador de sentido” en la lengua de llegada.

En este contexto, por ejemplo, traducir a los poetas rusos suena a verdadera insensatez. Durante años puede uno inventar, imitar, poemas de Blok, Ajmátova, Sologub, Pasternak, Esenin y muchos otros en español, y en realidad es difícil saber lo que se logra con ello. Tal vez nada, o muy poco. Como sea, en el transvase de la poesía rusa al español es casi imposible revelar el significado simbólico de ciertos aspectos del verso de origen, como el del yámbico ruso (recurso de gran incidencia en la tradición poética rusa, como en el caso de Mandelstam que “era un niño judío con el corazón lleno de pentámetros yámbicos rusos” según el decir de Joseph Brodsky), de difusa percepción en la poesía en español. La multiplicidad de significados de una misma palabra, las frecuentes polisemias o ambigüedades semánticas, la obligación y fortaleza de la rima en el verso ruso, el tono y su música, son algunos de los principales problemas con los que se tropieza.
Para traducir poesía no sobraría en ningún momento la convivencia no sólo con el poema o los poemas a traducir, sino también con el espíritu del poeta que se quiere traducir. Si a uno le gusta leer y escribir, entonces traducir podría convertirse en un placer. Esta idea hedonista tanto de la lectura como de la traducción, puede llegar a ser muy fructífera. Cuando mediante la lectura uno convive con un escritor que le gusta, con el tiempo lo va conociendo mejor. Empieza uno a darse cuenta de sus exigencias, sus limitaciones, sus hallazgos y los entramados de su estilo. Entre más conozca el traductor la obra del autor y al autor mismo, es decir su entorno, sus circunstancias personales, históricas y sociales, estará mejor armado para realizar un trasvase sustentado. Esta es la razón por la que en la traducción de un poema primero habría que convivir con él, sin prisa escuchar sus reverberaciones, sus sonidos ocultos, experimentarlo incluso en las emociones que despierta, intentar percibir el “tono”, que es lo que define en últimas el verdadero espíritu del poema, lo que lo mantiene en pie.

Siguiendo esta idea, siempre será aconsejable subrayar aquello con lo que uno más se identifica de un poema de determinado autor, señalando los versos que más le gustan, que mejor entiende, que le ayudan a captar ciertas esencias como cualquier lector, y a veces resulta que esos versos que se han señalado –en ocasiones puede ser un poema completo– son los que con mayor fortuna se logran verter al español. Como lo verdaderamente difícil no es traducir las ideas, sino las emociones que se desprenden de las palabras, de la forma particular que tiene cada poeta de expresarlas y sugerirlas a través de sus construcciones verbales, es por lo que la convivencia preliminar y una cierta “intimidad” con la obra a traducir son de suma importancia.

El español Aurelio Garzón del Camino, traductor de todo Balzac en México en los años sesenta del siglo pasado –10 mil 650 páginas de la Comedia humana en dieciséis tomos– le contó alguna vez en una entrevista al conocido crítico mexicano Emmanuel Carballo: “Leí y estudié a Balzac. Sin embargo, le aseguro, sólo cuando lo traduje le comprendí más o menos a fondo. Traducir es conocer de forma distinta y más profundamente a un autor. Las dificultades con las que uno tropieza son, a menudo, las dificultades con las que tropezó el propio autor. El traductor revive (goza y sufre) el proceso de la creación de una obra.” Esta idea acerca misteriosa y mágicamente al traductor de Balzac en México a un autor italiano del que quizás Garzón del Camino jamás escuchó hablar: Gesualdo Bufalino, quien construyó el enunciado más sorprendente y bello que he leído sobre la condición del que traduce: “El traductor es evidentemente el único auténtico lector de un texto. Por cierto más que cualquier crítico, quizás más que el propio autor. Porque de un texto el crítico es solamente el cortejante ocasional, el autor, el padre y el marido, mientras que el traductor es el amante”.

Complicada y discutida la labor de los traductores. Los traductores de poesía –he recordado el michoacano Neftalí Coria– “son los copistas de la música en su sonoridad primigenia, son como los locos que traducen lo que han dicho las flautas y las abejas: siempre están atendiendo al aire”. Tal vez la traducción sustentable sea aquella que esos locos intentan extraer de la música de esas flautas y abejas, música que llega fresca, legible y disfrutable a cada nueva lengua a la que es trasladada.