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miércoles, 3 de diciembre de 2025

"Tomá el libro de Pessoa, traducilo"

El siguiente artículo de María Soledad Pereira, fue publicado por la revista Letras Libres, el pasado 28 de noviembre. En la bajada se lee: "En 1961, Fabril Editora publicó en Buenos Aires la primera traducción de Fernando Pessoa en América Latina, un volumen que incluía además a tres de sus principales heterónimos poéticos: Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis. Al cumplirse 90 años de la muerte del poeta portugués, el más universal y portugués de los poetas del siglo XX, según palabras proféticas de Adolfo Casais Monteiro, recordamos aquella primicia argentina a través de la voz del propio traductor".

Fernando Pessoa en español: la primicia argentina

Conocí a Rodolfo Alonso a principios de 2019. Hablamos por teléfono primero y, a la semana, nos encontramos en su casa de Olivos, en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Era sábado, y yo llegué a destino minutos antes de la hora pactada. Poco después, como una aparición, se presentó, ante mí, él. Pantalón y camisa color manteca; cabelo cor da neve. Había ido a dar una vuelta y regresaba ahora, en punto, para nuestra cita de las 11. “Sostiene Pereira”, me dijo no bien me vio. Y me invitó a pasar: “Pase, pase…”.

Nos sentamos a la mesa del comedor. Yo venía en plan de conversar sobre Pessoa, en especial, sobre la colección de poemas que él había seleccionado y traducido a finales de los años cincuenta; esa novedad que dio a Latinoamérica la posibilidad de acercarse tempranamente a quien sería considerado después el mayor poeta portugués del siglo XX. Alonso conocía mis intenciones y enseguida se entusiasmó. El diálogo no fue, en absoluto, un asunto lineal. Fue –acabó siendo–, por el contrario, una aventura serpenteante. Hubo pocas interrupciones de mi parte. Salvo en contados momentos en los que lo detuve para recuperar una idea (o, acaso, el aliento) o para encaminar el hilo, lo dejé hablar. Lo que sigue es una presentación ordenada de aquella charla; no de su totalidad, sino de la parte que nos interesa. Las acotaciones entre paréntesis y las citas y testimonios incluidos procuran ampliar la información que surgió durante el intercambio.

A finales de la década del cincuenta, Alonso tenía 25 años e integraba el grupo reunido alrededor de la revista Poesía Buenos Aires. Había traducido a Cesare Pavese, que lo había deslumbrado desde muy joven, mucho más que Pessoa, y estaba enamorado de los modernistas brasileños: Drummond de Andrade, Murilo Mendes, Manuel Bandeira… Sus padres eran gallegos, y el portugués habitaba en él, como le gustaba decir, por el galaico-portugués familiar.

En Fabril (por Compañía General Fabril Editora), un tal Aldo Pellegrini, pionero del movimiento surrealista en el Río de la Plata (además de médico y poeta), dirigía la colección “Los poetas”, de tapas duras, hermosa; una colección animada, al decir de Alonso, por un afán pretencioso: traducir al español las voces más destacadas de la poesía universal; voces que, hasta ese momento, eran, en nuestro idioma, prácticamente desconocidas. Así, en ese contexto y con ese fulgor en mente, Pellegrini se acercó a Rodolfo y le encomendó traducir a Giuseppe Ungaretti y también a Fernando Pessoa (encargo u oportunidad que a Alonso le permitiría después desplegar su talento poético y afirmarse como incesante traductor del autor portugués). Alonso, que era un primerizo, pero sobre todo un osado, aceptó. “Nadie conocía a Pessoa, o muy pocos lo conocía en realidad –dice hoy–. Pessoa era casi un desconocido, no solo entre nosotros, sino también en Portugal. Yo mismo lo conocí cuando Aldo me lo pidió. Y no me dijo, como podría suponerse: ‘Tomá el libro de Pessoa, traducilo’, porque él no tenía ese libro ni nadie.

Lo primero que hizo fue buscar en las librerías de Buenos Aires. Hurgó en vano aquí y allá. Finalmente, o tal vez milagrosamente, consiguió los primeros volúmenes de Ática, el grupo editor que había comenzado a reunir y a lanzar en Portugal la obra de Pessoa: poemas dispersos que habían visto la luz en revistas de su tiempo y otros inéditos, provenientes de documentos guardados por el propio autor. “Me resulta gracioso decirlo –confiesa Alonso–, pero lo cierto es que conseguí todo eso de milagro”.

En el grupo Poesía Buenos Aires había un integrante extranjero, Milton de Lima Sousa; Alonso lo llamaba el poeta más desconocido del Brasil. Fue él quien le envió, dedicados, los primeros volúmenes de Ática (organizados por João Gaspar Simões y Luiz de Montalvor, entre 1942 y 1946). Con esos tomos en mano, Rodolfo hizo una selección y se puso a trabajar.

Mientras él trabajaba en Buenos Aires, Octavio Paz, que había oído hablar de Fernando Pessoa por primera vez en París, una noche del otoño de 1958, a través de la poeta búlgara Nora Mitrani, preparaba, a principios de los años sesenta, su propia traducción. Como me dijo alguna vez Jerónimo Pizarro, uno de los más exigentes y dedicados estudiosos de la obra del poeta portugués: “Yo creo que Rodolfo y Octavio Paz trabajaron casi en simultáneo. Los veo como a dos contemporáneos, así el libro del uno se haya publicado poco antes que el libro del otro”.

Los poemas de Pessoa y algunos estudios críticos relacionados con su obra comenzaban, en cualquier caso, a despuntar en el mundo de habla hispana. En 1957, el español Ángel Crespo había seleccionado, traducido al castellano y publicado en forma de libro poemas de un único heterónimo: Alberto Caeiro. Y, dos años antes, en 1955, el argentino Ramiro de Casabella había encarado, a pedido de la revista Poesía Buenos Aires, la traducción de “Aniversario”, un poema del heterónimo Álvaro de Campos.

A decir del investigador argentino Mario Cámara, la llegada de Álvaro de Campos a la revista se dio gracias a las conexiones artísticas que promovían sus integrantes, y el poema se publicó acompañado de una larga nota, en absoluto adicional, sino tan relevante como el poema mismo, firmada por Raúl Gustavo Aguirre, el fundador y editor de Poesía Buenos Aires. Aun así, ni Paz ni Alonso se acercaron a Pessoa a través de estos trabajos. Alonso lo hizo a partir de los volúmenes de Ática; el nobel mexicano, quien estaba al tanto de las publicaciones españolas, a través de las traducciones de Mitrani, en francés, seguidas de las de Armand Guibert.“Su lectura me reveló a un gran poeta, casi desconocido entre nosotros –escribió Paz en ‘El desconocido de sí mismo’, ensayo que sirve de preámbulo a su antología poética de 1962–. Poco a poco descubrí que existía un reducido círculo de lectores de Pessoa, disperso en todo el mundo; Viera da Silva me prestó la Obra poética, en la edición de Río de Janeiro; conseguí el tomo de ensayos de Adolfo Casais Monteiro; más tarde, no sin dificultades, adquirí los volúmenes de la edición portuguesa. Casi sin darme cuenta, empecé a traducir algunos poemas de Álvaro de Campos. Insensiblemente pasé a los otros heterónimos. […] Mis traducciones no son un trabajo de erudición, sino el fruto espontáneo, tal vez un poco agrio, del fervor”.

Aunque Alonso solía repetir con gracia y también con razón que la antología de Fabril Editora era, en rigor, un gol argentino e insistía, además, en arrogarse –legítimamente, claro– el rótulo de primer traductor de Pessoa en América Latina, hubo dos factores a los que podría atribuirse la falta de una asimilación generalizada de este acontecimiento prominente (y, en consecuencia, el hecho de que aún persista cierta falta de claridad respecto de cómo desembarcó Pessoa en el ámbito hispanoamericano): en principio, el escaso énfasis de la crítica en la prensa local, es decir, en Argentina; segundo, la irrupción, en forma casi paralela, de la traducción de Paz, editada y publicada por la Universidad Autónoma de México.

“Fue un éxito silencioso –dice Rodolfo recurriendo ahora a un atinado oxímoron para describir el efecto suscitado en Latinoamérica por la primera antología suya–. En poco tiempo, sin promoción ni publicidad, casi en secreto, hubo que hacer sucesivas reediciones”.

En Portugal, en cambio, la noticia argentina prendió y fue públicamente celebrada por María Aliete Galhoz, infatigable promotora de la investigación pessoana: “Rodolfo Alonso nos restituye un poeta a través del amor de otro poeta”, dijo.

(Años después del encuentro en Olivos y de un modo bastante inesperado, yo mismatuve la suerte de presenciar algo de lo que aún perduraba, y acaso perdura, de aquel entusiasmo sesentero. En abril de 2024, mientras recorría una exhibición de libros de la biblioteca particular de José de Almada Negreiros puestos en diálogo con los de Fernando Pessoa, en la Casa Fernando Pessoa, en Lisboa, vi tras el cristal un ejemplar de la traducción de Rodolfo Alonso, publicado en 1961 por la Compañía General Fabril Editora, ejemplar que ostentaba una larga y enérgica dedicatoria de Galhoz a Almada Negreiros: “Ao Mestre Almada, este libro que diz da grande força que querem já negar a Pessoa. Ao Mestre Almada que nunca teve mais que carinho pela glória sombria de seu amigo-companheiro ainda hoje. Ao Mestre Almada que nunca sujou a alma com inimigos”).

En 2005, la Editorial Argonauta de Buenos Aires, en manos de Mario Pellegrini, el hijo de Aldo, publicó una versión revisada del volumen de 1961, versión que volvería a imprimirse en agosto de 2022.

“Aquí y allá, en todo el universo de nuestra lengua –dice Alonso en este nuevo prólogo–, aquella edición argentina de Pessoa fue conquistando a sus lectores casa por casa, uno por uno, individualmente, por la propia potencialidad de sus textos, de sus poemas, y de una forma tan indeleble que todavía hoy –me consta– se lo conserva en bibliotecas privadas como un acontecimiento y en el corazón y la memoria como un entrañable compañero: íntimo, personal y de huella perdurable”.

Aquel sábado de enero, me despedí de Rodolfo pasada la una. Días después, me envió un correo con el asunto en letras mayúsculas: SEÑALES DE VIDA. “Cara María Soledad: / Fue un gusto recibirte, tan gentil y amable / Sólo espero que mi irrefrenable charla no haya dejado preguntas sin contestar. Siempre a tus órdenes”. 

viernes, 12 de febrero de 2010

La primera traducción de Pessoa en Latinoamérica

En 2007, Julio Casasús publicó tanto en La Jornada Morelos y El Clarín de Chile una entrevista al poeta, ensayista, traductor y editor argentino Rodolfo Alonso, la cual se reproduce a continuación.

"Yo no elegí a Pessoa,
sino que él me eligió a mí"

A Rodolfo Alonso (1934) es difícil catalogarlo, según el ángulo en que se le mire, puede ser poeta, ensayista, editor o traductor e influye en cada arista de la cultura latinoamericana contemporánea. En 1997 sucedió la excepción cuando se dice que nadie es profeta en su tierra, luego de años de exilio, recibió en la Argentina el Premio Nacional de poesía que tenía un doble significado y ceremonia al compartirlo con Juan Gelman.
En 1968 fue seleccionado para participar en la Antología consultada de la joven poesía argentina (junto a María Elena Walsh, Juan Gelman y Alejandra Pizarnik entre otras 4 voces) y en la actualidad sus libros se publican en Bélgica, Portugal, España, México, Colombia, Francia, Brasil, Venezuela y, próximamente, en Italia y Chile.

En su valija de viajes o timbres de pasaporte se leen los innumerables reconocimientos que obtuvo: en 2002 recibió, en Venezuela, la Orden Alejo Zuloaga, máxima distinción de la Universidad de Carabobo; las Palmas de la Academia Brasileña de Letras (2005); Premio Único de Ensayo Inédito de la Ciudad de Buenos Aires (2005) y el Premio del Festival Internacional de Poesía de Medellín (Colombia, 2006). Correo del Sur se enorgullece en publicar un diálogo con Rodolfo Alonso, autor de por lo menos 25 libros y primer traductor de Fernando Pessoa

– Siendo un recurrente colaborador de La Jornada Semanal y la revista Archipiélago, ¿qué tipo de satisfacción le despierta ver sus ensayos en los almanaques, suplementos culturales y revistas? ¿Alguna vez quiso ser periodista? Parafraseándolo, ¿“no hay escritor inocente” que pase por la prensa?
–Es para mí una enorme alegría, y un inmenso honor, ser leído fuera de mi propio país, no sólo en mi querido México sino también, principalmente, en Latinoamérica y en España. Casi desde niño me descubrí como grafómano, como adicto incurable a leer y escribir. Y también desde muy joven me sentí poseído por una doble obsesión: ser tan fiel a la más exigente poesía como a compartirla con mis semejantes. De esa doble ambición surgieron, casi sin proponérmelo, tanto poemas y traducciones, como reflexiones y ensayos. Y también, de una manera creciente, una inclinación por la comunicación, por la difusión pero, en mi caso, siempre de alguna manera en relación con la cultura o el arte. Muy temprano, y sin habérmelo propuesto, simplemente por haber contestado un aviso de trabajo, estuve unos cuantos años relacionado con el periodismo digamos “profesional”. Durante unos seis años dirigí en mi juventud dos revistas de gran tirada: primero Claudia, de editorial Abril, y luego Karina, de editorial Atlántida, destinadas en principio al universo femenino pero que lograron alcanzar a los demás integrantes del hogar. Con la indemnización de periodista fundé luego mi propia editorial, prácticamente artesanal pero que llegó a lanzar más de doscientos cincuenta títulos. Y más tarde, también por un aviso pero sin olvidar mi ascendencia, dirigí durante diecinueve años el órgano de la más importante asociación de la comunidad gallega en la Argentina: la Revista del Centro Gallego de Buenos Aires. Al mismo tiempo, antes y después de esas experiencias, fue casi continua mi labor alrededor del periodismo cultural en todos sus niveles, dentro y fuera de mi país, con poemas, ensayos, traducciones, críticas, antologías, semblanzas... Que continúa hasta hoy.

–¿Cuál fue su mayor aprendizaje al participar en la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires?
– Fraternidad y exigencia. “Yo” fue admitido la noche antes de cumplir mis diecisiete años, pero allí mismo comenzaron a encarar sin complacencia alguna mis primeros textos. En resumen, no hay ninguna exigencia para el ingreso, pero la poesía es una cosa seria. Conviviendo con un brillante grupo de jóvenes poetas reunidos alrededor de Raúl Gustavo Aguirre, todos por lo menos siete u ocho años mayores que yo, crecimos juntos, en un espíritu común pero cada cual a su modo, no sólo escribiendo sino también traduciendo y reflexionando. Veníamos de la vanguardia y siempre estuvimos dentro de la poesía moderna, pero sin ortodoxia, dogma o receta alguna. Y con una tierna y feroz independencia. Entre nosotros circulaban como vivencia unas palabras imborrables de Tristan Tzara que todavía me iluminan: “La poesía es una manera de vivir.”

–En el Sur existieron dos revistas políticas que dejaron una tremenda huella: Marcha (Uruguay) y Crisis (Argentina), pero su valor radicaba también en los espacios para la literatura ¿Dónde quedó esa forma de hacer periodismo cultural? Sencillamente, ¿fue otra muerte de lo que el golpe se llevó?
–Es una pregunta en apariencia simple, pero en realidad sumamente compleja. Es indudable que los golpes militares, que en mi país se sucedieron a partir de 1930, agredieron en forma creciente a todas las ramas del pensamiento y de la cultura. Si la dictadura del Proceso fue especialmente asesina, la anterior protofascista del general Onganía fue como un profundo tajo largo a largo en el cuello, en el cuerpo vivo de nuestra cultura. Con la Noche de los Bastones Largos termina entonces una época clave de nuestra Universidad pública pero también una vieja tradición de cultura democrática en lo que hace al arte y a la literatura. Al mismo tiempo, y no siempre de una manera tan evidente por su violencia, como en todo el planeta se fueron instalando entre nosotros no sólo la sociedad de consumo sino también la sociedad del espectáculo, con consecuencias deletéreas en lo que hace a la espontaneidad creadora de nuestros pueblos. Que cuando todavía no habían logrado institucionalizarse como ciudadanos se descubrieron travestidos en ansiosos consumidores. Por otro lado, me resulta muy tocante, muy emocionante la mención del semanario uruguayo Marcha, tan querido, en el cual llegué a colaborar muy joven y que, hasta la irrupción de la Revolución Cubana mantenía un indomable espíritu pluralista y crítico, democrático en serio y en el mejor sentido, antiimperialista pero también tercerista, incluso capaz de percibir los tintes sombríos del stalinismo, donde se podía opinar, confrontar y disentir, con argumentos, con valores.

–Usted es hijo de republicanos españoles. ¿Cómo construyó su identidad viviendo el exilio de sus padres y el vuestro propio?
–En realidad yo soy hijo de inmigrantes gallegos, que llegaron a la Argentina antes de la injusta derrota de la República en España. Sin una parcialidad ni una formación política explícita, mi padre era visceralmente republicano, y sin duda mi infancia convivió con ese clima antifascista que iba a prolongarse luego durante la segunda guerra mundial. Pero no de una manera explícita, insisto. Algo en mí iba creciendo por sí solo, entre poemas, leyendas y canciones, que se consolidó luego al conocer en Buenos Aires, siendo yo adolescente, a tantos exiliados, no sólo españoles, que me vacunaron para siempre no sólo contra el fascismo sino también, en muchos casos, contra el stalinismo. Y donde la espontaneidad y la falta de dogmatismo fueron esenciales. De tal modo que mi mitología personal no son los griegos clásicos, sino los legendarios milicianos que defendieron a la República española, espontáneamente, desde abajo y sin necesidad de líderes o jefes. Como de algún modo ya había ocurrido con la Revolución mexicana.

–¿Se puede comparar la derrota de la Guerra Civil en España y “el proceso” de los milicos argentinos?
–Depende de las perspectivas de cada uno, como siempre. Me parece que son dos contextos históricos diferentes, incluso ideológicamente. Pero también puede haber algunos puntos en común. Es algo que todavía me resulta tan doloroso que me cuesta explayarme. No es que prefiera el silencio. Es que me ahoga la angustia.

– ¿Editar libros es una manera de hacer política? ¿O una deliberación estética?
–También aquí, depende de los casos. Hoy pareciera que el único objetivo de editar es el lucro, cuanto más amplio e inmediato, mejor. Pero no siempre fue así, hubo otros tiempos. Cuando yo era adolescente, por ejemplo, casi todo editor se hubiera avergonzado de publicar algo, que no sólo no tuviese nivel cultural, sino que pregonase públicamente su finalidad de lucro. Además, entre las grandes empresas (que por supuesto no eran como estas multinacionales que hoy nos agobian) y algunos sellos de tendencias determinadas, casi de propaganda, había aún espacio para editores independientes, a veces incluso artesanales. Que, como en mi caso, buscaban plantearse los problemas, las cuestiones, políticas y estéticas, y aún político-estéticas, con argumentos, con un criterio general progresista pero en un marco pluralista y de libre discusión. Es decir confiando en lectores adultos capaces de extraer por sí mismos sus propias conclusiones. Algo siempre peligroso para todos los poderes. Y acaso inimaginable hoy, por desdicha, bajo este seductor totalitarismo de la banalidad que nos abruma.

–¿Y qué pasa con la traducción? ¿Por qué eligió los múltiples onomásticos de Fernando Pessoa? ¿Acaso un desagravio al poeta portugués que murió casi sin ser publicado?
–El descubrimiento de que podía intentar traducir poesía de varias lenguas (sobre todo francés, italiano y portugués) fue, en mí, casi tan temprano como el descubrimiento de que eso que me descubrí escribiendo se llamaba poesía. En realidad yo no elegí a Pessoa, más bien es él quien me eligió a mí. Fue Aldo Pellegrini, el pionero del surrealismo en nuestro continente, quien siendo yo muy joven me ofreció traducirlo para su legendaria colección Los Poetas, publicada por Fabril Editora. Era tan desconocido entonces, incluso en Portugal, donde sus herederos retacearon muchísimo la cesión de los derechos, que no se conseguía libro alguno suyo. Mi traducción, que por primera vez en castellano incluye a todos sus heterónimos, y que acaba de ser reeditada, apareció en Buenos Aires en 1961 (un año antes de que Octavio Paz lo hiciera en México), con lo cual resulta la primera vez que se traduce Pessoa en América latina. Y con un éxito de público tan inusitado como original, y que acaso se continúa: no hubo ninguna clase de promoción o publicidad, pero el encanto de Pessoa fue desde entonces incesante, como un descubrimiento individual, nunca masivo, de persona a persona, y en todo el ámbito de nuestra lengua