Mostrando entradas con la etiqueta Friedrich Engels. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Friedrich Engels. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de diciembre de 2012

"No vuelve a nadie rojillo..."

Publicada en el blog de la librería El Péndulo, la siguiente reseña da cuenta de una nueva edición de El Manifiesto Comunista,
recientemente incluido en nueva traducción en el catálogo de la editorial Nórdica Libros.

El manifiesto comunista

Existen frases tan estruendosas como el rugido de una cascada. Palabras que encuentran el momento exacto para unirse en una frase que hace surgir miles, quizá millones, de palabras más. Noviembre de 1847, segundo congreso de la Liga Comunista; Marx y Engels apuntan: “La historia de todas las sociedades anteriores a la nuestra es la lucha de clases”. Es aquí donde la cascada comienza a derramar un mar de opiniones; hoy, el caudal no ha cesado aún.

Hablar del Manifiesto comunista no vuelve a nadie “rojillo” ni de ningún otro color; simplemente se trata de reconocer la importancia, como punto de inflexión, que ha tenido en el pensamiento humano durante ya casi dos centenas de años, nada menos. Su lectura resulta entonces elemental para discernir, debatir, disentir o comprender muchas de las causas de la sociedad actual. El ejercicio de la consciencia no puede hallar una expresión clara al respecto de aquello que desconoce. Así pues, dados los múltiples matices que se le han otorgado a dicho manifiesto, no viene mal volver al origen para sacar cuentas propias.

En esta edición confluyen la traducción del original a cargo de Jacobo Muñoz y las ilustraciones de Fernando Vicente –conocido por su labor en el diario El País y la revista Letras Libres–. De manera sobresaliente, este último acompaña el texto con imágenes en las que nos muestra el devenir de la relación entre el obrero y el poseedor de los medios de producción; entre el proletario y el burgués. Hombres-máquina apresurados por cumplir sus labores; hombres que son devorados por otra máquina que produce billetes y un planeta que gira sin descanso sobre un extractor de jugos, son ejemplos del trabajo de Fernando Vicente en este libro. 

Tocante al contenido del texto, aparte de los cuatro capítulos que lo componen, en él se incluyen seis prólogos correspondientes a tres ediciones alemanas, la de 1872, 1883 y 1890; uno a la edición rusa de 1882; otro más a la edición polaca de 1892; así como unas líneas dedicadas a los lectores italianos. Todos ellos firmados por Engels, con excepción del primero donde también aparece la rúbrica de Marx.

El resultado es un libro perfectamente equilibrado en el que se respetan la importancia primordial del texto y el aporte oportuno de las artes gráficas. La presencia en nuestros días del Manifiesto comunista es clara muestra del eco de las palabras de sus autores, encumbradas en el centro del debate por años, el caudal de opiniones al respecto no deja de caer. La invitación a su lectura queda hecha: ¡Amantes de las lecturas esenciales de todos los países del mundo, uníos!

lunes, 22 de agosto de 2011

Más sobre la traducción del Manifiesto Comunista



Segunda parte del artículo que David Paradela López  publicó en El Trujamán, el 28 de julio pasado, aparecido es este blog el 28 de julio pasado.








"Un mundo que ganar":
la traducción del Manifiesto Comunista (II)

En 1866, tras su paso por las barricadas, José Mesa y Leompart (Alhucemas, 1831) consideró conveniente salir de España para París, de donde sólo regresó en 1868 tras el derrocamiento de Isabel II. Fue uno de los introductores de los ideales marxistas en la Península y de él llegó a decir Engels que «es incontestablemente el hombre más considerable de los nuestros en España, tanto por el carácter, cuanto por el talento, y es asimismo, y verdaderamente, uno de los mejores de la Internacional entera». Fue, además, el primer traductor al castellano del Manifiesto Comunista.

Allá por 1872, José Mesa dirigía La Emancipación, publicación oficial de la federación madrileña de la Internacional, donde el 2 de noviembre apareció su versión del manifiesto bajo el título de Manifiesto Comunista de 1848. Precedido de un prólogo de sus autores. Según los datos del historiador Bert Andréas, antes de la Gran Guerra se reeditó en cinco ocasiones (1886, dos veces, 1888, 1904 y 1906). Las tesis del manifiesto, en efecto, se difundían a gran velocidad: entre 1872 y la Revolución de Octubre de 1917, hubo 70 ediciones en ruso, 55 en alemán, 34 en inglés, 26 en francés, 11 en italiano, 11 en polaco, 10 en holandés/flamenco, 9 en húngaro, 8 en checo, 7 en búlgaro, 7 en yidis, 6 en finlandés, 6 en danés, 5 en sueco, 5 en ucraniano, 4 en georgiano, 4 en rumano, 4 en serbio, 3 en croata, 3 en japonés, 2 en armenio, 2 en noruego, 1 en chino, 1 en eslovaco, 1 en esloveno, 1 en esperanto, 1 en portugués, 1 en ladino y 1 en tártaro.

Más allá de «desviaciones» bakuninistas y demás heterodoxias, era imposible que todas las versiones fueran iguales porque no todas partían del mismo original. En el caso de la española, conocemos bastante bien las vías de transmisión y sabemos, sin sombra de duda, que se trató de una traducción de una traducción de una traducción. El original de don José no fue el texto alemán, sino una versión francesa, vertida del inglés y revisada con arreglo a otra traducción francesa: «En 1872 [el Manifiesto] fue traducido al inglés —escriben Marx y Engels en el prólogo a la edición inglesa de 1888—, más exactamente en Nueva York. […]  Basándose en esta versión inglesa, también se confeccionó una versión francesa en Le Socialiste de Nueva York». Puntualicemos: la versión publicada en Nueva York (en 1871, no 1872) no era nueva, sino la de la enigmática Helen Macfarlane. De ella parte la versión francesa aparecida, ahora sí, en 1872, en Le Socialiste. Engels, antes de remitir a don José el original francés, lo retocó cotejándolo con otra versión francesa, de Friedrich Adolph Sorge. (Lo que no sabemos es por qué no se decantó simplemente por la versión de Sorge como original. Otro misterio para la historia de la transmisión textual). Lo dicho hasta aquí augura una buena ensalada, a la que se sumaría la supresión, por parte de Mesa, de las tres páginas sobre «El socialismo alemán o “verdadero”» (debida a su interés «puramente local», según se señala en nota) y algún añadido de carácter menor.

Aunque a don José le ha dado la espalda hasta Wikipedia, sabemos que volvió a traducir a Marx (en 1891 puso en castellano Miseria de la filosofía) y que falleció en Francia el 22 de enero de 1904. En el último siglo, multitud de traductores han repetido su tarea: el polígrafo Juan Bergua, Paula Brines, María Cóndor, Elisa Dapia, Francisco Leiva, León Mames, Pedro Ribas, Wenceslao Roces, más todos los que se deja el ISBN y aquéllos cuyo nombre se oculta bajo lemas colectivos.

jueves, 28 de julio de 2011

Es verdad que Marx y Engels siguieron con atención el rastro de sus traductores y se preocuparon por la calidad de las versiones

El traductor español David Paradela López publicó la siguiente columna en El Trujamán el 11 de julio pasado. De acuerdo con lo que se indica, habrá una segunda parte. Mientras la esperamos, sale la primera.

"Un mundo que ganar":
la traducción del Manifiesto Comunista (I)*

Marx y Engels tenían muy claro que, si los proletarios de todos los países habían de unirse, primero tenían que entenderles. Así, la primera página de «la pieza de literatura política más influyente desde la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano» (Eric Hobsbawm dixit) anuncia ya que el manifiesto «se publica en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés». No obstante, con los datos en la mano, esta afirmación parece más llena de deseo que de verdad.

El Manifest der Kommunistischen Partei fue publicado en alemán en febrero de 1848 por la Workers’ Educational Association de Londres y, a pesar de sus llamativos tipos góticos de importación teutona, pasó sin pena ni gloria. En 1866 —tras algunas correcciones y reediciones menores— el Manifiesto se publicó por vez primera en Alemania, pero su fortuna dio un giro a partir de 1872: ese año, el panfleto volvió a imprimirse, esta vez con éxito, y las traducciones empezaron a sucederse.

La historia de las primeras traducciones del manifiesto sigue envuelta en contradicciones: no está muy claro, por ejemplo, qué versiones aparecieron antes de la edición de 1866; se sabe de una al sueco, de finales de 1848, y otra al inglés, de 1850, que no tardaron en quedar fuera de circulación. George Julian Harney señala, en su introducción a la versión inglesa aparecida en The Red Republican en 1850, que «la confusión que siguió a ese gran acontecimiento [la revolución parisina de 1848] impidió cumplir, en su momento, la intención de traducirlo a todas las lenguas de la Europa civilizada». Sin embargo, en el prólogo a la edición alemana de 1872, escriben Marx y Engels: «La primera versión francesa apareció en París poco antes de la insurrección de junio de 1848 […]. En polaco, fue publicado en Londres poco después de su primera edición alemana. En ruso, en Ginebra, en la década de 1860. También fue traducido al danés poco después de su publicación». Misterios de la transmisión textual.

Si algo es indiscutible, es que Marx y Engels siguieron con atención el rastro de sus traductores y que se preocuparon por la calidad de las versiones: en el prólogo a la edición inglesa de 1888 llaman «heroica» a Vera Sasulich, artífice de la segunda traducción rusa, aparecida en Ginebra en 1882, y autora del atentado contra el coronel Trepov, el brutal gobernador de San Petersburgo; Engels se lamenta, en el prólogo a la edición alemana de 1890, de que «el traductor [danés] hubiese podido realizar una excelente tarea con un poco más de cuidado». En ese mismo prólogo se comparan y critican versiones: Engels asegura que la nueva traducción francesa aparecida en Le Socialiste de París en 1886 «es la mejor aparecida hasta la fecha» y se felicita de que, tras varias «traducciones norteamericanas más o menos inexactas, apareció finalmente una traducción auténtica en 1888. La misma pertenece a mi amigo Samuel Moore y antes de su impresión hemos vuelto a revisarla juntos».

Entretanto se dieron casos curiosos, como el de Helen Macfarlane, la misteriosa traductora del manifiesto al inglés, de la que apenas sabemos que en 1850 publicó unos artículos en The Democratic Review y The Red Republican con el nombre de pluma de Howard Morton (quizá incluso entre los comunistas una mujer era buena para traducir pero no para opinar; recordemos que el prólogo a su traducción lo firma un hombre: George Julian Harney) y que ese mismo año desapareció sin dejar rastro de los archivos del censo. O como la anécdota del traductor al armenio, relatada por Engels en el citado prólogo de 1890: «En 1887 se le ofreció el manuscrito de una traducción armenia a un editor de Constantinopla; pero el buen hombre no tuvo el valor necesario para imprimir algo que llevase el nombre de Marx y consideró que era preferible que el traductor figurase como autor, cosa que éste declinó». No fuera a ocurrirle lo que al malhadado traductor de «El milagro secreto», el cuento de Borges.

Seguirá.

* Ver la segunda parte el día 22 de agosto de 2011.