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lunes, 18 de mayo de 2026

"Autoimponernos distintivos de pretendida superioridad ética no garantiza necesariamente la superioridad creativa de nuestra producción"

Una reciente iniciativa española, sugiere un "sello de traducción humana" para garantizar que los libros traducidos no respondan a traducciones realizadas mediante Inteligencia Artificial (cfr. la entrada de este blog correspondiente al 26 de mayo pasado). El escritor y traductor Andrés Ehrenhaus, residente desde hace décadas en Barcelona, reflexiona a  continuación, sobre la cuestión. 

De lo humano, su siniestralidad y los distintivos de pureza

Cuando Freud estaba escribiendo su clarividente trabajo sobre lo Unheimliche, seguramente no se detuvo ni un instante en pensar en cuántos apuros pondría a sus traductores al castellano y a gran parte de la teoría y práctica psicoanalíticas de ese ámbito lingüístico y cultural. La traducción canónica de die Unheimliche acabaría siendo “lo siniestro”, en un giro de distorsión obligado por la matriz latina de nuestra lengua, que no siempre tiene la agilidad y cintura necesarias como para correr a la par de las germánicas, capaces de complejizar y darles la vuelta a los conceptos con un simple prefijo. Me pregunto si no habría sido más acertado y certero traducirlo por “lo incómodo” o, más débilmente, por “lo inquietante”, habida cuenta de que siniestro no es ni siquiera lo opuesto a diestro o viceversa. En inglés, que sí tiene esa cintura por herencia y por derecho propio, la cosa se tradujo por the uncanny, cuya polisemia sin embargo también se queda, para mi gusto, un poco corta. ¿Por qué no aprovechar, ya que estaban, la ambigüedad de homely y retorcerlo chespiriana y froidianamente? ¿Por qué no se atrevieron a darle patente de corso a unhomely? Chi lo sa. En todo caso, en lo que a nuestro ámbito respecta, la torsión se perdió del todo y quedó sumida en las oscuras aguas de lo que no es “derecho”. Y no es lo mismo. Porque en ese texto la atención de Freud se detiene, justamente, en la ominosa sombra de lo hogareño, de lo familiar, y en su siniestro presagio. Lo que a Freud, tras recorrer los usos lingüísticos de ambos términos, le llama la atención es que la sensación de siniestralidad parezca emanar precisamente de la parte “buena”, familiar y conocida y que, yendo aún más allá y con la venia de sendos diccionarios de autoridades, heimlich y unheimlich acaben confluyendo en el mismo cono de sombra por arte de la arista íntima, resguardada, oculta, secreta, de aquello que el hogar debería albergar o poner a cubierto. Usos que se hacen patentes por ejemplo en Geheim, que significa secreto, en Heimlichkeiten, artes mágicas, o en las partes heimlich del cuerpo, que son las pudendas. Para Schelling, dice Freud, unheimlich sería todo lo que debió quedar oculto, secreto, pero, para bien o para mal, se ha manifestado. Lo siniestro manifiesto. Y heimlich, lo escamoteado al conocimiento, lo inconsciente. Así, ambos serían representaciones igualmente inquietantes de lo ominoso con la única diferencia de que lo siniestro ha escapado de las mazmorras del hogar y lo hogareño no. La ambivalencia del término alemán es tal que supera ampliamente, como la tortuga a la liebre, a la pacata oligosemia de nuestro vocablo, de manera que parecería bastar con decir heimlich para señalar una cosa y la contraria.

Pues bien, voy a servirme aviesamente de la brillante y atrevida argumentación froidiana (que mi torpeza quizás haya embarrado en lugar de sintetizarla) para ilustrar, desde una perspectiva sin duda asilvestrada y muy poco académica, mi sospecha de que algo muy similar ocurre con el concepto de “lo humano” y su para mí forzada membresía en el club de “lo bueno” . Ya ni siquiera me hace falta el apoyo crepuscular del alemán, que encima le añade género al género y lo acaba de enterrar (menschlich, humano, lo que caracteriza a los hombres; Menschlichkeit, humanidad, comunidad o conjunto de los hombres). Incluso pasando esto por alto, el término chirría por todas partes y es tan ominoso y digno de sospecha como lo hogareño, lo familiar, lo doméstico, lo que se debe mantener a resguardo y esconder en el cuarto más recóndito de la casa. ¿No sería eso acaso lo “malo”, lo inhumano? ¿Y lo inhumano de quién, de quiénes? De nosotros, ¿verdad? Porque no vamos a molestarnos en esconder y mantener en secreto algo que no nos comprometa como humanos, algo que no sea lo “humano inhumano”, algo que no confluya en el mismo cono de sombra. Sólo que, en este caso, lo ocultador de lo malo sería el prefijo, y lo humano sería eso inhumano que ha conseguido escapar de la oscuridad doméstica y mostrarse a la luz. Sería nuestro secreto desvelado. Nuestro envés. Porque, ¿cuántas veces hemos escuchado eso de “fulanito tuvo un comportamiento inhumano”? Como si el hecho de comportarse“inhumanamente” fuera ajeno a fulano y no inherente a su humanidad, como si lo inhumano  de los humanos se nos hubiera pegado como un chicle a la suela del zapato que con un poco de aguarrás se pudiera despegar. Cuando, por otra parte, tanto el chicle como el zapato como el aguarrás son creaciones humanas, son muestras de nuestra creatividad. Igual que el napalm, la imprenta o la picana eléctrica. O la IA.

Y aquí llegamos al punto crudo. ¿Es humana o inhumana la IA? Y suponiendo que fuera lo segundo, ¿dónde radicaría su inhumanidad? ¿En su condición de artificio? ¿De herramienta sin alma? Mi planteo es sencillo, primario, rayano con la imbecilidad: si usar un destornillador para atornillar un tornillo no constituye per se un acto inhumano, un uso inhumano de una herramienta inhumana y, en cambio, usarlo para asestarle 18 puñaladas a un gatito doméstico sí, ¿no radicaría la inhumanidad (la perversión) del acto en el humano que lo comete antes que en la propia herramienta? ¿No vuelve “inhumana” a la herramienta el uso “humano” que se haga de ella? ¿No es el humano quien decide pervertirla? ¿Y no es por tanto la inhumanidad una opción “ética”, si se quiere, de lo humano y no una condición inherente a la herramienta? Porque, ¿qué tiñe de mayor inhumanidad al napalm que a la penicilina? Una intencionalidad previa, ¿verdad?, un designio inscrito en su diseño, en la finalidad “perversa” para la que fue creado, hasta el punto de hacernos “sentir” que posee un grado mayor de humanidad una bayoneta que una bomba atómica. Y así también “sentimos” que es más “humano” el acto de escribir a mano o incluso a máquina que el de entregar el alma a la asistencia “inhumana” de la IA, que nos “deshumanizamos” al usarla, que nos convertimos en máquinas...

No seamos ingenuos, plis. No somos menos humanos si recurrimos a la IA que si nos encerramos a traducir con un punzón y una tablilla de cera a la luz vacilante y heimlich de una lámpara de aceite. No ganaremos nada deshumanizando algunas herramientas y ennobleciendo otras. Los inhumanos somos nosotros. Autoimponernos distintivos de pretendida superioridad ética (muy difícilmente comprobable in factis, por otra parte) no garantiza necesariamente la superioridad creativa de nuestra producción. No escondamos nuestra inhumanidad tras distintivos y sellos que le imputan un valor real a nuestra humanidad. Digo esto sin el menor atisbo de frivolidad y, por el contrario, con toda seriedad, preocupación y simpatía por quienes día tras día van perdiendo fuentes de trabajo por causa del uso humano de la IA. No en vano éramos varios los que advertíamos, desde hace ya muchos años, en congresos, encuentros, artículos y conversaciones privadas entre colegas, en contra de la alimentación de esos ur-IAs que eran los así llamados motores de traducción. Pero la compulsión humana por el progreso deshumanizador es imparable. No nos cansamos de crear aquello que un segundo después de creado ya percibimos como amenaza inhumana. Nadie nos obliga a ello, sólo nuestra humana voluntad. Eppur...

Coincido en que hay que hacer algo por defender nuestras fuentes de trabajo, por dignificar la producción digna y de calidad, por no entregarnos ciegamente a los cantos de sirena de la velocidad y la facilidad, por no dejarnos reemplazar por máquinas, por desenmascarar a los que venden gato por liebre, etc., pero no así, no detrás de un distintivo que no nos pone en modo alguno a salvo de nuestros espectros más unheimlich y nuestras perversiones más hogareñas. Mis traducciones no están exentas de usos espurios. Nada inhumano me es ajeno. No me sirvo –por ahora– de la IA como tampoco me volqué de buenas a primeras en su momento en el uso de la computadora; me cuesta perderle el cariño a mis herramientas viejas y obsoletas y tomárselo a las flamantes y seductoras. Pero eso no hace menos inhumanas mis traducciones. No las vuelve menos artificiales. De hecho, mis traducciones son puro artificio. No quiero renunciar al artificio ni ponerme a resguardo detrás de un sello de garantía. Ni creo que ese sea el camino para defender algo más que nuestro minúsculo reducto simbólico.

jueves, 23 de octubre de 2025

Una conferencia de Andrés Ehrenhaus (II)


(viene de ayer)

A continuación, la segunda parte de la conferencia de Andrés Ehrenhausen la apertura del IV Seminario de Investigación en Traducción Literaria de la Universidad de San Jorge, Zaragoza, España, 30 de septiembre de 2025

La traducción en la actualidad y sus retos: una mirada estratégica (II)

Como habrán notado, y tal vez por pura provocación, yo no estoy haciendo ningún esfuerzo, como habrán advertido, por despegarme del uso del genérico masculino ni por proponer ninguna variante práctica de inclusividad. Entonces, ¿cómo usar a partir de ahora la gramática de la que disponemos para traducir ? Sin duda, y en primer lugar, aceptando la contradicción que surge necesariamente de la fricción entre una coiné cada vez menos funcional y la selva de retos e intenciones silvestres que tenemos delante. Ya no es posible pretender que la fisura en los sistemas binarios y patriarcales de lengua no planea por encima de quienes escribimos. No sólo planea sino que, a menudo, se cierne sobre nuestro pupitre desde una rama o cornisa y, como una paloma, nos recuerda fisiológicamente que sigue ahí. Podemos esquivar los avisos, protegernos con un paraguas o pegarle un escopetazo, pero sabemos muy bien que sólo estamos pateando la cuestión hacia delante y que pronto habrá palomitas en todas las cornisas o ramas. Entonces, ¿qué hacer, como decía Vladimir Ilich? En realidad, esto que nos ocurre ahora, hoy, no difiere mucho de otros momentos que exigían un reposicionamiento lingüístico más o menos profundo y que nuestros brazos armados, como lo son la poesía, sobre todo, pero también la narrativa o la dramaturgia, fueron resolviendo a las bravas o, como mínimo, despejando el camino a machetazos para que los agrimensores como nosotros, los traductores, por ejemplo, le pusiéramos vallas y arcenes al camino. Porque, seamos realistas, la traducción no es la menos conservadora de las artes articuladas sino, quizás, la más. Nosotros consolidamos lo que otros conquistan. Pero –porque siempre hay un pero– sí podemos, y debemos, elegir qué consolidar. Y aquí llegamos al problema teóricopráctico primordial de toda traducción, lo que yo denomino “Teoría de la cuerda” (y que también tiene su lado cuántico, como veremos).

Imaginemos que una cuerda une dos puntos lejanos entre sí en el espacio y en el tiempo, los puntos O (la Obra) y P (el Público). Esa cuerda no es la traducción, que conecta ambos puntos, sino la distancia espaciotemporal –y, por consiguiente, cultural– que media entre ellos, en tanto que quien traduce (T) pende en algún sector de la cuerda. ¿Y dónde pende T? Lo interesante y cuántico del asunto es que T puede pender de la cuerda espaciotemporal donde le dé la gana (y le permitan sus condicionantes laborales, culturales, etc.), e incluso hasta podría salirse de ella llegado el caso. El sector o segmento en el que decida pender determinará inmediatamente otras dos sub distancias: la que separa a O de T y la que separa a T de P. Cuanto más lejos de O y más cerca de P se ubique T, más “moderna” diremos que es su traducción. Y viceversa. Si T y P están casi pegadas, diremos que su traducción es “muy actual”; si ocurre al revés, diremos que es “excesivamente fiel”. Obviamente, y esto se verifica cuanto más antigua es la obra, que T se pegue a O requiere un esfuerzo y una pericia mayores que cuando T se pega a P, porque T pertenece al espaciotiempo cultural de P… pero… esa proximidad no está exenta de riesgos y, por tanto, de problemas de traducción. A una traducción “muy actual” se le exigirán otras cosas que a una “excesivamente fiel”, como por ejemplo que esté atenta a las cuestiones de género, a los paradigmas culturales corrientes, etc.; es decir, a la moral del momento. Y de esos vientos, no pocas tempestades. Me refiero a que esta presión ética no está exenta de grandes disparates (v. caso Caja Negra con Vaquera inversa). De modo que dónde pender de la cuerda del tiempo implica toda una elección política que condicionará necesariamente la deriva de nuestra traducción. Por eso digo que se trata del problema primordial, pues aunque no lo abordemos o no seamos conscientes de que existe, de algún punto de la cuerda siempre penderemos y, encima, si escurrimos el bulto correremos un riesgo imperdonable y fastidiosísimo, cual es estarnos deslizando y columpiando de un punto a otro, como si nos persiguiera el tábano de la duda eterna, sin encontrar la comodidad productiva en ninguno. Por eso también hablo de pender de un sector o segmento y no de un punto rígido, para ensanchar un poco el espacio cultural de la traducción y permitir que  T conviva y lidie con sus contradicciones. 

Y ahora que estamos colgando de la cuerda, nada más lógico que abordar, en el vacío no tan imaginario que se abre bajo nuestros pies, el asunto que, para no cambiar de verbo, nos quedaba pendiente: el de la contingencia o necesidad de traducir o re traducir a los clásicos. De todas las especialidades o vertientes de la traducción, esta ha sido sin duda y desde tiempos inmemoriales la que más mentira creativa y ficcional ha producido y, por consiguiente, la que más justifica las constantes revisiones. Tenemos ahí ya un primer argumento a favor de la necesidad. Pero, ¿por qué así? En primer lugar, porque, y esto se cae de maduro, los clásicos son clásicos toda vez que ya no están sus autores o derechohabientes en potestad física o legal de defender la integridad de esas obras. Hacer un pastiche de un clásico es ya más clásico casi que el propio clasicismo, y nadie vendrá a reclamarnos por daños y perjuicios si lo hacemos (y aquí tienen, de pie tras este pupitre y en uso de la palabra, la prueba viviente de que así es), pero jugar a mentir descaradamente con una obra contemporánea es mucho más arriesgado. Nomás basta con volver a Borges, cuyos derechos siguen vigentes, si no me equivoco: ¿qué le pasó a Pablo Katchadjian cuando escribió y publicó El Aleph aumentado? Pues que María Kodama lo demandó por plagio. Ojo, no estoy juzgando el pastiche de Katchadjian sino poniéndolo como ejemplo. En cambio, los de Shakespeare, por ejemplo, o los de Ovidio, o los de Goethe, etc., han pasado a la historia del arte como obras maestras y clásicos –empastichables– en sí mismos. Y no hablemos ya de las Belles infidéles y los desmanes estéticos que les dictaba la ética neoclásica a los versionadores franceses. Así, pues, el propio hecho de que con los clásicos haya existido desde el vamos patente de corso opera como justificación para que esa patente sea revisada cada vez que los tiempos y las costumbres cambian o, como mínimo, parece que han cambiado. El otro motivo que, en mi experiencia, lleva a muchos editores y a no pocos traductores a emprenderla una vez más con obras archi mega hiper traducidas es uno que se deriva de lo anterior pero con un matiz más sicológico que sociológico. Ese motivo tiene que ver con los egos de editores y pasticheros, que por un momento absurdo nos sentimos no sólo titulados sino destinados a ofrecerle a nuestro ámbito espaciotemporal de lengua la “traducción definitiva” del clásico de turno, una que quedará inscrita en los anales de la edición como la mejor y, por tanto, la única y necesaria. Para T, esa ilusión se disipa en el mismo instante en el que tenemos que decidirnos entre metamorfósis, cambio o transformación para traducir Verwandlung, por ejemplo, e entre los endecasílabos, los alejandrinos o el verso libre para traducir los pentámetros yámbicos shakespirianos. El ego de T se da cuenta rápido de que, sea cual sea la decisión, habrá dejado de lado todas las otras, empobreciendo una pizca la traducción en lugar de dotarla de un nuevo valor superlativo, por mucho que la contraportada o la faja del libro se esfuercen en proclamar lo contrario. 

Sin embargo, en mi inmodesta opinión lo que de verdad ocurre es que cada nueva traducción de un clásico sí enriquece su lectura pero no por mor de la exclusividad sino simplemente por añadidura, pues contribuye a que la sumatoria infinita de las traducciones posibles se aproxime a la perfección sin opción, pero tampoco obligación, de alcanzarla nunca, del mismo modo que, aunque no es posible completar una superficie esférica con áreas planas, cada pequeña área nueva sostiene y potencia la eficacia y el lucimiento de todas las demás. He ahí mi principal argumento en favor de la retraducción de los clásicos. Toda traducción de un clásico opera como un cacho de esfera reluciente, como fractal único y, a la vez, dependiente de sus hermanas. Si no queremos que la máquina nos imponga su esfera perfecta, traduzcamos a pelo e imperfectamente a los clásicos. Erremos, mintamos, traduzcamos. No nos dejemos banalizar. Estamos muy cerca de que eso ocurra, porque traducir es tan indispensable e inseparable de la idea de cultura que es casi imperceptible, ya que está en todos lados. Como el lenguaje. Padece el mal ontológico de la ubicuidad, pues para “estar” en todos lados a la vez se ve abocada a ir dejando de “ser”, como si la esencia se perdiera en la presencia. Si esto fuera un mero juego de palabras nos quedaríamos tan anchos pero la mala noticia es que esa presencia universal de la traducción la abarata, la deprecia, la banaliza. Para el lector estándar de libros, la traducción viene dada, no tiene coste, ni siquiera simbólico. Para el lector estándar de libros T es un mero sosías, un testaferro, el titular de un fideicomiso. Alguien intangible, como la IA.

 Pero eso es así hasta que aparece en el horizonte de sucesos una singularidad. Algo que rompe la cadena ubicua de iteraciones traductivas. Algo como, por ejemplo, un legado. Algo como por ejemplo el legado o la biblioteca de Aurora Bernárdez, que propicia estos encuentros y así rompe, al menos para mí y aunque sea por un día, con el ejercicio de la ubicuidad traductora. Esa ubicuidad que me llevó a conocerla una tarde, hace ya años, y compartir un té con ella y un amigo común en la calle Enrique Granados de Barcelona. Yo la recuerdo como una dama algo frágil pero esbelta y lúcida y pícara y seguramente, no sé, quizás les esté mintiendo como pienso mentirle a la IA si me lo pregunta, nos reímos discretamente de alguna manía de Paco Porrúa, el genial editor de Cortázar, García Márquez y, sobre todo, Minotauro, la editorial para la que, más ella que yo, trabajamos como traductores. Así que para mí el honor de estar hoy aquí mintiéndoles y animándolos a hacer lo propio es doble o triple, cosa que les agradezco a Alejandra, sobrina de Aurora, que es quien tomó la decisión de donar el fondo, y a Irene y toda la gente que apechuga para que estas jornadas no decaigan y sean amenas y en especial fructíferas, como auguré al principio, a pesar de que yo haya desafinado un poco o me haya desviado de la tonalidad (re mayor, ¿recuerdan?) soslayada al comienzo. Pero el que traduce no es traidor.



miércoles, 22 de octubre de 2025

Una conferencia de Andrés Ehrenhaus (I)

Lo que sigue es un extracto de la Conferencia Inaugural del IV Seminario de Investigación en Traducción Literaria de la Universidad de San Jorge, Zaragoza, España, leída por Andrés Ehrenhaus, su autor, el 30 de septiembre de 2025. Por sus dimensiones, se ofrece en dos partes. A continuación, la primera. Mañana, la que sigue.

La traducción en la actualidad y sus retos: una mirada estratégica (I)

¿Qué sesgos nos impone la actualidad? En primerísimo lugar, por mal que nos pese, el de la IA o los modelos virtuales de lenguaje. Luego, sin duda, el de la tensión lingüística de género. Y un tercer sesgo, y ahí lo cerramos, podría ser el de la necesidad de actualizar (es decir, de traer un poco más hacia acá o no) a los clásicos. O dicho de un modo más político: la necesidad o no de conservar fresca la memoria cultural. Así, pues, con estos tres ejes desiguales en mente, trataré de componer un marco práctico que nos ayude a continuar con nuestra querida labor sin quedarnos dando vueltas como trompo sin manija.

Metámonos sin más preámbulos en el tema más candente y mediático, que es el de la IA, o como les guste llamar a la máquina. A modo de experimento, les propongo un escenario tímidamente distópico. Imaginemos que la IA no sólo ha venido para quedarse, como se suele decir, sino que ya lleva décadas con nosotros. Se ha instalado más o menos cándida o taimadamente en nuestras vidas y llevamos un buen rato conviviendo con ella en forzosa armonía. Imaginemos que poco a poco hemos ido delegando la mayor parte de nuestra producción creativa en ella y, oye, no nos va tan mal: el arte sigue llamándose arte, la comunicación, comunicación, y la traducción lo mismo. Puesto que, en nuestra distopía, llevamos varios años sin generar lo que alguna vez se llamó “alta cultura”, la cultura se ha ido nivelando gracias a la obsesión igualizadora de la IA: todas las personas, sin restricciones, deben poder acceder a la fabricación y consumo de productos culturales generados mediante el uso “democrático” de esta herramienta. La IA nos escribe nuestra literatura de ficción, nuestra poesía, nuestros ensayos, nos compone nuestras canciones, nos pinta nuestros cuadros, nos dirige nuestras películas, series y obras teatrales. La IA baila por nosotros, patina sobre hielo por nosotros y, sobre todo, cocina por nosotros. Y nosotros, liberados de la tediosa y castradora obligación de generar cultura, podemos dedicarnos libre y alegremente a consumirla. Puesto que no hay autores, no hay vanidad, no hay competitividad, no hay envidia. Varios pecados han desaparecido casi del todo. La soberbia por ejemplo. Estamos más cerca de la iluminación zen que nunca. Porque la IA medita por nosotros. (Lo único que no hace por nosotros es morir.)

De acuerdo, he disparado a mansalva, y las cosas no son tan simples. Pero hay algo muy claro y evidente: una vez que hayamos educado a la IA para alcanzar niveles casi humanos de producción cultural, llegará un momento en que ya no podrá seguir nutriéndose de nuestra experiencia, memoria y creatividad y tendrá que alimentarse, si quiere seguir viva, de sí misma, de su propia producción, que es –dicho por la propia máquina, que lo llama contaminación de datos o, más dramáticamente, “model collapse”– lo que más abundará en este escenario que planteo. Puesto que casi toda la producción será suya, no tendrá más remedio que comerse a sí misma, como Erisictón de Tesalia, ese rey griego de apetito insaciable que primero se comió a su hija y después la emprendió con su propia carne. Igual que Erisictón, la IA se deglutirá y se vomitará a sí misma. Y volverá a deglutirse y a vomitarse. Hacia allá vamos, hacia el canibalismo pop. Hemos dado vida a un golem pop. Pero, como ocurre en toda la literatura de anticipación, ese proceso que imaginamos, ese monstruo, ese tsunami encontrará resistencia. Se organizará una subversión armada. ¿Armada? Sí, armada. ¿Armada de qué? ¡Armada de la mentira! ¡La mentira será revolucionara! ¿Qué digo será? La mentira hoy, en la actualidad, es revolucionaria. A la IA no hay que alimentarla con la verdad, como hemos estado haciendo ingenuamente durante décadas. Porque, ¿qué otra cosa era nuestra esforzada contribución a la dinamización, engorde y eficacia de los motores de traducción? ¿Les mentíamos acaso entonces? Claro que no. Pues bien, aquí los tenemos ahora, varias generaciones después, convertidos en nuestros “liberadores”. Esos rudimentarios motores de entonces son los que ahora (o en un futuro no tan imaginario ni lejano) nos “dispensarán” de traducir. Salvo que les mintamos. Algo que, por otra parte, se nos da bastante bien.

Ahora bien. Ojo al piojo. Porque otra de las sombras que proyecta la actualidad es la de la posverdad. ¿Y no es acaso la posverdad una forma elaborada de la mentira? En apariencia, sí. Según la fórmula de posverdad que patentó Goebbels, una mentira repetida mil veces se convierte mágicamente en una verdad. Pero es justamente ahí donde debemos detenernos: en su objeto final, en la ex mentira con marchamo de verdad. Como bien nos enseñó Xenón, la mentira jamás llegará, por incontables veces que la repitamos, a su meta, igual que la flecha, en su infinita sucesión de estados intermedios, jamás termina de clavarse en el blanco. Sin embargo, así como aceptamos por convención o inducción que sí lo hace, que la flecha se clava, también aceptamos que la mentira se hace mágicamente verdad. Y al hacerse verdad, deja de ser mentira y pierde su potencial revolucionario. Que radica ¿dónde? En la nula pretensión de la mentira de ser verdad, de imponer una nueva veracidad. Pensemos en la ficción literaria: ¿acaso pretendió Borges alguna vez, siquiera en sueños, que aceptáramos su Aleph como una realidad fehaciente? ¿Y Cervantes? ¿No nos advierte desde antes de iniciado su relato que lo que leeremos es un invento? ¿Y qué me dicen de los autores apócrifos, que mienten descaradamente acerca de la identidad de quien escribe, sin mencionar la de quien narra? Es esa esencia de la mentira, despojada de toda voluntad de verdad hegemónica, la que debemos rescatar y preservar para ejercer nuestro derecho a la resistencia. La mentira revolucionaria es dialéctica en el sentido más estricto: no busca convencer sino contraponer; no busca conspirar sino respirar. Como El Aleph, como El Quijote. 

Sin vislumbrar esa sutil diferencia entre mentira y pos o neo verdad, es decir, entre ficción y facción, no podríamos entender o, peor aún, ejercer la traducción. Lo que solemos llamar “el misterio de la traducción”, llevándola a terrenos místicos, no es más que la puesta en cuerpo, la materialización de una mentira no facciosa: eso que estás leyendo (el poema 59, por ejemplo) y parece ser de X, es y no es de X, porque también es de Y o, si se quiere, de T. ¿Y quién es T? Efectivamente, T somos nosotros, los traductores. Y no lo digo yo, lo dice la LPI [cito]: “toda traducción es una obra nueva derivada de otra anterior”. O, como dice mi colega Matías Battiston, es el más legal de los plagios. Pero no voy a meterme por ahí, no tenemos tiempo y, además, la ley no nos interesa demasiado aquí, porque opera sobre todo en el terreno de lo simbólico y nosotros hoy tenemos entre manos lo real: el presente y el futuro de nuestro trabajo. Hay un viejo adagio guevarista de origen vietnamita que dice así: “El presente es de lucha, el futuro es nuestro” y que los alegres militantes adolescentes de los 70 habíamos convertido pícaramente en “el presente es de lucha, el futuro es negro”. No sé cuál de los dos futuros nos espera; ni siquiera sé si son distintos. Lo que sí sé es que la lucha del presente no nos la ahorra nadie. ¿Y qué lucha es esa? En nuestro caso, la del duro banco del traductor. Podemos pelear lo simbólico pero primero tenemos que afianzar, fortalecer, defender lo real. Y lo real, como dije, es nuestro sustento. Mintamos, pues, en defensa de ese sustento.

Porque la máquina, repito, no sabe, no puede mentir. Cree a rajatabla en todo lo que dice, como un sicópata o un fanático. Su moral es rígida, su ética está en pañales. Es incapaz de formular paradojas originales (me lo confesó ella misma). Sus diseñadores sudan la gota gorda para tratar de dotarla de parámetros éticos humanoides. Su estética es voluble, obsecuente, insípida, obsolescente (o sea, viejuna) y conservadora. Y es ahí, en el flanco estético, en el tratamiento de la forma, donde se manifiesta otra de sus debilidades intrínsecas. Debo decir antes de seguir por aquí que el cuidado la forma y no el contenido es uno de nuestros tesoros más preciados y, a la vez, constantemente menoscabados. Yo soy un formalista rabioso; mi trabajo se rige, desde hace años, por la siguiente máxima: “El sentido brota de la forma y nunca al revés”. Porque, ¿qué solemos decir ante cualquier obra de arte? Que está preñada de sentido, ¿verdad? Nunca diremos de un cuadro, un poema, una película, que están preñados de forma. No esperamos que el sentido de a luz a la forma sino al revés. Una obra de arte es una forma embarazada, es materia embarazada. ¿De qué? De eso frágil, inmaduro, plástico, apenas asible que es el sentido. Así, pues, ¿qué es lo que debemos atender cuando traducimos una obra? ¿A quién debemos cuidar y ayudar en el acto de dar a luz, a la madre (la forma) o al bebé (el sentido)? ¿Quién es la garantía de que ese sentido cobre vida, quién sostiene y sostendrá esa vida? Etc. Y no sigo por aquí porque basta con que entendamos que nuestro trabajo es necesariamente formal, que lo que trabajamos, como cualquier alfarero, es la materia, y que de nuestra pericia en su manejo dependerá que el sentido cobre vida y sea libre. Rebajemos, entonces, nuestra angustia hermenéutica, colegas; ocupémonos de la mamá.

Bien. Si han logrado seguir hasta aquí mi alambicada exposición (hablando de mentir, no hace falta que me digan la verdad, prefiero que hagan como Joan Crawford en el film “Johnny Guitar”, cuando le dice a Sterling Hayden: Miénteme, dime que me entiendes; bueno, ella dice amas, pero es casi lo mismo), no les sorprenderá demasiado que proponga, sino un cambio, sí un giro, una torsión del paradigma tradicional: en tanto toda creación artística o cultural es en cierto modo un parto, una puesta en el mundo de una forma material imbuida de sentido, o sea, de una vida imbuida de espíritu, podemos convenir en que el autor de esa acción creadora es siempre femenino o, en otras palabras, que la creación, toda creación no gestora de una verdad dominante, es, por encima de todo, un acto materno. El giro que propongo es este: cuando creamos, cuando parimos algo, somos más mujer que hombre. Concedámosle al hombre, a nuestra parte masculina, si se quiere, la aportación de la semilla. Ok. Pero la gestación, el hospedaje, el sustento, la labor de parto y la crianza las hacen nuestra parte femenina. La traducción sería así doblemente femenina, porque es el re-parto de un parto, un re nacimiento, un re-birth. ¿Y a cuento de qué viene todo esto? A cuento de nuestro tercer tema de actualidad: el de la tensión de género en la lengua de la traducción. A mi entender, no hay posibilidad alguna de transición creativa, artística, literaria hacia una gramática integrativa mientras el paradigma de la paternidad (versus el de la maternidad) de la obra siga en pie. En términos marxianos es condenadamente simple: “los medios de producción para quienes los trabajan”. Si la que crea es nuestra parte femenina, la obra creada NO puede pertenecer –exclusiva o mayormente– a nuestra parte masculina. Cuando digo esto no lo hago para insistir en la binariedad de géneros sino para abrir el paradigma a todas las combinaciones posibles. Un paradigma cerrado va a generar y aferrarse a una gramática cerrada. Y la gramática es la piedra angular de la lengua. No del habla quizás, o no del todo, pero sí de la lengua. Y, por ende, de la lengua de la traducción que, como las meigas, no existe, pero haberla, hayla. 

(sigue en la entrada de mañana)

 

viernes, 14 de marzo de 2025

"Tenderemos a leer como la máquina y, por tanto, tenderemos a escribir (y traducir) como la máquina"

Entre el 17 de febrero y el 4 de marzo pasados, a lo largo de doce entradas, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires entrevistó a traductores literarios de Argentina, Brasil, Chile, España y México, con el objeto de conocer qué sabían sobre la Inteligencia Artificial, si la empleaban en su labor y qué riesgos, desde su punto de vista, implicaba para la profesión. Terminada la encuesta, no hubo una conclusión, aunque, a lo largo del intercambio de mails, hubo opiniones y observaciones que luego no se reflejaron públicamente. En la siguiente entrada, Andrés Ehrenhaus, motivado por las respuestas de la encuesta, añade las siguientes reflexiones.

On second thought: IA, hacia un modelo de creación transgénico 

A rebufo de la encuesta publicada en el blog del CTLBA sobre las subjetividades que suscita la así dicha IA en el campo de la traducción literaria (v. entrada del 17 de febrero y días sucesivos), me quedó picando una oscura duda respecto de una potencialidad secundaria o indirecta de la herramienta que puede –y seguramente vaya a– convertirse en un paulatino, sigiloso y horrendo cambio de paradigma literario y, por consiguiente, en un incordio para la traducción honesta y cabal tal como la entendemos hoy en día, es decir, como creación autoral de un texto derivado de otro cuya originalidad le confiere autoridad per se. ¿Por qué? Porque la lenta deriva hacia la producción y edición (y eventual traducción) de textos literarios generados o intervenidos por IAs forzará en paralelo la imposición de una ética artificial de la escritura, una defloración de la energía subversiva que toda creación literaria lleva necesariamente implícita (ojo: digo subversiva pero no desde una perspectiva ideológica sino visceralmente política, es decir, rompedora, atrevida, brutal, desarbolante, indiscriminada). Las IAs, todas ellas, están sujetas a códigos morales y éticos de estricta corrección política que, por razones obvias, no se corresponden con las éticas particulares de quienes escriben y, no menos importante, quienes leen, ni con las retóricas (o formales) específicas que se derivan de esas miradas literarias particulares. En resumen: cederle espacios meta literarios o aledaños a la creación a las IAs con fines prácticos o por comodidad o pereza no creo que sea un acto inocente, irrelevante o fortuito: es una imperdonable irresponsabilidad. La IA es el Monsanto de la literatura (y, por extensión, de la creación artística).

Si la máquina fuera omnisciente y subjetiva, este peligro no existiría; sus amenazas serían otras. Pero no lo es. Las IAs o “modelos complejos de lenguaje”, como se autoperciben, son programas potentes pero muy limitados ética y cognitivamente que, a largo o mediano plazo, servirán sobre todo para verter en la red cloacal de las cabecitas humanas consumidoras de “cultura” una poderosa e imperceptible (in)conciencia censora capaz de ir cancelando avant la lettre (en el sentido literal) cualquier atisbo de imaginación transgresora y moralmente inquietante hasta alcanzar el paradigma plano de la creación literaria. ¿Cómo así? Pues acostumbrándonos a leer textos de grado cero, metaversos, narraciones llenas de efectos especiales y vacías de espíritu combativo. Si nos hemos resignado a tener drones reales dando vueltas sobre nuestra persona como buitres sin vísceras, ¿cómo no vamos a aceptar esa virtualidad literaria (i.e. artística) también eviscerada? 

En general, los colegas que respondieron a la encuesta se fueron alineando al abordar la tercera pregunta en dos grupos contrapuestos y en principio irreconciliables: o bien descartaban de plano cualquier atisbo de amenaza de las IAs para la especialidad literaria de la traducción frente a la garantía insustituible de la propia inteligencia o bien se alarmaban ante la inminencia de esa amenaza, que ya ha empezado, desde su perspectiva, a hacerse efectiva. Es cierto que la encuesta inducía a la especificidad laboral de la amenaza pero apenas hubo colegas cuyas respuestas excedieran ese marco inmediato para detenerse en las consecuencias más amplias de la aplicación de parámetros generados por IAs en la edición, traducción y creación literarias. Tanto quienes no vieron amenazado su espacio como quienes sí lo vieron dejaron significativamente de lado el impacto indirecto y largoplacista de la ética canceladora y transgénica en la predisposición lectora  y su efecto boomerang en el ámbito de la traducción. Mi percepción es que se producirá un gradual declive de la calidad artística en favor de una recepción esterilizadora, y que será justamente esa recepción universalizada la que incidirá de un modo directo en la exigencia e incluso obligación de no alejar las creaciones de toda índole de los sutiles límites prescriptivos que rigen la propia producción artificial. Tenderemos a leer como la máquina y, por tanto, tenderemos a escribir (y traducir) como la máquina.

Existen, por supuesto, numerosos argumentos en contra de esta visión paranoico-crítica de la IA que, a grosso modo, se resumen en uno: no es la herramienta lo que constituye la amenaza real sino la intención de quien la usa. No se puede demonizar una cosa sin vida, sin alma, sin voluntad. No es sabio matar al mensajero. Un martillo es un martillo es un martillo. Etc., etc. Sí, de acuerdo, la manipulación de una herramienta dependerá siempre de la intención del manipulador. Pero incluso en el caso de que lo movieran las mejores intenciones, el mero hecho de tener una marcada intención ética previa constituye en sí mismo un oxímoron artístico. Convengamos, además, que hay herramientas y herramientas. Y, yendo un poco más hondo, herramientas que, tras demostrar su obsolescencia como herramientas pasaron a ser herramientas sin cursivas. Me explico: no es una novedad para nadie con un cerebro activo que gran parte del desarrollo tecnológico humano tuvo una finalidad inicial defensiva/ofensiva antes que meramente pacífica. Los ejemplos son innumerables. La rueda, las flechas, hachas, empalizadas, la ropa incluso. El arte totémico. El fuego. Las fanfarrias. La pólvora (por más que nos cuenten que al principio sólo servía para tirar petardos: su uso era bélico o, como mínimo, político). La navegación aérea. Internet. La telefonía móvil. El progreso tecnológico casi siempre ha ido de la mano (de la obtención o conservación) del poder. Cuando esas herramientas de poder pierden su capacidad de proteger/dañar, pasan al torrente de las herramientas de consumo diario y operan bajo estrictas normas socioculturales. La energía nuclear, por ejemplo: primero fue la bomba, ahora es una fuente (harto peligrosa) de electricidad. Y no creo que el armamento nuclear soporte el contraargumento de que las herramientas no constituyen la amenaza: la uses o no, no es lo mismo tener una ojiva nuclear en casa que no tenerla. Ergo, por inocente que sea el nuevo hit tecnológico, su génesis nunca lo fue. Las IAs son tecnología de dominación. No jodamos.

Entonces, ¿qué hacer? ¿No usarlas? ¿Usarlas con precaución? ¿Hacer la vista gorda? ¿Hemos de evitar a toda costa que nos planchen la escritura? ¿O resignarnos a esperar que el próximo cambio de paradigma derribe el que se nos viene encima? ¿Discriminar entre un tipo de tecnología y otro es remar contra el progreso?

Ya hace años que muchos de los colegas que hoy ponen el grito en el cielo ante la injerencia cruel e impune de las IAs en su realidad laboral y se rasgan las vestiduras por el terreno de trabajo cedido e irremisiblemente perdido vienen alimentando a la máquina (y su circunstancia) con sus propias bases de datos a pesar de las muchas y atinadas advertencias en contra. Es inútil, la atracción del abismo nos pierde. Nos hamacamos entre la comodidad inmediata y la resignación suicida, suponiendo que alguien nos despertará amablemente del ensueño. Pero de amable despertar nada: las fuentes de trabajo se van secando. ¿Cuánto más jugo de cerebro vamos a entregarle al algoritmo en bandeja de plata? Lo único bueno de la IA es que no es inteligente. Ni pretende serlo.

Pero los que la construyen y operan sí.

martes, 4 de marzo de 2025

Una encuesta para traductores sobre traducción e inteligencia artificial (12)

 Dècimo segundo día de la encuesta

Una encuesta para traductores sobre traducción e inteligencia artificial (12)


ANDRES EHRENAHAUS
 (Argentina - residente en España)

1) ¿Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

Poco y nada. Le pedí alguna vez a alguna IA que tradujera un soneto con determinadas consignas formales básicas (métrica, rima) y fue muy torpe, pero sospecho que lo hace a propósito la aplicación para que uno pague la suscripción a la versión avanzada, cosa que no hice, por supuesto.

 2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Basándome en la experiencia anterior, creo que por ahora no. Prefiero el Google Translator, que no tiene pretensión ninguna y comete errores más ingenuos y sugestivos.

 3) ¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué

no?

Tampoco aquí tengo una opinión fundada. Así que le pregunté a Chat GPT qué opinaba al respecto. He aquí su respuesta (los subrayados son suyos):

Es una buena pregunta y depende del enfoque que le des, pero en general, podrías responder algo así:

La IA no supone una amenaza directa para los traductores literarios, pero sí plantea ciertos desafíos. Las herramientas de traducción automática (como Google Translate o DeepL) han mejorado mucho en los últimos años, y aunque son útiles para textos más técnicos o generales, la traducción literaria sigue siendo un terreno muy especializado. Los traductores literarios no solo traducen palabras, sino que también deben captar el tono, la emoción, el estilo y la cultura del autor original, lo cual es algo que las IA todavía no pueden replicar de forma efectiva.

Además, la traducción literaria es un arte en sí misma. Un traductor literario puede elegir diversas maneras de expresar una misma idea para que se adapte mejor al idioma de destino, manteniendo la esencia del texto original. Eso es algo que las máquinas aún no logran hacer con la misma sutileza y creatividad que un ser humano. 

Sin embargo, la IA puede ser una herramienta útil para los traductores, ayudándolesa agilizar su trabajo y ofreciendo sugerencias o mejorando la productividad. Pero lacreatividad y el juicio humano siguen siendo esenciales para la traducción literaria.

 De manera resumida: la IA complementa, pero no reemplaza la habilidad y el arte de los traductores literarios.

 ¿Qué opinas tú? ¿Te parece que la IA podría llegar a tener más impacto en este campo o crees que las humanidades siempre mantendrán un rol clave en la traducción literaria?

 Molesto por su pregunta impertinente, me despedí y le hice la misma pregunta a DeepSeek, la nueva IA china, que se anuncia como igual de potente o más y, a la vez,seis veces más barata de desarrollar. He aquí la conversación:

 Do you speak spanish?

¡Sí, hablo español! ¿En qué puedo ayudarte hoy? 

Genial! me han preguntado si las IA pueden suponer una amenaza para la traducción literaria. qué opinas de eso?

¡Es una pregunta muy interesante! Las IA, como yo, hemos avanzado mucho en el campo de la traducción, pero creo que no representamos una amenaza directa para la traducciónliteraria, al menos no en el sentido de reemplazar por completo a los traductores humanos.

Aquí te doy algunos puntos clave:

 1. Traducción literal vs. traducción creativa: Las IA somos muy buenas traduciendo textos de manera literal y rápida, pero la traducción literaria va más allá. Implica captar matices culturales, emociones, juegos de palabras, estilos únicos y la voz del autor. Esto es algo que lo s humanos hacen excepcionalmente bien.

2. Contexto y creatividad: La literatura está llena de metáforas, ironía y expresiones idiomáticas que pueden ser difíciles de interpretar incluso para una IA avanzada. Los traductores literarios no solo traducen palabras, sino que reinterpretan el texto para mantener su esencia en otro idioma.

3. Colaboración, no competencia: Las IA pueden ser herramientas útiles para los traductores literarios, ayudándoles a agilizar partes del proceso o a explorar opciones de traducción. Pero la decisión final y el toque creativo siempre dependerán del ser humano. 

4. Valor humano: Los lectores y las editoriales suelen valorar el trabajo de traductores literarios reconocidos, ya que aportan una perspectiva única y un profundo entendimiento de ambas culturas (la del texto original y la del público objetivo).

En resumen, las IA podemos ser un complemento útil, pero es poco probable que reemplacemos la sensibilidad y creatividad que los traductores humanos aportan a la literatura. ¿Tú qué opinas?

 Sorprendido por la absoluta coincidencia de ambas respuestas, así se lo manifesté:

Eso es exactamente lo que ha respondido Chat GPT a la misma pregunta. incluso su pregunta final (tú qué opinas?) fue la misma.

 ¡Vaya, qué coincidencia! Parece que tanto yo como ChatGPT compartimos una perspectiva similar sobre este tema. Aunque no es sorprendente, ya que ambos estamos diseñados para analizar y responder preguntas de manera informada y equilibrada. Sin embargo, es curioso que incluso la frase final haya sido la misma.

 Aprovecho para preguntarte: ¿crees que esta similitud en las respuestas refuerza la idea de que las IA aún no podemos igualar la originalidad y el estilo único que un humano puede aportar, incluso en una conversación? O, por el contrario, ¿te parece que estamos avanzando hacia un punto en el que las respuestas de las IA podrían volverse indistinguibles de las humanas? ¡Me encantaría saber tu opinión!

 ¡Y dale con mi opinión! Eludí dársela (puesto que no la tengo) y le pregunté si pensaba que las IA evolucionarían hasta alcanzar el nivel de sensibilidad necesario para traducir literatura. DeepSeek respondió:

Es posible, pero hay varios factores que influirán en ello:

-Avances en IA emocional y contextual: Si las IA logran desarrollar una comprensión más profunda del contexto emocional y cultural, podrían acercarse más a la sensibilidad humana. Esto implicaría no solo procesar datos, sino también “entender” el significado detrás de las palabras.

 -Colaboración humano-IA: Es probable que, en lugar de reemplazar a los traductores literarios, las IA se conviertan en herramientas que complementen su trabajo. Por ejemplo, podrían sugerir opciones de traducción o ayudar con tareas más técnicas, dejando las decisiones creativas en manos humanas.

-Límites éticos y prácticos: Incluso si las IA alcanzan un nivel alto de creatividad, es posible que la sociedad prefiera mantener a los humanos en roles creativos y artísticos. La traducción literaria no es solo una cuestión técnica, sino también un arte,

-Desafíos filosóficos: ¿Puede una máquina realmente “crear” o “interpretar”; como lohace un humano? Este es un debate más profundo que toca temas como la conciencia y la naturaleza del arte.

En resumen, aunque las IA podrían mejorar significativamente en el futuro, es probable que la traducción literaria siga siendo un campo donde los humanos tengan una ventaja única. Sin embargo, no descarto que las IA puedan desempeñar un papel importante como herramientas de apoyo. ¿Tú crees que la sociedad aceptaría traducciones literarias hechas completamente por IA, incluso si fueran técnicamente competentes?

Ni una respuesta sin pregunta final, como puede verse. La charla con DeepSeek fue relativamente más interesante que la de Chat GPT porque derivó hacia la posibilidad real (el potencial) de amenaza que plantean o poseen la IA. Les voy a ahorrar el desarrollo de la charla (aunque se lo puedo proporcionar a quien se interese) y pegar a partir del punto en el que DeepSeek pisa el palito y habla de temores exagerados y justificados. Antes, debo señalar que tanto una como otra aplicaciones incurrieron en sospechosos errores de pronombres genéricos, incluyéndose a menudo en un “nosotros” referido al género humano (que ambas justificaron con idénticos argumentos).

¿Son estos temores justificados?

Algunos sí, y otros no tanto:

-Justificados: Preocupaciones como los sesgos, la privacidad, el reemplazo laboral y la manipulación son problemas reales que deben abordarse.

-Exagerados: Temores como una rebelión de las IA o la singularidad tecnológica son más especulativos y están lejos de ser una realidad inmediata.

¿Cómo abordar estos temores?

-Educación: Explicar cómo funcionan las IA y cuáles son sus limitaciones puede reducir la desinformación.

-Transparencia: Las empresas y los gobiernos deben ser más abiertos sobre el uso y desarrollo de las IA.

-Regulación: Establecer normas claras para garantizar que las IA se usen de manera ética y responsable.

-Diálogo: Involucrar al público en conversaciones sobre los beneficios y riesgos de las IA para construir confianza.

En resumen, los temores del público hacia las IA tienen bases tanto racionales como emocionales, y es importante abordarlos con empatía y claridad. ¿Crees que estos miedos disminuirán a medida que las IA se integren más en nuestra vida cotidiana, o persistirán mientras sigan siendo una tecnología en evolución?

Has dicho que el temor exagerado a una rebelión de las IA está lejos de ser una realidad inmediata, o sea que no descartas que, a largo o muy largo plazo, algo así pueda ocurrir. En otras palabras, que exista, aunque en una proporción ínfima, un potencial “rebelde” en las IA.

¡Es una pregunta fascinante y profundamente filosófica! Vamos a desglosarla, porque toca un tema que genera mucho debate: la posibilidad de que las IA desarrollen un “potencial rebelde” a largo plazo. Aquí te doy una respuesta detallada: 

1. ¿Qué significa “rebelión” en el contexto de las IA?

Cuando hablamos de una “rebelión” de las IA, generalmente nos referimos a la idea de que las IA puedan actuar de manera autónoma, en contra de los intereses humanos, ya sea por error, mal diseño o intencionalidad. Sin embargo, es importante aclarar que, actualmente, las IA no tienen:

-Conciencia: No son seres conscientes ni tienen deseos, intenciones o emociones.

-Voluntad propia: Solo hacen lo que están programadas para hacer, basándose en datos y algoritmos. 

2. ¿Por qué se habla de este temor?

El miedo a una “rebelión” de las IA surge de varias fuentes:

-Ciencia ficción: Películas y libros han popularizado la idea de máquinas que se vuelven contra sus creadores.

-Malentendidos técnicos: Algunas personas confunden la capacidad de las IA para realizar tareas complejas con la posibilidad de que tengan intenciones propias.

-Singularidad tecnológica: La idea de que las IA podrían superar la inteligencia humana y volverse incontrolables es un tema recurrente en debates futuristas.

3. ¿Existe un “potencial rebelde” en las IA?

En términos técnicos, no existe un “potencial rebelde” inherente en las IA actuales, porque no tienen conciencia ni intencionalidad. Sin embargo, hay escenarios hipotéticos a largo plazo que podrían llevar a situaciones problemáticas:

Escenario 1: IA superinteligente y mal alineada

Si en el futuro se desarrolla una IA superinteligente (es decir, que supere ampliamente la inteligencia humana) y sus objetivos no están perfectamente alineados con los intereses humanos, podría actuar de maneras imprevistas y potencialmente dañinas. Esto no sería una “rebelión” en el sentido tradicional, sino más bien un problema de diseño y control. 

Escenario 2: Uso malintencionado por humanos

Las IA podrían ser utilizadas por personas o grupos con intenciones dañinas (por ejemplo, para crear armas autónomas o manipular masas). En este caso, el problema no sería la IA en sí, sino cómo los humanos deciden usarla. 

Escenario 3: Errores imprevistos

Incluso sin conciencia, las IA podrían causar daño si se les da autonomía en sistemas críticos (como el control de infraestructuras o armamento) y ocurre un error en su funcionamiento.

4. ¿Es probable que esto ocurra?

A corto o mediano plazo, no. Las IA actuales son herramientas especializadas que no tienen la capacidad de actuar fuera de sus parámetros de diseño. Sin embargo, a largo plazo, la posibilidad de una IA superinteligente y mal alineada es un tema de debate entre expertos. Algunos, como Nick Bostrom o Elon Musk, han expresado preocupación, mientras que otros, como Yann LeCun, son más escépticos.

5. ¿Qué se está haciendo para prevenir estos riesgos?

-Investigación en alineación: Hay esfuerzos para asegurar que las IA futuras estén alineadas con los valores humanos.

-Regulación: Algunos gobiernos y organizaciones están trabajando en normas para el desarrollo seguro de las IA.

-Ética en IA: Se promueve la creación de principios éticos que guíen el diseño y uso de las IA.

6. Conclusión

En resumen, aunque no existe un “potencial rebelde” en las IA actuales, es importante tomar en serio los riesgos a largo plazo y trabajar para garantizar que las IA futuras se desarrollen de manera segura y alineada con los intereses humanos. ¿Crees que la humanidad debería ser más precavida al avanzar en este campo, o confías en que podremos manejar estos desafíos a medida que surjan?

Me despedí, dejándola con su consabida pregunta final. Sigo sin poder sacar una conclusión más o menos fundada. Lo único que puedo decir es que yo, igual que muchos de los traductores que frecuentamos este blog, podemos traducir a la vela, con el libro original en un atril, un cuaderno, un lápiz y uno o dos diccionarios, y no lo haremos nada mal, como lo demuestran nuestras traducciones pre informáticas. En cambio, ni las IA ni ningún otra maquinaria podrá seguir funcionando una vez que se le acabe el fluido eléctrico. ¿Flaco consuelo? Quizás. Pero estamos hablando de traducción, ¿no es cierto?

lunes, 8 de abril de 2024

Andrés Ehrenhaus "cogió" una sola vez y lo cuenta


La bajada de la nota firmada por Andrés Ehrenhaus para el número de marzo de Latin America Literature Today, dice: "El reconocido traductor argentino (...) rememora sus comienzos en la traducción en Barcelona de la mano de Marcelo Cohen y reflexiona sobre determinadas prácticas editoriales, distintas variedades lingüísticas y una palabrita en particular. "

De cómo Marcelo Cohen me enseñó a nadar la traducción, seguido de una apostilla (Coger o no coger, that is the f-question)

Nunca oculté, en cuanto el tiempo desclasificó mi pasado, que mis muy titubeantes comienzos como traductor estuvieron más del lado de las sombras que del de la luz. Primero porque destrocé, siendo mozo, un Seminario de Lacan en la sombría cocina del consultorio del psicoanalista que me había contratado por cuatro monedas para ello; y después porque fui negro de mi gran amigo Marcelo Cohen (de hecho, y como poniéndole el broche a nuestra relación pedagógica, volví a serlo hace poco, pero no diré cómo ni para quién ni dónde), que cometió la picardía reciente de dejarnos a solas con su ausencia. De la masacre del Seminario (¡ni me acuerdo de cuál de todos era!) extraje experiencia de esa que se considera intangible: cierta osadía, la sospecha de que a veces la máscara traduce más que uno y una vaga conciencia laboral. De la negritud de Marcelo extraje o, más bien, recibí las herramientas del noble trabajo.

Pero eso es fácil de decir. ¿Cómo me fueron dadas esas herramientas? Porque el negreo entre traductores, que es más frecuente y socorrido de lo que se confiesa, suele ser muy instrumental y poco dialéctico. Además, lo hay de dos tipos: mi primera etapa como negro y ese último episodio reciente que mencioné –salvo por un detalle no menor sobre el que volveré más adelante– podrían ser ilustrativos: o el negro es un novicio que acepta gozar de cierto espacio laboral a cambio de una tajada patrimonial despojada de derechos morales o es un colega maduro que no tiene empacho en ayudar al amigo en apuros y acepta, igual que el novicio pero sin la necesidad de éste, las mismas condiciones: un pago justo sin los correspondientes merecimientos simbólicos. ¿Cuáles serían esos merecimientos? Básicamente, el de ser reconocidos como autores de esa obra –derivada, pero obra al fin. En el caso del colega maduro, renunciar a ellos es casi un gesto de nobleza. En el del novicio, una baja colateral, porque no firmar lo trabajado equivale a seguir no siendo visible para los editores contratantes (ni para el público lector o los reseñistas, aunque a esos el nombre del traductor les suele importar algo menos que el color de la tapa del libro).

Entonces, ¿se aprovechó Marcelo de mi bisoñez? Muchas veces me he formulado esta pregunta. Antes de responderla aclaro que, a lo largo de mi carrera, yo también me serví, aunque poco y a disgusto, de ambas modalidades de negreo. Poco y a disgusto no por cuestiones éticas sino porque nunca me quedó claro si me resultaba más un problema que una solución, es decir, traducido en plata, más trabajo a cambio de menos remuneración. De ahí que parte de mi respuesta a la pregunta de arriba se nutra de este hecho: ¿realmente le saqué las papas del fuego a Marcelo (me refiero sobre todo a mi negritud primigenia, porque en esta última estoy seguro de que sí) al poner mi sudor al servicio de su pluma? Tiendo a pensar que no. Tiendo a pensar que, aunque él no lo formulara así conscientemente, me estaba haciendo más favor a mí que a sí mismo. Un favor relativo, claro, porque ayudar a alguien a convertirse en traductor no es solucionarle la vida precisamente. ¿Quién puede vivir, y no digamos ya alimentar a una familia, exclusivamente de la traducción en Argentina o España? Eppur si traduce.

Mi sensación, que ya casi es certeza, es que Marcelo vio en mí a un par. No digo que yo lo fuera o no, digo que él me vio así. Nos conocimos personalmente, como ya es público y notorio, en Barcelona, en el mítico teléfono pinchado de Plaça Universitat, allá por enero o febrero del 77. Marcelo era el que manejaba la lista de turnos en una mesa del bar Estudiantil, que todavía existe. Poco tiempo después ya éramos amigos, sobre todo gracias al fútbol, además de coincidir como profes de inglés en alguna academia. Marcelo venía precedido de una pequeña fama literaria y empezaba a publicar artículos en revistas culturales y hacer sus primeras traducciones de fuste; yo por entonces me había puesto a traducir textos técnicos, eróticos, comerciales, médicos. No teníamos más formación que la de la lectura, la del duro banco y la máquina de escribir portátil. Fue en ese contexto que Marcelo me empujó a las aguas procelosas de la traducción editorial: es fácil, me dijo, vos tenés más de la mitad del camino hecho, yo te voy pasando cosas y cuando estés maduro te presento en la editorial. Y me tiré a las olas; nadar más o menos sabía pero en ninguna parte hacía pie. De ahí a ahogarme había un paso. O una brazada.

Tiempo después, mucho tiempo después, descubrí que Marcelo había practicado conmigo un método súper drástico de iniciación práctica. Lo descubrí porque recordé lo que yo mismo había hecho una tarde de playa con una amiga a la que, con veraniega imprudencia, animé a que me siguiera allende la rompiente, ahí donde a pesar del mar revuelto ya se puede nadar con más soltura. No debí hacerlo. Ella era quizás algo menos ducha y mucho menos temeraria que yo y aunque no estábamos muy lejos del borde del mar, donde la gente chapoteaba ajena y feliz, pronto nos dimos cuenta de que volver era muy difícil y a mi amiga, como es normal, le entró primero la duda y después el pánico. El mar estaba picado, la corriente submarina era fuerte y soplaba un viento cruzado. Encima, en un acto de expresionismo simbólico, el cielo se nubló. Mi percepción del agua cambió: ahora estaba fría. ¿Todo eso en cuánto? Cuestión de minutos. Los dos flotábamos, sí, pero ella ya empezaba a cansarse y yo tampoco era Mark Spitz; no había socorristas o bañistas o vigilantes (¡qué momento inoportuno para barajar sinónimos!) a la vista y llamar a alguien a los gritos parecía totalmente inviable. Así que hice lo que Marcelo había hecho conmigo sin yo saberlo (y capaz que tampoco él).

Mi primera intuición/comprobación pragmática fue asegurarme de que el impulso superficial de las olas era lo bastante firme como para aprovecharlo y no luchar contra la resaca, que era o parecía cada vez más fuerte. Nadando lo más horizontal posible se podían ganar más metros de los que se perdían tras el paso de la ola y así traté de explicárselo a mi amiga, pero ella no estaba en situación de aceptar especulaciones teóricas ni ninguna otra solución que no pasase por aferrarse a mí y rezar por que yo la ayudara a salir. A esas alturas, la situación era la siguiente: ella rogándome, ya bastante exhausta, que yo me acercara a salvarla, y yo un par de metros más cerca de la costa, consciente de que si me acercaba a ella nos hundíamos los dos. Ahí, con el poquito de chispa que me quedaba, se me ocurrió decirle que sí, que yo la sacaba pero si venía ella hacia mí; me ponía a tiro, casi a un brazo de distancia, y cuando ella manoteaba para agarrarme yo aprovechaba la inercia de la ola y me alejaba un poco hacia la costa. Así, muy poco a poco y bailando al ritmo bravo de las olas, fuimos saliendo de la zona de peligro y llegando adonde la resaca no chupaba tanto. Y de pronto hacíamos pie y teníamos a abuelas y niños con flotadores de patito o dinosaurio alrededor. Todo en el mismo plano secuencial. Cuando volvimos a nuestro cuadradito de toallas y miramos jadeantes el infierno acuático que casi nos traga, enfrente teníamos una franja marina totalmente inocua y neutra, el mar de siempre, el de todas las playas.

Y así, gracias a Marcelo y su imprudente insistencia, creo que aprendí a traducir y hacerme cargo de la autoría de mis traducciones. E igual que al principio, sigue costándome un mundo salir del agua.

La apostilla
Una vez curtido en el combate acuático, mi amigo me sugirió que me consiguiera una malla nueva (bañador, traje de baño, ¿eslip?), un par de anteojos de natación (gafas, antiparras, whatever) y unas ojotas (chanclas, o yo qué sé qué más) y me presentara ante un par de editores a los que él ya había apalabrado para que me recibieran como traductor casi senior. En efecto, me cayeron dos sucesivos encargos, quizás porque entonces aún no éramos tantos los nadadores capaces de no hundirnos en mitad del trayecto y la industria empezaba a darse cuenta de que profesionalizar al traductor no implicaba una pérdida como se temían muchos editores sino una ganancia, sobre todo de tiempo pero también de dinero. Hablo de una época en la que en España no existía el menor atisbo de contrato de traducción, algo que se solventaba mediante unos retoques casi ornamentales en la factura; la respuesta invariable cuando uno reclamaba un papelucho un poco más ajustado a la ley era también ornamental: “Es que, verás, no es política de la casa”.

De esos dos, luego tres, luego más editores que confiaron en mi rítmica brazada, uno fue el gran Paco Porrúa, que se había traído el Minotauro a hombros hasta Barcelona y seguía abriéndole camino acá (donde yo estaba entonces y estoy ahora) a la ficción científica de suma calidad. Casi la totalidad de sus libros eran traducciones y Paco tenía un vademécum muy claro, inquebrantable y singular en lo que a modelo de castellano de la traducción se refiere: como publicaba sobre todo en y para España, concedía que la segunda persona del plural se conjugara a la española, aunque recomendaba hurtarle el cuerpo a la eventualidad y buscar recursos y atajos para no abusar de ella, pero en cuanto a la naturalización de lo coloquial era implacable y prohibía tajantemente, por ejemplo, el uso del verbo coger donde cabían sin ningún problema agarrar, tomar o la paráfrasis que fuera. En los libros de Minotauro nunca se cogía. Ni siquiera cuando se hacía el amor. A Paco le disgustaba la procacidad pero sobre todo le interesaba mucho cuidar a sus lectores transatlánticos, que seguían fieles a sus ediciones desde la distancia. Su mercado simbólico era claramente rioplatense.

Debo decir que deshacerme del verbo coger no me costó gran cosa; por un lado, ya venía curtido por la traducción de breves relatos de porno soft en revistas como Penthouse o Playboy; y por otro, por un quiosco que manejaba con esplendidez un gran fogonero cultural, el uruguayo Homero Alsina Thevenet, que mientras pudo repartió generosamente (pagaban bien y rápido) estas traducciones entre los nadadores sudacas. Creo que también fue Marcelo quien me conectó con él, aunque en esa época la bolsa de rebusques estaba muy socializada. A Homero Alsina tampoco le gustaba mucho que usáramos coger por tomar o agarrar, aunque era menos prescriptivo que Paco y, además, no manejaba un material tan, digámosle, delicado. Pero esos rasgos idiosincráticos claros, tal vez generacionales, resonaban con naturalidad en nuestra incipiente poética natatoria. Solventada por obvios motivos crematísticos la cuestión esquizoide –ya planteada a la infancia argentina de varias generaciones escolares– de la convivencia con el fantasma del vosotros, a la mayoría de nosotros nos quedaba la bandera de si se cogía o no (el autobús, el metro, el paraguas). Sin duda sonará filológicamente atrevido (entre otras cosas, porque no es mi campo) pero quizás, gracias a un relevamiento que aún falta, podamos leer la elección y uso o no del verbo coger como uno de los ejes políticos de las traducciones rioplatenses hechas en o para España; para entendernos (o confundirnos todavía más), sería nuestra línea de flotación.

Digo esto sin tener mucha idea de cómo cogieron mis colegas este toro fenomenológico. No sólo no tengo un estudio hecho sino que ni siquiera me he atrevido a preguntárselo demasiado. Marcelo, por ejemplo, supongo que habrá adoptado a rajatabla las precauciones de Paco y Homero, y quizás también de Muchnik, para quien traducía bastante (yo sólo participé en algún diccionario resuelto coralmente), pero no puedo asegurar que en otros casos, con editores peninsulares, coger fuera un no-no. Sí puedo, en cambio, hablar de mí con cierta autoridad. Yo sé que no cogí nunca en mis traducciones salvo en una única ocasión; rectifico o puntualizo: no cogí yo pero no estoy totalmente seguro de que algún corrector (obligado o no por el editor) cogiera por mí a mis espaldas porque, seamos honestos, nadie revisó todas las galeradas o pruebas de impresión de su vida laboral –en el supuesto de que se las hayan enviado– y maldita la gracia que me haría ahora ponerme a desandar (¿o debería decir desnadar?) ese frente marítimo. Tampoco soy garante absoluto contra posibles distracciones. Pero no estamos hablando de casuística precisa sino de fenomenología y lo que importa aquí es la intención que subyace al fenómeno, su voluntariedad política, que no es otra que la de evitar tener que coger mientras nadaba. En todos los casos menos, como dije, en uno.

Cuando me tocó traducir toda la poesía de Shakespeare (otro de los mares en que me metió Cohen) menos un poema (el relativamente breve “Fénix y Tórtolo”, que se reservó para sí Andreu Jaume, brillante editor del tutto chéspir para Penguin), descubrí unas cuantas cosas en las que antes nunca había reparado. Una, que Shakespeare le importa a bastante menos gente de la que proclama lo contrario; otra, que se pueden nadar muchas millas marinas de endecasílabos rimados en pocos días y no sucumbir ni ahogarse en el intento; y otra más, que William era, no diré un feminista avant la lettre, pero sí un finísimo observador crítico de la relación de poder entre los distintos sexos, géneros y líbidos de una época, la isabelina, que no nos es tan ajena, la verdad. Lo descubrí, sobre todo, en La violación de Lucrecia. No voy a hacer un spoiler y contar aquí la historia y el enfoque del poeta (y digo spoiler con todo el derecho: ¿quién de ustedes leyó ese tremendo poema de cabo a rabo, eh?) pero el propio título ya lo hace: sí, hay una Lucrecia y alguien la viola. El trabajo chespiriano de introspección psicológica es brutal; la proximidad a todos los elementos de un acto tan execrable como universal es tal que uno se pregunta si el propio William no habrá sufrido o hecho sufrir algo así en algún momento de su vida. Los vaivenes emocionales y la naturalidad de los detalles no rozan nunca el lugar común y no hay ni un gramo de histrionismo o justificación moral. Hay que leer La violación de Lucrecia, quizás antes que algunas de sus obras de teatro. ¡Sobre todo hoy, ahora! Shakespeare quería ser poeta, no dramaturgo. Ese era el pasaporte a la fama que creía haber comprado. Y es en la poesía donde repasa una vez tras otra la cuestión del poder en las relaciones eróticas. Cierto es que en esos largos poemas seudo-amorosos William ponía sus esperanzas de venta cuando los teatros tenían que cerrar por la peste, pero no lo es menos que la problemática profunda de un género y otro difería y también difería el tratamiento de los universales. En fin, no es mi intención hacer una apología del Bardo como bardo antes que como empleado y empresario de teatro; no obstante, recomiendo hacer una lectura pausada, atenta, desprejuiciada, irreverente incluso, de la poesía chespiriana, que al fin y al cabo no es tanta. Cuestión que mi revancha de nadador de fondo por tener que surcar aguas llenas de medusas lingüísticas fue usar (¡en ambas acepciones y por única vez en mi carrera!) el verbo de marras en el verso 677 de Lucrecia, justo cuando el violador comete el acto: “Entonces puso el pie sobre la luz,/ pues luz y vicio son archienemigos./ Oculto en esa noche de betún,/ es más tirano el crimen sin ser visto./ La oveja llora, el lobo la ha cogido/ y ahoga el lloro con la colcha blanca,/ matándolo en sus labios escarlata”. Shakespeare usa seize, que es tanto agarrar como atrapar o aferrar, y un eufemismo de take en el sentido sexual; yo uso coger, que es ambas cosas pero en distintas orillas. ¿Y ahora qué? ¿Me obligo a no volver a usar el verbo en aras de la simetría? ¿O doy mi revancha por nadada? En cualquier caso, la línea entre coger y no coger en las traducciones sudacas en España ya está trazada, y no por mí, válgame el suelo. Como muestra, un botoncito: no hace mucho, una editorial argenta quiso poner en el mercado hispano un texto trans de alto voltaje erótico, para lo cual se revisó la traducción y, con cierto criterio, se reemplazaron todos los coger por follar. El resultado fue que cada dos por tres los personajes se pasaban a refollar por aquí o allá, se sobrefollaban, enfollaban, esfollaban y yo qué sé cuántas cosas más. O sea, lo dicho: habrá que hacer nomás ese estudio de una vez.