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domingo, 19 de julio de 2026

"No vale lo mismo decir 'boludo' que 'pelotudo'. Si le decís 'pelotudo' a un amigo ya te va a mirar de otra manera"

Oscar Conde es poeta, ensayista, filólogo y educador nacido hasce 65 años en la Ciudad de Buenos Aires. Como docente, enseña Literatura y culturas populares en la Universidad Pedagógica Nacional y Lunfardo en la Universidad Nacional de las Artes, y también en el doctorado en Filosofía en la Universidad Nacional de Lanús. La siguiente entrevista, realizada por Maxi Kronenberg, fue publicada por el diario Clarín, de Buenos Aires, el pasado 13 de julio.

¿Por qué decimos “che”, “boludo” o “buenardo”? Oscar Conde revela la historia del lenguaje argentino

“A las palabras se las lleva el viento”, según la creencia popular. Pero, ¿realmente sabemos lo que decimos cuando hablamos “en argentino, en criollo, o en lunfardo”? ¿De dónde nacen las palabras, nuestro lenguaje, nuestro ADN argento, una marca registrada en cualquier parte del mundo? Esas palabras, junto a una innumerable variedad de significados, vocablos y expresiones –algunas ya en desuso– podrán encontrarse en Lenguaje argento (Taurus), el flamante libro de Oscar Conde: docente universitario, ensayista y escritor, miembro de la Academia Argentina de Letras y la Academia Porteña del Lunfardo, entre múltiples facetas.

Su obra recorre la historia del español en la Argentina, desde las hablas del siglo XIX, el impacto que generó la llegada de inmigrantes al país desde 1870 hasta 1930 –principalmente por la llegada de inmigrantes italianos y españoles, también por influencias europeas, americanas, africanas y gauchescas–, en el que analiza los orígenes del lunfardo y también las más recientes creaciones del siglo XXI como “ATR”, “buenardo”, “fantasma” o “fingir demencia”, entre otras palabras surgidas entre los jóvenes.

En diálogo con Clarín, Conde cuenta los pormenores de este libro que dará que hablar –y mucho– en la vida y cotidianidad de los argentinos.

–¿Cómo define Lenguaje argento, su nueva obra?
–Es un libro para un lector culto interesado por conocer las raíces de la variedad de español que hablamos en Argentina. Trato de que sea un libro de divulgación, no es para lingüistas ni especialistas, sino que está destinado para que el lector común le interese la argentinidad y la relación que tiene el lenguaje con la identidad argentina. Intenté presentarlo en tres partes o capítulos para mostrar cómo se hablaba en el siglo XIX antes de la llegada de la inmigración. La primera parte se llama “Las palabras que estaban”. Luego viene “Las palabras que nos trajeron”: qué sucede cuando viene la inmigración y, finalmente, “Las palabras que inventamos”: aquellas que fueron creadas desde que terminó la inmigración hasta estos días.

–¿Qué es el lunfardo?
–Técnicamente, el lunfardo es el argot de la Argentina. ¿Qué quiere decir el argot? Es un vocabulario de registro popular que manejamos todos los argentinos. Su uso no es exclusivo de las personas provenientes de las clases populares, lo usamos y conocemos todos porque, incluso, quien no lo usa, también lo comprende. Es algo que nos compete a todos. También revela un poco, por la manera en que se fue formando el lunfardo a partir de 1870, las capas lingüísticas: los sustratos aborigen y africano que había en ese momento, naturalmente el sustrato español con la lengua de la colonia y luego el lenguaje rural, el gauchesco hasta que, de pronto llega, la inmigración. Su llegada generó el crecimiento brutal de este lenguaje, de este vocabulario.

–¿Cuándo comenzó a ser popular el lunfardo?
–A comienzos del siglo XX ya había una gran variedad de publicaciones, entre ellas, diarios, revistas, folletos que se vendían en los kioscos con poemas, cuentos y relatos que incluían palabras en lunfardo. El diario Crítica hizo del lunfardo una bandera en los primeros cinco años de existencia. Se fundó en 1913, era un diario vespertino y bien popular para el laburante que salía del laburo: compraban el diario, se subían al tranvía y viajaba leyendo durante una hora desde Flores hasta Núñez. La sección de policiales del diario Crítica contenía material del lunfardo. Además, la revista Caras y Caretas tenía columnas de los escritores Fray Mocho, Félix Lima y de otros autores que también usaban el lunfardo. Fue el primer grado trascendental en términos de popularidad. El segundo término se manifestó en las obras de teatro, por el sainete y por el teatro por horas, son obras cortas que por lo general llevaban una matriz o contenido cómico. En esos guiones, el lunfardo estaba a full. También se usaba el cocoliche, que es el habla de transición de los italianos. Luego llegó el tango: con la explosión del tango como canción antes de la época Contursi y Gardel, pero con la explosión de El Zorzal Criollo grabando tangos comenzó una era de 20 años de lunfardo a pleno respecto a las letras del tango. Todo eso confluye para popularizar el lunfardo, ya que la gente lo usaba con vergüenza en los conventillos, dentro de su barra o grupo de amigos o también en ámbitos familiares o cerrados.

–¿Cuándo comenzó el voceo?
–En mi libro están los países donde hablan de “vos”. Hay regiones donde hay fluctuación. En Argentina, prácticamente el cien por ciento de los hablantes hablamos de “vos”. En Uruguay también hay fluctuación: algunos dicen “vos tienes” en lugar de decir “tú tienes”. También dicen “Tú tenés”. Pero, en realidad, el voceo es muy anterior a todo esto: ya existía en el sur de España cuando los españoles llegaron a América. Luego, los conquistadores lo trajeron a América. Se dice que hubo muchos extremeños y andaluces que vinieron al sur de Sudamérica y que habrían traído estas formas del voceo. El voceo en España terminó por desaparecer. Cuando se usaba indicaba algunas diferencias: está el tuteo, el voceo y el ustedeo. Para nosotros, está la creencia de que el voceo es más de confianza y el ustedeo sería lo contrario. En Medellin es al revés: “vos” es de respeto y “usted” se le dice a la mujer o al hijo, es de total confianza. El voceo es muy antiguo, intentaron luchar denodadamente contra esta forma de expresión. El gramático Juan José Moner Sans no era español sino catalán, su lengua era el catalán y no el castellano pero quería imponer a toda costa el español en América. Lo mismo quería hacer Américo Castro: en 1941 escribió el libro “La peculiaridad lingüística rioplatense” y destruyó el modo en que hablan los argentinos diciendo “Qué mal que hablan. Qué horror”. Entonces, Borges le hizo una reseña de dos páginas de su libro y lo destruye. De todos modos, el voceo es algo se venía discutiendo: desde la aristocracia españolizante o hispanófila intentaban erradicarlo al considerarlo una señal de incultura.

–¿Por qué afirma que el lunfardo nos define como argentinos?
–Lo que yo noto es que, a partir del título del libro Lenguaje argento, cuyo título utilizo con total intención la palabra “argento” que es una palabra lunfarda, me parece que en ese modo lúdico, juguetón y pícaro de hablar se condensa mucho de lo que somos y cómo pensamos la vida, de qué manera entendemos que funciona el mundo y sentimos y pensamos qué es la vida. No quiero obligar a nadie, pero cada uno habla como habla. Estuve dando seminarios de maestría en la universidad y el trabajo final consistía en que cada estudiante tenía que entrevistar a 20 personas y preguntarles ciertas cosas. Había que mostrarles una lista de 20 palabras y preguntarles si usaban esa palabra, sabían lo que quiere decir. Algunas palabras las conoce todo el mundo pero otras solamente la sabían los jóvenes o los mayores, según la edad. La gracia del asunto era preguntarles al final: “¿Usted, utiliza el lunfardo”? ¿Conoce palabras lunfardas? “No las uso”, me decían, pero todas las palabras que les pregunté antes son palabras lunfardas. “Ah, no sabía”, respondían.

–Las palabras “che” o “boludo”, juntas o separadas, son términos muy argentino ¿Eso no nos define como argentinos en el mundo?
–A mí no me da alegría que nos reconocieran de esa manera, pero debo admitir que es así. No me alegra que nos reconozcan por la palabra “boludo”. Lo de “che” no es por el Che Guevara, sino porque usábamos antes la palabra “che”, una interjección del sur de España que trajeron los colonizadores. Decían que en mapuche quiere decir “gente” pero es todo mentira, es una interjección para llamar la atención a otro.

–¿Por qué dice en su libro que los argentinos somos todos boludos?
–Es llamativo que todos aceptemos pasivamente. Nuestros mejores amigos nos llaman “boludos”, también nuestras mujeres, maridos, y ese significado lo aguantamos tranquilos. Parece natural pero no podemos olvidarnos lo que quiere decir. En las redes aparecen inventos chinos: decían que la palabra “boludo” tenía que ver con unos soldados que tiraban bolas. Es la idea muy acendrada en Europa, especialmente en Italia. Hay dos ideas relacionadas con los testículos: una es que pueden inflarse y cuando se te inflan ya estás hinchado las pelotas, te enojás. La otra idea es que tipos de testículos grandes, pesados, es una fantasía, nadie lo comprobó nunca, pero el imaginario popular lo asocia a una persona lenta “¿Che, me traés una taza?”. Si, bueno, ahí, voy… y camino lento, despacito. ¿Pero, qué te pasa, te pesan los huevos?” Por eso el término “bolas tristes”, que son bolas caídas, es un insulto. De ahí viene el “boludo” y también el “pelotudo”, que es mucho más fuerte: tiene una potencia, como la hizo notar el gran Fontanarrosa, al punto que no vale lo mismo decir “boludo” que “pelotudo”. Si le decís “pelotudo” a un amigo ya te va a mirar de otra manera.

–¿Por qué hay frases o palabras que se van reinventando o reciclando a través del tiempo mientras otras quedan en desuso?
–Es un misterio, nadie lo sabe. De eso habla el poeta latino Horacio en su libro “Arte poética” cuando se refiera al lenguaje, dice: “las palabras que hoy todos conocemos caerán”. Habla de cómo hay palabras que dejan de usarse y aparecen otras nuevas en su lugar. Pudo percibirlo como poeta, pero normalmente la gente no lo percibe hasta llegar a ser adultos mayores. Por ejemplo, macanudo es una palabra argentina de 1900, pero hoy no se usa de ninguna manera. Mi hija tiene 21 años se me ríe en la cara si me escucha decir “macanudo”.

–¿Cómo nos ven afuera?
–Creo que seduce, tiene algo especial, y no es porque existan argots en todas las lenguas. En las grandes ciudades y capitales del mundo siempre hay argots, es una creación urbana. En Italia hay un argot de Génova, otro de Napoles, también de Sicilia.

–Hay palabras que, con el correr del tiempo, se fueron deformando su significado. Sin embargo, las empleamos diariamente sin saber bien de qué se tratan.
–Ahí está la gracia de la etimología, algo que me fascina. Por eso, termino dedicándome a esto: me fascina saber de dónde vienen las palabras ¿De qué raíz viene? ¿Qué quiere decir esa raíz? Esto comenzó cuando me dedicaba a enseñar griego y latín. Con el tiempo, descubrí que conocer a fondo el significado de las palabras es una manera de enseñar nuestra historia, que nuestra lengua está viva, cambia, se mezcla y se reinventa, y así construir nuestra argentinidad a través del habla.

martes, 27 de agosto de 2019

En realidad, todo esto me sagrapa el calimestrol


El pasado 3 de agosto, en el diario La Nación, de Buenos Aires, Josefina Vaquero publicó la siguiente nota, donde se da cuenta de los dichos de Cristina Kirchner durante diversos actos de campaña previos a las PASO. Por distintas razones, en cada uno de ellos desenterró de la noche de los tiempos expresiones propias de su generación que, por su uso claramente popular, llamaron la atención de la prensa bisoña.
Pindonga, Cuchuflito y Cadorna.
Cuando la lengua informal 
se mete en la campaña

El tema está desde hace algunos días en boca de todos. La semana pasada, durante la presentación en Mar del Plata de su libro, Sinceramente, la expresidenta Cristina Kirchner utilizó las palabras “pindonga” y “cuchuflito” para referirse a las segundas marcas que aparecen en los supermercados y, según presumió, en las casas particulares, a raíz de la crisis de consumo: “Durante nuestra gestión, los supermercados rebosaban de mercaderías de primera marca –señaló–. Ahora aparecen y proliferan marcas que nadie conoce: La Pindonga, El Cuchuflito. Hasta te venden productos que dicen, en lugar de leche, producto lácteo que contiene leche”.

Hay que decir que no fue del todo original. Diez años atrás, unos meses antes de asumir el poder, el expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica, durante un acto de campaña, dijo: “No den pelota a los que dicen: 'Qué horrible que está el mundo' y que estamos poco menos que postrados. ¡Pindonga!”.
Casi nada es casual en los discursos políticos. Buscar informalidad y empatía con una audiencia muy amplia, con palabras que en el curso del tiempo cobran sentidos cambiantes, tiene también su precio
Para el escritor y crítico literario Martín Kohan, “no es nada sorpresivo ni inusual el uso de estas palabras. Hay toda una tradición de campechanía en el discurso político, a veces con giros populares o, como en este caso, un juego con palabras anacrónicas, muy de otra época. Podemos considerar si acierta o no el gesto y el tono. Un ejemplo de torpeza sería el de Sergio Massa tragándose las eses a propósito; no terminó de constituirse y ya estaba siendo parodiado”.
Lo que es seguro es que toda ocasión puede transformarse en una buena excusa para echar mano de aquellos viejos y olvidados amigos, los diccionarios. El Inventario general de insultos, del español Pancracio Celdrán, define “pindonga” junto a “pingo” y “pingajo”. De uso figurado, viene del verbo latino de segunda conjugación pendeo, pendespendere: colgar, estar colgado del aire, estar pendiente. También: depender de–, pender. Estar indeciso, dudoso, vacilar, ser incierto. De ahí “mujer callejera”, de vida “alocada”, algo que, claro, se consideraba propio de hombres y no de mujeres. Celdrán ejemplifica con un fragmento de Leandro Fernández de Moratín, en su traducción de La escuela de los maridos, de Molière: “Pero ¿cuál es más admirable, el descaro de la pindonga o la frescura de este insensato?”. Y la escritora gallega Emilia Pardo Bazán escribe en su novela Insolación: “¿Hase visto hato de pindongas...? ¡No dejarán comer en paz a las personas decentes...!”. Se usa también para expresar negativa absoluta, como decir “¡Ni medio!” –este sería el uso de Mujica–, y de ahí viene también “pindonguear”: deambular ocioso, callejear sin rumbo ni propósito.

Oscar Conde, autor del Diccionario etimológico del lunfardo, define su uso porteño: “'Pindonga' en la década del 60 designaba al pene y era bastante grosera. Pero luego se suavizó y existe en la expresión '¡la pindonga!', que expresa admiración o asombro. La unión con el sustantivo marca es bastante habitual, en alusión a un producto de mala calidad. Como también usamos así otros lunfardismos que designan al pene: 'verga', 'garcha' o 'garompa'“.

El Diccionario de la lengua de la Argentina de la Academia Argentina de Letras define a “cuchuflito” como “objeto o parte de un objeto de pequeño tamaño, cuyo nombre se desconoce”, y ejemplifica: “Se me rompió el cuchuflito donde va la manguera del retorno en el radiador”. El “cuchuflito” es lo que todos buscamos en la ferretería. Fue también el nombre de un personaje interpretado por el actor Juan Díaz, un muñeco en el Telecómicos del humorista Aldo Cammarotta a comienzos de la década del 60. “A partir de allí entró al lunfardo como sustantivo para designar a una persona de aspecto débil, muy flaca, y con el tiempo comenzó a aplicarse a personas o cosas insignificantes”, agrega Conde. El uso de ambas ha ido cambiando a lo largo de los años y su semántica se ha suavizado. En su origen resuenan los órganos sexuales: “'Cuchuflito' se parece mucho a 'cachufla', 'cachufleta', 'cuchufla' y 'cuchufleta', modos de llamar al órgano genital femenino. El sentido de 'pindonga' nace del cruce entre la voz española 'pindonga' (prostituta) y el lunfardo 'poronga'“, explica.

La causa de la elección que CFK hizo de dos términos anacrónicos puede ser muy simple: una cuestión generacional. Leonor Acuña, especialista en Historia de la Lengua (UBA), señala que se trata de dos palabras que se cargan de significado dependiendo del contexto en que se utilicen. “Yo uso 'pindonga' y uso 'cuchuflito', y tengo la misma edad de Cristina”. Matías Soich, doctor en Lingüística y licenciado en Filosofía (UBA), señala que ambas palabras forman parte de un cronolecto, una variable lingüística asociada a cierta edad. Y agrega que si bien es claro que la presentación de Sinceramente constituye un acto político, se trata de una situación comunicativa en que se mezclan el registro formal y el informal. “Dijo también 'un cacho de pan' o 'estar para atriqui'. Las palabras tienen diferentes matices y con ellas se intenta mitigar o, en este caso, no mencionar una marca concreta. Se generaliza y se enfatiza la menor calidad de los productos de esas marcas, con el diminutivo o con el sufijo –onga, que puede tener un valor peyorativo o afectivo. Es parte de una estrategia discursiva”. Santiago Kalinowski, lingüista y lexicógrafo, destaca la sonoridad expresiva de los términos y su característica enfática y eufemística. “'Pindonga' es fuerte porque remite al pene, pero sería intercambiable con 'pirulo' y ya se entiende la idea de algo indeterminado”.

Algunos días después, durante un acto en Mendoza, la expresidenta sumó “Cadorna” a la lista, justamente porque su hijo Máximo Kirchner le dijo que ese término era más actual. Según el Diccionario de la lengua de la Argentina, “Cadorna” viene del general italiano Luigi Cadorna, “personaje con el que se alude a una persona indeterminada, por lo común con el propósito de realzar la imposibilidad de un hecho”. Para Conde, estos sustantivos están presentes en el habla de los argentinos aún hoy, pero en personas de mediana edad para arriba. “La variante que fracasa casi siempre es cuando los políticos pretenden actuar el discurso de los jóvenes”, suma Kohan, “cada vez que alguno dice 'como dicen los chicos ahora' usan a continuación una frase que hace veinte años que no se usa más. En el caso de Cristina, el gesto fue doble: un registro más informal, popular, pero también anacrónico. Me parece que eso fue buscado, no quiso decir algo actual y se le escaparon dos términos de 1950. El registro que a ella no le sale es el del humor, entonces si hubo un paso en falso es el del propósito de la comicidad, y no el de la improvisación. Cuando improvisa, es sólida, pero pisa en falso cuando quiere ser cómica: hay gente que tiene gracia y gente que no. Ella lo que tiene es una ironía inteligente, por lo tanto despectiva, que irrita”. Y aclara: “La ironía no es necesariamente del orden de la complejidad, pero pone en juego dos registros: interpela al interlocutor en un gesto de entendimiento, y él puede entrar en ese pacto o puede decir: '¿Y esta quién se cree que es?'”.

lunes, 28 de agosto de 2017

Un libro de José Luis Moure sobre el castellano de los argentinos

Oscar Conde es poeta, ensayista y profesor universitario. Ha escrito, entre otros, el Diccionario etimológico del lunfardo (2004) y Lunfardo (2001). En el siguiente artículo, publicado por la revista Ñ, el 7 de agosto pasado, se ocupa de Nuestra expresión, el último libro publicado por José Luis Moure, actual presidente de la Academia Argentina de Letras.
La lengua propio como ejercicio de identidad

Más allá de que los intentos de acercamiento de la Real Academia hacia sus correspondientes americanas hayan comenzado a mediados del siglo pasado, ha sido recién en el actual cuando se inició por fin un proceso para el desmantelamiento de la subvaloración del español de América. No hace demasiado –un par de décadas, a lo sumo– que se le reconoce al español un estatus policéntrico. En otras palabras, ya no es defendible la posición que hace del habla de Madrid (o de cualquier otra ciudad de la península) un modelo único y “puro” para más de 560 millones de hispanohablantes. El policentrismo enseña que no existe un solo paradigma de la lengua española, y que las variedades utilizadas en Lima, Medellín, La Paz o Buenos Aires son igual de prestigiosas que las de Toledo o Salamanca.

Los departamentos de español y romanística de diversas universidades europeas y estadounidenses han comenzado ya a trabajar con la lengua sobre la base de este concepto que, lejos de resultar disruptivo o incómodo, parece haberse consensuado dentro de los estudios lingüísticos para poner en su lugar las cosas. La posición clásica del monocentrismo, prevalente no solo durante la época colonial sino al menos hasta mediados del siglo XX, conserva sin embargo muchos adeptos en el espacio simbólico de la enseñanza de español para extranjeros –ámbito en el cual, además de una disputa entre políticas lingüísticas de signo opuesto, está en juego un jugosísimo negocio–. Es que los profesores de español, cuando son españoles, normalmente combaten la tesis policéntrica, ya porque acuerdan con las posiciones político-económicas del Instituto Cervantes, ya por orgullosa convicción patriótica.

Nuestra expresión (EUDEBA), del filólogo José Luis Moure, actual presidente de la Academia Argentina de Letras, se inscribe en una larga tradición de escritos en torno al español de la Argentina, iniciada casi a comienzos del siglo XIX –pocos años después de la Revolución de Mayo– y, más puntualmente, se suma a dos antologías recientes que, como esta, ofrecen testimonios acerca de las distintas posiciones sostenidas a través del tiempo en los debates político-lingüísticos referidos a la existencia o no de una lengua nacional. Tales antecedentes son Voces y ecos (2012), de Mara Glozman y Daniela Lauría, y La querella de la lengua en la Argentina (2013), de Fernando Alfón.

La discusión acerca de un español americano y, más adelante, de un español argentino tuvo como protagonistas, en primera instancia, a los intelectuales nucleados en el Salón Literario, entre otros, Marcos Sastre, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi, quien en la sesión inaugural del 18 de junio de 1837 reclamaba ya una lengua nacional capaz de reflejar la nueva realidad de la América libre. La defensa de la identidad lingüística por parte de este grupo propició dos acontecimientos destacables. Por un lado, en octubre de 1843, Domingo Faustino Sarmiento propuso en la Facultad de Filosofía y Humanidades de Santiago de Chile un audaz proyecto de reforma ortográfica. Por otro, en enero de 1876, el poeta Juan María Gutiérrez devolvió el diploma de académico correspondiente que le había enviado la Real Academia Española. Todos ellos, pues, fueron tempranos promotores del autoctonismo idiomático, basados en el principio de que uno de los atributos esenciales de una nación libre es la posesión de una lengua propia.

Este es, precisamente, el precepto que movió al francés Lucien Abeille a publicar en París, en coincidencia con el fin del siglo, su Idioma nacional de los argentinos en 1900. Con un convencimiento que roza el fanatismo, se propuso demostrar –infructuosamente– que el español de la Argentina comenzaba a diferenciarse del peninsular a partir de la incorporación de préstamos lingüísticos que provenían tanto del guaraní, el araucano y el quichua como del italiano, el francés y, en menor medida, el inglés y el alemán. Las voces críticas contra este autonomismo idiomático separatista son también nacionalistas, mayormente elitistas e hispanófilos, defensores de una argentinidad que presumían en peligro ante la inmigración italiana y las hablas populares como el lenguaje gauchesco y el lunfardo. Algunas de esas voces (las de Ernesto Quesada y Miguel Cané) se alzaron contra el francés, aun cuando la verdadera impugnación de su programa filológico estaría dada por alguien que estrictamente no participó de los debates: el rosarino Rudolf Grossmann, que desde un planteo similar al de Abeille llegó a conclusiones opuestas en El patrimonio lingüístico del Río de la Plata, editado en Alemania en 1926 y traducido al español recién en 2008.

La primera mitad del siglo XX estuvo plagada de gramáticos y filólogos empeñados en mostrar lo mal que se hablaba y se escribía en la Argentina. Curiosamente las respuestas más consistentes a Ricardo Monner Sans y a Américo Castro fueron dadas por escritores –y no por lingüistas–: Roberto Arlt y Jorge Luis Borges, respectivamente.

Con un título en el que resuena el de un libro publicado en 1926 por el dominicano Pedro Henríquez Ureña (Seis ensayos en busca de nuestra expresión), la obra de Moure nació con el objeto de ofrecer una guía histórica a docentes y estudiantes de español en la que aparecieran transcriptos –con el fin de ayudar al armado de clases– distintos pasajes de textos de los siglos XIX y XX que dan cuenta de los distintos y sucesivos posicionamientos respecto de nuestra identidad lingüística. Este corpus reunido por el autor incluye cartas, discursos, clases públicas, artículos periodísticos y fragmentos de obras mayores tanto de los defensores de una lengua autonómica como de las voces de políticos, escritores, intelectuales y lingüistas que se opusieron a dichos ideales. Vale decir que no pocos de estos textos son de difícil acceso. El material se completa con la inclusión de las respuestas a sendas encuestas realizadas por el diario Crítica (1927) y por la revista El Hogar (1952).

En una edición sólida, que incluye dos trabajos de panorama de Guillermo Guitarte y el propio Moure, Nuestra expresión ofrece un plus atinente a su propósito inicial de constituirse en material de apoyo para la enseñanza terciaria o universitaria: cada uno de los textos del corpus va acompañado por una guía de lectura con el fin de orientar al lector.

Es de lamentar que el lunfardo, que como léxico argótico hace décadas ha superado los límites de la región rioplatense para ser a estas alturas un argot nacional, apenas cuente en el libro con la voz de Last Reason (cuya argumentación en defensa de este vocabulario carece de todo rigor lingüístico) y muy poco más. Sin ser lo principal, es innegable que nuestras variedades de español ya casi no prescinden de él.

Actualmente seguimos muy lejos de hallar un estándar que pueda definirse indubitablemente como “español de la Argentina”. Si bien es cierto que la ciudad de Buenos Aires y la región metropolitana parecen seguir imponiendo al resto del país nuevos giros, modismos y voces, muchas características fonéticas, morfológicas y sintácticas propias de cada región felizmente sobreviven. Hay sí, y parece imposible impedirlo, una creciente unificación del léxico, debida fundamentalmente a la interacción de los medios y de las redes sociales. No obstante ello, es reconocible un español de Salta, uno de Mendoza, uno de Córdoba y otro de Posadas, entre otros. Ello no es grave per se: en Alemania el alemán se dice de muchas maneras. En suma, el español de la Argentina también es policéntrico.

jueves, 21 de mayo de 2015

La muerte del Pibe Oscar (célebre escrushiante)

El jueves 21 a las 19 horas, en la Academia Porteña del Lunfardo (Estados Unidos 1379), Unipe Editora Universitaria presenta la edición anotada por Oscar Conde de la primera novela lunfardesca: La muerte del Pibe Oscar (1926) de Luis C. Villamayor, perdida hasta hoy y completamente desconocida para estudiosos e investigadores de la literatura argentina. Están todos invitados.


Evento literario, lingüístico e historiográfico, esta edición de La muerte del Pibe Oscar pone en manos del lector las huellas del denso y agitado bajo fondo porteño del temprano siglo XX. Luis Contreras Villamayor, guardiacárcel y etnógrafo de las poblaciones que custodia, reconstruye la historia de uno de los más célebres «lunfardos» de su tiempo. Narra esa vida con familiaridad y sentido empático, explicando la deriva hacia el delito a partir de una brutal experiencia infantil en los pliegues más oscuros de las instituciones penales, esas que el autor conoce íntimamente. También hay mucho sobre los márgenes de la gran Babel que era la Buenos Aires de la época, allí donde lo ilegal o semilegal imprimía el ritmo inquieto de la vida cotidiana y donde las relaciones humanas exhibían inventiva, comicidad y nobleza.

La gran labor de Oscar Conde pone en valor esta obra extraordinaria mediante un aparato erudito que explicita su riqueza y la hace inteligible: un estudio contextual sobre la obra, el autor y la época, notas aclaratorias de términos lunfardos, un glosario y un valioso apéndice con escritos adicionales de Villamayor. Además de enriquecer la lectura, este marco confirma que tras la firma «Canero viejo» hay un observador –y un autor– que apuesta a la integración de las nuevas formas del habla de Buenos Aires en una narrativa. En otras palabras, confirma que La muerte del Pibe Oscar es una obra clave de la literatura lunfardesca.

Lila Caimari

lunes, 4 de julio de 2011

El dolape que chamuya ajoba se la sabe lunga

Una entrevista de Mauro Libertella con el especialista en lunfardo Oscar Conde (foto), publicada en Ñ, el sábado 25 de junio pasado.

"Cada cual tiene un trip en el bocho, difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo”, escribió una vez Charly García en una canción emblemática. Ese fragmento, recortado del cancionero argentino, está intervenido por dos lunfardismos que le confieren su singularidad: trip y bocho. De esas palabras, esquirlas clavadas en el tejido de nuestro idioma, que todos usamos con mayor o menor insistencia, se encarga Oscar Conde en Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos, un volumen de casi 600 páginas que va a fondo en el tema.

-¿Cómo fue su acercamiento al lunfardo?
-Cuando yo me recibí en la Facultad, ya era profesor de Lenguas Clásicas, y me interesó mucho acercarme a la poesía del tango. Cuando hice eso, me di cuenta de que no había diccionarios de lunfardo muy actualizados ni muy científicamente hechos. Eso me empujó a ver si podía hacer un diccionario, cosa que logré en 1998. El interés por el lunfardo quedó ahí, y se fue reavivando. El germen está ahí hace mucho tiempo. Este libro puntual surgió a partir de una invitación que recibí de la Biblioteca Nacional, para dar una serie de conferencias sobre el tema. La preparación de esas charlas fue el origen de este proyecto.

-¿Hay mucho escrito y publicado sobre el lunfardo?
-Hay una vasta producción, sí. Algunas cosas muy poco serias, y otras muy buenas pero que no son de conocimiento masivo. En cuanto a libros, hay dos autores que son especialmente serios: José Gobello y Mario Teruggi. Cada uno de ellos intentó hacer un libro abarcador sobre el lunfardo. Teruggi hizo uno en 1974, Panorama del lunfardo, excelente para la época pero que ya se quedó muy viejo, y que además no tiene un tratamiento lingüístico a fondo, y Gobello escribió uno que se llama Aproximación al lunfardo, publicado en el 96. Pero a mí me parecía que había una cantidad de interrogantes y problemas que no habían sido trabajados a fondo.

-¿Por ejemplo?
-Bueno, siempre que se habla del lunfardo se hace referencia a otros argots del mundo. Está el argot francés, está el slang inglés, está la gíria brasileña. Pero no se había explicado qué es y cómo funciona ese argot. También me interesaba tomar otros argots para ver en qué cosas se parecen y en qué cosas se diferencian de nuestro lunfardo. Ahí entró el parlache de Medellín, el joual de Montreal, el cockney de Londres.

-Otro tema que usted trabaja es el de las definiciones sobre qué es el lunfardo...
-Esa es una cuestión que me parece crucial. Quería mostrar que el habla popular urbana de la Argentina, que nació en el último tercio del siglo XIX, sigue siendo algo que debemos llamar lunfardo. En ese sentido, me preocupaba mucho distinguir la noción de lunfardo que se maneja habitualmente, y refutar algunas de las ideas de los últimos cien años. Hay quien ha llegado a decir que el lunfardo es un idioma: claramente no. Se ha dicho que es un dialecto, pero no. En todo caso uno puede decir que el lunfardo está incluido dentro del dialecto rioplatense del español. Hay quienes dicen todavía que el lunfardo es el lenguaje de la cárcel o de los ladrones, cuando no lo es. En su origen, es cierto, la palabra lunfardo significaba ladrón, pero rápidamente se entendió que eso no es un tecnolecto, una jerga de los ladrones. La palabra catrera no tiene nada que ver con los ladrones, como no tiene nada que ver faso, o bardear.

-En el libro se ve que hay muchísimos lunfardismos que vienen de las camadas inmigratorias de principios del siglo XX.
-A diferencia de otras hablas populares del mundo, el lunfardo nace, justamente, en esa misma eclosión en la que nace el tango, con la llegada de la inmigración y la convivencia babélica en los conventillos. En los primeros 20 años de vida del lunfardo, el aporte de las letras itálicas es brutal. Hay palabras del napolitano como cucuza (cabeza); palabras del siciliano como furca, que es una toma del ladrón cuando agarra a la víctima de atrás; hay genovesismos como enchastrar o bacán; hay palabras del italiano estándar, y algunas del yergo o furbesco que es el habla de los ladrones italianos. Ese sería el aporte más crucial, pero hay aportes del francés general, como marote, que es una palabra que viene de marot, que es la cabeza en la que se coloca una peluca en una vidriera. O la palabra fifí, que viene del francés. Hay también palabras del argot de la prostitución francesa, como franelear o partuza. También hay algunos calcos, como la posición sexual 69, que es un calco de soixante neuf, que es una creación francesa.

-¿Palabras como chatear se consideran un lunfardismo?
-Yo creo que no. Las palabras que tienen que ver con neologismos que dan cuenta de avances tecnológicos son palabras compartidas por todos los hispanohablantes. No es que en argentino se usa chatear; se usa en todos lados. Eso no es un lunfardismo. Y tampoco es un americanismo, porque se usa en España también. Uno de los límites que tiene el lunfardo es el uso como americanismo. Si se usa en 4 o 5 países, no es un lunfardismo. Otro límite es el de los seudolunfardismos: palabras que mucha gente cree que son lunfardismos, pero son palabras españolas normales, como fiambre para muerto, o curdela como borracho, espichar por morir, son todas palabras españolas.

-¿Y las así llamadas “malas palabras”?
-Palabras como hijo de puta se usan en todos los países hispanohablantes. Pero una palabra como pelotudo yo diría que es lunfardo. Boludo, pelotudo, son creaciones muy argentinas. O una palabra como pajero no es un lunfardismo, pero jeropa, el vesre, sí lo es.

-¿Qué hace que algunas palabras sobrevivan y otras caigan en desuso?
-Es un misterio... Esto que me preguntás es lo mismo que si me preguntaras “en una cuadra de Palermo hay cinco bares, ¿por qué a uno va todo el mundo y a otro no va nadie?”. Y yo te diría, “y, son corrientes de consumo”. Con el lenguaje ocurre lo mismo. Hay palabras que a la gente le sientan bien, al hablante le parece una palabra divertida o le parece irónica. Lo que tienen los argots es esta cuestión del peso connotativo que tiene el uso de la palabra. No es lo mismo decir “fui a una discoteca, conocí a una señorita, la seduje y la llevé a un hotel para parejas” que decir “fui a un boliche, conocí una mina, me la levanté, y me la llevé al telo”. No es lo mismo. La cantidad de cosas que se transmiten en el segundo enunciado, en el primero, que es neutro, de tipo denotativo, no se transmiten. Lo segundo está cargado de sentido, de gracia, de picardía.

-Además de grupos generacionales, supongo que hay lunfardismos que están asociados a grupos sociales, económicos, culturales. ¿Cómo funciona eso?
-Todas las palabras, salvo que sean una creación de los medios de comunicación, surgen dentro de un grupo. Esto es inevitable. La mayor parte de los neologismos son creaciones de jóvenes, entre los 12 y los 20 años. Este es el mayor generador de palabras. Los jóvenes tienen otra libertad con la lengua, necesitan diferenciarse, necesitan crear una cohesión de grupo y eso en muchos casos se logra con un lenguaje compartido que los del otro grupo no comprenden, un lenguaje que los hace sentir distintos de sus padres, de sus profesores. Pero a veces, y esto ha ocurrido en el lunfardo del último medio siglo, la palabra lunfarda es simplemente una palabra que corresponde a un ambiente y se saca de contexto de esa jerga para usarse con otro sentido. Una cosa es estar jugando un partido de fútbol y quedar en orsai, y otra es decir una macana en público y quedar en orsai. Una cosa es decir que los caballos en el hipódromo están en las gateras, y otra cosa es decir que estás por proponerle noviazgo a una chica y decís “estoy en la gatera”. Hay usos que han hecho que el vocablo que es propio de la jerga se haya extendido. Dentro del hipódromo se varea a los caballos para que caminen a la madrugada, pero en la calle uno saca a varear a su novia, a su mujer. La palabra copar, que es típicamente de los grupos guerrilleros de los años setenta, derivó en el adjetivo copado. Como se copaban los cuarteles o las comisarias.

-Hay también algunas confusiones que orbitan alrededor del tema del lunfardo, como el lugar común de que los jóvenes no saben hablar.
-A mí me causa un poco de gracia el modo en el que se aborda el tema del lenguaje en los jóvenes. En general, se hace un gran paquete y se dice que los jóvenes no saben hablar porque no leen, porque el nivel de la escuela cayó, y que el chat les deforma el idioma. Estupideces por el estilo. El idioma es imparable. El pueblo agranda el idioma. El chat, además, no tiene nada que ver con el lunfardo: la chica que le escribe a su novio TKM cuando lo ve le dice “te quiero mucho”, no “tkm”. De manera que no veo una deformación. Probablemente haya una pérdida de vocabulario, eso sí. El problema que tiene la pérdida de vocabulario es que perdés espesor para definir las cosas, para clasificar las cosas. Si no conocés muchas variantes que designen estados de ánimos, te va a costar entender lo que te pasa. La lengua no es otra cosa que un sistema de categorías, que reproduce el modo de pensar, el modo en que entendemos el mundo.

-¿Para ir cerrando, cuáles son sus lunfardismos preferidos, si es que los tiene?
-No sé si tengo. En general me interesan aquellos que generan algún tipo de controversia en cuanto a la explicación. Porque mucha gente cree saber la explicación del origen de una palabra, y dice un disparate. La palabra colimba, por ejemplo. Decir que surge de un acrónimo de “corre, limpia, barre” es disparatado. Colimba es el vesre de milico. El verbo zarparse, ¿cómo lo escribís vos?
-Con z.
-Claro, pero no. Es el vesre de pasarse. Biorsi, para decir baño, es también un vesre, de la palabra servicio. Esas palabras me interesan. De atorrante se han dicho muchas cosas, como que viene de unos caños que tenían escrito “A. Torrant”, y como los linyeras dormían en los caños... nada que ver. Es simplemente el verbo atorrar, que quiere decir estar perezoso. Y de algunas se desconoce el origen, y esas me generan ya casi una obsesión. Por ejemplo, por qué al mal olor lo llamamos baranda. No se sabe todavía. O por qué a la mugre la llamamos grela. Me gustan esos misterios.