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jueves, 21 de mayo de 2026

"Cada uno de nosotros traduce con bibliotecas distintas, y lo que yo llamo «bibliotecas heredadas»"

El pasado 15 de mayo, la escritora y traductora española María José Furió publicó el siguiente artículo en la revista Vasos Comunicantes, de ACE Traductores. Allí, con la excusa de Marcel Proust, se habla de la retraducción de clásicos y del bagaje con que se maneja cada traductor a la hora de traducir. 


Las bibliotecas heredadas

A los traductores expertos se les pide a menudo su opinión sobre asuntos considerados clave de la profesión, como la retraducción de clásicos. La mayoría parece coincidir en que las obras clásicas deben traducirse cada tantos años para que los lectores de (casi) cada generación las descubran sin que los vicios de época, como la censura, el estilo pomposo o el simplificado, estorben el goce de la lectura. La cuestión engendra reflexiones derivadas, como la esencial: qué se traduce, y la nada intrascendente qué se entiende por «voz» del narrador, de los personajes o del propio autor. Que tantos consideren que una nueva traducción mejora las anteriores —dando por supuesto que de la tarea se ocupa un traductor competente—, dejándolas obsoletas o que estas, siendo indulgentes, tendrán solo la gracia decadente de lo vintage, me dejó cavilosa. Por cierto que la cuestión resurge cuando autores muy famosos entran en el dominio público; entonces suelen coincidir varias versiones nuevas que compiten por granjearse el interés de lectores ya bastante aturdidos con la oferta de novedades.

En 2022, coincidiendo con el centenario de la muerte de Proust, hubo un aluvión de retraducciones de su obra, y la prensa dio publicidad incluso a la traducción de inéditos. Desconozco el impacto de esa publicidad más o menos gratuita en las ventas, pero en 2023 el interés por Proust se desvaneció; precisamente ese año se publicaron dos versiones anotadas —detalle importante— de su famoso L’Affaire Lemoine. Pastiches. Una a cargo de uno de los mayores expertos en la obra proustiana, Mauro Armiño,[1] como colofón a su traducción de todos los volúmenes de À la recherche en español, y otra mía,[2] realizada por iniciativa propia para cerrar un esbozo de estudio durante el lejano doctorado de Literatura Comparada en la Pompeu Fabra. La experiencia de esta incursión en una pieza proustiana tan característica aunque menor me hizo pensar, al oír la enésima opinión sobre la retraducción de clásicos —donde la práctica ha consolidado una jerarquía clara de qué parte de la obra y qué versión merecen atención y respeto—, que cada uno de nosotros traduce con bibliotecas distintas, y lo que yo llamo «bibliotecas heredadas». Daré varios ejemplos de lo que esto implica. Entiendo por bibliotecas heredadas no el espacio físico en la casa familiar, tópico literario de la iniciación en la lectura de muchos artistas consagrados, sino el conjunto de lecturas que acumulamos motivadas tanto por situación histórica, geográfica y área cultural como por las que van determinando los derroteros de nuestra experiencia y prejuicios.

La última fase de trabajo en mi Proust me llevó a la Casa del Traductor de Arles, que en su biblioteca alberga toda su correspondencia, un sinfín de estudios monográficos más o menos pertinentes y artículos en revistas de primera línea, y, por supuesto, la mayoría de la obra de los ya clásicos de la teoría literaria moderna, como Genette, Deleuze o Barthes, que en algún momento abordaron algún aspecto de la obra proustiana. Además, el siglo transcurrido desde su muerte ha visto la desacralización de la figura del Gran Escritor con, entre los años ‘90 y los primeros dos mil, un característico ensañamiento en la vida privada de tótems como, pongamos, Sartre, Joyce o el mismo autor de la Recherche. Es infrecuente que el chisme vaya de la mano de un estilo literario personal y una inteligencia afilada, justamente lo que define al aristócrata francés Ghislain de Diesbach, que con viperina inteligencia retrata en su Proust (1991)[3] al escritor y a la alta sociedad de la Belle Époque con una ironía despectiva que vuelve redundante a Karl Marx. Lejos —lejísimos— de la estoica seriedad de la biografía canónica que George D. Painter publicó en dos volúmenes en los años 60, Diesbach parece decidido a vengarse del tiempo dedicado a leer los 21 volúmenes de correspondencia (edición de Philippe Kolb)[4] de Marcel, con los inevitables detalles superfluos que habrán impacientado al que buscaba pepitas de oro biográficas. Lo cierto es que esta biografía ayuda a comprender detalles o comentarios recogidos en los Pastiches, lo cual permite interpretar algunas decisiones narrativas y temáticas, liberando al traductor de la triste sensación de andar dando palos de ciego. El tono irreverente de la biografía, opuesto al de anteriores devotos biógrafos y ensayistas, podría convencer a alguien criado en pleno auge del periodismo gonzo, pero a ratos le sabe a chamusquina al bregado en la French Theory con sus agudos análisis de lenguaje y temas. Gérard Genette, por ejemplo, es el autor de cortos pero densos ensayos sobre Balzac, Flaubert y Proust que quizá no sean la primera opción de interpretación de traductores de los pastiches a los diferentes idiomas, pero para mí la French Theory —y algunos de sus discípulos— es la piedra angular que no encontré en la universidad y en la que encuentro pistas de lectura como entiendo que hay que leer, y sin la cual la interpretación del trabajo de Proust en sus pastiches no estaba completa. Por lo tanto, no es solo la acumulación de bibliografía acumulada a lo largo de los años, y su disponibilidad gracias casi siempre a internet: también importa mucho el apego de cada traductor a concretas regiones culturales.

En la crítica literaria es donde encuentro más evidente la disparidad entre la biblioteca del autor y la del crítico; una disparidad con frecuencia condicionada en nuestro país por el predominio del inglés sobre el resto de tradiciones literarias extranjeras. Leía yo en edición digital La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos, de Anne Carson, en edición bilingüe con prólogo de su traductor, Andreu Jaume,[5] donde éste traza el interés del texto señalando elementos e influencias que han nutrido la inspiración de la poeta. Antes de desistir de la lectura en pantalla, llegué a estas líneas: «My mother ran counter to him as production to seduction». («Mi madre se oponía a él como la producción a la seducción».) El traductor no menciona en el prólogo esta frase, que puede parecerle al lector no advertido un hallazgo expresivo de la autora canadiense. Este juego de oposiciones procede de un libro de apenas 90 páginas del sociólogo francés Jean Baudrillard (1929-2007), L’Autre par lui-même,[6] traducido a nuestro idioma en 1997 por Joaquín Jordá para Anagrama: El otro por sí mismo. De este librito me gustó por sus varias capas de sentido el aforismo que dice precisamente: «La seducción no es lo que se opone a la producción; es lo que seduce a la producción» (cito a partir de los apuntes que tomé en francés en su momento con destino a una novela). Baudrillard es un exponente de aquella izquierda francesa que no solo se hizo un hueco en la cultura sino que abrió brecha en los años 60 y 70 y conservó su relevancia en las décadas posteriores, cuando la oposición al involucionismo de los ‘80 renovó el interés por las aportaciones de estos intelectuales. Para una autora de la edad, nacionalidad, ideología y formación académica de Carson, Baudrillard ha tenido que ser un intelectual en el radar. Que el traductor —sin duda un experto conocedor de la cultura anglosajona— ignore este detalle mientras pone de relieve otros de los que yo no sé nada ilustra que todos construimos nuestra biblioteca no solo con pasiones y curiosidades, también con prejuicios, omisiones, renuncias, docilidades, todo lo cual seguramente se resume en «ideología». La marginación actual en España de los ensayistas franceses de este periodo explica, por otro lado, el éxito de otros como el surcoreano Byung-Chul Han, que retoma las ideas de Baudrillad sin citarlo y, sobre todo, sin su brillante estilo.

Hablando de docilidad, la IA nos brinda un ejemplo fresco a diario. A su manera muy sofisticada y apabullante, es una biblioteca heredada —de material robado al descuido, señalan algunos—, pero al no estar ligada a una conciencia real, con su inconsciente y lo que llamo «la característica tontería del ser humano», sus elecciones están determinadas por variables que privilegian la productividad y una noción de eficacia que incluye ofrecer siempre y a pesar de todo alguna respuesta, aunque sea errónea —error que se ha dado en llamar «alucinación», insistiendo en equipararla a un cerebro real, y a su vez ha provocado alucinaciones en usuarios humanos vulnerables. Es decir, que su «tontería», esa manera de querer «colárnosla» como el crío al que llaman a la pizarra y decide por su honor y orgullo disimular que no ha estudiado largando una parrafada pomposa pero incoherente, es una astucia decidida por los programadores. Sin embargo, el inconsciente, lo reprimido, las emociones volubles del ser humano, ese mosquito que pasa, ese picor en el cuello que nos distraen, así como la adaptabilidad inconsciente e intuitiva al medio, no existen en esa isla que es la IA, fundada en estadísticas y cálculo de probabilidades, además de en la reproducción de patrones y asimilación de instrucciones. Por eso, aunque sus traducciones contienen cada vez menos errores, aún no ha integrado decisiones naturales para un traductor avezado al trabajar en prosa; por ejemplo, buscar la frase más musical evitando al mismo tiempo las feas rimas internas. También para adquirir esta destreza que en muchos traductores es natural habrá que entrenarla. En su caso, y sin negar su indiscutible utilidad a niveles todavía inimaginables para los usuarios, a día de hoy más que de una biblioteca heredada como la que define a los humanos podemos hablar de la Biblioteca del Corso.


[1] Mauro Armiño, Salones parisinos y El caso Lemoine, Narrativa Athenaica, Sevilla, 2023, 256 páginas.

[2] María José Furió, "Pastiches de Proust. El caso Lemoine", JotDown Books, Sevilla, 2023, 226 páginas. (Con prólogo y artículos de cada autor imitado por Proust de la traductora).

[3] Ghislain de Diesbach, Proust, Perrin, París, 775 págs. (trad. español Marcel Proust, de Javier Albiñana, Anagrama, 2006, 656 págs.

[4] Correspondance de Marcel Proust, Edición de Philip Kolb, 1970-1993, Plon, París, 21 vols. (Hay ediciones modernas en menos volúmenes.)

[5] Anne Carson, La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos, edición bilingüe. Trad. y prólogo de Andreu Jaume, Lumen, Barcelona, 2019, 224 págs.

[6] Jean Baudrillard, L’Autre par lui-même, Galilée, París, 1987 (trad. española de Joaquín Jordá: El otro por él mismo, Anagrama, Barcelona, 1997).

viernes, 24 de abril de 2026

Declaración de los escritores: "Un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena"


El pasado 20 de abril, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, un artículo a propósito del escándalo que actualmente está sacudiendo al ambiente editorial francés: Vincent Bolloré, el dueño del grupo Hachette, que apoya a la ultra derecha, ha despedido al prestigioso editor Olivier Nora por cuestiones ideológicas. Según la bajada, " 'Es hora de marcar un límite' alertan escritores como Emmanuel Carrère, Leïla Slimani, Hervé Le Tellier, Gaël Faye y Laurent Binet".

Crece el escándalo editorial en Francia: más de 300 autores repudian al Grupo Hachette y piden una “cláusula de conciencia”

Tras el despido del histórico editor de la editorial francesa Grasset, Olivier Nora, de 66 años, por parte del dueño del Grupo Hachette, el magnate de medios de comunicación afín a políticos de extrema derecha Vincent Bolloré, de 74 años, más de 170 escritores, periodistas y académicos repudiaron la semana pasada la decisión y anunciaron que no publicarán más sus libros en ninguna editorial de Hachette. Entre otros escritores conocidos por los lectores locales figuran Virginie Despentes, Olivier Guez, Laurent Binet, Jean-Paul Enthoven, Bernard-Henri Lévy, Vanessa Springora y Pascal Bruckner. Hasta el presidente Emmanuel Macron aludió al despido de Nora, al defender la semana pasada el “pluralismo ideológico”.

Ahora, en una nueva solicitada liderada por Despentes, Emmanuel Carrère, Hervé Le Tellier, Benjamin Stora y Leila Slïmani, cientos de escritores y académicos pidieron en La Tribune Dimanche la creación de una “cláusula de conciencia” en el sector editorial similar a la que existe para los periodistas en la prensa. “Algunas empresas ahora tienen la ambición, según afirman, de convertirse en actores ideológicos por derecho propio, estructurando narrativas, guiando la imaginación y apoyando líneas políticas explícitas”, alertan sobre el devenir del grupo. Entre los firmantes, aparece el escritor argentino residente en París Diego Vecchio.

“Como resultado, los autores ven sus derechos de publicación y su obra bajo el control de un accionista cuya política editorial rechazan. Los empleados participan en la difusión de discursos políticos con los que no están de acuerdo. Las editoriales publican obras cuyas implicaciones no comparten. El personal trabaja en entornos profundamente transformados, donde el pluralismo desaparece en favor de una única línea editorial”, enumeran, y agregan que “libreros, profesionales de la comunicación y equipos enteros se ven, les guste o no, atrapados en una operación de influencia”.

Como la legislación francesa no contempla ninguna protección en estos casos, aquellos que renuncian lo hacen también a su antigüedad y derechos laborales. “Quedarse significa aceptar una forma de disonancia moral, a veces un sufrimiento real, ya perceptible en las bajas por enfermedad, el agotamiento y el distanciamiento silencioso”, describen.

“Es hora de marcar un límite. Este límite tiene un nombre: la cláusula de conciencia. Existe para los periodistas. Debe extenderse, no para debilitar a las empresas, sino para restablecer un equilibrio básico entre la libertad de ejercer un negocio y la libertad de no servir a aquello que uno condena. Dicha cláusula debería permitir, en situaciones estrictamente controladas, el reconocimiento de que una empresa ha cambiado su naturaleza hasta el punto de romper el pacto que la vinculaba con quienes trabajan o crean en ella, y abrir el derecho a una indemnización por despido, así como a la recuperación de sus derechos”.

Y concluyen: “Una democracia no puede aceptar que los individuos sean obligados a servir, contra su voluntad, a causas que no han elegido”.

Por su parte, este domingo, Bolloré publicó un descargo a toda página en su periódico Le Journal Du Dimanche (la mitad de la página la ocupa una foto del empresario), titulado “Terremoto”. Allí anuncia que la editorial seguirá adelante pese a la retirada masiva de autores. “Quienes se marchan permitirán que se publiquen nuevos autores”, ironiza Bolloré, que acusa a los firmantes de la carta pública de integrar "una pequeña casta que se cree superior a todo y a todos, que se coopta y se mantiene a sí misma”.

Justifica el despido del editor por el desacuerdo expresado por Nora sobre la publicación del próximo libro del escritor franco-argelino Boualem Sansal, indultado por Argelia por pedido del presidente alemán en 2024, cuya obra denuncia el avance del islamismo en Europa; Sansal dejó el sello Gallimard a inicios de año. Según Bolloré, Nora quería que se publicara a finales de año, mientras que la dirección del grupo impuso la fecha del 6 de junio. También deplora los resultados económicos de Grasset, con una caída en la facturación de tres millones y medio de euros de 2024 a 2025 (no se priva de mencionar la remuneración anual de Nora, de más de un millón de euros). Y anticipa que la dirección de Hachette adoptará “medidas de gestión normales y de sentido común”.

El director ejecutivo del Grupo Hachette, Jean-Christophe Thiery, hombre de confianza de Bolloré y sin trayectoria en el ámbito editorial, reemplazará a Nora en Grasset.

En el canal de televisión CNEWS, propiedad de Bolloré, donde se describió el episodio como “una tempestad en un vaso de agua”, la ministra para la Igualdad y la Lucha contra la Discriminación en Francia, Aurore Bergé, lamentó que en la polémica se atacara a Sansal por el lanzamiento de su nuevo libro en Grasset. “Me sorprendió la campaña de prensa contra Boualem Sansal. Es francés, un gran autor”, dijo.

viernes, 24 de octubre de 2025

Publican en México una "Obra selecta" de Antonin Artaud

El pasado 12 de octubre, en La Jornada Semanal, el poeta y crítico mexicano José María Espinasa comenta el primer volumen de lo que tal vez sea la edición más completa de la obra de Antonin Artaud en castellano.

Antonin Artaud, el hereje del surrealismo

La frase bretoniana que señala a México como la patria del surrealismo es, lo sabemos, más un eslogan publicitario que una idea profunda. Sin embargo, la historia ha tejido curiosas relaciones con el movimiento, paradigma de los vanguardismos de los años veinte del siglo pasado, y no pocas veces, retrospectivamente, ese señalamiento se ha cargado de una mayor verdad. México, que en aquellos años aspiraba a la modernidad, paradójicamente es visto como un país fuera del tiempo, en el que subsisten mundos arcanos que permiten tanto excesos demagógicos para sustentar un nacionalismo tramposo como aventuras en busca de umbrales de la percepción. La escritora Fabienne Bradu ha analizado el paso por México de Breton, Benjamín Peret y Antonin Artaud con rigor y tino. Tal vez sea este último, considerado uno de los más radicales herejes del surrealismo, quien más se vio afectado por su experiencia mexicana.Con Artaud en México suele haber un movimiento pendular: a veces se le lee mucho, a veces se olvidan de él, hasta que el movimiento del péndulo va de regreso, y a cada regreso ese movimiento revela nuevos matices. En Artaud se dan cita muchos de los rasgos más radicales del surrealismo: el teatro como ceremonia mágica, la búsqueda multidisciplinaria ‒quién puede olvidar su intervención actoral en la película Juana de Arco de Dreyer, obra maestra del cine mudo en la que al rostro del escritor se le escucha gritar en ese silencio‒, el enfermo psiquiátrico más allá de la locura, el cultor de una escritura que en su fragmentación hace volar los límites genéricos.

Reflejado en el siglo XIX se podría pensar en él como el Nerval reencarnado en su búsqueda onírica: el secreto está en el sueño. Ahora, contaminados por el racionalismo contemporáneo, ¿cómo entender sus búsquedas de la alteridad a través de las drogas y el mito?

Esta última condición lleva a veces, como ocurre con Hermann Hesse, a considerarlo una lectura adolescente. Es evidentemente un error que sin embargo se vuelve cierto, como ocurre con autores en su cauda, como Malcolm Lowry o los escritores beatniks. La alteridad innegable de ciertos rasgos de la cultura mexicana ha provocado tanto la fascinación como el violento rechazo de escritores muy diversos: no deja inmune. Artaud buscaba el fin del mundo a la vez que se buscaba a sí mismo y su literatura excede, gracias a la intensidad de esa búsqueda, la capacidad expresiva del idioma francés. Si Cioran dijo alguna vez, y con razón, que el francés era una lengua exhausta, capaz del mayor matiz posible pero ya incapaz del grito, Artaud es uno de los que aún oímos gritar, como en el film silente mencionado líneas arriba.

¿Cuál es la razón de que me esté refiriendo a este autor? Bueno, es que el asiduo a las librerías se puede encontrar un grueso volumen, más de 700 páginas, de Obra selecta de Antonin Artaud publicado por Sexto Piso y la UAM, y que se anuncia como primer volumen. Curiosamente, no se consigna quién o quiénes son responsables de la selección ‒suponemos que Rodolfo Suárez Molinar y Philippe Ollé-La Prune, que aparecen como responsables del concepto y la dirección editorial en la página legal‒, ni cuántos tomos van a ser. El libro está muy bien pensado para dar una idea del calado de este autor en la literatura y en el arte contemporáneos, con secciones diversas acompañadas de textos críticos. Su aparición es una gran noticia para los lectores y era una asignatura pendiente para la edición mexicana, y una oportunidad ideal para volver a leerlo. En él, de manera subrayada, se muestra esa ambición de las vanguardias que, en su búsqueda de una radical modernidad, busca también una raíz mitológica: el tiempo del origen y el tiempo del instante se persiguen uno a otro y quieren encontrarse en la obra creativa.

A cien años de las vanguardias, éstas siguen siendo no sólo un referente histórico sino un presente, más necesario en una época que parece carecer de aventuras creativas. Y entre los surrealistas, Artaud sigue siendo el menos comprometido, el más misterioso. Por otro lado, a la vez Artaud puede ser un puente distinto a los convencionales que reúnen a las vanguardias con el clasicismo francés.

Al prólogo de Eduardo Milán que introduce al volumen sigue una sección de cartas y las primeras son a Jacques Rivière, gran factótum de La Nouvelle Revue Française en sus orígenes, y que lamentablemente muere pronto. La revista es, desde luego, el lugar del clasicismo francés ‒el de Paul Claudel, Paul Valéry, André Gide‒, pero ese lugar también estuvo abierto para los surrealistas y la pugna entre ambos polos nunca fue una ruptura y muchos de los vanguardistas se volverían clásicos. El mejor ejemplo es Breton. Eso, sin embargo, no ha sucedido con Artaud, que sigue siendo un autor, si no incómodo, sí elusivo para la literatura francesa. Ello se debe a que el sentimiento de insatisfacción ante lo escrito, al extremo de cuestionarse si el arte de verdad podía expresar las inquietudes y la angustia que vivía, está siempre presente en sus páginas. Artaud no quiere hacer literatura sino nombrar la vida en toda su complejidad. Por eso no se le puede aplicar la palabra literato (esa la podemos dejar para el más bien decorativo, aunque con genio, Jean Cocteau). Esta Obra escogida es, pues, un motivo espléndido para volver a hacernos las preguntas que se hizo Artaud y para subrayar la vigencia más allá de las fechas, de su escritura.

lunes, 5 de mayo de 2025

Próxima actividad del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires en la librería El Jaúl

    
Julie Tirard (Aubagne, Francia,1990)  es autora de varias obras de teatro, entre ellas Jusqu’à ce que le mur tien (2025) y La chouette Le cri (2026) y de una colección de poemas, Comme un univers mort / lointain / et toujours lumineux ( 2025). También traduce del inglés, alemán y castellano a autores como Julia Haenni, Alice Notley y Juana Bignozzi. Vive en Alemania, en Leipzig.


lunes, 31 de marzo de 2025

Francis Ponge revisitado

Damián Tabarovsky, en su columna del domingo 30 de marzo, en el diario Perfil, de Buenos Aires, retorna a una traducción que hizo del poeta francés Francis Ponge (foto) y la compara con otra, del mismo poema, realizada por el venezolano Alfredo Silva Estrada, lo cual le permite sacar interesantes conclusiones.

Volver sobre una traducción

Hace muchos años, de una pequeña revista de poesía me pidieron una traducción de un poema de Francis Ponge, llamado “La mariposa”, incluido en De parte de las cosas. Es una narración que describe a la mariposa vengando “su larga humillación amorfa de oruga”, bajo el modo de un destiempo levemente trágico (“y, además, llega muy tarde y no puede sino comprobar las flores abiertas”) y del elogio de la errancia (“minúsculo velero de los aires maltratado por el viento como pétalo redundante, vagabundea por el jardín”). Inmediatamente me surgió una primera duda: el poema ya había sido traducido al castellano, ¿debía leer esas versiones? Y mientras pensaba, me encontré ya leyendo una de esas traducciones, la publicada en la editorial Monte Ávila, por el poeta venezolano Alfredo Silva Estrada. Es una buena traducción, bien cercana al texto madre, pero a la vez con buen criterio para resolver con cierta libertad algunos pasajes complejos (de hecho, las frases que acabo de citar provienen de esa traducción). Me asaltó entonces una segunda duda, ¿valía la pena volver a traducirlo? Había quizás un solo momento de la traducción de Silva Estrada con la que tenía algunos reparos. Es una frase en la que Ponge escribe “Dés lors le papillon erratique ne se pose plus qu’au hasard de sa course, ou tout comme”; y que Silva Estrada tradujo como “Desde entonces la mariposa errática tan sólo se posa al azar de su carrera, o dando esta impresión”. Una doble diferencia aconteció frente a esa versión. Primero, el uso de “tan sólo”, que ralentiza la frase, la endurece innecesariamente. Y luego, sobre todo, el final, ese “dando esta impresión” que ancla demasiado el sentido, lo vuelve demasiado pedagógico. Ese es el momento clave del poema: Ponge, el poeta de la materialidad de las cosas, de las palabras minerales, arriesga un toque de liviandad oral, casi infantil: “ou tout comme”. Idea que transmite también una voluntad de dejar la frase inconclusa, o mejor dicho, imprecisa. Y si ese es el instante crucial, es porque ese “ou tout comme”, esa llamada a la vacilación, no responde plenamente al sistema de Ponge, no es un elemento que se encuentre a menudo en su obra. Y entonces, fatalmente, esa situación me interesó. Me importó tocar ese nudo, desatarlo (es decir: atenerse a lo inesperado), forzar la lengua para resaltar ese accidente. Propuse entonces esta modificación, que acentúa lo aleatorio: “desde entonces la mariposa errática sólo se posa al azar de su carrera, o casi”.

¿Es mejor mi traducción que la de Silva Estrada? Por supuesto que no. Por una sencilla razón: porque descreo de la idea de traducciones mejores o peores. No se puede evaluar una traducción por el “frase a frase” (más allá de que existe un talento casi artesanal para resolver los problemas de cada oración). Me interesa, en cambio, sobre todo la exigencia de plantear una estrategia general frente al sentido del texto, luego un conocimiento de la obra del poeta, del poema a traducir, y finalmente, ahora sí, de cada frase. Me interesó encontrar, hacer sobresalir la disrupción, lo inesperado de la sintaxis. Es una estrategia como las hay otras (como la de Silva Estrada, que decidió tomar más resguardos). Pero ocurre, lamentablemente, que cada vez son más las traducciones (sobre todo de narrativa) que ya no se plantean ninguna de estas preguntas.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Un recuerdo para Julio Verne



El 24 de marzo pasado, Javier Aranda, publicó en La Jornada, de México, un recordatorio a propósito del 120 aniversario de la muerte de Jules Verne (Julio, para la lengua castellana). 

Julio Verne: mientras el corazón lata

Hace 120 años, el 24 de marzo de 1905 a las 2:45 de la tarde falleció en su domicilio de Amiens, de la calle Longueville 44, Jules Gabriel Verne a los 77 años, hombre de letras, oficial de la Legión de Honor, funcionario de instrucción pública, antiguo consejero municipal de la ciudad, según el acta oficial de su deceso. Un clásico, a decir de Gorki, un maestro sorprendente para Tolstoi, el más grande magnetizador de los tiempos modernos según Breton. Ray Bradbury se consideró su hijo ilegítimo. Dicen que Nietzsche vino a romper un camino trazado y Julio Verne a abrir un camino no trazado aún. Como sea, se ha convertido quizás en el escritor más traducido por encima de Shakespeare, como revelan los datos de la Organización de Naciones Unidas, para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Un continuador de la Odisea homérica, cuyas escenas son para el Nobel Jean-Marie Gustave Le Clézio tan importantes como los mitos o las imágenes de la poesía griega.

En 1863, Julio Verne escribió su primera novela, pero su editor consideró demasiado crudo el mundo que describía: una sociedad dominada por la técnica, poblada por fríos rascacielos de cristal, automóviles impulsados por gas, trenes como el Shinkansen, que comunicaban la metrópoli mediante cuatro círculos y que eran impulsados por aire comprimido y se desplazaban por las vías sin desgastarlas gracias a la fuerza electromagnética. Una ciudad funcional, pero con sus habitantes reducidos a comportarse como un engrane más de esa maquinaria. Y el futuro, ese futuro, nos alcanzó. Él sabía que todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad.

Una de las cosas más sorprendentes de Julio Verne es habernos demostrado que la imaginación, la loca de la casa, como la llamaba Fernando del Paso, es el cogote del arte y la literatura, sí, pero también de la ciencia y la técnica.

Las novelas de Verne, ese abogado que se negó a ejercer su profesión para fortuna de la literatura y la ciencia, han sido nuestro futuro anticipado. Nuestro bosquejo del mañana. Existen muchos ejemplos en sus novelas que lo confirman: el colosal Nautilius que surca los mares impulsado por electricidad y cuyas armas despiden descargas eléctricas a distancia o el ya clásico Viaje de la Tierra a la Luna, donde imagina un proyectil vagón de aluminio de forma cilíndrica terminada como un cono capaz de albergar en su interior a un tripulante. De Florida despegó la famosa Apolo 8, cuya misión fue alcanzar la Luna. De Cabo Cañaveral, un lugar muy cercano al imaginado por el escritor francés.

No dejan de sorprendernos el número de anticipaciones descritas por Verne en sus novelas (el helicóptero, Internet, las armas de destrucción masiva, el elevador). Pero el escritor las relativizaba: No me enorgullece particularmente haber escrito sobre el automóvil, el submarino y el dirigible antes de que estuvieran en el dominio de las realidades científicas. Cuando hablé de ellos en mis libros como de cosas reales, ya estaban inventadas a medias.

Todo gran escritor crea, además de su obra, su propia legislación; sus leyes para acercarse a ella. Por eso no me sorprende el doliente reclamo de Verne al decir que el gran pesar de mi vida ha sido que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa. Imposible acercarse a su literatura con las reglas de la academia tradicional, con los valores de la crítica sin imaginación. Si el establishment literario de su país no lo acogió, lo han acogido millones de entusiastas lectores. Algunos han hecho películas o puestas en escena inspirados en sus obras, o le han rendido sentido homenaje como Julio Cortázar con La vuelta al día en 80 mundos, colección de textos breves sobre cualquier cosa destinados a divertir. Para el Gran Cronopio, Verne fue su primer y más grande maestro literario.

Sesenta y cuatro novelas, 24 cuentos, 37 obras teatrales y 124 poemas han entusiasmado a varias generaciones de lectores para llevarlos. Viaje al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, Miguel Strogoff, La isla misteriosa, Viaje a la Luna, La vuelta al mundo en 80 días, aventuras que seguirán alimentando la imaginación de los lectores mientras el corazón lata, mientras la carne palpite.

martes, 24 de diciembre de 2024

Una entrevista con Lil Sclavo, traductora uruguaya


LatidoBeat es una publicación virtual uruguaya. Allí escribe Sofía Durand Fernández que entrevistó a la traductora de la novela Taormina. En la bajada se lee: "Lil Sclavo, traductora de la novela escrita por Yves Ravey, conversa sobre lo que la cautivó para emprender la tarea".

Taormina: sobre los desafíos de traducir la tensión y los silencios

“Lil es difícil”, suele decir Francisco Álvez Francese, de editorial Forastera. Lil Sclavo recibía los originales que Álvez le mandaba desde París, pero ninguno parecía gustarle. “Podían tener valor literario, pero a mí no me movilizaban para traducirlo”, explica Sclavo.  

Para ella, el acto de traducir está profundamente relacionado con una pulsión de deseo. Algo del texto tiene que movilizarla. Así ocurrió con la traducción de Estupor y temblores (1999), de Amélie Nothomb: “A las 3 de la mañana me desperté y decidí trabajar con el libro. No pude parar, lo mandé en 20 días”, recuerda. 

Un sentimiento similar al que tuvo cuando decidió estudiar francés, cuando era muy pequeña y por “tozuda”, ya que proviene de una familia que esperaba que estudiara italiano. Empezó con el francés en el liceo, que por ese entonces era obligatorio. Luego en la Alianza Francesa, en Tacuarembó y después en Montevideo. Continuó en México con la especialización en Traducción Literaria, carrera que todavía no existía en Uruguay. Y cuando se abrió el posgrado de Traducción Literaria en la Udelar, Lil lo sabía: “Esta es la mía”.  

De pronto, un pequeño libro de un autor que todavía no había sido traducido al español, pareció cautivarla. Una pareja de clase alta al borde de la crisis decide irse de viaje a Sicilia. La tensión va aumentando de manera paulatina y las sombras de Melvill y Luisa, los protagonistas, van tomando un lugar mayor en la historia.  

Por su lado “masoquista y estoico”, a Lil la cautivaron los desafíos de traducir Taormina, de Yves Ravey. Sobre estos conversó con LatidoBEAT.  

Imagino que traducir no es simplemente transferir las palabras de un idioma al otro. 

Ese es el concepto que hay que dinamitar, el concepto de trasvasar. Yo no trasvaso nada, tengo que internalizar una obra, nunca empiezo a traducir una obra hasta que no me resuena dentro. Yo tengo que leer ese texto mil veces hasta que algo dice: “Este es el momento". No traducimos palabras solamente, traducimos sentidos, sonidos, discursos. Y traducimos silencios también. Hay muchas cosas en un texto para trasvasar, entonces no es que yo saco de este recipiente y pongo acá y queda todo igual. No, hay pérdidas y hay ganancias, porque las lenguas no se recortan de la misma manera. Entonces, de repente, yo siento que en francés es tan claro lo que está diciendo, pero no es igual de claro cuando lo voy a volcar al español, al castellano o al rioplatense. Entonces tengo que buscar la manera más parecida, respetando el sentido de la frase, porque no puedo cambiar el sentido, pero que provoque un efecto similar al que está buscando el autor en su propia lengua. Y Taormina es especialmente difícil, a pesar de que es chiquito, por muchas cosas. 

Muchas cosas no se transmiten con el diálogo, sino que a través de lo que le ocurre a Melvil y lo que él percibe de Luisa. ¿Esto no representó una dificultad para vos?  

Una gran dificultad que tiene esta novela es el estilo. Él usa el estilo indirecto libre, qué es eso que acabas de decir, cuando ves que el narrador se impregna del discurso de los personajes, entonces habla como ellos y el texto queda con interferencias, con hibridaciones, porque son discursos que provienen del personaje y lo invaden al narrador. Es muy difícil volcarlo al castellano sin caer en errores sintácticos, léxicos y semánticos, porque podés caer muy fácilmente. Fue muy curioso, porque después de leerla sentí esa primera dificultad. Y otra cosa muy difícil es el ambiente. Él crea un clima, la historia en sí es simple, lo importante es el ambiente que él va creando, que ya desde que aterrizan, desde que salen del aeropuerto, algo te empieza a decir “esto termina mal”, y ahí está, para mí, la genialidad del autor, él me fue metiendo en una película. El otro día, escuchando una entrevista que le hicieron en la radio, dijo que mientras la escribía sentía que iba sentado en el asiento de atrás, que él presenciaba todo eso. Entonces ese ambiente, ese clima envolvente que va desarrollando a lo largo de la novela, no es fácil, porque eso no lo decís solo con la palabra, tenés que manejar otra cosa como es la puntuación, por ejemplo. Hay un efecto deliberado que busca el autor de entrecortar la frase, está como sin aliento, a medida que el peligro se va acercando la situación se va volviendo más densa y el ritmo se entrecorta cada vez más. Y si bien el francés, en general, abusa de las comas y está bien, en castellano no son tan aceptadas, son problemas tremendos que tenemos siempre con los editores.  Este autor busca un efecto deliberado en marcar esa respiración jadeante. Están jadeando los personajes porque es ahí donde estoy transmitiendo el clima. Si el editor me saca esas comas, ya ese elemento lo pierdo. Por supuesto que no fue el caso acá, porque los editores son una maravilla y nos entendimos perfectamente, lo trabajamos juntos y estábamos totalmente de acuerdo. Se trabajó con total respeto y sintonía, eso es muy importante, no se da siempre. El narrador casi no adjetiva, no toma posturas, él muestra a través de un vidrio, lo cual vuelve todo mucho más impactante, porque no hay emoción. Nadie se emociona, a estos no los mueve nadie, ellos quieren pasar las buenas vacaciones. Y el personaje de ella, que por momentos intenta tener un poquitito de conciencia y quiere reparar en parte algo, no dura nada, son chispazos que le vienen, pero después ella quiere visitar, quiere sacarse la foto. Entonces son dos cretinos, pero el escritor no se pone en juez, él lo dice clarito en las entrevistas que no busca hacer una novela moral, no hace un juicio moral, que cada uno saque las conclusiones. Esas eran dificultades nada menores que presentaba esta novelita chiquita, pero interesante. 

¿Cómo llega a vos Taormina y por qué decidís aceptar traducirla?  

La pregunta del millón me estás haciendo, porque eso tiene que ver con la pulsión, con el deseo, y el deseo es tan difícil de explicar, es muy inconsciente. Yo recuerdo que Francisco me mandaba de París cantidad de originales y quedó como un chiste el "Lil es difícil", porque no me gustaba ninguno. Podrían tener valor literario, pero a mí no me movilizaban para traducirlo. Viene esta, muy chiquita, que yo no tenía ni idea. Había leído una única novela de Yves Ravey hace mucho tiempo porque no es un autor que esté traducido, es un autor totalmente desconocido acá. Y esa me movilizó, ¿por qué? Debe ser por ese lado masoquista y estoico que tenemos los traductores. Estoico porque es una labor muy ingrata, es agónica por momentos, peleás con las dificultades, además de que no es un trabajo muy bien remunerado en el mundo. Y si me preguntas qué fue, creo que todo esto que te acabo de decir, esas dificultades que aparecían, esos desafíos que dije: “Bueno, esto puede salir mal, pero si sale bien, qué bueno, porque son desafíos grandes”. En definitiva, el trabajo del traductor es eso, enfrentarse a desafíos y tomar decisiones permanentemente, que también es un tema muy complejo. Por eso es bueno después poder leerla con el editor o con alguien que te inspire mucha confianza. Yo soy neurótica obsesiva, entonces siempre pregunto cuándo es el momento de entregar el cuadro, cuándo es el momento de entregar la partitura, porque puede ser interminable y hay que saber parar. Por eso es bueno leerlo con otro, porque si no empezás a sobretraducir. Y Ravey no fue traducido en el Río de la Plata, eso también fue un desafío. Cuando tú introduces a un autor a un canon, corrés un riesgo muy grande, si la traducción falla, a ese autor nunca más lo editan en el Río de la Plata, queda como con un manto negro. Si la traducción pasa, puede ser que alguien más se interese y se vuelve a editar. Es muy importante, porque la introducción de un nuevo autor puede cambiar el canon, es alguien que no se conocía, si la presentación es mala, no voy a seguir comprando. Entonces la responsabilidad del traductor es muy grande cuando traduce por primera vez un autor, es muy delicado. 

Como lector, cuando uno se pone frente a un libro traducido también se enfrenta a un riesgo.  

La traducción siempre se consideró como una escritura menor, nunca se supo quién traducía. Aún hoy en día empiezo a hacer búsquedas de libros que han sido editados en español y figura la editorial, el año, pero no figura el nombre del traductor y le das 80 vueltas y no aparece. Aún sigue estando esa mala costumbre, ahora cada vez menos. Hemos logrado, después de siglos de batallar, que esa pluma fantasma tenga nombre y apellido, ciudadanía y a veces hasta sabemos que se dedica a otras cosas.  Mi deseo de empezar a traducir fue cuando leía Proust en francés. Yo leía Proust en francés y andaba como una enajenada por la calle, “¿esta persona lo habrá leído? ¿Sabrá quién es? Yo quisiera que lo leyera”. Entonces yo digo que es la más democrática de las profesiones. Pero es un tema, ¿qué es una buena y una mala traducción? Los criterios ahí son muy sutiles. Porque buena y mala sobre la base de qué. Ese es un problema que a veces podemos tener con los críticos. Si el crítico no maneja el idioma que yo estoy traduciendo, desconoce al autor que yo estoy traduciendo, desconoce el universo en el que se mueve la obra y lo vemos muchas veces: “Pésima traducción, mala traducción”. Bueno, habría que ver.

Además del idioma, también está la cultura. En el caso de Taormina, estamos hablando de un francés que escribe sobre un viaje a italia y tú lo traducís a un español rioplatense.  

Hay cosas que las tuvimos que adaptar. Por ejemplo, en un momento están en la estación de servicio, él está aburrido y empieza a buscar cosas de limpieza para limpiar el auto, nombra productos muy específicos que acá no existen, productos para limpiar el auto cuando los mosquitos o las moscas dejan marcas, que acá no existen. Para esas cosas no hay traducción, lo englobás como un detergente o un insecticida.  Lo de que traducimos no solo palabras, sino que también ambientes y silencios, es totalmente cierto y muy pocas veces los críticos literarios lo tienen en cuenta. No traducimos solamente discursos, traducimos culturas. Los discursos no salen de la nada, están enraizados en una cultura y acá vemos en esta pareja muy especial todos los berretines que tienen: él, que es un perdedor y un vago porque no ha hecho nunca nada, vive de ella; ella, que es una científica que trabaja en el centro más prestigioso de Francia con su padre. Ellos son muy de esos títulos, y las precisiones que hacen, el saco de lino, los mocasines, así es la cultura francesa, esos detalles para ellos son muy importantes. Creo que, además, acá hay una intención deliberada del autor de mostrar la estrechez mental de esta gente, de hacer alarde de todas esas cosas cuando faltan otras. Pero hay que tener mucho cuidado con eso, tengo que estar recreando un texto. Eso se pone mucho más de manifiesto cuando me toca traducir teatro, que a mí me encanta, pero tenés que adaptar y recrear porque no podés y es imposible, si traducís tal cual una obra escrita en Francia y la traes a Río de la Plata, va a haber muchas cosas que las vas a tener que cambiar porque si no la cultura no lo entiende. 

El español, además, tiene muchas variaciones según el lugar. Está el español de España, pero en Sudamérica hay muchas variedades del idioma. ¿Cómo englobás todas esas formas para que el entendimiento sea general?  

Bueno, yo te cambio la pregunta: ¿Cómo leíste a los rusos traducidos por España? Horrible, porque venían por el lado del francés, ahí hay doble traducción. Los traductores agarraban las hojas que estaban traducidas del ruso al francés, muchas manos en un plato hacen mucho garabato. Grave error de los editores, que nunca ponen “esta obra ha sido retraducida de tal idioma”. Ahora sí lo hacen un poco más, antes no. Nosotros aprendimos a leer traducciones venidas, la gran mayoría, de España y nos bancamos “gilipollas”, nos bancamos los “rollos”, nos bancamos las “aceras”. Nos bancamos todo y entendíamos. Entonces, España tiene una posición de que la lengua la inventaron ellos y es la única válida, pero resulta que el 90% de los que hablan español son hispanos, los hispanohablantes son muchos más que los españoles. Además, ¿cuál es la lengua española? ¿La vasca, la de Valencia, la catalana? Ellos mismos tienen una infinidad de lenguas. Es todo un tema y por eso nosotros no podemos entrar al mercado español. La distribución de nuestros libros del Río de la Plata en España es mínima comparado con la avalancha de libros que vienen de España y que nosotros leemos. 

En el proceso de traducción de Taormina, pudiste hablar con los editores. ¿También tuviste la oportunidad de hablar con el autor?  

No, nunca hablé con él. Son muy pocas las veces que tenés contacto con los autores. A veces hay autores que acceden. 

¿Cuánto tiempo te tomó traducir Taormina

Taormina me llevó unos tres o cuatro meses, más o menos, pero también estaba con otra en la vuelta. Con la traducción pasa lo mismo que le pasa a cualquier creador, no es que te levantás, bajaron las musas y estás inspirado. Hay días en los que te levantás y empezás: “¿Cómo digo esto? ¿Cómo no lo digo? Con los años aprendí que ahí se apaga, afuera y a otra cosa, mente en blanco. Me dedico a otra cosa y cuando me vuelvo a sentar fluye. De repente estas durante días con una palabra que es clave, que es icónica, no es una palabra cualquiera porque las palabras se pueden traducir, pero en toda traducción y en todo texto, hay zonas muy icónicas, muy marcadas, que no se pueden perder, que hay que rescatarlas. A veces encontrar esa palabra exacta, o ese giro más que la palabra, el giro que tenés que dar para decir lo mismo y que suene como un juego de palabras te puede llegar de repente, te despertás de madrugada y te salió.  


viernes, 17 de noviembre de 2023

Una entrevista de Tomás Villegas sobre la nueva edición de "Bouvard y Pécuchet"

El pasado 15 de noviembre, con motivo de la nueva traducción de Bouvard y Pécuchet, publicada por Eterna Cadencia, Tomás Villegas publicó una entrevista con el administrador de este blog en la revista El diletante. Se reproduce a continuación.

"Traducir clásicos no es una tarea solipsista"

Entre los méritos variopintos de un escritor de la talla de Gustave Flaubert se cuenta tanto la confección de una obra maestra del realismo decimonónico –Madame Bovary–, con sus innovaciones discursivas –el estilo indirecto libre, la diversidad de puntos de vista–, como Bouvard y Pécuchet, el texto que para muchos clausuró las implicancias formales y epistemológicas del realismo (la ciega confianza en el progreso del conocimiento humano, por caso), y que sentó, a su vez, las bases de lo que sería la novela del fracturado siglo XX. Jorge Fondebrider, que cuenta en su haber con una traducción de Madame Bovary y los Tres cuentos de Flaubert –ambos bajo el sello Eterna Cadencia–, se sumerge ahora, con paciencia monacal, en la investigación y el estudio de Bouvard y Pécuchet. Su reciente traducción consta de un prólogo y de un monumental apartado crítico que supera las 1500 notas. Recordemos, por si hiciera falta, lo que de trama hay en este libro. El dúo protagonista, Bouvard y Pécuchet, dos amanuenses que trabajan, el primero en una firma comercial y el segundo en el Ministerio de la Marina, logran, gracias a una herencia, retirarse a una casa en la que se dedican, minuciosa y sistemáticamente, a ensimismarse en los diferentes saberes humanos –desde la agricultura, pasando por la medicina y la química, hasta la pedagogía, la filosofía y literatura– para corroborar, en la constatación de los distintos autores y paradigmas, las contradicciones e insuficiencias del conocimiento. El automatismo irrefrenable de la dupla, encarnado en la insistencia de su método, termina irradiando su insensatez sobre la especie en general; es la estupidez, así, la que parece inscribirse en la médula misma de la humanidad.

 –¿Cuál fue tu primer acercamiento a Flaubert?
No recuerdo cuándo fue la primera vez que leí a Flaubert. Sí que fue Madame Bovary, en la muy buena versión traducida por María Angélica Bosco, para Fabril Editora, que, al hacer los recuentos, los españoles pasan por alto. Después vinieron los otros libros. Recuerdo la impresión que me dejaron como muy vívida. Pero no pensé en traducirlo hasta que, en 2010, Leonora Djament, directora editorial de Eterna Cadencia, me propuso Madame Bovary. Le pedí una semana para ver si había algo que pudiera agregar a las traducciones previas. Volví al original francés y empecé a leer unas cuatro versiones que tenía en casa. Me di cuenta de que no sólo podía decir mucho, sino que también había la posibilidad de un valor agregado. Entonces propuse hacer una edición anotada. Las notas que tenía en mente eran de distintas clase: en primer lugar, todo lo que la crítica y otros escritores hubieran dicho sobre la obra; también, lo que Flaubert había comentado en su correspondencia con diversas personas sobre cada escena; finalmente, lo que un lector contemporáneo podría perderse de no tener el contexto en el cual se escribió esa novela. Y para asegurarme una mayor precisión, opté por utilizar el diccionario de Émile Littré, extraordinario lexicógrafo francés y amigo de Flaubert, para evitar que el desplazamiento de sentido que experimentan las palabras de una época a otra me llevara a soluciones erróneas. Traduje en voz alta, porque Flaubert odiaba las cacofonías y las repeticiones, tratando de ajustar la frase castellana a la francesa y, con todo eso, me fui a París, donde entrevisté a Jacques Neefs, uno de los mayores flaubertianos de la actualidad, quien me dio todo tipo de consejos, permitiéndome además, usar algunas de las notas que él mismo redactó para su propia edición anotada de Madame Bovary. Ése fue mi procedimiento, que, adecuándome a lo que cada texto exigía, apliqué a los Tres cuentos y a Bouvard y Pécuchet, que son los tres libros de Flaubert que traduje hasta ahora.

 –El valor agregado del que hablás se percibe no sólo en el prólogo sino, sobre todo, claro, en el significativo apartado de notas. ¿Qué concepción de traductor hay detrás de una intervención de este tipo?
Te agradezco la pregunta porque me va a permitir poner en claro unas cuantas cosas. La primera es que traduzco como me gusta leer; vale decir, entendiendo todo lo posible. Ésa es una de las pocas cosas realmente valiosas que aprendí en la carrera de Letras: cuando un texto es antiguo, hay que reponer un contexto para no leerlo cayendo en las trampas que nos plantea el presente. Dicho de otro modo, no se le puede atribuir a la gente del pasado las creencias del presente, sin violentar lo que dijeron o la manera en que dijeron. Entonces, como según mi modesto entender, cuando uno traduce una parte son palabras y la otra, una cultura ajena, no hay otro remedio que estudiarla para tratar de reponerla en los mejores términos. De ahí que, cada vez que hago libros que fueron editados hace mucho tiempo, considero importante ayudarme y ayudar al lector con notas. Siempre lo declaro en los prólogos: “¡ésta es una edición anotada!”, de modo que no pretendo engañar a nadie. Luego, siempre digo que quien no quiera leer las notas puede salteárselas. No es un trámite difícil. Sé que hay muchos traductores que repudian esta manera de traducir porque suponen que el lector tiene que arreglárselas solo. También sé que hay quien interpreta que, al poner muchas notas, pretendo competir con el escritor, algo que desmiento de todas las maneras posibles. Finalmente, ahora hay un tópico más bien idiota sobre la supuesta visibilidad o invisibilidad del traductor que, como la mayoría de las teorías que plantea la traductología, me tienen absolutamente sin cuidado. Soy una persona fundamentalmente práctica. Insisto: traduzco de este modo porque leo de este modo. Supongo que estoy en mi derecho, ¿no?

 –Traduzco como me gusta leer, decías. ¿Qué tipo de lector concebís con tu traducción? Por lo pronto, intuyo, uno que no pretende sólo evadirse ni que se deja encandilar por el asunto o la trama, ¿no?
No estoy seguro de concebir ningún tipo de lector. Considerando cuáles son los nombres que se privilegian como importantes en la actualidad, está claro que no necesariamente los lectores leen del mismo modo que imagino yo. A mí, y vos lo adelantás en tu pregunta, el asunto o la trama me parecen relativamente secundarios. Ya te dije que Madame Bovary es una novela sobre un asunto intrascendente, a la que seguimos leyendo por cómo está escrita antes que por lo que privilegian las lecturas actuales. Si un autor, además de escribir realmente bien, habla de cosas importantes, mejor aún. Es, creo, el caso de alguien como Joseph Conrad, a quien admiró muchísimo. Pero la importancia de algo es una categoría que está muy lejos de ser universal. Me quedo entonces con la forma en que se dice algo. Uno bien podría pensar que no debe haber tema menos interesante que las intrigas vaticanas, hasta que se topa con Lytton Strachey escribiendo sobre el Cardenal Newman en Victorianos eminentes. Un extraordinario cronista como John McPhee nos mantiene pegados al libro, aunque el tema sea la construcción de canoas con corteza de abedul, la historia de la seda de los paracaídas o el cultivo de naranjas en el valle de San Fernando. Todo puede ser interesante si está bien escrito. En cuanto a la evasión, me parecen más pertinentes los lectores que buscan conocimiento, emoción, compañía y consuelo.

 –¿Es posible generar emoción con la lectura interrumpida que proponen las notas?
 –No hay una forma mecánica para la emoción. Cada cual la encuentra como puede y donde puede. Y, muchas veces, lo que nos produce emoción bajo ciertas circunstancias nos deja completamente indiferentes en otras. Como pasó con mucha gente de mi generación, la lectura de obras de Hermann Hesse –pienso en El lobo estepario o incluso en Demián– a los quince años me llenaban de emoción. Hoy no tolero esos libros. Y lo mismo me pasó con muchos otros, fundamentalmente de ficción. Observo que, salvo excepciones –y aquí pongo en primer lugar a muchos escritores irlandeses– las novelas actuales me aburren. Por eso prefiero los clásicos anteriores a la mitad del siglo XX. Pero, volviendo al principio, y a tu pregunta, las notas –y aquí hablo de las ajenas– contribuyen a mi emoción. No pretendo de ningún modo establecer una comparación, pero muchos de los mejores ensayos de Borges son apenas notas ordenadas con alguna intencionalidad. A mí, sistemáticamente, me emocionan más que una buena parte de sus ficciones.

–Mencionaste la importancia de traducir en base al contexto original, para no atribuirle al pasado creencias del presente. A propósito, me pregunto: ¿cómo puede dialogar con el presente esta publicación de Bouvard y Pécuchet?
Bueno, en tu pregunta hay dos aspectos. Asistimos en esta época a una política de cancelación que se aplica indistintamente al presente como al pasado. En el caso del presente, sabemos que hay opiniones decididamente estúpidas –las que sostienen los terraplanistas, los antivacunas, etc.– y otras más difíciles de dilucidar, porque, aun cuando no estén respaldadas por instituciones religiosas, admiten distintos puntos de vista. El tiempo revela cuán estúpidas pueden llegar a ser esas opiniones. El problema es cuando aplicamos la misma lógica al pasado, porque ahí, inevitablemente, la estupidez se vuelve exponencial. Te voy a dar dos ejemplos extremos y a contarte una anécdota personal. Mi primer ejemplo tiene que ver con Charles Darwin, probablemente el científico más importante del siglo XIX. Sin embargo, por más inteligente que fuera, era un inglés de clase alta con los prejuicios correspondientes a su nacionalidad y a su clase. Así, luego de haber formulado su teoría de la evolución –que cambió todo el paradigma que se tenía del mundo y puso en crisis los dogmas de la Iglesia– metió la pata al publicar un folleto en el que consideraba que los escoceses y los irlandeses eran etapas intermedias de la evolución humana. Hoy, eso es inadmisible, pero en su tiempo formaba parte de lo que pensaban muchos ingleses. ¿Vamos a condenar al Darwin que formuló la teoría de la evolución por ese folleto? Mi segundo ejemplo se refiere a la última traducción al neerlandés de la Divina Comedia, un texto redactado en el siglo XIII y traducido hace un par de años, en el cual la traductora saca a Mahoma del Infierno para no irritar a los eventuales lectores musulmanes. Evidentemente, hay algo que no está funcionando bien. Te sumo ahora la anécdota personal, hace algún tiempo, me tocó traducir unos manuales de escuela primaria destinados a la enseñanza en varios estados de los Estados Unidos. Cuando hubo que ejemplificar la “v” y la “b”, se nos pidió que no usáramos la palabra “víbora” porque en California, uno de los estados en cuestión, se buscaba no asustar a los niños con criaturas malignas que pudieran estar asociadas... al diablo. Te di dos ejemplos de estupidez y te conté una anécdota decididamente estúpida. En estos tres casos, el presente se sirve del pasado o de una lectura teocrática de la realidad para justificarse. Todo esto podría haber sido incluido en Bouvard y Pécuchet, que es una novela que trata, precisamente, de las distintas formas de la estupidez y de sus muchas y grotescas justificaciones. Sospecho que ahí, en la demostración palmaria de la estupidez humana, está una de las principales razones por las que esta novela, escrita por un misántropo, sigue funcionando en el presente.

¿Se podría decir, entonces, que estás de acuerdo con la frase de Valéry, esa de que “cada generación debería traducir a los clásicos”?
Ni siquiera sabía que Valéry –quien por cierto me aburre muchísimo– había dicho eso. Pero es así. Y no sólo por razones que pomposamente podríamos llamar “filosóficas”, sino, fundamentalmente, porque la lengua cambia, se desplaza, y hay palabras que dejan de usarse y son reemplazadas por otras. Por caso, creo que salvo el tarado de Milei ya nadie dice “por ende”, sino “en consecuencia” o “consecuentemente”. Una traducción de los años treinta o cuarenta todavía podía permitirse eso, pero estoy seguro de que a un lector de la segunda década del siglo XXI le haría bastante ruido algo que, en el original, no sobresalta a nadie. No se trata de “modernizar”, sino de mantener la efectividad de la lengua en razón de los usos de cada época. Hay, con todo, algo más. Cuando Salas Subirat tradujo el Ulises de Joyce al castellano, lo hizo sin contar ni con el conocimiento de las muchas variedades del inglés que ostenta el autor, ni con el aparato crítico con que cuentan los traductores actuales. Indudablemente, en el medio, pasaron muchas cosas y hoy, puede decirse, sabemos mucho más de Joyce y del Ulises que lo que se podía saber entre 1940 y 1945, años de esa primera traducción. En el caso de Bouvard y Pécuchet, la cosa se dispara exponencialmente, porque a las primeras versiones se les fueron sumando otras con mayor información. El libro ya no es el mismo que se publicó en 1881 (nueve capítulos completos y uno a medio terminar), sino un primer volumen de diez capítulos que incluyen los distintos planes que dejó Flaubert y que fueron descubiertos con el correr del tiempo, más un segundo volumen, bautizado como “La copia”, donde constan todos los materiales que Flaubert había estado recopilando para completar el libro. Esto es, el “Diccionario de ideas recibidas” (que en mi edición, por primera vez en castellano, se publica en sus tres versiones) y una gigantesca selección de citas, divididas en diversos libros posibles, que, de acuerdo con lo que sabemos, es lo que Flaubert les había reservado a sus copistas, cuando, desengañados de los saberes humanos, deciden retirarse a copiar las citas más estúpidas de todos los autores y libros que se mencionan en el primer volumen. Sobre esto último se ha avanzado muchísimo. El italiano Alberto Cento fue el primero en arriesgar hipótesis de trabajo que después siguieron y mejoraron los investigadores franceses; sobre todo aquéllos que se sirvieron del método genético que consiste en la comparación de manuscritos –y Flaubert dejó varios– adecuándolos a la lógica de los diversos planes. Así, la última edición de Bouvard y Pécuchet, que fue la que prepararon y editaron en 2022 Jacques Neefs y Anne Herschberg-Pierrot para la Pléiade, multiplica el número de páginas y notas hasta un punto impensado apenas treinta años antes. Hoy se sabe mucho más de esta obra, y lo que sabemos nos obliga a volver a traducirla, introduciendo modificaciones tanto en texto como en su sentido. Traducir clásicos no es una tarea solipsista, sino un trabajo colectivo que involucra a generaciones de investigadores y traductores. Opto entonces por presentar una nutrida página de agradecimientos a gente que me precedió y a otra que me prestó ayuda porque este tipo de libros es como una película: el crédito no puede ser para una sola persona.

En el tan comentado capítulo octavo, los protagonistas reconocen la estupidez que les rodea (en tu traducción: “Entonces, en su espíritu, se desarrolló una facultad penosa: la de ver la estupidez y ya no tolerarla”). Borges asegura en su vindicación de la novela que, en este punto, Flaubert se reconcilia con sus criaturas. En tu caso como traductor, ¿sucedió algo similar?
Vamos nuevamente por partes. No sé si Borges tiene razón. Nadie pasa tanto tiempo como Flaubert pasó con Bouvard y Pécuchet si no deposita alguna esperanza en ellos. A medida que promedia la novela, todos los personajes van mostrando lo que son con mayor claridad y eso lo ven tanto Bouvard y Pécuchet como el lector. Fijate que hay cierta candidez en la idea que ambos hombrecitos tienen del conocimiento y la cultura, y, primero, a fuerza de torpeza, y después, a fuerza de auténtica decepción, van perdiendo la fe en los supuestos saberes y en sus vecinos. Yo diría que Flaubert, más que reconciliarse, se resigna. En cuanto a mí, estoy muy cerca de la concepción que Flaubert tiene de la sabiduría y de nuestra especie. Ésa probablemente es otra de las razones por las que disfruté tanto traduciendo esta novela.

Volviendo a la novela, Bouvard y Pėcuchet continúan el legado de personajes cervantinos que, a su vez, siguen Mercier y Camier, Mason y Dixon...etc. ¿Por qué crees que resulta tan productivo este esquema de dúo/parejas?
Es indudable que Flaubert fue muy influido por Cervantes. Pero a diferencia de éste, cuya influencia es muy clara en Madame Bovary, en los trastornos que la lectura de autores románticos produce en Emma, en Bouvard y Pécuchet no parece tan directa. De hecho, la crítica señala que ambos hombres son, en realidad, una versión dialógica de Flaubert, un recurso para justificar la expresión de ideas del autor. Antes y después de esta última novela, el recurso se usó sistemáticamente porque, el diálogo es un principio estructural. No sólo Mercier y Camier, los personajes homónimos de la novela que Samuel Beckett publicó en 1946, sino también los Vladimir y Estragón, de Esperando a Godot, también de Beckett. Y antes de Mason y Dixon, personajes históricos también homónimos de la novela que Thomas Pynchon publicó en 1997, siempre según los críticos, también habría que pensar en Laurel y Hardy, en Abbot y Costello, y en muchos otros dúos, cuya productividad, repito, tiene que ver con las posibilidades dramáticas que ofrece la forma dialogada.

¿Qué clásico te gustaría traducir?
Por supuesto que me gustaría seguir con Flaubert, sobre todo con La tentación de San Antonio. Con cada nuevo libro suyo sigo aprendiendo a leer y a escribir. Ahora, en lo inmediato, estoy con una gran antología de cuentos de Maupassant que, con suerte, Eterna Cadencia va a editar el año que viene. A futuro, espero poder traducir Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne. Creo que es uno de esos libros que prefiguran la literatura que vino después. En ese sentido, soy muy poundiano porque siempre quiero hacer nuevo lo viejo.

 –¿Cómo ves el panorama actual de la traducción a nivel nacional?
Desde el punto de vista de la cantidad, lo veo bien. Hay una sorprendente abundancia de editoriales independientes que publican textos traducidos, para los cuales hacen falta cada vez más traductores. Lo interesante es que, considerando las muchas ventajas que hay en España para la adquisición de derechos y la cantidad de subsidios, en Argentina hay que aguzar el ingenio y estar atento a las posibilidades que haya. Los españoles, en líneas generales, por sus muchos complejos frente a Europa, suelen traducir lo que se traduce en otros países; fundamentalmente, Francia, Alemania y, en menor grado, Italia. Es raro ver que traduzcan sin contar con la anuencia del extranjero. Un ejemplo de ello es Anagrama, que tanto en la época de Herralde como ahora es extremadamente conservadora y trata de apostar sobre seguro. En Argentina, en cambio, nos arriesgamos más. Una editorial como, por ejemplo, Cactus, cuyo catálogo francamente asombra, sería inviable en España. Y lo mismo vale para sellos como Fiordo y Chai, sin hablar de algunos del interior del país como Serapis (de Rosario) o Vilnius (de Córdoba). En cuanto a los traductores, hay muy buenos; pienso en gente como Víctor Goldstein, Jorge Aulicino, Alejandro González, Omar Lobo, Inés Garland, Laura Wittner, Jan de Jager, Julieta Canedo, Matías Battistón, Juan Arabia, etc. Añado que, la traducción, como todo, es susceptible de modas y, en algunos casos, de discusiones de corte ideológico. Algunas de ellas, presentes en la actualidad, tienen que ver con la traducción de poesía. De hecho, hay quien plantea traducirla con la ilusión de respetar la rima o las formas fijas y quien busca, en esos casos, una traducción rítmica y nada más. Luego, quien decide traducir al “rioplatense”, manteniendo el voseo y un léxico marcadamente local, y quien busca un registro menos localizado. Por último, resta un aspecto nada menor que es el pago de las traducciones. Argentina, a pesar de su pujanza, es el país que peor paga en toda Latinoamérica. Y no se trata sólo de una cuestión vinculada a la devaluación de nuestra moneda y al valor del dólar, sino, más bien, a la tendencia que tienen las editoriales a considerar que la labor del traductor es subsidiaria. Al no existir una institución que defienda el trabajo de los traductores (la AATI, que es la Asociación Argentina de Traductores e Intérpretes, no cumple ese papel) y al ser ésta una profesión solitaria, a las editoriales les resulta muy fácil aprovecharse de esta situación.

Para ir terminando, ¿podrías decir algunas palabras sobre el Club de Traductores Literarios? ¿Cómo se originó? ¿Cuáles son sus objetivos? ¿Cuál, su estado actual?
El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires fue creado en 2009 por Julia Benseñor y yo. Lo concebimos como una manera de establecer un vínculo entre traductores porque la nuestra es una profesión solitaria que permite, por esa condición, todo tipo de abusos por parte de las editoriales: ausencia de contratos, explotación irrestricta, tarifas miserables, etc. Para que fuera atractivo, pensamos que, antes de hablar de estos temas, tenía sentido reunirnos a discutir cuestiones específicas de nuestro trabajo. Eso, con el tiempo, nos llevó a la realización de varios encuentros internacionales sobre muy diversos temas. En principio nos acogió el Centro Cultura de España, donde estuvimos siete años, y luego, el Instituto Goethe, donde estuvimos cinco años, hasta la pandemia. Desde entonces, nuestras actividades son exclusivamente virtuales y pueden verse en el blog que, desde el principio, alimento a diario, cinco días a la semana. De los temas exclusivos de traducción, pasamos a ocuparnos del estado de la lengua y de las distintas políticas que sobre ella imperan en el mundo, y también del mercado editorial. Hoy, el blog constituye un archivo gigantesco donde se aloja todo este material. A veces se trata de reproducir lo que dice la prensa, a veces generamos nuestros propios contenidos y, cuando hay actividades en vivo, ofrecemos las filmaciones de las mismas. Por el Club han pasado traductores, escritores, editores, correctores y todo tipo de personas ligadas al mundo del libro. Asimismo, en los casos de la literatura dramática, hubo actores y directores teatrales, y, en alguna ocasión, también científicos. Por la forma en que muchos jóvenes traductores se acercan, suponemos que alguna función hemos cumplido, no sólo en la visibilización del oficio, sino también en el establecimiento de reglas un poco más claras con el mundo editorial.