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martes, 6 de marzo de 2018

Más dominio público menos en España

La reciente ola de frío europea se atribuye a un fenómeno climático originado en Siberia. No obstante, en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires sabemos que la información es falsa. El origen de todo es un huracán cubano, que para más precisiones, vive en Viena. Se llama José Aníbal Campos y es traductor del alemán (y de los muy muy buenos). Gracias a él, que nos escribe con la pasión que lo caracteriza, nos enteramos de la existencia de muchos autores del universo de la lengua alemana que merecen ser leídos. Hans Fallada es uno de ellos.

Buena noticia para colegas y editoriales latinoamericanas

Desde el 1 de enero de 2018 la obra del importante escritor alemán Hans Fallada (foto; 1893-1947) ha pasado a dominio público en su país de origen. Fallada, que fue un autor de gran renombre en su época (entre las décadas de 1920 y 1930 del pasado siglo), con obras que se convirtieron en su momento en auténticos éxitos de venta, siendo, algunas de ellas, llevadas al cine (incluso varias veces), ha estado experimentando un revival en el mundo en los últimos diez años.

Su vasta obra, en España, ha venido siendo publicada parcialmente, sobre todo, por Maeva, pero son innumerables las obras de Fallada que aún no se conocen en nuestra lengua. La editorial Aufbau, por ejemplo, que es la que lleva desde hace años al autor, acaba de publicar unos magníficos diarios escritos en la prisión en 1944, donde Fallada, que nunca se marchó de Alemania durante el nazismo, hace un ajuste de cuentas con el sistema de terror nacionalsocialista. (Valga decir que, en este último caso, sí que es preciso consultar con Aufbau el pago de los derechos a las compiladoras de estos diarios, que han hecho una labor magnífica de transcripción e investigación, con un muy revelador aparato crítico).

Téngase en cuenta, sin embargo, que de casi medio centenar de novelas escritas a lo largo de su vida, de Fallada, en nuestro idioma, se conocen apenas unas diez.

Aunque en España una (a mi juicio onerosa) ley establece 80 años para que pasen a dominio público los derechos tras la muerte de los autores (aun cuando sus obras lo estén en sus respectivos países de origen), ésta (conocida en mundillo editorial como "Ley Balcells"), por mucho que algunas editoriales sigan poniendo en el machón de créditos: "Derechos para todos los países de lengua española", no tendría aplicación en un país como la Argentina.

Creo que es una buena oportunidad de dar alguna aplicación práctica, aunque sea poquito a poquito, a la anhelada socavación del bloqueo que establece el poderío editorial español. En situaciones similares a la de Fallada hay decenas de autores de habla alemana que apenas nadie conoce. Porque, puedo asegurarlo, hay vida literaria después de Kafka, que hasta donde más o menos ha llegado el conocimiento peninsular sobre la modernidad literaria en lengua alemana. ¡Salud y República! 

lunes, 3 de julio de 2017

José Aníbal Campos propone un rompecabezas

El traductor cubano José Aníbal Campos propone en su última columna de El Trujamán (22 de junio pasado), un rompecabezas que no resuelve. Es perfectamente lícito imaginárselo en su casa de Viena (o en alguna de las múltiples casas de traductores que elige para terminar sus trabajos), atuzándose el bigote e imaginándonos presas del desconcierto.

De contextos

 Una querida colega tiene un modo muy particular de aludir a la necesidad de examinar en detalle cada caso cuando abordamos una traducción de tipo literario. Con su gracia habitual, a toda pregunta algo ambigua sobre significados, suele responder: «Dame, dame contexto».

De los ejercicios que aplico con frecuencia al trabajar con aspirantes a traductores hay uno que gira en torno a una frase leída una vez, mientras estaba de tránsito en algún lugar de Alemania. La frase (el eslogan de una agencia turística) ocupaba todo el flanco de un autocar turístico: Weil jeder ein Ziel hat…

Yo estaba a las puertas de una estación de trenes. No hacía un viaje de trabajo; me aprestaba a visitar a una amiga y, de paso, tomarme unos días libres. Pero como entre las perversiones de este oficio está el llevar al traductor consigo a todas partes, de inmediato me puse a sopesar variantes para aquella frase ambivalente (no tan ambigua, en efecto, en el contexto en que la leí, pero sí lo suficiente como para crear un buen ejercicio a partir de ella).

La frase, de apariencia sencilla, puede usarse en contextos tan variables, que –como se ha demostrado en esos seminarios– uno puede estar horas y horas dando vueltas a un número infinito de variantes. De ahí su valor como ejercicio para entrenar el juicio crítico y desconfiar de los diccionarios generalistas bilingües a la hora de optar por una de las distintas acepciones que puede tener una palabra.

La traducción que muchos alumnos me ofrecen, casi automáticamente, es: «Porque todo el mundo tiene un objetivo…». Fuera de contexto, no puede decirse que la solución sea incorrecta, pero si pensamos que se trata de una agencia de viajes, podría resultar algo problemática, así que estimulo a los alumnos a buscar otras variables.

«Porque todo el mundo tiene una meta…» (solución que se acerca más al contexto del viaje), o: «Porque todos tienen un destino…» (otra variante que acabamos descartando por ese retintín filosófico o trascendental que encaja menos con el caso concreto de un viaje de placer), si bien uno de los problemas que plantea la frase es que, en el contexto específico de una agencia de viajes «en Alemania», todos esos significados (objetivo, meta, destino) están implícitos en el eslogan publicitario.

En lo personal, la solución que más me ha gustado de todas me la dio una vez un alumno latinoamericano: «Porque todos quieren llegar a alguna parte…». Me gusta esta solución (aun cuando en español se me haga demasiado larga para un eslogan publicitario en el flanco de un autobús), porque añade un matiz de seguridad que incluso el original deja abierto, pero que viene muy bien al motivo del viaje. Lleva implícito, asimismo, un aspecto de largo arraigo en la mentalidad alemana: el Fernweh, el maravilloso Hinausweh de Matthias Claudius (la añoranza de viajar a sitios exóticos, lejanos).

Los debates se dilatan, y debo admitir que esas prolongadas sesiones cuentan entre las más enriquecedoras del trabajo. Imaginamos otros escenarios posibles: la misma frase a las puertas –digamos– de una Universidad, como eslogan de una campaña electoral, como lema en la entrada de una clínica de desintoxicación.

El tiempo se nos va en esos bizantinismos obligados en nuestra profesión. Y luego, cuando el seminario va llegando a su fin, quizás hasta con el perverso fin de contagiar a los alumnos con mi propio mal, les digo: «Y ahora imaginemos que encontramos esa misma frase en una novela en la que un personaje, el dueño de una funeraria, la ha elegido como consigna de su negocio».

Y ahí se los dejo.

lunes, 12 de junio de 2017

"Idealismo acompañado de pasos concretos"

Karl Dedecius
El pasado 6 de junio, el traductor cubano José Aníbal Campos publicó en El Trujamán la siguiente columna dedicada a Karl Dedecius, traductor del polaco y del ruso al alemán, a quien el autor considera “uno de los traductores europeos más importantes del pasado siglo”.

Karl Dedecius: las vidas de un traductor

El 26 de febrero de 2016 moría en Fráncfort del Meno uno de los grandes intelectuales europeos del siglo xx: Karl Dedecius. ¿He dicho «intelectual»? Pues debo precisar: quien falleció en Fráncfort es uno de los traductores europeos más importantes del pasado siglo.

Nacido y crecido en el seno de la comunidad de habla alemana de Łódź, a los dieciocho años Dedecius se vio arrastrado a una guerra que no era la suya y que vino a interrumpir el acariciado sueño de estudiar teatro. Fue en esa época cuando encontró en la traducción no solo un modo de sobrevivir en medio del horror, sino de renacer una y otra vez para convertirse en el gran divulgador de la literatura polaca en los países germanófonos.

El propio lema de su ciudad natal, Ex navicula navis (‘De una barca, un barco’), cuyo escudo de armas muestra tan solo una sencilla embarcación de remos, parece haberlo predestinado para el oficio de barquero al que dedicaría una de sus muchas vidas. Su impresionante obra como traductor y promotor la realizó, en su mayor parte, fuera de los horarios de oficina, en los más de veinte años que trabajó como empleado en una compañía de seguros en la metrópoli a orillas del Meno.

Cuando en los años cincuenta y sesenta nadie había oído hablar en Occidente de figuras como las de Stanisław Jerzy Lec, Zbigniew Herbert, Czesław Miłosz o Wisława Szymborska, Dedecius peregrinaba por las editoriales alemanas con sus propuestas de publicación de poetas y escritores polacos y rusos.

Siendo prisionero de los soviéticos —recuerda Dedecius en su destacable libro de memorias, Ein Europäer aus Lodz [‘Un europeo de Lodz’] (Suhrkamp 2006)— «encontré la medicina efectiva para mí: la traducción». Todo empezó con unos versos de Lérmontov: «Yo buscaba e indagaba intentando hallar paralelismos. Reflexionando sobre las heridas juveniles de Lérmontov, conseguía olvidar las propias. Con el tiempo, fui ganando fuerzas y aprendí de nuevo a erguirme y a caminar. Con la ayuda de esos versos extranjeros, con las muletas de la poesía».

Aparte de las decenas de publicaciones individuales, antologías y ensayos sobre literatura polaca (y eslava en general), son dos los grandes proyectos de Dedecius que resumen y definen su labor como mediador entre las culturas de habla alemana y la polaca: la Biblioteca Polaca de la editorial Suhrkamp (cincuenta volúmenes de obras literarias de distinto género y estilo a través de los cuales el lector obtiene un amplio panorama de la evolución cultural de Polonia desde la Edad Media hasta la actualidad) y el Instituto Polaco-Alemán, en el que, desde su fundación oficial en 1980 (y recalco lo de «oficial» porque en realidad ya Dedecius venía asumiendo en solitario desde los cincuenta, sin apoyos oficiales, la labor que luego encabezaría la nueva institución), se han formado centenares de traductores del polaco al alemán (o a la inversa), convirtiéndose en el centro de información y documentación por excelencia para miles de periodistas y polonistas alemanes y europeos.

Demasiado «idealista». Fue ese el descalificativo que Dedecius hubo de oír durante décadas cuando, en los sesenta y setenta, trató la creación de este instituto con varias personalidades de la vida pública. Pero el «idealismo», acompañado de pasos concretos, representado por un hombre con la tenacidad de Dedecius, puede arrojar resultados más que palpables.

En una época en que percibo, para mi pesar, ciertos peligrosos síntomas que apuntan a una pragmática «tecnocratificación» de la traducción de obras de valor cultural, vale la pena echar una ojeada a la biografía de este gran traductor europeo.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Las posibles relaciones entre la traducción y los oficios artesanales


El traductor cubano José Aníbal Campos publicó en El Trujamán del 15 de septiembre pasado la siguiente reflexión sobre los problemas que plantea la palabra “traducir” en alemán.


Intraducibles traducciones de traducir

Quizás en ningún otro idioma europeo los verbos para referirse a la traducción tengan tantos matices implícitos y difíciles de traducir como en la lengua alemana. El verbo más común (übersetzen) tiene dos variantes, una partitiva y otra no partitiva. Über-setzen (la variante partitiva) significa cruzar, trasladar, llevar de un sitio otro, de una orilla a la otra, de ahí que en la imagen del barquero sea una de las más usadas en alemán para referirse a los traductores (existe incluso un premio llamado Die Übersetzerbarke, la Barca del Traductor, otorgado con cierta regularidad por el gremio de los traductores alemanes a personalidades del mundo del libro o la cultura que han realizado una labor encomiable en la divulgación del trabajo de los «barqueros de la literatura». 

Otra ingeniosa variación de ese verbo nos la ofrece un espléndido aforismo: «Übersetzen? Üb’ersetzen!» (literalmente: «¿Traducir? ¡Ejercitarse en sustituir!», pero que yo prefiero traer al español irónicamente de este modo: «¿Traducir? ¡Ejercitarse en suplir!», por el tañido de «suplicio» que se oye vagamente en esa última palabra).

Sin embargo, el verbo alemán que más me gusta para referirse al acto de traducir es übertragen. El prefijo cumple aquí la misma función que en über-setzen, pero el verbo tragen (portar, llevar, soportar, cargar y un larguísimo etcétera) alude a ese peso que se echan encima los Sísifos traductores cuando han de traer a hombros, desde el territorio opuesto, la boronilla de una lengua que servirá para confeccionar las piedras que levanten la casa nueva en el terreno propio.

Pero hay más: nachdichten es otro verbo de gran belleza polisémica. Dichtenes el verbo para sintetizar, adensar, impermeabilizar y, especialmente, para lacomposición de textos literarios. En alemán, como en cualquier lengua, una persona alfabetizada puede ser un escritor (literalmente un «colocador de letras»), autor de uno o varios libros, pero no todo el mundo alcanza la condición de Dichter. En este caso, el verbo se usa más para la traducción de poesía, y vendría a indicar lo que en español, a falta de mejor solución, llamamos «versión». 

Lo que, por encima de todo, me atrae de estas formas de aludir al proceso de traducción es su relación, todavía, con algún oficio artesanal (oficios, además, que con el desarrollo de la tecnología están casi en vías de extinción, como el de barquero o el de estibador).

Esa misma tecnología, la que nos ha traído un grado de democratización de la cultura apenas conocido antes, constituye el instrumento de un proceso que es tan bienvenido como peligroso. Cualquiera puede actualmente mostrar su creatividad en público sin necesidad de subordinarse a los canales «oficiales»; pero también cualquier persona sin oficio, sin apenas experiencia (o simplemente sin talento), puede evacuar a través de la red los detritos de su afán de notoriedad (e incluso tener éxito de público entre otro centenar de internautas con similares trastornos de evacuación).

Y aunque una búsqueda en Google puede ahorrarnos ahora mucho tiempo (y hasta espacio y polvo en las estanterías de casa), la verdadera traducción de literatura sigue ubicada –quiero creer– en un ámbito artesanal que casi recuerda al de los amanuenses medievales: un ámbito de trabajo en el que la paciencia, la dedicación, el trabajo arduo y hasta la ceguera o la literal puesta en peligro de partes del propio cuerpo (¡ay, en «nombre de la –puñetera– rosa»!) dejan su huella en el resultado.


viernes, 28 de agosto de 2015

"Una labor crítica de iure y ex officio"

José Aníbal Campos nació en La Habana en 1965. Es germanista, traductor y ensayista. Ha traducido a Peter Stamm, Gregor von Rezzori, Stefan Zweig, Hermann Hesse, entre muchos otros. El siguiente ensayo se publicó recientemente en hermanocerdo.com




Texto eliminado a pedido del autor

jueves, 19 de marzo de 2015

De un libro a otro

El 16 de marzo pasado, el traductor cubano José Aníbal Campos publicó la siguiente reflexión en El Trujamán.

De la precariedad de un oficio

¿En qué otra profesión artesanal se ve uno tan a menudo obligado a pactar con su mala conciencia cuando dice: «He acabado este trabajo»? No se me ocurre ninguna. «Cerrar» una traducción, acabarla, es un acto tan inevitable, necesario y fatal (notwendig) como temerario y, casi podría decirse, mendaz. Una puerta que se cierra de golpe y que, con el cajón de aire que genera, abre de pronto la ventana situada en el otro extremo, advirtiéndonos que hay espacios que no admiten encierros definitivos, mucho menos el reservado a las palabras.

Por un lado el traductor, al «cerrar» un nuevo libro con un suspiro de alivio, sabe que si pudiera contar con un plazo más cambiaría aún algunas cosas. Está seguro al menos, si se trata de un libro complejo, de que ciertos pasajes merecerían muchas más horas de reflexión o de búsqueda. Por otro lado, ese «cierre» implica a la vez, aparte del alivio temporal, el levantamiento de un dique, la liberación de las líquidas masas de palabras que irán ahora a inundar las mentes de decenas, centenares o miles de lectores, cada uno con una visión distinta del libro, en una nueva fase de filtrado que, como sabemos, nunca se detiene.

Es como el émbolo de una jeringuilla. El pulgar oprime el pistón e inocula el último resto de líquido, pero esas aguas cobran vida propia en el cuerpo en el que han sido inoculadas, se expanden, se funden con otros fluidos, pasan de un cuerpo a otro, crean viscosidades, transparencias, iridiscencias, nuevos colores, dan lugar a reacciones visibles, a espasmos, a risas, a vómitos o, simplemente, dilatan las pupilas y propician el asombro. O el tedio. O el disgusto. En fin, que inoculan nuevos estados, nuevas variables.

Un carpintero trabaja con notoria ventaja. Acude a la casa del cliente, mide las paredes donde quienes lo contratan desean colocar un mueble, escucha las expectativas de la esposa, los anhelos de sus hijos o las manías del marido, que quiere un rinconcito en el mueble donde colocar las llaves cuando llega del trabajo.

Un carpintero es un intermediario entre unos trozos de madera y unos anhelos casi siempre bastante concretos. Un traductor es una entidad (también anhelante) que ha de despojarse de sus propios deseos para mediar entre anhelos muchas veces divergentes y vagos. Y sin derecho a visitas para encuestar a los potenciales clientes. ¡Por suerte!

Pero, en fin, el libro ha sido «acabado». Y llega entonces el momento cumbre, el instante en el que la precariedad del oficio se vuelve más tangible, concreta, numérica: ha llegado el momento de cuantificar las palabras, las líneas, los caracteres y convertirlos en una factura. Y es en ese instante cuando el traductor, casi un filósofo en pijama, comprende, con vértigo, el abismo del tiempo. Y para no despeñarse en el agujero negro que se abre ante él, da unos pasitos hasta su escritorio, titubea una o dos veces y termina aferrándose a las páginas de un nuevo encargo: el libro siguiente.


miércoles, 13 de marzo de 2013

Otro blog dedicado a la traducción


Arte-Sanías es un blog de José Aníbal Campos y Mario Domínguez Parra, dedicado a la publicación de textos sobre el arte de la traducción y sobre otros temas relacionados con la literatura y la cultura en general. 

Una de sus últimas entradas –más precisamente, la del 7 de marzo pasado– incluye una entrevista con la escritora mexicana Carmen Boullosa a propósito de la relacíón que ésta tiene con la traducción.

Puede visitárselo en http://joseanibalcamposmariodominguezparra.blogspot.com.ar/



sábado, 23 de febrero de 2013

Una encuesta para traductores (18)

José Aníbal Campos
Foto: Roberto A. Cabrera
Nacido en La Habana, en 1965, pero residente en España, es  germanista, traductor y ensayista. Ha traducido, entre muchos otros, a Uwe Timm, Peter Stamm, Hermann Hesse, Stefan Zweig, Martin Mosebach o Karl Schlögel. Su traducción de la novela Edipo en Stalingrado (Sexto Piso, 2011) fue calificada por un crítico argentino como "la mejor novela traducida publicada en 2011". Actualmente prepara su canto de cisne como traductor con la primera versión al español de Jahrestage (Aniversarios), de Uwe Johnson. Co-dirige el blog de traducción literaria ARTE-SANÍAS.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Me gusta comparar el acto de traducir con la cópula (una palabra que me parece preciosa, aunque no tanto como el acto en sí). Y creo que en ello radican fundamentalmente tanto la similitud como las diferencias entre traducción y escritura. Un adolescente siempre practica la cópula, en solitario, a través de la masturbación. En ese acto secreto, en el que el adolescente pone todo su empeño y su imaginación, un chico se inventa poses, posturas, cuerpos, su mente se llena de imágenes de formas voluptuosas, seductoras. Y algo así pasa con la erótica de la escritura. El autor saca de sí su mundo interior, las imágenes que lo acompañan y lo han marcado desde niño, e intenta darles a esas marcas vitales cierto erotismo, cierta voluptuosidad (no importa la temática, aun la más cruda, siempre hay un erotismo de la palabra, de la sintaxis). El traductor, en cambio, que también fue adolescente, sabe que cuando tiene que hacer el trasvase entre dos textos se produce una fricción erótica, y ha de recordar a un tiempo sus experiencias masturbadoras (o más turbadoras), y actualizar de nuevo la suma de sus cópulas (digamos, de sus lecturas, del conocimiento que tiene del autor específico al que traduce, de su lengua, su cultura). Porque lo que tiene delante, como tarea, es la fricción de dos cuerpos, un intercambio de flujos, de salivas, hasta de impurezas; son lenguas que se funden y entrelazan; son rozaduras en las entrepiernas por las fricciones demasiado impetuosas o imperitas, son las carnes de gallina por culpa del roce tierno, de la caricia; es, también, el atrayente malestar de estómago de lo amado que se aleja o que no resiste el tiempo para el éxtasis. Escribir es, según este modesto criterio, masturbarse (la eyección del yo, el vertido, digamos, "egoísta" de lo propio); traducir, en cambio, es entrega abnegada, es renuncia para adaptar nuestro cuerpo, nuestro ritmo, nuestras deficiencias y virtudes, al cuerpo ajeno; porque en definitiva, al final, el resultado es una nueva criatura que debería hacer gemir, en un éxtasis que no es místico ni sexual, a los lectores de la traducción. Escribir algo propio (como imaginar), no tiene tantos límites como el traducir, donde es preciso entregarse, sí, pero donde hay, a la vez, que tomar cierta distancia, a fin de respetar la particularidad del otro "cuerpo". 

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
 La verdad es que cuando alguien ha elogiado una traducción mía diciendo que "parece escrita en español original", no sé muy bien cómo tomarme el elogio. Si algo ha de notarse, es que se trata de un texto traducido, porque el mérito más alto al que debe aspirar un traductor es el de introducir momentos nuevos en los moldes de pensamiento de su cultura, en las estructuras de su lengua. Ése sería el más honroso resultado, a mi juicio, de esa cópula a la que me refería al principio: una nueva criatura, un pequeño ser que respira y habla parecido a nosotros, pero que ya no es el mismo. Son contados con los dedos de una mano los traductores a los que les es dado introducir esos momentos nuevos en una lengua, en un ámbito cultural. Un buen ejemplo lo habéis tenido aquí en esta magnífica sección: don Miguel Sáenz. 

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
 En alguna ocasión escribí una especie de aforismo que dice: "Soy traductor, soy una sombra. Una sombra que fracasa". El traductor jamás debería aflorar en la traducción, pero traducir es un acto tan precario, que es inevitable que algunas preferencias del traductor afloren. Enlazándola con la pregunta anterior, creo que si bien el autor, al escribir, despliega ante un lector imaginario (lo quiera o no) su esencia, sus virtudes o taras, el traductor, en cambio, está en una lucha perenne por ocultar los suyos.

Ariel Magnus
Narrador, periodista y traductor, nacido en Buenos Aires, 1975). Entre 1999 y 2005 vivió en Alemania, primero en la ciudad de Heidelberg y luego en Berlín. Allí estudió literatura española y filosofía becado por la Friedrich Ebert Stiftung, al tiempo que trabajaba para la cátedra de Literatura Hispánica de la Universidad Humboldt de Berlín.  Escribió para diversos medios de la Argentina y Latinoamérica, entre ellos la revista Soho y Gatopardo y el suplemento Radar de Página/12 y la revista Ñ, del diario Clarín. Colabora regularmente con el suplemento El Ángel de La Reforma (México) y de forma esporádica con la revista cultural La mujer de mi vida y el diario Taz de Alemania. Actualmente traduce del alemán el diario de filmación de Fitzcarraldo, de Werner Herzog. Publicó Sandra (novela, 2005), La abuela (crónica, 2006), Un chino en bicicleta (novela, Premio "La Otra Orilla", 2007),  Cartas a mi vecina de arriba (novela, 2009) y Ganar es de perdedores y otros cuentos de fútbol (2010). Ha traducido a un gran número de autores de lengua alemana; entre otros, Franz Kafka, Peter Handke, Werner Herzog, Tilman Rammsted, etc.

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Depende de qué sea la escritura para quien la practica. Si es el terreno de la libertad, como creo yo, los parecidos son prácticamente nulos. Se escribe en el abismo, mientras que se traduce siempre en suelo firme. Incluso cuando se aplican procedimientos de la traducción en la escritura, como la traducción misma, el asunto es muy diferente, ahí el escritor se apropia del texto, traduce en su propio beneficio, por así decirlo. La aplicación inversa, que deriva en las "versiones libres" o como quiera llamárselas, no creo que pueda arrojar una buena traducción (aunque sí, tal vez, un buen texto).

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Una traducción está indicada como tal desde la tapa, de modo que no hay nada que ocultar ni que hacer notar. Luego hay decisiones editoriales que pueden hacer más patente que se trata de una traducción, como las aclaraciones al pie (que yo prefiero evitar, y que me eviten). También el texto puede tener más o menos marcas del idioma original (yo prefiero que tenga más que menos, porque creo que eso enriquece la lengua receptora). De modo que para mí hay que buscar un equilibrio entre la evidencia molesta de estar ante una traducción y la "normalización" del texto al punto de que parezca de un autor local. Con todo, este último riesgo me parece más alarmante que el primero. Prefiero un poco de extrañeza inquietante que una familiaridad sospechosa.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Obviamente no. Lo único que importa es el texto. La traducción es una suerte de mal necesario en un mundo con muchos idiomas y el arte del traductor está en que su presencia se note lo mínimo posible.

sábado, 10 de julio de 2010

"¡Una auténtica sopa de plomo sazonada con bolitas de azogue!"

José Aníbal Campos González (La Habana, 1965) es licenciado en filología germánica por la Universidad de La Habana. Ha traducido a diversos autores de habla alemana, entre los que destacan Stefan Zweig, Hermann Hesse, Ingeborg Bachmann, Pascal Mercier, Uwe Timm, Hans Christoph Buch y Christoph Hein. En el año 2000 recibió un premio del Ministerio de Cultura de Austria por la divulgación de la literatura austriaca contemporánea en Cuba, su país natal. Ha traducido asimismo El ABC de la música clásica, de Eckhardt van den Hoogen (Madrid, Taurus, 2004), y, en la colección Nortesur Musikeon, El camino hacia la Nueva Música, de Anton Webern (febrero 2009), y Cartas, de Johannes Brahms (en prensa).

Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970) es escritor y, entre 1997 a 2002 , fue codirector de de la revista alternativa Diaspora(s). Ha publicado Retrato de A. Hooper y su esposa (poesía, 1996), Das Kapital (textos, 1997), Memorias de la clasemuerta (antología, 2002), Portrait de A. Hooper et son épouse suivi de Mao (poesía, 2000, en francés), Die Chinamaschine (relatos, 2004, en alemán). Permanece inédita la novela Paraísos de cartón. Sus ensayos y textos han aparecido en las revistas Letras libres, Diario de Poesía, Crítica, Revista de Occidente, Boundary 2, Manuskripte, Lichtungen, Encuentro de la cultura cubana y en periódicos como el Frankfurter Rundschau o El Nuevo Herald. En este último medio, el 23 de mayo pasado fue publicada la entrevista que Campos González mantuvo con Aguilera y que se reproduce a continuación.

José Aníbal Campos: el mundo como traducción

–José Aníbal, una de las cosas que siempre intriga a todo lector es la relación editor-traductor-mercado. Una relación a veces polémica y a veces “edípica”. ¿Cuál es tu experiencia al respecto?
–Editores y traductores son dos figuras de un mismo bando que, paradójicamente, viven enfrentadas en una extraña relación amor-odio. Esto es también un negocio, y los editores, en su mayoría, siempre intentarán pagar menos de lo que el traductor merece. Y ésa es una de las batallas que libramos todos los de este oficio, incluidos los ya consagrados. Pero hay que destacar un par de editoriales que, en lo que respecta al reconocimiento del traductor, mantienen tarifas relativamente justas y dan al traductor el lugar que merece. Algunas, como Acantilado o Nortesur, ponen incluso el nombre del traductor en portada o incluyen en el libro un breve currículum de éste.

–Y la prensa española, ¿da algún reconocimiento a esta labor? ¿Existe algún premio en el mundo español para los traductores?
Creo que la situación en España sigue siendo mala, salvo contadas excepciones. Los periodistas culturales son, a mi juicio, de lo peor. Para definirlos con una palabra, diría “mediocridad”; crítica de “charanga y pandereta”, parodiando a Machado. Pero hay excepciones, y mi opinión se refiere más bien a la situación general. Lo menos grave que te puede suceder es que leas una reseña sobre un libro traducido por ti y adviertas, desde el principio, de que quien la firma no se ha tomado ni un instante para leer más allá del texto de contraportada y buscar un par de datos en Wikipedia.
Sí, existen un par de premios, pero los otorga el mismo gremio, salvo el Premio Nacional que da el Ministerio de Cultura.

–Saliste en 2003 de la isla con una beca del Goethe Institut de Alemania. ¿Cómo era (o es) la situación para los traductores en Cuba?
–La situación del traductor en Cuba es de una precariedad desconsoladora, disfrazada de protección oficial. Sin embargo, la ausencia de presiones a la hora de entregar un libro, hace que algunos traductores puedan dedicarse de un modo casi romántico a lo que quieren hacer, proyectos a veces muy interesantes; luego, que eso se publique o no, queda sujeto a esa lotería ideológica que es la vida en la isla.

–¿Tienes alguna definición para eso que los italianos irónicamente llaman il traditore?
–Ser traductor es como ser un tamiz, a través de ti se filtra una cultura y pasa a la otra. En ese tamiz quedan esos residuos que no se pueden verter en la lengua-meta, pero aquello que logra filtrarse, enriquece el ámbito cultural que lo acoge.

–¿Has tenido que traducir algún libro donde te haya sido difícil filtrar ese tamiz?
–El libro que menos placer me ha reportado traducir es un libraco de conferencias del actual Primado de Roma, el señor Joseph Ratzinger. ¡Una auténtica sopa de plomo sazonada con bolitas de azogue! (Con el perdón de los católicos admiradores del nuevo Papa). Pero en fin, lo hice lo más dignamente que pude.

–¿Y los que más?
Tren nocturno a Lisboa, del suizo Pascal Mercier; un libro de cuentos de otro suizo, Peter Stamm, titulado Los voladores; El príncipe de la niebla, de Martín Mosebach, uno de los últimos Premios Büchner en Alemania. También, una nueva versión de Tres poetas de sus vidas, de Stefan Zweig y dos libros para mí maravillosos: la correspondencia de Hermann Hesse y la de Stefan Zweig; ésta última va por su segunda edición en menos de cuatro meses.

–¿Algo que decir a los nuevos traductores?
–Que trabajen mucho, que se dejen apasionar por esta profesión, que asimilen todo lo que han podido aprender en clases, pero sobre todo, que vivan. Sólo la experiencia vital hace esa otra parte que se conoce como las “dotes intangibles de un buen traductor”.