Mostrando entradas con la etiqueta Traductores mexicanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Traductores mexicanos. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de julio de 2026

"El desafío consiste en mantener la esencia del texto original y, al mismo tiempo, lograr que la lectura se sienta natural"

Brenda Ríos
es una excelente escritora mexiana. Además de poesía y ensayo, también realiza traducciones fundamentalmente del portugués. Recientemente fue entrevistada por Milenio-Multimedios. El texto resultante fue luego publicado, el 11 de julio pasado, en Telediario, de Monterrey, México. En la bajada del artículo firmado por Damaris González, se lee: "La traductora literaria revela los desafíos de adaptar matices culturales y emociones de un idioma a otro, y vislumbra el futuro del oficio frente a las nuevas tecnologías."

Brenda Ríos y el arte detrás de la traducción literaria: por qué la Inteligencia Artificial todavía no supera al ojo humano

Detrás de cada libro traducido existe un trabajo que pocas veces llega a los lectores.

El traductor literario no sólo transforma palabras de un idioma a otro: también interpreta el estilo del autor, adapta referencias culturales y busca preservar las emociones que dan vida a una historia.

La traductora literaria Brenda Ríos explicó en entrevista con la plataforma MILENIO-Multimedios que este oficio va mucho más allá de conocer dos idiomas, pues también requiere creatividad y una comprensión profunda de la obra.


"Un traductor literario es una persona que traduce ficción, cuento, novela o poesía. También tiene una parte de creador y eso ayuda a complementar la comprensión del texto literario", explicó la traductora literaria Brenda Ríos durante la entrevista.

La traductora literaria también indicó que cada libro representa un reto distinto, ya que existen expresiones, juegos de palabras y matices que no siempre tienen una equivalencia exacta.

Aseguró, además, que el desafío consiste en mantener la esencia del texto original y, al mismo tiempo, lograr que la lectura se sienta natural para quienes la descubren en otro idioma.

Aunque la inteligencia artificial avanza en este campo, todavía enfrenta dificultades para interpretar contextos, dobles sentidos y la sensibilidad detrás de cada texto.

"(A) la IA todavía me parece que le falta mucho. En el futuro, los traductores vamos a ser revisores de traducción", señaló Ríos.

Gracias a este oficio, obras escritas en distintos idiomas pueden cruzar fronteras y acercar a los lectores a otras culturas, demostrando que traducir también es una forma de conectar historias y personas, así como destinos y conciencias de todo el mundo.





viernes, 1 de mayo de 2026

El escocés W. N. Herbert y el mexicano Pedro Serrano hablan de traducción de poesía en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

El pasado martes 28 de abril, en la librería El Jaúl, tuvo lugar la última reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, con la presencia de los poetas y traductores W. N. Herbert, de Escocia, y Pedro Serrano, de México, con moderación a cargo del poeta y ttraductor Jan de Jager, quien, a su vez, ofició las veces de intérprete. La charla versó sobre algunos de los problemas que encuentran los traductores de poesía al encarar su tarea y el trabajo conjunto entre el autor y el traductor. 

Quienes estén interesados en ver el video puede hacerlo recurriendo a este link:

https://www.youtube.com/watch?v=k7ZNN5iFKaI 

miércoles, 25 de marzo de 2026

Una reflexión brillante de un traductor mexicano

En su edición del 1 de marzo pasado, la revista mexicana Letras Libres publicó el siguiente artículo del escritor y traductor Roberto Rueda Monreal. En la bajada se lee: "No es raro que las traducciones sean juzgadas con rapidez, desde un punto ciego donde confluyen industria editorial, prejuicio lector y creación".

La traducción literaria, entre la magia y la crítica

De errores, vicios y prejuicios

En plena pandemia, por parte de las autoridades culturales, surgió la Estrategia Nacional de Lectura, a la que fuimos convocados diversos sectores y gremios de la cadena del libro. En la mesa sobre traducción de literatura, la moderadora afirmó –palabras más, palabras menos– que era muy triste leer ciertas traducciones deficientes, por lo que le encantaría leer directamente en italiano para no tener que aproximarse –supuse– al adefesio traducido al español.

Este tipo de queja es muy común. La mayoría de las traducciones literarias son calificadas como “malas”. A saber, el lector identifica cosas “intraducibles”, descubre “errores básicos” o, si habla alguna lengua extranjera, prefiere acudir al original. Pareciera que, para convertirnos en un “lector crítico”, fuese imperativo señalar la deficiencia de las traducciones que leemos. Lo curioso de este fenómeno es que alumbra lo tajantemente injusta que resulta la cultura lectora no solo en México, sino en el mundo. Si la traducción simplemente se califica como buena, la figura del traductor desaparece por completo. Sin embargo, si se califica como mala, horrenda o desastrosa, los mismos adjetivos se trasladan de forma instantánea a la figura del traductor.

En aquella ocasión, para suavizar un poco la radicalidad de la moderadora, mencioné que muchas de las traducciones “malas”, que lastimosamente tuvo que leer, con certeza pertenecían al esquema más común del mundo editorial: ese en donde el traductor es un mero prestador de servicios y, por ende, la traducción literaria no es la estrella del proceso. Aunque el escrutinio de ojo acusador recae siempre en el traductor y en sus “catastróficas” formas de traducir, lo cierto es que hay otros actores que escapan de él. ¡Cuántas veces no hemos pasado los traductores literarios por esos tragos amargos al descubrir que complejas frases, figuras retóricas, anomalías pertinentes, páginas enteras, minucias clave, fragmentos de juegos de palabras, rarísimas composiciones de oraciones y otras apuestas estilísticas, de pronto, sin más, aparecen borradas de un plumazo una vez publicado el libro!

La traducción, en ese sentido, pareciera ser una cuestión de prestigio y no de especialización. Esta realidad resulta bastante evidente cuando se le permite a la gran escritora, al famoso escritor, traducir como se le dé la gana solo por ser quien es y porque asegura saber hacerlo.Dos titanes en un mismo ejemplar. Al parecer, Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, será por toda la eternidad la traducción exquisita y canónica de Julio Cortázar, lo cual refuerza aquel cuento lapidario de que solo un gigante puede traducir a otro gigante.

Por esta serie de prejuicios lectores y vicios de la industria, la tarea del traductor se ha vuelto una cuestión espinosa en tanto que, como creador, suele ser vapuleado o invisibilizado. Luego entonces, tratar de entender la desaparición del arte de este peculiar creador literario, quizás, va más allá de nuestro presente.

Las bellas infieles
Durante los siglos XVII y XVIII, surgió un fenómeno que se afianzaría como pocos en el mundo literario de Francia, cuyas repercusiones se tornarían mundiales. Las traducciones literarias de los clásicos comenzaron a masificarse, sobre todo aquellas realizadas por escritores o aspirantes a serlo.

Eran versiones libres que, en realidad, no hicieron otra cosa más que adaptarse por completo a los gustos lectores de le bon français (el buen francés) de la época, la misma que imponía no solo el uso correctísimo de la lengua francesa, sino la eliminación de toda aquella palabra vulgar, de todo tema incómodo o de todas las rarezas “incomprensibles”.

A Gilles Ménage le debemos una frase hecha, aún popular, con la que se designa a esa clase de traducción. Molière se burló de él en la comedia Las mujeres sabias, representada por primera vez en 1672. El personaje de Vadius era igual de arrogante y presuntuoso que Ménage, un escritor que terminó por convertirse en un conocidísimo gramático, cuyo amor y defensa de la lengua francesa lo llevaron a escribir obras que no pocos consideran hasta hoy verdaderos diccionarios etimológicos.

Se cuenta que, cierto día, al terminar de leer una larga y matizada obra traducida, con el rostro sonriente Ménage expresó que le había recordado a un viejo amor, una mujer que “era bella, pero infiel”. Sus palabras corrieron como pólvora y, a partir de entonces, por las prolíficas versiones libres plasmadas en le bon français, a aquel periodo se lo tildó como la época de “las bellas infieles”.

Ladmiral contra las bellas
En 1983, luego de aquellos siglos en donde la literalidad (traducir palabra por palabra) y el absoluto respeto a “las bellas infieles” conformaron el tenor predominante de ese arte llamado traducción literaria, Jean-René Ladmiral propondría, igualmente desde Francia, la dicotomía sourcier-cibliste. Ladmiral, un doctor en filosofía interesado en las ciencias del lenguaje, fue un innovador investigador que escribiría por primera vez (desde el extinto Centro de Estudios e Investigaciones en Traducción, el cual dirigió) sobre “las ciencias de la traducción”.

Ladmiral identificó un fuerte componente intercultural en la comunicación humana. Descifrar cómo se daba el intercambio entre culturas diferentes, hasta opuestas, se volvió uno de sus objetivos primordiales. Fue así que descubrió que existe una pluralidad de culturas en oposición a aquello que, desde Francia, se autodenominaba Cultura, en un sentido unívoco. Se interesó en cómo la actividad de la traducción (en el contexto de “las bellas infieles”) podía volverse terreno fértil para construir dicotomías que ayudaran a aquilatarla mucho mejor, propiciando, así, nuevos paradigmas. La realidad cultural dio un impresionante giro: ahora las traducciones y sus autores podían ser calificados como sourciers (que se acercan a la lengua y cultura fuente) o sciblistes (que se acercan a la lengua y cultura meta).

Lo admirable de Ladmiral es que obligó al mundo editorial, al mundo lector y al mundo traductor franceses a cuestionarse con honestidad: ¿a qué lengua o cultura en el fondo atendemos: a la lengua o cultura fuente o a la lengua o cultura de llegada? Para una Francia acostumbrada a privilegiar exclusivamente los usos y costumbres de la influencia mundial de su lengua y de su enorme prestigio cultural, la propuesta de Ladmiral fue sencillamente inaceptable. Pensar en la destrucción de aquellas inacabables y veneradas traducciones, con sus larguísimas y muy lógicas oraciones, colmadas de interminables subordinadas, hermosas y mejor estructuradas, con tal de que se leyeran siempre sin problema ninguno en le bon français, era algo equiparable a un pecado mortal. Afirmar, básicamente, por otro lado, que traducir palabra por palabra, en el fondo, no era traducir, fue un balde de agua helada para quienes pensaban que el uso de equivalencias mecánicas o automáticas no se extinguiría nunca.

La dicotomía de Ladmiral me parece un buen punto de partida para comenzar a comprender y cuestionar tanto el proyecto editorial como el proyecto personal de traducción en todo libro traducido, antes de intentar siquiera ser categóricos en cuanto a la calidad de las traducciones. ¿De verdad hay palabras o conceptos intraducibles? ¿Es imperdonable utilizar el lenguaje incluyente en la traducción de obras canónicas? ¿Todo encargo de traducción carece de calidad? ¿Es éticamente válido que los escritores usen la traducción como mera herramienta de prestigio?

La industria del libro y sus actores seguimos teniendo el reto de construir un andamiaje crítico para poder esbozar respuestas a estas y otras preguntas. No basta con que las editoriales de nuestro país presuman que han puesto el nombre de las y los traductores en las portadas, se necesita propiciar un espacio previo a la obra (prólogo, introducción, prefacio) en donde se comparta qué tipo de texto está a punto de ser leído, cuál es el proyecto de traducción, los retos técnicos involucrados y todo aquello que deba ponerse sobre la mesa para que el arte de la traducción literaria pueda hacernos partícipes, por fin, de su verdadera magia.


viernes, 6 de febrero de 2026

Nueva traducción mexicana de Shelley

El pasado 3 de enero, en una nota sin firma, el diario El Universal, de México, dio cuenta de la nueva traducción de un famoso poemas del poeta romántico inglés Percy Bysshe Shelley, a cargo del poeta y traductor mexicano Victor Manuel Mendiola.

Shelley, vigente con nueva traducción de su "Adonáis"

Al igual que el soneto "Ozymandias", la elegía "Adonáis", ambos del poeta inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822), forman parte de los referentes del Romanticismo del siglo XIX, movimiento que atravesó las diferentes expresiones artísticas, entre ellas la literatura.

Por todas las diferencias que marcan las lenguas inglesa y española, es que el editor y traductor Víctor Manuel Mendiola (CDMX, 1954) decidió realizar una nueva traducción de Adonáis, un texto complejo con el que actualiza la vigencia de Shelley en la literatura universal, y que fue publicado recientemente por Bonilla Artigas.

Mendiola apunta que cada traducción que se hace a una obra literaria es una invención, que conlleva un trabajo de interpretación propio. "La traslación es una invención, conservando la referencia literal, pero dicha referencia va a implicar una serie de transformaciones, sobre todo del inglés al español, de carácter sintético, porque lo que en inglés se dice a veces en ocho palabras, tú lo tienes que decir en cinco, necesariamente, eso implica reinventar", señala.

Mendiola asegura que al realizar la traducción de Adonáis no encontró frases que le provocaran nudos o confusiones, sino que reinterpretó más acerca de esta elegía, dedicada a la muerte del poeta John Keats, uno de los principales poetas del Romanticismo.

"'I weep for Adonáis' es el lamento constante en este gran poema, un lamento que está en la primera parte del texto", explica el editor, quien también subraya que el poema fue una crítica a un crítico literario que atacó a Keats en vida, hecho que marcó negativamente la existencia del poeta.

Luego del lamento, detalla Mendiola, el poema lleva al lector a una celebración por la muerte de Keats, en el sentido en que se encuentra con otros grandes personajes de las letras, como Lucrecio, Philip Sidney y Thomas Chatterton.

"Celebra su reunión con estos arquetipos, dice que en realidad no ha muerto, porque vive, vive en el mundo de los arquetipos, de los inmortales, lo hace con una lírica muy peculiar", apunta.

Reinterpretar "Adonáis" llevó a Mendiola a comprender que Shelley se aproximó a la poesía moderna del siglo XX, por eso, señala, es un texto vigente y fundamental. "Comprendí porqué el Adonáis es un poema leído en nuestro tiempo, porque presenta un desdoblamiento, y es que la poesía de hoy no presenta eso, prefiere el realismo crudo, unidimensional, yo creo que eso es un problema, hoy se presenta un realismo sumamente degradado, sin fantasía, sin más allá", explica.

jueves, 18 de diciembre de 2025

"La experiencia cotidiana de una lengua desplazada"

Daniel López Aguilar, en la edición del diario La Jornada, de México, correspondiente al pasado 15 de diciembre, publicó la siguiente nota a propósito de lo que el lingüista Gonzalo Isidro Bruno denominó "genocidio lingüístico".

Urge detener el genocidio lingüístico contra comunidades indígenas

Detener el genocidio lingüístico contra los pueblos originarios no es un recurso retórico, sino una urgencia del presente, afirmó el lingüista Gonzalo Isidro Bruno. Desde hace más de tres décadas, su trabajo académico y comunitario se ha centrado en el estudio, la enseñanza y la defensa del plurilingüismo.

“Algunos genocidios no terminan: se perpetúan”, señaló Isidro Bruno (Ciudad de México, 1966) en entrevista con La Jornada. Con esta afirmación, hace referencia al concepto de genocidio perpetuo, desarrollado por el politólogo Gerald Roche, quien explica cómo ciertas formas de violencia histórica continúan afectando a las comunidades indígenas.

“Esta idea permite comprender la situación actual de las lenguas indígenas, no sólo en México, sino también en otros territorios marcados por procesos coloniales, como Hawai, donde viví durante 12 años y completé parte de mi formación académica”, añadió.

Congreso de tu’un savi y foro en la Mixteca poblana

Del 18 al 21 de diciembre, el también escritor participará en el Congreso del Tu’un Savi, en el auditorio municipal de Santa María Chigmecatitlán, Puebla, y el viernes 19 formará parte del primer Foro Lingüístico de la Mixteca Poblana, en San Jerónimo Xayacatlán.

En ambos encuentros colaborará en mesas de trabajo orientadas a la normalización de la escritura, la educación en lengua materna y el fortalecimiento comunitario. El activista educativo se identifica como un hombre ñuu savi, del pueblo tu’un Savi (mixteco), con raíces familiares en la región.

Estudió la licenciatura en didáctica de letras inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México y, motivado por su interés en los idiomas y la experiencia migrante de su comunidad, se trasladó a Estados Unidos en 1992.

Allí trabajó de docente de inglés y español, cursó una maestría y obtuvo el doctorado en la Universidad de Indiana. Más tarde se desempeñó como director académico y profesor en instituciones educativas internacionales.

Su experiencia en Hawai marcó un hito. “Ahí viví la experiencia cotidiana de una lengua desplazada y estudié uno de los procesos de revitalización lingüística más sólidos del mundo”, explicó.

“Desde los llamados ‘nidos lingüísticos’, impulsados por familias y comunidades, hasta la creación de escuelas y programas universitarios en lengua hawaiana, he visto que la recuperación lingüística es posible cuando existe voluntad política y control comunitario.”

Esta experiencia dialoga directamente con su crítica a las políticas lingüísticas en México. Para Gonzalo Isidro Bruno, la educación bilingüe intercultural ha funcionado, en muchos casos, como un mecanismo de castellanización.

“Se justifica la exclusión de las lenguas maternas en nombre del futuro o del empleo, cuando estudios muestran que una alfabetización sólida en la lengua originaria fortalece el aprendizaje de segundas y terceras lenguas.”

Además de la experiencia académica, subrayó la importancia de acciones legales y comunitarias. Puntualizó que la Declaración Universal de Derechos Lingüísticos y la legislación mexicana reconocen el derecho a recibir educación en lengua materna, pero su cumplimiento es limitado.

“Exigir su aplicación, incluso por la vía legal, es un desafío colectivo que debe empezar desde las comunidades”, enfatizó.

“Tras más de 30 años en el extranjero estoy retomando mi trabajo con comunidades indígenas. Quiero fortalecer el plurilingüismo desde la educación, las políticas y la participación de los pueblos. En California, por ejemplo, asesoro a comunidades mixtecas migrantes para que sus hijos puedan aprender en su lengua materna y en inglés sin perder su identidad cultural”, concluyó.

martes, 2 de diciembre de 2025

"Pequeña vanagloria del argentino recalcitrante"

Damián Tabarovsky, en su columna del diario Perfil, del domingo 30 de noviembre, reflexionó sobre dos poemas e hizo el elogio de dos traductores, uno español y otro mexicano.

Dos poemas

Así comienza Un poema no escrito de W.H. Auden: “Mientras espero tu llegada mañana, me encuentro pensando Yo te amo: entonces me viene el pensamiento: Me gustaría escribir un poema que expresara exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras”. El poema es de 1960, un momento de transición en su obra. Auden ya no es el optimista militante de su primera época en Inglaterra, pero todavía no es el poeta que coquetea con cierta abstracción en su estadía en Estados Unidos, ni mucho menos el nuevamente crítico de su vuelta final a Inglaterra en su libro póstumo Gracias, niebla (“ningún sol estival logrará nunca/disipar la total oscuridad/vertida en los periódicos”). Transición es una palabra extraña, y si bien sus sinónimos son evolución, metamorfosis o conversión, para mí tiene más que ver con incerteza, incertidumbre, e incluso descubrimiento. Ese no saber se instala en el poema de Auden, poema en prosa, escrito en cincuenta párrafos, en el que en los cuarenta y nueve restantes se intenta vanamente dar respuesta a ese deseo loco de formular un pensamiento con exactitud. Pero expresar exactamente lo que se piensa es imposible. En el último párrafo Auden reconoce la derrota: “Así que ese poema quedará sin escribir”. Y luego, resignado, agrega: “Eso no tiene importancia. Mañana tu llegarás; si yo estuviera escribiendo una novela de la que ambos fuéramos personajes, sé exactamente cómo te saludaría en la estación: adoración en el ojo; en la lengua bromas y obscenidades. Pero ¿quién sabe exactamente cómo te saludaré? ¿La Dama Bondad? Vaya, es una idea. ¿No podría uno escribir un poema (algo desagradable, quizás) sobre ella?”

Cambiando de tema (¿pero venía hablando de algún tema?) la traducción del poema de Auden es de Javier Marías, publicada por la editorial española Pre-Textos. Es una traducción excelente. Un lugar común de la pavada nacional consiste en pensar que fuera de Argentina no se hacen buenas traducciones, que las traducciones hechas en España, Colombia o México son ilegibles. Pequeña vanagloria del argentino recalcitrante. Cualquiera que lea la traducción de Marías de Autorretrato en un espejo convexo, de John Asbhery, comprobará que es mucho mejor que las varias traducciones argentinas del mismo poema que circulan por ahí. Otro tanto ocurre con Briggflatts y otros poemas, de Basil Bunting, traducido por el mexicano Aurelio Major para la editorial Lumen. El libro es extraordinario, la traducción también. Habitualmente se asocia a Bunting con el objetivismo norteamericano, un poco como si fuera el único inglés de ese grupo de estadounidenses. Algo de eso es cierto, pero también es cierto que Bunting expresa una singularidad en ese grupo, una posición personal. Algo propio que podría enunciarse así: mientras que W.C. Willams piensa que “no hay ideas sino en las cosas”, Bunting vendría a expresar la inadecuación entre las ideas y las cosas. Y ese pequeño matiz es precisamente el que explora Major en su traducción. Major toma la decisión de profundizar esa inadecuación entre las cosas y el sentido de las cosas: “Construir para la mujer, los hijos,/los primos, los primos segundos/una casa para recibir invitados.//Alguien como yo no tiene sirvientes ni amigos/en el estado actual de la sociedad/¿Si no construyera para mí/para quién lo haría entonces?”


jueves, 27 de noviembre de 2025

Vaso Roto, en Nueva York, es Broken Bowl Books

El pasado 25 de noviembre, El Universal, de México, publicó una nota sin firma sobre la editorial Vaso Roto, dirigida por la poeta Jeannette Clariond (foto). Allí se habla de la flamante filial que acaba de abrir en Nueva York.

Vaso Roto Ediciones va a la conquista del lector bilingüe en EU

Jeannette Clariond, la editora y poeta que ha hecho de Vaso Roto Ediciones una casa con tres sedes y ediciones con una personalidad común, pero con identidades propias, una en Monterrey, México, otra en Barcelona, España, y desde hace unos días con casa en Nueva York, Estados Unidos a través del lanzamiento de diez títulos traducidos al inglés bajo el sello Broken Bowl Books. "Creo que Vaso Roto Ediciones ya llegó a su mayoría de edad, ya cumplió 18 años", afirma Clariond en entrevista.

La mítica editora del sello fundado en 2005 en Barcelona, pero que se convirtió en Vaso Roto al año siguiente, en 2006 cuando se afincó en Monterrey, Nuevo León con la misión de dar a conocer voces aún no difundidas en español, reeditar, en nuevas traducciones, a poetas, narradores y ensayistas extranjeros, así como publicar voces que se consideran necesarias en la formación de lectores, ha entrado al mercado estadounidense con diez libros que mantienen la identidad de Vaso Roto, de diez autores, con traducciones muy cuidadas.

Lo que distingue a Vaso Roto, dice Clariond, de otras editoriales, es que no piensan en las corrientes literarias, sino en la formación de lectores; "damos a conocer a grandes autores para que el lector conozca y valore las grandes voces en nuestra lengua". De ahí que su entrada al mercado en Nueva York la conciban como "estar con el lector desprotegido". "Será un trabajo intenso entre la comunidad latina, pero como lo hacemos en inglés, nadie tiene por qué decirles nada".

"Hemos vertido al español 35 lenguas en estos 18 años, sobre todo del inglés, 70% de nuestro fondo son traducciones. Entonces, ahora que veo cómo se vive la situación en los Estados Unidos, pensé '¡es cuando!, hay que dignificar nuestra lengua, hay que dignificar a nuestros habitantes, lo que somos, lo que hemos construido en América Latina y en España y hay que darle el lugar a nuestros autores y traductores'", afirma Clariond.

La también poeta asegura que los libros tienen el mismo logo, nada más que se llama Broken Bowl Books. Asegura que todo el sistema legal y fiscal está siendo llevado por Marianela Blanco, que es una experta en ese tema, "tuvimos que abrir todo lo que se requiere, lo hicimos bien. Ya hicimos nuestros separadores de libros, nuestras bolsas con versos de cada uno de nuestros autores y me siento muy feliz de este logro".

Los diez primeros títulos de la editorial se dieron a conocer en el marco de la Feria del Libro de Nueva York. "Empezamos por lanzar a diez autores: Luis García Montero, Elsa Cross, María Baranda, José Javier Villarreal, María Ángeles Pérez López, Jorge Humberto Chávez, Luis Armenta Malpica, Luce López-Baralt, María Gómez Lara y Luis Humberto Ambroggio", dice Clariond y agrega que son ediciones muy bien cuidadas y de traductores extraordinarios.

"El formato, digamos, es el mismo, son las mismas cubiertas, la misma sobriedad, el mismo logo, pero en vez de decir Vaso Roto Ediciones dice Broken Bowl Books. No todos los títulos ya forman parte de nuestro catálogo, por ejemplo, Un año tres meses no es el catálogo de Vaso Roto, pero ahora ya es del catálogo: One Year and Three Months, del querido Luis García Montero. Pero luego, por ejemplo, también están José Javier Villarreal, con Mar del Norte, (North Sea), de María Baranda tenemos Arcadia y de Elsa Cross Bomarzo, pero ahora traducidas al inglés", señala.

Jeannette Clariond dice que son autores de gran altura en sus respectivos países, lo cual, afirma, le da serenidad porque "siempre para Vaso Roto y para el equipo de Vaso Roto, lo que nos produce serenidad y sentido de vocación y de seguimiento de una filosofía que esa no debe de variar de acuerdo con las tendencias del mercado".

viernes, 24 de octubre de 2025

Publican en México una "Obra selecta" de Antonin Artaud

El pasado 12 de octubre, en La Jornada Semanal, el poeta y crítico mexicano José María Espinasa comenta el primer volumen de lo que tal vez sea la edición más completa de la obra de Antonin Artaud en castellano.

Antonin Artaud, el hereje del surrealismo

La frase bretoniana que señala a México como la patria del surrealismo es, lo sabemos, más un eslogan publicitario que una idea profunda. Sin embargo, la historia ha tejido curiosas relaciones con el movimiento, paradigma de los vanguardismos de los años veinte del siglo pasado, y no pocas veces, retrospectivamente, ese señalamiento se ha cargado de una mayor verdad. México, que en aquellos años aspiraba a la modernidad, paradójicamente es visto como un país fuera del tiempo, en el que subsisten mundos arcanos que permiten tanto excesos demagógicos para sustentar un nacionalismo tramposo como aventuras en busca de umbrales de la percepción. La escritora Fabienne Bradu ha analizado el paso por México de Breton, Benjamín Peret y Antonin Artaud con rigor y tino. Tal vez sea este último, considerado uno de los más radicales herejes del surrealismo, quien más se vio afectado por su experiencia mexicana.Con Artaud en México suele haber un movimiento pendular: a veces se le lee mucho, a veces se olvidan de él, hasta que el movimiento del péndulo va de regreso, y a cada regreso ese movimiento revela nuevos matices. En Artaud se dan cita muchos de los rasgos más radicales del surrealismo: el teatro como ceremonia mágica, la búsqueda multidisciplinaria ‒quién puede olvidar su intervención actoral en la película Juana de Arco de Dreyer, obra maestra del cine mudo en la que al rostro del escritor se le escucha gritar en ese silencio‒, el enfermo psiquiátrico más allá de la locura, el cultor de una escritura que en su fragmentación hace volar los límites genéricos.

Reflejado en el siglo XIX se podría pensar en él como el Nerval reencarnado en su búsqueda onírica: el secreto está en el sueño. Ahora, contaminados por el racionalismo contemporáneo, ¿cómo entender sus búsquedas de la alteridad a través de las drogas y el mito?

Esta última condición lleva a veces, como ocurre con Hermann Hesse, a considerarlo una lectura adolescente. Es evidentemente un error que sin embargo se vuelve cierto, como ocurre con autores en su cauda, como Malcolm Lowry o los escritores beatniks. La alteridad innegable de ciertos rasgos de la cultura mexicana ha provocado tanto la fascinación como el violento rechazo de escritores muy diversos: no deja inmune. Artaud buscaba el fin del mundo a la vez que se buscaba a sí mismo y su literatura excede, gracias a la intensidad de esa búsqueda, la capacidad expresiva del idioma francés. Si Cioran dijo alguna vez, y con razón, que el francés era una lengua exhausta, capaz del mayor matiz posible pero ya incapaz del grito, Artaud es uno de los que aún oímos gritar, como en el film silente mencionado líneas arriba.

¿Cuál es la razón de que me esté refiriendo a este autor? Bueno, es que el asiduo a las librerías se puede encontrar un grueso volumen, más de 700 páginas, de Obra selecta de Antonin Artaud publicado por Sexto Piso y la UAM, y que se anuncia como primer volumen. Curiosamente, no se consigna quién o quiénes son responsables de la selección ‒suponemos que Rodolfo Suárez Molinar y Philippe Ollé-La Prune, que aparecen como responsables del concepto y la dirección editorial en la página legal‒, ni cuántos tomos van a ser. El libro está muy bien pensado para dar una idea del calado de este autor en la literatura y en el arte contemporáneos, con secciones diversas acompañadas de textos críticos. Su aparición es una gran noticia para los lectores y era una asignatura pendiente para la edición mexicana, y una oportunidad ideal para volver a leerlo. En él, de manera subrayada, se muestra esa ambición de las vanguardias que, en su búsqueda de una radical modernidad, busca también una raíz mitológica: el tiempo del origen y el tiempo del instante se persiguen uno a otro y quieren encontrarse en la obra creativa.

A cien años de las vanguardias, éstas siguen siendo no sólo un referente histórico sino un presente, más necesario en una época que parece carecer de aventuras creativas. Y entre los surrealistas, Artaud sigue siendo el menos comprometido, el más misterioso. Por otro lado, a la vez Artaud puede ser un puente distinto a los convencionales que reúnen a las vanguardias con el clasicismo francés.

Al prólogo de Eduardo Milán que introduce al volumen sigue una sección de cartas y las primeras son a Jacques Rivière, gran factótum de La Nouvelle Revue Française en sus orígenes, y que lamentablemente muere pronto. La revista es, desde luego, el lugar del clasicismo francés ‒el de Paul Claudel, Paul Valéry, André Gide‒, pero ese lugar también estuvo abierto para los surrealistas y la pugna entre ambos polos nunca fue una ruptura y muchos de los vanguardistas se volverían clásicos. El mejor ejemplo es Breton. Eso, sin embargo, no ha sucedido con Artaud, que sigue siendo un autor, si no incómodo, sí elusivo para la literatura francesa. Ello se debe a que el sentimiento de insatisfacción ante lo escrito, al extremo de cuestionarse si el arte de verdad podía expresar las inquietudes y la angustia que vivía, está siempre presente en sus páginas. Artaud no quiere hacer literatura sino nombrar la vida en toda su complejidad. Por eso no se le puede aplicar la palabra literato (esa la podemos dejar para el más bien decorativo, aunque con genio, Jean Cocteau). Esta Obra escogida es, pues, un motivo espléndido para volver a hacernos las preguntas que se hizo Artaud y para subrayar la vigencia más allá de las fechas, de su escritura.

martes, 26 de agosto de 2025

Una antología de poesía mundial con el sello de Aurelio Asiain

Carlos Bravo Regidor publicó, el 23 de agosto pasado, una nota en El Heraldo de México, donde se ocupa de un reciente libro del traductor Asiain. En su bajada, dice: "Arriesgando otra definición, o mejor dicho, otra lectura posible, tengo para mí que se trata de una oda al oído poético del traductor, de un ejercicio celebratorio".

Muy diversas versiones

El miércoles se presentó Muy diversas versiones (Grano de Sal, 2025) de Aurelio Asiain (Ciudad de México, 1960): un libro raro. No es una típica compilación de poemas; no son sólo ensayos sobre la poética de la traducción; ni tampoco es un puñado de anotaciones eruditas, asombrosas o divertidas. Como supo describirlo Alberto Ruy Sánchez, es un poco todo eso y es más: un registro de los varios espíritus que se “escuchan” en un poema; un álbum que ordena muy distintas “aventuras literarias” de su autor; una secuencia de “aparentes digresiones” que terminan componiendo un “elogio de la traducción indirecta”. Lo dicho: es un libro raro.

Arriesgando otra definición, o mejor dicho, otra lectura posible, tengo para mí que se trata de una oda al oído poético del traductor, de un ejercicio celebratorio de la dimensión creativa que hay en la traducción practicada según el canon rebelde de San Jerónimo: “sentido por sentido y no palabra por palabra”. Y es que, como muestra con reiterada solvencia el propio Asiain, “la literalidad es una quimera”.

En las páginas de Muy diversas versiones desfilan clásicos grecorromanos (Aristófanes, Catulo y Ovidio) y más recientes (Stevens, Borges y Simic); viejos conocidos japoneses (Basho o Buson) y mexicanos (Tablada, Paz y Zaid). También hay hallazgos inesperados: un tristísimo poema que ‘constituye toda la literatura conocida de la lengua kamasiana’; un excéntrico traductor inglés de poesía asiática (Edward Powys Mathers) para el que “traducir era su única manera de tentar a las musas y su única originalidad posible estaba en el texto traducido, aun cuando fuera sólo la traducción la que lo creara”; y en una resonancia más contemporánea, nuevas desconocidas ucranianas , por lo menos para mí (Zaturenska, Bilotserkivets o Zabuzhko), a quienes Asiain tradujo como forma íntima de resistencia a la invasión rusa.

A fuerza de mezclar épocas, lenguas y géneros de poesía, Muy diversas versiones ofrece una suerte de ars poética de la traducción. No un tratado sistemático sino una devota divagación que encuentra su rigor precisamente en la libertad con la que se permite curiosear por aquí y por allá. Para Asiain traducir es menos una técnica que una disposición: una práctica que combina la humildad de trabajar con las palabras de otros (Asiain seguro me corregiría encabronado, “¡y del sentido!), pero también la audacia de arriesgar una versión propia de ellas.

Ahí radica la fértil rareza de este libro, en reivindicar como protagónica una labor literaria que por lo general se asume como meramente instrumental; en enseñarnos a escuchar no sólo el mundo de diferencia que pueden hacer diferentes traducciones, sino todos los mundos potenciales que habitan en ellas. Traducir poesía no es trasladar textos de un idioma a otro: es expandir su significado.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Nueva antología mexicana de poesía rusa


En la edición del diario mexicano Milenio, correspondiente al 16 de agosto pasado, hay una nota de Alina a propósito de la antología de poesía rusa traducida por Ludmila Biriukova y editada por José Àngel Leyva. En la bajada se lee: "Una antología publicada por la editorial La Otra y la UANL abre la ventana a una época casi inédita para el público hispanohablante de la obra poética que surge en la URSS después de la Segunda Guerra Mundial".

Los poetas rusos del underground salen a la luz

Leonid Aronzón, poeta metafísico, nacido en Leningrado en 1939 y fallecido trágicamente a la edad de 31 años (muchos consideran que fue un suicidio), escribió en uno de sus poemas: “no han sido las pérdidas que me iniciaban a ser poeta / fue el movimiento ligero de las sombras nocturnas”. El segundo verso aparece como subtítulo de la antología Poetas rusos, recientemente publicada por la editorial La Otra y la Universidad Autónoma de Nuevo León. El libro forma parte de la colección “20 del XX”: veinte poetas del siglo pasado de distintas regiones y lenguas. Desde que esta colección vio la luz en 2012, se han publicado trece antologías dedicadas a autores de América Latina, Europa Occidental e incluso de la antigua Checoslovaquia, otro país de habla eslava.

En este volumen, sin embargo, hay un rasgo distintivo. Mientras que, por ejemplo, la antología Poetas checos comienza con los autores más emblemáticos de las primeras décadas del siglo XX —como el gran Vladimír Holan y los vanguardistas Vítězslav Nezval, František Halas y Jaroslav Seifert—, en Poetas rusos el lector no encontrará poemas de Ósip Mandelshtam, Borís Pasternak, Anna Ajmátova o Vladímir Mayakovski. La antología abre una ventana a una época prácticamente desconocida para el público hispanohablante: la llamada poesía underground, posterior a la Segunda Guerra Mundial, que surgió en oposición a la literatura oficial soviética, dominada por la ideología y la censura que regulaban toda la producción cultural en la antigua URSS.

Cabe mencionar que, para Ludmila Biriukova, la traductora de la antología, así como para su editor, José Ángel Leyva, este libro no fue el primer intento de acercar a los lectores mexicanos a la poesía rusa de ese período. Una primera aproximación a este campo inexplorado fue un número especial de la revista Alforja (dirigida por José Vicente Anaya y José Ángel Leyva), publicado en 2004, que presentó una generosa selección de poetas del underground. Más adelante, en 2021, la revista La Otra —sucesora de Alforja— dedicó también un número a este mismo tema. Ludmila Biriukova colaboró en ambos proyectos; además, en 2011 publicó la antología titulada Otoño desnudo. Poesía rusa no oficial de la segunda mitad del siglo XX, editada por La Cabra Ediciones y la BUAP. La mitad de los autores incluidos en Poetas rusos ya aparecían en este volumen, aunque, como explica Biriukova en la introducción a esta nueva antología, los poemas —a diferencia de los poetas— no se repiten.

“Poesía underground” no es la única manera de referirse a los autores de este libro. La “segunda cultura”, la literatura clandestina, la poesía del samizdat: las denominaciones son múltiples y cada una hace énfasis en un aspecto particular. El concepto de la “segunda cultura” subraya que no se trata únicamente de un conjunto de textos literarios, sino de un fenómeno cultural, social e incluso político. La definición “literatura underground” o clandestina señala las condiciones en las cuales estas obras existían: imposibles de ser publicados en los medios oficiales, ajenos a los cánones del realismo socialista, estos versos se difundían de una manera oculta y bajo constante amenaza. Finalmente, el término “samizdat”, que en ruso literalmente significa “autoedición”, alude al mecanismo mediante el cual estas obras circulaban: ediciones “artesanales” —poemarios, revistas, almanaques— se copiaban a máquina o a mano, lo cual permitía a sus autores escapar de las largas tenazas de la censura.

Si bien el término samizdat surgió ya en los años 40, la “segunda cultura” se consolidó como tal después de la muerte de Stalin, en 1953. Lo que unía a las diversas agrupaciones literarias que surgieron luego de este suceso, tanto inesperado como oportuno, era el rechazo a la estética soviética y al lenguaje totalitario que buscaba reglamentar qué, cómo y para qué debía escribir cada autor nacido bajo la hoz y el martillo. Los estatutos de la Unión de Escritores Soviéticos, creada en 1934, exigían que la literatura reflejara la “lucha heroica del proletariado internacional”, “la victoria del socialismo” y “la gran sabiduría del partido comunista”. Las obras que no se ajustaban a este marco, así como aquellas que se destacaban por su complejidad estilístico-formal —dizque incomprensibles para las “masas”—, eran condenabas como ajenas a los intereses del pueblo y los valores del comunismo. Las consecuencias para sus autores podían ser severas. Así, por ejemplo, Guennadi Aigui, uno de los poetas rusófonos más enigmáticos, fue expulsado de la universidad “por haber escrito un libro de poemas enemigos que socava los fundamentos del método del realismo socialista”. Iósif Brodski, futuro Premio Nobel, fue sometido a la medicina punitiva y recluido temporalmente en un hospital psiquiátrico (una práctica típica del sistema represivo soviético). Alexander Ginzburg, editor de Sintaxis, un almanaque icónico de la época del samizdat, fue encarcelado tres veces y pasó más de ocho años en colonias penitenciarias debido a su labor editorial. No sorprende que Víctor Krivulin, uno de los autores de la antología en cuestión, al referirse a su entorno literario, mencionara las catacumbas, espacios subterráneos en los cuales los primeros cristianos se refugiaban de la persecución. El “deshielo” —la época de desestalinización anunciada por Nikita Jrushchov en 1956—, que en gran medida impulsó la “segunda cultura”, resultó ser demasiado engañoso para quienes creyeron en la posibilidad de una vida libre.

Ahora bien, sería equívoco pensar que la poesía underground tuviera un carácter contestatario. La mayoría de sus autores fueron disidentes estéticos, mas no políticos. Сomo decía el escritor Serguéi Dovlátov sobre Iósif Brodski: “Él no vivía en el estado proletario, sino en el monasterio de su propio espíritu. No luchaba contra el régimen. Lo ignoraba. Ni siquiera sabía bien de su existencia”. Los poetas del underground no buscaban derrocar el Estado, sino defender su voluntad individual —creativa y espiritual— frente a la coacción social, preservar la palabra viva y trascendente frente al discurso oficial: materialista, ateo y, a la vez, meramente dogmático. De ahí la diversidad de poéticas —motivos, registros, formas prosódicas— que caracteriza tanto la poesía del período como a los autores reunidos en Poetas rusos. Los integrantes de este volumen transitan entre el lirismo estridente y la mirada filosófica; entre la desacralización irónica de las grandes metanarrativas y el éxtasis religioso; entre textos retóricos y el minimalismo. La antología empieza con los poemas de Arseni Tarkovski, padre del célebre cineasta, cuyos poemas el lector hispanohablante conoce por las películas El espejo, Stalker y Nostalgia. Tarkovski padre es el único poeta que no encaja del todo en este libro, pues no perteneció al underground, aunque fue un referente importante para muchos que sí forman parte de él y de esta antología. Junto con él, se destacan aquí los poetas metafísicos enfocados en la búsqueda de lo divino (Leonid Aronzón, Veniamín Blazhenni, Olga Sedakova), los poetas de pensamiento, en particular, en torno al tema de la historia (Víctor Krivulin, Serguéi Stratanovski) y los poetas de formas breves y concisas (Iván Ajmétiev, Vladímir Búrich, Mijaíl Sokovnin). A continuación citaré un poema de Iván Ajmétiev que suena como todo un testamento para los poetas del underground:

y recuerda
no se les debe mostrar
que tienes un deseo enorme
de ser libre

Una antología poética colectiva en traducción es, por naturaleza, una obra doblemente vulnerable. En primer lugar, por razones prosódicas. A diferencia de los poetas hispanohablantes, la mayoría de los autores rusos del siglo XX se mantuvieron fieles a la poesía rimada y medida. La traducción en verso libre difícilmente puede reflejar la musicalidad de textos originales. La infidelidad fonética no se debe a una falta del esmero por parte de la traductora, sino a las particularidades lingüísticas: mientras que la poesía silábica hispana se basa en la cantidad de sílabas y el uso de cesuras, la poesía rusa se inscribe en la tradición acentual-silábica que combina el conteo de sílabas con patrones fijos de acentuación, en gran medida imposibles de trasladar a las lenguas romances.

Asimismo, cualquier antología suscita dudas respecto a sus criterios de selección. La ausencia de los poemas de Iósif Brodski y Gennadi Aiguí aún es justificable, dado que ambos autores son relativamente conocidos para el público hispanohablante y cuentan con antologías personales publicadas en México. De igual modo, es comprensible la exclusión de los célebres “sesenteros” —Yevgueni Yevtushenko, Andrei Voznesenski, Bella Ajmadúlina y Robert Rozhdéstvenski—, quienes, si bien no encajaban en los cánones de la literatura oficial, eran demasiado “populares” para pertenecer a la clandestinidad literaria. En cambio, la omisión de los poetas conceptualistas como Dmitri Prígov y Lev Rubinshtein, y metarrealistas como Iván Zhdánov, Aleksei Párshchikov, Alexander Yeriómenko —figuras imprescindibles para entender la “segunda cultura” — es más que lamentable. No obstante, cada traductor y antologador tiene el derecho inalienable de elegir libremente a sus poetas y poemas. Por ello, pese a las licencias necesarias para trasladar al español la poesía escrita en un idioma tan distinto y tan distante, considero que el lector mexicano ha recibido un auténtico regalo. Hoy, en estos días en que Rusia está regresando con ímpetu a la dictadura y a la censura —aún no institucionalizada, pero ya anunciada a plena voz—, leer la poesía rusa underground resulta más pertinente que nunca.



miércoles, 16 de julio de 2025

Hector Hugh Munro (Saki), traducido en México

La narradora mexicana Ana García Bergúa  publicó, el pasado 11 de julio, el siguiente comentario a propósito de la nueva edición de cuentos de Saki realizada en México. Su texto salió en el diario Milenio. En la bajada se lee: "Con traducción y prólogo de José Homero, la Universidad Veracruzana publicó Bestiario y superbestiario del escritor británico, también autor de Cuentos de humor y de horror".

La sutileza, el humor, la crueldad delicada de Saki

La colección “Biblioteca del Universitario” de la Universidad Veracruzana es notabilísima; desde hace muchos años nos permite leer clásicos de todas las épocas y todos los países en traducciones muy buenas. Impulsada por el gran Sergio Pitol, que tradujo varios libros de la misma, pone al alcance de los estudiantes libros que suelen ser costosos, en ediciones muy bellas y bien cuidadas, y sobre todo muy bien traducidas.

Una mala traducción puede arruinar un libro y convertir su lectura en un juego de adivinanzas y suposiciones, un caminar entre baches buscando al autor sepultado entre la mala prosa, los localismos inútiles o de plano la incomprensión. Sin embargo, el trabajo de José Homero en la edición de la UV de cuentos de “Saki” capta a la perfección el ambiente aristocrático de la época eduardiana (la del rey Eduardo VII, de 1900 a 1910, que por cierto murió después de fumar un cigarrillo), el carácter de los nobles rurales y la vida de la clase alta de entonces. Es una traducción que se lee con gusto, que guarda el sabor de la ironía y el humor inglés; nos transporta a otra época y otros valores literarios y sabe poner los acentos y la tonalidad de la prosa en su lugar exacto. Aquí debo confesar que no había leído antes a Saki. Su lectura ha sido para mí un descubrimiento maravilloso: la sutileza, el humor delicado, la crueldad también delicada que habitan estos cuentos me han embelesado.

El grupo de veinte cuentos seleccionados, como su título lo indica, se centra en la presencia protagónica o lateral de los animales; en él aparecen lobos, gallinas, cerdos, alces, perros, una nutria, una hiena, un tigre, pájaros, entre otros animales, y el gato Tobermory que es una delicia. Sin embargo, también recoge muchos en los que aparecen niños que se burlan de los adultos y los logran engañar o incluso cuentos en los que hay cierta magia: muertes predestinadas, espíritus no chocarreros, sino más bien implacables. Está el mencionado gato, que habla por cierto y chismorrea como seguramente haría cualquier gato de saber hablar, pero también hay gente que se convierte en lobo y gente que solo finge hacerlo. La relación de estos personajes con los animales es una manera en la que Saki nos muestra también su naturaleza humana, que nunca es mejor que sus contrapartes peludos o emplumados. Una mujer mata un tigre para ganar mayor notoriedad que la vecina, por ejemplo, o el aullar de unos lobos demuestra quien es en verdad la mujer noble caída en desgracia como institutriz de un matrimonio petulante.

Hay también deslumbramientos, muchas veces a cargo de los niños: en “El desván”, un niño castigado por una tía (las tías no suelen salvarse en estos cuentos) en un desván descubre la magia y la hermosura de un tapiz que cuenta una historia de muchas interpretaciones y un libro de ilustraciones de pájaros que le abre un mundo; es un cuento sobre la epifanía y la epifanía literaria, específicamente, de una enorme belleza. Otro cuento de espíritu similar es “La efigie del alma en pena”, sobre un pajarito y una escultura. Y otro que llamó mi atención es “El fondo”, donde un hombre padece el destino de traer una obra de arte representando “La caída de Ícaro” tatuada en la espalda.

Otra cosa que me gustó mucho de este libro de cuentos fue ver que algunos personajes se repiten, y con ellos se forma un ambiente de familiaridad que permite también la crítica a la clase de nobles rurales. Entre los personajes repetidos está lord Pabham, que tiene un zoológico, la aristócrata Mavis Pellington y especialmente Clovis Sangrail, un joven que por lo que he leído sería un alter ego del autor (ya me lo imagino en las reuniones), que hace siempre comentarios ácidos, similares a los del propio narrador. Un ejemplo: de alguien dice “Lucas tenía una constitución robusta, con un color que en un espárrago indicaría que había sido cuidadosamente cultivado” o, siguiendo con las verduras, dice de una muchacha que “lucía tan pálida como un betabel que acaba de recibir una mala noticia”. O bien el gato Tobermory declina una comida y cuando le recuerdan que un gato tiene siete vidas, acota: “Quizá, pero solo un hígado”.

Por último, me gustaría señalar otro rasgo muy interesante de estos cuentos y es que en ellos hay mucha gente que cuenta historias o compone versos: para lucirse, para engañar, para ganar dinero, para poner trampas. Es como si las narraciones estuvieran también hablando de sí mismas y nos dijeran: mira todo lo que puedes hacer con nosotras, cuidado. Y es que la literatura no es un arma cargada de futuro como dicen los grandilocuentes cursis, pero sí el cuchillo afilado con el que puedes fastidiar al vecino y pasarla muy bien, si te da por ahí.

Agradezco mucho a José Homero esta traducción que me ha hecho pasar ratos encantadores, fuera del mundo, y deseo larga vida a este libro y a esta colección maravillosa de la Universidad Veracruzana.


martes, 17 de junio de 2025

Aurelio Asiain y un libro singular

"En Muy diversas versiones, el poeta y traductor mexicano convierte el acto de traducir en una conversación lúdica y erudita con autores de todos los tiempos." Esto dice la bajada de la nota publicada por Armando Gonzàlez Torres, en Milenio, de México, el pasado 13 de junio, a propósito de un nuevo volumen de traducciones de Aurelio Asiain.

Aurelio Asiain y la traducción como tertulia poética

La traducción es una de las formas más venturosas de la conversación que busca trascender las fronteras de opacidad e indeterminación entre las lenguas. Como la conversación, la traducción es una empresa colectiva en la que participan, al menos, el traductor y el autor, así como los lectores. Muy diversas versiones de Aurelio Asiain (Grano de sal, 2025) es un libro de traducciones, directas e indirectas, así como de anotaciones y varia reflexión sobre el oficio de traducir, el arte de la poesía y los conceptos de creación y autoría.

El elenco tan variado de textos traducidos, desde el Rig Veda y Ovidio hasta los poetas ucranianos de hoy, muestra el carácter lúdico y placentero del trabajo del traductor y su renuncia a la adscripción a un solo idioma, una época o una tendencia. A diferencia del profesional que traduce sistemáticamente y por encargo, este traductor selecciona por amor o capricho y emprende una dichosa errancia.

En este convite poético convergen invitados de Oriente y Occidente (aunque resaltan las y los poetas japoneses), célebres y desconocidos, ascetas y libertinos, antiguos y contemporáneos. Sus tópicos van desde los más frecuentes y solemnes (la brevedad de la vida, la ilusoria realidad, la dualidad amor y odio) hasta los más ligeros (poemas sobre el pene u odas a la degustación de ostras y almejas) o los más inusitados y entrañables (el elogio del amor conyugal de viejos o la elegía a un bastón). Además del ramillete de versiones, este libro ofrece un conjunto de disquisiciones sobre temas y formas poéticas paradigmáticas en las diversas tradiciones o sobre distintas modalidades de traducción.

Porque la traducción requiere conocimiento de al menos otro idioma, pero, sobre todo, intuición, imaginación y arrojo. De ahí la admiración del autor por aquella estirpe de traductores que, sin miedo a la traición, buscan, más que ilusión de la literalidad estricta, la coincidencia feliz entre dos lenguas. Se trata de reconstruir el impulso y el efecto milagroso de la poesía en otro idioma, mediante los procedimientos más heterogéneos.

Asiain acecha sus poemas y se los apropia con respeto pero con audacia, dialoga con antiguos traductores o con las versiones intermediarias, rastrea parentescos lejanos y analogías sorprendentes, recrea los contextos, esboza figuras y anécdotas memorables y, a menudo, incurre en gozosos paréntesis y divagaciones. El texto traducido es un pretexto para abrir la conversación y el resultado son varias cosas: declaraciones de afinidad con un autor, desafíos técnicos e intelectuales y, sobre todo, una sabrosísima tertulia literaria.

Por lo demás, esta actividad de traducción y reflexión se convierte de manera espontánea en una preceptiva para la lectura de poesía y enseña a practicar desde la actitud simultánea de alerta y relajación de los sentidos que requiere el acercamiento al texto poético hasta la apreciación de la factura técnica o el alegre abandono a los placeres del oído.


jueves, 22 de mayo de 2025

Selma Ancira habla de su traducción de las cartas de la poeta Marina Tsvietáieva

El pasado 5 de mayo, Reyna Paz Avendaño publicó en El Universal, de México, el siguiente artículo. En su bajada se lee: "La traductora Selma Ancira habla sobre su reciente trabajo, la traducción al español de 138 cartas de la poeta Marina Tsvietáieva".


Cartas desde el destierro: una entrevista a Selma Ancira, traductora de Marina Tsvietáieva

"Quítenme la escritura – y no viviré, así de sencillo, no querré, no podré. En la Rusia soviética sobreviví solo gracias a la escritura. Y todos estos años, en el extranjero, mi cuaderno es quien me ha mantenido viva”, escribió la poeta Marina Tsvietáieva desde Francia, el 24 de septiembre en 1926, a su amiga, la traductora Anna Tesková, quien a pesar de la distancia fue su gran apoyo para sobrellevar 17 años de exilio a causa de la Revolución rusa.

En esas cartas, fechadas entre 1922 y 1939, Tsvietáieva muestra sus carencias, sus miedos, sus alegrías, sus deseos y, sobre todo, su capacidad de convertir cualquier narración, por más dolorosa que fuera, en poesía. Esa correspondencia, que consta de 138 misivas, fue trabajada por Selma Ancira, quien la tradujo por primera vez al español y hoy llega a las librerías con una edición a cargo de la Universidad Veracruzana, con el título Cartas a Anna Tesková (Novela epistolar).

Marina Tsvietáieva nació en Moscú en 1892, su padre fue el creador del Museo de Bellas Artes de Moscú y su madre era pianista. Ella tuvo que salir del país en 1922, se exilió primero en Bohemia y luego en Francia. En 1939 volvió a la Unión Soviética, donde dos años después se suicidó.

Sus obras traducidas al español —todas por Selma Ancira—, son: El poeta y el tiempo (2006), Mi Pushkin (2009), Mi madre y la música (2012), Diarios de la Revolución de 1917 (2015), Mi padre y su museo (2021) y El diablo (2025). Sin embargo, aún existen materiales desconocidos en nuestra lengua: sus relatos, ensayos y su poesía.

Anna Tesková nació en Praga en 1872, pero al año de su nacimiento, junto con su familia, migró a Moscú y, trece años después, regresó a Praga donde se desempeñó como maestra. Con el tiempo, se convirtió en una reconocida literata que trabajó dos literaturas que amaba: la rusa y la checa. Escribía, traducía, organizaba conferencias y veladas literarias.

Selma Ancira narra, en entrevista, que Anna conservó a lo largo de su vida las 138 cartas que recibió de Tsvietáieva. Marina también guardó las cartas de Tesková, pero cuando tuvo que preparar su regreso a la Unión Soviética, solo se llevó aquello de lo que no pudo desprenderse: sus libretas, sus cuadernos de trabajo, las cartas de tres poetas —Rilke, Pasternak y Gronski—, dibujos de sus hijos, algunas fotografías, pocos libros y un sobre con la leyenda “Cartas y postales de Bohemia. Fotografías de la tragedia checa (15-20 de marzo de 1939)” que contenía, entre otras cosas, once cartas de Tesková (de 1938-1939).

Marina entregó, en 1939, dos maletas con buena parte de su archivo a otra amiga: Margarita Lébedeva (esposa del periodista ruso Vladímir Ivánovich), en las que había manuscritos y cartas de Tesková. “Un año más tarde, cuando los alemanes ocuparon París, Lébedeva, con la idea de proteger mejor el archivo que le había sido encomendado, llevó las maletas al sótano de su casa. Meses después, años quizás, hubo algún problema con el agua del edificio y el sótano se inundó. Los archivos de Tsvietáieva se perdieron”, detalla Selma Ancira.

Desde la primera carta, Marina Tsvietáieva habla de su difícil situación económica. El 10 de febrero de 1925, cuando vivía en Všenory, Praga, y con los dolores de haber dado a luz a su hijo Gueorgui (al que también llamó Mur), le escribió a Anna para pedirle un favor “poco atrevido”: el envío de un vestido.

“¿Alguna de las personas que están a su alrededor tendrá un vestido sencillo y que se pueda lavar? Viví todo el invierno en uno solo, de lana, que se está cayendo a pedazos. No hace falta que sea bueno, –de todas formas, no voy a ningún lado– algo sencillo. Ahora ni pensar en comprar tela y coser: ayer cien coronas a la comadrona por tres visitas, en estos días entre ciento veinte y ciento treinta coronas a la carbonera por diez días, la fianza por la báscula infantil (cien coronas), ¡y los medicamentos, y la sanidad! – ni pensar en un vestido. Pero me gustaría mucho tener algo limpio para cargar al bebé”, escribió la poeta.

En las cartas, Tsvietáieva también nos entera del crecimiento de su hija Ariadna (también llamada Alia) y de la fidelidad y confianza hacia su marido, Serguéi Efrón. Él, Efrón, fue sospechoso de complicidad en el asesinato del tránsfuga soviético Ignati Reiss, en septiembre de 1937, en Suiza. Fue convocado por la policía francesa ya que encontraron pruebas de que se había ocupado de la logística, como también lo había hecho con la vigilancia del hijo de Trotsky en 1936. Ese hecho lo condenó a muerte.

–¿Las cartas te dieron otra lectura de Marina Tsvietáieva?
–He conocido a Marina de otra manera, he podido entrar en su exilio que para mí era importante porque había leído mucho, pero estas cartas son muy explícitas. Además de que Marina es mi gran amor, lo importante de estas cartas es que nos dan una idea del exilio ruso, no nada más de Tsvietáieva. Las carencias, las angustias, todo lo que vive, todo lo que narra, lo podría narrar cualquiera, no con esa genialidad, pero sí podría contarlo cualquiera de los otros escritores, poetas e intelectuales que se vieron obligados a emigrar.

A través de Tsvietáieva conectamos con una cantidad increíble de autores, fueron muchísimo los que emigraron y que de una manera u otra todos vivieron esas dificultades y esa sensación de destierro, de no pertenencia.

Se exilia en París con su hijo recién nacido, pero antes ya había estado ahí, de más joven.

Desde luego son dos momentos distintos, cuando ella va de joven, va a estudiar a la Sorbona, quiere conocer a la actriz Sarah Bernhardt, está viviendo el París que vivían los rusos antes de la revolución cuando podían salir. Años después regresa, ya desterrada, sin pertenencias, con dos hijos pequeños, sin trabajo, es un París muy distinto.

No creo recordar que ella se lamente o añore el París de su juventud. Marina es una persona que se enfrenta a las situaciones que le pone la vida delante con una valentía y un estoicismo dignos de ser imitados. Es una lección de vida porque no solo vemos crecer a Mur, vemos crecer a Ariadna, la niña de sus ojos a la que Marina le entregó su juventud y que llegada su adolescencia la relación de ambas cambió. Todo lo que narra es dolorosísimo. Realmente sufrí traduciendo el libro, pero sin duda, fue una manera indiscutible de conocer mejor a la poeta.

En una de las notas que incluye el libro, Selma Ancira narra que Tsvietáieva estuvo en París durante el verano de 1909, realizó un curso de francés, en la Alliance Française, y en una carta a Vera Búnina escrita en 1934, recuerda: “… tenía dieciséis años cuando por primera vez estuve sola en París. No volví con ningún sombrero, pero volví con un autógrafo auténtico de Napoleón (durante la Revolución – unos conocidos me lo robaron) y un busto auténtico del rey de Roma en porcelana de Sèvres”

–Marina siempre amó Praga
–Amaba Praga. En una carta, si recuerdo bien, ella dice que ama Bohemia por encima de Rusia. Para ella fue un periodo muy interesante de su vida, muy importante, incluso te podría decir que fue un periodo luminoso que no los hay en abundancia en la vida de Tsvietáieva.

–Su salvación era su cuaderno.
–Cuando llegan a Francia, ella suplicaba tres horas al día para poder estar a sola con su cuaderno. Marina vivió en una pobreza absolutamente increíble y la escritura, más que salvación económica, diría que fue una salvación para su alma, para su espíritu. Era su refugio. Esos cuadernos son los que me faltan traducir.

–¿Sí se conservan?
Sí están. Ojalá me alcance la vida, ojalá me dé tiempo, me gustaría mucho dejarlos traducidos.

¿Poemario después de Rusia no es el último libro que escribe Marina?
Los últimos versos son los dedicados a Bohemia, los que aparecen hacia el final del libro, en las últimas cartas. Ahí sí que puso el alma, el corazón y todo el todo el sufrimiento, toda la indignación, todo lo que se vivió cuando la invasión a Checoslovaquia. Todo lo que escribió después de Rusia tiene un denominador común: la angustia vital que dominó su vida a partir de que deja Bohemia, cuando deja Praga, Checoslovaquia, y va a París, ahí comienza un periplo angustioso y difícil.

¿Cuál fue el trato que le dieron los franceses a la obra de Marina?
Eso no aparece en este libro, pero cuando ella llega a Francia y le organizan una lectura de sus poemas, comete lo que en ese momento era imperdonable: habla con el mismo cariño y la misma admiración de los escritores que se han quedado en Rusia y de los escritores que han salido de Rusia. Entonces los escritores que salieron de Rusia no se lo perdonan y comienzan a condenarla a un ostracismo cada vez mayor.

Pero Marina lo sabía, ella decía lo que creía, hablaba con la verdad, defendía sus ideas. Aun así, eso le cerraría las puertas. No obstante, tradujo textos al francés, ella era bilingüe, por ejemplo, tradujo los poemas de Aleksandr Pushkin y su libro Mi padre y su museo.

–En las cartas, Marina transforma su dolor en palabras
–Es un dolor sublime porque ella es una poeta y de lo mínimo crea versos, incluso si lees las cartas con atención, de algunas podríamos sacar versos completos. Ella decía que en su infancia, en su casa se respiraba aire caballeresco y eso ella lo sigue repitiendo hasta el final de su vida.

–También existieron varias publicaciones rusas, por ejemplo, la revista literaria La voluntad de Rusia.
Había muchas revistas y periódicos de los inmigrantes rusos. Fue un movimiento grandísimo. Hay incluso una enciclopedia de la emigración rusa. La mayoría de los intelectuales —poetas, escritores, pintores— estaban en París, por ejemplo, Natalia Goncharova y Mijaíl Larionov, ambos pintores. Entonces, había una pequeña Rusia metida en Francia.

¿Esa enciclopedia que menciona está traducida al español?
A mí ya no me va a dar la vida ni tampoco es un tema al que quiero dedicarle lo que me queda. Es brutal el trabajo que se ha hecho tratando de rescatar toda la vida de los emigrantes, quiénes fueron, las revistas que salieron, los periódicos que se imprimieron, las publicaciones, los círculos, las asociaciones….

En 1937, Mariana le avisa a Anna que se mudará a París y hay un objeto que le preocupa y que aparece en varias cartas: una cesta con cosas personales. Le pregunta la poeta “¿podría guardarnos por un tiempo en su casa una cesta con nuestras cosas? Solo un tiempo, porque: o bien en tres meses – volveré, o bien, si me instalo en París (lo que dudo mucho) – Serguéi Yákovlevich me la enviará en petite vitesse. Es una cesta grande, se lo advierto, – pero ¿podría encontrar un espacio en el recibidor? Es imposible llevárselo todo”.

La partida está prevista para después del 20 de junio, continúa narrando Marina. “No sé cómo haré el viaje – soy terriblemente poco práctica. Alguno de sus conocidos, por casualidad, ¿no tendrá previsto viajar? No sé qué hacer, por ejemplo, con las comidas de Gueorgui. Come cuatro veces al día, y todo hay que calentarlo. ¿Cómo se hace eso? Seguro que no se podrá encender una cocinilla de alcohol”.

Más adelante, Tsvietáieva cuenta esa cesta se guardó en la villa Bozhenka, en Všenory, casa de Andréieva) y que adentro está el ajuar de Mur, cartas, cuadernos y “una gruesa mitología en alemán, color marrón, en pasta dura, con ilustraciones. Gustav Schwab – Die schönsten Sagen des klassischen Altertums (Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica)”.

Ese libro, escribió la poeta, pide que se le envíe por separado, por correo y no con el equipaje. “Tendré absoluta necesidad de él probablemente en poco tiempo para la segunda parte del Teseo que estoy escribiendo ahora. Es un libro grueso, tirando a marrón, que se cae de viejo. Tiene mi nombre y una nota: ‘un libro para toda la vida’”.

“Las cartas nos van dando pistas de cuáles son sus lecturas, sí. He descubierto autores, por ejemplo, Hildur Dixelius (1879-1969) quien escribió La hija del sacerdote, novela alemana, son tres volúmenes, los compré y los leí todos, muy obediente porque es una manera que tengo de conocer más a mis autores”, comenta Selma Ancira.

–Marina habla del poeta Rilke.
–Sí, por supuesto. Con Cartas del verano de 1926, con ese libro nació Tsvietáieva en español, lo publicó Siglo XXI en su momento (1984). Entonces, ahora a mí me hace mucha ilusión que nuevamente este volumen de cartas que es tan importante salga en México. Es decir, Marina nació en español en Siglo XXI y ahora 40 y tantos años después vuelve con un volumen de cartas en donde además se mencionan aquellas misivas.

En esta correspondencia, podemos imaginar a Anna Tesková.

Con todo lo que le agradece, con todo lo que sabemos que ella hizo, te das cuenta de la calidad humana de esta mujer, de la capacidad que tenía para trabajar, de su cultura, del amor por el ruso, porque estuvo en Rusia durante su adolescencia.

Marina no le está diciendo en las cartas: "Mándame, por favor, un Chanel." Le está diciendo: "Mándame un vestido que yo pueda utilizar en todas las estaciones, que lo pueda cortar, que lo pueda lavar a mano”. Ella no tiene dinero para pagar una lavandería. Entonces, habla de las dos. Este libro es una lección. Se puede vivir con lo mínimo siendo, además de todo, una persona genial que tendría que haber tenido todo porque de ser así, nos hubiera dado muchas más cosas, hubiera tenido la posibilidad de escribir más. Tenemos mucho que aprender del estoicismo, de la simplicidad, del poco vanagloriarse o enrojecerse de su ser como poeta. Marina se presenta a sí misma como una persona y la poeta se escapa porque lo lleva dentro.

–¿Marina se aferra a la amistad de Anna porque era su otro soporte en el exilio?
–Es la promesa de que regresará a Bohemia y por eso le dice: "organizo una lectura y viviré en su casa." Marina se monta toda la película de cómo podría ser. La última carta, la del 12 de junio de 1939, es absolutamente dramática, ella habla de su partida, de tomar el barco sin regreso, aunque no lo dice, uno lo intuye entre líneas, está el miedo del suicidio, que llega dos años después.

–Por los lugares de Francia que pasó, ¿es conocido que estuvo ahí?
–Sí, últimamente se han puesto plaquitas que dicen: "En esta casa vivió Marina". He recorrido esos lugares y los de Praga, también los alrededores de Praga.

–¿Sigues traduciendo obra de Marina Tsvietáieva?
–En este momento estoy con Tolstoi, después trabajaré Kazantzakis y regresaré con Marina.

–¿Hoy existe alguna cancelación o censura en la traducción de autores rusos?
–Creo que el lector inteligente, el editor inteligente y el impresor inteligente saben separar la política de la literatura y lo intentaron al principio de la guerra, pero la literatura nos puede acercar en vez de alejarnos. Y de eso se trata este momento, de encontrar un punto de encuentro, un punto de acercamiento.

–¿Has vivido alguna cuestión personal por trabajar con autores rusos?
–Lo que no hago es ir a Rusia y no iré hasta que no termine la guerra. Y me cuesta porque que hay teatro, literatura, las cosas que me alimentan, pero no visitaré Rusia mientras no termine la guerra.