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viernes, 29 de noviembre de 2019

Laszlo Elderyi y una de librerías en Medellín



"Un relato de las sorpresas que depara Medellín, Colombia, para los amantes de los buenos libros". Así describe la correspondiente bajada el contenido del artículo publicado por Laszlo Elderyi, director del suplemento de cultura del diario El País, de Uruguay, publicado en ese medio el pasado 24 de noviembre.

Las librerías de Medellín tienen mucho para decir

Medellín, Colombia, puede ser toda una sorpresa para los amantes de la buena lectura, por el contexto. Es una ciudad que se construye, linda, espléndida, y que a la vez se deconstruye fugando despacito de la sombra de la violencia. Se percibe en el lenguaje de sus habitantes, sobre todo en las generaciones jóvenes. Alcanza con escuchar sus relatos de cuando eran niños, por ejemplo en la Comuna 13, en Casa Kolacho: sabían, tras sentir una detonación lejana, qué arma la había disparado, su calibre, que efecto tenía sobre la carne o las cosas. Describir eso por su nombre, sin temor, es quizá la mejor forma de conjurar el dolor, de sanar, de construirse en paz con el otro.

Librerías como Grámmata (en el mismo edificio que la librería de viejo Palinuro, y con muchos libros de editoriales uruguayas), Al pie de la letra (junto al Museo de Arte Moderno) o la pequeña Ex-libris (la del Centro Comercial Oviedo) ofrecen un santuario cuyos libros ayudan a comprender las razones últimas de todo conflicto humano. Y lo hacen desde la forma cómo están expuestos esos libros, cómo fueron ordenados en el anaquel para que el lector vea y compre.

 

Una bala en la cabeza 

Los libros de los últimos premio Nobel estaban agotados, tanto los de Peter Handke como los de Olga Tokarczuk (ambos ya aparecieron en Uruguay). Pero hay tesoros como el Adán y Eva en el paraíso del portugués Eça de Queirós (1845-1900), pequeña y bella edición de Periférica del 2011 que desconcierta desde la primera frase: “Adán, Padre de todos los hombres, fue creado el día 28 de octubre a las dos de la tarde…”. Relata lo que sucedió en el Paraíso combinando mito y divulgación científica, naturalismo con fantasía, y un poderoso humor irónico sobre las peripecias de “Nuestro Padre venerable”. El argentino Fogwill supo decir que “algunos textos de Eça de Queirós, como éste, parecen escritos por César Aira. O por mí mismo”.

Del conflicto edénico originario a la era actual parece haber un paso cuando aparecen varios libros de la premio Nobel Herta Müller. Está el más nuevo, una recopilación de artículos, textos y discursos donde la autora transilvana de origen alemán cuenta de los efectos que provoca la represión política en la psicología y en el lenguaje. Ella vivió y creció en Transilvania bajo el comunismo (Rumania), y fue perseguida por los servicios secretos de Ceaucescu. El libro se titula Siempre la misma nieve y siempre el mismo tío (Siruela, 2019) y es un verdadero canto a la inteligencia. Pegadito, uno de sus clásicos: Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma (Siruela, 2010). Es novela y es la historia de una joven que trabaja en una fábrica de ropa cuando es citada por los servicios secretos para un interrogatorio. Imposible no llevarlo.

También resulta irresistible la novela de Goran Vojnovic, Yugoslavia, mi tierra (Libros del Asteroide, 2018), donde un hijo que busca a su padre, oficial del ejército yugoslavo que supuestamente había muerto durante la guerra de los Balcanes, descubre que no sólo está vivo sino que ha sido acusado de crímenes contra la Humanidad. Es un recorrido por lo que quedó de Yugoslavia pero a lo Peter Handke, tratando de juntar los retazos dispersos para reconstruir una humanidad. Esa que faltó en el Río de la Plata durante las últimas dictaduras militares y que de golpe también está ahí, en el estante de la librería Al pie de la letra: la edición castellana de Memoria del miedo de Andrew Graham-Yooll (Libros del Asteroide, 2006). Las tapas de un verde casi flúo descolocan como un déjà vu (Andrew fue un muy querido colaborador de El País Cultural). Exiliado en Londres, y cansado de relatar a colegas y amigos las historias de muerte y crueldad de la dictadura militar argentina, decidió escribirlas “para mantener viva la memoria del miedo”, libro que publicó primero en inglés en Londres (Junction Books), y luego en esta versión castellana. Es crónica pura escrita desde las entrañas, denunciando la violencia de todos los bandos (“Si Mario Firmenich, comandante del grupo guerrillero Montoneros, es enviado a la cárcel por mucho tiempo, y si yo recibo algún día una bala en la cabeza, el origen de ambos acontecimientos deberá buscarse en este capítulo” escribe en Memoria del miedo). La versión inglesa del libro llegó a manos de Graham Greene: “Todos hemos conocido momentos de terror, pero nunca he leído un libro que trasmita de tal forma lo que es vivir en un estado de terror permanente”.

El conflicto siempre

Sigue la mirada por los estantes. Llama la atención un título improbable, de autor israelí: Hirbet Hiza, Un pueblo árabe, de S. Yizhar (Minúscula, 2009). Algo explota en la intuición. Vía Whatsapp, con el libro en la mano, le pregunto a mi amigo en Jerusalén por qué ese título me intriga. “Es el único israelí que mereció ganar el premio Nobel”, me dice, y claro, no lo ganó. Yizhar es considerado el fundador de la literatura israelí, y ese pequeño libro escrito en 1949 trata de las peripecias de una patrulla israelí cuya misión es desalojar una aldea palestina de sus habitantes, y dinamitarla. Una joya de la literatura universal, con mayúsculas. Es dolor, es poesía, es detalle, es humanidad. Es una escritura que pone al lector allí, en la piel de cada soldado, de cada aldeano.

Descubro también el nuevo libro del guatemalteco Eduardo Halfon, Duelo (Libros del Asteroide, 2018), otro volumen de su proyecto literario que sigue al notable Signor Hoffman (2015). Es difícil definir qué es lo que tiene su escritura que lleva al lector de forma mágica hacia algo que siempre está por ocurrir. Su prosa genera un estado de intimidad curiosa, de confort extraño y a la vez familiar. Como si lo leímos toda la vida. También resulta difícil definir qué hay en la novela negra japonesa La chica de Kyushu, de Seicho Matsumoto (Libros del Asteroide, 2017), publicada en 1961 pero de una dureza poco común, porque no hay negritud en el mundo que se iguale a los procesos judiciales y policiales del Japón, y más cuando eso se convierte en gran literatura. También proveniente del Océano Pacífico aparece una recopilación de artículos, textos y crónicas de la australiana Helen Garner, Historias reales (Libros del Asteroide, 2018). Poco conocida por aquí, es una de las grandes cronistas contemporáneas, de esas que saben contar con inteligencia y compasión. Ganó notoriedad por "The First Stone" (1995), un polémico reportaje sobre un caso de abuso sexual en la Universidad de Melbourne. En Historias reales, Garner sigue discutiendo los ecos de esa furia.

Tres libros más esperan en el morral venido de Medellín, los ensayos Los sueños de Einstein de Alan Lightman (Libros del Asteroide, 2019), que explica por qué el tiempo es la dimensión clave de nuestra existencia, y El tiempo regalado, Un ensayo sobre la espera de Andrea Köhler (Libros del Asteroide, 2018), porque se trata de disfrutar, lento, y de descartar la prisa. Y por último la joya: La chica de la Leica de Helena Janeczek (Tusquets, 2019), una notable biografía de la fotógrafa de guerra Gerda Taro, la primera en morir en un campo de batalla. Porque más allá de la tremenda historia de Taro, bien documentada, lo que importa aquí es la escritura, su ritmo, su respeto por el tiempo lento del lector.

jueves, 28 de febrero de 2019

"Una versión para la gente de acá"


Rolando Costa Picazo
“Una edición crítica y comentada del argentino Rolando Costa Picazo, en dos grandes tomos.” En estos términos anuncia El Cultural, de el diario uruguayo El País, la publicación de la tercera traducción argentina de Ulises, de James Joyce, en una nota firmada por Lazslo Elderyi el pasado 24 de febrero.

James Joyce rioplatense entre la mujer y la luna

Con el Ulises de James Joyce, quizá la mejor novela jamás escrita, pasa en estos días algo curioso: es percibida, con suerte, como una obra bellísima pero de gran complejidad que solo pueden disfrutar un puñado de especialistas y que yo, lector común, algún día tendré la suerte de disfrutarla, aunque sea en parte. Con suerte, porque hay importantes núcleos de lectores que ignoran su existencia. ¿El Ulises? ¿Qué es eso? Entonces, entre mirarla con devoción desde lejos, o no saber qué es, lo que queda es un verdadero desastre. Casi un apocalipsis cultural, pues se trata de una novela clave para la modernidad, la que inventó todos los géneros de la literatura que se desarrollaron a lo largo del siglo XX y el actual, la que todavía parece escrita hoy, la que provoca con revulsión, pero no como las catarsis que ocurren en redes sociales: la que le saca a cada lector la mierda que lleva bien adentro y, al exponerla, lo convierte en mejor persona. Es una novela terapéutica.

SONORIDAD POÉTICA 
Hay formas de entrar al universo del Ulises de a poquito, sin verse abrumado. Es un libro que transcurre en Dublín durante un solo día, el 16 de junio de 1904, donde cada capítulo relata lo que sucede en cada hora de ese día, una tras otra. Tiene tres personajes centrales, el viejo Bloom, el joven Stephen y la esposa adúltera del primero, Molly, pero es una novela de una enorme complejidad. Como explicó luego el propio Joyce, “he incluido tantos enigmas y acertijos que mantendrán atareados a los profesores durante siglos acerca de lo que quise decir, y esa es la única manera de asegurarnos la inmortalidad”. Error; no es la única manera. El Ulises posee pasajes de tal belleza, sonoridad poética y provocación intelectual que pueden llevar a cualquier lector, incluso a los más desprevenidos, por un viaje de descubrimiento y fascinación. “Es un libro de autoayuda” llegó a decir Declan Kiberd, quizá el mayor especialista vivo sobre el Ulises. Una novela que supo sobrevivir a múltiples censuras, porque ciertas personas la consideraron obscena.

La cuestión es dónde están esos pasajes mágicos, las llaves que permiten entrar al Ulises. El gran debate actual en este hemisferio se centra en sus traducciones al español. El País Cultural dedicó en 2015 una nota de tapa a la nueva versión en español rioplatense del Ulises, la del argentino Marcelo Zabaloy (El cuenco de plata). No era la primera, estaba la clásica de hace 70 años, la del también argentino Salas Subirat, un vendedor de seguros (Zabaloy, a su vez, es instalador de sistemas eléctricos), a la que siguieron versiones ibéricas como la de Valverde o la de García Tortosa y Venegas, que sonaban muy “españolas”. Zabaloy insistió en traducir la obra a un español rioplatense, no tanto porteño como uruguayo y del interior argentino. Es una versión que fluye magnífica, sobre todo porque mantiene con vigor la sonoridad poética del original. Es música para cualquier oído lector.

Cuando se publicó la versión de Zabaloy se sabía que había otra traducción argentina en proceso, la del profesor Rolando Costa Picazo, que acaba de publicarse. La cuestión entre especialistas volvió con pasión al terreno futbolístico: son tres versiones argentinas contra dos españolas. Y sin Messi.

EL JUICIO DEL TRADUCTOR
A diferencia del Ulises de Zabaloy que se publicó en un solo tomo (como el Ulysses original de 1922), la editorial Edhasa sacó la versión de Costa Picazo en dos tomos, con un total de 1.800 páginas y un peso 2,250 kgs. Está acompañada con muchas notas al pie de cada página, 2, 3 o hasta 7, aclarando referencias o brindando pistas para entender qué quiso decir Joyce cuando escribió, por ejemplo, sobre “el amor que no se atreve a pronunciar su nombre” (la nota explica que es sobre la homosexualidad), que a su vez remite a otras notas en diferentes partes del libro, una sobre Oscar Wilde. A diferencia de la versión de Zabaloy, que nos tira la versión del texto con poca ayuda (igual que el Ulysses más difundido hoy, la versión en inglés de Penguin Classics, prologada por Declan Kiberd), la de Costa Picazo viene con mucha ayuda, tanto que cada página se divide casi en dos, arriba con el texto del Ulises en letra grande, y abajo las notas al pie en letra más chica. La tentación de ir de arriba hacia abajo y volver, de forma permanente, tratando de entender qué quiso poner Joyce, es un obstáculo para que los lectores nuevos disfruten de la sonoridad poética del texto. Y es esa sonoridad, precisamente, la que convierte a la novela en acto poético, pues envuelve y transporta, colocando al lector frente a los misterios que llaman para ser descubiertos, interpretados.

Pero si olvidamos las notas al pie, la traducción de Costa Picazo fluye en líneas generales casi con el mismo espíritu que la de Zabaloy. Es una versión para la gente de acá, de Uruguay, Argentina, Colombia, Chile y, por qué no, del resto de Hispanoamérica. Cantarán loas todos los que sufrieron con la españolísima traducción de Valverde. Llegar a esto, claro, no es un trámite sencillo.

Uno de los párrafos de mayor belleza que contiene el Ulises es aquél donde Bloom reflexiona sobre las similitudes entre la mujer y la luna: “¿Qué afinidades especiales le parecía que existían entre la luna y la mujer? Su antigüedad en preceder y sobrevivir a sucesivas generaciones telúricas; su predominio nocturno; su dependencia satelital; su reflejo luminar; su constancia bajo todas las fases, el salir y ponerse a sus horas fijadas; la forzosa invariabilidad de su aspecto; su respuesta indeterminada a una interrogación inafirmativa; su potencia sobre aguas afluentes y refluentes; su poder de enamorar, de mortificar, de revestir de belleza, de enloquecer; de incitar y ayudar a la delincuencia; la tranquila inescrutabilidad de su rostro; lo terrible de su aislada, dominante, implacable, resplandeciente propincuidad; sus augurios de tempestad y de calma; la estimulación de su luz, de su movimiento y de su presencia; la admonición de sus cráteres, sus áridos mares, su silencio; su esplendor, cuando visible; su atracción, cuando invisible”. (Tomo II, página 702, traducción de Costa Picazo)

El nuevo traductor argentino decide, al igual que Zabaloy, traducir de forma literal el término propinquity como propincuidad, palabra que existe en español y refiere a algo allegado, cercano, próximo, pero que en realidad a usted, lector, lo deja afuera porque es un término que no entiende. Podrían haberlo traducido como “cercanía”, y la frase habría quedado así: “lo terrible de su aislada, dominante, implacable, resplandeciente cercanía”. Mejor, ¿no? Aun así, Zabaloy le dijo una vez a este cronista que él prefería la palabra propincuidad, porque existía y porque sonaba lindo. A Joyce, esto, le habría encantado.