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lunes, 24 de octubre de 2022

Lori Saint-Martin (1959-2022)


La noticia nos llegó el sábado a la mañana y todavía estamos perplejos: la gran traductora canadiense Lori Saint-Martin, que tantas veces pasó por la ciudad y por el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, murió en París, a los 63 años. 

Nacida en Kitchener, un pueblo de la provincia de Ontario, en el seno de una familia obrera, a los veinte años abandonó su lugar de residencia y la lengua inglesa y, en 1980, se mudó a Quebec, donde pasó por completo al francés, Así, al cabo de años de estudios, llegó a ocupar un importante puesto en la Université du Québec en Montreal y, posteriormente, a realizar numerosas investigaciones en el Institut de Recherches et d'Études Féministes de esa universidad.

Considerada como una de las mayores traductoras literarias de Canadá, ella, con su esposo Paul Gagné (también traductor) tradujeron conjuntamente unas cien obras del inglés (entre otros, de Margaret Atwood, Carol Shields, Mordecai Richler, Naomi Klein, Louise Penny, Maya Angelou, Gil Adamson, Miriam Toews, Alistair McLeod, Ann-Marie McDonald, David Homel, Neil Smith, Neil Bissondath y Lori Lansens), resultando ganadores en cuatro oportunidades del prestigioso Prix Littéraire du Guverneuer Général, que se otorga en Quebec. 

Como escritora publicó Mon père, la nuit : nouvelles (1999, 2014), Les Portes closes ( 2013), Mathématiques intimes : microrécits, (2014; traducido al castellano como Matemáticas íntimas y publicado por la editorial Milena París), Les Portes closes ( 2013) y el ensayo autobiográfico sobre su cambio de lengua Pour qui je me prends (2020; ver en este blog las entradas del 5 y 6 de abril de 2022). Por algunos de esos títulos recibió numerosos galardones y un gran reconocimiento, que incluyó su reciente admisión en la Académie des lettres du Quebec.

Desde hace una década, aproximadamente, había empezado a visitar Buenos Aires, una de sus ciudades, como solía decir, lo que la llevó a dominar perfectamente el castellano y a comenzar a traducir autores argentinos y de otras provincias de la lengua (algunos de ellos fueron Gustavo Nielsen, Leila Guerriero, María Jesús Álvarez, Marta Chicote, Alejandro Crotto y Sandro Barella) en Canadá. 

Compañera de andanzas y excelente amiga, la muerte de Lori nos deja sumidos en la más profunda tristeza. 

Jorge Fondebrider

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Quien desee saber más sobre ella, puede consultar las entradas correspondientes al 23 de abril de 2013, 25 de mayo de 2016, 14 y 15 de septiembre de 2017,  24 de marzo de 2020, 28 de abril de 2021.


miércoles, 6 de abril de 2022

"Soy quien creo que soy" (2)

Lo que sigue es la segunda parte de la conferencia sobre bilingüismo dictada por la escritora canadiense Lori Saint-Martin en Buenos Aires, en 2019, editada por Gustavo Nielsen, cuya primera parte fue subida ayer.   



 Cómo me hice francófona: arqueología lingüística

Recorrido en cinco actos, cuatro idiomas y dos secretos.

(Segunda parte)

ACTO TERCERO: LA MUJER DE DOS CABEZAS EN BUENOS AIRES

Sin la muerte de mi hermana,no sé si habría pisado alguna vez las calles de Buenos Aires.

En mayo del 2010, Cari, menor que yo, murió a los 44 años de un cáncer de mama. Murió con muchas cosas sin hacer, antes que nada ver crecer a sus hijos. Entre el dolor y la furia, yotambién pensé en las cosas que soñaba hacer y siempre iba postergando.  Quería escribir una novela; lo hice. También quería volver al castellano. Lo había estudiado en la escuela secundaria, me gustaba, pero lo había dejado para dedicarmeal francés.

¿Por qué tanta urgencia para retomar una lengua? Es la manera, casi única, que encuentro para combatir la muerte y el olvido. Yrejuvenecer. Volver al principio del mundo cuando otra vez todo es posible.

Llevaba tantos años instalada en mis dos lenguasmaternas, que empezar de nuevo con otra fue una prueba, pero también una delicia. Viajé a Buenos Aires para lograrlo. Nadar en aguas nuevas, hacerme totalmente nueva por segunda vez.

Volver al castellano fue como encontrarme con un novio muy amado de décadas atrás y darme cuenta de que me seguía gustando. Ya sé que volví tarde, que siempre me costarámás escribir en español que en mis idiomas maternos, que siempre voy a equivocarme en muchas cosas, que siempre voy a tener acento, mientras que en francés no es así. Pero ya lo acepté, estoy en paz con mis imperfecciones y sólo pienso en el placer.


ACTO CUARTO: LA LENGUA FANTASMA

Ahora llegamos al segundo secreto, que de hecho es la cuarta lengua. Un secreto extraño, que estuvo todo el tiempo a la vista, como la carta robada de Poe, pero en el que nunca había reparado.

Hace tiempo, en las estaciones de trenes franceses, ustedes habrán visto, había carteles en los que se leía: Un trainpeut en cacher un autre. Un tren puede esconder a otro. Y pasa lo mismo con las lenguas: detrás de una, o por debajo de una, puede haber otra. Otro estrato. De nuevo la arqueología lingüística.

Una lengua puede contar para uno porque de entrada es suya, o porque uno la hizo suya. Pero hay más de una manera de no conocer un idioma, y mi ignorancia del alemán—la lengua perdida de mi familia— tiene otro peso que mi ignorancia del portugués, del polaco o del pashto, para quedarnos con algunas P. El alemán es mi lengua perdida, mi lengua fantasma.

Hace unos años, en Bogotá, los médicos descubrieron en el útero de una mujer de más de 80 años un feto calcificado, muerto unos sesenta años atrás y que nunca había sido eliminado. Se habla en tales casos de litopedia, de bebés de piedra. El alemán es mi bebé de piedra. Mi lengua de piedra. Pero también el río subterráneo que corre debajo de mi conciencia.

Mi historia con el alemán es que la mayoría de mis antepasados vino de Alemania, o más bien de Alsacia y Lorena, esa zona entre Alemania y Francia que los dos países se disputaron amargamente. Vinieron a Canadá en los años 1830 y 40, y no se movieron más. La ciudad donde vivían en Canadá era muy alemana, acuérdense—tan fue asíque se llamaba Berlín. Los míos conservaron el alemán y lo transmitieron a sus hijos durante varias generaciones. Tres de mis abuelos lo hablaban todavía. Pero hubo un corte, un quiebre con la Primera Guerra mundial.

En Canadá, un próspero país manufacturero, se invitó a boicotear los productos alemanes. Dijeron que mi ciudad estaba llena de espías. Se agredió a varios líderes de la comunidad, se robaronunbusto del káiser Guillermoque estaba en un parque, cosas así. Para una ciudad pacífica era mucho, era insoportable. Hubo un referéndum en 1916 y le cambiaron el nombre. Ahora se llama Kitchener. Lord Kitchener dirigió varias campañas imperialistas británicas, en Egipto, en Sudán, en Sudáfrica. Hizo muy feliz a los pobladores locales africanos quemando sus tierras y mandándolos a campos de concentración que amablemente les hacía construir.

La primera comunión de mi abuelo materno, Andrew Schmidt, tuvo lugar quince días después del referéndum que borró el nombre de Berlín. Su futura esposa tenía entoncesnueve años. Cuando tuvieron hijos no les enseñaron su idioma; ya vergonzoso, ya peligroso, ya inútil.

¿Qué tiene todo eso que ver con mi vida? Es que debajo de los idiomas que hablo, hay este estratodesconocido, escondido, quizás reprimido en el sentido que lo entiende Freud. Y porque, muy tarde, hace dos o tres años, me di cuenta de los paralelos entre mi ciudad tan odiada y yo. En ambos casos, es una historia de lengua. Una lengua perdida o encontrada, la muerte de una ciudad bilingüe que pasó a ser monolingüe, de Berlín a Kitchener, y mi traslado a otra ciudad bilingüe, Montreal. Mi ciudad natal y yo tenemos otra cosa en común, el hecho de haber roto con el pasado por medio de un cambio de nombre. Al alejarme y romper, yo estaba repitiendoen cierto sentido, y sin saberlo, lo ya ocurrido, un trauma familiar y colectivo. Entre romper y volver, entre los verbos franceses renier y renouer, de sonidos tan similares y sentido opuesto, hay toda la diferencia del mundo, y ninguna.

Me gusta pensar que, en la lejana patria franco-alemana, mis antepasados posiblemente hablaban francés. Si es así, en vez de fundar algo totalmente nuevo, como lo pensaba, yo volvía a algo muy viejo, reanudaba en vez de cortar, o más bien, reanudaba al mismo tiempo que cortaba.

Así que no soy tan singular, tan diferente como lo pensé durante décadas. Me habría matado saberlo cuando era joven, cuando justamente hacía tantos esfuerzos para diferenciarme. Ahora me gusta mucho pensar en estas cosas. Me acercan a mis padres muertos, a mi hermana muerta, a todos aquellos que vivieron en alemán, su lengua viva, mi lengua fantasma. Y que siguen viviendo en mí.


ACTO QUINTO: ¿QUIÉN TE CREÉS QUE SOS?

Vivimos en un mundo de muros, de fronteras, de puertas cada vez más cerradas. Las lenguas no son así. La tierra, el dinero, los empleos, los alimentos, el tiempo, todo existe en cantidades contadas. Las lenguas son inagotables, infinitamente abiertas. Nadie—salvo a veces la vejez—puede robarnos nuestra lengua. No podemos impedirle a nadie que la aprenda.A una lengua nunca le pueden sobrar hablantes, ya sean nativos o no. Hay para todo, hay para todos.

El gran tema de mi vida, entonces, son las lenguas. Las transformaciones y los pasajes, las metamorfosis.Vivo de eso, de literatura, de traducción, de interpretación simultánea en las conferencias. Vivo con tres idiomas cada día, me hace feliz. Bailoentre lenguas. Ellas son infinitas. No tienen bordes ni límites. Un viaje sin fin, sin punto de llegada—porque no se trata de llegar, sino de gozar de la odisea. Como todos ustedes, yo estoy atravesada por idiomas, voces, textos. El pasado vive en mí y yo nado en tres mares y respiro tres aires.

“Quién te creés que sos?”,me preguntaba mamá.

"Una mujer feliz de dos cabezas, casi tres.”

martes, 5 de abril de 2022

"Soy quien creo que soy" (1)

Lori Saint-Martin es novelista y cuentista, traductora literaria y profesora de literatura y de estudios feministas en la Universidad de Québec en Montréal. Su libro de microrrelatos Matemáticas íntimas fue publicado en Buenos Aires por la editorial Milena París, en 2017. La siguiente entrada, editada por Gustavo Nielsen, es la primera parte de una conferencia que dictó en la Alianza Francesa de Buenos Aires en mayo 2019 en el tercer Congreso internacional de la Asociación Argentina de Literatura Francesa y Francófona a propósito del bilingüismo. La seguna parte, mañana.

Cómo me hice francófona: arqueología lingüística

Recorrido en cinco actos, cuatro idiomas y dos secretos.

(Primera parte)

“Había una vez una chica que pertenecía a una familia obrera. Una chica que cambió de lengua, de apellido y de identidad. Una chica que nació hablando inglés en un ambiente totalmente monolingüe, y a la que la lengua francesa le salvó la vida.

Nació en una ciudad de Canadá que antes se llamaba Berlín y desdehace un siglopasó a llamarse Kitchener, por un lord británico que fue un supuesto héroe de guerra, pero en realidad era un imperialistaasqueroso. La gente decía de la chica que ella eradiferente: un insulto terrible cuando lo mejor, todos lo saben, es ser como todo el mundo. A los veintiún años dejó la parte de su paísdonde se hablaba inglés y se fue a la parte donde se hablaba francés—Canadá es un país extraño.

Suelo resumir el conflicto de este modo:

Mi apellido no es el de mi padre.

Mi vida no es la de mi madre.

No voy a hablar mucho sobre eso, pero fue determinante: cambié de apellido para inventarme otra vida, para no ser un ama de casa inteligente pero frustrada como mamá. Cuando rechacé su lengua, casi la mato de la impresión. Imagínense lo que pasó con mi padre al rechazar su apellido, al irme lejos. Ahícasi me muero yo. Al final nos reconciliamos y el asunto acabó bien.

Mi particularidad es que tengo dos lenguas maternas, una que aprendí como todo el mundo desde la primera respiración, y otra que hice mía entre mis diez y mis veinte años. Esa lengua segunda es mi lengua amada, mi lengua de escritura. He publicado en francés todos mis libros;unos quince ensayos y cuatro de ficción. El francés es mi idioma elegido, el que me permitió ser otra. Alguien mejor.

Mi historia tiene etapas, un recorrido en cinco actos. Hay cuatro idiomas, ya verán, tres que hablo y uno que no. También hay un secreto familiar que voy a sacar a la luz al fin de la conferencia y que está vinculado con el cuarto idioma. Es la otra parte del título: arqueología lingüística. El segundo secreto del subtítulo se los voy a contar luego: cómo alguien logra cambiar de lengua materna.

“¿Quién te creés que sos?”, me preguntaba mi madre cuando yo era adolescente, porque de chica dócil me había vuelto una joven imposible. “¿Quién te creés que sos?” Buena pregunta, por cierto: ¿Quién me creo que soy? Soy eso en todo caso, soy esos idiomas que viven en mí, los idiomas gracias a los que existeuna persona que está acá para decirles: soy yo. Pero, ¿quién está ahí cuando uno dice soy yo? ¿Es el mismo yoque si uno dice c’estmoi; el mismo que si uno dice it’s me das binich? No del todo, creo. Y también, cuando reflexionamos en esa expresión tan negativa “¿Quién te creés que sos?”, advertimos que tiene un sentido oculto mucho más positivo: significa que podemos ser la persona quecreemosser, aunque nadie más que una lo crea. Que podemos salir de lo previsto y cambiar de identidad. “Soy quien creo que soy”. Yo pensé, de joven: creo que soy una persona que va a aprender francése irse de su casa para no volver nunca. Y así fue.

ACTO PRIMERO: NACER EN EL EXILIO

Hay muchas razones para aprender otro idioma. Yo lo hice para salir de un exilio.

En Facebook vi un aviso que resume los beneficios de aprender una segunda lengua: money, intelligence, travel, love! O sea: plata, inteligencia, viajes, amor. Hacete más inteligente, dice el aviso.Pagá menos caro al viajar evitando lo turístico. Y, lo mejor: (escuchen bien, les va a gustar): ¡Los bilingües somos sexys! Me quedé muy contenta al leer eso, supongo que ustedes también lo estarán. Y si se es trilingüe, o políglota… Casi da miedo pensar en lo sexy que uno podría ser.

Por mi parte conozco a personas monolingües muy sexys y a personas bilingües tan atractivas como un felpudo, pero a cada uno su gusto. Les lenguas sirven, dicen; es útil ser bilingüe, dicen,y es cierto. No me reconozco en la búsqueda utilitaria. Ni siquiera en lo únicamente placentero. Lo mío siempre fue existencial. Si uno habla más de un idioma, es más de una persona. Y yo quería serlo, necesitaba ser otra.

Nunca me sentí a gusto en la casa de mis padres.¿Por qué? No lo sé. Lo que sí sé es que desde mis 9 o 10 años sentí que estaba viviendo en el exilio, aunque todavía no conocía esa palabra. Hacía seis o siete generaciones que toda mi familia vivía en esta misma ciudad del sur de Ontario, Kitchener o Berlín, así que no éramos inmigrantes, ni mucho menos exiliados.Ya sé que no es la palabra adecuada, ya sé que soy una privilegiada: vivo en un país pacífico y rico yno he tenido nunca que temblar en una frontera defendida por soldados armados. Igual nací en un lugar que, extrañamente, jamás reconocí como propio.Ahora me considero una inmigrante del interior. Viajé apenas 900 kilómetros, pero Quebec es otro mundo. Otra cultura, otra historia, otras referencias y, por supuesto, otra lengua.

Muchos exiliados hablan de su país natal como de un paraíso perdido. Yo, de chica, sabía que si había paraíso, estaba ciertamente delante de mí; no atrás. Atrás, de hecho, no había nada. Tierra quemada. Yo fui quien le prendió fuego.

Mis amigas venían de otra parte, acababan de llegar a mi ciudad natal. Tenían recuerdos, habían visto otra cosa. Por eso me agarré de ellas, para que me contaran.Yo sólo tenía fe y deseo, la necesidad de otra parte.

A grandes males, grandes remedios. Mi nuevo mundo vino por sorpresa, en el quinto año de la primaria. Un día entró a la sala de clase una señora risueña, de ojos brillantes, y nos mostró un cartel. Un cartel en el que se veía un gran dibujo de colores primarios. Una familia de gordos bajitos que sonreían con unos dientes anormalmente blancos. Y la maestra se puso a hablar. Dijo: Voilà la famille Leduc. Voilà monsieur et madame Leduc. Voilà Jacques, Suzette, Henri et Marie-Claire. Et voilàPitou. Pitouest le chiend’Henri.

O sea : Fiat lux, dijo la maestra, o así me pareció. Y fue la luz. Los otros alumnos se aburrían. En mí se abría un nuevo mundo. Había otros sonidos, otros sentidos. Había una posibilidad delibrarme del peso que cargaba desde siempre.

Mi milagro fue el francés. Tuve suerte. Estaba flaca y débil, nula en todos los deportes, nula en ciencias, cantaba mal y dibujaba peor. Los idiomas eran mi única salida, pero sólo hacía falta una. Me aferréal francés con todas mis fuerzas.

Lamento mucho el no saber dibujar. En mi mente, sigo viendo a la familia Leduc. Pero no se los puedo enseñar. Busqué mucho tiempo la imagen esa, el cartel que habría sido mi magdalena, pero me dijeron que ya no existe.Igual les muestro una que saqué de un manual de la misma época. Lo que vi yo en el momento era mucho más bello. A menos que, simplemente, el amor que le tuve luego al francés me lo haya hecho ver así.

En todos los casos, fueran feos o lindos los Leduc, fueron mi salida. El mundo verdadero era une estrella lejana y me habían dado un cohete. El mundo verdadero se encontraba detrás de una puerta cerrada y la maestra me había extendido una mano en la que estaba la llave. Nadie más, en mi clase, quería la llave. Nadie más había visto la puerta.

Hay llaves que no son de metal. Teniendo en cuenta su tamaño, una llave es una cosa muy poderosa. Una nena también.

ACTO SEGUNDO: VOLVER A NACER

Entonces me puse a trabajar, seguí todas las peripecias de la vida de los Leduc. Monsieur Leduc allait au garage, Henri iba al dentista, Madame Leduc y Marie-Claire salíande compras, Pitoulesrobaba el polloasado y le gritaban, “non, non, Pitou, reviens avec le poulet!”Me tragué todos los tiempos de todos los verbos, me tragué listas de vocabulario interminables, me tragué un montón de libros cada vez más difíciles. Poco a poco, la lengua entraba en mí.

Cuando uno empieza a aprender un idioma, el mundo vuelve a ser nuevo, tan recién nacido como uno, porque las palabras que uno tiene ya no corresponden.Uno está como en Macondo, al principio de todo: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo”, escribe García Márquez. Frente al idioma nuevo, claro que hay palabras, hasta los niños pequeños las tienen, pero uno, no.

El monolingüe no repara en lo que Saussure llama la arbitrariedad del signo lingüístico; para él, la cosa y la palabra son los dos lados de una hoja de papel, inseparables. Darse cuenta de que hay otra palabra para decir la misma cosa —aunque tampoco, cambiando la palabra, porque lo que se dicees exactamente la misma cosa —, es hacer, de manera radical, la prueba de lo ajeno, como dice el teórico de la traducción Antoine Berman. Esa distancia entre la palabra y la cosa, esa brecha, era justo lo que yo buscaba para vivir. Vivir lo ajeno hasta hacerlo propio.

Jamás sentí que el francés fuera una lengua extranjera. Era mi primera luz, mi primer amor. Una lengua es un gran cuerpo y yo me incorporaba. Una lengua es un mar y yo me puse a nadar en él.

Perder todos sus puntos de referencia permite encontrar otra cosa. En mi caso encontré mi creatividad. La inocencia ya perdida en la lengua primera, la lengua que damos tan por sentada que ya no nos sorprende más, vuelve a existir. En la lengua que uno va aprendiendo, cada palabra es mágica, como recién surgida de la nada, y descubrirla y usarla es un milagro. Cada palabra tiene peso, fuerza, y al mismo tiempo es totalmenteleve y libre. Por eso el francés se convirtió en mi lengua de escritura. Abrió un espacio nuevo, un espacio de juego, de combinaciones y sonidos y sentidos nuevos. Siempre había pensadoen ser escritora, pero fue en francés que me pasó. De hecho, cuando lo pienso, el deseo de escribir y el descubrimiento del francés son acontecimientos más o menos contemporáneos en mi vida. Nunca podré saber si habría escrito sin el francés, pero el francés fue la puerta que se me abrió.

Ahora, prepárense: acá viene el secreto del cómo se cambia de lengua materna. Lo digo en broma, por supuesto.No hay secretos, pero sí condiciones y maneras. Lo primero es querer con pasión. Quizás aquí, lo muy negativo, odiar lo que se es, se convierte en un motor para hacerse otro. Luego trabajar sin descanso. Ni bien poder conversar, hablar solamente con nativos, para no escuchar a gente cometiendo los mismos errores que uno. Les agradezco infinitamente a los amigos porteños que tuvieron la paciencia de soportarme con el castellano desastroso que tenía al principio.

¿Qué más, para cambiar de lengua materna? Dejar atrás su idioma, literalmente si se puede. Considerarlo muerto.

Y el otro secreto, menor pero decisivo: tener la nueva lengua siempre en la boca, aunque sea solamente con uno mismo. Al aprender francés, hace muchos años, yo lo hablaba siempre en voz baja caminado por las calles, lo dejaba fluir y cuando había algo que no sabía decir, tomaba notas mentales y al volver a mi casa, buscaba en el diccionario. Debían de creer que yo estaba loca—todavía no había teléfonos móviles— pero no me importaba. Así aprendí.Mi madre, que era monolingüe como toda mi familia, me preguntó un día en broma dónde se alojaba otra lengua completa en mi cerebro. Es como tener dos cabezas, le dije. La idea me quedó.

Pasaron muchos años así. Me casé con un francófono, tuvimos hijos y les dimos de entrada las dos lenguas maternas. Y un día hubo otra prueba en mi vida, otra necesidad de volver a nacer y, por tanto, otra lengua.

(continúa mañana)

miércoles, 28 de abril de 2021

Una encuesta sobre género y traducción (7)

Séptima entrada de la encuesta sobre género y traducción.

Lori Saint-Martin
(traductora canadiense residente en Quebec, Canadá)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?  
–No creo en la neutralidad, que muchas veces se ha confundido con una masculinidad falsamente declarada universal. Uno respira, vive, lee et escribe con todo lo que es, con su género entre otros elementos identitarios. Todo eso está en juego todo el tiempo, en la mente y el cuerpo, aunque se nos escapen por buena parte las modalidades y las formas precisas. No lo puedo probar, pero tengo la convicción íntima de que es así.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–Las afinidades de género, declaradas o no, se manifiestan a menudo en la selección de las obras que traducimos. Hay personas que eligen traducir sola o prioritariamente a mujeres, o a personas negras, o a personas trans, por razones a la vez literarias y políticas, y las entiendo. (También hay hombres blancos que traducen solamente a hombres blancos, pero eso no suele llamarse compromiso político, sino amor a la gran literatura universal.) Lectora y traductora ecléctica, he traducido libros muy diversos escritos por personas que también lo eran. Del español al francés, trabajo sola; del inglés al francés, he traducido más de 120 libros en colaboración con Paul Gagné. Las diferencias entre su manera de contemplar y ejercer el oficio y la mía tienen más que ver con nuestras personalidades respectivas, creo yo, que con el género. Tampoco he notado, en las entrevistas a traductores y traductoras, diferencias de género nítidas en su discurso sobre su arte. En cambio, veo que cuando los periodistas dan protagonismo a algún traductor, casi siempre se trata de un hombre. En la prensa francesa, es muy notable. Y se puede preguntar si la traducción es infravalorada porque está vinculada con lo femenino o si las mujeres son mayoritarias en el oficio en muchos países porque ya es infravalorado.
Otro asunto: ¿ a quién se traduce, a quién no? Aquí sí hay una diferencia de género notable. ¿ A cuántas escritoras latinoamericanas se tradujo durante el llamado Boom? A ninguna, o casi ninguna. Según fuentes norteamericanas, se traduce más, incluso hoy en día, a los hombres que a las mujeres. Estamos en un micromomento en el que las editoriales van buscando textos de mujeres, por razones de diversidad o porque creen de repente que se van a vender, pero es muy temprano para saber si se trata de una transformación profunda, como es de esperar, o de algún oportunismo pasajero.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–¿Hay textos que podría traducir pero que rechazaría, por alergia al machismo literario, por ejemplo. Simplemente, no tengo ganas de dedicar mis días a palabras de menosprecio u odio. Dicho eso, he traducido con placer a muchos hombres y a muchas mujeres; a la hora de aceptar contratos, más la calidad literaria y las afinidades cuentan más en el género en sí. Sin embargo, me da una alegría particular contribuir al reconocimiento de alguna escritora desconocida o poco considerada.

Alejandro González
(traductor argentino residente en Buenos Aires, Argentina)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?

–No. Por la sencilla razón de que un traductor no traduce autores, sino textos. ¿Cuántas obras literarias hay en las que una mujer narra desde una primera persona masculina? ¿O a la inversa? Si no supiéramos que Niétockha Niezvánova la escribió Dostoievski ni nos daríamos cuenta de que el autor es un hombre. Lo mismo podríamos decir para Memorias de Adriano y Yourcenar. ¿Un hombre tendría problemas para traducir Bonjour tristesse? Vuelvo a la primera frase: sería deseable que los traductores enfatizáramos esto de que traducimos textos y no autores (el "traductor de Baudelaire", "la traductora de Hesse"). A mi ver, esa ingenuidad deja un resquicio por donde se nos introduce la "metafísica moderna" de la idea de autor (aquí no puedo agregar nada a lo que ya planteó Foucault en 1969). ¿A ver si los traductores somos más antiguos que los autores? (Bueno, lo somos: la función traductor es más antigua que la función autor). Que desde hace unos años la cuestión de género (en este caso, del autor) ocupe tanto el pensamiento, no es algo que me concierna como traductor. Va de suyo que la traducción de textos filosóficos y de ciencias sociales no animan siquiera estas preguntas.


Katherine Silver
(traductora estadounidense residente en Berkeley, California, Estados Unidos)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?

–¿Estás preguntando si la circunstancia de que soy mujer ha hecho imposible traducir algún texto? Diría que no. ¿O si el hecho de que soy mujer influye mis traducciones? Diría que todo lo que soy y he experimentado (judia, de cierta edad, de California, de una familia de izquierda, lectora de ciertos libros, etc ad infinitum) influye. Disculpa, pero no estoy muy al tanto del discurso ése..

martes, 24 de marzo de 2020

Una encuesta para traductores de poesía (II)

Segundo día de la encuesta para traductores de poesía.


Lori Saint-Martin
Traductora de Kelly Norah Drukker, Jorge Fondebrider, Sandro Barella, entre otros.



1) ¿Por qué razón traduce poesía?
Por amistad con ciertos poetas, porque admiro ciertas obras, o, sobre todo, porque me contrataron. Y no por la plata, que es poca y no refleja para nada el tiempo y el esfuerzo que requiere la traducción de poesía, la más exigente de todas las formas de traducción. 

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
Me han propuesto traducir a dos poetas, encargos que acepté. He publicado extractos de varias otras obras en revistas, cosa que resulta bastante fácil. En cambio, cuesta mucho convencer a una editorial de publicar un libro completo de un poeta que no hayan elegido ellos.

3)  ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
En Canadá, si el poeta es canadiense, el Consejo de las artes otorga un subsidio determinado, más importante que si se tratara de traducir prosa. Si el poeta es extranjero, en general no aceptan.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Imposible.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Conozco el  programa Sur, de Argentina, y el del CNL francés. 

Miguel Ángel Petrecca
Traductor de un número significativo de poetas chinos contemporáneos.

1) ¿Por qué razón traduce poesía?
Porque soy antes que nada lector de poesía, porque es el tipo de traducción que me da más satisfacciones.

2)  ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
La propongo yo mismo.3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
La paga depende en general de que haya un subsidio.

4)  ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?

Conozco China, Francia, Suiza, Brasil, Gales y algunos más.

Enrique Winter
Traductor de Emily Dickinson y Susan Howe, entre otros.

1) ¿Por qué razón traduce poesía?
Por placer individual y por deber colectivo.

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
A veces porque un libro me encantó o lo encuentro necesario para determinadas discusiones, y otras porque un editor me lo ha pedido. Últimamenteme he concentrado más en mi propia escritura y los libros que he traducido han sido por encargo, ya sea porque vieron versiones parciales que había publicado en revistas, como con Susan Howe, o sencillamente por interés de ellos, como con los clásicos C.K. Chesterton y Emily Dickinson.

3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
En Chile depende sobre todo de si se ganaron un fondo público o cuentan con apoyo de la universidad, como fue el caso con los proyectos antedichos o con la traducción de Philip Larkin. Sin ellos uno termina trabajando casi gratuitamente.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Prefiero dejarme querer y, luego, quejarme.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Sí, hace relativamente poco tiempo. No los he recibido, pero este año he comenzado a tramitarlos como editor.

jueves, 22 de marzo de 2018

Ariana Harwicz y la posibilidad de un premio


La escritora Ariana Harwicz (foto), radicada en Francia, acaba de entrar en la long list del Man Booker International. Es, sin duda, un logro. El desarrollo de esta información puede leerse en la nota escrita por Daniel Gigena y publicada en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 12 de marzo.

Otra vez, una escritora argentina compite
por el premio Man Booker International

Una vez más, una escritora argentina figura en la long list del premio Man Booker International. En esta ocasión, entre los libros de autores extranjeros traducidos al inglés, se encuentra Die, My Love, de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977). El título original de la radical nouvelle de Harwicz es Matate, amor y fue publicada en la Argentina en 2012. Ahora integra el catálogo del sello Mardulce junto a otros dos libros de la autora, La débil mental y Precoz.

En 2017, Samanta Schweblin llegó a la short list del Man Booker con Fever Dream (Distancia de rescate, traducido al inglés por Megan McDowell y publicado por Oneworld). Finalmente, el premio lo ganó David Grossman con A Horse Walks into a Bar; en español, esa obra del escritor israelí se conoce como Gran Cabaret y está publicada por Lumen.

El Man Booker International premia también el trabajo de traducción al inglés de las obras extranjeras. En el caso de Harwicz, ese trabajo fue hecho en conjunto por Sarah Moses y Carolina Orloff, también de la Argentina y editora del sello de ficción latinoamericana radicado en Edimburgo, llamado Charco Press. El catálogo de la editorial incluye obras de los argentinos Gabriela Cabezón Cámara y Ricardo Romero, el peruano Renato Cisneros y el brasileño (de padres argentinos) Julián Fuks, entre otros.

La novela de Harwicz compite con algunos títulos conocidos por el público local: Vernon Subutex 1, de la francesa Virginie Despentes; La séptima función del lenguajethrillerintelectual del francés Laurent Binet; El impostor, del español Javier Cercas, y Como la sombra que se va, de Antonio Muñoz Molina, también de España. Gabriela Ybarra, nacida en Bilbao, es la tercera autora de España que integra la lista de libros elegidos con su novela debut El comensal.

Consultada por La Nación, la escritora argentina, que vive en París y en la campiña francesa con su hijo y su pareja (el escritor argentino Edgardo Scott), dijo que a la hora del anuncio estaba al teléfono con su editora y traductora. "Me parecía poco más que un delirio, que un sueño inocente creer que una primera novela, con una sola (ahora dos, en hebreo y en inglés) traducción, traducida por una argentina como Carolina Orloff y una canadiense radicada en Buenos Aires como Sarah Moses, podría entrar en la lista del premio más importante en el mundo anglosajón a la literatura traducida de otro idioma al inglés. Haber logrado esto a meses de haberse editado la novela y a un año de existencia de la editorial no tiene precedentes". Die, My Love se publicó en agosto de 2017. "Viendo además a los otros autores con recorridos tan impresionantes, se refuerza mi idea de que lo único que importa es la conquista de lo escrito, de un estilo" agregó Harwicz.

Por si fueran pocas emociones para la autora, el 23 de marzo se estrena la adaptación teatral de Matate, amor dirigida por Marilú Marini e interpretada por Érica Rivas. Las funciones serán viernes y sábados a las 20 en Santos 4040.

Los competidores

La escritora surcoreana Han Kang, ganadora del premio en 2016 con la traducción al inglés de La vegetariana, vuelve a competir en 2018 con The Book, también traducida, como en aquella oportunidad, por Deborah Smith.

Los otros autores seleccionados en 2018 son la escritora alemana Jenny Erpenbeck, conocida en la Argentina por El fin de los días; el escritor iraní Ahmed Saadawi y el húngaro Lazlo Krasznahorkai, que también ganó el premio en 2015. Presidido por la escritora Lisa Appignanesi, el jurado consideró 108 libros. En la long list quedaron trece de diferentes temáticas y estilos narrativos: ficciones documentales, novelas de terror y odiseas contemporáneas, como la escrita por el escritor taiwanés Wu Ming-Yi's. Los autores seleccionados compiten por £ 50.000.

"Debemos sacarnos el sombrero ante los editores independientes -dijo la presidenta del jurado-. Cuesta dinero traducir, es aún más difícil publicar y más difícil vender. Pero creo que el número de lectores de ficción extranjera está creciendo y creciendo, y eso es algo bueno".

La lista se completa con el austriaco Christoph Ransmayr y la escritora polaca Olga Tokarczuk. Hay diez idiomas representados en la selección y un mismo traductor, Frank Wynne, trabajó con los libros de Cercas y Despentes. El 12 de abril se anunciará la short list y el nombre del ganador o la ganadora se revelará el 22 de mayo. Crucemos los dedos por Ariana Harwicz.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Pedro Serrano presentó, junto con Lori Saint-Martin, el centro de traducción de BANFF

El Centro Internacional de Traducción Literaria de Banff (CITLB), en Canadá, ofrece a los traductores literarios una residencia de tres semanas en la que pueden trabajar en su proyecto en curso y, en algunos casos, junto con el autor al que están traduciendo. Es, asimismo, un sitio de intercambio internacional para consultar y estrechar vínculos con colegas traductores y autores. A todo ello se refirió Pedro Serrano, su actual director, en la charla brindada en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, el pasado 13 de septiembre. Lo hizo acompañado de la escritora y traductora canadiense Lori Saint-Martín, asesora y tutora de traductores de la institución.

A continuación, el correspondiente video de esa reunión:
https://www.youtube.com/watch?v=fkiysRgCdc8


Pedro Serrano nació en Quebec, en 1957, en el seno de una familia mexicana, es poeta, ensayista, profesor universitario y traductor. En la actualidad dirige el Periódico de Poesía, publicación on linede la UNAM, donde también enseña. Publicó los libros de poemas El miedo (1986), Ignorancia (1994), Turba (2005), Desplazamientos (2006, que reune poemas de los tres libros, anteriores), Nueces (2009). En 2000 publicó con Carlos López Beltrán La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las Islas Británicas y No tire piedras a este letrero de Matthew Sweeney, Rey Juan, de William Shakespeare (2003). También en 2000 se estrenó en Francia y México la ópera Les marimbas del éxil, con libreto suyo y música de Luc Le Masne. La editorial chilena LOM acaba de publicar una voluminosa antología de la poesía mexicana realizada por Serrano y López Beltrán.

Lori St. Martin ha publicado una novela, dos volúmenes de cuentos y un libro de microficciones. Profesora de la Université du Québec en Montréal, ha traducido al francés más de 90 novelas, libros de cuentos y obras de no ficción de Margaret Atwood, Carol Shields, Mordecai Richler, Naomi Klein, Louise Penny, Maya Angelou, Gil Adamson, Miriam Toews, Alistair McLeod, Ann-Marie McDonald, David Homel, Neil Smith, Neil Bissondath y Lori Lansens, entre otros autores de habla inglesa. Del castellano ha traducido a Gustavo Nielsen, Leila Guerriero, María Jesús Álvarez, Marta Chicote, Alejandro Crotto y Sandro Barella. En 2004, 2006 y 2008 recibió el prestigioso Premio a la Traducción de la Québec Writers’ Federation. En 2000, 2007 y 2015 obtuvo el Governor General’s Award, máxima distinción literaria que otorga Canadá, por la traducción de dos obras de Ann-Marie MacDonald y una obra de Mordecai Richler, respectivamente.

martes, 11 de abril de 2017

"El texto resultante, no el original"

Continuando con la polémica surgida en la edición virtual de la revista Otra Parte, el pasado 6 de abril Kit Maude le respondió a Marcelo Cohen. Quien quiera seguir la saga puede hacerlo remitiéndose a las entradas de este blog del 14 y del 21 de marzo pasados, o seguir los vínculos incluidos en esta entrada.



El terrible poder del traductor, segunda parte.
Las excentricidades del mundo anglosajón

Marcelo Cohen me ha pedido seguir con la discusión sobre el caso Zama en inglés y, como el bobo que soy, he dicho que sí. El suyo es un texto excelente y no me atrevería a criticarlo, con la excepción de un punto: creo que en algunos momentos incurre en un misticismo romántico con respecto al oficio del traductor; un misticismo que, paradójicamente, asegura que las malas traducciones sobreviven y propagan. Yo nunca reprobaría una traducción porque no alcanza las cumbres artísticas del original —esa es una cuestión subjetiva, peliaguda y, a fin de cuentas, imposible de resolver—, pero no creo excesivo pedir que alcance una nivel mínimo de interpretación del texto y calidad de escritura que asegure que no decline el valor del original. Cuando uno va fantaseando dream teams imposibles de escritores (¿Tarantino?) para la traducción perfecta, no creo que sea muy útil para el juicio crítico.

Terminé mi texto anterior con la declaración melodramática de que en este momento hay muchas malas traducciones de escritores argentinos circulando en el mundo anglosajón. Propongo explorar el origen de esta situación, que yo veo como el resultado de varias corrientes históricas. La primera tendencia es la más reciente y no creo que se limite al mundo anglosajón: el declive de la figura del editor. Nuestra primera, o única, defensa contra una mala traducción es el editor del libro en que aparece. Sí, es difícil corregir una mala traducción, pero no imposible. Lo importante es que el editor no vacile en enfrentarse con el traductor incluso cuando este apele al texto original ­—lo importante es el texto resultante, no el original—. El problema es que el proceso lleva tiempo y representa un costo —en términos económicos, intelectuales y emocionales— que las editoriales chicas y no tan chicas no pueden o no están dispuestas a pagar. Podría seguir con este tema por otras cien páginas, pero creo que sería más interesante sugerir algunas de las razones por las que estos editores pueden no identificar las traducciones como malas; por ejemplo, que se no sienten calificados para juzgarlas; y que a veces esas traducciones llegan elogiadas de antemano por los críticos.

La explicación primordial es la insularidad en que los británicos siempre se han deleitado y que han sabido transferir tan efectivamente a sus primos norteamericanos. En la cultura británica, y la mayor parte de la estadounidense, el “otro” es el ser que habla un lenguaje distinto. Desde esa visión nativista no sólo es dable esperar que los extranjeros hablen raro en inglés; es reconfortante: confirma la suspicacia siempre latente de la superioridad de la cultura “nuestra” comparada con la del otro. Sólo hay que leer un diario inglés o estadounidense para verlo: las citas de figuras políticas, culturales y deportivas de otros pagos siempre suenan un poco —o muy— raras hasta en las declaraciones más sencillas. Con un poco más de diligencia traductora, el mundo parecería bastante más acogedor y accesible a sus lectores, pero no sé si esa es una prioridad para estos medios.

No hay en la literatura anglosajona una tradición del escritor-traductor; si se exceptúa a los autotraductores como Conrad o Nabokov, se me ocurre Lydia Davis y no muchos más. Para dar un ejemplo: los argentinos tuvieron la suerte de leer a Kafka de la mano de Borges, mientras los británicos tuvieron que soportar la incompetencia alegre de Willa y Edwin Muir. Por décadas, Josef K. y sus compadres hablaban un inglés bastante excéntrico con acento escocés.

Yendo más atrás en el tiempo, hay que ver los horrores que se cometieron contra textos canónicos como El Quijote o El Decamerón o, de manera más fundamental: la Biblia. No hay que buscar lejos en la literatura inglesa para encontrar a escritores importantes de distintas eras elogiando la “poesía” y “hermosura” de la King James Bible, la primera traducción al inglés de los textos de la Biblia que llegó a una audiencia masiva, y no hay duda de que tiene momentos muy lindos. Sin embargo, la gran mayoría la lee como es: una mala y muchas veces absurda traducción de textos por una mezcla de curas, monjes y eruditos religiosos que no tenían ni la menor pretensión literaria. Las buenas frases no difieren mucho de lo que se encontraría en la obra de los mil monos proverbiales, o su equivalente moderno: Google Translator.

Otra corriente importante en la historia horripilante de la traducción al inglés es la de traducciones de los lenguajes clásicos: latín y griego. Por siglos y hasta bien entrado el siglo XX, la educación de las humanidades en el Reino Unido no consistía en mucho más que traducciones de textos clásicos al inglés. Debería haber resultado en una nación de traductores. El problema, más allá de que para nueve de cada diez alumnos la experiencia —sazonada con el castigo corporal— produjo un rechazo total del estudio de lenguas e inclusive de la literatura misma, fue que el énfasis siempre estuvo en la exactitud de la traducción, no en la calidad del texto resultante. Había que demostrar que uno había entendido los gerundios, no las genialidades de Homero o Virgilio. (Para tener una idea de lo que podría haber sido, basta con leer la obra increíble de Anne Carson, otra escritora-traductora y clasicista).

Y aquí volvemos, de alguna manera, al principio de este texto: el resultado de los procesos que he resumido es que en el mundo anglosajón la traducción siempre ha sido vista como un oficio académico, utilitario, lejos de cualquier propósito artístico. La pregunta ha sido “¿Que dijo el escritor exactamente?”, no “¿Como lo habría dicho si…?”. Esta última cuestión siempre se ha visto como un misterio imposible de descifrar y beside the point: no lo habría escrito en inglés porque no es o era inglés. Es una actitud que todo buen traductor debería combatir y que, desafortunadamente, se consolida con cada nueva publicación de una traducción mala.


lunes, 27 de febrero de 2017

Primera actividad del SPET en 2017



Nos alegra poder comenzar las actividades del SPET 2017 con una reunión especial que tendrá lugar el viernes 3 de marzo a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515). Nuestra invitada Madeleine Stratford ofrecerá una charla con el título “Traduzco, ergo creo: la traducción literaria como proceso creativo”.

La invitada escribe:  En esta charla presentaré un proyecto de investigación-creación en curso, financiado por el Fonds de recherche du Québec en société et culture. Basándome en un marco teórico eurístico, inspirado en los trabajos de Clark Moustakas (1990), indago mi percepción del fenómeno creativo investigando mi propia práctica de traductora literia. Resumiré las grandes líneas del proyecto y comentaré los datos compilados hasta hoy”.
 
Madeleine Stratford es traductora literaria y profesora de traducción en la Université du Québec en Outaouais. Publicó en varias revistas científicas, como TTR y Meta (Canadá), Hermeneus, Sendebar y MonTI (España). Su versión francesa de Lo que hay que decir tiene grietas de Tatiana Oroño (París, L’Oreille du Loup, 2012) ganó en 2013 el Premio John-Glassco de la Asociación de traductor@s literari@s de Canadá. En 2016, Elle nage (La Peuplade, 2016), su traducción francesa de la novela Swim de Marianne Apostolides, fue finalista del Premio literario del Gobernador general de Canadá, categoría traducción.