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martes, 16 de abril de 2024

"La traducción siempre ha sido una profesión mal entendida"

Alejandro Luque entrevistó recientemente a la investigadora y traductora española Yolanda Morató para el número de abril de la revista Jot Down. Se trata de una larga charla que reproducimos a continuación.




"El uso amateur de un traductor automático no puede sustituir un trabajo profesional, igual que buscar tus síntomas en Google jamás podrá suplir la consulta con un especialista"

Cuando habla de su profesión, Yolanda Morató (Huelva, 1976) destila entusiasmo por los cuatro costados. O mejor cabría hablar de sus profesiones: profesora universitaria, investigadora, traductora, escritora. Su curiosidad y su pasión la han llevado a abordar muchos y muy distintos palos sin salir del ámbito de los libros y la literatura. Wyndham Lewis, Ezra Pound, Rebecca West, George Perec, Josef Albers, Manuel Chaves Nogales y E. Millicent Sowerby son algunos de los autores a los que ha estudiado y traducido.

Convencida de que la Facultad de Filología es algo muy distinto a la fábrica de desempleados que muchos ven, ante un café en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus), Morató apuesta por el futuro de esta disciplina, que ya se está beneficiando de los últimos avances tecnológicos. Y no pierde del todo la sonrisa, ni siquiera cuando rememora algunos momentos ingratos de su trayectoria.

–Me gustaría empezar preguntándole por un artículo reciente de Lola Pons, compañera suya de la Universidad de Sevilla, en la que lamentaba que no se considere científicas a las filólogas y estudiosas de las humanidades en general. ¿Lo suscribe? 
–Absolutamente, lo retuiteé en cuanto lo vi la mañana del sábado. En mi caso, de hecho, prefiero la denominación de Ciencias Humanas en lugar de Humanidades, porque, en cuanto empiezas a separar «ciencias y letras» o «ciencias y humanidades», estás dejando fuera a todos los que aplicamos el método científico en nuestras investigaciones. A las Humanidades se les ha otorgado un halo bohemio que, en el caso de la Universidad, casi nunca tienen: la mayoría de nosotros pertenece a equipos de investigación, en los que, cada uno con los métodos propios de su disciplina, no hace otra cosa que ciencia. Ahí no caben distinciones que no sean las que se establecen entre las ciencias básicas y las ciencias aplicadas.

–Y la gente piensa que solo se hace ciencia alrededor de tubos de ensayo y matraces con fluidos humeantes, ¿no?
–Nosotros participamos en programas de iniciación a la investigación para jóvenes que vienen de distintos institutos y, cuando llegan a la Universidad, les enseñamos el laboratorio de fonética y ciencias del habla y se quedan totalmente impactados, porque no se imaginan que nosotros también tenemos laboratorios. Desde pequeños, se les traslada esa división artificial y alejada de nuestras disciplinas, con la que, por desgracia, desechan pronto muchas áreas de conocimiento. En nuestra primera actividad, como toma de contacto, les pedimos que dibujen a un científico (a scientist, lo hacemos en inglés para no condicionar con el género gramatical). Hasta hace poco eran todos señores con bata, barba, gafas y pelo a lo Einstein. Este año la sorpresa ha sido encontrarnos con dibujos de mujeres científicas. Y eso ya es un paso… Pero tenían en la mano tubos de ensayo o la representación de un átomo junto a la cabeza.

–Hablemos de sus grandes amores filológicos. ¿El primero fue Wyndham Lewis?
–Mi primera pasión investigadora fue mi hermano [risas]. Desde muy pequeña me interesó la lexicología y la lexicografía, mucho antes de saber lo que eran. Mi hermano y yo nos llevamos casi seis años, y cuando él empezó a hablar a los dos años —y no con palabras sueltas, sino con frases casi completas—, a mí me encantaba observar cómo se expresaba. Me pasaba el día apuntando y buscando palabras en el diccionario. Esto es algo muy friki, pero conservo una libreta en la que escribía las expresiones que él decía y que me parecían más curiosas, así que tengo la infancia de mi hermano documentada en ese cuaderno. Luego, cuando estudié Filología Hispánica, pude ver que muchos de los fenómenos de la evolución del castellano estaban presentes en el habla infantil de mi hermano.

–Una vocación, entonces, tempranísima, ¿no?
–Tempranísima, sí.

–¿Y en qué momento aparece el señor Lewis?
–Wyndham Lewis aparece, todavía lo recuerdo, una tarde del año 96, en la biblioteca general de la Universidad de Huelva, cuando estaba haciendo un trabajo sobre el modernismo británico y Ezra Pound. Buscando información sobre Pound, leí que había fundado un movimiento con el nombre de vorticismo; su socio en el proyecto era Wyndham Lewis. No encontraba nada sobre el movimiento ni sobre Lewis. Y ahí empezó todo.

–¿Qué le sorprendió más, la obra o el personaje?
–El personaje es indescriptible, porque, la verdad, no es tan frecuente encontrarse en el área de los estudios filológicos con alguien que tenga tanto dominio de la pintura, de las artes estéticas y de la escritura en sus distintos géneros. A partir de ese personaje, me pasó, como un poco más tarde con Chaves Nogales, algo estupendo: pude ir desenterrando a toda una red de artistas, escritoras y pensadores igualmente potentes, que es lo que me mantiene activa en la investigación filológica. Cuando alguien me dice que está todo estudiado, siempre le digo que no, todo lo contrario. Incluso en las cosas que creemos conocer razonablemente bien, nos encontramos en muchas ocasiones con que los datos que tenemos a nuestro alcance están incompletos o son erróneos. Es uno de los mandamientos de la vanguardia: hay que destruir para poder construir de nuevo.

–Cuando uno estudia a fondo un personaje concreto, incluso llega a obsesionarse con él, ¿hasta qué punto está uno trabajándose a sí mismo a través de ese personaje?
–Bueno, un personaje que se estudie a fondo acaba por volverse un miembro más de tu familia. No es que sea parte de uno mismo —al menos, a mí no me ocurre—, pero, por ejemplo, en el proceso de escritura de las tesis doctorales suele verse esa evolución, que abarca desde la completa fascinación por los autores que se estudian en profundidad hasta el descubrimiento de sus sombras y sus contradicciones. Por otra parte, por mucha curiosidad que despierte una figura, al final, es la obra lo que importa. Yo pertenezco a ese grupo que separa a las personas de sus obras.

–Pero ¿es posible atenerse únicamente al texto y no querer saber nada de la vida del autor?
–En mi caso, no es que no quiera saber nada, porque precisamente en mis trabajos he reconstruido parte de las biografías de los autores a los que he estudiado. Pero, más que los factores vitales, a mí, lo que me interesa es el diálogo entre la obra y su época a través de una mirada singular. Hay ciertos condicionantes históricos que, si no se tuvieran en cuenta, empobrecerían nuestra experiencia lectora. Muchos de los grandes autores lo son porque reaccionan a su entorno y construyen valores universales que luego se van a repetir en otras generaciones, de otras maneras. Se mire por donde se mire, eliminar la época de la ecuación no tiene sentido. Otra cosa es que lo basemos todo en una época o empecemos a buscar explicaciones psicoanalíticas, cosa que a mí tampoco me interesa.

–¿No cree determinante, por ejemplo, analizar la infancia?
–No, porque hay infancias muy parecidas y textos muy diferentes. Los niños de la guerra vivieron en momentos de carestía y grandes dificultades y, sin embargo, los textos que surgieron de esa experiencia son muy distintos. Como ocurre en la biología, la genética puede que tenga un peso muy importante, pero los hábitos a lo largo de la vida importan más de lo que nos gustaría creer. Con la historia y los textos sucede algo parecido.

–Hablemos de su libro Libres y libreras. ¿Hasta qué punto, después de leerlo, podemos acabar pensando que se trata de un oficio especialmente de mujeres?
–Yo no diría tanto que es un oficio de mujeres, sino que son oficios de personas con una convicción u obsesión, que al final es lo que marca nuestras vidas. Con las decisiones personales da un poco igual si eres mujer u hombre. La diferencia es que las mujeres lo tuvieron el doble o el triple de difícil, porque la propia sociedad les ponía trabas legales, económicas, sociales. Pero la dedicación a un oficio contra viento y marea, y eso es algo que he visto en la pregunta que me hacía sobre la vocación, es algo que, en muchos casos, obedece únicamente a un empeño personal.

–En todo caso, el oficio de librero está rodeado de cierto misticismo, y de cierto romanticismo. ¿Existía ya en el Reino Unido, en la época que usted estudió?
–En el libro presento a mujeres libreras de muy distinto carácter y no creo que haya necesariamente un tipo de personalidad para ser librera, como tampoco hay un rasgo definitorio para ser médico o para ser profesora universitaria. Al final, es precisamente tu personalidad la que aporta algo singular a tu oficio. Es verdad que las libreras de Londres son distintas de, digamos, las libreras de Madrid, porque el Reino Unido tiene un lecho lector muy potente y las librerías son parte inseparable de la cultura. Cuando tú vives en una sociedad en la que los libros son un alimento más, lo tienes mucho más fácil que en otra cultura en la que tienes que enfrentarte a factores externos, burocráticos incluso, cuando, por ejemplo, ni siquiera tienes libertad suficiente para vender lo que quieres vender.Ante esta hecatombe que hemos vivido de librerías sevillanas, diez cerradas el año pasado…

 –¿Sus libreras darían algún buen consejo a los libreros de ahora para resistir? 
–Es que mis libreras no dependían de un distribuidor. Y creo que muchas veces desviamos el debate hacia lugares en los que no está la respuesta. La distribución en nuestro país (y creo que tanto las libreras como las lectoras estarán de acuerdo conmigo) es un problema. Aquí te imponen ciertos títulos que tienes que vender y colocar, con unas cajas que tienes que embalar y desembalar… Básicamente se parece bastante al mundo universitario, donde la burocracia está sustituyendo al trabajo que se presupone en nosotros. Convertir al librero en un gestor de pedidos e intereses editoriales es un gran error.

–Usted insistía mucho en la sororidad entre libreras, lo que ponía de manifiesto que el librero no es un oficio solitario, sino que forma parte de un sector. ¿Es así?
–Al final, una librera, un profesor o un médico… hay en las grandes profesiones una función de guía, y también de conexión. Cada uno en su terreno lo que está haciendo es orientar a quien viene con preguntas o inquietudes. Y en esa parte, si no cuentas con redes y si no estableces cierta complicidad con el otro…, es muy fácil que te conviertas —en el caso de las librerías— en un supermercado, y no es de lo que se trata.

–Hablemos de traducción, otro gremio del que usted forma parte, y que también parece ser muy incomprendido por el común de la gente. ¿Por qué cree que es así?
–La traducción siempre ha sido una profesión mal entendida. Hay varios mitos que nos han hecho daño: la denominada «traición» al texto original; la confianza ciega en el poder de los diccionarios, como si fueran un arma invencible que todo lo soluciona… Luego, con el boom de la multiculturalidad, se empezó a extender esa creencia de que las personas bilingües o las que habían pasado un tiempo en el extranjero ya eran traductoras, cosa que desmentimos en las aulas universitarias. El propio alumnado se sorprende: tenemos casos de personas bilingües que, en un comienzo al menos, no son buenas traductoras. El procesamiento de dos lenguas en las distintas regiones del cerebro necesita de un puente (una metáfora que nos gusta mucho) para llevarlas de un lado a otro. La traducción está muy mal entendida en todas sus facetas. Con la subtitulación, en auge ahora, está pasando un poco lo que ocurría con la poesía en edición bilingüe: como no ha habido nunca formación en las aulas ni campañas de divulgación que dieran a conocer lo que significa este fenómeno… pues se llega a conclusiones erróneas.

–¿En qué sentido?
–En casi todos los oficios que tienen contacto con el público ha habido campañas para explicar las herramientas que utilizan sus expertos. Pienso, por ejemplo, en los partes meteorológicos. Se han hecho labores de divulgación en los principales espacios informativos para explicarnos qué es una borrasca y por qué avanza de una determinada manera. Con las vacunas hubo todo tipo de estrategias divulgativas en televisión para conectar con el gran público. Y, sin embargo, con la traducción —en todas sus modalidades—, como está hecha de lengua y todos hablamos al menos una, parece que no es necesario, y sí lo es. Los canales lingüísticos multimodales están cada vez más presentes en nuestras vidas, pero llegan a los usuarios sin explicación alguna de sus características y funciones.

–Bueno, aquella fe en los diccionarios se ha sustituido por la fe en el Google Translator. ¿Es muy diferente?
–No solo es un error, sino que puede resultar peligroso. La confianza en este tipo de herramientas banaliza la profesión y está creando situaciones cada vez más complicadas de resolver en el plano legal. Es como si de repente dijéramos: vamos a dejar de ir al médico, porque, si busco en Google mi enfermedad, recibiré los resultados que necesito. Hacer consultas en motores de búsqueda de Internet no conduce a nada que no sea obtener una solución rápida para calmar un primer impulso. En el plano lingüístico, el uso amateur de un traductor automático no puede sustituir un trabajo profesional, igual que buscar tus síntomas en Google jamás podrá suplir la consulta con un especialista. A nadie se le ha ocurrido proclamar en las facultades de Ciencias de la Salud que «la medicina va a desaparecer porque tenemos Google y, además, ahora tenemos también ChatGPT». Sin embargo, llevamos más de cuarenta años escuchando en las aulas de Filología y Traducción que no íbamos a tener trabajo porque, desde los años cincuenta, se está trabajando en la automatización de los códigos lingüísticos y en el desarrollo de la traducción automática. El resultado es que ya van más de setenta años con esta cantinela y aún queda bastante por resolver. Creo que el debate es otro: cómo afectan estos supuestos avances a nuestras tarifas, cada vez más precarias, y quién va a defender estos derechos.

–Luego está la traducción de la poesía, que yo creo que es una de las grandes patatas calientes del oficio. Usted lo ha hecho, ¿eso sí que está fuera del alcance de las máquinas?
–Las máquinas pueden ofrecer resultados basados en frecuencias y combinaciones lingüísticas. Y hay programas interesantes, pero no dejan de ser juegos. En los traductores de poesía siempre opto por una imagen que representa esa patata caliente y que es la del regalo. Además de la división obvia entre buenos y malos, hay una característica que separa a los dos enfoques en la traducción de poesía: hay personas que, cuando hacen un regalo, piensan en lo que les gusta regalar, convencidas de que, si les gusta a ellas, le gustará a quien lo reciba. En el segundo grupo están las que, cuando regalan, piensan únicamente en el destinatario y no en ellas mismas. Cuando uno se enfrenta a un poema, tiene esas dos opciones; ha de elegir qué quiere llevar a la otra lengua: ¿el tipo de poesía que hace, o que cree que es el adecuado, o el tipo de poesía que ha leído en su lengua original? A mí, esta reflexión me parece fundamental como punto de partida. La máquina no maneja este tipo de decisiones, que son fruto de preocupaciones humanas.

–¿Y esta idea de que la poesía solo la puede traducir un poeta?
–Claro, primero habría que definir qué es ser poeta y cómo afecta esa naturaleza al plano de la traducción. Yo he publicado varios libros de poesía, pero, cuando me preguntan si soy poeta, suelo decir que no. Para empezar, porque la autodefinición no te convierte en lo que defines. Se te puede dar muy bien cierto patrón métrico, cierta recreación de una estructura interna, pero, si tienes que traducir a Quevedo y no sabes escribir sonetos que no suenen artificiosos o llenos de ripios, quizá no sea tu poeta. Aquí vuelvo a la imagen del regalo: estás regalando al otro, no te estás regalando a ti. Hay traductores de poesía que tienen oído, que conservan incluso la métrica o la rima en los versos que traducen… y, con todo, si dejas de oír al autor del original, ya estás leyendo otra cosa. Esto no solo sucede con la poesía. Se da también en la música. Hay cantantes que cogen cualquier canción y acaba sonando a ellos. Quien vaya a escuchar a Shakira sabrá que todas las canciones van a sonar a Shakira, porque ella tiene su estilo. Da igual que te cante «Cumpleaños feliz» que su último éxito. Con la poesía, sin embargo, somos menos conscientes de este fenómeno; a mí eso me molesta un poco, porque nos encontramos con poemas que, a partir de su traducción, han pasado a ser versiones muy libres, piezas independientes. Llevo algunos años con un proyecto sobre Emily Dickinson y su obra encaja en este caso. Dickinson tiene una voz muy personal y lo que se observa en buena parte de las traducciones al español —no en todas— es que lleva la voz del traductor pegada.

–Para terminar con el asunto de la traducción en poesía, ¿es partidaria de conservar la rima cuando se traduce?
–Eso depende de muchos factores. Porque hay pares de lenguas en los que la rima se conserva sin ninguna dificultad, ya sea porque son lenguas que pertenecen a una misma rama o porque el poeta no carga el verso de tal manera que haya que enfrentarse al dilema de qué es lo que se va a conservar y qué hay que sacrificar… Y luego están los traductores que dan con ciertas soluciones naturales que no necesariamente encontrarán otros. No tengo una respuesta rotunda. Por más que se parta de unos presupuestos, suele pasar lo mismo que con las reformas… Tienes un plano y, en cuanto empiezas a hacer la obra, surgen muchos problemas que hay que solucionar en poco tiempo y con escasos recursos. Soy partidaria de conservar, por encima de todo, la singularidad, los rasgos que distinguen a un poeta de otro.

–Una parada obligatoria en su carrera como traductora y estudiosa es Georges Perec. ¿Cómo llegó a él?
–Llegué a Perec en mis últimos meses en Estados Unidos, allá por 2004. En aquel momento trabajaba en maneras de explorar el lenguaje creativo en el aula de lengua extranjera. Los autores de OuLiPo, el grupo francés al que Perec pertenecía, tienen una serie de libros sobre juegos lingüístico-literarios que son muy fáciles de aplicar en talleres de escritura creativa. Durante las semanas de vacaciones de invierno fui traduciendo el Me acuerdo, de Perec, poniéndole notas académicas y personales, y, bueno, a partir de ahí, se fraguó un proyecto que vio la luz un par de años más tarde, gracias a la intermediación del escritor Juan Bonilla, que lo utilizaba en sus talleres desde los años noventa, y del editor David González.

–Y diez años después, cuando usted está en otra cosa, se encuentra el desagradable episodio del presunto plagio de su versión de Me acuerdo… ¿Le había pasado antes algo parecido?
–Creo que todos hemos oído casos de plagio, en todos los ámbitos, en el editorial, el periodístico y el universitario… El plagio siempre ha sido una práctica común y frecuente, aunque poco denunciada, porque España no tiene una legislación especialmente fuerte sobre el plagio; la tiene sobre el papel, pero los casos que reciben una condena a la altura del delito siguen en su mayoría un mismo patrón: el rendimiento económico que haya podido obtener el plagiario. He examinado muchos casos de plagio —dirigí un proyecto universitario entre 2010 y 2012—, pero nunca uno tan evidente y descarado como este.

–¿Se puso antes en contacto con la persona que firmaba la traducción, Mercedes Cebrián?
–Con Mercedes, no, ni siquiera me hizo falta. Empezaron, la traductora y su editor, negando en redes sociales que conocieran el libro, pero ambos aparecen en distintos vídeos en los que se habla de mi edición. Mercedes y yo compartimos en septiembre de 2012 unas jornadas de homenaje a Perec en Buenos Aires que había organizado el escritor, traductor y poeta Jorge Fondebrider. Nos sentamos frente a una mesa, la una junto a la otra, a escuchar los «me acuerdo» de Perec que yo había traducido y anotado en 2006. Sobran los comentarios.

–Pero con el editor de Impedimenta sí tendría amistad, porque publicó su traducción de Wyndham Lewis…
–Sí, durante años tuve amistad con Enrique [Redel] y para mí fue una situación muy desagradable. En primer lugar, porque quise ser muy clara desde el principio. No buscaba ningún tipo de compensación económica, pero tampoco podía quedarme de brazos cruzados ante algo tan descarado. Solo quería que reconocieran que habían utilizado mi edición, publicada once años antes. Se negaron, a pesar de que, por si fuera poco, la edición de Impedimenta llevaba en su contratapa el título de mi prólogo, «Viaje a la memoria colectiva de un país». Fue todo tan surrealista… Las notas a pie de página estaban plagiadas con tanta desfachatez que muchas frases eran las mismas y solo cambiaban verbos por sustantivos o directamente por sinónimos. El caso llegó a Latinoamérica y me alegró, por mi afán reivindicativo en la profesión, pero terminó volviéndose en mi contra. Iba a presentaciones de libros y la gente me preguntaba «¿tú eres la del plagio?», y tenía que aclarar que yo era la de la edición original, que la del plagio era Mercedes Cebrián.

–¿Nunca obtuvo el menor reconocimiento por parte de la editorial?
–Nunca. De hecho, llegaron a mentir públicamente en los medios diciendo que habían contratado a un «prestigioso perito forense», que, como es obvio, nunca apareció… Los plagiaros suelen ser, además de vagos, mentirosos: primero hubo declaraciones acerca de que no conocían el libro; luego, dijeron que se habían puesto en contacto conmigo, pero que yo no contestaba; se echaron atrás ante una posible mediación de la ACEtt… Fueron actos censurables y de enorme deslealtad a distintos niveles. Cuando Impedimenta empezó su camino en el sector editorial, Enrique [Redel] no tenía demasiados contactos en Sevilla y yo lo alojé en mi casa. Conservo todos los emails de aquel episodio, que, por cierto, dejan a la editorial y a otras partes implicadas en muy mal lugar, pero, bueno, me quedo tranquila por haber hecho lo que tenía que hacer: no ser cómplice de este tipo de prácticas y denunciarlas públicamente. Las pruebas están en los textos y son fáciles de apreciar. Muchas veces, las cosas se solucionan con el diálogo, basta con sentarse a hablar, pero no hubo voluntad por la otra parte. Y no soy amiga del sensacionalismo. Podría haber hecho una campaña en prensa sobre la indefensión de nuestros derechos ante ataques de este tipo, pero, sinceramente, no quise entrar en el juego, porque, al final, esto es como los fuegos artificiales, nos quedamos con una última imagen y pagamos justos por pecadores. Hay gente que escribió sobre el asunto y llegó a recibir alguna presión al respecto. No creo ciegamente en el sistema legal británico o estadounidense —que, a veces, pecan de lo contrario, de querer judicializarlo todo—, pero, si algo me ha enseñado este tipo de cosas, es que en España hay un sentido de la impunidad bastante arraigado entre personas de ciertos colectivos.

–Me gustaría volver a lo que comentaba antes de cuando era estudiante y le decían que ser filóloga no tenía salidas. Treinta años más tarde tiene usted alumnos, ¿qué les cuenta?
–Que, al contrario de lo que se suele decir sobre los estudios sobre la lengua, la literatura y la cultura, hay poca gente de nuestro sector en el paro. Cuando organizamos cursos de orientación profesional en la Universidad, lo primero que hacemos es mostrarles las tasas de inserción laboral. Y mira que tampoco son muy fiables, porque gran parte de nuestros egresados se van al extranjero, como es lógico en quienes son expertos en dos o más idiomas. Una de las profesoras que participa en estos seminarios, Elisa Calvo, les suele hablar, entre muchas otras cosas, de la «música de miedo» que abunda en los sectores lingüísticos. La imagen es muy acertada: hay muchas películas de terror en las que, si suprimes la música, lo único que ves es a una mujer caminando por un pasillo. Y nosotras somos esas mujeres que caminan por el pasillo; de hecho, las Facultades de Filología y Traducción cuentan con un alto porcentaje de mujeres. En este punto, tu trayectoria inicial depende del volumen al que tengas tu música de miedo. Si la música de miedo está muy alta, es posible que tú misma te paralices y ya no puedas avanzar. La mayor parte de la gente a la que yo he tenido en las aulas y que quería hacer cosas interesantes las está haciendo. ¡Y mucho mejor que en mi generación! Además, a una edad más temprana y con mejor sueldo. Las cosas para ellos se han vuelto más fáciles en determinados aspectos a pesar de los tiempos difíciles que atraviesa nuestra economía, que es inestable y precaria, como en los noventa. Pero hay más redes, mayor posibilidad de establecer contactos. Mis doctorandos viajan a otros países europeos, se avisan de los congresos y becas, colaboran en actividades en un tiempo mucho menor que en la época en la que todo era fax, carta y teléfono. El problema ahora es que llegan a la facultad con menos competencias personales, con más inseguridades. A veces comentamos que primero de carrera es una especie de tercero de bachillerato… ¡muchos vienen con los apuntes del instituto! Al terminar, por el contrario, les espera un mundo muy burocratizado y competitivo. Ojalá pudiéramos ser sus mentores, pero en cursos en los que das clase a más de cien personas resulta inviable. Solo puedes llegar a un grupo muy reducido de personas.

–Sobre la Universidad, que usted ha conocido en distintas ciudades, ¿por qué parece pesar un tabú? ¿Nadie se atreve a cuestionarla desde dentro?
–Bueno, yo soy una persona muy reivindicativa —quien me conoce lo sabe— y siempre he hablado abiertamente y me he implicado allí donde hubiera una posibilidad para cambiar las cosas. Algún precio ya he pagado por ello. No es ningún secreto que la Universidad acumula en estos momentos una montaña de males. Para empezar, es una institución que reúne a un grupo heterogéneo de profesorado (hemos llegado a tener más de diez figuras laborales y funcionariales distintas), que coexiste en un mismo espacio de trabajo, al que ha accedido con reglas distintas, con sistemas de evaluación que cambian cada vez más rápido y que deja a los más jóvenes, o a quienes no han permanecido en esa misma institución a lo largo de los años, con menos capacidad de reacción para responder a esos continuos cambios. En un ecosistema en el que los mecanismos de control son insuficientes, las tensiones, por llamarlas con diplomacia, son cada vez más frecuentes. Ni siquiera tengo que citar casos personales; solo hay que leer la prensa. Creo que, en general y como punto de partida, cualquiera que trabaje en la Universidad española dirá que está asfixiado por la burocracia y por la arbitrariedad de ciertas decisiones.

–Creo que hasta en Primaria y Secundaria se quejan de eso…
–Lo que sucede es que, para el profesor universitario, al contrario de lo que ocurre en el resto de los cuerpos docentes, el peso que se le otorga a la docencia apenas llega al 40 % de su trabajo. Se piensa por error que nos dedicamos a dar clases a un grupo escogido, pero luego no solo no es verdad, sino que hay una interminable lista de tareas que tienes que llevar a cabo para completar ese 60 % restante. Tienes que ser gestor, investigador en proyectos extranjeros, hacer estancias y dar conferencias en congresos internacionales, diseñar planes de innovación y transferencia al conocimiento, hasta crear vídeos… ¿y de dónde sale ese tiempo? Hace años que muchos hemos hipotecado las pocas vacaciones que teníamos. Luego está esa otra asimetría de la que no se habla demasiado. Como funcionarios del Estado, cobramos lo mismo en todo el territorio nacional y se nos juzga con los mismos baremos. Pero no es lo mismo trabajar en una universidad pequeña, con una ratio de entre nueve y veinticinco estudiantes por clase, que enfrentarse a grupos grandes, en instituciones como la nuestra, a la que acceden anualmente más de ciento cincuenta estudiantes por curso y grado. Cuando heredas unos grupos con tasas de suspensos tremendas, porque las asignaturas se van repartiendo entre el profesorado por orden de antigüedad en una misma categoría profesional, y te encuentras con trescientos estudiantes a los que tienes que ayudar y examinar, yo no puedo plantarme y decirles «mirad, ese no es mi problema». Con situaciones como estas en las aulas, tan distintas de una institución a otra, que se juzgue con los mismos criterios el desarrollo de nuestra investigación y transferencia es de todo menos justo. ¿Qué haces? ¿Abandonas al grupo? ¿Les haces un examen tipo test? Ahí es donde se ve tu grado de implicación y compromiso. Creo que, en esto, los que tenemos vocación en la Universidad nos parecemos a quienes se dejan la vida en Primaria y Secundaria.

–¿Cómo se conserva esa vocación?
–Hace ahora diez años me escogieron para ser la madrina de la promoción de Traducción e Interpretación de Francés en la Universidad Pablo de Olavide. Como parte de la ceremonia, la madrina ofrece un pequeño discurso. Recuerdo que les dije que, para mí, la vocación se asemeja a ser hincha de un equipo de fútbol. Tú no estás en el campo, pero, cuando tu equipo gana el partido, se convierte de repente en el mejor día de tu vida. Para mí, cuando los estudiantes ganan, cuando consiguen becas, proyectos, puestos de trabajo o algo de estabilidad, es cuando experimento verdadera satisfacción. Lo que me emociona es que alguien me escriba y me cuente que ha conseguido lo que se proponía (o incluso lo que no se proponía, pero es algo que ahora le hace feliz). Desde pequeña, uno de mis grandes pesares era ser muy miedosa con la sangre y las inyecciones. Me preguntaba cómo podría ayudar a alguien sin ser médico. Esta es la única manera que tengo.

–Vamos con el último hito en sus investigaciones. ¿Cómo se le ocurre meterse en el jardín de Chaves Nogales, cuestionando lo que se había hecho antes?
–Yo entro en Chaves Nogales como traductora, aunque con total ignorancia de los jardines que lo rodean. Cuando empecé a traducir por encargo sus artículos en el exilio, como era contemporáneo de muchas de las figuras en las que yo había trabajado previamente, me pareció un autor interesante, poco explorado en el marco temporal en el que yo investigo, que es el periodo de guerra y entreguerras. Aunque se ha hablado mucho de la recuperación de su figura en estas últimas décadas, tengo que decir que, además del Belmonte que publicó Alianza, la primera edición comercial de Chaves Nogales que se lanzó en España con una gran tirada vino precisamente de la mano de Juan Bonilla, en Espasa, y ese es un dato que rara vez se nombra.

–¿A sangre y fuego?
–Sí. Por eso, cuando cada uno empieza a colgarse medallas como si esto fueran los Juegos Olímpicos, la situación me desencanta un poco. Renacimiento es, sin ninguna duda, la editorial que ha publicado a Chaves de manera sostenida en el tiempo, como apuesta personal de Abelardo Linares. Siempre digo que la investigación es una tarea de equipo y una carrera de relevos. El problema llega cuando el que te da el relevo, en lugar de dártelo en la mano, lo tira al monte [risas]. En un comienzo desconocía las dinámicas de este universo. No era consciente de que, en esta carrera de relevos, estaban los que corrían por una pista, los que iban por la montaña y los que tenían testigos abandonados en el fondo de una piscina. Buena parte de mi investigación nace de la observación de todos estos detalles. Cuando empiezo a contrastar una serie de datos, de hechos históricos que no casan…, me convenzo de que hay que poner las cosas en orden. En un principio entré pensando que iba a escribir un artículo extenso, pero terminé con un mamotreto de mil páginas, que más tarde quedó reducido a un tercio, para que fuera una versión más asequible porque… son años y años llenos de errores por todas partes y tampoco puedes martirizar a los lectores con una relación interminable de problemas. Hay que saber dosificar.

–¿Qué había fallado?
–Además del texto de Josefina Carabias y de Las armas y las letras, de Andrés Trapiello, hay dos autores que reúnen los primeros datos sobre Chaves Nogales: el primero es Luis Monferrer Catalán, al que se ha nombrado muy poco, a pesar de estar entre los primeros en investigar el exilio español de Chaves; la segunda es María Isabel Cintas Guillén, que hace un par de años reeditó su primera biografía del periodista sevillano, pero, en lugar de corregir los errores, los amplió. La situación actual es un verdadero quebradero de cabeza para la investigación, porque, a partir de esa primera biografía, los libros y artículos de figuras de referencia en este país se contaminaron con esos errores. Hablas con historiadores, periodistas, investigadores que te confiesan abiertamente: «¿Yo cómo iba a pensar que la biografía tenía todos estos datos erróneos? Yo me he basado en las fuentes que había disponibles». A partir de la conciencia de estos fallos comienza necesariamente una labor de reconstrucción: hay que buscar registros alternativos, volver a contrastar todas las fuentes… en resumen, empezar desde cero. El lado positivo es que me ha permitido recuperar más de dos mil páginas de artículos que permanecían hasta ahora en la más absoluta oscuridad.

–Pero los doctores de esa iglesia ¿se han puesto en pie de guerra contra usted?
–De todo ha habido. Con Chaves Nogales se da una especie de síndrome de Gollum, el personaje de Tolkien: hay quien cree que Chaves Nogales es su anillo… La investigación no puede convertirse en un asunto personal, porque es ciencia. Tampoco puedes dedicarte a intentar destruir a la gente que venga a sumar, ni utilizar las redes sociales o los contactos personales para cargar contra una edición determinada… Quien empieza a hacer jugadas sucias deja de ser investigador y se convierte en fanático.

–Siento curiosidad por su proyecto con inteligencia artificial para reconstruir la voz de Chaves Nogales. ¿No venía la IA a quitarnos el trabajo a todos?
–Con el asunto de las herramientas basadas en IA me gusta recurrir a la imagen de la cuerda de Antonio Escohotado: es un elemento que te puede servir tanto para escalar una montaña como para ahorcarte… La idea de reconstruir la voz de Chaves se me ocurrió hace cinco años. En aquella época estaba haciendo análisis con una herramienta distinta, AntConc, un software de licencia libre para trabajar con un gran volumen de textos y analizar corpus lingüísticos. La creó Laurence Anthony, un profesor universitario de la Universidad Waseda de Tokio. Es muy buena, por su simplicidad, para examinar frecuencias y patrones lingüísticos. Esto, para que nos entendamos, es reconstruir mediante un conjunto de datos lo que en lingüística llamamos idiolecto. Cada uno de nosotros se expresa de una manera distinta según el destinatario, el registro y el canal en el que estamos. Si te enseñan un mensaje que has escrito en WhatsApp, aunque no tengas nociones de lingüística, sabrás de inmediato si es tuyo o no. Pues bien, con esta herramienta se puede obtener un análisis individual a gran escala. Analicé los patrones de la escritura de Chaves Nogales y, con esa radiografía, obtuve el idiolecto del escritor y rehíce las traducciones que había publicado previamente para que sonaran a él y no a mí.

–Usted empezó a investigar estas herramientas antes de este boom, ¿no?
–Empecé con los modelos de automatización lingüística en 2008, a raíz de un curso sobre traducción automática. Ahora, con el boom del que me habla, los alumnos me preguntan si pueden utilizar ChatGPT y siempre respondo: «Pues como si le preguntas a un matemático si puede utilizar una calculadora, o a Joan Roca, el róner y otros sistemas complejos de procesamiento de alimentos, o a un arquitecto, sus herramientas para el diseño de planos…». Las aplicaciones lingüísticas de la inteligencia artificial están hechas de lenguaje humano, las controlan y las utilizan los seres humanos, pero el resultado no deja de ser artificial. En esta serie, la máquina no es más que un enlace, no el culpable de nuestros males. Cuando los usuarios no han aprendido a utilizar con eficiencia este tipo de herramientas, el boom corre el riesgo de distorsionarse. Por ejemplo, hay mucha gente que le pregunta a ChatGPT como si fuera Google, pero sus mejores funciones lingüísticas son otras: sintetizar párrafos, acortar o condensar frases, elaborar listas con los puntos principales de un texto… Es muy bueno si se le ofrecen las instrucciones o prompts adecuadas, pero no le puedes pedir que te entregue un texto que sea coherente, que suene humano y que contenga datos correctos y actualizados. Sería como pedirle a tu abuela que te diera recomendaciones de las mejores discotecas [risas].

–El caso es que teníamos las obras completas del sevillano, y ahora resulta que tenemos que hacer el hueco casi para un espacio similar… Pero ¿cuándo llegaremos a eso?
–Todo lo publicado y sin recopilar está básicamente en Latinoamérica y en dos lenguas, por lo que tenemos mucho trabajo por delante. Estamos cotejando todo lo publicado en lengua española y francesa que no está recopilado (y que ha reunido Abelardo Linares) con lo que he localizado yo en inglés, francés y portugués brasileño. Solo con eso, ya se sobrepasan mil artículos y más de cuatro mil páginas… Es un trabajo arduo que vamos realizando paso a paso y sobre seguro. En 2025 ya veremos los primeros frutos.

–Creo que una de las conclusiones más chocantes de su libro es descartar a Chaves Nogales como el paradigma de esa Tercera España, una opinión que usted no comparte en absoluto.
–Mi punto de vista es que en los conflictos bélicos es difícil mantener una posición estable e inamovible, porque las guerras son lugares complejos, metafísicos, donde hay que tomar decisiones sobre la marcha que quizá no se habrían adoptado en otras circunstancias… Los exilios tienen muchos condicionantes externos difícilmente controlables. Y si estás en tu segundo exilio, has escapado de una guerra en tu país y ahora estás en tu segunda huida, en otro territorio donde ni siquiera te desenvuelves con solvencia en su idioma, hay muchas decisiones que tomar. Lo que sí sabemos es que Chaves estaba en contacto con representantes de todas las ideologías, algo que, lejos de ser una desventaja, resulta maravilloso, porque no tienes a un personaje aislado, sino a un personaje total, que te abre puertas en todas las direcciones. Comparo muy a menudo su coyuntura con la serie The Wire. Cuando empiezas a ver los primeros episodios, puede resultar un poco pesada, pero, conforme se van tejiendo las redes de personajes, no hay quien se despegue de esa trama. Empiezan a aparecer personajes que creías secundarios y que, de repente, asumen un papel protagonista… En el universo de Chaves hay cosas que yo no llegaré a ver, sobre todo porque hay archivos para cuya desclasificación hay que esperar décadas. Los británicos tienen carpetas en las que puede haber siete folios o siete mil. Y contienen de todo. Pudiera parecer que lo digo en broma, pero hace tiempo que no duermo demasiado: solo para encontrar una mención al nombre de Chaves Nogales tuve que leer durante años montañas de informes de inteligencia en los que lo fui rastreando hasta dar con él…

–Le propongo acabar hablando de su obra poética, en la que usted abre una ventana a su intimidad y a la vez expone asuntos que pueden compartir muchos lectores. ¿Es la poesía un buen espacio de debate?
–Creo que la poesía es otro lugar que, por lo general, tampoco se conoce demasiado, como demuestra el reducido número de lectores con el que cuenta. Poca gente disfruta de la experiencia de encontrar poemas que le permitan establecer una conexión o una forma de sentirse reflejada en las palabras de otra persona. Normalmente, la poesía se enseña como algo mecánico que hay que aprender a desentrañar en el colegio, y muchos estudiantes, incluso en Filología, te dicen: «a mí es que la poesía no me gusta». Es una generalización, como la mayoría de las generalizaciones, bastante peligrosa. Es como decir que no te gusta el arte… ¡pero si cada cuadro es un universo en sí, y cada poema, un mundo! La formación es insuficiente y suele someterse a los estilos individuales de un número de autores mal enseñados. Con tantas reformas educativas, es un espacio que ya se ha perdido hace tiempo. Al final, el punto débil de nuestro sistema es la metodología de la enseñanza. Es muy grave tener que depender de que te toque un docente que te lleve por un camino interesante y, si no tienes suerte, pues qué le vamos a hacer. En un sistema público, el azar no puede convertirse en el factor fundamental que guíe tu camino. Yo escribía poesía desde muy pequeña, pero muy, muy pequeña, y no sabía decir por qué. Estoy casi convencida de que quizá fuera por mi primer contacto con la poesía, con Lorca, gracias a una profesora que nos hacía aprender sus poemas de memoria, como hacen ahora los niños con el rap, el trap o el reguetón. De ahí a escribir hubo un salto muy fácil para mí. Ayudó mucho la ingenuidad, la inocencia, pero también los referentes. Como es obvio, eran poemas infantiles, pero eso me llevó a pedir durante muchas Navidades que me regalaran libros de Gloria Fuentes, que era una de mis poetas favoritas…

–Ahora muy reivindicada…
–¡Claro! Aunque en mi escritura ni siquiera fui consciente de todo esto hasta mucho más tarde. Creo que ocurrió cuando estaba en el instituto en los noventa y montamos una revista literaria que yo quería dirigir. Ese fue mi primer acercamiento; luego me presenté al concurso de poesía, y ahí me di cuenta de que lo que estaba haciendo se había convertido en algo distinto de la intimidad. Mis textos podían tener una salida o una proyección que los alejaba de mí. Y empecé a escribir muchísimo, incluso durante las clases, lo que pasa es que, al llegar a la carrera, el consejo de nuestros mejores profesores era que no escribiéramos poesía. ¿Y quién se atreve si lees todos los días a T. S. Eliot o a Dorothy Parker?

–Pero al mismo tiempo era inevitable… La tentación de imitar es irresistible.
–Sí, pasé muchísimos años escribiendo, pero no volví a publicar nada después de acabar COU en el instituto. Confié en el consejo de mis profesores universitarios y creo que hice bien. Hoy me habría arrepentido. Lo que me hizo dar el primer paso para publicar un libro fue meramente accidental. Sufrí un ictus y como tenía posibilidades de que se repitiera y pasase a ser algo serio, decidí publicar un libro en el que recopilar los poemas que más me gustaban.

–¿Ha seguido todo bien hasta ahora?
–Sí, ya hace once años de aquello.

–¿Causa?
–Estrés laboral. Tenía treinta y seis años y lo que hice fue marcharme a León, con eso lo digo todo [risas]. Estaba en la Olavide, había montado la primera asociación de profesores asociados para defender nuestros derechos: cobrábamos trescientos euros netos y nos dejábamos allí la vida. En mi departamento, buena parte de los que éramos asociados caímos enfermos. Yo no fumo ni bebo alcohol y siempre he tenido la tensión muy baja, todo eso fue lo que me salvó. Una mañana me levanté de la cama, me caí y vi que había perdido el lado izquierdo. Desde entonces soy sorda. Cambié de vida porque el médico me dijo que eso había sido solo una llamada de atención, un aviso de cortesía: «ya sabrá usted lo que tiene que hacer…». Y salió León. En mi familia, la mayoría ha muerto con noventa y pico, pero el estrés es lo peor. Es necesario hacer campañas de concienciación.

–Pues la última cosa, para no entretenerla más…
–Tranquilo, esa es otra cosa que he aprendido. Cuando estoy hablando con alguien, me dedico a esa persona. El tiempo es un bien preciado que hay que saber aprovechar.

–Quería acabar de nuevo con la tecnología, y con una anécdota que me contó de sus problemas en algunos aeropuertos…
–Sí [risas], el inconveniente de buena parte de las herramientas tecnológicas es que suelen basarse en parámetros de comparación y contraste… Eso se vio muy bien cuando apareció el software antiplagio, que son programas que detectan la similitud entre dos o más fuentes. Lo que te indica cualquier fragmento marcado es que ya se encuentra previamente en otra parte, pero puede ser una cita, una referencia bibliográfica, un cliché… El problema crece cuando se pierde el control de la herramienta, ya sea un software antiplagio o un escáner biométrico. Durante un par de décadas he sufrido de primera mano los problemas y sesgos de estos instrumentos en los aeropuertos. A partir del atentado a las Torres Gemelas, en la base de datos de Estados Unidos entró una persona que tiene —o tenía— los mismos marcadores faciales que yo. Desde aquel momento, pasé a ser sospechosa en un gran número de aeropuertos, donde me invitaban a ir a salas de interrogatorio con demasiada frecuencia. Se podría pensar que es fruto de la selección aleatoria, pero, como le dije una vez a un policía, el problema con la palabra aleatorio es que en mi caso significa «siempre» [risas]. Después de perder vuelos porque estás en una habitación con la policía, terminas por viajar con muchas horas de margen, por el miedo a no llegar a las conexiones y porque sabes que te van a parar. En cuanto deposito el pasaporte electrónico en el cristal del escáner y le toca el turno a la biometría, un mensaje me aparta de la cola. Digo con humor que, si alguien quisiera escribir la historia de mi vida, solo tendría que pedir un registro de mi paso por los aeropuertos, donde encontrará todo tipo de preguntas y respuestas acerca de adónde iba o de dónde venía, con quién y por qué estaba allí. Y eso que soy europea y tengo ese privilegio, soy muy consciente de ello. Si llego a ser de otro país, quizás me hubieran pasado cosas más graves, y eso es un peligro que no podemos sufrir los ciudadanos. Con la irrupción de la inteligencia artificial, hemos conocido el caso de Amazon, que discriminó a todas las candidatas en el proceso de selección para un puesto de trabajo por el mero hecho de ser mujeres; o el de una agencia inmobiliaria estadounidense que rechazaba a los afroamericanos que buscaban vivienda identificando las características de sus voces… Esos sesgos están ahí. No podemos dejar en manos de sistemas no controlados el futuro de cualquier ser humano. Hay que revisarlo todo. Lo que hoy creemos indiscutible es muy probable que mañana resulte ser un error. Por eso me gusta partir de cero y empezar por la sospecha.

viernes, 30 de abril de 2021

Una encuesta sobre género y traducción (9)

Noveno día de la encuesta sobre género y traducción.

Francisco Segovia
(traductor mexicano residente en Ciudad de México, México)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?

–La idea de que es preferible que sea una mujer, y no un hombre, quien traduzca a otra mujer es muy atractiva, pero tiene sus asegunes. De entrada, porque recuerda aquella vieja frase marxista que decía que un proletario francés se entiende mejor con un proletario ruso que con un francés de la burguesía. Eso quiere decir que los proletarios se entienden entre sí a pesar de sus lenguas, o más allá de ellas. Se entienden porque comparten la experiencia de una misma condición social —y, como es de esperar en una idea marxista, va de suyo que la clase social es una determinación mucho más pesada e importante que la lengua. A un traductor le cuesta tragarse este chocolate porque, descontando de este modo la lengua (lo expresado en una lengua) y homologando la experiencia vital, ¿qué queda por traducir? Si los dos proletarios se entienden más allá de las palabras, entonces no hay palabras que deban traducirse. La traducción sólo tendría sentido si un proletario tuviera que comunicarse con un burgués, cuya experiencia es distinta de la suya… Pero, ¿puede traducirse una experiencia ajena? Creo que un traductor interpreta palabras en el mismo sentido en que un psicoanalista interpreta sueños; es decir, aceptando que no trata nunca directamente con la experiencia, sino sólo con el relato de la experiencia, cosa que la frase marxista escamotea, si no es que la deja de plano en el olvido. Después de todo, no se traduce de una lengua a esa misma lengua, sino de una lengua a otra; es lo ajeno, no lo propio, lo que requiere traducción… Por otra parte, las lenguas son diferentes y se clasifican según criterios claros y objetivos. No puede decirse lo mismo de las sensibilidades. ¿De veras hay una sensibilidad femenina? No ha de faltar quien lo afirme, pero tampoco quien alegue que eso de la sensibilidad femenina es una construcción machista… No sé… Me parece obvio que un traductor debe tener claro desde dónde habla quien habla en el texto que traduce, pero eso no significa que ser ciego sea una ventaja a la hora de traducir a Homero, ni que sea preferible traducir a Rimbaud antes de cumplir los veinte…


Matías Battistón
(traductor argentino residente en Buenos Aires, Argentina)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–Si el género atraviesa la vida, parece inevitable que atraviese la escritura, y si atraviesa la escritura, parece inevitable que atraviese la traducción también, ¿no?

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–No creo que se pueda señalar ningún rasgo que determine a priori que cierto texto fue escrito necesariamente por alguien de cierto género (ningún texto está a salvo de que se revele que en realidad lo escribió otra persona, para empezar). Sí podrían citarse, como características no vinculantes, por así decirlo, contenidos de orden experiencial o físico, por ejemplo, o incluso, si se quiere, atributos más bien esotéricos (voz, respiración, textura, "un aire"), o incluso pistas paratextuales (básicamente, quién firma). Me parece que todo eso junto forma parte de los mil y un factores que pueden llevarnos a sentir una predisposición o una capacidad mayor o menor a la hora de traducir determinado material. Por otro lado, las traducciones no solo se hacen: también, en teoría, se van a leer, y eso abre la puerta a otras consideraciones. Si sorpresivamente se encontrara una traducción inédita de un libro de Hélène Cixous firmada por Cacho Castaña, aunque la traducción en sí demostrara ser a todas luces impecable, no descarto que la crítica o el público podrían recibirla de antemano con algo de recelo. Lo mismo (para poner ahora un ejemplo donde no medie el género) si un nuevo manifiesto vegetariano de Jonathan Safran Foer lo tradujera Alberto Samid: sería difícil no leer el resultado desde la sospecha, por no decir la perplejidad, aunque la misma traducción con otra firma, supongamos, no despertara la menor alarma. La recepción tiene reglas que la producción a veces pasa por alto. Lo que no implica que esos cruces a primera vista discutibles a veces no puedan dar, por eso mismo, resultados tanto o más interesantes. Sencillamente, están más expuestos a varios cuestionamientos, que sería largo enumerar.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–No, pero el fracaso siempre está a la vuelta de la esquina.


Yolanda Morató
(traductora española, residente en Sevilla)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–Lo que hay es una “sensibilidad” en mayor o menor grado entre quienes nos dedicamos a traducir. Es decir, la persona que traduce tiene la opción de olvidarse de sí para reflejar la sensibilidad de las voces del texto. Hay traducciones que no lo hacen, por lo que las mujeres de cierta época hablan de una manera más cercana a la imagen que el traductor tiene de ellas que a lo que manifiesta el texto en su lengua original. Como digo, es algo que depende de la sensibilidad de la persona que lleva a cabo la tarea, por lo que nunca conviene generalizar por sexos, épocas o colectivos.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–Se da en ambos sentidos. Recuerdo a una revisora que me cambió el fragmento “eran soldados que volvían del frente” por “eran personas que volvían del frente”, porque le parecía más inclusivo (aunque destrozaba el dramatismo y el contexto de toda la página). O una traducción en la que F. Scott Fitzgerald le decía a Zelda Fitzgerald que fueran a ver “unas pelis”, una opción que no imagino en un hombre estadounidense de los años veinte del siglo pasado. Para mí el asunto reside en la coherencia de las voces que presenta el texto.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–La traducción siempre es un reto e implica duros trabajos de ventriloquia, pero nunca he dicho que no a un encargo por esta circunstancia.


viernes, 11 de mayo de 2018

Enrique Redel, editor y dueño de Impedimenta: el mismo barro, pero de este lado del charco


El editor y abogado Enrique Redel, director de la editorial española Impedimenta, pasó por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Por lo menos, fue entrevistado dos veces por distintos medios. Por un lado, la poeta y narradora Valeria Tentoni conversó con él para el blog de Eterna Cadencia; por otro, participó de una charla colectiva para Cultura InfoBAE, con el periodista Diego Rojas, conjuntamente con Santiago Tobón, editor de Sexo Piso de España, y con Silvia Salgado, de Nórdica.

En la charla con Tentoni, titulada “La buena literatura es la expresión de una insatisfacción”, cuando se le pregunta cómo selecciona a los traductores y qué valor le dan a su trabajo en Impedimenta, responde: “Lo primero que hay que decir es que son todas traducciones directas. Aquella traducción de Cărtărescu de la que hablé fue una traducción indirecta del alemán, y eso se notaba mucho; había partes que se perdían, partes que se interpretaban de manera diferente. Ahora con él trabaja la traductora Marian Ochoa de Eribe, que es una traductora que está entre las mejores en nuestra lengua. Logra darle una altura y una fuerza a los textos de Cărtărescu que hacen que sea emocionante. No es una traductora todavía premiada, porque no está en los círculos de poder de los traductores; es una profesora de instituto en Bilbao, que es una excelente narradora también. Y ahí tuvimos suerte. Luego, tenemos otros muy buenos traductores, pero creo que como Marian Ochoa no existe nadie. Es alguien que es capaz de transmitir esa sensibilidad, al punto de que conoce a Cărtărescu casi mejor que él mismo. En Impedimenta no hay ninguna traducción indirecta. Del japonés, del polaco... Del checo, Patricia Gonzalo de Jesús, maravillosa, increíble; del estonio, Consuelo Rubio Alcover, la única traductora del estonio. Yo nunca contrato un traductor al que no le guste la obra. Necesito que haya esa especie de plus. Las traducciones indirectas son poco honestas, porque ahora mismo existen buenos traductores en cualquier idioma, entonces ¿qué ocurre? Que traducir del inglés, del francés o de cualquier idioma más usual es más barato. Aparte de que se pierde parte del sentido, es una traducción como de prestado. Creemos además que es lo correcto, porque si no es una falta de respeto al lector”.

Otro dato interesante de esa misma entrevista es cuando Tentoni le pregunta a Redel si se le da por escribir: “Se me da bien redactar, pero no soy escritor. Escribí un par de cuentos, plagiados completamente, de Georges Perec, por ejemplo”.

En cuanto a la nota de Diego Rojas, titulada “Editoriales españolas independientes: cómo es el trabajo artesanal para conquistar lectores a ambos lados del Atlántico”, en un momento de la charla el periodista pregunta: “¿Cómo se maneja en España esta relación de la cadena de producción del libro?”. A lo que Redel responde: “Todas las partes tienen su servidumbre pero también su privilegio. Si se ahorran los derechos de autor o se ahorra en pagar al traductor o al ilustrador, se está jugando con ese equilibrio. Si alguna editorial lo hace, el resto de los miembros del campo editorial los debería penalizar. La librería debería ser consciente de que no puede hacer trampas, así como la prensa, como las editoriales, Conozco muchos autores que cuando empiezan dicen: ‘Hombre, que esta editorial me va a publicar, ¿por qué cobrarles?’ y yo les digo: ‘Nunca hagas eso, tienes que cobrar por tu trabajo, como yo por el mío’. Los autores, como los traductores e ilustradores, son los eslabones más frágiles de la cadena. Si se establecen buenas prácticas la cuestión se clarificará y no dependerá de un editor más listo o más pícaro la ruptura de ese equilibrio”.

Todo lo que se lee estaría muy bien, si no existiera el antecedente de lo sucedido con la  traducción de Me acuerdo, de Georges Perec, publicada por Impedimenta en versión de Mercedes Cebrián, de la cual, hasta el día de hoy, existen severas sospechas de plagio en relación con la traducción previa de Yolanda Morató. Y el punto es que Redel, luego de plantear la posibilidad de que ACEtt de España, entidad que reúne a los traductores de la Península, llevara a cabo una comparación para juzgar si había o no plagio, a pedido de Cebrián se echó atrás, sembrando de dudas la validez de esa traducción y la seriedad de su editorial. Más todavía, cuando la lectura, ya no del texto, sino del prólogo de Morató revela que muchas de las ideas allí expuestas fueron usadas posteriormente en el texto de contratapa de la edición de Cebrián. Como la práctica de escribir solapas y contratapas no compete a los traductores, pero sí a los editores, cabe la posibilidad de que el mismo Redel haya sido autor de ese segundo plagio.

Nada de eso ha sido probado hasta la fecha por lo oneroso que es comenzar un juicio por plagio en España, pero toda la secuencia de acusaciones y sospechas, con sus respectivas idas y venidas, y la opinión de varios intelectuales españoles, puede ser leída en este mismo blog, en las entradas correspondientes a los días 9, 19 y 26 de febrero, y 5 y 6 de marzo de 2017. Con esa luz, las palabras del Redel cobran otro color y se ven sujetas a una interpretación que, generosamente, podríamos calificar de ambigua. Y en la medida que esta situación –que de ninguna manera cae en el olvido– siga sin aclararse, sus dichos no se ven respaldados por la seriedad que acaso les correspondería; algo que él mismo, de tener voluntad de hacerlo, podría remediar. De no hacerlo, se hace muy difícil creerle y las dudas que pesan sobre lo que Impedimenta le ofrece a los lectores persisten.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (9)

Yolanda Morató (Huelva, 1976) es poeta y Licenciada en Filología Inglesa y en Filología Hispánica por las Universidades de Huelva y Sevilla, respectivamente, Máster en Traducción e Interculturalidad por la Universidad de Sevilla, Máster “Modern Literatures in English” por el Birkbeck College (University of London) y Doctora en Filología por la Universidad de Sevilla, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado con una edición y traducción del libro inglés de vanguardia El dibujo del califa (1919), de Wyndham Lewis. Ha sido profesora de lenguas extranjeras, civilización y literatura en SUP EUROPE y ESITC (Francia), así como en Harvard y MIT (EE UU) y en el departamento de Filología y  Traducción de la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla, España). Traductora de autores como Rebecca West, José María Blanco White, Martin Amis y Wyndham Lewis (del inglés), y de Maurice Barrès, Francis Carco y Manuel Chaves Nogales (del francés) entre otros, ha traducido y anotado Me acuerdo, de Georges Perec (Córdoba, Berenice, 2006) por el que ganó el premio de Traducción Tormenta en 2006. Por la autobiografía de Wyndham Lewis recibió el premio AEDEAN en 2008. Recientemente ha publicado una edición inédita con traducción de los artículos autobiográficos de F. Scott Fitzgerald, tal como éste se los planteó a Max Perkins, con el título Mi ciudad perdida. Ensayos autobiográficos. Su primer libro de poemas se llama Nadie vendrá a salvarnos (2016).

El triste binomio de nuestros días

Si algo distingue al canon es que consigue entrar en nosotros antes de que nosotros entremos en él. Se cuela y nos marca en esos momentos en los que todo queda grabado a fuego, pues los primeros libros, nuestras lecturas de iniciación al mundo literario, serán, con toda seguridad, parte de nuestro patrimonio inquebrantable. Esa es su principal fuerza: como se nos presenta cuando somos jóvenes, se las ingenia para quedarse entre nosotros por muchas lecturas que le echemos encima.

Para alguien que creció en la época dorada de la colección de Alianza de bolsillo en España, con aquellas simbólicas cubiertas de Daniel Gil, le será difícil olvidar traducciones canónicas que, a pesar de todo lo que hicieron –no sólo por traernos a nuestra lengua las historias que narraban, sino a los propios autores–, no asoman ya estos días. Cantaba Santiago Auserón “Annabel Lee” en un vídeo clip que repetían los sábados por la mañana en el programa La Bola de Cristal, con Alaska, una mexicana que le puso banda sonora a la movida madrileña, cuando me compré los Cuentos de Poe, traducidos por Julio Cortázar. 

En una tienda de Brighton me había agenciado por una libra los poemas de Emily Dickinson, que compré más tarde en la edición anotada de Silvina Ocampo que había sacado Tusquets. Y pronto estaba ya devorando las páginas de Lolita, de Nabokov, en la edición de Anagrama, obra de Enrique Tejedor y que no era otro que Enrique Pezzoni. Ahora que hago este ejercicio mental me doy cuenta de que accedí a las letras en lengua inglesa gracias a la traducción de tres argentinos que publicaron en tres grandes grupos editoriales con sede en España.

Lo que leo en estos días me recuerda a esa cita de Robert Louis Stevenson: “I've a grand memory for forgetting”, que tan apropiada parece aquí. No solo se han olvidado de grandes traductores, hombres y mujeres, que dedicaron sus vidas –sin traducciones anteriores, ni foros, ni Google– a acercarnos a autores que una gran parte del público desconocía, sino que, como sucede en el caso de Pezzoni, han sido suplantados por versiones que, añadiendo aquí y allá, se presentan como novedosas y definitivas, sin ser ni lo uno ni lo otro. La retraducción, ese concepto que tantas veces se pasea con burla por delante de la Ley de Propiedad Intelectual, y el olvido: el triste binomio de nuestros días.




domingo, 12 de marzo de 2017

Más ecos en la prensa española del escándalo Cebrián-Redel-Impedimenta-Perec-ACEtt

Mercedes Cebrián (izq.) y Yolanda Morató (der.)

El siguiente artículo fue publicado por el periodista Luis Alemany, en la sección Cultura del diario El Mundo, de España, el pasado 11 de febrero. Se trata de una suerte de síntesis parcial de la discusión que vienen manteniendo Mercedes Cebrián, por un lado, y Yolanda Morató, por el otro, a propósito del supuesto plagio en que habría incurrido la primera, en la nueva edición de Me acuerdo, de Georges Perec, recientemente publicada por el editor y abogado Enrique Redel en su sello Impedimenta. Lo que no dice el artículo es que, luego de haber pedido la mediación de ACEtt, Redel, a instancias de Cebrián, desestimó su propio pedido, de modo que editor y traductora ahora se inclinan en privilegiar la vía legal, si Morató persiste en su pedido. Tampoco se dice que comenzar un juicio por plagio, en España, implica el pago de 6.000 euros, sólo para poner las cosas en movimiento, medida del todo desproporcionada cuando Morató no reclama dinero de la otra traductora o de la editorial, sino solamente el reconocimiento debido. Por fin, nada se dice de la actitud de ACEtt, que, dado el rechazo de Cebrián, en lugar de actuar de oficio para llegar a un juicio independiente que ponga las cosas en su lugar, prefiere esconder la cabeza en la arena, alegando que “La junta de ACE Traductores considera que en casos como estos el papel de la Asociación no puede ser otro que éste: ofrecer a las partes sus servicios jurídicos y, si la desean, su mediación de buena voluntad, y no adoptar ninguna otra medida hasta que una instancia con competencias para ello determine de modo fehaciente la veracidad de las acusaciones. Cualquier otra cosa no sería una defensa sino una toma de partido”, argumento falaz que demuestra palmariamente en qué consiste la defensa que esa institución, que preside Carlos Fortea, les ofrece a sus asociados.

Yolanda Morató reprocha a Impedimenta y Mercedes Cebrián un supuesto plagio
en la traducción de Me acuerdo, de Perec

Yolanda Morató, profesora universitaria y traductora literaria, busca estos días el reconocimiento de lo que ella considera un plagio en la nueva edición de Me acuerdo, de Georges Perec, publicada por el sello Impedimenta y traducida por la escritora Mercedes Cebrián.

Un poco de contexto: hace 10 años, Morató tradujo para la editorial Berenice Me acuerdo, un libro construido a base de pinceladas de memoria, frases sencillas del estilo de "me acuerdo de Malcolm X. Me acuerdo de la época en la que se llevaban las camisas negras". Ahora, Impedimenta ha lanzado una nueva edición de esos souviens traducidos de nuevo. El problema es que Morató al revisar la nueva versión, ha encontrado similitudes que la llevan a pensar que Impedimenta y Cebrián han copiado su trabajo de hace 10 años.


El texto de la contracubierta de la nueva edición, por ejemplo, incluía frases procedentes del prólogo que Morató escribió hace 10 años para Berenice... sin acreditar: "El editor dice que usó el prólogo de Yolanda Morató en el texto de la contracubierta, y sin citarla, porque lo sacó de la Wikipedia. Que un editor se fíe de la Wikipedia ya es delicado, pero vamos a echar un vistazo allí. En efecto, en la entrada sobre Perec y Me acuerdo se define el libro como "un viaje a la memoria colectiva de un país", pero se añade una nota que lleva al lugar de donde se tomó el eslogan: el prólogo de Morató. En este punto, parece que la Wikipedia es más fiable y profesional", explican en un correo el representante de Morató.


Sus reproches se dirigen no sólo al editor; también a la traductora y, más específicamente, con las notas que ha incluido en la versión de Impedimenta: En el Me acuerdo de Berenice había 63 notas que, a su vez, remitían a las fuentes que las justificaban. "Cebrián considera que con 45 bastan, y en ninguna de las 45 notas cita a nadie. Lo cierto es que de estas 45, 34 coinciden con la edición anterior y la mayoría de ellas con una redacción tan semejante que es inesquivable preguntarse si en vez de investigar por su cuenta no se ha limitado a copiar las notas de la edición de Morató y corregirlas allí donde había una falla o agregar algún detalle para que no fuesen idénticas".


Desde el entorno de Morató se ponen ejemplos concretos, suficientes como para que la Asociación de Traductores, dirigida por Carlos Fortea, publicara "un comunicado en el que mostraba su preocupación y se ponía al servicio tanto de la editorial como de las traductoras". Volveremos mas adelante.


La defensa: Enrique Redel, editor de Impedimenta, manifiesta su disposición a escuchar los argumentos de Morató, e insiste en su confianza en Mercedes Cebrián, que ya había traducido tres títulos de Perec para el sello: "No tenemos por qué dudar de la profesionalidad de Mercedes en este caso, como no dudamos de la profesionalidad del resto de nuestros traductores". Pero: "No obstante, Impedimenta, habida cuenta de las opiniones que han circulado, ha encargado un estudio independiente por parte de un experto de reconocido prestigio. Obviamente, hasta que no obtengamos los resultados de dicho informe, no consideramos prudente manifestarnos en ningún sentido respecto al fondo del asunto".


¿Y Cebrián? La traductora también ha expresado su versión: "Las fuentes con las que he contado para realizar mi trabajo son todas las que la anterior traductora pudiera haber tenido a su disposición (libros y artículos de autores franceses sobre esta obra de Perec, diccionarios específicos de coloquialismos, foros de traducción, hemerotecas digitales etc.), e incluso algunas más, ya que mi traducción la he realizado años después. Los recuerdos de Perec se centran principalmente en cultura popular francesa de los años 50 y 60: es muy sencillo acceder a esta información, pues no se trata de referencias crípticas para eruditos. Cuando son referencias más literarias (por ejemplo, Perec recuerda un poema del escritor inglés Wordsworth, pero lo cita con errores), creo que resulta obvio decir que hallar hoy en día esta información está también al alcance de cualquiera".


Es decir: si sus notas se parecen es por la razón de que Cebrián y Morató han empleado las mismas fuentes para hacer su mapa del Me acuerdo de Perec. Fuentes que son conocidas y están en las bibliotecas, que no son ningún secreto, según Cebrián. "No le pertenecen a Morató ni a nadie".


Cebrián ha rechazado la mediación porque no cree que haya nada que mediar. "Mi postura es inamovible". A cambio, es pregunta por qué Morató no presenta una denuncia que acabe con la sensación de indefensión ante "los juicios de Facebook" que, en su opinión, ha emprendido su colega.