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viernes, 24 de febrero de 2023

Una entrevista con el gran traductor español Mauro Armiño, verdadero modelo


La siguiente entrevista de José María Rondón con Mauro Armiño fue publicada por Letra Global, de España, el pasado 12 de enero. En el copete se lee: “Es uno de los traductores y críticos teatrales más prestigiosos de España, y acaba de publicar con la editorial El Paseo su monumental versión de A la busca del tiempo perdido de Marcel Proust”.

Mauro Armiño: “En España se puede vivir de la traducción a duras penas”

 

Mauro Armiño (Cereceda, Burgos, 1944) es uno de esos hombres de letras capaces de desplegar a la vez unos modales cálidos y unos argumentos contundentes. Escritor, traductor y crítico teatral, en su trayectoria figuran importantes reconocimientos, como el Premio Nacional de Traducción –concedido en tres ocasiones a su labor– y el Premio Max de Teatro. Ha traducido a los autores más representativos de las letras galas: Moliére, Balzac, Rimbaud, Rousseau, Voltaire… Recientemente, ha publicado una nueva traducción de A la busca del tiempo perdido (Por la parte de Swann, I y A la sombra de las muchachas en flor, II), la obra maestra de Marcel Proust, quien demolió en esa cumbre literaria el arte de narrar, inventándolo de nuevo.


–El fallecido Javier Marías dedicó su último artículo a la traducción bajo el título ‘El más verdadero amor al arte’, lamentando las duras condiciones de una labor a la que también se dedicó. ¿Se puede vivir en España de la traducción literaria?

A duras penas. Primero, no hay un trabajo continuado. Segundo, si lo hay, los precios son los mismos –salvo en una o dos editoriales, que yo conozca– que hace veinte años cuando, al pasar de la peseta al euro, se mejoraron un poco las tarifas. Para que se haga una idea, hoy, por lo general, se está pagando por una traducción lo mismo que en el año 2000.   

 

–Pese a esas condiciones, ¿el nivel de la traducción es bueno?

En España hay traductores muy buenos, que trabajan de forma seria, buscando, encontrando, dándole vueltas a las frases para no quedarse con la primera versión que sale… Le diría que mejor, incluso, que en Francia, donde algunas editoriales de prestigio –La Pléiade, por ejemplo– están tirando en la actualidad de traducciones de los años treinta, sobre todo para obras literarias inglesas.   


–¿Es el oficio de traductor el más ingrato en el mundo del libro?

De la parte, digamos, artística, sí. Entre el autor y el traductor no hay color, aunque se hayan producido pequeñas mejorías en las últimas tres, cuatro, cinco décadas… Por ejemplo, es obligatorio poner el nombre del traductor en la portada.   


–En alguna ocasión, el traductor Miguel Sáenz reconoció que le pagaban seis veces más por traducir unas actas de Derecho que por un libro de Günter Grass.

Suele ocurrir. En mi caso, he tenido encargos, por ejemplo, del Museo del Prado bien remunerados, pero son casos aislados, uno al año quizás, cuando los traductores tenemos la necesidad de comer los trescientos sesenta y cinco días.


En el Libro blanco de la traducción editorial en España, publicado en 2010, se alertaba del “escaso respeto a la propiedad intelectual en general y a la condición de autor del traductor de libros en particular”. ¿Persiste hoy esa situación?

Va a peor. Está reconocido por la ley que el traductor es autor de su trabajo y, por lo tanto, tenemos los mismos derechos legales. Algunos editores, sin embargo, se lo saltan a la torera, de tal modo que se ha dado el caso de que mis traducciones han pasado de un sello a otro sin que hayan tenido en cuenta mis derechos. Ahora ocurre también que, cuando menos te lo esperas, puedes encontrarte tu trabajo colgado en la Red a los cuatro días de salir publicado. Es cierto que esta práctica se persigue, pero sin mucho éxito porque, al poco tiempo, te lo encuentras en otro portal, con un nuevo nombre y sin saber dónde está, si en Argentina o en Camboya.   


–Ha ganado en tres ocasiones el Premio Nacional de Traducción: en 1971 –entonces, denominado premio Fray Luis de León–, en 1979 y en 2010. ¿Sirven de algo estos reconocimientos?

No. Ningún editor te llama al día siguiente para decirte que le gustaría que le tradujera tal o cual cosa. Se alegran, por supuesto, los editores con los que trabajas de forma habitual, aunque ninguna dice que va a subirte el sueldo…


–Observo que, entre sus reconocimientos, tiene un galardón singular para un traductor: un Max de Teatro, en 2003.

He traducido todas las obras para Josep Maria Flotats desde 2000. Por una de ellas, París 1940 de Louis Jouvet, que se reestrenó en el Teatro Español de Madrid en noviembre del pasado año, recibí ese premio. Por lo general, los traductores no tienen contacto con el mundo teatral, pero yo no he tenido más remedio: me dediqué a la crítica teatral durante dieciocho años.

 

¿Cómo valora que la crítica sea un género periodístico en extinción?

Sólo los críticos de cine mantienen su espacio en los periódicos de tirada nacional. La crítica teatral se ha diluido. Ahora, además, se hacen previos, es decir, el crítico entrevista al autor o a los intérpretes días antes del estreno y, después, hacen la crítica. Esa práctica refleja una falta de ética clarísima porque, claro, si te vas a almorzar o tomar un café con ellos, cómo vas a machacarlos al día siguiente si la obra es malísima. 


–A su juicio, ¿existe mucha diferencia entre traducir prosa o poesía?

Es abismal. Hasta el punto de que, a lo largo de mi trayectoria, he procurado traducir poesía lo menos posible porque no suelo estar satisfecho con el resultado final. Si hablamos de poesía clásica, únicamente lo he hecho con una antología francesa, pero procuré, en ese caso, hacerme con viejas traducciones buenas, de las de antes, a cargo de gente que conocía el ritmo, la medida… La poesía actual es más fácil: no estás obligado a la rima ni a la medida. Sólo he abordado en serio la obra completa de Rimbaud, desde sus ejercicios escolares en latín hasta sus poemas finales, incluido todo el epistolario que se conserva. No estoy descontento porque es un autor que facilita más las cosas que, por ejemplo, Baudelaire. He traducido algún poemita, pero meterse en Las flores del mal es otro asunto. El resultado puede ser, a mi juicio, sonrojante.


–¿Rimbaud facilita el trabajo al traductor?

Prácticamente, Rimbaud sólo publicó una plaquette, Una temporada en el infierno. Todo lo demás apareció con poco cuidado en periódicos y revistas de la época y, por supuesto, las Iluminaciones, unos inéditos que dejó y que, hasta cierto punto, pudieron ser manipulados. El gran reto de aquella traducción era la puntuación. Como Rimbaud no puntuaba o lo hacía dónde le daba la gana, se trataba de hallar qué puntuación tenía más sentido porque una coma puede desbaratar el sentido de una frase. Fue fundamental trabajar con la fotocopia de los originales; lo vi todo más claro.   


–¿La traducción obliga a convertirse casi de forma acelerada en experto en un autor, una obra y una corriente o etapa literaria?

Si te ocupas, como es mi caso, de traducir clásicos, tienes que conocer al autor, la época y, por supuesto, las referencias. Soy de los que creen que el lector no puede prescindir de aquella información que tú conoces y que da sentido al texto. Si te encuentras en una página que Clodoveo perseguía a los esclavos con ramas de olivo, tengo qué saber quién era y por qué perseguía a los esclavos… Si no logro explicarlo, el lector se puede saltar tranquilamente la página porque no va a entender nada.


–Acaba de publicar una nueva traducción de A la busca del tiempo perdido de Marcel Proust, labor que ya acometió entre 2001 y 2005. ¿Qué ha cambiado en este tiempo?

En estos veinte años se ha amontonado la locura de los investigadores franceses, que han publicado estudios y más estudios sobre Proust y su obra. Esas interpretaciones permiten ahora abordar el texto de A la busca del tiempo perdido de forma más consciente, cambiando su visión y su contexto. También me ha permitido revisar la traducción a fondo, letra a letra, palabra a palabra, y retocar las notas que, entonces, fueron quizás excesivas, demasiado académicas.     


–Sorprende que en ambos casos su trabajo sobre esta obra maestra de la literatura universal haya interesado a dos editoriales independientes, Valdemar (2001-2005) y El Paseo (2022), y no a los grandes sellos. ¿Por qué?

Cuando terminaron los derechos de Marcel Proust a los ochenta años de su muerte, todos sabíamos que había que abordar su traducción porque sólo existía una, que se había quedado antigua, por decirlo de alguna manera. Recuerdo que entonces se lo ofrecí a dos o tres editoriales grandes, pero éstas se rigen por la rentabilidad inmediata. Si tienes que cumplir unos resultados a 31 de diciembre, está claro que no es un buen negocio. Sus resultados no llegan en un año, sino en un plazo más largo. Para Valdemar, estoy seguro, fue rentable y espero que lo sea ahora para El Paseo. No es un best-seller, pero sí una obra de fondo. Proust siempre está vivo.

 

“De ningún otro escritor conocemos más que de Proust, pero ¿son datos lo que conocemos?”, afirma en el prólogo a su nueva traducción de A la busca...

Los datos son, en realidad, pocos. Que nace en el seno de una familia acomodada, que va al Liceo con doce años y que marcha por unos meses voluntario al servicio militar en una población cercana a París… Todos esos hechos, junto al fallecimiento de su madre, que será un hecho capital en su vida. Además, sabemos que participa en dos hechos sociales o políticos: se opone a las leyes de separación Iglesia-Estado porque éstas suponían que las catedrales –que contenían, a su juicio, el alma de la historia de la vieja Francia– iban a ser desacralizadas e interviene a favor del capitán Alfred Dreyfus, condenado por espionaje en una sentencia claramente antisemita. Todo lo demás está en la novela y en su correspondencia. Todo lo demás es interior, la experiencia íntima del yo.


–A vueltas con el recurso de la memoria involuntaria, ese retorno a la infancia a través del sabor de una magdalena, usted señala a Leopoldo Alas Clarín entre los precursores.

Se podría decir que el recurso de la memoria involuntaria estaba a punto de caer en la literatura. Clarín sirve de él en un relato titulado Cuesta abajo sin sacar las consecuencias de Proust, quien lo convierte en definitivo para toda lo novela. Para el autor de La Regenta sólo es un dato: los olores de unas ramas remiten a uno de los personajes al pasado. Es el mismo disparador de la memoria que la magdalena o, por decirlo de forma más exacta que las magdalenas de Proust porque en A la busca… existen varios motivos que activan esa vuelta al pasado; unas baldosas mal puestas o el tintineo de unos tenedores en la vajilla, por ejemplo.

 

–Para adentrarse en A la busca… recomienda sosiego, tiempo, tranquilidad.

Todos los grandes escritores demandan una lectura sosegada, pero Proust te lo exige porque no pasa nada. No cuenta nada, no hay acción, no te empuja ese ánimo de llegar al final porque no lo hay: te manda al principio. Acaso es una boutade por mi parte decirlo, pero se trata de buscarse un sillón y una tarde, y empezar, seguir y meditar sobre lo que estás leyendo mejor que dejarte llevar sin más porque no te van a arrastrar los hechos que se amontonan, como le sucede a Baroja y Galdós. Aquí no tienes ningún premio por llegar hasta el final. Y ni siquiera puedas hablar de él con tus amigos porque la experiencia que te da A la busca… es puramente interior.


–Es partidario de que cada generación tenga su traducción de los clásicos. ¿Por qué?    

Es casi obligatorio porque, en una generación –pongamos, cincuenta años–, el lenguaje ha cambiado. Hoy, por ejemplo, anda corriendo por ahí una traducción de Los Miserables de 1900 con una particularidad: ese texto ha sufrido una censura porque Víctor Hugo era una especie de progre al que se le limaron y se cortaron frases. Sigue editándose así porque no se habla de ello, importa poco. Si se fija, las ediciones de clásicos no aparecen, por lo general, en la prensa cultural. Me he cansado de traducir a Molière, todos sus títulos importantes están en Anaya, y nadie publicó nada.

 

–Deduzco por sus palabras que la traducción necesita más reconocimiento.

No me refiero a la traducción, sino a los clásicos. Salvo que se trate de una recuperación muy sonada o una efeméride, no se presta atención a las grandes obras de la literatura.


–¿Cuánto hay de Mauro Armiño en sus traducciones?

Procuro no poner nada de mi parte en mis trabajos. No me pagan para eso.

 

miércoles, 21 de marzo de 2018

Más sobre el plagio perpetrado por Carlota Pérez-Reverte Mañas

Mauro Armiño

Mauro Armiño es uno de los más prestigiosos traductores españoles de la actualidad. A él se deben, entre otras muchas cosas, traducciones de obras de Pierre Corneille, Moliere, Beaumarchas, Rostand, Rousseau, Voltaire, el marqués de Sade, Rimbaud, Flaubert, Maupassant, Balzac, Zola, Dumas, Verne, Schowb, Proust, Camus y una lista inacabable de autores de lengua francesa, además de Poe, George Eliot, Hawthorne y Wilde, traducidos del inglés. De gran experiencia como traductor de literatura dramática, algunas de sus versiones han sido llevadas a los escenarios. Asimismo, periodista y crítico literario y teatral, ha colaborado con El País, Cambio 16, Radio Nacional de España y la revista El Siglo. 

La plagiaria Carlota Pérez-Reverte Mañas
En esta última publicación, el pasado 9 de marzo, Armiño se ha ocupado del plagio perpetrado por Carlota Pérez-Reverte Mañas a la traducción que Alfredo Michel Modenessi realizó de la Comedia de los enredos, de William Shakespeare. Su artículo, "A mal principio, quizás buen fin", puede leerse en la página Los enredos de un plagio (https://enredos-plagiados.webnode.mx/), creada especialmente para dar cuenta del caso. 

Quien desee conocer más detalles sobre la conducta de la hija del también plagiario Arturo Pérez Reverte, puede hacerlo en la entrada del día 23 de febrero de este año en este mismo blog.  



miércoles, 11 de junio de 2014

"La lengua francesa no es precisamente la china"


La Revista de Libros (RdL) publicó el siguiente comentario del narrador, guionista y periodista español Robert Saladrigas a propósito de diversas versiones de Marcel Proust en castellano. Tal vez resulte interesante leerla luego de revisar la entrada de este blog correspondiente al 7 de agosto de 2010, firmada por Herbert E. Craig, y la entrevista con el traductor Mauro Armiño del 7 julio del mismo año.

Los riesgos de traducir a Proust


No me parece descabellado partir de la idea de que una obra de tan colosal envergadura como A la recherche du temps perdu, de Marcel Proust, es, al menos en teoría, intraducible. Lo presentí ya la primera vez en que tras hacer acopio de toda mi osadía, invertí varios meses leyéndola en su lengua original. De todos modos, debo admitir que antes me había iniciado en la traducción por entonces única y hoy clásica de Pedro Salinas (los dos primeros volúmenes de la serie debidos exclusivamente a Salinas y el tercero completado a la muerte del poeta por José María Quiroga Pla), proseguida en los cuatro últimos libros por Consuelo Berges. De manera que a los esfuerzos de Salinas y sus colegas debo la fascinación por el texto endiablado de un autor que siempre ha ocupado un espacio de privilegio en mi galería de mitos literarios. Al transitar ahora por los dos nuevos y simultáneos intentos de traducción, uno a cargo de Mauro Armiño (Por la parte de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, acompañados por una cronología biográfica de Proust, tres utilísimos diccionarios sobre amistades y relaciones del autor, personajes y lugares de la obra y un copioso cuadro de notas) y el otro de Carlos Manzano (Por la parte de Swann), el somero cotejo de ambas versiones me llevó a la reflexión de que en lengua española Proust ha sido aparentemente afortunado por el interés que desde el principio desveló su obra pero al mismo tiempo, curiosamente, nunca ha conseguido el privilegio de beneficiarse de una exclusividad que según creo reclamaba a gritos. Su obra sigue desafiando la audacia de los traductores decididos a medir sus talentos fajándose, como los buenos gladiadores, con un adversario rocoso y una empresa monumental y compleja hasta estimular la paranoia, que al margen del entusiasmo, de los conocimientos que inviertan en ella, al menor descuido verán cómo su labor va a ser severamente cuestionada. Sin embargo, desde que Salinas se enfrentó por primera vez a La recherche... en 1917 (el primer volumen de la serie, Du cotê de chez Swann, había aparecido en las Ediciones Bernard Grasset de París en 1913), que recuerde se han comprometido con la obra, parcialmente o en su totalidad, José María Quiroga Pla, Fernando Gutiérrez, Consuelo Berges, Carlos Pujol, Jesús Albiñana y, por último, Mauro Armiño y Carlos Manzano, todos ellos con diferente predisposición y resultados. Lo cierto es que ninguno ha conseguido soslayar la polémica, quizás porque la perfección es sin duda una quimera o porque la tarea sea en la práctica poco menos que irrealizable. De todos modos y pese a que la versión de Salinas ha sido discutida e incluso en ocasiones desautorizada, conviene dejar sentado que marcó la pauta de las sucesivas y posteriores traducciones y lo hizo en una época en que la filología francesa todavía no se había pronunciado acerca de algunos de los problemas suscitados por el estilo de Proust; en consecuencia, no había trazada la línea maestra a seguir en el complicado trasvase de la novela a otras lenguas. Pero lo que me sorprende a estas alturas es que una obra que entraña cuantas dificultades se le quieran atribuir, en el curso del tiempo no haya motivado la devoción absoluta de algún traductor dispuesto a volcar sobre ella todo su tiempo, saberes y energías. Joyce, por poner el ejemplo de un autor también determinante y para mí aún más hermético, tuvo la inmensa fortuna de encontrar en lengua catalana a un joven filólogo, Joaquim Mallafré, decidido a dedicar ocho años de su vida a la obsesiva tarea de modelar una versión de Ulisses que sin dudarlo considero bastante superior a la francesa de Valéry Larbaud pese a que, como es sabido, éste la hizo bajo la tutela y las sugerencias del mismo Joyce. Lamento no sentirme capaz de legitimar en igual medida la traducción al castellano de José María Valverde, que, por supuesto, no invalida la primera de José Salas Subirats, aparecida en México, aunque durante bastante tiempo los ávidos lectores españoles de Joyce la consideráramos insatisfactoria. En el caso de Proust, sus traductores –exceptuando a Salinas– resulta que han llegado a La recherche... probablemente imantados por sus fulgores pero no con la vocación expresa de obligarse a sobrevivir sin mayores apremios ni ataduras en sus aguas turbulentas. Consuelo Berges se había consagrado casi por entero a la obra de Stendhal; Fernando Gutiérrez tradujo desde El doctor Zhivago de Pasternak (a partir de la edición italiana de Feltrinelli) a El Gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa; el mismo Carlos Manzano ha desembocado en Proust tras forjar su oficio en Henry Miller primero y salvando después los terribles acantilados, por cierto paradójicamente  antiproustianos, de Céline... Ante tales ejemplos me pregunto sinceramente si es posible instalarse temporalmente en el vasto imaginario de Proust mediante un simple cambio de registro, sin tomarlo como único punto de referencia y tras haberlo explorado, desmenuzado, asimilado en sus numerosos afluentes, emprender el proyecto de adaptarlo a la lengua propia con la ineludible articulación de un estilo determinado que sea trasunto del original y, a la vez, resulte incuestionablemente veraz para quienes van a acceder a él desde otros supuestos filológicos. ¿Es acaso una idea descabellada cuando se trata de Proust, Joyce, Faulkner, Rilke o Hermann Broch, artistas copiosos que no sólo desbordan cualquier parámetro al uso sino que son fundadores de sus propios códigos lingüísticos y narrativos? Con la respuesta en suspenso, retomo el asunto que ha motivado la reflexión. Disponemos de dos nuevas traducciones de A la recherche... que al coincidir en el tiempo (por extraños azares de estrategia editorial) no arrojan luz sobre la cuestión sino que, al menos así lo considero, contribuyen a su relevancia. Para empezar, ambas versiones se muestran divergentes a partir del mismo título global de la obra. Mauro Armiño ha traducido A la recherche du temps perdu por A la busca del tiempo perdido, en tanto que Carlos Manzano opta por mantener el clásico de En busca del tiempo perdido. Por supuesto que no me siento legitimado para establecer matices en materia de filología castellana, pero tengo la impresión de que si bien el vocablo busca expresa correctamente la acción de buscar, antecedido por la preposición y el artículo, es decir, a la busca, creo que posee un significado ––¿estoy equivocado al aventurar que me suena más aplicable al terreno de la cinegética?– en todo caso distinto a la intención que Proust vertió en su A la recherche... Imagino que tal vez esa duda mía puede ser objeto de controversia. De todos modos, me parece que la sutileza a la hora de interpretar el título revela las ópticas diametrales con que los traductores han enfocado sus respectivos tratamientos del texto proustiano. Recuerdo haber leído que en el acto de presentación en Madrid de su trabajo, Mauro Armiño señaló que en la obra de Proust «las oraciones son muy largas y perversas y el español no está acostumbrado a este tipo de sintaxis». Lo que atañe a la naturaleza de las oraciones proustianas es algo archisabido. Evidentemente se refería a los culebreantes párrafos, engarzados con las célebres frases subordinadas, que han obligado a desistir a tantos lectores (españoles pero también incluso franceses) habituados a la comodidad de los estilos lineales. Sin embargo y pese a su advertencia, lo paradójico es que la versión de Armiño se caracteriza precisamente por su respetuosa fidelidad a las formas de la «más endemoniada» de las prosas francesas. ¿Más laberíntica y escurridiza que la de Paul Valéry en Monsieur Teste? Lo cierto es que en ningún momento Armiño trata de «dulcificar» o «resolver» de manera complaciente las derivas del texto. De habérselo propuesto es muy probable que hubiera desvirtuado irreparablemente el armazón estilístico que, por un lado, sostiene y por el otro substancia la obra. Por su parte, Carlos Manzano se ha decantado por la adaptación de los períodos proustianos a la sintaxis castellana, tal vez como vía para allanar en la medida de lo posible su lectura. Eso le conduce a reemplazar las subordinadas por incisos, señalados con guiones, y a echar mano de frases hechas y algunos vulgarismos para verter expresiones que en el tránsito pierden los matices originales. El propósito es sin duda loable y, en última instancia, refleja una toma de partido que naturalmente conlleva sus riesgos. Porque si bien no voy a negar que el texto se hace algo más próximo a la sensibilidad del lector español, tampoco negaré que la escritura de Proust, al ser alterado el orden que la sustenta, ve cómo su tensión interna se relaja. Me pregunto si en definitiva el trueque resulta verdaderamente rentable para alguien. O dicho con otras palabras: desde el apriorismo de que toda traducción comporta pérdidas irreparables, en lo que se refiere a la novela de Proust cuando uno decide entrar en ella sabe de antemano a lo que se expone –lo mismo sucede con las obras de Faulkner, Musil o Broch– y, una vez aceptado el reto con todas las consecuencias, quizás no sea aconsejable que nos alivien de sus escollos. Al fin y al cabo vencer por cuenta propia los obstáculos de la lectura forma parte del compromiso con la obra y el genio de su autor. Veamos gráficamente reflejado lo que acabo de señalar, mediante el cotejo de un fragmento cualquiera de Du cote de chez Swann que elijo dejándome guiar más por el azar que en función de su esencialidad. He aquí cómo fue construido por Proust: «Destiné à un usage plus spécial et plus vulgaire, cette pièce, d'où l'on voyait pendant le jour jusqu'au donjon de Roussainvill-le-Pin, servit longtemps de refuge pour moi, sans doubte parce qu'elle était la seule qu'il me fût permis de fermer à clef, à toutes celles de mes occupations qui réclamaient une inviolable solitude: la lecture, la rêverie, les larmes et la volupté. Hélas¡ je ne savais pas que, bien plus tristement que les petits écarts de régime de son mari, mon manque de volonté, ma santé délicate, l'incertitude qu'ils projectaient sur mon avenir, préoccupaient ma grand'mère au cours de ces déambulations incessantes de l'après-midi et du soir, où on voyait passer et repasser, obliquement levé vers le ciel, son beau visage aux jouès brunes et sillonnées, devenues au retour de l'âge presque mauves comme les labours à l'automne, barrées, si elle sortait, par une voilette à demi relevée, et sur lesquelles, amené là par le froid ou quelque trîste pensée, était toujours en train de sécher un pleur involuntaire.» En la versión de Mauro Armiño queda así: «Destinada a un uso más específico y más vulgar, esa habitación, desde donde de día se veía hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió mucho tiempo de refugio, sin duda porque era la única que me estaba permitido cerrar con llave, para todas aquellas ocupaciones que me exigían una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y el placer. ¡Ay¡, ignoraba que mi falta de voluntad, mi salud delicada, y la incertidumbre que proyectaban sobre mi futuro entristecían más a la abuela que los leves descarríos del régimen de su marido, durante su incesante deambular de la tarde y de la noche, cuando se veía pasar una y otra vez, oblicuamente alzado hacia el cielo, su hermoso rostro de mejillas morenas y arrugadas, vueltas con el paso de los años casi malvas como los campos arados en otoño, cruzadas, si salía, por un velo recogido a medias, y en las que siempre estaba a punto de secarse una involuntaria lágrima puesta allí por el frío o algún pensamiento de tristeza». Y por último, desde el prisma de Carlos Manzano: «Aquel cuarto, destinado a un uso más especial y vulgar y desde el que durante el día se llegaba con la vista hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió por mucho tiempo de refugio –seguramente porque era el único que me permitían cerrar con llave– para todas mis ocupaciones que reclamaban una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y la voluptuosidad. Por desgracia, no sabía yo que –mucho más tristemente que los pequeños incumplimientos del régimen por parte de su marido– mi falta de voluntad, mi delicada salud y la incertidumbre que proyectaban sobre mi futuro preocupaban a mi abuela, durante aquellos paseos incesantes de la tarde y de la noche, en los que veía pasar y volver a pasar –con el perfil alzado hacia el cielo– su hermoso rostro de mejillas morenas y surcadas de arrugas –que con la edad se le habían vuelto casi malva, como las tierras labradas en otoño– y cubiertas, cuando salía, con un velito a medias alzado y en las cuales había siempre, secándose, una lágrima involuntaria, provocada por el frío o por un pensamiento triste». Hay otra cuestión que sí me produce desconcierto. Es de dominio público que la tradición concede suma importancia a la frase con que Proust arranca el ciclo. Los más severos proustianos coinciden en el criterio de que con admirable sutileza el autor condensa en su brevedad las reglas del tiempo que serán determinantes a lo largo de todo el espectro narrativo. Pues bien, he aquí la primera frase de Proust: «Longtemps, je me suis couché de bonne heure». Se establece así con absoluta claridad que el narrador rememora, desde el presente en que escribe, el hábito que explícitamente inserta en un tiempo pasado, lejano, tal vez remoto. Por alguna razón que no consigo explicarme, Mauro Armiño construye la oración de la siguiente manera: «Me he acostado temprano, hace mucho». Además de forzar la sintaxis hasta extremos chirriantes, la frase de Armiño incurre en la contradicción de situar casi en tiempo actual o se sobreentiende que muy próximo, una acción que fue llevada a cabo hace mucho. Y prosigue ya en el tiempo verbal que corresponde: «A veces, nada más apagada la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: "Estoy durmiéndome"». ¿Por qué semejante inicio forzado, absurdo, decididamente erróneo, que al leerlo produce auténtico sobresalto? Debo confesar que me asombra. Por el contrario, Carlos Manzano sí se ajusta a los esquemas bien señalados de la frase: «Durante mucho tiempo, me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: "Me duermo"». Como puede advertirse, dejando a un lado la conflictiva oración inicial, el cotejo de la siguiente aporta sólo muy leves variaciones. Sin perder de vista la diferencia de enfoques a que hacía referencia más arriba, esta es la tónica dominante en ambas traducciones: en cualquier párrafo que elijamos para comprobarlo, los matices nos descubrirán alternativas a nuestro juicio acertadas junto a otras que por lo menos nos atreveremos a calificar de dudosas e incluso de insatisfactorias. Se ha dicho que las versiones de Armiño y Manzano no pueden aspirar a equipararse con la de Pedro Salinas, porque ninguna de las dos alcanza su altura. Opinión respetable pero me temo que no equitativa. Presumo que Manzano y Armiño emprendieron la traducción a partir de las ediciones de La Pléiade de JeanYves Tadié (1989) o las más recientes debidas a Jean Milly, ambas con un valioso aparato filológico al servicio del mejor entendimiento del texto proustiano. Salinas se vio obligado a trabajar sin soporte externo alguno, diría que a pelo, exclusivamente confiado en el dominio de los resortes de la propia lengua que no era ni mucho menos susceptible de amoldarse a los registros de Proust, origen como ahora es obvio, pero no entonces, de una nueva categoría estilística en el ámbito del francés literario. Por tanto, el esfuerzo tremendo que debe ser reconocido a los traductores de hoy –ambos siguen empeñados en la aventura de completar la obra– no es óbice para admitir que operan desde una situación en principio ventajosa respecto a Salinas, pero a la vez más comprometida por cuanto vienen obligados a asimilar los avances filológicos y académicos ya consolidados y a dotar sus respectivas versiones de la indispensable unidad de estilo que hasta ahora ninguna otra ha poseído y tanto se echa en falta. De manera que no se trata de superar lo que ya ha sido superado por el tiempo y el incesante aporte de orientaciones, sino de fijar métodos de trabajo y ajustar con la máxima precisión estructuras que, a ser posible, hicieran definitivo el trasvase a la lengua castellana de una de las más grandes obras de la literatura de todas las épocas. ¿Quiere decirse con esto que Marcel Proust acabará por ceder antes o después a los denodados intentos de quienes no vacilan en medir sus fuerzas con él a sabiendas de los riesgos que asumen? Lo considero probable, pero tampoco me atrevería a vaticinarlo. Sigo pensando que cualquier traducción realmente ambiciosa responde a un ideal de difícil alcance, aunque conviene plantearlo como un logro necesario desde la perspectiva de su utilidad. De todos modos, prefiero no olvidar las sensatas palabras que el poeta Josep Carner (extraordinario traductor de Charles Dickens al catalán) dedicó al asunto con saludable ironía y pragmatismo: «Aprendan lenguas. Eso tiene dos grandes ventajas. Una es que podrán traducir y la otra que, siendo conversadores en lenguas ajenas, prescindirán de las traducciones». En resumidas cuentas, la lengua francesa, la lengua en que Marcel Proust escribió A la recherche du temps perdu, no es precisamente la china.

jueves, 13 de marzo de 2014

¿Un Flaubert inédito? Chocolate por la noticia

Es sabido que Madame Bovary, de Gustave Flaubert es una de las novelas más leídas y estudiadas en el mundo entero. Por eso a nadie debería sorprender el número de traducciones que, desde su aparición bajo la forma de libro en 1857, ha habido en las más diversas lenguas. Asimismo, una legión de críticos de todo el planeta ha estudiado esa obra desde las más diversas perspectivas. Lugar destacado en esa listas merecen quienes desde mediados del siglo XX vienen trabajando sobre los manuscritos originales y descubriendo todo lo que en ellos, por extraordinario que parezca, queda por descubrir. En ese sentido, Gabrielle Leleu, Jean Pommier, Claudine Gothot-Mersch, Pierre-Marc de Biasi, Jacques Neefs, Jeanne Goldin e Yvan Leclerc, para mencionar acaso a los más notables, han publicado diversas ediciones eruditas de la obra, incluyendo en más de una ocasión los famosos repentir, que son a la literatura algo así como los célebres pentimentos de la pintura; vale decir, fragmentos eliminados de un original, desechados, encubiertos. Ahora, una nueva edición de las Obras completas de Flaubert, al cuidado de la gran investigadora Claudine Gothot-Mersch fue publicada en la colección La Pléyade, de la editorial Gallimard, incluyendo algunos muy conocidos fragmentos, previamente aparecidos en otras ediciones francesas, que la prensa, haciendo gala de gran ignorancia, presenta como descubrimientos inéditos. Así ocurre con el suelto de la revista española Turia, del Instituto de Estudios Turolenses - Diputación Provincial de Teruel, acaba de dar a conocer, señalando que tres de esos textos dejados de lado por Flaubert van a ser incorporados en una nueva traducción que prepara el muy buen traductor Mauro Armiño para la editorial Siruela. O sea, chocolate por la noticia. 

La revista Turia da a conocer un Flaubert inédito en español

El responsable de este rescate cultural es el traductor Mauro Armiño, que no sólo se ocupa de su versión en castellano sino que elabora una interesante nota introductoria sobre las características y contenidos de estos tres fragmentos suprimidos y ahora recuperados en la nueva edición francesa de la famosa novela de Flaubert.

Para Mauro Armiño, Premio Nacional de Traducción 2010 y que publicará este año en la editorial Siruela una nueva versión de Madame Bovary, “sobre la pista de varios de estos fragmentos suprimidos me ha puesto la reciente edición de las Obras Completas de Flaubert, publicada en La Pléiade en noviembre de 2013 bajo la dirección de una gran especialista flaubertiana como es Claudine Gothot-Mersch”.

Ahora la revista Turia da a conocer, por primera vez en español, tres fragmentos de Madame Bovary suprimidos por Gustave Flaubert (1821-1880). Además, y según asegura Mauro Armiño, la recuperación de estos textos suprimidos es un episodio tanto noticiable como del mayor interés literario. De ahí que ahora se publiquen traducidos tres de esos largos fragmentos eliminados, anotando el lugar en que cada uno de ellos estuvo insertado en los manuscritos de la novela. Armiño también ofrece al lector los títulos que la citada nueva edición de La Pléiade les ha dado: “Conversación durante el baile”; “Una discusión sobre libros” y “El juguete de los niños Homais”.

Así, el primero de esos fragmentos, arrancado del capítulo dedicado al primer sarao social al que Emma Bovary acude, redunda en la descripción que Flaubert había hecho del estrato social –nobles, militares, alta burguesía– que centraba su sentido de la vida en el valor monetario de las cosas.

El segundo, “Una discusión sobre libros” se ocupa de la pasión de Emma Bovary por la lectura. Flaubert, gran lector de Cervantes, repite en su protagonista el origen de la locura del hidalgo cervantino: el cerebro de Emma, que pasaba las noches entre novelas y poesías románticas, había quedado dañado por esa pasión. Según destaca Mauro Armiño, “en el fragmento, el presuntuoso representante del «progreso», Homais, hombre de ciencia y boticario, arremete contra los males que provoca la lectura, no sólo morales, sino físicos y fisiológicos; le secunda la madre de Charles Bovary, que en un párrafo condensa la idea tradicional de la mujer, tacha a Emma de intelectual y exige a su hijo que la vigile, dándole por único horizonte vital el de gobernar su casa, cumplir con sus deberes y sufrir, misiones según ella de la condición femenina.”

El tercer fragmento suprimido, “El juguete de los niños Homais”, distrae el capítulo XIV (2ª parte) de su núcleo central: la depresión que sufre Emma tras el desastre de su primera aventura amorosa. Durante ese periodo, Emma interactúa con sus vecinos y fruto de esa coyuntura es el párrafo suprimido, puramente anecdótico y que quizá es el que más razones ofrecía para ser eliminado.

Harold Bloom, el mas importante crítico literario de nuestros días, ha asegurado también que Madame Bovary es una obra maestra, la más pura de las novelas en forma, economía y justa representación de la naturaleza”.  Para Bloom, “Emma Bovary es Gustave Flaubert y es casi todos nosotros también. Madame Bovary es una especie de biografía universal, no tanto de un Quijote femenino como de un Quijote sensual, hombre o mujer, cuya búsqueda no es de ninguna manera metafísica y cuyo deseo no pertenece al alto romanticismo sino al bajo romanticismo. Emma es una verdadera alternativa de Hamlet o de don Quijote: es un genio de la sensualidad”.

Turia es, con 30 años de trayectoria y periodicidad cuatrimestral, una de las publicaciones culturales españolas más veteranas y reconocidas, por cuya labor obtuvo el Premio Nacional  al Fomento de la Lectura. Desde el pasado año, además de su edición en papel cuenta con una versión digital
(http://www.ieturolenses.org/revista_turia/)  y una página en Facebook (https://www.facebook.com/pages/Revista-Turia/373833962736088 ).


jueves, 21 de julio de 2011

"Traducir sin interferencias de los autores"

"Adan Kovacsics y Mauro Armiño desnudan los secretos de su oficio en la Biblioteca Nacional." Así decía la bajada de la nota de Álvaro Argote publicada con un título originalísimo (sic) en El Mundo, de España, el 28 de mayo pasado, dando cuenta de una mesa en la que estuvieron presentes ambos traductores.

Traductor, ¿traidor?

Las paredes de la Biblioteca Nacional de España acogieron anoche, con la colaboración del Ministerio de Cultura, el coloquio entre Mauro Armiño, Premio Nacional 2010 a la mejor Traducción, y Adan Kovacsics, Premio Nacional a la Obra de un traductor.

En el encuentro entre los galardonados y los asistentes, se debatió la teoría de la traducción, tal como se entiende actualmente, y las dificultades de trasmitir un texto desde su lenguaje original a otras lenguas. Ambos han coincidido en que la traducción responde a multitud de problemas lingüísticos, epistemológicos y de género literario (poesía, narrativa o teatro).

Adan Kovacsics, autor de traducciones de clásicos alemanes de los siglos XIX y XX de la Filosofía, incidió en el mal trato cultural a la que está expuesta la traducción en el mundo de las artes, ya que, según él, "en muchas de las fichas técnicas de los libros se ve el título, la editorial, el número de páginas, año de publicación, pero nunca el traductor". Y recordó que el traductor no es un intermediario que tergiversa una obra original para ofrecer una versión posible en un idioma diferente, porque "no atiende ni a gustos ni a preferencias, al igual que no hay ninguna clase de interpretación subjetiva ni pulsaciones emocionales que afecten al significado del texto", apuntó. Defiende con ímpetu su profesión, a la que define como un bien indispensable de la cultura universal. "Gracias a nosotros la literatura se comunica con los corazones de los lectores, enriquecemos la obra original mediante la aportación que le otorga la lengua que yo le doy", ha manifestado.

Por el contrario, Mauro Armiño autor de la versión completa de A la busca del tiempo perdido de Marcel Proust, ha defendido que para comprender un texto en su plenitud hay que ser capaz de impregnarse con su significado. "Primero hay que comprender y después interpretar". Especializado en la traducción de poesía, ha señalado que "los grandes poetas respiran su propio lenguaje", y que son especialmente complicados de traducir, porque "en un poema hay que respetar los puntos y las comas aunque no atiendan a concordancias sintácticas". Y "es que el traductor de poesía, además de políglota, es necesariamente un poeta". Es partidario del empleo de un lenguaje llano y sencillo, pero que respete la autonomía del texto. Ha criticado con acritud a autores de la talla de Azorín, uno de los estandartes literarios de la Generación del 98, por su estrambótico uso del idioma. "Es un gran escritor que nadie lee porque exige al lector tener un diccionario en la mano, debido a las rebuscadas palabras que utiliza".

En ocasiones, las relaciones entre un escritor y un traductor son conflictivas por la arrogancia de algunos escritores que desdeñan la labor del traductor al considerarla un género menor. Y, sin embargo, traductores han sido escritores como Vladimir Nabokov, José Bianco, Alberto Guirri y Octavio Paz. Este último afirmó que "por una parte, la traducción suprime las diferencias entre una lengua y otra, mientras por otra las revela más plenamente".

Mauro Armiño y Adan Kovacsics han admitido que "es verdad que hay escritores un poco especiales que nos dificultan nuestra labor; preferimos traducir sin interferencias de los autores". Armiño añadió una excepción: Pierre Klossowski, filósofo francés fallecido en 2001, que "era un genio muy divertido y cercano", al que le tradujo 'Tan funesto deseo'. Y es que estos escritores en la sombra dan vida a la literatura y al castellano.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Un motivo de alegría que compartimos


La noticia, que se hizo pública ayer, llega a través de la agencia EFE. Desde Buenos Aires, el Club de Traductores Literarios les envía un cálido saludo a los ganadores del Premio Nacional por el merecido galardón.

Adan Kovacsics y Mauro Armiño
ganan el Premio Nacional de Traducción

Adan Kovacsics (foto de la derecha), traductor de escritores austríacos y húngaros, ha ganado hoy el Premio Nacional al conjunto de la obra de un traductor, en tanto que el otorgado a la mejor traducción de un libro ha recaído en Mauro Armiño (foto de la izquierda) por Historia de mi vida, de Giacomo Casanova.

Ambos galardones, concedidos por el Ministerio de Cultura, están dotados con 20.000 euros en cada caso y han sido fallados por un jurado presidido por el director general del Libro, Rogelio Blanco.

Han formado también parte del jurado José Manuel Sánchez Ron, Manuel González, Joaquim Mallafrè, Ana María Bejarano, Juan de Sola, Gloria Corpas, Teresa Sanz Tejero, Esther Morillas y los últimos autores galardonados en cada modalidad: José Luis Moralejo, a la mejor traducción, y Roser Berdagué y María Teresa Gallego, al conjunto de su obra.

miércoles, 7 de julio de 2010

Navegar Proust en solitario

Una entrevista con Mauro Armiño, realizada por Virginia Miranda y publicada en El Siglo (Nº 654, del 20 de junio de 2005). En ese momento, el traductor acababa de concluir la traducción de  A la busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, obra publicada con ese título por la editorial Valdemar, cerrando un ciclo de diez años de trabajo

"Proust alteró el concepto de novela”

–Está satisfecho con su trabajo y por haber sido el único traductor que hasta el momento se ha enfrentado en solitario a esta obra?
–Alguien tenía que hacerlo. La edición anterior, la que empezó en 1920 Pedro Salinas y terminó en los 60, estaba muy atrasada. Todos los textos se habían quedado viejos porque la parte de póstumos de Proust, es decir, el último tomo, la revisó su hermano a los cinco años de su muerte. No era especialista ni tenía mucho conocimiento sobre qué pasaba con la historia del hermano, así que hizo lo que pudo. Después hubo otra edición en los años 50 un poco más acorde, pero en las últimas cinco décadas la investigación proustiana se ha multiplicado. De modo que los textos han cambiado bastante y, sobre todo, es imposible que un lector, por muy culto que sea, pueda leer a Proust sin un apartado de notas que sitúe todas las alusiones históricas, sociales, guiños personales…

–¿Esas anotaciones son imprescindibles?
–Para una lectura inteligente de Proust, sí. El autor incorpora muchas anécdotas, sucedidos, episodios, historias de gente muy vinculada a él. Por eso he incluido las anotaciones, para que si el lector no sabe a qué corresponden y quiere averiguarlo, pueda recurrir de ellas. Además, en el diccionario de personajes que añadí en el primer tomo están todos aquellos amigos, conocidos y relaciones de Proust que han aparecido en la novela.

–Proust es considerado el mejor escritor del siglo XX. Sin embargo, este reconocimiento no se corresponde con un conocimiento real entre los lectores. ¿La calidad y la popularidad, en este caso, no han sido compatibles?
–En este caso como en todos. Parece que se oponen comercialización y calidad. Los tres grandes del siglo son Proust, Kafka y Joyce. El de lectura más fácil es Kafka, por eso tiene más ventas y más predicamento. Y el de más hondura es Proust. Quizá Proust y Joyce tienen problemas de lectura; Joyce porque su escritura es distinta, de vanguardia, y Proust por su forma de escribir en profundidad, con frases tan largas. No es que las hiciera largas por capricho, sino para reflejar cómo son los meandros de nuestra cabeza cuando pensamos, sin nexos gramaticales.

–¿Cuál es la recomendación entonces para que un lector se enfrente con éxito a la obra?
Tener ganas de leer una novela absolutamente fundamental y saber que requiere una lectura pausada. Hay algo que puede ayudar mucho y que me ha comentado algún lector. He incluido en todos los tomos unos resúmenes indicando las correspondientes páginas numeradas. Diseccionando la novela establezco acciones distintas, de modo que el lector, si empieza por el resumen, se encuentra con que hay cortes, acciones que tienen una entidad en sí misma que le ayudan a saber lo que va a leer. También, cuando vaya leyendo el libro y deje de hacerlo durante unos días, puede rememorar lo ya leído y continuar.

–¿Cuál es la dimensión literaria de la obra y cuál es la de su visión del ser humano?
–No hace una descripción del ser humano sino de múltiples seres humanos vistos desde una realidad interior. Proust trató de ver cómo pensamos, cómo sentimos, cómo una y otra vez damos vueltas a las cosas. Por eso no hay acción. La acción se remansa porque la está pensando y porque lo que analiza son los sentimientos. Aunque no es eso exactamente, en la historia de la literatura aporta lo mismo que Joyce; el monólogo interior. Su mayor hallazgo es que descubre, aunque quizá otros como Chateaubriand y Leopoldo Alas Clarín lo hicieron en parte, cómo determinados elementos nos remiten a otro momento de nuestra vida. Todo el mundo sabe lo de la magdalena, pero a lo largo de la novela hay muchos más elementos que devuelven al narrador a la infancia. Esa memoria involuntaria la tenemos todos y se nos despierta en determinados momentos.

–¿Traducir esta obra le ha llevado a redescubrirla?
–Claro. Una cosa es la lectura y otra la edición anotada, donde tengo que ser responsable de toda la acción para orientar al lector. Proust escribió el principio y el final en el mismo momento y después fue incorporando el resto. El lector, con una diferencia de 3.000 páginas, no se acuerda al final de que hay una alusión a aquello del principio que fue escrito en el mismo momento. Tengo que estar al tanto para hacerle una llamada y advertírselo.

–¿Qué aporta la traducción respeto a ediciones anteriores?
–Primero un mayor rigor, porque la forma de traducir de hoy no es la misma que la que había a principios de siglo. Salinas no tanto, pero en aquella época eran más libres. Es decir, desarrollaban la novela, la hacían más amable. Y después, la fijación de los textos. Salinas tradujo sin saber cómo iba a terminar la novela. Empezó con el primer tomo y el segundo en un momento en que ni siquiera estaba publicado el cuarto. Por tanto, yo puedo tener una idea mucho más completa de la novela, de lo específica que es para Proust cierta terminología, sé cómo ha cerrado las acciones... y eso Salinas no sabía. Y sobre todo, ahora un traductor no inserta nada en el texto aunque lo sepa, como hizo Salinas con una alusión de Proust. Por otra parte, cada 50 años el lenguaje cambia y a los grandes clásicos hay que volver a traducirlos.

–¿Los intelectuales españoles le han hecho justicia a Proust?
–Sí y no, como siempre. Lo aceptan muy bien por ejemplo Azorín, Ortega, Josep Pla; quedan fascinados por el lenguaje y por la forma. Sin embargo, hay otros que no. Baroja, en su biografía, arremete contra Proust. Pero claro, si coges el estilo de uno y otro, es evidente que Baroja no podía entender lo que hacía Proust. Machado lo acepta con muchas reservas. Creo, probablemente, que es por el concepto que tenía de la claridad ante todo y porque Proust le parece oscuro, aunque en realidad no lo sea. Posteriormente, en los años 50, la izquierda francesa se equivocó con Proust. Al terminar la segunda guerra mundial, Jean Paul Sartre, líder del poder intelectual que acapara la izquierda, arremete contra él. Entonces aparece una biografía con nuevos documentos, la de André Malraux, muy importante sobre todo por el momento. En los tiempos más modernos y pese a Sartre, Proust se impone. La nouvelle vague en cine, la nouveau roman en literatura, ya admiten que el estilo de Proust ha alterado absolutamente todo el concepto de novela. Este cambio llega bastante bien a España y por ejemplo, Juan Benet es uno de sus defensores.

–¿Y quiénes son los dos poetas detractores a los que alude en una nota del último volumen?
No doy los nombres por no estropear el libro. Uno dijo que prefería a Marcel Schwob, escritor de relatos breves, antes que a Proust. Se trata de Luis Alberto de Cuenca. El problema está en que, cuando lo dijo, era secretario de Estado de Cultura del PP. El segundo me espetó que “Proust es un imbécil”. Fue César Antonio Molina, que en la época del PP era secretario del Círculo de Bellas Artes y ahora es el director del Instituto Cervantes. Pensar que la cultura española está en manos de gestores como éstos es como para hacerse una idea de su situación.

–¿En España se ha hecho justicia a los traductores?
–No, ni se les ha hecho ni se les hará. Una de las cosas más importantes para la industria cultural es rebajar costos; el del papel no lo pueden discutir, pero sí el del traductor. Hay por ahí un pastel del que no se benefician los que están abajo de forma proporcional al gran desarrollo que ha habido.

–¿Qué opinión le merece la política cultural?
Me puedo hacer una idea y mala. Los últimos cuatro años del PP, con Luis Alberto de Cuenca y Pilar del Castillo, han sido catastróficos. Se esperaba que en este año y pico se empezaran a producir cambios, pero la cosa no se ha movido demasiado. Evidentemente no es lo mismo la programación del Centro Dramático Nacional de ahora que la que había antes, pero la inyección que el Gobierno está dando en la vida social no la está aplicando al mundo de la cultura.

–¿Qué le parece la celebración del año del Quijote?
–Mucha foto, pero no creo que vaya más allá. A los que a los 45 años no hayan leído El Quijote no sé si les va a afectar mucho. La gente no lee El Quijote porque no “sabe leer” y no se da cuenta de que es uno de los libros más divertidos del mundo. Las disculpas son miles, pero lo único que enmascaran es que a la gente no le apetece porque no le han enseñado, porque no tienen una cultura de la lectura. Es contra lo que habría que luchar y, sobre todo, en lo que había que formar a los niños.