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jueves, 1 de octubre de 2026

"Queda mal decir que una lee en digital"

La siguiente columna de la escritora Betina González apareció en la revista Ñ, del diario Clarín, de Buenos Aires, el pasado 14 de septiembre. En la bajada se lee: "Con una oferta cultural dominada por la novelad, las obras parecen importar cada vez menos que lo que se dice sobre ellas".

Los libros ya no necesitan ser leídos: la cultura de la novedad y sus paradojas

Como crecí en una casa sin biblioteca, me salvé del fetiche de la acumulación. A los doce años, empecé a ir a una biblioteca pública con mi abuela y me convencí de que no importaba tanto tener los libros, de que era mejor recibirlos de manos de extraños que habían dejado entre sus páginas comentarios impertinentes, rosas disecadas o boletos de colectivo. A lo largo de los años mantuve esa carencia esencial: mi biblioteca es muy pequeña. Vivir en otro país y en varias ciudades confirmó mi escepticismo en cuanto a la acumulación –en toda posesión hay algo maldito, como bien lo sabía Rossetti, que trató en vano de deshacerse de un libro que siempre volvía–. Esto quiere decir que hoy leo mayormente en digital. Me maravilla viajar con un aparatito capaz de almacenar 6000 volúmenes. Es todo lo que necesito. ¿Extraño el subrayado real, con lápiz negro? Claro que sí. Pero lo reservo para cada vez menos autores, que van ingresando a la biblioteca de mi casa solo después de meditar bastante las consecuencias de esa adquisición. Siempre a punto de huir de mi propia vida, sé bien cuánto pesa dejar atrás no solo un puñado de libros.

En una época de hipocresías descaradas, que se regocija en la nostalgia y el fetiche pero no en la experiencia profunda de la lectura, queda mal decir que una lee en digital. Pero así lee la mayoría, aunque no necesariamente libros. Leer hoy es leer el comentario del comentario de la novela de moda. O escuchar una entrevista. O ver la foto del libro con la taza de café. Tampoco somos tan especiales. En 1904, Vernon Lee ya se burlaba de un conocido que tenía varios estantes de libros falsos: eran solo los lomos. Se trataba de un “caballero científico” que creía ganar puntos al decorar así su estudio. Lee da una vuelta por esos “pseudo estantes” y provee una lista de los títulos –uno más banal que el otro– para concluir con esta máxima que se aplica muy bien a nuestra época: “para los verdaderamente educados, un libro puede hacer su trabajo sin que necesitemos leerlo. Al final tengo que admitir que esos volúmenes destripados podían prescindir de sus páginas: ya lo habían dado todo en la cubierta.”

En ese mismo ensayo, Lee se divierte creando subcategorías de “libros que no necesitan ser leídos para cumplir su función”, entre los cuales se destacan “aquellos que nos prestaron sin que los pidiéramos y, en un grado superior, aquel libro que se ha discutido tanto en sociedad que ha amoblado miles de conversaciones, por lo cual, leerlo sería un acto de pedantería, o sea aceptar que una es esclava de los títulos de las cosas sin percibir su esencia, en este caso ya agotada en la función que ese libro ya ha sido capaz de realizar”.

En esa misma lógica, más de un siglo después, se multiplican los clubes de lectura y los comentaristas en redes. Se da una paradoja rara: se lee cada vez menos, pero el circuito demanda cada vez más novedad. Por otra parte, la dictadura de la actualidad determina un único modo de (pseudo) lectura: desde el realismo, buscando contenidos, temas que se resuman bien en redes. En una especie de distopía que hubiera horrorizado a Steiner, la copia y el comentario sepultan a las obras. Ni siquiera se trata ya de expertos. Los mecanismos de legitimación del siglo XX no corren más. Ni la academia, ni los premios, ni el periodismo cultural son lo que eran. La época ama lo que Beatriz Sarlo llamó “el cualquierismo”. Eso produce una especie de territorio sin mapa, un mar compuesto de olas de fama efímera y un fondo misterioso, inexplorado. A nadie le interesa ya la forma, que es lo único que diferencia a la literatura de todo lo demás en ese mar de espuma.

Un ejemplo de cómo funcionan esas olas. Hace unos días, el diario inglés The Guardian celebró en redes a una nueva generación de poetas que “está rompiendo récords de venta”. Encima, el artículo aclaraba que no era culpa de La Odisea refiriéndose al film y no al libro, obvio). Lo que me llamó la atención no fue tanto que un diario que siempre privilegió las críticas serias cayera en estrategias clickbait sino la cantidad y virulencia de los comentarios de los usuarios. Cito: “la mitad de estos autores no tiene educación alguna en poesía. Escribir la primera frase que te viene a la mente y quebrarla en cualquier lado para crear un verso no la transforma en poesía. Lean algo de Heaney o de Plath si buscan poemas auténticos”. Otro decía que las redes democratizaron la literatura, “lo cual equivale a decir que celebran la mediocridad”. Me impresionó aún más que una de las poetas celebradas por el artículo (alguien que tiene 237 mil seguidores en IG) contestara a varios de los comentarios. Su defensa era el “trabajo”. Citaba la cantidad de libros que había publicado y los años que le había llevado escribirlos… Debajo de su nombre y su foto, el posteo del diario consignaba los premios que había ganado y los temas a los que se dedicaba: “sexo, maternidad, nostalgia, política, poder y amor”. Quizás sus poemas sean magistrales, no lo sé. Solo sé que yo también, igual que Vernon, me quedo con la idea de que ya los leí.

martes, 29 de septiembre de 2026

"Pocas ciudades tienen una circulación tan visible del libro que ya perdió su condición de novedad"

El pasado 27 de septiembre, Guillermo Piro publicó la siguiente columna en el diario Perfil. Trata de aquellos libros que no entran en las estadísticas.

Los libros que no cuentan

En Buenos Aires los libros reaparecen. Uno los abandona en un volquete, los vende una familia que necesita hacer lugar, los compra un librero por kilo, los rescata alguien de una mesa instalada en la vereda y después de una cantidad indeterminada de años vuelven a entrar en una casa. El ejemplar cambia de dueño, el libro vuelve a ser leído y para las estadísticas no pasó nada.

Cada tanto se publican cifras alarmantes sobre la caída de la lectura. Se imprimieron tantos ejemplares, se vendieron tantos, los lectores abandonaron tal género. Los números tienen esa autoridad un poco abusiva del llegó a horario a una reunión y pasó lista. El problema es que cuentan lo que pueden contar, y lo que pueden contar coincide on lo que el mercado quiere saber: cuántos libros nuevos salieron de las librerías, qué títulos recuperaron la inversión, qué autor vendió más. La lectura queda reducida a una operación comercial.


Los libros usados no figuran. Tampoco suelen figurar los saldos, ese subsuelo de la industria editorial que en Buenos Aires ocupa depósitos, locales, ferias, mesas callejeras, kioscos de diarios y librerías enteras. Un título cuyo precio lo volvía inaccesible reaparece a una cuarta parte de su valor, amontonado junto a novelas que alguna editorial liquidó para recuperar espacio. Alguien lo compra, lo lee, lo recomienda, se lo presta a otro. Ninguno de esos movimientos modifica las estadísticas que afirman que se lee cada vez menos.

Buenos Aires vuelve especialmente absurda esa omisión. Pocas ciudades tienen una circulación tan visible del libro que ya perdió su condición de novedad. En la avenida Corrientes, en Parque Rivadavia, en Parque Centenario, en Mercado Libre, en las librerías de usados los libros viven una segunda, una tercera o una cuarta vida. Algunos esperan décadas al lector que no encontraron cuando aparecieron. Otros fueron éxitos y sobreviven porque se imprimieron en cantidades enormes. También están los que vendieron poco, desaparecieron rápido y regresan convertidos en rarezas, cuando una conversación devuelve a su autor a la superficie.

La industria considera agotado un título cuando ya no dispone de ejemplares. El libro puede seguir circulando durante cincuenta años mientras para la editorial dejó de existir. Su vida comercial terminó; su vida verdadera a lo mejor recién empieza. Cada ejemplar usado contradice con discreción la idea de que publicación y lectura son fenómenos simultáneos. Se publica en una fecha; se lee cuando se puede, cuando se encuentra o cuando cuesta lo que alguien está dispuesto a pagar.

Los saldos agregan otra dificultad. En ellos se vuelve visible una zona que las cifras generales mantienen borrosa: el precio decide buena parte de lo que llamamos hábitos culturales. Un libro que a treinta mil pesos parecía no tener público descubre, a cinco mil, una multitud de lectores. Sería injusto concluir que el interés nació con la rebaja. Lo que cambió fue la posibilidad de convertirlo en compra. La estadística va a registrar la mala venta inicial, pero difícilmente va a contar con el mismo entusiasmo la resurrección posterior.

Esto no significa que las cifras sean falsas. Significa que contestan otra pregunta. Informan cuántos ejemplares nuevos se vendieron por los canales que aceptan ser medidos, no cuántas personas leyeron, qué leyeron ni de qué manera llegaron a esos libros. Confundir los datos permite transformar una crisis de ventas en una crisis de lectura y atribuir al desinterés del público lo que también puede explicarse por el precio, la distribución, la desaparición de títulos o la obstinación de considerar muerto lo que ya no figura en un catálogo.

Tal vez por eso las bibliotecas particulares de Buenos Aires se parecen tan poco a las listas de novedades. Están hechas de herencias, préstamos nunca devueltos, compras de ocasión, liquidaciones, mesas de saldo y ejemplares levantados de la calle. Cuando llegue la próxima estadística para informarnos cuánto leemos, convendría recordar esa circulación subterránea. Debajo de cada cifra quedan miles de libros que pasaron de una mano a otra sin dejar comprobante.

martes, 1 de septiembre de 2026

"A diferencia de la cultura, el espectáculo necesita presente y necesita público"

Otra vez Guillermo Piro pone el dedo en la llaga. Esta vez en su columna del pasado 29 de agosto en el diario Perfil. Allí intenta una división entre las palabras "cultura" y "espectáculo". Así es como le fue.

La palabra equivocada

La palabra cultura tiene un problema bastante más grave que el de haberse vuelto imprecisa: empezó a servir para todo. Raymond Williams decía que era una de las palabras más complicadas de la lengua inglesa, pero tal vez es una palabra complicada en todas las lenguas. Se habla de cultura para referirse a un concierto, una feria, una película, un museo, una política pública, una fiesta municipal, una serie de televisión, una exposición, una conferencia, una degustación de gin con música electrónica, un recital de bachata. Cuando una palabra empieza a significarlo todo, por lo general ya no significa gran cosa. La mayoría de las veces que decimos cultura deberíamos haber usado otra palabra. A veces queremos decir arte. Otras, espectáculo. También industria, patrimonio, educación, tradición, consumo, turismo, mercado, difusión. Incluso propaganda. Pero nadie quiere ser secretario de Entretenimiento Municipal ni director de Consumo Artístico.

Un recital necesita escenario, sonido, productores, entradas, difusión, auspiciantes. Todo perfectamente legítimo. Lo extraño empieza cuando a ese conjunto de operaciones se lo llama cultura, como si la palabra transfiriera al acontecimiento una profundidad automática. Conviene entonces traducir. “Evento cultural”: espectáculo; “industria cultural”: industria; “consumo cultural”: consumo; “agenda cultural”: cartelera; “experiencia cultural”: algo por lo que tendremos que echar mano a la billetera. Una sociedad necesita teatros, editoriales, cines, conciertos, museos, festivales y personas capaces de organizarlos. El equívoco consiste en imaginar que cultura es el nombre general de todo eso, cuando tal vez sean apenas algunos de los lugares por donde la cultura pasa. Este mismo suplemento se llama “Cultura”. Debería llamarse “Los Papeles de Caifás”. O “El Topo”.

Una tragedia griega puede sobrevivir siglos sin escenario. Un verso de Quevedo atraviesa generaciones sin departamento de prensa. Un tango mal grabado hace ochenta años todavía puede arruinarle la tarde a alguien. Roma desapareció como poder político y Virgilio siguió circulando. Cultura podría ser precisamente eso: algo capaz de persistir cuando el aparato que lo produjo ya desapareció. El espectáculo tiene otra fisiología. Necesita presente y necesita público. De ahí su fascinación por las cifras: treinta mil asistentes, dos millones de visualizaciones, entradas agotadas, noventa por ciento de ocupación hotelera. Esas cifras pueden demostrar éxito, circulación o rentabilidad. No necesariamente cultura.

Nuestra época, que desconfía de lo que no puede medirse, intenta medirla también. Cuenta espectadores, ejemplares, clics, seguidores. El problema es que la cultura suele producir sus efectos donde la estadística pierde el rastro. Un libro leído por trescientas personas puede modificar una literatura. Otro del que se vendieron dos millones de ejemplares puede desaparecer antes que su autor. Por eso resulta cómico escuchar que determinada política “acerca la cultura a la gente”, como si estuviera guardada en un depósito esperando camiones que la distribuyan. Una mujer que escucha todas las tardes la misma grabación de Gardel puede tener con la cultura una relación más intensa que un funcionario que inaugura siete centros culturales por semestre. Pero esa mujer no produce una buena foto. Y la foto importa porque el espectáculo debe probar constantemente que existe. La cultura puede funcionar al revés: pasar inadvertida cuando nace, dormir cincuenta años en una biblioteca y reaparecer en manos de alguien que ni siquiera había nacido cuando fue escrita. No habría nada malo en llamar espectáculo al espectáculo. Puede ser magnífico, inteligente, inolvidable. Tampoco la cultura es por definición buena, elevada o edificante. La diferencia no establece jerarquías: intenta devolverle a cada cosa su verdadero nombre.

Tal vez convendría usar menos la palabra. Cada vez que estemos por pronunciarla, probar antes con otra: arte, libro, música, cine, teatro, costumbre, tradición, industria, espectáculo, mercado, entretenimiento, memoria, publicidad. Si ninguna alcanza, entonces quizá sí estemos hablando de cultura.

miércoles, 15 de julio de 2026

"La confusión: en equiparar 'interés' con 'ideología'”

Profesor del Departamento de Filologías Hispánica y Clásica de la Universidad de La Rioja, España, Alberto Escalante Varona publicó en The Conversation un artículo sobre la identidad que define a los lectores. El mismo fue levantado por InfoBAE, el pasado 7 de julio. En su bajada se lee: "Las redes sociales y los consumos informativos estrechan la diversidad y fomentan la autoafirmación, mientras crece la tentación de equiparar los libros elegidos con una postura política2.

La identidad lectora, entre la curiosidad intelectual y la presión de pertenecer

En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a opinar. Entrar en las conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos sobre la mesa nuestra ideología, creencias y pensamiento. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la guerra civil española. Mucha gente puede pensar que al hacerlo es porque coincido con la forma que tiene el autor de entender este conflicto, que comparto su ideología. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o, incluso, incorporarlo al mío?

Dos identidades
Entonces, ¿“somos lo que leemos”? Lo complejo es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí reside la confusión: en equiparar “interés” con “ideología”, y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos llegar a pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. A grandes rasgos, es un concepto que se refiere a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como personas. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad lectora deriva de esto. Puede definirse como la forma en la que nos vemos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce leer, y qué valores y usos le asignamos. Y se basa necesariamente en nuestras prácticas. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿En nuestros círculos sociales se aceptan esos libros? ¿Qué parte de esa identidad es privada y cuál proyectamos hacia los demás?

Tenemos que tener en cuenta que leer es una acción consciente: para hacerlo, debemos tener predisposición a coger un libro y dedicarle parte de nuestras horas. En un sentido práctico, leemos aquello en lo que nos interesa emplear nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, la lectura no es solo eso. Implica una curiosidad que determina qué queremos aprender, aunque el tema o el enfoque no encaje con nuestras ideas previas. En ese caso podemos hablar de que tenemos predisposición para coger ese libro, no solo en sentido práctico sino también intelectual.

Igualmente, qué leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará qué piensan otros, cómo reaccionan, cómo actúan. Pero las redes sociales funcionan antes como “cámara de eco” masiva y descontrolada que como vía de acceso a un conocimiento variado y múltiple. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. También los medios de comunicación que consumimos consolidan nuestras ideas, sin darnos opción a que recibamos otros puntos de vista. La “cámara de eco” sustituye a la “burbuja de conocimiento”: no ignoramos involuntariamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Por eso, conviene reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante establecer “qué leemos” o “para qué leemos”?

El autor no es nadie sin el receptor
A partir de los años 60 del siglo XX, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el sentido que los lectores le asignamos, más que el original que le dio su escritor. El escritor Umberto Eco, de hecho, aseguraba que toda obra tiene un “lector modelo”. El autor escribe condicionado por quién va a leer su texto y podrá entenderlo: la literatura se sostiene principalmente sobre interpretaciones externas.

Actualmente, este punto de vista se ha “suavizado” bastante. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se recibe. Pero también que un autor puede escribir con una intención personal, no solo limitado por el contexto y las expectativas. No está tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad lectora establece un “horizonte” de expectativas. El contenido del texto conectará con ellas y condicionará cómo lo vamos a entender y analizar. No somos agentes “pasivos”, que solo recibimos lo que un autor nos dice. Al contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y qué tiene que ver esto con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. Pero ¿nos interesa solo lo que coincide con nuestro punto de vista, o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se juntan dos perspectivas. La primera, que cuantos más puntos de vista adquiramos, más complejas serán las conexiones que podamos establecer entre ellos. Y la segunda, que esto forma parte de nuestra identidad lectora, basada no tanto en qué queremos leer como en que queremos leer. Confundir esas definiciones limita enormemente la riqueza de esta forma de acceder al conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de leer como acto, no la que podamos tener, o no, con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad lectora
Las cámaras de eco preocupan en diferentes ámbitos: la política, la prensa, el entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por ello se busca fomentar la capacidad de los alumnos de decidir autónomamente qué leer, guiándoles para que compartan sus experiencias lectoras.

El objetivo es que ya desde niños desarrollemos la identidad lectora: leer por ocio se debe mezclar con el análisis de otros textos para que, tras trabajar con lo que nos interese, podamos ir ampliando nuestros intereses hacia nuevos libros.

Y esto también se aplica al público adulto. Varios estudios sostienen que las actitudes y valores se estabilizan en torno a los 18-25 años. Pero eso no significa que la inquietud cultural se estanque. Al contrario, puede mantenerse en el tiempo si seguimos abiertos a conocer otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir ideas y contrastarlas enriquece el aprendizaje, infantil o adulto. Poco podremos avanzar si nuestra propia postura no es crítica, si nos enrocamos en una única visión sobre los temas de los que conversamos, si culturalmente adoptamos bandos, no posiciones fundamentadas. En definitiva, si nuestra identidad lectora solo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a conocer lo nuevo, a mantener la curiosidad intelectual que debe sostener el hábito práctico de leer.






martes, 7 de julio de 2026

"Hoy casi nadie necesita una hoguera"

El pasado 30 de junio, el periodista, investigador y documentalista colombiano Diego Aretz publicó en su blog de El Espectador, de Colombia, el siguiente artículo que se ocupa de los múltiples modos que asumió la censura editorial a través de las épocas.



Contra la censura

Hay una escena que se repite con una puntualidad admirable: alguien convencido de que un libro es demasiado peligroso para circular libremente. Cambian los imperios, las sotanas, los uniformes y los algoritmos. Cambia incluso el vocabulario. Ya casi nadie habla de herejías; ahora se habla de contenidos sensibles. Pero el impulso sigue siendo exactamente el mismo: administrar la imaginación ajena.

El poder siempre ha sospechado de las bibliotecas. Y con razón. Una biblioteca es un lugar donde la autoridad pierde el monopolio de la conversación.

La historia de la censura es, en el fondo, la historia de gobernantes que sobreestimaron el poder de prohibir y subestimaron el de la curiosidad.

En 213 a. C., el primer emperador de China, Qin Shi Huang, ordenó quemar libros y enterrar vivos a centenares de eruditos confucianos. El objetivo era elegante en su brutalidad: si desaparecía el pasado, el presente sería incuestionable. Dos mil doscientos años después seguimos leyendo a Confucio. Del emperador apenas recordamos que le tenía miedo a los libros.

En 1559, la Iglesia publicó el Index Librorum Prohibitorum, una lista de obras cuya lectura podía costarle a un católico algo más que una discusión familiar. Allí terminaron Copérnico, Galileo, Descartes, Voltaire, Rousseau, Kant y decenas de autores cuya mayor insolencia había sido pensar por cuenta propia. El índice sobrevivió más de cuatro siglos. Fue abolido en 1966. Los libros sobrevivieron bastante mejor.

La obsesión nunca fue únicamente religiosa. Las llamadas brujas no sólo fueron víctimas del delirio sobrenatural. Muchas eran mujeres que conservaban conocimientos sobre medicina, botánica, partos o anticoncepción fuera del control de las universidades, casi exclusivamente masculinas, y fuera del monopolio eclesiástico. El problema no era la escoba; era la autonomía. Toda autoridad desconfía de quien sabe algo que ella no certificó.

Después llegó la Revolución Francesa y el miedo cruzó el Atlántico hablando francés.

La Corona española comprendió muy temprano que una imprenta podía ser más subversiva que un cuartel. En la Nueva Granada, los funcionarios revisaban baúles, inspeccionaban cargamentos y perseguían traducciones. No era paranoia: Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Diderot, Paine y los enciclopedistas estaban enseñando algo insoportable para cualquier imperio: que la autoridad también podía discutirse.

Mientras los barcos transportaban cacao, tabaco y oro, entre sus tablas viajaban ejemplares clandestinos de El contrato social o de Los derechos del hombre. La independencia latinoamericana no empezó con un grito. Empezó con una lectura.

Hay una ironía deliciosa en todo esto: España logró controlar puertos, aduanas y periódicos, pero nunca consiguió controlar el acto más peligroso de todos. Un lector solo con una vela encendida.

La censura tiene además una virtud extraordinaria: envejece peor que aquello que intenta destruir.

Madame Bovary fue llevada a juicio por inmoral. Ulises fue declarado obsceno. Lolita fue prohibida en varios países. 1984 ha sido censurada tanto por gobiernos comunistas como por gobiernos anticomunistas, un privilegio reservado únicamente para los grandes libros: incomodar a bandos enemigos al mismo tiempo.

Quizá por eso desconfío de quienes imaginan la censura como una reliquia del siglo XX.

Hoy casi nadie necesita una hoguera. Es mucho más eficiente fabricar consenso. No hace falta prohibir un libro si puede convencerse a una editorial de no reeditarlo, a una universidad de no enseñarlo, a una plataforma de no recomendarlo o a miles de personas de que leerlo constituye una falta moral.

Es una censura infinitamente más sofisticada porque, además, consigue que quienes la ejercen crean estar ampliando libertades.

Las últimas dos décadas han perfeccionado una forma particularmente moderna de inquisición. Ya no siempre se queman libros; se queman reputaciones. Autores como J. K. Rowling, Woody Allen o Junot Díaz han terminado atrapados, por razones muy distintas entre sí, en un tribunal permanente donde el veredicto suele anteceder al juicio y la condena casi nunca admite apelación. No estoy diciendo que las críticas sean ilegítimas. Al contrario: toda figura pública debe poder ser cuestionada. Lo inquietante es otra cosa. Que cada vez con más frecuencia el objetivo no sea debatir una obra, sino volverla ilegible; no sea refutar una idea, sino convertirla en un objeto tóxico.

Las tribus contemporáneas han heredado un viejo reflejo inquisitorial: ya no preguntan qué escribió alguien, sino si todavía está permitido leerlo. Cambian los dogmas, pero permanece intacto el placer de confeccionar listas de autores permitidos y autores prohibidos. Toda época fabrica su propio Index; la nuestra tiene mejor diseño gráfico y conexión a internet.

Pienso en Woody Allen. Recomendar Cassandra’s Dream no equivale a emitir un fallo judicial sobre su director. Del mismo modo que leer a Céline no convierte a nadie en antisemita ni admirar a Caravaggio obliga a defender que asesinara a un hombre. Si sólo aceptáramos obras producidas por seres moralmente impecables, nuestras bibliotecas cabrían en una servilleta.

Y, sin embargo, tampoco me convence esa consigna tan repetida de “separemos la obra del autor”. Nunca he sabido muy bien qué significa. Las obras no caen del cielo; las escriben personas, con todas sus contradicciones, miserias, virtudes y zonas oscuras. Quizá la propuesta deba ser otra: no separar la obra del sujeto, sino dejar de exigir sujetos perfectos para poder acercarnos a una obra. La literatura, el cine y el arte son, entre muchas cosas, registros de la complejidad humana. Si esperamos impecabilidad moral como requisito para leer, terminaremos leyendo muy poco y entendiendo todavía menos.

Sujetos perfectos, hasta donde sé, sólo los ángeles.

Y todavía no conozco al primero.

Hablando de política, siempre me ha parecido que nos preocupan demasiado los individuos y demasiado poco las ideas. Discutimos nombres propios como si fueran el centro de la historia, cuando casi siempre son las ideas las que sobreviven a quienes las encarnan. Los caudillos pasan. Las ideologías mutan. Los partidos cambian de color. Pero las ideas permanecen.

Y hay ideas que vale la pena defender incluso cuando resultan incómodas. No porque sean de izquierda o de derecha, sino porque hacen posible que existan todas las demás. La libertad de pensar. La libertad de leer. La libertad de amar. La libertad de sentir. La libertad de decir “no estoy de acuerdo”. Son ideas frágiles. La historia demuestra que nunca desaparecen de golpe; se erosionan lentamente, una concesión a la vez, una prohibición razonable a la vez, una excepción bien intencionada a la vez. Quizá por eso merecen ser defendidas con tanta convicción como se defendieron alguna vez las plazas o las fronteras.

Roberto Bolaño desconfiaba de las personas demasiado buenas. Siempre me pareció una intuición brillante. Los monstruos rara vez se presentan como monstruos; suelen llegar convencidos de ser la gente más decente de la habitación. Lo demasiado bueno termina siendo peligrosamente lejano de lo humano. Y cuando alguien cree representar el bien absoluto, la conversación deja de tener sentido. Sólo queda la pedagogía de la prohibición.

Por eso me resulta tan sugerente que Dua Lipa haya impulsado una biblioteca dedicada exclusivamente a libros censurados. El gesto importa porque recuerda algo elemental: una democracia no se mide por los libros que celebra, sino por los libros que tolera aunque le resulten incómodos.

Así que quisiera proponer un pequeño acto de desobediencia intelectual.

Leamos a los censurados. Leamos a los condenados.

Leamos a quienes una iglesia quiso esconder, a quienes un emperador quiso borrar, a quienes una dictadura prohibió y también a quienes una multitud decidió cancelar.

No para darles la razón. No para absolverlos. Sino para conservar intacto el derecho más importante que tiene un lector: decidir por sí mismo.

Después de todo, la mejor reseña de un libro nunca ha sido una faja editorial ni un premio literario.

Es descubrir que, en algún momento de la historia, alguien con suficiente poder sintió la necesidad de esconderlo.

Porque toda censura termina siendo una confesión involuntaria.

No habla de la peligrosidad de un libro.

Habla de la fragilidad de quien necesita prohibirlo.

lunes, 1 de junio de 2026

Fnac, Grasset y la Biblioteca Nacional

La siguiente es una contratapa aparecida en el diario Página 12, el pasado 22 de mayo, donde el escritor Mario Goloboff (foto), residente en Francia durante muchos años, reflexiona a título estrictamente personal, a propósito del estado de los libros y las editoriales en ese país. 


Primeras observaciones de un mundo cultural en descomposición


Entre las múltiples señales que me han llamado la atención, en este obligatorio retorno a Francia para estar junto a los míos en tiempos de depre y de debilidad, hay tres hechos a distinguir en el campo cultural. Una primera recorrida a la FNAC, fundada por dos militantes de izquierda, Max Théret y André Essel en 1954 para vender y distribuir libros baratos, que se llamó así para significar una Federación Nacional de Achats (compras), fundida ahora con otro gigante del comercio; DARTY, y convertida en un líder europeo de la distribución de bienes culturales, juegos, videojuegos, productos técnicos, electrodomésticos, con más de 1500 locales abiertos en el mundo, 30000 empleados y billones de euros de ventas aquí y allá.

Todo tipo de aquellos productos de la modernidad están en los escaparates de los primeros pisos, y el tercero, reservado como siempre a los libros, abarrota los estantes y las cajas de nuevas y bonitas ediciones de las editoriales famosas y con textos de creación de todo el mundo. Predominan en este campo los franceses naturalmente, los italianos, con nuevos autores, algunos latinoamericanos sin importancia como Isabel Allende, o autores de moda como Leonardo Padura, las buenas escritoras argentinas, como Samanta Schweblin y Mariana Enríquez, y escritores de menor cuantía. También los clásicos rusos, los que han quedado a través del tiempo, pero (y eso también llama la atención, nada nuevo ni interesante de los otrora países socialistas después de más de un cuarto siglo de haber caído los muros. ¿Es que no hay autores después del comunismo? ¿Qué se ha hecho de los poetas y escritores que circul

aban los famosos samizdat y llenaban la boca de Occidente en los años del poder soviético?

El otro fenómeno cultural que ensombrecía Francia a mi llegada es el copamiento por parte de la ultraderecha de la voluminosa Editorial Grasset. El grupo Hachette, propietario de Grasset, acaba de echar a un editor respetado, Olivier Nora, desplazado y reemplazado, en la práctica, por un hombre de la casa, el multimillonario Vincent Bolloré, quien atiende principalmente al ideólogo conservador Alain de Benoist, para el que J. J. Rousseau era un filósofo reaccionario, y a los políticos Jordan Bardella, Philippe de Villiers, Marion Marechal Le Pen y otros de la misma especie. Gisele Sapiro, socióloga y directora de investigaciones del CNRS (Centro Nacional de la Investigación Científica) sostiene en Le Monde, de manera alarmante, que el hecho “no representa solo un epifenómeno de la historia del capitalismo financiero” sino que “amenaza el patrimonio cultural e intelectual de Francia”. Dado el “poder de artillería” del grupo Hachette que no maneja solamente Grasset pero también señoras casas como Fayard, Stock, la mayoría de manuales escolares y el 80% del mercado de edición de África francófona.


Entre los más de doscientos cincuenta autores que se han ido de Grasset en solidaridad con Olivier Nora están Dominique Bona, Jean-Paul Enthoven, Delphine Horvilleur, Bernard-Henri Lévy, Richard Malka, Tania de Montaigne, Michelle Perrot... Y el escritor Dan Franck ha denunciado: “Nosotros vivimos un momento fascista-stalinista”. Firmaron simultáneamente un documento de protesta que entre otras cosas sostenía: “Tenemos un punto en común: rechazamos ser los rehenes de una guerra que persigue imponer el autoritarismo en la cultura y en los medios”.

Si para algo sirve la historia, en este caso es bueno recordar el papel de competitividad que jugó el grupo Hachette en la distribución de la prensa después de la Segunda Guerra Mundial, habiendo tenido ya acusaciones de proximidad con el gobierno de Vichy (más que colaboracionista). No sorprende, pues, que los hechos hayan alcanzado dimensión fuera del hexágono y que haya autores internacionales, como el premio Nobel surcoreana Hans Kang, el islandés Jón Kalman Stéfansson, el multinacional All Smith, hayan adherido a la causa “Olivier Nora”.

Otro hecho que conmueve al mundo cultural francés, y más allá todavía, es la crisis que está viviendo la Biblioteca Nacional Francois Mitterrand, que ocupa 365.000 m2 con sus 15 millones de archivos que tocan todas las disciplinas, 3000 lugares para analizarlos, un cine, 1600 empleados de distinto rango y 1,2 millones de visitantes por año. Pero en el edificio principal de los siete sitios que cubre, incluidos los históricos de la rue Richelieu (IIeme) o del Arsenal (IVeme), no funcionan los ascensores, hay “fugas” a repetición de calefacción, la ventilación y la electricidad está vetusta y no hay conformidad con las normas de circulación de personas con movilidad reducida, señalándose una falta de inversión que se agrava por la ausencia de renovación, lo que llevaría a 500 millones de euros el gasto a contemplar en el futuro inmediato para poner todo en orden. Así “el templo de las bibliotecas parisienses” se viene abajo sin que detengan su caída los sucesivos ministros de cultura ni los cultos presuntos candidatos a las próximas elecciones. 

Creo que las tres observaciones sirven para considerar el estado actual de la cultura en Francia, país que siempre se ha destacado por su potencia en tal terreno.

miércoles, 29 de abril de 2026

"Se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva"

El pasado 23 de abril, Ana Gallego Cuiñas (foto), decana de la Facultad de Humanidades de la Unviersidad de Granada, publicó en The Conversation, 
que se define como un sitio de noticias sin fines de lucro dedicado a compartir ideas de expertos académicos. Es un texto sobre "el valor" de la literatura. Se reproduce a continuación.

¿Cuál es el valor de la literatura?

Nadie habla ya del valor de la literatura. O, cuando se hace, se confunde con otra cosa: precio, ventas, listas, premios, traducciones, número de seguidores. Es decir, se confunde valor con circulación. Pero ¿lo más visible es lo que más vale?

Hoy lo literario circula en el mercado como cualquier otro producto: un libro compite con una serie, un pódcast o un videojuego. Ya no organiza nuestra educación sentimental ni ciudadana, como lo hiciera desde el siglo XIX; es una pieza más en la economía de la atención. Y, como tal, obedece a sus reglas. No las del campo cultural –como pensaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu–, sino las del mercado.

El valor es visibilidad
Durante décadas, el valor literario estuvo en manos de una élite: instituciones, academia, crítica, suplementos, premios. Ese ecosistema –nunca neutral, sino atravesado por lógicas mesocráticas, patriarcales y coloniales– dictaba qué valía y qué no, qué era “bueno” y qué quedaba fuera. Su legitimidad descansaba en una noción relativamente estable de “valor estético”: el uso del lenguaje, la complejidad formal. Hoy ese régimen no ha desaparecido, pero ha perdido el monopolio.

La cultura digital ha introducido una lógica distinta: la de la visibilidad, la circulación y la recomendación distribuida. En plataformas como X, TikTok o Instagram, un libro puede convertirse en fenómeno global en días. El caso de Romper el círculo, de Colleen Hoover, es elocuente: tras la atención de la comunidad #BookTok en TikTok el texto no cambió, cambió su circulación. Y con ella, su valor. O, mejor dicho, su visibilidad convertida en valor. Ya no importa solo cómo se escribe un libro: importa quién lo mueve. Ignorar estos nuevos parámetros no es defender la literatura: es renunciar a comprenderla.

No podemos obviar que el capital social, la juventud y lo nuevo han desplazado al valor estético en el capitalismo de plataformas. Importa menos la obra que quien la firma. El escritor ya no es solo autor: es marca, es relato, es cuerpo. Se convierte en lo que podríamos llamar un “sujeto-obra”: algo que se escribe tanto como se exhibe.

Pensemos en la centralidad de figuras como Mariana Enriquez, Sally Rooney u Ocean Vuong: su imagen, sus entrevistas, sus posts forman parte inseparable de la recepción de sus textos. La literatura entra así de lleno en la lógica del espectáculo –de la que siempre ha participado–, pero ahora la celebridad se intensifica y se vuelve radicalmente contingente. La “gran promesa” de hace diez años desaparece con la misma rapidez con la que fue consagrada. En este contexto, el valor ya no se consolida: circula y se agota.
Leer más o mejor

Este desplazamiento no solo afecta al presente: coloniza también el futuro. La literatura contemporánea aparece atravesada por un proceso de festivalización que pone en el centro la figura autoral. El valor no se produce únicamente en el texto, sino en el conjunto de dispositivos que lo rodean: editoriales, ferias, entrevistas, redes sociales. Es lo que el escritor y filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi llama “futurabilidad”: no leer el valor, sino producirlo por adelantado.

El canon no se construye: se programa. Ya no se trata de reconocer el valor, sino de anticiparlo. Las listas, premios o festivales prescriben el canon, transforman la posibilidad en probabilidad y la probabilidad en mandato. En este régimen, lo que importa no es solo qué se escribe, sino lo que puede llegar a ser visible. El futuro de la literatura se fabrica en tiempo real.

Por otro lado, asistimos a una superproducción literaria sin precedentes: se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva, en favor de formatos más evasivos.

En este contexto, leer literatura de vanguardia se ha vuelto un acto de resistencia. No porque sea minoritario, sino porque exige algo que el capitalismo neoliberal desincentiva: tiempo, atención, fricción. Leer literatura no es solo consumir historias, es aprender a percibir. Es detectar lo no dicho, sostener la ambigüedad, desconfiar de lo evidente. Es, en suma, una práctica crítica en un mundo que premia justo lo contrario.

Cómo leemos importa en un momento en que lo literario ya no se limita al libro, sino que se despliega en una cultura narrativa expandida –series, videojuegos, redes, oralidad– que consumimos sin descanso. Pero esa expansión no simplifica la lectura: la vuelve más compleja, más ineludible. Por eso siguen siendo imprescindibles espacios –aulas, librerías, bibliotecas– donde esa cultura se interrogue. Donde no solo consumamos relatos, sino que aprendamos a desmontarlos: a entender que una atmósfera puede ser un dispositivo de poder, que una voz narrativa construye ideología, que ninguna historia es inocente.

El futuro de la literatura
En un ecosistema saturado de relatos rápidos, transparentes y diseñados para la identificación inmediata, la literatura introduce una anomalía: ralentiza, opacifica, incomoda.

Y ahí reside su valor de uso. Frente al valor de cambio –ventas, métricas, atención–, la literatura sigue siendo una tecnología de la conciencia: entrena la duda, desactiva automatismos, ensaya otras formas de vida. No confirma lo que somos: lo desarma. Por eso importa. No como refugio, sino como herramienta. En un mundo gobernado por algoritmos que refuerzan nuestras certezas, la literatura sigue siendo uno de los pocos dispositivos capaces de desprogramarnos.

Y tal vez ahí, en esa resistencia a volverse transparente, se juegue hoy su potencia más urgente: la de abrir grietas en el sentido común. La de devolvernos la posibilidad de pensar y, con ella, la de desobedecer.


viernes, 13 de febrero de 2026

"Otra forma de la cobardía, más cómoda, más barata y menos literaria"


El pasado 18 de enero, Guillermo Piro hizo una reflexión sobre la importancia que antes se le asignaba a la literatura y el lugar al que, durante buena parte de las últimas décadas, quedó relegada. Fue en su columna dominical del diario Perfil.

Cuando la literatura era importante

En el siglo XIX –y con un impulso que se estira hasta bien entrado el XX– la literatura no era solo una actividad sedentaria: también implicaba, como se suele decir para hablar de compromiso, poner el cuerpo. Hoy un escritor se indigna, escribe un tuit sarcástico, bloquea a su agresor y sigue con su vida como si nada. Entonces, en cambio, la cosa se resolvía a primera sangre, a primera bala, o si la suerte acompañaba, a primera anécdota vergonzosa que alguien podría contar décadas después.

Aleksandr Pushkin murió como mueren los románticos consecuentes: por una mezcla de celos, orgullo y una idea exagerada del honor. Un poema podía arruinar una reputación, una reseña podía arruinar una vida, y la respuesta lógica era citar al ofensor en un descampado, medir la distancia y disparar. El resultado es conocido: Rusia perdió a su poeta mayor y ganó una leyenda que todavía hoy sirve para recordarnos que el genio no es inmune a la estupidez viril.

Pero no hace falta morirse para entrar en esta tradición. Giuseppe Ungaretti y Massimo Bontempelli, dos figuras centrales de la literatura italiana del siglo XX, se retaron a duelo –una práctica en 1926 prohibida por ley, pero tolerada si se desarrollaba con cierta compostura– por discrepancias que hoy resultarían casi cómicas. Bontempelli acusaba a Ungaretti de difamación, un hecho que no podía quedar impune. Se dirigió al Caffè Aragno de Roma (hoy un Apple Store), que solía frecuentar Ungaretti, se paró delante del poeta y lo desafió con dos guantazos proverbiales. Se enfrentaron en la villa de Luigi Pirandello, tan adepto a las viejas costumbres, y finalizó cuando Ungaretti resultó levemente herido. El duelo, como suele pasar, fue más teatral que sangriento, pero el gesto quedó: la crítica literaria como deporte de riesgo.

Marcel Proust también pasó por ahí. En 1897 se batió en duelo con Jean Lorrain, crítico mordaz y profesional del veneno verbal, un típico vampiro literario que periódicamente necesitaba una dosis de sangre metafórica. El motivo fue un artículo insultante, en el que Lorrain dalataba a Proust como amante de Lucien Daudet, hijo del respetado escritor Alphonse Daudet; el escenario, el de siempre; el resultado, dos disparos fallidos y ninguna herida leve. Nadie murió, nadie ganó, pero durante unos minutos la alta sociedad parisina pudo comprobar que el autor de Los placeres y los días no era solo un asmático encerrado en su habitación, sino también un hombre dispuesto a defender su vida privada con pólvora.

Albert Camus esperando a Maurice Merleau-Ponty en un banquete solo para propinarle una trompada en pleno rostro: el fenomenólogo había publicado un libro excelente sobre los procesos de Moscú, pero lo había concluido diciendo que esos asesinatos atroces eran necesarios para la revolución.

En la Argentina tal vez el último y más célebre haya sido David Viñas, “Viñas de ira”, como lo llamaba Borges, que por una disidencia literaria le dio una célebre trompada a Héctor Murena.

Todo esto suena hoy a opereta, y sin embargo revela algo que perdimos. No el duelo, por supuesto –nadie en su sano juicio lo reivindicaría–, sino la convicción de que las palabras importan tanto como para exigir consecuencias. El honor era una ficción, pero una ficción compartida, y como toda ficción eficaz organizaba la realidad. Un insulto no se diluía en el ruido general: tenía un destinatario y un precio.

Ahora el precio es otro: la indiferencia. Las polémicas literarias duran lo que dura una tendencia, y la violencia se ejerce de forma más higiénica, más abstracta, menos romántica, más silenciosa. Con desinterés, en suma. Nadie grita, nadie sangra, nadie cae. Quizás sea un progreso. O quizás sea solo otra forma de la cobardía, más cómoda, más barata y menos literaria.

viernes, 22 de agosto de 2025

Nada nuevo, pero con algunos datos

"Investigaciones recientes indican que, cada vez, más personas destinan menos tiempo a los libros. Cómo se manifiesta este fenómeno en distintos países y por qué los más jóvenes son los más afectados." Esto dice la bajada de la nota publicada por Celeste Sawczuk, en el diario InfoBAE del pasado 21 de agosto.

¿Leer por placer es cosa del pasado?: cayó un 40% la lectura recreativa, en los últimos 20 años

La tendencia mundial indica un descenso persistente en la cantidad de personas que leen por placer. De acuerdo con un estudio realizado por equipos de investigación del University College de Londres y la Universidad de Florida —publicado en agosto de este año— la proporción de estadounidenses que practican la lectura recreativa se redujo un 40 % en dos décadas. Una cifra que, aunque parezca un mero ejemplo, es un indicio de un fenómeno que se replica en distintas naciones.

El informe reunió datos de la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en Estados Unidos, que desde 2003 hasta 2023 consultó a más de 236.000 participantes. En 2004, el 28 % de las personas afirmó haber leído por placer en un día determinado; en 2023 esa cifra descendió al 16 %, consolidando un proceso de baja anual del 3 %.

Como se dijo, este fenómeno no es exclusivamente estadounidense. Los hábitos de lectura se modifican a escala global, aunque las cifras y tendencias varían entre países. En España, el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2024 indica que el 65 % de la población lee libros en su tiempo libre, situando al país entre los de mayor índice lector. El 75,3 % de los jóvenes españoles de 14 a 24 años leen por placer, lo que refleja un entorno favorable.

En contraste, Argentina muestra un panorama más desafiante: la Encuesta Nacional de Consumos Culturales señala que en 2022 solo el 51 % de la población leyó al menos un libro en el año, y el consumo lector se encuentra fuertemente concentrado en adolescentes, especialmente por motivos escolares.

A nivel mundial, la plataforma World Population Review posiciona a Argentina entre los 15 países con menor promedio de libros leídos por persona cada año, con una cifra que no supera los dos ejemplares anuales. Esto contrasta no solo con su tradición literaria, sino con eventos culturales masivos como la Feria del Libro de Buenos Aires.

De esta manera, el descenso registrado en Estados Unidos se enmarca en una tendencia más amplia, aunque en algunos países —como España— los índices aún se mantienen elevados, gracias al fomento estatal y social del hábito lector.

La caída no se limita a una forma específica de lectura. El estudio del University College de Londres amplió el concepto tradicional para contemplar libros, revistas y periódicos en papel, digital o incluso formato audio.

A pesar de esto, la baja resulta relevante y preocupante, porque incluye a lectores de plataformas electrónicas y audiolibros, descartando como explicación única la migración hacia soportes digitales.

Factores posibles detrás del descenso en la lectura recreativa
Las razones detrás de la baja en la lectura por diversión son múltiples y aún no existe una explicación definitiva. Los propios autores del estudio estadounidense señalan que su investigación no identifica causas directas, aunque proponen varias hipótesis para futuras líneas de análisis.

Uno de los elementos recurrentes es el uso intensivo de redes sociales y el acceso constante a nuevas tecnologías. El tiempo de ocio tiende a desplazarse hacia actividades en línea, plataformas de video o consumo rápido de contenido digital, reemplazando a la lectura prolongada y reflexiva.

La presión económica y el aumento de horas dedicadas al trabajo también surgen como factores que reducen el tiempo disponible para actividades recreativas como leer.

Las diferencias demográficas agravan la situación. De acuerdo con los resultados de la encuesta estadounidense, en 2023 las personas con mayor nivel educativo tenían el doble de probabilidades de leer por placer que quienes contaban con menor formación.

El nivel de ingreso representa otra variable decisiva: las personas con ingresos altos tenían 1,5 veces más probabilidades de leer que aquellas en situaciones de bajo ingreso.

Estas brechas muestran una tendencia creciente, sugiriendo que el acceso a los beneficios de la lectura se concentra en las franjas más favorecidas, lo cual puede reproducir desigualdades sociales a largo plazo.

El estudio estadounidense remarca un dato especialmente relevante para el futuro de la lectura: aunque más del 20 % de las personas encuestadas conviven con niños pequeños, solo el 2 % manifestó leer con ellos de manera regular.

Esta cifra se mantuvo estable en dos décadas, lo que alerta sobre la potencial profundización de la caída lectoral, ya que la lectura compartida en la infancia suele ser el pilar de la formación de lectores adultos.

En países como Argentina, el consumo de lectura también se encuentra sesgado por la edad y los contextos educativos. La mayoría de los adolescentes leen por exigencia escolar, pero la continuidad del hábito lector en la adultez se diluye. Sumado a esto, la centralidad del libro en formato papel —a diferencia de lo que ocurre en sociedades con más digitalización— puede limitar la expansión de nuevos públicos lectores.

lunes, 7 de julio de 2025

Dónde estamos detrás de un nombre común

El pasado 4 de julio, el crítico y ensayista Daniel Link publicó la siguiente columna de opinión en el diario Perfil, de Buenos Aires. Plantea un problema de difícil solución con el que nos topamos a diario.

Pinta tu aldea

En un seminario sobre artes visuales, hablé sobre el nombre “Latinoamérica”. Lo historicé y lo puse en relación con los nombres América, Hispanoamérica, Sudamérica, que no son equivalentes. Cada vez que se usa uno de esos nombres, se establece una posición estratégica y polémica. “Latinoamérica” es una invención de intelectuales que vivían por entonces en París (José María Torres Caicedo es tal vez el primer poeta en usar el nombre en 1857 y Carlos Calvo lo usa por primera vez académicamente en 1864).

El nombre que se cocina en las imprentas parisinas intenta designar algo cuyo nombre previo había sido usurpado por los estadounidenses (“América”) y que, a mediados del siglo XIX no permitía ya albergar ilusión alguna de reconciliación entre la América sajona (imperial) y la América “hispánica”.

El nombre, sin embargo, no prende. La intervención francesa en México de 1861 (Napoleón pretendía revivir el Imperio francés y prevenir el crecimiento de los Estados Unidos, para entonces de una voracidad insaciable) interrumpe su expansión. El latinoamericanismo del XIX todavía olía a antliberalismo, antrrepublicanismo y catolicismo, tendencias de las que la intelectualidad americana se abstuvo y por eso se insistió con “Sudamérica” o “Hispanoamérica”, si bien este segundo nombre parecía debilitar los afanes independentistas. Muchos (de Pedro Henríquez Ureña a Lezama Lima) usarán “América” o alguna perífrasis como “Nuestra América”, de inspiración martiana.

Recién en la década del 60 del siglo XX, “Latinoamérica” se convertirá en un nombre estrella de la cultura pop. Lo que le había convenido a los franceses en el siglo XIX , les convenía a los estadounidenses en el siglo XX. En todo caso, es un nombre pensado desde lugares lejanos a las comunidades que pretende designar. Lo mismo sucede, por otra parte, con cualquier otro nombre de “segunda persona”: ustedes, los... (completar con lo que se quiera).

Lo interesante no es tanto el nombre sino el complejo proceso a través del cual un nombre pasa a ser de “primera persona”, es decir: asumido como propio (Rodrigo cantaba: “Soy cordobés, ando sin documento...”, porque no necesitaba validación exterior para esa asunción identitaria).

Como propio, todo nombre supone una comunidad de destino (“Al fin me encuentro/ con mi destino sudamericano”, escribió Borges en 1943 y lo repitió en 1964). ¿Sabremos cuál es nuestro destino latinoamericano?

Henríquez Ureña trató de evitar toda tentación totalizadora (por totalitaria): “Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos”. Los nombres señalan, pues, puntos de vista tanto como lugares. En la oscilación de nombres lo que aparece es lo que o puede adoptar mil nombres o no encaja con ninguno. Es lo que Silviano Santiago llamó “entre-lugar”: el lugar de la impureza.

Se habla de la “latinoamericanización” de Buenos Aires. Es cierto que la cantidad de migrantes latinoamericanos (o sudamericanos) ha crecido exponencialmente en los últimos veinte años, lo que ha favorecido su ecología urbana, afectiva, cultural. Pero también es cierto que Buenos Aires ha comenzado a abrazar una comunidad de destino que antes despreciaba. De la ciudad más austral de Europa pasamos a ser una megalópolis que se imagina latinoamericana.

Dije más cosas, pero lo que verdaderamente importa es lo que sigue. Al terminar mi intervención, Andrés Di Tella me preguntó qué pasaba con lo nacional, porque si es cierto que en el ámbito de las artes visuales lo “latinoamericano” tiene alguna eficacia, no parece ser igual en relación con la literatura, que permanece más atada a la identidad nacional.

Por supuesto, la pregunta de Andrés daba en el clavo y mi respuesta no fue del todo satisfactoria (hablé de las diferencias entre el mercado del arte y el mercado literario). Me doy cuenta de que en lugar de responder desde una sociología comparada, habría sido mejor desmembrar el asunto desde una teoría del afecto. Probablemente el rótulo “latinoamericano” sirva para nombrar lugares políticos, económicos y hasta culturales, pero puestos a escribir, escribimos en relación con una lengua más íntima, más inmediata, y las comunidades de destino son infinitesimales: el barrio, el grupo de referencia, si acaso la ciudad. Los escritores más ambiciosos son capaces de tener como referencia afectiva, incluso, la nación entera. Pero es raro. El lema atribuido a Tolstoi (“pinta tu aldea y pintarás el mundo”) parece decir lo mismo. Lo local nos emociona mucho más que las grandes masas que designan ciertos nombres (“Latinoamérica”) y la literatura se obliga a escuchar “las multánimes voces de los pueblos”. Se instala en un entre-lugar, o en un lugar que no tiene nombre.