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viernes, 22 de mayo de 2026

"Preeminencia total del mercado"

Lo que sigue es la columna de Damián Tabarovsky, del domingo 17 de mayo, en el diario Perfil, de Buenos Aires. En ella se refiere a algunas editoriales, célebres por publicar buenos libros como Jorge Álvarez, de Argentina, y Barral Editores, de España. Señala en el artículo que más tarde, la edición española, ocupada como está ahora en el mercado, entró en una lenta decadencia.

Una vieja editorial

Hace algunos años participé de una mesa redonda (como espectador, por supuesto, nunca en mi vida hablé en público) sobre la edición argentina, en la que se reprodujeron, uno tras otro, sin ninguna reflexión crítica, todos los lugares comunes, todos los mitos (en la acepción trivial del término) que dan vueltas por el imaginario cultural autóctono. Uno, por ejemplo, es la superioridad de la edición nacional, en especial la de los años 60, por sobre la de los otros mercados hispanohablantes. Que Jorge Álvarez esto, que Jorge Álvarez lo otro, bla, bla, bla. Es evidente que de Puig al Viñas de Literatura argentina y realidad política, de la traducción de Rodolfo Walsh de El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, a Los pollos no tienen sillas, de Copi, y muchos más, el catálogo de Jorge Álvarez tenía un conjunto de libros extraordinarios y una mirada única como editor. Pero también había colecciones enteras de basura comercial, libros fallidos, libros que nacieron envejecidos de antemano, cocoliches sin ton ni son (como la colección “Crónicas” que dirigía Julia Constela), e incluso traducciones mediocres (la propia versión de José Bianco del El puente sobre el río Búho, también de Bierce, no parece del mismo traductor de The Turn of the Screw de Henry James, traducida excepcionalmente como Otra vuelta de tuerca, para la colección La quimera, de Emecé, en 1945).

Contemporánea de Jorge Álvarez, en una España que ingresaba al franquismo tardío, es decir, a una cierta apertura, tengo una especial preferencia por los primeros años de Anagrama, o por las colecciones “Acracia” –de pensamiento anarquista– y “Los heterodoxos” –dirigida por Segio Pitol–, ambas en Tusquets, y sobre todo por el catálogo de Barral Editores, fundada por Carlos Barral en Barcelona en 1970. Nunca más la edición española fue tan interesante como entonces (creo que estoy en condiciones de afirmar que no solo su mercado editorial, sino que la propia España nunca fue tan interesante como a mediados de los 70). De hecho, ahora mismo, tengo en mis manos dos de mis libros favoritos de Barral, creo que nunca más reeditados, y por lo tanto casi inhallables en castellano. Uno es ¿Los oye usted? de Nathalie Sarraute, publicado en 1974, recubierta de una funda de acetato transparente, verdadera genialidad gráfica que, además de a mí, me consta que fascinaba a Luis Chitarroni (ah, Luis me decía, “Si un día llegás a ser editor tenés que reeditar esa novela”, y yo le contestaba, “pero, Luis, ser editor no es ‘llegar’, no es un punto de llegada sino de partida, la partida hacia el fracaso”). Es esa una de las mejores novelas de Sarraute, redundancia obvia, ya que todas las novelas de Sarraute son obras maestras, de las mejores que se han escrito en el siglo XX. El otro es Sobre literatura rusa. Itinerario de lo maravilloso, de Angelo Maria Ripellino, publicado en 1970 en la colección de bolsillo de Barral, que incluía títulos notables, como Ferdinand, de Louis Zukofsky, o Realismo y utopía en la Revolución Francesa, de Babeuf. La interpretación de Petersburgo de Andrei Biely como “un poema de sombras”, lleno de pantanos, niebla y oscuridades es de las más convincentes que leí. Luego, como es sabido, la edición española entró en una larga e interminable decadencia, marcadas por cuatro palabras: preeminencia total del mercado.

martes, 2 de diciembre de 2025

"Pequeña vanagloria del argentino recalcitrante"

Damián Tabarovsky, en su columna del diario Perfil, del domingo 30 de noviembre, reflexionó sobre dos poemas e hizo el elogio de dos traductores, uno español y otro mexicano.

Dos poemas

Así comienza Un poema no escrito de W.H. Auden: “Mientras espero tu llegada mañana, me encuentro pensando Yo te amo: entonces me viene el pensamiento: Me gustaría escribir un poema que expresara exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras”. El poema es de 1960, un momento de transición en su obra. Auden ya no es el optimista militante de su primera época en Inglaterra, pero todavía no es el poeta que coquetea con cierta abstracción en su estadía en Estados Unidos, ni mucho menos el nuevamente crítico de su vuelta final a Inglaterra en su libro póstumo Gracias, niebla (“ningún sol estival logrará nunca/disipar la total oscuridad/vertida en los periódicos”). Transición es una palabra extraña, y si bien sus sinónimos son evolución, metamorfosis o conversión, para mí tiene más que ver con incerteza, incertidumbre, e incluso descubrimiento. Ese no saber se instala en el poema de Auden, poema en prosa, escrito en cincuenta párrafos, en el que en los cuarenta y nueve restantes se intenta vanamente dar respuesta a ese deseo loco de formular un pensamiento con exactitud. Pero expresar exactamente lo que se piensa es imposible. En el último párrafo Auden reconoce la derrota: “Así que ese poema quedará sin escribir”. Y luego, resignado, agrega: “Eso no tiene importancia. Mañana tu llegarás; si yo estuviera escribiendo una novela de la que ambos fuéramos personajes, sé exactamente cómo te saludaría en la estación: adoración en el ojo; en la lengua bromas y obscenidades. Pero ¿quién sabe exactamente cómo te saludaré? ¿La Dama Bondad? Vaya, es una idea. ¿No podría uno escribir un poema (algo desagradable, quizás) sobre ella?”

Cambiando de tema (¿pero venía hablando de algún tema?) la traducción del poema de Auden es de Javier Marías, publicada por la editorial española Pre-Textos. Es una traducción excelente. Un lugar común de la pavada nacional consiste en pensar que fuera de Argentina no se hacen buenas traducciones, que las traducciones hechas en España, Colombia o México son ilegibles. Pequeña vanagloria del argentino recalcitrante. Cualquiera que lea la traducción de Marías de Autorretrato en un espejo convexo, de John Asbhery, comprobará que es mucho mejor que las varias traducciones argentinas del mismo poema que circulan por ahí. Otro tanto ocurre con Briggflatts y otros poemas, de Basil Bunting, traducido por el mexicano Aurelio Major para la editorial Lumen. El libro es extraordinario, la traducción también. Habitualmente se asocia a Bunting con el objetivismo norteamericano, un poco como si fuera el único inglés de ese grupo de estadounidenses. Algo de eso es cierto, pero también es cierto que Bunting expresa una singularidad en ese grupo, una posición personal. Algo propio que podría enunciarse así: mientras que W.C. Willams piensa que “no hay ideas sino en las cosas”, Bunting vendría a expresar la inadecuación entre las ideas y las cosas. Y ese pequeño matiz es precisamente el que explora Major en su traducción. Major toma la decisión de profundizar esa inadecuación entre las cosas y el sentido de las cosas: “Construir para la mujer, los hijos,/los primos, los primos segundos/una casa para recibir invitados.//Alguien como yo no tiene sirvientes ni amigos/en el estado actual de la sociedad/¿Si no construyera para mí/para quién lo haría entonces?”


miércoles, 9 de abril de 2025

"Lo alejado del centro"

Damián Tabarovsky, el domingo 6 de abril, publicó una muy interesante columna en el diario Perfil, de Buenos Aires, donde, atando cabos, desanda un camino de supuestas "verdades", generalmente no cuestionadas, para dar en el clavo sobre la relación entre los países latinoamericanos y España.

Accidentes geográficos

Leí Aforismos cultura y valor, de Wittgenstein (Espasa Calpe, colección Austral, Madrid, 1995, traducción Elsa Cecilia Frost). Tiene un prólogo muy interesante de Javier Sádaba, de quien, hace muchos años, había leído el aún más interesante Religión, magia o metafísica. El otro Wittgenstein (Madrid, Libertarias, 1984), más algunos artículos sueltos sobre temas afines, siempre en el mismo registro de interés. La edición de Espasa Calpe retoma la traducción de Elsa Cecilia Frost (excelente traductora mexicana, muerta hace unos diez años, a quien le debemos, entre otras, traducciones de Werner Jaeger, y también un buen libro propio: El arte de la traición o los problemas de la traducción) que publicó originalmente Siglo XXI en México. Cuando se refiere a ese punto, Sádaba escribe: “la primera traducción al español, por cierto, se hizo en 1981, lo que quiere decir que la editorial sudamericana se dio prisa por ofrecer al lector de habla castellana las páginas de Wittgenstein”. Pero, ¿Siglo XXI de México es una editorial sudamericana? ¿México queda en Sudamérica? Repitan tras de mí: “Al sur de Panamá comienza Sudamérica. Entre Panamá y hasta México es América Central. Y desde México hacia el norte es América del Norte”. Podría decirse que la desorientación geográfica de Sádaba es un error menor, y de hecho lo es. Pero es un error significativo que nos permite pensar varios temas, en especial uno: el carácter lateral, periférico, anómalo, de América Latina. En España, para generar sensación de unidad de la lengua, se usa la expresión “Hispanoamérica”, término absurdo que jamás se usa de este lado del océano. Ni siquiera “Latinoamérica” nos expresa con exactitud, porque nuestros territorios están hechos de una diversidad, por momentos, insalvable. Me gusta, entonces, pensar a Latinoamérica bajo la figura de la excentricidad. Pero no excentricidad como un rasgo de carácter (como sinónimo de raro), ni como un modo de la personalidad (como semejante de extravagancia), ni mucho menos como un prejuicio moral (como una tara), sino simplemente excentricidad como un punto en la topografía: como lo alejado del centro. Y entonces, ahí sí, como lo alejado del centro, del poder, y de los mandatos hegemónicos la literatura (porque de eso estaba hablando, de literatura) se vuelve rara, excéntrica y extravagante. Es esa la mejor tradición latinoamericana. Tradición que, es evidente, se encuentra amenazada ante el llamado de las luces del centro. Cada vez más la literatura que se escribe en esos lares fue perdiendo rareza para convertirse en literatura temática for export. Las grandes multinacionales nos explican que hay un “gótico andino” (y supongo que también habrá otro rioplatense), “narrativas ecofeministas”, y decenas y decenas de nichos más para ocupar en el mercado global. Recordemos algo: Borges fue traducido profusamente recién en la década del 60, cuando ya tenía 60 años: la mejor literatura latinoamericana es indiferente al mercado. O lo era: hoy vemos a los escritores publicar un primer librito y salir corriendo a buscar a un agente, festejar que les lleven sus libros al cine o al teatro (situación que tiene mucho más de horror que de alegría) y etc., etc. La figura del emprendedor neoliberal se encarna en muchos de los escritores (y escritoras) progresistas de la Latinoamérica de hoy.

lunes, 31 de marzo de 2025

Francis Ponge revisitado

Damián Tabarovsky, en su columna del domingo 30 de marzo, en el diario Perfil, de Buenos Aires, retorna a una traducción que hizo del poeta francés Francis Ponge (foto) y la compara con otra, del mismo poema, realizada por el venezolano Alfredo Silva Estrada, lo cual le permite sacar interesantes conclusiones.

Volver sobre una traducción

Hace muchos años, de una pequeña revista de poesía me pidieron una traducción de un poema de Francis Ponge, llamado “La mariposa”, incluido en De parte de las cosas. Es una narración que describe a la mariposa vengando “su larga humillación amorfa de oruga”, bajo el modo de un destiempo levemente trágico (“y, además, llega muy tarde y no puede sino comprobar las flores abiertas”) y del elogio de la errancia (“minúsculo velero de los aires maltratado por el viento como pétalo redundante, vagabundea por el jardín”). Inmediatamente me surgió una primera duda: el poema ya había sido traducido al castellano, ¿debía leer esas versiones? Y mientras pensaba, me encontré ya leyendo una de esas traducciones, la publicada en la editorial Monte Ávila, por el poeta venezolano Alfredo Silva Estrada. Es una buena traducción, bien cercana al texto madre, pero a la vez con buen criterio para resolver con cierta libertad algunos pasajes complejos (de hecho, las frases que acabo de citar provienen de esa traducción). Me asaltó entonces una segunda duda, ¿valía la pena volver a traducirlo? Había quizás un solo momento de la traducción de Silva Estrada con la que tenía algunos reparos. Es una frase en la que Ponge escribe “Dés lors le papillon erratique ne se pose plus qu’au hasard de sa course, ou tout comme”; y que Silva Estrada tradujo como “Desde entonces la mariposa errática tan sólo se posa al azar de su carrera, o dando esta impresión”. Una doble diferencia aconteció frente a esa versión. Primero, el uso de “tan sólo”, que ralentiza la frase, la endurece innecesariamente. Y luego, sobre todo, el final, ese “dando esta impresión” que ancla demasiado el sentido, lo vuelve demasiado pedagógico. Ese es el momento clave del poema: Ponge, el poeta de la materialidad de las cosas, de las palabras minerales, arriesga un toque de liviandad oral, casi infantil: “ou tout comme”. Idea que transmite también una voluntad de dejar la frase inconclusa, o mejor dicho, imprecisa. Y si ese es el instante crucial, es porque ese “ou tout comme”, esa llamada a la vacilación, no responde plenamente al sistema de Ponge, no es un elemento que se encuentre a menudo en su obra. Y entonces, fatalmente, esa situación me interesó. Me importó tocar ese nudo, desatarlo (es decir: atenerse a lo inesperado), forzar la lengua para resaltar ese accidente. Propuse entonces esta modificación, que acentúa lo aleatorio: “desde entonces la mariposa errática sólo se posa al azar de su carrera, o casi”.

¿Es mejor mi traducción que la de Silva Estrada? Por supuesto que no. Por una sencilla razón: porque descreo de la idea de traducciones mejores o peores. No se puede evaluar una traducción por el “frase a frase” (más allá de que existe un talento casi artesanal para resolver los problemas de cada oración). Me interesa, en cambio, sobre todo la exigencia de plantear una estrategia general frente al sentido del texto, luego un conocimiento de la obra del poeta, del poema a traducir, y finalmente, ahora sí, de cada frase. Me interesó encontrar, hacer sobresalir la disrupción, lo inesperado de la sintaxis. Es una estrategia como las hay otras (como la de Silva Estrada, que decidió tomar más resguardos). Pero ocurre, lamentablemente, que cada vez son más las traducciones (sobre todo de narrativa) que ya no se plantean ninguna de estas preguntas.

martes, 4 de febrero de 2025

"¿Qué política se desprende de la traducción?"

La siguiente es una columna de Damián Tabarovsky, publicada en el diario Perfil, de Buenos Aires, el pasado 5 de enero. Trata sobre el criterio de "novedad" y su evidente caducidad.

El estado del presente

Hay una frase de  Marina Tsvietáieva que ya la he citado en al menos tres o cuatro artículos. Son pocos. Hay que repetirla de nuevo: “A propósito de los que supuestamente llevan un retraso de uno o tres siglos, citaré un solo ejemplo: el del poeta Hölderlin, que por los temas que trata, por sus fuentes e incluso su vocabulario, es un poeta de la antigüedad, es decir, llegó a su siglo XVIII con un retraso no de un siglo, sino de dieciocho. Hölderlin, que solamente ahora comienza a ser leído en Alemania, es decir después de que han transcurrido más de cien años, ha sido adoptado por nuestro siglo, y ciertamente no es antiguo. Tras haber llegado a su siglo con un retraso de dieciocho, se ha revelado contemporáneo de nuestro siglo XX. ¿Qué significa este milagro? Significa que en el arte es imposible llegar tarde; que no importa de qué se nutra, ni qué busque resucitar, el arte es por sí mismo avance. Que en el arte no hay retorno, que es movimiento continuo, es decir, irreversible”.

¿Cómo puede ser que un texto escrito en otra lengua, en otra época, en otro lugar, sea actual, aquí, para nosotros? Una primera respuesta es lo que podemos llamar “tentación esencialista”: los grandes textos perduran por siempre. Esta idea –que defienden autores como Harold Bloom o Steiner– es, además de conservadora, errónea. Es cierto que existen grandes textos, pequeños textos, textos mediocres. Pero siempre es el horizonte de la época el que otorga el sentido al texto, el que “decide” si lo vuelve grande o pequeño. El horizonte de la época es siempre el ahora, el presente. La tentación esencialista reposa en el mito de la sustancialidad de los textos, en que los textos cargan con un sentido que no se modifica con el tiempo. A diferencia de la mermelada, los grandes textos vendrían sin fecha de vencimiento (entre la mermelada y la literatura hay una continuidad que todavía no ha sido del todo estudiada). Pero, sobre todo, la tentación esencialista reposa en el mito del futuro. En la inteligencia del lector del futuro. En la apuesta de que lo que no se entiende en el presente en el futuro se entenderá. Como es evidente, en su tiempo no se entendió Finnegans Wake o a Raymond Roussel, y hoy son casi lugares comunes, lecturas “superadas”. ¿Por qué pensar que el lector del futuro va a ser más inteligente, culto, sensible, que el lector actual? Si los textos radicales de una época con el tiempo se vuelven triviales, es precisamente porque la lectura de ese lector del futuro se volvió trivial. Ni el pasado añorado, ni el futuro deseado. El presente es el único horizonte para la literatura y, por lo tanto, para la traducción.

Por supuesto que también hay políticas de la traducción. La ejercen las editoriales, el Estado, los traductores, los medios, la universidad. Cada una de esas instituciones marca su impronta, efectúa una potencia, y no sería demasiado difícil rastrear sus estrategias, sus conflictos, sus intereses. Porque si existe política de la traducción, eso implica que la traducción tiene un componente político. ¿Qué política se desprende de la traducción? ¿Qué política hacia la lengua, el idioma, el presente? Siempre pensé que la literatura, cuando es radical, politiza zonas del discurso que aparecen como apolíticas o políticamente neutras. Una traducción es ante todo una opinión sobre el estado del presente.

lunes, 8 de julio de 2024

"Un combate teórico-político para pensar la lengua"

El pasado 30 de junio, en su columna semanal del diario Perfil, Damián Tabarovsky, citando al 
escritor, periodista, filólogo Victor Klemperer (1881-1960, foto) se refiere a la necesidad de revisar continuamente la lengua para ver cuáles son las rémoras que el presente arrastra de etapas dictatoriales de nuestra historia.

Combates en la lengua

¿Se puede narrar la memoria de la lengua? ¿Devolverle la memoria a una lengua perdida? ¿Dar testimonio del momento en que una lengua se extravía? ¿Tomar nota, en tiempo real, de la densidad de los combates por la lengua? Los diarios de Victor Klemperer van en esa dirección. Noveno hijo de un rabino, nacido en 1881 en una región que hoy pertenece a Polonia, filólogo de profesión, alistado voluntariamente en el ejército alemán durante la Primera Guerra mundial, a partir de 1933 sufrió la persecución nazi: despedido de la universidad, obligado a abandonar su casa y confinado a vivir en una Judenhaus, conminado a realizar trabajos forzados, gravemente enfermo, lo salvó de la deportación el hecho de estar casado con una mujer no judía, según la situación especial de los denominados “matrimonios mixtos” bajo el régimen nacionalsocialista. Klemperer, en ese contexto, escribió un diario e inmediatamente después un libro (LTI es de 1946) en los que toma nota de manera minuciosa, dramática, pero siempre intelectual, de los cambios en la lengua alemana, de la aparición del nazismo como acontecimiento político, por supuesto, pero también y sobre todo como acontecimiento discursivo, como la búsqueda de una nueva lengua alemana. Pocos casos en la historia de la cultura de la modernidad son tan intensos como los libros de Klemperer, intensos en el sentido de un poder de observación in situ para detectar la fascistización de una lengua, los cambios brutales en el habla, en la lengua del poder, pero también en su imbricación con el habla cotidiana, en la lengua de la conversación diaria. Y también, quizás como pocos, para observar las terribles líneas de continuidad entre el fascismo, el nazismo, y el régimen que lo sucedió.

De hecho, así comienza LTI: “Debido a las nuevas necesidades, el lenguaje del Tercer Reich incrementó el uso del prefijo de privación ent (des, de), si bien queda por ver, en cada caso, si se trataba de una nueva creación o de la adopción, por parte del lenguaje de la comunidad, de ciertas expresiones ya utilizadas en círculos especializados. Había que oscurecer las ventanas ante el peligro de los bombardeos aéreos; así pues, luego se requería un trabajo diario de ‘desoscurecimiento’. En caso de incendio, los trastos y escombros no debían obstaculizar el paso a quienes acudían a apagar el fuego; así pues se procedía al ‘desescombro’. Para definir de una manera más amplia la tarea necesaria del presente, se ha acuñado una palabra formada por analogía: Alemania casi sucumbió del todo por causa del nazismo; el esfuerzo por curarla de esta enfermedad mortal se llama hoy día ‘desnazificación’. No creo ni deseo que esta horrorosa palabra tenga una vida duradera; desaparecerá y sólo llevará una vida histórica tan pronto como haya cumplido su deber actual”. La aparición de nuevos giros, nuevas palabras, pueden ser pensado –Klemperer lo piensa así– en sincronía con una derrota político-cultural.

A finales de la dictadura argentina, los textos políticos de Fogwill y de Brocato fueron escritos en esa dirección. Escribo esto en Argentina en junio de 2024, bajo ese régimen que, por pereza intelectual, llamamos “democracia”. Pues bien: sigue siendo imprescindible dar un combate teórico-político para pensar la lengua en las condiciones de producción de la posdictadura.

jueves, 28 de marzo de 2024

Una marca en nuestro tiempo

En su columna del 24 de marzo, en el diario Perfil, de Buenos Aires, Damián Tabarovsky reflexiona sobre la editorial italiana Adelphi, lo que le sirve para reflexionar sobre el papel que les cabe a las editoriales.

Ascender en el anacronismo

En L’impronta dell’ editore, traducido por Anagrama como La marca del editor, Roberto Calasso –escritor e histórico editor de Adelphi– escribe acerca de La cripta de los capuchinos, de Joseph Roth, publicado en su editorial en 1974: “con sorpresa constatamos el modo en que, en un momento en el que la misma palabra ‘literatura’ era infamada, esta novela fue clandestinamente adorada por muchachos de extrema izquierda”. Debemos reparar en la idea de que la literatura, en esos años, era “infamada”. Eran los tiempos del gauchisme, de la radicalización de las ideas de izquierda, que en Europa en los ‘60 todavía tenían un aura festivo y libertario (en el único y buen sentido de la palabra), con el mayo del 68 a la cabeza, pero que ya en los 70, con el surgimiento de diversos grupos de lucha armada y acción directa, habían tomado un giro sectario y mortal. La literatura –la novela como género– era vista como una manifestación burguesa, la herencia degradada de un pensamiento reaccionario que no podía encarnar los conflictos de la lucha de clases y de la revolución en ciernes. En términos editoriales, ese horizonte político implicó una primacía del ensayo –especialmente de las ciencias sociales– sobre la narrativa, es decir, del conocimiento de las “leyes de la sociedad” –que había que conocer, precisamente, para poder cambiar el poder– antes que el de la lectura –siempre sospechosa de hedonista– de una novela. Las palabras y las cosas, de Foucault, publicado en 1966, fue el libro más vendido del año, y aún hoy es el libro más vendido de Francia en los doce meses posteriores a su salida.

Adephi tomó un camino opuesto y, como un cuerpo extraño a la época, apostó especialmente por la narrativa centroeuropea de fines del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial –y en “no ficción” por las Obras completas de Nietzche– antes que por las diversas variantes del marxismo o del estructuralismo o de la novela “experimental”, tan en boga en esos años. El tiempo le dio la razón, y Calasso, en un ejercicio de autocomplacencia, no deja de mencionarlo sin cesar a lo largo del libro. No cabe duda que Adelphi, ya desde su primer libro en 1963 (las Obras completas de Büchner) construyó un gran catálogo narrativo. Flota, no obstante, la pregunta por la tensión entre una editorial y su época. Otras editoriales que luego también se volverían centrales, como la francesa Christian Bourgois Éditeur, por citar solo un caso, no siguieron ese camino, y sus catálogos de principios de los 70 se nos vuelven hoy casi ilegibles (¡Bourgois llegó a publicar en cuatro tomos el Tratado de Economía Marxista, de Ernest Mandel!). Pero, ya en los 80 abandonaron esa línea, volvieron a la ficción, y publicaron buena parte de la mejor literatura contemporánea. ¿Por qué? Porque estuvieron siempre abiertas a la época, arriesgando en el presente, incluso en sus peores desatinos. En cambio, Adelphi poco a poco se fue convirtiendo en lo que es hoy: el museo del buen gusto. Hace mucho que Adelphi no dice nada interesante sobre nuestra época (y cuando lo pretende, apuesta por lo trivialidades, como traducir a Bolaño).

Es que las editoriales sirven para intervenir en el presente, en el aquí y ahora, aún a riesgo de equivocarse y de caer (es decir, ascender) en un maravilloso anacronismo. Sirven para dejar una marca en nuestro tiempo.

martes, 6 de febrero de 2024

"La traducción perfecta a la que, por supuesto, nunca se llega"

En su columna del diario Perfil, del 21 de enero pasado, Damián Tabarovsky escribió la siguiente reflexión a propósito de la revisión que la traductora mexicana Selma Ancira hizo de una traducción que previamente había publicado. El autor de la columna, así, interpreta las consecuencias de ese cambio.

Cambio de palabra

Me gusta releer viejos números de revistas. Por ejemplo, en uno de los viejos números de Diario de Poesía hay un dossier dedicado a “cartas de poetas”. No sé por qué no es un tema que me entusiasma. Quizá por los restos que hay en mí de ciertas lecturas de juventud, cierta fascinación por la idea de la muerte del autor (la primacía del texto por sobre cualquier otra instancia). No obstante, comienzo la lectura del Diario de Poesía con la selección que hacen de algunas cartas entre Marina Tsvietáieva, Boris Pasternak y Rainer Maria Rilke. Aunque a contramano de lo que venía diciendo, ya había leído esas cartas, incluidas en el epistolario completo entre los tres poetas, en la edición publicada en 1984 por Siglo XXI de México, bajo el título de Cartas del verano de 1926. Diario de Poesía agrega un pequeño texto: “Cartas del verano de 1926, el epistolario entre Tsvietáieva, Rilke y Pasternak, apareció en castellano en 1984, cuando aún no existía como libro en ruso y Tsvietáieva no formaba parte de la cultura del mundo hispánico. Lo tradujo Selma Ancira, eslavista, crítica y traductora, nacida en México en 1956, seducida por la intensidad de las cartas y la personalidad de Marina Tsvietáieva. Partiendo de unas copias mecanografiadas que cayeron en sus manos por casualidad afortunada, preparó aquella primera traducción”. Décadas después de esa primera edición, Ancira tradujo el libro de nuevo, basándose en la última edición rusa, la del año 2000, que incluye nuevas cartas y poemas, publicado ahora por Minúscula. Es cierto: hacia 1984 poco se conocía de Tsvietáieva en castellano. Recién en 1990 y 1991 Ancira publicó sus traducciones de El poeta y el tiempo y El diablo, en Anagrama, y en 1992, de Indicios terrestres, en la desaparecida editorial Versal, sumados en esos mismos comienzos del los 90 a las traducciones –a cargo de Elizabeth Burgos, versionadas por Severo Sarduy– de Carta a la amazona y Tres poemas mayores, en la editorial Hiperión.

La experiencia de una traductora que reescribe, relee, repiensa su propia traducción me parece más que interesante. Y entonces, cotejo las cartas de ambas ediciones. Y leo, hacia el final del primer párrafo de la primera carta de Tsvietáieva a Rilke, esta frase: “Somos nosotros quienes elegimos nombres, y todo lo que acontece después es solo el -resultado de tal elección”. Luego la comparo con la versión de 1984, y encuentro que donde ahora dice “resultado”, antes Ancira había escrito “consecuencia”: “Todo lo que acontece después es solo la consecuencia de tal elección” (en la traducción original falta también el guión antes de resultado/consecuencia, tan propio del estilo de Tsvietáieva, al menos tal como la leemos en sus traducciones desde entonces). Luego voy a mi diccionario de sinónimos y antónimos (el Compact Océano, uno no demasiado bueno) y veo que “consecuencia” es la primera opción de sinónimo para “resultado”. Levemente decepcionado (hubiera querido elaborar una teoría sobre la diferencia entre resultado y consecuencia, pero no la hay), rápidamente cambio de opinión: en esa pequeña modificación, casi insignificante, Ancira coloca la traducción en el borde interno de la literatura. En ese detalle, como una poeta, la traductora busca la palabra precisa, la traducción perfecta a la que, por supuesto, nunca se llega.

jueves, 9 de noviembre de 2023

"Llamar castellano a la lengua es una definición política"


En su columna del diario Perfil, de Buenos Aires, del pasado 5 de noviembre, Damián Tabarovsky se apoya en un detalle para cuestionar la denominación que los españoles suelen darle al castellano.

La lengua lateral

Es muy conocido el pasaje de Freud en el que en un viaje en tren entabla una conversación con un desconocido, donde hablan sobre Italia y los frescos del Juicio Final de la cúpula de la catedral de Orvieto. Freud olvida el nombre del autor de la obra (Signorelli) y en su lugar recuerda los de Botticelli y Boltraffio, otros pintores. Partiendo de esa anécdota, Freud desarrolla una gran argumentación sobre el olvido del nombre y su relación con el inconsciente. Menos subrayado es que ese viaje transcurre en Yugoslavia, y que poco antes, en la misma conversación, Freud había mencionado a los turcos que viven en Bosnia y en Herzegovina. Slavoj Žižek, nacido 1949 en Liubliana, entonces perteneciente a Yugoslavia, no deja pasar ese detalle, y avanza sobre cómo aparece Yugoslavia en la obra de Freud. Según afirma, Freud se ocupa una sola vez de ese país, o mejor dicho, de un paciente de esa nacionalidad. El paciente yugoslavo, pobre y poco formado intelectualmente, no logra mejorar, y después Freud le pide que desista de seguir con el tratamiento, agregando que el psicoanálisis no está en condiciones de tratar con ese tipo de gente. Obviamente Žižek retoma el comentario despectivo de Freud para leerlo en clave clasista (el psicoanálisis no es para los pobres), pero sobre todo para ironizar sobre el aspecto nacional: el psicoanálisis no es para yugoslavos. Hay ahí, en esa nacionalidad, una lateralidad, una marginalidad, un corrimiento del discurso central de la teoría europea que Žižek, con un dejo borgeano, elogia: el pensamiento yugoslavo pertenece a la filosofía universal, pero desde el margen.

Pensaba en todo esto mientras leía Pardonner. L’impardonnable et l’imprescriptible, de Jacques Derrida, publicado en Francia por la editorial Galilée, hace ya varios años. Allí establece una tensión entre “perdón” y “don” –un concepto incluido dentro del otro–, pero antes, para establecer esa distinción, aclara que eso ocurre básicamente “en su filiación tortuosa, de origen latino”, tomándose el trabajo de dar el ejemplo en diferentes idiomas: perdâo, en portugués; perdono, en italiano, y “perdon, en español”. Así tal cual: perdón sin tilde. ¿De quién es el error? ¿De Derrida? ¿De los correctores? ¿De la editorial? Poco importa. Interesa sí, el error en su dimensión significativa: Derrida, el políglota, el que establece juegos de palabras en más de una lengua, erra cuando llega al castellano. Olvida un detalle, apenas un signo gráfico, una mera tilde. Pero lo suficiente como para remarcar la dimensión desconocida, lateral, descentrada, subalterna del castellano. Quizás el error de Derrida comenzó cuando, en francés decidió llamar a ese idioma espagnol, reproduciendo acríticamente el carácter militar y nacional de la lengua y sus instituciones normalizadoras (la Real Academia Española) y de marketing (el Instituto Cervantes), antes que llamarla castillan, hermoso y apropiado término que remite no a un Estado, sino a un fragmento, una región, una isla en un archipiélago de islas diversas dentro de una misma lengua. Llamar castellano a la lengua es una definición política. El interés del castellano reside en ser una lengua lateral, subalterna, menor, en el margen: en esas condiciones la literatura se vuelve excéntrica, es decir: literatura.

Derrida, el políglota, el que establece juegos de palabras en más de una lengua, erra cuando llega al castellano.

martes, 26 de septiembre de 2023

"La lengua se compra y se vende"



El pasado 26 de julio, en el sitio uruguayo elcastellano.org, el escritor, traductor y editor argentino Damián Tabarovsky publicó el siguiente artículo donde pone, negro sobre blanco, lo que importa saber sobre la traducción a nuestra variante del castellano.

Geopolítica de la traducción literaria

La cuestión de las traducciones, de las traducciones de libros, no sólo toca aspectos estéticos, como aparece de entrada, sino también asuntos económicos e incluso, sobre todo, geopolíticos. Planteemos una pregunta en apariencia sencilla: ¿a qué castellano se traduce? Comencemos por un dato: en el Río de la Plata, en Argentina y en Uruguay, como en el resto de América Latina, la mayor parte de las traducciones de ficción y ensayo cultural, sumadas, las realizan las pequeñas editoriales. Las grandes editoriales multinacionales, por lo general, hacen las traducciones en sus casas matrices en España y luego esos libros llegan a América, ya importando ejemplares, ya impresos aquí por la filial local que toma la traducción española (recibe por email un PDF con los interiores y la tapa del libro, le agrega un ISBN local y lo manda a imprenta). Y no sólo la mayor parte de las traducciones se realizan en España, sino que allí se contratan los derechos. Es decir, se decide el criterio sobre qué autor se traduce (y cuáles no), se imponen estéticas, acuerdos económicos y contractuales. Se ejerce una expansión sobre toda la lengua castellana.

Por lo tanto, entre nosotros estamos totalmente acostumbrados a leer traducciones cargadas de españolismos, localismos catalanes o madrileños, expresiones que a veces comprendemos con dificultad, giros que se pierden de manera incomprensible: The unquiet grave, del gran crítico literario inglés Cyril Connolly, traducido por Ricardo Baeza para la editorial argentina Sur, dirigida por Victoria Ocampo, en 1949 como La tumba sin sosiego, es retraducida en 2005 por Miguel Aguilar para el sello Debolsillo de España bajo el literal La tumba inquieta (debemos agradecer que al menos no le pusieron La tumba intranquila. A veces pasan cosas curiosas, por decirlo de algún modo. En 1945 José Bianco traduce, también para Sur, The turn of the Screw de Henry James con un título que logra verter al castellano toda la complejidad del título inglés, en una verdadera obra maestra de la traducción: Otra vuelta de tuerca. Pero desde entonces asistimos a innumerables traducciones en España que mantienen el título (¡copian lo difícil!) pero cambian el resto de la novela (por dar un ejemplo, la traducción de Soledad Silio, de 1991, para Planeta, linda con lo vergonzoso). Podría dar mil ejemplos más y también mil artículos y notas en la prensa y revistas especializadas latinoamericanas malhumoradas por esta situación.

Por supuesto que, a veces, recibimos buenas traducciones: las traducciones de Javier Marías de John Ashbery, tal vez el más grande poeta norteamericano de las últimas décadas del siglo XX y primeras del XXI, son muy buenas (mejores que las dos o tres a cargo de latinoamericanos que andan dando vueltas por allí), la de Vila-Mata de Copi lo es también, las de Mercedes Cebrián de Perec, otro tanto. Pero no se trata solo de una cuestión de gusto. No es sólo una cuestión estética. La traducción, como problema, toca directamente temas políticos (de política cultural) y, sobre todo, económicos (el gusto y la estética también, por eso tiene algo de falaz la frase de más arriba, “solo una cuestión de gusto”: ese solo siempre está sobredeterminado por lo social, lo político, lo económico, lo geopolítico).

Volvamos al principio: la mayor parte de las traducciones literarias en las editoriales rioplatenses las realizan, sumadas, las editoriales pequeñas. Dos, tres, cuatro, o hasta cinco títulos traducidos por año multiplicado por la creciente cantidad de editoriales independientes da un significativo volumen de libros traducidos, en especial, como decía, ante la renuncia de las grandes casas multinacionales de contratar traducciones en sus respectivas filiales (esto mismo ocurre en toda América Latina: México, Colombia, Chile, etc., también reciben mayoritariamente libros traducidos por las casas centrales españolas). Con una dinámica intrépida (se mueven rápido), editores bien formados, aprovechando muchas veces los subsidios a la traducción que otorgan algunos estados (Brasil, Francia, Alemania, Irlanda, Corea del Sur, etc.), las pequeñas editoriales han hecho un gran aporte a la traducción en América Latina. O dicho con mayor crudeza: si no existieran las editoriales independientes argentinas y uruguayas, no existiría más la traducción al castellano con inflexión rioplatense. Leeríamos sólo traducciones hechas en España.

Pero nuestros mercados nacionales son pequeños y también muchas de esas pequeñas editoriales se han desarrollado, lo que genera que buena parte de ellas comiencen a exportar, en especial a España, el mercado dominante en castellano. Lo han hecho de diversas formas: unas pocas, abriendo oficinas en España, imprimiendo allá (con ISBN español), contratando servicios de prensa locales. La mayoría, en cambio, exportando en pequeñas cantidades, a través de distribuidores que compran ejemplares en Argentina o en Uruguay en firme (no en consignación) en pesos, consolidan un envío (es decir, compran a varias editoriales la cantidad suficiente de ejemplares como para amortizar el costo del traslado) y los revenden en España en euros. Pero en uno u otro caso antes se presenta la misma pregunta: ¿a qué castellano se traduce? (pregunta que ya encierra una postura, se dice “castellano” y no “español”: el triunfo del “español” —que remite al nombre del país y a su “marca país” por sobre el “castellano” es el ejemplo de una disputa ideológica sobre la que deberíamos detenernos largamente).

Las decisiones de traducción son, otra vez, estéticas. Pero también, de nuevo, económicas y geopolíticas. Si una pequeña editorial traduce, digamos, a un autor francés a un castellano “muy rioplatense”, ¿tiene posibilidades de ser aceptado en España? Es probable que allí provoque cierto (o mucho) rechazo, especular al nuestro frente a las traducciones españolas. Pero, a la inversa, traducir al español de España es imposible (no solo porque no estaríamos de acuerdo, sino porque no sabríamos cómo hacerlo). Aparece entonces la tentación del castellano neutro, mejor dicho, del castellano neutralizado. Un castellano que, dejando algunas marcas de que fue traducido en Buenos Aires o Montevideo, sea más “suave”, menos local, más apto para el lector de la metrópoli. Ese es el camino que habitualmente se elige. Un español que no espante a los lectores de España y que sea aceptable para los lectores rioplatenses. Pero, en mi opinión, está opción habitual es igual de insatisfactoria en términos estéticos: en su mayoría, terminan siendo traducciones timoratas, que no hacen apuestas lingüísticas fuertes, que borran todo conflicto en la lengua.

Si la traducción es un mercado (como lo es), entonces necesariamente prima lo económico. Por lo tanto, como viene ocurriendo en América Latina en otras esferas, en lo editorial quizás haya también que pensar en los modos de politizar el mercado. Aun conociendo los riesgos que eso implica: el riesgo del populismo nacionalista, del chauvinismo, del patrioterismo vacío (valga la redundancia). Pero, como nunca, es necesario abrir una fuerte discusión sobre el estatuto de la lengua, del castellano, una discusión sobre la tensión (y los reenvíos mutuos) entre mercado y estética, entre dinero y radicalidad literaria. Aun corriendo esos riesgos.

Hace unos años aconteció un debate, que iba en esta dirección, en torno a los subtitulados que pusieron en España de Roma, película de un director mexicano, hablada en el castellano de México. Pues ocurre lo siguiente: la industria cultural española, y en particular la editorial, funciona, en relación con la lengua, bajo un modo dominante. Porque hoy la lengua es también y sobre todo una industria. La lengua se compra y se vende. La lengua es una mercancía que circula por toda clase de tecnologías y soportes, incluidos los libros. Si España es el territorio económicamente dominante en la lengua, ¿cómo no tendría su industria esa preponderancia? Sobre esto vale la pena discutir, antes de hacerlo sobre la calidad de las traducciones, que también importa, por supuesto, pero que es una discusión subsidiaria de este horizonte en el que el mercado se entrecruza con la geopolítica de la cultura. La lengua y la traducción implican ante todo un debate político. Todavía queda mucho por discutir.


jueves, 9 de diciembre de 2021

Comienzan, en Argentina, las actividades del bicentenario del nacimiento de Gustave Flaubert

 

Como ya fue comentado la semana pasada, mañana comienzan los dos días que el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, con la Cátedra de Literatura Comparada de la U.C.A. y la Cátedra de Literatura Francesa de la misma institución, conjuntamente con el Institut Français de Argentina, dedican a celebrar a Gustave Flaubert con motivo del bicentenario de su nacimiento.

Para ello, hoy 9 diciembre, a las 18 y a las 19 hs., habrá dos mesas: una, dedicada a conversar con tres editores argentinos de la obra de Flaubert y preguntarles por el sentido de publicarlo en este país y en este momento, y otra, en la que se entrevistará, con el correspondiente subtitulado al castellano, al crítico e investigador francés Jacques Neefs, especialista en Flaubert.

Mañana, 10 diciembre, también en el horario de las 18 y 19 hs., habrá otras dos entrevistas con Anne Herschberg Pierrot y Pierre-Marc de Biasi, ambos también críticos e investigadores especializados en Flaubert.

Quienes no puedan presenciar alguna de las actividades, éstas quedarán alojadas en el youtube del Institut Français de Argentina, donde podrán verse y oírse en cualquier momento.  

A horas de que tengan lugar, estos son los vínculos de acceso:

1) Editores : 
https://www.youtube.com/watch?v=C514UIPa4GQ

2) Jacques Neefs : 
https://www.youtube.com/watch?v=wm9cAwTHgHs

3) Anne Herscheberg-Pierrot : 
https://www.youtube.com/watch?v=m9UMeRRMAKc

4) Pierre-Marc de Biasi : 
https://www.youtube.com/watch?v=EbXfMr2xoIs




lunes, 29 de junio de 2020

¿Cambio de paradigmas, que le dicen?


El 24 de junio pasado, Silvina Friera publicó en Página 12, de Buenos Aires, el siguiente artículo en el que varios editores especulan sobre el futuro editorial argentino y los probables desafíos que tal vez lleguen después de la pandemia. Suponemos que el título curioso que lleva la nota no fue puesto por la periodista.

Se editan pocos libros por la pandemia
y la crisis del sector

Publicar menos libros y prolongar su presencia en las librerías ha sido la respuesta inicial ante la crisis que generó la pandemia de coronavirus. ¿Habrá un nuevo paradigma en la industria del libro, que hasta ahora se sustentaba en la necesidad de editar muchos títulos al año, lo que se conoce como “novedades”, para mantener aceitada la maquinaria editorial? ¿La “nueva” normalidad será más “conservadora” y menos aluvional? La magnitud de la reducción se evidencia en la bajísima cantidad de ejemplares que se produjeron en mayo: 200.000, a diferencia del millón de libros que se imprimieron en mayo de 2019, según datos de la CAL (Cámara Argentina del Libro). Alejo Carbonell de Caballo Negro (Córdoba), Leonora Djament de Eterna Cadencia; Fabián Lebenglik de Adriana Hidalgo, Damián Tabarovsky de Mardulce, Constanza Brunet de Marea y Víctor Malumián de Ediciones Godot, convocados por Página/12, intentan repensar los cimientos de una actividad que se va definiendo “semana a semana”.

¿Cómo publicamos lo que publicamos?
 “Las editoriales pequeñas siempre publicamos pocos títulos al año, así que tenemos gimnasia en eso de estirar los tiempos de un libro para que se sostenga como novedad”, opina Alejo Carbonell, director de Caballo Negro, editorial cordobesa que hace once años publica narrativa, ensayos, poesía y crónicas. “El plan de las editoriales en general venía cascoteado por los cuatro años de macrismo, ya estábamos publicando menos antes de la Covid-19, de modo que esta crisis es una especie de aceleración de lo anterior; no hay cambio de paradigma”, agrega Carbonell. “El cambio de lógica apunta a muy pocas editoriales en el mercado argentino –coincide Víctor Malumián, de Ediciones Godot, sello que empezó en 2008–. Las editoriales con las que suelo conversar difícilmente publiquen más de una o dos novedades por mes. Se habla de cambio de paradigma porque los grupos más grandes, tanto en tamaño como en porcentaje del mercado, quizá vayan a dar un cambio en su norte editorial. Pero las pequeñas editoriales siempre pensaron sus libros muy lejos de la lógica fast seller. Es el karma de la concentración editorial en su máxima expresión”.

Leonora Djament, directora editorial de Eterna Cadencia desde hace doce años, comenta que es difícil saber si se modificará el modo de editar libros en un futuro cercano. “En caso de que se publiquen menos novedades, es difícil saber si ocurrirá solo porque las editoriales y los lectores tienen menos dinero o por un cambio de paradigma en el sector. Por un motivo u otro, sí tendremos menos títulos y menos ejemplares en los próximos meses. Ojalá que esta difícil situación que estamos atravesando a nivel mundial sirva para repensar las bases de nuestra actividad. Me parece que se vienen discutiendo algunos aspectos (el rol de las librerías independientes, los diferentes y posibles modos de editar, la importancia de la edición artesanal, la relevancia de las múltiples ferias, el problema de la concentración editorial), pero sin embargo hay grandes cuestiones sabidas pero poco debatidas (por caso, el oligopolio de la venta del papel o el casi imposible esquema financiero que guía al sector editorial). La discusión pendiente no es tanto (o no es solo) cuántos libros publicamos sino cómo publicamos lo que publicamos”, plantea Djament.

“Los tiempos de encierro, que seguramente serán largos, traen más introspección y reflexión. Para nuestra editorial de fondo esto no es necesariamente un perjuicio porque lo que se está vendiendo más ahora es el catálogo. La lógica es tener un catálogo de alta calidad que trascienda el tiempo”, explica Fabián Lebenglik, de Adriana Hidalgo, sello que cumplió veinte años en 2019. Constanza Brunet, de Marea Editorial, creada hace 16 años, advierte que la menor cantidad de títulos se trata de una situación coyuntural que no se sostendrá luego de la pandemia. “Las editoriales independientes, que arman un catálogo más específico y que eligen cada título de una manera más artesanal, posiblemente volverán más lentamente a la cantidad de títulos que editaban antes de la pandemia”.

Damián Tabarovsky, de Mardulce, no está seguro de que la industria editorial argentina se sustentaba en la necesidad de publicar muchos títulos. “Eso ocurría en las grandes editoriales o en otros mercados como España, que funciona bajo el sistema de ‘en firme con derecho de devolución’, que favorece la especulación financiera. Pero para las editoriales independientes argentinas publicar de más también es un problema. Lo que tal vez se ponga en discusión a futuro no sea la cantidad de novedades sino las tiradas, que seguramente serán más bajas –precisa el director editorial–. Más allá de los futurólogos de turno, es muy difícil predecir cómo seguirá el mercado editorial, la situación económica y la vida cotidiana. Obviamente sé que se vienen tiempos muy difíciles –o mejor dicho, que ya estamos en ellos-, pero creo que está todo abierto: lo único que veo por delante es incertidumbre”.

La pandemia de Covid-19 cambió los planes editoriales. Adriana Hidalgo redujo los libros a publicar durante este año a la mitad: de los 24 títulos previstos quedarán 12. “No se trata de nuevos paradigmas sino de un paso a paso para ir viendo qué sucede cada semana”, detalla Lebenglik. “Teníamos planificado un año de doce novedades, ahora es muy probable que hagamos la mitad –admite Carbonell de Caballo Negro–. Hay que tener en cuenta que en nuestros calendarios hay hitos para los cuales se trabaja: llegar con novedades a la Feria del libro de Buenos Aires y a la Feria de Editores (FED) y, en nuestro caso, también llegar con novedades a la feria del libro de Córdoba, es decir que no solo se reduce la cantidad de novedades, o que se atrasan, sino que es necesario pensar todo el esquema de nuevo, porque para cada feria uno llega con determinado perfil de novedades”. Desde Ediciones Godot, Malumián confirma que -si el escenario no empeora- publicarán cuatro o cinco libros más de acá a fin de año. En Mardulce publicaron hasta ahora dos novedades y una reimpresión, todas en marzo. “Recién pudimos distribuirlas en mayo, cuando las librerías comenzaron a trabajar”, cuenta Tabarovsky y revela que por la pandemia iniciaron la digitalización de parte del catálogo: “No sé cómo seguirá el plan editorial, que seguramente va a ser sustancialmente menor al previsto”. Eterna Cadencia pospuso un 30 a 35 por ciento del plan de este año. Djament calcula que terminarán sacando 11 nuevos títulos, aunque todavía no sabe. Marea tenía previsto publicar 18 novedades, pero posiblemente salgan solo 10.

El riesgo intelectual
¿Cómo garantizar que la disminución de novedades no afecte la bibliodiversidad, la apuesta por nuevos autores o por escrituras y proyectos, cuyas prioridades no pasan por vender más? “Es probable que muchas editoriales ante una situación de crisis e incertidumbre como la que vivimos, se vuelvan más conservadoras: apostar a temáticas, géneros y autores de venta más o menos segura –responde Djament-. Para aquellos que editar no significa solo ‘volver algo público’ sino poner en discusión lenguajes y perspectivas imperantes, la edición va a seguir siendo el modo de llevar a cabo esa actividad. Y también habrá que estar muy atentos a lo que pueda surgir con esta crisis: a las nuevas formas de trabajar, colaborar y pensar en el sector”. Para Lebenglik, publicar menos títulos no afecta la bibliodiversidad. “No cambiamos el gusto de lo que veníamos haciendo. La bibliodiversidad no es una cuestión de cantidad”.

Brunet recuerda que las editoriales independientes siempre editaron una cantidad limitada de títulos. “La bibliodiversidad no está garantizada por la cantidad de títulos, sino por la variedad de las propuestas, por la visibilidad de los proyectos alternativos y por su mínima sustentabilidad económica. Puede haber una cantidad enorme de títulos orientados exclusivamente a una misma idea comercial y eso no genera mayor bibliodiversidad –aclara la directora editorial de Marea–. En cambio, las editoriales independientes, de capital nacional, garantizan la diversidad de voces, de géneros, de autores, eso es lo que está en riesgo por la crítica situación que vive el sector y que se agravó con la situación de pandemia”.

Carbonell, de Caballo Negro, reconoce que la realidad va empujando a las editoriales a volverse conservadoras y a experimentar menos. Malumián observa que se recortan los títulos más experimentales y las nuevas apuestas. “Hay una pregunta latente por el tamaño de la tirada, la rentabilidad por ejemplar y el costo unitario de precio al público. Nadie olvida que la pandemia irrumpe en un contexto de cinco años de caída sostenida de ejemplares”, recuerda el director editorial de Godot. En cuanto al catálogo por venir, Tabarovsky anticipa que van a optar por el camino inverso: “a más crisis, más riesgo intelectual”.

Muchas editoriales tenían sus catálogos sin digitalizar o digitalizados parcialmente antes de la Covid-19. “Hicimos muy pocos ebooks hace unos años, cuando parecía que una parte de los lectores estaba virando hacia los libros digitales y podía llegar a explotar. Luego eso se amesetó y nosotros, como muchos, abandonamos un poco el tema”, reconoce Carbonell y añade que Caballo Negro tiene el 10 por ciento del catálogo en los dos formatos –digital y físico–, mientras que el resto está publicado solo en papel. Lebenglik especifica que la cuarta parte del catálogo de Adriana Hidalgo está disponible en ebook y que están digitalizando más títulos.

Para Malumián, las condiciones en las cuales creció la lectura digital son artificiales y habrá que esperar para ver en qué medida se mantiene el ritmo de lectura digital. “Es verdad que por precios o simplemente por la falta de oferta del libro en digital, el crecimiento de ese soporte fue más lento. Tampoco hay que descartar el factor del parque tecnológico y lo difícil que es acceder a un e-reader. Pero en muchos otros casos se puede ver la caída en la venta del libro digital en paralelo con la apertura del delivery de libros físicos –compara el editor de Godot-. Seguramente exista una cantidad de lectores híbridos que pueden leer en ambos formatos y otro tanto que gracias a la pandemia le tomó el gusto al libro digital”. Djament subraya que gran parte del catálogo de Eterna Cadencia está digitalizado y que en el último tiempo intentan publicar ambos formatos a la vez.

Marea tiene más de la mitad del catálogo digitalizado, “aunque con escasos resultados económicos”, puntualiza Brunet. “A raíz de la pandemia hemos realizado nuevas acciones como publicar directamente novedades en ebook antes que en papel. Los resultados por ahora son inciertos hacia el futuro. La experiencia hasta acá fue muy pobre, aunque apostamos a que al menos mientras dure la pandemia crezca. El público argentino no está habituado ni dispuesto a pagar por contenidos digitales. Y la piratería está a la orden del día, basta con asomarse a Facebook y ver qué es lo que se comparte públicamente”, sugiere la editora. Mardulce tiene digitalizados 16 títulos. “De ahora en adelante saldrán todas las novedades en los dos formatos al mismo tiempo. Pero sin demasiado optimismo en las ventas de ebook, que aunque aumenten algo por la cuarentena, siguen siendo poco numerosas”, asegura Tabarovsky. “Los libros en papel son uno de los más hermosos inventos de la humanidad”, concluye el editor de Mardulce.


martes, 14 de abril de 2020

Virus y libros (2)

Silvina Friera, de Página 12, también se ocupó de las consecuencias del coronavirus sobre la industria editorial argentina. Lo hizo desde la perspectiva de editores, libreros y escritores, el 23 de marzo pasado.

El impacto de la cuarentena
en la industria editorial

La vida normal, en tiempos de pandemia, consiste en estar aislados y circular lo menos posible. Lo mínimo e indispensable. Los actores de la industria del libro permanecerán en sus casas hasta el 31 de marzo. ¿Qué impacto está teniendo el coronavirus en las editoriales, en las librerías, en los escritores? “Estábamos en terapia intensiva y ahora entramos en coma. Todo depende de cuánto tiempo tarde en resolverse”, dice el escritor Enzo Maqueira. Las librerías están cerradas y las novedades editoriales de abril –que siempre se distribuyen la última semana del mes anterior– se despacharán cuando termine la cuarentena. Los editores, libreros y escritores consultados por Página/12 –Damián Tabarovsky, Gastón Etchegaray, Ecequiel Leder Kremer, Cecilia Fanti, Selva Almada y Maqueira– hablan de un “daño grande”, pero difícil de traducir en números por ahora.

Gastón Etchegaray, presidente del Grupo Planeta, Área Cono Sur, advierte que “es difícil medir el impacto, pero va a ser mucho; hay que ver cómo sigue” y cuenta que se bajaron del plan editorial para abril algunos títulos de autores que iban a participar de la Feria del Libro, cancelada por la pandemia. “Todo se está focalizando en la generación de contenidos vía redes; en los próximos días vamos a comenzar acciones con los autores a través de streaming. Ahora nos vamos apoyar en las redes; lamentablemente el contacto con los autores y los lectores queda suspendido –explica Etchegaray-. Los libros no se cierran; aprovechemos a leer que tenemos que estar en nuestros hogares durante varios días. Y si no tenemos libros en nuestras bibliotecas se puede acceder a través de bibliotecas virtuales. Hay muchas opciones para que la gente no deje de leer y pueda estar en contacto con el libro”.

Las editoriales medianas y pequeñas, las llamadas “independientes”, tienen menos capacidad para aguantar la parálisis de la actividad. “Es un poco prematuro saber si vamos hacia un nuevo modelo de negocio editorial; pero en cambio sí se puede decir que nos esperan unos meses terribles, que van a profundizar la crisis grave en la que ya estábamos –plantea el escritor y editor de Mardulce Damián Tabarovsky–. En las crisis –primero la económica que produjo el macrismo y luego la de la pandemia– todos pierden, pero no todos pierden por igual: a los que tienen menos espaldas le va peor, como a las editoriales pequeñas, a las librerías independientes. La crisis termina favoreciendo la concentración, las posiciones dominantes preexistentes en el mercado. Es importante tener presente esto, tema que muchas veces –oh, casualidad– no está visible en los debates culturales”.

Tabarovsky repasa la situación de Mardulce. “En España en febrero publicamos La tradición alemana en la filosofía, de Alain Badiou y Jean-Luc Nancy. A los veinte días, cerraron las librerías y todo lo demás. Esta semana también allí salió de imprenta Críticos, monstruos y fanáticos, el nuevo libro de Cynthia Ozick, que fue directamente de la imprenta al depósito, y no sabemos cuándo podrá ser distribuido. En Argentina hace diez días salió de imprenta el mismo libro de Ozick más la cuarta edición de Precoz, de Ariana Harwicz, que acompañaba el estreno de la obra de teatro, en abril, protagonizada por Julieta Díaz. Obviamente la obra se suspendió y no sabemos si podremos distribuir ambos libros en abril, fecha en la que en principio estaba previsto. Para mayo teníamos el libro –ya en imprenta– de un autor que vive en Estados Unidos, y que venía a presentarlo a Buenos Aires en esa fecha, cosa que veo muy improbable –reconoce el editor de Mardulce–. Además por primera vez íbamos a estar representados en la feria del libro de Londres, acontecimiento que también se canceló. Así estamos… Todo eso es esfuerzo, ilusiones, y también inversión. Para una editorial como Mardulce no es poco”.

Futuro incierto
Víctor Malumian, de Ediciones Godot, señala que es difícil hacer pronósticos en un escenario que cambia constantemente. “Hay cierto daño económico que es tan grande como inevitable para todos, no solo la industria del libro. La caída en las ventas va a ser grande; la pregunta no es tanto cuán grande será sino por cuánto tiempo. Si gracias a estas medidas en un mes la vida social se normaliza, eso es un escenario. Si la vida social se vuelve a normalizar en tres o cuatro meses, el escenario es imposible de resistir para cualquier negocio”. La Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) había anunciado en los primeros días de marzo que se duplicaría la inversión para el Programa Libro %, por el cual los bibliotecarios de todo el país llegan a la Rural para comprar textos en la Feria del Libro. La cifra prometida, más de 47 millones, representa un alivio para muchas editoriales. Pero sin Feria del Libro en el horizonte, Malumian cree que las compras podrían hacerse igual por pedido digital y que las editoriales envíen sus libros de forma centralizada a un punto para que luego la CONABIP se encargue de distribuirlos. “Todo el sector está esperando una decisión final de la Fundación El Libro sobre la Feria. Es comprensible que demore cierto tiempo dado que es un evento muy grande; hay que ver qué decisión toman: si será como Bogotá o Londres, que cancelaron definitivamente, o si se va a reprogramar. Esa decisión reconfigura un montón de prácticas del mundo del libro”, subraya Malumian.

La escritora Cecilia Fanti, autora de La chica del milagro (Rosa Iceberg), es dueña de la librería Céspedes, en el barrio de Colegiales. “Las ventas en la librería se dispararon desde el viernes (13) hasta el lunes (15), cuando hubo un pico enorme. El martes (14), a pesar de la lluvia, también. El miércoles decidimos cerrar la librería y atender solo por whatsapp y redes. Y tuvimos una cantidad de consultas y de ventas por medios electrónicos muy grande –admite Fanti–. Un chico en una moto estuvo haciendo los repartos; pero no bonificamos los envíos porque no tenemos estructura para hacerlo”, comenta la escritora y librera. “La cuarentena obligatoria total es tremenda, pero a la vez es necesaria. Nosotros acatamos todas las medidas que han sido impuestas y tratamos de extremar al máximo el cuidado por nuestra responsabilidad social en los días en que todavía atendíamos al público. Ahora tenemos que permanecer en casa para evitar que colapse el sistema de salud y que la pasen mal los que siempre la pasan mal: los viejos y los pobres”, precisa Fanti.

Ante un panorama en que no se pueden vender libros, las librerías independientes como Céspedes buscarán alternativas para acompañar las lecturas. “Vamos a leer fragmentos, hacer recomendaciones; hay muchos libros que han sido liberados por las editoriales, un gesto que no es menor. No venderemos libros hasta que pase la cuarentena”, afirma Fanti y anticipa que el impacto de este período sin ventas será “enorme” para la economía de su librería. “En Céspedes hay dos personas que trabajan conmigo, tengo que pagar el alquiler y todos los servicios y una contadora que me lleva adelante las cuentas… Algún tipo de alivio sería ideal, pero en la situación en la que estamos no lo veo muy viable. Hay gente que la está pasando mucho peor y el discurso del presidente va en esa dirección: empezar por los que más difícil la tienen y seguir por los otros; por lo tanto si bien sería ideal y nos ayudaría muchísimo un alivio, porque esta cuarentena total es un agujero en el medio y nos parte a todos, no creo que algo en esa línea ocurra”, agrega la escritora y librera. “Los libreros independientes somos cuentapropistas, entonces en la medida en que no trabajamos y no vendemos libros no facturamos. Se viene de cuatro años fatales y ahora nos enfrentamos a una situación que lo empeora todo por un motivo de fuerza mayor. Vamos a recoger los escombros y ver qué se puede hacer con lo que quedó. Me cuesta imaginarlo… trato de no pensar en un escenario caótico y trágico, pero a la vez me cuesta”.

Ecequiel Leder Kremer, dueño de la Librería Hernández, traza un paisaje desolador. “Habrá que llamar la atención del gobierno nacional porque el trato tiene que ser igualitario para todos. Si yo no puedo hacer delivery, Mercado Libre tampoco puede hacer delivery porque el virus lo podemos transportar todos. La realidad es que hoy la inmensa mayoría del canal librero está con un nivel de facturación cero. Como muchos comercios y otros rubros de la intermediación y la producción, le estamos diciendo al gobierno que si esto se continúa en el tiempo no sólo no vamos a poder abonar las cargas sociales, el ABL y todos los gastos residuales, tampoco vamos a poder pagar sueldos porque, ¿de dónde vamos a sacar el dinero?”, pregunta Leder Kremer. El dueño de la Librería Hernández tiene la sensación de que el coronavirus llegó para quedarse. “Estamos preocupados por la vida, por cómo impacta la pandemia en la sociedad y qué forma va a tener el futuro. Uno siempre tiene una cuota de optimismo, pero el panorama es bastante negro. Ojalá que podamos llegar a una solución; que se encuentre la vacuna y podamos superar esto –desea el librero-. La cuarentena es la única manera de cortar la propagación del virus, pero es también altamente destructiva para la economía y la vida cotidiana de los que menos recursos tienen”.

El virus de la literatura


La escritora Selva Almada, autora de El viento que arrasa, novela con la que ganó el First Book Award de la Feria Internacional del Libro de Edimburgo 2019, y autora de Ladrilleros, que integra la colección 8M de Página/12, confiesa que está preocupada. “Mis ingresos mensuales dependen casi exclusivamente de los talleres. Excepto uno virtual que tengo hace muchos años, el resto de mis talleres son presenciales. Todavía no había arrancado, tenía previsto comenzar en abril. Voy a proponer el modo virtual hasta que termine la cuarentena. Pero el caso es que muchas de las personas que vienen a los talleres también son trabajadores independientes, que verán limitados sus ingresos, así que todo se vuelve complejo e incierto”, revela Almada y dice que los festivales y las ferias que están suspendidos son un ingreso que tampoco tendrán por un tiempo. “Quizá el encierro estimule la lectura, ojalá que sea así… Pero es desolador. Económicamente creo que nos veremos profundamente afectados. En momentos de optimismo pienso: bueno, puedo agarrar ese borrador de ocho páginas que alguna vez quiso ser el comienzo de una novela y escribirla… No lo sé… de veras me angustia un montón”.

Enzo Maqueira aclara que la vida de un escritor no cambia mucho porque “solemos estar bastante en nuestras casas, dando talleres, escribiendo; en lo cotidiano estamos bastante preparados para una cuarentena general”. Pero el mayor inconveniente surge cuando se despliega sobre la mesa la cuestión económica: alumnos del taller que no van más, sólo algunos se pasan a la modalidad virtual; clases, cursos, presentaciones y ferias del libro suspendidas. “La situación es muy preocupante porque la mayoría de nosotros somos monotributistas, no estamos en relación de dependencia, y dependemos de nuestro cuerpo y de nuestro tiempo para vivir. Lo que veo es que hay mucha voluntad en redes sociales, en Instagram, en Twitter, de muchas escritoras y escritores por mostrar sus textos o compartir textos de otros; se están armando varias movidas”, detalla el autor de Electrónica y Hágase usted mismo. “Poesía en tu sofá” es una iniciativa en la que participarán Maqueira, Juan Diego Incardona, Tálata Rodríguez y Walter Lezcano, entre otros, este lunes 23, de 18 a 20, en Instagram, donde uno detrás del otro irán compartiendo textos.

Aunque el horizonte sea demasiado lúgubre, Maqueira encuentra otra perspectiva. “Lo preocupante es que la economía de las escritoras y escritores va a empeorar. Espero que esto dure poco y cuanto menos dure menos daño nos haga económicamente. Estamos preocupados y atentos, viendo cómo migramos nuestra vida social y laboral a formas virtuales, que no es lo mismo, pero que nos va a permitir aguantar hasta que esto termine”, confirma el escritor. “Este momento es una gran oportunidad de la literatura para revincularnos con gente que está necesitando que le cuenten historias, más allá de las historias que escuchamos sobre el coronavirus. La literatura es más necesaria que nunca; no hay virus que la mate. La literatura es más fuerte que cualquier pandemia, que cualquier suba del dólar o del riesgo país. La literatura va a estar: ayer, hoy y siempre. La literatura es un bastión que no va a ser derrotado por nada del mundo. Aunque haya un solo ser humano sobre la tierra, existirá la literatura”.