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miércoles, 2 de marzo de 2016

Un libro de Wilcock que hay que hacer

En su columna dominical del diario Perfil, el 14 de febrero pasado, Damián Tabarovsky se refirió a un aspecto poco conocido de la obra de J. R. Wilcock, a quien los lectores ya frecuentaron como poeta, narrador y traductor (ver en este blog la entrada del 6 de septiembre de 2009). Dicho lo cual, si Tabarovsky no va hacerla, la recopilación que sugiere está disponible para los editores que se animen.

Wilcock crítico

Primero a fines de los 90 y principios de los 2000, en especial en Sudamericana, pero también en Emecé, e incluso en Losada; y luego más recientemente en Huesos de Jibia, y sobre todo en La Bestia Equilátera, la obra de Juan Rodolfo Wilcock encontró nuevas ediciones y nuevos lectores. Mi amor por Wilcock hace que vuelva sobre esos libros, que los ordene al lado de ediciones más viejas: El caos, en el número original de Sur en que se publicó el cuento del mismo nombre, la primera edición completa del libro en Sudamericana de 1974, la segunda de 2000, y la de La Bestia Equilátera del año pasado, que incluye nuevos textos, y así sucesivamente con los demás libros. No habría que descartar que todavía queden libros y papeles inéditos, una correspondencia, y tal vez más cosas. No lo sé. Sé, en cambio, que hay un libro de Wilcock que aún no existe y que me encantaría leer, una faceta suya todavía no suficientemente explorada y que ocupa un lugar interesante en su obra: el Wilcock crítico. Entre muchas otras intervenciones en ese sentido, se destaca “Letras inglesas”, la columna sobre literatura inglesa aún no traducida al castellano que publicó en la revista Ficción a fines de los años 50. Es un Wilcock que, a mitad de camino entre la crítica literaria y el periodismo cultural, comenta las novedades del mercado anglosajón. Recuerdo una columna en la que simplemente glosa los contenidos de los últimos números de las principales revistas literarias inglesas, casi como un servicio al lector, como para “ponerlo al día” de lo que sucede en ultramar. Recuerdo otra sobre Dr. No, de Ian Fleming, novela crucial en la saga Bond, en la que Wilcock se interesa muy seriamente, pero también con una sutil ironía, en los alcances de la literatura llamada popular. Mi columna favorita se encuentra en el número 19 de Ficción (mayo-junio de 1959) y se titula Lolita en Inglaterra. Son tres páginas en las que da cuenta de la recepción (bajo la tríada censura, escándalo, best-seller) de la novela de Nabokov en Inglaterra (pero también en Estados Unidos y en Francia) y en las que, entre líneas, mecha su opinión sobre la novela. Es un trabajo finísimo de lectura de la crítica sobre el libro, que comienza con el desplazamiento de Doctor Yivago (sic) como “el libro de moda” y su reemplazo por Lolita. Luego Wilcock se detiene en la reseña de Lionel Trilling, de quien dice: “Asume actitudes de legislador moral (…) en un largo ensayo que no se distingue por su inteligencia”. Repara más tarde en el artículo que V.S. Pritchett (de quien casualmente –o no tanto– La Bestia Equilátera publicó dos libros) dedica a la censura en Inglaterra: “Según Pritchett, la novela de Nabokov es extraordinariamente ingeniosa, y en partes una obra literaria de excepcional calidad. De todos modos, resulta bastante difícil verlo como un libro capaz de inducir al pecado al lector corruptible”. Pero Wilcock se guarda lo mejor para el final: “Lolita ha conseguido, y esto es lo más extraordinario, hacer naufragar en el desinterés de la nación los esfuerzos de la beat generation, la generación de los hipsters, encabezados por Kerouac, al demostrar que, frente a una novedad de carácter tan absoluto, la obra de estos últimos no representaba, en última instancia, sino un nuevo símbolo de una cosa ya bastante conocida”.


domingo, 6 de septiembre de 2009

Recuerdo de un traductor (V)


Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires,1919 - Lubiano di Bagno Regio, provincia de Viterbo, Italia, 1978) fue, sin duda, uno de los más destacados escritores de su generación, que a los efectos prácticos se nombra “generación del 40”. Fue colaborador de Sur y director de Verde Memoria, en las que publicaba poemas y traducciones.
Entre 1949 y 1953 editó los libros Poemas y canciones, Ensayos de poesía lírica, Persecución de las musas menores, Paseo sentimental, Los hermosos días y Sexto. Apenas pasados los 30 años de edad, recibió el Premio de Poesía de la entonces prestigiosa Sociedad Argentina de Escritores.
Su conocimiento de idiomas le valió en 1953 un contrato en Roma para traducir la edición castellana de L’Osservatore Romano. Poco después se instaló definitivamente en Italia, donde publicó la mayor parte de su obra: Il caos (1961), La sinagoga de los iconoclastas (1972), El templo etrusco (1973), L’ingegnere (inspirada en su profesión de ingeniero civil, que casi no ejerció; 1975) y Libro de los monstruos (1978), además de los libros de poesía Luoghi comuni (1961), Poesías españolas (1963) y Cancionero Italiano: 34 poesías de amor (1974).
Fue amigo de Alberto Moravia y de Pier Paolo Pasolini, quien lo invitó a participar en El Evangelio según San Mateo, asumiendo el papel de Caifás.

La trayectoria de Wilcock como traductor es francamente abrumadora. Apelando apenas a una pequeña parte de su labor, en inglés, además de traducir para el teatro –La trágica historia del Doctor Fausto, de Christopher Marlowe, Ricardo III, de William Shakespeare, y El alquimista, de Ben Jonson, entre otras piezas–, tradujo los Cuatro cuartetos, de T.S. Eliot, y a una gran cantidad de narradores. Entre otros, a Evelyn Vaugh –La nueva neutralia (1953)–, a Graham Greene –Caminos sin ley (1953), El poder y la gloria (1959), El revés de la trama (1959)–, a David Garnett –Aspectos del amor (1957)–, a Jack Kerouac –El ángel subterráneo (1959)–, a Shelby Foote –Sígueme (1959)–, a Nicholas Blake –La bestia debe morir (1980)–, y a muchos otros autores de lengua inglesa. En cuanto al alemán, de Kafka tradujo los Diarios (reunidos por Max Brod; 1953), las Cartas a Milena (1955), En la colonia penitenciaria (1977), etc. Corresponde también mencionar la traducción del italiano de los cuatro tomos de la monumental Historia del teatro universal, de Silvio D’Amico (1956) y de El derrumbe de la Baliverna, de Dino Buzzati (2003). Buena parte de los textos mencionados, luego de tener su correspondiente edición argentina, fueron vueltos a publicar en España. En alguna ocasión, sin mención del traductor.