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miércoles, 7 de diciembre de 2022

"No se trata solo de hacer libros, sino de pensar en lo que se está haciendo"

El pasado 5 de diciembre, Damián Huergo publicó en Coolt una entrevista con la directora editorial de Eterna Cadencia. En la bajada se lee: “El sello dirigido por Leonora Djament aspira a aportar ‘nuevas maneras de pensar el presente’ a través de voces actuales y clásicas”.


Eterna Cadencia: constelación editorial


Leonora Djament se sienta en la silla de un bar de Villa Urquiza, en los bordes de Buenos Aires. Antes de pedir un café cortado, abre su bolso y empieza a sacar libros con tapas de colores rojos, amarillos, azules, magentas. Los apoya sobre la mesa de madera, con cuidado, uno sobre otro, como si estuviera armando una casa de bloques. Sobre la cima se puede leer Ricardo Piglia, Silvia Molloy, Claire Keegan, entre otros, muchos otros. A un costado, entre los libros y la azucarera, deja un folleto. En el frente, sobre un fondo galáctico, dice: “10 años. Eterna Cadencia. Editora”. Luego, cuando la taza de café esté vacía, Djament lo abrirá despacio, igual que si estuviera calibrando un periscopio. Al desplegar las ocho partes, flotará —en sus palabras— “una constelación editorial”. En lugar de estrellas, también brillando, aparecerán los libros que la editorial Eterna Cadencia fue publicando bajo la selección y cuidado de Djament, su editora desde la fundación del proyecto.


El primer paso o movimiento para que la constelación ocurriera sucedió en 2007. Leonora Djament daba un taller de edición en Casa de Letras; un espacio donde podía condensar su dimensión como docente universitaria junto a la de editora: ambos recorridos los había iniciado en simultáneo en 1996; por un lado, docente en la cátedra Teoría Literaria de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires; por el otro, editora en Alfaguara, donde dio sus primeros pasos armando las líneas de no–ficción. Su recorrido editorial continuó en Norma, donde —a los pocos meses de haber entrado a trabajar de la mano de Fernando Fagnani— quedó a cargo de la dirección editorial durante nueve años.


Leonora y Pablo Braun, el dueño del proyecto Eterna Cadencia, se conocían por su roles de editora y librero, respectivamente. Cuando Leonora Djament vio a Braun, sentado en una silla entre alumnos y alumnas del taller, se sorprendió. “Qué haces acá”, cuenta que le dijo. Braun, abriendo una puerta o corriendo un mueble que tapaba una ventana, le contestó: “Un día me gustaría formar una editorial, por eso estoy acá”.


Al encuentro fortuito le siguió una propuesta. Luego un hilado de reuniones para pensar juntos catálogos, proyectos estéticos, autores, cronograma, estructura, inversión. Cuando alcanzaron un suelo común, entusiasmada Leonora Djament renunció a Norma y empezó la aventura de Eterna Cadencia.


–Empecemos por el nombre, ¿por qué Eterna Cadencia?

–Pablo cuenta siempre que eran dos palabras que le gustaban mucho y así quedaron como nombre de la librería que es el primer proyecto que abrió. Es gracioso porque pareciera que es una cita de algún libro, pero son solo dos palabras cuya musicalidad y sentido le gustaron.


–¿Cómo armaron el catálogo de largada? ¿Qué líneas pensaron?

–Por un lado, estaba la idea de no repetir lo que yo estaba haciendo en Norma: mantener algunas líneas, pero también hacer algo diferente para que fuera un desafío y no simplemente la continuación de lo mismo en otro lugar. Sin embargo, algunos nombres de autores nos acompañaron inmediatamente, como Miguel Vitagliano, con una confianza que agradezco hasta el día de hoy; su novela Cuarteto para autos viejos es uno de los primeros tres libros que editamos en agosto de 2008, junto a dos libros de ensayo de Oscar Massota, Introducción a Lacan y Sexo y traición en Roberto Arlt.


–¿Qué buscaban y qué querían evitar?

–La primera etapa de una editorial siempre es muy exploratoria. Incluso me acuerdo que pensamos en algún momento “vamos a dedicarnos a autores de Europa del Este”, pero era un delirio, porque ya había editoriales españolas que lo hacían muy bien y ninguno de nosotros lee esas lenguas. Pero esas ideas nos ayudaron a tantear qué queríamos hacer. Tampoco empezamos redactando un manifiesto, como a veces se hace. Creíamos que el catálogo se construía también en la interacción con el tiempo, con el contexto, con los lectores, con los libreros, con los periodistas. En el hacer hay algo que se va definiendo, moldeando con el tiempo, pensábamos. Sí sabíamos que queríamos armar una editorial de ficción literaria y ensayo, pensando en nuevas escrituras pero también en rescates editoriales.


–¿Qué rupturas y continuidades encontrás con tu trabajo hecho en Norma?

–Habría que sentarse con más tiempo y ver los dos catálogos para pensar la respuesta. Igual me parece que por debajo hay una misma preocupación crítica y estética. Por ejemplo, pensando en los libros de ficción, nos importan más las escrituras, la lengua, que las tramas. Una diferencia entre ambos catálogos es que en Eterna Cadencia le pudimos dar un espacio  a escritores y escritoras jóvenes, algo que en Norma era más difícil porque había más instancias intermedias de decisión. Si pienso otra diferencia entre Norma y Eterna Cadencia es que en un proyecto independiente podés mirar el todo y tomar decisiones en función de eso. En cambio, en una multinacional a veces se ponen en juego ecuaciones, algoritmos, mediciones tan curiosas y en el fondo poco confiables que terminan mostrando de manera engañosa la situación de la editorial. Acá vos sabes qué es lo que querés y encontrás los medios para hacerlo. A veces sale y a veces no.


–¿Cómo te llevás con el sintagma “editoriales independientes”?

–Creo que al principio, hace 10, 15 años, fue una manera rápida, un guiño, para nombrar un tipo de edición diferente al de las multinacionales, o para nombrar una concepción diferente del libro. Por suerte, con el tiempo, y gracias a las reflexiones críticas de editores y de muchos especialistas que se dedican a pensar la edición, se fue puliendo esta denominación para cuestionarla y volverla más compleja y rica. Hoy es muy interesante poder pensar en las editoriales a partir de su tamaño, por ejemplo, y en ese sentido pueden ser definidas como pequeñas o medianas. Pero también se pueden pensar las editoriales como independientes, autogestionadas o artesanales, por ejemplo. Y ahí entran en juego otras dimensiones de la edición (la factura del libro, la comercialización, cuestiones económicas, etc.), y también la manera en que cada editorial se piensa y se imagina a sí misma. Hay muchísimas maneras de pensar lo que habitualmente recortamos como “editoriales independientes” para poder ver las diferencias en su interior. Esto vuelve tan rica, vital y contestataria a toda esta nueva camada de editoriales que surgieron en los últimos 20 años.


–Incluso, muchas de estas editoriales exceden la publicación de libros. Por ejemplo Eterna Cadencia, con la librería, el blog y el FILBA se puede pensar más como un dispositivo cultural que como una editorial.

–Es interesante pensar la figura del desborde. Todas las editoriales de una u otra manera desbordan la edición en sí misma; y esto es una diferencia con lo que sucedía con la edición hace 30, 40 ó 50 años. En el caso de Eterna Cadencia, cada uno de los espacios que nombraste comparten un mismo espíritu y a la vez cada uno tiene su propio perfil, sus propias búsquedas e inquietudes. Y pensando en el desborde, habría que pensar cómo la asociatividad es otro de los modos de existencia (o supervivencia) de estos últimos años, y da riqueza a los proyectos editoriales del presente.


–¿Cuáles fueron las voces que sienten propias o identifican a la editorial?

–Obviamente, todas las que publicamos. Tendríamos que rastrear bien lo que sucedió en el 2008, 2009. Recuerdo como escritoras del comienzo a Lina Maruane, Gabi Cabezón Cámara, Hernán Ronsino, Margo Glantz. En 2009 sacamos una antología hermosísima que se llama Excesos del cuerpo, hecha por dos investigadores venezolanos, Javier Guerrero y Nathalie Bouzaglo, que compilaba relatos de escritores latinoamericanos que pensaban la relación cuerpo, enfermedad y escritura. Ahí había cuentos de Diamela Eltit, Chejfec, Pauls, Glantz, Bellatin. Siento que ese libro marcó una búsqueda editorial que se fue abriendo y continuando con otros libros que vinieron después. Pensando en el catálogo, nosotros no tenemos colecciones, pero sí zonas. Por ejemplo, una que podemos llamar biopolítica, donde pensamos justamente la relación entre cuerpos/poder/sujetos/escrituras; otra que piensa la historia, la memoria, el territorio, que la integran los libros como los de Nona Fernández, Hernán Ronsino, Daniel Mella; también está la zona que piensa los modos de narrar, más vinculada a las llamadas literaturas del yo, donde aparecen los libros de Tamara Kamenszain, Édouard Levé, Joe Brainard, que es el antecesor de Perec y de Levé. Luego tenemos diferentes zonas dentro de nuestros ensayos: hay todo un conjunto de libros frankfurtianos que giran en torno a la llamada Escuela de Frankfurt; hay otra zona de crítica literaria argentina donde están Josefina Ludmer, Molloy, Jorge Panesi, Piglia, Daniel Link, Carlos Gamerro; están los franceses posmarxistas como Badiou, Ranciere… y así se puede recorrer el catálogo entrando por diferentes lugares.


–También publican clásicos.

–Hemos publicado muchos clásicos en complicidad con muchos grandes traductores. Jorge Fondebrider ha traducido y prologado Madame Bovary y Tres cuentos de Flaubert (y pronto publicaremos una nueva traducción de Bouvard y Pecuchet que será la más completa hasta el momento). Jorge tradujo además a Jack London y Corazón de las tinieblas de Conrad. También publicamos El doble de Dostoievsky en traducción y prólogo de Alejandro González y El desaparecidode Kafka, traducido por Ariel Magnus y con prólogo de Mariana Dimópulos. Creemos que vale la pena volver a traducir los clásicos de tanto en tanto. En esa retraducción hay una actualización de esas escrituras tanto porque la lengua cambia con el tiempo como también cambian los contextos de recepción. Se trata de ponerlos a circular de vuelta en la lengua y en el presente; son los libros que siguen hablando, diciendo cosas. Ni hablar cuando la importancia de la reedición de un clásico tiene que ver también con publicar textos que fueron censurados por los albaceas, como es el caso de los cuadernos de Katherine Mansfield que acabamos de publicar, Sopa de ciruela, con traducción y prólogo de Eleonora Gonzalez Capria y con un trabajo de edición invalorable de Virginia Ruano. En este sentido, nuestra edición de El desaparecido de Kafka también rescata la edición original, previa a las intervenciones que Max Brod hace una vez que Kafka muere.


–¿Siempre se pensaron como una editorial para toda la lengua hispana?

–Desde el comienzo nos interesaba que nuestros libros llegaran a toda América Latina y España. Cuando empezamos era un momento en el que era dificilísimo leer a un autor latinoamericano si no era publicado primero por una editorial española. El tráfico entre países latinoamericanos era muy escaso. España había copado casi en su totalidad las vías de distribución a México, a Colombia, a Buenos Aires, siempre desde España y en una sola dirección. En ese sentido, las editoriales independientes, sobre todo después del 2000, vinieron a reconstruir esos lazos, esas rutas alternativas entre países cercanos, del continente, sin mediaciones españolas.


–¿Cuál es el aporte que sentís que la editorial viene haciendo a la sociedad?

–Lo que nos interesa al momento de intervenir en la sociedad, tanto desde la ficción como en los ensayos, es poner en circulación no sólo ideas, sino también palabras, perspectivas, tonos, estéticas, sintaxis. Ranciere diría “nuevos repartos de lo sensible”. Creemos que los libros que publicamos pueden aportar nuevas maneras de pensar el presente siempre tan complejo en el que vivimos.


–Por último, ¿cómo se hace una editora? ¿Qué virtudes tiene que tener?

–¡Qué difícil pregunta! Por suerte, desde hace varios años existen muchos lugares para formarse en el mundo editorial. Cuando empecé uno se formaba con la generosidad de los editores que tenía al lado. No había maestrías, cursos, talleres, nada de eso. Me parece que la formación es importante para pensar en la práctica editorial (o en la edición como una práctica). No se trata solo de hacer libros, sino de pensar en lo que se está haciendo. Y también poder hacer la mejor versión del libro que se está por publicar. De ayudar al autor a encontrar esa búsqueda que el libro está haciendo, más allá de los gustos personales de cada uno.

 

lunes, 13 de diciembre de 2021

Opiniones en el bicentenario de Gustave Flaubert

Ayer, 12 de diciembre, Claudia Lorenzón publicó en el sitio de la agencia TELAM el siguiente artículo, en cuya bajada se lee: “Hace 200 años, el 12 de diciembre de 1821, nacía en Francia Gustave Flaubert, autor de obras clásicas de la literatura como Madame Bovary, Tres cuentos y Bouvard y Pécuchet”.

Flaubert: nuevas lecturas y traducciones, a 200 años de su nacimiento

La relectura y nuevas traducciones de la obra de Gustave Flaubert permiten descubrir y actualizar significados de textos como Madame Bovary, Salammbo y Bouvard y Pécuchet con los que el autor inauguró la multiplicidad de los puntos de vista y puso en práctica el uso del estilo indirecto libre, transformándose en uno de los mayores escritores de la historia de la literatura, según traductores y editores consultados, a 200 años de su nacimiento, un 12 de diciembre de 1821 en la ciudad francesa de Ruán.

“Su importancia puede medirse por todo lo que trajo de nuevo al arte de narrar”, afirma el traductor, ensayista y poeta Jorge Fondebrider, quien tradujo gran parte de su obra, mientras que para la editora Leonora Djament la importancia de su narrativa radica en que “marca un antes y un después en la literatura moderna”, otorgando a los personajes menores un protagonismo vedado hasta ese momento, “produciendo una escritura democrática”.

Siguiendo la lectura del filósofo francés Jacques Rancière, la editora de Eterna Cadencia señala a Télam que “las ficciones de Flaubert –que murió en 1880– plantean el fin de la lógica representativa, aristotélica, orgánica, donde hay relación causa/efecto y proponen, en cambio, una revolución donde los personajes menores –como Felicite en “Un corazón simple”– pueden vivir todas las pasiones”, de ahí su sello democrático.

De esta manera, “no hay pasiones reservadas a los personajes principales, a los grandes héroes de las historias, a los hombres que realizan los grandes trabajos, y se cuestiona la división naturalizada entre almas nobles y almas vulgares y visibiliza las pasiones y acciones de los “cualquiera”, en palabras de Rancière, que estaban invisibilizados, trabajan todos los días y tienen un rol único preasignado. Se trata de narrarlo todo, no porque todos sean iguales sino justamente porque todos son distintos”.

A este análisis, Fondebrider suma que Flaubert “desarrolló la multiplicidad de puntos de vista narrativos basándose en la perspectiva de los personajes, e instituyó el uso frecuente del estilo indirecto libre, recurso que hoy nos parece evidente, pero que hasta él prácticamente no se usaba; rompió el cliché romántico de equiparar vida y obra, y demostró que cualquier historia, incluidas las más triviales, puede ser literatura si se considera la necesidad de un estilo”.

En ese rescate de su figura, el traductor considera que Flaubert “equiparó la labor del narrador a la del poeta, lo que implica que no se limitó a contar historias, sino que hizo importantes a algunas bastante triviales por la forma en que las contó antes que por lo que dicen las historias mismas, sin perder de vista lo que para él era el dato distintivo de la condición humana: la estupidez, repetida una y otra vez con todas sus posibles variantes en cada uno de sus personajes, sin excepción”, como sucede en la inconclusa Bouvard y Pécuchet, su última novela.

En este sentido, Magdalena Cámpora, directora de la Cátedra de Literatura Comparada de la Universidad Católica Argentina (UCA) y titular de Literatura Francesa en esa institución y en la Universidad del Salvador, dice que en esa novela el autor quiso hacer –según Jorge Luis Borges– “'una enciclopedia de la estupidez humana', y para ello arma clasificaciones que no se entienden: cita libros acreditados, filosóficos, técnicos, cuyas enseñanzas no sirven para nada: en manos de Bouvard y Pécuchet, que son un poco ridículos, y todo se vuelve un engendro” y agrega que “Flaubert hace esto en el siglo XIX, que cree en el progreso, en el avance técnico”.

Fondebrider, que tradujo Madame Bovary, Tres cuentos y Bouvard y Pécuchet –que el año próximo editará Eterna Cadencia– cuenta que lo hizo en “ediciones anotadas”, lo que significa que a la traducción sumó “centenares de notas porque se trata de textos publicados hace más de un siglo que, por un lado, necesitan datos para que el lector actual pueda entender detalles que para los contemporáneos de la cultura de Flaubert resultaban transparentes, y por otro, porque desde la publicación de esos textos hubo miles de comentarios de críticos y escritores, algunos de los cuales arrojan luz sobre los propósitos de Flaubert”.

Para el traductor ese trabajo fue “una verdadera lección de literatura con mayúsculas”, que lo obligó “a pensar cada detalle hasta en sus menores recovecos: por ejemplo, si a Flaubert un párrafo le tomaba dos semanas, ¿quién soy yo para liquidarlo en quince minutos? A él no le gustaban ni las repeticiones ni las cacofonías, de modo que, por primera vez, traduje prosa en voz alta para escuchar, después de traducir, cómo sonaba”.

Por otra parte, al respetar el estilo particular de escritura de Flaubert, Fondebrider tuvo que pensar “cómo reproducir en el molde del castellano actual lo que había sido dicho en el particular molde del francés de la época de Flaubert, tarea pocas veces automática, y en cada oportunidad hubo desafíos particulares”, según manifiesta.

En el caso de Madame Bovary se plantea “una multiplicidad de puntos de vista muy grande que, por lo que vi, muchos traductores previos convirtieron en apenas un narrador omnisciente, y eso no es así en el original”, explica el traductor y señala que “en los Tres cuentos hay un vocabulario extremadamente preciso”, como sucede en “La leyenda de San Julián el hospitalario”.

En este caso, explica que “cuando se describe la jauría que Julián recibe como regalo de su padre, no se menciona la palabra “perro”, sino el nombre de cada raza, lo cual implica funciones muy específicas en la cacería, que Flaubert encontró en manuales de caza del siglo XII y que se refieren a razas extintas”. Ni qué hablar del enorme bagaje enciclopédico de Bouvard y Pécuchet: si uno pretende traducirlo tiene que saber cosas tan disparatadas como las particularidades del cultivo de melones, la historia de la Revolución francesa y las especificidades de la ética de Spinoza, y eso sólo para abordar apenas tres problemas que doy a modo de ejemplo, de los varios cientos que presenta el libro”.

Por todo esto, Djament considera “fundamental volver a traducir a los clásicos de tanto en tanto porque cambia la lengua, cambia la recepción de esos textos y se resignifican y amplían sus lecturas” y agrega que las traducciones que viene publicando Eterna Cadencia “intentan justamente ofrecer nuevas versiones, aprovechando las nuevas lecturas sobre Flaubert y los materiales inéditos que siguen apareciendo”.

Y destaca que “las anotaciones de Fondebrider brindan al lector contemporáneo una cantidad de información histórica, literaria y lingüística que vuelve la lectura una experiencia todavía más rica y compleja”.

Sin lugar a dudas Madame Bovary, novela censurada y cuestionada tras su publicación en 1856, es una de las obras más conocidas del autor francés, y si bien a la luz de las corrientes feministas es considerada una heroína, una mujer que se arriesga a la infidelidad o que se niega a maternar a su hija, a la que directamente deja con una nodriza, los expertos consultados relativizan esa calificación.

Fondebrider considera que esa “lectura contemporánea no está presente en las intenciones de Flaubert” y explica que “en su época, estaban de moda las novelas de adúlteras y a partir de una noticia policial y unas memorias de una conocida, el autor escribió su novela como una bravata: quiso demostrar que un tema, desde su punto de vista, del todo intrascendente, podía convertirse en arte a través del estilo. Pero la historia en sí le era del todo secundaria”.

No obstante, reconoce que “como todos los clásicos, admite muchas más lecturas de las que imaginó su autor. Hoy lo leemos de canto y de perfil, y, de acuerdo con el lugar en el que estemos parados, le atribuimos significaciones que no necesariamente tiene”.

“Dudo que Flaubert haya pensando en las luchas feministas del futuro cuando imaginó al personaje de Madame Bovary. Dudo incluso de que la haya considerado una heroína. Por otra parte, y esto ya desde una perspectiva política y filosófica, Flaubert siempre detestó a las mayorías y, en consecuencia, también las luchas colectivas”, afirma Fondebrider.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Comienzan, en Argentina, las actividades del bicentenario del nacimiento de Gustave Flaubert

 

Como ya fue comentado la semana pasada, mañana comienzan los dos días que el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, con la Cátedra de Literatura Comparada de la U.C.A. y la Cátedra de Literatura Francesa de la misma institución, conjuntamente con el Institut Français de Argentina, dedican a celebrar a Gustave Flaubert con motivo del bicentenario de su nacimiento.

Para ello, hoy 9 diciembre, a las 18 y a las 19 hs., habrá dos mesas: una, dedicada a conversar con tres editores argentinos de la obra de Flaubert y preguntarles por el sentido de publicarlo en este país y en este momento, y otra, en la que se entrevistará, con el correspondiente subtitulado al castellano, al crítico e investigador francés Jacques Neefs, especialista en Flaubert.

Mañana, 10 diciembre, también en el horario de las 18 y 19 hs., habrá otras dos entrevistas con Anne Herschberg Pierrot y Pierre-Marc de Biasi, ambos también críticos e investigadores especializados en Flaubert.

Quienes no puedan presenciar alguna de las actividades, éstas quedarán alojadas en el youtube del Institut Français de Argentina, donde podrán verse y oírse en cualquier momento.  

A horas de que tengan lugar, estos son los vínculos de acceso:

1) Editores : 
https://www.youtube.com/watch?v=C514UIPa4GQ

2) Jacques Neefs : 
https://www.youtube.com/watch?v=wm9cAwTHgHs

3) Anne Herscheberg-Pierrot : 
https://www.youtube.com/watch?v=m9UMeRRMAKc

4) Pierre-Marc de Biasi : 
https://www.youtube.com/watch?v=EbXfMr2xoIs




viernes, 3 de septiembre de 2021

Leonora Djament y los 13 años de Eterna Cadencia

El pasado 30 de agosto, Valeria Tentoni publicó una entrevista con la editora Leonora Djament, con motivo de los trece años de existencia de la editorial Eterna Cadencia para el blog de la librería del mismo nombre. Se reproduce a continuación.

La edición como trabajo sísmico

Termina agosto, el mes lector por excelencia, y por acá también celebramos los 13 años de Eterna Cadencia Editora. Conversamos con su responsable desde el inicio, Leonora Djament. “Yo estaba trabajando en Norma desde hacía casi 9 años y Norma estaba haciendo un viraje como editorial que a mí no me interesaba. Y Pablo Braun acababa de abrir hacía poco la librería y quería seguir incursionando en el mundo del libro pero desde otra zona. Nuestros caminos se cruzaron un poco azarosamente en un curso de edición que yo daba en Casa de Letras en el año 2007 y ahí mismo empezamos a conversar sobre la posibilidad de armar el proyecto editorial de Eterna Cadencia”, cuenta ahora, más de 200 libros después, entre los que se cuentan tomos en ficción y ensayo, traducciones de autores como Georges Perec, Joseph Conrad o Lydia Davis, novelas premiadas como las de Gabriela Cabezón Cámara y Hernán Ronsino.

–¿Cómo surgió el proyecto?
–Supongo que el proyecto surgió de inquietudes y búsquedas de ambos. Nos reunimos a lo largo de un mes y muy rápida y felizmente nos dimos cuenta que nos interesaba más o menos el mismo proyecto editorial. Nos pusimos de acuerdo y al mes renuncié a Norma (¡embarazada de mi segunda hija!). Una locura que salió muy bien gracias al gran equipo editorial (Ana Mazzoni y Claudia Arce en los comienzos, Claudia Ramón, Virginia Ruano y Tamara Grosso después), todos los que hacen la librería Eterna Cadencia y tantos colaboradores queridos (traductores, correctores, diseñadores, amigos, libreros, periodistas, lectores) que nos ayudaron, nos acompañaron, nos apoyaron en este proyecto editorial.

–¿Y cómo había surgido en vos la vocación editora? ¿Cuál fue el primer libro que editaste en tu vida?
–No sé si tuve o reconocí en mí algo así como una vocación editora. Yo empecé en el mundo editorial haciendo prensa en Alfaguara a comienzos de 1996, cuando estaba terminando la carrera de Letras. De ahí se fue dando la posibilidad de editar y hacerme cargo de algunas colecciones. Pero fue sobre todo cuando no me dejaron hacer un libro que quería (que habíamos imaginado con Daniel Link tantos años atrás), fue ahí, ante la negativa a una propuesta, que entendí la fascinación, el desafío, la complejidad que significa editar con convicción, pensar la edición como un aporte a las discusiones del presente, como una afirmación de ideas. Y entendí también que los proyectos son viables (o por lo menos tienen más chance de ser viables) si los editores manejamos no solo las letras sino también los números (eso, tres décadas atrás, no siempre sucedía).

–¿Qué significaba editar para vos al comienzo y en qué se convirtió en todos estos años?
Recién decía la edición como una afirmación de ideas. Sin embargo, con los años siento que pasé de pensar la edición como ideas, palabras, textos que uno quiere poner a circular, a pensar la edición como una exploración o investigación (como nombraba Giulio Einaudi a la edición): publicar para interrogar un estado de discusiones pero también editar para aprender, para pensar, para reformular: editar como trabajo sísmico.

–¿Qué búsqueda dirías tiene la línea de ensayo? ¿Cómo se piensa con respecto a la realidad o a la coyuntura esta línea de libros?
–En un punto las líneas de ensayos y de narrativa buscan lo mismo pero de diferente manera o a partir de especificidades diferentes (que se van desdibujando felizmente con el tiempo). La línea de ensayos intenta aportar a las discusiones del presente poniendo en circulación textos que nos ayuden a pensar. En este sentido no importa si son libros inéditos o textos que ya fueron publicados décadas atrás y estuvieron agotados, porque muchas veces un libro puede decir cosas nuevas en un nuevo contexto (como el Quijote de Pierre Menard). Los libros de Theodor Adorno publicados a fines de los 60 iban a contramano de los movimientos y teorías de izquierda vanguardistas. Leídos en el siglo XXI nos recuerdan que sin una dosis de dialéctica todo pensamiento se vuelve totalitario, parcial o falso.

–¿Qué búsqueda hace la de narrativa?
–La narrativa (si todavía podemos sostener estas divisiones) que publicamos propone imaginarios poderosos, me parece, y también, al mismo tiempo, desde la escritura desestabilizan o hacen crujir el lenguaje, el sentido común. Pienso por ejemplo en dos libros que publicamos hace poco, tan lejanos en el tiempo y a la vez con tantas continuidades, si uno quiere, como La telepatía nacional de Roque Larraquy y Corazón de las tinieblas de Conrad, traducido por Jorge Fondebrider. Pienso en Ana Ojeda y en Tamara Kamenszain, por poner otros ejemplos.

–Has editado autores como Onetti, Piglia, Rulfo, Glantz, Keegan... ¿Qué sentís al ver el catálogo desplegado?
¡Estamos felices del trabajo de estos años! A esos nombres que mencionás, le sumaría los nombres de Hernan Ronsino, Gaby Cabezón Camara, Julián López, Miguel Vitagliano, Matías Capelli, que son los primeros argentinos que publicamos, en algunos casos con primeros libros. Cada unx de lxs autorxs y cada uno de los libros que publicamos hasta hoy nos da mucha emoción y orgullo en términos de contribución del catálogo a nuestro presente, nuestro contexto. Lo que se despliega en el catálogo son, como nos gusta decir, múltiples constelaciones que unen a los libros y que buscan armar distintas zonas, problemáticas, tonos o tensiones. Literalmente dibujamos esas constelaciones sobre un cielo nocturno cuando cumplimos 10 años y quedaron retratadas en un afiche que nos sigue estimulando.

–¿Qué viene a futuro en Eterna Cadencia Editora?
–¡Tantas cosas! La nueva y potente nouvelle de la escritora irlandesa Claire Keegan, un seminario inédito en castellano de Derrida que se llama La vida, la muerte, el ensayo, La escritura aumentada de Eric Schierloh (que viene a discutir muchas ideas perimidas o poco productivas de la edición), el nuevo libro de la escritora jamaiquina Claudia Rankine que va a dar mucho que hablar y muchos proyectos nuevos y nuevas zonas de exploración para el año que viene.

lunes, 29 de junio de 2020

¿Cambio de paradigmas, que le dicen?


El 24 de junio pasado, Silvina Friera publicó en Página 12, de Buenos Aires, el siguiente artículo en el que varios editores especulan sobre el futuro editorial argentino y los probables desafíos que tal vez lleguen después de la pandemia. Suponemos que el título curioso que lleva la nota no fue puesto por la periodista.

Se editan pocos libros por la pandemia
y la crisis del sector

Publicar menos libros y prolongar su presencia en las librerías ha sido la respuesta inicial ante la crisis que generó la pandemia de coronavirus. ¿Habrá un nuevo paradigma en la industria del libro, que hasta ahora se sustentaba en la necesidad de editar muchos títulos al año, lo que se conoce como “novedades”, para mantener aceitada la maquinaria editorial? ¿La “nueva” normalidad será más “conservadora” y menos aluvional? La magnitud de la reducción se evidencia en la bajísima cantidad de ejemplares que se produjeron en mayo: 200.000, a diferencia del millón de libros que se imprimieron en mayo de 2019, según datos de la CAL (Cámara Argentina del Libro). Alejo Carbonell de Caballo Negro (Córdoba), Leonora Djament de Eterna Cadencia; Fabián Lebenglik de Adriana Hidalgo, Damián Tabarovsky de Mardulce, Constanza Brunet de Marea y Víctor Malumián de Ediciones Godot, convocados por Página/12, intentan repensar los cimientos de una actividad que se va definiendo “semana a semana”.

¿Cómo publicamos lo que publicamos?
 “Las editoriales pequeñas siempre publicamos pocos títulos al año, así que tenemos gimnasia en eso de estirar los tiempos de un libro para que se sostenga como novedad”, opina Alejo Carbonell, director de Caballo Negro, editorial cordobesa que hace once años publica narrativa, ensayos, poesía y crónicas. “El plan de las editoriales en general venía cascoteado por los cuatro años de macrismo, ya estábamos publicando menos antes de la Covid-19, de modo que esta crisis es una especie de aceleración de lo anterior; no hay cambio de paradigma”, agrega Carbonell. “El cambio de lógica apunta a muy pocas editoriales en el mercado argentino –coincide Víctor Malumián, de Ediciones Godot, sello que empezó en 2008–. Las editoriales con las que suelo conversar difícilmente publiquen más de una o dos novedades por mes. Se habla de cambio de paradigma porque los grupos más grandes, tanto en tamaño como en porcentaje del mercado, quizá vayan a dar un cambio en su norte editorial. Pero las pequeñas editoriales siempre pensaron sus libros muy lejos de la lógica fast seller. Es el karma de la concentración editorial en su máxima expresión”.

Leonora Djament, directora editorial de Eterna Cadencia desde hace doce años, comenta que es difícil saber si se modificará el modo de editar libros en un futuro cercano. “En caso de que se publiquen menos novedades, es difícil saber si ocurrirá solo porque las editoriales y los lectores tienen menos dinero o por un cambio de paradigma en el sector. Por un motivo u otro, sí tendremos menos títulos y menos ejemplares en los próximos meses. Ojalá que esta difícil situación que estamos atravesando a nivel mundial sirva para repensar las bases de nuestra actividad. Me parece que se vienen discutiendo algunos aspectos (el rol de las librerías independientes, los diferentes y posibles modos de editar, la importancia de la edición artesanal, la relevancia de las múltiples ferias, el problema de la concentración editorial), pero sin embargo hay grandes cuestiones sabidas pero poco debatidas (por caso, el oligopolio de la venta del papel o el casi imposible esquema financiero que guía al sector editorial). La discusión pendiente no es tanto (o no es solo) cuántos libros publicamos sino cómo publicamos lo que publicamos”, plantea Djament.

“Los tiempos de encierro, que seguramente serán largos, traen más introspección y reflexión. Para nuestra editorial de fondo esto no es necesariamente un perjuicio porque lo que se está vendiendo más ahora es el catálogo. La lógica es tener un catálogo de alta calidad que trascienda el tiempo”, explica Fabián Lebenglik, de Adriana Hidalgo, sello que cumplió veinte años en 2019. Constanza Brunet, de Marea Editorial, creada hace 16 años, advierte que la menor cantidad de títulos se trata de una situación coyuntural que no se sostendrá luego de la pandemia. “Las editoriales independientes, que arman un catálogo más específico y que eligen cada título de una manera más artesanal, posiblemente volverán más lentamente a la cantidad de títulos que editaban antes de la pandemia”.

Damián Tabarovsky, de Mardulce, no está seguro de que la industria editorial argentina se sustentaba en la necesidad de publicar muchos títulos. “Eso ocurría en las grandes editoriales o en otros mercados como España, que funciona bajo el sistema de ‘en firme con derecho de devolución’, que favorece la especulación financiera. Pero para las editoriales independientes argentinas publicar de más también es un problema. Lo que tal vez se ponga en discusión a futuro no sea la cantidad de novedades sino las tiradas, que seguramente serán más bajas –precisa el director editorial–. Más allá de los futurólogos de turno, es muy difícil predecir cómo seguirá el mercado editorial, la situación económica y la vida cotidiana. Obviamente sé que se vienen tiempos muy difíciles –o mejor dicho, que ya estamos en ellos-, pero creo que está todo abierto: lo único que veo por delante es incertidumbre”.

La pandemia de Covid-19 cambió los planes editoriales. Adriana Hidalgo redujo los libros a publicar durante este año a la mitad: de los 24 títulos previstos quedarán 12. “No se trata de nuevos paradigmas sino de un paso a paso para ir viendo qué sucede cada semana”, detalla Lebenglik. “Teníamos planificado un año de doce novedades, ahora es muy probable que hagamos la mitad –admite Carbonell de Caballo Negro–. Hay que tener en cuenta que en nuestros calendarios hay hitos para los cuales se trabaja: llegar con novedades a la Feria del libro de Buenos Aires y a la Feria de Editores (FED) y, en nuestro caso, también llegar con novedades a la feria del libro de Córdoba, es decir que no solo se reduce la cantidad de novedades, o que se atrasan, sino que es necesario pensar todo el esquema de nuevo, porque para cada feria uno llega con determinado perfil de novedades”. Desde Ediciones Godot, Malumián confirma que -si el escenario no empeora- publicarán cuatro o cinco libros más de acá a fin de año. En Mardulce publicaron hasta ahora dos novedades y una reimpresión, todas en marzo. “Recién pudimos distribuirlas en mayo, cuando las librerías comenzaron a trabajar”, cuenta Tabarovsky y revela que por la pandemia iniciaron la digitalización de parte del catálogo: “No sé cómo seguirá el plan editorial, que seguramente va a ser sustancialmente menor al previsto”. Eterna Cadencia pospuso un 30 a 35 por ciento del plan de este año. Djament calcula que terminarán sacando 11 nuevos títulos, aunque todavía no sabe. Marea tenía previsto publicar 18 novedades, pero posiblemente salgan solo 10.

El riesgo intelectual
¿Cómo garantizar que la disminución de novedades no afecte la bibliodiversidad, la apuesta por nuevos autores o por escrituras y proyectos, cuyas prioridades no pasan por vender más? “Es probable que muchas editoriales ante una situación de crisis e incertidumbre como la que vivimos, se vuelvan más conservadoras: apostar a temáticas, géneros y autores de venta más o menos segura –responde Djament-. Para aquellos que editar no significa solo ‘volver algo público’ sino poner en discusión lenguajes y perspectivas imperantes, la edición va a seguir siendo el modo de llevar a cabo esa actividad. Y también habrá que estar muy atentos a lo que pueda surgir con esta crisis: a las nuevas formas de trabajar, colaborar y pensar en el sector”. Para Lebenglik, publicar menos títulos no afecta la bibliodiversidad. “No cambiamos el gusto de lo que veníamos haciendo. La bibliodiversidad no es una cuestión de cantidad”.

Brunet recuerda que las editoriales independientes siempre editaron una cantidad limitada de títulos. “La bibliodiversidad no está garantizada por la cantidad de títulos, sino por la variedad de las propuestas, por la visibilidad de los proyectos alternativos y por su mínima sustentabilidad económica. Puede haber una cantidad enorme de títulos orientados exclusivamente a una misma idea comercial y eso no genera mayor bibliodiversidad –aclara la directora editorial de Marea–. En cambio, las editoriales independientes, de capital nacional, garantizan la diversidad de voces, de géneros, de autores, eso es lo que está en riesgo por la crítica situación que vive el sector y que se agravó con la situación de pandemia”.

Carbonell, de Caballo Negro, reconoce que la realidad va empujando a las editoriales a volverse conservadoras y a experimentar menos. Malumián observa que se recortan los títulos más experimentales y las nuevas apuestas. “Hay una pregunta latente por el tamaño de la tirada, la rentabilidad por ejemplar y el costo unitario de precio al público. Nadie olvida que la pandemia irrumpe en un contexto de cinco años de caída sostenida de ejemplares”, recuerda el director editorial de Godot. En cuanto al catálogo por venir, Tabarovsky anticipa que van a optar por el camino inverso: “a más crisis, más riesgo intelectual”.

Muchas editoriales tenían sus catálogos sin digitalizar o digitalizados parcialmente antes de la Covid-19. “Hicimos muy pocos ebooks hace unos años, cuando parecía que una parte de los lectores estaba virando hacia los libros digitales y podía llegar a explotar. Luego eso se amesetó y nosotros, como muchos, abandonamos un poco el tema”, reconoce Carbonell y añade que Caballo Negro tiene el 10 por ciento del catálogo en los dos formatos –digital y físico–, mientras que el resto está publicado solo en papel. Lebenglik especifica que la cuarta parte del catálogo de Adriana Hidalgo está disponible en ebook y que están digitalizando más títulos.

Para Malumián, las condiciones en las cuales creció la lectura digital son artificiales y habrá que esperar para ver en qué medida se mantiene el ritmo de lectura digital. “Es verdad que por precios o simplemente por la falta de oferta del libro en digital, el crecimiento de ese soporte fue más lento. Tampoco hay que descartar el factor del parque tecnológico y lo difícil que es acceder a un e-reader. Pero en muchos otros casos se puede ver la caída en la venta del libro digital en paralelo con la apertura del delivery de libros físicos –compara el editor de Godot-. Seguramente exista una cantidad de lectores híbridos que pueden leer en ambos formatos y otro tanto que gracias a la pandemia le tomó el gusto al libro digital”. Djament subraya que gran parte del catálogo de Eterna Cadencia está digitalizado y que en el último tiempo intentan publicar ambos formatos a la vez.

Marea tiene más de la mitad del catálogo digitalizado, “aunque con escasos resultados económicos”, puntualiza Brunet. “A raíz de la pandemia hemos realizado nuevas acciones como publicar directamente novedades en ebook antes que en papel. Los resultados por ahora son inciertos hacia el futuro. La experiencia hasta acá fue muy pobre, aunque apostamos a que al menos mientras dure la pandemia crezca. El público argentino no está habituado ni dispuesto a pagar por contenidos digitales. Y la piratería está a la orden del día, basta con asomarse a Facebook y ver qué es lo que se comparte públicamente”, sugiere la editora. Mardulce tiene digitalizados 16 títulos. “De ahora en adelante saldrán todas las novedades en los dos formatos al mismo tiempo. Pero sin demasiado optimismo en las ventas de ebook, que aunque aumenten algo por la cuarentena, siguen siendo poco numerosas”, asegura Tabarovsky. “Los libros en papel son uno de los más hermosos inventos de la humanidad”, concluye el editor de Mardulce.


martes, 17 de diciembre de 2019

¿Cómo salir del atolladero?


“Trabajar en contra de la concentración, desdolarizar el precio del papel y reactivar las compras de libros son algunas de las propuestas para dinamizar el sector.” Tal la bajada de la nota publicada por Silvina Friera, en Página 12, el pasado 9 de diciembre, en la que dialoga sobre la situación del sector con Damián Ríos, Mariano Blatt, Paula Pérez Alonso, Damián Tabarovsky, Leonora Djament, Carlos Díaz y Ecequiel Leder Kremer

Ideas para reactivar la industria editorial

La industria editorial es tierra arrasada por la política económica del macrismo. A horas de la asunción del nuevo gobierno encabezado por Alberto Fernández, editoras y editores, escritoras, escritores y libreros como Damián Ríos, Mariano Blatt, Paula Pérez Alonso, Damián Tabarovsky, Leonora Djament, Carlos Díaz y Ecequiel Leder Kremer se muestran expectantes ante una política económica que pueda frenar la caída, bajar la inflación y reactivar el consumo. Hay coincidencias en que es necesario trabajar en contra de la concentración de la industria del papel y su cartelización para desdolarizar el precio del papel; que se requiere con urgencia efectivizar la supresión del IVA en los procesos internos del libro; reactivar las compras de libros y la creación del Instituto Nacional del Libro (INLA), proyecto presentado por el diputado Daniel Filmus, entre otras medidas.

“De la crisis se sale con paritarias –afirman Damián Ríos y Mariano Blatt, de la editorial Blatt & Ríos–. Los docentes tuvieron pésimas paritarias estos años, por debajo de la media, y que haya paritarias que le empaten a la inflación puede detener la caída. Si bien no es central para las editoriales, es importante que la Conabip vuelva a comprar libros como en otros gobiernos; es bueno para las bibliotecas, para los lectores y para las editoriales. Queda un sector grande de la población lectora que son los estudiantes; para ellos debería haber descuentos que se pueden financiar en partes iguales por editoriales, librerías y el Estado. Los precios de los libros para muchas personas son inaccesibles”.

Paula Pérez Alonso, apunta al corazón de una de las principales cuestiones. “Confío en que el próximo gobierno logrará parar la caída de la actividad económica y acertará con las medidas para parar la inflación. Uno de los costos más importantes, entre el 40 y 65 por ciento del costo total en lo que significa producir un libro, es el papel. Y no se entiende por qué se lo trata como un commodity, si se produce en la Argentina para el consumo en la Argentina. ¿Por qué el papel está atado al precio del dólar, si no es importado? Porque se hace con energía pesada y esto está atado a las tarifas de electricidad que se dolarizaron en estos años”, explica la escritora y editora.

“Si el gobierno de Alberto Fernández tiene una política cultural importante imagino que podrá volver a comprar libros para bibliotecas, para escuelas y colegios. Si hay una alianza entre el mercado y el Estado, el trabajo que se puede hacer entre las editoriales y las escuelas es enorme, siempre y cuando se sostenga en el tiempo. Uno de los actores más golpeados en la cadena que va del autor al lector son las librerías: podría el gobierno darles créditos con tasas muy bajas a las que cerraron acá en Buenos Aires, que concentra el 60 por ciento, y en el interior; también a las pequeñas editoriales que trabajan arriesgando por nuevos autores y haciendo rescates buenísimos de libros que estaban fuera de circulación. Veremos qué presupuesto le da Alberto Fernández a Cultura”, agrega Pérez Alonso y destaca que el Instituto Nacional del Libro, cuando se apruebe, “deberá generar políticas públicas que le den al libro el lugar que se merece y defiendan la bibliodiversidad, no solamente lo que da mayor rentabilidad”. “No se trata de ser paternalista sino de intervenir con el objetivo de fomentar la lectura, con una forma mixta, alianza entre el Estado y el mercado, como es en Francia, Italia y Alemania –compara–. Y que toda política sea a largo plazo”. Como escritora, Pérez Alonso celebra que desde noviembre la Unión de Escritoras y Escritores tiene personería jurídica. “Es necesario estar agremiados para que se pueda evitar la informalidad de algunos acuerdos, para proponer establecer algunas tarifas básicas para los trabajos contratados. Es importante que la información circule, sea abierta. Los escritores no tenían un ente como tienen los directores de cine con el INCAA o los músicos con SADAIC; siempre fuimos más individualistas, no actuamos colectivamente, pero eso cambió”.

Desdolarizar el papel
Para Damián Tabarovsky, escritor y director editorial de Mardulce, “es imprescindible cambiar la política económica y generar una política específica en relación al campo editorial, en especial a la edición independiente, que son PYMEs de capital nacional, es decir, son el corazón de lo que hay que defender en términos de política económica y cultural”. Tabarovsky advierte que los problemas en el mundo editorial son el resultado de dos factores: “una suba tremenda en los costos, en especial del papel, pero también de todos los demás, y una baja tremenda en las ventas; es la tormenta perfecta”. El editor y escritor plantea que la baja en las ventas “se resuelve o se atenúa con mayor capacidad de consumo en los sectores medios”.

El problema de los costos, opina Tabarovsky, es mucho más profundo. “Por supuesto que hay medidas concretas a llevar a cabo: desdolarizar el precio del papel; trabajar en contra de la concentración de la industria del papel y su cartelización; efectivizar la supresión del IVA en los procesos internos (el libro no paga IVA, pero sí los procesos internos, como la compra de papel); llevar adelante políticas de subvención, compras del Estado”. El editor y escritor aclara que estas medidas no deben ser pensadas en términos de “ayuda”, sino como resultado de “una discusión sobre qué queremos hacer con la edición en argentina” y en espacial con sus PYMEs. “Esta es una discusión que nunca se dio a fondo y que es clave. Ocurrió en España, en los ’70, cuando decidieron que la industria cultural y del entretenimiento iba a ser uno de los principales motores económicos (con liderazgo sobre América Latina), está ocurriendo en los últimos años en Colombia. Esta discusión toca a la economía, a la política cultural y al mercado editorial”.

Tabarovsky da un ejemplo con las traducciones. “Teniendo en cuenta que los conglomerados multinacionales traducen en España –y allí también se decide qué autores se traducen y cuáles no–, y luego venden aquí esos libros traducidos, si no existieran las editoriales independientes nacionales, no existiría tampoco la traducción al castellano con inflexión rioplatense. Esa inmensa tradición cultural que viene del siglo XIX desaparecería. Es un tema que incluye a la lengua, la economía, la política cultural y que está totalmente ausente del debate –precisa el editor y escritor–. Y no se resuelve tampoco con dar un par de subsidios a la traducción y listo; subsidio que por otra parte no existe ni del gobierno de la ciudad ni de los gobiernos nacionales presentes o pasados”. Otro aporte al debate tiene que ver con la capacidad (o no) de exportar y la actividad cultural en el exterior, “como si mandar escritores a sacarse fotos a la Feria de Frankfurt fuese una política”; pero también sobre “qué vamos a hacer con los grandes conglomerados multinacionales, que tienen posiciones cada vez más dominantes en el mercado, igual que cualquiera de los grupos oligopólicos de las otras industrias (alimenticia, mediática) que tanto critica el progresismo, al mismo tiempo que sobre esa situación en el mundo editorial no dicen nada”.

El rol del Estado
Leonora Djament, directora editorial de Eterna Cadencia, dice que “con el nivel de empobrecimiento generalizado y el consumo de los que todavía pueden comprar en franca caída, no hay modo de reactivar ninguna industria”. “Entonces, solo dentro de este marco de reactivación de la economía general y de la mejora de todos los sectores de la sociedad, se puede pensar en políticas de corto y mediano plazo en el sector editorial. Algunos puntos que habría que trabajar son medidas concretas para reactivar la compra de libros, medidas para que el papel deje de ser un oligopolio y no cotice en dólares para el mercado interno, trabajo sobre las tarifas de correo y transporte que suelen ser muy costosas, créditos blandos y apoyos diversos a las pequeñas y medianas editoriales, fomento y promoción de las librerías independientes, creación del instituto del libro, entre otros puntos”, sugiere la editora. “Para que todo esto sea posible, es fundamental que desde el Estado la cultura y los libros vuelvan a ser pensados no como gasto prescindible o como ocio, sino en su doble dimensión: tanto como industrias creativas que aportan una cantidad de recursos económicos y crean fuentes de trabajo, como también en términos de laboratorio de ideas, creación de herramientas para el pensamiento, experimentación y debate”.

Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI, Argentina, se refiere a la ventaja de ser un país de lectores. “Nuestro mercado es importante. El problema es que está deprimido porque no hay dinero y la gente destina sus pocos pesos a las cosas urgentes. Claramente los libros no lo son y es por eso que el sector editorial ha sido uno de los más golpeados durante los años de Macri. Si el nuevo gobierno logra que la economía empiece a crecer, el sector se verá beneficiado rápidamente. Luego, si el Estado volviera a invertir lo mínimo para nutrir bibliotecas populares, escolares y universitarias, marcaría un cambio notable con la prácticamente nula compra que hubo en estos años, y sería una inyección de oxígeno enorme”, subraya el editor de Siglo XXI. “Por último, las editoriales dependemos de las librerías, que son las que venden nuestros libros. Este año fueron discriminadas injustamente al no permitirles recuperar algunos IVAs que pagan. Representa dos pesos para el fisco, pero para un negocio que está al borde de la rentabilidad marca una diferencia grande. Reparar esto sería un acto de justicia con un actor vital para el ecosistema del libro”.

Ecequiel Leder Kremer, de la Librería Hernández, señala que en estos cuatro años el sector del libro vivió una situación de “tierra arrasada”. El librero despliega una serie de medidas que habría que adoptar: “campañas de promoción del libro y la lectura desarrolladas en forma permanente en medios de comunicación y lugares de concurrencia masiva; desarrollo de un instrumento de compra específico para el sector que otorgue facilidades a los compradores habituales de libros; creación del Instituto Nacional del Libro, el proyecto que presentó Daniel Filmus; sanción del proyecto de ley, presentado también por el diputado Filmus, que permite a las librerías recuperar los IVAs pagados en la gestión comercial manteniendo la exención del IVA para el libro; implementación de un cuadro tarifario especial para librerías que vendan exclusivamente libros, con rebajas en los precios de luz, gas y agua; implementación de compras del Estado para proveer de libros a estudiantes de distintos niveles de enseñanza y cuerpo docente canalizadas a través del canal librero; implementación de la labelización de las librerías que realicen acciones de promoción, tal como se realizó con la ley Gallimard en Francia; creación del gran portal del libro en Argentina, basado en la estructura precedente del ISBN, con información enriquecida y una gran gestión de metadatos sobre obras y autores para dar servicio a los lectores y difundir en todo el mundo el libro de edición argentina”. Leder Kremer añade un par de medidas más a nivel macroeconómico. “Hay que recuperar el poder adquisitivo de los argentinos, recuperar las fuentes de trabajo, porque sin trabajo no hay consumidores; que en Argentina comprar y vender dinero deje de ser el mejor negocio posible, debemos rescatar la industria nacional protegiéndola del dumping externo, terminar con el mito del Buen Samaritano abierto al mundo sin aranceles ni restricciones de ninguna clase; fortificar y jerarquizar la educación pública en todos sus niveles, que es ahí donde se forman los lectores; ejercer la práctica lectora y compartirla; que un libro en la mano del Presidente de la Republica deje de ser una quimera, un anacronismo –enumera el librero–. Necesitamos una clase dirigente que lea, que se comprometa con el mundo de la literatura y el ensayo, de la música y la pintura, del arte todo”.



lunes, 29 de abril de 2019

La Feria: más de lo mismo, pero más caro

Como todos los años, una cada vez más degradada Feria del Libro de Buenos Aires abre sus puertas con la expectativa –de las editoriales, claro– de vender lo que no venden en las librerías. Una de las pocas crónicas realistas que ofrece la prensa argentina sobre el evento es la de la periodista Silvina Friera, aparecida en el diario Página 12 del 25 de abril pasado. En ella se recogen testimonios de los editores Damián Tabarovsky, Gastón Etchegaray y Leonora Djament.

La ilusión de salvar el año en 20 días

La crónica de un empobrecimiento anunciado duele cada día más. Aunque el libro sea un artículo de primera necesidad para una intensa minoría de lectores, la política económica, el combo explosivo de recesión más inflación por las nubes y un dólar con tendencia alcista, lo está convirtiendo en un artículo inaccesible. ¿Cuántos pueden comprar un libro por mes –si esa fuese una cifra razonable, moderada y hasta “optimista”– con salarios aplastados y sin perspectivas de recuperación? Muy pocos, cada vez menos. No hay “precios cuidados” ni “precios esenciales” del Estado para los libros. La apertura de la 45° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que empieza hoy en la Rural con una gran expectativa por el discurso inaugural de la antropóloga feminista Rita Segato y que tendrá a Barcelona como ciudad invitada (ver recuadros), encuentra a los actores de la industria, autores, editores, traductores, libreros e imprenteros, consternados por una crisis que tiende a profundizarse. Los números del informe realizado por la Cámara Argentina del Libro (CAL) producen taquicardia. Durante 2018 se imprimieron 43 millones de ejemplares, una caída del 48 por ciento si se compara con 2015 (83 millones de ejemplares), el año en que inició la tendencia a la baja.

El mismo informe de la CAL incluyó una encuesta de ventas entre socios de la entidad, que reúne a más de 500 representantes de medianas y pequeñas editoriales. El 65 por ciento de las 51 empresas participantes –el 62 por ciento de ese universo tiene hasta 10 empleados y el 57 por ciento factura menos de 9 millones al año– tuvieron variaciones negativas en su rentabilidad. En el 33 por ciento de los casos esa caída fue igual o superior a los 20 puntos. “Las ventas van a la baja pero de un modo que da taquicardia”, dice el escritor Damián Tabarovsky, editor de Mardulce, que exhibe su catálogo editorial en Los siete logos (Stand 1920, Pabellón Amarillo), junto a Adriana Hidalgo, Caja Negra, Eterna Cadencia, Criatura, Katz y Beatriz Viterbo. “Hay meses muy malos, como fue febrero –30 por ciento menos que febrero 2018– y, a veces, sin saber bien por qué, repuntan. Pero la tendencia general es al descenso de ventas y al aumento de costos. El tema de los costos –en especial el del papel– es tan importante como la baja de las ventas. Las dos variables, juntas, son un combo explosivo”. El escritor y editor de Mardulce cuenta que se manejan con un dólar oficial de 45 pesos. “La suba del dólar no cambió demasiado en relación a la exportación, sigue siendo difícil y arduo exportar. A la inversa, como el papel es un commodity, que cotiza al precio del día, el aumento del dólar implicó inmediatamente un aumento del papel”.  

La Feria del año pasado arrancó con un dólar entre 20 y 21 pesos y terminó con un dólar a 28. La devaluación continuó en agosto, cuando superó los 40 pesos, y ayer cerró a casi 45 pesos, más del doble de lo que cotizaba el dólar a fines de abril de 2018. Nadie está exento de la crisis. Las editoriales con mayor volumen de libros editados tienen más espalda. Todos son víctimas de una política económica que está deteriorando cada vez más la dinámica editorial argentina. Gastón Etchegaray, Presidente del Grupo Planeta, Area Cono Sur, explica que 2018 “fue un año en que pudimos crecer un 3 por ciento en volumen, en cantidad de ejemplares vendidos, pero no pudimos absorber en términos de facturación la inflación del 47 por ciento. En ese sentido estuvimos por debajo”. El contraste ahonda el abismo que se cierne sobre la industria editorial. “Si comparamos el inicio del 2019 versus 2018, tenemos un primer trimestre peor de lo que fue el año anterior. Recordemos que fue previo a la devaluación y con un mercado todavía no tan golpeado”, aclara Etchegaray. 

“La devaluación impacta y mucho –reconoce el Presidente del Grupo Planeta a Página 12–. Tengamos en cuenta que el costo del papel se cotiza en dólares y eso termina impactando fuertemente en el costo final del libro. Por otro lado, devaluación más inflación es un combo letal para nuestra industria, ya que no podemos trasladar todo a precio. También afecta mucho el pago de derechos a autores extranjeros, que son en dólares o euros, y hace casi imposible amortizar algunos contratos pactados y firmados en esas monedas. Dejamos de importar algunos libros de fondo que traíamos en pocas cantidades, porque no podemos trasladar todo a precio –serían precios fuera de mercado– y tampoco sabemos cuál es el techo del dólar en un mercado con mucha incertidumbre. La única parte positiva es la de poder exportar más, pero también ahí nos afectó el impuesto a las exportaciones, y eso nos deja menos competitivos frente a otros mercados”.

Leonora Djament, editora de Eterna Cadencia, comparte los diagnósticos y cuestiona la desidia estatal. “Como el papel cotiza en dólares aunque sea para uso local, cada vez que el dólar sube, el precio del papel sube. Los papeles y cartulinas subieron entre un 65 por ciento y un 100 ciento en el último año, mucho más que la inflación. Es muy difícil entonces sostener los precios de los libros en un mercado que ya lleva por lo menos tres años consecutivos de decrecimiento, con librerías quebradas y cadenas de pago sumamente frágiles –advierte Djament–. Y todo se da en un contexto de absoluto desinterés del Estado hacia la cultura en general y hacia el sector del libro en particular. No hay políticas de ningún tipo: ni de promoción de la lectura, ni de fomento a las pymes editoriales, ni de ayuda a las bibliotecas o a las librerías. Está claro, de todos modos, que la situación del sector no escapa al contexto general del país: no se puede pensar en medidas para la industria del libro sin pensar en medidas articuladas para toda la sociedad. La crisis que atravesamos es general y no particular del libro. Por desinterés o deliberadamente es la crónica de un empobrecimiento anunciado”.

¿Con qué expectativas comienzan la 45° Feria del Libro? ¿Prevalecerá esa especie de situación “burbuja” que se suele esgrimir o se sentirá el fuerte impacto de la caída del consumo en los libros, más en esta edición que en las anteriores? “Como siempre nos preparamos con mucha ilusión para la Feria y este año no será la excepción –dice Etchegaray–. Aparte de lo que la Feria en sí implica para no- sotros, este año Barcelona es la ciudad invitada y tenemos muchas visitas –somos la editorial más importante en habla hispana y la editorial de Barcelona por antonomasia–, sumado a lo que siempre brinda Planeta como grupo en la Feria: muchos autores locales dando conferencias, presentaciones de libros y firma de ejemplares en nuestros dos stands, Paidós y Planeta. Tenemos nuevos libros de Luciana Peker, Rosa Montero, Darío Sztajnszrajber; firmas y presentaciones de autores emblemáticos como Gabriel Rolón, Felipe Pigna, Viviana Rivero, Alejandro Dolina; en fin, apostamos fuerte a la Feria, un lugar central para nosotros. Ojalá que este año el público nos acompañe, y que el impacto de la crisis se sienta menos, algo difícil que así sea pues la caída del consumo está pegando muy fuerte a nuestra industria, y en la medida en que el mercado del libro no se recupere deberíamos plantearnos si el formato de la Feria –tal cual lo conocemos– en los próximos años debería cambiar o por lo menos adaptarse a la nueva realidad del sector, un sector que insisto está muy pero muy golpeado”.

No sabe Tabarovsky qué pasará en esta edición. “El año pasado fuimos con la expectativa de que no nos vaya horrible y terminó yéndonos muy bien. Pero sé que hay editoriales a las que les fue mal. Vuelvo con las expectativas de que no sea todo tremendo. Veremos…”, agrega el editor de Mardulce. “Más allá de los temas específicos de la industria editorial, creo que es una situación que va mucho más allá de nosotros. Desde hace tres años somos víctimas de una política que desfavorece el consumo. La industria editorial sin una clase media dinámica, con una capacidad de consumo al menos aceptable, es inviable acá o en cualquier lado. La primera variable obviamente existe: hay un público muy interesado en los libros. Es cuestión de reactivar el consumo. Pensemos a quién votamos en octubre”, concluye Tabarovsky.