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miércoles, 15 de junio de 2022

Según la escritora y crítica Beatriz Sarlo, "Todo este debate por el lenguaje inclusivo es arcaico"

El pasado 11 de junio (día muy cargado de noticias), Beatriz Sarlo sumó su opinión a la polémica que gira alrededor de la prohibición del lenguaje inclusivo en el ámbito de los colegios porteños. Según la bajada de la nota recogida por el diario Clarín, “La escritora analizó la medida anunciada por Horacio Rodríguez Larreta para las escuelas de la Ciudad y se metió en el polémico debate. ‘No me parece importante’, sintetizó”. 

“Me pone nerviosa que se ocupen del lenguaje inclusivo con la mitad de los adolescentes afuera de la escuela” 

La escritora Beatriz Sarlo se sumó este viernes a la polémica desatada luego de que Horacio Rodríguez Larreta anunciara la prohibición del lenguaje inclusivo en las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires para ”respetar las reglas del idioma español”.

Fue en una entrevista con Radio Perfil donde la ensayista calificó al debate como “arcaico y mediático” y compartió su opinión acerca de la nueva norma que causó controversia en el ámbito político y recibió la crítica de Jaime Perczyk, ministro de Educación Nacional.

“Todo este debate por el lenguaje inclusivo es arcaico. Me recuerda al debate en las primeras décadas del siglo XX en la escuela primaria sobre la imposición del 'tu'. Eso cayó muy rápidamente”, comparó Sarlo que en otras oportunidades había remarcado que, mientras este lenguaje sea impuesto, no prosperará.

En este sentido, realizó una dura crítica a la calidad de la educación en los últimos años y señaló que esta nueva medida “no le preocupa” dado que le resulta peor el hecho de que haya ”adolescentes que no sepan leer un texto complejo”.

“Si quieren aconsejar, no imponer, que los niños y niñas y niñes aprendan que es posible esa sintaxis de dos géneros del castellano, no me preocupa. Lo que me preocupa es que en la UBA y la Facultad de Filosofía y Letras, los parciales están mal escritos, no manejan la subordinación compleja”, dijo una de las más reconocidas por sus críticas literarias.

Y añadió: “Si ese es el nivel al cual llegan a la enseñanza, yo diría que el lenguaje inclusivo, no es importante. Los adolescentes deberían aprender a leer textos más o menos complejos. Es lo que se comprobó en las últimas pruebas educativas, que demuestran que no pueden leer”, recordó.

Asimismo, explicó que, de todas formas, el lenguaje “no se modifica por ley” y que la sociedad es la que, de a poco, le va dando el significado a las nuevas palabras que surgen.


“Las palabras no están en manos de las academias, más bien sistematizan esas órdenes. Se ha convertido en una batalla simbólica, más que la de quien esté interesado en la batalla. No me opongo ni apoyo eso, me parece inútil. Esta batalla cuesta poca plata y tiene mucha resonancia mediática. Nosotros mismos le estamos dando a esto mucha resonancia mediática”, enfatizó.


Finalmente, volvió a apuntar contra la crisis en el aprendizaje que sufre el país y la responsabilidad de las autoridades en el bajo nivel educativo.


“Estas –por el lenguaje inclusivo– no son batallas que se puedan ganar simplemente con la voluntad. Enseñarle a los chicos a leer y escribir sí puede ser un ejercicio de la voluntad política y la eficiencia institucional”, dijo.


Y concluyó: “Por eso a mi me pone nerviosa que se estén ocupando del lenguaje inclusivo cuando tenes, repito, la mitad de los adolescentes afuera de la escuela”, cerró Sarlo.

 

La prohibición del lenguaje inclusivo en CABA

La resolución de la cartera educativa que conduce Soledad Acuña prohíbe desde ahora que los docentes usen la “e”, la “x” o el “@” dentro de las aulas. Ya no se podrá decir “chiques” o escribir “todxs” frente a los alumnos.

 

El argumento es que, en el contexto de la emergencia educativa generada por la pandemia, esas expresiones del llamado lenguaje inclusivo son una barrera que dificulta el aprendizaje de la lectoescritura.


En ese marco, Rodríguez Larreta defendió la decisión y detalló: “A partir de ahora los docentes de la Ciudad de Buenos Aires tienen que respetar las reglas del idioma español tanto cuando están al frente del aula como cuando se dirigen en comunicaciones a los chicos o sus familias”, enfatizó el funcionario”, dijo.

 

Y remarcó: “En base a la experiencia y los resultados de las evaluaciones es que estamos convencidos de que para promover el aprendizaje a leer y escribir tienen que dominar las normas del idioma español tal cual es”, explicó Larreta.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Beatriz Sarlo y Santiago Kalinowski discuten

Beatriz Sarlo

Los días 2, 3 y 4 de agosto de este año tuvo lugar una nueva edición de la Feria de Editores, que, como siempre convocan los editores Víctor Malumián y Hernán López Winne. 

Santiago Kalinowski
Además de las actividades propias de los feriantes, hubo una serie de charlas y debates. Entre ellas, una mesa con Beatriz Sarlo y Santiago Kalinowski, director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras. Su título “La lengua en disputa” tuvo que ver con la entonces candente cuestión del llamado “lenguaje inclusivo”. Por su relevancia, se ofrece a continuación el video de esa jornada:


miércoles, 3 de octubre de 2012

Cuatro experiencias ligadas a la traducción

Otra de las participantes en el número especial de Ñ del 22 de septiembre pasado fue la crítica literaria Beatriz Sarlo. En su artículo, cuatro experiencias vinculadas al mundo de la traducción le permite a la autora r eflexioanr sobre las dificultades de la poesía, la falta de contexto en las literaturas desconocidas, las paradojas del original y la seguridad de la propia lengua.

Opacidad

No soy traductora, aunque algo he traducido para ganarme la vida (todos los empleados del Centro Editor traducíamos como segundo oficio) y, durante décadas, como editora de la revista Punto de Vista. Sin embargo, nunca me consideré una traductora de verdad. Con todo, siempre me ha interesado la traducción y no dejé pasar  oportunidad para discutir con gente que estudia la cuestión. Por eso, me animo a presentar aquí –bajo el título común de “opacidad”, que plantea no solo una experiencia frente al texto traducido, sino a la lengua en general– cuatro experiencias personales.

La primera muestra la oclusión absoluta de sentido. Sucedió a mis 17 años. Yo frecuentaba una casa donde todos los sábados tenía lugar una tertulia literario-filosófica, presidida por Héctor Ráurich, un hombre que por aquel entonces andaba por los 50 y pico,  filósofo dedicado a la estética, de origen marxista y ex miembro del PC. Ráurich  casi no dejó una obra escrita, salvo apuntes y algunos artículos, pero tuvo una singular importancia en el comienzo de la vida intelectual de mucha gente. A pesar de la diversidad de horizontes y de edades, mantenía con los integrantes de esa tertulia una relación igualitaria, ficción democrática que le parecía esencial. Un día se enteró de que yo “sabía bien inglés”. Lo cual, desde cierto punto de vista, era cierto. Entonces Raurich –que leía francés, italiano, una pizca de alemán, pero no inglés– me dijo: “Beatriz, ¿por qué no te traducís un Canto de Ezra Pound, así lo leemos después todos juntos?”. Y yo, sin tener la menor idea de lo que decía, respondí que cómo no y prometí llevarlo para el sábado siguiente. Por una de esas casualidades que provocaban las buenas librerías, yo tenía los Cantos de Pound, que había comprado previamente en la hoy desaparecida  Mitchell’s. Cuando llegué a casa, conté el número de páginas de uno de esos Cantos y, sin leerlo, me dije que llegaba bien al sábado siguiente. El domingo me senté, traté de leer a Pound y me di cuenta de la imposibilidad absoluta de traducirlo. No me tropezaba con alguna dificultad, sino que, literalmente, no podía traducir nada: entendía las palabras, pero no podía relacionarlas entre sí para traducir un solo verso. Esa fue mi primera experiencia seria con la poesía de vanguardia, y allí me di cuenta no sólo de que no podía traducirla al castellano, sino que, en el caso de Pound, tampoco podía leerla en inglés. Era radicalmente inaccesible. Lo cual me lleva a la traducción: haber aprendido inglés, haber leído novelas del siglo XIX e incluso piezas teatrales en inglés, más aún, alguna tragedia como Julio César, era algo completamente distinto a traducir, necesidad que nunca se me había presentado antes. Dicho de otro modo, mi aprendizaje de lenguas extranjeras, no había pasado por la traducción. Esa primera experiencia fue reveladora. Primero, de mi incalculable ignorancia; luego, de que hasta ese momento no había tenido  conciencia de la falta de equivalencia entre lenguas. Aprendí a no comprometerme a traducir nada de un fin de semana para otro…

Mi segunda experiencia con la traducción llega un poco después, pero se extiende décadas. Voy a sintetizarla así: nunca tuve una buena relación con Dostoievsky. Lo sabía fundamental para la literatura moderna y, claro, para entender a Roberto Arlt y, de hecho, lo leí en esas mismas traducciones españolas que había leído Arlt. Con todo, mi relación con Dostoievsky fue extraordinariamente distante. No me quedaba claro por qué. Pero ese mal acercamiento afectaba toda mi relación con la literatura rusa, excepto con Tolstoi, a quien había leído en las traducciones inglesas, que tienen el mejor renombre y además sabía que largos diálogos de Guerra y paz estaban en francés en el original. Con Dostoievsky, mi problema era simple: se trataba de textos que yo leí primero en castellano o en francés, cuyos originales en ruso no podía imaginar. No imaginar el texto original también me ocurre, obviamente, con la literatura húngara, china o japonesa, pero no con otras literaturas europeas, cuyas lenguas de origen conozco. Paulatinamente me fui dando cuenta de que el obstáculo estaba en la imposibilidad de imaginar un original en ruso. Concretamente hablo de darle una configuración imaginaria a un texto a partir de otros textos, no de conocerlo. Entretanto, había leído la crítica de Edmund Wilson a la traducción que Vladimir Nabokov hace de Eugene Oneguín. Wilson indicaba varios problemas que me explicaban por qué tampoco había logrado leer a Pushkin. Y en eso daba vueltas cuando alguien me dijo que Dostoievsky estaba extraordinariamente traducido al alemán, una lengua con la cual no tengo la misma relación de naturalidad que con el inglés o el francés. Busqué a Dostoievsky en alemán y empecé todo de nuevo hace unos cuatro años. Esas traducciones al alemán fueron una especie de cura para lo que yo consideraba una enfermedad. Doy un ejemplo. El doble siempre había sido para mí la historia de una locura, y descubro que la novela tiene una veta fantástica y humorística en la que nunca antes había podido reparar. Como dije, gente que sabe mucho más alemán que yo me había dicho que estas traducciones eran muy buenas, y ésa podría ser una explicación. Yo prefiero otra, que se aplica más precisamente a mi caso: la traducción al alemán  repone una lengua extranjera a través de otra con la que yo no tengo una relación fácil. Entonces, como el ruso me es inaccesible, el alemán para mí se convierte en lengua literaria y no en lengua natural. Ese extrañamiento me permite imaginar la lengua que me falta.

La tercera experiencia que quiero referir también tiene que ver con el alemán. Me fue proporcionada por Wolfgang Tichy, profesor del Instituto Goethe, excelente interlocutor. En uno de sus cursos de cultura alemana, no sé por qué motivo dije que estaba estudiando la ciudad de Buenos Aires en los años treinta. Tichy me preguntó si conocía la novela alemana sobre la Buenos Aires de esa década. Yo no sabía de qué me hablaba y entonces me prestó Michael M. irrt durch Buenos Aires, de Paul Zech (1881-1946), uno de los primeros exiliados del nazismo. En 1933, Zech se embarcó en Hamburgo rumbo a Buenos Aires, y aquí escribió en alemán esa novela que, para el argentino que la lea, es curiosamente arltiana y que, en alemán, no tuvo sentido ni destino. La novela de Zech, que, hasta donde sé, no ha sido traducida al castellano es una suerte de objeto equivalente a las novelas de Roberto Arlt. Pero son obras que se desconocen una a la otra. Su cercanía es tan grande como su distancia. 

La cuarta experiencia no tiene nada que ver con la pretensión de traducir los Cantos de Pound, la ignorancia de los caracteres cirílicos o la reposición de Roberto Arlt en el alemán de una novela que él no escribió. Se refiere a Roland Barthes y a las literaturas no escritas en francés. Como ustedes recordarán, Barthes trabajó muy pocas veces con literaturas no francófonas o, para decirlo con más precisión, no francesas. Una de esas ocasiones fue cuando se ocupó del Werther, de Goethe, en Fragmentos de un discurso amoroso. Otra, en el seminario sobre preparación de la novela, cuando trabaja sobre el haiku, considerándolo algo así como una semilla de narración. Lo curioso es que las minuciosas notas de este último seminario no se plantean la cuestión de que  está trabajando sobre una forma poética que tiene una muy definida prosodia en su lengua original. Barthes lee como si toda la literatura del mundo hubiese sido escrita para confluir en la lengua francesa. Y lo reconoce sin remordimientos filológicos o buena conciencia políticamente correcta: “Se dirá: ‘Barthes hace una filosofía del haiku escrito, mientras que antes era originariamente dicho’. Pero yo no me ocupo del origen, de la verdad histórica del haiku, para mí, sujeto francés que lee traducciones en antologías”. Ya está: no se ocupa nunca más de la cuestión. Es uno de los críticos con mayor oído para la lengua y para el sentido, que, sin embargo, se ubica exclusivamente en la seguridad de la propia lengua, del francés, ajeno al tipo de experiencia que he referido previamente y que, imagino, es común a casi todos los rioplatenses. Hay ahí una diferencia en el mapa de las lenguas sobre las que él operaba a partir de traducciones al francés. En el otro extremo, nosotros también hemos operado con esa máquina incesante de traducciones que fue la literatura argentina.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Beatriz Sarlo habló de "opacidad" en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Finalmente llegó el día de la visita de Beatriz Sarlo quien, a partir de cuatro experiencias personales, nos explicó cómo había sido su relación con el mundo de la traducción. Con su relato –en el cual develó a qué se refería ella cuando tituló su charla "Opacidad"– trajo a la sala del CCEBA a Ezra Pound, Fiodor Dostoievsky, Karl Marx y Roland Barthes, entre otros. Luego, un público entusiasta  y francamente numeroso empezó a preguntar, mientras afuera llovía y hacía frío, y adentro la pasábamos bien.

Quienes deseen ver y oír la velada pueden hacerlo en http://www.ustream.tv/recorded/16689634

Beatriz Sarlo es una de las principales ensayistas y críticas literarias de la Argentina. De su extensa bibliografía se mencionan El imperio de los sentimientos (1985), Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930 (1988), La imaginación técnica (1992), Borges, un escritor en las orillas (1993), Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina (1994 y 2004), Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia (1997), La máquina cultural: maestras, traductores y vanguardias (1998), Siete ensayos sobre Walter Benjamin (2000), La batalla de las ideas. 1943-1973 (2001), Tiempo presente (2001), La pasión y la excepción (2003) Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo (2005), Escritos sobre literatura argentina (2007) y La ciudad vista. Mercancías y cultura urbana (2009).

Fotos: Guido BonFiglio

miércoles, 20 de abril de 2011

Una de libros de verdad

Como todos los años, la revista Ñ dedica su número especial del mes de abril a la Feria del Libro de Buenos Aires. En la ocasión, entre varias notas dedicadas al libro y a sus alrededores, hay una de la crítica argentina Beatriz Sarlo (foto) que se destaca de las demás. La reproducimos con mucho gusto a continuación.

Sobre libros y librerías

En la Vuelta de Martín Fierro , hay un talismán: “No se ha de llover el rancho/ en donde este libro esté”. Los versos se escribieron en 1879. Desde entonces y durante casi cien años, a los libros se les atribuyó siempre esa potencia incalculable. La predicción de Hernández debe extenderse generosamente a los libros estibados en las casas de las ciudades.

La última dictadura militar ordenó quemar, en un baldío porteño, una cantidad insólita de libros del Centro Editor de América Latina. La foto, tomada por Ricardo Figueiras, muestra a policías con soplete, en una remake barrial de Fahrenheit. Los libros empaquetados eran difíciles de quemar. Compactos y húmedos, oponían una resistencia fácilmente abierta al símbolo.

En esa misma época, encontré en Parque Lezama un lote de libros que reconocí de inmediato por los subrayados un poco locos que cubrían la página: habían pertenecido a David Viñas. También en esos años, un camión militar vació de libros la oficina, sobre la calle Tucumán a la altura de Uruguay, de una revista cuyo nombre era precisamente Los Libros, fundada por Héctor Schmucler en 1968. Por casualidad yo no estaba en esa oficina, a la que iba todos los días. Me cuidó Manuel Gestal, un librero de Galerna que esperó mi llegada para contarme lo que había pasado. A diferencia de lo que había predicho José Hernández, el libro no impedía que se llovieran los ranchos; más bien, todo lo contrario. Cuantos más libros, más se llovían.

En Berlín o en París, el transporte público parece una sala de lectura; en los subterráneos de Buenos Aires hoy casi nadie viaja leyendo libros. Se leen mensajes de texto y diarios gratuitos. Los expertos en comunicación y cultura nos informan, con puntualidad benevolente, que hoy se lee de muchas maneras, en los diversos tipos de pantalla.

Pero en los vagones porteños debo de haber visto no más que un par de ipads.

Cuando sube al subterráneo el muchacho con su librito de poemas fotocopiado y abrochado, nadie le presta atención. Lo reparte entre los pasajeros. La mayoría ni lo hojea, como si le acabaran de entregar un paquete de obleas que debe devolver sin uso.

Convengamos que resistirse a hojear ese librito no es una ofensa dirigida solo a quien lo reparte. La mayoría tampoco hojea Hecho en Buenos Aires, cuando algún vendedor hace su trabajo. Me quedo pensando cómo es posible no sucumbir a la que para muchos fue siempre una tentación fatal: hojear el libro que se tuviera a mano.

No sucede esto, por cierto, con quienes van a leer a las librerías que, siguiendo la estrategia de ventas inaugurada en Estados Unidos, disponen de salones de lectura entre los estantes. Allí se amontona la reserva genética de los últimos lectores de libros y también allí ha perecido el gen de los ladrones de libros, una especie que la seguridad magnetizada ha condenado a la extinción o a los desafíos excepcionales. Hace treinta años, algunos intelectuales eran expertos en este arte; los libreros del centro de Buenos Aires los conocían porque, cuando venía la buena, también eran excelentes clientes.

Memorable es el caso de quien había inventado una bolsa de tela, que llevaba colgada del cuello debajo de un elegante impermeable a lo Bogart. Allí fueron a parar, de uno en uno, todos los tomos de la obra completa de Herder. Una verdadera maravilla del arrojo y el método.

Por Corrientes, por Florida, hay libros tirados en la vereda, junto a los collarcitos y los cinturones “artesanales”. Imposible dejar de mirarlos con la ilusión de que allí se encontrará algo verdaderamente valioso que se nos pasó por alto o, mejor aún, ese incunable de la actualidad: el libro publicado el año anterior sin éxito. Esa es la pieza verdaderamente difícil.

Hace treinta años, las grandes librerías de Buenos Aires, y muchas de las pequeñas, todas dirigidas por sus dueños que ignoraban la idea misma de la “cadena”, tenían paredes y sótanos con ediciones de los últimos años. Era legendario el stock acumulado por Carlos Damián Hernández, dueño de la librería que, transformada, hoy sigue llevando su apellido. Lo custodiaba Yolanda, una mujer hirsuta y conocedora.

Hoy los libros son sometidos a una rotación vertiginosa: servicio de novedades, exposición de dos o tres semanas, obsolescencia y, después de un año, librería de saldos. Las editoriales rematan los libros que meses atrás pensaron que podían ser un batacazo. Juegan a que un solo título las salve de veinte o treinta libros que después no quieren ni ver.

Los libreros exponen lo que reciben; agobiados, a veces ni abren los paquetes. Se les corta la cabeza a los libros del primer trimestre en el segundo.

Dos libreros jóvenes de la ciudad de Santa Fe (la librería es Palabras Andantes y queda en la zona saeriana de la ciudad), me dijeron para presentarse: “Tenemos una librería de verdad, sin best-séllers”. No quise creerles y viajé para comprobarlo. Era cierto.

En Santa Fe habían levantado una línea de frontera y sostenían un desafiante “No pasarán”. Fue también una sorpresa, hace dos años, encontrar en el pasaje Russell de Palermo, una librería de viejo que, en vidriera, tenía la primera edición de Lolita , la de la editorial Sur. Y adentro exactamente lo que yo estaba buscando: unos libros de la colección “La pajarita de papel”.

Pero, salvo algunas pocas librerías refinadas, las de Buenos Aires se parecen todas. La queja es, sin embargo, de privilegiados. Hay ciudades argentinas donde ya no queda ni una librería. Se ha destruido una escena que dio grandes textos.

El primero de Roberto Arlt lo presenta como empleado de una librería, un adolescente alucinado por los libros de ocultismo. El catálogo de los libros que Borges legó a la Biblioteca Nacional, publicado hace muy poco, permite comprobar el circuito de las librerías borgeanas: Mitchell’s, Mackern’s, donde podían encontrarse libros ingleses, las cuatro librerías alemanas. Yo misma recuerdo Leonardo, la librería italiana sobre la bajada de la calle Córdoba: su sótano estaba repleto de tesoros. Y Galatea, sobre Viamonte entre Florida y San Martín, donde no era preciso tener una tarjeta de crédito internacional para comprar todos los libros franceses que hoy flotan en Internet.

O ni siquiera comprarlos, leerlos allí y espiar el desfile de celebridades intelectuales, como hoy sucede en Eterna Cadencia o La Boutique del Libro, donde los escritores se materializan tomando café frente a su público.

La “zona libro” se trasladó de Corrientes a Palermo, con un puente apoyado en ambos extremos del mapa: Prometeo.

Estos cambios quizá contribuyan a explicar el auge de nuestra Feria del Libro (más popular, pero mucho más popular, que otras ferias en otras ciudades donde se venden más libros). Se la visita una vez por año, como quien se hace un indispensable chequeo médico.