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miércoles, 25 de junio de 2025

"El espacio se concentra en la palabra, es decir, en la lengua; y para hacerla hablar, basta un templo personal"

Lucas Martí Domken
(Madrid, 1984) es licenciado en economía de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, poeta y traductor de alemán e inglés. Ha traducido la Colin Thubron, a G. C. Lichtenberg, a Cornel West y bell hooks, entre otros. Asimismo, ha colaborado en el libro coral Pedir la luna, una reflexión colectiva sobre la traducción. Recientemente, ha publicado la siguiente columna en El Trujamán, la página sobre traducción del Instituto Cervantes.
 

Comparado con el hombre, el mono más bello es feo. Frente a dios, el hombre más sabio se asemeja al mono en sabiduría, belleza y todo lo demás.
(Heráclito)

La traducción es un oficio discreto, y la mayoría de sus héroes nunca salen de la espesa sombra proyectada por el autor, es decir, no ven la luz pública (a veces literalmente, cuando su despacho se convierte en la continuación de la celda monástica). No así el legendario Xuanzang (玄奘), el monje budista que en el siglo vii de nuestra era desobedeció a Tang Taizong (李世民), el segundo emperador de la dinastía Tang, y partió de China rumbo al oeste, hacia las fuentes indias de la sabiduría budista.

Tras recorrer más de diez mil kilómetros a lomos de un enclenque caballo, estar a punto de morir de sed en el desierto y cruzar zonas como Turfán, Taskent, Samarcanda o Cachemira, llegó al reino de Magadha (hoy Bodh Gaya), en la India, donde, aparte de estudiar en el gran monasterio de Nalanda, visitó múltiples ciudades sagradas y predicó la religión budista gracias a su elevado dominio del sánscrito.

Al cabo de dieciséis años, inició el regreso a China, y en 645 llegó a Chang’an, por entonces la capital del imperio chino, con más de seiscientos manuscritos budistas en su haber. Perdonado por el emperador, quien enseguida reconoció su valor no solo como erudito religioso, sino también como asesor diplomático, Xuanzang rechazó un puesto de alto funcionario para entregarse a la causa budista, y consagró el resto de su vida a un trabajo de pormenorizada traducción de sutras (discursos de Buda) y sastras (tratados y enseñanzas).

Generosamente subvencionado por la corte imperial, y rodeado de alumnos aventajados, se puso a traducir metódicamente textos inéditos, así como aquellos que consideraba mal trasladados. Su equipo incluía lectores de chino y sánscrito, correctores, amanuenses (Xuanzang traducía oralmente, mientras leía el original), estilistas, supervisores y hasta recitadores de canto sánscrito. La principal dificultad radicaba en conciliar la tendencia india por lo abstracto y la china por lo concreto (por ejemplo: redondo en lugar de perfecto). En Notas sobre las regiones occidentales de la gran dinastía Tang (大唐西域记·赞, Datang xiyuji Zan), escrita por el propio Xuanzang y su discípulo Bian Ji, puede leerse:

"La escritura de ese país [India] se llama Escritura Celestial, y la lengua hablada Lengua Celestial; el lenguaje es eufemístico y recóndito, y los sonidos y melodías de las palabras se retroalimentan constantemente. Algunas veces un solo término abarca varios significados, mientras que otras veces un solo significado está representado por muchos términos diferentes […] Para traducir una lengua tan profunda y expresiva necesitamos traductores con sabiduría ilustrada."

Todo un reto el de verter la lengua «celestial» a otra digamos más terrenal. Aun así, Xuanzang y su escuela lograron traducciones de gran precisión literaria, muchas de las cuales todavía siguen leyéndose en los templos chinos. El insigne monje murió en 664, habiendo traducido setenta y cinco obras en mil trescientos treinta y cinco tomos, incluido el enciclopédico Yogacara-bhumi (con prefacio del propio emperador). También escribió obra propia, principalmente sobre doctrina budista.

Sin embargo, su muerte sólo fue el principio de la leyenda. Como señala el pensador rumano Mircea Eliade en su libro El mito del eterno retorno, tragedias y vidas excepcionales no tardan más de una generación en ser mitificadas, y así ocurrió con la de Xuanzang, de quien empezaron a contarse cuentos fantásticos sobre su viaje, hasta desembocar en 1592 en el clásico Viaje al oeste (西游记), que relata las increíbles aventuras del monje en compañía del rey mono —figura procedente seguramente del Ramayana— y otros tres discípulos (entre ellos, un cerdo). El propio Buda los protege, pues la carne del monje es considerada sagrada y proporciona inmortalidad, así que toda clase de criaturas ansían comérselo.

¿Cómo la vida de un simple monje en busca de lo que él creía entonces la máxima sabiduría terminó inspirando uno de los tres libros más importantes de la cultura china, del que se han hecho incontables series, películas y cómics (Bola de dragón, por ejemplo)? A veces, solo falta una chispa o una inspiración quijotesca para recorrer miles de kilómetros en busca de un tesoro de palabras, y luego, a partir de ellas, traduciéndolas, ampliar y ampliar la historia de nunca acabar. A veces, la creencia en algo que trasciende el bienestar personal conduce a una gloria interpersonal.

Cuenta la leyenda que antes de decidir partir al oeste, Xuanzang tuvo un sueño: cruzaba un océano saltando sobre flores de loto, a modo de piedras pasaderas; y, como el sendero se volvía cada vez más empinado, el monje resbalaba peligrosamente al agua; pero entonces sopló una brisa que lo elevó hasta el monte Meru, considerado el centro del universo por la tradición budista.

De las muchas interpretaciones que pueda recibir este sueño, una de ellas es que Xuanzang fue hijo de la ruta de la seda, esa autopista de cultura y comercio medieval. En su figura confluyeron siglos de intercambios elevados a su condición mágica y mitológica. Ahora bien, cuando el mundo se halla cartografiado al milímetro y nuestros cuerpos viajan virtualmente en instantáneas telellamadas, ¿qué huida cabe emprender en busca de lo todavía ignorado? Tal vez una huida hacia dentro, pero que revierta en lo de afuera.

Xuanzang no emprendió un viaje por placer, ni ánimo de aventura; tenía un objetivo, el de perfeccionar el conocimiento del budismo en China. Volvió con su tesoro no solo para compartirlo, sino para enriquecerlo, en extraña alquimia verbal. Y hasta el más modesto traductor es un peregrino de mundos por conocer; con su particular ruta de la seda y su monte Meru. Al final, el espacio se concentra en la palabra, es decir, en la lengua; y para hacerla hablar, basta un templo personal.

lunes, 5 de febrero de 2024

Un nuevo Lichtenberg de una ya larga lista

No es la primera vez que se traduce a Georg Christoph Lichtenberg al castellano. Hubo muchísimas ediciones, traducidas, entre otros, por el peruano Juan José del Solar, la argentina Silvia Kot, el mexicano Juan Villoro, los españoles Feliciano Pérez Varas, Manuel Montesinos Caperos, José Rafael Hernández Arias y Carlos Fortea. A esa larga lista se suman José Luis Gallero y Lucas Martí Domken, quienes, el año pasado, tradujeron para la editorial valenciana Pre-Textos un nuevo volumen, aquí comentado por el poeta y narrador colombiano Darío Jaramillo, en la entrada 204, correspondiente al mes de diciembre de 2023, de su blog Gozar Leyendo.

Sobre el poder del amor

Si se preguntara en librerías o entre lectores de su época, pocos, muy pocos sabrían quién era George Christoph Lichtenberg (Ober-Ramstad, 1742-Gotinga, 1799). Era conocido entre una cierta élite este personaje antipersonaje, último de diecisiete hijos de un pastor protestante, que alcanzó a ser miembro de la Real Sociedad Científica de Londres, de la Academia de Ciencias de San Petersburgo y de la Sociedad Holandesa de ciencias. "Fue maestro de Alexander Humboldt, corresponsal de Kant e interlocutor de Goethe, Lavater, Volta y Lessing". Durante veinticinco años fue el director del Almanaque de Bolsillo de Gotinga, "a cambio de lo cual disfrutó de alojamiento gratuito en la vivienda de su editor. Fue también profesor de matemáticas en la Universidad de Gotinga. Una anécdota define muy bien su simpatía, su sentido de la paradoja, su intuición para traer a cuenta lo más inesperado de cada situación: "cuando, visitado por Volta, Lichtenberg le preguntó si conocía la 'manera más sencilla de eliminar el aire de una copa', el inventor de la pila eléctrica permaneció mudo mientras u anfitrión llenaba la suya de vino".

José Luis Gallero, cotraductor de este libro en compañía de Lucas Martí Domken, escribe en el prólogo que “nos hallamos ante la personalidad reconocida como precursora en mayor número de campos: fluidos eléctricos, cálculo de probabilidades, principio de incertidumbre, expansión del universo, efecto mariposa (‘si esto no hubiera sido escrito hoy, dentro de mil años, entre las seis y las siete de la tarde, se dirían cosas muy distintas en cierta ciudad de Alemania’), estudio de los sueños (‘uno de los privilegios del ser humano consiste en soñar y en saber que sueña’), dialéctica, semiótica, arte conceptual, piano preparado (‘siempre es bueno que los artistas se vean obstaculizados para ejercer su arte; Forkel metía sus dedos en harina cuando tocaba el piano’), nuevo periodismo, humor negro (‘un pensamiento que haga morir de la risa a quien lo oiga’), balnearios, donación de órganos, método de lectura para ciegos, moneda única, devoción por Shakespeare, fervor por Spinoza, principio de Peter (‘siempre es mejor que el puesto esté por debajo de las aptitudes’), leyes de Murphy (‘siempre llueve cuando hay mercado o queremos poner a secar la ropa’; ‘lo que buscamos está siempre en el último bolsillo en que introducimos la mano’)…”.

La verdadera gloria de Lichtenberg sobrevino después de su muerte. Él había llevado durante toda su vida unas libretas, en total son once, donde apuntaba de todo: “más de mil páginas de ejercicios mentales, apuntes personales, listas de compras (…), exabruptos varios”. Y aclara en el epílogo que “tradicionalmente se ha hablado de sus aforismos, lo que sugiere un género literario propio, que responde a unas reglas conocidas: frases breves, de corte lapidario, que sintetizan una idea o abren una sugerencia sobre algo. Frases, por eso mismo, elaboradas y precisas, pulimentadas y meditadas. Nada más lejos de lo que contienen estos cuadernos. Lo que hay en esas páginas densas llenas de párrafos discontinuos son pensamientos sueltos, escritos al hilo del pasar de los días, que afectan a los temas más diversos que pueden afectar a la vida interior de una mente humana: desde las rencillas con los colegas de la vida académica y cultural a observaciones que lindan lo soez sobre las criadas, desde pensamientos matemáticos y observaciones científicas a meditaciones ensimismadas de un hombre que se asoma a una ventana”.

Apenas se murió, sus amigos publicaron una selección de sus escritos con el título de Aforismos. Y lo que siguió fue una inmortalidad en donde sus devotos son tipos como un tal Federico Nietzsche (“dejando aparte las obras de Goethe, ¿qué queda realmente de prosa literaria alemana que merezca ser leída una y otra vez? Los Aforismos de Lichtenberg”), o como un tal Albert Einstein (“no conozco a nadie que oyera crecer la hierba con tanta claridad”), o como Goethe (“podemos utilizar los textos de Lichtenberg como la más maravillosa de las varitas mágicas. Allí donde hace una broma, se oculta siempre un problema”). Podemos agregar a la lista individuos como Kant, Peter Handke, Stendhal, Auden, Susan Sontag, Paul Celan y Elias Canetti.

El mismo Lichtenberg lo había previsto con esta prescripción: “esfuérzate por no ser un tipo de tu tiempo”.

Impredecible, para mostrar las debilidades de la democracia llegó a escribir que “el bienestar de muchos países se decide por mayoría de votos, pese a que todo el mundo reconoce que hay más gente mala que buena”. Impasible, podía también emprenderla contra la monarquía y la nobleza: “ningún príncipe reconocerá jamás el valor de un hombre por su simpatía; que un soberano sea habitualmente una persona miserable no es una conclusión basada en una sola experiencia. El de Francia [Luis XV] elabora pasteles y engaña a muchachas decentes; el de España [Fernando VI] trocea liebres a bombo y platillo; el último rey de Polonia y elector de Sajonia le disparó a un bufón en el trasero con una cerbatana; durante un terrible incendio, el príncipe de Löwenstein sólo lamentó la pérdida de su silla de montar; el landgrave de Kassel, queriendo agradar a una bailarina, se presenta en la suite de un príncipe no mucho mejor que él y es engañado por las personas más abyectas; el duque de Wittenberg se baña públicamente en el Lahn; casi todos los dirigentes mundiales son tamborileros, furriers [peleteros] y cazadores. Y siendo ellos quienes ocupan la cúspide humana, ¿cómo es posible soportar la vida en la tierra? ¿De qué sirven la introducción al comercio (…), los padres de familia, cuando un idiota, que sólo reconoce la superioridad de su estupidez, sus caprichos, sus prostitutas y sus sirvientes es dueño de todo? ¡Oh, si el mundo despertase! ¡Si se murieran tres millones en la horca, tal vez habría cincuenta u ochenta millones de personas más felices!”.

José Luis Gallero y Lucas Martí Domken armaron este volumen, Sobre el poder del amor, repasando la obra toda de Lichtenberg y seleccionando los pasajes que aluden al amor. Para esto, nos cuentan cómo fue la vida amorosa de este hombre que, es el momento de revelarlo, tenía una especie de giba, “consecuencia de una temprana lesión en la columna”: “en 1777, fecha decisiva en su biografía, se prenda de una joven vendedora de flores, Dorotea Stechard, cuya dolorosa pérdida no empañará la memoria del idilio (…). Doce años más tarde –en 1789, año de la Revolución Francesa, como le gusta subrayar– contraerá matrimonio con su ama de llaves y vendedora de fresas, Margarethe Kellner, con quien tuvo varios hijos antes y después del matrimonio”. El propio Lichtenberg lo cuenta así, en tercera persona: “apenas amó un par de veces. Si la primera no fue desdichado, la segunda se sintió feliz: conquistó un corazón honrado a base de alegría y ligereza”.

Enseguida va una selección de mis subrayados, todos escritos por Lichtenberg:

-Todo el mundo debería estudiar suficiente filosofía para hacer más deliciosas sus experiencias sexuales.

-Decir Dios no significa otra cosa que, en el pleno ejercicio de mi libre albedrío, sentir la necesidad de hacer el bien. ¿Para qué otra cosa necesitamos un Dios?

-¿No es extraño que los gobernantes del género humano ocupen un rango tan superior al de quienes los educan? Esto revela qué animal tan esclavo es el hombre.

-Además del tiempo, hay otro medio para producir grandes transformaciones: la violencia. Cuando el primero transcurre muy despacio, el segundo toma la delantera y hace el trabajo.

-Quien tiene menos de lo que ambiciona, debe saber que tiene más de lo que merece.
-He recibido en mi vida tantos honores inmerecidos que bien puedo soportar de vez en cuando alguna crítica injusta.

-Leer quiere decir pedir prestado; crear desde la lectura es pagar nuestras deudas.

-Mientras otros escriben públicamente sobre pecados secretos, yo me he propuesto escribir secretamente sobre pecados públicos.

-¿Es tan irresistible el poder del amor o tan influyente el atractivo de una persona como para sumirnos inevitablemente en un estado miserable del que sólo la exclusiva posesión de esa persona logre sacarnos?

-Ninguna muchacha ofrece así como así su corazón; lo vende por dinero o lo cambia por matrimonio o por algo de lo que puede o crea poder sacar provecho.

-Muchos hombres consideran que el género femenino es tan débil, vanidoso, crédulo y engreído, que sus representantes aceptan cuando se les dice siempre que concierna al poder de sus atractivos. Esos hombres, si es que se les puede llamar así, se equivocan por completo. ¿No le parece, madame?

-Tal vez nuestra Tierra sea hembra.

-Nuestro mundo se volverá tan sutil que creer en un dios será tan ridículo como lo es hoy creer en fantasmas.

-Hay gente que alardea de franqueza, pero no debería olvidar que la franqueza tiene que fluir del carácter; de lo contrario, será considerada como una grosería incluso por quien la aprecia cuando es espontánea.

-Estoy convencido de que uno no sólo se ama en los otros, sino que también se odia en los otros.

-Una de las grandes comodidades del matrimonio consiste en dejar que la esposa se ocupe de las visitas indeseables.

-Quien está enamorado de sí mismo tiene al menos la ventaja de no contar con demasiados rivales.

-Aquí enfrente hay tal ruido que verdaderamente no oigo lo que escribo.

-Yo estaría mucho mejor si fuese capaz de olvidar su voz.