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lunes, 14 de agosto de 2023

"Un equilibrio paradójico respira detrás de toda hoja en blanco"

Rafael Spregelburd, dramaturgo, director teatral, actor y traductor, escribe, en su columna del diario Perfil, de Buenos Aires, del pasado 11 de agosto, una reflexión sobre la máquina de escribir. Lo hace, luego de haber participado en una mesa, convocada por la editorial Ampersand, a propósito de su reciente libro El siglo de la máquina de escribir, firmado por Martin Lyons.

Máquinas de escribir

De un tiempo a esta parte, las alarmas acerca de todo lo que las inteligencias artificiales le harán o no al mundo del trabajo humano, y al humano en general, no paran de sonar. No puedo dejar de imaginar lo que habrán sido los albores de la revolución industrial, donde máquinas malignas y vaporosas iban a dejar sin empleo a millones de tejedoras y ensambladores de autos. Y aquí estamos, muchas décadas después, dejando alegremente algunos de esos laburos de mierda a máquinas sin sindicatos y tratando de usar el capital humano en algo que sea menos fatigoso, menos cruel o simplemente más creativo.

Hace unos días, Diego Erlan, en nombre de la editorial Ampersand, me invitó a reunirme con Mercedes Halfon y Laura Wittner para presentar en dispar trío el libro El siglo de la máquina de escribir. Es una audacia rigurosa del australiano Martyn Lyons, en la traducción de Sofía Odello, que reseña la relación del hombre (la mujer) con la máquina que escribe. Un tecnología mínima para ritualizar un acto máximo.

Pese a la diversidad de escrituras que nos convocó (periodismo, crítica, ensayo, poesía, traducción, dramaturgia, guion) los tres coincidimos involuntaria y profundamente en rendirnos ante la evidencia de que la vieja máquina de escribir fue un eslabón entrañable en la rara cadena de eventos que en cada una de nuestras biografías nos condujeron a la escritura.

Lo fascinante –creo ahora– fue ir descubriendo (confesando) que siempre parece haber una parte en el acto de la escritura que es fuertemente maquínica. Mis primeros textos a máquina datan de cuando tenía tres o cuatro años. De todas las máquinas de la casa era evidente que esta era capaz de una magia que las otras no. La escritura a máquina legalizaba las más frágiles cosas de la niñez y las establecía en letras de molde rojas o negras que escondían provisoriamente que el autor podía ser un niño. Unificaban en un formato globalizado unas condiciones mínimas de presentación de lo pensado, de lo escrito, que hacía aparecer a la cursiva como una serpiente amateur no preparada para sobrevivir en el mundo de las letras. Una ilusión poderosa, duradera, que me obligaba a pasar laboriosamente mis poesías y cositas al molde de la máquina y, después, a imaginarlas directamente allí. ¡Con qué inocencia sucumbí sin tapujos a los caprichos del robot aquel!

Por ejemplo, si un texto iba a necesitar una hoja adicional porque me sobraba una línea, hacía lo posible por no dejar viudas y huérfanas, recortando lo pensado para encajar en los moldes de un espacio que no era el del pensamiento sino el de la hoja, el de los márgenes. Esa búsqueda infantil del equilibrio en el espacio diseñado por la máquina persiste en mí. En todos. Un equilibrio paradójico respira detrás de toda hoja en blanco; se puede romper, es claro, pero eso se nota. Tanto como lo escrito.

Estaba también el sonido; cada tecla, una suave afirmación o un martillazo. El ruido a máquina obligaba al pensamiento a adecuarse a una música sin notas. Un código secreto, una performance que ocurre en el momento de la escritura. La máquina eléctrica eliminó esa ilusión: no traspasaba el impulso y la fuerza (incluyendo la dolorosa “a”, hecha con el débil meñique izquierdo) como una singularidad, sino que las unificaba aun más en un pulso regular, limando todo exabrupto, lo mismo que la computadora. La máquina eléctrica fue solo un eslabón perdido, un invento provisorio destinado a desaparecer en menos de dos lustros.

De estos asuntos habla Martyn Lyons en este rescate de las historias de amor de algunos escritores como Mark Twain, Henry James, Jack Kerouac o Agatha Christie y sus máquinas de escribir. Objetos personales que se trasladaban como muebles en aviones, trenes o barcos a expensas de otros equipajes. Era como viajar portando un piano; una extraña dependencia de la máquina para poder escribir lo humano.

Entiendo que hay máquinas y máquinas. La diferencia puede estar en el paso de lo analógico a lo digital, que a veces es difícil de definir, de conjeturar. Lo mismo pienso de las inteligencias artificiales, que hasta ahora solo han servido para que Leo Maslíah haga unos videos hilarantes en los que habla con ellas, haciendo uso de toda su razón, hasta dejarlas mudas.

Despiértenme cuando se invente una inteligencia artificial que sea analógica y no digital.

Acá espero.

lunes, 21 de diciembre de 2020

"Estamos a minutos de tener lista sobre la mesa la prepizza cultural globalizada"

En su habitual columna del diario Perfil, Rafael Spregelburd reflexiona sobre la globalización y sus efectos en la cultura. Lo hace con inteligencia, apoyándose en un texto del escritor japonés Yunichiro Tanizaki. 


Soberanía cultural

Alejo de los Reyes, el mejor guitarrista que conozco, postea una cita de Elogio de la sombra, de Yunichiro Tanizaki, quien ya en 1933 se preguntaba qué hubiera sucedido si la física y la química, en vez de ser universales, se hubiesen moldeado con los patrones culturales de cada pueblo. “Supongamos que el inventor de la estilográfica hubiera sido un japonés o un chino de otra época. No habría dotado a su punta de una plumilla metálica sino de un pincel. Y lo que habría intentado que bajara del depósito hasta las cerdas del pincel no sería tinta azul sino algún tipo de líquido parecido a la tinta china. Por lo tanto, como los papeles de tipo occidental no sirven para el uso del pincel, (…) se tendría que producir una cantidad industrial de papel análogo al papel japonés, una especie de hanshi mejorado, y si el papel, la tinta china y el pincel hubieran seguido este desarrollo, la pluma metálica y la tinta occidental nunca habrían conocido su auge actual, los partidarios de los caracteres latinos no habrían tenido ningún eco y los ideogramas o los kana habrían gozado de un unánime y poderoso favor. Pero esto no es todo: nuestro pensamiento y nuestra propia literatura no habrían imitado tan servilmente a Occidente y, ¿quién sabe?, probablemente nos habríamos encaminado hacia un mundo nuevo completamente original.” Tanizaki quiso mostrar que la forma de un instrumento insignificante puede tener repercusiones infinitas y encuentro esta idea poco menos que inquietante. Al no saber nada del Lejano Oriente (siempre he preferido dejar que el Japón cuajara como una cantera a la cual iban a parar criaturas fantásticas y atrocidades lingüísticas) me sorprende mucho constatar que ya en 1933 Oriente da por perdida su soberanía cultural, un término cada vez más en boga. De este lado de Greenwich solemos imaginar que el mundo se orientaliza; que el destino del capitalismo extraccionista yanqui sigue el camino de China postcomunista o que la explotación productiva autogestionada tienen al Japón de zanahoria, donde, según el mito, se protesta trabajando horas extra y no con huelgas. Será porque el excedente de mercancía es lo que más afecta al precio de la multinacional y no porque al nipón se le dé por trabajar de más. Como fuere: ellos creen que nosotros ganamos la batalla global, nosotros creemos que fueron ellos y que Suiza es un invento de Heidi dibujado en Japón pero que a su vez este triunfo se narra en inglés globalizado.

“Los propios principios de la física y de la química (…) habrían tenido aspectos muy diferentes a los que hoy en día se nos enseña en lo que respecta, por ejemplo, a la naturaleza y las propiedades de la luz, de la electricidad o del átomo. Y si hubiéramos inventado nosotros el fonógrafo o la radio es probable que hubieran sido concebidos para destacar las cualidades de nuestra voz y de nuestra música (…) caracterizada por cierta contención, por la importancia que concede al ambiente, de manera que grabada, y luego amplificada por los altavoces, pierde la mitad de su encanto. En el arte de la oratoria evitamos los gritos, cultivamos la elipsis y, sobre todo, damos una extrema importancia a las pausa (…). Por haber acogido esos aparatos hemos tenido que desnaturalizar nuestro arte”.

Hoy las grandes y pequeñas plataformas ofrecen películas (como las de Hayao Miyazaki) donde la lógica del bien y el mal explicada a los niños está muy lejos de la moral que conocemos y mucho más cerca –eso sí– de la naturaleza y el paisaje, que no son ni buenos ni malos, sino a lo sumo atroces y espontáneos. Los conflictos de Ponyo, Chihiro, Satsuki no se parecen a los de Pixar. No sólo el desarrollo tecnológico del mundo sería otro si voces japonesas, quechuas o maoríes susurraran lo suyo: habría otros relatos. Estamos a minutos de tener lista sobre la mesa la prepizza cultural globalizada y de darnos cuenta de que extrañaremos mucho las físicas, las químicas y las letras sepultadas bajo una norma que nadie parece haber elegido realmente. Es entropía dura: la cultura tiende también a un masacote gris, frío, estable y muerto.

¿Y qué fisicoquímica hubiera destilado la Argentina, si tal cosa comenzara a existir alguna vez?

lunes, 17 de agosto de 2020

"Un lenguaje para protegerse de las circunstancias adversas"

 

Nuevamente, un texto de Rafael Spregelburd que reflexiona sobre las funciones de la lengua. Se publicó el pasado 15 de agosto en el diario Perfil.



La lengua refugio 

Una cosa que me obsesiona de la lengua es descubrir para qué otras cosas sirve, además de comunicar lo útil (esto es lo obvio) o de asegurar la poesía (esto es lo obtuso). Entre lo uno y lo otro, una gama de maniobras confirma lo precario de nuestro modo de existir en el mundo: a través del lenguaje.

El traductor Ian Barnett me recuerda la anécdota del polari, un viejo dialecto londinense hablado por los gays (más hombres que mujeres) como signo de pertenencia y modo práctico (pero esquivo) de evitar ser detenidos por delitos sexuales, ya que tal cosa constituía -para la policía y la legislación inglesa- el comportamiento de estas minorías.

Muchas palabras vienen del molly del siglo XVIII. Los mollies eran entonces los hombres afeminados y varios de sus vocablos barrocos provenían del parlyaree (así les sonaba el parlare del italiano, que luego escribieron palarie). Era la jerga en ese entonces de los artistas ambulantes, los circos, las ferias, los mendigos sin rumbo. Para todos ellos, lanzados por la borda del mundo, hombres y mujeres de puerto y en fuga, se hacía útil encontrar en ese sabir o lingua franca de los marineros un código que funcionara a un lado y otro del Canal de la Mancha, un puente tendido entre la marginalidad y los centros urbanos donde se concentraba la riqueza.

A comienzos del siglo XX, el viejo polari remozado permitía a los gays londinenses identificarse y segregarse de reuniones generales en grupos más específicos: en polari se puede hacer una proposición indecente (para la ley que los perseguía) sin riesgo, ya que el interlocutor sólo la comprendería si estaba informado del código, es decir, si estaba ya algo dispuesto a participar de alguna de las formas de esa propuesta. El polari –y no es de sorprender en un universo patriarcal– solía feminizar casi cualquier vocablo inicialmente masculino, e invariablemente –con un fondo de misoginia– estas cosas feminizadas eran peyorativas. La policía era Lily Law, por ejemplo. Zsa zsa es castigo, y suena bien parecido a “chas chas”. Y como también sucedió con el lunfardo criollo y carcelario, alrededor de los años 60 comenzó a usarse el polari para hablar también de droga, la única otra cosa tan prohibida como la homosexualidad.

Así surge uno de los más formidables usos del lenguaje: como refugio. Un lenguaje para protegerse de circunstancias adversas.

Siempre he desconfiado de esta explicación apropiadamente lógica pero que se me antoja bastante ingenua. ¿De verdad pensaban los reclusos que si decían cobani (abanico) en vez de policía el agente aludido no se iba a enterar? ¿O que hablar de merluza en vez de cocaína los iba a dejar a cubierto? ¿No serían los policías precisamente los primeros en recibir el nunca impreso diccionario del lunfardo? ¿Y no es casi cualquier palabra que se nos antoje sinónimo de cocaína cuando se trata de hablar de ella? “Vendeme seis gramos de Patricia”, “lo agarraron con toda la penicilina en el bolso”, cualquier cosa sirve y es un misterio. O no: la clave del éxito de toda lengua es la misma de siempre: no radica en si gramática, ni en su léxico, ni en su sencillez, sino en que el otro ya sepa lo que le vas a decir. Perdonen la falta de rigor de mi pesimismo, pero en mis peores días soy de los que creen que casi todo es ruido.

Me gusta pensar sin pruebas que el espíritu de estas lenguas por fuera de la ley es más bien lúdico y no práctico. Lo cual nos lleva a la razón fundamental del lenguaje: la de oponerse a lo real. Son las mismas reglas de cualquier juego: el juego no es ni mentira ni verdad. Es juego. 

Y la ficción es exactamente igual que el juego. Y no es mentira. Ah, y es esencial. Un/a translatrix conocido/a como Sister Debbie Ann Linux of the Virtual Habit ofrece en internet la Biblia traducida al polari, donde “Steve” es “Eve” (y “Adam and Eve” es “Adam y Steve”) y donde “mano derecha” se dice sweet martini. Empieza así: In the beginning Gloria created the heaven and the earth. And the earth was nanti form, and void”, donde “Gloria” es “God” y donde “nanti” (probablemente de “niente”) es la partícula para indicar que el mundo aún no tenía ninguna forma. 

Yo creo que sigue sin tenerla.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Rafael Spregelburd y la poesía como traducción


Nuevamente, Rafael Spegelburd da muestas de su genio en su columna del 7 de agosto pasado en el diario Perfil. Aquí establece una relación entre ser sordomudo, traducción y poesía francamente interesante.

La sordera en la poesía

¿Qué es todo lo que realmente pasa en ausencia de lengua hablada? Escribiendo un espectáculo con traductores me topé con un hilo en Twitter de Verónica Sukaczer, escritora hipoacúsica devenida sorda, que cuenta por qué a los niños sordomudos les es más difícil el aprendizaje de la gramática: al no escuchar nada, su memoria no retiene las repeticiones circundantes y, por tanto, hay que proporcionarles un sistema equis para que armen las oraciones de su cabeza y las traduzcan a lenguaje de señas. El orden en la LSA es desquiciado, bah, tanto como cualquier lengua extranjera: tiempo, lugar, sujeto, pronombre posesivo, adjetivos, verbos y negación (si la hubiere). “Mi familia y yo no iremos mañana a casa de mi abuela” se armaría en su cabeza (en su realidad) como: “Mañana, casa abuela mía, familia mía, yo, vamos, no”.

¿Qué es entonces la lectura (y la literatura) para ellos? ¿Es cosa de Satán, es de extranjeros? ¿Por qué aparece lo escrito en un orden distinto de aquel con el que el cerebro ha aprendido a armonizar el mundo? Toda lectura ocurre en una lengua extranjera aunque aprendible. Pero sin LSA, sin matriz, el sujeto carecería por completo de lenguaje. No puede adquirir ninguna lengua natural y directamente de lo escrito, ya que es obvio que para leer hay que ir voluntariamente a las letras, jeroglíficos, mientras que en la escucha, las cosas vienen solitas a nosotros. Oímos a padres, hermanos, verduleros, Anamá Ferreyra y repetimos, repetimos, repetimos, nos acostumbramos hasta que toda esa improbable cacería de fonemas se nos hace muy normal.

Y bien: quienes no somos sordomudos, ¿no traducimos también cuando creemos que simplemente hablamos? Traducimos impulsos, miedos, intuiciones, matices en palabras y estructuras que copiamos del entorno. Si ese entorno fuera silencioso, entonces deberíamos –como los sordos– armarlo de modo artificial.

Cada sordomudo habla en solitario un ideolecto. Y se expresa en otra cosa. Así también cada poeta.

lunes, 1 de junio de 2020

"Un objeto para ser compartido por la polis"

El 29 de mayo pasado, el diario Perfil, de Buenos Aires, publicó la siguiente columna del dramaturgo, director teatral y actor Rafael Spregelburd, a propósito de las medidas tomadas durante la pandemia por una biblioteca en Cataluña para el préstamo de libros.

Chupando libros

España e Italia entraron en otra fase. Todo lo que usted quería saber sobre el mundo y no se atrevía a preguntar está por redefinirse de manera crucial. Los protocolos son una mezcla de epidemiología, azar, esperanza y salchichón con jamón. Es lo que tarde o temprano nos espera, así que no dejo de seguir con inquietud la nueva normalidad italo-española. Las playas italianas serán un desfile de plásticos y desesperados. Yo creo que este verano es mejor dejarlo pasar y cruzar los dedos para el próximo.

Una amiga trabaja en una biblioteca en Cataluña. Las salas de lectura están cerradas, pero en principio la gente ya puede pedir libros para llevar a casa. El boletín que explican las normas de asepsia hace pensar que el Kindle no era tan mala idea, después de todo. Cada libro devuelto debe ser puesto catorce días en cuarentena, no vaya a ser que el usuario haya chupado sus páginas con lascivia o aburrimiento o haya estornudado sobre ellas o lo haya frotado contra su(s) pecho(s). Los bibliotecarios manejan desde ahora un material potencialmente contagioso: son los libros.

Es una definición de libro que no deja de desagradarme. El libro de la biblioteca es libro por excelencia, el non plus ultra de los libros: un solo objeto para ser compartido por la polis; una suerte de virgencita de yeso de casa en casa, llevando y trayendo lo que haya para llevar y traer. Y contagiando.

Ya ven: no solo el teatro era potencialmente contagioso. Libros y billetes están en el top ten de armas químicas actuales. Me pregunto si los billetes resistirán catorce días de cuarentena. 

jueves, 2 de mayo de 2019

¿Borra esta decisión gramatical la condición de dominación? La respuesta es: no, para nada.


El VIII Congreso de la Lengua ya es historia, pero sus consecuencias y las reflexiones que produjo siguen ahí, vivas. Bajo esa luz debe ser leída esta columna de Rafael Spregelburd en el diario Perfil, del 20 de abril pasado.

La guerra en las palabras

Los coletazos del Congreso de la Lengua me siguen sacudiendo, y la verdad es que  me alegro mucho. Leí algunas ponencias fantásticas y pude seguir diálogo en privado con algunos colegas escritores, traductores, filólogos, curiosos. Me encantaría poder desprivatizar alguna charla, por ejemplo con Pablo Ingberg o Jorge Fondebrider, pero el espacio es reducido. Ingberg, por caso, tiene razón al expresar sus dudas acerca de cómo debemos llamar a esto que hablamos. Hemos defendido a capa y espada que debe llamarse castellano y no español, ya que es la lengua de Castilla y no la de Valencia o Galicia, por ejemplo. Sin embargo, es también la de Andalucía (por cierto, una versión regional mucho más parecida a nuestra variante rioplatense) y es injusto para el andaluz que deba hablar lengua prestada de quien impone su poder económico y se apropia del gentilicio. Bajo ese punto de vista, “español” sería algo más justo. Fondebrider despotrica –con hermosos argumentos– sobre la hipocresía del eufemismo: “español” o “panespañol” son descripciones de un fenómeno complejo tan inacabadas como decir “afroamericano” para esconder un propósito más ofensivo pero seguir explotando las ventajas económicas y políticas de esa ofensa.

Como bien me señala Ingberg –quien además es maestro en la elusión de los masculinos plurales como genéricos y a la vez de las formas del lenguaje inclusivo, capaz de decir “quien escribe” en vez de “lxs escritorxs”–, todos sabemos muy poco y vemos apenas una pequeña parte del manual de uso de la lengua, que es además ciertamente el manual de uso de nuestra existencia en el mundo.

Mi humilde aporte proviene del fragor de las lenguas artificiales, esa eyaculación positivista opacada por la broma y el desaire. En Esperanto (que se escribe con mayúscula), los descubrimientos de estos eufemismos que esconden trampa se discuten acaloradamente una vez al año. Antes los países se formaban en E-o (que así se abrevia) adjuntando el sufijo “-uj” al gentilicio, ya que significa “que contiene”. Así, “hispano” era “español”, “Hispanujo” era “España”; “franco” era “francés”, “Francujo” era Francia. Mas en un congreso se advirtió que España incluía también a vascos o valencianos y que la idea de “contenedor” era un eufemismo inadecuado. Lo que estaba bien para “piro” (pera) al producir “pirujo” (peral, lo que contiene a las peras) no produce el mismo efecto con personas, identidades, lugares, masacres, conquistas, deudas externas. Lo resolvieron en un santiamén, inventando otro sufijo antes inexistente: “-io”. Ahora se dice “Hispanio”, que no significa nada más que el nombre geográfico del país, un pedazo de mapa visto desde la Luna, sin connotaciones de posesión ni nada parecido. La pregunta es: ¿borra esta decisión gramatical la condición de dominación? La respuesta es: no, para nada. En esa estamos.


lunes, 8 de abril de 2019

"Sólo la RAE diseñó los contenidos"

Rafael Spregelburd publicó la siguiente columna de opinión en el diario Perfil, del pasado, 6 de abril. Es una estribación más de lo sucedido en Córdoba.

Contra la unificación

Poco o nada que agregar al magnífico discurso de María Teresa Andruetto en el Congreso de la Lengua; mucho que agradecer: a su claridad, a su coraje (las mujeres dialogaron en las mesas pero no sabemos en qué número participaron del diseño de los temas de ese debate), a su insistencia (los 22 países castellanohablantes fueron invitados pero sólo la Real Academia Española diseñó los contenidos), a su desobediencia (la Academia avisó que se negaba a debatir el uso del castellano inclusivo) y –sobre todo– a su lucidez: no perdió de vista que además del territorio simbólico, la lengua es la herramienta para un negocio formidable. Esta academia de los reyes se ha convertido con el paso de los años en la ridícula armadura y espadín de ese giro del capitalismo por sobre la libertad de sus usuarios. Como bien señaló Andruetto, un setenta por ciento de los considerados “malos usos de la lengua” es de origen latinoamericano. ¿Quién está decidiendo cuán malo es ese uso? Tiene razón una vez más María Teresa: “casticidad” es una palabra demasiado vecina de “castidad”.

Recuerdo una obra que vi en el CSS (en Udine) sobre el asombro que les producía a los nazis el poderío de la lengua rusa, armada por el sistema zarista para ser impuesta sobre un centenar de lenguas orales en la zona de la Montaña de las Lenguas.

Los rusos le escribieron a cada pueblo un alfabeto diferente para que solo se pudieran comunicar a través del ruso: una lengua imperial, una dominación, una extensión tan infinita como la del castellano. Hasta los nazis se espantaron de esta crueldad innecesaria.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

"¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?"

Para que los lectores extranjeros comprendan plenamente esta columna, aparecida en el diario Perfil, del 1 de septiembre pasado, deben considerar que la firma Rafael Spregelburd, quien, además de dramaturgo y traductor, es uno de los directores y actores de teatro y cine más conocidos de la Argentina. Luego, es necesario que sepan que el Teatro Municipal “San Martín” es la nave insignia del Complejo Teatral de la la ciudad de Buenos Aires, al que también pertenece el Teatro Municipal “Presidente Alvear”, sometido desde hace años a la desidia de los distintos gobiernos municipales. Desde hace tiempo, en sus puertas viven varias familias de indigentes quienes, probablemente, hayan sido involuntarios autores del incendio que lo abatió la semana pasada. Por último, la marcha a la que se refiere el autor, se realizó el jueves 30 de agosto en defensa de la universidad pública y gratuita, a la que el gobierno nacional –cuyo gabinete se educó mayormente  en universidades privadas– castiga mes a mes retaceándole fondos.

Personas, personajes y esperas

A estas alturas de la semana, intensa semana, en la que Gendarmería desalojó a los legisladores en Mendoza o el país se levantó en un grito por la universidad pública, el pequeño gran escándalo alrededor de Esperando a Godot no ha pasado desapercibido para nadie. El Teatro San Martín informó a las actrices Analía Couceyro e Ivana Zacharski que no podrán representar la obra que venían ensayando desde julio debido a un conflicto legal con la agencia francesa que administra los derechos de Samuel Beckett. Al parecer, Beckett legó en vida la expresa prohibición de que las mujeres representaran esta obra, en la que hay cinco personajes, todos supuestamente muy masculinos.

Lo que podría comenzar siendo un malentendido o un absurdo (calcado e impuesto sobre el absurdo de la pieza) terminó echando luz mala sobre asuntos más relevantes. Analía Couceyro se desahogó en las redes con un escrito personal y muy potente que inmediatamente se volvió viral. Tanto que –supongo– se contó entre las causas por las que el San Martín decidió finalmente no reemplazar a las actrices. Se está al borde de no representar la pieza si los agentes no ceden en esta imposición anacrónica, tan poco atenta a los tiempos que corren.

¿Que cuáles son los tiempos que corren? Vamos a ver. No me refiero solo a la primavera feminista ni al descubrimiento súbito y brutal de lo que la humanidad ya sabe desde siempre: que el patriarcado tiene columnas invisibles en todos lados. Me refiero también a una indagación más profunda de los más elementales derechos humanos, que no es justo que vulnere ninguna obra.

Es una suerte que tanto absurdo pueda conducir al menos a que en el muro de Couceyro se junten reflexiones francamente inspiradas, en un encuentro enérgico entre profesionales, amateurs, personas. Es como si alguien hubiera completado accidentalmente la cadena del ADN humano y un grupo de médicos comenzara a atisbar el verdadero derrotero de su trabajo futuro.

El actor Alberto Suárez, por ejemplo, sostiene con razón que “el patriarcado despliega sus redes siniestras, aun en un ámbito supuestamente superador como el arte. La enorme Analía Couceyro, uno de los seres más maravillosos que podrás ver en un escenario, es privada de hacer su trabajo por una cuestión de género. El disparate embiste uno de los conceptos elementales de la actuación: cuando se actúa, se cumpla un rol femenino o masculino, nunca se es un hombre o una mujer en el sentido limitante del género: se es ‘eso’ que está ahí, ‘esa cosa’ inclasificable e indefinible. Ese quizás sea uno de los sentidos políticos más corrosivos de la actuación y es lo que aquí se busca socavar y normalizar.”

Los argumentos se despliegan. No es en vano recordar que en otras épocas (la Inglaterra de Shakespeare, por ejemplo, o la antigua Grecia, donde la mujer tenía más o menos el mismo valor cívico que un perro, pese a aparecer en jarrones y templos como diosa) las damas tenían prohibido pisar el escenario, como si actuar fuera sacrílego o una actividad indigna del alma de las niñas. ¿Por qué a ningún autor, clásico o contemporáneo, se le ocurrió prohibir que hombres interpreten roles femeninos pero sí al revés? ¿Podemos realmente imaginarnos a Romeo y Julieta hecha por dos muchachos pero sabiendo que no debemos leer lo que se muestra, sino lo que está escrito como ley? ¿A qué se debe esta masculinización de la actuación? ¿A preservar para un género un poder mágico, sacerdotal, como hace la Iglesia?

La catarata de antecedentes es grosera y la obra ya se hizo con mujeres en otras ocasiones, incluso aquí. ¿Qué pasó entonces? ¿Los agentes no se enteraron? ¿No es más justo –como sugiere Couceyro– permitirle al Beckett muerto una evolución de pensamiento? ¿Qué piensan los muertos sobre nuestro presente? Una corte italiana –según leo– llegó a explicar que los autores no tenemos derecho a decidir sobre el género de los personajes, que no son personas reales sino ideas, éter, deseo, movimiento, fantasía, humanidad.

¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? Como respuesta espontánea, impensada, catastrófica, el teatro Alvear se prendió fuego por sí solo en la noche del lunes. Tal vez así hablen los muertos. 

lunes, 6 de agosto de 2018

Rafael Spregelburd escribe sobre la desidia del actual gobierno para con la educación estatal

El contexto de la siguiente columna, publicada por Rafael Spregelburd el viernes 3 de agosto en el diario Perfil es el siguiente: en una escuela de la localidad de Moreno, Provincia de Buenos Aires, el pasado jueves 2 de agosto, hubo una explosión provocada por una pérdida de gas, que mató a la vicedirectora y al portero de la institución. Inmediatamente se supo que hubo siete reclamos previos por parte de la escuela, que no fueron atendidos ni con la seriedad ni con la premura que exigía la situación. La muerte de esas dos personas llevó a que la comunidad educativa decretara un paro a nivel nacional para manifestar ante las autoridades del actual gobierno el descontento frente a la desidia con que responde a estas cuestiones. 


La bomba en las palabras

Las catástrofes delatan con su luz la brecha enorme entre las palabras y las cosas. El jueves, una garrafa explotó en una escuela de Moreno. Mató al portero y a la vicedirectora. Todas las escuelas públicas viven en estado permanente de catástrofe, porque desde los Consejos, Indaltec o el Gobierno se reemplaza con palabras lo que son cosas de una concreción aplastante y una urgencia explosiva. A los padres de los niños que se cobijan como pueden en estas escuelas nos es difícil desentrañar en qué parte de esas palabras se ha perdido la razón. Las directoras de escuela suelen ser designadas por un sistema que las usa de escudos de una política insostenible: la del abandono. Los padres cooperadores chocamos con ese falso entusiasmo de palabras: dennos más tiempo, se están tomando medidas, no clausuremos la escuela. Hasta que la bomba explota. Ayer, los integrantes de la comunidad del jardín Margarita Ravioli tomamos la calle. Nuestros hijos están sin gas por la desidia de dos años de promesas. Indaltec también retiró un tanque de agua y lo reemplazó por una bomba que fue destruyendo los baños, una bomba a presión para succionarle el agua a Caballito, agua que, como todo el mundo sabe, se acaba por la construcción desregulada de cientos de torres. No hay cosas –desde hace dos años catastróficos– para ninguno de los demás reclamos de los padres, preocupaciones todas muy reales acerca del estado de las cosas. Luz Rodríguez Carranza me recuerda en un artículo sobre la angustia que Jacques-Alain Miller propone una clínica universal del delirio que admita que la angustia surge de la desaparición de la ley. Esta clínica de una razón partida debe empezar por entender que todos nuestros discursos son solo defensas contra lo real. La clínica lacaniana es irónica, dice Miller: a diferencia del humor freudiano, que se burla del que no se adapta a las reglas sociales, la ironía desmantela precisamente esas reglas internalizadas en el inconsciente, el “Otro”. El sujeto descubre que ese Otro no sabe nada, que el lazo social es una estafa, que no hay discurso que no sea del semblante. Hasta que una garrafa te lanza muerto contra la casa de enfrente, contra el vecino, contra el Otro, que vaya uno a saber si ha votado o no por este sistema insostenible. 

martes, 29 de mayo de 2018

Según dice Rafael Spregelburd: "Parece que nos hemos deshecho felizmente de nuestra historia. La hemos cambiado por entusiasmo y alharaca"

Una vez más, Rafael Spregelburd, esta vez en su columna del diario Perfil del 11 de mayo pasado. 

FILBO, Fulbo, Fútbol

La Argentina fue la invitada de honor de la Feria del Libro de Bogotá, la FILBo, un evento que en gran medida bajo la influencia de las ferias de Buenos Aires y de Frankfurt fue evolucionando hasta el megaevento que es hoy. Hubiera sido genial estar a la altura. Bajo el eslogan “La literatura argentina sale a la cancha” todo el pabellón nacional quedó apoltronado de fútbol: la entrada, una remera, precedía a una manga con ruidos de cancha y papelitos; al llegar, no una sino dos canchas de formas alargadas y dudosas en las que se podía practicar el tiro penal, ya que poco y nada la lectura.

Si forma es contenido y viceversa, habría que ver en qué estaban pensando cuando diseñaron este envase para una cosa que –idealmente– no requiere de ninguno. El ministro de Cultura, Pablo Avelluto, mentor del concepto, lo defendió con penales y una arenga: “El pasado cultural argentino, como el colombiano, es enorme. Nos reconocemos en él. Pero a veces el pasado puede ser opresivo, una mochila demasiado pesada”. Y propuso “encontrarse con la Argentina contemporánea que a partir de ese pasado escribe su propia historia en este presente, con las voces de una treintena de escritores, ilustradores de distintos géneros que nos van a mostrar el nuevo capítulo de ese enorme libro de la historia de la literatura”.

Parece que nos hemos deshecho felizmente de nuestra historia. La hemos cambiado por entusiasmo y alharaca.

En el pabellón, libros se encuentran pocos, pero sí muchas fotos decorativas de escritores. ¿Serán la historia? Y choripanes. Choripanes a rabiar. Pero no es ninguna novedad que las ferias del libro viren a encuentros gastronómicos.

Alberto Manguel pidió disculpas en nombre de todos los argentinos por el absurdo populista. Identificarse con fútbol en países latinoamericanos y futboleros supone, además, dividir por camisetas, competencias y rencores infiltrados por el opio de los pueblos. ¿A quién no le daría algo de tirria por aquí ver a autores brasileños encabezados por Pelé? Mis amigos colombianos (nos aúna la acidez) no lo dejaron pasar. Hago mías las palabras de la gran autora Carolina Sanín: “Los libros también son juegos: juegos más divertidos, más vitales, más bellos que el fútbol. Pero, también, son más peligrosos que el fútbol. En esta descarada macrización del continente, por supuesto que por delante va el fútbol: algo que a todos gusta, que a todos supuestamente nos une, que a todos adormece y en lo que no entran en juego las ideas”.

jueves, 19 de abril de 2018

"Ha llegado la hora aciaga de un cambio de estilo"


Decir que Rafael Spregelburd (actor de teatro y de cine, director teatral, escritor y traductor) es un tipo de genio es no decir nada. O mejor, es apenas una formulación que necesita algún respaldo. Para demostrarlo, sin embargo, bastaría con leer la columna que publicó el pasado 13 de abril en el diario Perfil, de Buenos Aires, donde plantea algo así como la pantomima de diálogo entre el juez Sérgio Moro, apenas un accesorio del establishment brasileño, y el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, nuevamente candidato a la presidencia de su país, con el objeto de encarcelar a este último e impedirle participar en las próximas elecciones. Cabe entonces preguntarse no sólo a qué lengua se traduce –como solemos hacer en este blog–, sino también cómo, cuándo y por qué. En este caso, para dar testimonio de una infamia.

Negociaciones conversacionales

Harold Pinter se adelantó medio siglo a esto que hoy es vox pópuli: el lenguaje es poder. Quien pregunta no tiene el mismo estatuto que quien responde, quien obedece una orden no goza de las mismas posibilidades que quien las da, etcétera. Pero extraña y afortunadamente quien da una orden imposible (como decirle “Siéntese” a alguien que ya está sentado) no siempre tendrá éxito, ni quien pretende arribar a una verdad lo logrará solo por su autoridad.

El diálogo del juez Sérgio Moro para encarcelar a Lula da Silva se me torna más pintoresco que real. Es más, dudo que sea real, pero creo inspirador replicar por escrito esta versión muy difundida:
“–¿El departamento es suyo?
–No.
–¿Seguro?
–Seguro.
 –¿Entonces no es suyo?
–No.
–¿Ni un poquito?
–No.
–¿O sea que usted niega que sea suyo?
–Lo niego.
–¿Y cuándo lo compró?
–Nunca.
–¿Y cuánto le costó?
–Nada.
–¿Y desde cuándo lo tiene?
–Desde nunca.
–¿O sea que no es suyo?
–No.
–¿Está seguro?
–Lo estoy.
–Y, dígame: ¿por qué eligió ese departamento y no otro?
–No lo elegí.
–¿Lo eligió su mujer?
–No.
–¿Quién lo eligió?
–Nadie.
–¿Y entonces por qué lo compró?
–No lo compré. 
–Se lo regalaron...
–No.
–¿Y cómo lo consiguió?
–No es mío.
–¿Niega que sea suyo?
–Ya se lo dije.
–Responda la pregunta.
–Ya la respondí.
–¿Lo niega?
–Lo niego.
–O sea que no es suyo. (...)
–Señor juez, ¿usted tiene alguna prueba de que el departamento sea mío, que yo haya vivido ahí, que haya pasado ahí alguna noche, que mi familia se haya mudado; o tiene algún contrato, una firma mía, un recibo, una transferencia bancaria, algo?
–No, por eso le pregunto.
–Ya le respondí”.

El Brasil no solo se hunde en la negrura sino que además inaugura una instancia preocupante: si la política regional siguió siempre el sucundún del realismo mágico, nos ha llegado la hora aciaga de un cambio de estilo hacia el “teatro de amenaza”, un mote con el cual los detractores de Pinter pretendían minimizar la potencia –la verdad– de su obra.

miércoles, 18 de octubre de 2017

¡Marche una fainá para Spregelburd!

En su columna del diario Perfil, del 13 de octubre pasado, Rafael Spregelburd reflexiona brevemente sobre los dialectos y usa a Génova y a la fainá como excusa. O al revés. 

Como en casa

Uno de los factores que contribuyen a que Italia sea infinita radica en la riqueza de sus dialectos. Siempre ocurren dos cosas simultáneas: la lengua oficial y la otra, la de la trampa, la travesura. Sabemos cómo se dice pero elegimos decirlo de otro modo. Las instituciones utilizan una sola lengua para todos, pero la vida por afuera se expresa en otros sonidos y está hecha de otra cosa.

El genovés está curado en la sal del destino de los puertos. Como nos pasa a los porteños de todo el mundo. No sólo es evidente la influencia de la vecina Francia o de la otrora poderosísima España, esa a la que llegó Colombo a pedir ayuda en su empresita, sino que aquí llegaban además el árabe de Túnez o el inglés de los comerciantes y piratas: hay un dialecto técnico marítimo que usa mezcla de inglés con genovés. Del puerto, en plena Via Aurelia, se abrían las rutas montañosas para ingresar a la Europa del norte todos los productos. Pero la arquitectura debió lidiar por siglos con la estrecha franja de planicie que quiso ofrecerle la Liguria. Aun más que en Venecia, donde el plan fue directamente descabellado, aquí el diseño urbano es demoníaco. Pero en eso radica el encanto poco difundido de Génova, la ciudad desfachatada sobre el mar en la que el mar no se ve, la villa hecha de escaleras, de calles a alturas impensadas, de autopistas caraqueñas, la urbe construida bajo tierra. No es inusual descubrir que bajo las calles, bajo alcantarillas enrejadas, se ve una ciudad sumergida, una Atlántida inundable de columnas altísimas, desagües como camas marineras, o teatros que se escarbaron tierra adentro en lo más duro de la roca porque sí.

Sólo aquí, aquí y en Buenos Aires, se puede comer la farinata, delicia pobre hecha de harina de garbanzos que en dialecto genovés se dice fainá y que no se consigue por Italia. Sólo aquí, como en Buenos Aires, los pescadores venden su pesca sin comerla. Los demás italianos sostienen que es porque el genovés es agarrado y prefiere vender el pescado (que es más caro) y cocinar con los productos de la tierra, más baratos. Yo –en cambio–, que filmé una vez una película entre pescadores marplatenses, sé que la pesca es una cosa horrible y maloliente que quita toda gana de comer. En el barco en el que yo filmaba había parrilla para el asado en altamar y el pescado se almacenaba en hielo en la bodega, allí donde no hubiera que olerlo para nada.

Me enamoré de Génova desde el avión. Y no nos une el fainá, sino el espanto.

lunes, 9 de octubre de 2017

Ay, la grandísima cultura

El 29 de septiembre pasado, en su columna del diario Perfil, Rafael Spregelburd se refirió a una pieza teatral que vio en Francia y que, en muchos aspectos, se toca con la traducción. Es, entonces, una buena manera de empezar una nueva semana.

Mirar como loco

Sólo puedo alegar en mi favor que el espectáculo es raro. Pero todo era un poco raro, incluso antes. El jet lag, el idioma, el vuelo, la despedida previa, la búsqueda infame de wi-fi, el tranvía normando que se paga sólo con tarjeta y que por algún motivo no acepta la mía, en fin, estoy a expensas de todo. Así que cuando comienza la obra no me doy cuenta de que la espectadora que se sienta al lado mío está loca de atar.

Los actores nos reparten vino, la obra empieza así. Algunos lo beben. A mí no me gusta el vino y no sé para qué sirve. Primer gran error de la noche. La espectadora insiste, con una persistencia molesta, en que comparta su copa. Yo me niego en francés de alguna manera que juzgo educada pero a lo mejor le dije: “El orto trina aquí por Baco”, ya que el francés está hecho de pedacitos irreconocibles de otras palabras que quieren decir cualquier cosa, siempre diferente de lo que uno dice, y “decente” y “descenso” suenan 95% idénticas y –si bien deben provenir de una misma raíz que las ata para siempre– ahora ya deberían estar desatadas y el francés bien podría desplegar alguna técnica cartesiana para diferenciar las cosas simples. Pero no.

Así que si bien no bebo, ella insiste en que me quede con su copa medio llena. Y cada diez minutos me dice algo en francés o en un inglés selenita que ella cree que yo entenderé mejor. Es evidente que es parte de la obra. Yo me hago el que me concentro; actúo de espectador. Pero me sale pésimo. No entiendo a los actores en francés y a los italianos y portugueses apenas a gatas. Luego me enteraré –ya muy tarde– de que el texto ha sido construido por los pícaros directores de Transquinquennal como un espeso cadáver exquisito intercultural. Como la experiencia de L’Ecole des Maîtres es diferente cada año, el colectivo belga (al que conozco bien y quiero con locura) ha decidido experimentar con el fracaso: hacen todo lo que está destinado a fracasar en el teatro. La pseudoceremonia religiosa para el escándalo del devoto (que va poco al teatro), el desnudo artístico o no (la diferencia ya no existe), la violencia entre actores (para ver si el público los frena), la aceptación del desacuerdo (el público es interpelado). La propuesta es inquietante porque se matiza con noticias “reales” (entre ellas, una fiesta millonaria de Macron en Las Vegas para financiar su campaña entre empresarios) y yo celebro que en vez de presentar “energía joven” los directores hayan preferido presentar “joven intelecto”, pero las cosas se tornarán aún más inquietantes porque mi nueva amiga, la del vino, alza la mano para hablar. Les dice a los actores cosas lindas, por ejemplo, que le gustaría poder llorar, acompañarlos en la melancolía, pero que no puede porque lo que hacen es demasiado abstracto. Lo dice en un francés que es de otra parte y, negra como la noche, es tan extranjera como yo, o muchísimo más; sospecho que bajó de la alta luna nueva hace media hora. Todo lo que les dice es tan cierto que doy por descontado que se trata de una actriz mezclada entre el público. Es otro de los clichés del viejo nuevo teatro. Así que decido no obstaculizar nada y la miro en silencio cuando me habla. Los espectadores nos miran. Ella me pregunta si vine en auto. Muevo la cabeza de un lado al otro; en todos los planetas eso es no. Ah, qué bueno, porque quiere saber qué tranvía la devolverá a su casa. Yo no lo sé y mi tranvía no acepta tarjeta argentina. Ella no entiende cuál de todos los idiomas hablo. Yo tampoco. Me habla sin parar y me pregunta si ya terminó a cada rato. Cuando al fin ocurre, espero que salude junto a sus colegas. Su actuación me pareció obvia, exagerada. Pero no sube al escenario.  Recupera la copa de mi mano y sus dedos, nigérrimos, tocan los míos y la copa. Me dice un nombre que no entiendo, me agradece con un apretón de manos por haberla acompañado en el teatro. No está ni triste ni contenta. Ha ido a ver una obra y ahora toca volver a alguna parte.

El mundo se destruye. No era teatro. No había plan. Sus textos no habían sido escritos. Y allí estaba yo, presente, para no entender nada.

Nuestra capacidad de mirar está formada y deformada por la grandísima cultura.


jueves, 10 de agosto de 2017

Rafael Spregelburd en el Teatro de la Ribera

Tres finales se llama la última pieza en cartel de Rafael Spregelburd,  que tendrá funciones los días 12, 19 y 20 de agosto en el Teatro de la Ribera (Av. Don Pedro de Mendoza 1875), en el barrio de La Boca.

En ella, el autor de Bizarra, relexiona sobre qué es el arte y cómo funcionan las lenguas, discutiendo asimismo su posibilidad de comunicar. Lo hace con el virtuosismo que acostumbra tener y que lo convierte en uno de los mejores dramaturgos de la escena argentina.

Se trata de una pieza en tres cuadros, el segundo de los cuales resulta desopilante porque la acción, si es que así puede llamársela, transcurre en una línea de traductores simultáneos a las más diversas lenguas (inglés excluido), que van conformando un galimatías francamente extraordinario.

Además del propio Spregelburd, quien también dirige, integran el elenco Andrea Garrote, Alberto Suárez, Sofía Brihet, Mónica Raiola, Pablo Seijo, Débora Dejtiar, Lalo Rotavería, Luciana Acuña y Matthieu Perpoint. Cantan Cecilia Arellano e Isol. Los músicos en escena son Mariano Irschick (clave y dirección), Cecilia luna (primer violín), Valentina Guirigay (segundo violín), Raquel Giuliani (viola) Ignacio Caamaño (violoncello) y Sebatián Strauchler (tiorba). 

Para venta de entradas anticipada, www.complejoteatral.gob.ar

viernes, 7 de julio de 2017

Imperativos negativos que matan, o no

Ya hemos dicho, en más de una oportunidad, que el dramaturgo, actor y director teatral Rafael Spregelburd es un tipo de genio. Lo que sigue es su columna del1 de julio pasado en el diario Perfil, de Buenos Aires.

Elogio de la redundancia

El francés me ha resultado siempre una lengua inacabada, con sus monosílabos y sus premoniciones de lo que el otro va a querer decir. Es imposible cambiar súbitamente de contexto en francés sin dar avisos de otro tipo, ya que la lengua no alcanza para avisar. El francés pronuncia idéntico “hasta mañana” y “a dos manos” (à demain y à deux mains), pero se toma el trabajo de escribirlo diferente. ¿Para qué? Mi espanto ante lo mal armado que está el francés no es más que un capricho de venganza: me niego a aprenderlo porque nadie (ni los franceses) resulta capaz de explicar sus reglas. Sin embargo, sí aprendí el inglés, donde pasa lo mismo y no me importa tanto.

De hecho, el inglés se ha estirado tanto que puede resultar mortal. Un diario italiano me recuerda un caso ejemplar. En 2015 una muchacha holandesa saltó al vacío en un viaducto en Santander porque su instructor de bunjee jumping le dijo en su inglés precámbrico No jump, y ella entendió –como mi celular– lo más cercano a lo correcto: Now jump. Del inglés la gente conoce más o menos sus palabras pero desestima su levísima gramática. Un imperativo es un indicativo, un sustantivo o un adjetivo, llegado el caso. El instructor está acusado de asesinato no por haber pronunciado mal una palabra sino por desconocer un imperativo negativo: Don’t jump.

Los hispanohablantes gozamos de una redundancia sensacional. Lo que se dice en castellano está reforzado tres o cuatro veces por todos lados; los verbos le pertenecen a una persona y no a las otras; los artículos blindan la información que ya está en el género y el número de adjetivos y sustantivos; las vocales son abiertas y no hay sitios intermedios entre ellas. Lo que perdemos en ligereza lo ganamos en claridad y podemos cambiar de contexto sin avisar al oyente y también evitar saltar de un puente si la cuerda no está atada. No obstante, el accidente ocurrió en la propia España.

Tal vez no la mató el lenguaje, sino el deporte extremo. U otra cosa.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El antisemitismo polaco y el Doktoro Esperanto

Ludwig Zamenhof,
El 23 de diciembre pasado, en su siempre interesante columna del diario Perfil, Rafael Spregelburd escribió lo siguiente.

De tierras y profetas

¿Me parece sólo a mí o esta noticia sirve más o menos bien como cuento de Navidad? 

El presidente de la Asociación de Esperantistas de Bialystok, Przemyslaw Wierzbowski, acaba de anunciar que los consejeros del partido conservador Derecho y Justicia (PiS, en el poder en Polonia) votaron contra el Año Zamenhof que había dispuesto la Unesco. Ludwig Zamenhof, el médico que tuvo a bien inventar el esperanto, la lengua universal que pretendía crear un medio de comunicación planetario sin connotaciones imperiales ni imposiciones de gramáticas de vencedores sobre vencidos, ve así su fantástico proyecto reducido por enésima vez a querellas de comadronas.

Mala suerte la de haber nacido en Bialystok. La ciudad hoy polaca pasó por manos bielorrusas, soviéticas, prusianas, alemanas. No en vano fue allí –y no en otro sitio– donde la lengua y su estructura siempre política urdieron la trama cuidadosa del Doktoro Esperanto, “el doctor que está esperanzado”. 

El consejero municipal Zieleniecki no negó la importancia de Zamenhof pero dijo que la ciudad declaró 2017 el “Año Joz” aniversario del nacimiento del padre de la independencia. Parte de la oposición polaca denunció la “emergencia del nacionalismo católico” y el “ambiente desfavorable en el seno del PiS a todo lo que no es étnicamente polaco”. Zamenhof era judío, como casi toda la ciudad antes del exterminio de las dos guerras. 

Y nótese que ese partido conservador se llama PiS. 

En fin; será el año esperantista en el resto del globo. 


Y nadie es profeta allí en su tierra. 

lunes, 27 de junio de 2016

Cultura en la Argentina: la irregularidad es un negocio formidable

El talentoso Rafael Spregelburd lo dice muy claro en su columna del diario Perfil del viernes 24 de junio pasado. El Ministerio de Cultura de la Argentina no está pagando las deudas pendientes y rápidamente va perdiendo credibilidad.

Licuado de cultura

La cultura tiene una forma muy especial de agonizar. Sus estertores tienen algo vergonzoso, porque en la situación en la que estamos la cultura es tenida como un lujo, un excedente. Siempre habrá algo más urgente, o así nos lo pintan.

Pero una revisión de mis contratos pendientes de pago me lleva a solicitar atención sobre el asunto. ¿Seguimos teniendo un Ministerio de Cultura o ésta ya ha quedado directamente en las manos no remuneradas de sus hacedores? Es simplemente para saber cómo proceder.

Los jurados de los Premios Nacionales no cobramos. Nos habían prometido veinte días y ya pasaron siete meses. Borraron también a nuestros interlocutores. Los trabajos en el CCK no se pagan. Marilú Marini arengó en medio de su fugaz función de Copi para que recuerden pagar a los artistas de esa sala. Está parado el Programa Sur para la traducción de autores nacionales y su publicación en otras lenguas, tal vez el programa más sistemático y rendidor de exportación de cultura. Las editoriales extranjeras esperan los subsidios prometidos con la tinta aún fresca en estos libros. ¿Quién dará la cara por ello en la Feria de Frankfurt? Los pasajes de Cancillería para que los artistas argentinos asistan a encuentros internacionales se han reducido de 1.250 a sólo 250 al año, y además este año están directamente cancelados. El Instituto Nacional de Antropología ya no recibió más dinero. Está parado. Acabo de estrenar una obra en el Tacec de La Plata y no se sabe con qué demora cobraremos.

La excusa es torva: están revisando presuntas irregularidades. Pero la revisión ya lleva siete meses y elijo no creerles. Sospecho que están licuando en la inflación el dinero que deben a los trabajadores de la cultura, que son trabajadores como los demás, pese a su mala fama en los gobiernos neoliberales. Nadie nos pagará este dinero facturado (ya tributado a la AFIP) al valor real del peso en su momento. La irregularidad es un negocio formidable. Y la cultura, no tanto.