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martes, 11 de febrero de 2025

Nueva versión argentina de un clásico de Marx

El pasado 19 de enero, Fernando Bogado publicó en el diario Página 12, una breve entrevista con Miguel Vedda, especialista en literatura alemana, marxismo y traductor, a propósito de su nueva versión del clásico de Karl Marx. En la bajada se lee lo siguiente: "Compuesto entre diciembre de 1851 y marzo de 1852, El 18 brumario de Luis Bonaparte -célebre por su concepción de que la Historia se repite como farsa-ocupa un lugar central entre los escritos de Karl Marx. Observador privilegiado de la reacción conservadora a la ola revolucionaria en Europa de 1848, Marx convirtió a este libro ágil, "literario" y periodístico en un auténtico laboratorio de historia, filosofía y lo que finalmente terminaría siendo el corazón de su aporte al conocimiento: la crítica de la economía política. Ediciones Colihue presenta una nueva edición de El 18 brumario de Luis Bonaparte con traducción íntegramente renovada, y una introducción, edición y apéndices a cargo del especialista Miguel Vedda."

El 18 brumario de Luis Bonaparte en nueva traducción y edición renovada

La cita heroica de José de San Martín, esa que hoy se pierde en los aniversarios obligados hasta vaciarse un poco de sustancia, tiene, como todo, su contenido de verdad y su momento de falsedad, su virtud y su riesgo, su tragedia y su farsa. “En defensa de la Patria todo es lícito menos dejarla perecer”, una consigna atribuida al libertador de Perú y Chile, al héroe argentino que cruzó los Andes. El dicho, de fuentes difusas, ensalza los valores del amor a la patria. Sin embargo, estos tiempos aciagos realzan los usos un tanto más sombríos de estas palabras. El 6 de enero de 2021, durante la toma del Capitolio promovida por Donald Trump, lo que podía verse en pantalla corriendo por los mármoles de la democracia norteamericana eran miembros de sectores sociales nombrados despectivamente con el término white trash o hasta redneck, personas vinculadas a lo rural o a trabajos esporádicos, gente cuyo mundo laboral está sujeto a la eventualidad de lo agrícola o de los empleos temporales en tímidos centros urbanos. Ese mismo sector de la sociedad casi concretó un intento de (auto)golpe de Estado promovido por el recientemente elegido presidente de USA. Y la idea detrás del acto es la misma de la supuesta frase de San Martín: “hay que defender la Patria”. En esa defensa, todo estaría habilitado, hasta ir en contra de sus principios fundantes. Matar la democracia es necesario para defender la democracia. Esa paradoja está en el centro de la política occidental, una pieza teatral ejecutada constantemente en diversos escenarios: uno de ellos, la Francia de mitad del siglo XIX. Y es en el marco de esa ejecución donde Karl Marx escribió su mejor libro de análisis histórico, en donde la prosa satírica y el alegre mosaico de cada frase responde a las particularidades del objeto, uno absurdo, tristemente hilarante: el Segundo Imperio de Napoleón III, inaugurado por un autogolpe de Estado exitoso en las postrimerías de 1851. El dieciocho brumario de Luis Bonaparte puede ahora ser visitado en una nueva traducción íntegra, con una robusta introducción y un apéndice compuesto por comentarios críticos que van de Herbert Marcuse a José Paulo Netto, pasando por Milcíades Peña y Horacio González, todo a cargo de Miguel Vedda, profesor de la UBA y especialista en literatura alemana y marxismo. Dos condiciones inmejorables para pensar la tensa relación dialéctica entre forma y contenido, entre apariencia y verdad histórica, tanto en el siglo XIX como en nuestro difícil ahora.

El dieciocho brumario fue compuesto entre diciembre de 1851 y marzo de 1852 para el semanario Die Revolution, editado en New York por Joseph Weydemeyer. En la propia biografía de Marx, estamos en tiempos tumultuosos: en 1849 fue expulsado de Alemania para ya radicarse hasta el fin de sus días en Inglaterra; su hija, Franciska Marx, nacida en 1851, moriría en el mismo 1852. Sumado a esto, el período que se abre en 1852 y se cierra en 1862 sería el más fuertemente vinculado al periodismo en la vida del alemán, camino que se resignifica por las producciones de mayor desarrollo de la década del 60, que incluye la aparición del primer volumen de El capital. ¿Hay un Marx “periodista” que se opone al filósofo del último tramo de su vida? “Las distinciones entre, digamos, un Marx ‘filósofo’, otro ‘periodista’, otro ‘historiador’ pueden ser, en ciertos contextos, operativamente válidas, pero en todos los casos resultan relativas”, argumenta Vedda, retomando uno de los principales puntos de discusión en la introducción de este nuevo libro de Colihue Clásica. “Marcar las diferencias entre esas versiones de Marx puede llegar a resultar menos productivo que trabajar sobre sus conexiones. Esto sirve para entender cómo se vincula El dieciocho brumario con obras de Marx pertenecientes a otros géneros o a otras ‘disciplinas’. Esta tarea es sumamente necesaria y actual; ante todo porque algunas lecturas surgidas en las últimas décadas han insistido en contraponer la sutileza y ‘flexibilidad’ de El dieciocho brumario con otros textos de Marx entendidos como ‘rígidos’ y, ante todo, como deterministas y mecanicistas. La estrategia habitual -que no derrocha erudición ni ingenio- es enfrentar El dieciocho brumario con el Manifiesto comunista y, sobre todo, con la ‘Introducción’ de 1859. A mi modo de ver, sería mucho más productivo poner a El dieciocho brumario, el más importante de los ensayos históricos de Marx, en relación con lo que constituye el núcleo teórico y crítico más importante de la obra de este: la crítica de la economía política, tal como aparece desarrollada ante todo en los Grundrisse y en El capital”. Si hay un valor en este recorrido es, sin dudas, resaltar la faceta dialéctica y nunca dogmática del pensamiento marxista, algo que está mencionado y mostrado por el propio Marx, pero que luego sería resaltado en el siglo XX por pensadores como Antonio Gramsci, Theodor Adorno y José Carlos Mariátegui, entre muchos otros. La dialéctica, tal como lo enseñó Hegel, es tanto una metodología como la naturaleza efectiva de las cosas, un modo de pensar adecuado a lo demandante y escurridizo de la vida, mejor, de la historia en movimiento.

Toda farsa es política
“La categoría de bonapartismo ha tenido un desarrollo prolongado y productivo en la historia del pensamiento moderno”, destaca Vedda a la hora de pensar en los aportes a la terminología de las ciencias políticas llevados adelante por El dieciocho brumario. “Como suele suceder con términos de este tipo, ha ido adoptando características diversas en los diferentes autores. Trotski, Gramsci (pensemos en las reflexiones sobre el cesarismo), Benjamin, Kracauer, Milcíades Peña, entre otros, se apropiaron de ella de manera personal para interpretar sus respectivos presentes. En Marx, como también en algunos escritos de Engels, el bonapartismo designa una situación de equilibrio histórico entre las clases sociales antagónicas, en virtud de la cual el Estado crea la apariencia de situarse en una posición de relativa autonomía respecto de dichas clases. En virtud de esta estrategia, el Estado puede prestar sus servicios a la clase dominante presentando, al mismo tiempo, una apariencia de imparcialidad y contando incluso con el apoyo de un sector de las clases dominadas. Lo sugestivo es que, a través del tiempo, la categoría fue recuperada para entender realidades diferentes de la del Segundo Imperio, a la que había sido aplicada originariamente por Marx. En la medida en que el régimen de Napoleón III fue interpretado como una suerte de modelo originario para diversas dictaduras del siglo XX, la teoría del bonapartismo fue aprovechada para describir a estas. Esto sucedió, por ejemplo, a propósito del nazismo o del stalinismo”.

El escenario francés permite revitalizar la fuerza del concepto: luego de la revolución de febrero de 1848, en plena “Primavera de los Pueblos” europea, donde el mundo occidental se despertó del reflujo conservador de la Restauración, surge una nueva Asamblea Nacional con la intención de establecer una Segunda República, basada en una nueva Constitución. A finales de ese mismo año, asume como presidente el sobrino de Napoléon, Luis Napoleón Bonaparte. Marx, en el capítulo I, divide en tres la duración de esa esquiva Segunda República: “el período de febrero; luego, del 4 de mayo de 1848 hasta el 28 de mayo de 1849: el período de la constitución de la república, o de la Asamblea Nacional Constituyente; desde el 28 de mayo de 1849 hasta el 2 de diciembre de 1851: período de la república constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa”. Esos tres períodos de la Segunda República responden, precisamente, a una tensión histórica que marca un antes y un después en el siglo XIX: la asociación estratégica entre burgueses y proletarios en 1848 se quiebra en junio de ese mismo año cuando los intereses de ambas clases chocan abiertamente, algo que se vuelve evidente cuando los ideales de mayores libertades (laborales y, sobre todo, de opinión), por ejemplo, pasan de ser ideales liberales a peligrosas ideas socialistas desde el punto de vista de la burguesía. Luis Napoleón, líder carismático que se apoya en ciertas nociones de una Francia histórica, tradicionalista, de buenos franceses al servicio de la Patria, encuentra una rápida asociación con ciertos grupos tanto de la burguesía industrial como de la Francia rural y el lumpenproletariado, los que no tienen trabajo regular, los que viven al día y de lo que pueden, ahora transformado en brazo armado que responde al “Partido del Orden”, nombre de la unión entre los más conservadores y los burgueses asumidos como enemigos del proletariado francés. Los levantamientos de junio son fuertemente reprimidos, el presidente que responde a la Constitución burguesa asume con todo su carisma, pero pronto tomará como enemiga a la misma Asamblea que lo ungió, evidenciando un proceso dialéctico que luego volvería a encontrarse, por ejemplo, en el ascenso del nazismo: las condiciones de base del armado de una república liberal, extendidas en el tiempo, pueden convertirse en las mismas razones de su disolución. Y así pasó en 1851: Luis Napoleón hace un golpe de Estado a su propio gobierno para asegurar su permanencia y, de un sólo movimiento, cargarse también a la Asamblea Nacional, la cual había pasado de ser Constituyente a Legislativa. Los mecanismos de respuesta del Ejecutivo poco tienen que ver con la burocracia autoimpuesta del Legislativo, que sucumbe al ascenso del ahora autoproclamado Emperador, Napoleón III.

En El dieciocho brumario, Marx se convierte en cronista e intérprete de estos hechos con la rapidez y necesidad impuesta por la urgente realidad: allí, en las calles parisinas, encuentra claves que permiten entender la relación del Estado con la tan mentada lucha de clases. El Estado no es solamente representación de los intereses de la burguesía dominante: puede también convertirse en un elemento externo que parece ajeno a los hechos, y que desarrolla en paralelo, con la fanfarria correspondiente, la necesidad del establecimiento de un gobierno más rígido, un Imperio o una dictadura, que preserve las bases de la nación puestas en peligro por estas tensiones. Y que no es otra cosa que un ardid usado por un oportunista que se aprovecha del río revuelto. Con matices, la lectura de Marx ha sido invocada para pensar, por ejemplo, y para movernos de esta década, en las dos presidencias de George W. Bush, quien, al decir de Mark Fisher, pareció transformar sus dislates y tropiezos gubernamentales y hasta lingüísticos en carbón que alimentaba el fuego de su popularidad. “El nazifascismo ha puesto en evidencia que el poder de atracción de los liderazgos suele intensificarse cuando la autoestima de un pueblo se encuentra severamente dañada por reveses históricos”, señala Miguel Vedda, pensando en espejo, como tragedia, como farsa, el siglo XIX y nuestro apretado siglo XXI.

“Un elemento llamativo de la fase neoliberal del capitalismo es precisamente el surgimiento de figuras que, como Napoleón III, parecen más personajes de opereta o de farsa que líderes capaces de merecer un tratamiento serio. Como el sobrino de ‘Napoleón el grande’, toda una galería de ‘líderes’ de nuestro tiempo explotan consciente y ostensiblemente los aspectos ridículos de su personalidad o de su trayectoria de vida, y se apoyan en los medios de comunicación, en una espectacularización de la política y en herramientas de la industria cultural para despertar adhesiones”, concluye Vedda. La apelación a fake news y a una manipulación de la opinión pública orientada a que esta ya no consiga diferenciar claramente la verdad de la falsedad, e incluso ni siquiera tenga interés genuino en hacerlo, son recursos que se advierten ya en los aparatos de propaganda del Segundo Imperio. La reflexión de Marx y diversos marxistas sobre esta problemática tiene, a quién le cabe alguna duda, una indiscutible actualidad”.

martes, 17 de octubre de 2017

Homenaje a Wenceslao Roces, traductor de Marx


En el diario La Jornada, de México, el pasado 19 de septiembre, Reyes Martínez Torrijos publicó un breve artículo en el que comenta el homenaje que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) le realizara al historiador Wenceslao Roces, traductor de Karl Marx.


Recuerdan en UNAM al historiador Wenceslao Roces

En el coloquio Karl Marx: El capital, crítica de la economía política. Libro I, el proceso de producción del capital, 1867-2017, dedicado también a la memoria de Bolívar Echeverría, se hizo hincapié en la importancia de Roces por ser difusor de la cultura internacional en México.

Al inicio, David Moreno Soto, editor de Itaca, destacó que el jurista e integrante del exilio español fue el responsable de “la primera traducción científica completa al español de El capital, junto con muchas otras obras de Marx y Federico Engels. Y que recientemente, en 2014, se publicó una nueva versión que él hizo del primer tomo de ese texto. En estos días está por salir el tomo 2”.

Después, el investigador Andrés Barreda mencionó que Wencesleo Roces fue un “precoz erudito y excepcional jurista crítico; protector del acervo artístico del Museo del Prado durante los bombardeos de Madrid; y su trabajo docente por más de 50 años en la Facutlad de Filosofía y Letras; y como un comprometido militante comunista”, entre otras tareas asumidas.

En el acto, participaron también Jorge Linares Salgado, director de la FFyL, y los antiguos colaboradores del intelectual jurista e historiador asturiano Ricardo Campa y Ernesto A. Schettino.

martes, 14 de junio de 2016

Damián Tabarovsky cumple sus promesas



El pasado 4 de junio, en su habitual columna del diario Perfil, Damián Tabarovsky publicó las siguientes reflexiones sobre las variaciones, de acuerdo con el país, la época y el editor, de una nota al pie de página de un célebre texto de Karl Marx

Palabras, sentido, traducciones

Se está generando un nuevo diccionario: mentira se dice sinceramiento; encubrimiento, información; censura, libertad de expresión. Apuesto que prontamente reaccionario significará progresista. No se trata ya del vaciamiento de las palabras, sino de la inversión del sentido. Mucho más no tengo para decir sobre este tema, o en todo caso, no mucho más que releer una y otra vez LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, de Victor Klemperer, y en especial los dos tomos de Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945 –que a mí me parece su verdadero texto mayor– para encontrar a simple vista, sin demasiado esfuerzo, las evidentes líneas de continuidad entre totalitarismo y democracia mediática.

Los nombres cambian, decía, y entonces también cambio yo de tema, para volver sobre una promesa que ya nadie recuerda (¡lo bien que hacen mis hipotéticos lectores!) que formulé hace unas semanas, acerca de reparar en un pasaje de un texto de Marx sobre la Comuna de París, o más que en el texto de Marx, en una nota del editor. En la barata edición que tengo, de la Editorial Ateneo –Buenos Aires, 1973, que reproduce el texto de las Obras escogidas, de la Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957–, del Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, redactado por Marx, se lee esta frase: “Ernesto Picard, el Joe Miller (*) del gobierno de la defensa nacional, que se nombró a sí mismo ministro de Hacienda…”. Y al pie de página, como llamada a ese asterisco, leemos: “En lugar de Joe Miller, la edición alemana dice Karl Vogt, y la edición francesa, Falstaff. Joe Miller: conocido actor inglés del siglo XVIII. Karl Vogt: demócrata burgués alemán, que se convirtió en agente de Napoleón III. Falstaff: personaje fanfarrón y aventurero de las obras dramáticas de Shakespeare (Ed.)”. Eso implica que en cada edición se cambia el nombre, y se busca un sustituto –una traducción– que pueda cumplir la misma función semántica: la idea de que esa persona es un actor, alguien que realiza una actuación, y por lo tanto, miente e intenta engañarnos invirtiendo el sentido de las cosas. ¿Es un cambio autorizado por Marx? No lo creo. La primera traducción al castellano de El capital, a cargo de Pablo Correa y Zafrilla –publicada en el diario La República de España, obviamente incompleta, y tomada de la edición francesa de Joseph Roy– apareció en 1886, tres años después de la muerte de Marx. La primera realizada del alemán, firmada por Juan B. Justo –probablemente con la ayuda de Augusto Kühn, que sabía bien alemán– es de 1897, corregida y mejorada recién en 1918. ¿Cuándo se tradujo el manifiesto sobre la Comuna? Seguramente mucho después, teniendo en cuenta que es un texto “menor” de Marx. A menos que Marx haya autorizado el concepto, es decir, la posibilidad de ir encontrando, de lengua en lengua, un sucedáneo de Karl Vogt, nombre que aparece en la edición original en alemán. Tampoco lo sé. Pero no deja de ser fascinante la idea de un texto en el que los nombres cambian de traducción en traducción, pero se mantenga la función textual. Como si Marx avant la lettre, o tal vez los traductores y editores de Marx hubieran pensado en clave de invariantes estructuralistas mucho antes de que el estructuralismo se convierta en vanguardia teórica.

lunes, 10 de diciembre de 2012

"No vuelve a nadie rojillo..."

Publicada en el blog de la librería El Péndulo, la siguiente reseña da cuenta de una nueva edición de El Manifiesto Comunista,
recientemente incluido en nueva traducción en el catálogo de la editorial Nórdica Libros.

El manifiesto comunista

Existen frases tan estruendosas como el rugido de una cascada. Palabras que encuentran el momento exacto para unirse en una frase que hace surgir miles, quizá millones, de palabras más. Noviembre de 1847, segundo congreso de la Liga Comunista; Marx y Engels apuntan: “La historia de todas las sociedades anteriores a la nuestra es la lucha de clases”. Es aquí donde la cascada comienza a derramar un mar de opiniones; hoy, el caudal no ha cesado aún.

Hablar del Manifiesto comunista no vuelve a nadie “rojillo” ni de ningún otro color; simplemente se trata de reconocer la importancia, como punto de inflexión, que ha tenido en el pensamiento humano durante ya casi dos centenas de años, nada menos. Su lectura resulta entonces elemental para discernir, debatir, disentir o comprender muchas de las causas de la sociedad actual. El ejercicio de la consciencia no puede hallar una expresión clara al respecto de aquello que desconoce. Así pues, dados los múltiples matices que se le han otorgado a dicho manifiesto, no viene mal volver al origen para sacar cuentas propias.

En esta edición confluyen la traducción del original a cargo de Jacobo Muñoz y las ilustraciones de Fernando Vicente –conocido por su labor en el diario El País y la revista Letras Libres–. De manera sobresaliente, este último acompaña el texto con imágenes en las que nos muestra el devenir de la relación entre el obrero y el poseedor de los medios de producción; entre el proletario y el burgués. Hombres-máquina apresurados por cumplir sus labores; hombres que son devorados por otra máquina que produce billetes y un planeta que gira sin descanso sobre un extractor de jugos, son ejemplos del trabajo de Fernando Vicente en este libro. 

Tocante al contenido del texto, aparte de los cuatro capítulos que lo componen, en él se incluyen seis prólogos correspondientes a tres ediciones alemanas, la de 1872, 1883 y 1890; uno a la edición rusa de 1882; otro más a la edición polaca de 1892; así como unas líneas dedicadas a los lectores italianos. Todos ellos firmados por Engels, con excepción del primero donde también aparece la rúbrica de Marx.

El resultado es un libro perfectamente equilibrado en el que se respetan la importancia primordial del texto y el aporte oportuno de las artes gráficas. La presencia en nuestros días del Manifiesto comunista es clara muestra del eco de las palabras de sus autores, encumbradas en el centro del debate por años, el caudal de opiniones al respecto no deja de caer. La invitación a su lectura queda hecha: ¡Amantes de las lecturas esenciales de todos los países del mundo, uníos!

lunes, 22 de agosto de 2011

Más sobre la traducción del Manifiesto Comunista



Segunda parte del artículo que David Paradela López  publicó en El Trujamán, el 28 de julio pasado, aparecido es este blog el 28 de julio pasado.








"Un mundo que ganar":
la traducción del Manifiesto Comunista (II)

En 1866, tras su paso por las barricadas, José Mesa y Leompart (Alhucemas, 1831) consideró conveniente salir de España para París, de donde sólo regresó en 1868 tras el derrocamiento de Isabel II. Fue uno de los introductores de los ideales marxistas en la Península y de él llegó a decir Engels que «es incontestablemente el hombre más considerable de los nuestros en España, tanto por el carácter, cuanto por el talento, y es asimismo, y verdaderamente, uno de los mejores de la Internacional entera». Fue, además, el primer traductor al castellano del Manifiesto Comunista.

Allá por 1872, José Mesa dirigía La Emancipación, publicación oficial de la federación madrileña de la Internacional, donde el 2 de noviembre apareció su versión del manifiesto bajo el título de Manifiesto Comunista de 1848. Precedido de un prólogo de sus autores. Según los datos del historiador Bert Andréas, antes de la Gran Guerra se reeditó en cinco ocasiones (1886, dos veces, 1888, 1904 y 1906). Las tesis del manifiesto, en efecto, se difundían a gran velocidad: entre 1872 y la Revolución de Octubre de 1917, hubo 70 ediciones en ruso, 55 en alemán, 34 en inglés, 26 en francés, 11 en italiano, 11 en polaco, 10 en holandés/flamenco, 9 en húngaro, 8 en checo, 7 en búlgaro, 7 en yidis, 6 en finlandés, 6 en danés, 5 en sueco, 5 en ucraniano, 4 en georgiano, 4 en rumano, 4 en serbio, 3 en croata, 3 en japonés, 2 en armenio, 2 en noruego, 1 en chino, 1 en eslovaco, 1 en esloveno, 1 en esperanto, 1 en portugués, 1 en ladino y 1 en tártaro.

Más allá de «desviaciones» bakuninistas y demás heterodoxias, era imposible que todas las versiones fueran iguales porque no todas partían del mismo original. En el caso de la española, conocemos bastante bien las vías de transmisión y sabemos, sin sombra de duda, que se trató de una traducción de una traducción de una traducción. El original de don José no fue el texto alemán, sino una versión francesa, vertida del inglés y revisada con arreglo a otra traducción francesa: «En 1872 [el Manifiesto] fue traducido al inglés —escriben Marx y Engels en el prólogo a la edición inglesa de 1888—, más exactamente en Nueva York. […]  Basándose en esta versión inglesa, también se confeccionó una versión francesa en Le Socialiste de Nueva York». Puntualicemos: la versión publicada en Nueva York (en 1871, no 1872) no era nueva, sino la de la enigmática Helen Macfarlane. De ella parte la versión francesa aparecida, ahora sí, en 1872, en Le Socialiste. Engels, antes de remitir a don José el original francés, lo retocó cotejándolo con otra versión francesa, de Friedrich Adolph Sorge. (Lo que no sabemos es por qué no se decantó simplemente por la versión de Sorge como original. Otro misterio para la historia de la transmisión textual). Lo dicho hasta aquí augura una buena ensalada, a la que se sumaría la supresión, por parte de Mesa, de las tres páginas sobre «El socialismo alemán o “verdadero”» (debida a su interés «puramente local», según se señala en nota) y algún añadido de carácter menor.

Aunque a don José le ha dado la espalda hasta Wikipedia, sabemos que volvió a traducir a Marx (en 1891 puso en castellano Miseria de la filosofía) y que falleció en Francia el 22 de enero de 1904. En el último siglo, multitud de traductores han repetido su tarea: el polígrafo Juan Bergua, Paula Brines, María Cóndor, Elisa Dapia, Francisco Leiva, León Mames, Pedro Ribas, Wenceslao Roces, más todos los que se deja el ISBN y aquéllos cuyo nombre se oculta bajo lemas colectivos.

jueves, 28 de julio de 2011

Es verdad que Marx y Engels siguieron con atención el rastro de sus traductores y se preocuparon por la calidad de las versiones

El traductor español David Paradela López publicó la siguiente columna en El Trujamán el 11 de julio pasado. De acuerdo con lo que se indica, habrá una segunda parte. Mientras la esperamos, sale la primera.

"Un mundo que ganar":
la traducción del Manifiesto Comunista (I)*

Marx y Engels tenían muy claro que, si los proletarios de todos los países habían de unirse, primero tenían que entenderles. Así, la primera página de «la pieza de literatura política más influyente desde la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano» (Eric Hobsbawm dixit) anuncia ya que el manifiesto «se publica en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés». No obstante, con los datos en la mano, esta afirmación parece más llena de deseo que de verdad.

El Manifest der Kommunistischen Partei fue publicado en alemán en febrero de 1848 por la Workers’ Educational Association de Londres y, a pesar de sus llamativos tipos góticos de importación teutona, pasó sin pena ni gloria. En 1866 —tras algunas correcciones y reediciones menores— el Manifiesto se publicó por vez primera en Alemania, pero su fortuna dio un giro a partir de 1872: ese año, el panfleto volvió a imprimirse, esta vez con éxito, y las traducciones empezaron a sucederse.

La historia de las primeras traducciones del manifiesto sigue envuelta en contradicciones: no está muy claro, por ejemplo, qué versiones aparecieron antes de la edición de 1866; se sabe de una al sueco, de finales de 1848, y otra al inglés, de 1850, que no tardaron en quedar fuera de circulación. George Julian Harney señala, en su introducción a la versión inglesa aparecida en The Red Republican en 1850, que «la confusión que siguió a ese gran acontecimiento [la revolución parisina de 1848] impidió cumplir, en su momento, la intención de traducirlo a todas las lenguas de la Europa civilizada». Sin embargo, en el prólogo a la edición alemana de 1872, escriben Marx y Engels: «La primera versión francesa apareció en París poco antes de la insurrección de junio de 1848 […]. En polaco, fue publicado en Londres poco después de su primera edición alemana. En ruso, en Ginebra, en la década de 1860. También fue traducido al danés poco después de su publicación». Misterios de la transmisión textual.

Si algo es indiscutible, es que Marx y Engels siguieron con atención el rastro de sus traductores y que se preocuparon por la calidad de las versiones: en el prólogo a la edición inglesa de 1888 llaman «heroica» a Vera Sasulich, artífice de la segunda traducción rusa, aparecida en Ginebra en 1882, y autora del atentado contra el coronel Trepov, el brutal gobernador de San Petersburgo; Engels se lamenta, en el prólogo a la edición alemana de 1890, de que «el traductor [danés] hubiese podido realizar una excelente tarea con un poco más de cuidado». En ese mismo prólogo se comparan y critican versiones: Engels asegura que la nueva traducción francesa aparecida en Le Socialiste de París en 1886 «es la mejor aparecida hasta la fecha» y se felicita de que, tras varias «traducciones norteamericanas más o menos inexactas, apareció finalmente una traducción auténtica en 1888. La misma pertenece a mi amigo Samuel Moore y antes de su impresión hemos vuelto a revisarla juntos».

Entretanto se dieron casos curiosos, como el de Helen Macfarlane, la misteriosa traductora del manifiesto al inglés, de la que apenas sabemos que en 1850 publicó unos artículos en The Democratic Review y The Red Republican con el nombre de pluma de Howard Morton (quizá incluso entre los comunistas una mujer era buena para traducir pero no para opinar; recordemos que el prólogo a su traducción lo firma un hombre: George Julian Harney) y que ese mismo año desapareció sin dejar rastro de los archivos del censo. O como la anécdota del traductor al armenio, relatada por Engels en el citado prólogo de 1890: «En 1887 se le ofreció el manuscrito de una traducción armenia a un editor de Constantinopla; pero el buen hombre no tuvo el valor necesario para imprimir algo que llevase el nombre de Marx y consideró que era preferible que el traductor figurase como autor, cosa que éste declinó». No fuera a ocurrirle lo que al malhadado traductor de «El milagro secreto», el cuento de Borges.

Seguirá.

* Ver la segunda parte el día 22 de agosto de 2011.