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miércoles, 25 de febrero de 2026

Andrés Hax y su reciente Queequeg Press

El pasado 4 de febrero, la periodista Daniela Pasik publicó en las páginas de cultura del diario Clarín, una nota y entrevista sobre Andréx Hax (foto) escritor y también periodista, que ahora se lanza al ruedo como editor de Queequeg Press, su propio emprendimiento, con un puñado de libros que contrastan con lo que publican muchas otras editoriales locales. 

“Hacer un plan tan incierto como una editorial, en cualquier coyuntura, es ingenuo”

Es 1910 cuando Jessie MacRae, la hija del diablo, mata a su padre y zarpa en un bote-ataúd desde su isla remota hasta Edimburgo. Entonces comienza su historia, en un edificio primero próspero y luego maldito, que llega, departamento por departamento y un ocupante tras otro, hasta 1999. Luckenbooth, de la autora escocesa Jenni Fagan, es una novela oscura, rockera, embrujada, histórica, gótica y callejera publicada por primera vez en castellano en septiembre de 2025, con traducción de Micaela Ortelli.

“Tiene hijas del diablo, mujeres que se aman, fantasmas, políticos, mineros que le temen al sol y a un William Burroughs enamorado”, escribe en la contratapa Mariana Enriquez en breve resúmen, y agrega, sobre la autora: “Hace magia con su magnífica escritura, su desprejuicio y su inteligencia. Es una bruja, una rockera, una mujer sin miedo”.

Con esta apuesta por lo alto, el periodista cultural Andrés Hax hizo la presentación en sociedad de Queequeg Press, su editorial extraña y fabulosa, que ya tiene un plan novedosamente contra-intuitivo para 2026 y arranca con un segundo libro que va a estar listo en febrero.

Obra híbrida

Se trata de Dandelions, el primer libro de la joven periodista inglesa Thea Lenarduzzi, con el que ganó el Premio de Ensayo Fitzcarraldo Editions 2020 y fue finalista del Ackerley Prize de autobiografía literaria. También está traducida por Ortelli y es, según su editor en la Argentina, “una obra híbrida”. Recorre cuatro generaciones familiares atravesadas por la migración entre Italia e Inglaterra. Es una memoria informada de historia cultural y cuentos de una abuela que a la par reflexiona sobre el lenguaje, el desarraigo y el biculturalismo.

Se podría parecer un poco a la historia del director de Queequeg Press, pero él dice que no es por eso que se interesó por esta novela. Hax nació en Boston, Massachusetts, Estados Unidos, en 1970, y vive en Buenos Aires, Argentina, desde 1996. A veces se le pierden palabras cuando cuenta cosas. Es un Lost in translation que va y viene entre el inglés nativo y el castellano heredado, en el que vive y escribe.

Fue redactor de la revista Ñ y parte de la sección Cultura de Clarín, entre otros medios locales. Antologó y tradujo los Cuentos selectos del irlandés William Trevor (Edhasa, 2020). Es autor de la novela Ol de Pritty Jorses (17 grises, 2019). Saca fotos de lo que observa del mundo, que comparte en su cuenta de Instagram (@andres.hax.pics) y ese mismo ojo extrañado es el que le sirve para hacer también no sólo su mundo literario sino sus entrevistas y, ahora, esta nueva editorial.

La industria del libro está en crisis en la Argentina. Subió el costo de producción y bajaron las ventas. La apertura desregulada de importación profundizó y aceleró una problemática que viene escalando hace años. Hay cada vez menos títulos nuevos y las tiradas promedio se reducen. En ese escenario Hax sale a la cancha con esta propuesta editorial autogestiva. Su catálogo es precioso y preciso en su rareza. Dice, mientras muestra fotos, manuscritos, papeles con planes, maquetas, que estaba agotado de la escritura y que Queequeg Press “apareció”, comenta, casi pregunta. “Fui aceptando el azar”, dice y ahí encuentra certeza.

Hax es lo contrario a un “crypto bro”. No sigue planes ni cancherea lujo. Ahora habla con pasión sobre Change operations, un método de John Cage que se basa en liberarse del control individual y el ego para la creación artística. El compositor estadounidense, pionero de la música aleatoria, es el parámetro de este editor. El primero decía que si algo es aburrido hay que intentarlo durante más tiempo hasta que deje de serlo. El segundo, persigue y va detrás de cada "idea instantánea", sin importar el contexto o lo que se supone que debería hacer.

Un libro a pedido

Su aventura 2026, entonces, sigue con Primero el cuerpo: apuntes de una ensoñación de carnavalun libro a pedido, del estadounidense de Nueva Orleans Kevin Rabalais. Es una crónica y fotoreportaje en blanco y negro sobre las courirs, unas fiestas que se hacen en algunos pequeños pueblos del norte de Louisiana que tienen raíces medievales y están atravesadas por las culturas creole y cajun. El libro es un vistazo a ese mundo secreto y ritual que podría ser inventado por Flannery O’Connor o parte del universo de True Detective.

Después va a llegar, en traducción local, Nombres para la luz. Una historia familiar, de la autora Thirii Myo Kyaw Myint, que nació en 1989 en Yangon, Myanmar (ex Birmania), y fue criada entre Bangkok, Tailandia, y San José, California. Otra vez, es una memoria híbrida que entrelaza cuatro generaciones de una familia, en este caso marcada por el colonialismo británico, la migración y el racismo cotidiano.

También a pedido, ya está en proceso El diseño interior de las naves espaciales: desde la literatura, el cine y la nueva carrera espacial, del filósofo, periodista y especialista en cultura pop Tomás Balmaceda. En el libro va a mostrar cómo los interiores de naves en cine y televisión son mucho más que escenarios. “Son arquitecturas que anticipan tecnologías y cuentan historias por sí mismas”, cuenta el editor, que también avisa: “El título podría cambiar”.

Todo es según el precepto de Change operations, y así avanza este barco que podría haber sido un bote-ataúd como el de Jessie MacRae, pero viene navegando a velocidad crucero. La editorial toma su nombre de uno de los personajes más inquietantes de Moby Dick, Queequeg, y Hax reflexiona que el proyecto no busca, aunque lo encuentre, lo monstruoso, lo terrorífico o lo extraño, si no, más que nada, lo desconocido. “Quiero entender y aprender este mundo del libro desde este lugar y por eso armé como una nave para embarcar, hacer el viaje, descubrir la cartografía”, dice.

Una editorial

–¿Por qué una editorial, en este contexto?

–¿Por qué no? Mejor y más divertido que hacer una revista cultural, ¿no? Más seriamente hablando, creo que me encontré en un pozo donde se me había terminado la inspiración para lo que siempre hice, que era escribir y leer. De verdad fue una idea instantánea. Apareció y dije: "Bueno, esto lo voy a perseguir". Del mismo modo en que antes podía buscar hacer un libro, leer un poema.

–¿Cómo llegaste a Luckenbooth? ¿Cuál fue la estrategia al comenzar por ahí?

–No tengo estrategia. Justamente, cuando armé esto, que era una especie de abstracción, apareció esa primera novela en simultáneo con la segunda, Dandelions. Las vi. Fue una imagen, como el inicio de un poema. Y tuve que seguir el impulso. A Jenni Fagan le escribí un DM por Twitter hace unos años, sin conocerla, porque me gustaba lo que hacía. Y ahora le pedí la novela, sin saber bien qué iba a pasar. Mariana Enriquez, que generosamente hizo la contratapa, recomendó a la traductora. Y se armó un poco todo alrededor. No pensaba en salvarme económicamente. Menos en este momento del país. Y del mundo. No hay ninguna apuesta segura. Creo que hacer un plan tan incierto como una editorial, en cualquier coyuntura, es ingenuo. Y sin embargo, tenemos un plan certero de lo que vamos a publicar en 2026.

–¿Cuál fue esa imagen que te hizo perseguir la idea?

–La respuesta más inteligente o más contundente es que a mí siempre me fascinó el mundo del libro. Lo transité y conocí desde la escritura, las librerías y la Biblioteca Nacional. Pero no conocía este otro lado. Quería estar en el ecosistema desde lo editorial. No iba a hacer una maestría o algo así, la verdad. Así que me puse a armar el proyecto. Hubo errores que costaron tiempo y plata, pero los aprendizajes fueron y siguen siendo muchos.

–¿Cómo se sostiene en un mundo regido por el mercado algo tan impulsivo?

–No hubo un plan de negocio desde el inicio, que hubiera sido una forma más coherente de armar una editorial, me imagino. Si hubiera decidido segmentar, por ejemplo, en un género. Pero junto a la idea vino esa energía de Cage. Y fui aceptando el azar.

–Aunque sos bilingüe e hiciste traducciones profesionalmente, no lo hacés en Queequeg…

–No, no, no. Eso sería un gran error. Traducir es un arte, obviamente. Aparte, es arte y otra cosa completamente diferente. Yo edito. Micaela Ortelli tradujo los dos primeros libros, pero vamos a tener otros traductores también. Y la editorial es un equipo. También está Verónica Pages, que es mi esposa, pero más que nada otra mirada editorial en el proyecto. Empezar algo y que se vaya armando una comunidad de trabajo, de público que lee, ya es una ganancia y aprendizaje. Esto hubiera sido imposible si no me rescataban colegas y amigos con una palabra, un contacto, sugerencias. Esto es una expresión de un grupo de gente. No sé si se va a dar que se sostenga y crezca como soñamos, pero es muy lindo ya el hecho de soñarlo.

martes, 21 de marzo de 2023

Supongamos que se llaman Aulicino y Hax

La siguiente reflexión de Jorge Aulicino hace a la esencia de la traducción. Su continua presencia en discusiones pone en juego justamente lo más difícil e importante de traducir de una lengua a otra: no las palabras, sino la cultura.

En una tarde de invierno

En un bar de Corrientes y Billinghurst que de noche era tanguería, Andrés Hax o yo mencionamos la primera línea de Moby Dick, de Herman Melville, y las delicias del enmascaramiento.

Hax fue uno de los mejores redactores de la revista Ñ, suplemento de Cultura del diario Clarín, de Buenos Aires. Cuando me fui de allí, primó un criterio al parecer opuesto al que expongo y sostengo, y lo echaron. Hax nació en Boston, es hijo de expatriados chilenos. Se educó bilingüe y tiene una gran formación literaria y también tecnológica.

Era una tarde de invierno y lo único que faltaba a aquella agradable reunión era tabaco. Pero hacía frío como para salir a fumar. Estábamos hablando de la zona gris de la sociedad en que se refugian los literatos de verdad, la comparamos con la de los contrabandistas o los espías que parecen vivir como hombres comunes, y recordamos que Ted Hughes se había preguntado si era más raro el poeta Wyndham Lewis, que posaba de vanguardista, o T.S. Eliot, a quien definió como "un chamán disfrazado de banquero". En ese contexto surgió el recuerdo de la primera frase de Moby Dick, que se menciona siempre como uno de "los mejores comienzos de novela", por razones seguramente distintas a las que pensamos con Hax. Yo le dije que el argentino Enrique Pezzoni había traducido el famoso "Call me Ishmael" como "Supongamos que me llamo Ismael" y que para mí esa era la mejor traducción. Recordaba mal: en las dos versiones que leí de la novela, el que usa "Supongamos que..." es Julio Acerete (Bruguera, 1967). Pezzoni tradujo de modo parecido pero no logró en mí el mismo efecto: "Pueden ustedes llamarme Ismael" (Sudamericana, 1970). El resto de las traducciones españolas que vi por ahí opta por la literalidad: "Llamadme Ismael". Convengamos que la simple omisión del modo natural en que se presentan las personas -"Soy Fulano de Tal" o bien "Me llamo Fulano de Tal"- crea ambigüedad en quien escucha la frase en imperativo. Hax me explicó: "En los Estados Unidos si estás a la noche en la barra de un bar y un tipo que te pregunta cómo te llamás, respondés 'decime Tal', significando: 'No quiero tener intimidad con vos, pero te voy a contar mi vida entera'. Es una mezcla entre distancia e intimidad que se da entre los gringos al beber de noche en el bar, aunque no es el contexto de la novela." De esta manera, Acerete hizo evidente lo que estaba sugerido, y Pezzoni mantiene la ambigüedad con su "pueden ustedes", que significa tanto "les doy esa confianza" cuanto, precisamente, "llámenme así" –call me-.

Todo esto viene a cuento de que leo recién ahora una nota de Magí Camps publicada en La Vanguardia el 21 de diciembre de 2020 en la que, después de afirmar que "los traductores no se acaban de poner de acuerdo" sobre este tema, y de recordar en qué consiste la frase y cuál es su intriga, escribe el siguiente párrafo:

Hace unos años saltó la polémica cuando el escritor argentino César Aira afirmó que había que traducir esa frase por “Podéis tutearme”. Lo recordaba el traductor y escritor Javier Calvo, autor del ensayo El fantasma en el libro: la vida en un mundo de traducciones (Seix Barral, 2016). Aira, también traductor, defiende esa opción porque, efectivamente, mientras que en nuestra lengua pedimos que nos traten de tú, en inglés, que no tiene el tuteo, lo resuelven pidiendo que los llamen por su nombre de pila, y no por el apellido precedido del tratamiento de señora o señor.

En mi opinión, Aira debería probar que eso forma parte de una convención sancionada entre gente de habla inglesa. No es así, supongo. Si alguien quiere que lo llamen por su nombre dice: "Soy Maggie", "Soy Julie", "Soy Peggy". No hace falta el "call me". Dicho esto sin conocer las cavernas del inglés, me atengo a que el sentido del comienzo de Moby Dick puede haberse aggiornado en los bares de Manhattan y de Boston, incluso de Oklahoma, en el sentido que me señaló Hax. Y que, aunque le pese a Aira, ese sabor a antiguo a prólogo de una historia personal contada a un desconocido seguirá primando. Incluso en las versiones literales.

Y no entramos en el debate acerca de si un traductor debe interpretar o no, ser “fiel” o pretender ir más allá cuando se encuentra en apuros, porque tanto Acerete cuanto Pezzoni y los diversos traductores que se atuvieron a la letra obtienen los mismos resultados en este caso. Quizá un poco más acentuado en la versión de Acerete que me sigue fascinando. Porque es la de mi juventud, qué joder.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Andrés Hax habla de su traducción de los cuentos de William Trevor


Más allá de la desmedida promoción de buenos autores como John Banville y, más acá en el tiempo, Colm Toibin, la literatura irlandesa de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del siglo XXI tuvo dos grandes narradores, unánimemente reconocidos por sus pares de lengua inglesa y, más específicamente, por los escritores de su propio país: John McGahern (1934-2006) y William Trevor (1928-2016). Y aunque sus nombres encabezan las frecuentes encuestas que los diarios británicos organizan periódicamente, y sus lectores se multiplican en el mundo anglófono, para la lengua castellana son apenas dos presencias discretas, mal conocidas, si no directamente ignoradas.

Andrés Hax
La reciente publicación por parte de la editorial Edhasa de Argentina, de una selección de cuentos de William Trevor, fue la excusa para que el Administrador de este blog, entrevistara a Andrés Hax, su traductor, además de un excelente periodista que, cuando Ñ era una buena revista, formó parte de su redacción.

"Trevor es un escritor muy claro"

–¿Cómo llegaste a William Trevor? ¿Lo –conocías antes de que te ofrecieran traducirlo?
Yo nací y me crié en los Estados Unidos y, de joven, cuando empecé a recorrer librerías Trevor estaba por todos lados. Es un escritor muy difundido y leído allá. Sumado a esto, publicaba en The New Yorker, lo cual le dio un público de nivel nacional. Yo lo conocí en un un maravilloso volumen de 1261 páginas y docenas de cuentos, que era su mayor recopilación  hasta ese momento. Viviría y escribiría mucho más. Recuerdo que me intrigó mucho una cita en la contratapa de Madison Smart Bell que decía sobre el tomo: “Esto es un manual para cualquier persona que pretenda escribir cuentos y un tesoro para los quienes aman leerlos”.

–Dada la inmensa cantidad de cuentos que escribió, ¿cómo procediste a elegir los que están en la antología?
Trevor, en general tiene tres áreas o locaciones sobre las que escribe: la Irlanda rural y Dublín, Londres u otras ciudades inglesas y, por último, Italia (siempre retratando turistas ingleses a ese país). Para comenzar quise equilibrar esos escenarios. Otro criterio fue mezclar cuentos relativamente cortos con otros mucho más largos. Leí varias de sus novelas también, para entrar en el ritmo de su prosa. También diría que en el orden de los cuentos quise crear un flujo que funcionara como novela polifónica. Aunque eso no creo que se detecte, fue como un juego mío que influyó en la selección y traducción de los cuentos.

–¿Cuáles fueron los mayores problemas que te planteó la traducción?
Yo considero que Trevor es un escritor muy claro sin complicaciones en cuanto a su sintáxis. Diría que no tiene una prosa compleja. Es claro y directo. Está mucho más cerca de Dublineses que de Ulises, para poner un ejemplo. Lo que me complicó en el primer borrador de la traducción fueron los coloquialismos irlandeses. Primero decidí traducirlos al porteño, pero pronto me di cuenta de que eso sonaba falso. Y el mayor problema, aunque fue un problema placentero, fue elegir entre la masiva cantidad de cuentos. Diría que, al traducirlo, tuve la sensación de estar escribiendo cuentos yo mismo y vi claramente en ese ejercicio que la aparente simplicidad de Trevor es engañosa. A nivel psicológico es muy complejo: las emociones de sus personajes, los paisajes, su tristeza.

–¿A qué atribuís que Trevor no sea más conocido en castellano?
No lo entiendo. Es reconocido casi unánimemente como uno de los grandes cuentistas del siglo XX (aunque escribió mucho en nuestro siglo también). O sea que, por el lado del prestigio crítico, no hay dudas. Es un autor que se presta muy bien a la relectura. Como dije, sus cuentos aparentemente simples son, de una manera inefable, muy complejos. Espero que este volumen que acaba de salir despierte algún interés en Trevor y lleve a muchas más traducciones de su literatura.

domingo, 18 de marzo de 2012

Un cambio de paradigma en la investigación de textos

“Cada vez más, en esta era de la computadora, los manuscritos de los escritores nacen y existen solamente como archivos digitales. ¿Cómo se enfrentan los archivadores a los desafíos de preservar y curar este tipo de material? ¿Y qué se puede aprender del proceso creativo estudiando material ‘nacido digitalmente’? ‘La gente está empezando a crear testamentos digitales, de allí puede surgir una Emily Dickinson del siglo XXI’, dice Matthew Kirschenbaum (foto), especialista en el tema.” De todo esto trata la nota de Andrés Hax, que se reproduce a continuación, publicada en Ñ el 22 de febrero pasado,

La historia literaria de los procesadores de texto

Hacia el fin de su carrera, un autor sumamente exitoso se somete a un rito inevitable: vender sus archivos personales a una gran biblioteca. Borradores, cuadernos, correspondencia, la biblioteca personal e ítems varios que iluminarán para futuros biógrafos y estudiosos los pormenores de su vida literaria. Para el autor, este acto es un galardón más: construir en vida un mausoleo a su existencia creativa. Para los investigadores el valor de estos archivos es poder reconstruir el proceso creativo de la gestación de una obra literaria. Está claro. Pero últimamente —pongámosle hace unos veinte años— se ha agregado una nueva faceta a las reliquias de los autores: la computadora personal. En 2006, por ejemplo, la universidad de Emory adquirió cuatro computadoras marca Apple de Salman Rushdie que contienen 18 gigabytes de data. Dentro de la profesión de archivistas el desafío de curar y preservar material que nació en forma digital se volvió algo urgente.

Los problemas con este tipo de archivos son drásticamente diferentes a los archivos de papel. Para entenderlo imagínense desempolvar una vieja laptop o un antiguo artefacto digital (iPod, celular, agenda digital) que tenían olvidado en un cajón e intentar hacerlo andar. Si no anda el sistema operativo ¿dónde encontrarás uno nuevo? O si tienes unos viejos floppy pero ya no tienes el lector, ¿cómo accedes a los archivos? Y así sucesivamente.

Para indagar sobre este fenómeno hablamos con Matthew Kirschenbaum, un profesor de literatura en la universidad de Maryland que es uno de los líderes en lo que se podría llamar la historia literaria de los procesadores de texto. Actualmente esta escribiendo un libro, que saldrá en 2013 en la Harvard University Press, titulado justamente: Track Changes: A Literary History of Word Processing (Control de cambios: una historia literaria de los procesadores de texto.)

Kirschenbaum es una rareza: un doctorado en literatura que sabe programar. Tiene una colección de más de dos docenas de máquinas antiguas incluyendo un Tandy, un Apple Iie, un Osborne y un Kaypro. A diferencia de las máquinas de escribir, las computadoras han sido victimas de la cultura chatarra. Al renovarlas, las viejas se suelen tirar como inútiles. Por lo tanto Kirschenbaum admite que mucho será lo perdido en este amanecer de la escritura en computadoras.

—¿Es difícil convencer a la vieja guardia de la importancia de archivar, preservar y estudiar materiales nacidos digitalmente?
—Bueno, uno de los problemas es que las bibliotecas y los institutos tienen recursos limitados. Y los materiales nacidos digitales requieren más dinero, más tiempo, más conocimiento para trabajarlos. Creo que mucha de la gente dentro del rubro espera que les toque jubilarse antes que este tema se convierta en prioritario… Sin embargo este tema ya se reconoce como importante. Ahora es un tema más de recursos y capacitación. Aun con los archivos de papel lleva mucho tiempo procesar las adquisiciones.

—¿Cuáles son sus sugerencias para trabajar estos tipos de archivos?
—Yo milito más por el lado de la demanda de los investigadores. Por ejemplo, si los investigadores no están reclamando acceso a materiales nacidos digitales es lógico que los archivos no van a trabajar para hacerlos accesibles.

—¿Y qué se puede aprender de materiales nacidos digitales a diferencia de los de papel?

—Describiría dos cosas. Yo me emociono poniéndome en contacto con la computadora de un autor, o un disquete de un autor que me interesa; o hasta poder abrir un archivo en su software original y la máquina original – con lo cual sé que estoy viendo lo mismo que vio el escritor. Para mí esto es tan emocionante como ver un pergamino o un viejo manuscrito – todas las cosas que mencionamos cuando decimos que amamos los libros como objetos físicos.
Pero también pienso que el tipo de cosas que podemos aprender sobre el proceso creativo y autoral a través de materiales nacidos digitalmente introducen un cambio de paradigma en términos de las operaciones de las investigaciones de textos.

—¿Por ejemplo?
—Tradicionalmente, cuando pensamos en el manuscrito de un autor, tenemos suerte si hay una media docena de versiones del manuscrito que sobrevive y que nos permite ver a diferentes estados del progreso del trabajo. Con los materiales nacidos digitalmente tienes, potencialmente, para ver centenares –o hasta miles- de versiones del texto.

—¿Hay autores que tienen estos temas en cuenta a la hora de escribir?
—Hay un autor australiano llamado Max Barry quien ha puesto online toda la historia de cambios de su última novela. Usó el mismo software que los desarrolladores de software usan para ir registrando el código que escriben. Entonces puedes ver la creación del texto por cada tecla tipiada. Este es un ejemplo de un autor que se siente cómodo con este tipo de transparencia. Pero he hablado con autores que están en el polo opuesto, por supuesto.

—¿Piensa que los textos de un futuro autor póstumo, al estilo de Kafka o Emily Dickinson, saldrán de archivos de una computadora?

—¿Por qué no? Más ampliamente hay una preocupación en la población general sobre los legados digitales. Preguntas como ¿Qué va pasar con mi cuenta de correo electrónico? ¿Con mi Facebook? ¿Mi cuenta de Flickr? La gente está empezando a crear testamentos digitales. Hay empresas que se especializan en herencias digitales. Entonces sí. De este tipo de cosas puede emerger una Emily Dickenson del siglo XXI.

—Usted es profesor universitario. ¿Cual es la relación de la gente joven con sus archivos digitales personales?
—En general creo que ven lo que pasa sobre sus pantallas como algo muy efímero. La idea de que tal vez quieran acceder a este material dentro de cinco o diez años… les resulta muy difícil de pensar en esos términos. Pero con Facebook y cosas afines están construyendo una narrativa de sus vidas aunque sean o no concientes de eso. Pero les lleva tiempo llegar a ser concientes sobre qué significa para ellos sus vidas digitales.

—Y, para ir cerrando, ¿me puede contar en qué consiste la investigación del libro que está escribiendo?
—Documenta la historia de autores literarios y su uso de las computadoras y los procesadores de texto. Las preguntas son. ¿Quiénes fueron los primeros usuarios? ¿Cómo esto impacto la profesión de ser escritor y editor? ¿Cómo cambió las formas en cual los autores pensaban sobre su trabajo? Hay un componente sobre la preservación de estos materiales. Hice muchas entrevistas con autores y editores. Pero también está basado el uso de las viejas tecnologías para saber cómo era trabajar con ellas.
El problema de la preservación digital es social, más que tecnológico. Creo que tiene que ver con la adaptación y con que aprendamos nuevos hábitos. Pero no hay nada inherente en la tecnología misma que impida que este material dure en el tiempo.

martes, 13 de marzo de 2012

Una fantasmal secuencia de ceros y unos

Un excelente artículo de Andrés Hax, publicado en Ñ, el sábado 10 de febrero pasado, donde se sostiene que  “Contrariamente a lo que se suele pensar, el mundo virtual no es eterno. Millones de páginas duran apenas días en Internet. Los soportes cambian y otros tantos archivos se hacen inaccesibles. Generamos y perdemos masivamente información”.

La frágil memoria de la informática

El libro de Paul Auster La invención de la soledad —un ensayo autobiográfico sobre la muerte de su padre, publicado en 1982— contiene un relato que es ideal para ilustrar la compleja relación entre la memoria y los archivos (y también, por ende, para demostrar la nueva complejidad entre la memoria y los archivos digitales). En el centro de la historia familiar de Auster hay un misterio: no se sabe cómo murió su abuelo. En realidad, sólo es un secreto porque los que conocen la historia no hablan del tema. Cuando el padre de Auster muere, le toca al joven escritor en duelo la melancólica tarea de vaciar la casa de todos sus objetos. Con la casa casi vacía ya, Auster descubre en el fondo del placard del padre una caja de zapatos llena de fotos y recortes de diarios; los recortes tienen casi cien años y las fotos más de treinta. En estos archivos familiares, descuidados y abandonados, Auster descubre el gran secreto familiar (que su abuela mató a su abuelo) y también vislumbra la vida de su padre como soltero, años sobre los cuales nunca hablaba con su familia.

Ahora entramos en el tema de esta nota con dos preguntas para el lector. Primera pregunta: ¿No tiene usted también en su hogar una caja de zapatos, o un álbum, o un cajón lleno de fotos tomadas hace veinte años o más? ¿Fotos de sus padres antes que naciera usted? ¿Fotos de sus abuelos cuando ellos mismos eran jóvenes? ¿O cartas escritas de puño y letra desde Europa, tal vez hace ochenta años o más –o por lo menos desde antes que el email–? ¿O a lo mejor, con suerte, tenga, también, unos rollos de película de súper ocho y un viejo proyector que aún funciona y puede ver imágenes espectrales de otra vida (pero la suya , de todos modos), proyectadas sobre una pared blanca en la cocina, por ejemplo? Ahora viene la segunda pregunta: De todas las fotos que sacó en los últimos años con su cámara digital (¡o con su teléfono!), de todos los videos y correos electrónicos (seguro que son miles) que tiene almacenado en algún disco duro, o en un servidor remoto, ¿cuántos piensa que sus hijos y los hijos de sus hijos podrán ver dentro de veinte años? ¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Cuántas de esas fotos han sido impresas y cuántas existen solamente en una fantasmal secuencia de ceros y unos? Ni siquiera hay que ser tan hipotético. Seguramente ahora mismo tiene en su hogar una vieja computadora que ya no anda pero que almacena viejos trabajos universitarios, por ejemplo. Seguramente tiene una cuenta de email o de blogger que ya cerró y cuya clave y URL olvidó. Seguramente –dependiendo de su edad– tiene viejos discos floppy o zip llenos de datos –como la caja de zapatos de Auster– pero a los que no va a poder acceder porque vaya a encontrar una PC con una lectora de disquetes. O si encuentra tal máquina ¿qué le asegura que el software para leer los archivos en esos discos aún existe o funciona? Este es uno de los dilemas y las ironías de nuestro momento histórico, de esta era digital. Nunca antes el ciudadano común ha producido tanta información: fotos, audios, textos, videos; pero a la vez, nunca han cambiado con tanta rapidez los soportes físicos de la información, volviéndose a la vez obsoletos y, por lo tanto, atrapando la información que crean dentro de ellos.

¿Estamos viviendo en una era oscura de la información? ¿Una era en la cual la rapidez de la producción de información es igualada por la rapidez de su desaparición? Googlear la frase “Digital Dark Age” es abrir la puerta a un laberinto donde su realidad cotidiana se va convirtiendo en algo parecido a una oscura novela de ciencia ficción: su vida como una pesadilla de Philip K. Dick. Todos sus actos diarios de afirmación del presente, todos sus actos de memoria —sacar una foto, escribir mensajes de texto a un amigo, filmar un video, o leer un artículo en un sitio Web— son en realidad chapuzones infértiles en un gran mar del olvido.

Hasta aquí hemos hablado de lo personal y lo privado, pero tomen el ejemplo ya elaborado y extiéndanlo a un marco institucional. Lo mismo que le pasa a cada uno en pequeña escala sucede en todo tipo de organización, sea un gobierno, una corporación, un laboratorio científico, una universidad, un diario… Por ejemplo, uno puede ingresar a una hemeroteca y ver la tapa de la cobertura de cientos de diarios de los notorios ataques del 11 de septiembre de 2001. ¿Pero qué pasa si quiere ver los sitios Web de esos mismos diarios, cómo fueron —y cómo fueron cambiando, minuto tras minuto— durante ese día? Es una tarea complejísima, sino imposible.

Si aceptamos el postulado de que los archivos que genera una civilización son la memoria de esa civilización, y también que esos archivos serán la ventana por la cual futuras generaciones nos llegarán a comprender, conocer y estudiar, entonces empezamos a caer en la cuenta de lo importante que es el archivo digital. Si lo que estamos haciendo desaparece, nosotros desapareceremos.

Aspectos básicos del archivo digital
A grandes rasgos hay que hacer una distinción entre dos tipos de archivos digitales. Por un lado, la digitalización de materiales que existieron antes de la era digital. Llanamente, esto se trata de escanear documentos, libros, fotografías de cuadros, películas y toda índole de artefacto para que puedan ser preservados y diseminados digitalmente. Para el bibliotecario -y también el investigador- este tipo de digitalización es revolucionaria porque permite acceso a materiales que serían inaccesibles de otra manera, porque a) ya son demasiados frágiles para ser manipulados; o b) porque están en un lugar demasiado remoto para el investigador (¡hay un sitio Web de la British Library, por ejemplo, donde se pueden ver más de cuatro millones de páginas de diarios del siglo 18 y 19!). Este tipo de digitalización también asegura que un documento perdurable existe, teóricamente, para un tiempo ilimitado.

Al otro lado del espectro está el problema más novedoso y más complejo de preservar material que nació en formato digital. Una página Web, por ejemplo, o un documento en un procesador de texto. La fragilidad de semejante tipo de archivo es de una característica distinta de la de un archivo de papel. Se entiende perfectamente que una carta escrita por Napoleón Bonaparte, por ejemplo, no va a durar para siempre. La tinta se desvanece, el papel se desintegra. Pero, en teoría, un archivo digital es inmaterial y por consecuencia tiene una vida ilimitada. Pero esta creencia es absolutamente falsa. Un archivo digital depende de a) hardware: el dispositivo sobre el cual se hace la lectura del texto; y b) de software: el programa que interpreta ese archivo para que aparezca sobre el dispositivo. Y el hardware y software están –como cualquiera que tenga un celular o usa Microsoft Word sabe– en frenética y continua evolución.

Parecemos haber entrado en una contradicción. ¿Un archivo digital puede durar indefinidamente o no? Sí, pero con la condición que se vaya migrando regularmente de un soporte a otro, a la vez que esos soportes evolucionan.

Fernando Boro, historiador argentino y especialista en preservación digital del CONICET, nos explicó por teléfono: “Nunca vemos datos digitales porque eso sería ver ceros y unos. ¿Para alguno de nosotros tiene sentido ver quince millones de ceros y unos en vez de la foto de 15 megapíxeles? El hardware y elsoftware actúan como nuestros traductores del archivo digital de esos datos opacos. Convierten los ceros y unos en información analógica accesible para nosotros”. La clave, entonces, como explica Boro, es que en el mundo digital no es suficiente preservar los soportes. La carta hipotética de Napoleón se lee igual en 2012 como en 1819. Pero un texto escrito en Microsoft Word de 1996, para ser leído en el año 2189 va tener que ser migrado a los sistemas de software y hardware de ese año futuro.

Cuando esta migración continua no se realiza, el resultado es un vacío, una pérdida irrecuperable. Escribió para la revista Civilization el 11 de febrero de 1998 Stuart Brand: “...Tenemos buenos datos crudos de eras anteriores escritos sobre barro, piedra, pergamino y papel. Pero desde 1950 hasta el presente la información grabada desaparece cada vez más en un hueco digital. Los historiadores verán nuestro presente como una época oscura. Los historiadores de las ciencias pueden leer la correspondencia técnica de Galileo de 1590 pero no la de Marvin Minsky escrita en 1960”.

Estrategias para combatir el olvido digital
En junio del año pasado, en Monza, Italia, la UNESCO realizó una conferencia sobre el “libro de mañana”, y uno de los temas centrales de las reuniones fue, justamente, la urgencia de la construcción de archivos digitales. Hablamos por teléfono con uno de los panelistas de la conferencia, Kristine Hanna, la directora de Servicios de Archivos del sitio Internet Archive. Este sito, una institución sin fines de lucro, se ha dedicado desde 1996 a construir un masivo archivo digital tanto con materiales nacidos digitales como materiales digitalizados. Su lema utópico es “acceso universal a todo el conocimiento”. Si no lo conocen se van a asombrar al entrar al sitio. Contiene más de medio millón de películas, casi cien mil conciertos musicales, más de un millón de grabaciones de audio y más de tres millones de textos.

Todo gratis. Empezar a navegar por este extraordinario archivo es la mejor manera de caer en la cuenta de la urgencia de armar bibliotecas públicas de archivos digitales. El Internet Archive tiene otro archivo, un invento propio de la organización, que se llama el “Wayback Machine” –algo así como la máquina del más allá–. Lo que permite este buscador es ver sitios Web como aparecían en fechas del pasado. Obviamente no contiene todo Internet —no es un Aleph— pero está en continua actualización. Usar este buscador es un ejercicio de nostalgia vertiginosa. Nos fuerza a ver todo lo que olvidamos: cuán rápido cambia la Web.

Hanna explicó la importancia de los archivos de material digital así: “Es una falacia y una mistificación que si algo está en la Web estará allí para siempre. Simplemente, no es el caso. Estudios hechos en la última década sobre la vida promedio de una página Web es de entre cuarenta y cinco días y cien días. Y una vez que ese contenido desaparece de la Web, desaparece para siempre. No hay forma de recuperarlo. Es importante capturar estas cosas y archivarlas. La Web se está convirtiendo en nuestro tejido social, es nuestra cultura. Es donde la gente va todos los días para conseguir información. Entonces es importante que capturemos todo lo que sea posible. Para nosotros, pero también para generaciones futuras”.

Dada la abundancia casi grotesca de páginas Web la pregunta es: ¿Cómo deciden qué almacenar, qué es lo importante? Hanna nos contestó: “Intentamos trabajar con la mayor cantidad de organizaciones posible. Porque cada organización va tener una respuesta diferente para esa pregunta. Nuestra postura en el Internet Archive es que no hay una respuesta correcta o incorrecta a esa pregunta. Cada organización necesita decidir por su cuenta. Lo que hacemos es proveer las herramientas para asistirlos en el proceso de seleccionar y archivar sus materiales.”

Le preguntamos, finalmente, a Hanna su sensación de cuán oscuros es nuestra época, de cuánta información importante se está perdiendo. Dijo: “Hay centenares de bibliotecas y archivos trabajando muchísimo para asegurarse que no se pierda lo importante. Pero en realidad esto no es tan diferente de lo que pasaba antes de la era digital. Sabemos que muchísimas cosas importantísimas del pasado se han perdido, o por otro lado, hay hallazgos de material perdido que nos reconfigura aspectos del pasado... Siempre se van a perder cosas.”

El escritor dentro de la máquina
La conciencia de la importancia de la preservación digital se está extendiendo a campos que van más allá de los especialistas tecnológicos y de Internet. Hablamos con Matthew Kirschenbaum, un profesor de literatura de la Universidad de Maryland, quien se especializa en el uso de computadoras y procesadores de texto por los escritores contemporáneos. Está actualmente escribiendo un libro que será publicado el año que viene por Harvard University Press, titulado Track Changes: a Literary History of Word Procesing (Control de cambios: una historia literaria de los procesadores de textos.) Actualmente los archivos universitarios están recibiendo, dentro de los legados de autores, computadoras, floppy disks y discos rígidos. La Universidad de Emory, por ejemplo, adquirió una colección de las computadoras de Salman Rushdie.

Le preguntamos a Kirschenbaum qué puede aprender un investigador literario sobre los procesos creativos de un escritor, con acceso a su computadora. Explicó: “Diría dos cosas. Me da el mismo asombro emocional, la misma sensación visceral entrar en contacto o con la computadora de un autor, o con un disquete que sé que era de un autor en particular que me interesa; simplemente abrir un archivo que es original, ver lo mismo que vio el autor sobre la pantalla de la computadora, es tan excitante como estar en contacto con un manuscrito en papel o un pergamino. Pero también creo que el tipo de cosas que podemos aprender sobre el proceso creativo a través de materiales nacidos digitales es revolucionario en cuanto a cómo conducimos análisis histórico-literarios sobre textos. La cantidad de versiones, de cambios, de decisiones que toma el autor es asombroso. Se ven, potencialmente, cientos o miles de versiones del texto.”

El futuro del presente
Internet es una de las creaciones más insólitas, enormes e inesperadas de la humanidad. Según una infografía del sitio CurationSoft, de noviembre de 2011, se suben 48 horas de contenido a You Tube por minuto; se comparte 3.5 mil millones de contenidos en Facebook por semana; se crean 2.300 artículos nuevos por día en Wikipedia; Flickr contiene más de cinco mil millones de fotos; se crean más de 1.4 millones de blog posts por día; Google recibe unas 11 mil millones de búsquedas por mes. ¿Cuántos tweets? ¿Cuántos mensajes de textos? ¿Correos electrónicos? ¿Páginas de diarios? ¿Cuántos textos hay offline en máquinas abandonadas? Algo colosal está pasando en la cultura globalizada. Un fervor, una erupción, una locuacidad y productividad sin precedentes. Es inabarcable y no para. Allí, escondidos entre toda la data, seguramente están los Kafka de hoy, los Galileo, los Mozart y los Fellini. También está la historia secreta de nuestra época. La que ni siquiera vemos porque la tenemos demasiado cerca. Las generaciones futuras tendrán la perspectiva para entender todo esto. Pero le tenemos que guardar lo que hemos hecho. Si no, todo habrá sido en vano y dejaremos un vacío como legado. A un nivel personal, hay que saber que lo digital es frágil y si queremos dejarles a nuestros hijos esa caja de zapatos, habremos de trabajar un poco para que nuestros archivos no se queden atrapados para siempre dentro de la máquina.

viernes, 25 de febrero de 2011

¿Un cambio de paradigma?


El talentoso periodista Andréx Hax, nacido en los Estados Unidos, pero de padres chilenos, suele escribir muy buenas columnas y publicar excelentes entrevistas en la revista Ñ. En la ocasión, y con fecha del 22 de febrero, publicó lo que sigue en Ñ digital. Se trata de un punto de vista por demás atendible y que arroja no pocas dudas sobre las supuestas bondades de los libros electrónicos.

Un libro electrónico no es un libro

En lo que va del año la noticia más impactante sobre el e-book no tuvo nada que ver, de rigor, con los e-books. Estamos hablando del cierre de la librería estadounidense, Borders, una cadena nacional que en a fines del 2010 tenía más de 500 megatiendas en ese país. Una de las causas principales en la estrepitosa caída de ventas –que resultó en la declaración de bancarrota por la empresa el 16 de febrero de este año– es el pase de los consumidores al libro electrónicos, en obvio detrimento de los libros hechos y derechos. Es profundamente irónico que los bibliófilos estadounidenses estuvieran de luto por una organización que hace unos diez años, no más, era odiada por los mismos bibliófilos por amenazar la supervivencia de las librerías independientes. Aunque el libro electrónico esta en su plena infancia si hay algo que esta claro es que no va ser una novedad pasajera. La tableta de lectura más popular, el Kindle de Amazon, está recién en su segunda versión. Las críticas del Kindle 2 fueron muy positivas, declarando un salto en calidad significativo, tanto en el dispositivo electrónico como en la tecnología de “tinta-electrónica” o e-ink. En estos tiempos de crecimiento exponencial de la tecnología uno solo puede imaginar que el Kindle —o su símil— dentro de una década será un aparato formidable.

¿Qué resistencia posible hay frente este cambio de paradigma? ¿Qué podemos decir nosotros que hemos pasado nuestras vidas —que hemos dado sentido a nuestras vidas— a través de la lectura, compra, colección y relectura de Libros?

Tal vez lo único que nos queda es resistir privadamente y, por lo menos, dejar un grito en el aire constatando nuestra opinión sobre esta revolución de magnitud gutenberguesca.

En esta columna quisiera defender mi opinión: un libro electrónico no es un libro y nunca será un libro. Y por más ventajas que tiene y que tendrá el e-book (a quién no le gustaría tener acceso a los contendidos completos de las grandes bibliotecas del mundo, algo que, si Google Books cumple su objetivo, será una realidad) nunca hay que olvidarse que el libro electrónico no solo no es un libro, si no es un anti-libro. Por más que el contenido textual de, por ejemplo, La guerra y la paz, es idéntico en un libro que en un Kindle o un iPad, ese texto electrónico está muy lejos de ser un libro. ¿Por qué? Veamos.

Esto no es un libro
La diferencia más crucial, importante y notable entre un Libro y un libro electrónico es ésta: Cuando uno lee un libro está solo. Leer un libro es una acción solitaria, silenciosa (o no, si uno lee en voz alta), pero absolutamente personal y privada. Por lo contrario, cuando uno lee un libro electrónico hay siempre una empresa detrás que está leyendo lo que usted está leyendo. Cada “página” que da vuelta, sus tiempos de lectura, cada anotación que hace, la colección de libros que tiene (dentro de su tableta), las horas en cual lee, cuán rápido lee — todo, todo, todo, vinculado con la lectura de ese texto, queda registrado en un servidor de una empresa privada.

Se podría enumerar decenas de diferencias más, pero para los propósitos de esta columna quisiera indagar sobre el significado de esta fundamental diferencia entre los Libros y los e-books.

¿Qué significa comprar un Kindle?
Comparemos la compra de un Libro y un Kindle.

Libro: entro en una librería, compro un libro con efectivo y me voy. Ese objeto es mío. Listo, se terminó. Si quiero, lo quemo para hacer un asado o lo convierto en una obra de arte cortando sus páginas. Si no, lo puedo escribir, subrayar, anotar de la manera que se me antoja: con pinceles de varios colores, con broches, con papeles pegados, escritos, comentando el texto. Se lo puedo prestar a un amigo. Lo puedo dejar en el banco de una plaza para que lo encuentre otro… Es mío y lo que hago con él es cosa mía.

Me compro un Kindle. Primero, ese aparato esta vinculado a mi nombre, a una tarjeta de crédito mía (no se puede comprar en cash) que esta vinculada a un domicilio legal (no puedo tener una tarjeta de crédito sin un domicilio legal). Aun ni siquiera me he comprado un libro y he entrado en una relación en la cual entrego mis datos más íntimos a un tercero.

El Kindle llega en una caja y, al estilo Apple, viene con un manual de instrucciones que, coquetamente, enfatiza lo sencillo que es operar esta maquinita que te dará acceso a miles sobre miles de textos electrónicos. Hasta acá, todo bien, ¿no es cierto?

En el Kindle que yo me compré el manual consistía en un librito de seis páginas de cartón delgado con cinco pliegues que se abren como un acordeón. La parte delantera es un texto escueto con diagramas claros en papel blanco, brilloso.

Y ahora vamos al Gran Hermano.

Da vuelta el manual y ve cinco páginas de texto chico debajo de un título humilde que dice “Important Product Information”. O sea, información importante sobre este producto.
Y lo que sigue es el contrato que firmó, de facto, al comprar el Kindle y —además— el contrato que firmarás, de facto, cada vez que compras un texto electrónico para el dispositivo.

El sexto subtexto se titula: “Your Conduct”. Tu conducto.

¿Perdón? ¡Qué dijo! ¿Mi conducta?

Imagínate devuelta en la librería. Pagaste tu libro en cash y estas por partir cuando el librero te para: “Momentito,” te dice. “Acercase acá que tiene que firmar un contrato si va a leer ese libro. Por favor, no se moleste. Es un procedimiento común que les hacemos a todos nuestros clientes. Hay unas cláusulas sobre cómo usted puede usar el libro. Igual, no se preocupe si no quiere firmar. Ya le tenemos registrado y de hecho por comprar el libro ha firmado el contrato.”

Tu conducta
Entre varias otras cosas, esta estipulado que no puedes prestar el libro; que, en el caso de diarios y revistas, Amazon reserva el derecho de cambiar los términos del contrato de compra; el aparato en si, y sus contenidos (tanto software como hardware) pertenecen a Amazon y no tienes el derecho de interferir con su funcionamiento de ninguna forma; Amazon recibirá información de tu dispositivo: “Anotaciones, bookmarks, apuntes, subrayados o tales marcas están respaldados por el Servicio, y la Información que recibe es sujeta al contrato de privacidad de Amazon.com”Amazon no se hace cargo de ninguna perdida de información. Si has violado los derechos Intelectuales de Propiedad del aparato o sus contenidos, “Amazon puede buscar recompensación legal en cualquier estado o juzgado federal en el estado de Washington…”

Hay más: “Amazon reserva el derecho de cambiar las condiciones de este Acuerdo… En el caso que lo haga tu uso continuado del dispositivo implica tu acuerdo de estas revisiones del contrato…”
Si Amazon decide que tú has quebrado con el contrato – o futuras revisiones del contrato – esta en derecho de suspender tu uso del dispositivo y cancelar tu acceso a toda la información que ellos tienen almacenados sobre tu uso del dispositivo y sus contenidos.

Yo resistiré. No me interesa firmar un contrato para leer un libro. No me interesa que una empresa me imponga las condiciones de mi lectura. No me interesa cambiar comodidad por mi privacidad. No me agrada el tono agresivo ni los términos del contrato en el cual el único con poder es la empresa proveedora. No acepto.

Esto no es un libro.