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lunes, 15 de diciembre de 2025

Todo aquello con lo que se puede escribir un libro

El escritor y periodista uruguayo Martín Bentacor (en la viñeta) reseñó el pasado 12 de diciembre La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón, para el semanario uruguayo Brecha. Lo hizo con la inteligencia que lo destaca de muchos de sus colegas.


Fiebre y manchas de sol

Pocas tareas intelectuales alcanzan la complejidad que produce una traducción literaria. Enfrentado a un texto en otro idioma, el traductor no solo debe escanciar en el odre de su lengua la sustancia estrictamente léxica del original, sino que, además, con los recursos de su propia escritura, debe mantener la cadencia que sustenta el estilo del autor que traduce. Permítaseme citar acá al maestro Vladimir Nabokov, que, al describir en un pasaje de su novela Barra siniestra la labor de un traductor de Shakespeare, dice (en traducción de J. Ferrer Aleu): «Era como si alguien que hubiese visto cierto roble (llamado en adelante A individual) que crecía en cierto país y proyectaba su propia sombra única sobre el suelo verde y pardo, hubiese procedido a levantar en su jardín una máquina prodigiosamente complicada que, en sí misma, fuese tan distinta de aquel o de cualquier otro árbol como lo son la inspiración y el lenguaje del traductor de los del autor del original, pero que, gracias a ingeniosas combinaciones de piezas, efectos de luz y motores creadores de brisa, proyectaría una vez terminada, una sombra exactamente parecida a la de A Individual: la misma silueta que cambia de la misma manera, con las mismas dobles y sencillas manchas de sol que ondulan en la misma posición, a la misma hora del día».

Esa labor prodigiosa, que enfrenta a un hombre con un texto y con las reglas de dos idiomas diferentes durante un lapso de tiempo variable, muchas veces ignorada por lectores, críticos literarios y hasta por los propios editores (a esta altura del partido es un gesto de deslealtad intelectual omitir el nombre del traductor en la portada de un libro traducido), se encuentra en el centro del libro La madre de Beckett tenía un burro, del escritor y traductor bonaerense Matías Battistón (1986), un poliédrico diario de traducción que dinamita los diques de las estructuras literarias, canibaliza la materia ensayística y se lee como una novela.

Battistón, traductor de autores tan diversos como Roland Barthes, Virginia Woolf, John Cage, Fernando Pessoa y Gertrude Stein, arranca su diario en una habitación sin calefaccionar de una Dublín nocturna y congelada. Abrigado hasta las orejas, se enfrenta a la tarea de traducir Molloy, Malone muere y El innombrable, la inmortal trilogía de Samuel Beckett, además de otros libros para los que había sido contratado. Fatigador de bibliotecas y de la deep web, frecuentador de biografías, artículos, reseñas, memorias y demás paratextos que rodean las obras que traduce, Battistón ha encontrado un dato tan irrefutable como inútil: «La madre de Beckett tenía un burro».

Además de los eventuales hallazgos, dubitaciones, revelaciones y puntos muertos a los que arriba un traductor durante su tarea, también se despliega ante él una masa de información variopinta, que puede ser utilizada para alumbrar cierto pasaje en una eventual nota al pie o quedar boyando sin más entre las carpetas y apuntes de trabajo. «Con lo que queda afuera al traducir, con lo que anoto en cuadernos y archivos que después no abro nunca más, con lo que me sigue rondando en la cabeza un tiempo hasta apagarse, se podría armar un libro», escribe Battistón en las páginas iniciales, a modo de tesis y de justificación del propio texto que el lector tiene entre manos.

* * *

Así, en las 200 páginas que siguen, el traductor exhibe un repertorio de historias, personajes, situaciones, anécdotas y conexiones múltiples que, lejos de dispersarse en una galaxia de pura miscelánea acumulativa, se ensambla de cuidadosa forma hasta llegar a la entrada final del diario, auténtico cenit de La madre de Beckett tenía un burro.

Atraviesan las páginas de este novedoso libro de Battistón situaciones y personajes, como el crítico y galerista Jean Frémon, autor del pequeño libro A Beckett le aprietan sus zapatos; los sistemas de traducción contrapuestos de Erri de Luca y César Aira; la increíble historia de Gilles Chahine y su sufrida traducción de Ada o el ardor, de Nabokov; la labor de José Bianco como traductor de la editorial Sur; los hallazgos que depara Malone morre, la traducción al portugués que el poeta Paulo Leminski publicó en 1986; la labor de Giorgio Manganelli como evaluador de pruebas de traducción al italiano; las consideraciones del poeta paraguayo Elvio Romero sobre la labor como traductor del poeta Alberto Girri («Girri destruyó la poesía argentina. Nadie recuerda sus versos. Con sus traducciones destruyó el lenguaje español»); la pléyade reunida alrededor de la revista literaria Merlin, publicada en París entre 1952 y 1954; el oscuro final de Rudolf Klement, traductor al alemán de Trotski; el vínculo entre Beckett y el poeta Patrick Bowles y el de Jorge Luis Borges con su traductor al inglés, Norman Thomas Di Giovanni; la correspondencia entre Rosa Chacel y Ana María Moix; la presunta traducción emprendida por Juan José Saer de un texto de Beckett en inglés, y la traducción al inglés que el escritor William Carlos Williams emprendió junto con su madre octogenaria y casi ciega de El perro y la calentura, de don Francisco de Quevedo.

Con una cualidad notable para ensamblar historias y datos diversos y una prosa precisa, no exenta de bienvenidos giros sardónicos, Matías Battistón escribió un libro personalísimo, que por ciertas derivas del oficio dialoga muy bien con Se vive y se traduce, de la poeta y también traductora argentina Laura Wittner, y que tiene como modelos lejanos a Nuevo museo del chisme, de Edgardo Cozarinsky, y Palacio de olvido, de Alberto Tabbia, pero que constituye en sí mismo un particular objeto editorial que le permite al lector, entre otras cosas, contemplar la extrañeza y el desafío que a todo traductor le provoca aquel nabokoviano A Individual.

martes, 11 de noviembre de 2025

Uno de los libros del año, comentado

En la revista Ñ del pasado 7 de noviembre, Kit Maud escribió una reseña de La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón. Según la bajada, "es una original disquisición sobre el trabajo de la traducción, pleno de anécdotas, conexiones y teorías, por Matías Battistón, uno de los más recientes traductores del escritor irlandés"

Este traductor no es ningún burro: Beckett en castellano

La mecánica cuántica y el arte de la traducción literaria no parecen tener mucho en común, pero hay una coincidencia fundamental: ambas se ejercen en el territorio de las posibilidades. Si un cálculo cuántico tiene que tener en cuenta dos (o más) respuestas distintas pero igualmente verdaderas, esto no es menos verdadero para una decisión de traducción. Pocas veces surge una frase que no ofrezca varias opciones igualmente acertadas en el idioma de destino, y hasta que esta decisión sea definitiva (o por lo menos la traducción haya sido entregada, impidiendo futuros cambios de criterio) todas siguen estando en juego. En el desafío que se le presentó al traductor Matías Battistón –el detonante para este maravilloso libro– el problema de las posibilidades explotó de manera exponencial.

Encargado con una nueva traducción de la famosa trilogía de Samuel Beckett Molloy, Malone muere y El innombrable– la primera decisión que tuvo que tomar Battistón fue qué versiones usar: la francesa que vino primero, o la más tardía en inglés. Dado que Beckett los tradujo él mismo (con la “ayuda” inicial de un tal Patrick Bowles; destinada, como relata Battistón, al fracaso), en verdad hay dos “originales” de cada libro. Y más allá de la diferencia lingüística, hay discrepancias en sustancia también; efectivamente, en la transferencia del francés al inglés Beckett cometió lo que sería un pecado mortal para todo traductor pero fue perfectamente licito para el como autor; iba corrigiéndose y reescribiéndose a sí mismo.

Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.

Así, al igual que en una reacción cuántica, cada nueva ocurrencia o pregunta conduce a otra búsqueda archivística, cuyos resultados están sintetizados en secciones con títulos como “El primer traductor que odió a Beckett” o “La difamación creativa” (dicha sección, obviamente, se refiere a Borges). De estas historias de famas e infamias surge una galería de figuras de la literatura de los siglos XX y XXI, pocas de las cuales se revisten de gloria. El fracaso parece algo endémico de la traducción.

Mientras Matías Battistón explora lo que pasa en las mentes de sus distintos sujetos traductores y traducidos (las cartas y entradas de diario que cita de Rosa Chacel son particularmente entretenidas), persiguiendo toda bifurcación prometedora con el esmero de alguien que de verdad no quiere hacer el trabajo que le fue encomendado, el lector tiene el privilegio de experimentar un poco de lo que pasa en su propia cabeza: un imaginario lleno de erudición amena, una ironía fina y una excelente apreciación del ritmo cómico, que remite con fuerza a ese tufo de obsesión y locura mezcladas que perfuma todo buen emprendimiento literario.

Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.

viernes, 8 de agosto de 2025

A fuerza de té y caldito, Matías Battistón escribió un libro genial que todos le agradecemos

Matías Battistón es fundamentalmente traductor. Considerando sus aportes en la especialidad, su nombre ya está inscrito entre los mejores que ha producido Argentina. Y ahora, a esos laureles suma el mérito de haber escrito uno de los mejores libros que hasta ahora se publicaron en 2025. Se trata de un supuesto "diario de traducción" sobre su trabajo con las novelas y cuentos de Samuel Beckett. ¿Por qué supuesto? Porque el diario está pero también es un ensayo sobre lo que es traducir, una pesquisa alrededor de los traductores de Beckett, una serie de reflexiones sobre Beckett como traductor de sí mismo, una guía de la continua dispersión a la que Battistón se somete cuando traduce a Beckett y muchos conatos de ficción que relatados con un magnífico humor hacen que éste sea un libro del todo singular que desafía toda categorización y que, por lo tanto, puede ser disfrutado por lectores especializados y neófitos. Curiosamente, fue publicado por Emecé, uno de los tantos sellos del Grupo Planeta, que, como es sabido, se especializa en editar libros generalmente malos. Se trata entonces de una muy bienvenida excepción.

Para concluir, Matías Serra Bradford publicó el siguiente suelto en la revista Ñ: "Quienes se preguntaban cómo hizo estos años Matías Battistón para traducir tantos libros simultáneos y sucesivos, tienen ahora la respuesta: no estaba traduciendo, estaba escribiendo. Este originalísimo ensayo suyo será sin duda uno de los libros del año. Sortea dos imposibilidades: ofrecer otro valioso trabajo sobre Beckett y decir algo nuevo sobre el problema de la traducción, acaso la estaba más noble que perpetró la literatura. Tarea heroica que su excelente humor hace bien en no santificar",


jueves, 27 de marzo de 2025

Otro trabajo brillante de Matías Battistón

Matías Battistón, ya fue dicho muchas veces, es un excelente traductor, pero también un tipo de genio. Para demostrarlo una vez más bastaría con leer su traducción de Belacqua, de Samuel Beckett, título impuesto por la editorial donde acaba de ser publicado More Pricks Than Kicks (1934), el primer libro del autor irlandés, que reúne una serie de cuentos sobre un singular personaje. A continuación se reproduce lo que Battistón escribió para justificar su traducción.

Sobre la traducción

Beckett tenía un cuaderno. Es decir, cuadernos tenía varios. Pero uno en particular, el de apuntes para su novela Sueño con mujeres que ni fu ni fa, que por suerte sobrevivió, nos permite ver un poco el método que utilizaba para escribir a comienzos de la década de 1930. Ahí es donde iba anotando, disciplinadamente, las frases y giros que tomaba de sus lecturas, muchas veces recónditas, con la idea de usarla en sus propios textos. Cada vez que lograba meter alguna, la tachaba, como si fuera una lista de pendientes. Muchas de esas citas son casi imposibles de identificar para el lector común, o incluso el más curtido, y sin embargo en esos guiños se juega gran parte de la apuesta estilística de Beckett: es una especie de respuesta moderna, joyceana, al antiguo género de los centones. Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta.

Si bien para este libro Beckett en general decidió escribir de una manera más despojada, el método más o menos se mantuvo. Sobre todo, claro, en las partes que él tomó de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y que aquí adaptó, en particular el cuento “Una noche húmeda”. Hay muchos pasajes que directamente se vuelven incomprensibles o injustificables si uno no detecta la referencia. Algo similar pasa con las alusiones a ciertos detalles de Dublín o a la propia vida de Beckett. Además, claro, del uso constante de expresiones o frases enteras en otras lenguas, que él ni amaga a traducir. Es como si, parafraseando al personaje de la Ottolenghi, él preguntara a cada rato: “¿Les parece que es absolutamente necesario traducir esto?”.

Nunca podría decirse que a Beckett lo desvelara ser transparente. En plena Segunda Guerra Mundial, una vez incluso lo retuvieron unos guardias fronterizos porque pensaban que el manuscrito de Watt estaba escrito en código. Verlo como un mensaje espía, encriptado, les parecía más verosímil que verlo como literatura. Pero son sobre todo los textos de juventud los que parecen llevar como divisa: “Que lea el que pueda”. Así y todo, aunque la opacidad sea adrede, y el libro quizá no pueda apreciarse como corresponde si no nos deja perplejos, me dio la impresión de que se justificaba el trabajo de aclarar las alusiones y dar una traducción de lo que estuviera en otras lenguas, todo en notas al pie[1], a veces extensas, para que el lector pueda hacer trampa dignamente. Desde luego, el que no las necesite, o prefiera el muy entendible placer de no entender, puede obviarlas. Sé que hay algunas que sobran. Espero que eso compense las que faltan.

El título merece una aclaración aparte. More Pricks than Kicks es un juego de palabras con varias vueltas, que como de costumbre tarda mucho más en explicarse que en captarse. Podríamos empezar señalando que es una alusión a la frase to kick against the pricks, tomada de Hechos 26, 14, donde se narra la conversión de Saulo de Tarso en el camino a Damasco: “Todos caímos al suelo, y yo escuché una voz que me decía en arameo: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro es dar coces contra el aguijón”. Con esta metáfora agropecuaria, Jesús estaría tratando de ilustrarle a san Pablo lo inútil y hasta dañino que puede ser resistirse a una fuerza invencible, como el buey que da patadas contra el aguijón o la aguijada que los boyeros usan para picar a la yunta. Volviendo a Beckett, more pricks than kicks significaría, entonces, “más aguijones [o aguijonazos] que coces”: más tormentos o imposiciones, si se quiere, que intentos de rebelarse contra ellos.

Sin embargo, kick en inglés también puede referirse a una experiencia divertida, placentera, como en get a kick out of something (“divertirse con algo”). Así que more pricks than kicks podría leerse como “más aguijones que diversiones”, en el sentido de “más de algo malo que de algo bueno” (con algún eco de otra frase hecha, more kicks than half-pence, “más patadas que monedas”, usada en general para referirse a una actividad que se paga con maltrato más que con dinero). De hecho, kick también puede aludir al placer sexual, y prick, al órgano masculino; en otras palabras, more pricks than kicks puede leerse también como “más penes que orgasmos”, una triste estadística. Y la cosa no termina ahí, si uno recuerda que además prick puede aludir —al igual que “pene” en algunos dialectos del castellano— a una persona molesta, idiota, energúmena. More pricks than kicks, de nuevo, podría significar entonces “más idiotas que buenos momentos” (más forros que polvos, digamos). En fin, con todo esto el lector ya puede seguir combinando los sentidos y alusiones por su cuenta y entretenerse buscándole incluso más vueltas a la frase.

Ahora bien, ¿cómo traducirla? Quizá convenga imitar la admirable curiosidad del alumno que espía el examen del compañero y preguntarnos antes cómo la han traducido otros. Porque traducciones de este libro en otros países ya hay varias, todas con títulos muy distintos.

Hasta ahora, la única traducción íntegra que había al castellano era la española de Víctor Pozanco para Lumen, publicada en 1990. Pozanco, calculo yo, habrá considerado intraducible el juego de palabras del título, porque lo descartó de plano y recurrió a una alternativa más explicativa y geográfica, Belacqua en Dublín. Es una solución que se aprecia mejor si captamos el guiño a Joyce: “Ulises en Dublín” era, justamente, el título de un cuento que se iba a incluir en Dublineses y que terminó convirtiéndose más tarde en la novela Ulises. Podemos imaginarnos a Pozanco descartando otras alternativas menos convincentes, como Retrato del Belacqua adolescente o Belacqueses, antes de llegar con alivio a esta.

Siempre es interesante ver cómo Beckett, que solía traducirse él mismo, cómo adaptaba sus propias obras al francés. Sin embargo, More Pricks than Kicks es uno de los pocos libros que él no llegó (o se negó) a traducir, aunque sí ponderó en su momento, sin mucho entusiasmo, un posible título, Ni bouche ni éperon. La expresión francesa n’avoir ni bouche ni éperon se usa para referirse a alguien tonto, insensible, como un caballo que no reacciona ni a la brida ni a las espuelas, así que esta alternativa mantendría cierto hálito cuadrúpedo en la imagen, al igual que la idea de insensibilidad o pasividad, aunque no la rima interna ni la aliteración. Tras la muerte de Beckett, varios propusieron otras alternativas (Plus de peur que de mâles, según Jean Jacques Mayoux; Plus de couilles que de coups, según Bruno Clément), hasta que Edith Fournier terminó traduciendo el libro para Éditions Minuit en 1994, todavía más libremente, como Bande et sarabande.

Por su parte, la traducción italiana de Alessandro Roffeni, publicada por primera vez por la editorial milanesa SugarCo en 1970, se decantó primero por eludir el problema, eligiendo un título seco y descriptivo, Novelle, y al reeditarse la obra cinco años después, por otro mucho más llamativo, Più pene che pane (que parece más bien el título de alguna película donde la Cicciolina tuviera que mantener a flote esforzadamente una panadería). Más cerca en el tiempo y el espacio, en 2021, Ana Helena Souza tradujo el libro al portugués para la editorial brasileña Biblioteca Azul, con el feliz título de Mais pontas que pés.

Al ver que ninguna de esas versiones se dejaba plagiar dócilmente, barajé opciones. Demasiadas, de hecho, que iban desde lo literal pero sin chiste (Más punzadas que patadas), al punto medio entre libertad y literalidad (tomando algún giro local, como “poner palos en la rueda” digamos, y adaptándolo: Más palos que ruedas), hasta otras del todo libres, que por ejemplo apuntaran a las connotaciones sexuales del original, cuando no al chiste verde (recordemos que Irlanda en su momento el título del libro en parte hizo que lo retiraran del mercado), tal vez incluso haciendo un guiño a la impotencia y al final infausto de Belacqua (Mal acaba). Así fui llenando páginas de tachones.

Mientras tanto, eché un último vistazo a otras latitudes y vi que, cuando Christian Enzensberger tradujo More Pricks than Kicks al alemán para Suhrkamp en 1989 como Mehr Prügel als Flügel, la crítica Ria Endres dedicó la mayor parte de su reseña en Der Spigel para explicar, no sin cierta crueldad, por qué el título estaba mal traducido; según ella, tendría que ser algo como Mehr Schwänze als Tänze. Se me ocurrió entonces que, para ahorrar tiempo y cortar por lo sano, yo directamente podría preguntarle a un reseñista impecable cómo traduciría el título en castellano él. La respuesta de Juan Comperatore, director de la revista El Diletante, fue Más coces que goces. Me pareció mucho mejor que todas las opciones que había garabateado yo, y más cercano al original que las otras que acabo de describir, así que lo adopté.

La editorial, sin embargo, después de escuchar todas las alternativas ya mencionadas, prefirió optar por la eufonía y simplicidad del nombre del protagonista, y decidió trocar traducción por bautismo: el libro pasaría a llamarse Belacqua. Yo acepté, claro. No patalear mucho me pareció, en cierto modo, otra forma de fidelidad al título en inglés. 



[1] Todas las notas al pie me pertenecen, salvo las notas del propio Beckett, indicadas con “N. del A”. Una bibliografía pormenorizada de todas las fuentes que usé para mis notas sería muy larga. Me limito a mencionar al académico John Pilling, que hizo un gran trabajo rastreando las referencias de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y estos cuentos, sobre todo en su libro Samuel Beckett’s More Pricks than Kicks: In a Strait of Two Wills (Londres, Continuum, 2011), sin el cual me hubiera sido imposible desentrañar muchas partes del texto, y al que tantas veces (no las suficientes) cito. Aprovecho también para señalar que Sueño con mujeres que ni fu ni fa es la traducción de José Francisco Fernández de Dream of Fair to Middling Women (Barcelona, Tusquets, 2011).


lunes, 10 de marzo de 2025

"Si mañana terminara 2025 podríamos decir que fue el rescate del año"

Guillermo Belcores publicó ayer, 9 de marzo, el siguiente comentario en las páginas culturales del diario La Prensa, a propósito de la reciente traducción de Matías Battistón, el muy consecuente traductor de Samuel Beckett, de Belacqua, el primer libro del autor irlandés.

Rapsodia joyceana

El héroe zaparrastroso o antihéroe es una de las grandes invenciones literarias. No nos mueve a admiración, sino a risa, a lástima o a reflexión. No encarna lo que nos gustaría ser, sino lo que realmente somos: seres patéticos, ridículos a menudo, seres para la muerte como nos advertía Heidegger.

Puede que el paladín harapiento más famoso de todos los tiempos sea ese hidalgo de rocín flaco que fatigó los caminos de La Mancha. El favorito del autor de este artículo es un curioso lector de Boecio que vivía en Nueva Orleans con su madre. Ignatius J. Really para más señas.

Samuel Beckett (1906-1989), premio Nobel de Literatura en 1969, creó un antihéroe delicioso en su primer libro de ficción. Lo bautizó Belacqua Shuah. Tomó su nombre del espíritu más holgazán de la Divina Comedia y el apellido del abuelo de Onan en el Antiguo Testamento. Ese libro fue entregado por primera vez a la imprenta en 1934. Como las editoriales resistieron la idea de una novela, Beckett escribió diez cuentos hilvanados entre sí, que narran la vida de Belacqua desde el colegio hasta su entierro. Un sello argentino ha tomado la decisión de reimprimirlo. Tres hurras para Ediciones Godot.

Comedia grotesca
Publicada con el apoyo de Literature Ireland (la isla esmeralda es ahora una sociedad desarrollada), Belacqua (220 páginas), la edición argentina 2025, es francamente magnífica. En primer lugar por la traducción, prólogo, aclaraciones sobre el título (el original era un juego de palabras) y notas de Matías Battistón. Hay 354 aclaraciones a pie de página que permiten entender ese sublime torrente de expresiones en distintos idiomas, alusiones librescas y guiños a personajes y lugares de su época que Beckett embutió en esta suerte de comedia grotesca.

Ya es hora de hablar de Belacqua Shoah. Un gordito de cara pálida y anteojos enormes, bueno para nada, algo así como "un intelectual protestante de costumbres retorcidas", como el vouyerismo. Su guarida crapulosa es el pub, aunque "no tenía recursos suficientes para consagrar su vida a la éxtasis ni siquiera en el más mísero de los bares".

El narrador —omnisciente o un amigo de Belacqua— lo describe así: "...no es tipo feo. Más bien una especie de Tom Jones cretinoide..." Lo cierto es que al gandul nunca le ha faltado mujer, incluso contrajo matrimonio tres veces lo que le permitió engordar la faltriquera. Lo seguimos a la escuela, a un paseo por la campiña, al pub, a una fiesta de la elite intelectual dublinesca, a un intento de suicidio, al accidente de su primera esposa, a sus segundas nupcias, a un hospital con un tumor en el cogote, a sus funerales.

Cómico y erudito
Es importante que el lector sepa que estos cuentos son muy divertidos. Incluye una de las galerías más copiosas de personajes estrafalarios de la literatura moderna. Seres enfermos de irrealidad, como diría Juan Marsé. Por momentos, el estilo del Beckett temprano recuerda a Thomas Pynchon.

Como se dijo, también es un libro erudito. Battistón lo resume como "respuesta moderna, joyceana al género de los centones". ¿Qué es esto? Centón, dice la Real Academia Española, es la obra compuesta con fragmentos de otras obras. Beckett se nutre de la Biblia, Plutarco, San Agustín, Dante, Ovidio, Shakespeare, Horacio, Tomás de Kempis, Stendhal, Swift, Carlyle, Richard Burton, Nietszche... y siguen las firmas.

El texto exige una lectura atenta. Como escribió Battistón: "Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta". Es decir, no es fácil porque se trata de una escritura excelente. Pero los dedicados serán recompensados. Hay pasajes de intensa poética, también.

Al parecer, los libros son como los jugadores de fútbol: tienen sus propios tiempos. La primera edición de esta obra fue destripada por la crítica y sus 1.500 ejemplares tardaron 14 años en venderse. Con el correr de las décadas, la calidad se impuso y se tradujo a todos los idiomas occidentales, cada uno de los cuales dio una respuesta diferente al enigma del título original (More Pricks than Kicks). El Belacqua argentino se entiende y se lee con mucho placer. Si mañana terminara 2025 podríamos decir que fue el rescate del año.

lunes, 19 de agosto de 2024

Samuel Beckett y sus seguidores islandeses

El ensayista, editor, periodista cultural y traductor mexicano Alejandro García Abreu publicó el pasado 11 de agosto, en La Jornada Semanal, de México, el siguiente artículo sobre el devenir de las traducciones de Samuel Beckett en Islandia.



Un trago de muerte negra: Samuel Beckett en Islandia

La historia del doctor Ástráður Eysteinsson, escritor y catedrático de la Universidad de Islandia, pondera los efectos de la lectura de Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989). Autor de un ensayo sobre el examinador del vacío, se aproxima a la dificultad de la existencia a través de algunos ejemplos. Se apoya en la crítica, las traducciones y las puestas en escena. Es la sombra de una sombra dublinesa. El texto aparece en una proeza literaria. Translating Samuel Beckett Around The World [Traducir a Samuel Beckett alrededor del mundo], editado por José Francisco Fernández –profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Almería– y Pascale Sardin –especialista en estudios ingleses en la Universidad Bordeaux Montaigne–, es un acontecimiento en el campo de los estudios del escritor por su deslumbrante sentido analítico. Publicado por Palgrave Macmillan –editorial con oficinas en Londres, Nueva York y Shanghái– en 2021, el volumen deviene colección de ensayos sobre las huellas de Beckett por el mundo en función de las traducciones de su obra. Fernández y Sardin muestran diversos trayectos de los textos del autor de Trío fantasma (1977). Los convocados son doce ensayistas y traductores de distintas latitudes: Islandia, Suecia, Países Bajos, España, Italia, Argentina, Brasil, Turquía, Israel, Pakistán, India y China. Trasciende la docena de piezas sobre “el rastreador del enigma del universo”, según Pierre Gould, quien firma como Bernard Quiriny y alude a Beckett.

La recepción de la obra en la bahía humeante
El vínculo del artista visionario con Islandia es una de las historias más atractivas incluidas en Translating Samuel Beckett Around The World. Ástráður Eysteinsson –experto en literatura inglesa y escandinava, espléndido germanista– escribió “Embraces-Empty Spaces: Translation and Reception of Samuel Beckett in Iceland” [Acogidas-Espacios vacíos. La traducción y recepción de Samuel Beckett en Islandia]: una indagación de los enigmas de la escritura. En Reikiavik, la “bahía humeante”, ciudad denominada así por el vapor que emergía de sus fisuras geotérmicas, el traductor e investigador literario –nacido en Akranes, ciudad portuaria–, leyó a Beckett y bosquejó una especie de genealogía de sus traslaciones al islandés y de los ejercicios intelectuales.

Eysteinsson se remonta a 1960. Cuando Esperando a Godot –obra traducida por el novelista Indriði G. Þorsteinsson (1926-2000) y dirigida por Baldvin Halldórsson (1923-2007)– se representó en el Teatro de la Ciudad de Reikiavik el 29 de marzo de ese año, fue bien recibida y, en retrospectiva, superó cierta barrera. El dramaturgo era conocido por la crítica islandesa y tenía cierta cantidad de seguidores. Los asistentes se enfrentaron a una obra controvertida. La gran recepción se debió a que quienes habían escrito sobre Beckett durante los años anteriores afirmaron que Esperando a Godot y otras piezas se caracterizaban por una investigación del abismo.

El doctor por las universidades de Iowa y Colonia se refiere a un periodista islandés que informaba desde Viena, donde había visto Fin de partida (1957) en 1958. Es un drama “lleno de repeticiones y conversaciones sobre asuntos sin importancia. Todo ha quedado atrás, nada por delante, salvo la muerte. Todo lo que importa ha terminado y se ha acabado. Es una representación teatral que quedará grabada en la mente durante el resto de la vida, como una advertencia y una amenaza, independientemente de lo que tomemos de la obra, en la conciencia de lo que significa ser en nuestro tiempo”, dijo el periodista anónimo. Se comprueba la bienvenida al espacio vacío. Sospecho que, sentado a su mesa de trabajo, Eysteinsson cita a Beckett en un ejercicio de ficción crítica basado en Comedia (1962): “Y todo está cayendo, todo ha caído, desde el comienzo, en el vacío. Nada ha sido preguntado. Nadie preguntándome por nada de nada.”

Eysteinsson recuerda que el primer artículo extenso que apareció en Islandia sobre la obra de Beckett fue escrito en 1957 por Sigurður A. Magnússon (1928-2017), quien se convertiría en una de las voces más importantes de su país en los años posteriores. Su título extrañó a los lectores: Bölsýni í öskutunnum [Visión sombría en los contenedores de basura]. Bölsýni –dice Eysteinsson– implica el pesimismo y se aproxima a la desesperación, como lo hace él mismo. Transfigurado en la sombra de Magnússon en esta ocasión, piensa en la oscuridad de la desilusión total e irreversible y en un humor lúgubre. Magnússon dijo que la faceta de novelista también está influida por la misma visión taciturna. Eysteinsson se apropia de las palabras de Magnússon y aclara: la existencia no tiene sentido. Siempre quedan espacios vacíos. Como el escritor dublinés, sus acólitos son funambulistas.

El primer texto de Beckett en islandés
Ástráður Eysteinsson leyó un artículo publicado en la revista Dagskrá en 1958 escrito a cuatro manos. Sveinn Einarsson (1934) –que más tarde se convertiría en director del Teatro de la Ciudad de Reikiavik y posteriormente del Teatro Nacional– y Ólafur Jónsson (1936-1984) –destacado crítico literario en Islandia– aseguraron que Beckett fue “clasificado junto a los llamados absurdistas”, como el rumano Eugène Ionesco (1909-1994) y el ruso Arthur Adamov (1908-1970). Ambos escribieron en francés, como Beckett. La referencia al teatro del absurdo se convirtió en un rasgo de la recepción islandesa del genio de Dublín. El artículo de Einarsson y Jónsson está acompañado por su traducción de Acto sin palabras I (1956). Fue el primer texto de Beckett publicado en islandés. El personaje es un hombre con un ademán característico: dobla y desdobla su pañuelo. El escenario es desierto con iluminación deslumbrante. Transcurre la acción –una descripción de movimientos y acontecimientos– y el individuo se mira las manos. Antes de que los actores beckettianos pronunciaran palabras islandesas en el escenario, el dramaturgo apareció con un texto impreso que consiste en una serie de instrucciones escénicas.

Escrito en francés, Acto sin palabras I fue publicado en París por Éditions de Minuit en 1957, y en 1958 constituyó la llegada perfecta de Beckett al país de la playa roja de Rauðisandur y de los acantilados de Látrabjarg, espacios unidos al imaginario del autor de Eleutheria (1947).

Al describir al escritor irlandés, Sveinn Einarsson y Ólafur Jónsson enfatizaron cómo sus obras difieren de las configuraciones dramáticas predominantes en la época: “emplea imágenes simbólicas y símiles que recuerdan a la poesía moderna”. La palabra que usaron en la revista Dagskrá, nútímaljóðið [el poema moderno], tenía una referencia a la poesía modernista, sobre la que hubo un debate en Islandia durante los años cincuenta, que se unía a una discusión similar sobre la pintura abstracta. La falta de temas identificables y escenas figurativas en la literatura y la pintura fue percibida por muchos como un asunto preocupante. Para una cultura literaria con raíces que se remontan a mil años atrás pero que depende del enlace de una población pequeña y, por lo tanto, de una lengua nacional hablada por pocos, el abandono de las formas métricas tradicionales y la desaparición de los fundamentos creativos acostumbrados, creó frustración e incertidumbre entre quienes apreciaban la continuidad cultural, elucida Eysteinsson.

El poeta y dramaturgo Árni Ibsen (1948-2007) desarrolló una fascinación por la obra del creador de Quad (1981) y en 1987 publicó el primer libro de Beckett en islandés, Sögur, leikrit, ljóð [Relatos, obras de teatro, poesía], publicado por la editorial Svart á Hvítu. El libro contiene catorce poemas, las piezas teatrales Esperando a Godot, Todos los que caen, Fin de partida, Vaivén, No yo, Nana e Impromptu de Ohio y los textos en prosa Primer amor, El expulsado, Suficiente, Imaginación muerta imagina, Me di por vencido antes de nacer y Compañía. Pero fue una excepción. La cultura literaria todavía se resiste a este tipo de experimentación, confirma Eysteinsson. La primera novela de Beckett que apareció íntegramente en islandés, Molloy (1951), traducida por Trausti Steinsson (1950) con un epílogo de Sigurður A. Magnússon, salió a la luz hasta 2001. No fue ampliamente aceptada porque la tradición épica conserva demasiado peso.

Pero Beckett, cuya obra fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1969, se abre paso en el territorio de los fiordos. Cuando recibió el premio, el escritor Thor Vilhjálmsson (1925-2011) le envió una carta sin esperar respuesta, pero el autor de Nacht und Träume (1982) le contestó “desde algún oasis en el desierto de Túnez” y terminó su misiva con un anhelo: “Me vendría bien una gota de muerte negra ahora mismo.” Beckett sabía que el tradicional licor islandés Brennivín se conoce con ese lóbrego sobrenombre: svarti dauði. Vislumbro a Eysteinsson, con un vaso que contiene muerte negra, en un teatro discretamente iluminado. Brinda por el dublinés y declama Fin de partida (1957): “Estarás sentado en cualquier lugar, pequeña plenitud perdida en el vacío, para siempre, en la oscuridad. Como yo.”

En esta saga islandesa sobre traducciones, dirección escénica, ensayos, novelas, dramaturgia y un intercambio epistolar, el “pájaro negro y solitario” finalmente habitó el país de trescientos ochenta y dos mil habitantes. Imagino que Ástráður Eysteinsson –sombra entre las sombras– se despide con la lectura de un pasaje de Beckett, perteneciente a Pavesas (1959): “Mi padre, de vuelta de la muerte, para estar a mi lado.”

martes, 7 de marzo de 2023

Holanda, los Países Bajos o como se llame, lo hicieron de nuevo: hoy, Samuel Becket cancelado

La nota se publicó en el diario Perfil, de Buenos Aires, el pasado 13 de febrero. Allí se lee que una vez más una institución de Holanda (o, según su nuevo nombre oficial, de los Países Bajos), dando una nueva prueba de imbecilidad, cancela la puesta en escena de una obra a cargo de aficionados universitarios por no cumplir con el cupo femenino. La noticia se suma a la prohibición de una traducción de una escritora afroamericana por parte de una traductora blanca, a haber sacado a Mahomna del infierno de Dante para ser políticamente correctos y seguramente a muchas otras cosas que no conocemos. O tempora o mores
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Cancelando a Godot


A principios de mes, la Universidad de Groningen, en Países Bajos, prohibió la representación de la obra Esperando a Godot, de Samuel Beckett, en su centro cultural estudiantil.

 Esta versión la realizaban actores amateurs y el detonante de la cancelación fue que el casting para los cinco papeles masculinos convocó solo a hombres, algo que iba en contra de la política de inclusión universitaria.

Recordemos que el propio Beckett dejó explícitas instrucciones para que su obra fuera representada solo por hombres, algo que sus herederos trantan de custodiar cumplir.

 

La productora de la obra, Medea Anton (24), estudiante de Física, dijo que la decisión de cancelar pasó por alto el importante papel del equipo que trabaja en la producción de la obra, que sí es inclusivo. “Algunos miembros del elenco y el equipo ya han hecho la broma de que ahora todos estamos esperando a Godot”, agregó.

 

martes, 10 de noviembre de 2020

"De un dolor ocasional a uno crónico"


El 7 de julio y el 26 de agosto pasados este blog reprodujo sendos artículos de la agencia TELAM, primero, y del diario Tiempo Argentino, después, a propósito de las traducciones que de algunas de las principales novelas de Samuel Beckett realizó Matías Battistón. Ahora es el turno de InfoBAE Cultura, que, el pasado 7 de noviembre, publicó un nuevo artículo sobre el autor irlandés y su traductor argentino, firmado por Luciano Sáliche.

Samuel Beckett: lo absurdo, lo experimental, la transgresión y una trilogía increíblemente actual


Cuando se estrenó Esperando a Godot en París, año 1953, las críticas fueron dispares. Hubo quienes salieron del teatro fascinados por lo que habían visto, otros no lograban entender si era una genialidad o una bazofia, y otros decían que era un problema que durante toda la obra no ocurriera algo verdaderamente significativo. Samuel Beckett la escribió a fines de la década del cuarenta durante un período de experimentación literaria que no deja de resultar profundamente revolucionario. No hay spoiler porque todos conocen la obra: Vladimir y Estragon llegan al árbol donde debían encontrarse con un tal Godot. Dialogan sobre temas de la vida, aparecen dos personajes más que luego se van y llega un niño que viene de parte de Godot. El mensaje: “Hoy no vendrá, pero mañana por la tarde sí”. El final es este: “¿Qué? ¿Nos vamos?”, dice Vladimir. “Sí, vámonos”, contesta Estragon. Pero no se mueven del lugar y cae el telón. 


Muchos espectadores y lectores interpretaron que Godot era Dios. “Si por Godot hubiera querido decir Dios, habría dicho Dios y no Godot”, dijo Beckett. Y si bien esa línea interpretativa es bastante interesante, él la negó siempre. Como si estuviera en contra de cerrar el sentido de una obra. Esperando a Godot fue englobada dentro del movimiento Teatro del Absurdo. Sin embargo, ese gesto absurdo se esparce por todas las obras de Beckett donde las tramas giran en círculo con pequeñas variaciones haciendo que la narración se vuelva un espiral hipnótico. Lo absurdo ya no son las circunstancias sino la vida en sí misma. En ese sentido, también le cupo la categoría de existencialista. Jean Paul Sartre y Theodor Adorno alabaron esa potencia de la incertidumbre. Y de toda su obra, quizás el núcleo de ese gesto transgresor está en su famosa trilogía, que incluye las novelas Molloy (1951), Malone muere (1952) y El Innombrable (1953).

 

La editorial argentina que acaba de completar la publicación de esta trilogía se llama –nada más y nada menos– Godot. Matías Battistón, su traductor, conversó con Infobae Cultura: “Beckett, sobre todo con la trilogía, combina de un modo muy particular el rigor y el abandono. En su escritura casi nada es planeado y casi todo es preciso. Traducirlo implica tratar de seguir una voz que maneja los cambios de tono y los quiebres como pocas. Además, el hecho de que él haya llevado adelante prácticamente la totalidad de su obra en dos idiomas en paralelo, en inglés y francés, traduciendo él mismo de uno al otro todo el tiempo, hace que cada libro tenga, por así decirlo, dos originales: la versión que produjo en francés y la que produjo en inglés, siempre muy cercanas pero nunca idénticas. Es raro llevar una obsesión tan lejos”. Pero, ¿qué hay en estas tres novelas que funcionan en una sintonía que no tiene que ver específicamente con la trama si no con el pulso?

 

Monólogos. En las tres novelas hay monólogos. Molloy comienza así: “Estoy en la habitación de mi madre. Soy yo el que vive aquí ahora. No sé cómo llegué. En una ambulancia quizá, sin duda en algún tipo de vehículo. Me ayudaron. Solo no habría llegado. Hay un hombre que viene todas las semanas, quizá es gracias a él que estoy aquí. Él dice que no”. Esos primeros datos que deberían empezar a crecer y diseñar un escenario, personajes y un sentido titubean y giran como un trompo. “Quisiera hablar ahora de las cosas que me quedan por hacer, despedirme, terminar de morir. Ellos no quieren”. ¿Quiénes no quieren? La tensión aumenta y la incertidumbre se mantiene. Beckett camina en la cornisa también en Malone muere donde un anciano, que está desnudo en la cama de lo que podría ser un hospital o un neuropsiquiátrico, habla, cuenta, piensa, reflexiona, siente, sufre, vive y narra las vivencias de un tal Sapo que luego pasa a llamarse Macmann.


“¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?”, comienza El innombrable, tercera novela de esta trilogía que Godot publicó primero, en 2017, y este año completa con las dos anteriores. El narrador no sabe dónde está ni quién o qué es. No tiene miembros, o al menos eso cree. Está solo y, como sujeto, hablar lo salva. Es lo que intenta hacer. Aparece entonces la “preocupación por la verdad en el frenesí del decir”. “Sólo yo soy humano y todo lo demás divino”, dice el narrador, y más tarde: “Me pregunto a veces si las dos retinas no estarán enfrentadas”. Pero, ¿quién es el que habla? Las palabras, “gotas de silencio a través del silencio”, son como pasos, que le sirven para caminar en la oscuridad. El lenguaje es la vela, pero el lenguaje también es el mundo porque… ¿existen las cosas sin que las nombremos? “Solo hay que desmembrarse tranquilamente, sumiéndose en la delicia de saberse nadie para siempre”, se lee.

 

Marías Battistón no recuerda exactamente cómo o cuándo llegó a Beckett. “Me acuerdo, sí, de una primera lectura casi adolescente de Esperando a Godot, con la que no alcancé a enterarme si Godot al final llega, porque yo no llegué al final. También, no sé si antes o después, tuve una lectura muy deslumbrada de Murphy, una novela que me sigue pareciendo increíble. A partir de ahí entré y salí de su obra con los años, pero la traducción de la trilogía marcó un cambio en la intensidad de lectura. Fue como pasar de un dolor ocasional a uno crónico”, dice y agrega que “no hay muchos otros autores que hayan socavado con tanta insistencia las nociones más básicas de lo que entendemos por escribir, y eso deja su marca, crea un espacio propio. Beckett ya es más que una figura: es una especie de región, con sus usos y costumbres, sus turistas, sus nativos. Uno los reconoce por los silencios, la tonada del balbuceo”.

 

Pese a la transgresión indómita de su obra, Beckett fue muy celebrado en vida. Tal es así que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1969 “por su escritura, que, renovando las formas de la novela y el drama, adquiere su grandeza a partir de la indigencia moral del hombre moderno”, argumentó la Academia Sueca. Sin embargo, antes de firmar el contrato para publicar Molloy, la primera de la trilogía, Beckett, con la lapicera en la mano, miró a su editor, Jerôme Lindon, que estaba muy entusiasmado porque iba a darle a los lectores del sello una obra maestra, y le dijo: “Estás seguro, ¿no? Vas directo a la quiebra con esta novela”. Hay algo en este irlandés nacido Dublín en 1906 y muerto en París en 1989 que descoloca a todos. Su obra es muy seria, es decir, se toma seriamente su trabajo con las palabras, pero por otro lado relativiza la importancia de la repercusión. Como si no le interesara otra cosa que el acto moral de escribir.

 

Beckett era un erudito. Sus profesores del Trinity College de Dublín, donde estudió francés, italiano e inglés, lo consideraban un alumno brillante. Le gustaba mucho el teatro y el cine cómico: Charles Chaplin, Buster Keaton, El gordo y el flaco y los Hermanos Marx. Se licenció en filología moderna, dio clases en universidades y conoció a su coterráneo James Joyce, 24 años mayor. Los presentó el poeta Thomas MacGreevy. No sólo se hicieron amigos, Beckett se volvió su asistente en el trabajo de investigación de su última gran obra, Finnegans Wake. Esa experiencia y esa amistad lo nutrieron notablemente. Además de ser un lingüista exquisito, al igual que Joyce, Beckett era también un experto en temas como historia, música y pintura, según su biógrafo James Knowlson. El ajedrez es el puente entre su vida intelectual y su faceta deportiva: también jugaba al rugby, al tenis y era un destacado jugador de cricket.

 

¿Cómo interpela la trilogía de Beckett a nuestro presente? La entidad del sujeto tiene que ser repensada a partir de las nuevas subjetividades que despliegan las redes sociales. Un tuit que gira y gira por la red con miles de retuits, ¿importa quién lo escribió? ¿Dice algo ese tuit del tuitero? Si la lógica del anonimato se potencia en la virtualidad, ¿cómo pensar las narraciones que proliferan en las distintas plataformas de interacción y en los sistemas de mensajería? ¿Cómo se construye la identidad de un sujeto que parece ser más hablado por la red que ser un hablante? Maurice Blanchot escribió en El libro por venir (1959) que "El innombrable es, precisamente, una experiencia vivida bajo la amenaza de lo impersonal, el acercamiento de una voz neutral que se alza por sí misma, que penetra al hombre que la escucha, que carece de intimidad, que excluye toda intimidad, que es imposible detener, que es lo incesante, lo interminable”.

 

Una lectura posible es que con internet y su gran pila de discursos, uno encima del otro, la mayoría irrelevantes, la impersonalidad llegó. Los trending topics son justamente eso, un agrupamiento impersonal de los temas más conversados. De modo similar funcionan los comentarios debajo de un posteo: un metatexto acuoso e interminable. Pero ¿es internet “la amenaza de lo impersonal” o se trata, en todo caso, del exceso de lo personal e íntimo? A la pregunta sobre quién habla en internet se la puede responder de múltiples maneras pero predomina la dualidad: o todos o ninguno. ¿Y cuál es la identidad del sujeto hablante en internet? Si este siglo está determinado por la saturación de voces, por la proliferación de textos, por la exaltación discursiva del habla conjunta y ruidosa, ¿cuál es el estatuto de la palabra? “Es para callarse que hace falta coraje”, dice el narrador de El innombrable, con una actualidad que asusta. Pero callarse es imposible.

 

La trilogía de Samuel Beckett que acaba de editar de Ediciones Godot es una obra maestra en múltiples aspectos: porque cuestiona el lugar del sujeto en su transgresión formal, porque le da un giro inesperado a la idea de literatura que predominaba en la época, porque en su experimentación evidencia el sinsentido, no sólo del lenguaje, sino de la vida poniendo de manifiesto lo absurdo que es el mundo, y porque también atraviesa el tiempo y llega a este presente para proponer una reflexión universal. “En su obra –concluye Matías Battistón en esta entrevista con Infobae Cultura– hay una especie de degradación que por momentos es desesperada, pero que también es festiva. Da la impresión de que Beckett se embriaga con las distintas posibilidades de derrumbarse a la hora de expresar las cosas. Esa necesidad de seguir explorando la impotencia tiene, creo yo, mucho que ver con la época en que vivimos”.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Samuel Beckett, Matías Battistón y tres al hilo

El pasado 23 de agosto, Mónica López Ocón publicó en el diario Tiempo Argentino, la siguiente entrevista con Matías Battistón, a propósito de su traducción de tres novelas del irlandés Samuel Beckett, publicadas por la editorial Godot, de Buenos Aires. En la bajada se lee: “Las ya míticas Molloy, Malone muere y El innombrable reencuentran su unidad gracias al minucioso trabajo de traducción de las tres novelas realizado por Matías Battistón” 

Por primera vez un mismo traductor vuelca al castellano su trilogía 


Samuel Beckett (1906-1989) escribió una obra emblemática del teatro del absurdo, Esperando a Godot. Seguramente jamás imaginó que una de las muchas repercusiones que tendría más de medio siglo después sería que una editorial argentina, Ediciones Godot, llevara el nombre de ese esperado personaje que nunca llega. 

En estos días difíciles en que la crisis económica heredada se agudiza a causa de la pandemia, esta joven editorial independiente se atreve a hacer una apuesta fuerte: publicar la trilogía del Premio Nobel de Literatura 1969 compuesta por las novelas Molloy (1951), Malone muere (1951) y El innombrable (1953). Y la publicación tiene un plus importante: esta es la primera vez que la trilogía es llevada al castellano por un solo traductor, Matías Battistón. No se trata de un dato menor porque los ecos y resonancias que hay entre las tres novelas se perdían al ser abordadas separadamente por distintos traductores. 

“El mayor desafío que me planteó la traducción –dice Battistón, quien califica la trilogía como “una épica de la desintegración”– fue ver qué es lo que quedaba por hacer con ella, dónde estaba lo que faltaba. Había traducciones argentinas previas que eran las de Sur, aunque no de El innombrable que solo se tradujo en España, pero sí de Molloy, que la hizo Alberto Luis Bixio en 1960 y, antes de eso, la de José Bianco de 1958. Revisé esas traducciones de Sur, que se caracterizaba por tener eximios traductores y falta de revisores. Más allá de los estilos propios de la época, me encontré con varias falencias como falta de frases traducidas, tanteos, atribuciones equivocadas en los diálogos, lo que demostraba la falta de alguien que revisara y pudiera cotejar la traducción con el original. Otro punto ciego que también abarca a las traducciones españolas es que Beckett en realidad escribió la trilogía dos veces, porque la escribió en francés y la tradujo al inglés. Solo Molloy fue una cotraducción. Beckett era, por decirlo suavemente, muy neurótico, y tenía problemas para traducirse al inglés, que era su lengua materna, y quería desprenderse de la tarea asignándosela a otro. Consiguió finalmente un traductor, Patrick Bowles, un escritor sudafricano. Pero su trabajo con él resultó un fiasco. A veces pasaban ocho horas en un café leyendo en voz alta y corrigiendo. Beckett era muy educado y amable, pero también supercontrolador, por lo que insistía en estas revisiones eternas. Bowles se frustra, se va, las traducciones se retrasan y Beckett decide hacerlas él. A partir de esta experiencia, con algunas excepciones, eligió traducir él mismo su obra al inglés. Eso es lo que hace con Malone muere y con El innombrable”. 

Otro de los desafíos que enfrentó la traducción completa de la trilogía fue el uso del monólogo interior (no por casualidad Beckett tuvo un contacto estrecho con James Joyce, por quien sentía una admiración absoluta) que al producirse dentro de un personaje difumina contextos y puntos de referencia. Pero aun este fluir interno que suele estar enmarcado en un solo personaje se va borrando, según explica Battistón. “En El innombrable –dice– no hay un interior solo, el innombrable no es un personaje, ni siquiera sabe quién es, ni dónde está. No sabe qué es. La voz va mutando y la novela salta de un fragmento de narración a otro y nunca se resuelve, está todo el tiempo modulando”. 

Esta trilogía tiene una importancia fundamental en la obra de Beckett por dos razones. Por un lado, según lo señala el traductor, es una obra “bisagra” en su producción, ya que marca el momento en que deja de escribir en su lengua materna para hacerlo en francés. Si bien escribió, además de la trilogía, otra novela en francés, esta no se publicó en el momento, sino muchos años después. Por otro, la publicación de las tres novelas es próxima a la publicación de la obra que se convirtió en emblema de su producción teatral en el campo del absurdo, Esperando a Godot que, si bien fue escrita en la década del '40, recién fue publicada en 1952, es decir, luego de la aparición de los dos primeros libros de la trilogía y antes de la edición del tercero.