lunes, 15 de diciembre de 2025
Todo aquello con lo que se puede escribir un libro
martes, 11 de noviembre de 2025
Uno de los libros del año, comentado
En la revista Ñ del pasado 7 de noviembre, Kit Maud escribió una reseña de La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón. Según la bajada, "es una original disquisición sobre el trabajo de la traducción, pleno de anécdotas, conexiones y teorías, por Matías Battistón, uno de los más recientes traductores del escritor irlandés"
Este traductor no es ningún burro: Beckett en castellano
La mecánica cuántica y el arte de la traducción literaria no parecen tener mucho en común, pero hay una coincidencia fundamental: ambas se ejercen en el territorio de las posibilidades. Si un cálculo cuántico tiene que tener en cuenta dos (o más) respuestas distintas pero igualmente verdaderas, esto no es menos verdadero para una decisión de traducción. Pocas veces surge una frase que no ofrezca varias opciones igualmente acertadas en el idioma de destino, y hasta que esta decisión sea definitiva (o por lo menos la traducción haya sido entregada, impidiendo futuros cambios de criterio) todas siguen estando en juego. En el desafío que se le presentó al traductor Matías Battistón –el detonante para este maravilloso libro– el problema de las posibilidades explotó de manera exponencial.
Encargado con una nueva traducción de la famosa trilogía de Samuel Beckett –Molloy, Malone muere y El innombrable– la primera decisión que tuvo que tomar Battistón fue qué versiones usar: la francesa que vino primero, o la más tardía en inglés. Dado que Beckett los tradujo él mismo (con la “ayuda” inicial de un tal Patrick Bowles; destinada, como relata Battistón, al fracaso), en verdad hay dos “originales” de cada libro. Y más allá de la diferencia lingüística, hay discrepancias en sustancia también; efectivamente, en la transferencia del francés al inglés Beckett cometió lo que sería un pecado mortal para todo traductor pero fue perfectamente licito para el como autor; iba corrigiéndose y reescribiéndose a sí mismo.
Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.
Así, al igual que en una reacción cuántica, cada nueva ocurrencia o pregunta conduce a otra búsqueda archivística, cuyos resultados están sintetizados en secciones con títulos como “El primer traductor que odió a Beckett” o “La difamación creativa” (dicha sección, obviamente, se refiere a Borges). De estas historias de famas e infamias surge una galería de figuras de la literatura de los siglos XX y XXI, pocas de las cuales se revisten de gloria. El fracaso parece algo endémico de la traducción.
Mientras Matías Battistón explora lo que pasa en las mentes de sus distintos sujetos traductores y traducidos (las cartas y entradas de diario que cita de Rosa Chacel son particularmente entretenidas), persiguiendo toda bifurcación prometedora con el esmero de alguien que de verdad no quiere hacer el trabajo que le fue encomendado, el lector tiene el privilegio de experimentar un poco de lo que pasa en su propia cabeza: un imaginario lleno de erudición amena, una ironía fina y una excelente apreciación del ritmo cómico, que remite con fuerza a ese tufo de obsesión y locura mezcladas que perfuma todo buen emprendimiento literario.
Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.
viernes, 8 de agosto de 2025
A fuerza de té y caldito, Matías Battistón escribió un libro genial que todos le agradecemos
Matías Battistón es fundamentalmente traductor. Considerando sus aportes en la especialidad, su nombre ya está inscrito entre los mejores que ha producido Argentina. Y ahora, a esos laureles suma el mérito de haber escrito uno de los mejores libros que hasta ahora se publicaron en 2025. Se trata de un supuesto "diario de traducción" sobre su trabajo con las novelas y cuentos de Samuel Beckett. ¿Por qué supuesto? Porque el diario está pero también es un ensayo sobre lo que es traducir, una pesquisa alrededor de los traductores de Beckett, una serie de reflexiones sobre Beckett como traductor de sí mismo, una guía de la continua dispersión a la que Battistón se somete cuando traduce a Beckett y muchos conatos de ficción que relatados con un magnífico humor hacen que éste sea un libro del todo singular que desafía toda categorización y que, por lo tanto, puede ser disfrutado por lectores especializados y neófitos. Curiosamente, fue publicado por Emecé, uno de los tantos sellos del Grupo Planeta, que, como es sabido, se especializa en editar libros generalmente malos. Se trata entonces de una muy bienvenida excepción.
Para concluir, Matías Serra Bradford publicó el siguiente suelto en la revista Ñ: "Quienes se preguntaban cómo hizo estos años Matías Battistón para traducir tantos libros simultáneos y sucesivos, tienen ahora la respuesta: no estaba traduciendo, estaba escribiendo. Este originalísimo ensayo suyo será sin duda uno de los libros del año. Sortea dos imposibilidades: ofrecer otro valioso trabajo sobre Beckett y decir algo nuevo sobre el problema de la traducción, acaso la estaba más noble que perpetró la literatura. Tarea heroica que su excelente humor hace bien en no santificar",
jueves, 27 de marzo de 2025
Otro trabajo brillante de Matías Battistón
Matías Battistón, ya fue dicho muchas veces, es un excelente traductor, pero también un tipo de genio. Para demostrarlo una vez más bastaría con leer su traducción de Belacqua, de Samuel Beckett, título impuesto por la editorial donde acaba de ser publicado More Pricks Than Kicks (1934), el primer libro del autor irlandés, que reúne una serie de cuentos sobre un singular personaje. A continuación se reproduce lo que Battistón escribió para justificar su traducción.
Sobre la traducción
Beckett tenía un cuaderno. Es decir, cuadernos tenía varios. Pero uno en particular, el de apuntes para su novela Sueño con mujeres que ni fu ni fa, que por suerte sobrevivió, nos permite ver un poco el método que utilizaba para escribir a comienzos de la década de 1930. Ahí es donde iba anotando, disciplinadamente, las frases y giros que tomaba de sus lecturas, muchas veces recónditas, con la idea de usarla en sus propios textos. Cada vez que lograba meter alguna, la tachaba, como si fuera una lista de pendientes. Muchas de esas citas son casi imposibles de identificar para el lector común, o incluso el más curtido, y sin embargo en esos guiños se juega gran parte de la apuesta estilística de Beckett: es una especie de respuesta moderna, joyceana, al antiguo género de los centones. Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta.
Si bien para este libro Beckett en general decidió escribir de una manera más despojada, el método más o menos se mantuvo. Sobre todo, claro, en las partes que él tomó de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y que aquí adaptó, en particular el cuento “Una noche húmeda”. Hay muchos pasajes que directamente se vuelven incomprensibles o injustificables si uno no detecta la referencia. Algo similar pasa con las alusiones a ciertos detalles de Dublín o a la propia vida de Beckett. Además, claro, del uso constante de expresiones o frases enteras en otras lenguas, que él ni amaga a traducir. Es como si, parafraseando al personaje de la Ottolenghi, él preguntara a cada rato: “¿Les parece que es absolutamente necesario traducir esto?”.
Nunca podría decirse que a Beckett lo desvelara ser transparente. En plena Segunda Guerra Mundial, una vez incluso lo retuvieron unos guardias fronterizos porque pensaban que el manuscrito de Watt estaba escrito en código. Verlo como un mensaje espía, encriptado, les parecía más verosímil que verlo como literatura. Pero son sobre todo los textos de juventud los que parecen llevar como divisa: “Que lea el que pueda”. Así y todo, aunque la opacidad sea adrede, y el libro quizá no pueda apreciarse como corresponde si no nos deja perplejos, me dio la impresión de que se justificaba el trabajo de aclarar las alusiones y dar una traducción de lo que estuviera en otras lenguas, todo en notas al pie[1], a veces extensas, para que el lector pueda hacer trampa dignamente. Desde luego, el que no las necesite, o prefiera el muy entendible placer de no entender, puede obviarlas. Sé que hay algunas que sobran. Espero que eso compense las que faltan.
El título merece una aclaración aparte. More Pricks than Kicks es un juego de palabras con varias vueltas, que como de costumbre tarda mucho más en explicarse que en captarse. Podríamos empezar señalando que es una alusión a la frase to kick against the pricks, tomada de Hechos 26, 14, donde se narra la conversión de Saulo de Tarso en el camino a Damasco: “Todos caímos al suelo, y yo escuché una voz que me decía en arameo: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro es dar coces contra el aguijón’”. Con esta metáfora agropecuaria, Jesús estaría tratando de ilustrarle a san Pablo lo inútil y hasta dañino que puede ser resistirse a una fuerza invencible, como el buey que da patadas contra el aguijón o la aguijada que los boyeros usan para picar a la yunta. Volviendo a Beckett, more pricks than kicks significaría, entonces, “más aguijones [o aguijonazos] que coces”: más tormentos o imposiciones, si se quiere, que intentos de rebelarse contra ellos.
Sin embargo, kick en inglés también puede referirse a una experiencia divertida, placentera, como en get a kick out of something (“divertirse con algo”). Así que more pricks than kicks podría leerse como “más aguijones que diversiones”, en el sentido de “más de algo malo que de algo bueno” (con algún eco de otra frase hecha, more kicks than half-pence, “más patadas que monedas”, usada en general para referirse a una actividad que se paga con maltrato más que con dinero). De hecho, kick también puede aludir al placer sexual, y prick, al órgano masculino; en otras palabras, more pricks than kicks puede leerse también como “más penes que orgasmos”, una triste estadística. Y la cosa no termina ahí, si uno recuerda que además prick puede aludir —al igual que “pene” en algunos dialectos del castellano— a una persona molesta, idiota, energúmena. More pricks than kicks, de nuevo, podría significar entonces “más idiotas que buenos momentos” (más forros que polvos, digamos). En fin, con todo esto el lector ya puede seguir combinando los sentidos y alusiones por su cuenta y entretenerse buscándole incluso más vueltas a la frase.
Ahora bien, ¿cómo traducirla? Quizá convenga imitar la admirable curiosidad del alumno que espía el examen del compañero y preguntarnos antes cómo la han traducido otros. Porque traducciones de este libro en otros países ya hay varias, todas con títulos muy distintos.
Hasta ahora, la única traducción íntegra que había al castellano era la española de Víctor Pozanco para Lumen, publicada en 1990. Pozanco, calculo yo, habrá considerado intraducible el juego de palabras del título, porque lo descartó de plano y recurrió a una alternativa más explicativa y geográfica, Belacqua en Dublín. Es una solución que se aprecia mejor si captamos el guiño a Joyce: “Ulises en Dublín” era, justamente, el título de un cuento que se iba a incluir en Dublineses y que terminó convirtiéndose más tarde en la novela Ulises. Podemos imaginarnos a Pozanco descartando otras alternativas menos convincentes, como Retrato del Belacqua adolescente o Belacqueses, antes de llegar con alivio a esta.
Siempre es interesante ver cómo Beckett, que solía traducirse él mismo, cómo adaptaba sus propias obras al francés. Sin embargo, More Pricks than Kicks es uno de los pocos libros que él no llegó (o se negó) a traducir, aunque sí ponderó en su momento, sin mucho entusiasmo, un posible título, Ni bouche ni éperon. La expresión francesa n’avoir ni bouche ni éperon se usa para referirse a alguien tonto, insensible, como un caballo que no reacciona ni a la brida ni a las espuelas, así que esta alternativa mantendría cierto hálito cuadrúpedo en la imagen, al igual que la idea de insensibilidad o pasividad, aunque no la rima interna ni la aliteración. Tras la muerte de Beckett, varios propusieron otras alternativas (Plus de peur que de mâles, según Jean Jacques Mayoux; Plus de couilles que de coups, según Bruno Clément), hasta que Edith Fournier terminó traduciendo el libro para Éditions Minuit en 1994, todavía más libremente, como Bande et sarabande.
Por su parte, la traducción italiana de Alessandro Roffeni, publicada por primera vez por la editorial milanesa SugarCo en 1970, se decantó primero por eludir el problema, eligiendo un título seco y descriptivo, Novelle, y al reeditarse la obra cinco años después, por otro mucho más llamativo, Più pene che pane (que parece más bien el título de alguna película donde la Cicciolina tuviera que mantener a flote esforzadamente una panadería). Más cerca en el tiempo y el espacio, en 2021, Ana Helena Souza tradujo el libro al portugués para la editorial brasileña Biblioteca Azul, con el feliz título de Mais pontas que pés.
Al ver que ninguna de esas versiones se dejaba plagiar dócilmente, barajé opciones. Demasiadas, de hecho, que iban desde lo literal pero sin chiste (Más punzadas que patadas), al punto medio entre libertad y literalidad (tomando algún giro local, como “poner palos en la rueda” digamos, y adaptándolo: Más palos que ruedas), hasta otras del todo libres, que por ejemplo apuntaran a las connotaciones sexuales del original, cuando no al chiste verde (recordemos que Irlanda en su momento el título del libro en parte hizo que lo retiraran del mercado), tal vez incluso haciendo un guiño a la impotencia y al final infausto de Belacqua (Mal acaba). Así fui llenando páginas de tachones.
Mientras tanto, eché un último vistazo a otras latitudes y vi que, cuando Christian Enzensberger tradujo More Pricks than Kicks al alemán para Suhrkamp en 1989 como Mehr Prügel als Flügel, la crítica Ria Endres dedicó la mayor parte de su reseña en Der Spigel para explicar, no sin cierta crueldad, por qué el título estaba mal traducido; según ella, tendría que ser algo como Mehr Schwänze als Tänze. Se me ocurrió entonces que, para ahorrar tiempo y cortar por lo sano, yo directamente podría preguntarle a un reseñista impecable cómo traduciría el título en castellano él. La respuesta de Juan Comperatore, director de la revista El Diletante, fue Más coces que goces. Me pareció mucho mejor que todas las opciones que había garabateado yo, y más cercano al original que las otras que acabo de describir, así que lo adopté.
La editorial, sin embargo, después de escuchar todas las alternativas ya mencionadas, prefirió optar por la eufonía y simplicidad del nombre del protagonista, y decidió trocar traducción por bautismo: el libro pasaría a llamarse Belacqua. Yo acepté, claro. No patalear mucho me pareció, en cierto modo, otra forma de fidelidad al título en inglés.
[1] Todas
las notas al pie me pertenecen, salvo las notas del propio Beckett, indicadas
con “N. del A”. Una bibliografía pormenorizada de todas las fuentes que usé para
mis notas sería muy larga. Me limito a mencionar al académico John Pilling, que
hizo un gran trabajo rastreando las referencias de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y estos cuentos, sobre todo en su
libro Samuel Beckett’s More Pricks than
Kicks: In a Strait of Two Wills (Londres, Continuum, 2011), sin el cual me
hubiera sido imposible desentrañar muchas partes del texto, y al que tantas
veces (no las suficientes) cito. Aprovecho también para señalar que Sueño con mujeres que ni fu ni fa es la
traducción de José Francisco Fernández de Dream
of Fair to Middling Women (Barcelona, Tusquets, 2011).
lunes, 10 de marzo de 2025
"Si mañana terminara 2025 podríamos decir que fue el rescate del año"
Guillermo Belcores publicó ayer, 9 de marzo, el siguiente comentario en las páginas culturales del diario La Prensa, a propósito de la reciente traducción de Matías Battistón, el muy consecuente traductor de Samuel Beckett, de Belacqua, el primer libro del autor irlandés.
El héroe zaparrastroso o antihéroe es una de las grandes invenciones literarias. No nos mueve a admiración, sino a risa, a lástima o a reflexión. No encarna lo que nos gustaría ser, sino lo que realmente somos: seres patéticos, ridículos a menudo, seres para la muerte como nos advertía Heidegger.
lunes, 19 de agosto de 2024
Samuel Beckett y sus seguidores islandeses
martes, 7 de marzo de 2023
Holanda, los Países Bajos o como se llame, lo hicieron de nuevo: hoy, Samuel Becket cancelado
Cancelando a
Godot
Recordemos que el propio Beckett dejó explícitas instrucciones para que su obra fuera representada solo por hombres, algo que sus herederos trantan de custodiar y cumplir.
La productora de la obra, Medea Anton (24),
estudiante de Física, dijo que la decisión de cancelar pasó por alto el
importante papel del equipo que trabaja en la producción de la obra, que sí es
inclusivo. “Algunos miembros del elenco y el equipo ya han hecho la broma de
que ahora todos estamos esperando a Godot”, agregó.
martes, 10 de noviembre de 2020
"De un dolor ocasional a uno crónico"
El 7 de julio y el 26 de agosto pasados este blog reprodujo sendos artículos de la agencia TELAM, primero, y del diario Tiempo Argentino, después, a propósito de las traducciones que de algunas de las principales novelas de Samuel Beckett realizó Matías Battistón. Ahora es el turno de InfoBAE Cultura, que, el pasado 7 de noviembre, publicó un nuevo artículo sobre el autor irlandés y su traductor argentino, firmado por Luciano Sáliche.
Samuel Beckett: lo absurdo, lo experimental, la
transgresión y una trilogía increíblemente actual
Cuando se estrenó Esperando a Godot en París, año 1953,
las críticas fueron dispares. Hubo quienes salieron del teatro fascinados por
lo que habían visto, otros no lograban entender si era una genialidad o una
bazofia, y otros decían que era un problema que durante toda la obra no
ocurriera algo verdaderamente significativo. Samuel Beckett la
escribió a fines de la década del cuarenta durante un período de
experimentación literaria que no deja de resultar profundamente revolucionario.
No hay spoiler porque todos conocen la obra: Vladimir y Estragon
llegan al árbol donde debían encontrarse con un tal Godot. Dialogan sobre temas
de la vida, aparecen dos personajes más que luego se van y llega un niño que
viene de parte de Godot. El mensaje: “Hoy no vendrá, pero mañana por la tarde
sí”. El final es este: “¿Qué? ¿Nos vamos?”, dice Vladimir. “Sí, vámonos”,
contesta Estragon. Pero no se mueven del lugar y cae el telón.
Muchos espectadores y lectores
interpretaron que Godot era Dios. “Si por Godot hubiera querido decir Dios,
habría dicho Dios y no Godot”, dijo Beckett. Y si bien esa línea interpretativa
es bastante interesante, él la negó siempre. Como si estuviera en contra de
cerrar el sentido de una obra. Esperando a Godot fue englobada dentro
del movimiento Teatro del Absurdo. Sin embargo, ese gesto absurdo se esparce
por todas las obras de Beckett donde las tramas giran en círculo con pequeñas
variaciones haciendo que la narración se vuelva un espiral hipnótico. Lo
absurdo ya no son las circunstancias sino la vida en sí misma. En ese sentido,
también le cupo la categoría de existencialista. Jean Paul Sartre y Theodor
Adorno alabaron esa potencia de la incertidumbre. Y de toda su obra,
quizás el núcleo de ese gesto transgresor está en su famosa trilogía, que
incluye las novelas Molloy (1951), Malone muere (1952)
y El
Innombrable (1953).
La editorial argentina que acaba de completar la publicación de esta trilogía
se llama –nada más y nada menos– Godot. Matías Battistón, su traductor,
conversó con Infobae Cultura: “Beckett, sobre todo con la trilogía,
combina de un modo muy particular el rigor y el abandono. En su escritura casi
nada es planeado y casi todo es preciso. Traducirlo implica tratar de seguir
una voz que maneja los cambios de tono y los quiebres como pocas. Además, el
hecho de que él haya llevado adelante prácticamente la totalidad de su obra en
dos idiomas en paralelo, en inglés y francés, traduciendo él mismo de uno al
otro todo el tiempo, hace que cada libro tenga, por así decirlo, dos
originales: la versión que produjo en francés y la que produjo en inglés,
siempre muy cercanas pero nunca idénticas. Es raro llevar una obsesión tan
lejos”. Pero, ¿qué hay en estas tres novelas que funcionan en una sintonía que
no tiene que ver específicamente con la trama si no con el pulso?
Monólogos. En las tres novelas hay monólogos. Molloy comienza
así: “Estoy en la habitación de mi madre. Soy yo el que vive aquí ahora. No sé
cómo llegué. En una ambulancia quizá, sin duda en algún tipo de vehículo. Me
ayudaron. Solo no habría llegado. Hay un hombre que viene todas las semanas,
quizá es gracias a él que estoy aquí. Él dice que no”. Esos primeros datos que
deberían empezar a crecer y diseñar un escenario, personajes y un sentido
titubean y giran como un trompo. “Quisiera hablar ahora de las cosas que me
quedan por hacer, despedirme, terminar de morir. Ellos no quieren”. ¿Quiénes no
quieren? La tensión aumenta y la incertidumbre se mantiene. Beckett camina en
la cornisa también en Malone
muere donde un anciano, que está desnudo en la cama de lo que podría
ser un hospital o un neuropsiquiátrico, habla, cuenta, piensa, reflexiona,
siente, sufre, vive y narra las vivencias de un tal Sapo que luego pasa a
llamarse Macmann.
“¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién
ahora?”, comienza El
innombrable, tercera novela de esta trilogía que Godot publicó primero, en
2017, y este año completa con las dos anteriores. El narrador no sabe dónde
está ni quién o qué es. No tiene miembros, o al menos eso cree. Está solo y,
como sujeto, hablar lo salva. Es lo que intenta hacer. Aparece entonces la
“preocupación por la verdad en el frenesí del decir”. “Sólo yo soy humano y
todo lo demás divino”, dice el narrador, y más tarde: “Me pregunto a veces si
las dos retinas no estarán enfrentadas”. Pero, ¿quién es el que habla? Las
palabras, “gotas de silencio a través del silencio”, son como pasos, que le
sirven para caminar en la oscuridad. El lenguaje es la vela, pero el lenguaje
también es el mundo porque… ¿existen las cosas sin que las nombremos? “Solo hay
que desmembrarse tranquilamente, sumiéndose en la delicia de saberse nadie para
siempre”, se lee.
Marías Battistón no recuerda
exactamente cómo o cuándo llegó a Beckett. “Me acuerdo, sí, de una primera
lectura casi adolescente de Esperando a Godot, con la que no alcancé a
enterarme si Godot al final llega, porque yo no llegué al final. También, no sé
si antes o después, tuve una lectura muy deslumbrada de Murphy, una novela
que me sigue pareciendo increíble. A partir de ahí entré y salí de su obra con
los años, pero la traducción de la trilogía marcó un cambio en la intensidad de
lectura. Fue como pasar de un dolor ocasional a uno crónico”, dice y agrega que
“no hay muchos otros autores que hayan socavado con tanta insistencia las
nociones más básicas de lo que entendemos por escribir, y eso deja su marca,
crea un espacio propio. Beckett ya es más que una figura: es una especie de
región, con sus usos y costumbres, sus turistas, sus nativos. Uno los reconoce
por los silencios, la tonada del balbuceo”.
Pese a la transgresión indómita de su obra, Beckett
fue muy celebrado en vida. Tal es así que obtuvo el Premio Nobel de Literatura
en 1969 “por su escritura, que, renovando las formas de la novela y el drama,
adquiere su grandeza a partir de la indigencia moral del hombre moderno”,
argumentó la Academia Sueca. Sin embargo, antes de firmar el contrato para
publicar Molloy,
la primera de la trilogía, Beckett, con la lapicera en la mano, miró a su
editor, Jerôme Lindon, que estaba muy entusiasmado porque iba a darle a
los lectores del sello una obra maestra, y le dijo: “Estás seguro, ¿no? Vas
directo a la quiebra con esta novela”. Hay algo en este irlandés nacido Dublín
en 1906 y muerto en París en 1989 que descoloca a todos. Su obra es muy seria,
es decir, se toma seriamente su trabajo con las palabras, pero por otro lado
relativiza la importancia de la repercusión. Como si no le interesara otra cosa
que el acto moral de escribir.
Beckett era un erudito. Sus profesores
del Trinity College de Dublín, donde estudió francés, italiano e inglés, lo
consideraban un alumno brillante. Le gustaba mucho el teatro y el cine cómico: Charles
Chaplin, Buster Keaton, El gordo y el flaco y los Hermanos
Marx. Se licenció en filología moderna, dio clases en universidades y conoció a
su coterráneo James Joyce, 24 años mayor. Los presentó el poeta Thomas
MacGreevy. No sólo se hicieron amigos, Beckett se volvió su asistente en el
trabajo de investigación de su última gran obra, Finnegans Wake. Esa experiencia y esa
amistad lo nutrieron notablemente. Además de ser un lingüista exquisito, al
igual que Joyce, Beckett era también un experto en temas como historia, música
y pintura, según su biógrafo James Knowlson. El ajedrez es el puente entre
su vida intelectual y su faceta deportiva: también jugaba al rugby, al tenis y
era un destacado jugador de cricket.
¿Cómo interpela la trilogía de Beckett a nuestro
presente? La entidad del sujeto tiene que ser repensada a partir de las nuevas
subjetividades que despliegan las redes sociales. Un tuit que gira y gira por
la red con miles de retuits, ¿importa quién lo escribió? ¿Dice algo ese tuit
del tuitero? Si la lógica del anonimato se potencia en la virtualidad, ¿cómo
pensar las narraciones que proliferan en las distintas plataformas de
interacción y en los sistemas de mensajería? ¿Cómo se construye la identidad de
un sujeto que parece ser más hablado por la red que ser un hablante? Maurice
Blanchot escribió en El
libro por venir (1959) que "El innombrable es, precisamente, una
experiencia vivida bajo la amenaza de lo impersonal, el acercamiento de una voz
neutral que se alza por sí misma, que penetra al hombre que la escucha, que
carece de intimidad, que excluye toda intimidad, que es imposible detener, que
es lo incesante, lo interminable”.
Una lectura posible es que con internet
y su gran pila de discursos, uno encima del otro, la mayoría irrelevantes, la
impersonalidad llegó. Los trending topics
son justamente eso, un agrupamiento impersonal de los temas más conversados. De
modo similar funcionan los comentarios debajo de un posteo: un metatexto acuoso
e interminable. Pero ¿es internet “la amenaza de lo impersonal” o se trata, en
todo caso, del exceso de lo personal e íntimo? A la pregunta sobre quién habla
en internet se la puede responder de múltiples maneras pero predomina la
dualidad: o todos o ninguno. ¿Y cuál es la identidad del sujeto hablante en
internet? Si este siglo está determinado por la saturación de voces, por la
proliferación de textos, por la exaltación discursiva del habla conjunta y ruidosa,
¿cuál es el estatuto de la palabra? “Es para callarse que hace falta coraje”,
dice el narrador de El
innombrable, con una actualidad que asusta. Pero callarse es imposible.
La trilogía de Samuel Beckett que
acaba de editar de Ediciones Godot es una obra maestra en múltiples aspectos:
porque cuestiona el lugar del sujeto en su transgresión formal, porque le da un
giro inesperado a la idea de literatura que predominaba en la época, porque en
su experimentación evidencia el sinsentido, no sólo del lenguaje, sino de la
vida poniendo de manifiesto lo absurdo que es el mundo, y porque también
atraviesa el tiempo y llega a este presente para proponer una reflexión
universal. “En su obra –concluye Matías Battistón en esta entrevista
con Infobae Cultura– hay una especie de degradación que por momentos es
desesperada, pero que también es festiva. Da la impresión de que Beckett se
embriaga con las distintas posibilidades de derrumbarse a la hora de expresar
las cosas. Esa necesidad de seguir explorando la impotencia tiene, creo yo,
mucho que ver con la época en que vivimos”.
miércoles, 26 de agosto de 2020
Samuel Beckett, Matías Battistón y tres al hilo
El pasado 23 de agosto, Mónica López Ocón publicó en el diario Tiempo Argentino, la siguiente entrevista con Matías Battistón, a propósito de su traducción de tres novelas del irlandés Samuel Beckett, publicadas por la editorial Godot, de Buenos Aires. En la bajada se lee: “Las ya míticas Molloy, Malone muere y El innombrable reencuentran su unidad gracias al minucioso trabajo de traducción de las tres novelas realizado por Matías Battistón”
Por primera vez un mismo traductor vuelca al castellano su trilogía


