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martes, 25 de febrero de 2025

Una encuesta para traductores sobre traducción e Inteligencia Artificial (7)

Séptimo día de la encuesta

Los traductores y la inteligencia artificial (7)




Itziar Hernández Rodilla (España)

1) ¿Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

La IA (o plagio universal) copia nuestro trabajo (sin permiso). Eso es lo que mejor hace. En cuanto a lo demás, puede traducir el original de cualquier libro traducido que tenga en sus tripas con bastante soltura y acierto puesto que lo está copiando del libro traducido. Si no lo tiene ya traducido, seguro que también hace un buen trabajo, aunque por estadísticas e instrucciones, lo que quiere decir que se equivocará en cosas que no son lo normal: que un presidente sea en realidad una mujer, por poner un ejemplo. 

2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

No, en absoluto. Es que ni me lo planteo. ¿Para qué preguntarle a una IA si sé que va a regurgitar una mezcla de lo que ha robado y, además, va a planchar el estilo? Porque escribe maravillosamente bien, pero plano como un BIC Cristal (para los que no conozcan la publicidad española, los bolígrafos franceses BIC se vendían en España con el eslogan: BIC Naranja [por el color que tenía el plástico del bolígrafo] escribe fino, BIC Cristal escribe normal). 

3) ¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Sí, claro que sí. Ya está robando derechos de autor a quien los tiene. Exigiendo derechos de autor a quien la usa. Y, encima, es mucho más barata que alguien que come tres veces al día. Por no hablar del riesgo para el planeta… Y, si nos ponemos estupendos, para la literatura como tal. Sí, habrá quien se dedique al hecho literario (también en traducción) como placer más allá de ganarse la vida o a pesar de ello, pero la mayor parte de lo que se producirá será basura peor que la que se produce ahora. 


AURELIO ASIAIN (México - residente en Japón)

1)¿Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

Estoy muy familiarizado. Uso cotidianamente GoogleTranslator, DeepL, ChatGPT y Claude. Hoy probé DeepSeek. DeepL está bien para un primer borrador del inglés al español, no tan bien desde el francés o el italiano; desde el japonés es un desastre. ChatGPT es mejor y Claude mucho mejor (pero la versión última de ChatGPT se acerca mucho). No sólo traducen, sino que les puedes preguntar por qué eligieron tal solución y por qué no otra, pedirles que te sugieran variantes, preguntarles por la etimología de un término, por la frecuencia de uso en comparación con otro, sugerirles que empleen cierto tono, etc. Supongo (porque no las hago nunca) que para una traducción técnica ChatGPT y Claude pueden ser utilísimos y apenas habrá que preocuparse por cuestiones terminológicas. Para una traducción literaria, en la que debes cuidar el ritmo, la cadencia, el tono, la atmósfera, son tan buenas como un buen asistente canchero –hay que andarse con cuidado. Para traducir poesía están muy bien, porque puede uno ir línea por línea.

2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Son utilísimas. Cuando era niño mi madre, que era traductora, nos ponía listas de palabras para que las buscáramos en varios diccionarios y anotáramos. Yo no tengo hijos, pero programas buscan en un segundo en cientos de diccionarios y bases de datos de todo tipo. Pero además comparan, resumen, etc. 

3)¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, por qué sí? Si no, por qué no?

Son peligrosas para el incauto: van aprendiendo a juzgar y discriminar e imitan el lenguaje nuestro. Cuando le pido a ChatGPT que analice la traducción de ciertos versos, me arriesgo a que responda “el ritmo de esta frase fluye mejor” (y de ritmo no tiene la más remota idea). Son tan peligrosas como un asistente humano con iniciativa –y como los humanos, si no saben, inventan. Pero son mucho más rápidas.


SILVIA COBELO (Argentina - residente en Brasil)

1) ¿Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

Como trabajo también en la universidad, estuvimos organizando seminarios con gente que investiga el asunto, como la prof. del Trinity College - Dublin, Natalia Resende, la cual mostró la traducción de poesía por IA, mostrando la creación de prompts sucesivos para ir puliendo la traducción.  Los resultados son realmente increíbles, como pueden ver aqui: Impacto da IA Generativa na  Tradução – 

https://www.youtube.com/watch?v=TJTbjhwLMvY

2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

¡Sí, muy útil! Como ya pasaba con Google Translate y DeepL, las plataformas de IA nos traen ideas y soluciones muy buenas; en especial, con los idiomas más usados online, como el inglés.  

3) ¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Estamos viviendo un gran cambio, y como pasa siempre en estos avances tecnológicos, muchos van a perder trabajos - las traducciones más técnicas y de rutina serán hechas por IA, pero siempre tendremos autores y autoras con textos más complicados y/o oscuros para los cuales un humano será más eficaz... mientras tanto... creo que al final seremos más preparadores de textos, editores, y claro, escritores de prompts. 






lunes, 16 de diciembre de 2024

Una traductora que traduce a los amantes

La que sigue es una columna que la pícara traductora española Itziar Hernández Rodilla publicó el pasado 24 de noviembre en El Trujamán, la revista de traducción del Centro Virtual Cervantes.

Misivas de amor

Una vez fui parte de una relación epistolar entre dos (pre)amantes que no compartían el uno con el otro, en lo que a idiomas se refiere, nada más que en un poco de inglés y el universal lenguaje del amor.

Él, austriaco, ella, española, se conocieron en una exposición de pintura y un coup de foudre los unió de inmediato hasta el punto (nunca averigüé cuál) de que comenzaron a escribirse para ver adónde les llevaba aquello.

Empezó él en alemán. Me dieron la carta para traducírsela a ella. Debió de funcionar (qué sudores, yo sin saber si aquello era o no lo que parecía ser…). Ella contestó, y un compañero alemán entró en el juego traduciendo la carta para el austriaco. Yo fui él a partir de entonces. Mi compañero, ella. Y los dos teníamos una relación de traducción rara, no voy a mentir. Pero, bueno, acabamos teniendo claro que aquello era lo que parecía ser.

Los amantes bandidos, cansados de tanto ir y venir de cartas, quedaron para encontrarse, tras planificar cuidadosamente el viaje, en Egipto (miren, un misterio, lo que cada quien considera romántico). Hay dos personas que podemos dar fe de esto. Luego hubo un par de cartas de gracias por los momentos a la luz de la luna, el mundo es cruel, la distancia mata el sentimiento, «no sos vos, es tu marco teórico», y se acabó. El lenguaje del amor, se ve, necesita también traductores e intérpretes.

Los ingleses, en los años treinta del pasado siglo, se habrían despedido con un «see you in ITALY» (nos vemos en Italia), queriendo decir «I Trust And Love You» (te quiero y confío en ti), y habrían quedado la mar de cosmopolitas. Y a esto quería llegar yo: al arte de escribir cartas de amor. «Miquiño mío» es poco para la colección de  doubles entrendres y acrónimos y señales que la gente usaba en tiempos de censura y carteros y vecinos cotillas. Es curioso que no sepa yo nada de los españoles habiéndolos buscado (salvo por la posición de los sellos que, sí, era una cosa; y que Al alba, dicen, burló la censura como carta de amor porque Aute era bueno y María Teresa León se las sabía todas), pero vean la plenitud geopolítica de los británicos en la Segunda Guerra Mundial, más allá de la ya mencionada Italia:

HOLLAND (Holanda)
Hope Our Love Lasts & Never Dies (espero que nuestro amor dure siempre)

MALAYA (Malasia)
My Ardent Lips Await Your Arrival (mis ardientes labios aguardan tu llegada)

BURMA (Birmania, en la época)
Be Undressed/Upstairs Ready My Angel (espera desnuda[o]/arriba lista[o], ángel mío)

VENICE (Venecia)
Very Excited Now I Caress Everywhere (excitadísima[o], me acaricio por todas partes)

CHINA (China)
Come Home I’m Naked Already (ven a casa: ya estoy desnuda[o])

Si usamos las siglas españolas: TQYCET, EQNADS, MALETL, EDAAM o EMAPTP, esto suena, más bien, a colección de agencias de la ONU, no a nada que quiera yo que Pedro Pascal me diga. Seamos serios. No me extraña que los jóvenes hayan desarrollado su propio código. Aunque GNOC, NIFOC, GOAT y CU46 están entre un zoo, nombres de aviones y un catálogo de sofás, ellos son mucho más listos que nosotros o son los años veinte (double entendre), que les favorecen.

Solo pido que no me toque traducirlos.

martes, 27 de agosto de 2024

"No me considero artista por traducir, pero sí autora"

En el pasado mes de julio, nuestra vieja conocida, la traductora española Itziar Hernández Rodilla (foto) publicó una interesante columna en el blog El Trujamán, a propósito de la traducción y la inteligencia artificial. La reproducimos a continuación.


Más sobre el Plagio Universal

El otro día alguien con mucha más información sobre el tema que yo, un especialista en procesamiento del lenguaje natural que está de parte de los buenos, o sea, del que es más pobre que las ratas y vive en la precariedad, comentaba que es curioso que, para defendernos de la IA, esgrimamos el consabido capitalismo vs. creatividad cuando la creatividad es un concepto puramente capitalista.

Me hizo pensar, la verdad. Porque es bastante cierto. La humanidad ha sido siempre creativa, claro. Eso es, me parece, parte de nuestra esencia animal. La música estuvo ahí desde siempre, el baile, los cuentos bien relatados en torno al fuego, el cómic nació en las cuevas, se ilustró a la población en los capiteles de las iglesias, se iluminaron manuscritos; incluso en las épocas más oscuras de la historia, hubo humanos que crearon. Pero es cierto que todo aquello tenía un fin. Y que se consideraba arte la reproducción de manuscritos que solo se copiaban. Y que traducir era tan creativo como lo que más porque no era un arte en sí mismo, sino la forma de trasladar enseñanzas. Y solo cuando la individualidad comienza a venerarse, cuando aparece el capitalismo, se comienza a hablar de creatividad como la entendemos hoy y con cuyo concepto tendemos a juzgar el pasado.

No es tan curioso, pues, que el capitalismo haya vinculado el significado de la creatividad al crecimiento económico, la expansión del consumo y la producción de bienes. La creatividad no tuvo nunca, tal vez, el sentido ético que le dimos, el de servir para crear nuevas sociedades o formas de vivir que empoderen a todo el mundo para establecer formas de vida más justas. Tal vez la creatividad se usó siempre para el aumento de la productividad, con el fin de reforzar el capitalismo, con la consecuente reproducción de sociedades injustas y desiguales, y con el daño colateral de la precariedad y la destrucción planetaria. Y, en este sentido, es lógico que el constructo político de la industria creativa derive hacia la IA.

Pues vaya, ¿no? Entiéndaseme bien, no es que yo esté en contra de que las obras se consideren creación, y soy firme firmísima defensora del derecho de autor a que da pie crear una obra derivada como la traducción (un retroceso evidente me parecería dar marcha atrás en este sentido y renunciar a nuestros derechos de autor por tarifas más altas), pero (aquí era donde venía el que estaban esperando) también me parece un retroceso utilizar la IA para cosas que puede hacer mejor un ser humano porque, miren por dónde, es humano, por mal humano que sea. Pero, claro, hay que entender también que la creatividad que el capitalismo ha defendido ha estado casi siempre basada en el concepto de robar. Y ese es, precisamente, el que nosotros no reclamamos.

Yo no me considero artista por traducir, pero sí autora. Yo no creo que mi oficio dependa de una musa (aunque siempre ayuda para darle brío a las palabras); pero sí creo que debe depender de derechos de autor que se respeten (hola, Plagio Universal). Me he encontrado en el brete de tener que calificar de creativas obras de IA y de no tener claro a qué se refería la calificación; pero sí sé que me ha robado, que seguirá robando y que, además, cuanto más robe, más plana se va a volver y, por lo tanto, menos nos van a educar a los pobres curritos y más nos podrán explotar.

En definitiva, tal vez los traductores deberíamos volver a ser esos seres que, sin creatividad, eran creadores, contribuían a construir la cultura universal y ayudaban a la formación de la literatura nacional, haciendo un servicio, sí, pero tremendamente humano: el de ayudar a la humanidad a comunicarse y ser mejor.

O tal vez no debamos contraponer la creatividad al capitalismo, sino arrancarla de sus garras.

jueves, 19 de octubre de 2023

"Ahora se valora más la calidad de su escritura"

El pasado 18 de octubre, Pablo León publicó en El País, de Madrid, una nota en la que la traductora española Itziar Hernández Rodilla (foto) habla de Virginia Woolf, a quien tradujo, y de su aparente renacimiento en España.

Sexualidad, ironía y clase social: por qué una inteligencia artificial no soportaría a una Virgina Woolf

La vida de la traductora Itziar Hernández Rodilla (Bilbao, 1976) se cruzó con la de Virginia Woolf en 2017. “Fue un encargo de la editorial Akal. Había trabajado con ellos en otros proyectos y me llamaron para traducir toda la obra de Virginia Woolf”, recuerda la también profesora de la Universidad Complutense de Madrid. Allí, imparte traducción general del alemán; literaria del inglés; y jurídica del italiano. Esas son las tres lenguas con las que trabaja, aunque también maneja el francés y algo de griego moderno. Recientemente, Hernández Rodilla ha quedado finalista en unos premios pioneros de traducción de cómics, convocados por Huescómic, con la novela gráfica Girlsplanning de Katja Klengel (Roca).

-Virginia Woolf escribió nueve novelas; decenas de relatos; cientos de ensayos y un voluminoso diario. ¿Cuántos ha traducido?
-Por el momento, cuatro novelas, un relato y dos ensayos. Acabo de terminar los cuentos de la señora Dalloway [La señora Dalloway recibe para Cátedra] y, además de Las Olas [para Akal], estoy trabajando en una colección de ensayos que he seleccionado en torno a la figura de la escritora.

-¿Es difícil traducirla?
-Sí, es una mujer que escoge las palabras con precisión y aplica un ritmo endemoniado. Tras mucho leerla y documentarme, se hace un poco más fácil; esa sensación a veces me preocupa por si se me escapa algo. Entonces, reviso de nuevo. Aunque he hecho camino con la señora, no me termino de fiar.

-Casi forma parte del Círculo de Bloomsbury.
-Del círculo no, pero sí de la Virginia Woolf Society de Gran Bretaña [que cumple cuarto de siglo este año]. Es curioso lo que ocurre con Woolf: todo el mundo siempre ha sabido quién es, pero se ha tenido una imagen de ella algo anticuada, casi decimonónica ―cuando era una mujer avanzada a su tiempo, una moderna―. En los setenta se convirtió en icono del feminismo con Un cuarto propio y parecía que no había nada más.

¿La considera feminista?
Aunque ella no era activista sufragista, colaboró con el movimiento, que en ese momento no demandaba el voto universal, sino para las mujeres de cierta clase. Por otro lado, es consciente de que cuando habla de mujeres, piensa en las que tienen dinero. Se implica en la educación de las proletarias, pero enseguida se centra en editar y escribir. Podríamos decir que es feminista y clasista.

Sin embargo, también habla sobre mujeres pobres.
Sí, reflexiona sobre qué habrían hecho esas mujeres si hubiesen tenido recursos: ella es adinerada, pero se esfuerza por salir de ese marco. Aunque no siempre le sale bien: en Al faro narra los días de limpieza de una casa y celebra el mérito de las limpiadoras que mantienen la propiedad viva. A la vez, se pregunta cómo no se aburren de cotillear, de trabajar o de pensar en qué hacer de comida. Tiene esa ambigüedad. Quiere ser buena, pero le cuesta.

¿Asistimos a un reboot de Woolf?
Aunque siempre ha formado parte de la alta literatura, ahora se valora más la calidad de su escritura. Es una excelente ensayista. Además, la novela contemporánea se basa mucho en algo que ella ejecutó de manera ejemplar: la novela psicológica. En el siglo XIX, una novela contaba lo que hacían o decían los personajes, pero no lo que pensaban. Ella ―el Círculo― empezó a hacerlo.

Tuvo que ser muy rompedor.
Sin duda. Pero no solo eso: también la autoficción se relaciona con Virginia Woolf. E incluso hay críticos que la vinculan con el boom latinoamericano. En "El Aleph", de Borges, hay un pasaje, que es claramente Orlando. Ella pone una semilla que germina más tarde. Actualmente, hay cierto aire de redescubrimiento que comienza con la novela de Michael Cunningham ―y después la película― Las horas. También ha ayudado que sus derechos de autora prescribieran en 2021 y que no haya que pagar a sus herederos. A ello se ha sumado la censura: el reciente veto a la representación de Orlando [cancelada por el Ayuntamiento del pueblo madrileño de Valdemorillo, gobernado por PP y Vox, al considerarla una obra LGTBI].

¿Cree que Orlando es LGTBI?
Para mí, es la más feminista de todas sus obras: Orlando demuestra que no hay diferencias ―de pensamiento, miedos, inquietudes…― entre hombres y mujeres más allá de la ropa; es decir, de lo superficial, lo social. No es más que la historia de una mujer que quiere hacer lo que le dé la gana y vestirse como le dé la gana. Entiendo el simbolismo y la complicidad con el colectivo LGTBI con esta historia, pues la autora prescinde del género para referirse a las personas. Sería una obra no binaria, ¡ves cómo es moderna!

¿Y lesbiana o bisexual?
Esto es aventurarse: si tuviera que decir algo, diría que ella y su marido eran más asexuales que otra cosa. En ese matrimonio había, desde muy pronto, un acuerdo para no acostarse. Su íntima amiga Vita [Sackville-West] contó que habían tenido relaciones en dos ocasiones. Leyendo la correspondencia entre ellas, nunca he encontrado nada más allá de una relación muy estrecha y cercana. ¿Se acostaron? No lo sé. Creo que Virginia Woolf tenía problemas para tener relaciones sexuales completas.

Uno de los usos masivos de las inteligencias artificiales es para traducir, ¿qué se pierde ahí?
Lo primero, derechos de autor. No me gusta llamarlo inteligencia artificial porque es más bien un tipo de plagio. La IA funciona con textos que ya existen, que tienen derechos y que no están pagando. Además, se pierde la sensibilidad humana. Una IA no capta la ironía ni es capaz de seguir el ritmo, por lo que no podría traducir a Virginia Woolf; no la soportaría.

jueves, 22 de julio de 2021

Una nueva traducción de Gertrude Stein al castellano

Son muchas las razones por las que la estadounidense Gertrude Stein, una de las escritoras más importantes del denominado modernismo anglosajón, ha sido menos considerada por el público de la lengua castellana que la británica Virginia Woolf, su eminente contemporánea. La principal, las dificultades que presentan muchos de sus libros, precisamente por ser experiencias vanguardistas; la secundaria, la forma un tanto desmañana en que ha sido publicada por las más variadas editoriales de España e Hispanoamérica.

A la edición de Tres vidas (traducción de Beatriz de Sanctis, Buenos Aires, Troquel, 1966), Autobiografía de Alice Toklas (traducción de Carlos Ribalta, Barcelona, Lumen, 1967), Ser norteamericanos (traducción de Mariano Antolín Rato, Barcelona, Barral Editores, 1974), Retratos (traducción de José Luis Castillejo Brull, Barcelona, Tusquets Editores, 1974), Ida (traducción de Teresa de la Vega Menocal, Barcelona, Literatura Random House, 1988), QED : las cosas como son (traducción de Nora Catelli, Madrid, Horas y Horas, 1993), Guerras que he visto (traducción de Alejandro Palomas, Barcelona, Alba Editorial, 2000), París Francia (traducción de Daniel Najmías Bentonilla, Barcelona, 2009), Botones blancos (traducción de Esteban Pujals, Madrid, Abada Editores, 2011), Picasso (traducción de John Abberton, Madrid, Casimiro Libros, 2017) y El mundo es redondo (traducción de Verónica Zondek, Santiago de Chile, Bisturí 10, 2020) acaba de sumarse Aprender a escribir (traducción de Itziar Hernández Rodilla y Paula Zumalacárregui Martínez, Barcelona, Greylock, 2021).


La revista Vasos comunicantes, de la ACE Traductores, de España, resume el contenido del libro en los siguientes términos: “Aprender a escribir está compositivamente construida como una pintura cubista, en la que cada elemento está relacionado con cada elemento de forma aparentemente abstracta pero, al igual que ocurre con las pinturas cubistas, esa abstracción es una ilusión. Y es a esta relación «real» —entre palabras y objetos— a lo que Stein llama gramática, siendo esta el hilo conductor de Aprender a escribir, un texto compuesto de párrafos que parecen estar en meditación ante un territorio de posibilidades narrativas. Aprender a escribir contiene los pensamientos de Gertrude Stein sobre el oficio de escribir pero también es un canto libre y un homenaje al hecho de crear a través de las palabras; es una celebración, un logro asombroso y arduo que no significa nada, o sí.

Respecto de su traducción, ambas traductoras declararon:

Cómo traducir un texto que nadie compraría en la librería si abriese sus páginas al azar sin conocer a la autora. Un libro donde las frases parecen no tener sentido. Un libro de pensamientos. Un libro que parece escrito en el crepúsculo entre la vigilia y el sueño. Un libro que, además, fallando a la expectativa que despierta su título, no enseña a escribir. Porque este libro, si enseña algo, es en todo caso la manera en que Gertrude Stein escribía mientras lo escribía. Y quizá esa sea, después de todo, la forma de afrontar la traducción.

Pero, como decía Eduardo Mendoza, «el problema es que el texto original siempre está escrito en otro idioma, y eso lo complica todo de mala manera». ¿Cuántas palabras homónimas conocen en español? Quizá las únicas que se les ocurran sean «haya» y «aya»; pues bueno, esas no las van a encontrar en esta traducción. Pero, es más, ¿cuántas palabras conocen que puedan ser verbo y adjetivo sin cambiar de desinencia? ¿Cuántas que pululen por la frase cambiando de función? Nosotras, lo podemos decir ya, pocas.

Tomamos pocas decisiones apriorísticas, pero ahora, después de traducir, sí podemos hablar de estrategias. La principal es la que concierne a la puntuación. Solo está en español la que utiliza la autora en inglés, excepto en el caso de las preguntas. Stein escribe en un idioma en el que las oraciones interrogativas se marcan con un signo de cierre porque el uso de auxiliares que preceden al sujeto o los pronombres interrogativos marcan dónde comienzan las preguntas. Probamos varias estrategias, pero acabamos rindiéndonos a la evidencia. El español inventó el signo de apertura de interrogación por una razón: hacía falta. Y, si Gertrude Stein utilizaba las herramientas que le proporcionaba su idioma, ¿por qué no hacerlo nosotras con el nuestro? Así pues, todos los signos interrogativos son nuestros y están colocados donde Stein marcaba una interrogación que en español, sin ellos, es imposible detectar.

Esta explicación resume, de hecho, muchas estrategias de traducción de las que hemos usado. Conscientes de que nuestro idioma no nos permitía muchas de las cosas que a Stein el suyo, hemos optado por utilizar las herramientas que sí nos brindaba, incluida la del género femenino y masculino, en un texto en que ninguno de los dos está marcado salvo por el uso de ciertos pronombres y nombres propios. Las aliteraciones, los paralelismos, los parónimos, las figuras retóricas son todas españolas, intentando siempre encontrar el juego más cercano al posible sentido semántico del inglés. Siempre que fuese posible significa, por supuesto, que la interpretación ha sido muy laxa en diversidad de ocasiones. Pero, como esperamos haber dejado claro hasta ahora, consideramos que no es el sentido lógico lo que prima en el texto original, así que ¿cómo de fiel sería respetarlo sobre todas las cosas? Para nosotras, ha sido más leal no hacerlo. Por supuesto, sabemos que no todo el mundo pensará así”.

jueves, 22 de abril de 2021

Una encuesta sobre género y traducción (3)

Más respuestas a la encuesta sobre género y traducción


Itziar Hernández Rodilla 
(traductora española residente en Madrid, España)

1) ¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?

–En mi opinión, esto depende de lo bueno que sea quien traduce. Si un traductor tiene empatía lectora y sabe documentarse, no creo que pueda tener problemas para traducir. Es cierto que hay autores con los que conectamos antes. Quiero decir, por ejemplo, que si traduzco a una europea occidental de mi nivel educativo, orientación sexual y edad que cuenta su vida, tardaré menos en encontrar el vocabulario para traducir sus experiencias porque puedo recurrir más fácilmente a mi propia vida y mi propio entorno para reflejar lo que pretende expresar. Pero tener que trabajar menos no me parece que sea igual a decir que hay un rasgo genérico en la traducción.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia.
–No, la verdad. Pero sí me ha pasado que no me hayan dado un texto por mi género. Hay editores con caprichos curiosos.


Jorge Aulicino
(traductor argentino residente en Buenos Aires, Argentina)

1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–Ni de ida ni de vuelta. Si uno traduce a una mujer, por ejemplo, es sólo necesario seguir la corriente de las palabras. El género, cuando lo haya, brotará solo. Que una mujer pueda sellar o no con su sello femenino, supuesto que exista, un texto masculino, incluso nuestro, dependerá de cómo conciba la traducción. Si busca la literalidad como absoluto imposible, pero deseable, simplemente seguirá la corriente verbal sin pensar si el traducido es varón o mujer. Realmente una traducción trans todavía no he visto. En ese caso, o en del bisexualismo, las cosas se harán más complicadas, imagino. Será como retraducir al castellano un texto del castellano que ha sido traducido al alemán, por decir otro idioma. Pero siempre hay que ponerse en el lugar. Como aquel periodista gay que quedó estupefacto cuando entró una beldad en un bar nocturno, pero reaccionó y exclamó: “¡Qué minón!”, para agregar: “¿Me estaré volviendo lesbiana?”.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Nunca. Traduje poetas mujeres italianas. Traduje o intenté traducir lo que escribieron. Nunca pensé si lo que escribían era femenino o masculino. No digo que no lo fuera, digo que no lo pensé, no me hizo falta para traducirlas. La femineidad estará en la traducción también, imagino. En cuanto a ponerle mi sello masculino –en caso de que lo tenga– espero haberlo eludido por el mismo procedimiento: buscar la literalidad a toda costa aunque sepamos que no es posible. No vamos a entrar, supongo, en eso del Inconsciente... En cuanto al lenguaje, si es masculino en sí mismo, porque fue creado por hombres, bueno, las mujeres que escriben lo usan desde hace tiempo sin hacerle ascos. Por otra parte, el lenguaje lo hicieron también las mujeres. En el fondo de la lengua castellana está, por ejemplo, Sor Juana, que tenía una sintaxis exquisita, expresión o forma de ser, o el ser mismo, de un pensamiento complejo.


Jessica Sequeira (traductora estadounidense residente entre Santiago de Chile, Chile, y Cambridge, Gran Bretaña)

1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?

–Sí, pero no tanto en el acto mismo de traducir, que requiere paciencia y arte, y donde no creo que hace una gran diferencia el tema de identidad si uno abarca la obra con empatía, apertura a lo nuevo y ganas de trabajar. Siempre siento que puedo encontrar una conexión con lo que traduzco, sea sobre ópera, física, recorridos por el campo ruso, lo que sea. Me gusta sentir que estoy entrando a nuevos mundos de lenguaje cuando traduzco, y el hecho de que alguien tenga otro género o preferencia sexual no es necesariamente importante. No obstante, a nivel de mercado sí tiene absolutamente que ver. Este es un momento donde las mujeres, por ejemplo, tienen más oportunidades para ser publicadas —con su propia obra y en traducción— que antes. Editores me han pedido textos escritos por mujeres o con algo que ver con ese tema, por ejemplo, porque saben que van a vender y tener una mayor receptividad crítica. No es necesariamente algo cínico, también es un momento histórico en el cual estamos viendo el pasado con nuevos ojos, y gente que, por varias razones, no pudo entrar fácilmente en la cadena de la producción del libro. Es importante darse cuenta de eso. Dicho esto, creo que cualquiera que quiera publicar o traducir puede encontrar una editorial o un espacio para hacerlo. El mundo de la literatura es muy diverso. Además de las editoriales multinacionales, hay un montón de editoriales independientes de calidad, dispuestas a tomar mayores riesgos y de editar muy buenas obras.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Hasta la fecha no, por suerte.

viernes, 14 de junio de 2019

Traductora española estafada por editorial


Un reciente caso de estafa a una traductora española por parte de la editorial La Huerta Grande. Itziar Hernández Rodilla, presente numerosas veces en este blog, ha realizado una traducción para esa casa editorial, propiedad de Phil Camino, quien arguyendo que el texto no se adecuaba “al nivel de calidad literario exigido”, rompió el contrato y, acto seguido, publicó exactamente la misma traducción entregada, pero atribuyéndola a otra persona para ahorrarse dos pagos. Aquí, a continuación, la explicación de la perjudicada.

Un fraude de la editorial La Huerta Grande

En el primer cuatrimestre de 2017, la editorial La Huerta Grande me contrató para traducir Ovunqueiosia de Romana Petri. Tras pagarme un adelanto por la traducción (eran 690 páginas y prefirieron dividir el importe en cuatro pagos), me puse a trabajar en ella y la entregué el día 2 de septiembre (según contrato) a la editorial. Unos días después me hicieron el segundo pago. 

A continuación, comencé a tener problemas con la editora y dueña de La Huerta Grande, Phil Camino, que acabó rechazando mi traducción por no adecuarse “al nivel de calidad literario exigido por esta editorial, no podemos presentárselo ni a la agencia, ni a la autora, ni a los lectores”, y con ello rompiendo el contrato el día 16 de octubre de 2017. Para entonces, el asunto estaba ya en manos de Mario Sepúlveda, abogado de ACE Traductores. No tuve que devolver el dinero que me habían pagado, pero, por supuesto, no terminaron de pagarme la traducción. 

Cuatro meses después la editorial anunció la salida del libro, que puso a la venta a comienzos de marzo de 2018, con traducción de Pilar Eusamio, librera de la librería Los Editores, que pertenece al grupo editorial de La Huerta Grande. Dada la longitud del texto, sospeché y compré la traducción. Para resumir, La Huerta Grande había publicado mi traducción firmada por Pilar Eusamio.

Ni la editorial ni la supuesta traductora tuvieron empacho en hacer la publicidad correspondiente del libro, con halagos para la traducción, y Pilar Eusamio llegó incluso a publicar fotos con la autora, Romana Petri, en las que se la presentaba como traductora del texto. Todo esto sucedía mientras el abogado de la asociación informaba de mi intención de denunciar el plagio, se hacían las consiguientes periciales y se intentaba negociar la retirada del libro. 

Nada de esto ha sido posible y, tras la interrupción de las negociaciones, yo por fin puedo contar lo que ha pasado. El título de la traducción es: Donde quiera que yo esté.

Ahora mismo estoy pendiente de la demanda y de ir a juicio.

Itziar Hernández Rodilla

viernes, 14 de septiembre de 2018

"Abogo por la tolernacia de ambos lados"


Continuando con nuestras columnas de los viernes, es el turno de la traductora española Itziar Hernández Rodilla, quien se dedica aquí a reflexionar sobre la lengua que nos separa.

400 millones de españoles

Hace unos años leí Nocturna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan, y la leí en la traducción al español de un tal Santiago Ochoa solo porque la había visto muy criticada. Y ¿qué puedo decir? A mí no me pareció tan mala…

Es cierto que encontré floja la novela y que decidí enseguida que me ahorraría la segunda y la tercera parte de lo que creo que es una trilogía. Pero, teniendo en cuenta que el español que usaba el traductor se parecía bastante al que hubiese utilizado Guillermo del Toro de haber escrito directamente en castellano, supongo que podemos decir que cumplía aquella falacia tan repetida de que el texto traducido debe quedar como el autor original lo hubiese escrito si la lengua de traducción fuera la suya.

Entonces, ¿por qué mereció tan mala fama? Mi teoría es que a los españoles leer un castellano ajeno al nuestro nos cuesta. Y nos cuesta porque no nos educan para ello. A ver cómo lo explico. Porque los clásicos sudamericanos que leemos harían suponer lo contrario, ¿no?

Veamos. La primera vez que oí un «cachái» chileno y todo el consecuente tuteo en «-ai», «-ís», «-íh», yo ya había cumplido los treinta años, sabía que las princesas Disney llevaban vestido por no tener que escoger entre «falda», «pollera», «saya» o «enaguas», había acabado dos carreras en la universidad y leído unos cuantos libros escritos por argentinos, chilenos, colombianos y peruanos, que yo recuerde. Pero era la primera vez que era consciente de que existiera tal forma del tuteo (al voseo argentino llegaba, aunque solo fuese por Les Luthiers).

La razón más obvia para esto es, por supuesto, que en Chile, por ejemplo, esa forma del tuteo se consideraba un uso aplebeyado y vulgar de la lengua y, por tanto, la acción normativa de la escuela hacía hincapié en los preceptos de la gramática tradicional; es decir, la de la minoría de hablantes de castellano de la Península Ibérica. Así pues, el uso culto que hemos leído ha tendido siempre a parecerse al español que hablamos. Incluso cuando han sido traducciones hechas en Sudamérica (y, durante un tiempo, era la única forma de leer la traducción de ciertos libros en España), esas traducciones se hicieron con el mismo espíritu de proyección que aquellos doblajes Disney que nos pertenecían a todos y que, como dice un amigo, en realidad no estaban en ningún idioma porque nadie hablaasí.

Con el tiempo, mi curiosidad personal, mis experiencias vitales y mis gustos, me llevaron a pasar una temporada en Buenos Aires, a leer castellanos menos parecidos al mío buscándolos y recomendándolos, pese a la extrañeza que causaban en algunos, a ver cine y series argentinas porque me gustan, a interesarme por el teatro que se hace allende los mares, a aprender, en definitiva, a querer los castellanos que no son el mío como obligación de alguien a quien le gustan los idiomas.  

Bien, llegados a este punto,creo que debo aclarar que estoy de acuerdo con lo dicho en esta entrada del blog en el que escribo invitada: «¿Por qué el lector debería leer en un castellano que no es el suyo? […] Cada región […] debería tener sus propias traducciones, para lo cual los responsables editoriales deberían provenir exclusivamente del mundo del libro y no ser exgerentes de Pepsi Cola o de una fábrica de autos». Para mí eso incluiría que, si la falacia antes mencionada tiene que funcionar para todos, los personajes traducidos tendrían que utilizar su voseo en Argentina y su peculiar tuteo en Chile, por no incluir más países.

Como decía Alejandro Ariel González escribiendo para El Trujamán, hablando de editoriales argentinas, quien traduce para ellas sabe que, por defecto, tiene que utilizar el «tú» como segunda persona del singular porque los editores quieren ganar dinero con sus libros colocándolos en otros mercados, que se resisten al «voseo». Y vuelvo, así, al comienzo de este articulillo. Si siempre nos protegen de los castellanos distintos al nuestro, ¿cómo conseguir que no nos resistamos?

Ahora bien, el mismo Alejandro Ariel aclaraba que el no usar el «vos» en traducción es algo que puede partir de los propios traductores; en cuyo caso, sospecho, podría pasarles lo mismo que a nosotros. Están contaminados por la cantidad de traducciones «normativas» que leen hasta el punto de que a ellos mismos les extraña su lengua. Quizá necesiten el mismo entrenamiento que los españoles.

Sea como fuere, esto tiene que ver también con muchísimas de las pegas que ponen los colegas del otro lado del charco a las traducciones españolas que les imponen las editoriales. Les chocan nuestros españolismos. Usos peninsulares que, por cierto, la mayoría de nosotros no sabemos que lo son por, siento repetirme, la gran inconsciencia que tenemos de los castellanos que usa esa mayoría de hablantes de nuestra lengua.

Esto es, advierto, una opinión personal, pero una de la que estoy profundamente convencida. Tanto que, desde que doy clases de Traducción en la universidad, una de las primeras recomendaciones que hago a mis alumnos es que salgan de su idiolecto y lean todos los tipos de castellano que puedan, que los oigan, que los busquen y que los aprendan para saber cuándo el suyo se está imponiendo, pero también cuándo dicen algo que no pertenece al castellano de su país y, por lo tanto, quizá no debería aparecer en sus textos. Eso sí, me pregunto si encontrarán esas otras variedades, vistos los muchos problemas que tengo yo para encontrar libros editados en Latinoamérica que leería con mucho gusto y, sin embargo, no puedo.

Sobre la forma de arreglar este desmán, es algo que dudo, pues dependerá de la causa. ¿Será cuestión de que la industria editorial, una vez más, nos impone cosas que les facilitan el negocio sin pensar en la cultura? ¿Será realmente una especie de alergia del lectora variedades de castellano que no son la suya? ¿Es posible educar esta extrema sensibilidad? Y ¿de qué depende? ¿Pasa por un cambio en la tarea prescriptiva dela Real Academia de la Lengua? ¿O por una mayor apertura de una sociedad aún nostálgica de su pasada gloria? ¿Es el famoso eurocentrismo? ¿O una cosa de individuos particulares cegados por su propia ignorancia?

Si no el problema, quizá por el individuo pasa la solución, y honrada como me siento de que los colegas argentinos me hayan invitado a dar mi opinión aquí, deseo que sepan que abogo por la tolerancia de ambos lados e intento poner mi granito de arena para que futuras generaciones de licenciados sean más conscientes de la riqueza que poseemos todos en la diferencia. Y,como se dice por estos lares, toda piedra hace pared.

miércoles, 7 de junio de 2017

"Si me preguntan por mi profesión, digo que soy traductora."

El 26 de mayo pasado, Itziar Hernández Rodilla publicó la siguiente columna en El Trujamán. Si bien se refiere a España, sus observaciones valen para todo el mundo. Especialmente, para la Argentina, donde muchos colegas no reconocen a los del mismo gremio porque, dedicándose a otra especialidad en el mundo de la traducción, no poseen el ridículo “título habilitante”. Pobre gente, ¿no?

El Gremio

Cuando se publicó el Libro Blanco de las traducciones de libros en el ámbito digital, hubo una serie de desafortunados titulares en los que, sacando de contexto los datos en dicho libro expuestos, se afirmaba que solo el 9 % de los traductores podía vivir de su trabajo.

No voy a entrar en el hecho de que quizá sea cierto que solo ese porcentaje vive del trabajo, malviviendo a lo sumo el resto de los traductores de dedicación exclusiva, sea cual sea el campo al que se dediquen. Por un lado, porque no me gusta ser de las que desaniman al personal diciendo que todo es un desastre, sobre todo, cuando yo soy ejemplo vivo de que se puede vivir de traducir. Y, por otro, porque me interesa mucho más hablar de las reacciones del gremio que pude observar.

El comentario mayoritario entre los traductores a los que sigo en alguna de las redes sociales, traduzcan exclusivamente o no, fue: «No todos los traductores somos traductores literarios». A lo que, rápidamente, los traductores editoriales que no traducen literatura añadieron: «No todos los traductores editoriales somos literarios». Hubo quien añadió incluso: «De hecho, la mayoría de los traductores son no literarios».

Mucho se protestó sobre la generalización, cuando hay traducción audiovisual, de marketing, científico-técnica, jurídica, jurada, médica… Estas son solo algunas de las variedades que recuerdo. Da igual, en realidad, cuántas fuesen, el caso es que, al final, nadie estaba representado. Estoy convencida de que no somos el único gremio al que le pasa en España, desde luego, pero en el nuestro no hay nadie que responda a las estadísticas. Si nos descuidamos, ni el 9 % que respondió a la encuesta original estaba realmente formado de traductores que se dedican exclusivamente a traducir libros. Somos, desde luego, un gremio que no existe.

Yo no pertenezco a ese porcentaje, pero sí al 28 % de traductores que respondieron que, en aquel momento, se dedicaban de forma exclusiva a la traducción. Traduzco libros, es cierto, pero también localizo, hago traducción científico-técnica, jurídica, económica, administrativa, de marketing y un etcétera que no merece la pena desmenuzar aquí. Y, desde luego, aunque ahora compagino la actividad con otras, puedo decir que, hoy por hoy, sigo viviendo de traducir.

Si me preguntan por mi profesión, digo que soy traductora. No especifico. No creo que sea menos compañero un traductor audiovisual que uno jurado. Cuando ellos luchan por algo, siento la lucha como mía. En mi experiencia y según mi conocimiento, todas las especialidades se pagan peor que hace años. Hay más competencia, y es peor. Veo a compañeros decir que viven de la traducción trabajando todos los días hasta las tantas de la noche y sin fines de semana, y me pregunto cuándo, de hecho, viven. He visto a compañeros, excelentes profesionales, dejar de traducir (no, no se dedicaban a la editorial) porque no podían ni sobrevivir de ello. Y sé de algunos que dejaron de intentarlo incluso antes de empezar.

Y me duele cada comentario de: «Un momento, yo no soy uno de ellos». Se me parte el alma cuando un compañero de profesión (no, no la editorial) dice que los traductores editoriales viven mal de su trabajo porque aceptan condiciones infrahumanas, como si la mayoría de las veces aceptarlas fuese realmente una opción. Como si las demás especialidades estuviesen tan excelentemente pagadas que dedicarse a traducir libros fuese solo un terco capricho infantil.

Los periódicos erraron el tiro, es cierto, pero corroboraron aquella gran verdad española que dice: De los amigos me guarde Dios, que de los enemigos ya me guardaré yo.

miércoles, 26 de abril de 2017

"Hay un límite que los profesionales no pasamos"

Con gran alegría, publicamos la columna que la traductora española Itziar Hernández Rodilla firmó para El Trujamán el 28 de febrero pasado. Y dado que podemos permitirnos ese lujo, mañana tendrá su respuesta, nada menos que de la pluma de Andrés Ehrenhaus.


La Schadenfreude del traductor

Es una verdad universalmente reconocida que la visibilidad del traductor suele producirse cuando se equivoca. Que tire la primera piedra el colega que no haya leído una mala traducción solo por la satisfacción de no ser el que la firma. Creo que todos hemos pecado. Los que dialogamos con los libros a base de lápiz hemos dejado incluso marcas de ello.

El error ajeno nos indigna profundamente —y ¿a quién no le gusta indignarse?— y lo solemos justificar, como hace la gente de teatro, con aquello de que se aprende mucho de las buenas funciones, pero casi más de las malas. Los yerros de otros nos educan la intuición y, sobre todo, no nos engañemos, nos hacen sentir orgullosos de no ser ese manta —por favor, ¿quién lo ha contratado?— de traductor.

Nos llevamos las manos a la cabeza con un «entretanto» que debería ser un «aunque». Ponemos los ojos en blanco con expresiones como «hojas verde claras». Nos mesamos los cabellos con esos pronombres de relativo a los que han puesto tilde. Hacemos dibujitos con las veces que el traductor ha repetido «local» en seis líneas y se las enviamos a los amigos traductores con comentarios del tipo: «¡Superad eso!». Y puede que no lo superen, pero lo intentan. Ahorro los chistes de lingüistas, que seguro que todos tenemos alguno en mente y habrá quien prefiera no leerlos.

Pero hay un límite que los profesionales no pasamos. No afeamos al traductor palurdo en público. No colgamos esas fotos de sus heroicidades en internet. No criticamos que la editorial no se haya molestado siquiera en contratar a un corrector decente que lo arregle (o entendemos que sí lo haya hecho, pero que el corrector se haya plantado y no haya hecho más que por lo que se cree pagado; aunque, bueno, esto no podamos compartirlo). Y no lo hacemos porque, a la postre, se trata, nos guste o no, de un colega. Puede que accidental, pero colega al fin y al cabo. Y afearle en público es afear la profesión. Es remachar en la mente lega la idea de que no somos de fiar. Y, sobre todo, es correr el peligro de ser tú el afeado el lunes malo que metas la pata que dijiste que jamás meterías.

Os oigo pensar: «Yo soy bueno. Nunca cometeré esos errores». Pues os voy a decir algo: os he leído a muchos y, creedme, sí lo hacéis. No voy a decir todos, porque es una palabra fea y casi siempre falsa, pero la mayoría. Tengo pruebas. Y, como dialogo con mis libros a golpe de lápiz, he dejado marcas de ello.


Venga, valientes, ¿quién va a tirar la primera piedra?

jueves, 16 de julio de 2015

Nueva versión de "Los novios", de Alessandro Manzoni, por Itziar Hernández Rodilla

Ya hemos hablado largamente de los textos clásicos que últimamente se publicaron en la Argentina. Corresponde ahora mencionar la reciente edición de Los novios, de Alessandro Manzoni, en la espléndida traducción de Itziar Hernández Rodilla, que acaba de publicarse en España.

Curiosamente, la edición de AKAL incluye en la portadilla, debajo del nombre de la traductora, sus datos curriculares. El texto de lo que se constituye en una excelente iniciativa dice así: "Itziar Hernández Rodilla es licenciada en Traducción por la Universidad de Salamanca. Ganó el Premio de Traducción Andreu Febrer de la Unviersidad de Vic en 2000. Ha traducido para AKAL los dos primeros volúmenes de la Historia mundial del cine y Corazón de Edmondo de Amicis".


No hay duda de que la traductora, a quien felicitamos muy especialmente, tiene razones para salir sonriente en la foto.