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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Lectores de mentes simples que prefieren historias simples generadas con Inteligencia Artificial

El pasado 14 de septiembre, el diario Clarín, de Buenos Aires, publicó sin firma un artículo donde se revela que los lectores eligen como mejores los textos simples y faltos de matices que se escriben con inteligencia artificial, lo que habla de las fallas en la educación de quienes participaron en el experimento.

Los lectores califican mejor los textos de IA cuando creen que son humanos

Los lectores prefieren las historias creadas por sistemas de inteligencia artificial que las escritas por autores humanos, especialmente cuando creen de forma errónea que las ha redactado una persona real, según han comprobado investigadores de la universidad estadounidense de Villanueva.

Las personas que participaron en los experimentos otorgaron las calificaciones más altas en calidad y en claridad a los textos que fueron generados con inteligencia artificial, y la investigación demostró además que el público tiene grandes dificultades para distinguir entre ambos orígenes.

Según los expertos, la inteligencia artificial atrae más debido a que su estilo es más directo y predecible, a diferencia de la complejidad y de la sutileza propia de la literatura humana, y han señalado que sus hallazgos sugieren un sesgo favorable hacia lo humano. Los resultados del trabajo se han publicado en la revista Judgement and Decision Making.

Para el estudio, se evaluó a participantes adultos de entre 18 y 81 años para determinar si podían distinguir entre relatos cortos escritos por humanos y relatos generados por inteligencia artificial, cómo valoraban la calidad y el atractivo de cada uno, y si podían identificar el contenido generado de forma sintética.

Los investigadores utilizaron tres cuentos cortos de ficción escritos por autores humanos publicados en una revista literaria o colección de cuentos de renombre, junto con tres cuentos cortos generados por uno de los sistemas de inteligencia artificial más populares (el ChatGPT).4

En el primer experimento, se pidió a 1.682 participantes que leyeran una historia y se les dijo, correcta o incorrectamente, que había sido escrita por un humano o por una IA; luego calificaron la calidad de la historia y el grado de interés que les pareció.

En el segundo y tercer experimento, los participantes recibieron una historia escrita por un humano y otra generada por inteligencia artificial, pero no se les informó sobre el origen de las historias, y después de leeTambién se pidió a los participantes que valoraran su experiencia con el uso de plataformas de IA o su experiencia con la literatura de ficción, y los resultados mostraron que las historias generadas por inteligencia artificial recibieron calificaciones más altas que las historias escritas por humanos, sobre todo cuando creyeron que habían sido escritas por humanos.

Los investigadores también descubrieron que los participantes que aseguraron que tenían un mayor dominio de la IA eran más capaces de identificar textos escritos por una de estas herramientas, pero no así los participantes que afirmaron que tenían una mayor experiencia con la literatura.

La investigadora Deena Weisberg, autora principal del estudio del Departamento de Ciencias Psicológicas y Cerebrales de la Universidad de Villanova, ha apuntado que la escritura generada por IA tiende a ser más clara, más directa y más fácil de procesar, mientras que las historias escritas por humanos suelen ser más sutiles y complejas.



viernes, 7 de agosto de 2026

A propósito del Booker Prize

Dado el comienzo de la temporada de premios internacionales, hablemos un poco del Booker Prize.

Puestos a hacer historia, el Booker Prize se creó en 1969 patrocinado por la empresa británica Booker McConnell, dedicada al comercio y la agroindustria. El primer ganador fue P. H. Newby por la novela Something to Answer For. En 2002  el  patrocinio quedó en manos del Man Group ("una empresa gestora global de inversiones alternativas, dedicada a buscar valor a largo plazo, signifique esto lo que signifique"), y el galardón pasó a llamarse Man Booker Prize. Luego, en 2019 la Crankstart Foundation ("una fundación familiar de San Francisco, dedicada a fortalecer los pilares de una sociedad justa: un acceso más amplio a una mejor educación, empleos con perspectivas de ascenso, seguridad habitacional, bienestar social y la protección de los derechos civiles") asumió el patrocinio. Desde entonces, el premio recuperó el nombre de Booker Prize. Se lo considera el más importante premio literario de la lengua inglesa. 

Casi el único criterio que predominó desde sus inicios fue el de la lengua. Si bien durante los primeros años el premio era sólo para autores de la  Commonwealth, Irlanda, Zimbabue y Sudáfrica, en 2014, se decidió que estaba abierto a la participación de cualquier escritor, independientemente de su nacionalidad, siempre que la obra hubiera sido escrita originalmente en inglés y publicada en el Reino Unido o Irlanda.

Resulta importante con confundir el Booker Prize con  el International Booker Prize, que distingue obras de ficción traducidas al inglés y que otorga un premio económico compartido entre el autor y el traductor, destacando la importancia de la traducción literaria.

Como todos los premios, el Booker Prize tiene jurados designados por el administrador del premio. Suelen ser escritores, críticos literarios, académicos, periodistas culturas, libreros y, últimamente, personalidades públicas con reputación de lectores. Son cinco o seis individuos que, luego de leer deciden entre 12 o 13 novelas (que constituyen la longlist), que luego se reducen a 6 finalistas (shortlist), de donde sale el ganador o la ganadora. 

El ganador del premio recibe 50.000 libras esterlinas. Los otros cinco finalistas, 2.500 libras y un ejemplar de la novela presentada especialmente encuadernado. Con todo, todos los participantes elegidos en las distintas instancias del premio recibe una enorme atención pública que se traduce en ventas, traducciones y, por lo tanto, reconocimiento internacional.

A modo de observación, y para que quede constancia, todos los premios literarios que se otorgan en el mundo dependen del conocimiento y gusto de los jurados, por lo que hay una relación directa entre quien premia y lo que se premia, que uno podría remontar a quienes eligen a los jurados. En algunos casos, hay suerte y en otros, no. Para no mencionar los muchos compromisos existentes entre los premios y las editoriales que, en algunos casos, como el del Premio Planeta, son motivo de frecuentes escándalos. 

Todo esto nos lleva a una verdad de Perogrullo que, prensa mediante, no siempre se suele tener en cuenta: una cosa es la literatura y otra el negocio que se arma a su alrededor. La literatura puede seguir siendo una forma de cultura; los negocios, no. Borges solía decir que, a veces, a pesar de que un escritor reciba un premio, puede no ser malo. Basta con tenerlo en claro para no comprar espejitos de colores. Las mesas de oferta, en todo el mundo, están llenas de libros premiados

Jorge Fondebrider


 

lunes, 3 de agosto de 2026

"El verdadero libro de arena es aquel que produce la ilusión de que siguió escribiéndose en nuestra ausencia"

Guillermo Piro
, en su columna semanal del diario Perfil, el pasado 26 de julio publicó el texto que sigue.

Los libros de arena

Borges imaginó un libro monstruoso. Un volumen sin principio ni fin, cuyas páginas cambiaban de lugar cada vez que alguien intentaba encontrarlas. Un libro infinito y por eso mismo ilegible. El narrador del “Libro de arena” termina por comprender que la posesión de semejante objeto es una condena. Lo es porque el lector necesita límites. Necesita saber que existe una primera página, una última, un recorrido posible. Sin esas certezas, la lectura se vuelve una forma de extravío.

Pero la idea de Borges admite una variante menos fantástica y más inquietante. Existen muchos libros de arena. No son infinitos. Tienen un número preciso de páginas. Ocupan un lugar determinado en una biblioteca. Se pueden abrir siempre en la misma página. Sin embargo, producen un efecto semejante al del libro borgiano: cada vez que regresamos a ellos, encontramos algo que antes no estaba.

La explicación más simple consiste en decir que los libros no cambian; quienes cambiamos somos nosotros. Es verdad, pero la frase resulta insuficiente. Hay obras que parecen colaborar activamente en ese fenómeno, libros que guardan frases, escenas o relaciones secretas que permanecen invisibles durante años, libros que contienen más de lo que una lectura puede extraerles.

Uno, ninguno y cien mil, de Luigi Pirandello, pertenece a esa categoría. Una primera lectura suele concentrarse en la anécdota: un hombre descubre que los demás tienen de él una imagen distinta de la que él tiene de sí mismo. Más tarde aparece otra novela, más filosófica, más cruel. Después surge otra todavía: una reflexión sobre la identidad, sobre el desgaste de las máscaras sociales, sobre la imposibilidad de coincidir con uno mismo. Cada regreso al libro parece añadir páginas nuevas. En realidad siempre estuvieron allí, desde el comienzo, solo que esperaban que el lector adquiriera la experiencia necesaria para verlas.

Algo parecido ocurre con Mil extraordinarios objetos, publicado por la redacción de la revista Colors. A primera vista se presenta como un catálogo, una colección de curiosidades, una reunión de artefactos sorprendentes. Una lectura más lenta descubre otra cosa: una historia lateral de la imaginación humana. Luego aparece una tercera capa, hecha de obsesiones, de soluciones extravagantes a problemas inexistentes, de la capacidad que tiene el hombre para inventar objetos que parecen responder más a un sueño que a una necesidad. Cada vez que uno vuelve a recorrer sus páginas, encuentra una lógica nueva que organiza el conjunto.

La literatura está llena de esos libros. Algunos son novelas, otros ensayos, otros colecciones imposibles de clasificar. Los reconocemos porque sobreviven a la relectura. Más aún: porque la exigen. Un libro que se agota en la primera lectura puede ser excelente, pero difícilmente sea un libro de arena. El verdadero libro de arena es aquel que produce la ilusión de que siguió escribiéndose en nuestra ausencia.

Tal vez por eso ciertos volúmenes nos acompañan durante décadas. No buscamos en ellos confirmaciones sino descubrimientos. Abrimos una página que ya leímos tres o cuatro veces y encontramos una frase desconocida. No es que la memoria nos haya traicionado. La frase, en cierto sentido, era realmente nueva. Carecíamos de las herramientas para verla cuando teníamos veinte años. O cuando teníamos treinta. O incluso la semana pasada.

La biblioteca ideal no estaría formada por miles de títulos sino por unos pocos libros de arena. Libros capaces de renovarse sin modificarse. Libros que envejecen junto a nosotros. Borges imaginó uno solo y lo escondió en los sótanos de la Biblioteca Nacional de la calle México para librarse de él. Nosotros convivimos con muchos. Los guardamos en los estantes, los prestamos, los olvidamos durante años. Después los abrimos otra vez y comprobamos, con una mezcla de sorpresa y gratitud, que alguien agregó páginas nuevas mientras no mirábamos.

miércoles, 15 de julio de 2026

"La confusión: en equiparar 'interés' con 'ideología'”

Profesor del Departamento de Filologías Hispánica y Clásica de la Universidad de La Rioja, España, Alberto Escalante Varona publicó en The Conversation un artículo sobre la identidad que define a los lectores. El mismo fue levantado por InfoBAE, el pasado 7 de julio. En su bajada se lee: "Las redes sociales y los consumos informativos estrechan la diversidad y fomentan la autoafirmación, mientras crece la tentación de equiparar los libros elegidos con una postura política2.

La identidad lectora, entre la curiosidad intelectual y la presión de pertenecer

En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a opinar. Entrar en las conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos sobre la mesa nuestra ideología, creencias y pensamiento. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la guerra civil española. Mucha gente puede pensar que al hacerlo es porque coincido con la forma que tiene el autor de entender este conflicto, que comparto su ideología. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o, incluso, incorporarlo al mío?

Dos identidades
Entonces, ¿“somos lo que leemos”? Lo complejo es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí reside la confusión: en equiparar “interés” con “ideología”, y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos llegar a pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. A grandes rasgos, es un concepto que se refiere a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como personas. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad lectora deriva de esto. Puede definirse como la forma en la que nos vemos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce leer, y qué valores y usos le asignamos. Y se basa necesariamente en nuestras prácticas. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿En nuestros círculos sociales se aceptan esos libros? ¿Qué parte de esa identidad es privada y cuál proyectamos hacia los demás?

Tenemos que tener en cuenta que leer es una acción consciente: para hacerlo, debemos tener predisposición a coger un libro y dedicarle parte de nuestras horas. En un sentido práctico, leemos aquello en lo que nos interesa emplear nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, la lectura no es solo eso. Implica una curiosidad que determina qué queremos aprender, aunque el tema o el enfoque no encaje con nuestras ideas previas. En ese caso podemos hablar de que tenemos predisposición para coger ese libro, no solo en sentido práctico sino también intelectual.

Igualmente, qué leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará qué piensan otros, cómo reaccionan, cómo actúan. Pero las redes sociales funcionan antes como “cámara de eco” masiva y descontrolada que como vía de acceso a un conocimiento variado y múltiple. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. También los medios de comunicación que consumimos consolidan nuestras ideas, sin darnos opción a que recibamos otros puntos de vista. La “cámara de eco” sustituye a la “burbuja de conocimiento”: no ignoramos involuntariamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Por eso, conviene reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante establecer “qué leemos” o “para qué leemos”?

El autor no es nadie sin el receptor
A partir de los años 60 del siglo XX, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el sentido que los lectores le asignamos, más que el original que le dio su escritor. El escritor Umberto Eco, de hecho, aseguraba que toda obra tiene un “lector modelo”. El autor escribe condicionado por quién va a leer su texto y podrá entenderlo: la literatura se sostiene principalmente sobre interpretaciones externas.

Actualmente, este punto de vista se ha “suavizado” bastante. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se recibe. Pero también que un autor puede escribir con una intención personal, no solo limitado por el contexto y las expectativas. No está tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad lectora establece un “horizonte” de expectativas. El contenido del texto conectará con ellas y condicionará cómo lo vamos a entender y analizar. No somos agentes “pasivos”, que solo recibimos lo que un autor nos dice. Al contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y qué tiene que ver esto con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. Pero ¿nos interesa solo lo que coincide con nuestro punto de vista, o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se juntan dos perspectivas. La primera, que cuantos más puntos de vista adquiramos, más complejas serán las conexiones que podamos establecer entre ellos. Y la segunda, que esto forma parte de nuestra identidad lectora, basada no tanto en qué queremos leer como en que queremos leer. Confundir esas definiciones limita enormemente la riqueza de esta forma de acceder al conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de leer como acto, no la que podamos tener, o no, con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad lectora
Las cámaras de eco preocupan en diferentes ámbitos: la política, la prensa, el entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por ello se busca fomentar la capacidad de los alumnos de decidir autónomamente qué leer, guiándoles para que compartan sus experiencias lectoras.

El objetivo es que ya desde niños desarrollemos la identidad lectora: leer por ocio se debe mezclar con el análisis de otros textos para que, tras trabajar con lo que nos interese, podamos ir ampliando nuestros intereses hacia nuevos libros.

Y esto también se aplica al público adulto. Varios estudios sostienen que las actitudes y valores se estabilizan en torno a los 18-25 años. Pero eso no significa que la inquietud cultural se estanque. Al contrario, puede mantenerse en el tiempo si seguimos abiertos a conocer otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir ideas y contrastarlas enriquece el aprendizaje, infantil o adulto. Poco podremos avanzar si nuestra propia postura no es crítica, si nos enrocamos en una única visión sobre los temas de los que conversamos, si culturalmente adoptamos bandos, no posiciones fundamentadas. En definitiva, si nuestra identidad lectora solo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a conocer lo nuevo, a mantener la curiosidad intelectual que debe sostener el hábito práctico de leer.






martes, 30 de junio de 2026

"Los megamillonarios de Silicon Valley construyen sus imaginarios del futuro con las armas de la ciencia ficción que consumieron de niños"

El pasado 26 de junio, el escritor Daniel Guebel publicó la siguiente columna en el diario Perfil. La reproducimos a continuación.


Pequeñas declaraciones

La escritura, la observación del proceso de escritura, y la lectura misma, están fuera del reino de las ciencias exactas y de la lógica, escapan al principio de no contradicción. La literatura crea verosímiles y esos verosímiles son espejos de realidades existentes, externas, anteriores al libro que leemos, pero también crea sus leyes propias, que se verifican poniendo a prueba nuestros sentimientos y nuestros sentidos, nuestra admiración y nuestro rechazo, nuestro desconcierto frente a las condiciones en que se producen, y se suman, agregan, y modifican lo existente. La autonomía propia de la ficción es una autonomía relativa, es un mundo dentro de otro mundo, y ese mundo primero se desvanece un poco, o mucho, mientras estamos leyendo. Nadie es como el Quijote, pero todos nos parecemos un poco. Don Quijote no existía como “entidad humana” antes de que Cervantes la inventara, pero la literatura crea realidades y personalidades, establece una relación dialéctica. O, si no nos gusta esa categoría, una relación combinatoria. De la cruza de la lectura de la Biblia y de su condición de soldado, Ignacio de Loyola da luz a La compañía de Jesús, que es el ejército intelectual de la Iglesia Católica. Las mejores interpretaciones de Freud, que funda una disciplina nueva, se realizan sobre biografías de difuntos y sobre textos literarios, mientras que Lacan afirma que el inconsciente -que bien podría ser una invención estética- está estructurado como un lenguaje, no sabemos cuál, y trama buena parte de la eficacia de su recurso terapéutico mediante algo que llama “lingüistería” y que a veces suena como juego de palabras, otras como poesía pura. El presidente norteamericano Donald Trump es hijo de una lectura hiperbólica de los mafiosos de las películas de Scorsese combinada con dibujitos animados, mientras que el presidente argentino Javier Milei es en sí mismo un personaje quijotesco, la atroz o milagrosa (según quien lo lea) encarnación viva de una quimera, quiere aplicar su ideal de la aniquilación del Estado gobernándolo. Los megamillonarios de Silicon Valley construyen sus imaginarios del futuro con las armas de la ciencia ficción que consumieron de niños, son tataranietos de Julio Verne. Esa relación entre el pasado y el futuro, su dinámica constante, construye literaturas y realidades extraliterarias, que luego la literatura provecha, y así….

Pero, ¿qué es la literatura? ¿Cuál es su poder, su efecto, su gloria y su desgracia? La literatura es un territorio de estricta libertad, de invención y de creación, y al mismo tiempo un testimonio del sometimiento más terrible a rigores que no conocemos y a impedimentos que nos hacen escribir de una manera y no de otra, que nos impiden ser geniales todo el tiempo, y que a veces nos obligan a escribir textos no tan buenos o sencillamente malos, lo sepamos o no. La sintaxis es una cárcel de la que no podemos escapar, el lenguaje nos oprime y el alfabeto es nuestro alivio y nuestro tormento. Y ¿qué es algo bueno y algo malo, en términos literarios? ¿Para quién, por qué? Y en esa combinación de éxtasis, vértigo, constatación, acierto, asombro y sentido, estamos.

miércoles, 29 de abril de 2026

"Se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva"

El pasado 23 de abril, Ana Gallego Cuiñas (foto), decana de la Facultad de Humanidades de la Unviersidad de Granada, publicó en The Conversation, 
que se define como un sitio de noticias sin fines de lucro dedicado a compartir ideas de expertos académicos. Es un texto sobre "el valor" de la literatura. Se reproduce a continuación.

¿Cuál es el valor de la literatura?

Nadie habla ya del valor de la literatura. O, cuando se hace, se confunde con otra cosa: precio, ventas, listas, premios, traducciones, número de seguidores. Es decir, se confunde valor con circulación. Pero ¿lo más visible es lo que más vale?

Hoy lo literario circula en el mercado como cualquier otro producto: un libro compite con una serie, un pódcast o un videojuego. Ya no organiza nuestra educación sentimental ni ciudadana, como lo hiciera desde el siglo XIX; es una pieza más en la economía de la atención. Y, como tal, obedece a sus reglas. No las del campo cultural –como pensaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu–, sino las del mercado.

El valor es visibilidad
Durante décadas, el valor literario estuvo en manos de una élite: instituciones, academia, crítica, suplementos, premios. Ese ecosistema –nunca neutral, sino atravesado por lógicas mesocráticas, patriarcales y coloniales– dictaba qué valía y qué no, qué era “bueno” y qué quedaba fuera. Su legitimidad descansaba en una noción relativamente estable de “valor estético”: el uso del lenguaje, la complejidad formal. Hoy ese régimen no ha desaparecido, pero ha perdido el monopolio.

La cultura digital ha introducido una lógica distinta: la de la visibilidad, la circulación y la recomendación distribuida. En plataformas como X, TikTok o Instagram, un libro puede convertirse en fenómeno global en días. El caso de Romper el círculo, de Colleen Hoover, es elocuente: tras la atención de la comunidad #BookTok en TikTok el texto no cambió, cambió su circulación. Y con ella, su valor. O, mejor dicho, su visibilidad convertida en valor. Ya no importa solo cómo se escribe un libro: importa quién lo mueve. Ignorar estos nuevos parámetros no es defender la literatura: es renunciar a comprenderla.

No podemos obviar que el capital social, la juventud y lo nuevo han desplazado al valor estético en el capitalismo de plataformas. Importa menos la obra que quien la firma. El escritor ya no es solo autor: es marca, es relato, es cuerpo. Se convierte en lo que podríamos llamar un “sujeto-obra”: algo que se escribe tanto como se exhibe.

Pensemos en la centralidad de figuras como Mariana Enriquez, Sally Rooney u Ocean Vuong: su imagen, sus entrevistas, sus posts forman parte inseparable de la recepción de sus textos. La literatura entra así de lleno en la lógica del espectáculo –de la que siempre ha participado–, pero ahora la celebridad se intensifica y se vuelve radicalmente contingente. La “gran promesa” de hace diez años desaparece con la misma rapidez con la que fue consagrada. En este contexto, el valor ya no se consolida: circula y se agota.
Leer más o mejor

Este desplazamiento no solo afecta al presente: coloniza también el futuro. La literatura contemporánea aparece atravesada por un proceso de festivalización que pone en el centro la figura autoral. El valor no se produce únicamente en el texto, sino en el conjunto de dispositivos que lo rodean: editoriales, ferias, entrevistas, redes sociales. Es lo que el escritor y filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi llama “futurabilidad”: no leer el valor, sino producirlo por adelantado.

El canon no se construye: se programa. Ya no se trata de reconocer el valor, sino de anticiparlo. Las listas, premios o festivales prescriben el canon, transforman la posibilidad en probabilidad y la probabilidad en mandato. En este régimen, lo que importa no es solo qué se escribe, sino lo que puede llegar a ser visible. El futuro de la literatura se fabrica en tiempo real.

Por otro lado, asistimos a una superproducción literaria sin precedentes: se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor, y, sin embargo, cada vez se lee menos literatura subversiva, en favor de formatos más evasivos.

En este contexto, leer literatura de vanguardia se ha vuelto un acto de resistencia. No porque sea minoritario, sino porque exige algo que el capitalismo neoliberal desincentiva: tiempo, atención, fricción. Leer literatura no es solo consumir historias, es aprender a percibir. Es detectar lo no dicho, sostener la ambigüedad, desconfiar de lo evidente. Es, en suma, una práctica crítica en un mundo que premia justo lo contrario.

Cómo leemos importa en un momento en que lo literario ya no se limita al libro, sino que se despliega en una cultura narrativa expandida –series, videojuegos, redes, oralidad– que consumimos sin descanso. Pero esa expansión no simplifica la lectura: la vuelve más compleja, más ineludible. Por eso siguen siendo imprescindibles espacios –aulas, librerías, bibliotecas– donde esa cultura se interrogue. Donde no solo consumamos relatos, sino que aprendamos a desmontarlos: a entender que una atmósfera puede ser un dispositivo de poder, que una voz narrativa construye ideología, que ninguna historia es inocente.

El futuro de la literatura
En un ecosistema saturado de relatos rápidos, transparentes y diseñados para la identificación inmediata, la literatura introduce una anomalía: ralentiza, opacifica, incomoda.

Y ahí reside su valor de uso. Frente al valor de cambio –ventas, métricas, atención–, la literatura sigue siendo una tecnología de la conciencia: entrena la duda, desactiva automatismos, ensaya otras formas de vida. No confirma lo que somos: lo desarma. Por eso importa. No como refugio, sino como herramienta. En un mundo gobernado por algoritmos que refuerzan nuestras certezas, la literatura sigue siendo uno de los pocos dispositivos capaces de desprogramarnos.

Y tal vez ahí, en esa resistencia a volverse transparente, se juegue hoy su potencia más urgente: la de abrir grietas en el sentido común. La de devolvernos la posibilidad de pensar y, con ella, la de desobedecer.


lunes, 20 de abril de 2026

"Cada nueva librería introduce una anomalía"


En su columna dominical de ayer, del diario Perfil, el escritor y traductor Guillermo Piro escribió la siguiente reflexión sobre la importancia de las librerías.

El arte de insistir

La frase se repite con una naturalidad que la vuelve casi administrativa: una notificación más en la larga cadena de avisos que informan, con dramatismo, que algo dejó de existir. En Buenos Aires, pero también en Santiago de Chile, en Montevideo, en Ciudad de México o en Madrid, la escena adopta formas previsibles: liquidaciones discretas, mudanzas que no se concretan, persianas que bajan sin ceremonia, librerías que cierran.

Las cifras no hacen más que ordenar la intuición. En España, por ejemplo, casi la mitad de los títulos disponibles no vende ni un solo ejemplar al año. El dato, más que alarmar, aclara: no se trata de una crisis puntual sino de una saturación estructural: se publican más libros de los que pueden leerse.

Cerrar una librería, entonces, no constituye un acontecimiento. Es, en todo caso, la resolución lógica de un proceso que ya estaba en marcha. No hay estruendo, no hay escándalo. Lo que sí hay es una leve incomodidad que se disipa rápido, como si la ciudad hubiera aprendido a reorganizarse sin necesidad de esos espacios.

Cada nueva librería introduce una anomalía. Alguien decide, contra toda evidencia disponible, que tiene sentido reunir libros en un mismo lugar físico. No se trata ya de detectar una oportunidad de negocio, sino de insistir en una forma de experiencia.

Y, sin embargo, los ejemplos existen, incluso en contextos donde parecerían menos probables. Hace apenas un mes, una filial de Feltrinelli abrió en Montevideo. El dato podría leerse como una expansión empresarial más, pero resulta difícil no percibir ahí algo ligeramente incongruente: una gran cadena europea que decide desembarcar en un mercado pequeño, inestable, periférico. Como si la lógica del negocio se mezclara, inevitablemente, con otra cosa más difícil de justificar.

Porque la dificultad no es únicamente económica, aunque eso bastaría. Las ciudades cambiaron. La gentrificación en Santiago o en Madrid, la presión inmobiliaria en Buenos Aires, la expansión desordenada en Ciudad de México: todo contribuye a desplazar todo aquello que no produce una rentabilidad inmediata.

A eso se suma una transformación más sutil: la del propio lector. Leer no dejó de ser una práctica extendida, incluso podría decirse que se amplió. Pero el modo de acceso se modificó. El lector ya no depende de un recorrido físico; recibe recomendaciones, accede a catálogos infinitos, compra sin moverse de casa. La librería, que antes funcionaba como mediación, perdió centralidad. Y sin embargo, así quedó eliminado algo difícil de reemplazar: la contingencia. Entrar en una librería implicaba aceptar la posibilidad del error, del hallazgo involuntario. Esa lógica, que no optimiza nada, es precisamente la que hoy parece fuera de lugar.

De ahí que abrir una librería adquiera un carácter casi anacrónico. En Buenos Aires, donde todavía persiste una tradición librera que resiste a fuerza de inercia cultural; en Montevideo, donde cada apertura es casi un acontecimiento; en Santiago, donde surgen espacios híbridos que combinan café, editorial y librería; en México, donde pequeños proyectos intentan disputar un lugar en medio de estructuras gigantes; en España, donde conviven cierres constantes con inauguraciones obstinadas. En todos esos casos, abrir implica sostener una convicción que no encuentra respaldo en las cifras.

Se podría decir que las librerías cierran porque el mundo que las hacía necesarias también se fue cerrando. No desaparecen de manera aislada; forman parte de una transformación más amplia que reorganiza la circulación cultural y los hábitos cotidianos.

Por eso la sorpresa debería invertirse.

No sorprende que las librerías cierren en Buenos Aires, en la Argentina, en Chile, en Uruguay, en México o en España. Sorprende que alguien, en cualquiera de esos lugares, decida abrir una.

Es una forma de insistencia. Una manera –quizá la última– de sostener la idea errónea de que la lectura todavía necesita un lugar.

martes, 17 de marzo de 2026

"Estirar una mano, agarrar un libro al azar, simplemente leerlo"

He aquí la columna publicada el pasado 7 de marzo por Daniel Guebel (foto), en el diario Perfil. Habla de un problema que todos tenemos.

La biblioteca y el tiempo

En mis años tempranos soñaba con apropiarme mágicamente de los superpoderes de los superhéroes de las historietas: quería la capacidad de reducirse hasta el tamaño de un hrönir de Atom, la velocidad increíble de Flash, la elongada capacidad metamórfica de El Hombre Elástico (cuya mayor aptitud sería un secreto inconfesable), pero sobre todo hubiera querido quedarme, aun a riesgo de dejarlo ciego, con su vista de rayos X que lo capacitaba para leer en segundos una biblioteca entera, condensar el saber del mundo en una serie de instantes. Desde luego, no dejaba de llamarme la atención que semejante capacidad de acceso al conocimiento no lo volviera siquiera tan inteligente como Batman, a quien jamás se lo ve tocando un libro. Eso planteaba delicadas cuestiones, entre otras las diferencias entre saber, hacer y placer, y que al menos revelaba que a todo poder lo corteja una pérdida.

A medida que pasaron los años y fui armando mi propia biblioteca pasé por distintas épocas, cada una jalonaba a su manera las etapas de la vida y las circunstancias de lectura. Pero como la columna es breve ahorraré los detalles. Tuve períodos en los que me pasaba el día entero leyendo, de a dos o tres libros por jornada útil. Así y todo, el número de ejemplares que se acumulaban en los estantes comenzó a superar mi capacidad de leerlos, y esa capacidad también decrecía a causa de los trabajos y las distracciones, sin contar con algo que me sucedió a partir de la paternidad. Hasta entonces, mis actividades de escritor no determinaban particularmente mis elecciones de lector. Pero desde entonces, en una especie de vértigo que no ha cesado, mis procesos de escritura me fueron llevando a leer los libros que necesitaba para escribir asuntos novelescos que precisaban informaciones y saberes de los que yo no disponía de antemano. Esa propensión inesperada dirigió mis procedimientos en distintas direcciones “especializadas”, suprimió en gran parte el placer puro de la lectura curiosa y desinteresada y la subordinó a un extraño sistema productivo, el de un escritor que estudia para dar placer a un lector hedónico, semejante al que él mismo era antes de empezar a escribir a tiempo casi completo.

En resumen, decidí tomarme un año sabático y leer lo que iba guardando para tiempos futuros. Volver a los inicios. Estirar una mano, agarrar un libro al azar, simplemente leerlo. Ni más ni menos que eso. Una vez tomada la decisión, prendí la tele: la dilación es una promesa de eternidades, en cambio la lectura es tiempo que el goce desliza entre los dedos que van moviendo las páginas, tiempo fugaz, irrecuperable.

martes, 10 de marzo de 2026

Un informe de hábitos de lectura en España

En su edición del 12 de febrero, del eldiario.es, hay un artículo firmado por Carlos Rey sobre los datos del último Informe de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España. 

Sin las mujeres y los jóvenes, apenas se leería en España

Es el mayor termómetro que tenemos para saber cuánto y cómo se lee en nuestro país, y también sirve para desmontar algunos mitos y confirmar unas cuantas certezas. El Informe de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España, preparado por la Federación de Gremios de Editores, nos acerca cada año sus resultados. En el curso pasado ya hablamos de uno de los datos más llamativos, y que nos habla de las ideas preconcebidas de muchos de los que superan ya la treintena: los jóvenes no sólo leen, sino que leen mucho más que otras franjas de edad. En 2025, el informe muestra además un aumento: el 76,9% de los encuestados lee por ocio, un 1,6% más que en el año anterior. La diferencia con la siguiente franja de edad, la de 25 a 65 años, es casi de diez puntos.

Otro de los datos significativos del informe no debería ser ya ninguna sorpresa: las mujeres leen más que los hombres, y además con diferencia: un 72,3% frente a un 59,8%. Pero casi tan revelador como esa cifra es las razones elegidas mayoritariamente por cada sexo para explicar por qué no se lee con más frecuencia: entre ellas, la principal es la falta de tiempo. Entre ellos, la preferencia por otros entretenimientos y la falta de interés.

Ambos datos juntos, lo que simiente la creencia popular y lo que confirma algo siempre sospechado, nos dan también una imagen que no siempre concuerda con lo que nos encontramos en las librerías. Si es cierto que en los últimos años el fenómeno young adult ha crecido enormemente, con las editoriales buscando explotar el filón de esos jóvenes que muchos pensaban que solo miraban TikTok, pero a los que nadie parecía prestarles atención cuando sostenían un libro en la mano, la oferta que llega a las librerías cada vez es eminentemente adulta. Esto es, escrita por adultos y pensada en un público que ya peina canas.

Por otro lado, si bien cada vez se publican más autoras, los autores siguen siendo mucho más numerosos, y las figuras literarias más respetadas siguen siendo en su mayoría hombres. Por supuesto, los jóvenes y las mujeres no solo leen a jóvenes o mujeres, pero hay una desconexión entre lo que se publica y quienes lo leen. Cada vez menor, podemos argumentar, pero la sigue habiendo.

lunes, 6 de octubre de 2025

"Dos personas leyendo el mismo libro a velocidades diferentes"

La semana empieza con la columna que Guillermo Piro publicó ayer en el diario Perfil, a propósito de los clubes de lectura, uno de los supuestos males de nuestro tiempo.

El lector es un cazador solitario

El otro día paseaba a mi perro en el parque y había una pareja tirada sobre el pasto que leía. Es decir, no es que cada uno leía su libro, sino que los dos leían el mismo. Estaban boca abajo sobre una lona y leían, y para cambiar de página, ella le daba a él una cachetada en la cabeza o en la pierna. A lo mejor soy un viejo avinagrado, pero yo podría matar por mucho menos. La lectura es sagrada y solitaria, carajo.

Esa idea de la lectura en solitario, como los viajes que circunvolucionan el mundo y las masturbaciones, se contrapone a otra, bastante en boga, de los clubes de lectura. Existieron siempre, tal vez con otro nombre, pero tuvieron su punto más alto de proliferación durante la pandemia, favorecidos por el interés general por cualquier cosa entretenida que se pudiera hacer dentro de cuatro paredes. La lectura se presta particularmente a este fin, llamémoslo promiscuo: muchos la consideran una actividad íntima, personal y solitaria, mientras que para otros se trata de algo basado en el intercambio y el diálogo.

Además del impacto de la pandemia, la difusión de los grupos de lectura entre los jóvenes deriva probablemente de la influencia de la cultura estadounidense, donde los clubes de lectura existieron desde siempre y donde muchas celebridades tienen uno. El más conocido es el Oprah’s Book Club, de la conductora estadounidense Oprah Winfrey, fundado en 1996. Winfrey dedicaba una emisión al mes de su programa The Oprah Winfrey Show a un libro anunciado semanas antes, con la idea de que entretanto los espectadores lo hubiesne leído. Durante la emisión, Winfrey conversaba con el autor o la autora, y a veces hasta invitaba a un grupo de espectadores que había leído el libro. En 2017, la actriz Emma Roberts fundó Belletrist, una “comunidad de lectura online” dedicada a los libros y a las personas que los aman. Hace mucho menos, en 2021, Dua Lipa lanzó Service95, una newsletter semanal y un sitio de lifestyle al que está conectado también un club del libro: este año entrevistó a muchos autores, entre ellos a la Premio Nobel Olga Tokarczuk, Ocean Vuong, George Saunders, Percival Everett y Paul Murray.

Pero hay más: el Reese’s Book Club de Reese Witherspoon, el Library Science de Kaia Gerber, el TeaTime Book Club de Dakota Johnson y el Natalie’s Book Club de Natalie Portman. Una vez al mes, Portman anuncia una nueva lectura y charla con la autora de un libro en una conversación grabada para sus seguidores. Este año, Portman conversó con Rebecca Solnit, Jacinda Ardern, Helen DeWitt, Jessica Stanley, Anne Applebaum, Amanda Nguyen, Yasmin Zaher y Jenny Odell. Emma Watson también tiene el suyo: Our Shared Shelf. Florence Welch tiene el Between Two Books. Sarah Jessica Parker, además de haber fundado el Book Club Central, creó su propia editorial, la SJP Lit. No entiendo por qué son todas actrices. La moda todavía no aterrizó en la Argentina, pero no va a tardar mucho para que las actrices funden su propio club de lectura. Llevan la delantera Laura Azcurra y su club Polisemia.

Aparentemente, a muchos lectores (en realidad a todos) les gusta conversar sobre lo que leen, eso es indiscutible e inevitable. Pero la escena del otro día en el parque hablaba de otra cosa: dos personas leyendo el mismo libro a velocidades diferentes, porque de lo contrario no habría hecho falta anunciarle al encargado de pasar la página que podía hacerlo. Y sin embargo, lo que me sorprendió no fue tanto eso, como el gesto elegido para el anuncio: una cachetada, a veces en la cabeza, a veces en la pierna. Era algo que hasta le resultó intolerable a mi perro: lo conozco, puedo asegurar que la cosa lo inquietaba. Lo que no pude descubrir era qué estaban leyendo, a lo mejor ese dato hubiese explicado todo. Kato gruñía cada vez que ella le daba un golpe en la cabeza a él. No quiero hablar por hablar, pero podría asegurar que sonaba a hueco.


viernes, 22 de agosto de 2025

Nada nuevo, pero con algunos datos

"Investigaciones recientes indican que, cada vez, más personas destinan menos tiempo a los libros. Cómo se manifiesta este fenómeno en distintos países y por qué los más jóvenes son los más afectados." Esto dice la bajada de la nota publicada por Celeste Sawczuk, en el diario InfoBAE del pasado 21 de agosto.

¿Leer por placer es cosa del pasado?: cayó un 40% la lectura recreativa, en los últimos 20 años

La tendencia mundial indica un descenso persistente en la cantidad de personas que leen por placer. De acuerdo con un estudio realizado por equipos de investigación del University College de Londres y la Universidad de Florida —publicado en agosto de este año— la proporción de estadounidenses que practican la lectura recreativa se redujo un 40 % en dos décadas. Una cifra que, aunque parezca un mero ejemplo, es un indicio de un fenómeno que se replica en distintas naciones.

El informe reunió datos de la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en Estados Unidos, que desde 2003 hasta 2023 consultó a más de 236.000 participantes. En 2004, el 28 % de las personas afirmó haber leído por placer en un día determinado; en 2023 esa cifra descendió al 16 %, consolidando un proceso de baja anual del 3 %.

Como se dijo, este fenómeno no es exclusivamente estadounidense. Los hábitos de lectura se modifican a escala global, aunque las cifras y tendencias varían entre países. En España, el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2024 indica que el 65 % de la población lee libros en su tiempo libre, situando al país entre los de mayor índice lector. El 75,3 % de los jóvenes españoles de 14 a 24 años leen por placer, lo que refleja un entorno favorable.

En contraste, Argentina muestra un panorama más desafiante: la Encuesta Nacional de Consumos Culturales señala que en 2022 solo el 51 % de la población leyó al menos un libro en el año, y el consumo lector se encuentra fuertemente concentrado en adolescentes, especialmente por motivos escolares.

A nivel mundial, la plataforma World Population Review posiciona a Argentina entre los 15 países con menor promedio de libros leídos por persona cada año, con una cifra que no supera los dos ejemplares anuales. Esto contrasta no solo con su tradición literaria, sino con eventos culturales masivos como la Feria del Libro de Buenos Aires.

De esta manera, el descenso registrado en Estados Unidos se enmarca en una tendencia más amplia, aunque en algunos países —como España— los índices aún se mantienen elevados, gracias al fomento estatal y social del hábito lector.

La caída no se limita a una forma específica de lectura. El estudio del University College de Londres amplió el concepto tradicional para contemplar libros, revistas y periódicos en papel, digital o incluso formato audio.

A pesar de esto, la baja resulta relevante y preocupante, porque incluye a lectores de plataformas electrónicas y audiolibros, descartando como explicación única la migración hacia soportes digitales.

Factores posibles detrás del descenso en la lectura recreativa
Las razones detrás de la baja en la lectura por diversión son múltiples y aún no existe una explicación definitiva. Los propios autores del estudio estadounidense señalan que su investigación no identifica causas directas, aunque proponen varias hipótesis para futuras líneas de análisis.

Uno de los elementos recurrentes es el uso intensivo de redes sociales y el acceso constante a nuevas tecnologías. El tiempo de ocio tiende a desplazarse hacia actividades en línea, plataformas de video o consumo rápido de contenido digital, reemplazando a la lectura prolongada y reflexiva.

La presión económica y el aumento de horas dedicadas al trabajo también surgen como factores que reducen el tiempo disponible para actividades recreativas como leer.

Las diferencias demográficas agravan la situación. De acuerdo con los resultados de la encuesta estadounidense, en 2023 las personas con mayor nivel educativo tenían el doble de probabilidades de leer por placer que quienes contaban con menor formación.

El nivel de ingreso representa otra variable decisiva: las personas con ingresos altos tenían 1,5 veces más probabilidades de leer que aquellas en situaciones de bajo ingreso.

Estas brechas muestran una tendencia creciente, sugiriendo que el acceso a los beneficios de la lectura se concentra en las franjas más favorecidas, lo cual puede reproducir desigualdades sociales a largo plazo.

El estudio estadounidense remarca un dato especialmente relevante para el futuro de la lectura: aunque más del 20 % de las personas encuestadas conviven con niños pequeños, solo el 2 % manifestó leer con ellos de manera regular.

Esta cifra se mantuvo estable en dos décadas, lo que alerta sobre la potencial profundización de la caída lectoral, ya que la lectura compartida en la infancia suele ser el pilar de la formación de lectores adultos.

En países como Argentina, el consumo de lectura también se encuentra sesgado por la edad y los contextos educativos. La mayoría de los adolescentes leen por exigencia escolar, pero la continuidad del hábito lector en la adultez se diluye. Sumado a esto, la centralidad del libro en formato papel —a diferencia de lo que ocurre en sociedades con más digitalización— puede limitar la expansión de nuevos públicos lectores.

miércoles, 7 de mayo de 2025

"Hay que capturar TikTok, no competir"

El pasado 3 de mayo, Alma E. Muñoz y Alonso Urrutia publicaron una nota, en las páginas culturales del diario La Jornada, de México, a propósito de la lectura entre los jóvenes de acuerdo con el punto de vista del escritor y funcionario Paco Ignacio Taibo II, expresado en "la mañanera", esas charlas interminables que parecen ser costumbre de los políticos mexicanos.

Pérdida incalculable de lectores juveniles y adolescentes: Taibo II

Paco Ignacio Taibo II, director general del Fondo de Cultura Económica (FCE), advirtió que hay una pérdida de lectores adolescentes y juveniles incalculable, por lo cual, consideró, tenemos que apoderarnos de las estructuras mediáticas dándoles contenido, riqueza e imaginación.

Al informar que las salas de lectura ciudadana del FCE han pasado de 3 mil en 2019 a 21 mil 118 en todo el país, resaltó que contrario a un aumento de niños y adultos mayores lectores, para llegar al mundo adolescente nos hemos roto la cabeza de mil maneras.

El funcionario refirió que existe un fenómeno de pérdida de lectura en el mundo adolescente ante ciertas formas de diversión más sencillas, más gratificantes en lo inmediato, menos profundas, más superficiales, en referencia, entre otros, al celular y las plataformas sociales. En esa pérdida, incluyó a estudiantes de enseñanza media y superior.

Frente a la problemática, planteó: hay que capturar TikTok, no competir. Yo hago TikTok y leo manga, y no por eso he perdido mi capacidad para contarles durante una hora quién era Leonardo da Vinci, sostuvo.

Nuevo lanzamiento

Ayer en la mañanera del pueblo, el escritor anticipó que hacia finales de año lanzarán de manera simultánea en América Latina la colección 25 para el 25, con el propósito de regalar 2 millones 500 mil libros a jóvenes y adolescentes de México, Argentina, Colombia, Cuba, Venezuela, Chile, Paraguay, Honduras y Guatemala, con el fin de que descubran el placer de leer.

Será, añadió, el proyecto más grande de fomento a la lectura. Incluirá textos de Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, y con una presencia muy importante de autoras mexicanas, como Adela Fernández, o la gran premio de poesía, la colombiana Piedad Bonnett.

Insistió que la traba está en el mundo adolescente. Pregunta a los que ves usando el telefonito todo el día. El signo es: si tienen los dedos gordos afilados, quiere decir que leen poco.

No obstante, aclaró que no es un problema de confrontación entre formas de diversión, porque eso es un error. En la lógica de impulsar, tienes que competir con la música, con los telefonitos y la comunicación instantánea, aseguró.

Taibo II también compartió que han dado conferencias a niños que fueron deportados sin sus padres en un centro habitacional con escuela en Mexicali, Baja California.

Hablamos sobre ser libres, ver al libro como una manera de libertad, narró, y en una ocasión se fugaron 13, con lo cual éramos responsables indirectos de la fuga.

Agregó que 12 regresaron y en un año formaron el club de lectura Patitos en Libertad, con gran éxito. Han proliferado, creando relación de sustitución: salen niños, desaparecen, se unen a sus padres, encuentran su destino y llegan nuevos niños.

El escritor aseguró que tarde o temprano tenemos que ir hacia una gran campaña de fomento a la lectura, usando todo el poder de los medios, y cuando lleguemos a ese momento, añadió, la batalla es hacia otros lados, hacia padres y formas autoritarias de imponer la lectura.

Informó que esta semana inauguraron clubes de lectura en reclusorios de alta seguridad y en el programa Sembradoras.

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo compartió que sus libros favoritos son Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn. Mientras Paco Ignacio Taibo II compartió que su preferido es Espartaco, de Howard Fast.