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| Moure con bufanda y frío, junto a Soca en Montevideo |
"Nos obligan a elegir los mejores hijos para el DRAE"
El nuevo presidente de la Academia Argentina
de Letras (AAL), José Luis Moure, es un filólogo argentino que desarrolló su
carrera docente superior en la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos
Aires (UBA), donde obtuvo su doctorado. Las áreas a las que ha consagrado sus
mayores esfuerzos han sido la Dialectología
Latinoamericana y la Historia de la Lengua, de la cual es profesor titular. En el
portal de la UBA
pudimos saber que es autor de numerosos artículos de su especialidad. Editó la Verdadera relación de la conquista del Perú y
provincia del Cuzco de
Francisco de Jerez. Es coautor del estudio introductorio de la edición de la Crónica del Rey Don Pedro de Castilla realizada por Germán Orduna, de
cuya versión abreviada prepara la edición crítica, así como la Crónica de Enrique III (en colaboración con Jorge Ferro). Es autor
del estudio introductorio, edición crítica y anotación de El detalle de la acción de Maipú, sainete en lengua gauchesca de autor
anónimo de 1818, publicado por la Biblioteca Nacional
de la Argentina.
Preside una academia que fue fundada en 1931 como
«asociada», pero que desde el final del siglo pasado perdió esa nota de
independencia para convertirse en «correspondiente» de la Real Academia
Española, una decisión con la que parece no estar totalmente de acuerdo: Nunca tuve claro cuál era la diferencia
específica que implicaba ser asociada pero, si en 1931 la Academia se crea y se
dispone que sea asociada y no correspondiente, habrá tenido una significación
simbólica de cierta independencia, siguiendo la actitud asumida
tradicionalmente por la intelectualidad argentina de la generación de 1837 de
distancia, de independencia frente a lo que la academia de Madrid pudiese
disponer,expresó.
Nosotros diremos que, por
muchas razones, esa intelectualidad revolucionaria de 1837 y algunos de sus
pensadores más importantes –pienso en Sarmiento, en Alberdi, en Juan María
Gutiérrez– asumen una actitud de independencia, que quieren que no sea
solamente política, como los hechos habían determinado, sino también cultural y
lingüística. Esa creación en 1931, después de dos intentos previos de crear
academias correspondientes de la española tiene que haber tenido un
significado, simbólico al menos. Las razones por las cuales esto se interrumpe
entre 1999 y 2000 –en el terreno simbólico– nunca las pude averiguar, a pesar
de haber investigado en las actas. Solo sé que hubo una propuesta por parte de la RAE de que la Argentina pasase a ser
correspondiente. Eso fue admitido por nuestra Academia; tengo que respetar esa
decisión y suponer que respondió a algún tipo de explicaciones que se le hayan
podido dar en ese momento, y que convencieron a los miembros.
La pregunta de este reportero, tanto como la
respuesta del filólogo, sugieren una asimetría en las relaciones de poder entre
la tricentenaria casa madrileña y sus asociadas americanas. Le pregunté su
opinión sobre el hecho de que el presidente de la Asociación de Academias
de la Lengua Española
(Asale) tenga que ser siempre, por sus estatutos, el director de la Real Academia
Española, y que su tesorero tenga que ser designado, también por disposición
estatutaria, entre los miembros de número de la entidad fundada en 1713 por
Fernando IV.
Aun admitiendo la notoria asimetría, Moure
identifica algunas razones que explican esta situación: En esto yo siempre me veo en dificultades,
porque por un lado, no dejo de reconocer que la Real Academia
Española tiene una tradición fortísima, se ha convertido de hecho en la
anfitriona de la Asociación
de Academias, y tiene, como digo, una tradición lexicográfica importantísima
para el conjunto de los países de habla hispana.
Alguna vez se ha dicho que el
peor obstáculo para la expansión del español como lengua internacional es la
pobreza que aflige a muchos de los hablantes donde es hablado. Moure reconoce
que la RAE financia «buena parte» del funcionamiento de Asale, así como
ofrece una sede para las reuniones y para la administración. Algunas academias
no están en condiciones económicas ni cuentan con una tradición académica
previa que permita convertirlas en centro de estas actividades. Por eso, es un
hecho que tenemos que aceptar en cuanto no haya una propuesta mejor por parte
de ese conjunto de academias que parecen haber admitido esto como natural.
Insistiendo en el mismo tema, le comento que la sede oficial de Asale es en
la calle Felipe IV, número 4 de Madrid, la misma de la Real Academia
Española, que su página de internet está hospedada en el servidor de rae.net y
el dominio (designación) en la red mundial –asale.org– no fue registrado en Bogotá, ni en Buenos Aires ni
en México, sino en Madrid, a nombre de la gerente de la Real Academia. ¿Qué
comentario le merece esta situación?
Es que funciona allí. De hecho, el trabajo conjunto se hace
en el mismo lugar, los fondos bibliográficos son compartidos, es decir esto ha
surgido allí, no podemos negarlo ni podemos negar que el conjunto de las
academias ha tenido siempre con la Real Academia Española una relación estrecha, yo
diría quizás excesivamente estrecha, porque no parecen haber actuado con
simetría, respondió.
El académico argentino explicó que todas las asimetrías institucionales
encuentran su explicación en la historia y en las representaciones que se
construyen sobre los hechos: España
sigue ocupando un rol preponderante en el pensamiento lingüístico de estas
naciones que hablan un idioma y que, más allá de los discursos, parecerían no
encontrar todavía una manera de manifestar su absoluta independencia. Como
tantas otras cosas, esto es la consecuencia dilatada de un desacompasado
desarrollo de la historia con respecto a la aceptación de nuestras
particularidades lingüísticas. Hoy día la ciencia lingüística no puede admitir
la preponderancia de una variedad sobre ninguna de las otras, el concepto de
pureza afortunadamente ha sido hace largo tiempo eliminado, pero queda lo que
llamo este imaginario colectivo, alimentado por los años de la colonia,
alimentado por la observación hecha de la península con respecto a la calidad
cultural de las colonias y a las variedades lingüísticas consideradas siempre
como un poco bárbaras, un poco marginales. De modo que habiendo cambiado la
mentalidad hispánica, hoy habiéndose dado cuenta todos, porque no cabía otra
posibilidad, de que nos encontramos simplemente compartiendo variedades de
distinta naturaleza, perdura esa idea que da pábulo a que esta visión
asimétrica perdure también.
Moure enfoca las tareas de la Asociación Argentina
desde la perspectiva de un lingüista y, sobre todo, de un dialectólogo y de un estudioso
de la historia de la lengua.
Yo creo que la principal tarea de la Academia Argentina
de Letras, que no debe delegar, es un estudio, un conocimiento tan completo
como sea posible de la variedad argentina o bien de la variedad estandarizada
de Buenos Aires. En ese sentido, la obra que yo creo que cumple más
adecuadamente esto es el Diccionario del habla de los argentinos, un
diccionario contrastivo, que se planteó desde el comienzo incluso desde algunos
de los otros intentos de creación de academias previos, pero que se fue
concretando y que cobró un renovadísimo ritmo en los últimos años. Seguimos
trabajando en eso; existe para ello un material muy rico que se va
incrementando a través de reuniones quincenales que hacemos los que integramos
en este momento la comisión de argentinismos y que creo que es un muy buen
diccionario contrastivo.
No está conforme con el hecho de que la RAE sea la que decide qué argentinismos deben
incorporarse al diccionario que se supone que es de todos, y se pregunta por
qué no todas las palabras identificadas como pertenecientes a la variedad
rioplatense son «admitidas» por la real casa madrileña: No tengo la respuesta para eso; es decir, nos obligan a elegir los
mejores hijos para ir allá. De todo ese corpus de palabras claramente
argentinas, claramente estudiadas como propias de este territorio, solamente
algunas son admitidas, posiblemente en función de su vitalidad o de su mayor
extensión diatópica, como para integrar ese repertorio léxico que hoy llamamos
Diccionario de la
Lengua Española, que teóricamente representa al conjunto de
los países que hablan español. Hay ciertamente en ese diccionario una
desproporción, que yo creo que no obedece a mala voluntad sino a la propia
historia de la obra, que fue inicialmente un diccionario de autoridades, de la
lengua de España, que era la que mejor se conocía, y al que después se fueron
incorporando las palabras, los elementos léxicos propios de las propias
naciones de América.
Moure advierte que los hablantes de las variantes peninsulares no son
más del diez por ciento del total de hispanohablantes, por lo que desde el
punto de vista numérico, proporcional, ese léxico americano tendría que tener
una presencia mucho mayor en ese diccionario, lo cual lo haría inmanejable, o
prácticamente inmanejable.
El académico argentino señaló que
el DRAE contiene regionalismos peninsulares que en muchos casos representan a
comunidades muy pequeñas, mientras que faltan palabras de México o de Colombia
que son utilizadas por millones de hablantes. No se ha encontrado todavía
la manera de que exista una justicia mayor, una proporción más adecuada que
represente a las variedades americanas. Pero eso tiene que ver con la historia
del diccionario, que es muy difícil de modificar. Es un poco, hoy, un
diccionario histórico, es un poco un diccionario de uso, un poco un diccionario
del español general, es un poco un diccionario de regionalismos, y estos están
representados de una manera muy poco proporcional.
Cuando le planteo que los
diccionarios contrastivos, como el uruguayo o el argentino suponen de alguna
manera una sujeción a la norma peninsular, me explica que se trata de una
cuestión metodológica, puesto que el otro camino posible –la confección de un
diccionario integral, con palabras patrimoniales como mesa, zapato– es por
ahora económicamente inviable para las academias asociadas (o
correspondientes). Comentó que esa tarea ya la cumplió en la Argentina una editorial
privada, que publicó el Diccionario integral del español de los argentinos y,
en México, el lingüista Luis Fernando Lara, con su Diccionario del español usual en México.
Esto ya lo proclamaba el propio Borges en una de sus duras diatribas contra la Academia Argentina
de Letras, que él naturalmente integraba. Y hoy se conoce porque aparece en la
correspondencia que mantenía con Bioy. Y él reclamaba: ¿por qué tanto elevar
palabras a la Real
Academia para que allá se elijan cuáles quedan y no hacemos
nosotros lo que nos corresponde, es decir, un buen diccionario del español
culto que se habla en la
Argentina, incluyendo después las particularidades?
Aristóteles definía la política como «el arte de
lo posible»; tal vez esto pudiera aplicarse también a la ciencia lexicográfica
en los países americanos, donde el objeto y el método de estudio se enredan en
un entramado de tradiciones históricas y de intereses políticos y económicos
que poco tienen que ver con la ciencia. Moure intenta deslindar ambos campos: Nosotros somos países jóvenes y España es
una nación secular, de modo que esa presencia y esa tradición lexicográfica y
de estudio es muy antigua. Estos son realidades y hechos, digamos científicos y
efectivos para hacer frente a los cuales no siempre los caminos son sencillos;
otra cosa diferente son las políticas lingüísticas, que a veces pueden tener
intereses de otro tipo, que no sean estrictamente los lingüísticos.
¿Cree que su llegada a la presidencia pueda
imprimir un nuevo giro a la AAL?
En este punto soy un poco escéptico, prefiero serlo antes de
mostrarme como revolucionario, eso ha sido una constante en toda mi vida y
también es fruto de mi experiencia en los años que tengo. Una academia es
siempre un cuerpo de pares, formado en el caso de la AAL por gente dedicada a la
literatura, por gente dedicada a la lingüística, alguno dedicado a la ciencia
exacta, por helenistas y no se puede pretender que todos piensen igual. Lo que
me propongo hacer es llevar al terreno de la discusión dentro de la Academia algunos de los
aspectos que hemos estado hablando acá, y tratar de dar mis razones, por las
que yo creo que la AAL
debería volver a poner el énfasis en su carácter de argentina. De otra manera,
¿qué sentido tendría que cada una de las academias tuviera en su nombre un
adjetivo que hace referencia a un recorte geográfico o político si no puede
mostrar lo que las caracteriza como nación? Todas estas academias fueron
creadas como nacionales; se llaman nacionales, y eso significa que tienen que
mirar hacia dentro en una proporción importante, sin perder de vista el hecho
de que al menos todas decimos pertenecer a un universo cultural cuyo idioma es
el castellano. Si es así, hay algo que nos une, y es el respeto por un estándar
que consideramos común. Para que eso siga siendo así, y para que esas academias
tengan sentido y no sean meras "repetidoras", como se dice en
radiotelefonía, de una central, es imprescindible que tomen conciencia de su
nación, que tomen conciencia de que tienen que dar respuesta a su propio país
acerca de su función. Nosotros no tenemos otras [funciones] que no
sean un estudio, una consideración particular de nuestra lengua y de la
producción literaria escrita en esa lengua. Pero nos debemos entonces el
respeto por esa lengua de cultura, esa lengua que nos aúna, que compartimos,
que nos permite leernos los unos a los otros, y seguir diciendo que lo estamos
haciendo en una lengua común. Pero para que siga siendo común no puede haber
preeminencias de ningún tipo. Es importante, entonces, que si existen
imaginarios que dicen lo contrario se vayan desmontando, sin guerras, sin
hostilidades, con comprensión y con argumentos. De momento, la relación es
asimétrica, el dinero, y mucho dinero, lo han puesto los españoles a través de
estas empresas lingüísticas; lo siguen haciendo a través de la Real Academia, lo
siguen haciendo a través de esta empresa de la Asociación de Academias
con sede en Madrid, lo siguen haciendo a través del diccionario, con el cual
nosotros trabajamos. Mientras esto no sea puesto al servicio de intereses menos
cristalinos, bienvenido sea. Lo iremos modificando en la medida en que las
naciones americanas tomen fuerza y piensen que pueden actuar exactamente en ese
plano de igualdad. Hacia eso debemos caminar.
Le comento el hecho de que en torno de la orientación de la RAE se mueven poderosos
intereses económicos.
Ese es uno de los grandes temas que están planteados aquí y que sería
bueno empezar a ventilar, empezar a debatir, para no convertirnos en clientes
de ese proyecto sino en colaboradores reales de otras academias. Esos son los
elementos que están por debajo de las políticas lingüísticas; cuando las
políticas lingüísticas van más allá de los intereses lingüísticos que las lenguas
mismas exigen, y tienen finalidades meramente económicas, estamos ante un hecho
espurio, que no debe admitirse. Se debe explicar claramente, a la luz pública,
para que se entienda que hay un proyecto económico y preguntarse a quién
beneficia ese proyecto económico. España tiene pleno derecho de llevar adelante
un proyecto económico y nosotros también tenemos derecho de tener los propios
y, en algún caso, de tomar otros caminos si nos parece que ese proyecto
económico entra en colisión con el nuestro.
Con frecuencia leemos o escuchamos llamados a la
defensa de la lengua común contra la disgregación, contra el ingreso de
vocablos de otras lenguas, en fin, contra fenómenos que han sido propios de
todas las lenguas en todos los tiempos. Siempre les digo a mis alumnos de Dialectología o de Historia de la Lengua que sabemos que
sabemos que las lenguas tienden inexorablemente a la diversificación, a la
dialectalización. Eso siempre ha sido así. Los terrores con que a veces hoy se
persigue a la opinión pública con respecto al peligro que hoy corre el idioma
español, el peligro de la dialectalización o de las variedades es un miedo que
no tiene fundamento. En la realidad, en el hoy, simplemente porque me parece un
error conceptual o una medida estratégica el suponer que una lengua que tiene
más de cuatrocientos millones de hablantes corre algún peligro. Para que ese
peligro se advierta y para que sea necesario tomar medidas de defensa tiene que
haber un ataque. Y esa situación no se da, por el contrario, lo que se está
manifestando es un crecimiento casi exponencial de la presencia del español; no
hay peligro alguno, ¿de qué nos estamos defendiendo?
En el siglo XXI el lenguaje está enfrentando fenómenos que no tienen precedente
en la historia humana: la alfabetización y la escolarización prácticamente
universales, la revolución de las comunicaciones, que tenderían a frenar el
cambio lingüístico, tal vez a hacerlo más lento, a hacer prevalecer la
convergencia sobre la dialectalización.
No hay ninguna duda de que va a haber dialectalización. En el
pasado ella fue mucho más rápida por el aislamiento geográfica, por razones
políticas. Hoy, en cambio, esa dialectalización se retrasa en la medida en que
los medios de comunicación ponen en contacto toda estas variedades como nunca
había sucedido antes, lo que nos permite acceder al conocimiento del
vocabulario de naciones hermanas, lo que antes hubiera sido impensable. De modo
que hoy tenemos razones para suponer que muchos de estos procesos de
dialectalización van a retardarse. Lo que nos queda sí es defender el valor de
esa variedad estándar, que es no ya geográfica sino que es de estilo, de
registro, que implica una lengua de cultura, una lengua elaborada, que es la
lengua que nuestro idioma ha venido desarrollando y que es lo que tenemos de
absolutamente en común. Si hay algo en lo que nos hermanamos por completo es en
ese español estándar, culto, que es el que se ve reflejado en las gramáticas,
en la enseñanza, aquel en el que leemos, aquel a cuyo registro le prestamos una
ortografía compartida. Ese es el único reaseguro que tenemos, por muchos años,
probablemente por siglos, de la existencia de un idioma común. A las otras
variedades, las variedades de la gente, las variedades de la calle, las
variedades de los pueblos, las variedades regionales hay que dejarlas
tranquilas. El pueblo sabe lo que hace con esas formas y también sabe que
cuando necesita leer, cuando necesita escribir, cuando necesita dar clase o
recibirla o transmitir información, lo va a hacer en esa variedad culta cuya
supervivencia hará que la comunicación del mundo hispánico siga durando por
mucho tiempo, concluyó.