Mostrando entradas con la etiqueta Literatura húngara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura húngara. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de junio de 2026

Nueva traducción de Adan Kovacsics: la última novela de László Krasznahorkai

Con firma de Fernando Chávez Espinach, la siguiente nota, publicada en La Nación, de Costa Rica, el pasado 27 de mayo, refleja el interés despertado por la última novela traducida del último premio Nobel. En la bajada, se lee: "El nobel László Krasznahorkai publica en español Herscht 07769, una monumental radiografía sobre el colapso europeo escrita en una sola frase continua.

El truco literario del nobel László Krasznahorkai que desafía las reglas de la escritura una vez más

La obra del reciente Nobel de Literatura László Krasznahorkai acaba de sumar un nuevo título en español. La editorial Acantilado publicó Herscht 07769, una de las novelas más ambiciosas y comentadas del escritor húngaro, traducida por Adan Kovacsics, quien ha traído al castellano la mayor parte de su obra.

La aparición del libro llega pocos meses después de que Krasznahorkai recibiera el Premio Nobel de Literatura 2025, reconocimiento que consolidó internacionalmente a un autor considerado desde hace años una figura central de la narrativa europea contemporánea.

Su obra, célebre por las frases extensas, la densidad filosófica y una visión inquietante de la civilización moderna, ha sido asociada con cineastas como Béla Tarr, quien adaptó varias de sus novelas al cine, incluida Sátántangó.

Herscht 07769 continúa varias de las obsesiones del escritor: el colapso moral, la fragilidad del orden social y la sensación persistente de que algo está a punto de derrumbarse. La novela se sitúa en Kana, un pequeño pueblo de Turingia donde un grupo neonazi altera la vida cotidiana de la comunidad.

Allí vive Florian Herscht, un huérfano ingenuo y obsesivo que comienza a escribir cartas a la entonces canciller alemana Angela Merkel para advertirle sobre una inminente catástrofe universal.

La música de Johann Sebastian Bach aparece como una especie de refugio espiritual dentro de una narración atravesada por la paranoia, la violencia y el deterioro social. Todo ello desemboca en una historia donde también irrumpen misteriosos lobos en las afueras del bosque, reforzando la atmósfera casi apocalíptica de la novela, anuncia la editorial.

Uno de los rasgos más comentados del libro es su estructura formal: Krasznahorkai construye prácticamente toda la novela en una sola frase continua, sin puntos finales, en un flujo narrativo que busca transmitir caos, pensamiento y ansiedad.ç

La publicación en español también reafirma la relación de larga data entre Acantilado y el autor húngaro. La editorial ha publicado títulos fundamentales de su trayectoria, entre ellos Melancolía de la resistencia, Guerra y guerra y El barón Wenckheim vuelve a casa.

Más que una novela política en sentido convencional, Herscht 07769 elabora una radiografía del desconcierto contemporáneo: extremismos, miedo ambiental, aislamiento y una sensación de crisis permanente que atraviesa la vida cotidiana europea.




miércoles, 15 de octubre de 2025

Adan Kovacsics, un traductor que revela mundos

Con firma de Beatriz Martínez, InfoBAE publicó una entrevista con el gran traductor Adan Kovacsics, hijo de húngaros aficandos en Chile, actualmente radicado en España. Según la bajada, "El filólogo de origen húngaro ha sido el responsable de la traslación al castellano de la mayor parte de la obra del galardonado escritor de Tango satánico".

Adan Kovacsics, el traductor al español del nuevo Premio Nobel de Literatura, László Krasznahorkai: “No es una lectura complaciente”

Una trayectoria que abarca desde Karl Kraus a Imre Ketészsc pasando por Arthur Schnitzler a Péter Esterházy. Adan Kovacsics fue galardonado en 2010 por el Ministerio de Cultura con el Premio Nacional a la Obra de un Traductor y su trayectoria es ampliamente reconocida.

Eso no quiere decir que, el Premio Nobel a László Kraszxnahorkai, no le pillara por sorpresa, a pesar de que su nombre estuviera entre los favoritos en las apuestas.

“Hacía años que era uno de los posibles candidatos, pero si quieres que te sea sincero, ese día ni siquiera fui consciente de que se estaba anunciando el galardón“, cuenta el filólogo y traductor a Infobae España. “Cuando me enteré sentí mucha alegría y emoción porque eso no te pasa todos los días”.

Una relación de más de treinta años
Kovacsics cuenta que se acercó a la obra del escritor gracias al fallecido editor de la Editorial Acantilado Jaume Vallcorb, que le propuso traducirlo. Su primer encargo fue Melancolía de la resistencia, pero después llegarían todas las demás, incluida Tango satánico. “Se estableció una relación muy bonita entre nosotros y, aunque hubo épocas en las que estuvimos desconectados, siempre tuvimos una especie de hilo permanente a través de las traducción de sus obras".

Antes de la escritura de El último lobo, un encargo de la Fundación Ortega Muñoz que trajo al escritor húngaro a nuestro país, el primer sitio donde se hospedó fue en casa de Adan Kovacsics. Hay que señalar que su hija, Violeta Kovacsics es una crítica y programadora de cine de lo más reconocida.

No resulta, por lo tanto casual, que se establezca una relación con el análisis cinematográfico que desempeñó Violeta con respecto a la obra de Béla Tarr, que adaptó a László Kraszxnahorkai en sus totémicas Sátántangó y Armonías de Werckmeister, para después participar en el guion de El caballo de Turín.

La ingrata tarea del traductor
La tarea de los traductores no siempre resulta lo suficientemente reconocida pero, de eso siempre ha sido muy consciente Adan Kovacsics. “En este mundo occidental en el que vivimos hay una locura por la visibilidad, por la autoría, por el genio, por el éxito y esas cosas. Y eso hace que mi tarea sea aparentemente gris y no se encuentre muy valorada. Pero tampoco es algo que me quite mucho el sueño. Lo único que pienso es que debería estar mejor pagada".

El traductor reconoce que, si fuera más joven, tendría miedo a la Inteligencia Artificial, pero cree que, su profesión, es una tarea que siempre estará ahí. “El deseo de traducir es algo muy profundo y también muy humano, así que no creo que desaparezca a pesar de las máquinas”, cuenta.

Adan Kovacsics reconoce que ha sido un privilegio traducir la obra de László Kraszxnahorkai, algo que ha ocupado buena parte de su trayectoria. “Se merecía el Nobel porque se trata de una literatura muy elevada, muy exigente, absolutamente alejada de la cultura de masas y con un gran calado intelectual".

La prosa y el ritmo del escritor húngaro no es fácil. Tiene incluso una novela de 400 páginas contada en una sola frase. ¿Cómo se puede traducir eso? “Es una cuestión de musicalidad. Con el tiempo, ese tipo de estructura serpenteante la he hecho mía. En cualquier caso, no es una lectura complaciente”.

jueves, 23 de junio de 2022

Una charla sobre literatura con Adán Kovacksics

El el pasado 16 de junio, Ariana Harcwicz y Ariana Sáenz Espinosa publicaron en la revista Letras Libres un diálogo que mantuvieron con el traductor Adán Kovacsics. En la bajada de la nota se lee que se trata de “un referente en el ámbito de la traducción. Nacido en Chile y de ascendencia húngara, ha vertido al español la obra de Imre Kertész, Karl Kraus, y László Krasznahorkai, entre otros. Por esta labor recibió en 2009 la distinción Pro Cultura Hungarica del gobierno de Hungría, y en 2010 el Premio Nacional a la Obra de un Traductor del Ministerio de Cultura español. En esta plática, recorre la distancia entre el alemán de Kafka y un concierto de la Filarmónica de Leningrado”.

“La palabra víctima es una palabra de la cultura de masas”.

Hannah Arendt cuenta en un ensayo sobre Walter Benjamin que nada lo atraía en Estados Unidos. Solía decir que lo único que lo esperaba allá era que lo arrastraran de un lado a otro, exhibiéndolo como el “último europeo”.

Benjamin se suicidó en el pequeño municipio de Portbou, Comarca del Alto Ampurdán, no tan lejos de Vilanova i la Gertru. Ir a Vilanova, ciudad costera que nunca antes habíamos oído nombrar, no era solamente ir a conocer al escritor y traductor Adan Kovacsics, era ir al encuentro de Imre Kertész, de Kafka, de Klemperer, de Ingeborg Bachmann, por solo citar algunos de los escritores que como fantasmas imaginábamos reunidos bajo el sol y las palmeras de esa pequeña ciudad. También era convocar a Kovacsics como testigo y passeur del legado literario y filosófico de una Europa en destrucción.

El tren avanzaba desde Barcelona hacia Vilanova mientras conjeturábamos cómo sería el paisaje en el que se reescribe, se traduce, todo el horror acumulado en el siglo XX. Al bajar en la pequeña estación vimos un señor muy alto de sombrero negro, pañuelo atado al cuello, y tuvimos la impresión de ver al último europeo de pie en esa ciudad balnearia. Caminamos juntos mirando edificios para obreros construidos hace medio siglo, ventanas cerradas, túneles. Aquella ciudad balnearia apacible, con esa brisa de mar y niños jugando, era el paisaje elegido para traducir, para escribir las fosas comunes, los hornos crematorios, la desgracia de las torturas en las oficinas de la Gestapo y la Stasi. Ese paisaje era donde se producía la fuerza de la lengua. “El lenguaje es más que la sangre”, escribe Franz Rosenzweig, una frase que Klemperer retoma en el epígrafe de su diario.

Nos detuvimos en un hotel blanco con piedras celestes de estilo griego donde dejamos valijas con libros, las habitaciones de hoteles son tentadoras para el encierro de la escritura. Nos sentamos los tres, muy cerca del mar, a tomar café con leche rodeados de familias. Había algo anacrónico en la elección de Adán Kovacsics, traductor monumental y de una discreción absoluta, artista retirado del centro, aislado en la ciudad menos pensada para traducir las obras más desgarradoras de los siglos XIX y XX. En el camino de regreso lo imaginamos escuchando los últimos movimientos de Beethoven mientras afuera nadie, ni una sola persona allí recuerda la Hungría de 1942 o los suicidios con cianuro. Ahora que han vuelto los fantasmas de la guerra, la presencia de un solo hombre convirtió para nosotras Vilanova en un oasis.

ARIANA SAENZ ESPINOZA (ASE): Juan José del Solar vivía acá.
ADAN KOVACSICS (AK): En Sitges, era un gran traductor.

ASE: Es un refugio para los traductores que toman como “misión”, traducir todo ese legado espiritual occidental, ¿no?
AK: Yo traduzco a Canetti porque Juan José Del Solar empezó a traducir Canetti, yo traduzco a Kafka, porque él empezó a traducir a Kafka, después murió. Del Solar y yo decíamos que traducir a Kafka es como tocar Mozart al piano, porque si metes la pata, se nota mucho, mucho más que si estás tocando Liszt. A Liszt lo podés esconder, tapar, pero en Kafka cada palabra está rodeada de pureza.Aunque Kafka escribiera apuntes, cartas, relatos o novelas, todo lo que escribía salía de una misma fuente, absolutamente literaria y pura. Yo traduje todas las cartas de la primera parte, de 1900 a 1914, incluyendo gran parte de las cartas a Felice Bauer.

ASE: Había una especie de vampirismo en esa correspondencia con Felice, ¿no?
AK: El otro proceso de Canetti habla de eso, del vampirismo, de la necesidad de Kafka de hacerle escribir a ella. La había visto una sola vez en la casa de Max Brod y luego se estableció esa relación epistolar, lo que él necesitaba, lo que lo alimentaba era la correspondencia, las cartas, verla no le importaba un pepino. Con Milena fue diferente, era otra relación, había otro nivel intelectual, la torturaba menos. Fue más breve con Milena, más intenso, y en las cartas de su última amante, Dora Diamant, al parecer desaparecieron todas, fue todo hermoso con ella, lo acompañó hasta la muerte.

ASE: Uno de los traductores franceses de Kafka, Robert Kahn, fallecido en el 2020, dos o tres meses después de que se publicara la primera edición completa de los diarios de Kafka en su traducción, dijo que la traducción de Marthe Robert es muy hermosa pero que lo tradujo como si Kafka fuera francés, ignorando esa frase: “Soy el invitado de la lengua alemana”. Kahn quiso que se oyera en su traducción esa especie de..
AK: De distancia, ¿no? Eso que es lo extranjero, lo extraño en Kafka se manifiesta en esa llegada a un punto casi de neutralidad con el lenguaje. No hay casi ninguna contaminación local, sí hay elementos praguenses. Felice Bauer se reía de él porque esas fórmulas del alemán que él tenía eran de Praga, no del alemán del Reich, digamos. Pero habría que ver cómo hablaba Kafka, no hay grabaciones, por supuesto no podemos saberlo.

ARIANA HARWICZ (AH): Eso es algo que siempre me intrigó, cómo traducir a un autor sin saber cómo habla y al revés, cuánto puede ayudar escucharlo hablar, pensar.
AK: Una vez llamé por teléfono a un germanista praguense, le dije: oye, tengo que dar una conferencia, dime cómo hablaba Kafka, y entonces me dijo, tú escucha en internet a un escritor praguense que escribe en alemán, Johannes Urzidil, bueno, Kafka hablaba así. El alemán de Praga era un alemán muy especial porque era un grupo social muy cerrado, homogéneo, formado por burócratas del Imperio, comerciantes judíos, adláteres, universitarios, profesores y poca cosa más, era esa clase rodeada de checos. Era un alemán al mismo tiempo muy refinado pero sin mucha contaminación social, local, rural. En Kafka encuentras un lenguaje muy puro, muy neutro, y eso es lo extranjero en él.

AH: Me interesa mucho eso que decís porque hace un tiempo estaban tan de moda esas literaturas del auge de lo cosmopolita, del auge del internacionalismo, de la diversidad lingüística como operación principal de esas obras, en esa mezcla de jergas y técnicas. Hay escritores que legítimamente arman su lengua en esa operación, como Copi, pero muchos otros son productos de una demanda, de un interés político, del mercado, o lo hacen como una demostración, como pura destreza. En cambio, la tesis kafkiana no se trata de esa forma de extranjerismo.
AK: Claro, es todo lo contrario, su asimilación al alemán se manifiesta como algo pulcro, puro. En los apuntes de Canetti se ve con claridad de quiénes se nutría Kafka desde el punto de vista literario, lingüístico: de Kleist, por ejemplo, Grillparzer o Flaubert, de Robert Walser.

ASE: ¿Pero esa forma de pureza tenía un impulso místico, una visión del lenguaje elevada?
AK: Yo lo que he notado en él es que ningún lector alemán, sea de donde sea, del norte de Italia al norte de Alemania, se sentirá extraño en el lenguaje de Kafka. Lo que sentirán como extraño es otra cosa, es su frialdad, su violencia contenida, pero no es un tema con el lenguaje.

AH: “No es un tema con el lenguaje”. Cuando traducís a Kafka ya tomás en cuenta esa relación única que tiene Kafka con el alemán.
AK: Hay que traducir con mucha precisión, ahí no hay subterfugios posibles, eso de afrancesarlo por ejemplo,no te lo permite Kafka. Así como otros autores…
AH: Kertész por ejemplo.
AK: Claro, es todo lo contrario, su asimilación al alemán, muchos me lo han dicho, porque para ellos Kertész escribe un húngaro-alemán, y eso en él es muy consciente. Él no se nutría de autores húngaros, leía a Thomas Mann, a Camus, a Canetti, a Thomas Bernhard, que en un período es esencial para él. Textos como Kaddish por el hijo no nacido o La bandera inglesa, no se entienden sin el padrinazgo de Thomas Bernhard. Él lo dijo muchas veces, que le debe su repercusión al alemán.

AH: No al Kertész traductor, sino a sus traducciones al alemán.
AK: No hay un gran volumen de sus traducciones. Tradujo a Canetti, a Freud, a Joseph Roth, a Wittgenstein… Él trasciende como escritor, sus traducciones fueron publicadas destacando su importancia como escritor.
AH: El traductor como sombra del autor, en una misma persona.

ASE: ¿Quién leía a Wittgenstein en esos años en Hungría?
AK: La intelectualidad húngara era muy despierta, muy deseosa de conocer, imagínate un país que tiene una lengua tan rara, cómo está pendiente de cualquier cosa. ¡Conocían a Joyce antes que los irlandeses!

AH: Nosotras queríamos hablar de música.Rilke decía algo como que la música es el lenguaje por el que todas las lenguas acaban. Cuando traducís a Klemperer, Ingeborg Bachmann, a Kraus, a Zweig, ¿tomás en cuenta la relación musical?
AK: Depende a quién, cuando traduzco a Kertész sí. Para él la música es muy importante. Él no escribía, él componía sus obras, el tema de la composición es esencial en su obra literaria. Cuando él no llegaba a componer, se sentía muy frustrado. En La última posada él quería escribir una novela sobre la vejez al modo de los últimos cuartetos de Beethoven o al modo de los últimos cuadros de Turner, ¿y qué salió de todo eso? La última posada, que es un libro de la descomposición, pero no llegó a configurar su deseo.

AH: ¿Por qué crees que no pudo lograrlo, por qué no llegó?
AK: Por su enfermedad, por la dispersión a raíz del Premio Nobel. Él lo llamaba “una catástrofe de la felicidad”, Glückskatastrophe, deseaba volver a ese punto de anonimato que le permitió escribir Sin destino, Kaddish. Me decía: yo quiero volver a traducir, pero no porque quisiera volver a traducir. Lo que él quería era volver a ese punto en el que era un autor desconocido, volver a tener toda la libertad del mundo.

AH: En Kertész no había impostura, él de verdad quería volver a algo que es esencial, la condición marginal del escritor, aunque el Nobel también lo hubiera ayudado a legitimarse.
AK: Él deseaba la repercusión, eso le abrió las puertas al recibimiento en Francia, en Alemania, lo halagaba, él era muy abierto, lo llamaban por teléfono a toda hora, ¿te podemos hacer una entrevista? ¡Venga la entrevista! Pero se sentía mal porque mientras hacia las entrevistas, no escribía.

AH: Kertész decía: “El escritor hoy no llega al lenguaje, no encuentra hoy la formulación grandiosa de las grandes cosas”. Eso me interpela porque desata la pregunta sobre las condiciones en las que escribe el escritor contemporáneo. Kertész ya percibía la decadencia de hoy.
AK: Él percibía que se ha perdido la grandeza. Se ha perdido la búsqueda de las grandes preguntas del ser humano, eso que era lo que ocupaba siempre a la literatura, ahora se ha vuelto más pequeño, más particular. Eso es algo que Kertész veía, falta le grand style, del que hablaba Nietzsche, l’harmonie entre les forces. Kertész lo anhelaba, el vio eso en los 90. Por eso es importante su decisión, en la que yo insisto mucho y a veces no se me entiende, una decisión por la literatura, y no por la escritura memorialista. Por el arte, porque él estaba convencido de que solo allí se podía grabar y registrar lo ocurrido en los campos

AH: Pero esa no concesión en aquella época en Hungría fue una lucha.
AK: Era casi imposible lo que él pretendía, solo se podía “contar” lo ocurrido.

AH: Él dijo: “Mientras Hungría no quiera saber, no quiera asumir, y haga su autojustificación victimista, mientras no haya una conciencia húngara de las deportaciones, yo, autor del Holocausto, no puedo ser húngaro”. Esa posición política marca una ética. Hoy supuestamente las literaturas son políticas, hoy en plena politización de la escritura, la paradoja que veo es que no determinan una posición ética.
AK: Es que la politización de las literaturas hoy es precisamente lo limitante, porque se sitúan dentro de un espectro, de un rango. Kertész no se situaba dentro de ningún partido político, su eje está en la decisión por el arte y nunca dejar atrás la búsqueda del lenguaje de la experiencia, no dejarse avasallar por un lenguaje artificial, no dejarse avasallar por el lenguaje de la cultura de masas que habla del Holocausto, por ejemplo, aunque él use esa palabra, pero ese nombre sacro no refleja en absoluto lo que realmente ocurrió y él es consciente de ello.

ASE: Cuando decís que tomó el camino del arte es un poco proustiano, ¿él tenía elección? Era eso o liquidarse, volverse loco. Kertész opta por una ética invivible.
AK: Otros también se decidieron por la literatura, en el caso de Celan, de Jean Améry. Justo los suicidados. Kertész le dio muchas vueltas al suicidio.

ASE: En Liquidación dice: “El estado siempre financió la literatura para liquidarla”. Al final es lo que hizo el Estado con la sucesión de su obra.
AK: Eso es algo que me duele mucho, me duele no haber sido yo más decisivo en ese momento. Haber dicho: esto no es lo que se habló, era crear una especie de comité, de grupo que se ocupara del legado. Pero intervino una fundación en los últimos días de la vida de Magda [Ambrus, su viuda], le hicieron firmar un contrato y cedió todos los derechos a esa fundación. Ya no queda ningún hilo que una el legado de Kertész, conocedores de su obra, cercanos a él, con la institución.

AH: Hay algo como un trauma ético, un destino trágico finalmente, en que su obra esté en manos del oficialismo, del gobierno, del nacionalismo, todo lo que él y su escritura han combatido.
AK: Pero en sus últimos años de vida, al final, él se dejó llevar, y no hizo nada para evitarlo. Como cuando recibió el premio a la máxima condecoración de Hungría, no recuerdo su nombre, y ahí hubo bastante sufrimiento, hubo gente que se distanció de él, como su amigo el pianista András Schiff, que le escribió una carta en la que rechazaba que aceptara ese premio y cortaba la relación.

AH: Yo no sé si llamar a Kertész un autor anticontemporáneo por su lucha contra la victimización, esta lucha contra la tergiversación. Él había dicho algo como: “Si los personajes que escribimos son solo víctimas, son totalitarios porque se les sustrae la voluntad”.
AK: Él rechazaba la palabra víctima, la consideraba una palabra de la cultura de masas, que no reflejan con precisión lo que realmente ocurrió.
AH: Una distancia enorme con la utilización de la palabra victima hoy en la literatura.
AK: Hay que leer mil veces el final de Sin destino y de Kaddish, ahí está la radicalidad mayor, analiza y refleja y ayuda a la persona que se quiere ver a sí misma con radicalidad, sin concesiones. Yo creo que es un tipo de escritor que ve el final cuando escribe: si realmente hay composición, sabes a dónde vas. En Kaddish todo el in crescendo, desde el NO, como el comienzo de la Heroica, No, No, todo hay que mirarlo desde el punto de vista musical, y luego los dos clímax, dije a mi mujer, dije a mi mujer, No, todo eso es musical.

AH: Céline decía que el oficio del escritor se paga con la muerte. Es casi una labor carcelaria. Hay algo hoy en esta Europa que vivimos sin épica, de decadencia, sin grandiosidad, como un clima pretotalitario.
AK: Ese clima es el de Fiasco. Lo que va a pasar ya está allí.

ASE: Al final siempre es una relación con el tiempo. Proust, por ejemplo, elije la literatura antes que la vida, o la vida en la literatura. Kafka también tenía una visión profética respecto del tiempo, como se puede leer en una carta que le escribe a Milena de 1922. El ser humano, escribe, siente lo “fantasmagórico” en la humanidad y los seres humanos; para luchar contra esa especie de vampirismo, lo espectral, se mandan cartas. Pero el mensaje ya no llega al destinatario, llega vacío, no llega, la caída está consumada y el mundo está poblado de fantasmas que “beben los besos escritos hasta la última gota”. “Los fantasmas no morirán de hambre pero nosotros pereceremos”. Kafka ya había vislumbrado esa alineación del tiempo que estamos viviendo con la comunicación rápida, esa relación infectada que tenemos con el tiempo. En Sin Destino, Imre Kertész descompone minuto a minuto, quizás porque él también sentía que su tiempo estaba contado. Cada minuto era vivido como un indulto.
AK: Claro, exacto, lo más sencillo que te puedo decir de su obra es cómo vivir con la experiencia de Auschwitz a cuestas. Así de sencillo, y eso es “no vivir”. Él a veces, eso también lo dice en El espectador, y también en Kaddish, está agradecido por haber tenido esa experiencia tan grande que lo distingue, lo diferencia de otras personas
AH: Esa incongruencia es su singularidad.

ASE: ¿Y esa es la felicidad de la que habla al final de Sin destino?
AK: Bueno yo creo que ese es un tipo de felicidad. Ocurre que tú estás un año en ese lugar, en algún momento sientes felicidad, por algo, y eso hay que decirlo.

ASE: Sí pero Jean Améry, por ejemplo, en ese texto impresionante que es En las fronteras del espíritu, cuenta el sentimiento de euforia que vivió el día en que tuvo la ocasión o la “suerte” de poder comer sémola en Auschwitz. De repente sintió como una euforia muy intensa, pero rápidamente se empezó a dar cuenta de lo sospechoso, lo dudoso que tenía ese sentimiento de felicidad que al final se degradó.
AH: Jean Améry fue más lejos que Kertész. Desconfía incluso de ese minuto.
AK: Bueno en Améry está este otro factor, la pérdida de confianza en el mundo. Escribió un texto sobre la tortura. Allí dice que una vez que fue torturado pierde la confianza en el mundo, mientras que en Kertész esa confianza no estaba y estaba a la vez. A Kertész siempre lo vi como una persona de dos caras, pero no en el sentido abstracto como Dr. Jekyll y Mr Hyde, no, ¡yo lo veía! Estábamos aquí sentados, él se reía, y de pronto le veía la cara y se le había ensombrecido, pero se le había ensombrecido de verdad, porque tenía esa otra cara. Había confianza, alegría y vitalidad en él, y luego al mismo tiempo esa otra cara que era pura sombra.

AH: A mí lo que me impresiona es la frase que leíste hoy, que leímos en el tren. Bueno, obviamente que la tradujiste vos, Adán: “de Sócrates a Heidegger […], la cultura europea no vale nada sin la sombra del Holocausto, porque es esta sombra que mantiene con vida. ¿Qué? La Ley.” Ley con mayúscula. ¿Qué Ley?
AK: La ley ética. Quiere decir que, desde la experiencia del Holocausto y de su rescate en la literatura, en el ensayo, etc., en la conciencia de los pueblos donde hay un consenso en torno a que aquello fue un crimen, ese hecho constituye un eje para la Ley, para la ética, el Bien y el Mal, distinguir lo que es bueno de lo que es malo. Eso en los años 90 él lo veía así. Yo creo que al final ya no lo veía tanto. Yo noté que fue cambiando, porque veía que la tendencia del mundo iba a peor. Él tuvo esperanza y al final quizás ya no.

AH: Te uso de profeta ahora, o de oráculo. Yo lo que observo de Europa, soy judía, hace 15 años que vivo en Francia, pero también he ido a Varsovia, a Bucarest, es que esa consciencia de la que él habla, que se logró y se “reparó” entre comillas tardíamente en Francia, está disminuyendo, se está desmoronando, deshaciendo, si es que no cayó del todo. Y no solo por atentados antisemitas, decapitaciones o ataques, sino porque queda patente en el discurso, es sombrío.
AK: Yo creo que él intuía que esto podía pasar.
AH: Pero ¿cómo se puede escribir, no? Porque él decía que escribe con esa consciencia.
AS: Tenía cierto humor.

AK: Bueno, ya saben que él escribía comedias musicales, eso es impresionante. Pero él no quería saber nada con eso, cuando se lo mencioné alguna vez no quería saber nada. Pero eso es extraordinario, porque uno dice Sin destino, o Fiasco, pero están las comedias… porque incluso, yo tengo apuntado alguna cosa, algo escribiré al respecto. Es decir, cuando él empieza a pensar en Sin destino, uno de los primeros títulos es “Vacaciones en el campo de concentración”. Que algo de eso hay en Sin destino. Y para mí, ese es el título de una comedia musical. Ese título le vino porque él estaba escribiendo comedias musicales.

ASE: La escritora y sobreviviente húngara Edith Bruck trabajó en teatros y cabarets, como actriz y bailarina. Se las tuvo que arreglar como pudo con sus traumas.
AH: Sus traumas en el cabaret.
AK: Él llegó a decir que eso lo salvó del suicidio, el hecho de vivir en una dictadura. Bajo la dictadura comunista, las heridas de guerra o los traumas de los sobrevivientes no eran tomados en cuenta, los campos de exterminio no eran nombrados como tal, eran “campos donde se liquidó a antifascistas”, la versión oficial era esa, no se hablaba de la deportación de judíos. Todo ese mundo en el que él se formó y se constituyó como escritor lo salvó del suicidio. Y por eso los que estaban en Occidente, con Jean Améry, Primo Levi, Paul Celan, Zweig, Marai, etc., se suicidaron.

AH: Eso es cierto, se suicidaron casi todos. Él estaba ahí con el veneno, pero no lo hacía, no pasaba al acto. Y también Ingeborg Bachmann, es otra cosa.
AK: Ella no se suicidó. Yo lo que sé, de fuente bastante cercana porque soy muy amigo de una amiga de ella, que por cierto fue quien me dio a conocer a la obra de Kertész, Christine Koschel, que luego fue la que se encargó del legado de Ingeborg Bachmann, dice que la muerte de ella fue un accidente. Ella estaba muy medicamentada, porque tomaba todo tipo desustancias, y eso fue lo que precipitó la muerte. Prendió un cigarrillo y se quedó dormida, se incendió la cama.

AH: No sé por qué nunca aprendí piano, ¿vos aprendiste?
AK: Aprendí piano, pero después lo dejé, curiosamente cuando me fui a Viena. Qué paradoja, lo aprendí en Chile, pero cuando llegué a Viena estaba muy agobiado por todo el cambio, tener que aprender alemán, y entonces lo dejé. Y después tuve un tiempo en el que quería volver, iba a la Academia de música, pero al final preferí la lengua y la literatura

AH: Para sortear la gran censura estalinista, los escritores cruzaban la frontera con los manuscritos, se aprendían de memoria las obras. Pero otra cosa eran los pianistas, que tenían que sortear la censura, pero tocando. Estaba el terror también cuando tocaban, la mano suspendida sobre las notas, justo antes de empezar el concierto, imagino en las butacas del fondo a los agentes secretos.
AK: Pero por ejemplo Grigory Sokolov, de alguna manera, se formó en ese mundo. Yo escuché a Mravinsky con la Filarmónica de Leningrado cuando todavía se llamaba la Filarmónica de Leningrado, y Mravinsky era una cosa extraordinaria, una sonoridad, una seriedad. Eso también Kertész lo dice, lo que se ha perdido es la seriedad. Es algo que me llama siempre la atención, se ha terminado la seriedad… lo que no quiere decir que no haya humor, pero es otra cosa diferente.

ASE: Porque va en contra del divertimiento. Leyendo un ensayo del húngaro Lázló Földenyi, que tradujiste por cierto, sobre la relación entre arquitectura y totalitarismo, arquitectura y muerte, pensé en Jean Améry. En En las fronteras del espíritu decía que lo vivido era una experiencia estética también. En Auschwitz uno ya no contaba con una experiencia estética de la muerte. Percibía realmente hasta qué punto la estética es importante en las representaciones que acompañan cada etapa de la vida, y ahí era una experiencia brutal que arrasaba con todo lo que uno podía conocer antes, como un gran teatro. Y lo dice Kertész en Sin Destino: esos veinte minutos desde la bajada del tren, cuando todavía llegan con todo su bagaje cultural, se bajan del tren, pasan la selección y en veinte minutos ya tienen el traje puesto y ya forman parte de ese teatro. Los espacios de la muerte viviente: Kafka, De Chirico y los demás, el ensayo que tradujiste del húngaro Lázló Földenyi, habla de una relación con la arquitectura y esa pretensión que tienen las civilizaciones en querer crear ciudades ideales, y advierte que en ese ideal o en ese plano arquitectónico hay un componente mortífero. Hoy pasamos bastante tiempo con la cara hundida en el celular viviendo una experiencia estética donde la vida también se diluye. Cuando decíamos dentro del arte que hay una posibilidad de salvarse o de vivir o de ser, bueno es una forma de resistencia, en realidad.
AK: Es una forma de resistencia, así es. Y hasta qué punto quedas inerme si te sales de esa resistencia y quedas totalmente expuesto, vendido, cuando te sales de allí. Y a todos nos pasa, porque de pronto nos salimos, porque no estamos eternamente resguardados por el arte o por esa dedicación y en ese momento quedamos expuestos. Hay que ser conscientes.

ASE: Pero en la música es distinto, cuando uno va a un concierto está totalmente tomado. Por ejemplo Wagner, que vos decís que no lo soportabas, pero Imre Kertész sí lo soportaba.
AK: A Imre le gustaba, era muy wagneriano, iba a la ópera y sí le gustaba. En Wagner no sé lo que le gustaba, aunque me explicara trescientas veces, nunca llegué a entenderlo. Yo creo que era esa grandeza, esa opulencia, era cosa para mí ampulosa, pero al mismo tiempo era la conversión de todo en arte. La concepción de Kertész del arte tiene un poco de la concepción del siglo XIX.
ASE: Es El mundo de ayer del que habla Stefan Zweig.
AK: Sí, viene un poco de allí. Pero transformado por la experiencia de Auschwitz. Ya no podía ser lo mismo, eso es así. Todo lo que escribimos ya no puede ser lo mismo desde entonces.

jueves, 30 de septiembre de 2010

"La indefinición se extiende por todo el edificio del lenguaje"

El traductor chileno Adan Kovacsics (foto), viejo conocido de este blog, ha publicado el siguiente artículo en El Trujamán del 27 de septiembre pasado.

Traduciendo del húngaro 


No hace mucho, en la presentación de un libro, el escritor húngaro Péter Esterházy se refirió a su lengua como laza, es decir, laxa, suelta, flexible, no rígida; también se la puede definir como ambigua, indefinida, flotante. Una de sus características es, por ejemplo, que los nombres y los adjetivos carecen de género, como el inglés. De ahí que el autor pueda hablar de un gyerek, un niño, un muchacho, una niña, una muchacha, sin que se conozca su sexo. Y puede decir de ella o de él que es szép, es decir, guapa o guapo, bella o bello. Esto ha provocado más de un quebradero de cabeza a los traductores, hasta el punto de que alguno ha llamado al escritor para preguntarle: ese gyerek al que usted menciona, ¿es masculino o femenino? En muchos casos ni el propio autor lo sabe. Además, la tercera persona singular, o, también puede ser él o ella. Y tal ambigüedad es aprovechada a veces de forma consciente y da pie a grandes textos en la literatura, como El paseo de Attila Bartis, donde casi hasta el final no sabemos a qué género pertenece ese personaje adolescente que está narrando.

La indefinición se extiende por todo el edificio del lenguaje y toca elementos medulares de las obras literarias de tal manera que, por ejemplo, a menudo no se consigue distinguir entre el relato propiamente dicho y el monólogo interior del personaje: «Amodorrado, volvió a sumirse en la dulce duermevela. Debe de ser tarde, ¿qué hora será? Las diez quizá. Estas mañanas de principios de noviembre son engañosas», escribe Zsigmond Móricz en la primera página de su novela Rokonok (Parientes), un clásico de la literatura húngara.

La ambigüedad aparece igualmente en los tiempos verbales, que en sí son bastante sencillos (pretérito, presente y futuro; las complejidades se guardan para otros aspectos del sistema verbal), pero que precisamente por eso flotan y van pasando de forma continua del pretérito al presente y viceversa en las narraciones. Cualquier texto narrativo se traslada en diez líneas varias veces de un tiempo al otro, aunque, de hecho, todo transcurra en el pasado. Abro un libro al azar: Emberszag (Olor a hombre) de Erno Szép. El pasaje que encuentro se refiere a la situación posterior al atentado contra Hitler en julio de 1944. Lo traduzco literalmente: «Pudimos leer cuántos militares alemanes de alto rango fueron detenidos y cuántos condenados a muerte. Nos daban pena esos alemanes; eran nuestros muertos, también querían liberarnos a nosotros. Toda la casa, toda la calle Pozsony, se echa, pues, a correr a la embajada sueca y hace luego el camino de regreso. Hay que rellenar formularios y hacerse fotografías. La radio inglesa queda, una vez más, como única esperanza, como única fuente para coger fuerza. La posibilidad de acceder a las noticias inglesas es realmente una bendición infinita de la casa. Y luego nos sumimos todos los días en la lectura de los mapas, el ruso, el italiano, el francés. Los rusos se encuentran todavía lejos. El señor T. alberga la ilusión de que, si no llegan los rusos, pueden venir los ingleses procedentes de Italia… Los demás judíos sufrientes no eran unos estrategas tan grandes; esperaban aquella emisión inglesa de última hora de la noche con tremenda impaciencia en la casa: ¿están más cerca ya los rusos?».

¿Es todo esto exclusivo de la lengua húngara y de otras similares? Abro al azar un libro, esta vez escrito en castellano. Son los Artículos de Mariano José Larra. El autor habla del «castellano viejo»: «Echóme las manos a los ojos y sujetándome por detrás: “¿Quién soy?” —gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura—. “¿Quién soy?” “Un animal irracional” —iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser y, sustituyendo cantidades iguales—: “Braulio eres”, le dije. Al oírme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle y pónenos a entrambos en escena».

No está tan lejos como parece una lengua de la otra.

jueves, 21 de enero de 2010

Una literatura condicionada en el extranjero por la actividad de los traductores


Es una verdad de Perogrullo señalar que los traductores son los verdaderos responsables de la circulación de los autores traducidos. Sin embargo, en el caso de las lenguas minoritarias, se trata de una evidencia absoluta. El siguente artículo de Judit Xantus (actualizado por Éva Cserháti) y reproducido en la página de Internet dedicada a Miklós Szentkuthy, ofrece una evidencia palmaria.

La presencia de las letras húngaras en España

Prehistoria
Zoltán Rónai –escritor, periodista y traductor– que vivió en Madrid, en su estudio La traducción de la literatura húngara (1920–1970) habla sobre los comienzos de la presencia de las letras húngaras en España debido a la labor de Olivér Ferenc Brachfeld (Barcelona) y Andor Révész (Madrid), dos literatos que consiguieron despertar el interés por la literatura húngara.

Andor Révész llegó a España en 1915, y desde los años veinte contribuyó a la publicación de varios libros húngaros, a veces como traductor, otras veces como redactor de antologías. Olivér Brachfeld vivió en Barcelona desde 1929, donde ejerció una actividad espectacular como traductor, editor, escritor y ponente. Fue el traductor de la mayoría de las novelas de Lajos Zilahy que tuvieron mucho éxito y llegaron a ser muy populares en la España de principios del siglo XX. Lajos Zilahy es el único autor húngaro que tuvo la suerte de poder publicar las obras completas en la colección Clásicos del siglo XX de la editorial Plaza y Janés que comenzó esta nueva serie precisamete con los libros del famoso húngaro. [Sobre la actividad de Olivér Brachfeld véase el artículo de Eloi Castelló "Literatura hongaresa en català".]

Otro autor popular fue László Passuth que formaba parte del catálogo de Caralt y Noguer entre los demás escritores húngaros como Gábor Vaszary, Tibor Déry, Ferenc Herczeg, László Németh, Júlia Székely, Sándor Török y la recientemente redescubierta Magda Szabó. La novela de mayor éxito de Passuth sin duda fue El dios de la lluvia llora sobre Méjico, publicada por primera vez en 1946, que hasta 1990 tuvo 20 ediciones. El libro se hizo tan popular que la editorial El Aleph en 2003 encargó la retraducción del texto, esta vez del original húngaro, a Judit Xantus, para eliminar los errores y las huellas de la censura franquista.

A las obras de Sándor Márai les tocó el mismo destino. En la primera parte del siglo pasado se editaron media docena de novelas de él, pero su reconocimiento llegó en los años noventa con traducciones de la lengua original. Aunque había traductores que practicaban el húngaro como Zoltán Rónai, M. A. de Orbók, Loly R. de Feigler, Román Ernesto Ivándy, Andrés Kramer y dos españoles: Javier Carballo y José Sánchez Toscano, muchas obras fueron traducidas de terceras lenguas. Tal vez algunas obras eminentes, como La historia de mi mujer de Milán Füst o Escuela en la frontera de Géza Ottlik, no tuvieron eco por culpa de la traducción indirecta.

Historia reciente
Es importante destacar que la presencia de la literatura húngara en España, y en todo el mundo, está condicionada por la actividad de los traductores. En los últimos años gran parte de las obras húngaras recién publicadas en España son traducidas del idioma original (desgraciadamente hay excepciones a pesar de la disposición de traductores excelentes). Los traductores profesionales más importantes de la última década han sido Judit Xantus, Adan Kovacsics, Eloi Castelló y Mária Szijj. La muerte de Judit Xantus (2003) promotora de la literatura y de la traducción al castellano, y de Eloi Castelló (2007), traductor catalán, son pérdidas muy dolorosas para la cultura húngara. Sin embargo, da esperanzas el resurgimiento de una nueva generación de traductores jóvenes, casi todos alumnos de Judit y de Eloi, como José Miguel González Trevejo y Éva Cserháti que traducen al castellano, Dóra Bakucz al catalán y Fernando Castro de García al gallego.

Adan Kovacsics nació en 1953 en Santiago de Chile. Se licenció en Filología Rumana e Inglesa y en Filosofía, en la Universidad de Viena donde terminó el doctorado en 1979. Desde 1980 vive en Barcelona, traduce del alemán (entre muchas, las obras de Theodor W. Adorno, Christopher Alexander, Walter Benjamin, Thomas Bernhard, Heinrich Böll, Paul Celan, Johann Wolfgang Goethe, Hannah Arendt, Martin Heidegger, Karl Jaspers, Ödön von Horváth, Franz Kafka, Karl Kerényi, Joseph Roth y Stefan Zweig) y del húngaro. Es el traductor del premio Nobel Imre Kertész (excepto la obra Sin destino). Su especialidad es la literatura contemporánea: Imre Kertész, Attila Bartis, Ádám Bodor, László F. Földényi, Gyula Illyés, László Krasznahorkai, György Konrád y Péter Nádas.

Judit Xantus nació en 1952 en Budapest. Hizo la licenciatura de Filología Hispánica y Francesa en la Universidad ELTE de Budapest, y comenzó su carrera como traductora del castellano al húngaro de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, José Donoso y de Jorge Ibargüengoitia. Llegó a España el 1985, y fue traductora de Sándor Márai, Dezső Koszotolányi, Antal Szerb, Gyula Krúdy, László Passuth, Miklós Szentkuthy y Péter Esterházy.

Mária Szijj nació en Budapest pero pasó su infancia y primera juventud en España. Se licenció en Filología Hispánica e Inglesa. Ha trabajado para varias revistas y organizaciones como traductora oficial y literaria. Hizo traducciones de literatura contemporánea y clásica: de Sándor Márai, Péter Esterházy, Dezső Kosztolányi, János Székely, Géza Csáth, Frigyes Karinthy y Ervin Lázár.

Eloi Casetlló nació en Tarrega en 1972, fue licenciado en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona en 1996, donde se doctoró. Entre 1998 y 2001 trabajó de lector en la Universidad ELTE de Budapest y en la Universidad de Szeged. Fue el traductor al catalán de Sándor Márai (L’última trobada, L’heréncia d’Eszter, Divorci a Buda, L’amant de Bolzano, La dona justa y La germana) de Imre Kertész (Liquidació, Kaddish pel fill no nascut y Jo, un altre), de Magda Szabó (La porta) y de Dezső Kosztolányi (Anna Édes).

La presencia cada vez más intensiva de la literatura húngara se debe a tres factores. En 1999 Hungría fue el país invitado en la Feria de Libros de Francfort, y por este motivo el Ministerio de Cultura húngaro dio subvenciones para la traducción (ahora es la Fundación Húngara de Libro la que a base de convocatorias, subvenciona la traducción de obras húngaras a lenguas extranjeras).

El segundo factor que dio un empujón a la traducción de la literatura húngara es el redescubrimiento de las obras de Sándor Márai a finales de los años noventa, o lo que ahora llamamos “el fenómeno Márai”. En España la Editorial Salamandra compró los derechos de la obra completa y cada año publica uno o dos tomos del popular autor húngaro. El Premio Nobel de Imre Kertész consolidó la situación de las letras húngaras en Europa. La editorial el Acantilado sigue publicando sus obras en castellano y en catalán.

Las editoriales españolas que publican autores húngaros se sienten motivadas para arriesgarse con una cultura minoritaria por diferentes razones. El caso de El Acantilado es el más ejemplar dado que en su catálogo se encuentran varios autores contemporáneos. El director Jaume Vallcorba consulta a menudo con el traductor Adan Kovacsics, y confiesa ser aficionado de las obras de Ádám Bodor, Imre Kertész, László Krazsnahorkai y Attila Bartis. La edición de las obras de Sándor Márai no se debe a una casualidad. Sus libros fueron reeditados primero en Italia, donde tuvo un éxito inesperado.

Alianza parecía acoger las obras del autor húngaro más popular en su país, Péter Esterházy. Sin embargo, sus libros no son bien recibidos en España, se vende muy poco. Las novelas de György Konrád, igualmente famoso en Hungría, tampoco parecen tener mucha suerte. (Galaxia Gutenberg editó las últimas traducciones.) Siruela, la editorial madrileña, fiel a sus principios es la editorial de algunas joyas de la literatura húngara. Gracias a la recomendación de Javier Marías han publicado dos libros de Miklós Szentkuthy, y varias novelas de Antal Szerb. Otro novelista clásico de gran renombre, Dezső Kosztolányi ha sido editado por Ediciones B, y en catalán por Proa y RBA.

Existen varias editoriales pequeñas que de vez en cuando publican literatura húngara como Minúscula (Gyula Illyés, Károly Pap), El Nadír (Géza Csáth), y otras grandes que aprovechan para publicar libros que tuvieron éxito en el extranjero como La puerta de Magda Szabó editado por Mondadori y RBA.

La lista es muy larga y cada año se publican entre 6 y 10 libros de autores húngaros. Desde 2003 se nota un interés cada vez más fuerte por parte de las editoriales que se debe en gran parte al legado cultural de Judit Xantus y a los nuevos traductores húngaros.

Los talleres de traducción húngaro–castellano
en la Casa de Traductor de Balatonfüred

Motivada por el interés de las editoriales españolas, Judit Xantus organizó en 2003 el primer taller de traducción en Balatonfüred. Su objetivo era enseñar y ayudar a traductores profesionales del castellano al húngaro, a atreverse a traducir al castellano aunque no fuera su lengua materna. La traducción de la literatura húngara está limitada por el hecho de que hay muy pocos bilingües o hispanohablantes que tengan el nivel necesario de las dos lenguas.

El primer taller tuvo mucho éxito, y aunque Judit Xantus falleció el septiembre siguiente, los traductores siguen organizando los talleres, dirigidos en los últimos años por Adan Kovacsics y patrocinado por la Casa de Traductor.

2003

Dirigido por: Judit Xantus y Ángel Abad

Participantes: Kinga Atzél, Dóra Bakucz, Éva Cserháti, Ágnes Csomós, Anna Győri, Andrea Imrei, Yvonne Mester, Eszter Orbán, Márta Pávai Patak, Miguel Ángel Peláez Navarrete, Ágnes Stieger, Mária Szijj, Tünde Tompa

Invitados: Péter Esterházy (escritor), Mercedes Monmany (crítica literaria), Dóra Károlyi (Fundación Húngara de Libro)

Autores traducidos: Péter Estreházy, István Örkény, Dezső Kosztolányi, Sándor Márai

2004

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: Kinga Atzél, Dóra Bakucz, Éva Cserháti, José Miguel González Trevejo, Anna Győri, Andrea Imrei, Márta Komlósi, Yvonne Mester, Krisztina Nemes, Eszter Orbán, Márta Pávai Patak, Miguel Ángel Peláez Navarrete, Ágnes Stieger, Mária Szijj, Tünde Tompa

Invitados: Ádám Bodor (escritor), Susana Andrés (Ediciones B), Zsuzsa Takács (poetisa)

Autores traducidos: Miklós Radnóti, János Pilinszky, Dezső Kosztolányi. Imre Kertész

2005

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: Éva Cserháti, José Miguel González Trevejo, Yvonne Mester, Márta Pávai Patak, Mária Szijj, Eija Horváth, Rita Juhász

Invitados: Mercedes Monmany (crítica literaria)

Autores traducidos: Ernő Szép, János Pilinszky, Attila Bartis

2006

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: Éva Cserháti, José Miguel González Trevejo, Yvonne Mester, Eszter Orbán, Márta Pávai Patak, Mária Szijj, Veronika Major, Judit Krasznai, Miguel Ángel Peláez Navarrete

Invitados: Juan de Sola (El Acantilado), László Krasznahorkai (escritor)

Autores traducidos: László Krazsnahorkai

2007

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: José Miguel González Trevejo, Veronika Major, Yvonne Mester, Márta Pávai Patak, Mária Szijj,

Invitados: Jauma Vallcorba (El Acantilado), Attila Bartis (escritor)

Autores traducidos: Attila Bartis