Mostrando entradas con la etiqueta Traducción de la Biblia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Traducción de la Biblia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de marzo de 2024

"La Biblia suele ser utilizada a menudo por los políticos de hoy, no importa de qué signo, pero no hay que esperar de ellos la exquisitez de un Sarmiento o de un Del Valle, o la sorna de un Wilde"

El pasado 18 de marzo, Lautaro Ortiz publicó un artículo y entrevista en el diario Página 12, de Buenos Aires, a propósito de la labor de Juan Carlos Sánchez Sottosanto, investigador sobre las distintas lecturas que tuvo la Biblia en la Argentina. En la bajada se lee: "El investigador explica que las Escrituras estuvieron siempre ligadas a la trama histórica del país. Y propone desenredarla, desde la Revolución de Mayo a Milei".


La Biblia en la historia argentina

Bajo el título “Historia de la Biblia en Argentina” el investigador Juan Carlos Sánchez Sottosanto asumió hace años el desafío de inventariar los modos en que se leyeron las Escrituras en los distintos períodos de la historia política de nuestro país y, a partir de ahí, realizar un análisis de las diversas tramas que se entretejen entre el Estado y la sociedad. “Mi interés --explica-- está puesto en cómo se leyó la Biblia en mayo de 1810, cómo se leyó durante la Generación del 80, cómo la leyeron los torturadores y los torturados, cómo lo hizo Lugones, Borges, y hasta una banda de rock como Vox Dei”.

Este novedoso trabajo indaga, al mismo tiempo, en la historia de las traducciones nacionales de la Biblia (sea del texto completo o libros sueltos como los Evangelios o los Salmos), en los aciertos y dudas de los traductores, y en el rol de las editoriales en los distintos marcos de procedencia: el catolicismo, el protestantismo y el judaísmo. “Nunca se había intentado un catálogo comentado de las traducciones vernáculas y puedo asegurar que son muchas, muchas más de las pensadas. Yo fui el primero en sorprenderme al ver el corpus de trabajo”, comenta el investigador de la Biblioteca Nacional, que es además licenciado en Ciencias Sociales con estudios de posgrado en teología en el ex Isedet: “Mi trabajo es el primero que se realiza sobre el tópico de la Biblia en la Argentina. Claro que no puedo dejar de mencionar la labor de Arnoldo Canclini, historiador evangélico bautista, que solo se extiende hasta 1853. Canclini tiene una mirada providencialista, como creyente. Yo, en cambio, no puedo admitir la intervención divina como variable histórica. Digamos que lo mío no sólo es más ambicioso, porque cubro un período que va desde el Virreinato hasta casi nuestros días, sino porque indago en una gran diversidad de bloques de sentido”, agregra y luego responde:

--¿Cómo definiría a la Biblia?
--Como un conglomerado de libros que la tradición judía primero y la cristiana después han considerado que están por encima del resto de los libros. Me gusta hablar en plural, porque ya la Biblia es una palabra plural en griego, y porque verla como una suerte de pequeña biblioteca te desalienta a pensarla como un monobloque de sentido, que es como la entienden los fundamentalistas. Mi trabajo se centra en cómo esos libros fueron leídos y recortados a través del tiempo en nuestro suelo, y dotados de viejos y nuevos significados. Ahora, si me sacás de la investigación y me preguntás qué es para mí la Biblia, te respondería con algo que alguna vez le escuché a mi profesor de griego del Nuevo Testamento: la Biblia no es la palabra de Dios, sino la palabra del hombre, de un grupo de hombres, hacia Dios, dirigida a Dios. Una búsqueda --no un hallazgo-- de la Trascendencia.

--Borges llamaba a la Biblia “el único libro inspirado”.
--Borges decía, medio en serio y medio en broma, que el Espíritu que había inspirado la Biblia había devenido en nuestra época en una mitología más triste, el inconsciente del psicoanálisis. También le gustaba citar a Shaw y decir que todo buen libro está en realidad “inspirado”. Pero una de las últimas cosas que prologa antes de morir son las magníficas versiones de Fray Luis de León del Cantar de los Cantares y del Libro de Job.

--¿Cuáles son, entonces, las coordenadas que estructuran su investigación?
--Voy a hacer una gran simplificación, y debe entenderse como eso, una simplificación. Hablemos de siglos, al modo de Hobsbawm. Él te mete un XIX largo, que iría desde 1789 y las grandes revoluciones hasta 1914, y un XX corto, que va del 14 hasta la caída de la Unión Soviética. Bien, en el caso de la Argentina yo estiraría un poco más el XIX hasta pisar casi los años 30. Si aceptamos ese marco, te diría que en el XIX la Biblia estuvo ligada al liberalismo: no al conservadurismo, sino al sector liberal de las élites letradas --hay que tener en cuenta que el público lector en general, y el de la Biblia en particular, era mínimo. En cambio, en el XX, la Biblia gira hacia los intereses del nacionalismo, o mejor dicho, de los nacionalismos. Lo paradójico puede parecer que el liberalismo, al que uno sospecha ligado a actitudes deístas o incluso ateizantes, haya que ponerlo como un “amigo” de la Biblia. La paradoja deja de serlo cuando se comprende que la Ilustración, en el Plata, se vive a través del tamiz de la Ilustración española, que nunca fue ateizante, y que creía, por ejemplo, que el catolicismo debía despojarse de la superstición y del ritualismo pomposo del Barroco, es decir, volverse más ascético, más despojado.

--Volver a las fuentes...
--Exacto, porque volver a las fuentes es siempre un pensamiento mítico, un tornarse hacia una suerte de paraíso perdido; esas fuentes perdidas eran la Biblia y el biblismo del Siglo de Oro. Entonces, a fines del XVIII, los ilustrados españoles se vuelcan hacia la Biblia, y surgen al menos dos traducciones completas y muchísimas parciales. Esa ola llega al Río de la Plata, y repercute en personajes como Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia. Otros liberales, como el primer Sarmiento, alientan a las Sociedades Bíblicas anglosajonas, porque creen que la Biblia ha contribuido a la grandeza de esas naciones, típicamente protestantes. Una de las grandes sorpresas que me llevé fue encontrar que el primer libro bíblico impreso en la Argentina, un evangelio de Juan, bilingüe, inglés-español, fue impreso por orden de Rivadavia, el liberal laicista por excelencia. Y no para ser usado en la Iglesia, sino en la Universidad Pública, lo que hoy llamaríamos la UBA.

--Sarmiento también tradujo la Biblia...
--Claro, pero tradujo un compendio de los evangelios para que las escuelas chilenas accedieran a las fuentes bíblicas y no a catecismos que aterrorizaran a los niños. Ya en la vejez y habiendo él mismo contribuido a la eliminación de la enseñanza religiosa en las escuelas, hará un análisis muy lúcido sobre el papel de la Biblia en el surgimiento de los Estados Unidos, un estado laico y religioso al mismo tiempo, pero religioso no por imposición del Estado. Aunque no lo creas, Sarmiento llega a conclusiones muy parecidas a las del joven Karl Marx, cuando habla del estado burgués modelo, en el que la religiosidad no se pierde, pero ha pasado a la esfera del individuo. En pocas palabras, Sarmiento en particular, y muchos liberales en general, concebían la Biblia como elemento civilizador, y ahí estaban los países protestantes y capitalistas para demostrarlo, con su eterno apego a la Biblia, y también los países católicos, mucho más atrasados por entonces, y para los cuales la Biblia no era un elemento cotidiano como para los protestantes. Lo importante de todo esto es ver cómo un texto necesariamente polifónico, contradictorio, fruto de siglos de composición, canonización, traducción y hermenéuticas varias, produjo lecturas creativas por parte de todos los bandos imaginables.

--¿Por ejemplo?
--Hablemos de la ley de matrimonio civil en Argentina. El matrimonio era uno de los últimos bastiones a defender por parte de la Iglesia Católica, que ya venía perdiendo unos cuantos. Llega el año 1888 y se presenta el proyecto. Los legisladores católicos ponen el grito en el cielo y utilizan como argumento la sacralidad del matrimonio. Se presenta el ministro del Interior, el inefable Eduardo Wilde, y les dice que él no va a hablar de la Biblia, ni de la costilla de Adán, ni del diluvio. Claro que como buen humorista y positivista, lo que hace es reírse de la Biblia, y hacer lo que supuestamente no iba a hacer, hablar mucho de los relatos que hoy llamaríamos míticos. Wilde se pregunta cómo hizo Noé para meter todos los bichos en el arca y evitar que los zorros se coman a las gallinas o los tigres a las ovejas, qué clase de conocimientos tuvo para reconocer el sexo de los moluscos, o poder clasificar a los microbios, como el del cólera. Y después sigue con los relatos más picantes, como el del incesto de las hijas de Lot o de muchas mujeres que tuvo Salomón. El escándalo fue mayúsculo; el obispo pidió un desagravio. Días después los diputados católicos se dedicaron a leer gruesos volúmenes explicando cómo fue que hizo para meter a todas las especies en el arca, cuántas pulgadas dispuso para cada especie. Los lagartos acá y las gaviotas allá. Fueron días y días ¡en una discusión sobre el matrimonio civil! Entonces llegó Aristóbulo del Valle, liberal también, pero a diferencia de Wilde decide utilizar la Biblia a favor del proyecto. Él demuestra que la Biblia nada dice sobre ceremonias religiosas de casamiento, que los pocos casamientos que se mencionan sólo consintieron en que el varón se llevara a la novia a su carpa o a su casa delante de testigos y listo. No hay huellas de oficio religioso matrimonial ni en el Antiguo ni el Nuevo Testamento. La ley se aprobó, no por supuesto por la opinión de Del Valle, pero lo que importa aquí es que la Biblia estuvo presente en grandes discusiones políticas argentinas hasta hoy.

--¿De qué manera los textos bíblicos están presentes en la discusión de la política actual?
--La Biblia suele ser utilizada a menudo por los políticos de hoy, no importa de qué signo, pero no hay que esperar de ellos la exquisitez de un Sarmiento o de un Del Valle, o la sorna de un Wilde. Por lo general son frases sacadas de contexto, aisladas, útiles al modo de un refrán o más recientemente, la brevedad que imponen las redes sociales, pero que por proceder de la Biblia otorgan un aura de sacralidad, de verdad profunda. Acordate de Menem usando la Biblia: “Siempre habrá pobres entre ustedes”. La frase es real, es de los evangelios, y es una percepción realista de Jesús sobre el fenómeno de la opresión, pero de ningún modo una excusa para no hacer nada por ellos, como diciendo que son un mal irreparables. Hace poco Javier Milei, antes de ser presidente, utilizó un pasaje del Antiguo Testamento, Primer libro de Samuel capítulo 8, para atacar el concepto de Estado. Y eso es, por supuesto, un anacronismo: nuestro concepto, que por cierto es liberal, de Estado Nación nace en el siglo XIX, mientras que lo que se discute en ese pasaje bíblico es el paso de tribus o ciudades libres a una monarquía, un fenómeno típico de la transición de la Edad de Bronce a la de Hierro.

--¿Qué situaciones curiosas encontró durante la investigación?
--Cuento una anécdota. A principios del XX, con la moda de los grandes estudios sobre la literatura medieval española y al mismo tiempo, los comienzos de la reivindicación nacionalista argentina de los valores hispánicos, en la UBA surge un proyecto de editar versiones medievales de la Biblia hechas al castellano antiguo. Versiones del siglo XIII o XIV, que nunca habían conocido la imprenta, y que se conservaban manuscritas en el Palacio del Escorial. Bueno, solo se editó el primer tomo, que abarca el Pentateuco. Ahora bien, si vas al Levítico en ese tomo, te encontrás con que la palabra “puta” aparece a cada rato. ¿Podés creer que es en esos pasajes de Levítico que por primera vez asoma la palabra “puta” en la lengua castellana? Lo dice el propio Corominas, en su Diccionario etimológico. Los traductores medievales quizás no estaban muy deconstruides, pero puritanos no eran...

--Y algunas de esas traducciones fueron censuradas...
--Sobre la censura, lo que a mí me llama la atención, sobre todo, son los casos de no censura en tiempos en que esperaríamos que sí existieran. Por ejemplo, en las primeras décadas del XIX, el catolicismo, por entonces no promovía la lectura directa de la Biblia salvo para las élites, y mucho menos la lectura de versiones cismáticas. Se condena entonces a las Sociedades Bíblicas protestantes y sus ediciones mientras los papas mismos redactan encíclicas condenatorias. En muchos países la persecución a estas biblias y sus distribuidores fue feroz: hubo muertes y quemas de Biblias. Era parte de la guerra de perros y gatos de estas dos grandes ramas de la cristiandad. En nuestro territorio eso no sucedió. Clérigos católicos como Castañeda, el Deán Funes, Segurola o Valentín Gómez ayudaron a los agentes de las Sociedades Bíblicas a distribuir biblias que el propio Papa había condenado. Eran lo que se llama “regalistas”, es decir, ponían al Rey, y más tarde a los distintos gobiernos patrios, por encima de Roma. Personajes tan disímiles como Facundo Quiroga o Sarmiento leyeron la Biblia de esas ediciones protestantes. Quiroga, de hecho, le firmó el pasaporte a uno de esos agentes. Ahora, censura, lo que se dice censura, aparece en la Dictadura del Proceso: el famoso caso de la Biblia Latinoamericana, a la que tildaron de “marxista” y cosas por el estilo, aunque tenía aprobación eclesiástica y sólo reproducía algunos de los aspectos más radicales de la doctrina social de la Iglesia post Concilio Vaticano II. Volaron librerías, volaron libreros, volaron catequistas y militantes sociales. Volaron en el peor sentido de la palabra. He visto ejemplares con sus imágenes recortadas: tenía imágenes de gente pobre, negra, morocha, indígena, en situaciones cotidianas, o imágenes de Luther King o de Hélder Câmera. Todo eso era visto como marxista y subversivo. En la otra punta ideológica, también fue censurada la Biblia de los Testigos de Jehová, a la que se conocía como “la Biblia verde” por el color de sus tapas. Los Testigos no saludaban la bandera o se negaban a hacer el servicio militar. Se los consideraba agentes del imperialismo yanqui. Como se sabe dentro de la Junta Militar había posiciones encontradas, desde las neoliberales pro yanquis hasta las nacionalistas de viejo cuño. Bueno, estas dos biblias eran imaginadas algo así como los dos polos de la “guerra fría”, el Kremlin y el Pentágono. Claro que no eran ninguna de las dos cosas.

--Para terminar, ¿por qué es importante una historia de los modos de leer la Biblia en Argentina?
--Hasta hace poco la historia “laica” no se ocupaba de la historia religiosa argentina Por otro lado las distintas iglesias, o movimientos nacionalistas, escribían la historia eclesiástica sosteniendo que la Iglesia era la pureza y el estado laico una porquería. El Instituto Ravignani escribió la primera, y la UCA la segunda. Ambas manifestaban una ignorancia espantosa: solo importaba la apología. Hubo excepciones, claro, pero sólo recientemente la historia laica se ocupó del terreno religioso como un campo de estudio sin el cual se hace muy difícil entender muchos acontecimientos: desde la Revolución de Mayo hasta la Dictadura pasando por el peronismo. Los modos de leer (o no leer) la Biblia tienen que agregarse a estos avances. La Argentina produjo más traducciones bíblicas que cualquier otro país de Latinoamérica: eso algo tiene que decirnos. Las primeras versiones de la Biblia al español realizadas por judíos en un país de habla hispana se realizaron aquí. Los tangos, las letras de rock, están atravesados por la Biblia: sólo hay que saber dónde arañar. Creo que hay un falso laicismo que combatir, tan peligroso como el chupacirismo. Y un falso progresismo. Al progre le hablás de la Biblia y te pone cara de trosko y te cita a Marx y que la religión es el opio de los pueblos. Bueno, la cita no es de Marx ni del Manifiesto comunista. Es del teólogo anglicano Charles Kingsley, y Marx lo copia en la Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel; no hay comillas porque en ese momento todos la conocían. A ese mismo progre el Gauchito Gil o el culto a Gilda le parecen interesantes porque así creen estar acercándose al pueblo, a los pobres. Me recuerdan a la Susanita de Quino y el chiste de la polenta. Lo cierto es que la Biblia ha estado siempre en la trama de nuestra historia. Sólo hay que desenredarla un poco.

martes, 30 de mayo de 2023

A los curas les están sacando la Biblia de las manos

El 29 de octubre de 2022, Álvaro Colomer publicó en La Vanguardia, de Barcelona, un artículo a propósito de las nuevas adaptaciones que en España se están haciendo de la Biblia. En la bajada decía: “La publicación de textos sagrados, especialmente bíblicos, experimenta un nuevo auge con ediciones que tratan de trascender los valores religiosos apostando por su sentido literario, cultural e histórico. Sus reflexiones, que venían acompañadas de una entrevista con Ignasi Moreta, editor, curador, autor y profesor universitario español, probablemente hayan sido el disparador para otro artículo, publicado por el mismo medio, firmado casi un mes más tarde por un preocupado Joan Planellas, un sacerdote católico y teólogo español, arzobispo de Tarragona, que, con algo de horror, advierte que a los curas les están sacando la Biblia de las manos. 

Y Dios se adaptó a los lectores

Decía santa Teresa de Jesús que Dios está hasta en los pucheros. La fundadora de la orden de las Carmelitas Descalzas, además de representante de la literatura del siglo de oro, incidía con esta metáfora en la idea de que lo numinoso no solo resplandece en las ceremonias solemnes, sino también en los pequeños actos cotidianos. Ahora bien, donde no cabe duda que podemos encontrar a Dios, cacerolas e iglesias al margen, es en las librerías. No en vano treinta millones de personas compran anualmente un ejemplar de la Biblia en algún rincón del planeta, y muchos de esos lectores ni siquiera son creyentes. Es lo que se desprende de la cantidad de sagradas escrituras de carácter laico –entendiendo por laico aquello que no recalca el sentido religioso del texto, sino el literario, el cultural o el histórico– que se están publicando últimamente.

Los dos ejemplos más evidentes de este fenómeno se encuentran en las editoriales Clave Intelectual y Blackie Books. La primera acaba de lanzar el primer volumen de la colección Los libros de la Biblia, dirigida por Santiago Gerchunoff y Gonzalo Torné, y destinada a publicar traducciones libres del “secuestro tipológico” (sic) al que están sometidos los 73 libros que componen el Antiguo y el Nuevo Testamento. La editorial entiende por secuestro tipológico aquellas “limitaciones paratextuales con las que el texto a menudo es presentado: letra diminuta, doble columna, exceso de aparato erudito”. Según la nota de prensa, “el proyecto precisamente persigue ofrecer una experiencia lectora libre de todas esas limitaciones”. El primer título, Éxodo, ha sido traducido por el mismo Torné y contiene un prólogo de Carolina Sanín, y en los próximos meses saldrán versiones también liberadas del Génesis, el Libro de Job y el Eclesiastés, los Libros de Samuel y Esther, Judith, Daniel y Jonás.

Gonzalo Torné considera que, más que una versión, lo que él ha hecho es una “traducción de traducciones”, o sea, una traducción a partir de algunas de las distintas biblias hoy disponibles: la del rey Jacobo, la del Oso y la interconfesional, esta última en sus traducciones al castellano, al catalán, al italiano y al francés. Con todos esos ejemplares sobre la mesa, ha traducido, y también novelado, el viaje de Moisés a lo largo del desierto. “Ha sido un juego un poco borgiano en el que he buscado incidir en la parte más literaria de la narración –comenta Torné–. Esto es algo muy típico en clásicos como el Libro tibetano de los muertos, el Beowulf o El libro de Benji, que a menudo se traducen focalizando en el placer estético antes que en el filológico”.


Exactamente lo mismo buscó Javier Alonso en su “traducción laica y directa del hebreo” del Génesis publicada por Blackie Books a finales del 2021. La colección Clásicos Liberados –en la que se enmarca este título, así como la Odisea y la Ilíada – aspira a romper con ciertas ideas preconcebidas que todos tenemos sobre estos libros –la más importante de las cuales es que son aburridos–, al tiempo que pretende modernizar el lenguaje arcaico que los caracteriza. Con esta intención publicaron el Libro del Génesis liberado, que viene acompañado de un aparato crítico terriblemente accesible y con paratextos de Sara Mesa (escrito para la ocasión), Voltaire, Kierkegaard, Nick Cave y otros.

Pero la sorpresa no es que una editorial tan vanguardista como Blackie Books haya decidido apostar por un libro tan poco moderno como pueda ser la Biblia, sino que su Génesis lleve vendidos más de dos mil ejemplares. De hecho, ante la reacción de los lectores, el director de la colección, Pau Ferrandis, ya se está planteando liberar el Apocalipsis y alguno de los Evangelios. Ferrandis atribuye el éxito de su Génesis a la supresión de los dogmas solapados al texto y a la búsqueda, igual que en el caso de Clave Intelectual, del placer estético antes que el teológico. “La publicación de libros como El infinito en un junco, de Irene Vallejo, ha hecho que muchas personas se acerquen a una literatura que hasta ahora veían como complicada, inaccesible, aburrida –comenta Ferrandis–. Creo que el campo de lectura se ha ampliado para mucha gente y ahí es donde entran las versiones de la Biblia que se están publicando”.

Además de la popularización de temas sesudos traída por Vallejo, los motivos de esta coincidencia editorial se pueden buscar también en la añoranza que la gente siente por una cultura –la religiosa– que en verdad sigue vertebrando nuestra sociedad, aun cuando ya no encuentre el contexto apropiado para manifestarse. “La Iglesia ha dejado de ser la mediadora entre los textos sagrados y la gente –aventura Gonzalo Torné–. En la tradición protestante, el lector se enfrenta en soledad a los textos, saca sus propias conclusiones y habla con Dios directamente, pero en el catolicismo necesitamos la intermediación de la institución eclesiástica. Y ahora, en el siglo XXI, esa intermediación ya no es válida para un tipo de ciudadanos que buscan entender el fenómeno religioso por sí mismos. De alguna manera, estas versiones son libros que, sin negar el templo, prescinden del templo”. Una opinión similar tiene Andreu Jaume sobre este fenómeno: “En una sociedad que se ha vuelto decididamente secular y que se ha desembarazado casi completamente del cristianismo, el interés que se tiene por la Biblia quizá sea el mismo que se tiene por la mitología griega. El poder de imponer la religión que tenía la Inquisición ha desaparecido y ahora surge un interés realmente sincero por saber qué fue esa civilización cristiana que ha llegado a su fin”.

La opinión de Andreu Jaume viene a cuento porque él ha sido el responsable de la nueva edición de La Biblia del Oso que Alfaguara acaba de publicar. Se trata de un estuche de cuatro tomos que, en total, alcanza las 3.500 páginas y que, de alguna manera, también evita el secuestro tipográfico antes referido. En 1987, Alfaguara ya publicó esta edición moderna y anotada bajo la dirección del teólogo y canónico José María González Ruiz; en el 2001 volvió a sacarla al mercado sin añadidos y enmiendas; y ahora reincide en su empeño por darla a conocer al gran público con la supervisión y una introducción del editor y crítico Andreu Jaume. Y estas reediciones son importantes porque, en realidad, La Biblia del Oso es un monumento a la lengua castellana cuya existencia fue ocultada a los creyentes. Su traductor, el monje jerónimo convertido al protestantismo Casiodoro de Reina, la llevó clandestinamente a una imprenta de Basilea en 1569, saltándose con esta acción la prohibición inquisitorial de traducir a las lenguas vulgares el Libro Sagrado, y teniendo en consecuencia que huir de España para evitar su condena a muerte. De hecho, un contrabandista llamado Juanillo, de quien solo sabemos que era jorobado, fue quemado en la hoguera junto a los ejemplares de La Biblia del Oso que osó introducir por la frontera francesa.

Para entender la importancia de La Biblia del Oso en la cultura en castellano hay que asumir que, si la Biblia de Lutero creó el alemán moderno y si la de William Tyndale hizo tres cuartos de lo mismo con el inglés, la de Casiodoro de Reina podría haber transformado de un modo definitivo la relación que todos tenemos con nuestro idioma. Sin embargo, en aquella época, España era la principal defensora del catolicismo y, en su afán por controlar toda la información concerniente a Dios, las autoridades eclesiásticas prohibieron la difusión de la citada Biblia, haciéndola tan desconocida para el vulgo que hasta los católicos practicantes de hoy en día desconocen su existencia. Por suerte, los ecos de la Inquisición no impidieron que algunos de nuestros grandes escritores, entre ellos san Juan de la Cruz, Rafael Sánchez Ferlosio y Juan Benet, se dejaran llevar por su influencia. “Desde el punto de vista de la lengua, Casiodoro de Reina hizo el trabajo, como mínimo, de cien escritores, puesto que su traducción ensayó tanto el tono épico como el lírico, el elegíaco como el hímnico, haciendo que el español resonara con una variedad de timbres inéditos”, explica Andreu Jaume, antes de añadir que “La Biblia del Oso debería figurar, junto con El Quijote o el 'Cántico espiritual', entre las obras más importantes de nuestro canon”.

La industria editorial catalana también está haciendo un esfuerzo por modernizar o incluso corregir las traducciones con las que contábamos hasta el momento. No se detecta en nuestro entorno el fenómeno de las biblias laicas en el que andan inmersos las editoriales castellanas, pero sí que han aparecido intentos de hacer algo semejante a lo que Joan F. Mira hizo en el 2004 con sus Evangelis (Proa). A este respecto, una de las novedades más interesantes es la traducción que Armand Puig i Tàrrech ha hecho de Els Salms en hebreu, grec, llatí i català (Ateneu Universitari Sant Pacià, 2021), un volumen que rinde homenaje al primer traductor de la Biblia canónica, san Jerónimo, en el 1.600 aniversario de su muerte. Las otras sorpresas están en camino: la primera vendrá de la mano de la editorial Albada, que a finales de año presentará una Biblia traducida al catalán moderno directamente de los originales griegos. El proyecto arrancó hace ya algunos años de la mano del doctor en Teología Ferran Blasi, pero su reciente fallecimiento hizo que el trabajo fuera terminado por el también doctor Jordi Jarne. Según uno de los directores de Albada, Toni Piqué, “esta Biblia será el Ferrari de los textos sagrados, es decir, un texto respetuoso con la tradición, pero con un aparato de notas capaz de facilitar la lectura a todo tipo de lectores, desde el académico hasta el ciudadano aficionado a leer. Hemos buscado una visión más ascética que doctrinal y, además, hemos conseguido adaptar los textos al catalán contemporáneo”.

También está en marcha una edición bilingüe (hebreo y catalán) de Els salms a cargo de Josep Batalla, antiguo responsable de la editorial Obrador Edèndum. Todavía faltan un par de años para que la edición vea la luz, pero su traductor asegura que su versión parte de la perspectiva literaria sin por ello traicionar el original hebreo. “La Biblia que hoy manejamos, la llamada interconfesional, ha adaptado el lenguaje a la sensibilidad del oyente contemporáneo, con la intención de que se sienta cómodo al escuchar o cantar los salmos –explica Josep Batalla–. Porque la teoría dinámica defiende que, ante una expresión hebrea algo extraña para nosotros, el traductor debe usar una expresión moderna que provoque en el oyente el mismo efecto que la del original en hebreo. Lo que yo estoy haciendo, sin embargo, es mantener las expresiones, el vocabulario y el imaginario hebreos de hace dos mil años, sin por ello hacer que el texto sea inaccesible para el lector medio”.

Josep Batalla anda preocupado por la tendencia a convertir la Biblia en algo demasiado ajeno al original y desconfía de las versiones laicas que se están publicando últimamente. Y, para que entendamos su desazón, pone un ejemplo: “Ahora está de moda usar el término Dios vengativo para referirse al Dios del Antiguo Testamento, pero es un error tremendo, puesto que la palabra hebrea usada en el original no debe ser traducida como venganza, sino como vindicación. Por tanto, debería traducirse como Dios vindicativo. Desgraciadamente, la mala traducción es la que se está imponiendo y el significado de las Escrituras está siendo traicionado”. Aun así, Batalla está de acuerdo con la teoría de que las Biblias laicas están surgiendo para satisfacer las ansias culturales de un tipo de lectores que, careciendo de formación religiosa, ansían entender el mundo en el que viven. Pero también lanza una advertencia que, como antes, prefiere expresar a través de un ejemplo: “La liturgia religiosa contiene una cantidad de protocolos tremendos: vestuario, movimientos, oraciones, cánticos… Y, sin embargo, ahora hay sacerdotes que sustituyen todo ese decorado por un mero guitarrista junto al altar. Evidentemente, los feligreses se di­vierten oyendo al guitarrista, pero no cabe duda de que esa simplificación está desproveyendo a la liturgia de su profundidad. Y, precisamente por eso, cada vez hay más gente que va a oír misa a Montserrat. Allí la liturgia se presenta con toda su grandeza y esplendor, y el impacto que tiene sobre nosotros no es el mismo”.

–.–

¡Ay! Las traducciones

En francés tienen la expresión “une hirondelle fait pas le printemps”. Expresión que un buen traductor no traducirá nunca literalmente, diciendo “una golondrina no hace primavera”, sino que dirá “una flor no hace primavera” o, quizá “una golondrina no hace verano”.Voilà! el vasto mundo de la traducción. Y es que toda traducción es una interpretación del texto original que quiere conservar el sentido, más allá de la literalidad de las palabras. Digo eso a raíz de la constatación de un aumento en la traducción de textos religiosos, especialmente bíblicos, que no recalcan el sentido religioso del texto, sino el literario, el cultural o el histórico. Lo manifestaba en un extenso artículo Álvaro Colomer del suplemento Cultura|s de La Vanguardia, titulado "Y Dios se adaptó a los lectores", del 29 de octubre. Se constata cómo algunos editores liberan los textos bíblicos de su sentido religioso para adaptarlos a nuevos lectores que muchas veces ni siquiera son creyentes. Conviene recordar que treinta millones de personas compran anualmente un ejemplar de la Biblia en algún lugar del planeta.

Una cosa es interpretar y la otra adaptar. La interpretación es legítima y necesaria. La adaptación es cuestionable y puede ser, incluso, perversa. Es cierto que un texto como el de la Biblia puede ser objeto de diversidad de lecturas, como cualquier texto clásico, sin embargo, al leer la Biblia no se puede ignorar que se trata de un texto religioso. Obviar esta característica esencial es desvirtuar la obra y hacer desaparecer su original sentido. El interés de la Biblia –como el de cualquier obra clásica– se encuentra en aquello que dice y en cómo lo dice, porque en ningún otro lugar se dice lo que allí se dice.

La interpretación es legítima y necesaria; la adaptación es cuestionable
Es necesario proponer nuevas traducciones para actualizar el lenguaje y hacerlo más próximo al lector contemporáneo, como lo supo hacer el magnífico equipo de traducción de la Biblia Catalana Interconfesional. Pero también hay que ser cuidadoso con aquellas adaptaciones que convierten la Biblia en algo alejado del original. El mismo artículo recoge unas palabras de Josep Batalla –que prepara una traducción de los Salmos– que muestran su desconfianza con las versiones laicas : “Ahora está de moda utilizar el término Dios vengativo para referirse al Dios del Antiguo Testamento, cuando la palabra hebrea original no habla de “revancha”, sino que se tendría que traducir como Dios vindicativo.“Desgraciadamente –dice Batalla– la mala traducción es la que se está imponiendo y el significado de las Escrituras está siendo traicionado”.

Hay también versiones litúrgicas de los textos bíblicos poco adecuadas. Por ejemplo, cuando se traduce la palabra “talento” por “millón”. Es una mala interpretación, porque el sentido de talento no se corresponde al del término millón, como sí que se correspondía el sentido del término flor” al del término “golondrina”. No es el texto el que se tiene que hacer contemporáneo del lector, sino el lector quien se tiene que hacer contemporáneo del texto. Solo así dejaremos que el texto nos hable y nos diga cosas, sin necesidad de manipularlo para hacerlo más atractivo.

jueves, 25 de mayo de 2023

"La superioridad del castellano sobre otros idiomas modernos”

“Un religioso chileno-alemán es el autor de la primera traducción de la Biblia completa al español, realizada en América Latina.” Eso dice la bajada del artículo publicado por la periodista Natalia Messer, el pasado 27 de abril, en Deutsche Welle.


Jünemann y la primera Biblia hispana de América

Casi un siglo transcurrió desde que el sacerdote católico Wilhelm Jünemann Beckschäfer, oriundo de Welver, Alemania, emprendió una tarea titánica: traducir en solitario la Sagrada Biblia del griego al español y por primera vez en América.

Hasta ese entonces, los misioneros usaban ediciones traídas desde Europa, como la Biblia Vulgata, una traducción al latín de finales del siglo IV. “Los jesuitas también quisieron hacer adaptaciones a lenguas de las etnias latinoamericanas [...], pero la cultura libresca de aquellos siglos no era popular”, dice en entrevista con DW Pablo Uribe Ulloa, teólogo e investigador en la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), en Chile.

Después de varios años de transcribir manuscritos, el religioso chileno-alemán consiguió publicar, en 1928, en la ciudad de Concepción, centro sur de Chile, el Nuevo Testamento, ya que el Antiguo Testamento se mantuvo inédito hasta 1992.

“Él deseaba que la gente tuviera acceso a una buena traducción de los textos sagrados y que realmente se pudiera apreciar su riqueza. Lamentablemente su edición del Nuevo Testamento tuvo muy poco alcance al no estar a cargo de una editorial, sino que se trató de una autoedición”, explica Uribe.

Filólogo y crítico literario
Wilhelm Jünemann emigró junto a sus tres hermanos y sus padres, Frederick y Christina, desde Hamburgo hacia Chile en 1863. Desembarcaron en noviembre de ese mismo año en Puerto Montt, una ciudad fría y lluviosa en el sur del país.

“Allá, allá muy lejos, al otro lado del océano, al fin del mundo. Espanto, admiración, asombro”, describió el sacerdote en sus memorias.

Pero ese paisaje agreste se convirtió muy pronto en su nuevo hogar. En el colegio también descubrió el gusto por los idiomas clásicos y la literatura, como La Ilíada de Homero o la poesía romántica de Joseph von Eichendorff y Johann von Goethe.

A los 16 años recibió un primer reconocimiento por su avanzado dominio del latín de parte del entonces rector de la Universidad de Chile, Ignacio Domeyko, un destacado científico polaco-chileno.

“Fue un gran filólogo y crítico literario que se adelantó a los tiempos con sus traducciones”, señala el teólogo Pablo Uribe.

En 1880, Jünemann ingresó al Seminario Católico de Concepción para ordenarse como sacerdote. De ahí en adelante dedicó parte de su vida a la escritura de textos religiosos, así como la traducción al español de clásicas obras en alemán, griego y latín.

Fiel al original
Si bien Jünemann publicó cerca de 17 obras, entre biografías, novelas, versos y escritos religiosos, la Biblia Septuaginta, o LXX, en su abreviación, se le considera su trabajo más influyente.

La Biblia Septuaginta ‒ampliamente usada por Jesús y los Apóstoles‒, es una recopilación en griego de los textos hebreos del Antiguo Testamento, realizada en el Siglo III a.C. en la ciudad de Alejandría.

El propio sacerdote reconoció que su obra “es la suma de estudios previos que he hecho con la más rigurosa fidelidad y para probar la superioridad del castellano sobre otros idiomas modernos”.

“Él traduce esta versión de forma muy literal, lo cual es una desventaja, ya que a casi un siglo de su publicación sigue siendo considerada solo por algunos estudiosos”, dice en entrevista con Andrés González Schain, profesor de Religión, quien ha investigado sobre Jünemann.

Uno de esos estudiosos fue Johannes Straubinger ‒sacerdote y teólogo alemán, a quien, erróneamente, se le atribuyó ser el primero en traducir la Biblia al español en América Latina‒, y quien incluso afirmó que la versión de Jünemann “seguía al pie de la letra al original, como si escribiese en griego con palabras castellanas”.

Nuevas generaciones
En el mundo quedan actualmente muy pocos ejemplares de esta versión bíblica, incluso pese a ser reeditada en 1992, después de que un grupo de seminaristas encontró de casualidad el Viejo Testamento.

En la biblioteca del Seminario Metropolitano Concepción, ubicado en la ciudad de Chiguayante, se conservan hasta hoy los manuscritos originales de la Biblia de Jünemann, además de una decena de libros que dejó el sacerdote, como una autobiografía o La Ilíada de Homero, traducida del griego al castellano, entre otros.

Pese a ser desconocida, la Biblia Jünemann inspiró a las nuevas generaciones de sacerdotes a iniciar proyectos de la misma envergadura, como la Biblia Latinoamericana, una adaptación popular de otras versiones españolas de la época, publicada en 1972, en Chile, y a cargo de Bernardo Hurault y Ramón Ricciardi.

“Él fue fiel, cuidadoso, y motivó la catequesis, la investigación, la cultura y el buen ecumenismo con otros cristianos. Un visionario que se adelantó a lo que se conoce como “el conocimiento de las fuentes”, propuestas que ya existían, pero que en los años 40´ se hicieron más firmes por el Papa Pío XII y en los 60´ por el Concilio Vaticano II”, concluye Andrés González.

jueves, 20 de octubre de 2022

“Hay manipulaciones brutales, vi traducciones de tramos seleccionados, y su dios es todopoderoso, castiga, todo ve, todo mira, se enfurece”


Pie de Página es un portal periodístico mexicano independiente, conformado por una red de periodistas expertos en temas sociales y de derechos humanos. El 26 de noviembre de 2020, allí subió la siguiente nota Tatiana Merlino. En ella se habla de un tema de extrema actualidad: la injerencia de los misioneros evangélicos en las poblaciones más desprotegidas –en este caso la de los nativos de la Amazonia–, a quienes amedrentan con las mentiras más viles. En la bajada se lee: “La idea de que el mundo será salvado sólo si todos se convierten a evangélicos impulsa misioneros hacia los pueblos aislados en Amazonia. Un Dios poderoso y punitivo impone miedo a los indígenas de reciente contacto, pero las enfermedades y los abusos son la verdadera amenaza”.

Misioneros evangélicos “traducen” la Biblia y crean demonios para convertir a los indígenas


BRASIL.- Al final de los años 1940, dos misiones estadounidenses grandes e importantes llegaron a Brasil con el objetivo de evangelizar a los indios: la Misión Nuevas Tribus de Brasil (Missão Novas Tribos do Brasil – MNTB), brazo brasileño de New Tribes Mission [y que fue renombrada Ethnos 360], y Summer Institute of Linguistics (SIL).

“Nuestra relación con los evangélicos y MNTB es muy antigua, viene desde las décadas de 1940 y 1950. Y los resultados son la modificación de nuestra vida tradicional del pueblo indígena Marubo. Solo perdimos. Ellos [los misioneros] condenaron determinadas prácticas, que fueron abandonadas con el tiempo”, define Eliesio da Silva Vargas, representante jurídico de la Unión de los Pueblos Indígenas de Vale do Javarí (Univaja).

Fue a partir de la década de 1950 que MNTB se instaló en Vila Nova, comunidad Marubo, en Vale do Javarí, oeste de la provincia brasileña de Amazonas.

Además de llevar enfermedades y causar muertes, los misioneros alteraron ritos y visiones ancestrales indígenas y, como consecuencia, su cultura y organización, al insertar valores cristianos.

“Ellos están presentes en varios lugares del mundo. Desde el siglo pasado están contactando grupos indígenas sin ningún control. Tienen una dinámica capilar, fundan iglesias locales, forman pastores locales y cuando no logran entrar a una aldea, se instalan en alguna ciudad cercana tratando de entrar, haciendo traducciones de la Biblia”, explica la antropóloga Aparecida Villaça, profesora del Programa de Posgrado en Antropología Social del Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

Esa es una de las primeras medias de los evangélicos al pisar tierras indígenas: traducir la Biblia, o partes de la Biblia. Al fin y al cabo, el objetivo final es salvar almas. “Hay manipulaciones brutales, vi traducciones de tramos seleccionados, y su dios es todopoderoso, castiga, todo ve, todo mira, se enfurece”, describe Lucia Helena Rangel, antropóloga y profesora de PUC-SP.

En la tierra en la cual viven los Jarawara, pueblos de la región de los ríos Juruá y Purus, por ejemplo, los misioneros inventaron a un ser invisible y demoníaco, que solamente podría ser combatido si los indígenas se convirtiesen a la la religión evangélica”, relata Lucia Helena.

Inicialmente, los misioneros tenían apoyo de los órganos indigenistas, principalmente en los años 1960, cuando aún existía el Servicio de Protección al Indio [responsable por la política indigenista en Brasil y que fue sustituído por la Fundación Nacional del Indio, Funai, en 1967]. “Ellos entendían que la catequesis era parte del proceso civilizatorio y que los misioneros ayudaban en ese aspecto”.

Entre los casos de presencia de misioneros junto a los pueblos indígenas y aislados y reciente contacto, hay actuación de MNTB entre los pueblos Zo’é, Waiãpi, Yanomami y los pueblos de Vale do Javarí. También la organización Jocum (Jóvenes con una Misión) está presente entre los Suruwaha.

Al final de la década de 1980, los misioneros de MNTB forzaron el contacto con los Zo’é y, como consecuencia, una cuarta parte de los indígenas enfermó y murió. En los años 1990, Funai expulsó a los misioneros, pero algunos siguieron en la región. En 2014, Warren Scott Kennell, ex misionero del grupo, fue condenado a 58 años de prisión por la Justicia de Estados Unidos por el abuso sexual de niñas de tribu indígena en Amazonía y filmar sus actos.

La entrada de misioneros a tribus en Brasil pasó por tres etapas. La primera corresponde a la de los extranjeros evangelizando a indígenas, cuando llegaron al país. La segunda, de brasileños evangelizando a indígenas. La tercera es la formación de indios pastores que evangelizan a otros indios. La frontera final es acceder a los aislados.

Ese proceso causó cambios en la cultura, en la religión y en la formación política de las aldeas, de acuerdo con los entrevistados para este reportaje. La actuación de los evangélicos tuvo más éxito en sitios y momentos en que no había políticas públicas para esas poblaciones, principalmente atención a la salud.

La manera como se acercan sigue un modus operandi. Por lo general, ellos aprovechan de los vacíos del Estado, como falta de estructura sanitaria. “Van a las aldeas y llevan muchos medicamentos. También aprenden la lengua de los indígenas y van conquistando su confianza”, describe Lucia Helena Rangel.

En la aldea indígena donde vive el pueblo Deni, en el río Cunhuá, el Distrito Sanitario Especial Indígena fue creado en 2000 y comenzó a ser implementado en 2001, cuando el Estado comenzó a mandar equipos a ese sitio. Ese distrito es una de las unidades de responsabilidad federal correspondiente a una o más tierras indígenas.

“Esa es un área endémica de malaria, con mucha mortalidad infantil, surtos de sarampión y tuberculosis. Los misioneros armaron una estructura fija en la aldea y fueron los primeros proveedores permanentes de remedios. Y tenían la posibilidad de desplazar pacientes en situaciones graves, como picaduras de serpientes”, explica la antropóloga Adriana María Huber Azevedo, del Consejo Indigenista Misionero (CIMI).

Ese auxilio tiene un precio: “Después lo utilizan para crear un sentimiento de deuda entre los indígenas e imponer la pauta de los misioneros”. Ella comparte relatos de personas que dijeron que los misioneros querían impedir, por ejemplo, el uso de rapé, un pueblo hecho con hojas de tabaco y usado normalmente con fines espirituales. “Decían que eso despertaba resentimiento contra los misioneros, pero lo superaba el hecho de que les debían la vida. ‘Cuando yo estaba enfermo, él [el misionero] me dio remedio, pagó el avión para que yo fuera a la ciudad’.”

La manera como se instalan en las comunidades también sigue un patrón: hacen una pista de aterrizaje, colocan una antena de TV satelital, radio en el sistema de telefonía y van asentando a las familias alrededor de la pista. “Incluso remuneran a los indígenas para esos servicios”, comenta la antropóloga.

A partir de ahí, se crean dependencias. “Y comienzan las interferencias política, a prohibir el rapé, la pajelanza [prácticas rituales de cura de los pajés, o chamanes], el discurso moralista en relación a la sexualidad de los indígenas, que muchas veces no tienen una sola pareja, comienzan a imponer un cristianismo moralista y capitalista”.

jueves, 4 de marzo de 2021

El destino de algunos traductores de la Biblia

El escritor británico Harry Freedman se especializa en historia de religión y cultura y es autor de The Murderous History of Bible Translations (Bloomsbury, 2016). El 25 de mayo de 2019, en BBC History Magazine publicó el siguiente artículo, que nos fue gentilmente enviado por Jorge Aulicino.

Este último sumó el siguiente texto, de su propia pluma, que resulta pertinente: “La lengua es poder. Roma no perseguía a los traductores porque creyera que la palabra de la Biblia era literalmente la voz de Dios y por lo tanto no se podía decir de otro modo que como fuera escrita. Roma no podía argumentar de esa manera porque la Biblia ya había sido traducida al latín y era esa traducción, la famosa Vulgata, la que usaba y leía Roma. Los papas no daban misa en hebreo antiguo o arameo, ni siquiera en griego. La lengua oficial de la Iglesia era el latín, una lengua heredada, dicho sea de paso, de un imperio, el cual había perseguido a los cristianos y de cuya lengua se había apropiado la Iglesia. Pero ahora, el latín era la lengua de Dios, porque era la de los papas, la que sonaba en los conventos y la que se escribía en los scriptorium. Si cada país iba a decir la palabra de Dios del modo que mejor le pareciese, cada país podía reivindicar su propia iglesia, como en efecto sucedió en el norte de Europa y en Inglaterra, más bien por hartazgo de las persecuciones de la Inquisición que por otra cosa. La Reforma no fue tanto producto de un pensamiento heterodoxo cuanto de la enorme corrupción de Roma, el pago de indulgencias por las grandes fortunas, la exhibición de esa riqueza en el boato de las ceremonias y la violencia salvaje con que la Iglesia respondía al mínimo desvío del dogma. Mientras los traductores de la Biblia morían en la hoguera en los siglos XVI y XVII, exactamente en 1600, Giordano Bruno fue quemado en la plaza Campo dei Fiori por no retractarse acerca de ocho ideas, de las cuales una era que los mundos son infinitos. La intolerancia para nosotros increíble de Roma frente a toda manifestación de pensamiento propio o de interpretación de la Biblia se entiende si se piensa en lo que significaba tener el poder sobre los bienes y las almas, las conductas y cada acto de la vida de millones de personas ya no sólo en Europa, sino en los nuevos territorios de América y en el Asia. Decimos corrupción, pero en realidad era solo poder. Y la salida de madre de la Iglesia la conocía ya Dante Alighieri, para quien la donación de Constantino (los estados pontificios) fue el origen de todo el mal. Entre otras cosas, la Commedia es un panfleto contra la corrupción, es decir, contra el poder monstruoso de la Iglesia. Afortunadamente, para la literatura, no solo fue un panfleto, sino una obra literaria de muchas manos y sentidos.

La sangrienta historia de las primeras traducciones de la Biblia

John Wycliffe
En 1427, el papa Martín V ordenó que los huesos de John Wycliffe fueran exhumados de su tumba, quemados y arrojados a un río. Wycliffe había estado muerto por 40 años, pero la furia que causó su ofensa seguía viva.

John Wycliffe (circa 1330-1384) era un destacado pensador inglés en el siglo XIV.

Teólogo de profesión, fue llamado para asesorar al Parlamento en sus negociaciones con Roma.

En ese tiempo, la iglesia era todopoderosa, y cuanto más contacto tenía Wycliffe con Roma, más indignado se sentía. El papado -pensaba- apestaba a corrupción e interés propio. Y él estaba decidido a hacer algo al respecto.

Wycliffe comenzó a publicar folletos argumentando que, en lugar de buscar riqueza y poder, la iglesia debería preocuparse por los pobres.

En una ocasión, describió al Papa como "el anticristo, el orgulloso sacerdote mundano de Roma y el más maldito de los esquiladores".

En 1377, el obispo de Londres exigió que Wycliffe compareciera ante su corte para explicar las "asombrosas cosas que habían brotado de su boca".

La audiencia fue una farsa.

Comenzó con una pelea violenta sobre si Wycliffe debería sentarse o no. Juan de Gaunt, hijo del rey y aliado de Wycliffe, insistió en que los acusados ​​permanecieran sentados; el obispo le exigió que se pusiera de pie.

Cuando el Papa se enteró del fiasco, emitió una bula papal [una carta o documento papal oficial] en el que acusó a Wycliffe de "vomitar de la mazmorra sucia de su corazón las más perversas y condenables herejías".

Wycliffe fue acusado de herejía y puesto bajo arresto domiciliario y más tarde se vio obligado a retirarse de su puesto como Maestro del Colegio Balliol, Oxford.

La Biblia para la emancipación

Wycliffe creía firmemente que la Biblia debería estar disponible para todos. Veía la alfabetización como la clave para la emancipación de los pobres.

Aunque partes de la Biblia se habían traducido previamente al inglés, todavía no había una traducción completa.

La gente común, que ni hablaba latín ni podía leer, solo podía aprender del clero. Y gran parte de lo que creían saber, ideas como el fuego del infierno y el purgatorio, ni siquiera formaban parte de las Escrituras.

Así que, con la ayuda de sus asistentes, Wycliffe produjo una Biblia en inglés, durante un período de 13 años a partir de 1382.

Era inevitable que esto produjera una reacción violenta: en 1391, antes de que se completara la traducción de la Biblia, se presentó un proyecto de ley ante el Parlamento para prohibir la Biblia en inglés y encarcelar a cualquiera que poseyera una copia.

El proyecto de ley no fue aprobado, John de Gaunt se encargó de eso en el parlamento, pero la iglesia reanudó su persecución contra Wycliffe, a pesar de que había muerto hacía 7 años, en 1384.

Sin otras alternativas, lo mejor que podían hacer era quemar sus huesos [en 1427], así fuera sólo para asegurarse de que su lugar de descanso no fuera venerado.

El Arzobispo de Canterbury explicó que Wycliffe había sido "ese desgraciado pestilente, de condenable memoria, sí, el precursor y discípulo del anticristo que, como complemento de su maldad, inventó una nueva traducción de las Escrituras a su lengua materna".

Jan Hus

Jan Hus
En 1402, el sacerdote checo recién ordenado, Jan Hus, fue designado a un púlpito en Praga para ministrar en la iglesia.

Inspirado por los escritos de Wycliffe, que ahora circulaban en Europa, Hus usó su púlpito para hacer campaña en favor de una reforma administrativa y contra la corrupción de la iglesia.

Al igual que Wycliffe, Hus creía que la reforma social sólo podía lograrse mediante la alfabetización.

Darle a la gente una Biblia escrita en el idioma checo, en lugar del latín, era un imperativo.

Hus reunió a un equipo de eruditos y en 1416 apareció la primera Biblia checa.

Fue un desafío directo para aquellos a quienes llamó "los discípulos del anticristo" y la consecuencia era previsible: Hus fue arrestado por herejía.

El juicio de Jan Hus, que tuvo lugar en la ciudad de Constanza, es uno de los más espectaculares de la historia.

Fue más parecido a un carnaval: casi todos los peces gordos de Europa asistieron.

Llegó un arzobispo con 600 caballos; 700 prostitutas ofrecieron sus servicios; 500 personas se ahogaron en el lago; y el Papa se cayó de su carruaje y aterrizó en un montón de nieve.

El ambiente era tan estimulante que la eventual convicción de Hus y su brutal ejecución debieron parecer un anticlímax.

El condenado fue quemado en la hoguera.

Su muerte galvanizó a sus partidarios en la revuelta. Sacerdotes e iglesias fueron atacados, las autoridades tomaron represalias. En pocos años, Bohemia entró en guerra civil.

Todo porque Jan Hus tuvo el descaro de traducir la Biblia.

William Tyndale

William Tyndale
En lo que respecta a la Biblia en inglés, el traductor de más alto perfil que perdió la vida por ese crimen fue William Tyndale.

Corría el siglo XVI y Enrique VIII estaba en el trono.

La traducción de Wycliffe aún estaba prohibida y, aunque las copias de los manuscritos estaban disponibles en el mercado negro, eran difíciles de encontrar y costosas de adquirir. La mayoría de las personas todavía no tenía ni idea de lo que realmente decía la Biblia.

Pero la impresión en papel se estaba convirtiendo en algo más común, y Tyndale pensó que era el momento adecuado para una traducción accesible y actualizada.

Sabía que podía crear una. Todo lo que necesitaba era la financiación y la bendición de la iglesia.

No obstante, rápidamente se dio cuenta de que nadie en Londres estaba dispuesto ayudarlo. Ni siquiera su amigo, el obispo de Londres, Cuthbert Tunstall. La política de la iglesia se aseguró de eso.

El clima religioso parecía menos opresivo en Alemania.

Lutero ya había traducido la Biblia al alemán; la Reforma protestante se estaba acelerando y Tyndale creyó que tendría más chance de realizar su proyecto allá. Así que viajó a Colonia y comenzó a imprimir.

Esto resultó ser un error. Colonia todavía estaba bajo el control de un arzobispo leal a Roma.

Cuando estaba en medio de la impresión del evangelio de Mateo se enteró que estaban a punto de allanar la imprenta. Agarró sus papeles y huyó.

Esa historia se repetiría varias veces. Tyndale pasó los años siguientes esquivando espías ingleses y agentes romanos.

Pero logró completar su Biblia y las copias pronto inundaron Inglaterra, ilegalmente, por supuesto.

El proyecto estaba completo, pero Tyndale era un hombre marcado... y no era el único.

El cardenal Wolsey estaba realizando una campaña contra la Biblia de Tyndale. Nadie relacionado con Tyndale o su traducción estaba a salvo.

Thomas Hitton, un sacerdote que había conocido a Tyndale en Europa, confesó haber contrabandeado dos copias de la Biblia a Inglaterra. Fue acusado de herejía y quemado vivo.

Thomas Bilney, un abogado cuya conexión con Tyndale era tangencial a lo sumo, también fue arrojado a las llamas en 1531.

Richard Bayfield, un monje que había sido uno de los primeros partidarios de Tyndale, fue torturado incesantemente antes de ser atado a la estaca. Y un grupo de estudiantes en Oxford fueron dejados en un calabozo que se usaba para almacenar pescado salado hasta que se pudrieron.

El final de Tyndale no fue menos trágico.

Fue traicionado en 1535 por Henry Phillips, un joven aristócrata disoluto que había robado el dinero de su padre y lo había perdido en apuestas.

Tyndale estaba escondido en Amberes, bajo la protección casi diplomática de la comunidad mercantil inglesa. Phillips se hizo amigo de Tyndale y lo invitó a cenar. Cuando salieron juntos de la casa del comerciante inglés, Phillips le hizo señas a un par de matones que atraparon de Tyndale.

Fue el último momento libre de su vida.

Tyndale fue acusado de herejía en agosto de 1536 y quemado en la hoguera unas semanas después.

En Amberes, la ciudad donde Tyndale creía que estaba a salvo, Jacob van Liesveldt produjo una Biblia en holandés.

Como tantas traducciones del siglo XVI, su acto fue tanto político como religioso.

Su Biblia fue ilustrada con grabados en madera: en la quinta edición, representó a Satanás con la apariencia de un monje católico, con pies de cabra y un rosario.

Fue un paso demasiado lejos.

Van Liesveldt fue arrestado, acusado de herejía y condenado a muerte.

Una era asesina

El siglo XVI fue, de lejos, la época más sangrienta para los traductores de la Biblia.

Pero las traducciones de la Biblia siempre han generado emociones fuertes y continúan haciéndolo.

En 1960, la Reserva de la Fuerza Aérea de Estados Unidos advirtió a los reclutas contra el uso de la Versión Estándar Revisada recientemente publicada porque, según afirmaron, 30 personas en su comité de traducción habían sido "afiliadas a los frentes comunistas".

En 1961, el estadounidense T.S. Eliot, uno de los principales poetas del siglo XX, se opuso a la Nueva Biblia en inglés y escribió que "asombra en su combinación de lo vulgar, lo trivial y lo pedante".

Y los traductores de la Biblia todavía están siendo asesinados. No necesariamente por el hecho de traducir la Biblia, sino por ser una de las cosas que hacen los misioneros cristianos.

En 1993, Edmund Fabian fue asesinado en Papua Nueva Guinea, por un hombre local que lo había estado ayudando a traducir la Biblia.

En marzo de 2016, cuatro traductores de la Biblia que trabajaban para una organización evangélica estadounidense fueron asesinados por militantes en un lugar no revelado en el Medio Oriente.

Traducir la Biblia puede parecer una actividad inofensiva, pero la historia muestra que es cualquier cosa menos eso.

martes, 3 de noviembre de 2015

Ahora la Biblia es gay friendly


Un cable de la agencia EFE publicado el 31 de octubre pasado en el diario Público, de España. En su bajada se lee: “El conocido teólogo, traductor e intérprete danés, Renato Lings, atribuye esta creencia a una traducción errónea del hebreo al griego.”


"La Biblia no es homófoba, hubo un error de traducción"

EFE. BARCELONA.- En un momento en que el debate sobre la homosexualidad en la Iglesia Católica está a la orden del día, el doctor en Teología Renato Lings, danés y protestante luterano, defiende que "la Biblia no es homófoba" en sí misma, y atribuye esta creencia a una traducción errónea del hebreo al griego.

En una entrevista, Lings, que también es traductor e intérprete, decidió hacer su doctorado en Teología en la Universidad de St Mark & St John (Reino Unido) sobre la cuestión de la homoafectividad en la Biblia, al inquietarse cuando vio que "había muchos detalles por examinar".

Así, inició una extensa búsqueda académica y en su trabajo encontró que el "mito" de que la Biblia censura la homosexualidad se debe a "una mala traducción al griego del Antiguo Testamento".

"Ser homófobo aleja a las personas que lo son de la Biblia"
El teólogo halló ambigüedades en algunos términos de las escrituras en hebreo y griego; "eran términos opacos", de los que no se conoce su significado "al cien por cien".

Según Lings, que ha trabajado como profesor en la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica), esta asunción errónea ha sido motivo de discriminaciones y persecuciones a lo largo de la Historia, y le preocupa que aún hoy esté ampliamente aceptada en algunos sectores de la comunidad cristiana.

Por ese motivo, tanto su tesis como su labor activa a día de hoy tratan de "deconstruir ese mito", y buscan cuestionar la "tendencia sesgada del cristianismo" que perpetua "la interpretación más represiva" de las escrituras que, añade, "no es precisa, y es muy temeraria".

"Llevo estudiando este tema quince años", asevera, y es rotundo al culpar a la tradición cristiana por enseñar que "la Biblia rechaza a los homosexuales". Y no sólo eso, sino que el teólogo defiende que ser homófobo "aleja a las personas que lo son de la Biblia".

En el sínodo sobre la familia que finalizó el pasado sábado en el Vaticano, el papa Francisco reafirmó en el documento final que los homosexuales no deben ser discriminados, aunque reiteró que la unión entre personas del mismo sexo "no puede ser ni remotamente" comparada con el matrimonio entre un hombre y una mujer.

El párrafo que abordaba la cuestión de los homosexuales obtuvo el número justo de votos para ser aprobado, igual que el fragmento que leía un acercamiento por parte de la Iglesia a los divorciados.


"Secretismo y negatividad" en el Vaticano
El teólogo danés, por su parte, cree que en el Vaticano hay demasiado "secretismo y negatividad" ante este tema, igual que entre los cristianos evangélicos, que, dice "predican un discurso prácticamente idéntico al católico" en cuanto a la homosexualidad.

La tradición católica "tiende a interpretar la Biblia", dice, y el protestantismo, en cambio, no lo hace. Sin embargo, Lings admite que "nadie llega a las escrituras con la mente en blanco", sino que leemos la Biblia "de una manera determinada" de acuerdo con nuestro proceso de socialización.

En cuanto a la reciente suspensión del sacerdote polaco establecido en Barcelona Krysztof Charamsa tras declararse homosexual, el teólogo opina que "el castigo que ha recibido obedece a la lógica tradicional" del Vaticano, y comprende la "presión psicológica que debe haber pasado al guardar silencio tantos años".

No obstante, ve en el papa Francisco "más humanidad que en sus predecesores", y un criterio "más amplio" para abarcar cuestiones que "interesan a grandes sectores de la población".

Entre otras publicaciones, el teólogo, que ha trabajado como intérprete en el Parlamento Europeo, ha escrito los libros  Biblia y homosexualidad, ¿se equivocaron los traductores? Y Love lost in Translation: Homosexuality and the Bible


martes, 19 de agosto de 2014

¿Qué Biblia leyó Muñoz Molina todos estos años?

El 26 de julio pasado, Antonio Muñoz Molina comentaba en Babelia, el modesto suplemento cultural del diario El País, de Madrid (que forma parte del grupo Prisa) la publicación de la Biblia traducida por Casiodoro de Reina (c1520-1594) por parte de la editorial Alfaguara (que forma parte del grupo Prisa, aunque todo indica que está en una transición antes de vaciarse del todo en Penguin Random House) y nos descubre una pólvora un tanto mojada por las inmisericordiosas aguas del tiempo. ¿Por qué? Porque el artículo no dice nunca que la Biblia oficial en castellano durante siglos fue ésta, de Casiodoro de Reina, revisada apenas poco después en 1602, por Cipriano de Valera (1532-1602). Esa versión se suele mencionar como “versión Reina-Valera”. Valera no ha alterado el valor literario de De Reina y se fijó más bien en todo lo que pudiera tener alguna ambigüedad desde el punto de vista doctrinario. Los llamados “libros deuterocanónicos” fueron colocados por Valera como epílogo en la primera edición. Esos libros se aceptan en la Biblia protestante, pero no en la católica. Es claro que De Reina se había hecho protestante, y fue pastor de la iglesia de Inglaterra, pero su herejía consistía –en cuanto a la traducción– en haber incluido los libros vetados por los católicos. Resumiendo, en modo alguno la traducción de De Reina constituye un libro “perdido”, “oculto” o que no fue leído. Es más, fue leído por miles de millones de personas a los largo de los siglos, porque es la Biblia que tradujo De Reina “revisada” por Valera. Esta nota, entonces, antes que informar sobre algo nuevo es más un aviso encubierto de la edición de Alfaguara. Que conste en actas.

La obra maestra escondida

 Imagino un idioma cuya literatura tiene un gran espacio en blanco en el centro: la obra maestra de la literatura en ese idioma permanece oculta durante siglos, olvidada o prohibida; el nombre de su autor no lo conocen más que dos o tres eruditos. El problema más grave no es la injusticia del desconocimiento, la falta de recompensa por un esfuerzo y un logro que fueron irrepetibles; más grave que la injusticia es la pérdida para ese idioma y para esa literatura, toda la fecundidad que no condujo a nada, todas las influencias que una obra así podía haber irradiado. Hay que pensar en qué habría sido la literatura en inglés, y hasta la misma lengua inglesa, sin la King James Bible, la traducción directa al inglés que se publicó en 1611. No habría habido Milton, ni William Blake, ni los suntuosos oratorios de Haendel, ni Moby-Dick, ni Walt Whitman, ni una parte de James Joyce, ni Faulkner, ni los Negro Spirituals, ni los discursos arrebatadores de Martin Luther King.

Una de las cimas literarias de la lengua española, la Biblia traducida en el siglo XVI, ha sido invisible o ha permanecido en los márgenes de nuestra cultura desde el momento mismo en que se publicó, y no ha podido ejercer ninguna influencia vivificadora; uno de nuestros más grandes escritores, su traductor, fue perseguido hasta el extremo de que su nombre fue borrado por completo de nuestra memoria colectiva. Fue raído, habría escrito él mismo, Casiodoro de Reina, con su sentido visceral del idioma, su capacidad para combinar la inmediatez y la riqueza de la lengua popular con las tensiones máximas de la voluntad poética, con la necesidad de enriquecer y ensanchar el idioma español para que cupiera en él nada menos que toda la Biblia, el Antiguo Testamento y el Nuevo, desde el Génesis al Apocalipsis. La Biblia King James se publicó en Inglaterra en 1611, con pleno apoyo de la Corona, y gracias al trabajo sostenido de un equipo de traductores (John Updike decía que era una de las dos únicas obras maestras escritas por un comité, junto al informe oficial sobre los atentados del 11 de septiembre). A la manera española, Casiodoro de Reina parece que hizo él solo la mayor parte de ese trabajo ingente, y además lo hizo no en la tranquilidad de un estudio, con tiempo y sosiego por delante y una biblioteca a mano, sino mientras huía de un sitio a otro, por la Europa de la Reforma, la Contrarreforma y las guerras de religión. Nuestra Biblia castellana se terminó de traducir cuarenta años antes que la inglesa, pero se publicó en Basilea, en 1569, y los pocos ejemplares que llegaron de contrabando a España cayeron en manos de la Inquisición y fueron quemados por ella, igual que fue quemado el hereje que los introdujo en el país, del que se sabe que se llamaba Juanillo y era jorobado.

Si a Casiodoro de Reina no lo quemó la Inquisición fue porque había escapado a Ginebra en 1559. Lo quemaron, desde luego, en efigie, en 1562, en Sevilla, en un auto de fe en el que ardió también el cadáver sacado de la sepultura de otro perseguido que había muerto antes de que lo atraparan. Quemaron cadáveres y muñecos de cartón, y quemaron a personas vivas, entre ellas una mujer que había albergado en su casa reuniones clandestinas de disidencia religiosa. Ordenaron derribar la casa de la mujer y sembraron de sal el solar para asegurarse de que no pudiera crecer ni la hierba. Casiodoro de Reina estuvo en Ginebra, en Inglaterra, en Amberes, en Fráncfort, en Basilea, en Estrasburgo. Traducía la Biblia, ejercía como pastor de comunidades de españoles refugiados y vivía del comercio de la seda. Había sido monje jerónimo en Sevilla, muy cercano a los círculos erasmistas en los que abundaban los judíos y moriscos conversos. De Ginebra se marchó porque lo repugnaba que los calvinistas fueran tan aficionados como los católicos a quemar disidentes. Menéndez Pelayo, que no tuvo más remedio que admirar su talento literario, procura también desacreditarlo en su Historia de los heterodoxos españoles: dice que era un morisco granadino, y que cuando se marchó de Inglaterra fue huyendo de una acusación de sodomía.

Casiodoro de Reina escribe en un castellano prodigioso que está en el punto intermedio entre Fernando de Rojas y Cervantes, con una efervescencia expresiva que solo tiene comparación con santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Luis de León. Es una lengua poseída por la misma capacidad de crudeza terrenal y altos vuelos literarios de La Celestina; un castellano mudéjar, empapado todavía de árabe y de hebreo, forzado en sus límites sintácticos para adaptarse a las cadencias y las repeticiones y las exageraciones de la lengua bíblica. Es una lengua de campesinos, de hortelanos, de trabajadores manuales, con una precisión magnífica en los nombres de las cosas naturales y los oficios; y también es una lengua todavía muy descarada, muy sensual, no sometida a la monotonía sofocante de la ortodoxia, a la esterilización dictada por el miedo, a la hipocresía de la conformidad. Es una lengua para ser recitada, entonada, cantada en voz alta; para expresar la furia tan desatadamente como el deseo erótico; y también las negruras de la pesadumbre y los extremos del dolor. Traducidos por Casiodoro de Reina, el libro de Job o el Eclesiastés son, sin la menor duda, dos de las obras máximas de la poesía y de la sabiduría en español. Y el Cantar de los Cantares tiene una caudalosa alegría erótica para la que no creo que exista comparación en nuestro idioma: yo solo la he encontrado en la Bella del Señor de Albert Cohen, no por casualidad un descendiente de judeoespañoles: “Tu estatura es semejante a la palma, y tus tetas a los racimos. Yo dije: yo subiré a la palma, asiré sus racimos, y tus tetas serán ahora como racimos de vid, y el olor de tus narices como de manzanas. Y tu paladar como el buen vino, que se entra a mi amado suavemente, y hace hablar los labios de los viejos”.

Por cualquier página que se abra, la recompensa es deslumbradora. Las plagas con que el vengativo Jehová castiga a los egipcios son más terribles en el castellano de Casiodoro de Reina: “… Y a la mañana siguiente el viento oriental trajo la langosta. Y subió la langosta sobre la tierra de Egipto y asentóse en todos los términos de Egipto, y cubrió la haz de toda la tierra y la tierra se oscureció, y comió toda la yerba de la tierra y todo el fruto de los árboles, que había dejado el granizo, que no quedó cosa verde en árboles ni en la yerba del campo por toda la tierra de Egipto”.

Esta Biblia la publicó Alfaguara íntegra en su colección de clásicos en 2001. J. Antonio González Iglesias le dedicó una reseña excelente en estas páginas. Modernizada y hasta cierto punto simplificada es la misma que leen ahora mismo los protestantes de habla española. Que sea desconocida para casi todo el mundo es una de las calamidades de nuestra literatura, y de nuestro idioma. Como tanto de lo mejor que ha dado nuestro país, la Biblia de Casiodoro de Reina es un fruto de la heterodoxia y el destierro.

La Biblia del Oso. Traducción de Casiodoro de la Reina. Edición dirigida por José María González Ruiz. Alfaguara. Madrid, 2001.