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lunes, 14 de marzo de 2022

Joyce, "el aliento cervantino" y la omisión de José Salas Subirat en una edición española de "Ulises"


A lo largo del tiempo, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires ha manifestado en este blog el profundo disgusto que siente por la percepción hegemónica y condescendiente que los académicos, intelectuales, periodistas y otros pajarracos españoles manifiestan respecto de su propia cultura y en desmedro de América latina. Por más que pretendan esconder sus intenciones detrás de la cortina del panhispanismo, enarbolada como estandarte desde la época de Franco, se les nota. Muchos españoles lectores de este blog se han sentido ofendidos por nuestros comentarios que, en el mejor de los casos, no alcanzan a entender. Sin embargo, ese punto de vista absolutamente autocentrado se pone de manifiesto una y otra vez. Hoy, por ejemplo, en esta nota publicada el 9 de enero de este año, en el diario El País, de Madrid, firmada por el cagatintas Jesús Ruiz Mantilla, quien se ocupa de elogiar la nueva edición de Ulises, publicada por Galaxia Gutemberg, con ilustraciones del pintor Eduardo Arroyo, pero sin mención del traductor… que no es otro que el argentino José Salas Subirat, primer traductor de la obra, cuya versión, en España sufrió todo tipo de oprobios. La omisión resulta demasiado grosera como para pensar que es la distracción de un mal periodista.

La última voluntad de Eduardo Arroyo: el Ulises, ilustrado por primera vez

Eduardo Arroyo solía contar que el Ulises de James Joyce le salvó la vida. “Estaba obsesionado con eso, completamente obsesionado”, asegura su viuda, Isabel Azcárate. Fue hace tiempo, en el año 1989. El pintor sufrió una gravísima peritonitis en París que a punto estuvo de matarlo. La convalecencia le duró un año. Pero él, que era vigoroso, vital y tozudo, utilizó la obra del irlandés para medir sus fuerzas. En cierto modo, para sobrevivir agarrado a aquella necesidad de reinvención como artista que manaba y lo apelaba desde el poderoso texto de Joyce.

Así fue fraguando alrededor de 130 ilustraciones en color y 200 en blanco y negro. Pero nunca en vida del artista ―murió el 14 de octubre de 2018― se publicaron como a él le hubiera gustado: ilustrando el texto de la novela. La mayoría, sin embargo, vieron la luz en un cuaderno que apareció en 1991 para conmemorar el 50 aniversario de la muerte del autor.

Se lo había encargado Hans Menke, editor de Círculo de Lectores. Pero su nieto Stephen Joyce impidió que aquellos dibujos acompañaran la novela. Alegaba que su abuelo nunca quiso ver el Ulises ilustrado. “Aunque lo cierto es que, en vida, el escritor planteó a Picasso y a Matisse algo similar”, asegura Joan Tarrida, responsable de Galaxia Gutenberg. Y lo cierto también fue que Picasso no le contestó, lo que le enfureció.

Tarrida, por tanto, está convencido de que a Joyce le hubiera gustado la idea. Pero a Arroyo más. Y su amistad con el pintor ―fue también su editor en vida― le ha llevado a cumplir esa promesa hecha antes de que muriera y de paso a que la novela aparezca, por tanto, ilustrada por primera vez en todo el mundo justo cuando se cumple, además, el centenario de la primera edición del libro, publicada en París en 1922. “Llegó a ver maquetado un tercio del libro, aproximadamente, se fue con la idea de que el deseo se iba a hacer realidad”. Pero no solo en español. También en inglés, con la editorial Other Press.

A Judith Gurewich, la responsable del sello estadounidense donde aparecerá la obra, no tuvo Tarrida ni que convencerla para que le acompañara en el proyecto. “Había quedado con él en su oficina de Barcelona para hablar de otras cosas y mientras le esperaba vi varios dibujos esparcidos en la mesa”, afirma Gurewich. “Lo tomé como una señal. Nací en Canadá pero crecí en Bélgica y, de repente, aquellas imágenes evocaban algo muy profundo de mi infancia”, afirma, “de cuando mis padres me llevaban a museos y bebía junto a ellos las vanguardias del siglo XX”.

Cuando Tarrida entró en el despacho, su colega le preguntó qué era aquello. “Había tenido lo que yo llamo un ‘momento Madeleine’, en memoria de mi madre, que era una refugiada judía de origen húngaro en Bruselas. Los dos supimos que llevaríamos a cabo el proyecto juntos, casi ni lo tuvimos que hablar”, afirma Gurewich.

Arroyo también se enteró. “Aunque no tuve la suerte de conocerle”, asegura la editora norteamericana ahora. Tarrida se lo contó en julio de 2018. Pero debía pasar un tiempo hasta que expiraran los derechos de autor en España y pasaran a dominio público, algo que se cumplió el pasado 31 de diciembre. El libro aparecerá a finales de enero simultáneamente en inglés y español.

Dentro de sus páginas se regocijan Stephen Dedalus y Buck Mulligan, humedecidos en los trazos de Arroyo mientras contemplan seducidos, narcotizados, medio borrachos por la bruma, el mar verdemoco, según lo define Joyce, que rodea Dublín. Mientras Molly Bloom se cuela en los sueños húmedos de unos cuantos y traiciona su destino fiel de Penélope con la connivencia callada de los gatos y los murciélagos. Al tiempo que Leopold, su esposo, devora casquería y funde mollejas con el sueño de viajar por Europa sin salir de Irlanda…

Ulises fue un texto perfecto para Arroyo. Casi un destino en un artista que logró una simbiosis ideal entre pintura y literatura. Trazó toda su vida imágenes que se podían leer y textos que se veían. Fue un letraherido constante, obsesionado con su vertiente de ilustrador. Junto a Tarrida publicó una Biblia asombrosa. “Lo hicimos a principios del 2000 y ahí empezó a hablarme de su deseo con el Ulises”, asegura el editor.

Jamás se negó a mandar un dibujo para una portada de un libro de cualquier amigo o de un medio que se lo pidiera. Colaboró en eso con Juan Goytisolo y contó con la complicidad de Julián Ríos para el proyecto de Joyce. A petición de este periódico ilustró portadas de Babelia o El País Semanal. Se le podía sugerir con suficiente tiempo de antelación que daba lo mismo: al día siguiente lo enviaba. Acompañar cualquier labor de imprenta le motivaba como a un niño.

Existen multitud de interpretaciones del Ulises. Desde el punto de vista del lenguaje, de diversas corrientes de la psicología, vanguardistas, imbricadas en la tradición, trágicas, cómicas, filosóficas, astrológicas… El psicólogo Néstor Braunstein lo ha estudiado desde la perspectiva lacaniana. El creador de dicha corriente sostenía que el autor era “un desabonado del inconsciente”.

Aun así, no hizo otra cosa, según Braunstein, que labrarse un nombre. “Joyce es el inverosímil inventor de una escritura sin precedentes. Intentó con ella hacerse un nombre”, asegura. Todo ello conlleva una complejidad que se plasma en el esfuerzo de esculpir con carácter y de manera radicalmente original cada párrafo, cada diálogo de la obra. Pero casi mejor atenerse a lo que el propio escritor le dijo un día a Djuna Barnes en vísperas de su publicación. Quedaron en el café Les Deux Magots, de París, y le confesó: “Lo malo es que el público pedirá y encontrará una moraleja en mi libro, o peor, que lo tomará de algún modo en serio, y, por mi honor de caballero, no hay en él una sola línea en serio”.

El aliento cervantino, pues, llevó también a Joyce a pulir y a fantasear en cada página bajo el mandamiento de la ironía. También del influjo poético trasladado a la prosa. Cada vez que en el Ulises se nos presenta un personaje, el autor levanta un monumento verbal para definirlo: entre la iconografía visual y el zarpazo del misterio. ¿Tendrá que ver en eso, según la teoría de Lacan, su obsesión por esculpir cada identidad ajena en un nombre digno para cada una de sus criaturas?

La teoría de Gurewich es que Arroyo, en su genio y su intuición, dice, “jamás interpretó el texto”. Fue una decisión sabia. De curtido lector y libérrimo pintor. Sacar conclusiones fuera de lo que las palabras le provocaban como imagen hubiese desnaturalizado el trabajo. “Interpretó lo que veía. Y en el texto veía y veía, más que leer”, afirma la editora.

Obra coral

También quiso compartir con otros la fiesta de crear un imaginario para Ulises. Invitó a otros pintores como Gilles Aillaud, Andreu Alfaro, Adrien Jacques Le Seigneur junto al traductor del árabe Kadhim Jihad al alimón o Rougemont y también a Grazia Eminente, que aporta una fotografía. Tarrida explica por qué Arroyo sintió la necesidad de que todos ellos lo ayudaran con una colaboración. De hecho, el propio artista le dijo: “Cuando traté de imaginar una playa cubierta de conchas me di cuenta inmediatamente de que solo Gilles Aillaud podía hacerlo”. Lo mismo pasó con Rougemont, a quien pidió el baño turco del quinto capítulo; a Luis Gordillo, que le introdujera, aseguraba Arroyo, “en el laberinto y los batiburrillos de Circe, o Alfaro, que torneó con delectación el seno de Molly…”.

Completó así una obra coral y, en su caso, resucitadora, bajo la guía pertinente de un homenaje y una simbiosis: la de la pintura con la escritura, una unión de la que Arroyo se convirtió en maestro absoluto. Su obra viva continúa al alza y se puede contemplar en la exposición que hasta el 27 de febrero sigue abierta en las Naves de Gamazo, en Santander, bajo el título Eduardo Arroyo: El buque fantasma, en alusión a uno de sus últimos cuadros, así como en la galería Álvaro Alcázar de Madrid, donde se han expuesto autorretratos y una serie de sus personajes favoritos.

jueves, 3 de marzo de 2022

Marietta Gargatagli y tres de "Ulises" (III)

Esta es la tercera y última entrada que Marietta Gargatagli le dedicó al Ulises de James Joyce y sus peripecias en las tierras del Cid.

El Ulises de Salas Subirat en España

En las bibliotecas públicas y universitarias españolas se encuentran numerosos ejemplares de la traducción de Ulises de José Salas Subirat (foto), de las reediciones de 1952, 1959 y 1972. Y dos ejemplares firmados de la primera edición de 1945. Uno perteneció al escritor Juan Benet (Biblioteca Nacional de España) y otro al psiquíatra y discípulo parricida de Freud, Ramón Sarró (Biblioteca de Catalunya). 

En un plano diferente de la realidad, aquel Ulises también aparece en los archivos de la censura literaria de Alcalá de Henares, por lo menos, dos veces. Aunque de la primera aparición no queda más huella que la segunda aparición: la solicitud de impresión y depósito de ejemplares de la editorial Planeta que tenía intención de editarlo en 1962. Un Ulises sigue ahí muy intonso. No se encargó una traducción a nadie: simplemente se presentó para su aprobación la tercera edición (1959) del trabajo de José Salas Subirat publicado por Rueda de Buenos Aires. La novela de Joyce sería precedida del “Estudio Biográfico de James Joyce de R. Fernández de la Reguera”. 

En uno de los apartados de los formularios de la censura previa se mencionaba como antecedente una importación suspendida el 14 de junio de 1946, relacionada con la primera publicación de la editorial argentina, aunque en realidad la primera edición de Rueda (que se sepa) no se vendió en España. La autorización de 2000 ejemplares tiene fecha del 16 de marzo de 1962 y está precedida por el informe del lector “don 10”. Es decir, un anónimo, que dijo lo siguiente:

Con fragmentos verdaderamente incomprensibles, el Ulises de James Joyce tiene páginas consideradas por la crítica literaria como antológicas, dentro de las nuevas líneas de expresión propias de nuestro siglo. Es cierto que en algunos pasajes, como en el monólogo final de la señora Bloom, existen descripciones crudísimas; pero no están hechas con afán pornográfico, como tampoco las irreverencias religiosas de algunos personajes tiene tono proselitista. En definitiva, estamos ante una obra publicada casi hace medio siglo, que si en su tiempo escandalizó, ahora se la considera más bien como una curiosidad literaria, que como una piedra de escándalo, de interés, por su difícil lectura, solamente para una minoría.” A mano se añadió: “Por todo ello considero que PUEDE PUBLICARSE” Y con otra letra: “En cuanto al prólogo (se refiere al de R. Fernández de la Reguera) no tiene nada censurable.”

Curiosamente la obra no vio la luz hasta 1964 cuando fue incluida en una colección de Planeta llamada, paradójicamente, Maestros ingleses. Se trataba del Tomo VI, en papel biblia y donde Ulises compartía volumen con George Wells (La guerra de los mundos), D.H. Lawrence (La mujer perdida), AldousHuxley (Un mundo feliz) y Graham Greene(El poder y la gloria), libros que, como Ulises, también habían sido editados en la Argentina.

La versión de Salas Subirat fue publicada en España varias veces más. Anotada por Julián Ríos e ilustrada, apareció en Círculo de Lectores de Barcelona en 1991 con una frase que decía así: “La obra de Joyce, en la versión de José Sala Subirat que hemos seleccionado, mereció la aprobación de Jorge Luis Borges, primer traductor de un pasaje del Ulises al castellano”.

En 1992, se publicó El Ulises Prohibido: los dibujos originales de la edición de Ulises ilustrado. Un recorrido visual y literario por la novela del siglo de Eduardo Arroyo y Julián Ros, conmemorativa del cincuentenario de la muerte de James Joyce en 1991. Entiendo que se trata de un cuaderno/catálogo de la exposición en Madrid de las obras de Arroyo que el nieto de Joyce no permitió que se incluyeran en la primera edición de Círculo de Lectores.

En 1996, Planeta volvió a editarUlises o cierta versión de Ulises que encargó a Eduardo Chamorro quien corrigió la traducción y eliminó las palabras argentinas de Salas Subirat que (curiosamente) siempre fueron muy pocas, aunque irritantes.

En 2022 (retomando el deseo de Eduardo Arroyo, cuyas ilustraciones de Ulises hubieran debido estar en la edición de 1991 de Círculo de Lectores), la editorial Galaxia Gutenberg volvió a editar la traducción de Salas Subirat en un volumen precioso de 710 páginas.

En las bibliotecas españolas, públicas y universitarias, figuran otros Ulises traducidos por Salas Subirat, los editados por Brontes (2009) y Edicomunicación (2003, 2006) (de los que no existen mayores (ni menores) referencias) y por la editorial Diana de México que solía repetir las ediciones más interesantes de Buenos Aires.

No conozco ninguna investigación sobre la recepción del trabajo de Salas Subirat en España ni tampoco cuánto pudieron pagar por él (al autor o a sus herederos) los sucesivos editores. Con la excepción de Galaxia Gutenberg que incluye el ã de los herederos de Salas Subirat y no modificó el texto del traductor.

Gracias al hallazgo de un manuscrito de otra versión de Ulises, en este caso, al catalán,del profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, Alberto Lázaro Lafuente, hallazgo que conocí por un artículo de Teresa Iribarren i Donadeu («La primera traducció de l´Ulisses a Espanya»ScientiaTraductionis, n. 12, p. 342-363, 2012, traducción al portugués de Brasil por MauriFurlan) es posible imaginar los posibles honorarios de la época por la versión de un clásico y las naturales zozobras del oficio.

La traducción de Joan Francesc Vidal Jové (1899-1978, narrador y dramaturgo catalán que tradujo a Joan Maragall, Salvador Espriu, Mercé Rodoreda, Balzac, Rabelais, Rimbaud, Sade, Zola y Joanot Martorell) fue presentada por Alfredo Herrero Romero para la editorial que llevaba su nombre AHR a lo que se denominó, después de la Ley de Prensa de 1966, la “consulta voluntaria”. Mecanografiada y con 1082 páginas, la obra de Vidal Jové recibió la autorización el 15 de marzo de 1967. Por razones que se desconocen aquel permiso no fue suficiente para que fuera editada. En este caso sí sabemos cuánto cobró el traductor, 31 pesetas por folio, que el trabajo debía hacerse a partir de la versión francesa de Auguste Morel y en cuatro meses. Una de las cartas de Vidal Jovéal editor resulta bastante elocuente de las vicisitudes no literarias de la novela más extraordinaria del siglo xx.

“Si no está Vd. en la cárcel (hoy todo es verosímil) escríbame Vd., telefonéeme. Si no es así —como espero— y no me contesta, únicamente los servicios de pompas fúnebres podrían justificarle. Y aun no, a sus herederos. Un saludo, cordial y un tanto desesperado.”

lunes, 12 de marzo de 2018

Ulises, de James Joyce: Argentina 3, España 2


En los últimos días de diciembre de 2017, la filial argentina de la editorial Edhasa publicó en dos volúmenes una nueva versión de Ulises, de James Joyce, esta vez en traducción de Rolando Costa Picazo. Se trata de la quinta traducción de la obra y la tercera argentina, luego de las de José Salas Subirat y de Marcelo Zabaloy. A propósito de esta edición, Juan Arabia publicó el pasado 28 de enero en el suplemento cultural del diario Perfil, de Buenos Aires, la siguiente nota, que incluye una serie de respuestas del traductor a propósito de sus decisiones y notas.

“La mirada de Ulises”

A casi 100 años de la publicación de los primeros capítulos por entrega del Ulises de James Joyce (Dublín, 1882 - Zúrich, 1941) en The Little Review, marzo de 1918, y luego publicado íntegramente hacia 1922 por Sylvia Beach en París, una nueva y definitiva edición traducida, prologada y anotada por Rolando Costa Picazo se publica en nuestro país bajo el sello de Edhasa.

Declarada ilegible por muchos lectores y críticos, probablemente una de las obras más largas y herméticas de la historia, desde su aparición concilió claros adeptos y detractores. Alabada y defendida por los máximos creadores de la literatura moderna (Ezra Pound, T. S. Eliot, Ernest Hemingway y Hart Crane, entre otros), sin embargo encontró escisiones en el mismo campo literario. D. H. Lawrence, por ejemplo, opinó que se trataba de una obra “repugnante”. Virginia Wolf se refirió a Ulises como un libro “vulgar”, “analfabeto”. Fue denunciado por “obsceno” y “pornográfico”, además, por el secretario de la Sociedad para la Erradicación del Vicio de Nueva York, y los editores no sólo tuvieron que pagar una multa, sino que hacia 1919 se confiscaron y quemaron los números de The Little Review. Hubo más oposiciones y juicios, abogados y tribunales, y la ira de muchos creció en paralelo con la expansión de una obra que aún hoy abre nuevos horizontes y cavernas alternativas de sentido.

El mismo Joyce, exiliado voluntariamente de su patria, advertía en sus cartas respecto a esta obra: “Quiero dar un cuadro tan completo de Dublín que si algún día la ciudad desapareciera de repente de la tierra, podría ser reconstruida de mi libro”; “dar a la gente alguna especie de goce espiritual al convertir el pan de la vida diaria en algo que tenga una vida artística propia, para su elevación mental, moral y espiritual”.

Con una estructura paralela a la de la Odisea de Homero, Ulises es el relato de un día, el 16 de junio de 1904, en la vida de los tres personajes principales (Stephen Dedalus, Leopold Bloom, y el monólogo final de la esposa de este último, Molly) cuya jornada transcurre en un continuo deambular por las calles y las tabernas de Dublín.

Con sus vivencias, monólogos interiores y reflexiones íntimas, Joyce compone un universo muy particular, en el que el lenguaje, fragmentado y distorsionado (algunos críticos se refieren al “flujo de conciencia” o “corriente de la conciencia”, como más tarde denominó el norteamericano Alfred Kazin) refleja la inmediatez del proceso del pensamiento humano y la realidad exterior. Todo esto, junto a un poderoso humanismo y una extraordinaria capacidad de descripción, donde sólo la emoción perdura y le da a la obra una viva sensación de realidad.

En diálogo con Perfil, el traductor y editor crítico de esta reciente publicación, Rolando Costa Picazo (Santa Fe, 1931), profesor consulto de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y miembro de número de la Academia Argentina de Letras, advierte: “Joyce es un escritor difícil porque su vida es difícil. Si bien sólo los primeros capítulos son comprensibles, capítulos en los que aparece su verdadero héroe [Stephen], mi propósito con esta traducción es hacer su obra inteligible”. Joyce invirtió diez años de su vida en Ulises, “mientras pasaba de una borrachera a la otra y se acostaba con cualquiera. No tenía dinero y estaba dando unas clases horribles. Él sufrió muchísimo”.

Sin embargo, y pese a que muchos críticos consideran que los personajes representan disímiles partes del mismo autor (muchas veces se ha dicho que el personaje de Stephen ya incluido en 1916 en A Portrait of the Artist as a Young Man era su alter ego), Costa Picazo afirma que “no hay autobiografía. Esto es únicamente algo que a él se le ocurre, y que ya pasaba en el libro Dubliners”.

En Dubliners (1914) el mismo Joyce mostraba ya su extraordinario talento para la descripción y la indagación psicológica de sus personajes. Nada mejor que ir al fondo del ser, y su existencia, y por tanto intentar capturar mediante la sangre de sus seres y la ciudad (Dublín) la avidez de sus olas. En Ulises, de este modo, la literatura dinamita todos sus costados, y por tanto todas las experiencias posibles de escritura.

En Textos Cautivos, Borges advertía que, si bien a primera vista parecía un libro caótico, lo importante del Ulises de Joyce era “la incomparable y delicada música de su prosa”. Algo muy próximo a lo establecido por el crítico alemán E. R. Curtius, que decía al respecto: “Debemos leer Ulises como una partitura musical, y así podría imprimirse. Para entender realmente Ulises tendríamos que tener conciencia de todas las frases de la obra”. Costa Picazo, por su parte, no duda en afirmar que “Ulises es una obra de poesía, no de narrativa”, algo que manifiesta las relaciones complejas que aún existen entre los lectores y críticos de esta obra.

Con la traducción de más de cien obras del inglés al español, entre las que se destacan los inmensos volúmenes de Cuentos Completos de Edgar Allan Poe, Ezra Pound: Primeros poemas, 1908-1920 y Moby-Dick de Herman Melville, entre muchos otros, Rolando Costa Picazo confiesa: “Esta traducción me destrozó. Aunque siempre pude avanzar, porque era como tocar una partitura musical. Una cosa llevaba a la otra”. Si bien Costa Picazo ya había preparado muchos fragmentos de esta obra para dar en sus clases universitarias, le llevó dos años completar esta traducción en su integridad. La edición escogida fue la de Ulysses. The Corrected Text, editada por Hans Walter Gabler con Wolfhard Stepe y Claus Melchior, y que incluye y reproduce el plan o guía que Stuart Gilbert publicó en su libro James Joyce´s Ulysses (1930).

Para ayuda del lector, además, esta nueva edición incluye una serie abundante de notas, 6381 en total, de las que Costa Picazo comenta: “Las notas fueron muy difíciles porque se movían a medida que las pasaba. Era el mismo espíritu de Joyce el que parecía intervenir en el proceso de edición. Más de una vez pensé: ‘Bueno, esto yo no lo puedo hacer”. Otra de las dificultades que encontró, aunque ya de naturaleza propiamente subjetiva: “Con el avance de los capítulos muchas veces me encontré quejándome, y preguntándome por qué Joyce hacía eso con los personajes”.

En contra de las formas artísticas de su época y de los valores cristianos predominantes, Ulises se rebela en su propensión de expandir los límites más vulgares y conocidos de la experiencia. Se ríe del nacionalismo irlandés, de la corona inglesa, del aire enrarecido de la academia, de poetas como Tennyson y Mallarmé. Porque, y de la misma forma que T.S. Eliot y Ezra Pound, Joyce se encarga por medio de su obra de forjar una tradición selectiva, releerla y actualizarla, mediante el constante diálogo de sus personajes con poetas y pensadores (desde los clásicos griegos, pasando por Dante, Shakespeare, Cavalcanti, Blake, Gautier, entre muchos otros). Era el mismo Pound quien creía -autor que tanto esmero puso para que Ulises fuera publicado- que la mejor forma de crítica literaria se daba en el acto creativo.

Épica burlesca y pesimista, “Joyce se está burlando de todos, todo el tiempo. Si bien él siente determinado cariño por el personaje de Stephen, el verdadero héroe de la historia  [Bloom] es un tonto”, concluye Costa Picazo.

Es probable que Joyce se siga burlando de los lectores, y que sigan surgiendo preguntas respecto al drama o a la tragedia del Ulises, sus relaciones con la épica de Homero, las correspondencias entre sus personajes. Un libro con tantas alusiones, juegos retóricos, citas e interpretaciones, lo primero que hace es enrarecer aún más el denso aire que corre en las academias y que respiran los críticos y los reseñadores. En 1941, y en motivo del fallecimiento de Joyce, Leopoldo Marechal ya había advertido que la variación de estilos, la continua mudanza de recursos y el libre juego de los vocablos en el Ulises terminaban por hacernos perder la visión de la escena, de los personajes y de la obra misma: “No se ha detenido ahí, ciertamente, porque hay un demonio de la letra y es un demonio temible. A juzgar, por sus últimos trabajos, el demonio de la letra venció a Joyce definitivamente”.

Y es que nos enfrentamos, finalmente, con un discurso poético que no busca significar sino ser, y donde abunda sobre todo eso que no se puede reducir a una explicación y que es el verdadero núcleo duro de la poesía: “La gente no sabe lo peligrosas que pueden ser las canciones de amor (…). Los movimientos que producen revoluciones en el mundo nacen de los sueños y visiones en el corazón de un campesino en la ladera de un cerro. Para ellos la tierra no es un suelo explotable, sino la madre viva. El aire enrarecido de la academia y el ruedo producen la novela de seis chelines, la canción del music hall. Francia produce la mejor flor de la corrupción de Mallarmé, pero la vida deseable se revela solo a los pobres de corazón, la vida de los feacios de Homero”.

viernes, 2 de septiembre de 2016

"¿Quién era, en suma?

El 17 de agosto pasado, en el diario La Nación, de la Argentina, Pedro B. Rey publicó el siguiente artículo sobre el libro de Lucas Petersen que se presenta hoy, a las 19 hs., en la Sala Federal del C.C.K.

Últimas noticias de un traductor vocacional

Alguna vez tuve la oportunidad de preguntarle a un editor español por el destino de una biografía que anunciaba desde hacía tiempo y demoraba en llegar al castellano. La obra estaba dividida en dos tomos. La traducción del primero había aparecido una década antes, pero del segundo no había noticias. La ajetreada existencia del escritor que tenía como objeto quedaba, en nuestro idioma, en suspenso, curiosamente trunca. "En algún momento va a salir", respondió el editor con una sonrisa evasiva. "El de traductor es un trabajo ingrato –agregó, cuando volví a buscar las razones del atraso–: se los nombra siempre para señalárseles los errores, nunca los aciertos. A veces terminan afectados." Al parecer, en algún momento durante el trabajo en ese segundo volumen el traductor tuvo un tenaz colapso nervioso.

Esa fragilidad tal vez sea más notoria en los países donde ganarse la vida traduciendo libros literarios funciona como profesión exclusiva. En la escena argentina, los practicantes de la traducción, a pesar de su relativa pujanza, no pueden darse el lujo del abatimiento. Quizá subsista en ellos, por algún misterio genético colectivo, la perseverancia de sus antecesores, guiados por sus ganas de dar a conocer aquello todavía inaccesible. La traducción, al fin de cuentas, implica fidelidad, pero sobre todo riesgo. Así debe haber pensado J. R. Wilcock cuando tradujo The Quiet American, de Graham Greene, como El americano impasible (una traición leve y genial), Borges cuando sembró Las palmeras salvajes de términos locales (nadie se atrevió todavía a una nueva traducción, a pesar de lo discutible de algunas de sus resoluciones) o Estela Canto al abordar En busca del tiempo perdido.

El más osado y enigmático de todos los traductores argentinos fue, contra todo, José Salas Subirat, el primero que vertió al español el Ulises, la novela que James Joyce publicó en 1922, se convirtió en sinónimo de vanguardia y nadie se atrevía a versionar en su totalidad. Lo notable de Salas Subirat, que dio a conocer sorpresivamente su trabajo en 1945 en Santiago Rueda Editor, era su múltiple condición de outsider. Poco y nada se sabía de él en el ámbito literario. Se había embarcado en el proyecto –según anunciaba en una nota introductoria– para mejor entender esa novela, notoria por sus dificultades, sin tener conocimientos óptimos del inglés mientras continuaba su carrera como empleado en una compañía de seguros. Durante décadas, hasta que el poeta español José María Valverde publicó su interpretación peninsular del texto, fue la única manera de acceder a la obra más influyente de la literatura del siglo XX. El abnegado trabajo de Salas Subirat recibió numerosos reparos (algunos errores, decisiones dudosas, poca atención a las palabras compuestas del estilo joyceano) y tardíos reconocimientos, como el de Juan José Saer, que reivindicó "la materia viviente del habla" que se reflejaba en su interpretación. El traductor, a pesar de que se conocieran de él datos sueltos, quedó reducido a un simple nombre.

Pero ¿quién era, en suma? En su reciente El traductor del Ulises, Lucas Petersen se lanzó a explorar la vida y las motivaciones que podría haber tenido el traductor para acometer su empresa y, al mismo tiempo, presentar el panorama de una época, su entramado cultural, que es lo que reclama toda biografía que se precie. En su minuciosa reconstrucción, el autor, que tuvo acceso a los papeles de su biografiado (y a las ediciones de la obra de Joyce con que trabajó), nos presenta la vida de alguien corriente, un hombre común "que se introduce con desparpajo en un coto del que los hombres comunes están excluidos". Como tantos de su generación (nació en 1900, murió en 1975), Salas tenía una inquebrantable vocación autodidacta, convencido de que la cultura era una variante del progreso personal. La traducción del Ulises por la que se lo recuerda fue apenas una de las tantas actividades a las que se consagró. Frecuentó al grupo de Boedo, publicó algunos libros, pero después de entregarle a Santiago Rueda su famosa versión apenas tradujo nada más. Se dedicó a redactar libros de superación personal y una multitud de manuales, al parecer fundamentales, sobre su especialidad: el mundo de los seguros. Al final de su vida, después de un paso laboral por Venezuela, tuvo alguna incursión como columnista televisivo ("sobre relaciones humanas y relaciones públicas") y se dedicó al dibujo y a la pintura. Aunque lanzó una versión parcialmente revisada del Ulises en 1952, Salas Subirat no parecía tener tiempo para dejarse abatir por las críticas. Era un traductor vocacional, un pionero. No deja de ser un triunfo, de todas maneras, que, a pesar de sus defectos insalvables y de que existan versiones más aggiornadas, todavía se vuelva a él, como si hubiera tocado, en su esfuerzo, algún nervio secreto del idioma.

jueves, 1 de septiembre de 2016

"Lucas Petersen escribió un gran libro"

El 21 de agosto pasado, en su habitrual columna del diario Perfil, Damián Tabarovsky escribió sobre la biografía de José Salas Subirat, de Lucas Petersen, que este viernes 2 se presenta a las 19 hs. en la Sala Federal del C.C.K. El acto tendrá la forma de una mesa redonda, con la presencia de Luis Chitarroni, Jorge Fondebrider y Carlos Gamerro. Quedan todos avisados, incluso Tabarovsky.

Vida más allá de Sur

Debo a Luis Chitarroni dos recomendaciones que de alguna forma giran en torno a Joyce. Una, hace muchos años, fue Libra, de Don DeLillo, novela de suspense sobre el asesinato de Kennedy, escrita con una benéfica influencia del tono joyceano en la respiración, que lamentablemente luego DeLillo perdió. La segunda, mucho más cercana en el tiempo, fue El traductor del Ulises. Salas Subirat. La desconocida historia del argentino que tradujo la obra maestra de Joyce, de Lucas Petersen, publicado recientemente por el sello Sudamericana, muy bien editado. 

Por azar, el libro de Petersen –que me apresuro a calificar de notable– salió casi al mismo tiempo que una discusión en torno a otra traducción de Joyce, la de Finnegans Wake, realizada por Marcelo Zabaloy para la editorial El Cuenco de Plata. Matías Serra Bradford escribió un artículo tan erudito como polémico sobre esa traducción, en la página de cultura diaria de Clarín, que tuvo réplicas en la revista Ñ de ese mismo diario y, hasta donde sé, también en el blog del siempre interesante Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. No voy a ahondar en esas discusiones. Diré sólo esto: disfruto y participo mucho más de las discusiones en torno a la traducción de un libro que de los altercados sobre bolsas de dinero en conventos y periodistas y jueces corrompidos un día por unos y otro por otros.

Volviendo al libro de Petersen, su interés reside en que logra, en un único movimiento, aunar la biografía intelectual de un personaje rarísimo como Salas Subirat, con una buena historia cultural de la época (los años 30 y, sobre todo, los 40), vista desde un punto de vista lateral. Salas Subirat terminó la escuela primaria a los 23 años, no era un erudito del inglés, trabajó casi siempre como agente de seguros, escribió libros de autoayuda y textos específicos sobre el tema de los seguros (además de algunos ensayos, poemas y ficciones sin demasiada repercusión), y salvo Ulises no realizó ninguna traducción de importancia.

Pero tradujo Ulises por primera vez al castellano para la editorial Santiago Rueda –en 1945– y durante años y años fue la única traducción disponible. ¿Es buena la traducción? No estoy en condiciones de responder esa pregunta (en 1952 apareció una segunda edición revisada, con menos errores que en la primera, según parece). En cambio estoy en condiciones de afirmar que la de Salas Subirat integra la gran tradición loca y argentina de grandes traducciones, que incluye, obviamente, la de Ferdydurke de Gombrowicz, llevada a cabo en Buenos Aires hacia mediados de los años 40 en las mesas del café Rex por un grupo de escritores jóvenes (Adolfo de Obieta –hijo de Macedonio Fernández–, el cubano Virgilio Piñera, a veces Carlos Mastronardi, entre otros) que tomaban nota de la traducción oral que Gombrowicz hacía del polaco a su dudoso español, para luego retraducirlo a un castellano escrito con dejos cubanos, acentos de vanguardia porteña y un maravilloso desdén por las convenciones.

Lucas Petersen escribió un gran libro. Me encantaría ahora leer un segundo –que ya se insinúa en éste: una historia de Santiago Rueda, la editorial que no sólo publicó Ulises, sino también por vez primera En busca del tiempo perdido, de Proust. En los años 40, había vida más allá de Sur. 

jueves, 4 de agosto de 2016

Acaba de aparecer la biografía de José Salas Subirat escrita por Lucas Petersen

Después de una larga espera, ya está disponible el libro de Lucas Petersen sobre la vida y la obra José Salas Subirat. Se trata de un hecho sin precedentes ya que no todos los días aparece la biografía de un traductor. La tarea, que demandó varios años de investigación (algunas de cuyas etapas fueron divulgadas en las reuniones del Club de Traductores Literarios de Buenos Aries) permite hoy armar un rompecabezas por demás complejo y, desde ya, es altamente recomendable.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Ni Buster Keaton ni los Hermanos Marx: José Salas Subirat, por Lucas Petersen

Con el título "Salas Subirat: primer traductor del Ulises de James Joyce al castellano", Lucas Petersen dio ayer una charla francamente desopilante en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Se refirió en ella a los orígenes de Salas Subirat, su paso por el grupo de Boedo, sus aventuras como vendedor de seguros, sus muchas teorizaciones sobre los seguros, las incursiones en los libros de autoayuda y, claro, la traducción de Joyce, con muchos vericuetos en el medio que planteó como piezas sueltas de un fantástico rompecabezas que incluye a Héctor Pedro Blomberg, César Tiempo, el editor Santiago Rueda y el cantante de boleros Mario Clavel.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Lucas Petersen es periodista cultural especializado en música e historia de la cultura, trabajó en varias emisoras radiales y colaboró, entre otras publicaciones, con la revista Ñ. Es docente de Historia en el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA). Obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes para investigar la vida de José Salas Subirat, primer traductor Ulises de James Joyce al castellano.

Hasta que se suba el video a youtube, puede vérselo aquí: http://www.ustream.tv/recorded/50989073

sábado, 29 de septiembre de 2012

Desventuras de la traducción del Ulises de José Salas Subirat en España


También del número especial de Ñ dedicado a la traducción es este artículo firmado por Marietta Gargatagli donde, tomando el Ulises de James Joyce traducido por José Salas Subirat como excusa puede historiar el desprecio de cierta ¿clase ilustrada? española por lo que sucede en los otros dominios de la lengua.




La traducción neutra no es una pipa

José Salas Subirats tradujo el Ulises de Joyce entre 1940 y 1945, en la equívoca paz argentina de la Segunda Guerra Mundial, como si el escepticismo de ese tiempo encontrara la metáfora perfecta en el escepticismo de ese preciso y extraordinario libro. Es raro que la primera traducción de una obra clásica sea la definitiva, pero así fue. Lo mismo ocurrió con las primeras versiones de John Dos Passos, William Faulkner, Virginia Woolf o cierto Franz Kafka, los autores, junto con Joyce, que más influyeron en la mejor prosa del siglo xx. Podrán volver a traducirse, reproducir con ilusoria precisión matemática el original, rodearse de rotundos aparatos críticos, pero nada será parecido al encuentro inicial de esas escrituras con los escritores que entonces eran el porvenir, los de América.

El pasado imperfecto no contiene el futuro que todavía no llegó y nos oculta qué podrán hacer nuevos lectores con los nuevos Joyce o Faulkner o Kafka traducidos después. Esas incógnitas no existen con el primer Ulises. Sabemos perfectamente qué pasó. Lo editó Rueda en Buenos Aires en 1945, lo reprodujo Diana en México en 1947, pasó de biblioteca en biblioteca y quedó incorporado para siempre a la experiencia de la lengua narrativa de América Latina, entonces todavía un work in progress.

A la manera paródica de Roberto Arlt, el castellano de Salas Subirats no reproducía de forma naturalista el habla de ninguna parte: era un idioma que no existía (ni existe) y justamente por su fisonomía desplazada podía adoptar la apariencia de un griterío contemporáneo, una suerte de voz o aullido completamente nuevo que definía y reproducía de modo profundo y definitivo el Ulysses original. Salvo en algunos diálogos y no siempre de forma coherente, los personajes repetían palabras reales porque eso, como observó Carlos Gamerro, convenía a la representación: había que marcar la diferencia entre la voz narradora, más áulica, de las voces de la calle, donde cabían los políticos de esquina, los fulleros o los predicadores. Pero incluso ese argot no tenía un solo origen y si alguien se dedicara a hacer cómputos vanos no tardaría en comprobar que de las casi cuatrocientas mil palabras del libro, las exclusivamente locales no superan el dos por ciento. Prodigios de la escritura: una traducción puede ser funcional a una lengua, a una tradición, a una literatura, sin que sea necesario descargar sobre los lectores las peculiaridades verbales de la tribu, el barrio, la ciudad o, desde luego, el país.

No porque sea incomprensible: el castellano es un idioma perfectamente comprensible de los Pirineos a Guinea Ecuatorial y las islas Chafarinas, de las tierras más australes de la Argentina al río Bravo y los desiertos de Sonora y de Chihuahua. La transformación de irlandeses o franceses o norteamericanos en los abundosos y dicharacheros y fraseológicos habitantes de las Chafarinas, por poner un ejemplo, no resultaría impenetrable. Sólo que proceder de esa manera desvirtúa el carácter ficticio de lo ficticio. Lo destruye.

Es fácil traducir “al modo más natural de decir algo” basándose en la mera experiencia personal o sostenidos por la creencia de que la mera experiencia personal contiene una centralidad universal. Lo laborioso es que un discurso parezca natural sin serlo: que un personaje parezca de Denver sin decir una sola palabra propia de Denver. O, como es el caso, que este Ulises parezca muy argentino aunque se llame maritornes o criada a la sirvienta en lugar de mucama o muchacha o sirvienta. Y etcétera.

A este modo de traducir en la Argentina se le llamó neutro y nada tiene que ver esta denominación con ese engendro presente y comercial llamado castellano neutro o, según la función, traducción neutra que, a lo Frankenstein, aspira a juntar formas de varios lugares para dar la impresión de un idioma ecuménico.

La neutralidad de la escritura
Existe la idea, aunque llamarlo idea es exagerado porque se trata más bien de una rutina comercial, que lo que desuniformiza la lengua castellana (y por tanto arruina el negocio) es que los hablantes persisten en la molestia práctica de no llamar a las cosas por el mismo nombre.

Hasta no hace muchos años se dio por hecho, ¡incluso hubo quienes pusieron estas afirmaciones por escrito!, que el castellano de España (rebautizado como “español” como parte de una operación política del tardofranquismo) era la forma neutra que podía resolver las diferencias llamadas dialectales. Sin defender esta curiosa e inane fantasía, muchos artífices, ignoran o persisten en ignorar que sus libros —y por tanto sus traducciones— publicadas en Madrid o Barcelona se venden por toneladas en América Latina. Aunque haya profesionales que no compartan el principio de que el dialecto central norteño peninsular es una suerte de versión óptima del idioma, lo cierto es que al escribir obras en esta modalidad que se destinan en su casi totalidad a la exportación están contribuyendo a la peregrina idea de que un lenguaje extenso y compartido tiene un solo propietario y gestor: ellos.

Las cosas no se llaman igual, no.
En verdad, las cosas no se llaman del mismo modo. Sin embargo, los lectores argentinos (o los chilenos o los mexicanos o todos) no esperan que en una traducción extranjera figuren las palabras que se utilizan en su entorno. No. Más bien se horrorizan de los resultados de corregir esa ridícula creencia. Porque para paliar los daños de lo que creen que pasa, algunos editores, sobre todo quienes inundan el mercado con variada y a menudo inconsistente literatura nórdica, creen que contratando un corrector que cambie chupa por campera el destinatario del texto respirará satisfecho. Todo lo contrario. Como nadie paga bien a los correctores, en la misma página aparece chupa, campera, follar, me mola, me pone y joder chavala boluda. Un engendro. No es esto. Lo que el lector argentino (o chileno o mexicano o todos) sabe por experiencia de las traducciones argentinas, chilenas, mexicanas o todas que hay dos conductas respecto del léxico y esperan encontrarlas (en vano). Una: la palabra inevitable (raramente frecuente), por ejemplo, que en los relatos argentinos los caballeros lleven siempre medias. Ni calcetines ni calcetas, porque el término que se utiliza en el medio verbal del traductor no tiene ningún equivalente. Dos: las palabras evitables (casi todas) que se pueden sustituir por sinónimos neutros. Por ejemplo: las múltiples formas de decir aburrido: tedioso, hastiado, harto, opiado, podrido, esgunfiado, estufado, hinchado, mufado, patilludo y seco. ¿Esperaría un lector americano culto cualquier otra que no fueran las tres primeras? No, porque sabe que las que siguen son estrictamente locales. ¿No existe este mismo saber entre los traductores, los profesionales de la escritura y los editores peninsulares? Como debe entenderse que la respuesta rotunda es sí, porque la diferencia sociolingüística entre lengua y variación dialectal es una experiencia universal y temprana (¿a los siete años?), sólo cabe la desagradable afirmación de que estos ejercicios léxicos de gilipollas y pijos son voluntarios y también desdeñosos. Los avala el desdén mismo de la rae a lo largo de los años y el triste papel asignado a las llamadas academias nacionales. Porque ¿dónde está escrito que investigadores de la lengua se tengan que ocupar del nombre de sus escarabajos peloteros y no puedan elegir y definir cualquier palabra del inmenso repertorio conceptual de todo el saber, de todas las ciencias y disciplinas que se cultivan en sus países, en sus universidades e instituciones, en sus sociedades cultas y laicas? Esa distribución de tareas, la arrogante confusión entre ordenar un idioma y venderlo, el desprecio manifiesto por los lectores o los otros hablantes no describe a un ganador. Aluden a figuras prepotentes cuyo papel cómo árbitros culturales nadie toma en serio.

No se escribe del mismo modo
Sea como sea, tampoco el léxico es lo que define todo la lengua neutra. ¿Qué hicieron los traductores argentinos cuando, en los años treinta, comenzaron a traducir la prosa de Aldous Huxley, André Gide, Louis-Fernidand Céline, Virginia Wolf, Norman Mailer, Vladimir Nabokov, Graham Greene y a todos los escritores relevantes del siglo?

Algo bastante simple en realidad. Utilizar la lengua culta de América de modo, como siempre, ligeramente conservador. La prosa de Argentina que utilizaba en la literatura, en el ensayo, en el periodismo. Un modelo verbal que había preservado muchos rasgos de la escritura clásica y que, quizás por la distancia de España no había conocido la decadencia del idioma del siglo xviii, tal como puede verse en modelos del siglo xix: José Martí, Manuel González Prada, Domingo Faustino Sarmiento, Simón Bolívar. Se trataba una lengua más cercana a la oralidad, más económica en el plano sintáctico y donde la materia visible del discurso la representaba el significado conciso o plural de las palabras y no los nexos o los entretenimientos circunstanciales para llegar a él porque se confiaba en la inteligencia del lector. A esos movimientos sintácticos deben añadirse otros rasgos, algunos aprendidos en la propia actividad de la traducción: disponer los adjetivos (sobre todo si son únicos y no perturban el ritmo de la prosa) detrás de los sustantivos eliminado el halo rancio y subjetivo de la anteposición; sustituir los adjetivos por el efecto calificador de sustantivos y verbos; repetir palabras, sin que se note y sin función enfática, porque el lector no necesita que le arrojen a la cabeza el diccionario de sinónimos; elegir palabras y expresiones por su sonoridad agradable y desechar las horribles, como sobaco, polla o cojones; no renunciar a los extranjerismos: affaire, chic, shorts, sweater, camp, si esos extranjerismos forman parte de la expresión normal de los hablantes; no utilizar frases hechas salvo que esas expresiones fijas se hayan convertido en enunciados de la lengua general sin marcas específicas y no se los pueda sustituir por una palabra, lo que también se llama catacresis; escribir con la naturalidad de la lengua actual, siglo xxi, pero sin certidumbres, con la distancia irónica del que sabe que las palabras no siempre dicen lo que dicen ni dicen lo mismo para todos los lectores ni siquiera para uno mismo. Esta Este castellano no sólo es comprensible en todo el ámbito americano, es lo que, por definición, nombra la neutralidad continental.

La lengua de la traducción es la cuestión esencial de la traducción literaria. Lo más difícil pero, desde luego, lo más duradero. Resulta fácil copiarla, como se verá, pero sólo porque hay quienes siguen creyendo que una pipa es una pipa.

Epílogo
En España, los comentarios denigratorios de la traducción de Salas Subirats duraron años, incluyendo el presente. El comentario más común renegaba de “los mil argentinismos que molestan en una traducción destinada a ser leída tanto en México como en España”. Como los argentinismos en masa no existen (como puede verificar cualquier lector) la versión de la editorial argentina se publicó dos veces en España, con un éxito económico que también incluye el presente. Anotada por Julián Ríos e ilustrada por Eduardo Arroyo, el Ulises de Salas apareció en Círculo de Lectores de Barcelona en 1991 con una frase elogiosa que dice así: “La obra de Joyce, en la versión de José Salas Subirats que hemos seleccionado, mereció la aprobación de Jorge Luis Borges, primer traductor de un pasaje del Ulises al castellano”. Si fuera Paul Groussac diría que en las palabras anteriores las únicas verdaderas son “la obra de Joyce”, pero no soy Paul Groussac. 

En 1996, los mil argentinismos volvieron a publicarse en “la masacre que un tal Chamorro (Planeta) cometió corrigiendo la versión de Salas Subirat” (Juan José Saer), con el resultado siguiente: cada cinco o diez páginas, este señor que figura como traductor de Dublineses de Guillermo Cabrera Infante, sustituyó algunas palabras de la lengua general que tiene uso en la Argentina por palabras que sólo se usan en España. Desconocemos los motines que hubo en México cuando leyeron (y publicaron) el primer Ulises, pero sí es posible dilucidar la operación de corregir este libro. Se reduce a lo siguiente: una traducción argentina que era ¡ilegible! cuando se editaba en la Argentina ahora resulta muy legible vendida en España.

domingo, 28 de junio de 2009

Ulises, otra vez


El narrador y poeta Juan José Saer (1937-2005) es uno de los mayores escritores argentinos contemporáneos. Sin embargo, su obra no se agota en la ficción o en la lírica. Precisión e inteligencia son las cualidades fundamentales presentes en sus ensayos. A continuación se transcriben algunas de sus reflexiones sobre el Ulises en castellano, en sus distintas versiones, que provienen del volumen Trabajos (Buenos Aires, Seix Barral, 2006).

J. Salas Subirat

Una tarde de 1967, el autor de este artículo asistió a la escena siguiente: Borges, que había viajado a Santa Fe a hablar sobre Joyce, estaba charlando animadamente en un café antes de la conferencia con un grupito de jóvenes escritores que habían venido a hacerle un reportaje, cuando de pronto se acordó de que en los años cuarenta lo habían invitado a integrar una comisión que se proponía traducir colectivamente Ulises. Borges dijo que la comisión se reunía una vez por semana para discutir los preliminares de la gigantesca tarea que los mejores anglicistas de Buenos Aires se habían propuesto realizar, pero que un día, cuando ya había pasado casi un año de discusiones semanales, uno de los miembros de la comisión llegó blandiendo un enorme libro y gritando "¡Acaba de aparecer una traducción de Ulises!". Borges, riéndose de buena gana de la historia, y aunque nunca la había leído (como probablemente tampoco el original), concluyó diciendo: "Y la traducción era muy mala". A lo cual uno de los jóvenes que lo estaba escuchando replicó: "Puede ser, pero si es así, entonces el señor Salas Subirat es el más grande escritor de lengua española".

La respuesta sugiere el lugar que ocupaba esa traducción en la cultura literario de los jóvenes escritores argentinos durante los años cincuenta y sesenta. El libro de ochocientas quince páginas, fue publicado en 1945 por la editorial Santiago Rueda de Buenos Aires, que publicó también el Retrato del artista adolescente en la traducción Alfonso Donado (léase Dámaso Alonso). En el catálogo de esa editorial figuraban muchos nombres excepcionales, como Faulkner, Dos Passos, Svevo, Proust, Nietszche, para no hablar de las obras completas de Freud en dieciocho volúmenes, presentadas por Ortega y Gasset. A finales de los años cincuenta, esos libros circulaban copiosamente entre todos aquellos a quienes les interesaban los problemas literarios, filosóficos y culturales del siglo XX. Formaban parte de los libros realmente indispensables en cualquier buena biblioteca.

El Ulises de J. Salas Subirat (la inicial impresica le daba al nombre una connotación misteriosa) aparecía todo el tiempo en las conversaciones y sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de ser aclaradas: toda persona con veleidades de narrador que andaba entre los dieciocho y los treinta años, en Santa Fe, Paraná, Rosario y Buenos Aires los conocía de memoria y los citaba. Muchos escritores de la generación del 50 o del 60, aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa yoceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor –aparte quizás de Roberto Arlt– había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas.

Aunque el hecho de haber sido el primero en algo no debe darle a la hazaña realizada más mérito del que posee intrínsecamente, es cierto que quien la lleva a cabo se expone a dos peligros que a menudo son las caras de la misma moneda: la crítica prejuiciosa y el saqueto. Tal ha sido el destino –que algunos, hay que reconocerlo, se empeñan desde hace algún tiempo en corregir– del extraordinario trabajo de Salas Subirat. Sería inadmisible que quien se abocase a una segunda traducción de Ulises al castellano pretendise ignorar que existe ya la primera y tal parece haber sido la actitud del profesor Valverde, quien en las cuarenta y seis páginas de su prólogo, rinde un elogio (justificado)a la versión del Retrato por Dámaso Alonso, pero no dice una palabra de la traducción de Salas Subirat, aunque cuando se comparan las dos versioens se entiende a menduo que las opciones de Valverde tienen como único justificativo la obsesión de no parecerse a la traducción anterior. Ningún traductor serio de Ulises puede ya ignorar que eisten la primera y la segunda traducción (tal es el honesto principio adoptado por los autores de la tercera, Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas), y semejante conocimiento implica que esas traducciones funcionarán siempre como referencias inevitables. Cuando apareció la de Valverde, en cambio, un clima de desdén justiciero daba a entender que la segunda traducción llegaba or fin para reparar la inepcia incalificable de la primera.

En internet, que es la patria natural del dislate, entre varias aberraciones relativas a la primera versión de Ulises, figura también el colmo en la materia. producto de una vulgar operación comercial: la masacre que un tal Chamorro cometió en 1996, corrigiendo "hasta un 50 por ciento" de la versión de Salas Subirat, a la que acusa de caer, entre otras cosas, "en localismos propios del habla porteña", como si un inglés de Londres pretendiese traducir los localismos populares de Dublín que figuran a granel en el original de Joyce al habla de Oxford. De ese acto de piratería, cincuenta y un años después de la aparición del libro en Buenos Aires, hasta quien lo comenta favorablemente no puede dejar de observar que "es en cierto modo una reedición de la t raducción de Salas".

Un trabajo reciente del escritor mejicano Eduardo Lago compara las tres verdaderas traducciones (el acto de vandalismo de Chamorro es juiciosamente descartado), sin otorgarle a ninguna de las tres la etiqueta de perfecta y definitiva, título por otra parte que sería temerario atribuirle a alguna traducción, por excelente que parezca. Con imparcialidad y minucia, comparando diferentes pasajes del texto, Lago verifica en los ttres trabajos lo que ya podía observarse ne los dos primeros, o sea que sus autores resolvieron con menor o mayor acierto las dificultades que se presentaban. El objetivo de una traducción no es exhibir la erudición de su autor, ni su conocimiento del idioma de origen, que son por cierto condiciones necesarias pero no suficientes para emprender el trabajo, sino incorporar un texto viviente a la lengua de llegada. Que cada época, así como cada área lingüística, requiera nuevas traducciones de textos clásicos, es evidente, pero el hecho no exige que sea obligatorio denigrar las anteriores.

José Salas Subirat no era catalán ni chileno como la vaguedad usual de cierto periodismo literario pretendió revelar más de uan vez; nació en Buenos Aires el 23 de noviembre de 1900 y murió en Florida, una localidad bonaerense, el 29 de mayo de 1975. Está enterrado en el cementerio de Olivos. Fue autodidacta y trabajó, entre otras cosas, como agente de seguros, ofcio sobre el que escribió un manual: El seguro de vida. Teoría y Práctica - Análisis de la venta, que publicó en 1944, es decir, un año antes de que saliera la traducción de Ulises. En los años cincuenta publicó libros de autoayuda, como La lucha por éxito y El secreto de la concentración, y una Carta abierta sobre el existencialismo que Santiago Rueda incluyó en su catálogo. Pero había escrito novelas sociales y artículos en la prensa anarquista y socialista de los años treinta, y un librro de poemas, Señalero.

De su obra litearia, probablemente la traducción de Ulises sea la más perdurable realización. Pero sus libros de autoayuda y su tratado sobre la venta de seguros no resultan ni risibles ni indiferentes para quien ha leído a Joyce. Leopold Bloom hubiese podido escribirlos. El primer traductor de Ulises debe haber sentido lo que siente cada lector de verdadera literatura: que el libro que está leyendo habla sobre todo de él, del lector, y no de un mundo extranjero y lejano. Esa intensa revelación ha de haber sido el motor de su trabajo, que le permitió expresar su propia vida a través de un texto ajeno. Porque algo es seguro: dejando de lado las discusiones teóricas y técnicas sobre la traducción, es imposible no reconocer que el mundo de Ulises se parece más al de J. Salas Subirat que al de sus sucesores académicos.

domingo, 7 de junio de 2009

Una nueva traducción de Joyce


Probablemente uno de los mayores especialistas en Joyce de Latinoamérica, el narrador, ensayista y crítico argentino Carlos Gamerro le ha dedicado muchos años de estudio y no pocos artículos. El que se reproduce a continuación fue incluido en El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos (Buenos Aires, Norma, 2006).

El Ulises en español

El siglo XX no quiso despedirse sin una nueva traducción al español de su novela más representativa, el Ulises de Joyce. Esta versión, realizada por Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas tras siete años de trabajo (“tantos como empleó el autor en escribir el libro” anuncian no sin patetismo en el prólogo), viene a sumarse a las dos ya existentes, la argentina de J. Salas Subirat (1945) y la también española de J.M. Valverde (1976, corregida en 1989).

Cuando de una obra como el Ulises se trata, la traducción forma parte de la historia de la literatura y la lengua de un país, tanto como su literatura en lengua original. En la literatura argentina del siglo pasado la huella del Ulises puede rastrearse en las lecturas y traducciones parciales de Borges, en la rabia de Arlt que no podía leerlo, en el primer Ulises porteño (el Adán Buenosayres de Marechal), en marcas diversas sobre los textos de Puig, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, Luis Gusmán, etc. La literatura argentina siempre fue buena lectora del Ulises, así como la brasileña lo es del Finnegans Wake (que entre nosotros poca huella ha dejado). La versión de Salas Subirat es entonces parte de nuestra historia literaria, y de las tres ahora existentes sigue siendo mi favorita, a pesar de la por momentos apabullante profusión de errores y erratas que desfigura cada una de sus páginas. ¿Cómo justificar preferencia tan perversa? ¿Será, simplemente, un prejuicio a favor del español rioplatense hacia el cual se inclina nuestro traductor? Posiblemente. Es un lugar común hablar de la fealdad de la mayoría de las traducciones hechas en España, especialmente cuando el argot asoma. Siempre me he preguntado por qué me deleita encontrar, en una obra literaria, modismos mejicanos, peruanos, colombianos y me ponen los pelos de punta los españoles. ¿Un caso de inconsciente, atávica hermandad latinoamericana? No. Más bien, una cuestión de respeto. El argot español es guarango, no por procaz, sino por prepotente. Para los traductores españoles eso que arrojan sobre la página no es su dialecto, es la lengua, así sin más - dialecto es lo que hablan los otros, nosotros. (Ocho siglos de historia, una serie de conquistas imperiales y el inquisitorial Diccionario de la Real Academia respaldan ese permanente hábito de descortesía). España no sabe de hermandad, sino de maternidad; el traductor latinoamericano en cambio es consciente de estar traduciendo para una comunidad de hablantes heterogénea, y es más cauto a la hora de endilgarle sus formas locales a los lectores extranjeros. Un argentino no traduce a vos, sino a tú, y no satura de lunfardo portuario el habla de japoneses, egipcios o irlandeses. Todo esto por supuesto no se aplica a la literatura en lengua original, donde cada región lingüística tiene el derecho (algunos dirían, el deber) de prodigar las formas locales, pero en la traducción es un signo de descortesía que va de la mano con una política de mercado que impone los textos propios e ignora los ajenos. La delusión imperial, inevitablemente, resulta en una lengua provinciana.

Esa es, quizás, la principal molestia que surge de la lectura del nuevo Ulises: García Tortosa insiste con el argot propio más aun que su predecesor y compatriota, y aun lo justifica, inocentemente, en el prólogo: “la informalidad del lenguaje y las expresiones deslenguadas de los clientes han de ser las de un grupo de amigotes españoles en idénticas circunstancias.” ‘¿Y por qué no?’ dirá el lector de esta nota. ‘Si los ecuatorianos quieren su Ulises, nadie les impide traducirlo’. Quizás a esta altura haga falta aclarar que el Ulises original está escrito, no en una lengua o dialecto, sino en la tensión entre una variante desprestigiada (el inglés de Irlanda) y otra dominante (el inglés británico imperial) – relación que puede compararse, aunque no homologarse, a la que existe entre el español de España y el de los demás países de habla hispana. Una traducción española, entonces, necesariamente invertirá esta tensión, o, como sucede en las dos versiones existentes, la ignorará. En teoría, una traducción latinoamericana del Ulises deberá ser más fiel al original que una española. Lo cual puede comprobarse en la versión de Salas Subirat, que reproduce en todas sus imperfecciones el tironeo del original: se pasa de formas dialectales argentinas, o latinoamericanas, a formas reconociblemente peninsulares: vacilante, políglota, revuelta: esa es la fricción que enciende el inglés del Ulises, y que hace que el español de nuestro Ulises criollo (no en el sentido de argentino, sino de creole) posea algo de la misma vitalidad.

La traducción de Valverde tiene menos errores que la de Salas Subirat, sin duda, pero también menos aciertos, y la nueva profundiza esta distinción. A favor del Ulises de García Tortosa se puede decir que no hay, casi, errores de interpretación o lectura de la obra de Joyce – lo cual, dada la profusión de obras críticas, y libros de notas como Allusions in Ulysses de Thornton Weldon y Ulysses Annotated de Gifford, serían imperdonables. Un rasgo clave del Ulises es lo que García Tortosa llama referencias cruzadas, las mismas palabras que aparecen repetidas en contextos diferentes, y que como los leitmotive dependen, para surtir efecto, del reconocimiento del lector. Salas Subirat y Valverde frecuentemente olvidan que una frase ha aparecido antes, y la traducen con palabras diferentes, anulando así para el lector toda posibilidad de reconocimiento. Gran parte de los errores cometidos por Salas Subirat se deben al estado todavía precario de la exégesis joyceana en los años ’40 (los cometidos por Valverde, quien entre otras cosas insiste en situar a ‘Bloomsday’ un 4 de junio, no tienen, por lo mismo, excusa alguna). G. Tortosa, además, por primera vez traduce realmente el capítulo 14. Este fue escrito por Joyce imitando los principales estilos de prosa inglesa, desde los anónimos anglosajones hasta Dickens y Carlyle. La nueva traducción nos ofrece un recorrido parejo y excitante por la historia de la prosa española “desde el rey Alfonso X el Sabio hasta Pequeñeces del Padre Luis Coloma”. La elección puede ser discutible (¿Hablar de la conquista de Irlanda en el inglés de Swift, da igual que hacerlo en el español de Quevedo?) pero es osada, mucho más que el español inespecíficamente arcaico intentado en las versiones anteriores. Otras elecciones de la nueva (traducir apodos, que nos dan a Boylan Botero y Napias Flynn, o topónimos, dando ‘promontorio del Rebuzno’ por ‘Bray Head’), pueden ser discutibles, pero entran en el terreno de las opciones válidas, más que de los errores flagrantes. Lo mismo puede decirse de la decisión de traducir las palabras dobles como tales: a pesar de resultados dudosos como diosespeces, blanquiamontonado, colorcortezacacao, degomaplenas, los traductores se juegan a hacerlo sistemáticamente, y recuperar, para la traducción, algo del coraje experimental del original.

¿Condena entonces la nueva versión a nuestro querido y pionero Ulises criollo a la extinción? Sí, salvo que alguna editorial local asuma la tarea de hacer corregir los errores evidentes, y de paso incluir las mínimas notas necesarias. Otra opción, para terminar de una vez por todas con polémicas como ésta, implicaría hacer real, en la traducción, lo que el original exhibe de manera virtual: en el Ulises cada capítulo es tan distinto de los otros que parece escrito por un nuevo autor, y cuando se dice de un escritor que ha sido influido por el Ulises, se está diciendo en realidad que ha sido afectado por alguno de sus capítulos. ¿Por qué no encarar entonces un meta-Ulises donde cada capítulo sea traducido por el autor cuyos efectos mejor asimiló? Como la propuesta es por ahora utópica, didácticamente y a título de ejemplo propongo un dream-team de vivos y muertos, con J.C. Onetti para la amargura del capítulo 1, Julián Ríos para el babélico 3, Borges para el ultraliterario 9, Rodolfo Walsh para la política irlandesa del 12, Manuel Puig para el folletín del 13, Guillermo Cabrera Infante para el ya mencionado 14 (anticipado en la sección ‘La muerte de Trotsky’ de su novela Tres Tristes Tigres), Ortega y Gasset para el rimbombante y engolado 16... Esta promiscua e incestuosa mezcla, esta Caín y Babel de textos hermanados nos daría, seguramente, la versión más apartada del texto original, y probablemente la más cercana al sueño de su primer autor.