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miércoles, 14 de agosto de 2024

FED 2024: Ilusión, afinidad y límites puntuales

Ayer, Luciano Sáliche publicó en InfoBAE su balance de la FED, complementario del publicado por Daniel Gigena en La Nación. Según la bajada: "La Feria de Editores concluyó con buenos números: un 25% más de asistencia que el año pasado y ventas dispares, aunque para la mayoría mejores que la edición anterior".

Balances de una nueva FED, sorprendida y resistente: “El ecosistema del libro independiente es indestructible”

Si la unión hace la fuerza, la Feria de Editores funciona como una estampida. Hace tiempo que los sellos independientes entendieron que el camino era colectivo y comenzaron a asociarse en grupos para deslizarse mejor por la cadena de montaje. Los ejemplos sobran. Uno de ellos es la cooperativa TyPEO, que opera sobre un corredor del fondo, en la calle Hebe Uhart —en la FED, los corredores tienen nombres de escritores—, y agrupa a Rara Avis, Astier, Cúlmine, El Colectivo, Del Signo, La Libre, Muchas Nueces, Hasta Trilce, Ripio, Ubu. “Fue una excelente feria”, dice Ramiro Mases, editor del sello Rara Avis, que conoce del paño porque trabajó varios años en Eterna Cadencia. “Hace tres años que las editoriales de la cooperativa TyPEO hacemos un corredor, así que estamos muy cómodos, al lado de gente amiga y colegas. En general, la FED es una experiencia muy agradable. Y este año, en particular, nos sirvió mucho”, cuenta del otro lado del teléfono.

Contra todos los pronósticos, los números generales de este año son bastante buenos. En primer lugar, en cantidad de público. Los organizadores contabilizaron que durante los cuatro días que duró el evento en el C Complejo Art Media pasaron 24600 personas: 2500 más que el año pasado, que contó con 22100 visitas. El jueves hubo 3400 personas, el viernes 5700, el sábado 7200 y el domingo 8300. Son muy buenos números teniendo en cuenta que, hace meses, a la Feria del Libro de Buenos Aires fue un 10% menos de gente. Otra escala (1.126.351 personas), es cierto, pero caída al fin. Pero también en ventas, porque la caída de la Feria del Libro fue de un 40%, en cambio en la FED todos aseguran que vendieron más que el año pasado. Además, y esto seguramente tuvo que ver, el jueves y el viernes 347 librerías participaron del Programa Librerías Aliadas, que tuvieron un horario exclusivo para recorrer la feria y comprar con el 50% de descuento en los stands adheridos.

Las ventas fueron zigzagueantes. Algunos vendieron más que el año pasado, otros menos. Lo que sí hubo fue una gran sorpresa: entre la gran recesión y la estrepitosa caída del poder de compra, nadie esperaba demasiado. “Entre los editores la expectativas eran muy bajas: no se esperaba que fuera una mala feria, pero imaginaban que no iba a ser lo que la FED siempre es: la gran venta del año junto con la Feria del Libro. Después, cada editorial, según sus características, por ahí vende más en la Feria del Libro o en la FED. Pero sin duda son los dos episodios comerciales más importantes. Y en ese sentido, los editores tenían una expectativa muy conservadora, muy magra respecto de lo que podía pasar. Nadie esperaba que fueran grandes ventas. Y ya con los primeros días todo cambió. Hay, por supuesto, casos particulares, pero con la generalidad de los colegas que hablé a todos les fue mucho mejor de lo que imaginaban”, sostiene Mases de Rara Avis.

Marina Yuszczuk de Rosa Iceberg cuenta que “la Feria del Libro este año fue muy mala; la FED fue mejor. Con respecto al año pasado, la diferencia fue que en agosto de 2023 veníamos de un aumento de precios importante y la gente se sorprendía cuando le decías el precio de los libros (y además, no compraban). Este año no hubo sorpresas: los precios están más o menos estabilizados en los últimos tres meses, pero tampoco hay plata, y se nota. Se vendió bastante bien, y a muchos eso nos sorprendió. Creo que se debe a que hay un público muy particular que espera la FED y compra en la FED, aunque sea uno o dos libros. Lo que no se ve más hace un par de años es el tipo de compra del 2019, 2020, 2021: era muy raro que alguien comprara un solo libro de la editorial, generalmente se llevaban otro porque conocían el sello y les interesaba seguir el catálogo, además de que había algún pequeño descuento por comprar dos títulos; ahora, eso es más difícil, casi imposible”.

A Hexágono le fue bien: “Vendimos aproximadamente un 30% más que el año pasado”, cuenta María Eugenia Riccheri, su editora. “Es el cuarto año consecutivo que participamos. Hasta ahora ninguna de las tres superó a la primera, la del 2021: la presencial pospandemia. Las dos anteriores fueron malas, por lo menos para nosotros”. Hexágono participó en la Feria del Libro a través de Impulso Cultural, el stand del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: “Este año fue muy flojo. Estamos porque suele ser una plataforma interesante para organizar eventos y como la participación en el stand es gratuita está bueno aprovechar, pero la feria que nos gusta y en la que notamos verdadera diferencia es en la FED”. “Teniendo en cuenta la fecha anterior y el contexto actual, pensé que iba a ser una FED bastante mala y por el contrario la pasé muy bien. Noté a la gente interesada, animada, un clima de disfrute. Se está consolidando también como un espacio de encuentro”, agrega.

El balance general puede ser entusiasta, pero las ventas fueron muy dispares entre los stands. Para Manuel Rud, de Limonero, editorial especializada en libros ilustrados, “fueron un poco menores que las del año pasado pero bastante mejores de lo que esperábamos, considerando que este año la performance comercial viene franca y evidente caída tanto en librerías como en ferias”. Mat Guillian de UOiEA! sintoniza con la idea: “Nuestras ventas en la FED24 fueron un 30% menos que el año pasado. Sin embargo, sigue siendo la feria más importante del año en cuanto a difusión y venta. La asistencia de gente fue espectacular. La diferencia que encontramos con las ediciones anteriores es que fue menos frecuente la venta de la segunda unidad”. Algo parecido ocurrió en el stand de Hojas del Sur: “En nuestro stand las ventas no fueron muy buenas, fueron significativamente inferiores al año pasado”, asegura su editor, el poeta Debret Viana.

“Y si bien no es tan fácil comparar la FED con la Feria del Libro —continúa Viana— porque es una dinámica totalmente distinta de libros, de gente, de tiempo, de intensidad y demás, aún así, creo que se percibe que el poder adquisitivo está deteriorado profundamente y que es inevitable recortar en cosas que no son de primera necesidad como son los libros. Eso no afectó, sin embargo, la concurrencia. Hubo muchísima gente, según los números, más gente que el año pasado en el mismo predio. Hay mucha gente que tiene ganas y necesidad de participar culturalmente de este tipo de eventos, de estar cerca de libros aunque no los pueda comprar. Incluso la gente que nos compró libros nos contaba que habían ido deliberadamente a no comprar, se sintieron tentados e irresponsablemente atentaron contra su propia economía y terminaron comprando un libro o dos. Si antes compraban cinco, compraron uno. Si compraban uno, ahora pasan a visitar y nada más”.

“Además de ser, como siempre, un lugar de encuentro y de celebración —dice Manuel Rud, de Limonero—, creo este año muchos vivimos la FED como una especie de trinchera ante la avanzada muy fuerte (diría del gobierno nacional pero lamento decir que también de todo un sector de la sociedad) sobre las industrias culturales en general y sobre la actividad editorial independiente en particular. Me queda como sonido de fondo de esta edición la voz de los distintos actores de la industria (autores, ilustradores, mediadores, editores, libreros, etc.) revindicando la labor editorial de pequeña escala y la labor librera ante el empuje feroz de las grandes superficies, los mega aparatos de marketing y logística y los canales de venta no mediados por humanos”. De esta edición, queda la postal del “constante encuentro de los y las colegas, y la grata sorpresa de que la gente volvió a responder, a pesar del difícil momento”.

“A pesar de todo, el encuentro entre editores, escritores y lectores sigue siendo una fiesta”, asegura Mat Guillian de UOiEA! “En Argentina, a lo largo de los años, las crisis económicas son desafiantes. Debemos rompernos la cabeza para sorprender con el catálogo y también con el plan de negocio para subsistir. Lo más complejo es intentar que el libro no se vuelva un privilegio, pero creo que esa batalla la estamos perdiendo, lamentablemente. Y esto se profundizó en la actualidad. Hay problemas que permanecen de la mala gestión anterior, como el precio del papel y la inflación, pero en este caso nos afecta además la caída del consumo. Sin embargo, la cultura –con sus heridas en carne viva– trasciende a todos los gobiernos, incluso a los que la desfinancian. Nosotros no estamos de paso, otros sí. En fin, es un momento muy difícil, pero algo es concreto: a las editoriales no las conducen especuladores financieros y los lectores son guerreros que no renuncian a sus armas”.

“Es la primera FED bajo este sol oscuro y autoritario del nuevo gobierno”, subraya Debret Viana, editor en Hojas del Sur. “Por eso, había como un anhelo de estar ahí, una idea de resistencia cultural, de estar presentes en la sede, de ser parte de algo que libra la batalla de la resistencia. Y no me refiero a las editoriales, sino simplemente a la presencia, a los lectores, a los escritores, a los editores, a los diseñadores, a los libreros, a todo el grupo de la cadena del mundo del libro que tomó esto también como un espacio de lucha, necesariamente politizado. No había cánticos ni banderas, pero creo que simplemente la producción y la sostenibilidad de productos culturales es algo que ya está en la vereda contraria de las pretensiones del gobierno actual. Se genera algo muy lindo de camaradería. Por momentos pareciera brindar esperanzas, quizás esperanzas equivocadas, porque todo lo que viene es oscuro, pero esperanzas de que hay con qué pelear”.

Para Marina Yuszczuk de Rosa Iceberg, “cambió el modo de comprar y también cambiamos las editoriales, aunque todavía sea muy pronto para hacer un diagnóstico, pero hablé con muchos editores conocidos y en general -especialmente en las editoriales más chicas- todos estamos publicando menos, porque vemos que no tiene sentido sumar títulos y cantidad de libros que de todas formas no se van a vender. Uno se va de la FED con la sensación de que el ecosistema del libro independiente es indestructible, a juzgar por el entusiasmo de editores, lectores, autores, libreros, por el interés del público y el conocimiento que tienen del mundo del libro, de sus editoriales preferidas, y cómo van a la feria no tanto a ver qué hay, sino a buscar ciertos libros que ya tienen ganas de leer por haber leído recomendaciones o haber visto en redes que salieron. Pero no creo que esto sea así: creo que a largo plazo, el impacto de esta economía se va a sentir cada vez más”.

“Ese impacto no solo viene del lado de la menor cantidad de títulos y tiradas que salen a la venta —continúa la editora—, sino de la menor cantidad de tiempo y energía para leer en una generación abrumada por la cantidad de trabajo que tienen que hacer para que más o menos le cierren los números. Porque lo que pasa en la FED es fruto del trabajo de muchos años y muchas personas; es increíble hablar con editores y autores de otros países y ver qué excepcional es el mundo del libro en Argentina. En ese sentido, la feria se sintió más que nunca como una burbuja que es el mundo del revés del universo libertario, el mundo del meme, del chistecito y de la ignorancia proclamada a los cuatro vientos, donde nada vale y nada importa. Quiero decir, unas de las primeras coas que hizo este gobierno es dejar de comprar libros para repartir a los chicos en las escuelas -muchas veces, chicos que no tienen otra forma de acceso al libro físico-, eso creo que lo dice todo”.

“Las ventas fueron mayores, sobre todo porque el año pasado fue particularmente malo”, dice Ramiro Mases de Rara Avis. “Partiendo de esta aclaración, la FED siempre es una feria donde se gana plata: se vende mucho más de lo que de lo que se invierte, eso seguro. Y nosotros participamos desde la segunda FED y siempre fue una feria que tenía la tendencia o la característica que es que cada año se vende más que el anterior. En el caso de Rara Avis, siempre fue así salvo el año pasado. Por eso te decía que este año vendimos más que el año pasado y a su vez que en el 2022, es decir, hace dos años, vendimos más también que el año pasado. Podría decirse que tuvimos un mal año en el medio. Pero vendimos más que el año pasado, bastante más: un 40% al menos. ¿Por qué? Teníamos novedades potentes, pero hay algo más, de evaluación general: la sensación de mucha gente de que puede ser la última vez: ‘bueno, compro ahora, porque mañana no sé si podré'”.

“En otros años, la gente se llevaba dos, tres o cuatro libros en un puesto”, continúa el editor de Rara Avis. “Lo que uno hacía era jugar con los descuentos para que se lleve más de un ejemplar. Hoy en día eso se redujo por lo que representa el precio de un libro para un salario promedio. Hay gente que se va a comprar un solo libro en toda la feria y uno pugna porque sea el de su de editorial. Claramente se vio un poder adquisitivo disminuido, pero no es una cuestión de público, porque crece: hay un público sólido y fiel”. Guillian de UOiEA! concluye con una sensación que, creo, es generalizada: “La cultura alternativa argentina sobrevive a todo, como ya ha pasado. En este mismo momento se están escribiendo libros con la pulsión que nos atraviesa. Nos lo dicen todo el tiempo los lectores de diferentes países que asisten a la FED y a la gran cantidad de ferias que hay en el país: Esto es impresionante. Es único, dicen. Yo les creo. No existe nada que pueda apagar este fuego”.

viernes, 16 de agosto de 2019

Mauricio Macri dijo: "¡No se inunda más! ¡No se inunda más! ¡No se inunda más!", y nos ahogamos



Mientras el actual presidente acusa a la gente que no lo votó de la disparada del dólar (y al día siguiente se desdice y pide perdón, arguyendo haber dormido mal) y el secretario de cultura de la actual gestión, con un sentido de la oportunidad admirable, se vanagloria  de haber despedido a 1600 trabajadores de su sector, los libros, como todo en la Argentina, aumentan de precio y ponen en jaque a editores y libreros. Así se lee en sendas notas de Patricia Kolesnikov y Luciano Sáliche, publicadas en dos diarios de circulación nacional, el día de ayer.


I


El dólar y los libros:

crónica de un aumento anunciado

 

La mujer va a la librería a retirar el ejemplar que había encargado antes del fin de semana. Es lunes. Este lunes que pasó, el lunes que ya se sabe. El libro es importado, lo pidió a 1.400 pesos. En la librería le dicen que no, que lo sienten pero no: ya no hay precio, no saben cuánto vale, no.


Pero no son sólo los libros importados: la industria editorial argentina tiene sus costos atados a los del papel, que cotiza en dólares. Se mueve el dólar, se mueve el precio del papel, se mueve el valor de los libros. ¿Y no pasa nada? Pasa de todo: quizás uno compre leche cueste lo que cueste pero ¿novelas? Las ventas del sectoya cayeron, según la Cámara Argentina del Libro, entre el 35 y el 40 por ciento desde 2016. ¿Cuánto más bajarían si el precio sube? Algunos editores creen que la demanda no aguanta un aumento más.

“Todo tranquilo, todavía nada”, comentan desde una gran librería. Y así es: en estos días los editores de los grandes grupos se la pasaron de reunión en reunión y si se mira en los sitios web de venta de libros, los números no se han movido. “Hablemos el viernes”, piden en la industria. 


“Desde el lunes no hay precio de papel, los talleres gráficos no quieren trabajar, hay un parate”, explica Martín Gremmelspacher, presidente de la Cámara del Libro. “Si sigue así la gran mayoría de los editores vamos a aumentar y obviamente esto va a producir una caída en las ventas”.


¿Cuánto costarán los libros? Gremmelspacher calcula que un 20 por ciento más que ahora, si el dólar se estabiliza. Algo parecido a lo que creen en uno de los grupos internacionales que operan en el país: un libro promedio, explican, debería costar 20 dólares. Y un best seller como la última novela de Isabel Allende, Largo pétalo de mar, hoy sale 879, es decir menos de 15 verdes. Las editoriales se sostienen porque los equipos, la forma de producción, la elección de qué publicar ya se venían “optimizando”, dicen. “Hablemos el viernes”.

En este escenario, ¿se mantendrá la cantidad de títulos publicados? En otra gran casa editorial cuentan que por ahora “todo sigue igual”. Y que es así porque “septiembre, octubre y noviembre ya están en producción” y porque a comienzos de año ya habían ajustado el plan editorial para producir menos libros. Tampoco creen que se puedan acompañar los nuevos costos: “Estamos en un tope de precios”.

Tranquilos, dicen, hay que esperar a que las cosas se estabilicen. Sin embargo, en una librería de Recoleta avisan que “las distribuidoras de importados no nos están vendiendo”. Y otra de Palermo precisa: “los que traen libros de afuera ya avisaron que a partir del viernes cambian el precio, un 20 o 30 por ciento”.


“Otra vez”, repiten editores y libreros, “otra vez”, escriben por Whatsapp. Sí, ya han visto varios saltos parecidos. Un ejemplo: un libro de producción nacional como Las grietas de Jara, de Claudia Piñeiro, salía 49 pesos hace diez años, en agosto de 2009, y este miércoles -antes de que se efectivicen los aumentos- estaba a 669. Impresiona, pero no hace falta ir tan lejos: hace un año, el volumen que compila tres novelas de Emmanuel Carrère-El adversarioUna novela rusa y De vidas ajenas- salía 745 pesos. Ahora, 1.450. Y todavía no es viernes.


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II

 

“En diálogo con Infobae Cultura, editores y libreros analizaron el mercado del libro. ¿Suben los precios, en qué porcentajes, a partir de cuándo? ¿Qué lugar ocupa la materia prima –el papel, sobre todo– en esta cadena de actores? ¿Cómo repercute la devaluación del peso argentino en las novedades literarias de los próximos meses?”. Así dice la bajada de la nota que Luciano Sáliche publicó en Cultura InfoBAE en el día de ayer.

 

Cómo afecta la disparada del dólar 

a la industria editorial: 3 claves 

sobre el presente y el futuro de los libros

 

“No hay mucho que decir”, dicen todos. Si el pesimismo se hizo moneda corriente en los últimos años de la industria del libro, entonces hay que encontrar nuevas formas de caracterizar este sorpresivo escenario. Para el fin de semana que se realizaron las PASO, el dólar no superaba los $47, hasta que llegó la corrida bancaria, que aún continúa. Hoy, tras una suba del 9%, cerró en $63 pesos para la venta. En el transcurso de 2019 la moneda norteamericana acumula un incremento de 60,2%, unos treinta puntos por encima de la inflación del período. Y eso afecta el consumo. Y el mercado editorial. 

 

¿Qué ocurre con los libros, ese bien preciado y simbólico? En principio, los diversos actores oscilan entre la incertidumbre, la bronca y la resignación. Los análisis se agotan ante la cambiante coyuntura y algunos aseguran que ya ni siquiera sirve rezar. Infobae Cultura se comunicó con las grandes editoriales del país, con algunas más pequeñas, con distribuidoras de papel —la materia prima de la industria—, con librerías. La mayoría prefirió que sus diagnósticos y opiniones se publiquen sin su nombre en esta nota. Por eso, sabiendo que prima la incertidumbre, desarrollamos tres claves sobre el presente y el futuro de los libros.

El precio de los libros
A diferencia de lo que ocurre en los supermercados donde se remarcan los precios de un día para el otro, en la industria editorial existe una Ley de Precio Único, donde el valor final del libro se consensúa y se respeta en todo el país. En ese sentido, las librerías no pueden subir el precio sin consultar, lo que no quita que las editoriales puedan hacerlo. Sin embargo, si lo hacen, ¿de cuánto tendría que hacer? Eso se preguntan los editores. ¿De un 30%, 35%? ¿Alguien compraría un libro que salía $400 y ahora vale $1200? Todo indica que no.

“Si esto no nos termina de destruir, le pega en el palo”, comenta un editor. Por eso, estiman un aumento paulatino: en dos meses un 15%, o un 20% a lo sumo. Luego, más adelante, continuaría con otro incremento. Suponen, especulan. Nadie sabe qué va a ocurrir.

“Cada vez que hay una devaluación brusca, te quedás sin precios de papel, tenés que hacer malabares y ver qué mandar a imprenta. La diferencia, esta vez, es que me agarra enojado y cansado porque estamos arrastrando cuatro años de crisis”. El que habla del otro lado del teléfono con Infobae Cultura mientras camina por la calle es Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI. 

El acuerdo comercial entre librerías y editoriales es el sistema de consignación. Un “sistema medieval”, como lo llama otro editor. Las editoriales dejan sus libros y 180 días después cobran por el material vendido. El resto se devuelve. Eso no significa que el precio no varíe en ese tiempo, de hecho sí puede aumentar (siempre y cuando se acuerde entre ambas partes). Las editoriales liquidan a partir del precio que las librerías venden. 

Con el material importado ocurre otra cosa ya que los precios están totalmente dolarizados. Las distribuidoras son las que median entre los sellos extranjeros y las librerías. “Tenemos proveedores que incumplieron sus acuerdos. Es la primera vez que veo eso”, dice Cecilia Fanti, librera de Céspedes, en comunicación con Infobae Cultura. Y cuenta un caso: esperaba materiales acordados desde España y México con libros ilustrados para chicos. Luego de algunas vueltas, le suspendieron la transacción “hasta nuevo aviso”.

Las editoriales argentinas aún no han movido sus precios, pero sí algunas distribuidoras. “De los que pasaron nuevas listas de precios, el aumento es del 30% y es esencialmente material importado”, dice Fanti y agrega: “El fin de semana, que es el Día del Niño, vamos a disponer de menos material para ofrecer a nuestros clientes”.

El papel, la materia prima
Las papeleras trabajan con grandes cantidades. No suelen financiar a editoriales chicas y medianas, por eso estas le compran el papel directamente a la imprenta. Sólo las grandes, ante una suba del dólar sorpresiva, pueden stockearse en papel. Las pequeñas, en cambio, funcionan a partir de la financiación que les hace la propia imprenta.

En ese sentido, los editores de los grupos editoriales aseguran que tienen, ante esta suba desmedida y en continuado del dólar, un grave problema porque las papeleras se guardan sus productos porque temen, como ocurre en otras industrias, vender a un precio que al día siguiente se duplique.

“Prácticamente no tenemos precio del papel. Como es un commodity, es en dólar. Todos tienen el stock, pero no sabemos si se puede reponer”, dice Gaston Etchegaray, presidente del Grupo Planeta en el Cono Sur, en una breve entrevista telefónica con Infobae Cultura. Díaz de Siglo XXI cuenta que “las papeleras nos dicen: 'no hay precio para el papel'. O sino te lo dan en dólar, pero tampoco saben en qué dolar venderte”.

Las novedades de octubre
¿Y septiembre? Ya está todo impreso. Lo que preocupa no es lo inmediato, no es el mes que viene, sino cómo continuarán publicando de acá a fin de año. Octubre es un mes importante porque el domingo 20 es el Día de la Madre, pico en compra de libros dentro del calendario. Las grandes editoriales preparan su catálogo y las librerías agrupan a medida. Y las promociones. En este aspecto, lo mismo: incertidumbre. Las grandes editoriales continuarán publicando pero, aseguran, un poco menos. En el caso de las chicas y medianas, su cronograma es más extremista: piensan en cómo subsistir.

“Los once libros que íbamos a lanzar en septiembre confiesa Carlos Díaz, que ya están en imprenta, los distribuí en lo que va del año. En septiembre lanzaré cuatro y los otros los repartiré en el año. Hay veinte libros que saqué del plan de 2019.

“Estamos viendo día a día cómo sigue todo. Hay que ver las novedades de acá a diciembre. Por la dinámica de nuestro negocio cada mes hay novedades y si las sacamos y el mercado no responde y la gente está en otra cosa, es como que al poco tiempo el libro se pierde”, comenta Etchegaray de Planeta. “Ni hablar del parate de ventas en la calle. Y también otro tema: los derechos de autor en los libros extranjeros se modifica”.

Fanti, por su parte, cuenta que las librerías están “aguantando los golpes, hace ya más dos años. Veremos cómo se acomoda la industria y veremos qué ocurre en los 70 días que quedan hasta octubre y esperemos que no haya ningún otro salto. Pero esto… esto es un deseo”. 

 

 




martes, 29 de agosto de 2017

Una entrevista reciente con Patricia Willson

“De visita en Buenos Aires, la traductora e investigadora argentina radicada en Bélgica visitó el estudio de Infobae TV para dialogar acerca de la importancia del rol de la traducción en la cultura. Además del espacio que ocupó la revista "Sur" en esta materia –con Victoria Ocampo, José Bianco, Jorge Luis Borges y otros–, ¿cómo pensar hoy esta práctica en un mundo globalizado e hiperconectado?”, dice la bajada de la entrevista publicada por Luciano Sáliche con Patricia Willson, el 11 de agosto pasado, en el diario Infobae

Patricia Willson y una historia
de la literatura argentina a través de la traducción

Hubo un tiempo que fue hermoso, al menos para la literatura argentina. En el verano de 1930-1931 surgió una de las revistas más importantes de nuestra historia y –¿por qué no?– del mundo entero. Se dice que fue el filósofo español Ortega y Gasset quien, en una conversación telefónica, le dijo a Victoria Ocampo que ese proyecto literario que tenía entre manos y estaba a punto de ver la luz debía llamarse Sur. Así lo decidió, entonces, su directora: además, le puso en todas las tapas una flecha hacia abajo para acentuar el significado del nombre. Dos años más tarde surgió, además, la editorial Sur. Pero, ¿cuál fue la verdadera magnitud de este movimiento que, no sólo reunió a algunos de los mejores escritores de nuestra literatura sino que también tuvo como colaboradores a narradores extranjeros como Waldo Frank, Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Gabriela Mistral, por citar algunos? De hecho, la editorial publicó obras de Aldous Huxley, Carl Gustav Jung, Virginia Woolf, Vladimir Nabokov, Jean-Paul Sartre, Jack Kerouac y Albert Camus. Para la doctora en Letras e investigadora argentina Patricia Willson, un punto clave es la importancia que le dieron a la traducción.

En su libro La Constelación del Sur: traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX –publicado por la editorial Siglo XXI en 2004 y reeditado hace apenas unos meses–, Willson indaga sobre tres formas muy disímiles de traducir: Victoria Ocampo, "la traductora romántica"; José Bianco, "el traductor clásico"; y Jorge Luis Borges, "el traductor vanguardista". Los tres fueron figuras de Sur, de ahí el interés de lo que sucedió en aquella época y del contexto tanto local como internacional en que Sur se originó y creció. Pero, ¿qué significa realmente traducir un texto? ¿Cuáles son los desafíos y las limitaciones, las posibilidades y las resignaciones? ¿Qué tensiones se generan entre lo local y lo extranjero? ¿Es un proceso activo que debe ser realizado con la subjetividad bien afilada o, por el contrario, hay que apegarse al texto y ser lo más fiel posible al texto fuente? En los estudios de Infobae TV, Willson habló sobre su libro.

– En el libro decís que la traducción es clave para entender el contexto literario…
– Efectivamente. Yo creo que la traducción como tema es importante en este contexto global. El hecho de que la información fluya de lugares distintos del planeta de un lugar al otro, el hecho de que existan migraciones… en fin, hay toda una serie de datos que ponen en el centro de la reflexión a la traducción. En ese sentido hay muchos que dicen que, así como en la década del 70 la estructura era la figura clave para entender procesos sociales y la organización de la cultura y sus agentes, en la actualidad esa figura explicativa sería la traducción. Yo digo "sería" porque en todo caso se revela eficaz para explicar muchos fenómenos pero también debo decir que es un tema que está de moda, y a menudo ocurre que la academia está ávida de temas de moda que se imponen como una especie de epidemia en diversos ámbitos.

– El libro salió 2004 y el mundo cambió bastante. Hay un prólogo nuevo, pero entiendo que la traducción sintió las nuevas plataformas, las nuevas tecnologías…
– Por supuesto que la traducción que está por fuera de la industria del libro ha evolucionado muchísimo. Todo lo que sea localización, trabajo con plataformas, tutoriales, etcétera, ha sufrido una evolución acorde a la evolución de las nuevas tecnologías, pero creo que a lo que apuntaba el libro en 2004 era a pensar la posibilidad de escribir una nueva historia o una historia de la literatura argentina a partir de las prácticas de la traducción. Es decir, pensar la historia desde una mirada lateral, las perspectivas laterales a veces son muy ricas y provechosas. Por supuesto que sigo pensando que la traducción tiene cierta lateralidad, no una centralidad verdadera, pero lo que yo elegí fueron tres autores-traductores –es decir: primero existía esa condición de ser escritores–, y en segundo lugar, escritores adscriptos al grupo Sur:  determinado grupo que evidentemente tuvo una centralidad en la cultura argentina.

– Los tres traductores elegidos son Victoria Ocampo, José Bianco y Jorge Luis Borges. ¿Qué los identifica a cada uno?
– Cuando yo empecé a traducir, porque primero soy traductora y después investigadora, quise saber en qué tradición de traductores me ubicaba. En el momento en que empecé en la práctica de traductora a principios de la década del 90, lo que solía decirse es que las traducciones de Sur son inmejorables. Me acuerdo una expresión: "son excelentes hasta en sus errores". Ese tipo de comentarios obturaba la posibilidad de criticar realmente esas traducciones, entonces yo quería ver qué cosa de la tradición Sur influía en mi forma de traducir, y por otra parte quería estudiar esas traducciones desde una perspectiva textual, desacralizadora, no poner los ojos en blanco y decir "la traducción de Bianco de Otra vuelta de tuerca es insuperable". En ese sentido, lo que encontré dentro de Sur fueron tres traductores muy distintos. Victoria Ocampo, que la llamo en el libro "la traductora romántica", es una traductora muy atenta a la figura del escritor en tanto persona genial, talentosa, con sus características propias y por tanto una personalidad productora de un texto muy difícilmente parafraseable. En general, Victoria Ocampo es una traductora muy literal: se apega a letra del texto fuente. Se permite muy pocas reformulaciones. Lo contrario es José Bianco: está más atento al polo del lector y se permite reformulaciones importantes del texto fuente. Todo esto intento demostrarlo mediante análisis textuales que son dobles: analizo el texto de origen en lengua extranjera y el texto final o traducido en castellano. Y fuera de este sistema que apunta al polo productor, para Victoria Ocampo, y el polo lector, para José Bianco, se encuentra sin dudas Borges, que tiene una perspectiva un poco inconstante sobre la traducción. O sea, son traducciones un poco inesperadas, con prólogos también inesperados. En el libro yo trabajo su traducción de la última página del Ulises de Joyce que fue publicado en la revista Proa, y en ese sentido el comentario que él hace sobre el Ulises de Joyce yo lo tomo como su prólogo de traductor. Hago un paréntesis: es cierto que los traductores a menudo escribimos prólogos en los cuales hay como una especie de idea de autodisculpa porque no se puede llegar a la excelsitud del escritor o del texto fuente. Yo creo que ése es el tipo de reacción que uno tiene si se piensa como Victoria Ocampo. Borges era muy libre en ese sentido y podía traducir de todo el Ulises solamente la última página -la última hoja dice él- y tener una pésima opinión o criticar muy acerbamente el proyecto literario que aparece en esa novela de Joyce.

"Hoy la figura de la traducción parece ser la más eficaz para dar cuenta en las interacciones propias del contexto global", escribió Patricia Willson en el prólogo de esta nueva reedición. En la firma, fechada en mayo de 2017, dice el lugar donde reside: se trata de Hony, un pequeño pueblo de Bélgica ubicado en las orillas del río Ourthe, a poco más de 15 kilómetros de la ciudad de Lieja. Desde 2013, da clases en la Universidad pública y pluralista de Lieja. Ahora, sentada en una banqueta alta, hablando de forma clara y pedagógica, con su pelo entrecano, su tez blanca y sus ojos profundamente celestes, uno podría pensar que nadie podría darse cuenta de que es argentina. Entre los belgas que van al supermercado o los europeos que colapsan los pasillos de la universidad, Patricia Willson pasa desapercibida. Sin embargo, en su libro queda clara su nacionalidad: hay una pasión por la literatura argentina que, lejos del cliché, no se empecina en idealizar sino que prefiere leer con mirada crítica, acorde a su tarea de investigadora.

Hoy las nuevas tecnologías han trastocado las esferas del arte, han aportado elementos que –en un principio banalizados– es necesario tener en cuenta a la hora de analizar. Si en la primera mitad del siglo XX se decía que en Sur, al traducir literatura extranjera, caían en una práctica extranjerizante –ésto sumado a la corriente nacionalista que veía en Ocampo y compañía cipayismo y gorilaje–, hoy, con internet y las redes sociales, la globalización adquiere otro rostro: ya no es un monstruo que se propone despojarnos de la tradición, sino hilos que nos unen a otras culturas, con sus problemas y virtudes. "En realidad, la traducción es intensamente democratizante (…), no es extranjerizante, sino al contrario: vuelve legible en la literatura receptora un texto antes inescrutable en su extranjeridad", escribe Willson en La Constelación del Sur. Pero, ¿qué sucedía antes y qué sucede hoy? ¿Cuál era el contexto de aquel entonces, cuál es el actual?

– Decís en el libro que Sur surge en un momento clave de la industria editorial…
– Sí, para pensar la traducción literaria hay que pensarla en relación con la industria del libro. Si uno piensa en el nivel continental los países sobre los cuales la reflexión sobre la traducción literaria es más fecunda son países que tienen una industria editorial bastante fuerte, sobre todo en los momentos en que esta industria es floreciente o está en sus momentos de apogeo. Yo tomé un período que, grosso modo, va desde fines de la década del 30 hasta fines de la década del 50, hay variaciones de este período según los autores. Y ahí lo que encontré aparte de Sur es una serie de editoriales que publicaron textos en traducción, por eso el título La Constelación del Sur. El proyecto de Sur tenía una impronta traductora muy importante que pasó también a otras editoriales: editoriales afines desde el punto ideológico, pero también editoriales situadas en un lugar de antinomia ideológica con Sur.

– ¿Y en cuanto al contexto internacional? En el libro hablás de un eclipse en la industria española, por ejemplo…
– Ese auge de la industria editorial es en parte debido al eclipse de la industria editorial en España por la implantación de la dictadura de Franco. Entonces, no por nada este período al que hago referencia coincide con el fin de la Guerra Civil Española. Entonces hay una serie de factores históricos que promueven este apogeo de la industria editorial, que no es único; más tarde hubo otros pero yo focalizo este momento porque me parece que permite demostrar hasta qué punto no es posible pensar la literatura en traducción sin vincularla con los debates en la literatura nacional. Por eso el título del libro es Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX. El modo que yo establecí para analizar esos textos siempre refiere a debates estéticos, ideológicos, de poéticas en la literatura nacional en las escrituras directas porque, de hecho, Victoria, José Bianco y Borges tenían sus propias producciones como escritores.

– ¿Cómo ves hoy el panorama de la traducción?
– Lo veo bien, con la salvedad de los momentos de crisis económica, disminución de la capacidad de comprar libros, en fin: yo creo que hay una retracción del mercado editorial. Si uno consulta los datos de la Cámara Argentina del Libro –porque pienso que el investigador también tiene que pensar en esos datos– hubo un repunte a comienzos de la década del 2000 en cuanto a la cantidad de textos traducidos, luego se estabilizó. En la actualidad habría que pensar con un poco más de perspectiva, pero lo que sí noto es que se reflexiona mucho más sobre la traducción y en ese sentido devino la creación de nuevos espacios para pensar la traducción. Coloquios, congresos, seminarios, clubes de traductores, nuevas tesis de doctorado o investigaciones sobre la traducción y, por supuesto, los proyectos en los cuales se propicia la traducción a lenguas extranjeras de autores de la literatura nacional.

– Uno de los elementos que más han impactado en la literatura argentina durante los últimos años ha sido el boom de las editoriales independientes o pequeñas, las cuales suelen traducir muchas obras. ¿Qué rol juegan en este panorama?
– Habría que ver si el boom de las editoriales pequeñas no es una cosa atomizada. Hay que darle a las editoriales pequeñas el tiempo para que desarrollen un catálogo, para que refrenden ciertas características de calidad de los textos traducidos. Me parece que son cosas interesantes porque a veces hay descubrimientos que todavía no están reconocidos en el nivel mundial, esa es la tarea del editor: descubrir la perla rara o ese texto que vale la pena difundir a través de las fronteras lingüísticas, así que me parece un fenómeno muy propicio pero a cada una de estas editoriales pequeñas conviene darle un tiempo para que consoliden su catálogos respecto de otras editoriales que con el tiempo han forjado un catálogo de traducciones muy sólido.



viernes, 16 de junio de 2017

Un debate que se impone y que debe darse

La bajada de la nota que Luciano Sáliche publicó en Infobae el 14 de junio pasado dice: “La Feria de Editores concluyó su 6ª edición superando sus expectativas, con gran concurrencia del público. En paralelo, varios escritores iniciaron un debate en las redes sociales: ¿hay desigualdad en la relación entre editor y autor, aun dentro de las editoriales independientes? Opiniones cruzadas, discusión en marcha”.

Disparos al corazón de la edición independiente:
un debate sobre políticas culturales que faltan

Sábado de junio por la tarde. Hay sol, pero hace frío. A pocas cuadras de Chacarita, sobre la calle Santos Dumont, una cola larga de personas llega hasta la esquina. Se trata de la VI Feria de Editores, que duró todo el fin de semana pasado y agrupó a más de 140 editoriales pequeñas y medianas de Argentina, Chile, Ecuador, Venezuela, Uruguay, Perú y Brasil. Pero detrás de esa fachada de abundancia, resistencia y organización hay una evidencia: nadie gana dinero en este rubro, o bien se gana muy poco. Hay una idea de amor al arte fuertemente instalada que hace que lo recaudado alcance apenas para sostener lo invertido, reproduciéndose así las condiciones de precariedad que, muchas veces, confunden la buena fe con la estafa. Sobre este asunto, en las redes sociales circularon algunos cuestionamientos que dieron pie al debate. Más allá de la desigualdad de calibre de las editoriales, ¿hay una desigualdad en la relación entre editor y autor, incluso dentro de las editoriales independientes? ¿Por qué no hay una regulación formal que establezca, como sí la hay en otras ramas del arte, condiciones y derechos para todas las partes?

Tres días antes de que comience la Feria, la primera piedra la lanzó Julián López. “Queridas editoriales independientes, ser independientes no habilita a manejos poco claros y abusivos. No se enojen, las quiero a todas, pero tenemos que hablar”, escribió en su cuenta de Facebook el autor de Una muchacha muy bella. Con esa sutil ironía desató una oleada de comentarios, por ejemplo, el de Claudia Piñeiro –autora de la recién salida Las maldiciones–, que aseguró que “de alguna manera habría que poner en valor que se debe pagar anticipo aunque seas una editorial independiente y se debe liquidar correctamente con periodicidad razonable en un país de alta inflación. ¿Por qué naturalizamos que al autor no se le pague o se le pague último pero a los otros involucrados en la producción de un libro sí? (…) Es como que le pidas a un empleado que espere a cobrar el sueldo porque antes tenés que pagar el alquiler. No me parece que la variable de ajuste sea el autor”. La discusión ya estaba en marcha.

“Creo que el pedido de pago de derechos a las editoriales pequeñas de parte de los autores es una hipocresía”. El que habla es Hernán Vanoli, autor de libros como Cataratas y Pinamar, y co-autor del reciente ¿Qué quiere la clase media? También es editor en Momofuku, editorial que estuvo en la Feria. Como muchos, observó el debate por las redes sociales con paciencia y pasividad. Ahora, en diálogo con Infobae, explica su posición: “Cuando un autor publica un libro tiene derecho a pedir un contrato, a firmarlo, y tiene herramientas para hacerlo cumplir, sea la editorial del tamaño que sea. Cuanto más pequeña es, más desprotegida se encuentra frente a los autores y a los reclamos. Por eso, si un escritor se queja de que una editorial pequeña no le paga, yo le preguntaría primero qué contrato firmó. Si no firmó contrato, ya estamos en el ámbito de la buena fe, y en las microculturas sin retribuciones simbólicas ni materiales de envergadura, como el de la edición mal llamada 'independiente', es obvio que la buena fe va a ser escasa, y que van a primar los abusos. Todos sabemos que Interzona paga mal y ha hecho firmar contratos irrisorios a los autores de Factotum, que la librería de Mansalva no paga las pequeñas editoriales, que la librería del Conti tampoco, etc.”.

“Con China Editora estamos dentro de las editoriales que no cobran a los autores por publicar sus libros. Eso significa que asumimos el riesgo económico de invertir en su obra. El mayor costo es el de la imprenta”, cuenta Caterina Gostiza, que además, con su editorial, forma un conglomerado llamado La Coop: una forma de colectivizar y aunar fuerzas. En diálogo con Infobae, explica los principales gastos y costos del proceso de publicación: “También está el costo de la distribución (20% del precio de venta al público), la librería (40%), el diseñador, el corrector, la prensa. En nuestro caso, salvo la impresión de los libros, hacemos todo nosotros. No tercerizamos nada. En parte porque nos interesa tener ese vínculo con las librerías y los periodistas, y también por una cuestión económica. Entonces, es mucha la inversión y alto el riesgo económico que se corre cuando uno decide incorporar un nuevo título al catálogo. Eso no quiere decir que el autor tenga que hacerse cargo de las decisiones de la editorial. Cuando un editor apuesta por un libro y un autor, es porque ya hizo las cuentas y decide hacer la inversión. Por lo tanto, la editorial se compromete también con el autor”.

Fernando Pérez Morales de la editorial Notanpuán tiene una posición equilibrista, podría decirse. “Es una discusión donde todas las partes tienen razón, los escritores quieren cobrar anticipo y que se les pague en tiempo y forma, los editores independientes en su gran mayoría no pueden pagar anticipos y doy fe que es así, en mi caso también es cierto que trabajo con autores jóvenes y con primeras novelas o primer libro de cuentos y en ese caso la apuesta tiene que ser compartida. El editor se la está jugando por un autor nuevo, desconocido y no es fácil instalar en el mercado a nuevos escritores. Tampoco ayuda que las multinacionales, apenas un nuevo autor de editorial independiente se instala, vengan a llevárselo con sus hermosos anticipos”, le dice a Infobae.

Damián Ríos, editor de Blatt & Ríos, también hizo su aporte en las redes: “No me parece un mal acuerdo recibir libros por regalías, sobre todo en editoriales pequeñas o micro (…) Y, como publicar en una editorial grande o gigantesca no me cambió para nada la vida, más bien al contrario, los libros desaparecieron de las mesas y de las librerías a los pocos meses, prefiero seguir publicando en editoriales chicas que me den libros y que se pongan el libro encima y lo muevan. Respecto de otras décadas, la situación para los autores ha mejorado mucho. Pregunten a cualquier escritor que haya publicado en los ochenta, por ejemplo, o en cualquier otra (…) Se trata de hacer un acuerdo de entrada. Si podés escribir un buen cuento o un buen poema, podés discutir un acuerdo verbal o escrito, y hacerlo cumplir. Si te estafan, vas a otra editorial o hacés otra cosa. Ahora, si el autor está desesperado por editar, claro, hay gente que se aprovecha. Yo creo que falta profesionalización de parte de las editoriales y también de parte de los autores (…) No se trata de buena voluntad: preguntás cuántos libros van a hacer, en cuántas librerías van a distribuir, cómo van a hacer con las regalías, si va a tener prensa; esos son los aspectos básicos de cualquier acuerdo. Lo que pasa es que es más lindo hablar de la tapa y de los lindos textos que de estas cosas. Pero hay que acordarse de que en una edición el texto más importante es el contrato.”

Repensar la desigualdad en todas sus formas
Quizás pocos usuarios sepan que, además de las fotos de gatitos, flyers de optimismo vacío y largos textos enojados en mayúsculas, Facebook también sirve para debatir. ¿Utilizar las redes sociales para generar una discusión que haga posible transformar la realidad? Así parece. “Si abres el paraguas y hablas derechamente de industria editorial, el 95% de los escritores estamos desprotegidos, porque en el mejor de los casos te sientas a negociar con una trasnacional que, claro, te paga, pero al mismo tiempo ante cualquier diferencia tiene abogados, contadores, un equipo de prensa que ningún escritor tiene. Pero no sólo eso en la industria, en el gran mercado eres un número más”, le espetó el escritor chileno Gonzalo León a López.

Selva Almada también fue tajante con su posición e insistió con la necesidad de debatir el asunto. “Me llamó la atención –escribió la autora de El viento que arrasa, Ladrilleros, Chicas muertas y El desapego es una manera de querernos debajo del post de López– cómo en los comentarios parecía que nadie sabía de qué hablabas cuando todos los que estamos cerca de la escritura y su circulación sabemos perfectamente de qué hay que hablar: de cómo bajo el aura de lo independiente no se firman contratos o se firman contratos leoninos que el autor no puede discutir; de cómo la mayoría de las editoriales independientes no pagan regalías a sus autores; de cómo los autores no saben cuántos de sus libros se venden ni dónde están distribuidos ni cuántos se mandan a prensa o se regalan o lo que sea… de cómo da la impresión de que los autores deberíamos estar agradecidos de que alguien nos edite y callarnos la boca porque con eso alcanza. Etcétera.”

Ese posteo y todo el submundo de comentarios que allí se originó fue apenas un comienzo. Gabriela Cabezón Cámara marcó su posición con un texto publicado en su página de Facebook: “Amamos a las editoriales medianas y pequeñas, yo no tengo ni una queja de la mediana con la que trabajé todos estos años, hablo de Eterna Cadencia, y soy fan de muchas pequeñas y micro editoriales. Pero chicos, ¿por qué piensan que pueden pagarle al imprentero y al autor no? Pregunto posta, sin ánimos de pelear sino de pensar un poco (…) No tiene por qué ser tabú, ¿verdad?, podemos hablar de todo. Y ver qué hacemos como colectivo. Hay tremenda crisis, es difícil para todos. Pongámonos de acuerdo y salgamos a pelearla.”

Por otro lado, los números de la economía literaria no cierran: se produjo una caída de la demanda privada de libros en un 12%. Este dato, otorgado por un estudio reciente de la Cámara Argentina del Libro, forma parte del interrogante que dejan abierto estos otros: las grandes editoriales representan apenas el 10%, sin embargo durante 2016 publicaron el 56% de los títulos. Esto habla, no sólo de una diferencia de producción que es necesario que todo el sector se ponga a repensar, también una situación desfavorable para los editores y autores de pocas tiradas.

Cómo nos relacionamos comercialmente
Las paradojas de nuestra época son varias. Entre ellas, la súper producción de un sector desigual. La Feria de Editores forma parte de una respuesta a este escenario complicado. ¿Cómo organizar todas estas ganas y voluntades sin que el Estado se ponga al frente de los reclamos y establezca políticas públicas? ¿Hay posibilidades de generar un sindicato de escritores y editores capaz de defender los derechos de los autores? “Debería existir un organismo serio que medie (pagos, diferencias, etc.) entre el autor y el editor. Simple. Si tenés una duda como autor, te acercás al lugar donde oficie el organismo y hacés todas las preguntas necesarias y, en caso de problemas, que tengan equipo legal a disposición. La posición del autor es débil aún frente a la editorial más pequeña del mundo”, comentó Luis Mey, autor de La pregunta de mi madre.

“Estoy de acuerdo en que es una discusión que hay que darla si o si. Una editorial independiente necesita unos 50 títulos para empezar a girar y lograr un punto de equilibrio; mientras tanto es ponerla y ponerla. Hoy la nueva literatura la encontrás en un 90% en las editoriales independientes y eso se debería valorar”, dice Pérez Morales; mientras que Gostisa comenta: “Es cierto que muchas editoriales pequeñas y medianas no pagan adelanto, no llevan las cuentas de cuántos libros venden, en dónde están sus libros, cuántos ejemplares fueron destinados a prensa, no pagan regalías, etc. Y por ser tan desorganizados no pueden brindarle esos datos al autor. Pero es al autor al que más hay que cuidar en este proceso. Si no valoramos su trabajo, si no le pagamos lo que le corresponde, ni le damos el detalle de dónde están sus libros, cómo se están vendiendo, no solo perdemos su confianza, y es muy probable que nunca más quiera publicar en nuestro sello, sino que además bajamos la calidad de nuestra editorial”.

¿Cuál es entonces el rol del editor en este sentido? Para Vanoli, que insiste en dejar de lado los planteos abstractos, “sí deberían existir mecanismos para que, si no pagan, tengan que suspender la venta de los libros cuyo contrato firmaron, eso me parece básico. También tendría que haber mecanismos de auditoría para las distribuidoras y para las librerías. También debería haber un gobierno con políticas culturales serias. Todo eso no existe. Por eso empezar haciendo hincapié en las miserias de los miserables me parece una forma conventillera e hipócrita de iniciar un debate. Y si además no se dan nombres, una forma cobarde y oportunista.”

En las redes sociales siguió la ebullición. Posteos, comentarios, declamaciones, respuestas, ironías. ¿Va hacia algún lado esta discusión? Julián López continuó asegurando que “tenemos que hablar del lugar de los autores, de la producción de escritura, de la circulación y de los modos (…) Pertenezco a la escena independiente con pasión y con conflicto, atravesado de preguntas, de inconsistencias, de todo lo que en general compartimos. Que el debate se abra, se haga costumbre y que nos fortalezca más allá de lo personal y en buenos términos”.

Es necesario que así sea. ¿Para qué serviría (justamente) la literatura si no es para pensar y debatir los modos, incluso los comerciales, en que nos relacionamos?