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viernes, 21 de octubre de 2016

Los autores, si no saben la lengua de sus traductores, mejor muertos

Franzen con Oprah Winfrey
El 28 de agosto de 2015, en su columna El Mundo Alucinante, del diario  El Informador, de Jalisco, México, el novelista y cuentista Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) refiere la historia de Ramón Buenaventura, sufrido primer traductor al castellano del novelista estadounidense Jonathan Franzen. Vale la pena recordarla.

El traductor inconforme

La historia es encantadora. De un lado está una estrella arrogante: el novelista estadounidense Jonathan Franzen, a quien la presentadora Oprah Winfrey, la revista Time y sus editores han nombrado ya como el mejor en su rubro en el siglo XXI. Del otro, el modesto y profesional traductor al español del primero de sus best-sellers, The Corrections (Las correcciones). Se llama Ramón Buenaventura, tiene 75 años, y en su currículum, además de su obra de creación, están éxitos como el de haber sido amigo y traductor de Anthony Burguess, autor de La naranja mecánica y estilista de un nivel que, en ocasiones, astros como Franzen no alcanzan ni en sueños.

En el año del señor 2002, Buenaventura recibió de la editorial Seix-Barral el encargo de traducir The Corrections al castellano. Eran más de 600 páginas y la negociación se prolongó. Finalmente, convencido por la amistad que lo unía con el editor, Buenaventura comenzó el trabajo, para el que contaba con un plazo de seis meses. La prosa de Franzen, repleta de juegos de palabras, neologismos y términos más o menos especializados en asuntos como el golf, el desarrollo de alimentos, las inversiones, la navegación de yates, etcétera, no era precisamente un caramelo. Buenaventura se vio en la necesidad de acudir a diversos diccionarios. El editor le proporcionó, a manera de apoyo, un documento que contenía las minuciosas respuestas del novelista a las dudas de sus diversos traductores mundiales: otras 600 páginas de aclaraciones.

A medida que el traductor avanzaba, su manuscrito se iba por paquetería hasta la oficina del estadounidense, quien, pese a no dominar el español, se afanó en disponer una inmensa cantidad de cambios. Le irritaba, por ejemplo, la flexibilidad del castellano para anteponer el adjetivo al sujeto, construcción imposible en inglés y que él abominó. También le molestaban las notas en las que Buenaventura explicaba el significado de la multitud de siglas, acrónimos y nombres propios desconocidos fuera de Estados Unidos que Franzen empleaba. Ordenó quitarlas todas y eliminar además cualquier referencia aclaratoria o palabra extraña a las previstas por él.

A fin de cuentas, y pese a los tropiezos, el libro apareció en España y fue celebrado como todo un acontecimiento. La carrera de Franzen despuntaba y golpes publicitarios como su aparición estelar en el show de Oprah, uno de los programas más vistos en EU y más influyentes para que un autor venda miles de ejemplares, lo convirtieron en un personaje público de alcances notables. Hoy, más de un decenio después, Buenaventura le ha contado al periódico El Mundo su malestar con el intervencionismo del escritor y su obsesivo control sobre un manuscrito del cual, en su calidad de ignorante del español, poco podría haber opinado, al menos en teoría. Su nueva novela (de por medio publicó Libertad, otro best-seller) está por aparecer y el mismo Franzen se ha encargado de vaticinar su importancia… Su modesto primer traductor al español, entretanto, aclara, sonriente, que para él su prosa: “Non vale un tiesto foradado, que diría Gonzalo de Berceo”.

viernes, 23 de mayo de 2014

Una melancólica columna surgida de la gran crisis española que advierte sobre lo que va a pasar

El 20 de mayo pasado el escritor y traductor español Ramón Buenaventura –quien, entre otros ha traducido a Arthur Rimbaud, Prosper Mérimée, Alain-Fournier, Sylvia Plath, Anthony Burgess, Kurt Vonnegut, Philip Roth, Jonathan Franzen, Don DeLillo, Francis Scott-Fitzgerald–  escribía en El Trujamán la siguiente columna, donde imaginaba que, crisis mediante, en pocos años España iba a asimilarse al modelo cultural estadounidense “con todo lo que ello implica de control de la creatividad por el Dinero”. Una de las consecuencias previstas es, claro, la disminución de traducciones.

La GC se niega a traducir

Esta Gran Crisis (GC en adelante, para recortar gastos) se distingue de las restantes crisis que uno recuerda por una peculiaridad: no tiene expertos verdaderos, ni especialistas más que en provocarla, ni la explica nadie de modo que los demás entendamos. Mi cabeza le va moldeando explicaciones y diagnósticos —casi todos malignos—, porque las cabezas están para eso, para cavilar, pero lleva años, ya, haciéndolo sin esperanza de acertar en nada, por ocupar un poco las neuronas, por nutrir la indignación imprescindible ante una estafa.

Una parte de la GC, sin embargo, está clarísima y no requiere explicaciones causales, porque se ve y se toca: la cultura y la educación están sufriendo el expolio más riguroso de los tiempos modernos. Si los designios de los ricoshombres siguen cumpliéndose, dentro de unos años habremos abandonado nuestra historia de cultura y educación sostenidas con los impuestos de los ciudadanos para ingresar en la cultura rentable o sostenida por mecenas. Dicho en otras palabras: habremos pasado al modelo americano, con todo lo que ello implica de control de la creatividad por el Dinero. (El control de la creatividad por el Dogma político tampoco es bueno, pero tiene al menos la ventaja de que puede cambiar de intención, cuando el poder cambia de manos).

Ustedes saben que en Estados Unidos apenas se traduce de ningún idioma al inglés: no les trae cuenta, levanta suspicacias en los controladores culturales, que no tienen el menor interés en contaminar con ideas ―casi siempre peligrosas, por no decir rojas― su impoluto mundo mercantil. De vez en cuando, claro, surgen excepciones: del español están traducidos muchos del equipo boom y algunos más modernos (recordemos el sorprendente caso de Roberto Bolaño). Tienen, incluso, una buena página web de literatura internacional —Three Percent— en que se presta especial atención a las traducciones que van surgiendo. Pero el gran público lector americano (incluido don Haroldo Bloom: es broma) desconoce casi totalmente la literatura universal no escrita en inglés y, por falta de información y promoción, tampoco la echa de menos. Como, en realidad, apenas hay ningún otro sector editorial en que podamos desde otros países aportarles nada a los cives americanorum, la traducción languidece. Podríamos afirmar que la cultura está en inglés, y aquí paz y en el cielo gloria.

Pero la cultura vigente no está en castellano, ni en ningún otro idioma europeo (a no ser que pretendamos ensanchar la noción de Europa hasta incluir en ella al Reino Unido), y aquí tenemos que traducir si queremos enterarnos de algo. Ya antes de la GC estábamos acumulando un espectacular retraso en todas las asignaturas del conocimiento (hasta el punto de que hoy no se pueda en España ser biólogo, sociólogo, químico, físico, etc. sin leer bien el inglés), pero ahora podemos conseguir la parálisis también en el campo literario. Las perspectivas son escalofriantes, porque a los gastos que normalmente acarrea la publicación de un libro hay que añadir, para los escritos en lenguas extranjeras, el estipendio del traductor. Teniendo en cuenta que las ventas de literatura han caído a plomo, que una novela de autor no bestselero vende lo que antes vendía un poemario de poeta exquisito, ya me dirán cómo va una editorial a pagar (pongamos una tarifa discreta) 10 €/página por un libro de 300, es decir 3000 €, bastante más de lo que cobraría en concepto de adelanto un escritor literario español por una obra nueva. Crecerán los recortes.

Los franceses, al menos, pueden presumir de que todo está traducido a su lengua: la ciencia y la literatura. Nosotros, en este milenio, tendríamos que haber emprendido una tremenda labor de recuperación de nuestro retraso secular, y quizá lo hubiéramos hecho si la burbujosa situación económica hubiera seguido como estaba (imposible, ya lo sé). Ahora, la GC se lleva por delante cualquier esperanza de puesta al día.

Lo peor, como sugería al principio, es que nadie nos lo explica, o sólo nos lo intentan explicar los culpables inconfesos.


lunes, 11 de marzo de 2013

Eso: qué le vamos a hacer

El pasado 4 de marzo de 2013, Ramón Buenaventura –poeta, narrador y traductor español, profesor de Traducción Literaria en el Instituto de Traductores de la Facultad de Filología (UCM)–  publicó la siguiente columna en El Trujamán.

Oso por jabalí

Naturalmente que todos tenemos una lista de errores de traducción más o menos pintorescos, algunos más legendarios que demostrados, como el de aquel entusiasta que traduciendo una novela de Conrad del francés (el hombre no dominaba el inglés, qué le iba a hacer) se encontró con la frase ils jetèrent l’ancre, referida a la tripulación de un barco que entraba en puerto, y tradujo arrojaron la tinta, confundiendo ancre (ancla) con encre (tinta). Luego quedó perplejo unos segundos, y al final tomó la resolución de añadir en nota: «Arrojar la tinta: costumbre de los marineros noruegos consistente en arrojar un tintero al agua cuando su navío entra en un puerto por primera vez». Toma ya...

Yo solía contar a mis alumnos de traducción un caso propio muy instructivo, porque demuestra la necesidad de andarse con siete ojos en el trabajo y, desde luego, la obligación de releer los textos con enorme cuidado.

Hace muchos años, traduciendo una novela de Anthony Burgess (The Kingdom of the Wicked: El reino de los réprobos, Barcelona, Edhasa, 1988) me encontré con una partida de soldados romanos que escoltaban al emperador Trajano desde Capri a Roma y que, durante una pernocta en Ostia, mataban un oso y se lo comían. Me quedé tan ancho. Hasta la corrección de pruebas, a dos dedos del traslado definitivo a imprenta, no di en sorprenderme ante el supuesto hecho de que los legionarios se zamparan un oso para cenar, en Ostia, a unos pocos kilómetros de la Roma Imperial, en el siglo I. De manera que acudí al texto inglés. Y resultó que ahí no ponía bear (oso), sino boar (jabalí).

Es casi imposible evitar estas malas lecturas. De hecho, yo dejé de trabajar en clase con traducciones ajenas y propias porque los alumnos se desmoralizaban ante los errores que cometíamos los supuestos maestros. Se trataba, muchas veces, de tonterías sin importancia, detalles que no influían para nada en la buena comprensión del texto ni en la posible valoración del original, pero el caso era que a cada rato surgía un oso por jabalí. Y no era eso lo que uno pretendía enseñar.

En aquella época adquirí la costumbre, que mantengo, de no enviar ningún texto a la editorial si antes no lo he repasado con mi mujer, ella leyéndome en voz alta el español, yo siguiendo el original. Sí: es una trabajera considerable, gratis pro Deo, pero —lamentablemente— muy necesaria. No ha habido un solo libro aún en que este repaso no haya sacado a relucir diversos errores más o menos graves: omisiones, malas lecturas, frases incomprensibles o absurdas…

Qué le vamos a hacer. Uno es así de torpe.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Un país de buena cultura...

Publicada el 20 de noviembre pasado en El Trujamán, la siguiente columna del escritor y traductor español Ramón Buenaventura (ver aquí) plantea una interesante cuestión que daría para debatir.  

Traductor coautor

En amazon.com de Francia tienen ya casi implantada una costumbre que todo traductor acogería con las debidas protestas de humildad (Señor, yo no soy digno), pero también con centelleos de placer: cada vez es más frecuente el caso de que al nombre del autor de un libro se añada en catálogo el del traductor, sin más, como si hubiesen compuesto la obra al alimón. Así, por ejemplo: Cafards, vertiges et vodka glace, de Kate Christensen et Christine Barbaste. Como bien supondrán ustedes, la primera (muy interesante escritora, por cierto) escribió el texto en inglés y la segunda lo tradujo al francés. Estaría muy bien que copiáramos la tendencia por esos pagos en que tanto y tan sistemáticamente se ignora y menosprecia la labor del traductor.

Es más: estaría muy bien (cuántas veces no se habrá pedido ya: ni caso) que las editoriales se acostumbrasen a poner el nombre del traductor en la cubierta de los libros. El argumento en contra de esta posibilidad es torpe y obvio: al lector le importa un pimiento quién haya traducido la obra y, además, no reconocería su nombre ni aunque se lo escribieran en mayúsculas de cuerpo 28. Bueno. Si el nombre del traductor empezara a aparecer en cubierta, al cabo de muy poco tiempo quedarían superados ambos inconvenientes. Con un añadido: el hecho de ver en primer plano el nombre del traductor viene a ser un mensaje que el lector, si algo interpreta (no siempre ocurre, por desgracia), solo puede interpretar en un sentido: la editorial da importancia al traductor, luego más vale que me fije en quién hace qué, porque no es indiferente.

Pero la rácana realidad está muy lejos de semejante cambio. El hecho es que sigue habiendo muchas editoriales que no apuntan el nombre del traductor más que en la página de copyrights, en chiquitito, y que lo omiten en sus catálogos. Si a ello añadimos que los críticos tampoco suelen comentar las traducciones en sus reseñas, ya me contarán ustedes cómo va a ser posible que el trujamán vaya ganando una pizca de prestigio a ojos del público.

La cuestión no es baladí, porque un país de buena cultura debe tener lectores conscientes de que la labor de los traductores no es una mera actividad mecánica y que de ella depende la transmisión correcta de la obra extranjera. No da igual quién traduzca qué, ni mucho menos. Nunca da igual quién nos transmite el conocimiento, o el arte, o el placer.