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jueves, 28 de junio de 2018

La editora argentina Ana Ojeda viaja a Frankfurt



Daniel Gigena publicó el siguiente artículo en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 27 de junio. Se hablá aquí de la beca recibido por la escritora, editora y traductora Ana Ojeda, directora editorial de El Octavo Loco y editora de Paidós.

Una editora argentina, seleccionada
para la Feria del Libro de Frankfurt

Creado en 1998, cuando se conmemoró el 50º aniversario de la Feria del Libro de Frankfurt, el Programa de Becas de esa feria alemana cumple veinte años. Hasta hoy, más de 300 editores de más de 50 países se han beneficiado con ese programa intensivo que se enfoca en el intercambio de información, el fomento del diálogo profesional y el crecimiento de las redes de jóvenes editores internacionales.

Este año, como ocurrió en 2017, viajará una representante argentina. Ana Ojeda (Buenos Aires, 1979), editora de Paidós, resultó seleccionada de un total de 111 postulantes de 42 países. En Frankfurt, se reunirá con pares de España, China, Brasil, Canadá, Francia y Eslovenia, entre otros países. Ojeda trabaja para la editorial Paidós desde 2010 y ha editado, entre otros títulos, Testo yonqui. Sexo, drogas y biopolítica, de Paul B. Preciado, #Aborto legal y seguro, de Mario Sebastiani, La dosis natural. Por qué la naturaleza nos hace más felices, más sanos y más creativos, de Florence Williams, y Gorda vanidosa. Sobre la gordura en la era del espectáculo, flamante novedad sobre cuerpos disidentes a cargo de Lux Moreno. Es, además, autora de libros de narrativa que fueron publicados por distintos sellos independientes, como Bajo la Luna, Modesto Rimba y Milena Caserola.

Los dieciséis editores que participan del programa de becas deben ser menores de 40 años y tener un dominio del inglés. Viajarán una semana antes del inicio de la Feria a la ciudad natal de Goethe, a visitar editoriales y librerías en varias ciudades alemanas, y asistirán a presentaciones y encuentros. Como contrapartida, se les pide que brinden a sus colegas y a los organizadores de la Feria un panorama del mercado editorial de sus países de origen. Eso convierte el intercambio en una valiosa experiencia multicultural de transmisión y aprendizaje sobre el mundo del libro.

La Feria del Libro de Frankfurt es la más importante del mundo para el sector editorial. Allí, el objetivo no es la venta de ejemplares sino la compraventa de derechos de los títulos que se leerán durante los años siguientes en diversos países. La Feria se realiza cada año en la segunda semana de octubre.

Argentinos en Frankfurt

“Me postulé a ese programa porque los exponentes más conspicuos del espectro editorial internacional se dan cita en la Feria de Frankfurt –cuenta Ojeda a La Nación –. Es un espacio de aprendizaje y la posibilidad de sumar experiencia en un ámbito enfocado en la compraventa de derechos, cuya escala es impensable en la Argentina. Es ir a la tierra del verdadero negocio editorial”. El programa que impulsa la Feria acerca mundos editoriales que tienen pocos puntos de contacto entre sí, como el de China, el de Bélgica y el argentino, por nombrar a tres invitados para la edición de 2018. “Permite saber cómo se hacen las cosas en otros lugares”, agrega la joven editora.

Para Ojeda, el mundo de la edición argentina refleja una grieta cultural. “Tenemos grandes grupos multinacionales y pequeñísimos sellos editoriales, y la veta comercial está solo del lado de los primeros. En el otro extremo me parece que hay apenas una economía de supervivencia, pero sin renta ni plusvalía. Faltan más sellos nacionales de envergadura comercial, como lo fue Emecé en algún momento, que habiliten la circulación de autores nacionales con la potencia que tiene un emprendimiento comercial”. En su opinión, no solo falta dinero sino también políticas públicas de apoyo a la edición y de salvaguarda de los sellos locales pequeños y medianos. “El precio del papel se cotiza en dólares, es un insumo a la vez fundamental y prohibitivo, además de ser un commodity monopólico en la Argentina”, concluye.

Ojeda no es la primera representante del mundo editorial local que asiste a ese programa de la Feria de Frankfurt. En 2017, participó del programa Hernán López Winnie, editor de Godot y organizador de la Feria de Editores junto con Víctor Malumián. Este año la Feria de Editores se hará en Ciudad Cultural Konex del 10 al 12 agosto. “Conocí a profesionales de países muy diferentes, cada uno con su propia visión y su propio mercado. Las diferencias muchas veces son abismales. Me tocó viajar con una editora de Islandia, una de Finlandia, un editor de India y una editora de Brasil. Se conocen mercados y editoriales de tamaños muy diversos”, comenta López Winnie.

Gracias al recorrido por editoriales alemanas pequeñas, medianas y gigantes, los editores extranjeros pueden entender mejor su funcionamiento y tomar ideas para sus propios proyectos. “Las visitas a algunas librerías también sirven para entender la dinámica de la cadena del libro en Alemania, que es completamente diferente de la nuestra. No existe la consignación y tienen un sistema de distribución perfectamente aceitado, por ejemplo”. Por último, y no por eso menos importante, el programa facilita el intercambio de información sobre los emprendimientos editoriales de la Argentina para que, por fin algún día, se puedan trascender las fronteras del mercado editorial local.

miércoles, 29 de junio de 2016

Los traductores buscan derechos

“El trabajo de la traducción literaria está regido por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual. Un grupo de traductores elaboró un proyecto de ley que cuenta con el apoyo de instituciones, escritores, editores y referentes de la cultura y la política, que dispone un nuevo marco normativo para la actividad. Debe tratarse durante 2016 para que no pierda estado parlamentario.” Eso dice la bajada del artículo que Juan Francisco Gentile publicó en el diario Perfil, de Argentina, el 26 de junio pasado.


Hacia un reconocimiento de la traducción como creación 

Ruedas de prensa, firma de ejemplares, notas en los medios, canjes, regalías y, con algo de suerte, cierta dosis de reconocimiento. Cuando un autor presenta una nueva obra, más aún si ostenta una trayectoria reconocida o si por determinada razón la publicación alcanza considerable grado de repercusión, una serie de puertas se abren en el mismo momento en que la rueda de la industria editorial comienza a girar. Pero en medio de las serpentinas de esa fiesta de la cultura que es la publicación de un nuevo texto, pocos o acaso nadie se pregunta por los traductores. ¿Cuántos advierten la centralidad de esa tarea para que acontezca el descorche? ¿Tienen quienes traducen el reconocimiento simbólico y material que merece la labor? Algunas de estas preguntas motorizaron a un conjunto de traductores de largo recorrido profesional a conformar el Grupo Ley de Traducción Autoral (Grupo LDTA), en el año 2013, para comenzar a delinear un proyecto de ley que lograra otorgar un marco normativo para la tarea. A partir de entonces, los profesionales recibieron el apoyo de editores, libreros, escritores, periodistas, docentes, estudiantes y representantes de la política interesados en la legislación cultural, y comenzaron a transitar el primer tramo de un largo camino legislativo. Ahora, el proyecto de ley aguarda tratamiento en la Cámara de Diputados, particularmente en las comisiones de Legislación General, ahora a cargo del macrista Daniel Lipovetsky, y en la comisión de Cultura, en cuya presidencia quedó designado recientemente el diputado del Frente para la Victoria Juan Cabandié.

En el Grupo LDTA convergen Estela Consigli, Andrés Ehrenhaus, Laura Fólica, Pablo Ingberg, Griselda Mársico y Gabriela Villalba, quienes –entrevistados por PERFIL– solicitan se los cite colectivamente, y analizan: “La actividad de los traductores autorales está regulada por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual. Pero la situación es particularmente precaria, porque si bien la ley los considera autores, en los hechos se los trata como simples prestadores de servicios”. Es decir: el trabajo de un traductor es para gran parte de las empresas editoriales una mera provisión de servicios, tal como el que presta una empresa que se encarga de la limpieza o de la repartición de los bidones de agua. Los integrantes del Grupo LDTA explican que bajo la actual normativa “los traductores autorales, que trabajan aislados y no cuentan con ningún tipo de agremiación, suelen verse obligados a aceptar las tarifas y condiciones que les imponen”, y agregan: “Así, la remuneración es muy desproporcionada respecto del esfuerzo, la dedicación y la formación necesarios, los plazos de entrega son demasiado cortos, y no siempre se firman contratos ni se pagan las regalías correspondientes, lo cual redunda en que, con este grado de precariedad laboral y sin un marco regulador coherente, la calidad de las traducciones pende de un hilo”.

En el marco actual, la relación de contraprestación de servicios entre los traductores y los editores se da de la siguiente manera: el traductor recibe un único pago contra entrega de la traducción cuyo uso cede. Saldado el pago, aquel que contrata el servicio de traducción puede ampararse en el artículo 38 de la Ley 11.723 para conservar la propiedad de la obra, pudiendo corregirla, editarla parcial o totalmente, revenderla o archivarla sin tener que informar al traductor ni volver a pagarle. Sobre este tema, los editores del Grupo LDTA señalan: “Este alejamiento del traductor autoral respecto de su obra alienta prácticas injustas en el sistema editorial y resulta absolutamente contrario a la doctrina del derecho de autor”.

El proyecto de ley en cuestión introduce una serie de cambios. Por un lado, establece un límite claro a la cesión de los derechos de uso comercial de la traducción, que sólo pueden cederse mediante contrato escrito, para un uso específico y durante un plazo máximo de diez años. Agotado dicho período, los derechos revierten en el traductor, que puede volver a cederlos por un plazo limitado mediante un nuevo contrato. Además, garantiza que, en virtud de la cesión de esos derechos, el traductor participe en los beneficios que arroje la venta de su obra mediante un porcentaje de las regalías: no inferior al 1% para las ediciones de la traducción en papel, al 2,5% para el caso de su explotación a través de medios digitales, y al 5% cuando, en cualquier formato de edición, se trate de la traducción de obras de dominio público. Por otro lado, el proyecto de ley alienta una serie de medidas de fomento de la traducción en el país, como la creación de un Premio Nacional de Traducción. A su vez, la iniciativa introduce la enumeración de los derechos morales del traductor y la obligación de respetarlos por parte del usuario, así como la puesta en claro de los elementos básicos constitutivos del contrato de traducción, de tal manera que las partes puedan negociar en condiciones de mayor igualdad y conocimiento. Otro punto importante es la visibilización de la figura del traductor en la difusión y promoción de la obra. Al respecto, los editores opinan que “en la práctica se esconde al traductor, con la idea de que el lector ‘olvide’ que lo que está leyendo es una traducción, y este ninguneo cultural suele ser el caldo de cultivo ideal para el ninguneo laboral o tarifario”.

Al momento de indagar acerca de las razones por las cuales el proyecto de ley quedó congelado, no son pocos quienes apuntan a un lobby de los grandes jugadores del mercado. Juan Ignacio Boido, director local de Random House, fija la postura del gigante: “La propiedad intelectual está renegociando sus alcances. En Alemania se dispuso un proyecto de ley de traducción tras consensuar un escenario viable, que fomente el trabajo además de protegerlo. En España, la situación de los traductores también está legislada. Este proyecto va en esa dirección. Y considerando la larga y excelente tradición de traducción que tiene la Argentina, me parece bien y necesario. Una editorial sólo se puede beneficiar si hay traductores protegidos, que puedan vivir del trabajo acumulado a lo largo de los años, y dedicados a su oficio”. Otro de los escollos que se supone complicarían el apoyo de los grandes grupos editoriales es el costo extra que sumaría la participación de los traductores en las regalías. “Es cierto que cargaría al libro con un costo extra –señala Boido–. Pero en muchos libros Random ya paga derechos de traducción. Los libros de pocas ventas son los casos más delicados. Hay ensayos o ficciones muy literarias que sólo se pueden traducir con la de los estados. Otros, repartiendo el costo entre todo Hispanoamérica. Si se puede encontrar una manera de que sean viables y a la vez los traductores puedan cobrar más si al libro le termina yendo bien, bienvenida”.

Los apoyos del ámbito editorial y cultural
Son hasta ahora más de 1.600 las adhesiones personales de traductores, escritores, pensadores, lingüistas, editores, docentes, estudiantes y profesionales del área de la cultura en general al proyecto de ley. Entre los apoyos institucionales aparecen la Academia Argentina de Letras, la Sociedad Argentina de Escritores, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, el Instituto Goethe; las Asociaciones de traductores de España, Cataluña, Austria, Alemania, Canadá; los departamentos de las carreras de Letras y de Filosofía de la UBA; editoriales como Mansalva, Eterna Cadencia, Caja Negra, Mardulce, Godot, El 8vo. loco, entre otras.

La editora Leonora Djament, de Eterna Cadencia, señala: “Un traductor es también un autor de la obra que traduce, en la medida en que hace un trabajo muy específico –político y estético a la vez– sobre la lengua y sobre la tradición. Por lo tanto, ese estatuto debe estar reflejado necesariamente en los contratos que los traductores firman con las editoriales. Y es necesario reglamentar esa relación que también es de potestad sobre la obra traducida, con todos los derechos pero también todas las obligaciones que eso conlleva”.

Ana Ojeda, escritora y editora de El 8vo. loco, destaca: “Considero la labor de los traductores a la vez muy esforzada e invisibilizada. Son puentes culturales fundamentales, muchas veces las puertas de ingreso de autores y textos desconocidos. Considero al traductor un segundo autor. Hoy se les paga poco, a veces ni siquiera se los menciona en la portada, o se los consigna en las primeras páginas del libro pero no en la tapa. Si a la traducción le va bien gana el editor, gana el autor, gana la editorial, pero para el traductor es lo mismo que si hubiera sido un fracaso. Creo que con la ley algunas de estas cosas, y sobre todo la mentalidad que subyace, podrían empezar a cambiar”.

Por su parte, la socióloga y escritora María Pía López reflexiona al respecto: “No leemos a un autor de otra lengua directamente, sino que leemos al traductor o traductora de esa obra, que vuelve a crearla en otra lengua. La cultura argentina se forjó, en muchos momentos, alrededor de traducciones. Tuvo una industria editorial potente y traductores muy relevantes, como Bianco para Henry James, o Salas Subirat para Joyce, o Benjamín de Garay para Da Cunha. No eran traductores colegiados sino escritores y expertos en las lenguas. Por eso, no hay que aceptar límites corporativos. La traducción literaria es otra cosa. Actualmente hay un gran movimiento de generar traducciones locales, pero sin provincianismos. A los que no cesamos de incordiarnos con las traducciones españolísimas de Anagrama nos alegra ese cosmopolitismo con entonación local. La ley no reconoce sólo derechos a los traductores sino que incentiva este movimiento necesario”.



martes, 9 de junio de 2015

Una de asombros convocados

También el 4 de junio pasado, la editora y traductora Ana Ojeda publicó en el blog de Eterna Cadencia la siguiente columna de opinión.

La lengua: espacio de resistencia

Si, como dijo Barthes, mi lenguaje es mi piel, quiero libertad para frotarla cuando, cómo y con quien yo quiera.

Las políticas de la lengua son políticas antes que nada, es decir, no-inocentes, pletóricas de “agenda”. En La máquina de despedazar historias, Antonio Jiménez Morato se sorprende de que «en Argentina se critican despiadadamente las traducciones al español que hace una editorial catalana pensando que ése es el idioma que se habla en España, sin tener muy en cuenta que en muchos casos a los peninsulares nos suenan tan marcianas como a cualquier otro lector hispanohablante». Su asombro convoca el mío: discutamos primero porqué una editorial catalana adquiere derechos de traducción para todo el territorio hispanoamericano, en lugar de adquirirlos únicamente para la Península Ibérica, liberando el resto de los territorios hispanohablantes a sus propios editores, y traductores, y versiones de castellano.

En el caso planteado por Jiménez Morato, se trata de traducciones (catalanas) que llegan a América latina; pero existe también otra realidad (aún peor): la de los sellos que adquieren derechos para todo el territorio hispanoparlante a sabiendas de que sólo distribuirán su traducción en territorio español. Es decir: los libros no llegan a esta parte del mundo pero de todas maneras se nos obtura la posibilidad de adquirir derechos para traducir y producir desde aquí. A través de un mecanismo económico (euros vs. pesos), quedamos relegados a –rehenes de– las decisiones editoriales de un lugar muy ajeno, muy lejano.

¿Se trata entonces, como sostiene Jiménez Morato, del «modo en que se lee a los autores foráneos»? Se trata de una cuestión de dinero, es decir: de política comercial, es decir: de dominación.

Jiménez Morato continúa: «Tampoco parecen darse cuenta muchos de los que critican las traducciones que llegan a cuentagotas gracias a la política de protección lingüística de los Kirchner, que la mayoría de las traducciones que se exportan desde las editoriales porteñas suenan tan localistas que logran, otro ejemplo, convertir a un autor brasileño de Porto Alegre que escribe en un portugués tan neutro como correcto en un guapo venido a menos en las tabernas de Almagro que teme que lo “agarre la cana”». En una charla reciente con Inés Garland, traductora —entre otros— de Ni quiero ni puedo, de Lydia Davis (Eterna Cadencia, 2014), ella sostenía que a su entender “las palabras tienen temperatura”. Traducir, entonces, consiste en identificar, distinguir, cuál es la temperatura —el tono— de la obra en su lengua original y encontrar una equivalente en la lengua propia. Por esta razón, estoy convencida, distintas traducciones de un mismo libro generan distintos libros. Un ejemplo exquisito: la traducción española que Paul B. Preciado (ex Beatriz) compuso para Melusina y la que Marlène Bondil entramó para Hekht Libros de Teoría King Kong, de la autora francesa (y pareja de Preciado) Virginie Despentes.

La traducción es un proceso alquímico altamente subjetivo. Convertir la lengua de un autor brasileño de Porto Alegre en la de un guapo de Almagro es una decisión posible, que ubica la cercanía del texto con el lector local en un primer plano, de importancia e interés. Es como traducir el francés martiniqueño de Aimé Césaire en su  Una tempestad a un rioplatense explícito, sin concesiones: es entender el mundo desde nuestra manera de hablar, que moldea nuestro mundo. Es ser consciente y, por lo tanto, político. Es ser resistente.

Tras comentar algunas declinaciones de la traducción al castellano, el ansia de la colaboración de Jiménez Morato es, en realidad, recomendar la lectura de Felipe Benítez Reyes, autor español poco conocido del lado de acá. Pero: su texto me basta para comprender que incluso las buenas intenciones reproducen una lógica (imperialista) del lenguaje, que borra las decisiones político-económicas que fundamentan las políticas de traducción, difusión y comercialización de los libros españoles en sus ex colonias: Buenos Aires. Quejarse porque las traducciones argentinas hacen hablar a todo el mundo en rioplatense es no comprender que el lenguaje modela el mundo en que vivimos, no querer ver que la dominación lingüística es, primero y antes que nada, dominación. Del lenguaje. Que es mi piel. Que es política.


viernes, 15 de febrero de 2013

Una encuesta para traductores (11)

Ana Ojeda
Nacida en Buenos Aires, en 1979, es scritora, traductora y editora del pequeño sello El 8vo. loco (www.el8voloco.com.ar). Tradujo, entre otros, a Alain Badiou, Aimé Césaire, Slavoj Zizek y Judith Butler. Es autora de las novelas Modos de asedio y Falso contacto, de reciente aparición.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
Creo que se parecen mucho. Para mí, la traducción es una especie de escritura con red, me da el gozo de la seguridad: sé que estoy traduciendo a un gran escritor, con lo cual no me puedo equivocar. Probablemente sea más una construcción psicológica que una realidad, porque resulta evidente que existen pésimas traducciones de grandes libros, pero para mí funciona así. Es la posibilidad de encontrar algo bello, que me gusta y disfruto, y jugar con eso hasta dar con una formulación adecuada, que le haga justicia. En este sentido, en la traducción, a diferencia de lo que sucede en la escritura, hay límites (de aquí, probablemente, la seguridad que mencionaba recién), hay una contención muy fuerte impuesta por el autor, el tiempo en que fue escrita la obra, el tono del original, etc.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Yo aprecio cuando la figura del traductor, y su rol, están resaltados porque si leo a Raymond Carver en castellano me doy cuenta de que estoy leyendo a Carver y a su traductor, en una superposición de capas, de constructo. Por eso también valoro muchísimo las traducciones argentinas de libros extranjeros, me resultan mucho más placenteras de leer que las españolas.
Creo que la visibilidad del traductor debe aumentar también como una forma de otorgarle visibilidad a la responsabilidad de la que se hace cargo.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
Tanto el traductor como su labor deben ser visibles. Ahora bien, pienso que la traducción es, en definitiva, el porqué del traductor y lo que finalmente interesa.


Laura Fólica
Foto: Philippe Soubias

Traductora literaria por el IES Lenguas Vivas y licenciada en ciencias de la comunicación social por la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo la maestría en literatura comparada y traducción literaria de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde actualmente realiza el doctorado. Ha sido docente en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, el IES Lenguas Vivas y la Universitat Pompeu Fabra. Trabaja desde 2005 como traductora para editoriales y medios audiovisuales.  Actualmente reside en Barcelona.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
La traducción es escritura de una escritura. Cuestionar la mímesis abre nuevos posibles para reflexionar sobre la traducción. Pensar la traducción como lectura puesta en sintagma, siguiendo las palabras del otro, aquí y ahora.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
Salir de la pregunta prescriptiva permite romper con la famosa fetichización de la mercancía, sean torpedos, textos o turrones. El proceso deja necesarias huellas sobre el producto; mostrar u ocultar sus huellas son ensayos de superficie, advertir esto permite tomar conciencia de una construcción social del sentido.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?.
Salir de la pregunta prescriptiva permite situar al traductor en el entramado de fuerzas sociales que lo tensan, distienden o tienden hacia lados, gustos o discursos. Disposiciones, no meramente objetivas, no meramente subjetivas, ahí está Bourdieu haciendo equilibrio en el listón que reúne la estructura con la construcción.

jueves, 14 de junio de 2012

Otro de Badiou en castellano

La editorial Paídós acaba de publicar Elogio del amor, un diálogo reciente entre el filósofo francés Alain Badiou –frecuente visitante y, a la fecha, casi una institución argentina–  y el periodista Nicolas Truong, que, en su versión local –hay otra española–, acaba de traducir Ana Ojeda.
 
Según la sinopsis que ofrece uno de los sitios de Internet donde se vende, "hoy en día, la opinión general es que cada uno sigue solo su interés. El amor es la prueba palpable de que esto no es así." Desde los moralistas franceses hasta Levinas, pasando por Schopenhauer, los filósofos a menudo han maltratado el amor, cuando se interesaron por sus problemáticas, aunque más habitualmente lo obviaron como tema de sus reflexiones. No es el caso de Alain Badiou, quien nos muestra en este libro formidable que el amor es una dimensión esencial del ser humano que hay que defender de las amenazas que le plantea el paradigma de vida actual. Para este autor, el amor se encuentra amenazado por los partidarios del mercado liberal –para quienes todo es interés–, pero también por sus opositores, para quienes el amor es puro hedonismo. Vivimos en un mundo en el que el amor ¿riesgo cero¿ es un correlato en el espacio íntimo de la guerra "muerte cero". Esta es, entonces, la primera amenaza que el amor actual enfrenta: la "amenaza aseguradora". Por medio de un tranquilizador arreglo de antemano, se evita toda casualidad, todo encuentro y, finalmente, toda poesía existencial, en nombre de la categoría fundamental de la ausencia de riesgos. La segunda amenaza que se cierne sobre el amor es la que le niega toda importancia, afirmando que se trata de solo una variante de las distintas formas del goce. Este libro es un poderoso antídoto contra estas amenazas y un placer de leer, placer que nos reconducirá al amor y a su reinvención.

 
Alain Badiou  nació en Rabat, Marruecos, en 1937, hijo de un matemático y militante de la Resistencia francesa que llegó a ser alcalde de Toulouse y de una profesora de literatura. Estudió en la Ecole Normale Supérieure y enseñó filosofía en la Universidad de París VII durante tres décadas, entre 1969 y 1999. Protagonista del Mayo francés, se identificó con el maoísmo y actualmente es uno de los animadores de L'Organisation Politique, un grupo que se plantea una praxis múltiple, directa, transnacional y transclasista. Cuenta con una extensa obra filosófica, pero también se reconoce matemático, así como escritor de novelas y obras teatrales.
Nicolas Truong es periodista de Le Monde, consejero de redacción de Philosophie magazine y responsable del Théâtre des Idées, en el marco del Festival d'Avignon.

lunes, 1 de agosto de 2011

Una versión rioplatense de Aimé Césaire

La editorial argentina El 8vo. loco anuncia la publicación de Una tempestad, del poeta martiniqueño Aimé Césaire, reversión a su vez de La tempestad de William Shakespeare, en traducción de Ana Ojeda y prólogo de Rocco Carbone y Leonardo Eiff. Sinceras felicitaciones desde el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

Quienes deseen ver el catálogo de la editorial pueden hacerlo en http://www.el8voloco.com.ar/ o comunicándose con el8vo.loco@gmail.com