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martes, 15 de noviembre de 2016

Algo más sobre las notas al pie

María José Furió, el 18 de mayo de 2015, publicó la siguiente columna en El Trujamán. Como se comprenderá, se trata de una opinión que, sobre este tema, se suma a muchas otras que, lejos de cerrar el tema, mantienen la polémica a favor y en contra de las notas abierta.

Notas al pie: nota del autor,
nota del traductor, notas del editor

El tema de las notas al pie ha sido discutido a menudo, de forma que el traductor novel puede establecer su propio criterio, conjugando las opiniones recabadas entre traductores expertos y veteranos con las soluciones de compromiso que él mismo reúna al hilo de su trabajo y experiencia creciente. En otro trujamán ya me referí a las notas del autor comentadas y anotadas por un traductor excepcionalmente escrupuloso. Al margen de estas cumbres de la visibilidad del traductor, el debate sobre las anotaciones plantea siempre cuál es su eficacia dentro del texto y para el lector. En la rutina de traducir el escollo de la nota incluye una variable: la costumbre del país del texto original.

Así, hace poco, en conversación entre colegas, el traductor del ruso Paul Lequesne compartía sus conclusiones sobre el tema:

Las notas a pie de página llevan su tiempo, cuesta redactarlas y a la gran mayoría de lectores les trae al fresco. Es verdad que soy traductor de una literatura para una minoría de lectores. Las traducciones que considero «mis obras maestras» (en el sentido del gremio de los obreros) no habrán sido leídas por más de doscientas o trescientas personas, me temo, cada título. Pero es una razón de más, a mi entender, para no desanimar la buena voluntad de esas personas obligándoles a saber que el patronímico de Untalovski era Trucovitch, que nació el 32 de marzo de 1841 y murió el 29 de febrero de 1893 después de una brillante carrera de ingeniero de minas en el Ural, o que lo que llamamos blini en francés se llama oladi en ruso, y que una chapka no designa forzosamente un gorro con orejas, sino un simple gorro, y que los pelmeni se preparan simplemente con una pasta de tallarín a base de harina y agua, ocasionalmente con huevo, rebajada, cortada en rodajas y con una mezcla de carne de ternera y/o de cerdo picada, cebolla y eneldo, etc. Si el lector está dispuesto a detenerse en estos detalles es porque el texto no le engancha de veras; en ese caso, más valdría que abandonara aquí la lectura.

Sin embargo, hay términos intraducibles, donde resulta obligado introducir una nota, pues el lector no entendería el significado a menos que se le ofrezcan algunas explicaciones.

La doktorskaïa kolbasa, por ejemplo, literalmente, el salchichón del doctor —explicó Lequesne—, cima de la gastronomía soviética, se inventó para que todo el mundo tuviera su ración diaria de proteínas tras años de hambruna. Y aquí, no hay duda de que una breve explicación a pie de página puede ayudar a la lectura.

Para lo demás, su opción es relegar todas las notas de traductor al final del volumen, y que el lector decida si le apetece consultarlas. El mismo traductor explicaba que ése era el sistema adoptado en las ediciones soviéticas, «donde todas las notas suelen figurar al final del volumen, indexadas por página, pero sin ninguna llamada de nota a lo largo del texto». Parece una solución que obliga al lector a un ejercicio de habilidad mental, pero era una tradición establecida.

Otra experta traductora se mostraba  de acuerdo con llevar las notas al final del volumen y distinguía entre las notas de traductor y las de editor. Como traductora de alemán, recordaba el mal rato que pasó con las notas de editor en la correspondencia entre Elias Canetti y una amiga íntima. El editor consideró imprescindible situar al lector aclarándole quién se escondía detrás de tal apelativo o diminutivo afectuoso, y otros detalles de contexto, pues los aludidos eran figuras hoy célebres del mundillo intelectual y artístico europeo, y la correspondencia abarcaba un largo período histórico, de 1942 a 1992. Estas explicaciones iban en forma de comentario al final de cada carta, según la tradición alemana. El editor francés consideró que ayudaría a la fluidez de la lectura convertir los comentarios del editor en notas numeradas y trasladarlas al final del libro, decisión con la que la traductora estaba plenamente de acuerdo aunque, porque la discusión parece interminable, puntualizaba que hay que decidir caso por caso.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Señora, baje el dedo que le va a dar frío

El 20 de septiembre pasado, en El Trujamán, la página diaria que el Centro Virtual Cervantes, del Instituto Cervantes, dedica a la traducción, María Teresa Gallego, sin nombrarme –y acaso porque yo sí la he nombrado en más de una ocasión– escribe: “Una novela se lee de una forma. Esa misma novela se lee de otra, cuando se está realizando, sobre ella o sobre la obra de su autor, un estudio histórico o literario o filológico (aunque en este último caso no se podrá partir de una traducción, lógicamente) o una tesis doctoral. En ninguno de los casos —ni lectura placentera de la novela ni estudio— creo que proceda, cuando de una obra de ficción traducida se trate, un aparato ingente de notas del traductor. El estudioso y el estudiante y el doctorando ya buscarán las oportunas bibliografía y documentación acordes con sus necesidades. Y al deleitado lector le da exactamente igual, por poner un ejemplo al azar, el año exacto del trazado de la calle de París cuyos adoquines usaron los jóvenes revolucionarios de Hugo para levantar su barricada o si las banderas de la época eran de vichí o de percalina, precisiones ociosamente eruditas que interrumpirán al ya mencionado lector en su ascenso a la barricada, tirando de él hacia abajo, hacia el pie de la página, privando así a ésta de su carácter de trampolín y atándole un bloque de hormigón a los tobillos. Eso si no lo zambullen a traición en fragmentos de la correspondencia del escritor en determinado año, convirtiendo de paso la acción en curso en aventura interrupta”.
No contenta con levantar el dedo imperativo para dictaminar cómo debe proceder el lector –al que en párrafos previos nombra “lector español”, como si hubiera un solo tipo, ibérico, repetido y con una cabeza idéntica, sin aclarar si se refiere exclusivamente al de España o a cualquiera que sea usuario de lengua castellana–, agrega: “Dicho lo cual, los traductores y las editoriales son muy libres, por descontado, de poner en los mostradores de las librerías lo que deseen. Pero lo que no me parece de recibo es que quinientas notas en las cuatrocientas páginas de una novela se aleguen como mérito y sean motivo de jactancia por la obra propia y desprecio por la ajena, como oímos a veces en labios de ciertos traductores exegéticos de obras de ficción clásicas que se arrogan el discutible derecho de digerírselas al lector. Tanto más cuanto que unas cantidades ingentes de notas no garantizan una buena traducción, pero sí le dan al traductor un inoportuno protagonismo, que no le corresponde, y cortocircuitan el flujo entre escritor y lector, impidiendo a éste la relación personal con aquél, siendo así que hacerla posible es la misión esencial, por no decir exclusiva, del traductor literario”.
Como no quiero cortocircuitarle nada a nadie, y menos el flujo, me veo en la obligación de responder. Señalo entonces que en la página 30 del Prólogo de mi traducción se declara con toda claridad: “ésta es una edición anotada; vale decir, una nueva traducción de la obra acompañada expresamente por un gran número de notas que permitan, eventualmente, una mejor comprensión no sólo de la historia, sino también de la cultura y las condiciones de la época en que transcurre, la forma en que  fue contada, los problemas que Flaubert truvo que sortear para escribirla, lo que la crítica ha dicho sobre cada momento de este libro a lo largo de los últimos ciento cincuenta y siete años. Todas esas notas responden a muy diversas bibliografías y tienen diferentes propósitos. Por un lado, repiten lo que a lo largo del tiempo han consignado en diferentes ediciones de la obra y en distintos estudios sobre ésta algunos de los mayores especialistas en Flaubert y en Madame Bovary. Como podrá verse, sus nombres han sido respetuosamente incluidos en cada ocasión. Por otro, remiten a lo que el propio Flaubert decía –en su Correspondencia, en los carnets de escritura– a medida que iba escribiendo la novela. Luego, indica qué pasajes fueron suprimidos por la Revue de Paris, medio en el que la novela se publicó por entregas antes de su definitiva publicación en libro. Finalmente, en aquellos casos en que no se consigna la fuente, las notas surgen de la labor del traductor. Estas últimas, muchas veces derivadas de la utilización de diccionarios como el de la Academia Francesa o el de Émile Littré, así como de enciclopedias, libros de historia y textos dedicados al estudio de la historia cultural, intenten reponer para el lector actual el marco de referencias correspondiente a los lectores contemporáneos a la aparición de la novela”. En síntesis, no se le oculta a nadie la índole del libro, ya que en la página 9 del Prólogo declaro: “esta nueva traducción y sus muchas notas pretenden dar cuenta no de una, sino de un notable número de maneras de leer Madame Bovary, desde su publicación a la fecha, justificando así su reputación de gran clásico de la literatura”. Y aclaro esto porque sé que no todos tenemos una misma cabeza y, por lo tanto, porque entiendo que no hay una única manera de leer. Por otra parte, tiendo a suponer que si a alguien no le interesan las notas, puede saltearlas. Dicho llanamente, no está obligado a leer lo que no quiera leer. Es más, si el lector no lee mis notas, no me enojo, como sí parece enojarse la señora Gallego de que las haya puesto.  
Hasta 2014, fecha de la publicación de mi versión de Madame Bovary, en la lengua castellana existían 58 versiones de la obra, distribuidas entre la Argentina, Colombia, Chile, España y México. Desde entonces, si mis cálculos no son incorrectos, se sumaron 9 versiones más. Pese a las muchas reediciones, no todas esas versiones están disponibles. Por caso, La señora Bovary, oportunamente traducida por Tomás de C. Durán y publicada en 1900 en Barcelona –que de ninguna manera debe ser confundida con La señora Bovary, traducida por María Teresa Gallego y publicada en 2012 en Madrid–, sólo se consigue en bibliotecas o, con suerte, en librerías de viejo. Cada una de estas versiones tiene su correspondiente traductor y cada uno de esos traductores, sus aciertos y limitaciones, tal como señalo en el prólogo de mi propia versión. Allí digo: “hoy en día, todo traductor que quiera honrar al original en la lengua a la que traduce, podrá considerar y acaso servirse de versiones anteriores”. Y cuando hablo de servirse de las versiones anteriores, no solamente lo hago para agradecer aciertos, sino también para evitar errores. Por caso, el traductor español Juan Bravo Castillo –él mismo autor de una muy buena versión de Madame Bovary, publicada en 1993 en Madrid–, en el excelente artículo “Madame Bovary et ses versions a l’espagnol”, disponible on line, estudia y critica, no sin cierta aspereza, varias de las traducciones españolas que preceden a la suya. Los errores que señala son groseros y corresponden a algunas versiones por mucho tiempo consideradas canónicas, posiblemente porque quienes así las juzgaban tal vez no leían en francés y se dejaban embelesar por la reputación literaria de los traductores, muchos de los cuales tampoco ponían notas allí donde éstas podrían haber sido de alguna utilidad, para no alterar la sagrada relación entre el autor y el “deleitado lector”, categoría curiosa porque cada cual busca su deleite, solaz y consuelo donde quiere o puede. La primera reacción que muchos tuvieron fue pensar que Bravo Castillo cometía una infamia porque tal parece es de mal gusto denunciar la falta de probidad de los colegas. En realidad, lo que él hizo fue ofrecer un servicio invalorable a los traductores que vinieron después y que, gracias a su esfuerzo, no cayeron en los mismos errores que él denunció. Dicho en otros términos, Bravo Castillo no respetó el esprit de corps del mundo traductoril rindiéndole pleitesía a viejas glorias que no lo merecían, sino que tuvo en cuenta tanto a los futuros colegas como al lector para que unos y otros leyeran mejor.
Ahora bien, en el caso de una obra que tiene tantas versiones al castellano como Madame Bovary es posible que la traducción sola no baste, que haya quienes deseen sumar algo más, un valor agregado que ayude a leer mejor o de otra manera. Esto, en el caso de los clásicos, se hace casi siempre en el propio idioma. Por caso, la versión de Folio que en Francia manejan tanto escolares como universitarios, sin olvidar al público en general, es la de Jacques Neefs, uno de los grandes especialistas en Flaubert. Su versión anotada es la que ha servido de referencia a traductores del mundo entero, tanto para aclarar problemas de índole cultural –hablamos de un libro que refiere usos y costumbres de los franceses de hace un siglo y medio–, como para comparar con las sucesivas versiones que Flaubert publicó, hasta llegar a la edición de Charpentier & Cie, que fue la última publicada en vida del autor. Muchas versiones de Madame Bovary que se publicaron en el mundo entero siguen las notas de Neefs. Algunas lo declaran abiertamente y otras lo esconden, como si las notas fueran de los propios traductores. Tal es la importancia de la labor de Neefs que incluso su prólogo ha sido abiertamente citado y, en el caso de la edición de Penguin Random House, reproducido íntegramente, para sorpresa del mismo Neefs que en ningún momento fue consultado y quien se enteró del hecho sólo cuando yo se lo mostré en París, en diciembre del año pasado. Dejando de lado lo que haya decididio y hecho el editor, el responsable de esta última versión es Mauro Armiño, un excelente traductor español, quien eligió sumar a su versión de la novela varios fragmentos que Flaubert en su momento había descartado, pero que, en una reciente edición francesa, se volvieron a incluir en la obra. En síntesis, un valor agregado.

Más modestamente, la señora Gallego, en su momento, optó por titular La señora Bovary a la novela que todo el mundo conoce como Madame Bovary. En eso –en eliminar las marcas que indican que esta novela francesa es una novela francesa– consiste su principal valor agregado. Algo simple, como parece ser, en líneas generales, todo el pensamiento de la traductora. Lo dije en una reciente entrevista que me hizo el diario El País, de Montevideo, y que reproduje en este blog: “Hay una traducción bastante pobre a la que, en un alarde de ingenio, bautizaron  La señora Bovary. Al hacer eso, esta hija de campesinos normanda pasa a ser una comadre madrileña, lo cual sólo contribuye a agregar exotismo a algo que el original no tiene. La acción no transcurre en Madrid. Cambiar el madame por ‘señora’ quita la marca necesaria en toda traducción para que el lector sepa que es justamente eso: algo que fue escrito en otra lengua y que da cuenta de cosas que le pasaron a gente en otra parte. Entiendo que la universalidad de un texto no puede ser reemplazada por gracejo de poca monta”.
Quisiera aclarar aquí que lo del “gracejo de poca monta” tiene que ver con la costumbre un tanto pesada y prepotente que nos suelen imponer muchos españoles cuando siembran el discurso con las supuestas perlas del refranero español, algo de lo que, entiendo, los hispanoamericanos hemos logrado liberarnos, gracias a los esfuerzos de Jorge Luis Borges, tan aclamado en España. A la señora Gallego, que justamente tiende al refranero, no le gustó, y por eso, porque se quedó con la sangre en el ojo, pero no tiene el coraje de referirse a mí con nombre y apellido, titula su nota “Churros y meninas”, para aclarar enseguida, por si hiciera falta, que el refrán original habla de “churras y merinas”. El chiste –si es que así puede considerarse– le sirve para terminar su columna diciendo: “Así que no confundamos. Un traductor no es un exégeta (salvo en un contexto religioso y, por tanto, manipulador), su cometido no es lucirse ni protagonizar la mitad de las páginas del libro y un churro no es una menina”. O sea, luego de haber dictaminado antes cómo debe ser un lector y cuál tiene que ser su lectura, ahora se pone a discursear sobre qué cosa tiene que ser un traductor. Con lo cual, volvemos a imaginar que todos los traductores tienen que tener una misma cabeza, probablemente la suya. La vida, hélas, es más compleja que lo que probablemente desee Madame Gallego. De hecho, parafraseando la “Oda escrita en 1966”, de Borges, nadie es Madame Bovary, pero todos la somos.      

lunes, 8 de agosto de 2016

"'Emma se murió'. Así de compenetrado estaba"

Publicada el 5 de agosto pasado, con firma de Laszlo Elderlyi en El Cultural, del diario uruguayo El País, la siguiente entrevista con el Administrador de este blog se centra en su traducción de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y en las diferencias entre el castellano empleado en Latinoamérica y el de España a la hora de traducir.

"Españoles y latinoamericanos
ya no hablamos la misma lengua"

Traductor de vasta trayectoria, poeta, escritor y periodista cultural, Jorge Fondebrider fue secretario de redacción de Diario de Poesía y coordinador de números especiales de la revista Ñ de Clarín. Esta nueva traducción que realizó de Madame Bovary de Gustave Flaubert (Eterna Cadencia, 2015) cae en medio de varias polémicas sobre la política de la lengua española, generadas entre quienes proponen jerarquizar o normativizar desde la península ibérica (la Real Academia, por ejemplo) y los que defienden el valor de la lengua de las diferentes regiones hispanohablantes, como la que se habla en el Río de la Plata.

-El País Cultural ha destacado nuevas versiones de clásicos recién traducidos a un español rioplatense, como es el caso de la Divina Comedia traducida por Jorge Aulicino, o el Ulises y el Finnegans Wake en versión de Marcelo Zabaloy. ¿Se puede decir que tu Madame Bovary también es rioplatense?

-El problema acá es qué engloba el término "rioplatense". Porque, llegado el caso, existe mayor afinidad entre un porteño de Buenos Aires y un montevideano que entre un porteño y un jujeño, cuyo universo cultural estaría más cerca de Bolivia. Y, sin embargo, porteños y jujeños son argentinos. En síntesis, hay un problema en el término. Luego, ¿es lo mismo un montevideano que un nativo de Salto? Por último, las traducciones chilenas y peruanas suelen ser excelentes y no presentan ningún problema para los lectores de Buenos Aires y Montevideo. Entonces, mi traducción está hecha a un castellano correcto, que puede ser entendido en casi todas partes, con alguna ligera marca léxica argentina. La prosodia es la del castellano de América y ahí, llegado el caso, le podría hacer ruido al lector español. Sin embargo, no he oído quejas al respecto.

-En algún momento dijiste que españoles e hispanoamericanos no hablamos la misma lengua. ¿Cómo es eso?
-En el léxico la diferencia no es dramática. Donde la cosa sí se pone fea es en la prosodia y en la poética. Y ahí es donde creo que latinoamericanos y españoles ya no hablamos una misma lengua. A ellos les pesa mucha la tradición y los hunde el refranero. A nosotros nos ayudan las revoluciones que los poetas hicieron en la lengua: Huidobro, Vallejo, Girondo y Borges (que simplificó y limpió), y que nos ofrecieron una versión menos pesada. A eso traducen los buenos traductores. Usar el voseo y las referencias locales me parece que no tiene sentido. Ningún irlandés vosea, porque esa diferencia no existe en inglés. Ponerlo a vosear implica agregarle al texto una marca que el original no tiene. Una cosa es escribir en una lengua y otra muy distinta traducir a esa lengua. Madame Bovary no fue escrita ni en Buenos Aires ni en Tacuarembó, y mucho menos en Salamanca.

-Hay 67 traducciones al español de Madame Bovary. ¿Cuáles te parecen fallidas, y por qué?
-Sí, son muchas Madame Bovary al castellano, y no tenía sentido para mí consultarlas todas. Los problemas que les veo a muchas de ellas es que se centraron en la supuesta importancia del personaje y en la historia, sin respetar el estilo de Flaubert. En este caso, no respetar el estilo implica fracasar. Para escándalo de algunos lectores, voy a decir que la trama de Madame Bovary es de una trivialidad absoluta y que el personaje no tiene mucho valor. Lo que importa, lo que constituye el centro de la novela, es el estilo de Flaubert. No hay más que leer las novelas contemporáneas a Madame Bovary en Francia en las que se daba cuenta de distintas infidelidades. Si esta novela perduró fue precisamente por cómo esta escrita, no por sus personajes ni por la trama. 

-¿Y qué distingue esa escritura?
-Lo dice Vargas Llosa y también muchos otros críticos: la novela desarrolla una noticia policial magníficamente contada. Hay traductores que no lo vieron y apuntaron a los personajes, planchando el estilo. Cabe aclarar que cada época tiene sus modas de traducción. Hace ochenta años importaba más contar lo que decía el libro, parafrasearlo, que dar cuenta de cómo decir lo que dice. Flaubert no es el único que sufrió esto. Jack London, de quien este año se cumple el centenario de su muerte, fue otro autor muy afectado por esa tendencia. Por último he notado que últimamente en España, fuente de muchos de nuestros males en materia lingüística, ahora se busca darle "salero" a la cosa. Hay una traducción bastante pobre a la que, en un alarde de ingenio, bautizaron La señora Bovary. Al hacer eso, esta hija de campesinos normanda pasa a ser una comadre madrileña, lo cual sólo contribuye a agregar exotismo a algo que en el original no lo tiene. La acción no transcurre en Madrid. Cambiar el "madame" por "señora" quita la marca necesaria en toda traducción para que el lector sepa que es justamente eso: algo que fue escrito en otra lengua y que da cuenta de cosas que le pasaron a gente en otra parte. Entiendo que la universalidad de un texto no puede ser reemplazada por gracejo de poca monta.

-Y en qué se diferencia tu Madame Bovary de las anteriores?
-Mi traducción es una versión anotada. Hay más de 500 notas al pie que responden a tres criterios distintos: primero, reponer para el lector actual de lengua castellana los datos culturales evidentes para cualquier lector francés contemporáneo de Flaubert; segundo, dar cuenta de lo que Flaubert escribió a propósito de cada escena de su novela tanto en sus libretas de notas como en la correspondencia que mantuvo con diversas personas durante los años de escritura de Madame Bovary; y tercero, ofrecer lo que escritores y críticos dijeron al respecto de cada escena, desde el momento mismo de la publicación de la obra hasta el presente.

-Pero hay otras traducciones de Madame Bovary anotadas...
-Sí, claro, ediciones con notas, muchas de ellas robadas a especialistas franceses cuyos nombres eran curiosamente olvidados a la hora de dar los créditos.

-Las notas de tu traducción, entonces, son producto de una investigación paralela que supera el mero acto de traducir.
-Tuve la suerte de recibir una beca del Centre National du Livre, que me permitió pasar tres meses en París tratando de discernir qué libro iba a hacer. Para mí fue crucial haber conocido a Jacques Neefs, autor de la edición crítica de Madame Bovary. Además de un sabio, resultó ser un tipo excepcional que, entre otras cosas, me alentó a que usara parte de sus notas en mi propia versión. Me dijo: "A Flaubert no le gustaban las cacofonías ni las repeticiones, pero, si usted se fija bien, verá que en cada página hay algo así como un ruido de fondo que hay que conservar". Ese dato me fue muy útil. También lo que George Steiner escribió sobre las versiones de Madame Bovary en inglés. Steiner señala que Flaubert utiliza los famosos "on", pronombre que puede traducirse por una primera persona del plural o como una tercera, tanto personal como impersonal, como zonas de inestabilidad de la lengua. Cuando aparecen, suele haber cambio de punto de vista. Y ése es uno de los logros más importantes de esta novela. Es la primera que se escribe haciendo uso de una multiplicidad de puntos de vista, lo que la convierte en la primera gran novela contemporánea de la historia. Otros traductores, los que planchan el texto, no lo vieron y optaron por un narrador omnisciente, que no corresponde. 

-¿Y el estilo?
-Flaubert hace cosas bastante raras. Por ejemplo, mandarse largas tiradas separadas apenas por un punto y coma, seguido de la conjunción "y". Muchos traductores pensaron que era un error y hasta llegó a hablarse de la impericia de Flaubert. El único que habló de ésto como un rasgo estilístico fue Nabokov, quien, acostumbrado a los caprichos de puntuación de sus connacionales ("normalizados" después de la revolución rusa), observó que no había que normalizar a Flaubert cuando se lo traducía.

-¿Alguna anécdota que recuerdes de este proceso de traducción?
-Leí una tonelada de libros sobre Flaubert y cientos de artículos sobre Madame Bovary. Su correspondencia, con todo, me dio algunas claves personales muy divertidas. El tipo era un calavera y un rufián. Me encantó traducir la carta que Rodolfo le escribe a Emma, anunciándole el fin de la relación. Después de leerla, piensa que le falta algo. Entonces, mete un dedo en un vaso con agua y deja caer unas gotas, para que la tinta se corra, simulando unas lágrimas. Eso sólo puede haberlo imaginado alguien que ha hecho esas cosas en su propia vida real.

-¿Qué sentiste cuando terminaste?
Recuerdo que cuando Emma se muere llamé a Magdalena Cámpora, amiga y acaso la mayor especialista en literatura francesa de Argentina, para comunicárselo. Le dije: "Emma se murió". Así de compenetrado estaba al cabo de casi tres años de trabajo.

-¿Crees que el personaje Madame Bovary es un clásico? ¿Es la dama tan universal como dicen?
-Insisto, Madame Bovary es apenas un pretexto para que descubramos uno de los más grandes estilos que dio la literatura mundial. Es muy común que la gente se confunda y piense en el personaje, en Madame Bovary. La cosa no va por ahí. Adúlteras y cornudos hubo siempre. Y también cornudas y adúlteros, ojo.

-Me comentaste que seguirás traduciendo a Flaubert. ¿Qué obras?
-Lo próximo, lo inmediato, son los Tres cuentos. A mí me parecen tan importantes como Madame Bovary o incluso más. También quiero hacer una edición anotada. Volví a recibir otra beca del CNL para su traducción. Esta vez, gracias a Jacques Neefs, conocí a Pierre-Marc de Biasi, autor de la edición crítica y otro sabio deslumbrante. Él hizo su doctorado haciendo la crítica genética del libro con los ocho manuscritos que precedieron a la edición. Me dio también pautas fantásticas. Mi proyecto Flaubert terminará con Bouvard et Pécuchet, la novela inconclusa que es el mejor antecedente de la obra de Georges Perec, a quien también he traducido. 

-Hace poco Eduardo Lago en un artículo periodístico publicado en España criticó la existencia de traducciones “regionales”, sobre todo ante la salida del nuevo Finnegans Wake en español rioplatense. ¿Qué comentarios te merecen esa opinión?
-Ningún español de la península ibérica puede hablar de traducciones "regionales", si no considera así a las que se realizan en España. Lo que se tolera muy mal es la soberbia de no entender que España es apenas una provincia más de la lengua castellana, y ni siquiera la más poblada, ya que en México hay más hispanohablantes que en España. Entonces, arrogarse el derecho a generar cualquier tipo de preceptiva o normativa, como si ésta emergiera de una centralidad es, cuanto menos, desafortunado. Quiero aclarar que no se trata de un prejuicio antiespañol. Eduardo es un buen escritor y un crítico competente, pero no comparto su criterio a la hora de juzgar qué es universal y qué es regional. Tampoco comparto su interés por Vila Matas, lo cual hace mermar su sentido del gusto.

martes, 14 de junio de 2016

Damián Tabarovsky cumple sus promesas



El pasado 4 de junio, en su habitual columna del diario Perfil, Damián Tabarovsky publicó las siguientes reflexiones sobre las variaciones, de acuerdo con el país, la época y el editor, de una nota al pie de página de un célebre texto de Karl Marx

Palabras, sentido, traducciones

Se está generando un nuevo diccionario: mentira se dice sinceramiento; encubrimiento, información; censura, libertad de expresión. Apuesto que prontamente reaccionario significará progresista. No se trata ya del vaciamiento de las palabras, sino de la inversión del sentido. Mucho más no tengo para decir sobre este tema, o en todo caso, no mucho más que releer una y otra vez LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, de Victor Klemperer, y en especial los dos tomos de Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945 –que a mí me parece su verdadero texto mayor– para encontrar a simple vista, sin demasiado esfuerzo, las evidentes líneas de continuidad entre totalitarismo y democracia mediática.

Los nombres cambian, decía, y entonces también cambio yo de tema, para volver sobre una promesa que ya nadie recuerda (¡lo bien que hacen mis hipotéticos lectores!) que formulé hace unas semanas, acerca de reparar en un pasaje de un texto de Marx sobre la Comuna de París, o más que en el texto de Marx, en una nota del editor. En la barata edición que tengo, de la Editorial Ateneo –Buenos Aires, 1973, que reproduce el texto de las Obras escogidas, de la Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957–, del Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, redactado por Marx, se lee esta frase: “Ernesto Picard, el Joe Miller (*) del gobierno de la defensa nacional, que se nombró a sí mismo ministro de Hacienda…”. Y al pie de página, como llamada a ese asterisco, leemos: “En lugar de Joe Miller, la edición alemana dice Karl Vogt, y la edición francesa, Falstaff. Joe Miller: conocido actor inglés del siglo XVIII. Karl Vogt: demócrata burgués alemán, que se convirtió en agente de Napoleón III. Falstaff: personaje fanfarrón y aventurero de las obras dramáticas de Shakespeare (Ed.)”. Eso implica que en cada edición se cambia el nombre, y se busca un sustituto –una traducción– que pueda cumplir la misma función semántica: la idea de que esa persona es un actor, alguien que realiza una actuación, y por lo tanto, miente e intenta engañarnos invirtiendo el sentido de las cosas. ¿Es un cambio autorizado por Marx? No lo creo. La primera traducción al castellano de El capital, a cargo de Pablo Correa y Zafrilla –publicada en el diario La República de España, obviamente incompleta, y tomada de la edición francesa de Joseph Roy– apareció en 1886, tres años después de la muerte de Marx. La primera realizada del alemán, firmada por Juan B. Justo –probablemente con la ayuda de Augusto Kühn, que sabía bien alemán– es de 1897, corregida y mejorada recién en 1918. ¿Cuándo se tradujo el manifiesto sobre la Comuna? Seguramente mucho después, teniendo en cuenta que es un texto “menor” de Marx. A menos que Marx haya autorizado el concepto, es decir, la posibilidad de ir encontrando, de lengua en lengua, un sucedáneo de Karl Vogt, nombre que aparece en la edición original en alemán. Tampoco lo sé. Pero no deja de ser fascinante la idea de un texto en el que los nombres cambian de traducción en traducción, pero se mantenga la función textual. Como si Marx avant la lettre, o tal vez los traductores y editores de Marx hubieran pensado en clave de invariantes estructuralistas mucho antes de que el estructuralismo se convierta en vanguardia teórica.

viernes, 14 de febrero de 2014

Y ya que estamos con Pacheco...

Publicado el 8 de febrero pasado, en La Razón, de La Paz, Bolivia, el siguiente artículo de Wálter I. Vargas critica la muy elogiada traducción que José Emilio Pacheco hizo de los Cuatro Cuartetos, de T. S. Eliot. Las críticas se refieren fundamentalmente a la abundancia de notas, lo cual trae otra vez sobre el tapete la polémica respectiva. En la bajada del artículo se lee:En el un tanto misterioso asunto de la lectura literaria, a veces la indocumentación juega un papel benéfico”. 

Cuestiones eliotianas

Sólo ahora me entero que el recientemente fallecido poeta mexicano José Emilio Pacheco había encarado hace mucho (en los años 80) la noble y seguramente dura tarea de traducir los Cuatro cuartetos, de Míster T. S. Eliot. Cuando la leyó su compatriota Octavio Paz, según nos cuenta la revista Letras Libres, la saludó como “la mejor traducción del poema hecha en ningún idioma”, afirmación que exige conceder a Paz el conocimiento de todas las lenguas. También antaño leí un ensayito sobre Eliot del colombiano Jorge Zalamea, quien usaba traducciones de un coterráneo suyo, y también le parecía el mejor traductor del Premio Nobel de Literatura 1948. En nuestro medio, el poeta Álvaro Diez Astete puso en español hace tiempo algunos de sus poemas menores, por lo cual creo que corresponde señalar, en nombre de la patria, que se trata de la mejor traducción hecha de esos versos.

La cuestión, bromas aparte, es que en 2011 la revista mencionada publicó una de las cuatro partes (“The Dry Salvages”) de la versión de Pacheco. Y ahora, en enero de este año, coincidiendo con el fallecimiento del traductor, apareció en la misma publicación otra parte, la llamada “East Coker”. Mi escasísimo inglés, mi flojera, no me permiten confrontar ésta y la que siempre leí, de José María Valverde, con el original, para opinar en tema tan profesional. Lo que he hecho más bien, en mi calidad de simple lector, ha sido volver una vez más a experimentar la lectura de la versión del español, y en verdad en verdad os digo me quedo con ella. Me quedo con esa lenta y larga meditación, en la cual una desesperación serena y una suerte de teología exhausta se abren paso en una narración poética, densa pero no inestable o excesivamente oscura (como ocurre en The Waste Land). Me quedo con esa cadencia reflexiva, ese hechizo verbal que no da respiro, página tras página, y que me ha hecho considerar siempre a Eliot mi candidato a dios en materia de poesía moderna, y a Cuatro cuartetos el poema definitivo del siglo XX, por sentencioso o atrevido que esto parezca. 

En el un tanto misterioso asunto de la lectura literaria, a veces la indocumentación juega un papel benéfico. El lector no es un filólogo. Por eso el propio Eliot, hombre ducho en estas lides, se sintió siempre incómodo con las notas que puso a Tierra baldía. Pero no contento con esta incomodidad, ahora Pacheco le ha agregado a su vez a este otro poemario de Eliot un aparato de notas también profuso y erudito (30 notas, solo para “East Coker”).

Enterarse de que el famoso primer verso de “East Coker” (“En mi comienzo está mi fin”) alude al lema de la reina María Estuardo, puede ser útil, lo acepto. Es más cuestionable que cuando el poeta dice que pasó 20 años, “los años de l’entre deux guerres”, sin hacer nada, sea necesario aclarar en una nota que se trata del lapso entre las dos guerras mundiales (a menos que la publicación sea para colegiales). Y para colmo, señalar que la frase fue escrita originalmente en francés (hubiera sido extraño que de pronto el traductor hubiera escogido este idioma para traducir esta línea).

A ratos Pacheco comienza incluso a interpretar, y eso me parece también un tanto innecesario. Eliot dice “La poesía no importa. No era lo que uno había esperado”, y Pacheco nos aclara que lo hace porque lo trascendental para el poeta es la salvación cristiana, cuando para mí, el poema expresa a la condición humana culturalmente cansada ante la historia que da vueltas como un tiovivo (“No hay fin, sino adición: la arrastrada consecuencia de más días y horas, mientras la emoción toma para sí los años, sin emoción de vivir entre el hundimiento...).

En fin, que la presencia de tanta información interrumpe o molesta la lectura del poema. “Hay muchos lugares que son el fin del mundo, pero el mío es Inglaterra”, dice con otras palabras Eliot en otro lugar de los cuartetos. Trasladada la idea al hecho de la lectura, creo que el lector ducho de poesía sabe mantenerse en equilibrio entre el interés en los detalles del texto y su aplicación a su propia situación de lector.


miércoles, 29 de julio de 2009

Quinta reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires


El viernes 24 de julio Guillermo Piro (en la foto, trabajando arduamente en una redacción) fue el traductor invitado para la quinta reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Su charla, que se reproduce parcialmente, tuvo como tema excluyente las notas al pie de página.

Guillermo Piro (1960) es poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Publicó los siguientes libros: La Golosina Caníbal, Las Nubes, Estudio de Manos, Correspondencia, Sain-Jean David (poesía) y Versiones del Niágara (novela, 2do. Premio Nacional de Literatura). Desde hace años está abocado a la reedición de las obras del escritor argentino Héctor A. Murena, de quien el Fondo de Cultura Económica ha publicado una antología a su cuidado, Visiones de Babel. Se ha desempeñado como periodista free-lance para distintos medios nacionales y extranjeros. Sus artículos, críticas, entrevistas y crónicas de viaje han aparecido en Clarín, La Nación, Página/12, First, 3 Puntos, La Stampa, Los Inrockuptibles. Fue director de la revista de libros Gargantúa. Integra el consejo de redacción del Diario de Poesía y el consejo de dirección de la revista Confines. Ha traducido, entre otros, a J.R. Wilcock, Roberto Benigni, Emilio Salgari, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Andrea Zanzotto, C.M. Cipolla, Enrico Brizzi, Federico Fellini, Paolo Rossi, Melissa P. y Ermanno Cavazzoni. Actualmente es subeditor del suplemento Cultura del diario Perfil.

Renunciar a toda justificación de atestado

Poco antes de la Primera Guerra Mundial los historiadores de la Universidad de Illinois decidieron crear un seminario de acuerdo con el modelo científico alemán. Para adornar la sala de reuniones trajeron retratos de los historiadores norteamericanos y extranjeros que más admiraban: Francis Parkman y Edward Gibbon. Leopold von Ranke no pasó la selección (los historiadores de Illinois eran muchos, y no todos veían en él a uno de los inventores de la ciencia de la historia), pero obviar su nombre significaba no sólo una falta de reconocimiento, sino también un signo de ignorancia. De modo que una carta suya, comprada a un marchant de Frankfurt, fue enmarcada y colgada en la pared del salón, y se lo nombró patrono del seminario. Años después, cuando la universidad decidió destinar el salón a otras funciones, la carta desapareció. Afortunadamente sobrevivió una copia del manuscrito. Se trata de una carta dirigida al editor Georg Reimer. En ella Ranke aborda, entre otras cosas, el problema de la nota al pie. Para sorpresa del lector del siglo XX, convencido de que autores y editores adoran las notas al pie, Ranke insiste en que ha incluido notas sólo porque el autor joven debe citar sus fuentes. Le desagradaban, y la hizo tan breves como le fue posible: “Evité cuidadosamente la anotación propiamente dicha, pero consideré que era indispensable incluir citas en la obra de un principiante que aún debe abrirse camino y granjearse confianza”. Esperaba, con los años, evitar esas llamadas que desfiguran el texto y esas referencias que pululan por las páginas. En todo caso, aclaraba, la presencia de notas al pie en su trabajo le parecía un mal necesario.

Efectivamente, para el historiador las notas al pie constituyen el sustento empírico de los hechos relatados y los argumentos expuestos. Sin ellas, una tesis histórica podría ser objeto de admiración o rechazo, pero en cualquier caso no se la podría verificar ni refutar. Si el historiador debe, en teoría, estudiar todas las fuentes referentes a la solución de un determinado problema y a partir de ellas elaborar una narración o un argumento, la nota al pie es la prueba de que se ha tomado ambos trabajos. Como si fuera poco, su sola visión, para el lector, identifica el trabajo histórico en cuestión como la obra de un profesional responsable. Anthony Grafton, en Los orígenes trágicos de la erudición, sostiene que el “murmullo” de las notas al pie “es tan reconfortante como el zumbido agudo del torno del dentista”; su presencia provoca tedio (y otras cosas), y al igual que el dolor que provoca el torno, no es aleatorio sino direccional: es el costo que hay que pagar por los beneficios de la ciencia y la tecnología modernas. Grafton, genial productor de metáforas, compara a la nota al pie con el inodoro: es tan esencial a la vida civilizada como él, y como él “es un tema de mal gusto en la plática cortés y por lo general sólo llama la atención cuando se descompone”.

La nota al pie suple a la credencial. En la impersonal sociedad moderna, en la que los individuos están obligados a confiar ciegamente en personas absolutamente desconocidas para obtener la mayoría de los servicios que requieren, las credenciales cumplen la misma función que antes era propia de la recomendación personal: dan legitimidad. Al igual que la jarra con agua y la exposición incoherente demuestra que el conferenciante tiene algo importante que decir, las notas al pie confieren al autor un aire de autoridad. Si el texto, entre otras cosas, está destinado a convencer, las notas al pie están destinadas a demostrar. En cierto sentido cumplen la misma función que los diplomas colgando de las paredes del consultorio del odontólogo, es decir, demuestran que el facultativo en cuestión es alguien “competente”, alguien a cuya voluntad uno puede someterse sin reparos. Son las marcas exteriores de la gracia.

Existe una diferencia sustancial en la nota al pie del investigador y la nota al pie del traductor. Hay puntos en común que, sin embargo, las liga a esa tradición: confieren al traductor un aire de autoridad y legitiman la elección. Lo cierto es que si algo requiere demasiadas explicaciones quiere decir que no se explica suficientemente por sí mismo, que no se está dirigiendo al lector de un modo claro. En teoría, el traductor, si algo hace, es tomar decisiones continuamente. Las palabras poseen matices de sentido de una lengua a otra imposibles de reproducir, de modo que el traductor debe, está obligado, a “decidir” cuál de las palabras de las que dispone su batería lingüística es la más cercana, puede reemplazar a la original. Son continuos actos de determinación interior, que le hacen creer que ésa, su decisión, es la más acertada, y que es probable que su presencia en el texto suscite una serie finita de complejas asociaciones y cambios de matiz a las palabras y las ideas venideras.

Hace unos años encontré un ejemplo genial. En una escena memorable de El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, Fabrizio, el príncipe de Salina, sale de caza en compañía de don Ciccio, y éste le confiesa ciertas cosas “difíciles de tragar” (no vale la pena extenderse en eso). En italiano existe una expresión, inghiottire il rospo, que en el español rioplatense es fácilmente traducible por “tragarse el sapo”. El príncipe de Salina se “traga el sapo”, entendido en un sentido más literal del habitual:

Don Fabrizio se sintió invadido por una gran emoción: el sapo había sido engullido: la cabeza y los intestinos masticados descendían ya por la garganta; quedaban por masticar todavía las patas, pero eso era nada comparable con esto: lo peor había pasado. […] Los huesitos del sapo habían sido más desagradables de lo previsto; pero, en suma, también habían sido tragados.

Ahora bien, en España la expresión “tragarse el sapo” no parece tener el menor sentido, y la que responde de manera más aproximada a su sentido es aquella de “tragarse la quina”. Ricardo Pochtar no recurre a la nota al pie, sino que rescribe y recrea la metáfora de este modo:

Don Fabrizio se sintió invadido por una profunda emoción: la quina ya estaba bebida, casi todo el contenido del frasco había pasado por la garganta; sólo quedaba un poco bajo la lengua, pero eso era nada en comparación con lo otro; lo más importante estaba hecho. […] Las últimas gotas de quina habían resultado más asquerosas que lo previsto; pero, en definitiva, también las había tragado.

La república de los sabios, de Arno Schmidt, se presenta como un auspicioso juego de cajas chinas. El libro es presentado como la traducción al alemán del texto escrito por el norteamericano Charles Henry Winer en el año 2008. En el intento de conciliar la razón de estado con las presuntas exigencias de la literatura, en ese mundo futuro, donde después una catástrofe atómica Alemania ha desaparecido del mapa y los hablantes de esa lengua que aún quedan, desperdigados por el mundo (apenas, exactamente, ciento veinticuatro), está permitida la publicación de libelos políticos o de naturaleza subversiva con la condición de que sean traducidos a una lengua muerta. El libro cuenta la visita de Winer, en calidad de periodista, a una “isla de hélice” en la que se ha llevado a cabo el sueño platoniano de reunir a los sabios, pensadores y artistas más notorios del mundo entero. Allí, después de atravesar un territorio envenenado por las radiaciones atómicas, donde proliferan criaturas monstruosas, entrevistará a viejas glorias estériles y a funcionarios que reglamentan la “creación colectiva” (probablemente, para Arno Schmidt, el colmo de la aberración que nos deparará el futuro). Chr. M. Stadion, el traductor alemán de esta obra (radicado en Chubut, Argentina), se lamenta: la desaparición de la madre patria se refleja en cierta inadaptación de la lengua a la evolución técnica y social, de suerte que ciertos instrumentos, aparatos, procedimientos y hasta ciertas intenciones y giros del pensamiento sólo pueden ser vertidos de manera perifrástica (¡para no hablar de la descripción del sexual intercourse del autor con una centaura!). El traductor, entonces, subsana esas lagunas con notas al pie de página. O al menos eso intenta, sin éxito, porque la evidente aversión de Charles Winer, a pesar de su apellido, por todo lo que sea alemán, así como en lo tocando a su excentricidad, lo obligan a tomar partido, inmiscuyéndose en el relato para discutir, corregir o hacer apelaciones al lector poniendo en evidencia una contradicción, una casualidad —que para su regocijo consiguen dejar mal parado al autor norteamericano— o simplemente la imposibilidad de traducir un concepto. Pero el traductor va más allá. Winer tilda de “pelmazo” e “integralista” al alemán que se le ocurrió bautizar a las mariposas, “esos encantadores y pequeños volátiles”, con el nombre de Schmetterling (de schmettern: “hacer pedazos”, pero también “resonar” y “retumbar”), a lo que el traductor anota al pie: “¡Como si la palabra norteamericana butterfly (mosca de manteca) fuera más poética!”, mientras aclara que se abstiene de hacer más comentarios que pudieran interpretarse como susceptibilidad personal. A pesar de su incontinencia el traductor de Schmidt reprime, o al menos intenta reprimir, aquellas observaciones suyas que pudieran interpretarse como “susceptibilidad personal”. Es decir que en su incontinencia hay un área de su conciencia que sigue tendiendo a mantenerse al margen.

Un uso distinto de la nota al pie es el que le da David Foster Wallace en su largo artículo “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, aunque en este caso no interviene traductor alguno en la escena. Relatando pormenorizadamente las sorpresas de un viaje salvaje (iba a escribir “surrealista”) a bordo de un crucero de lujo por el Caribe, Wallace intercala notas que no son más que extensiones desfasadas (con ciertas pretensiones excéntricas, ¡pero qué bien le sientan!) del texto de más arriba, en tipografía levemente mayor. Escribe, por ejemplo: “Ahora conozco la velocidad máxima de un crucero en nudos”, para anotar seguidamente al pie de página: “(aunque nunca conseguí entender qué es un nudo)”, o manifiesta haberse topado con un “cabrestante con una mancha de óxido del tamaño de una moneda de medio dólar” para acotar al pie que se trata de “una polea inflada con esteroides”. Sin duda en muchos parece aplicar la nota al pie reservándole un sentido de pertenencia, apelando a la atención de los ignorantes en cuestiones náuticas, manteniéndose ligado al mundo ignaro del viajero accidental que se niega a dejar de ser, por más que a lo largo de la travesía llegue a comprender y aplicar exitosamente ciertas “palabras mágicas”, en las que no parece haberse interesado ni siquiera leyendo a Conrad o a Melville (por nombrar sólo dos que es difícil que no haya leído).

Queda naturalmente el prototipo de la nota al pie con aplicación narrativa, Rodolfo Walsh y su “Nota al pie”. No vale la pena extenderse en la utilización que hace Walsh del recurso: la posibilidad de seguir dos líneas narrativas, la carta dejada por un muerto y los acontecimientos posteriores, según la lectura se desarrolle en forma lineal, convencional, o se avance leyendo la nota al pie, “esa especie de nube corrosiva y proliferante que sube desde el pie”, como la define David Viñas —que condiciona una tensión narrativa que trasciende, siempre según Viñas, los cuentos de Jorge Luis Borges.

Esta enumeración, este catálogo de aplicaciones no intenta ser exhaustiva, sino sólo ilustrar las distintas derivadas de una especie que no corre peligro de extinción, pero que en cierto campo, el de la traducción, debería ser condenada a muerte. Lo cierto es que, con excepciones, su recurrencia en las traducciones es síntoma de diletantismo. Traducir significa muchas cosas (no es este el momento para discutir esas cosas), y entre esas muchas cosas se encuentra la necesidad (o la responsabilidad) de tomar decisiones. La base teórica estaría dada por el siguiente enunciado: si algo requiere demasiadas explicaciones quiere decir que no se explica suficientemente por sí mismo, que no se está dirigiendo a nosotros de un modo claro. No me refiero a la sencillez o a la complejidad del texto, sino a su “naturalidad”. Dicha “naturalidad” es tal confrontada con el texto, es decir, la expresión debe ser “natural” en la misma medida en que la expresión original lo es. Así entendida la naturalidad de la traducción, comprende también la “antinaturalidad” cuando la expresión original es antinatural. Al toparse con palabras o expresiones “complejas” (difíciles de traducir), el traductor tiende a no resignarse a la pérdida de sentido que implica vaciar a las palabras o a las expresiones de todo su complejo sentido, “filtrándolas”, “tamizándolas”, dejando en la superficie lo que a su vista es el despojo raquítico, la radiografía, la reproducción desenfocada de la imagen original, rica y múltiple, intrincada y diversa. Hay casos en que la nota al pie se justifica. Si la ambigüedad en cuestión condena al lector a la pérdida irreparable de un matiz sustancial, bien, no hay salida (los nombres propios suelen correr la misma suerte). Pero en esos casos la intervención debe ser “acomplejada”, o sea tímida, breve, sucinta. Lo que el traductor debe comprender es que al intervenir al pie lo que está haciendo es confesar una derrota, una derrota que no siempre debe adjudicarse a la inexperiencia o la inoperancia, sino también, a veces, a la mala suerte.

Efectivamente, toparse con ese tipo de problemas es para el traductor algo del orden del destino, de la providencia. Por lo tanto debe tratar el problema como si estuviera siendo sometido a una prueba, un trabajo de Hércules. También es una cuestión de fe, el traductor, en tanto que traduce, es fiel al dogma de que todo, todo, todo, puede ser traducido. Empleará sortilegios, trucos (como el de Ricardo Pochtar al traducir la escena citada más arriba de El Gatopardo), juegos de manos, trampas. En realidad no importa lo que haga, siempre y cuando su “escritura” consiga fusionarse, compenetrada con el original, como si hubiera sido gestada por el Autor con mayúscula, por el gran hacedor. A fin de cuentas, ¿qué es un libro?, ¿qué es un texto, un autor?

Empecemos por el último. Un autor sirve para garantizar, a veces ciegamente, con esa ceguera que no transige jamás con la mirada, la calidad de un texto. También sirve para dar nombre a las calles, trabajo a profesores, diagramadores, imprentas, editoriales, agencias de prensa y literarias, libreros, bibliotecarios. La historia serena y calladamente se nutre de hombres y mujeres que se han casado y han engendrado prole después de haberse conocido en un congreso dedicado a un autor. Otros, en cambio, simple y rápidamente han fornicado. Algunos has cometido homicidio y muchos, muchos, han encontrado la muerte prematura. Otros fueron robados, asesinados, raptados, torturados, aplaudidos, deplorados. Todo eso prueba con seguridad que el autor existe. A diferencia de lo que ocurre a menudo en las novelas policiales, la abundancia de pruebas no es sospechosa. Es increíble la cantidad de cosa que ha sabido hacer gente que nunca existió: Adán y Eva comieron una manzana, Rómulo fundó Roma, Noé construyó un Arca invencible, Niels Klim conoció el centro de la Tierra, Robinson sobrevivió veinte años en una isla desierta, con el agregado de seguir moviéndose todavía entre las páginas y las palabras de un libro, dos tomos en la traducción de Cortázar.

Hay quien piensa que la existencia del autor es una hipótesis innecesaria, lo cual, desde cierto punto de vista, es cierto. Pero el tema que tratamos acá si algo viene a demostrar es que el autor es un indicio tan poderoso y patente como una mancha de sangre, un documento de identidad hallado en el escenario de un crimen, una cajita de fósforos con el número telefónico del occiso, un grito en la noche que nadie ha oído, salvo un anciano que halló oportuno no darle mayor importancia al haberlo confundido con la sirena de un barco.

Los autores no son seres anónimos, como Dios. ¿Páginas? ¿Libros? Son necesarios. ¿Autores? También, y hasta hay algunos que es menester sacralizarlos, del mismo modo que sacralizamos libros. Libros prohibidos, autores prohibidos; libros condenados, autores condenados. Se condenan y se sacralizan series de palabras, está bien, pero también la mente que las ha engendrado, “que las ha hecho vivir”, como suele decirse. ¿Pero cómo es posible eso si al mismo tiempo admitimos que el sentido de las palabras están en cualquier lado menos en “esas” palabras? Son cosas complicadas. El autor existe, el sentido de las palabras no: en eso se basa su coexistencia, su amistad inconmovible. Un autor no es aquel que simplemente enlaza series de palabras, caza como mariposas en torno de sí las palabras que satelizan a su alrededor y acompañan su andar por las sendas boscosas que conducen a la gran catedral llamada obra. Autor es aquel que no duda en admitir que es hijo de las palabras. ¿Entonces es el texto, las series de palabras, las que crean al autor? No siempre. Hay autores que consiguen dominar la situación, moverse con aceitada agilidad entre los tantos y múltiples sentidos. Hay otros, en cambio, que prefieren vaciar a las palabras de sentido, conseguir que al oído tengan la misma densidad que una palabra incomprensible en la boca de transmisor dialectal, pongamos de un habitante de la taiga, que sólo sabe de líquenes y musgo, y utiliza una variada artillería para diferenciarlos. Son autores que prefieren darle de baja al sentido, invitándolos a que lo dejen en el guardarropa, junto con el abrigo y el sombrero, si es que llevan uno. Se trata de una actitud intolerablemente humanitaria que consiste en acompañar al sentido a la puerta, como se hace amigablemente con un borracho o con un cliente insolvente. ¡Qué pretensión, que las palabras tengan un sentido! ¡Qué comodidad, qué lujo! No debe existir insensatez más insensata. Los libros quedan, dicen; los autores pasan, pero lo cierto es que las palabras de las que los libros están nutridos llevan en sí una impronta indeleble, su marca en el orillo: la de quien las ha engendrado. Engendrado, no copiado. Los que vivimos nuestra vida creemos que aquel que pretende darle un sentido a las palabras lo que consigue, siempre, es que dicha palabra tenga todos los sentidos, menos el que se le ha intentado dar.

A este punto lo que queda claro es que si bien la existencia del autor es indudable no lo es tanto la del sentido de las palabras, esos corderos bien alimentados, macizos y sabrosos (bien adobados) que el autor que no nos interesa arrea de aquí para allá, donde los pastos son mejores, para que le permitan a buen término ocupar el sitial de los que han sabido hilvanar series de palabras como quien espolvorea el orégano en la pizza. Eso no sólo es dañino, sino anacrónico. Es simple residuo ptolemaico. Las palabras no son antropocéntricas, nadie es capaz de darles sentido, nadie las “escribe”, no quieren decir nada, no tienen nada que decir. Son inútiles, como el inmenso universo. Si escribir sirviera para algo, si las palabras, satélites dóciles y sin misterio, “vinieran” de fábrica cargadas de sentido, somos muchos los que consideraríamos superflua la existencia del autor.

Si el sentido de las palabras no es indudable, tampoco debería serlo la presencia del traductor. O mejor dicho: la indudabilidad de su inexistencia, de su capacidad de convertirse en fantasma, en sombra inocua. Debe tener la propiedad del desaparecido, es decir, alguien que aparece una vez, por única vez en todo el libro, en la tapa, si es posible, con acompañamiento de música balcánica si se quiere, con bombos y platillos si es posible, pero que de ahí en adelante debe hacer mutis. Toda presencia ulterior, toda nueva “aparición” es tan inadecuada como la de quien asiste a una fiesta sin haber sido invitado. Una vez empezado el libro el traductor es un colado a quien nadie espera. En cuanto haga el menor movimiento todos notarán su presencia, y si por conmiseración, aburrimiento o respeto alguien presta atención a lo que dice, será con la única esperanza de que se esfume cuanto antes. Sólo una vez que el intruso se haya ido, el Autor y el lector se sentirán cómodos y podrán disfrutar a conciencia, amándose u odiándose, pero en cualquier caso en equilibrada compañía. Testigo incómodo, el traductor intruso parece comportarse como ese acompañante inoportuno que todo el tiempo nos recuerda que no estamos solos. O mejor dicho: que no estamos a solas con aquel con quien creíamos estar.

De lo que se trata es de renunciar a toda pretensión persuasiva, a toda justificación de atestado.