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martes, 29 de marzo de 2022

Murió el editor argentino Mario Muchnik

El pasado 27 de marzo, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, la noticia de la muerte del editor argentino, radicado en España, Mario Muchnik. En su bajada se lee: “Dio a conocer obras de autores notables del siglo XX como Elias Canetti, Julio Cortázar, Susan Sontag y Oliver Sacks; también escribió textos autobiográficos y manuales de edición; había dejado la Argentina a finales de los años cuarenta y desde 1978 vivía en España”. 

Murió a los 90 años Mario Muchnik, gran editor de una generación irrepetible

De un tiempo a esta parte, una generación de irrepetibles gestores culturales se despide. Hoy en Madrid, murió a los 90 años Mario Muchnik, el hombre detrás de la publicación de grandes obras de grandes autores: de Julio Cortázar al Nobel Elias Canetti, Primo Levi, Amos Oz y su entrañable amigo Oliver Sacks, de quien fue el primer editor en castellano. El editor, escritor y fotógrafo había nacido en Buenos Aires (más precisamente, en Ramos Mejía) el 21 de junio de 1931 en el seno de una familia de origen ruso. Residía en España desde 1978. Su padre, Jacobo Muchnik, fue un importante publicitario y editor, a cargo del sello Fabril Editora. Gracias a las actividades paternas, Muchnik pudo conocer a Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato y al español Rafael Alberti, entre otros destacados autores.

Su familia emigró a Nueva York a finales de los años 1940, y Muchnik estudió y se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad de Columbia. Luego se doctoró en Roma y participó en el descubrimiento de la antipartícula barión sigma. En esa ciudad italiana dio clases en los años 1960 en el Instituto de Física Nuclear y conoció a su pareja, Nicole Muchnik. En París, participó de las revueltas (y dejó testimonio fotográfico) del Mayo Francés.

“Tenía padres sobreprotectores y el mío viajó a Nueva York para reunirse con el astrónomo Harlow Shapley, para preguntarle si era viable que estudiara ahí recordó en un diálogo con La Nación. Me recibí y me quedé hasta que no pude tolerar el macartismo”. Muchnik nunca regresó a la Argentina y, según declaró, sus recuerdos de Buenos Aires se remontan a la “era” preperonista.

 

En 1973, con su pareja fundó Muchnik Editores (el primer libro publicado fue Y otros poemas, del español Jorge Guillén); mientras, trabajaba para la dirección de colecciones literarias del editor francés Robert Laffont, donde impulsó la publicación de escritores latinoamericanos. Llegó a Barcelona en 1978. Entre 1982 y 1983 se desempeñó como director literario de Ariel-Seix Barral y fue vicepresidente hasta 2012 de Difusora Internacional, la editorial fundada por su padre y Víctor y Joan Seix. De 1991 a 1997 trabajó en el sello Anaya-Mario Muchnik, especializado en obras de narrativa extranjera y contemporánea, nuevos escritores españoles y ensayo histórico. En 1998 creó el sello madrileño Taller de Mario Muchnik, donde se publicaron varios libros suyos, como A propósito: del recuerdo a la memoria, 1931-2005 y De cielo en cielo; otros de su padre, de Blas Matamoro, Carlos Sampayo y Héctor Yánover, y de autores extranjeros.

 

Muchnik fue editor de grandes autores del siglo XX, como Miguel Ángel Asturias, Italo Calvino, el Nobel de Literatura 1981 Elias Canetti (entre otros, Masa y poder y La lengua absuelta), Julio Cortázar (su Nicaragua tan violentamente dulce), Gilles Deleuze, Amos Oz, Carlos Fuentes, Ismail Kadaré, Primo Levi (del que publicó la trilogía Si esto es un hombre), André Malraux, Henry Miller, Augusto Monterroso, Juan Carlos Onetti, León Poliakov, Augusto Roa Bastos, Susan Sontag (el genial Estilos radicales), George Steiner y Gore Vidal. También tradujo obras de Calvino, Sontag y Canetti, de Guy Davenport y Arthur Miller. También publicó obras de Marcelo Cohen.


Descubridor de Oliver Sacks, su relación con el neurólogo y escritor, que murió en 2015, fue de una entrañable amistad. Muchnik editó, entre otros best sellers, DespertaresVeo una vozCon una sola pierna y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.


Como se titula su libro de conversaciones con el periodista español Juan Cruz, Muchnik fue “un editor para toda la vida”. “Para leer una novela importante como Madame Bovary o los ensayos de Montaigne yo necesito el papel -afirmó-. Debe ser que crecí con el papel. Que mi padre me llevara a conocer la imprenta y tratara de descifrar mi nombre al revés fue algo que me quedó para toda la vida. Después, como editor, siempre me gustó ir a la imprenta”.


En 2021, el Ayuntamiento de Valladolid y el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua realizaron la exposición Mario Muchnik, el fotógrafo, con las imágenes en blanco y negro que el editor y fotógrafo tomó durante más de medio siglo a escritores e intelectuales de todo el mundo.


“Cuando me metí con Nicole acababa de salir Rayuela y pensamos hacer algo que es imposible: unir fuerzas para traducirla al francés -contó-. Julio nos escuchaba con respeto. Luego nos hicimos muy amigos. En 1973, con el golpe de Estado en Chile, todos militábamos. Había setenta personas en casa y Julio estaba ahí. Su misión era hacer fotocopias. Luego conocí a Carol Dunlop [pareja de Cortázar y coautora de Los autonautas de la cosmopista, editada por Muchnik]. Estaba con Julio en un café y se empezaron a besar en plena luz del día. Eran tan tiernos”.


Como autor publicó varios libros, entre ellos Mundo judío. Crónica personalUn bárbaro en ParísPara mis amigos libreros, Banco de pruebas. Memorias de trabajo 1949-1999, Lo peor no son los autores: autobiografía editorial 1966-1997, El otro día: una infancia en Buenos Aires, 1931-1945 Volverte a ver: Argentina, 1971. Además de textos autobiográficos, escribió manuales de edición, maquetación, tipografía y corrección de estilo. También dio a conocer fotolibros, como Miguel Ángel de cerca y Mayo 68: prohibido prohibir. Imágenes de mayo del 68.

 

 

lunes, 16 de marzo de 2015

Un entrevista con Mario Muchnik

Karina Sainz Borgo publicó la siguiente nota en Vozpópuli, de España, en algún momento del año pasado.

"Admiro a los editores jóvenes: echan a nadar al mar
y los recibe el ministro del interior con pelotas de goma”

Visitó por primera vez una imprenta a los seis años. Le llevó su padre, el publicista y editor Jacobo Muchnik. Había un ejército de linotipistas, recuerda. “Todos eran italianos refugiados en Argentina”. Uno de los impresores se acercó a él y compuso su nombre en un cliché: Mario. Pero al chico algo no le cuadraba. “Es mi nombre, pero está al revés”, le dijo. Entonces el linotipista dio la vuelta al tipo y lo estampó en un papel. Ahora sí, su nombre aparecía correcto. “Así se hacen los libros”, le dijo al pequeño.

A sus 83 años, Mario Muchnik (Buenos Aires, 1931) recuerda aquella estampa vieja; parece que la paladea, incluso la soba como a la estampita de un tiempo extinto. Lo hace en una apretada librería Rafael Alberti, que esta tarde reúne a lectores y editores en uno de sus acostumbrados encuentros. Como casi siempre en la Alberti, no cabe un alma. Pero hoy todavía más. Muchnik ha participado en los Encuentros de editores que la librera Lola Larumbe organiza una vez al mes, y lo ha hecho sosteniendo el cliché imaginario de un nombre al revés. “Todo lo que sé de edición me lo dijo aquel impresor en Fabril: así se hacen los libros, así se hacen los libros”, repite en su conversación pública con Javier Jiménez, editor de Forcola.

Físico, autor, editor, lector –también magnífico fotógrafo–, Mario Muchnik lleva el oficio como su acento. No lo escogió y tampoco puede esconderlo. Siendo un adolescente, Ernesto Sábato le explicó matemáticas y veía a Borges tomar el té en su casa. Nacido en Buenos Aires, en 1931, Muchnik piensa que “las esquinas son un invento porteño, ese lugar donde deben hablar los hombres, como en los cuentos de Borges”. Justo antes de comenzar esta charla se entretiene el editor hablando en el vértice que forman al cruzarse las calle Tutor y Benito Gutiérrez.

Su primera traducción literaria la hizo con su padre, aquel hombre que se empeñó en encontrar en las páginas amarillas el teléfono de Arthur Miller. “Buscó todos los A. Miller que había en el listín”. Y lo consiguió. Tras una breve conversación, Jacobo fue hasta la casa del dramaturgo. Lo encontró reparando una radio. De aquella conversación salió no sólo un puñado de buenas migas, sino también la traducción de Las brujas de Salem, publicada en Buenos Aires en 1955 por el sello Jacobo Muchnik Editor.

Años más tarde –después de terminar Física en la Universidad de Columbia– Muchnik empezó a trabajar en París con Robert Laffont. Ya en los años sesenta, en Barcelona, fundó con su padre, Muchnik Editores, una empresa familiar que pasó a llamarse El Aleph, la misma que edita sus memorias y que pertenece ahora al grupo Planeta. Muchnik, que también trabajó en Anaya y con Carlos Barral, fue el primero en España en editar a Elias Canetti, Elie Wiesel, Primo Levi, Ismail Kadare o Bruce Chatwin. “Dar consejo sin ejemplo es echar abajo el templo”, dice el argentino. “Pero la verdad es que a mí me habría gustado tener fortuna antes de empezar a editar. Me hubiese permitido tener más aplomo y una edición más cultural. Eso sí: odo lo que edité fue a sabiendas, nada lo edité por casualidad”.

Reconoce Muchnik, eso sí, que sólo dos libros le han dado pérdidas. Una biografía de Menotti, el ex entrenador del Barça –“no vendimos ni uno, dice”– y Confidencias, la televisión por dentro (1985), del periodista Manuel Campos Vidal. “Fue un verdadero desastre. Conseguimos que el libro lo presentara el entonces alcalde de Madrid, Tierno Galván, quien dijo en el acto: ‘En un comienzo me interesó este libro. Pero, Manolo, todo esto que cuentas aquí ya yo lo sabía’ –el editor suelta una risa chisposa y malévola–. No vendimos ni un ejemplar”.

Pasando revista a qué demonios es un superventas, Muchnik recuerda cómo muchos de sus libros: La metamorfosis de Kafka o incluso libros de Elías Canetti, no llegaban a vender más de 400 ejemplares. Eso dice este hombre de barba blanca, ese a quien los lectores deben, entre otras, apuestas como la que hizo por Ifigenia –aquella señorita caraqueña que escribía porque se aburría– de Teresa de la Parra.

 “Cuando un libro vende un millón de ejemplares, no es un éxito editorial, es un éxito comercial. Eso no quiere decir que a un editor no le importen las ventas. Pero un editor debe velar por su editorial como lo haría un panadero con sus hogazas. No puede hornear más de las que se venden… –hace una pausa y retoma la misma idea–: Si yo hubiese tenido capital…”, afirma Muchnik como quien contempla una cerilla ya consumida. No hace mucho, el argentino le dijo al periodista Peio Riaño, amargo y sincero: “Tengo 83 años y busco trabajo”. Los años, sí, le han pasado factura; y de las buenas. Está en bancarrota, debe abandonar su enorme piso de lector impenitente y no consigue un reflejo en el panorama editorial que él, hace años, contribuyó a crear.

Esta tarde en la Alberti, Muchnik recuerda muchísimas otras cosas. Ha venido a eso, a recordar –¡como si fuera tan sencillo!–. Cuenta el argentino cómo Carlos Barral llegó a reprochar a su padre que le arrebatase todos los libros en la Feria de Frankfurt. “Cada vez que llego a por un libro, usted se lo ha llevado, le dijo Barral. Será porque me levanto más temprano que tú, le respondió mi padre”. Vaya años en que a Frankfurt iban editores de verdad y la Balcells pedía a voces a Barral que le pagara lo que le debía. “Era más humano, más cercano. Ahora eso está lleno de lobos de Wall Street”.

 “Ahora en Frankfurt, y en las editoriales en general, lo que hay son horteras. Hablan de libros que no se han leído. Y si hablan es para decir cuánto les costó. Estos tipos no saben de eso. Los editores que leen ya no existen. Hay libros de provocación y libros de consolación. O como decía Einaudi –Giulio Einaudi, mítico editor italiano y maestro de Muchnik–: hay editores sí y no. Yo soy un editor sí, aunque eso me haya traído penurias económicas”, recuerda el argentino, quien entre idea e idea suelta un silencio que suena a suspiro, a pitido, a respiración difícil.

Son casi las nueve de una tertulia inusualmente larga. Concurrida como la que más. Si Muchnick pudiera volver a decidir, no se dedicaría nuevamente a esto. Prefiere la fotografía. “Hoy no sería editor. Admiro a los editores jóvenes, que echan a nadar al mar y los recibe el ministro del interior con pelotas de goma... ”. El apretado auditorio ríe, con esa carcajada dolida que producen los chistes puñeteros. El encuentro termina. La gente comienza a levantarse de sus sillas cuando Mario Muchnik alza la voz, así como quien apura un vino antes de una invitación. “¿Alguien está interesado en tener una biblioteca? ¡Vendo la mía!”. La tarde ya se ha vuelto noche y en las esquinas no hay hombres hablando. Están silenciosas, despobladas. Y entonces viene a la mente el pequeño artilugio de plomo fundido; el reverso de un nombre que se endereza al ser impreso en un papel. “Así se hacen los libros”.


martes, 14 de septiembre de 2010

No violar lo que dice el autor

Hace justo un año, el 14 de septiembre del 2009, en el blog que escribe para el periódico El Público, Mario Muchnik se permitió una reflexión, que desencadenó una serie de reacciones por parte de sus lectores. Algunas de ellas se transcriben luego del artículo.

Traducciones

Una traducción literal suele ser mala, cuando no ilegible. Y una traducción “libre” suele ser infiel al original. En alguna parte entre estos dos extremos se sitúa la traducción buena. Hay muchos traductores que “explican” en lugar de traducir. Temen que la frase tenga sentido sólo en la lengua original, y la versión que dan es en realidad una paráfrasis de lo que escribió el autor. Los grandes autores, sin embargo, suelen servirse de la lengua para expresar un concepto que, vertido sin arte en la página, habría resultado insulso. Un gran autor expresa, nunca explica. Las maneras de decir algo, posibles gracias a la infinita riqueza de sus propias lenguas, son igualmente infinitas, y son todas diferentes.

La gracia de una buena traducción es que, sin violar las reglas de la gramática, no viole la expresión del autor; y si, además de buena, la traducción llega a ser grande, que conserve los matices singulares del autor y, como apunta con genio Susan Sontag, transmita el espíritu “extranjero” del original; que no sea perfecta, en una palabra, al punto de parecer lo que no es: un texto escrito originalmente en la lengua de la traducción. “Para comenzar por el principio el relato de mi vida”, reza la segunda frase de una traducción más o menos reciente de David Copperfield. Es un caso clamoroso de una traducción “explicativa”. El original de Charles Dickens no dice eso, sino: “To begin my life with the beginning of my life”. Juguetón y dueño absoluto de su lengua, Dickens repite “life”, “vida”, bien sabiendo que el término tiene el doble significado de “vida” y de “autobiografía”, exactamente como en castellano. Una traducción literal habría sido en este caso fiel al original y a su matiz cómico: “Para comenzar mi vida por el comienzo de mi vida”. La reciente traducción española roba al original toda la gracia y lo traiciona.

Los títulos suelen ser quebraderos de cabeza para los traductores. Para seguir con Dickens, la traducción exacta de Great Expectations no es Grandes esperanzas (demasiado ambiguo) sino Grandes expectativas. Legítimo término legal, las “expectations”, simplemente “expectativas” en castellano, son, por ejemplo, las herencias en ciernes. Pip, el protagonista de la novela, es un futuro heredero. Heart of Darkness se debería traducir, para no traicionar el título de Joseph Conrad, Corazón de tinieblas. No El corazón de las tinieblas que, en inglés, habría requerido el artículo: The Heart of Darkness. Si Conrad no lo puso, por algo será…

Las reacciones

Comentario por Enrique Bernárdez14/09/2009 @ 09:52

De acuerdo y muy de acuerdo, pero… Muchas veces no es el traductor el culpable. Con excesiva frecuencia es el editor en persona, movido por las ”recomendaciones” de los correctores de estilo, quien fuerza cambios que el traductor nunca haría -y que suele verse obligado a aceptar porque su posición es de debilidad. Claro que ni correctores ni editores dan la cara, de modo que las culpas caen siempre sobre el traductor. Personalmente, en varias ocasiones he llegado a exigir que no apareciese en ningún sitio referencia a que la traducción fuera mía, si la editorial se empeñaba en introducir ciertos cambios aberrantes en algunas de mis trad1ucciones, cambios que desvirtuarían por completo el original (quitar y poner, cambiar cosas de sitios, explicar cosas innecesarias, cambiar lo coloquial a lo hiperculto, y ”zarandajas” por el estilo), He tenido suerte, porque mi posición es relativamente fuerte. ¡¡Y sobre los títulos!! Nada más loco que cambiar Hombres que odian a las mujeres por Los hombres que no amaban a las mujeres. Pero la decisión no fue de los traductores españoles, sino del editor español que copió el título francés que no pusieron los traductores sino el editor. ¡¡Claro que en inglés, ese mismo libro se titula La chica del tatuaje del dragón!! Siempre se habla de los traductores, pero la culpa no es siempre de ellos/de nosotros.

Comentario por jorgeplaza14/09/2009 @ 09:57

Es usted demasiado culto (no lo digo con retintín sino con franca admiración) para el común de los mortales. Lo que dice en su artículo es completamente cierto, pero está a una altura excesiva si se tiene en cuenta, por ejemplo, que Disgrace de Coetzee, que no es precisamente una novela del montón, se tradujo como Desgracia en la reciente versión española de la novela, error garrafal –del mismo tipo del ”Canal de la Mancha”, eternizado ya sin remedio– que demuestra que el (i)rresponsable a cargo de la traducción no llegaba ni a la categoría de aficionado, pero que, sin duda por razones comerciales, ha visto premiada su ignorancia cuando, al estrenarse ahora la película, se ha mantenido el disparate.

Un cordial saludo.

Comentario por carlos14/09/2009 @ 10:47

Sea como fuere, si no fuese por los traductores, no conoceríamos nada del resto de la literatura mundial, y no es gente bien pagada.

En el caso de España, pues, no conoceríamos como es un salón de la burguesía, puesto que aquí, las novelas siempre han tratado de gente pobre, en la p… miseria con la salvedad de unos marquesitos. Como es y ha sido siempre este pais, pero Europa era otra cosa.

Claro que no creo sea lo mismo traducir a un autor de best sellers que a Dante. Aun con las dificultades que tiene la traduccion, creo han conseguido dar una cierta imagen de lo que era la sociedad rusa de Gogol, Dostoyevsky, Andersen Y no había mucha gente que supiera ruso o danés o idiomas fuera del inglés y francés y con eso no basta para ser traductor.

No sabemos lo que hemos leido, pues, pero quizá mejor eso que nada o vaya vd a saber.

Comentario por laserjet14/09/2009 @ 10:53

Para Enrique Bernárdez: bastaría con que alguien hiciera una estadística de errores garrafales, impresentables, lamentables, delatores de la ignorancia, la suficiencia y la temeridad, que cometen respectivamente a) los traductores, b) los editores y c) los correctores, para obtener un resultado que, me apuesto un brazo, sería: 95 traductor, 3 editor, 2 corrector. No hay un sector más inflado, más ignorante, más destructivo y más llorica que el de los traductores, pesadilla de editores y correctores.

Comentario por Enrique Bernárdez14/09/2009 @ 11:18

Para Laserjet. ¡Ay, si conocieras el percal! Ni te imaginas. Hay traducciones pésimas que pasan sin obstáculo alguno todos los filtros de correctores y editores. Al respecto hay algunas antologías comentadas, la más interesante, una publicada hace ya años por Julio César Santoyo, traductólogo de la Universidad de Salamanca. En cambio, no puede haber antologías de atrocidades cometidas o intentadas por editores y correctores; personalmente, he publicado en algunos sitios ciertos ejemplos especialm colegas. Yo, en mi función de traductor, no lloriqueo (traduzco porque quiero, no por obligación alimenticia) sino que defiendo mi trabajo cuando lo veo amenazado… y que implica una amenaza a la integridad de la obra que traduzco. Y no soy el único. Pero, ¡qué quieres!, si estás hablando de una región pobre del suroeste de Islandia en 1933, un hogar casi famélico, y las gachas que entonces y ahora se hacen my el editor pretende transformarlas -afortunadamente, se paró a tiempo la tropelía- en leche con copos de avena (¡sic!), ya me dirás. Todos cometen y cometemos errores, pero muchos aparentes errores de traductores son imposiciones directas a estos por los que tienen, a fin de cuentas, el poder total de decisión…

Comentario por laserjet14/09/2009 @ 12:08

Sé muy bien de lo que hablo, Enrique Bernárdez. Lo sufro todos los días, y paso muchas horas al cabo de año tratando de remediarlo, boli rojo en mano, probablemente añadiendo alguna burrada de mi propia cosecha, pero quitando doscientas, te lo puedo asegurar, por cada una de esas que añado: gente que se muere eventualmente, chicos que no quieren tener empleos clericales, cosas que no eran pensadas por quien las dice, gente que descubre algo en fecha tan temprana como 1970, frases positivas que se convierten en negativas, personajes que cambian de sexo, citas de shakespeare que han pasado por el traductor del google porque el traductor, ese héroe cultural, no entendía ni uno solo de sus términos, faltas de ortografía, párrafos enteros, cuando no capítulos enteros, que faltan, sintaxis delictiva, desorden, el mismo término traducido de cuatro formas distintas a lo largo del libro, descuido, ignorancia… el lamentable desprecio del traductor hacia quien escribe, hacia quien edita, hacia quien corrige, y sobre todo y por encima de todo, hacia quien lee. Puede que tú seas la excepción… pero lamento decir que me sorprendería.

Comentario por carlos16/09/2009 @ 00:25

O sea que a lo que veo, los que no sabemos idiomas creemos que hemos leido a Kierkegaard y resulta que no, que era Marcial Lafuente Estefanía. Esto está bien saberlo.

Creo que Juan Ramón Jiménez dijo cuando se fue a EEUU, que cambiar de idioma es cambiar de alma. A mí me parece que este señor era buen poeta pero bastante coñazo como persona, sin embargo creo que ahí acertó.

Comentario por Pilar16/09/2009 @ 16:27

Laserjet, esos traductores a los que corriges, ¿para qué editorial o editoriales trabajan? ¿Cómo los eligieron dichas editoriales? ¿Cuánto les pagan? ¿Existe un contrato legal que los ampare? Si alguien se muere eventualmente por un empleo clerical en fecha tan temprana como 1970, es que algo no funciona en ese encargo. Y no creo que todo se deba a que los traductores seamos unos ignorantes descuidados que faltamos el respeto a lectores, editores, correctores y demás. También se da en ocasiones la situación contraria (correctores que, más que corregir, estropean), pero yo no lo considero una dejadez del gremio en general, sino el mal hacer de algunos trabajadores en concreto. Trabajadores que, además, es muy probable que no cuenten con la formación o la remuneración adecuadas.

En cuanto al tema del artículo, es un terreno resbaladizo y muy subjetivo. Siempre se pierde algo en la traducción, pero más se pierde si no se traduce.

Comentario por Rubén16/09/2009 @ 16:51

Para laserjet: creo que deberías coger un día el teléfono y pedirle a tus clientes, así, como en tono desenfadado, que desembuchen y te digan a quién encargan sus traducciones antes de enviártelas para que las corrijas. A lo mejor te enteras de que es la sobrina del editor, que estuvo 1 año de Erasmus en Cork y necesitaba ganar unos eurillos; o un traductor novel ”baratito”; o un buen traductor al que han puesto unos plazos más prietos que los tornillos de un submarino. Pero, ¡qué demonios! En lugar de enfadarte —enfado que, no obstante, he experimentado no pocas veces como traductor y revisor que soy- deberías dar gracias por que tus clientes contraten presuntos -se nos olvidaba la presunción de inocencia- malos traductores. No hay mejor contexto que ese para reivindicarse profesionalmente y poner de relieve ante los clientes el valor real y la necesidad de una buena corrección, que falta hace. Saludos.

Comentario por El Orgullo del Tercer Mundo16/09/2009 @ 16:51

Estimado Laserjet:
Lamento que olvides en tu repertorio de infractores al propio autor de la obra original.

Además, creo que, siendo clemente, exageras un tanto en la cuota de responsabilidad que atribuyes a cada uno.

Son legión las editoriales que no someten al escrutinio de un corrector profesional las traducciones que reciben.

Acabo de terminar las memorias de Carl Gustav Jung que Seix Barral lleva publicando desde 1964. Siendo una obra de mi máximo interés y probablemente de alta calidad en su idioma original, la edición de Seix Barral, imagino que sin corregir desde entonces, da pena.

Por otra parte, la miseria que las editoriales pagan a los traductores y a los correctores de literatura y las condiciones leoninas de trabajo a destajo que les imponen hacen que (salvo aquellos que, como mi admirado profesor aquí presente, traducen por amor al arte porque tienen sus necesidades cubiertas en otros ámbitos profesionales) no sea precisamente significativo el porcentaje de buenos traductores que se dedique a estos quehaceres y obtenga de ellos su sustento básico.

Finalmente, el (lector)español, se caracteriza en este y en otros ámbitos, por no ser particularmente exigente. Ahí está el negocio de las editoriales.

En España hay buenos traductores y correctores, pero no encuentran quien les pague el precio justo de su trabajo.

martes, 15 de septiembre de 2009

La relectura, madre de la corrección


En el año 2003, la editorial El Taller de Mario Muchnik publicó en Madrid una nueva versión de Guerra y Paz, de Lev Tolstoi. Por ese entonces, Mario Muchnik (foto) quiso explicar sus razones y lo hizo en un escrito que publicó El Cultural del 30 de octubre de ese mismo año y que, un año más tarde, también levantó la revista El Malpensante, para su número 51.

Por qué una nueva traducción de Guerra y Paz

Desde hace más de cuatro años la gente me lo viene preguntando, al enterarse de que ando metido en proyecto tan desmesurado. La respuesta se divide en dos partes. Primero, porque así como ciertos editores colman sus aspiraciones profesionales editando la Biblia, editar Guerra y paz, una novela que leí a mis 14 años, que releí cinco veces más a lo largo de mi vida y que considero la mejor novela jamás escrita, colma mis propias aspiraciones de editor. Pero, en segundo lugar, porque, como lector, no logro hallar en librerías una edición completa y fiel al original. Suponía, con la mayor parte de mis amigos “asesores”, que la traducción de José Laín Entralgo y Francisco José Alcántara (Argos Vergara, 1979; reeditada por Planeta en 1998) era no sólo la mejor disponible sino una muy buena traducción.

Pero un día de mayo de 1999 me llamó mi traductora del ruso, Lydia Kúper, a quien había contratado como revisora, me invitó a su casa, me sirvió Vichy Catalán y me dijo algo así:
—La traducción de Laín se deja leer. Pero he encontrado algunos errores. Hay que corregirlos.
—Para eso hemos firmado un contrato —respondí—. Dame algún ejemplo.

Me miró con su sonrisa escéptica, se calzó las gafas, fue a la tercera página de la novela y me leyó la frase siguiente: “Inglaterra, con su espíritu comercial, no comprenderá ni podrá comprender nunca la pobreza de ánimo del emperador Alejandro”.

Alzó la mirada, se quitó las gafitas y me preguntó:
—¿Qué te parece?

Esperó mi opinión, pero yo no la tenía.

—¿Te parece posible? Es Anna Pávlovna la que habla.

Ante mi silencio añadió:
—Alejandro es el Zar. Me llamó la atención que una noble se refiera tan luego a la pobreza de ánimo de su Zar.
—¿Qué hiciste?
—Consulté el original ruso y comprobé que Tolstói no pone en su boca eso sino todo lo contrario: la sublime altura moral del emperador Alejandro, no la pobreza de ánimo.
—¿Qué dicen las otras traducciones?

Me refería a las traducciones italiana, francesa e inglesa, de las que había entregado a Lydia sendos ejemplares.

—La altura, la altura, las tres dicen la altura moral.
—Pero ¿por qué crees que Laín y Alcántara pusieron lo contrario?

Esta vez fue ella quien guardó silencio. Nos miramos y comenzamos a reírnos.

—¿Cuestiones políticas, crees? —le pregunté, pensando que en el Moscú soviético, donde Laín había trabajado, tal vez no cayera bien un elogio al Zar.
—No creo —dijo—. Pero no sé por qué puso la pobreza en vez de la altura moral. ¿Descuido?
—¿Hay más? —le pregunté luego.
—Mucho más, aunque hasta la tercera página esto es lo más llamativo. Y es inexplicable.

Las correcciones “gordas” fueron muchísimas más de lo que entonces preví. Y ello hasta la última página de la novela: al final de uno de los últimos párrafos del epílogo, antes del apéndice, la traducción de Laín y Alcántara dice: “Esa unidad, en la astronomía, era la inmovilidad de la tierra; en la historia es la independencia del universo, la libertad”; pero Tolstói dice: “en la historia es la independencia del individuo, la libertad”. ¿Por qué Laín y Alcántara ponen universo en lugar de individuo?

Y eso para no hablar de la cantidad de términos, frases y hasta párrafos lisa y llanamente desaparecidos. Ni de los contrasentidos que nacen de errores de sintaxis; ni de los títulos alterados sin la mínima justificación: príncipe por conde, general por coronel; ni de los po­-sesivos ambiguos, esos “su” que no se sabe si se refieren al sujeto o al predicado.

El trabajo de Lydia, auténtica nueva traducción del ruso, completa y fiel al original, se prolongó mucho —de hecho Lydia no puso punto final sino a fines de agosto de 2003—. Y ello después de haber hecho una segunda ronda de correcciones. Para ello me pidió autorización: la relectura, me dijo, le había permitido comprender que había sido demasiado indulgente, sobre todo al principio. Y sus segundas correcciones resultaron ser casi tantas como las primeras. De mayo de 1999 a agosto de 2003, son más de cuatro años, cuatro años durante los cuales Lydia y yo estuvimos sumergidos en el universo de Tolstói, reviviendo a la vez la narración y nuestras lecturas de la narración, descubriendo de ese modo detalles minúsculos del genio del autor: maravillándonos de su idioma robusto, audaz; estremeciéndonos ante su conocimiento del alma humana; hallando explicaciones recónditas pero explícitas de muchas actitudes, gestos y hasta sueños de muchos personajes, explicaciones que, en una lectura normal, pasan desapercibidas.

Consciente de esta calidad de la novela, quienes hemos trabajado en este proyecto (y quienes lo han hecho materialmente posible: el Ministerio de Cultura y un grupo de “amigos de Guerra y paz”) hemos hecho bastante más de lo habitual para lograr una edición capaz de sobrevivir muchos años. Como gusta decir Lydia Kúper: hemos puesto “toda el alma” en el trabajo.