Mostrando entradas con la etiqueta Víctor Malumián. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Víctor Malumián. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de noviembre de 2020

"Cada nación, cada país y cada cultura se define por la relación que establece con su lengua"

“En un mundo globalizado e hiperconectado, la lengua es una forma de proteger, desarrollar e internacionalizar la literatura autóctona. Pero, ¿es igual para todos? ¿Qué implicancias tiene en el universo de los libros? Infobae Cultura conversó con Ariana Harwicz, Mariana Dimópulos, Víctor Malumián y Martín Kohan”. Eso dice la bajada de la nota publicada por Luciano Sáliche el pasado 1 de noviembre.

El idioma en disputa: cómo influye la supremacía del inglés en las literaturas y los mercados editoriales periféricos

 

Si el lenguaje es un terreno de intensa lucha política —la arena de la lucha de clases, decía Voloshinov—, el idioma es un campo de batalla que repercute en todas las esferas de las relaciones sociales. “En la historia occidental, hubo muchas ‘lenguas del imperio’. Al español le tocó su hora, lo sabemos por nuestra propia historia latinoamericana. Bastante simplificado se puede decir: primero fue el italiano, después el español, luego el holandés, luego el francés y por último el inglés”, dice Mariana Dimópulos, autora y traductora. ¿Y qué implicancias tiene la supremacía del inglés en las literaturas y mercados editoriales periféricos? ¿Se puede seguir hablando de colonialismo cultural en este mundo globalizado, hiperconectado y sobreinformado? ¿Cómo se tallan los libros en los márgenes lejanos del gran imperio?

 

Desde 2007, Ariana Harwicz vive en Francia, donde “la lengua es todo”. “El que maneja la lengua se puede defender. El que no la maneja está muerto socialmente, políticamente. Con excepción del comodín del inglés. Digamos que los franceses te lo perdonan por esa devoción oculta y esa relación contradictoria y de fascinación que tienen con el inglés. Pero todas las otras lenguas son ‘menores’. En Francia la adaptación a la cultura pasa por la lengua, pero cada nación, cada país y cada cultura se define por la relación que establece con su lengua, y también respecto a los inmigrantes, a los extranjeros, que no la hablan o que la hablan de otro modo. Es eminentemente, de manera obvia, una relación de poder, de centro y periferia, de centralidad y marginalidad, de imperio y subordinados”, agrega la escritora argentina.

 

“Yo siempre lucho para poder hablar en español —continúa la autora de Matate, amor y Degenerado—. Más allá de que soy bilingüe con francés y entiendo inglés, no es que tenga una postura firme e inamovible de no pasar de lengua. Es una cosa muy interesante pasar de lengua. Lo digo yo que vivo en otra lengua. Lo que pasa muchas veces es que todos los latinoamericanos que conozco en todos los ámbitos se esfuerzan por hablar un inglés perfecto. Al revés no pasa nunca. Me acuerdo en la Alianza Francesa, antes de irme a vivir afuera, y me acuerdo del Instituto Goethe y de cualquier evento: cuando vienen de afuera son dioses, viene un francés o un yanqui o un inglés y todos corremos a hablar la lengua de ellos. Ellos no pueden hablar español, ni tres palabras, ni aunque estén en nuestro país. Y cuando nosotros vamos allá, no hablamos español porque somos los recibidos. Hay una relación de fuerza que la asumimos como statu quo y no la peleamos, y me parece que sería interesante pensarla.”


Por su parte, Martín Kohan prefiere matizar las implicancias del supremacismo inglés en las literaturas periféricas: “En lo que a mí respecta, [no repercute] en nada que yo alcance a advertir. Hay novelas mías traducidas al inglés, como las hay en otros idiomas. Y en cuanto a las ferias del libro o los festivales literarios, me ha tocado estar por caso en Gran Bretaña, en Francia, en Italia o en Brasil: siempre me ofrecieron la posibilidad de contar con un traductor, si lo precisaba. Supongo que pasa a ser un requisito de importancia para un agente literario o para un agente de prensa; pero como yo no me ocupo de gestionar mis libros ni tampoco de promocionarlos, la cuestión no me afecta”. Respecto a si existe un imperialismo cultural en la cuestión de la lengua, sostiene que, “en términos económicos, sin duda; pero en términos lingüísticos, no me parece”.

 Víctor Malumián, editor de Godot y coautor de Independientes, ¿de qué?, ha concurrido a varios festivales internacionales y sostiene que “en todos los países la lengua de habla entre una persona proveniente, por ejemplo, de China y de Alemania suele ser el inglés. No es un tema sólo del castellano”. En Argentina es común la figura del traductor en mesas de festivales, pero, ¿qué ocurre en los eventos literarios de otros países? “Es común, en parte no solo por una tradición, además influye el excelente trabajo de instituciones como el Goethe, Institut Français Argentina y CCEBA, que están siempre pendientes de lo que sucede a nivel cultural e intentan generar una conversación donde se hacen eco del trabajo local y logran un estupendo nivel de participación. Es determinante si se piensa en una política cultural de la lengua o de nuestro país en otros territorios y lenguas”.

 

“Toda literatura en lengua que no sea la inglesa ‘depende’ en buena parte de la traducción para poder circular internacionalmente”, dice Dimópulos, autora de Quemar el cielo y Carrusel Benjamin. “Esto está condicionado por los lectores en las editoriales, los editores, y por supuesto los agentes. Le pasa tanto a un libro de un autor alemán u holandés como a un libro de un autor latinoamericano. Claro, las editoriales de mayor poderío pueden mandar a traducir muestras de libros para ‘competir’ en el mercado internacional. Esto respecto a los libros en sí mismos. Ahora bien, seguramente el autor alemán y el autor holandés tienen, por el simple hecho de pertenecer a sociedades de bienestar y de enorme vinculación con el mundo angloparlante, muchas mayores posibilidades de hablar (bien) en inglés si alguna vez son invitados a un festival o a un congreso. No les pasa sólo a los escritores, esto es un fenómeno que se da en el comercio, en el arte, en los intercambios culturales en general. Sólo que el escritor se ve afectado especialmente: su medio de trabajo es la misma lengua que debe abandonar”.

 

Para Malumián, la cuestión imperialista en este debate por la lengua "es determinante. Los pocos países de primer mundo que no tienen programas de traducción para facilitar la internacionalización de la producción cultural son Estados Unidos e Inglaterra, y eso está dado, en gran parte, porque su idioma se ha convertido en el punto de encuentro del resto del mundo. La lista de países o lenguas que invierten en promover su cultura ya sea mediante traducciones, apoyos a viajes, promoción, etc. es bastante extensa y oscila desde el francés y el alemán hasta el polaco y el esloveno. No solo depende de la tensión entre centro y periferia sino además de la voluntad gubernamental de construir una política cultural que ayude a difundir lo que sucede puertas adentro de un país.

 

Es muy común la figura del traductor, del intérprete en festivales de toda Europa, pero siempre con la excepción del inglés. Alguien me podrá decir: es obvio, es la lengua del imperio, es la lengua común. Pero la desproporción, la disparidad, la injusticia es enorme”, comenta Harwicz. “Digamos que se sobreentiende que tenés que saber inglés. No importa cuán consagrado estés, cuánta visibilidad tengas, cuán importante o no sea tu obra, si no sabés inglés quedás excluido de muchos eventos. Contrariamente a lo que veo que pasa en América Latina y en Argentina, que lo conozco más, en donde seguimos en esta época con luchas sobre paridad de género, una lucha revolucionaria retomada por las feministas hoy, me llama la atención que ese otro modo de sumisión concreto, político, ese otro modo fuertísimo, feroz de sumisión que es la lengua, una lengua sometida a otra, no sea denunciado en ámbitos culturales”.

 

Agrega Ariana Harwicz: “Veo una gran pasividad y una aceptación. No veo que se esté ‘combatiendo’ eso, veo una docilidad respecto de esa desigualdad de poder y hasta algo ciertamente snob con la lengua inglesa. En algunos festivales, hablar inglés es excluyente. Me llama menos la atención que en festivales de la India, por ejemplo, donde se podría considerar ‘neutral’, te exijan que hables en inglés como lengua común... eso me llama menos la atención que editoriales y festivales que trabajan sobre la cultura latinoamericana; ahí me parece más contradictorio el regodeo con la lengua inglesa cuando de lo que se trata es de hablar de literatura latinoamericana. Vienen autoras inglesas o norteamericanas al Filba y las entrevistan las argentinas que mejor hablan inglés: perfecto. Pero después cuando esas mismas autoras van afuera y ellas piden hablar español no se les permite”.


“La lengua fabrica y a la vez expresa los dominios culturales en general”, apunta Mariana Dimópulos, y continúa: “En la circulación de las traducciones se ve fácilmente: Londres y Nueva York traducen muy poco en comparación con lo que exportan a otras lenguas. Acá no hay discusión alguna, para mí: el inglés es la lengua de los intercambios internacionales, en la literatura, en la filosofía, por no hablar de las ciencias. Hay que ver si se trata de ‘imperialismo cultural’: no todo el que tiene que usar el inglés para comunicarse en escenarios de intercambio internacional ‘consume’ los productos de habla inglesa necesariamente, y mucha, muchísima gente que no participa de esos intercambios, y que no habla inglés, consume la producción cultural de las metrópolis de lengua inglesa. ¿Está en la lengua el dominio mismo? No, a la lengua en sí no le podemos imputar semejante cosa. Es la política, la economía, la circulación de capital, lo que determina esto”.

lunes, 29 de junio de 2020

¿Cambio de paradigmas, que le dicen?


El 24 de junio pasado, Silvina Friera publicó en Página 12, de Buenos Aires, el siguiente artículo en el que varios editores especulan sobre el futuro editorial argentino y los probables desafíos que tal vez lleguen después de la pandemia. Suponemos que el título curioso que lleva la nota no fue puesto por la periodista.

Se editan pocos libros por la pandemia
y la crisis del sector

Publicar menos libros y prolongar su presencia en las librerías ha sido la respuesta inicial ante la crisis que generó la pandemia de coronavirus. ¿Habrá un nuevo paradigma en la industria del libro, que hasta ahora se sustentaba en la necesidad de editar muchos títulos al año, lo que se conoce como “novedades”, para mantener aceitada la maquinaria editorial? ¿La “nueva” normalidad será más “conservadora” y menos aluvional? La magnitud de la reducción se evidencia en la bajísima cantidad de ejemplares que se produjeron en mayo: 200.000, a diferencia del millón de libros que se imprimieron en mayo de 2019, según datos de la CAL (Cámara Argentina del Libro). Alejo Carbonell de Caballo Negro (Córdoba), Leonora Djament de Eterna Cadencia; Fabián Lebenglik de Adriana Hidalgo, Damián Tabarovsky de Mardulce, Constanza Brunet de Marea y Víctor Malumián de Ediciones Godot, convocados por Página/12, intentan repensar los cimientos de una actividad que se va definiendo “semana a semana”.

¿Cómo publicamos lo que publicamos?
 “Las editoriales pequeñas siempre publicamos pocos títulos al año, así que tenemos gimnasia en eso de estirar los tiempos de un libro para que se sostenga como novedad”, opina Alejo Carbonell, director de Caballo Negro, editorial cordobesa que hace once años publica narrativa, ensayos, poesía y crónicas. “El plan de las editoriales en general venía cascoteado por los cuatro años de macrismo, ya estábamos publicando menos antes de la Covid-19, de modo que esta crisis es una especie de aceleración de lo anterior; no hay cambio de paradigma”, agrega Carbonell. “El cambio de lógica apunta a muy pocas editoriales en el mercado argentino –coincide Víctor Malumián, de Ediciones Godot, sello que empezó en 2008–. Las editoriales con las que suelo conversar difícilmente publiquen más de una o dos novedades por mes. Se habla de cambio de paradigma porque los grupos más grandes, tanto en tamaño como en porcentaje del mercado, quizá vayan a dar un cambio en su norte editorial. Pero las pequeñas editoriales siempre pensaron sus libros muy lejos de la lógica fast seller. Es el karma de la concentración editorial en su máxima expresión”.

Leonora Djament, directora editorial de Eterna Cadencia desde hace doce años, comenta que es difícil saber si se modificará el modo de editar libros en un futuro cercano. “En caso de que se publiquen menos novedades, es difícil saber si ocurrirá solo porque las editoriales y los lectores tienen menos dinero o por un cambio de paradigma en el sector. Por un motivo u otro, sí tendremos menos títulos y menos ejemplares en los próximos meses. Ojalá que esta difícil situación que estamos atravesando a nivel mundial sirva para repensar las bases de nuestra actividad. Me parece que se vienen discutiendo algunos aspectos (el rol de las librerías independientes, los diferentes y posibles modos de editar, la importancia de la edición artesanal, la relevancia de las múltiples ferias, el problema de la concentración editorial), pero sin embargo hay grandes cuestiones sabidas pero poco debatidas (por caso, el oligopolio de la venta del papel o el casi imposible esquema financiero que guía al sector editorial). La discusión pendiente no es tanto (o no es solo) cuántos libros publicamos sino cómo publicamos lo que publicamos”, plantea Djament.

“Los tiempos de encierro, que seguramente serán largos, traen más introspección y reflexión. Para nuestra editorial de fondo esto no es necesariamente un perjuicio porque lo que se está vendiendo más ahora es el catálogo. La lógica es tener un catálogo de alta calidad que trascienda el tiempo”, explica Fabián Lebenglik, de Adriana Hidalgo, sello que cumplió veinte años en 2019. Constanza Brunet, de Marea Editorial, creada hace 16 años, advierte que la menor cantidad de títulos se trata de una situación coyuntural que no se sostendrá luego de la pandemia. “Las editoriales independientes, que arman un catálogo más específico y que eligen cada título de una manera más artesanal, posiblemente volverán más lentamente a la cantidad de títulos que editaban antes de la pandemia”.

Damián Tabarovsky, de Mardulce, no está seguro de que la industria editorial argentina se sustentaba en la necesidad de publicar muchos títulos. “Eso ocurría en las grandes editoriales o en otros mercados como España, que funciona bajo el sistema de ‘en firme con derecho de devolución’, que favorece la especulación financiera. Pero para las editoriales independientes argentinas publicar de más también es un problema. Lo que tal vez se ponga en discusión a futuro no sea la cantidad de novedades sino las tiradas, que seguramente serán más bajas –precisa el director editorial–. Más allá de los futurólogos de turno, es muy difícil predecir cómo seguirá el mercado editorial, la situación económica y la vida cotidiana. Obviamente sé que se vienen tiempos muy difíciles –o mejor dicho, que ya estamos en ellos-, pero creo que está todo abierto: lo único que veo por delante es incertidumbre”.

La pandemia de Covid-19 cambió los planes editoriales. Adriana Hidalgo redujo los libros a publicar durante este año a la mitad: de los 24 títulos previstos quedarán 12. “No se trata de nuevos paradigmas sino de un paso a paso para ir viendo qué sucede cada semana”, detalla Lebenglik. “Teníamos planificado un año de doce novedades, ahora es muy probable que hagamos la mitad –admite Carbonell de Caballo Negro–. Hay que tener en cuenta que en nuestros calendarios hay hitos para los cuales se trabaja: llegar con novedades a la Feria del libro de Buenos Aires y a la Feria de Editores (FED) y, en nuestro caso, también llegar con novedades a la feria del libro de Córdoba, es decir que no solo se reduce la cantidad de novedades, o que se atrasan, sino que es necesario pensar todo el esquema de nuevo, porque para cada feria uno llega con determinado perfil de novedades”. Desde Ediciones Godot, Malumián confirma que -si el escenario no empeora- publicarán cuatro o cinco libros más de acá a fin de año. En Mardulce publicaron hasta ahora dos novedades y una reimpresión, todas en marzo. “Recién pudimos distribuirlas en mayo, cuando las librerías comenzaron a trabajar”, cuenta Tabarovsky y revela que por la pandemia iniciaron la digitalización de parte del catálogo: “No sé cómo seguirá el plan editorial, que seguramente va a ser sustancialmente menor al previsto”. Eterna Cadencia pospuso un 30 a 35 por ciento del plan de este año. Djament calcula que terminarán sacando 11 nuevos títulos, aunque todavía no sabe. Marea tenía previsto publicar 18 novedades, pero posiblemente salgan solo 10.

El riesgo intelectual
¿Cómo garantizar que la disminución de novedades no afecte la bibliodiversidad, la apuesta por nuevos autores o por escrituras y proyectos, cuyas prioridades no pasan por vender más? “Es probable que muchas editoriales ante una situación de crisis e incertidumbre como la que vivimos, se vuelvan más conservadoras: apostar a temáticas, géneros y autores de venta más o menos segura –responde Djament-. Para aquellos que editar no significa solo ‘volver algo público’ sino poner en discusión lenguajes y perspectivas imperantes, la edición va a seguir siendo el modo de llevar a cabo esa actividad. Y también habrá que estar muy atentos a lo que pueda surgir con esta crisis: a las nuevas formas de trabajar, colaborar y pensar en el sector”. Para Lebenglik, publicar menos títulos no afecta la bibliodiversidad. “No cambiamos el gusto de lo que veníamos haciendo. La bibliodiversidad no es una cuestión de cantidad”.

Brunet recuerda que las editoriales independientes siempre editaron una cantidad limitada de títulos. “La bibliodiversidad no está garantizada por la cantidad de títulos, sino por la variedad de las propuestas, por la visibilidad de los proyectos alternativos y por su mínima sustentabilidad económica. Puede haber una cantidad enorme de títulos orientados exclusivamente a una misma idea comercial y eso no genera mayor bibliodiversidad –aclara la directora editorial de Marea–. En cambio, las editoriales independientes, de capital nacional, garantizan la diversidad de voces, de géneros, de autores, eso es lo que está en riesgo por la crítica situación que vive el sector y que se agravó con la situación de pandemia”.

Carbonell, de Caballo Negro, reconoce que la realidad va empujando a las editoriales a volverse conservadoras y a experimentar menos. Malumián observa que se recortan los títulos más experimentales y las nuevas apuestas. “Hay una pregunta latente por el tamaño de la tirada, la rentabilidad por ejemplar y el costo unitario de precio al público. Nadie olvida que la pandemia irrumpe en un contexto de cinco años de caída sostenida de ejemplares”, recuerda el director editorial de Godot. En cuanto al catálogo por venir, Tabarovsky anticipa que van a optar por el camino inverso: “a más crisis, más riesgo intelectual”.

Muchas editoriales tenían sus catálogos sin digitalizar o digitalizados parcialmente antes de la Covid-19. “Hicimos muy pocos ebooks hace unos años, cuando parecía que una parte de los lectores estaba virando hacia los libros digitales y podía llegar a explotar. Luego eso se amesetó y nosotros, como muchos, abandonamos un poco el tema”, reconoce Carbonell y añade que Caballo Negro tiene el 10 por ciento del catálogo en los dos formatos –digital y físico–, mientras que el resto está publicado solo en papel. Lebenglik especifica que la cuarta parte del catálogo de Adriana Hidalgo está disponible en ebook y que están digitalizando más títulos.

Para Malumián, las condiciones en las cuales creció la lectura digital son artificiales y habrá que esperar para ver en qué medida se mantiene el ritmo de lectura digital. “Es verdad que por precios o simplemente por la falta de oferta del libro en digital, el crecimiento de ese soporte fue más lento. Tampoco hay que descartar el factor del parque tecnológico y lo difícil que es acceder a un e-reader. Pero en muchos otros casos se puede ver la caída en la venta del libro digital en paralelo con la apertura del delivery de libros físicos –compara el editor de Godot-. Seguramente exista una cantidad de lectores híbridos que pueden leer en ambos formatos y otro tanto que gracias a la pandemia le tomó el gusto al libro digital”. Djament subraya que gran parte del catálogo de Eterna Cadencia está digitalizado y que en el último tiempo intentan publicar ambos formatos a la vez.

Marea tiene más de la mitad del catálogo digitalizado, “aunque con escasos resultados económicos”, puntualiza Brunet. “A raíz de la pandemia hemos realizado nuevas acciones como publicar directamente novedades en ebook antes que en papel. Los resultados por ahora son inciertos hacia el futuro. La experiencia hasta acá fue muy pobre, aunque apostamos a que al menos mientras dure la pandemia crezca. El público argentino no está habituado ni dispuesto a pagar por contenidos digitales. Y la piratería está a la orden del día, basta con asomarse a Facebook y ver qué es lo que se comparte públicamente”, sugiere la editora. Mardulce tiene digitalizados 16 títulos. “De ahora en adelante saldrán todas las novedades en los dos formatos al mismo tiempo. Pero sin demasiado optimismo en las ventas de ebook, que aunque aumenten algo por la cuarentena, siguen siendo poco numerosas”, asegura Tabarovsky. “Los libros en papel son uno de los más hermosos inventos de la humanidad”, concluye el editor de Mardulce.