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lunes, 20 de junio de 2011

Marieta Gargatagli y una excusa para decir lo que quiere en dos partes: hoy, la segunda

Segunda parte del artículo de Marietta Gargatagli sobre Josefa Amar y Borbón. Éste, también publicado en El Trujamán, apareció el 7 de junio pasado.

La dama aragonesa:
Josefa Amar y Borbón (II)

Decía en el anterior trujamán sobre Josefa Amar que en la biografía de María Victoria López-Cordón1 se repite un tópico que deberíamos aceptar y luego rechazar.

Se trata de una pregunta que hemos leído y quizá formulado muchas veces: ¿Por qué Josefa Amar, antes de dar a conocer sus propias obras, practicó la traducción, una actividad «que podríamos considerar secundaria»? Debemos aceptar que trasladar textos (como si el traductor fuera un mero copista) es una tarea que muchos consideran inferior a otros desafíos intelectuales. Por eso no es ninguna extravagancia llegar a la conclusión de que la traducción coloca incluso a los hombres que la practican en un lugar femenino, porque lo subalterno fue siempre el lugar de las mujeres. Que en aquel escenario de la ilustración sólo muy pocas, y pertenecientes a la nobleza culta, pudieran atravesar la barrera del anonimato y dar a conocer versiones que fueran aceptadas por los editores y públicos masculinos, puede considerarse un paso más en ese lentísimo despertar de lo femenino. Josefa Amar fue incluso más lejos. Escribió textos propios, entre ellos, el Discurso en defensa del talento de las mujeres y de su aptitud para el gobierno y otros cargos en que se emplean los hombres (1786), al que siguió después Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1790), que podemos leer con asombro.

La pregunta sobre la inferioridad de las traducciones ronda por estos trabajos y puede expandirse, si se me permite la hipérbole, hasta el infinito. Sin embargo, ¿cuánto de original hay en la originalidad? Esta palabra que apareció en los diccionarios europeos, —entre ellos los de España— cuando la ruptura verbal del Romanticismo modificó la noción misma de autor y proyectó hacia el futuro (cuando Josefa Amar todavía vivía) la asociación entre los atributos divinos y humanos hizo olvidar, quizá para siempre, cuánto de traducción había en Shakespeare, Dante o Cervantes. Y quizá también en Josefa Amar y Borbón.
La originalidad de los originales es un mito de la escritura, empezando por las Sagradas Escrituras, que prefiere halagar al espíritu santo e ignorar el proceso de producción de un texto, la poiesis, que lleva a transformar una cosa en otra, una idea en otra, una lengua en otra. No hay diferencia substancial, desde la perspectiva del trabajo intelectual, entre la escritura original y la escritura de la traducción.

El concepto de plagio —también una palabra nueva que no se incorpora a los diccionarios de la Academia hasta 1803— puede rondar equívocamente en estas definiciones. Que la escritura sea un perpetuo fluir (y en el caso de las mujeres con saltos de siglos) de ideas y de discursos (entre ellos los de otras lenguas) describe la circulación imparable de las palabras, no las rapiñas individuales que buscan beneficiar una obra con lo ajeno. Cuando Josefa Amar traduce la elocutio retórica masculina y la hace hablar en femenino o cuando traslada todo el aparato de citas (que definió el sistema de autorizaciones de la escritura masculina desde la más remota antigüedad) a su propio discurso, y lo llama además Discurso, no está ocupando el lugar del que «hurta los conceptos, sentencias, ó versos de otros, y los vende por suyos», se limita a transformar una cosa en otra, una idea en otra, una lengua en otra. Ese perpetuo fluir se llama escritura; también se llama traducción.

domingo, 19 de junio de 2011

Marietta Gargatagli y una excusa para decir lo que quiere en dos partes: hoy, la primera


Primera parte de dos artículos de Marietta Gargatagli, publicados en El Trujamán, a propósito de Josefa Amar y Borbón, misteriosa traductora citada por Marcelino Menéndez Pelayo. Hoy, el correspondiente al 5 de mayo pasado.


La dama aragonesa:
Josefa Amar y Borbón (I)

Marcelino Menéndez Pelayo, en una nota al pie de página del tercer capítulo dedicado al siglo xviii de Historia de las ideas estéticas en España, decía lo siguiente: «Las obras de Lampillas1 fueron traducidas al castellano por una dama aragonesa, D.ª Josefa Amar y Borbón». La referencia era enigmática y aunque pude averiguar quién era la —para mí— desconocida traductora, conservó parte de misterio hasta que di con una biografía —cuya lectura fue un placer— de María Victoria López-Cordón, llamada Condición femenina y razón ilustrada. Josefa Amar y Borbón.2

Hay en este libro dos argumentos sobre la traducción que me gustaría retomar. El primero de ellos recuerda una habilidad perdida en esa turbamulta que es el mundo y, a veces, la enseñanza de las lenguas. El segundo (en un próximo trujamán) repite un tópico que deberíamos aceptar y luego rechazar.

Expone la autora de la biografía que Josefa Amar recibió una educación humanista extraordinaria para una mujer de su tiempo: aprendió en su juventud las lenguas modernas: inglés, francés e italiano, y también las lenguas clásicas a las que López-Cordón llama sabias (y no muertas)  porque «permitían acceder a las verdaderas fuentes de la cultura y diferenciar mejor los verdaderos valores de la moderna». Al verter al castellano a Jenofonte, Plutarco, Ovidio, Cicerón, Terencio, Vives, Fray Luis de León, Nebrija o Arias Montano alcanzó un dominio del griego y del latín que después le permitió comprender sin mediación de otras lenguas las complejidades de Bacon o de Leibniz. En ese recorrido lingüístico, «la precisión en la traducción» le sirvió para organizar su mente de modo científico y eficaz.

Este es el primer argumento que me interesa porque recuerda algo inherente a la traducción que casi se ha perdido. Antaño, en el aprendizaje de las lenguas modernas, la traducción era un instrumento tan formativo como en las lenguas clásicas. Enseñaba exactamente lo que dice María Victoria López-Cordón: rigor verbal, porque el aprendiz no quedaba librado a las locuras o las esterilidades de su creatividad: debía producir un texto que coincidiera con otro, que poseía complejidades sintácticas y retóricas que suponían desafíos implacables para el intelecto. De ese modo, se aprendía a escribir mejor en el idioma materno; también se profundizaba hasta el infinito en los misterios de la lengua extranjera que la descripción gramatical, el mero uso oral o la lectura amena están muy lejos de desentrañar. De esas destrezas adquiridas son testimonio elocuente las obras que escribió y las traducciones de Josefa Amar y Borbón. Su prosa clásica fue elogiadísima en su tiempo y que Menéndez Pelayo no se preocupara de subrayarlo se debe sólo a que damas, señoras y señoritas quedaban, en general, fuera de su obra.
  • (1) Copio la referencia de Menéndez Pelayo: Ensayo histórico-apologético de la Literatura española contra las opiniones preocupadas de algunos escritores modernos italianos. Traducido del italiano por doña Josefa Amar y Borbón. Segunda edición, corregida, enmendada e ilustrada con notas por la misma traductora. (El volumen VII contiene Respuesta a los cargos recopilados por el Abate Tiraboschi, etc., etc. Va añadido un índice alfabético de autores y materias, formado por la traductora). Madrid, P. Marín, 1789. Siete tomos 8.º, como los del original. volver
  • (2) María Victoria López-Cordón Cortezo: Condición femenina y razón ilustrada. Josefa Amar y Borbón, Colección Sagardiana, Estudios Feministas, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005. Todos los entrecomillados del texto citan esta obra. volver