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viernes, 7 de noviembre de 2025

Habla Adan Kovacsics, traductor del último Nobel

Daniel Gigena entrevistó al traductor, de, entre otros, el último Premio Nobel de Literatura. El texto fue publicado el 4 de noviembre en el diario La Nación, de Buenos Aires. En la bajada se lee: "Chileno de nacimiento y nacionalizado español, Adan Kovacsics habla sobre la experiencia de trabajar con la literatura del húngaro; tiene, además, una obra propia en el mismo sello Acantilado"

El traductor del Nobel: “Krasznahorkai me abrió muchos mundos, como solo pueden hacer los grandes escritores”

El traductor al español (y amigo) de dos Nobel de Literatura –los húngaros Imre Kertész y László Krasznahorkai– nació en Santiago de Chile en 1953. Hijo de inmigrantes húngaros, Adan Kovacsics estudió filología románica e inglesa y filosofía en la Universidad de Viena. En 1980 se trasladó a Barcelona, donde inició una carrera como traductor, corrector y escritor; se nacionalizó español. Además de los Nobel 2002 y 2025, entre otros narradores y pensadores europeos, tradujo obras de Heinrich von Kleist, Ádám Bodor, Hartmut Lange, Arthur Schnitzler, Heimito von Doderer y Péter Esterházy.

Es autor de Guerra y lenguaje (2008), Karl Kraus en los últimos días de la humanidad (2015), El vuelo de Europa (2016), Las leyes de la extranjería (2019), El destino de la palabra y Acaece, sin embargo, lo verdadero, ambos publicados este año. Compañero de catálogo de Krasznahorkai en la editorial Acantilado, Kovacsics integra la Academia Alemana de la Lengua y la Literatura.

“La experiencia es extraordinaria, me ha supuesto un enorme enriquecimiento, tanto en el plano espiritual como en el del lenguaje, del estilo –dice Kovacsics a La Nación sobre su trabajo como traductor del autor de Tango satánico y El último lobo–. Krasznahorkai me abrió muchos mundos, como solo pueden hacer los grandes escritores. Fue también un aprendizaje importante dejarme llevar por el flujo de su húngaro”. Entre sus títulos preferidos del “muy merecido Nobel”, menciona especialmente dos. “Me gustan todos, pero le tengo particular aprecio a Y Seiobo descendió a la Tierra y Herscht 07769. Este último no se ha publicado aún, pero creo que saldrá pronto, también en Acantilado. ¡Es una novela genial!”.

Kovacsis obtuvo varios premios, entre otros, el Premio Nacional del Ministerio de Cultura de España por el conjunto de su obra y el Premio Nacional de Austria, en 2010; el Gran Premio Balassi de Hungría, en 2017, y el Premio Straelen de Alemania, en 2022. Espera visitar la Argentina para hablar de su oficio de traductor y sus libros.

Sobre su propia obra, define: “En general, son un híbrido de ficción y ensayo. Es así desde Guerra y lenguaje, lo son también mis últimos libros, El destino de la palabra y Acaece, sin embargo, lo verdadero. En este último, mi amigo Imre Kertész desempeña un importante papel, pues el libro trata de la relación entre experiencia y lenguaje. En el primero trazo el camino del hundimiento de la palabra, que es esencialmente poética, debido a la cantidad ingente de información, que acaba anulándola”.


miércoles, 15 de octubre de 2025

Adan Kovacsics, un traductor que revela mundos

Con firma de Beatriz Martínez, InfoBAE publicó una entrevista con el gran traductor Adan Kovacsics, hijo de húngaros aficandos en Chile, actualmente radicado en España. Según la bajada, "El filólogo de origen húngaro ha sido el responsable de la traslación al castellano de la mayor parte de la obra del galardonado escritor de Tango satánico".

Adan Kovacsics, el traductor al español del nuevo Premio Nobel de Literatura, László Krasznahorkai: “No es una lectura complaciente”

Una trayectoria que abarca desde Karl Kraus a Imre Ketészsc pasando por Arthur Schnitzler a Péter Esterházy. Adan Kovacsics fue galardonado en 2010 por el Ministerio de Cultura con el Premio Nacional a la Obra de un Traductor y su trayectoria es ampliamente reconocida.

Eso no quiere decir que, el Premio Nobel a László Kraszxnahorkai, no le pillara por sorpresa, a pesar de que su nombre estuviera entre los favoritos en las apuestas.

“Hacía años que era uno de los posibles candidatos, pero si quieres que te sea sincero, ese día ni siquiera fui consciente de que se estaba anunciando el galardón“, cuenta el filólogo y traductor a Infobae España. “Cuando me enteré sentí mucha alegría y emoción porque eso no te pasa todos los días”.

Una relación de más de treinta años
Kovacsics cuenta que se acercó a la obra del escritor gracias al fallecido editor de la Editorial Acantilado Jaume Vallcorb, que le propuso traducirlo. Su primer encargo fue Melancolía de la resistencia, pero después llegarían todas las demás, incluida Tango satánico. “Se estableció una relación muy bonita entre nosotros y, aunque hubo épocas en las que estuvimos desconectados, siempre tuvimos una especie de hilo permanente a través de las traducción de sus obras".

Antes de la escritura de El último lobo, un encargo de la Fundación Ortega Muñoz que trajo al escritor húngaro a nuestro país, el primer sitio donde se hospedó fue en casa de Adan Kovacsics. Hay que señalar que su hija, Violeta Kovacsics es una crítica y programadora de cine de lo más reconocida.

No resulta, por lo tanto casual, que se establezca una relación con el análisis cinematográfico que desempeñó Violeta con respecto a la obra de Béla Tarr, que adaptó a László Kraszxnahorkai en sus totémicas Sátántangó y Armonías de Werckmeister, para después participar en el guion de El caballo de Turín.

La ingrata tarea del traductor
La tarea de los traductores no siempre resulta lo suficientemente reconocida pero, de eso siempre ha sido muy consciente Adan Kovacsics. “En este mundo occidental en el que vivimos hay una locura por la visibilidad, por la autoría, por el genio, por el éxito y esas cosas. Y eso hace que mi tarea sea aparentemente gris y no se encuentre muy valorada. Pero tampoco es algo que me quite mucho el sueño. Lo único que pienso es que debería estar mejor pagada".

El traductor reconoce que, si fuera más joven, tendría miedo a la Inteligencia Artificial, pero cree que, su profesión, es una tarea que siempre estará ahí. “El deseo de traducir es algo muy profundo y también muy humano, así que no creo que desaparezca a pesar de las máquinas”, cuenta.

Adan Kovacsics reconoce que ha sido un privilegio traducir la obra de László Kraszxnahorkai, algo que ha ocupado buena parte de su trayectoria. “Se merecía el Nobel porque se trata de una literatura muy elevada, muy exigente, absolutamente alejada de la cultura de masas y con un gran calado intelectual".

La prosa y el ritmo del escritor húngaro no es fácil. Tiene incluso una novela de 400 páginas contada en una sola frase. ¿Cómo se puede traducir eso? “Es una cuestión de musicalidad. Con el tiempo, ese tipo de estructura serpenteante la he hecho mía. En cualquier caso, no es una lectura complaciente”.

jueves, 13 de junio de 2024

El gran traductor Adan Kovacsics habla de Kafka

El pasado 9 de mayo, Leonardo Domínguez publicó en El Universal, de México, una entrevista con el traductor chileno Adan Kovacsics (foto), uno de los traductores de Franz Kafka en España, a propósito del desafío que implica traducir al autor checo al castellano.

“Traducir a Kafka es como tocar Mozart al piano”

El primer encuentro entre La metamorfosis y la lengua de Cervantes aún conserva varios enigmas, un relato digno del espectro de su propio autor: Kafka.

Se sabe que tan sólo diez años después de la publicación original (en alemán), la Revista de Occidente publicó por primera vez la historia de Gregor Samsa al español, en 1925. Durante décadas, la traducción se le atribuyó a Borges, en gran medida porque en 1938 la editorial argentina Losada, en su colección “Pajarita de papel”, editó el primer libro de Franz Kafka en nuestro idioma: la traducción y el prólogo firmados por Jorge Luis Borges.

Pero la historia es distinta. La traducción habría sido de Margarita Nelken, hija de judíos alemanes emigrados a España; aunque es incierto si su versión la realizó directamente del alemán o de alguna otra traducción disponible en esa época.

Traductores como Juan José del Solar, Cesar Aira, Carmen Gauger, entre otros más, han permitido aproximarnos al abismo de la imaginación kafkiana; son ellos, los traductores, la llave a las fórmulas del escritor praguense que abren la puerta a relatos tan universales, donde hacen eco el sueño y la realidad.

Adan Kovacsics es uno de los destacados traductores al español del autor de El proceso, bajo el sello Alianza ha traducido La muralla china, Relatos y aforismos y una selección de narraciones en Relatos cronológicos, próximo a llegar a librerías mexicanas para conmemorar el centenario de la muerte de Kafka.

Kovacsics, de ascendencia húngara, nació en Santiago de Chile. Su trabajo se ha dedicado a descifrar al español la obra de Imre Kertész, con quien entabló amistad, de Karl Kraus, entre otros. En 2010 fue galardonado con el Premio Estatal de Traducción Literaria de Austria y en 2017 recibió el Gran Premio de Traducción Balassi de Hungría.

Milan Kundera, admirador profundo de Kafka, decía que hay momentos en los que “su prosa levanta el vuelo y se convierte en un canto”. Escuchemos esa melodía vertida en la voz de Kovacsics.

Las primeras traducciones de Franz Kafka al español parecen compartir un enigma “kafkiano”: durante mucho tiempo se le atribuyó a Borges la traducción de La metamorfosis. ¿Qué certezas tenemos sobre el primer acercamiento de la obra de Kafka al español?
–Tenemos la certeza de que la primera traducción de La metamorfosis se publicó en 1925 en la Revista de Occidente, cuyo director era José Ortega y Gasset. No se sabe a ciencia cierta quién fue el traductor, aunque se especula que fue una mujer, concretamente Margarita Nelken, quien sería luego diputada del Partido Socialista durante la República y luego, después de la Guerra Civil, se exiliaría en México. Después, en los años 30, la editorial Losada de Buenos Aires publicó esa misma traducción, aunque puso —por comodidad o por el prestigio del autor— que era obra de Borges, quien sí tradujo una serie de relatos que aparecieron en ese mismo volumen.

Se dice que, por desgracia, en las traducciones siempre hay pérdidas. ¿Qué se ha perdido en la obra de Kafka a través de los años? ¿Se ha ganado algo?
–Se ha ganado mucho más, desde luego. Se ha ganado la obra de Kafka en castellano, que no es poca cosa. ¡Cuántos lectores la han conocido en nuestra lengua! ¡Qué mundo se ha desplegado ante ellos a través de las traducciones! Claro que hay pérdidas, matices, referencias culturales que se pierden. Por ejemplo, el Herrenhof (Posada de los Señores) en El castillo remite a un café del mismo nombre en Viena frecuentado por el marido de Milena y también por ella misma. Cada palabra es una mirada a un abismo, y los abismos no son los mismos en todas las lenguas.

Franz Kafka pertenecía a una pequeña comunidad germanohablante de Praga, en un contexto muy particular de este país. ¿Qué tipo de lenguaje era el suyo? ¿Cómo influyó esto en su obra?
–Ese alemán de Praga, hablado por un grupo bastante reducido de personas —funcionarios, docentes, comerciantes— en una ciudad donde la mayoría era checa, sí determinó el lenguaje de Kafka. Era un alemán muy pulcro, con algunas peculiaridades. Y el alemán de Kafka es muy claro, muy transparente, muy preciso y directo, libre de adherencias.

En distintas charlas te he escuchado hablar sobre la relación entre la escritura y la música. ¿Cuál es la musicalidad en el lenguaje de Kafka? ¿Cuál es el sonido de su prosa?
–Como es sabido, Kafka no tenía oído para la música. Decía, quizá un poco en broma, que no era capaz de distinguir una opereta de una ópera de Wagner. Al mismo tiempo, sin embargo, la música sí aparece con un papel importante en sus narraciones. Por ejemplo, en La metamorfosis, (yo, por cierto, considero que la traducción correcta es “La transformación”): “¿Era realmente un animal, puesto que la música lo emocionaba tanto? Le pareció que se le abría el camino hacia el anhelado y desconocido alimento”. O en “Investigaciones de un perro” o en “Josefina la cantante…”. Él sí veía música en la lengua. En una carta a Milena Jesenská habla de la musicalidad del checo de Milena. Y hay música en la prosa de Kafka. Cuando comentábamos Juan del Solar y yo los problemas a la hora de traducirlo, él me decía que es “como tocar Mozart al piano”.

En Los testamentos traicionados, Milan Kundera hace una crítica a los traductores franceses de Kafka por su excesiva “necesidad de sinonimizar”. El escritor apunta que “la situación del traductor es extremadamente delicada: debe ser fiel al autor y al mismo tiempo seguir siendo él mismo”. ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo lograr ser invisible sin ser invisible?
–Sí, es el gran reto, el gran desafío al que el traductor se enfrenta una y otra vez. Quiere desaparecer cuando desaparecer es imposible. Pero también los lectores tienen que adaptarse a esa realidad, así como tienen que adaptarase a la realidad de Babel. No se puede hacer como si Babel no existiera.

Trabajaste la traducción de gran parte de las cartas de Franz Kafka, incluyendo su correspondencia con Felice Bauer. También te has dedicado a traducir algunas de sus obras de ficción. ¿Hay un Kafka sentimentalmente distinto entre el que escribe cartas y el que escribe ficción?
–El mismo conflicto profundo y el mismo anhelo de libertad alimentan todos sus escritos, sean relatos, aforismos, cartas, apuntes en los diarios. Ese conflicto y ese anhelo están siempre ahí. Esa es su grandeza. Por otra parte, claro, se percibe una diferencia, en aspectos estilísticos o en el vuelo de la imaginación.

Como bien sabemos, la desobediencia de Max Brod permitió que perdure el legado de Kafka. ¿Qué papel han jugado los traductores en la consagración póstuma del escritor?
–Un papel importante son los que han hecho posible la difusión universal de una obra que habría quedado recluida en el ámbito de una lengua, la alemana. Y es una obra de una dimensión universal, tanto en oriente como en occidente, tanto en el sur como en el norte se lee a Kafka, se absorbe su obra.

¿Por qué es relevante la obra de Kafka en nuestro siglo? ¿Qué lectura nos da de nuestro presente?
–Lo relevante es su compromiso absoluto con la literatura. Lo relevante es el carácter ambiguo y enigmático de su obra, en la que no sabemos si habla desde una observación fría y realista de un mundo exterior o desde la visión, a través de fábulas y parábolas, de un mundo interior. ¿“La construcción de la muralla china” es la descripción de un funcionamiento del poder o la descripción de la propia obra de Kafka que no le sirve del todo para protegerse y además no termina nunca? Lo grande de Kafka es que todo presente encontrará algo en sus escritos.

lunes, 29 de abril de 2013

Rilke traductor



El chileno Adan Kovacsics publicó la siguiene columna en El Trujamán, el 19 de abril pasado. Vale la pena leerla.



Rainer Maria Rilke

Hay poetas de cuya obra forma parte esencial la traducción. No valen para ellos las tópicas frases del tipo «se dedicó a la traducción porque no le quedó más remedio» o «se vio obligado a traducir para ganarse el sustento» o «aprovechó su dominio del inglés para traducir La isla del tesoro», y hasta una frase como «tradujo para darnos a conocer una cultura diferente» se queda corta por su limitación y por su concepción de la cultura como objeto o producto.

En el caso de Rainer Maria Rilke el conocimiento de su obra se quedaría cojo si no se incluyeran sus traducciones, puesto que hay en él una disposición espiritual, existencial y hasta física a la apertura que se plasma también en la traducción, una constitución propia «abierta al mundo, no nacional», como escribe a Paul Zech en la Navidad de 1920.

Rilke, cuando hallaba una afinidad, se abalanzaba sobre ella y lo hacía en muchas ocasiones a través del acto de traducir. Ocurrió muy al comienzo de su carrera, en su viaje a Rusia, que supuso para él una revelación. La Pascua de abril de 1899 en Moscú, por ejemplo, se le quedó grabada para siempre. Y una de las formas de absorber y manifestar su experiencia fue la traducción. Vertió al alemán textos de Lermontov, Chéjov, Dostoievski. Algo similar sucedió años después cuando, afianzado ya como poeta, desarrolló e interiorizó a través de la traducción el concepto de las «mujeres amantes», cuyo amor infinito, puro regalar, para el que los varones no están capacitados, va mucho más allá de su objeto. TradujoSonnets from the Portuguese de Elisabeth Barrett-Browning (Sonette aus dem Portugiesischen, publicados en 1908), las Portugiesische Briefe (Cartas portuguesas) de la monja Mariana Alcoforado (1912), los Sonnets de Louise Labé (1918), así como poemas de Gaspara Stampa.

Rilke sabía francés perfectamente, pero no tanto inglés o italiano, de manera que recurrió entonces a colaboradores que realizaban una traducción previa, leían y comentaban el texto con él. Tal fue el caso de la princesa Marie von Thurn und Taxis. Juntos trabajaron en la Vita Nuova de Dante en Duino, en el invierno de 1911-1912 (la versión lamentablemente se ha perdido). Explica ella: «Cada uno tenía ante sí el texto. Primero le leía yo el poema junto con la introducción y el comentario… Después conversábamos sobre la lectura. A continuación le tocaba a Rilke, que reproducía el texto palabra por palabra en simple prosa alemana. Acto seguido se discutía todo, se resaltaban y se explicaban ciertos detalles, y luego él volvía a leer —indicando en parte ya el ritmo y el metro —el poema en lengua alemana, tratando de darle ya la forma, cuya pureza y perfección resultaban a veces asombrosas».

En el original, los sonetos de Barrett-Browning siguen un riguroso esquema petrarquista (abba abba cdc dcd) que Rilke disuelve en muchas ocasiones. El parentesco de esta traducción con sus Neue Gedichte, que escribe más o menos por las mismas fechas, se observa a cada paso. Algo parecido ocurre con su versión de los sonetos de Louise Labé, donde desaparece, por ejemplo, la figura alegórica de «Amor».

Otra experiencia fundamental para Rilke, además de Rusia, fue París, donde se instaló en 1902. Llegó a escribir algo, poco, en ruso (idioma que con el tiempo fue olvidando); en francés, en cambio, escribió mucho. Y de esta lengua realizó traducciones extraordinarias que culminaron hacia el final de su vida en versiones de poemas de Paul Valéry, cuya obra conoció a comienzos de 1921 («desde entonces se encuentra para mí entre los primeros y más grandes»). Destaca su grandioso Der Friedhof am Meer (Le cimetière marin).

Las versiones de Rilke han sido estudiadas con lupa y profusamente comentadas, no siempre de manera favorable. Se les ha criticado la excesiva presencia de la voz poética propia. Lo sugiere, por ejemplo, Paul Celan (otro en cuya poesía la traducción desempeña un papel fundamental, ¡véanse sus versiones de Mandelstam!). De la biblioteca de Celan se ha conservado un ejemplar de los poemas de Valéry traducidos por Rilke con apuntes críticos al margen de Der Friedhof am Meer: «Rilkerei!» [¡Rilkería!] «Stundenbuch!» [Libro de las horas] o incluso «idiot!» Por supuesto, al propio Celan se le ha reprochado a su vez que «celanizara» a sus autores traducidos.

Sea como fuere, la labor traductora de Rilke forma parte sustancial de su gran proyecto de convertir lo exterior en interior, de volver invisible lo visible, que es precisamente lo contrario de lo que sucede en la actualidad, en la que, con torpeza y desde luego en vano, se procura por todos los medios volver visible lo invisible.

jueves, 28 de febrero de 2013

Una encuesta para traductores (22)

Una traductora especializada en poesía (mucha de la cual puede leerse en su blog De Sibilas y Pitias) y un especialista en literatura austríaca y húngara responden a la encuesta del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

Silvia Camerotto
Nacida en Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires, en 1959, es poeta, docente y traductora de poesía.  Publicó 420 minutos de abstinencia (Buenos Aires, Ed. del Dock, 2008) y La Grosse Fuge (Buenos Aires, Ed. del Dock, 2012). Tradujo numerosos autores británicos, irlandeses y estadounidenses (entre otros Emily Dickinson, Wallace Stevens, Jude Nutter y Eiléan Ni Chuiléanain). Administra el blog De Sibilas y Pitias (http://desibilasypitias.blogspot.com/). Prepara desde hace algunos años una serie de versiones de Robert Browning que serán próximamente publicadas.

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?

Cuando Pound tradujo The Seafarer su método de trabajo no dio como resultado una “traducción” del poema, sino más bien un nuevo poema que seguía el espíritu del original. En realidad, el escritor reprodujo los sonidos anglosajones –correspondieran estos o no a su significado literal– porque quería transmitir lo que le causaba el poema.

Pero era Pound, y en su teoría de la traducción se gestaba su propia teoría de la escritura y por eso el uso de pausas gramaticales y no métricas, versos como unidad, en lugar de unidad estrófica y etcétera.
Ahora sí, en lo que hizo Pound hay algo que es indispensable para todos los que traducimos, especialmente para los que traducimos poesía: el espíritu del original es un bien necesario. La literalidad no alcanza. Pensémoslo de este modo, el significado de una palabra puede cambiar según cómo se diga y esto no es un accidente porque el escritor elige las palabras.

Supongamos que el texto es simbolista, y por lo tanto “abstracto” ya que, según el caso, para los simbolistas los “símbolos” tienen un valor fijo, como en los números: 1 + 1  es igual a 2.  Ahora supongamos que el texto es imagista, donde las imágenes tienen variables como ocurre con los signos algebraicos, ¿a + b, será igual a?

Y como no somos Pound, al traducir escribiremos en una lengua otra, con un lenguaje otro, una obra otra, original; aunque sin ideas originales. Es que la ficción poética o narrativa pertenece al autor original que fue el primero en pensar esa ficción y que, además, la pensó a su manera. Para alcanzar esa ecuación o ese número debemos saber qué pensó el poeta y cómo lo pensó.

Al traducir, lo que hacemos es producir otro texto y el traductor se convierte en un “segundo escritor” o autor.

Resulta evidente que una traducción es otra obra. Eliot escribió The Wasteland en inglés, con palabras de Eliot, en sus propios términos de la palabra. Si leemos La tierra baldía o La tierra yerma (según prefieran) no estamos leyendo a Eliot, pero sí. Porque si no existieran las traducciones como sea que hayan sido hechas, jamás hubiésemos leído la Biblia, por ejemplo, ni a Homero. Imaginemos que cada uno de nosotros quedara constreñido al conocimiento de una o dos lenguas: la heredada y,  con fortuna, una segunda. ¿De cuánto nos estaríamos perdiendo? Exagerando la constricción, no sabríamos cómo piensa el mundo fuera de nuestro propio mundo.

Una traducción no es secreta, mucho menos ocultable. Lo original de un traductor no gira en torno a las ideas de la ficción poética o narrativa, ni siquiera en torno del excedente que es la escritura —más aun si se trata de ‘gran’ escritura—. Lo original de la traducción se relaciona con la rescritura en una lengua otra, solo y únicamente con la lengua. Porque si el traductor actúa una intervención, en el sentido de actuāre, no estará traduciendo, estará re creando. Esto hace que el traductor no sea invisible. Leeremos una obra escrita en japonés, en castellano. No es un proceso osmótico ni ocurre porque nos teletransportamos a otro país y dominamos a la perfección el idioma de ese país. Alguien hace el acontecimiento: el traductor.

La pregunta del millón es ¿en esta intervención, hasta dónde puede o debe intervenir el traductor? ¿Es el traductor un deseoso que quiere sobresalir? 

Si en la traducción la relación es con la lengua, y con el lenguaje, cuando el autor dice ‘bello’, traduzco ‘bello’ y no ‘lindo’, aunque ‘lindo’ sea nuestra palabra favorita.

Una cantidad de traductores se dedica a ‘mejorar’ al autor. ¿En qué términos?

Algunos unifican los estilos. Entonces, Poe suena a Hemmingway y Eliot a Cynewolf y así sucesivamente. Ni qué decir cuando leemos a Agatha Christie y creemos que es Jonathan Swift. En tal caso la habilidad del traductor radica en que pudiera respetar el estilo sea este anárquico, perifrástico, o lo que sea…  Si no ¿cómo se vería un poema vorticista rescrito a la manera de los románticos…?

Otros creen que una lectura en voz alta es suficiente para interpretar las pausas, las yuxtaposiciones y demás… La cuestión es que si leemos The Wasteland, no importará cuánta experiencia del inglés tengamos, no leeremos como Eliot. Leeremos como nosotros y la interpretación no irá mucho más allá de los propios límites.

Y todo esto al margen de las dificultades de estructuras y ambigüedades que planteen las lenguas.
Ninguna teoría es más realista que la experiencia de trabajar con un texto. Y allí estaremos, traduciendo lo que otros escribieron. Las ideas serán de otros.



Adan Kovacsics
Nacido en Santiago de Chile (1953), estudió en Viena y vive desde 1980 en Barcelona, donde se dedica sobre todo a la traducción literaria. Su labor se centra fundamentalmente en obras de autores austríacos y húngaros (Karl Kraus o Imre Kertész, por ejemplo). Ha traducido también a clásicos de los siglos XIX y XX  y ha escrito artículos y ensayos literarios, entre ellos Guerra y lenguaje (2007). Ha recibido diversos premios y distinciones, como el Premio Ángel Crespo de Traducción (2004), la distinción «Pro Cultura Hungarica» del gobierno de Hungría (2009), el Premio Nacional de Traducción del Ministerio de Cultura de España (2010) y el Premio Estatal de Traducción Literaria de Austria (2010).

1) ¿En que se parecen la traducción y la escritura?  ¿En qué se diferencian?
 Son “operaciones” diferentes. No es lo mismo despegar que aterrizar, por ejemplo; también son “operaciones” diferentes. Ahora bien, hay vasos comunicantes entre la traducción y la escritura, que se perciben a cada paso. En un sentido amplio, porque ambas pertenecen a la literatura, hasta llegar luego a cuestiones técnicas, de detalle, muy concretas.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
En todo caso debe notarse. Ahora bien, dentro de este “notarse” hay grados, y de ninguna manera debemos caer en el dogmatismo. En este punto menciono a menudo las observaciones de Goethe sobre las “Traducciones” en su “Diván de Occidente y Oriente”, donde habla de tres tipos o épocas de la traducción, que a veces se suceden y a veces coinciden en el tiempo y que son todas necesarias; eso sí, él destaca sobre todo una forma de traducir, en la que “se querría hacer la traducción idéntica al original” y el traductor “renuncia en mayor o menor medida a la originalidad de su nación, de manera que surge algo tercero”.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
¿Debe ser más visible el autor que el texto? Sería (y es) una tendencia deplorable.

 

viernes, 23 de septiembre de 2011

"Contra la desaparición de una lengua en el alma"

El 11 de marzo de este año, Adan Kovacsics –traductor de lenguas eslavas, nacido en Chile y residente en Barcelona– publicó la siguiente columna en El Trujamán. En ella da cuenta de una alternativa que vincula la traducción con la biografía del traductor. Por su belleza y profundidad se la reproduce a continuación.



Heridas del lenguaje

Quizá la tendencia creciente a que los traductores literarios del futuro elijan este oficio como una opción profesional entre otras, a que estudien directamente traducción literaria en las universidades —lo cual es muy loable—, a que lleguen a este trabajo por la recta vía académica, acabe ocultando un hecho que he podido percibir en numerosas ocasiones: que en las sociedades modernas proclives al monolitismo —y todas ellas tienen en sus honduras la pulsión de ser monolíticas— los traductores son portadores de heridas. De heridas directamente asociadas a su vinculación con el lenguaje.

Hace un año participé, una vez más, en una mesa redonda dedicada a la traducción y todos quienes allí estábamos habíamos sufrido desajustes, por así decirlo, en nuestra relación con la lengua. Todos tenían, por ejemplo, una parte de su vida en un idioma y una parte en otro. Es decir, transcurrían allí fallas en su existencia lingüística.

Uno de los traductores presentes se había criado en una familia bilingüe en cuyo entorno se hablaba un tercer idioma y buscaba décadas después esa tercera lengua que había desaparecido en el olvido; lo hacía a través de la traducción.

El segundo había huido de su lengua, se había instalado en otro país y traducía a aquella de la que había huido.

El tercero trasladaba obras literarias a un idioma que no era el de su infancia; de hecho, son muchos los traductores que no traducen a la que a partir de un momento muy concreto pasó a llamarse lengua materna.

Lo que en los primeros años era hlieb se volvió pain en la juventud. El traductor lucha contra la desaparición de una lengua en el alma. No puede vivir sin juntar, hermanar esas voces que forman parte de la unidad de su vida, pero que podrían dispersarse. Hace vibrar en otro idioma el de sus antepasados. Trata de recomponer piezas. Siente el deseo y la necesidad de reconstruir el edificio del lenguaje, que es quizá también la misión secreta de la traducción.

La relación con la lengua no deja de estar llena de dudas, no está exenta de asperezas, de lagunas, de vacíos, de búsquedas. Hay momentos al traducir en los que el traductor percibe que flota entre las lenguas y no está en ninguna.

A la pregunta: «¿Cómo llegó usted a la traducción?», nadie contestó en aquella mesa redonda diciendo que fue una opción profesional como otra cualquiera; todos se refirieron a esas fallas o heridas.

Me parece que, aunque quede oculta por otras formas de llegar al oficio de traductor, esta fuente profunda no debería quedar tapada.

Es posible que estos aspectos más existenciales, por un lado, y quizá también teológicos, por otro, de la tarea de la traducción acaben difuminados en un futuro. Pero nunca podrán desaparecer del todo.

jueves, 21 de julio de 2011

"Traducir sin interferencias de los autores"

"Adan Kovacsics y Mauro Armiño desnudan los secretos de su oficio en la Biblioteca Nacional." Así decía la bajada de la nota de Álvaro Argote publicada con un título originalísimo (sic) en El Mundo, de España, el 28 de mayo pasado, dando cuenta de una mesa en la que estuvieron presentes ambos traductores.

Traductor, ¿traidor?

Las paredes de la Biblioteca Nacional de España acogieron anoche, con la colaboración del Ministerio de Cultura, el coloquio entre Mauro Armiño, Premio Nacional 2010 a la mejor Traducción, y Adan Kovacsics, Premio Nacional a la Obra de un traductor.

En el encuentro entre los galardonados y los asistentes, se debatió la teoría de la traducción, tal como se entiende actualmente, y las dificultades de trasmitir un texto desde su lenguaje original a otras lenguas. Ambos han coincidido en que la traducción responde a multitud de problemas lingüísticos, epistemológicos y de género literario (poesía, narrativa o teatro).

Adan Kovacsics, autor de traducciones de clásicos alemanes de los siglos XIX y XX de la Filosofía, incidió en el mal trato cultural a la que está expuesta la traducción en el mundo de las artes, ya que, según él, "en muchas de las fichas técnicas de los libros se ve el título, la editorial, el número de páginas, año de publicación, pero nunca el traductor". Y recordó que el traductor no es un intermediario que tergiversa una obra original para ofrecer una versión posible en un idioma diferente, porque "no atiende ni a gustos ni a preferencias, al igual que no hay ninguna clase de interpretación subjetiva ni pulsaciones emocionales que afecten al significado del texto", apuntó. Defiende con ímpetu su profesión, a la que define como un bien indispensable de la cultura universal. "Gracias a nosotros la literatura se comunica con los corazones de los lectores, enriquecemos la obra original mediante la aportación que le otorga la lengua que yo le doy", ha manifestado.

Por el contrario, Mauro Armiño autor de la versión completa de A la busca del tiempo perdido de Marcel Proust, ha defendido que para comprender un texto en su plenitud hay que ser capaz de impregnarse con su significado. "Primero hay que comprender y después interpretar". Especializado en la traducción de poesía, ha señalado que "los grandes poetas respiran su propio lenguaje", y que son especialmente complicados de traducir, porque "en un poema hay que respetar los puntos y las comas aunque no atiendan a concordancias sintácticas". Y "es que el traductor de poesía, además de políglota, es necesariamente un poeta". Es partidario del empleo de un lenguaje llano y sencillo, pero que respete la autonomía del texto. Ha criticado con acritud a autores de la talla de Azorín, uno de los estandartes literarios de la Generación del 98, por su estrambótico uso del idioma. "Es un gran escritor que nadie lee porque exige al lector tener un diccionario en la mano, debido a las rebuscadas palabras que utiliza".

En ocasiones, las relaciones entre un escritor y un traductor son conflictivas por la arrogancia de algunos escritores que desdeñan la labor del traductor al considerarla un género menor. Y, sin embargo, traductores han sido escritores como Vladimir Nabokov, José Bianco, Alberto Guirri y Octavio Paz. Este último afirmó que "por una parte, la traducción suprime las diferencias entre una lengua y otra, mientras por otra las revela más plenamente".

Mauro Armiño y Adan Kovacsics han admitido que "es verdad que hay escritores un poco especiales que nos dificultan nuestra labor; preferimos traducir sin interferencias de los autores". Armiño añadió una excepción: Pierre Klossowski, filósofo francés fallecido en 2001, que "era un genio muy divertido y cercano", al que le tradujo 'Tan funesto deseo'. Y es que estos escritores en la sombra dan vida a la literatura y al castellano.

viernes, 12 de noviembre de 2010

"Por suerte sólo traduzco húngaros"

Ayer hemos dado la noticia del Premio Nacional de Traducción recibido por Adan Kovacsis y Mauro Armiño, y hoy ampliamos la noticia con una breve entrevista de Paula Corroto al primero, publicada en Público, de España.

"Hay mucha incomprensión
hacia la traducción"

Durante los últimos treinta años, Adan Kovacsis (Chile, 1953) ha traducido a la lengua española a algunos de los mejores escritores húngaros y austriacos, como el Nobel Imre Kertesz y Karl Kraus. Por esta dedicación, el Ministerio de Cultura le acaba de galardonar con el premio Nacional de Traducción 2010 a toda su obra, compartido en esta ocasión con Mauro Armiño (Burgos, 1944), quien lo ha obtenido por traducir el año pasado Historia de mi vida, de Giacomo Casanova.

"Estoy muy sorprendido, contento y halagado con el premio", dice Kovacsics a Público en conversación telefónica. El traductor, hijo de exiliados húngaros, señala que prácticamente nació para este oficio: "Crecí con tres lenguas, con varios mundos, Chile, Austria... Y siempre he intentado darle a la profesión la categoría que merece".

Un traductor debe conseguir que el libro traducido "suene igual que el original. Y eso es un trabajo de encaje de muchas piezas", explica Kovacsics. Este esfuerzo, sin embargo, muchas veces se ve deteriorado por una industria editorial que siempre tiene demasiadas prisas y suele pagar muy poco. "Creo que, en algunos casos, hay mucha incomprensión hacia la traducción. Y eso lleva a que no sea retribuido como corresponde. En cuanto a lo de la rapidez, es cierto que la exigen. Yo trabajo con un tipo de libros con los que me puedo permitir ser más lento, aunque tampoco demasiado", sostiene.

Errores de bulto
Las consecuencias de estas malas condiciones de trabajo son evidentes para los lectores: errores de bulto como traducir ‘videogames' como ‘juegos de video', ‘guinea pig' por el literal ‘cerdo guineano' en vez del correcto ‘conejillo de indias', o como ha ocurrido en el prólogo del último libro de Stephen Hwaking, El gran diseño, en el que se traduce La guía del autoestopista galáctico (The Hitchhiker's Guide to the Galaxy) como La guía de la galaxia, del autor Hitchhiker. "Desde luego es una situación grave y hay un maltrato hacia la traducción. Pero las asociaciones de traductores estamos trabajando para solucionarlo", asegura.

Kovacsics está ahora inmerso en la traducción de un nuevo libro del húngaro Adam Bodor, un escritor que fue encarcelado por la policía política en 1953. Este es el cuarto libro que traduce de Bodor, aunque, como señala "por suerte ya no me dedico yo solo a traducir a los húngaros. Es una literatura inmensa y hay mucho todavía por hacer".

jueves, 11 de noviembre de 2010

Un motivo de alegría que compartimos


La noticia, que se hizo pública ayer, llega a través de la agencia EFE. Desde Buenos Aires, el Club de Traductores Literarios les envía un cálido saludo a los ganadores del Premio Nacional por el merecido galardón.

Adan Kovacsics y Mauro Armiño
ganan el Premio Nacional de Traducción

Adan Kovacsics (foto de la derecha), traductor de escritores austríacos y húngaros, ha ganado hoy el Premio Nacional al conjunto de la obra de un traductor, en tanto que el otorgado a la mejor traducción de un libro ha recaído en Mauro Armiño (foto de la izquierda) por Historia de mi vida, de Giacomo Casanova.

Ambos galardones, concedidos por el Ministerio de Cultura, están dotados con 20.000 euros en cada caso y han sido fallados por un jurado presidido por el director general del Libro, Rogelio Blanco.

Han formado también parte del jurado José Manuel Sánchez Ron, Manuel González, Joaquim Mallafrè, Ana María Bejarano, Juan de Sola, Gloria Corpas, Teresa Sanz Tejero, Esther Morillas y los últimos autores galardonados en cada modalidad: José Luis Moralejo, a la mejor traducción, y Roser Berdagué y María Teresa Gallego, al conjunto de su obra.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Interesante dilema: sacrilegio contra Stefan George o desagravio de William Shakespeare


Con la calidad a la que nos tiene acostumbrados, Adam Kovacsis publicó el siguiente artículo en El Trujamán, del 15 de octubre pasado.

Karl Kraus traduce a Shakespeare

En el mundo de la traducción no cabe todo, pero sí mucho. Incluso que alguien se jacte de traducir de una lengua que no conoce. Es lo que hizo Karl Kraus (foto) al verter al alemán los sonetos de Shakespeare. Su versión era, de hecho, una respuesta a la que el poeta Stefan George había realizado hacía más de veinte años, pero que el satírico austríaco sólo leyó en el otoño de 1932. El trabajo de Kraus se publicaría en forma de libro el 1 de marzo de 1933.

Medio año antes, el 24 de octubre, en una lectura pública de un ensayo suyo titulado «Sacrilegio contra George o desagravio de Shakespeare», señaló: «después de aquel acto [la traducción de George], y después de compararlo con anteriores y posteriores actos perpetrados por la guerra alemana contra la propia lengua, tomé la decisión de intentarlo con Shakespeare y de competir con George, para lo cual no necesito tanto saber inglés como alemán. El inglés ya me lo da George». Kraus llevaba años centrándose de manera tenaz en el cuidado y el cultivo de la lengua alemana, que veía amenazada por el periodismo, por ciertas corrientes literarias esteticistas y también por el ascendente nacionalsocialismo.

En aquel ensayo que luego publicaría en su revista Die Fackel (885-887, diciembre de 1932), Kraus criticaba que George pusiera los acentos en sílabas que no portaban significado y que no acentuara donde sí correspondía. Consideraba cada verso «madera muerta». Rechazaba el gesto elitista de George que seducía a un público adiestrado por el lenguaje periodístico: «lejanía del lenguaje y proximidad a la época». Definía la traducción del poeta simbolista como una «simplificación del genio, en resumen, una mezcla de diletantismo y pequeña burguesía» que presentaba «todas las variantes de la banalidad». La versión de George procuraba, según él, «domesticar el caos vivo y transformarlo en la propia insustancialidad lingüística». Hablaba Kraus de un «doble atentado contra Shakespeare y la lengua alemana».

Ya en los años veinte se había opuesto («Escenas de brujas y otros horrores», Die Fackel 724, abril de 1926) a las nuevas traducciones de los dramas shakespearianos y se había ensañado particularmente con las versiones de Gundolf, un miembro destacado del círculo de Stefan George; no veía en ellas más que otro síntoma del aplanamiento, empobrecimiento y aburguesamiento generalizado de la lengua. Les reprochaba, en particular, su insistencia en la literalidad. La idea que Kraus tenía de la traducción: «que se imponga la impresión de que el escritor, viviendo en este mundo y en esta lengua, no habría escrito de otra manera».

Lo curioso es que la versión de los sonetos de Shakespeare realizada por Kraus refleja perfectamente el lenguaje shakesperiano, quizá porque ambos lenguajes están emparentados, amantes los dos de las antítesis, de la lógica compleja y barroca. Esto se debía también a que Karl Kraus se había embebido en su juventud del teatro de Shakespeare, que tuvo muy presente en toda su vida y en toda su obra. Se impregnó de Shakespeare; se lo sabía de memoria —en particular, el traducido por August Wilhelm Schelgel, que consideraba una de las cumbres de la literatura en lengua alemana—. No hay en Kraus ni una pizca de desprecio a la traducción. Esta era para él tan sagrada como el original. Y en este caso concreto, todavía más.

La versión de Kraus fue publicada en Viena por la editorial Die Fackel cuando en Alemania ya gobernaba el nacionalsocialismo. Una radio de Colonia le pidió dos ejemplares para reseñar el libro. Kraus contestó que por principio no enviaba ejemplares gratuitos para reseñas, pero que, además, se sentía obligado a preservar a la emisora de un grave error, de una violación de las leyes vigentes: la obra estaba publicada en idioma alemán, pero sin la preceptiva mención de que se trataba de una traducción del hebreo. Con esa indicación debían publicarse en la Alemania nazi los trabajos literarios de autores judíos. Kraus recomendaba, por tanto, a los redactores de la radio que se conformaran con George.

jueves, 30 de septiembre de 2010

"La indefinición se extiende por todo el edificio del lenguaje"

El traductor chileno Adan Kovacsics (foto), viejo conocido de este blog, ha publicado el siguiente artículo en El Trujamán del 27 de septiembre pasado.

Traduciendo del húngaro 


No hace mucho, en la presentación de un libro, el escritor húngaro Péter Esterházy se refirió a su lengua como laza, es decir, laxa, suelta, flexible, no rígida; también se la puede definir como ambigua, indefinida, flotante. Una de sus características es, por ejemplo, que los nombres y los adjetivos carecen de género, como el inglés. De ahí que el autor pueda hablar de un gyerek, un niño, un muchacho, una niña, una muchacha, sin que se conozca su sexo. Y puede decir de ella o de él que es szép, es decir, guapa o guapo, bella o bello. Esto ha provocado más de un quebradero de cabeza a los traductores, hasta el punto de que alguno ha llamado al escritor para preguntarle: ese gyerek al que usted menciona, ¿es masculino o femenino? En muchos casos ni el propio autor lo sabe. Además, la tercera persona singular, o, también puede ser él o ella. Y tal ambigüedad es aprovechada a veces de forma consciente y da pie a grandes textos en la literatura, como El paseo de Attila Bartis, donde casi hasta el final no sabemos a qué género pertenece ese personaje adolescente que está narrando.

La indefinición se extiende por todo el edificio del lenguaje y toca elementos medulares de las obras literarias de tal manera que, por ejemplo, a menudo no se consigue distinguir entre el relato propiamente dicho y el monólogo interior del personaje: «Amodorrado, volvió a sumirse en la dulce duermevela. Debe de ser tarde, ¿qué hora será? Las diez quizá. Estas mañanas de principios de noviembre son engañosas», escribe Zsigmond Móricz en la primera página de su novela Rokonok (Parientes), un clásico de la literatura húngara.

La ambigüedad aparece igualmente en los tiempos verbales, que en sí son bastante sencillos (pretérito, presente y futuro; las complejidades se guardan para otros aspectos del sistema verbal), pero que precisamente por eso flotan y van pasando de forma continua del pretérito al presente y viceversa en las narraciones. Cualquier texto narrativo se traslada en diez líneas varias veces de un tiempo al otro, aunque, de hecho, todo transcurra en el pasado. Abro un libro al azar: Emberszag (Olor a hombre) de Erno Szép. El pasaje que encuentro se refiere a la situación posterior al atentado contra Hitler en julio de 1944. Lo traduzco literalmente: «Pudimos leer cuántos militares alemanes de alto rango fueron detenidos y cuántos condenados a muerte. Nos daban pena esos alemanes; eran nuestros muertos, también querían liberarnos a nosotros. Toda la casa, toda la calle Pozsony, se echa, pues, a correr a la embajada sueca y hace luego el camino de regreso. Hay que rellenar formularios y hacerse fotografías. La radio inglesa queda, una vez más, como única esperanza, como única fuente para coger fuerza. La posibilidad de acceder a las noticias inglesas es realmente una bendición infinita de la casa. Y luego nos sumimos todos los días en la lectura de los mapas, el ruso, el italiano, el francés. Los rusos se encuentran todavía lejos. El señor T. alberga la ilusión de que, si no llegan los rusos, pueden venir los ingleses procedentes de Italia… Los demás judíos sufrientes no eran unos estrategas tan grandes; esperaban aquella emisión inglesa de última hora de la noche con tremenda impaciencia en la casa: ¿están más cerca ya los rusos?».

¿Es todo esto exclusivo de la lengua húngara y de otras similares? Abro al azar un libro, esta vez escrito en castellano. Son los Artículos de Mariano José Larra. El autor habla del «castellano viejo»: «Echóme las manos a los ojos y sujetándome por detrás: “¿Quién soy?” —gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura—. “¿Quién soy?” “Un animal irracional” —iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser y, sustituyendo cantidades iguales—: “Braulio eres”, le dije. Al oírme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle y pónenos a entrambos en escena».

No está tan lejos como parece una lengua de la otra.

jueves, 21 de enero de 2010

Una literatura condicionada en el extranjero por la actividad de los traductores


Es una verdad de Perogrullo señalar que los traductores son los verdaderos responsables de la circulación de los autores traducidos. Sin embargo, en el caso de las lenguas minoritarias, se trata de una evidencia absoluta. El siguente artículo de Judit Xantus (actualizado por Éva Cserháti) y reproducido en la página de Internet dedicada a Miklós Szentkuthy, ofrece una evidencia palmaria.

La presencia de las letras húngaras en España

Prehistoria
Zoltán Rónai –escritor, periodista y traductor– que vivió en Madrid, en su estudio La traducción de la literatura húngara (1920–1970) habla sobre los comienzos de la presencia de las letras húngaras en España debido a la labor de Olivér Ferenc Brachfeld (Barcelona) y Andor Révész (Madrid), dos literatos que consiguieron despertar el interés por la literatura húngara.

Andor Révész llegó a España en 1915, y desde los años veinte contribuyó a la publicación de varios libros húngaros, a veces como traductor, otras veces como redactor de antologías. Olivér Brachfeld vivió en Barcelona desde 1929, donde ejerció una actividad espectacular como traductor, editor, escritor y ponente. Fue el traductor de la mayoría de las novelas de Lajos Zilahy que tuvieron mucho éxito y llegaron a ser muy populares en la España de principios del siglo XX. Lajos Zilahy es el único autor húngaro que tuvo la suerte de poder publicar las obras completas en la colección Clásicos del siglo XX de la editorial Plaza y Janés que comenzó esta nueva serie precisamete con los libros del famoso húngaro. [Sobre la actividad de Olivér Brachfeld véase el artículo de Eloi Castelló "Literatura hongaresa en català".]

Otro autor popular fue László Passuth que formaba parte del catálogo de Caralt y Noguer entre los demás escritores húngaros como Gábor Vaszary, Tibor Déry, Ferenc Herczeg, László Németh, Júlia Székely, Sándor Török y la recientemente redescubierta Magda Szabó. La novela de mayor éxito de Passuth sin duda fue El dios de la lluvia llora sobre Méjico, publicada por primera vez en 1946, que hasta 1990 tuvo 20 ediciones. El libro se hizo tan popular que la editorial El Aleph en 2003 encargó la retraducción del texto, esta vez del original húngaro, a Judit Xantus, para eliminar los errores y las huellas de la censura franquista.

A las obras de Sándor Márai les tocó el mismo destino. En la primera parte del siglo pasado se editaron media docena de novelas de él, pero su reconocimiento llegó en los años noventa con traducciones de la lengua original. Aunque había traductores que practicaban el húngaro como Zoltán Rónai, M. A. de Orbók, Loly R. de Feigler, Román Ernesto Ivándy, Andrés Kramer y dos españoles: Javier Carballo y José Sánchez Toscano, muchas obras fueron traducidas de terceras lenguas. Tal vez algunas obras eminentes, como La historia de mi mujer de Milán Füst o Escuela en la frontera de Géza Ottlik, no tuvieron eco por culpa de la traducción indirecta.

Historia reciente
Es importante destacar que la presencia de la literatura húngara en España, y en todo el mundo, está condicionada por la actividad de los traductores. En los últimos años gran parte de las obras húngaras recién publicadas en España son traducidas del idioma original (desgraciadamente hay excepciones a pesar de la disposición de traductores excelentes). Los traductores profesionales más importantes de la última década han sido Judit Xantus, Adan Kovacsics, Eloi Castelló y Mária Szijj. La muerte de Judit Xantus (2003) promotora de la literatura y de la traducción al castellano, y de Eloi Castelló (2007), traductor catalán, son pérdidas muy dolorosas para la cultura húngara. Sin embargo, da esperanzas el resurgimiento de una nueva generación de traductores jóvenes, casi todos alumnos de Judit y de Eloi, como José Miguel González Trevejo y Éva Cserháti que traducen al castellano, Dóra Bakucz al catalán y Fernando Castro de García al gallego.

Adan Kovacsics nació en 1953 en Santiago de Chile. Se licenció en Filología Rumana e Inglesa y en Filosofía, en la Universidad de Viena donde terminó el doctorado en 1979. Desde 1980 vive en Barcelona, traduce del alemán (entre muchas, las obras de Theodor W. Adorno, Christopher Alexander, Walter Benjamin, Thomas Bernhard, Heinrich Böll, Paul Celan, Johann Wolfgang Goethe, Hannah Arendt, Martin Heidegger, Karl Jaspers, Ödön von Horváth, Franz Kafka, Karl Kerényi, Joseph Roth y Stefan Zweig) y del húngaro. Es el traductor del premio Nobel Imre Kertész (excepto la obra Sin destino). Su especialidad es la literatura contemporánea: Imre Kertész, Attila Bartis, Ádám Bodor, László F. Földényi, Gyula Illyés, László Krasznahorkai, György Konrád y Péter Nádas.

Judit Xantus nació en 1952 en Budapest. Hizo la licenciatura de Filología Hispánica y Francesa en la Universidad ELTE de Budapest, y comenzó su carrera como traductora del castellano al húngaro de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, José Donoso y de Jorge Ibargüengoitia. Llegó a España el 1985, y fue traductora de Sándor Márai, Dezső Koszotolányi, Antal Szerb, Gyula Krúdy, László Passuth, Miklós Szentkuthy y Péter Esterházy.

Mária Szijj nació en Budapest pero pasó su infancia y primera juventud en España. Se licenció en Filología Hispánica e Inglesa. Ha trabajado para varias revistas y organizaciones como traductora oficial y literaria. Hizo traducciones de literatura contemporánea y clásica: de Sándor Márai, Péter Esterházy, Dezső Kosztolányi, János Székely, Géza Csáth, Frigyes Karinthy y Ervin Lázár.

Eloi Casetlló nació en Tarrega en 1972, fue licenciado en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona en 1996, donde se doctoró. Entre 1998 y 2001 trabajó de lector en la Universidad ELTE de Budapest y en la Universidad de Szeged. Fue el traductor al catalán de Sándor Márai (L’última trobada, L’heréncia d’Eszter, Divorci a Buda, L’amant de Bolzano, La dona justa y La germana) de Imre Kertész (Liquidació, Kaddish pel fill no nascut y Jo, un altre), de Magda Szabó (La porta) y de Dezső Kosztolányi (Anna Édes).

La presencia cada vez más intensiva de la literatura húngara se debe a tres factores. En 1999 Hungría fue el país invitado en la Feria de Libros de Francfort, y por este motivo el Ministerio de Cultura húngaro dio subvenciones para la traducción (ahora es la Fundación Húngara de Libro la que a base de convocatorias, subvenciona la traducción de obras húngaras a lenguas extranjeras).

El segundo factor que dio un empujón a la traducción de la literatura húngara es el redescubrimiento de las obras de Sándor Márai a finales de los años noventa, o lo que ahora llamamos “el fenómeno Márai”. En España la Editorial Salamandra compró los derechos de la obra completa y cada año publica uno o dos tomos del popular autor húngaro. El Premio Nobel de Imre Kertész consolidó la situación de las letras húngaras en Europa. La editorial el Acantilado sigue publicando sus obras en castellano y en catalán.

Las editoriales españolas que publican autores húngaros se sienten motivadas para arriesgarse con una cultura minoritaria por diferentes razones. El caso de El Acantilado es el más ejemplar dado que en su catálogo se encuentran varios autores contemporáneos. El director Jaume Vallcorba consulta a menudo con el traductor Adan Kovacsics, y confiesa ser aficionado de las obras de Ádám Bodor, Imre Kertész, László Krazsnahorkai y Attila Bartis. La edición de las obras de Sándor Márai no se debe a una casualidad. Sus libros fueron reeditados primero en Italia, donde tuvo un éxito inesperado.

Alianza parecía acoger las obras del autor húngaro más popular en su país, Péter Esterházy. Sin embargo, sus libros no son bien recibidos en España, se vende muy poco. Las novelas de György Konrád, igualmente famoso en Hungría, tampoco parecen tener mucha suerte. (Galaxia Gutenberg editó las últimas traducciones.) Siruela, la editorial madrileña, fiel a sus principios es la editorial de algunas joyas de la literatura húngara. Gracias a la recomendación de Javier Marías han publicado dos libros de Miklós Szentkuthy, y varias novelas de Antal Szerb. Otro novelista clásico de gran renombre, Dezső Kosztolányi ha sido editado por Ediciones B, y en catalán por Proa y RBA.

Existen varias editoriales pequeñas que de vez en cuando publican literatura húngara como Minúscula (Gyula Illyés, Károly Pap), El Nadír (Géza Csáth), y otras grandes que aprovechan para publicar libros que tuvieron éxito en el extranjero como La puerta de Magda Szabó editado por Mondadori y RBA.

La lista es muy larga y cada año se publican entre 6 y 10 libros de autores húngaros. Desde 2003 se nota un interés cada vez más fuerte por parte de las editoriales que se debe en gran parte al legado cultural de Judit Xantus y a los nuevos traductores húngaros.

Los talleres de traducción húngaro–castellano
en la Casa de Traductor de Balatonfüred

Motivada por el interés de las editoriales españolas, Judit Xantus organizó en 2003 el primer taller de traducción en Balatonfüred. Su objetivo era enseñar y ayudar a traductores profesionales del castellano al húngaro, a atreverse a traducir al castellano aunque no fuera su lengua materna. La traducción de la literatura húngara está limitada por el hecho de que hay muy pocos bilingües o hispanohablantes que tengan el nivel necesario de las dos lenguas.

El primer taller tuvo mucho éxito, y aunque Judit Xantus falleció el septiembre siguiente, los traductores siguen organizando los talleres, dirigidos en los últimos años por Adan Kovacsics y patrocinado por la Casa de Traductor.

2003

Dirigido por: Judit Xantus y Ángel Abad

Participantes: Kinga Atzél, Dóra Bakucz, Éva Cserháti, Ágnes Csomós, Anna Győri, Andrea Imrei, Yvonne Mester, Eszter Orbán, Márta Pávai Patak, Miguel Ángel Peláez Navarrete, Ágnes Stieger, Mária Szijj, Tünde Tompa

Invitados: Péter Esterházy (escritor), Mercedes Monmany (crítica literaria), Dóra Károlyi (Fundación Húngara de Libro)

Autores traducidos: Péter Estreházy, István Örkény, Dezső Kosztolányi, Sándor Márai

2004

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: Kinga Atzél, Dóra Bakucz, Éva Cserháti, José Miguel González Trevejo, Anna Győri, Andrea Imrei, Márta Komlósi, Yvonne Mester, Krisztina Nemes, Eszter Orbán, Márta Pávai Patak, Miguel Ángel Peláez Navarrete, Ágnes Stieger, Mária Szijj, Tünde Tompa

Invitados: Ádám Bodor (escritor), Susana Andrés (Ediciones B), Zsuzsa Takács (poetisa)

Autores traducidos: Miklós Radnóti, János Pilinszky, Dezső Kosztolányi. Imre Kertész

2005

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: Éva Cserháti, José Miguel González Trevejo, Yvonne Mester, Márta Pávai Patak, Mária Szijj, Eija Horváth, Rita Juhász

Invitados: Mercedes Monmany (crítica literaria)

Autores traducidos: Ernő Szép, János Pilinszky, Attila Bartis

2006

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: Éva Cserháti, José Miguel González Trevejo, Yvonne Mester, Eszter Orbán, Márta Pávai Patak, Mária Szijj, Veronika Major, Judit Krasznai, Miguel Ángel Peláez Navarrete

Invitados: Juan de Sola (El Acantilado), László Krasznahorkai (escritor)

Autores traducidos: László Krazsnahorkai

2007

Dirigido por: Adan Kovacsics

Organizado por: Márta Pávai Patak

Participantes: José Miguel González Trevejo, Veronika Major, Yvonne Mester, Márta Pávai Patak, Mária Szijj,

Invitados: Jauma Vallcorba (El Acantilado), Attila Bartis (escritor)

Autores traducidos: Attila Bartis