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lunes, 11 de abril de 2022

"Lo que tiende a alentar a un lector a elegir un libro desconocido es la emocionante sensación de que está a punto de embarcarse en un viaje interesante con un guía calificado"


“Los editores evitan nombrar a las personas que eligen cada palabra de los libros que llegan a los lectores ingleses. Esa falta de transparencia es equivocada e injusta.” Eso es lo que dice la bajada del artículo publicado por la traductora estadounidense Jeniffer Croft (ver, en este blog, entrada del 1 de marzo de 2021) en el diario británico The Guardian, en septiembre de 2021. Su reclamo, absolutamente justo, probablemente tiene que ver con el mínimo impacto que tiene la traducción en el mundo anglófono (3% de todo lo que se publica), respecto de otras tradiciones (la germana, la francesa, la castellana, por ejemplo) donde el número de traducciones –y probablemente, la amplitud con que se considera el mundo– es otra.

Por qué el nombre de los traductores debería constar en las portadas de los libros 

“Los traductores son como ninjas. Si adviertes su presencia, no son buenos.” Esta cita, atribuida al autor israelí Etgar Keret, prolifera en memes y, ¿a quién no le gusta una cita concisa que involucre ninjas? Sin embargo, esta idea, que un traductor literario puede hacer, en cualquier momento, un ataque sorpresa y que en todo momento estamos engañando al lector como parte de un complot mercenario elaborado, se encuentra entre las más tóxicas de la literatura mundial.

La realidad de la circulación internacional de textos es que, corresponde a sus traductores elegir cada una de las palabras que correspondan en sus nuevos contextos. Cuando se lee en inglés Vuelos, de la premio Nobel Olga Tokarczuk, las palabras son todas mías. Los traductores no son como los ninjas, pero las palabras son humanas, lo que significa que son únicas y no tienen equivalentes directos. Puedes ver esto en inglés: cool no es idéntico a chilly, aunque es similar. Frosty tiene otras connotaciones, otros usos; también lo mismo pasa con frígid. Seleccionar una de estas opciones no tiene sentido; debe pesarse en la balanza de la oración, el párrafo, el todo, y el traductor el responsable, de principio a fin, de construir una comunidad léxica floreciente, a la vez autosuficiente y en profunda relación con su modelo.

Desde de que comencé un MFA (Master of Fine Arts) en traducción literaria en la Universidad de Iowa, hace exactamente 20 años, ha habido numerosos cambios positivos en la forma en que se paga y se percibe a los traductores. Tomemos como ejemplo el premio International Booker, que desde 2016 ha repartido la generosa suma de 50.000 libras esterlinas entre el autor y el traductor, reconociendo así genuinamente la obra como una entidad fundamentalmente colaborativa que, como un niño, necesita dos progenitores para existir.

A pesar de este tipo de progreso extraordinario, todavía hay un amplio margen para mejoras. Con bastante frecuencia, los traductores no reciben regalías (en mi caso, no en los EE.UU. Vuelos) y un número sorprendente de editores no le dan crédito a los traductores en las portadas de sus libros. Allí es donde siempre va el nombre del autor; allí es donde también se encontrará el título. La gente tiende a sorprenderse cuando menciono esto, pero eche otro vistazo al International Booker y ya se verá a lo que me refiero.

Desde el lanzamiento del premio rediseñado en 2016, ninguna de las seis obras de ficción ganadoras ha mostrado el nombre del traductor en el frente. Granta no nombró a Deborah Smith allí; Jonathan Cape no nombró a Jessica Cohen; Fitzcarraldo no me nombró; Sandstone Press no nombró a Marilyn Booth; Faber & Faber no nombró a Michele Hutchison. At Night All Blood is Black de David Diop, el ganador de 2021 de Pushkin Press, no nombra a Anna Moschovakis en su portada, aunque sí muestra citas de tres fuentes nombradas. Cuatro nombres, en otras palabras, en la portada de un libro del que Moschovakis escribió cada palabra. Pero su nombre habría sido demasiado.

La suposición subyacente por parte de muchos editores parece ser que los lectores no confían en los traductores y no comprarán un libro si se dan cuenta de que es una traducción. Sin embargo, ¿no es precisamente este tipo de artimaña la que genera desconfianza, y no la traducción misma? Lo que tiende a alentar a un lector a elegir un libro desconocido es la emocionante sensación de que está a punto de embarcarse en un viaje interesante con un guía calificado. En el caso de las traducciones, obtienen dos guías por el precio de una, una ganga asombrosa, una “asombrosa”, una “maravillosa”, una “fantástica”, una “fabulosa”.

Necesitamos desesperadamente más transparencia en todos los niveles de la producción literaria; este es sólo un ejemplo, aunque siento que es urgente. Los traductores no son como los ninjas. Pero somos nosotros los que controlamos la forma en que se cuenta una historia; somos las personas que creamos y mantenemos el estilo del libro trasplantado. En términos generales, también somos los defensores más confiables de nuestros libros y los cuidamos mejor que nadie. Las portadas simplemente no pueden seguir ocultando quiénes somos. Es un mal negocio, no nos hace responsables de nuestras elecciones y, en su ofuscación deliberada, es una práctica que no solo nos falta el respeto a nosotros, sino también a los lectores.

martes, 9 de febrero de 2021

"Incluso literatura traducida"

El 29 de septiembre de 2020, el sitio ShareAmerica publicó la siguiente nota, sin firma, en la que se da cuenta de los hábitos de lectura de los estadounidenses durante la pandemia. Para cualquier país educado del mundo, el título podría parecer un chiste. En el caso de los Estados Unidos, no lo es, lo que tal vez sirva para entender muchas cosas. 

Los estadounidenses leen más, incluso literatura traducida 

A medida que los estadounidenses se refugian en sus casas con menos apetito o capacidad para viajar, las páginas de los libros traducidos de otros idiomas pueden transportarlos a otras culturas y lugares. 

“La literatura es un portal hacia el modo de vida y pensamiento de otras personas”, dijo Michael Z. Wise, cofundador de la editorial New Vessel Press en Nueva York, que se especializa en obras traducidas. 

Por ejemplo, en febrero su editorial publicará Untraceable (Rastro oculto) de Sergei Lebedev, una obra de suspense sobre el uso de veneno por parte de los soviéticos para atacar a sus enemigos. El libro, dijo, da una idea sobre los gobiernos autoritarios. 

La literatura traducida es importante hoy en día, dijo Chad W. Post, editor de Open Letter Books en la Universidad de Rochester. 

“Este es un momento para que todos, los estadounidenses en particular, piensen en las perspectivas de los demás”, dijo Post. “Somos un mundo conectado, no necesariamente uniéndose. Es importante durante COVID no retirarse hacia identidades amuralladas”. 

Alrededor del 1 % de los libros de ficción y poesía que se venden en Estados Unidos son traducciones de autores extranjeros, comentó Post. Ese porcentaje ha subido un poco desde el 0,7 % en 2008, el año en que Post comenzó a llevar la cuenta. (Si incluyera los libros de idiomas y los de historietas “manga”, la cuota actual sería del 3 %). Aun así, el número total de esos libros ha aumentado junto con las ventas de libros en general. En 2019, se publicaron 572 nuevas traducciones de libros de ficción y poesía en Estados Unidos. 

Al comienzo de la pandemia, muchos lectores se volcaron a los viejos favoritos, dijo Post. “Ahora estamos volviendo a algo nuevo en lugar de retroceder a los clásicos de una época más sencilla”. 

Como gran parte de la industria editorial, la literatura traducida es algo en el que el ganador se lleva todo. Entre los algoritmos de compra en línea que mantienen a los autores populares frente a la gente que navega y la escasez de reseñas de libros en los periódicos para dar a conocer a los nuevos escritores, gran parte de la atención y los negocios fluyen hacia los autores conocidos, según Post. 

Entre las traducciones que han sido populares recientemente se encuentran las últimas novelas de suspense suecas de Stieg Larsson y los cuentos de Elena Ferrante sobre mujeres italianas fuertes. Muchos otros autores de todo el mundo compiten por lo que queda del mercado estadounidense, pero Ferrante, cuyo nuevo libro es La vida mentirosa de los adultos, ha abierto las mentes de los lectores estadounidenses a libros cuyas historias ocurren fuera de Estados Unidos, dijo Wise. 

Las ventas de libros digitales han aumentado un 120 % durante la pandemia de Wise. Pero le preocupa que muchas librerías independientes, que son impulsoras de la literatura en traducción, no sobrevivan a la caída del tráfico de a pie. 

Aunque Wise dirige una editorial con fines de lucro, muchas de las editoriales que se especializan en traducciones cuentan con apoyo académico o filantrópico. Una notable excepción es Amazon, que es, con mucho, la mayor editorial de traducciones, según Post. Su imprenta Amazon Crossing se centra casi exclusivamente en libros electrónicos y presenta autores populares en otros países y tipos de libros populares entre los lectores estadounidenses, como novelas románticas, obras de suspense y ciencia ficción. 

“Realmente tratamos de ser inventivos en la forma de encontrar grandes historias”, dijo Liza Darnton, editora principal. “Nos involucramos con la comunidad de traductores tanto como podemos, y trabajamos con colegas de todo el mundo para encontrar grandes libros”. Amazon Crossing ha publicado 400 libros desde 2010 de autores de 44 países. Y en 2019, se creó Amazon Crossing Kids. 

“Hay escritores increíblemente buenos en todo el mundo y no hay razón por la que no puedan ser estupendos en inglés”, dijo Post.

jueves, 29 de agosto de 2013

Un experimento, siempre entretenido, que se vuelve a hacer

Daniel Hahn, escritor de no ficción, traductor de  José Luís PeixotoPhilippe Claudel, María Dueñas, José SaramagoEduardo HalfonGonçalo M. Tavares, entre otros, y director del British Centre for Literary Translation, .publicó publicó el 16 de agosto pasado,en el diario inglés The Guardian, el siguiente artículo, traducido al castellano por Julia Benseñor, sobre un experimento realizado con el lenguaje y los efectos del estilo. 


Una reseña de Multiples
12 cuentos en 18 idiomasescritos por 61 autores, 
editados por Adam Thirlwell

Muy a menudo se habla de traducción en términos de pérdida. ¿Qué  es lo que quedó afuera? ¿De qué manera la traducción es inferior al original? Multiples viene a traer un soplo de aire fresco al hacer lo contrario, ya que se pregunta ¿qué sobrevive en una traducción? Y más específicamente, ¿acaso algo del “estilo” –al que le asignamos una relación tan estrecha con la especificidad de la actividad lingüística– logra sobrevivir después de exprimírselo a una lengua e intentar trasladarlo a otra? El novelista Adam Thirlwell pergeñó un experimento para poner a prueba estos interrogantes. El resultado es este libro tan fascinante como imposible.

La propuesta en pocas palabras es la siguiente: hacer traducir una historia varias veces en serie (del ruso al francés, al inglés, al neerlandés, etc.) y, a medida que aumenta la distancia respecto del original, observar qué cambia y qué queda. Para tensar aún más la indemnidad del original, Thirlwell decidió convocar para la traducción a un grupo de novelistas. Muchos de ellos nunca antes habían traducido. Algunos tenían –y se nota– una comprensión apenas rudimentaria de la lengua fuente. A esto se suma el hecho de que es de esperar que los novelistas tengan su propio estilo (a diferencia de nosotros, los traductores, a quienes no se nos está permitido tenerlo), lo que generaría una lucha por evitar incorporar sus propias distorsiones estilísticas. ¿Cómo podría sobrevivir así un original?

El experimeto, al final del camino, abarcó doce cuentos, de Kharms a Kierkegaard, de Vila-Matas a Miyazawa, de Middleton a Kiš, cada uno traducido sucesivamente cuatro y hasta seis veces (por lo general, por vía del inglés en etapas alternadas), todo un entramado que puso en escena 18 idiomas y a 61 novelistas con/sin talento para traducir. Cada novelista recibía el original (“un texto en tránsito”) que debían traducir sin ver lo qué había pasado antes (“aguas arriba”) con ese texto. Todo el proyecto resulta inmenso, absurdamente ambicioso y placenteramente tonto. Pero también tiene su importancia si se lo observa detenidamente. El diablo, como todo traductor bien sabe, se esconde en los detalles.

Parte del placer de las traducciones en serie –y no en paralelo– proviene de detectar cierta ligera distorsión o imprecisión que se va mezclando o amplificando a medida que la serie avanza. Una historia libanesa escrita por Youssef Habchi El-Achkar transcurre en un escenario que Rawi Hage tradujo como un "coffee shop”. La traducción al francés de Tristán García es "le café", que no es lo mismo. En la versión al inglés de Joe Dunthorne, se convierte en un "cafe-bar". En la versión italiana de Francesco Pacifico, es "il bar". Así que ahora, al parecer, estamos en un bar. Que queda en Londres. Que no es en absoluto el lugar de donde partimos.

Toda traducción es un nuevo texto construido a partir de miles de pequeñísimas elecciones. Pero en Multiples, el lector no sabe quién es el responsable de esas elecciones. ¿Quién puede, después de todo, leer en 18 idiomas? Como angloparlante, puedo leer  la traducción al inglés hecha por  Zadie Smith de un cuento de Giuseppe Pontiggia, y la versión inglesa de Tash Aw, dos pasos más adelante, en la que a esa altura la historia ya no trascurre en la Toscana sino en Guangzhou y el pretérito se convirtió en presente, pero ¿cómo saber si esa nueva ambientación es atribuible a Aw o a Ma Jian, que fue quien hizo la versión al chino que está en medio de una y otra, si yo no leo chino? Un lector que entiende hebreo encontrará algunas cosas; un lector que entiende portugués, otras.

Algunos escritores se muestran más ansiosos que otros en no dejar sus huellas. J.M. Coetzee y A.S. Byatt se acercan bastante a lo que intentamos la mayoría de los traductores profesionales: contar una historia que sea idéntica a la original, solo que con otras palabras, sin interferencia visible del propio estilo. Sin embargo, el estilo propio es un hábito difícil de desarraigar. En la nota a su traducción, Byatt habla de un momento que estaba “demasiado lejos de cualquier frase que yo hubiera escrito ".

En cambio, otros escritores son, por supuesto, más delincuentes: perpetran deliberadamente versiones que no pretenden preservar o replicar al otro. Quienes están más interesados en mostrar sus propios destellos y floreos lingüísticos inevitablemente empañan el cuadro. Lawrence Norfolk y su villanella son muy seductores e inteligentes, pero sucumbir a sabiendas a la atracción de la infidelidad nos lleva a contar historias que, aunque individualmente sean interesantes (a veces no lo son), pierden sentido en el marco de este experimento porque hacen caso omiso a los vínculos con sus predecesores. (Algunos originales más intimidantes insisten, por supuesto, en una mayor fidelidad. "Yo no soy quién para meter mano en Kierkegaard", dice Jean-Christophe Valtat, que opta por ponerse un freno a sí mismo).

La traducción exige humildad estilística. Así es que el español usado en las traducciones de Javier Marías o Álvaro Enrigue no es exactamente el propio; no tiene su pulso o tono distintivo y habitual; en otras palabras, su estilo. En cambio, el cuento traducido por Florian Zeller es simplemente un cuento de Florian Zeller. A veces lo que faltó es empatía con el original, y así el escritor le inyecta algo nuevo. La oración de dos palabras de Zeller "Enterré vivant." es reexpresada por Wyatt Mason: "Buried alive, like a miner, in a mine, a deep, dark, dank, and –in all likelihood– Chilean mine".

No existe tal cosa como una traducción perfecta, y todos estos escritores han producido traducciones mediocres. ¿Eso significa que Multiples constituye un fracaso? Si es así, entonces fracasa de muchas maneras diferentes: los cuentos cambian, o resisten; los cambios son centrales o solo cosméticos; algunos sobreviven al proceso; otros se alejan por completo. Según una definición posible, cada uno de los cuentos traducidos es inadecuado, pero a la vez cada uno es una pieza clara de escritura que antes no existía. Para alguien interesado en la traducción –o quizá sea más pertinente decir “interesado en los efectos del estilo”–, cada fracaso es algo nuevo y fascinante que se gana.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Un informe objetivo y deprimente sobre lo poco que se traduce en el Reino Unido y en Irlanda

Literature Across Frontiers es una institución que trabaja en paralelo con el Wales Literature Exchange, cuyos programas se encargan de promover la literatura galesa en todo el mundo. Con base en el Mercator Institute, de la Aberystwyth Univeristy, sus resultados pueden leer on line en http://www.lit-across-frontiers.org/ Lo que se reproduce a continuación es una de las primeras investigaciones realizadas en el Reino Unido para dar cuenta del ínfimo porcentaje real de obras traducidas allí. A continuación del breve artículo, que se ofrece aquí en versión de Julia Benseñor, entrando al link puede leerse el detalle de los libros traducidos. Nótense los errores de adscripción (ejemplo: Gabriela, clavo y canela, de Jorge Amado, al dominio de la lengua castellana).   

¿El tres por ciento?

Nueva investigación de Literature Across Frontiers Publishing Data and Statistics on Translated Literature in the United Kingdom and Ireland es el informe de una nueva investigación que revela por primera vez y con la exactitud que imponen las cifras la cantidad de títulos traducidos en las Islas Británicas. Asimismo, recomienda un mecanismo para recabar más datos al respecto.

En este nuevo informe se presenta el resultado de un estudio de factibilidad llevado a cabo por Literature Across Frontiers en 2012 con el respaldo del Arts Council England, la Fundación Calouste Gulbenkian y el Programa de Cultura de la Unión Europea. El propósito de tal estudio era recomendar una solución a los actuales problemas a través de una propuesta que permitiera mejorar los mecanismos por los cuales se recaba y difunde la información sobre las traducciones literarias publicadas con miras a facilitar la investigación y evaluación de  tendencias en el futuro.

Las estadísticas derivadas del análisis de los datos suministrados por la  Biblioteca Británica a lo largo de los tres años tomados para la muestra — 2000, 2005 y 2008 — nos brindan las primeras cifras exactas sobre la publicación de literatura traducida en las Islas Británicas.

Estas cifras muestran un crecimiento paulatino de las traducciones de obras literarias:

- 1.721 libros traducidos en 2000, de los cuales 529 títulos corresponden a poesía, ficción y teatro;

- 2.014 libros traducidos en 2005, de los cuales 605 títulos  corresponden a poesía, ficción y teatro;

- 2.207 libros traducidos en 2008, de los cuales 753 títulos corresponden a poesía, ficción y teatro.

Estas cifras equivalen a los siguientes porcentajes: se traduce el  2,5% aproximadamente de todo lo que se publica y el 4,5% de lo que se publica en el rubro ficción, poesía, teatro (literatura).
  
Detalle de los libros traducidos:

lunes, 27 de agosto de 2012

Cecilia Rossi y la traducción en Inglaterra

Hoy visitó el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires la poeta y traductora argentina Cecilia Rossi. Radicada en Inglaterra desde hace casi una década, habló sobre  la traducción literaria en la Universidad de East Anglia: Norwich, BCLT (British Centre for Literary Translation). Pero también se hizo tiempo para  referirse a su tarea como traductora de Alejandra Pizarnik y Tamara Kamenzsain, y a su condición de poeta argentina que escribe directamente en inglés. Todo eso y las preguntas del público pueden verse aquí.

Cecilia Rossi estudió en las Universidades de Cardiff y East Anglia, donde obtuvo una maestría en Escritura Creativa (poesía) y un doctorado en Traducción Literaria respectivamente. Actualmente se desempeña como profesora de Literatura y Traducción en el School of Literature, Drama and Creative Writing de la Universidad de East Anglia, Norwich, Gran Bretaña. Para el BCLT cumple el rol de ‘Postgraduate and Professional Liaison’. Sus traducciones de la poesía de Alejandra Pizarnik han recibido varios premios, como el primer premio en el concurso de traducción literaria ‘John Dryden Prize’. Selected Poems de Alejandra Pizarnik fue publicado en 2010 por Waterloo Press, gracias al Programa Sur.

Fotos: Javier Cánepa

viernes, 1 de junio de 2012

¿Un blooper de traducción?

Lo que sigue es un auténtico blooper de traducción. Una vez editada la siguiente noticia, con su presentación e ilustración incluidas, al Administrador le asombró que Robert McCrum ya tuviese una entrada en este blog. Por lo que, luego de grabar lo que hoy iba a presentar, tuvo la curiosidad de volver al nombre de quien firma la nota. Descubrió entonces que, en otra versión, mucho más completa y con otros detalles, ya había publicado esto en este blog el 6 de noviembre de 2011, en traducción de Julia Benseñor. Pero lo interesante es que en la otra oportunidad el original se atribuye a The Guardian y en ésta a The Observer, sin contar otros detalles que se omiten en uno y otro artículo, por lo que la cuestión se constituye en un auténtico misterio que, algún lector con tiempo seguramente va a resolver.

Reproducimos entonces un artículo, sin mención del traductor al castellano, publicado por Robert McCrum en The Observer, de Londres, el 28 de diciembre de 2011 , reproducido en castellano por PressEurop, que puede leerse acá. En la bajada que lo acompaña figura el siguiente texto:  “Con el éxito mundial de Stieg Larsson y de Haruki Murakami, la traducción no había conocido un boom similar desde hace más de una generación. Pero ¿se alcanzará algún día el Santo Grial de la traducción que guarde una fidelidad perfecta con el original?”.

2011: el año del traductor

Se nos dice en el capítulo 11 del Génesis que "Tenía entonces toda la tierra un solo lenguaje y unas mismas palabras". Tras el diluvio del arca de Noé, los supervivientes decidieron celebrar su afortunada ventura de una manera tradicional: con una arquitectura triunfal. "Edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo", así es como recoge la Biblia tal aspiración. "Hagámonos un nombre" dijeron los descendientes de Noé, "por si fueremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra".

Mala suerte. Según el Viejo Testamento, la voluntad de la humanidad de unirse con un propósito común no es del gusto del Todopoderoso. Así que la idea de que hombres y mujeres pudieran ser como dioses fracasó y el proyecto condenado a no tener éxito se llamó Babel. Tal y como reza la versión de la Biblia del rey Jacobo, "allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra". Y para dar buena cuenta de ello, diseminó a los pueblos que hablaban distintos idiomas por todo el planeta.

A principios del siglo XXI, el mundo sigue siendo un mosaico de más de 5.000 lenguas distintas y en liza. Pero para aquellos que todavía sueñan con la implantación de un idioma universal, en pocas ocasiones la perspectiva ha sido tan propicia: 2011 ha sido un año excepcional para el arte de la traducción. ¿Podría realmente reconstruirse la torre de Babel?

Los terrícolas hablamos una sola lengua
Numerosos eruditos de la lengua ahora aceptan la innovadora percepción del filósofo Noam Chomsky de que, pese a los léxicos mutuamente ininteligibles, "los terrícolas hablamos una sola lengua" . Una apreciación que para Chomsky sería evidente para un marciano que viniese de visita. Por esa o por otra gran variedad de motivos, quizá nunca hayamos estado tan cerca de hacernos inteligibles.

A través del impacto de los medios de comunicación globales, ahora existe más que nunca un mercado para la literatura traducida, en la que la lengua predeterminada sería el inglés británico o el estadounidense. Muchas de esas versiones guardan el mismo parecido con el original como el de una alfombra persa y su revés, aunque eso no parece mermar su atractivo para el lector.

Últimamente en Estados Unidos el apetito despertado hacia la "ficción extranjera" – la trilogía Millennium de Stieg Larsson o 1Q84 de Haruki Murakami– ha favorecido una tendencia que inspira que nuevos lectores se interesen por superestrellas de la literatura internacional como Umberto Eco, Roberto Bolaño y Péter Nádas. Quizás haya que remontarse a la década de los ochenta, cuando las novelas de Milan Kundera, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa se convirtieron en bestsellers internacionales, para encontrar una comparación al empuje recibido para introducir la ficción traducida en el mercado literario.

Los traductores son estrellas del rock
Nuevas ediciones [en inglés] de Guerra y Paz de Tolstoi, de Madame Bovary de Flaubert y de En busca del tiempo perdido de Proust han convertido a los traductores con exceso de trabajo – y una raza tímida– en centro de atención mediática. David Bellos, cuyo nuevo libro, Is That A Fish In Your Ear? Translation and the Meaning of Everything [¿Es eso un pez en tu oreja? Traducción y significado de todo, todavía no disponible en español] se publicó en otoño, señala que en Japón, por ejemplo, "los traductores son como estrellas de rock" con su propio libro sobre cotilleo de famosos, The Lives of the Translators 101 [Las vidas de los traductores 101, no publicado en castellano].

Este repentino interés del público global hacia la ficción hubiese sido impensable si no fuese cierto que, según el British Council y respaldado por muchas otras fuentes dignas de crédito, alrededor de la mitad de la población mundial – 3.500 millones de personas – supiesen o tuviesen algún conocimiento de "algunas nociones de inglés". Y por primera vez en la historia de la humanidad, es posible que una lengua se transmita y se comprenda prácticamente en cualquier punto del planeta.

Este fenómeno lingüístico sin precedentes está respaldado por el formidable poder de los medios de comunicación globales. Lindsey Hilsum, la editora internacional de Channel 4 News, informa sobre cómo al preguntar el significado sobre un grafiti en árabe pintado sobre un muro en Tripoli, le dieron una traducción que era una divertida incongruencia debido a un guiño de referencias culturales: "Gaddafi, eres el rival más débil. Adiós"[del conocido programa-concurso de televisión].

 Como era de esperar, y ante estos amplios horizontes, Google está a la vanguardia de lo que se está convirtiendo en una revolución de la traducción, tanto por su alcance como por la técnica que se emplea. La solución de Google para un problema intrínsecamente humano es crear un ordenador que se acerque al Santo Grial de la inteligencia artificial y que pueda traducir el "lenguaje natural".

Google Translate emplea inmensos archivos de documentos ya traducidos y los combina con la probabilidad para dilucidar el significado más cercano, basándose en el contexto. Para que así sea, Google Translate se aprovecha de una base de datos con trillones de palabras, extraídas del corpus de documentación de Naciones Unidas, de las novelas de Harry Potter, de noticias de prensa y de memorandos empresariales.

La lengua universal dependerá de la traducción perfecta

El sueño de una lengua universal depende al final de la traducción perfecta. Dejando a un lado las lecciones aprendidas de Babel, la historia de la Biblia ofrece por sí misma otros cuentos con moraleja, en concreto este año – el cuarto centenario de esa gran catedral del lenguaje, la Biblia del rey Jacobo. Este evento sirve a la vez para celebrarlo y para plantearse si puede existir un ideal o una versión final de una obra semejante. ¿No está cada nueva versión marcada por el propio contexto cultural en el que el traductor trabaja?

 El destino que han corrido las sucesivas traducciones de la Biblia al inglés ilustran el problema de traducir textos de interpretación de manera intemporal en una lengua que está siempre en constante cambio. Los fieles de la Biblia del rey Jacobo, una traducción hecha en tiempo de Shakespeare, se horripilan ante algunas traducciones adaptadas a los tiempos modernos que juzgan absurdas. La New English Bible [Nueva Biblia Inglesa], por ejemplo, reemplaza "lobos con piel de cordero” por algo que se asemeja más al estilo de los Monty Python: "hombres vestidos como ovejas".

Así que a pesar del boom que ha supuesto este año para la traducción y de la proliferación de adelantos técnicos para entendernos mejor los unos a los otros, siempre se nos remite a los eternos juegos de lenguaje de Wittgenstein. De hecho, con numerosas lenguas a lo largo y ancho del mundo, Google Translate todavía tendrá que solucionar versiones locales del acertijo de Fráncfort. No se trata de una recóndita cruz lingüística alemana, sino de la respuesta a una simple pregunta. ¿Cómo se traduce "hot dog" – como comida rápida o como un cachorrito?

miércoles, 22 de junio de 2011

Borges se ha filtrado en la literatura escrita en inglés sin que nadie lo haya advertido

Richard Gwyn (foto) es un poeta y narrador galés, que además se ha especializado en la traducción de textos del castellano al inglés. Recientemente fue requerido por el diario Clarín para participar en un número especial dedicado a los 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges. Lo hizo, reflexionando sobre la impronta dejada por Borges en la literatura de habla inglesa, en el artículo que se reproduce a continuación, publicado el martes 14 de junio pasado. 

De Pynchon a Amis, toda una generación borgeana

Cuando leí Ficciones por primera vez, tenía 18 años y vivía en una cabaña de pastores a medio camino hacia la cima de una montaña en la isla de Creta. Había encontrado el lugar, como por casualidad, mientras exploraba una franja de playa deshabitada, y me mudé para el verano. Acababa de leer Los hermanos Karamazov y La montaña mágica rápidamente, uno tras otro, y la concisión e intensidad de la escritura de Borges se me aparecieron como una revelación.

El mismo Borges tenía algo que decir sobre las novelas: "Es una locura laboriosa y empobrecedora ­la locura de escribir libros muy extensos­ desarrollando durante quinientas páginas una idea que puede ser contada perfectamente en cinco minutos de narración oral. La mejor forma de ocuparse de ellos es hacer como que esos libros ya existen y ofrecer un sumario, un comentario".

Como a cualquier persona de 18 años, me sedujo la idea de que cada instante contiene el potencial para infinitas posibilidades ­algo recurrente en el trabajo de Borges­ o que nuestro universo es solo uno entre muchos universos posibles, o que más que ser los propietarios de nuestra propia conciencia, somos el sueño de alguna otra entidad. No son ideas con las que se pueda vivir cómodo, pero yo siempre estaba empujando los límites de la comprensión e insatisfecho con los conocimientos obtenidos.

No todo el mundo reconocía a Borges con tal asombro en ese momento, incluido el amigo con el que compartí mi idilio en el Mar del Líbano. Durante los años siguientes, anoté con curiosidad cualquier mención que se hiciera de Borges en relación con otros escritores.

Desde el principio, teniendo en mente una de mis historias preferidas, "El Sur", siempre consideré que Borges era un escritor profundamente argentino, y que muchas de sus historias eran parábolas de la vida argentina. Pero aprendí que también había un Borges "inglés", porque debido a la influencia de su abuela inglesa, creció siendo bilingüe y nos recuerda en sus cadencias a los escritores que influyeron en él: su adorado Rudyard Kipling y Chesterton. Fue quizás esta "inglesitud" lo que atrajo a muchos de sus fans (aunque no a todos) en el Reino Unido.

De cualquier manera, Borges tiene una considerable influencia en novelistas de lengua inglesa en los años 80, en particular, en ambos lados del Atlántico, y el vigésimo quinto aniversario de su muerte es una buena ocasión para revisar esa influencia.

En su novela La información, (en la que los protagonistas, Richard y Gwin, forman mi nombre de forma alarmante), Martin Amis utiliza el concepto de "El Aleph" ­"una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ningún lugar... uno de los puntos en el espacio que contiene a todos los demás"­ como un tropo central para infundir en el libro detalles astronómicos, particularmente con respecto al ciclo de vida de las estrellas y del Sol.

La influencia de Borges en el libro va más allá, "Las ruinas circulares" son una alegoría de cómo todos los trabajos literarios se derivan de otros trabajos, confirmando de ese modo la propia deuda de Amis con Borges.

En un debate con Ian McEwan, que se llevó a cabo en Londres para celebrar el centenario del nacimiento de Borges, Amis dijo "El genio de Borges me deja sin palabras, su trabajo no se puede considerar minimalista, sino extravagante. Su forma de encarar el horror ante lo eterno y ante lo transitorio es extraordinaria". McEwan, de forma similar, elogió la "colosal inteligencia" de Borges, y añadió: "Hay algo de liberador en la escritura de Borges; es el puro placer del juego de la abstracción literaria".

Salman Rusdhie también confesó la influencia de Borges, y en un ensayo dice que siempre lleva consigo varios "pasaportes", uno de los cuales es Ficciones. Más aún, en los agradecimientos que aparecen en su libro Los versos satánicos, Rushdie incluye "El libro de los seres imaginarios" de Borges utilizado para la descripción del Mantícora.

No obstante, en una reseña de 1999 sobre las Ficciones completas, en su publicación en inglés, Mavis Gallant observa que: "es prácticamente imposible encontrar a alguien que haya leído a Borges recientemente (que no sean lectores de habla hispana, traductores, especialistas en Literatura Americana y estudiantes que preparan disertaciones)".

Las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Sospecho que muchas de las presunciones y tropos que se consideran "borgeanos", se han filtrado en la ficción inglesa y americana, generalmente sin que los escritores sepan de dónde vienen. Culturas fantásticas, jerarquías absurdas, ardides lúdicos y una recurrente autorreferencialidad podrían llevarnos a algunos a su origen, pero para muchos otros es sólo la forma como son las cosas: han sido normalizadas bajo el rubro de ficción posmoderna.

Entre los escritores ingleses más jóvenes, Borges parece estar más lejos, como influencia, de lo que estaba en el momento de su muerte, aunque aquella es discernible en las obras de excelentes autores como Geoff Dyer, David Mitchell y Zadie Smith. Yo enseño en una universidad inglesa y, alarmantemente, pocos de mis alumnos lo han leído, aunque la mayoría han oído hablar de él. Cada año, me esfuerzo por rectificar su ignorancia, y su reacción es de incomprensión o de asombro y gratitud: "¡por qué nadie me habló de esto antes!" Entre mis amigos escritores, su nombre sigue siendo prácticamente sacrosanto, aunque estoy empezando a preguntarme cuántos de los que aún no tienen cuarenta lo han leído realmente.

Casi todo el mundo está de acuerdo en que las historias entre 1939 y 1949 son realmente grandiosas: el trabajo posterior es, según J. M. Coetzeé, por ejemplo, "fatigoso" y "no aporta nada". Por desgracia, los poemas son poco apreciados y excesivamente comparados con los de sus contemporáneos, Neruda y Lorca.

Pero las grandes historias de los años 40 son percibidas como dueñas de una fuerza imperecedera, y como sugerí antes, su influencia ha sido absorbida y se refleja en una manera de ver el mundo ­tal como Foucault diera a entender hace unos cuarenta años.

Mi tributo favorito a Borges está en El arco iris de la gravedad de Thomas Pynchon, en el que un grupo de exiliados argentinos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, liderados por el aventurero Squalidozzi, secuestran un submarino alemán. Como algo muy poco probable, están acompañados por la glamorosa Graciela Imago Portales, una "amiga especial" de los literatos de Buenos Aires, a quien "se dice que Borges le dedicó un poema".

Se citan dos líneas: "El laberinto de tu incertidumbre/Me trama con la inquietante luna..." Por supues- to, la cita ha desconcertado a los estudiosos, al concordar perfectamente con los ritmos y los temas de los primeros trabajos de Borges.

No hay duda de que a Borges lo habría deleitado, sobre todo desde que Pynchon lo compuso.

jueves, 9 de junio de 2011

La traductora de Bolaño al inglés no baja las luces ni pone a Barry White mientras lo traduce

Las novelas de Roberto Bolaño Los detectives salvajes y 2666 traducidas al inglés por Natasha Wimmer aparecieron en las listas de los “Diez mejores libros del año” que publica el New York Times. En diálogo con Ollie Brock, la traductora se refirió al mundo inquietante y a la vez extrañamente conmovedor de la prosa de Bolaño así como a la atmósfera tan singular de sus escenas de sexo. Originariamente publicada en Granta, el 17 de mayo de 2010 (http://www.granta.com/Online-Only/Translating-Bolanyo), la entrevista fue traducida al castellano por Julia Benseñor.  


Cómo traducir sexo


–La obra de Bolaño está plagada de indiferencia y humor negro, quizás especialmente cuando habla de sexo. “La pelirroja” —ese pasaje de Amberes publicado en el número 110 de la revista Granta dedicado al sexo, en el que una muchacha tiene sexo periódicamente con un policía del área de narcóticos— no es una excepción. Una frase dice: Escena teñida de morado: aún sin bajarse las medias hasta los tobillos, relata lo que le ha pasado durante el día. ¿Hasta dónde tienes que dejarte absorber por la atmósfera del libro y cómo lo consigues?
–Si te refieres a si tengo que bajar las luces y poner una melodía de Barry White, lamento decepcionarte. Con esto no quiero decir que no me afecte la atmósfera de una escena, pero  yo no soy el equivalente de un actor del método Strasberg que se sumerge en su personaje. Y afortunadamente no creo que la ficción de Bolaño –ni siquiera sus escenas de sexo– requiera de la propia ficción del traductor. Como bien dices, su trabajo está colmado de indiferencias y humor negro, lo que significa que hay una sensación de distancia, incluso en sus partes más gráficas. Y esa capa de frialdad es lo que hace que sus escenas de sexo sean poco románticas y a la vez curiosamente realistas y conmovedoras. Eso también me permite traducirlas de manera más o menos convincente, o al menos eso espero. Fue más complicado cuando traduje al cubano Pedro Juan Gutiérrez, otro novelista afecto a las descripciones de sexo no convencional, porque su tono es menos controlado y más hedonista, lo que francamente me resulta más ajeno (después de todo, soy la hija de un pastor metodista).

–Siempre supuse que se requería mucha empatía para ser traductor. ¿O acaso es algo puramente técnico, en cuanto a que se trata de entender las palabras y pasarlas por la picadora de carne? Sé que estuviste un tiempo en la ciudad de México mientras trabajabas en Detectives salvajes, la primera novela de Bolaño... ¿De qué manera influyó en tu interpretación del libro?
–Estoy convencida de que se necesita empatía, pero discrepo con la idea tan divulgada de que el traductor, de alguna manera, se convierte en el autor o tiene una especie de relación telepática especial con él. Sinceramente pienso que es un poco presuntuoso y grandilocuente y que enturbia ese proceso delicado por el cual el traductor ajusta su voz a la del autor. Se requiere cierto tipo de sintonía, y lo que quiero decir con esto es que el traductor debe encontrar un tono dentro de su propio registro que, de alguna manera, se adecue al autor. Es más fácil, al menos para mí, traducir a un autor o a un personaje con el que tengo cierta afinidad natural. En cuanto a México, el tiempo que pasé allá transformó por completo mi comprensión del libro. Los detectives salvajes es un canto de amor a la ciudad de México y caminar por las mismas calles que transitaron Bolaño y sus personajes me proporcionó un contacto muy íntimo y visceral con la ciudad y la novela. Hay algo en la ciudad de México, sobre todo, en la noche que es especial. Por un lado, es más oscura que la noche en la mayoría de las otras ciudades que conozco, lo que significa que las cosas parecen acecharte mientras caminas, y uno tiene la sensación de que está a punto de tener un encuentro bizarro del tipo que tienen los personajes de Bolaño todo el tiempo. También estuve en el Café La Habana (en la novela, el Café Quito), que no cambió mucho desde los tiempos en que Bolaño paraba ahí, y me topé con toda clase de detalles culturales que me salvaron de numerosos traspiés en la traducción (Por ejemplo, yo había garabateado “El Santo???” en mi primer borrador de la traducción y allá enseguida me enteré que es el luchador enmascarado más famoso de México).

 

El chileno Roberto Bolaño

–Tus traducciones a veces resultan muy líricas, en las que te mueves al ritmo de una sintaxis del original que conservas pero que, de alguna manera, logra una excelente legibilidad  en inglés. Me interesa saber cómo lo logras. ¿Podrías darnos un ejemplo de una oración en español y que nos muestres la primera y la última versión en inglés, si es que trabajas así?
–Me alegra que pienses que mis traducciones se leen con naturalidad en inglés a la vez que conservo algo de la sintaxis original del español, ya que me esfuerzo mucho por lograrlo, aunque no siempre es posible. Al igual que muchos escritores de habla hispana, Bolaño tiene un umbral de tolerancia alto a lo que podríamos llamar “oraciones de corrido”. No siempre puedo conservar esto en inglés, pero es más fácil cuando expresan la voz de un determinado personaje, porque el lector en inglés está más dispuesto a aceptar esa lectura de corrido cuando viene en formato de habla discursiva. En el ejemplo de Amberes que cito, la voz corresponde a un policía que tiene sexo con una mujer sin nombre:

“Metió los dedos hasta el fondo, la chica gimió y alzó la grupa, sintió que sus yemas palpaban algo que instantáneamente nombró con la palabra estalagmita.”

“He pushed his fingers all the way in, the girl moaned and raised her haunches, he felt the tips of his fingers brush something to which he instantly gave the name stalagmite”
.
No conservo los borradores de mis traducciones, pero sí recuerdo algunas de las decisiones que tomé. La palabra que me dio más trabajo fue “grupa”, que literalmente significa “las ancas del caballo”. Quería mantener la connotación campestre, porque le daba a la oración una dosis extra de suciedad. Otra posibilidad podría haber sido rump (anca), pero haunches es un poco más sugerente y sexual. El resto era bastante directo, una vez tomada la decisión (al principio de este breve capítulo) de respetar esa extensión a veces incómoda de las oraciones. Al volver a leerla, se me ocurre que el efecto es casi como cuando uno jadea o se queda sin aliento, lo que no deja de ser pertinente en el contexto.

–Sin duda, una solución puesta en acción.  Y una vez más muestra la marca de Bolaño en esa mezcla de salto abrupto a lo banal y comedia negra. Su mente seguramente es extraña de entender. Si hubieras podido encontrarte con él y hacerle una sola pregunta, ¿qué le habrías preguntado?
–Esa sí una pregunta difícil. Hay tantas pequeñas cosas que hubiera querido preguntarle: ¿qué quiso decir acá?, ¿qué significaba esta palabra en el México de la década de 1970?, ¿cómo debería interpretar tal o cual oración? Muchas veces tuve que tomar decisiones en función del contexto y la consulta y, en última instancia, de mi propia intuición. Y hay todo tipo de preguntas menores para las que me habría encantado tener una respuesta certera. Pero si hubiera tenido una sola pregunta para hacerle, supongo que debería ser una importante, y no estoy segura de cuál sería. De algún modo, siento que sus libros son en sí la respuesta a cualquier pregunta seria que yo podría hacer, y no estoy segura de que él podría decirme, o que me habría dicho, lo que no reveló en la obra que nos dejó.

jueves, 10 de marzo de 2011

D'oh!

Publicada el año pasado en El País, de Uruguay, pero con la aclaración de que provenía de la agencia ANSA, la siguiente noticia merece difundirse pese al tiempo transcurrido.
 
La mayor contribución de Homero
a la lengua inglesa
 
La famosa exclamación "D´oh!" utilizada por el personaje de dibujos animados Homero Simpson fue votada como la mayor contribución hecha por la serie Los Simpsons a la lengua inglesa.

La palabra utilizada por Homero cada vez que comete algún error fue votada por un grupo de lingüistas para conmemorar el 20 aniversario de la exitosa serie televisiva norteamericana.

"D´oh!" derrotó otras frases y palabras en inglés utilizadas por personajes de Los Simpsons como "eat my shorts" (cómete mis calzoncillos), "don´t have a cow" (no tengo idea/vaca) y "craptacular"  (basura/espectacular).

La exclamación empleada por Homero Simpson ya fue ingresada oficialmente en la versión de Internet del Oxford English Dictionary, con la definición: "Palabra que expresa frustración al darse cuenta que las cosas han salido mal o no como estaban planeadas, o cuando uno ha hecho o dicho algo tonto".

"D¨oh!" fue votada por el 37% de los lingüístas, seguida por "introubulate" y "craptacular". "Eat my shorts" quedó en cuarto lugar. El sondeo fue elaborado por el grupo "Today Translations", una compañía londinense que emplea a 2.600 traductores e intérpretes de más de 60 países.

"Homero Simpson debe ser el hacedor de palabras en inglés más influyente desde (William) Shakespeare", declaró Jurga Zilinskiene, directora ejecutiva de "Today Translations".

"Y gracias a Los Simpsons, combinado con el poder del Internet, la nuestra debe ser la mayor era dorada para nuevas palabras creadas desde el período de Shakespeare", agregó.

Matt Groening, creador de la serie de dibujos animados, afirmó que la exclamación "D'oh!" fue inspirada por el actor escocés Jimmy Finlayson, que utilizaba una expresión similar en las películas cómicas de Laurel y Hardy.

Dan Castellaneta, que pone la voz de Homero, sostuvo que pronuncia la palabra más rápido para que vaya con el estilo del dibujo animado.

viernes, 4 de marzo de 2011

Un premio compartido entre dos traductores de literatura española al inglés


Según se lee en el javiermariasblog, que recoge la noticia distribuida por la agencia EFE, el 31 de enero pasado, Christopher JohnsonMargaret Jull Costa han sido distinguidos por sus versiones de escritores españoles al inglés.






Las versiones inglesas de Quevedo y Marías,
premio de traducción Valle Inclán

La traducción al inglés de la poesía de Francisco de Quevedo, por Christopher Johnson, y la de el último volumen de la trilogía de Javier Marías Tu rostro mañana. -Veneno, sombra y adiós-, por Margaret Jull Costa, han recibido en Londres el premio de traducción Valle Inclán 2010.

La Sociedad de autores británica ha repartido en esta edición las 2.000 libras del galardón (2.300 euros) entre la “precisa, poética y creativa” traducción de Johnson y la versión inglesa del volumen final de la “trilogía épica del que quizás es el mejor escritor contemporáneo español”.”Marías ha llegado a señalar que prefiere la edición inglesa al original”, apuntaron los organizadores del premio, cuyos ganadores fueron desvelados hoy en la sede del Instituto Cervantes de Londres.

Jull había recibido el mismo galardón en dos ocasiones, 2006 y 2009, por su trabajo en la traducción del primer libro de la trilogía de Marías, Fiebre y Lanza, y en la de la novela de Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista. La traductora ha vertido al inglés a numeroso autores portugueses, españoles y latinoamericanos, entre ellos Fernando Pessoa y José Saramago.

El otro premiado este año es actualmente profesor asociado de Literatura Comparada en la Universidad de Harvard (EEUU), y se le considera un especialista en literatura moderna, retórica y teoría de la traducción. Además del trabajo con la poesía de Quevedo, Johnson ha traducido obras del alemán Heinrich Heine y es autor de Hipérboles: La retórica del exceso en la literatura y el pensamiento barrocos.

martes, 1 de marzo de 2011

Las obras traducidas despiertan un creciente interés en los Estados Unidos

El artículo de Larry Rother que se ofrece a continuación, fue publicado por The New York Times y reproducido en la edición argentina de esa publicación el sábado 22 de enero de este año, sin mención de traductor.




Estados Unidos apuesta a las traducciones

El éxito arrollador de la trilogía Millennium de Stieg Larsson indica que, en lo que a literatura contemporánea en traducción se refiere, los estadounidenses están por lo menos dispuestos a leer ficción policial escandinava.

Para obras de otras regiones, en otros géneros, conquistar el interés de las grandes editoriales y los lectores de Estados Unidos sigue siendo, no obstante, un esfuerzo cuesta arriba. En el ámbito de los institutos culturales extranjeros y los editores, la tradicional aversión estadounidense a la literatura traducida se conoce como "el problema del 3%".

En este momento, empero, con la esperanza de aumentar su minúscula participación ­de un 3% aproximadamente- en el mercado estadounidense de libros, gobiernos extranjeros, sobre todo los que se encuentran en los márgenes de Europa, están tomando las riendas del asunto.

Esta campaña se limita cada vez menos a los idiomas muy hablados como el francés y el alemán. De Rumania a Cataluña o Islandia, los institutos culturales y las agencias ahora subsidian la publicación de libros en inglés, financian la capacitación de traductores, alientan a sus escritores a hacer giras por Estados Unidos y se someten a las técnicas de comercialización estadounidense.

"Penetrar en el mercado estadounidense fue algo que establecimos como un objetivo estratégico, un compromiso a largo plazo", dijo Corina Suteu, que dirige la filial Nueva York de los Institutos Nacionales de la Unión Europea para la Cultura y que dirige el Instituto Cultural Rumano. "Para los países de Europa, sean grandes o pequeños, la literatura será siempre una de las claves de su existencia cultural, y reconocemos que es la única forma en que podremos hacer que la literatura esté presente en Estados Unidos".

Dalkey Archive Press de Champaign, Illinois, este año inició una colección de literatura subvencionada por grupos oficiales de Eslovenia. El primer libro, Necrópolis de Boris Pahor, una memoria impactante sobre los campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial, fue seguido por You Do Understand, una colección de bocetos sobre la intimidad.

Dalkey tiene proyectadas colecciones similares en hebreo y catalán, y con Suiza y México. En cada caso hay un organismo de financiamiento en el país anfitrión que subsidia la publicación.

"Yo veo muy cerca el momento en que los únicos libros que podremos hacer serán libros que integren series", dijo John O’Brien, director de Dalkey. "Ya no hacemos las cosas sólo como editores de libros, sino en conjunción con consulados, embajadas e institutos del libro de otros países. Eso genera un nivel considerable de interés." Las agencias culturales extranjeras ahora ven la Web como un aliado para promocionar sus productos, a través de sitios propios y utilizando sitios estadounidenses que promocionan la literatura traducida.

Un sitio, Three Percent (Tres por ciento), fue fundado por Open Letter, la editorial de la Universidad de Rochester en Nueva York ya ha pasado a ser un foro animado para debatir y reseñar el oficio de la traducción.

Otro sitio, Words Without Borders (Palabras sin Fronteras), publica obras traducidas online y también propone un mercado en el cual los traductores pueden ofrecer muestras de su trabajo a interesantes editoriales comerciales.

"Parte de lo que hacemos es dar a los traductores más jóvenes un lugar para debutar en su trabajo sin una presión demasiado grande, un lugar donde puedan intentar ser traductores y desarrollar un poco de confianza antes de abordar un proyecto más grande", dijo Alane Salierno Mason, el fundador del sitio.

Words Without Borders también ha encargado proyectos, de los cuales el más reciente es Tablet & Pen: Literary Landscapes From the Modern Middle East, una antología de literatura traducida del árabe, el persa, el turco y el urdú. W.W. Norton la publicó con reseñas muy positivas en noviembre.

Hasta el gigante de la venta de libros online Amazon.com entró en el ruedo, con una nueva marca para la literatura en traducción llamada AmazonCrossing. La primera propuesta fue The King of Kahel (El rey de Kahel), una novela francesa de Tierno Monenembo, escritor nacido en Guinea. Hay anunciados otros cinco títulos.

Jeff Belle, responsable de marca, dijo que Amazon vio "una oportunidad en un área del mundo editorial que está marginada".

Institutos culturales públicos como el Institut Ramón Lull, que se dedica a difundir el idioma y la cultura de Cataluña y el Instituto Coreano de Traducción de Literatura han contribuido a financiar conferencias y libros en traducción, y otras entidades patrocinan viajes para llevar a los traductores a sus países de manera que puedan familiarizarse mejor con su cultura y su gente.

"Esa gente ve con claridad que hay muy poco apoyo aquí para ese tipo de trabajo, y que ese apoyo tendrá que venir desde afuera" (del sector editorial), dijo Esther Allen, profesora de literatura y ex directora del Fondo de Traducción PEN. "Todavía hay una actitud muy arraigada en las editoriales comerciales convencionales de que el consumidor estadounidense de libros no quiere leer traducciones."

jueves, 13 de enero de 2011

César Aira en los Estados Unidos


La noticia es vieja, pero eso, en este blog, no tiene la menor importancia. Fue publicada por P. H. R. en Público.es, el 10 de octubre de 2010. En ella se habla del posible "descubrimiento" del narrador argentino César Aira (foto: Daniel Mordzinski) por parte de los estadounidenses.

Estados Unidos ya tiene a su nuevo Bolaño

En el último Fráncfort, la editorial norteamericana New Directions buscaba con tanto ahínco al nuevo Roberto Bolaño como el resto de editoriales mundiales un nuevo escritor escandinavo. Hasta que se dio cuenta de que lo tenía en su propia casa. Ya habían editado a César Aira (Argentina, 1949) pero este año declararon consumarle como el próximo pelotazo latinoamericano en tierras estadounidenses, y eso que tienen en catálogo al propio Bolaño, Bioy Casares, Julio Cortázar, Borges, Pablo Neruda o Javier Marías.

Al autor de El error (Mondadori), (...)  le cuesta mucho ver a un lector norteamericano con un libro suyo entra las manos. "Fíjate que durante toda mi vida fui traductor, 40 años. Me especialicé en esos best seller, que ellos llaman Comercial Fiction. De alguna manera descubrí el secreto de esos libros, ten en cuenta que el traductor es un lector con microscopio que analiza palabra por palabra. Al entender cómo estaban hechas estas novelas, pude hacer todo lo contrario", explica Aira con un particular sentido del humor.

"Estaría muy agradecido por el dinero, al que nunca le digo no. Sí, soy un gran admirador de la plata, pero no haré nada por tener más", vuelve a reírse al reflexionar sobre las consecuencias de su lanzamiento en Norteamérica si la gran editorial logra su objetivo.

De momento, los lectores estadounidenses tendrán que enfrentarse a la idea clave de la obra de César Aira: el error es todo un éxito. Sus novelas no son fruto de la literatura impecable que asume el argumento como fin último. Él trabaja con el devenir, con el vaivén, con la improvisación de una historia que empieza pero puede desaparecer cuando menos se espera. "Esta imperfección es lo que ando buscando siempre. La imperfección es más fecunda, permite seguir adelante, mientras que lo perfecto y acabado se cierra sobre sí mismo", asegura.

César Aira nunca fue uno de los mejores secretos de la literatura argentina, porque se conoció su maestría desde su primera novela (Moreira, 1975). Con casi 30 novelas y una amnesia que le impide recordar las tramas de sus novelas (produce dos libros por año), llega a la cita dispuesto a hablar de la última. "Bueno, la idea del libro aparece con ese flash en el que el protagonista sale por una puerta en la hay un cartel que dice "error". Me gustó esa idea y me puse a escribir. Es, como muchas ideas mías, oscura pero sugerente. Eso es lo que trato de hacer cuando empiezo una novela: no tener un plano claro, para vagar e improvisar", resume.

Se interesa y deja de interesarse por las historias que comienza y va caminado de lado a lado según se le ocurre. Ni sabe ni le importa por qué ocurren las cosas, como que parte de la acción de El error suceda en El Salvador. Resume su técnica novelística como la admisión del error y la imperfección "para tratar de justificarlo con lo que venga por delante". De ahí que parezcan las suyas, novelas escritas por miles de manos que avanzan a impulsos.

"Para mí la literatura siempre fue el camino de la libertad", cuenta y aclara que por eso no se sintió tan cómodo con el ensayo, "porque cuando uno escribe uno tiene que sostener esas cosas, mientras que con la novela puedo disparar cualquier disparate". Insiste: "No tengo pasta de filósofo. Lo mío es la invención, no dar opiniones. Esto confirma que nunca me transformaré en un opinólogo de televisión y que nunca me darán uno de esos premios importantes, porque son para opinólogos y no para escritores".

viernes, 19 de noviembre de 2010

"Un texto no es solamente los lazos que teje con el título"

El sábado 13 de noviembre pasado, Ñ publicó una columna de opinión del novelista argentino Sergio Chejfec (foto) a propósito de la traducción al inglés de Glosa, una de las novelas de Juan José Saer, probablemente uno de los mayores escritores argentinos de todos los tiempos. Se reproduce a continuación.

Una experiencia de traducción

Los problemas de la traducción suelen verse asociados a los textos propiamente dichos. En este caso voy a referirme sólo a un título (Glosa) y a un autor (Juan José Saer). Muchas veces, los problemas de la traducción suelen dejar enseñanzas. En este caso creo que no las hay.

Estamos acostumbrados a que los títulos de los libros funcionen como emblemas de significado. No sólo hacia afuera, cuando se trata de obras muy conocidas y el título puede reemplazar con mayor eficacia el nombre del autor, sino sobre todo hacia adentro, cuando organiza relaciones internas de la obra como si fuera un núcleo irradiador de significados. Por lo demás, hay autores que eligen títulos inmediatamente asociados al protagonista o a un elemento central de la historia, por ejemplo Marta Riquelme o Los suicidas, y hay otros que los conciben como metáforas o emblemas figurados de la historia (El desperdicio, Donde yo no estaba). En cualquier caso, el título puede establecer distintas formas de vínculo con el texto que representa, pero nunca deja de ser un nombre, el nombre de la obra, al igual que la denominación de una moneda.

Esa relación entre nombre y obra es tan unívoca que admite cambios en una sola dirección. Solamente una extravagante trayectoria como la de los textos de Kafka puede mostrar deslizamientos que van de América a El desaparecido, pasando por El fogonero. Los títulos de Macedonio Fernández, algunos de ellos oscilantes entre la conjunción y la disyunción, aun así se ajustan a la norma. En general estamos ante el misterio de que el texto puede cambiar, incluso la historia, pero jamás el título. Pensemos en la cantidad de correcciones o agregados a los que se someten las obras, operaciones leves o drásticas que sin embargo nunca apelan a un cambio de título. El título precisa quedar porque más que al texto, da nombre a la secuencia de lecturas de ese texto, y porque los lazos fijados entre nombre e historia forman parte de la obra.

Todo esto viene a cuento porque acaba de aparecer la traducción inglesa de Glosa, la novela de Juan José Saer. El libro ha sido sometido a un cambio de título en cierto modo tan radical, que invita a imaginar, como si fuera un juego de crítica ficción, el impacto del nuevo nombre en la lectura de la novela. La edición de Open Letter (Rochester, EE.UU., 2010) se titula The Sixty-Five Years of Washington. Como el lector recuerda, la fiesta del 65º cumpleaños del poeta Jorge Washington Noriega, llamado Washington por los amigos, es un evento destacado de la historia. El cumpleaños desata sentimientos contradictorios en dos personas que se han encontrado de casualidad en el centro de la ciudad de Santa Fe y se han puesto a caminar. Ellos son Leto, que no ha sido invitado a la fiesta, y el Matemático, que no ha asistido porque entonces no estaba en la ciudad. El Matemático se ha encontrado con alguien que le ha dado detalles del cumpleaños y entre otras cosas, mientras ambos caminan, se los refiere a Leto, quien agrega elementos provenientes de comentarios recibidos por su lado.

Entre los títulos de Saer, Glosa, en tanto tal, es de los que más explícitamente apunta tanto al principio compositivo de una novela en la que nada queda sin explicación, como a la operación de desarrollar, ampliar, variar, explicar una serie de nudos existenciales y dramáticos de los protagonistas. Como El limonero real, el título Glosa representa y denota distintos aspectos y jerarquías de la novela que nombra. Pero si por un momento imaginamos el título Los sesenta y cinco años de Washington para esa novela, sentimos que se disuelve ese curioso igualitarismo entre los elementos y aspectos de la narración, desde los mundanos a los políticos, que la neutralidad aparente de la operación retórica incluida en la palabra “glosa” estipulaba.

Pero acaso lo sentimos porque estamos acostumbrados a ello. Por suerte un texto no es solamente los lazos que teje con el título. Según los editores de Open Letter, “Gloss” habría sido una elección inadecuada. La palabra alude en primer lugar al brillo o lustre sobre una superficie, o a una apariencia atractiva, y de modo restrictivamente literario alude a la idea de glosa como en castellano. ¿Leeríamos de otra manera Glosa si se llamara Los sesenta y cinco años de Washington (o, peor, El 65° cumpleaños de Washington)? Probablemente no, pero se perdería el efecto elegíaco que una palabra como glosa brinda en la circunstancia del texto.

Es difícil saber cómo se leerá The Sixty-Five Years of Washington, pero casi seguro que en las librerías el título va a producir un primer momento de curiosidad, porque la mera alusión bastará para ubicar la novela en la red de combinaciones letradas e históricas, apócrifas o reales, en la que a veces las novelas contemporáneas se apoyan para tramar sus historias. (Y si ello ocurre, aunque pasajera, será una impresión instalada en las antípodas de las premisas literarias de Saer.)

Sin embargo, no me parece que la decisión de los editores haya sido desacertada. Al contrario, creo que tiene el mérito de someter al texto a una suerte de actualización cultural a través del nuevo título. Pero sobre todo me interesa ver el tipo de trances al que se pliega un objeto cuando es traducido, como si quedara huérfano y como reparación debiera volver a nacer.

No puedo dejar de vincular esto con otra “experiencia de traducción” relacionada con este autor. Unas semanas atrás, un domingo a la mañana tres amigos nos internamos en el cementerio de Père Lachaise, en París, a la búsqueda de la lápida de Saer. La única información que teníamos era que estaba en el Crematorium, o sea en los nichos, probablemente en el segundo nivel. Al llegar al lugar pensamos que sería imposible dar con la lápida, pero con paciencia la encontramos. Nada llama la atención en la placa de Saer, completamente igual a las demás en tamaño, y de color negro como muchas otras. Nada llama la atención excepto un detalle, una suerte de afrancesamiento del nombre. En la superficie puede leerse: Juan-José Saer (y abajo:) 1937-2005.

Puede pensarse que el guión es un detalle menor. Probablemente lo sea, al fin de cuentas no en vano Saer pasó en Francia más de la mitad de sus años. Pero son esos detalles los reveladores del comercio incierto con lo extranjero. Volvemos al punto del título del libro. Trasladando las dudas respecto de Glosa y Washington: ¿se lee distinto a Saer cuando sus dos nombres aparecen enlazados por un guión?

Uno sabe, se supone, cómo llega a una lengua. Pero no sabe cómo se quedará en ella.