Mostrando entradas con la etiqueta Silvia Ramírez Gelbes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Silvia Ramírez Gelbes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de marzo de 2020

Algo sobre esas cosas amarillas, fruto de la pereza

Hay quien piensa que los emoticones son una forma estúpida de comunicación (el Administrador de este blog, por ejemplo) y que por eso los rechaza de plano, sintiendo algo de lástima por sus usuarios. Y hay quien se sirve de ellos a diario, para reemplazar lo que ya no le hace decir a las palabras en aras de vaya uno a saber qué velocidad de comunicación. Silvia Ramírez Gelbes se ocupó del tema y publicó la siguiente columna en el diario Perfil, de Buenos Aires, el 16 de febrero pasado. Ah, para quien no lo sepa la Fundéu (Fundación del Español Urgente) es un engendro inventado por el BBVA y el Instituto Cervantes, destinado a “aconsejar” a los medios de comunicación latinoamericanos sobre cómo se debe escribir; dicho de otro modo, una manga de vivillos de la peor estofa.

La palabra del año

¡Quién en 2020 no es usuario –o usuaria– de los emoticones y de los emojis!”. Eso parece decir la Fundación del español urgente (Fundéu) al elegir a los emoticones y los emojis como “la” palabra de 2019.

Pero vayamos por partes. Los emoticones (término que proviene de la aglutinación de emotion y icon, o sea, ícono que representa la emoción) son esas caritas amarillas con sonrisas, con gestos de duda o de sorpresa, que también se vienen representando desde fines de los 90 con los caracteres del teclado y que pueden exigir una lectura con la cabeza a 90 grados hacia la izquierda. Los emojis (cuyo nombre proviene del japonés e, “imagen”, y moji, “carácter”), por su lado, exceden el universo de los rostros para representar objetos y situaciones con dibujos bastante convencionales.

Mientras los emoticones son herederos directos de los smileys, las setentosas caritas de la amistad, los emojis fueron creados por Shigetaka Kurita, empleado de una compañía de telecomunicaciones que buscaba atraer a los jóvenes. Es evidente que el uso de unos y de otros se generalizó, soslayando diferencias etarias: algunos adultos comentan que los prefieren a las palabras escritas, pues evitan con ellos digitar muchas teclas.

Sus funciones, desde luego, no se reducen a la comodidad. La investigación muestra que se recurre a ellos con el fin de reforzar lo que dice el texto verbal, de complementarlo, de agregar el tono que le falta a la escritura, de sumar humor al enunciado, de acercarse al interlocutor. Y, quizá por encima de todo eso, de construir una imagen propia descontracturada, actualizada y jovial.

Los emojis y los emoticones no están exentos, sin embargo, de ambigüedad. Frente a los que resultan muy descifrables (como la carita de “horror” en dos colores, con ojos y boca muy abiertos y las manos a los lados de la boca, casi un escorzo del famoso cuadro El grito del noruego Edvard Munch), están los crípticos. Tal es el caso del que llaman smirk, una cara con sonrisita altanera de costado, que puede representar incluso disgusto leve. Y que es confundida muchas veces con la carita de aburrimiento. Hay otros, como digo, que ni siquiera son caritas. Desde el dibujo de la mano con el pulgar levantado para afirmar que está todo bien (leído por los más jóvenes como una fría señal de distanciamiento), hasta la berenjena y el durazno, que han admitido connotaciones sexuales.

Cabe recordar aquí que, en 2015, el Diccionario Oxford eligió la “cara que ríe hasta las lágrimas” (o LOL, por “laugh out loud”, la sigla que la distingue en inglés) como palabra del año. Es decir que la Fundéu no ha sido tan original. Pero, claro está, ellos tienen sus razones para tomar esta decisión.

Es que, en el mundo global en el que nos movemos, no parece estar de más un lenguaje internacional que facilite la comunicación, que salte la barrera de los dialectos e incluso de las lenguas. Tal vez, reeditando lo que Umberto Eco pensaba en 1998 (“En el futuro próximo, cada uno hablará su propia lengua y comprenderá la de los demás”), los emoticones y los emojis vienen a constituir un idioma universal que simplifica los intercambios discursivos.

Verdaderos representantes de lo que puede llamarse discurso híbrido –un crossover entre la escritura y la oralidad–, en fin, es muy probable que los emoticones y los emojis sean apenas la punta de un iceberg cognitivo que recién está aflorando. Y que, así como la escritura afecta las profundidades de la psique y hace que la estructura de pensamiento de un sujeto alfabetizado sea distinta de la de un analfabeto –esto lo dice, entre otros, Walter Ong–, los modos de pensar de quienes han crecido con este tipo de discursos sean diferentes de los de quienes tuvimos una educación en la era analógica.

Si esos nuevos modos de pensar son más abiertos, más inclusivos, más tolerantes, más dialoguistas, hasta puede pasar que estén viniendo tiempos mejores. Quién le dice. 

lunes, 2 de marzo de 2020

¿Qué hacen las palabras con nosotros y qué hacemos nosotros con las palabras?

Silvia Ramírez Gelbes, en su columna del diario Perfil, de Buenos Aires, del 9 de febrero pasado, reflexionó sobre lo que nos dicen las palabras. Lo hizo citando varios ejemplos, como puede leerse a continuación.

El poder de las palabras

“Manzana de oro en (bandeja) cincelada de plata|es la palabra dicha a tiempo” (“Proverbios de Salomón”, capítulo 25, versículo 11).

El poder de las palabras se comprende, se valora y se estudia desde antiguo. Y son dos las vertientes más nítidas en que se lo ha empleado.

Para empezar, puede afirmarse que ese poder fue reconocido por los sofistas de la Grecia clásica y que su conocimiento motivó la enseñanza de la retórica. En efecto, los viejos expertos de la palabra se ocupaban de explicar a sus discípulos cómo usarla en beneficio propio. Ya se sabe, toda situación admite ser considerada desde distintas –y hasta opuestas– perspectivas argumentativas. De ahí que encontrar la palabra correcta pueda significar alcanzar el objetivo buscado.

Se ha dicho (seguiré en esta columna las observaciones de Maria Grazia Spurio) que el sofista Antifonte de Ramnunte, en el siglo V antes de Cristo, usaba su saber retórico para ayudar a los ciudadanos de Corinto a superar padecimientos anímicos por medio de las palabras. Y es éste proceder el que nos introduce en la segunda vertiente de aquel poder: el empleo que de la palabra hacen quienes practican la Psicología en sus diversas orientaciones y para quienes Antifonte sería un precursor.

La psicoterapia, en particular, tiene muy claro que hay palabras que redimen. (Y los legos bien sabemos que hay también palabras que aniquilan). No solo eso: muchos científicos del área sostienen que la psicoterapia constituye un tratamiento biológico, en la medida en que produce cambios visibles de conducta en el paciente por medio de nuevas palabras y nuevas experiencias.

Cada persona es una realidad única que, más allá de las condiciones genéticas, carga con experiencias propias y dispone de modos propios de percibir y de procesar la realidad. Esa es la razón por la cual su terapeuta tendrá que encontrar la palabra exacta (como se afirma que hacía Antifonte) para ayudarla a sanar. Es que la investigación ha demostrado que, por sutil y compleja que resulte la relación, hay una clara y fuerte conexión entre la química del cerebro y el poder de la palabra. Es más, son muchas las disciplinas que se han empezado a interesar por el impacto de las emociones en todo tipo de comportamiento (las decisiones económicas, políticas, sociales o profesionales de cada sujeto) y, como se sabe, las palabras –igual que los olores– movilizan las emociones. Ponen en contacto la mente y el cuerpo.

No puede desdeñarse, en definitiva, el poder de las palabras que los demás nos dicen. Palabras que nos salvan y palabras que nos condenan. Pero tampoco debería desdeñarse el poder de las palabras que nos decimos a nosotros mismos. Porque, claro está, las palabras de los otros se internalizan, como se internalizan los diálogos silenciosos que establecemos con nosotros mismos.

Nuestras propias palabras –no solo las que les decimos a otros, también las que nos decimos a nosotros– nos alivian (“¡Muy bien!”) o nos perturban (“¡Qué mal!”), nos impulsan (“Voy a poder”) o nos detienen (“¿Qué estoy haciendo?”). Nuestras propias palabras también nos curan o nos enferman. Nos empujan a actuar de una manera u otra. En su novela Degenerado, Ariana Harwicz –como antes había hecho con la mujer-esposa-madre insatisfecha y desquiciada de Matate, amor– se mete (elucubra qué hay) en la psiquis de un violador, un personaje que acogió palabras lacerantes y o si dijo palabras lacerantes, enloquecedoras, fatales. Es decir, Harwicz indaga en el horror.

¿Qué palabras habrá escuchado o tendrá en la mente el joven asesino que da la trompada o la patada letal a un pibe indefenso de su misma edad? ¿Qué espanto le pasará por la cabeza?  

jueves, 13 de febrero de 2020

Milipilis, Tinchos, Raúles y Mabeles

¿El Raúl por anotnomasia?
El pasado 1 de diciembre, Silvia Ramírez Gelbes, doctora en Lingüística y profesora y licenciada en Letras por la UBA, entre muchos otros títulos, publicó la siguiente columna en el diario Perfil. Se reproduce con la idea de que los traductores extranjeros que la lean sepan de que se habla cuando se habla de Milipilis, Tinchos, Raúles y Mabeles.

Sobre nombres y nombres

En el diálogo Cratilo, de Platón, el personaje que da título a la obra sostiene que la palabra encierra la esencia de las cosas, una idea definitivamente presocrática y no científica que, sin embargo, se ha conservado a lo largo del tiempo. Borges, en el poema “El Golem”, lo muestra de manera magistral: “Si (como afirma el griego en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa,/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

Los nombres propios de las personas sirven para denominar a cada individuo. Para nombrarlo. Y también para informarlo, en el sentido de (simbólicamente) darle forma. No en vano el Evangelio cuenta que Simón –por caso– recibió de Jesús el nombre de Pedro, pues sería la piedra basal de la Iglesia cristiana. Y se sabe de ámbitos (desde la masonería o las agencias de detectives hasta las agrupaciones clandestinas) en los cuales los miembros deben usar nombres ficticios, un modo de adquirir otra personalidad y también de evitar la identificación.

Es claro que los nombres respetan modas y tendencias. De allí que por el nombre pueda inferirse más de un dato personal de quien lo lleva. El género, en principio (aunque Tomiko, así, con “o” final, es un nombre de mujer en japonés). La nacionalidad o, como mínimo, su lengua materna (Giovanni es, muy probablemente, un italiano). Y, muchas veces, la edad, incluso por los eventos culturales de la época (cuenta la leyenda que La edad del amor, película de 1953 protagonizada por Lolita Torres, fue un éxito sin precedentes en Rusia y la causa de que muchas bebés soviéticas de esa década se llamaran “Lolita”).

Y es claro que, en nuestra cultura, algunos nombres aluden al santoral y, hasta no hace mucho, se solían escoger por la fecha de nacimiento. Eduardo para quien nació el 13 de octubre, Agueda para quien nació el 5 de febrero.

¡Quién no ha repasado listas de nombres cuando esperaba un hijo! Aun sabiendo que luego usarán apodos más o menos simpáticos y serán llamados Lula, o Tato, o Pipu, o Chachi, como se hacen escribir los adolescentes en sus buzos de egresados de quinto año.

Como fuere, es interesante el hecho de que los nombres, por algún motivo (a veces misterioso), pueden llegar a cargarse con cierto peso subjetivo positivo o negativo. Un peso que la propia sociedad empieza a reconocerle. El disparador de la pieza teatral Le prénom de Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, por ejemplo, es que un personaje le quiere poner a su hijo el nombre Adolfo, sin reparar en que, para un francés, el nombre siempre evoca a Hitler.

Desde hace un tiempo –nobleza obliga, la idea de esta columna se gestó gracias a los comentarios de María O’Donnell y su equipo en el programa de radio De acá en más por la Metro– vienen eligiéndose nombres específicos para referirse a un tipo de persona. Sobre todo en las redes. Como si el nombre mencionara directamente el estereotipo.

Por una parte, están los sobrenombres que representan a adolescentes “chetos”, un estereotipo que alude no solo a una situación económica acomodada, sino también a una superficialidad que merece rechazo: Milipili (“Mi lado milipili necesita los brillos”, dice un tuit del miércoles) y Tincho (“qué bajón ser un tincho y llamarte tincho”, dice otro tuit, esta vez del lunes).

Por la otra, los nombres de varón o de mujer que se usan para encarnar a sujetos ordinarios que se muestran inteligentes y no lo son. Sujetos que representan el supuesto discurso del vulgo: crédulos e ignorantes. Si en el pasado fueron doña Rosa y Carlitos, hoy son Mabel y Raúl, dos personas que explican sin saber.

Lo triste del caso es que muchas Mabeles y muchos Raúles –como antes muchas Rosas y muchos Carlos– se sentirán hoy agredidos y hasta agraviados por el empleo despectivo de sus nombres. Y con razón.

Conviene repensarlo, de todos modos. En plataformas caracterizadas por el sarcasmo y la existencia de los haters (los odiadores), hay que entender que Mabel y Raúl son apenas personajes de un diálogo figurado. Y que si sus nombres encerraran acaso alguna esencia, se trataría solo de la de ellos, los dos personajes. Puntuales. Y listo.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

¿Vos decís?

Silvia Ramírez Gelbes, es Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés. En una columna del diario Perfil, correspondiente al 22 de septiembre pasado, plantea un uso lingüístico actualmente en uso en Buenos Aires, que seguramente le plantearía más de un problema a quien quisiera traducirlo. Lo hace en estos términos.

Ponele

La conversación normal es, entre otras varias caracterizaciones, una negociación. Como bien decía el maestro Paul Grice, entre dos –o más– individuos que se unen en un diálogo se da una especie de acuerdo tácito de respeto a ciertas restricciones conversacionales. Sin que quienes dialogan lo pacten explícitamente, la conversación se va desarrollando de manera tal que cada cual contribuye a ella para que evolucione en una cierta dirección. Si bien existen excepciones, este es en términos generales el principio que rige la mayor parte de las charlas espontáneas. Esa negociación, entonces –como digo–, tiene un componente bastante universal, que se refiere a la cooperación individual al diálogo. Más aún, en la teoría griceana, hasta los casos de quiebre aparente de esa cooperación pueden ser analizados como normativos. Por ejemplo: alguien dice más de lo que habría que decir, o menos; alguien se expresa de manera vaga, o por el contrario da demasiados detalles; alguien dice algo que es a todas vistas mentira; o alguien dice algo que no tiene que ver con el tema de la charla. Cuando quien habla comete estas “transgresiones” de manera evidente como para que el interlocutor lo advierta, dice Grice, se está insinuando algo y se espera que esa insinuación sea interpretada.

A esta condición de la condición humana habría que restarle el componente personal. Todos conocemos a quien habla de más o de menos, se va por las ramas o exagera con los detalles sin siquiera darse cuenta. Y, claro está, a quien nos miente de manera flagrante, pero nos quiere hacer creer que dice la verdad. Estos no cuentan al hablar de insinuaciones.

Lo que sí cuenta en el asunto es el componente social de los usos locales. Cada grupo y cada región tienen sus modos exclusivos de proponer la cooperación cuando conversan. Es decir, los guiños característicos que se entienden dentro de esa especie de cofradía constituida por la pertenencia a una cierta comunidad. Cualquiera que haya viajado a otra región hispanohablante sabe que existen giros que se le escapan y que le suenan a gestos “cómplices” que lo dejan fuera.  

Es de esto último de lo que quiero ocuparme. En esa acción colaborativa que vengo delineando para hablar de la negociación que implica todo diálogo, las expresiones o locuciones locales que contribuyen a la negociación conversacional suelen ser originales y divertidas. Especialmente, cuando todavía no están extendidas. Especialmente, cuando resultan novedosas.

Desde hace un tiempo ha empezado a surgir en la charla cotidiana una expresión con un sentido no previsto en el diccionario: “ponele”. Aunque difícil de traducir en una palabra a otro idioma y acompañada siempre por una determinada entonación y una especie de asentimiento con la cabeza, “ponele” es una respuesta afirmativa que concede transitoriamente la verdad o la justeza de lo que acaba de ser dicho. Algo así como una complicidad por la que se insinúa “vos y yo sabemos que esto no es (exactamente) así, pero vamos a aceptarlo por el momento: suspendamos la obligación de ser precisos”.

“¿Así que estudiás Medicina? Sos médico”, “Ponele”. “¿Fuiste con tus viejos al Colón? Te gusta la ópera”, “Ponele”. “El pibe con el que saliste anoche ¿es lindo?”, “Ponele”. “¿Tenés buen promedio en la carrera?”, “Ponele”.

Con un significado que se aleja del “ponele” tradicional (“ponele sabor a tu vida”, “ponele menos sal al caldo”), “ponele” es una nueva marca de “distinción” en la conversación de los porteños –que siempre nos sentimos orgullosos de cómo hablamos–. Una señal de actualidad (¿juventud?) discursiva.

Y es una forma más (quizás esto sea lo más interesante) de evidenciar de qué manera económica negociamos los significados en nuestro diálogo. Un modo de decir “acuerdo, pero no del todo”. O de ceder terreno… ¿pero no cederlo? Ponele.