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viernes, 28 de diciembre de 2018

¿Se acuerdan? Más bien, diríamos que no

Es sabido que el Administrador de este blog tiene cada día menos pulgas. También, que se confiesa un gran admirador de Georges Perec, a quien tradujo en repetidas oportunidades. Acaso por ello, mientras limpiaba y ordenaba su biblioteca en uno de los días más tórridos en lo que va del año, se entregó a parafrasear uno de los textos más conocidos del autor de La vida instrucciones de uso.


¿Se acuerdan?


¿Se acuerdan de cuando Raúl Alfonsín quiso mudar la capital de la Argentina a la ciudad de Viedma, en la Patagonia?

¿Se acuerdan de cuando Carlos Menem dijo que muy pronto el país iba a contar con unos cohetes espaciales que reducirían el viaje Buenos Aires-Tokio a una media hora?

¿Se acuerdan de cuando Fernando de la Rúa se escapó en el helicóptero?

¿Se acuerdan de cuando Eduardo Duhalde dijo que el que depositó dólares iba a cobrar dólares?

¿Se acuerdan de cuando Cristina Fernández de Kirchner dijo en los Estados Unidos que había construido su fortuna gracias a que era una abogada exitosa?

¿Se acuerdan de casi cualquier acción de gobierno de Mauricio Macri cuando era jefe de gobierno en la ciudad de Buenos Aires? ¿Y se acuerdan de casi cualquier acción de gobierno en general de Mauricio Macri desde que asumió la presidencia?

¿Se acuerdan del CONICET, del EAAF, de las muchas subsecretarías de cultura, de la cancha de fútbol de Pablo Avelutto en Bogotá, del espectáculo que se dio en el Teatro Colón durante el G20, etc.?

¿Se acuerdan del Proyecto de Ley de Protección de la Traducción y de los Traductores ?

NOTA: No se sabe qué tan presentes tienen los lectores la mayoría de los puntos precedentes, pero de lo que sí es seguro es que del Proyecto de Ley de Protección de la Traducción y de los Traductores ya no se acuerda nadie. 

viernes, 8 de junio de 2018

¿Sigue vivo el Proyecto de Ley de Traducción Autoral o ya pasó de moda defender de verdad los derechos de los traductores literarios argentinos?

Andrés Ehrenhaus vive en Barcelona desde hace más de cuarenta años. Allá desarrolló su carrera de escritor y traductor. Respecto de esta última, desde muy temprano se interesó en el trabajo de sus colegas y acaso por ello se dedicó a defender sus derechos en cuanto foro tuvo a su disposición. A fuerza de militar, llegó a vicepresidente de ACEtt –la asociación que en otras épocas defendía a los traductores españoles–, en la época en que la presidencia de esa institución estuvo a cargo del también argentino Mario Merlino. Todo este largo preámbulo es para explicar que su vida profesional transcurrió fundamentalmente en otra parte y que, por lo tanto, no necesitaba en modo alguno acogerse a ninguna institución argentina para hacer valer su labor como traductor. Sin embargo, se preocupó por los derechos de sus colegas argentinos. Y no fue porque él, personalmente, pudiera sacar provecho de las eventuales conquistas laborales de estos. Así, formó parte del reducido grupo de traductores que impulsó primero el Proyecto de Ley de Traducción Autoral para la República Argentina y que instó a sus compañeros a crear un frente común que ampliara la discusión y, finalmente, se transformara en ley. El primer Proyecto, luego de diversos avatares, perdió su status en el Congreso. El segundo nunca llegó a prosperar, diluido por intereses espurios de aquéllos a quienes no les conviene que los traductores hagan valer sus derechos y por las mezquindades ajenas. Pero también por las propias, que Ehrenhaus se negó a aceptar. Estas últimas, acaso más dolorosas que las primeras, terminaron de alejarlo. Explicó su decisión en la entrada de correspondiente al 27 de septiembre de 2017 de este blog. Lejos de hacer progresar el proyecto, el alejamiento de Andrés coincide con el ominoso silencio que hoy existe alrededor del Proyecto de la Ley de Traducción Autoral, del que, lamentablemente, ya casi nadie habla. Sobre ese silencio trata el texto que sigue.

¿Un proyecto más invisible 
que los propios traductores?

¿Qué fue del Proyecto de Ley de Protección de los Traductores? ¿Qué pasó con el Frente de Apoyo al ídem? ¿Qué se hizo de quienes reclamaron para sí las riendas de esa generosa y necesaria iniciativa? ¿Qué pasó con el esfuerzo de largos y duros años de elaboración e impulso político de un marco digno para el ejercicio de la profesión? ¿Dónde quedó todo eso? ¿Por qué no se habla abiertamente del estado de la cuestión? ¿Quién se responsabiliza de la desinformación reinante? ¿De cuándo datan las últimas noticias? ¿Sabremos algo alguna vez?

Este blog, entre otros muchos espacios, se hizo eco en numerosas ocasiones de lo que se perfiló desde su inicio en 2013 como una de las iniciativas más significativas y halagüeñas para una actividad laboral seriamente estigmatizada por la precariedad y la incertidumbre económica como la traducción sujeta a derechos de autor. También la prensa especializada acogió con entusiasmo la noticia. Por fin algo parecía moverse en un sector tan vapuleado materialmente como piropeado moralmente, sobre todo en los últimos tiempos. Por fin se hablaba de la traducción en términos de realidad y no sólo de metáfora o metonimia. Por fin los traductores literarios argentinos parecían despertar de su letargo y decidirse a hacer frente juntos a sus necesidades y reclamos históricos.

Durante unos años, con sus vaivenes, avatares políticos, alegrías y desengaños, el proyecto gozó de una mala salud de hierro, como suele decirse: el camino estaba plagado de espinas pero nada lo hacía desfallecer, ni siquiera la necesidad forzosa de reinventarse, reelaborarse, reformularse, renegociarse. Los reveses fueron duros pero la ilusión no conocía desmayo; las resistencias, tanto internas (e inesperadas: colegas de otras ramas de la traducción no sólo no apoyaron la iniciativa sino que la boicotearon abiertamente) como externas, fueron ásperas; sin embargo, los apoyos tampoco decayeron y el proyecto salió fortalecido de los reveses. O eso parecía.

Ahora el silencio lo tiñe todo. Ahora que la precarización laboral está en su punto más álgido en todo el país, ahora que la situación de los traductores literarios es quizás más difícil que nunca, ahora es cuando el proyecto ha dejado de ocupar un espacio en nuestros horizontes y se ha difuminado junto con nuestras expectativas. Si acudimos a los órganos de difusión, a los blogs, la página web, la página de FB del frente de apoyo, encontramos entradas antiguas, desactualizadas, marchitas. La última alusión al proyecto en prensa data de septiembre de 2017 (en una nota de Perfil) y tampoco ahí se acaba de entender si está vivo o ya boqueaba para entonces. En la última Feria del Libro de Buenos Aires, CADRA celebró sus ya tradicionales jornadas sobre propiedad intelectual: ninguna ponencia incluye a traductores, ninguna mesa alude al proyecto.

Hace ya casi un año, AATI, la única asociación de ámbito nacional que se percató de que la traducción autoral también existe, modificó de manera halagüeña sus estatutos. Lo más significativo de ese cambio fue la posibilidad de que quienes no tuvieran un título habilitante pero sí méritos equitativos (esto es, traducciones publicadas) pudieran asociarse como miembros plenos, cuando los antiguos estatutos los consideraban socios de segunda clase. El cambio quizás llegó tarde pero llegó, y los traductores profesionales nos congratulamos de ello. Entre otras cosas, porque suponíamos que AATI recogería el testigo del grupo redactor del proyecto y el del posterior Frente de apoyo y haría suya la lucha. No obstante, en sus comunicaciones el proyecto de ley brilla, y de qué modo, por su ausencia. Hay referencias a todo, desde la vetusta Ley 11.723 hasta las Recomendaciones, Convenios y Declaraciones más novedosos menos a “eso”. ¿Acaso siguen atenazados y atemorizados bajo los aún poderosos tentáculos corporativistas del Colegio de Traductores Públicos o los de la aún más oronda FAT? Hoy que la asociación ya habla de derechos autorales de los traductores, la militancia por el proyecto parece haber pasado al pasado. ¿Es así? ¿Hay alguien ahí que pueda esbozar una postura clara al respecto?

La traducción literaria o sujeta a derechos de autor está, como ya se ha dicho en este blog, de moda. Hablar de traducción luce. Investigar acerca de la traducción es cool. Simpatizar con la penuria y la inestabilidad laboral de los traductores profesionales es de obligado recibo. Hasta los editores se hacen eco de esta ola de empatía y no dejan de enmarmolar en público a quienes, en privado, aprietan hasta que la cuerda se rompe. Estamos, incluso, en los albores de un hito inédito: la UBA ha abierto la inscripción para una maestría dedicada a esta disciplina, una Carrera de Especialización en Traducción Literaria. Congratulémonos, era hora que así fuera. Aunque no dejamos de preguntarnos si los profesionales seguiremos siendo libélulas y mosquitas de la fruta en frascos de estudio o se nos dará bola y tiraremos algún centro, e incluso podremos subir a cabecearlo. ¿Se pondrá de una vez por todas la enseñanza de la traducción en manos de quienes se pelan los nudillos para que esa máquina siga echando humo y no pare o continuará todo en manos de titulados con escasísimas horas de vuelo real? ¿Se abrirá la academia a los profesionales de tomo y lomo? ¿O Mahoma seguirá sin ir a esa montaña? Pero esto es carne de otro asado, así que retomo y acabo.

Hay mucha gente que ha dejado en esa militancia de la que hablábamos una dosis descomunal de energía; hay personas con nombre y apellido que han puesto en ese proyecto tan necesario cuerpo, cabeza y alma, y se han vaciado con honestidad en el camino. Más de mil quinientas personas de todos los estamentos de la cultura y decenas de instituciones de éste y otros países aportaron su adhesión explícita al proyecto. Esa gente merece una explicación, merece que quienes asumieron la continuidad de la aventura expliquen si la enterraron ya, si la mantienen viva en algún subsuelo, si está momificada y próxima a exhibirse en un museo o si han desensillado hasta que aclare. Es una curiosidad legítima y alguien debería hacerse cargo de satisfacerla sin rodeos. ¿O se fueron todos y el último no apagó la luz? No lloremos invisibilidades si los invisibles somos nosotros mismos.

viernes, 29 de septiembre de 2017

La necesidad de decir cómo fueron las cosas

Para quien no lo sepa, Andrés Ehrenhaus ha sido un motor imprescindible en el impulso del proyecto de Ley de Traducción Autoral del que, en numerosas ocasiones, este blog se ha ocupado. Los hechos demuestran que ahora, tal vez por un exceso de oportunismo de alguno de los “compañeros”, ese esfuerzo parece haberse estancado, lo cual constituye una verdadera tragedia. Para dejar en claro su posición, Ehrenhaus nos ha enviado el siguiente texto que, entendemos, ofrece motivos de reflexión.
  
A quien pueda interesar: los puntos sobre las eses

Sépase: en mayo de 2017 decidí dar un paso al costado y dejar de pertenecer al frente de apoyo al proyecto de Ley de Traducción Autoral, una estructura creada algunos meses atrás con el fin de ampliar la plataforma de soporte de esa propuesta reivindicativa. Cuando tomé mi decisión, la anuncié en el ámbito del frente, exponiendo, quizá de manera un tanto apresurada y torpe, mis razones en el grupo de Facebook que se utilizaba hasta entonces (ignoro si aún es así) como medio interno de comunicación, discusión e información. No obstante, y a raíz de algunos comentarios que me han llegado de miembros del propio frente o de otras personas afines al proyecto de ley y en vista de que nuestra memoria histórica es más corta que la de Dory en Buscando a Nemo, tal vez haya llegado el momento, pasados algunos meses ya, de hacer explícitos y públicos los motivos de mi decisión en un medio abierto como éste y evitar así mayores malentendidos.  Seré todo lo breve y claro que mi elocuencia lo permita.

Desde que emprendimos en abril de 2013, junto a otros tres compañeros traductores, la dantesca quijotada de enmendar la Ley 11.723 (el reglamento argentino de Propiedad Intelectual, en vigor desde 1933) primero y, después, la de promover la aprobación de una ley específica que proporcionara un marco sensato y justo al ejercicio de la traducción editorial en Argentina, uno de los aspectos que más me interesaron y absorbieron fue la necesidad de reconocer y describir en el cuerpo mismo de la ley el estado real de la profesión y los profesionales implicados, para así poder regular su actividad desde una perspectiva objetiva y no idealizada o excluyente. A grandes rasgos, hay dos maneras de legislar: observando el fenómeno tal cual es y proponiendo normas ajustadas a esa realidad o forzarlo a ajustarse a supuestos y condiciones ideales, incluso si son lejanas a su naturaleza. Entre una y otra, la diferencia funcional es notable.

Se trataba, pues, de hacer frente a las reivindicaciones genuinas de un sector activo y productivo, de larga tradición en la expresión cultural del país y más significativo para la industria editorial de lo que a menudo preferimos suponer. En una actividad como la traducción editorial, histórica y conceptualmente ligada a la creación literaria, la heterogeneidad del medio profesional y laboral es una de las características primordiales: quienes ejercen, a tiempo completo (los menos, por no decir los minimísimos), parcial o esporádico la traducción de libros en Argentina provienen de las más variadas procedencias. Paradójicamente, quienes más traducen hoy por hoy (puesto que el corte ha de hacerse siempre desde el presente) suelen contar con una formación amplia, sí, pero ecléctica y no necesariamente ligada a una titulación específica. Así, pues, no solo algunos de nuestros mejores traductores sino también algunos de los más prolíficos carecen de un título oficial que los acredite como tales. Su título es su trabajo. Su autoridad es su obra. Su prestigio y aceptación son públicos antes que académicos.

En consonancia con esta insoslayable realidad, los proyectos propuestos (el primero con vigencia parlamentaria entre 2013 y 2015; el segundo, entre 2015 y 2016) ofrecían, en su artículo 2º, la definición más objetivamente descriptiva (y, en consecuencia, la más inclusiva e incluyente) de la figura del traductor: aquel que realiza“la traducción de obras literarias, de ciencias sociales y humanas, científicas y técnicas sujetas a propiedad intelectual, cualquiera sea su formación profesional”. Huelga decir que esta definición ponderada, reflejo de una realidad fácilmente comprobable, generó una gran controversia y puso en guardia a varios sectores aledaños a la traducción editorial propiamente dicha. Esas reacciones y las sucesivas polémicas y confrontaciones, algunas más públicas y constructivas que otras, están recogidas en este exhaustivo artículo (“Dígame Licenciado…”, Laura Fólica, El Taco en la Brea nº 5,UNL). Fui siempre de la opinión de que esas batallas dialécticas nos habían enriquecido y fortalecido. Por dos motivos esenciales: por un lado sirvieron para trazar un mapa más claro del campo específico de competencia de la ley, ya que la frase urticante (“cualquiera sea su formación profesional”) permitió discernir claramente entre partidarios de regular una realidad laboral en franco desamparo legal y partidarios de mantener el status quo imperante o, en su defecto, de fiscalizar el campo profesional mediante instancias académicas o colegiales; por el otro, y en vista del resultado de los debates, generó mayor cohesión entre los primeros, que éramos, además, quienes veníamos militando esa causa desde el principio.

No obstante, a partir de la pérdida de vigencia del segundo proyecto, resurgió en el seno del frente, con cierta fuerza y bastante consenso, todo hay que decirlo, la propuesta de renunciar a la frase urticante como demostración de buena voluntad y no beligerancia para con los sectores que se habían opuesto y se seguían oponiendo a ella (a pesar de que una ley de traducción autoral no se insmiscuía directamente en sus intereses profesionales) con mayor virulencia. Cuando intenté oponerme a esa pérdida de valor intrínseco del proyecto con diversos argumentos que no voy a exponer aquí para no abonar al lector al aburrimiento, se me dijo públicamente en el grupo de FB del frente que mi insistencia era un capricho que retardaba la marcha de un proceso en el que yo mismo llevaba invertidos cinco años y una incalculable cantidad de esfuerzo, ilusión y horas de trabajo robadas a mi actividad principal, cual es la de traducir. Reconozco que no me dolió tanto esa poco feliz y banal acusación como el hecho de que ningún frentista saliera públicamente en mi defensa, de modo que tomé el silencio colectivo por acuerdo tácito y renuncié a seguir retardando con mis caprichos el devenir de un proyecto mucho más importante que mis convicciones personales.

Desde entonces, he pensado unas cuantas veces en la decisión tomada y en la deriva que fueron tomando las cosas. No me arrepiento de haberme apartado. En primer lugar, porque sé que habría seguido insistiendo en que cortarle al articulado de la ley precisamente ese apéndice crucial equivalía a pincharla con un alfiler simbólico para que se fuera desinflando de a poco; mucha gente había apoyado esa definición como para pegarnos un tiro en el pie y renunciar a ella con el único objeto de contentar a los de afuera. En segundo lugar, porque en mi idea de un frente abierto de colegas no entra en modo alguno, ni siquiera en sueños o en broma, la denostación pública ad hominem. Y, en tercer lugar, porque nadie es imprescindible en ningún caso y mucho menos yo. Dejar el frente es, pues, una decisión política, una decisión política consciente y entusiasta, además de inquebrantable. Lo cual no obsta para que desee que el proyecto nuevo que eventualmente impulse el frente o cualquier otra instancia llegue a feliz término. Espero, eso sí, que salgamos favorecidos de ello tanto los traductores titulados como los no titulados –de hoy y de mañana. De no ser así, el dolor ya pasaría a ser triple.

viernes, 31 de marzo de 2017

Traductores con el apoyo de Ragnar Lothbrok

¡Atención, Traductores Autorales!

Los integrantes del Frente de apoyo a los proyectos de Ley de Traducción Autoral estamos trabajando en dirección a presentar un tercer proyecto para su aprobación en las Cámaras, toda vez que los dos primeros perdieron, sucesivamente, su vigencia parlamentaria.

A tal efecto, estamos elaborando un Censo de Traductores Autorales con actividad profesional en la Argentina, conscientes de que no solo es una herramienta fundamental para lograr el apoyo específico de los profesionales a los que beneficia esta iniciativa de ley, sino también para ofrecer un panorama más preciso y actualizado del estado de la profesión, de modo que pueda utilizarse en campos como los estudios de traducción y otras áreas del pensamiento y la investigación.

Como parte de este proceso de elaboración hemos diseñado la siguiente encuesta dirigida a los traductores profesionales en actividad, con el fin de recabar información pormenorizada directamente de los interesados.

Nos dirigimos así a todos aquellos colegas que deseen apoyar y participar en la iniciativa (y no lo hayan hecho aún), instándolos a completar la encuesta, cuyos datos serán tratados con la debida discreción.

Gracias en nombre del Frente, ¡seguimos en la lucha!

Aquí la encuesta

martes, 1 de noviembre de 2016

El Frente de Apoyo al proyecto de Ley de Traducción Autoral se presenta en el CCC

El recientemente constituido Frente de apoyo al proyecto de ley de protección de los traductores hace pública su conformación, características y objetivos en el marco de una Jornada celebrada el sábado 5 de noviembre en el CCC. Se trata de una iniciativa creada con ánimo inclusivo que responde a la necesidad de aunar esfuerzos y ampliar la base de apoyo al proyecto, sumando así el impulso y la colaboración de los diversos sectores implicados en la propuesta de ley que han manifestado su adhesión y voluntad de participar en la difusión y en la materialización del proyecto.

Participan en el Frente sectores de todos los ámbitos de la traducción autoral, desde asociaciones de alcance nacional a organizaciones locales de traductores, centros de estudiantes, docentes, investigadores o traductores independientes, decididos a lograr que la actividad cuente con el marco legal específico que su realidad profesional requiere.

La idea de la Jornada es presentar el Frente, abrirlo a la participación activa de quienes acuerden con sus objetivos y, a la vez, someter el proyecto a la mirada, crítica incluso, de todos aquellos sectores a los que una ley como la propuesta implica: editores, autores, periodistas, agentes culturales, etc. ¡Lo esperamos el 5 en el CCC!